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domingo, 30 de marzo de 2025

T.S. Eliot y Ernesto Cardenal: Los hombres huecos

THE HOLLOW MEN


I

We are the hollow men

We are the stuffed men

Leaning together

Headpiece filled with straw. Alas!

Our dried voices, when

We whisper together

Are quiet and meaningless

As wind in dry grass

Or rats’ feet over broken glass

In our dry cellar

 

Shape without form, shade without colour.

Paralysed force, gesture without motion;

 

Those who have crossed

With direct eyes, to death’s other Kingdom

Remember us—if at all—not as lost

Violent souls, but only

As the hollow men

 

 II

Eyes I dare not meet in dreams

In death’s dream kingdom

These do not appear:

There, the eyes are

Sunlight on a broken column

There, is a tree swinging

And voices are

In the wind’s singing

More distant and more solemn

Than a fading star.

 

Let me be no nearer

In death’s dream kingdom

Let me also wear

Such deliberate disguises

Rat’s coat, crowskin, crossed staves

In a field

Behaving as the wind behaves

No nearer—

 

Not that final meeting

In the twilight kingdom

 

III

This is the dead land

This is cactus land

Here the stone images

Are raised, here they receive

The supplication of a dead man’s hand

Under the twinkle of a fading star.

 

Is it like this

In death’s other kingdom

Waking alone

At the hour when we are

Trembling with tenderness

Lips that would kiss

Form prayers to broken stone.

 

IV

The eyes are not here

There are no eyes here

In this valley of dying stars

In this hollow valley

This broken jaw of our lost kingdoms

 

In this last of meeting places

We grope together

And avoid speech

Gathered on this beach of the tumid river

 

Sightless, unless

The eyes reappear

As the perpetual star

Multifoliate rose

Of death’s twilight kingdom

The hope only

Of empty men.

 

V

Here we go round the prickly pear

Prickly pear prickly pear

Here we go round the prickly pear

At five o’clock in the morning.

 

Between the idea

And the reality

Between the motion

And the act

Falls the Shadow

 

                                  For Thine is the Kingdom

 

Between the conception

And the creation

Between the emotion

And the response

Falls the Shadow

 

                                  Life is very long

 

Between the desire

And the spasm

Between the potency

And the existence

Between the essence

And the descent

Falls the Shadow

 

                                  For Thine is the Kingdom

 

For Thine is

Life is

For Thine is the

 

This is the way the world ends

This is the way the world ends

This is the way the world ends

Not with a bang but a whimper.

T.S.ELIOT 

LOS HOMBRES HUECOS

 

I

Somos los hombres huecos,

somos los hombres estofados,

apoyándose entre ellos

las cabezas repletas de paja. ¡Ay!

Nuestras voces secas, cuando

murmuramos juntos,

son silenciosas y sin sentido;

como brisa en hierba seca

o patas de ratas en vidrio seco

en nuestro seco sótano.

 

Figura sin forma, matiz sin color,

paralizada fuerza, gesto sin movimiento.

 

Los que han cruzado,

con ojos directos, al otro Reino de la Muerte

nos recuerdan —si acaso— no cual perdidas

violentas almas, sino sólo

como los hombres huecos,

los hombres estofados.

 

II

Ojos que no me atrevo a sostener en sueños

en el reino de sueño de la muerte,

estos ya no aparecen;

allá, los ojos son

sol en columna rota;

allá, un árbol meciéndose;

y voces hay

en la del viento cantando

más distantes y más solemnes

que una estrella apagándose.

 

No esté yo más cerca

en el reino de sueño de la muerte;

lleve también yo puestos

tales disfraces deliberados:

cota de rata, piel de cuervo, cruzadas astillas,

en un campo,

conduciéndome como el viento se conduce,

no más cerca;

no aquel final encuentro

en el reino del crepúsculo.

 

III

Esta es la tierra muerta,

esta es la tierra de cardos;

aquí, las imágenes de piedra

elévanse; aquí reciben

la súplica de la mano de un muerto,

bajo el parpadeo de una estrella apagándose.

 

Es como esto,

en aquel otro reino de la muerte,

despertando solos

en la hora en que estamos

temblando de ternura;

labios que besarían

forman preces a rotas piedras.

 

IV

Aquí no están los ojos;

aquí no hay ojos,

en este valle de estrellas moribundas,

en este hueco valle,

esta rota quijada de nuestros reinos perdidos.

 

En este último lugar de cita,

a tientas nos juntamos

y evitamos el habla,

agrupados en esta playa del túmido río.

 

Ciegos, al menos

que reaparezcan los ojos

cual la perpetua estrella

multifolia rosa

del reino crepuscular de la muerte,

la única esperanza

de los hombres vacíos.

 

V

Aquí vamos rondando la espinosa pitahaya.

Espinosa pitahaya, espinosa pitahaya.

Aquí vamos rondando la espinosa pitahaya,

a las cinco en punto de la mañana.

 

Entre la idea

y la realidad,

entre la moción

y el acto,

cae la Sombra.

                          Porque Tuyo es el Reino.

 

Entre la concepción

y la creación,

entre la emoción

y la contestación,

cae la Sombra.

 

                          La vida es muy larga.

Entre el deseo

y el espasmo,

entre la potencia

y la existencia,

entre la esencia

y la descendencia,

cae la Sombra.

                        Porque Tuyo es el Reino.

 

Porque Tuyo es,

la Vida es,

porque Tuyo es el...

 

Este es el modo en que el mundo termina.

Este es el modo en que el mundo termina.

Este es el modo en que el mundo termina.

No de un porrazo, sino de un sollozo.

Traducción de Ernesto Cardenal y José Coronel Urtecho




domingo, 29 de enero de 2023

T. S. Eliot: Baudelaire

BAUDELAIRE

Cualquier cosa que se parezca a una apreciación justa de Baudelaire ha tardado en llegar a Inglaterra, y aún hoy es defectuosa o parcial, incluso en Francia. Creo que hay razones especiales para la dificultad de estimar su valor y determinar el lugar que le corresponde. Para empezar, Baudelaire se adelantó mucho, en algunos aspectos, al punto de vista de su propia época y, sin embargo, pertenecía en gran medida a ella, compartía en alto grado sus méritos limitados, sus defectos y modas. Para empezar, contribuyó ampliamente en la formación de una generación de poetas que vinieron después de él; y en Inglaterra tuvo lo que fue, en cierto modo, la desdicha de ser promocionado, en primer lugar y desmedidamente, por Swinburne, y luego adoptado por los discípulos de Swinburne. Fue universal, y al mismo tiempo quedó limitado por una moda que él mismo fue el que más se esforzó en crear. Disociar lo permanente de lo temporal, distinguir al hombre de su influencia y, finalmente, dejar de asociarlo con aquellos poetas ingleses que fueron los primeros en admirarlo no es tarea fácil. Su amplitud misma plantea una dificultad, ya que tienta al crítico parcial, incluso ahora, a adoptar a Baudelaire como patrocinador de sus propias creencias.

El presente ensayo se propone afirmar la importancia de las obras en prosa de Baudelaire, propósito justificado por la traducción de una de esas obras que es indispensable para cualquier estudiante de su poesía [Intimes, escritos íntimos traducidos por Christopher Sherwood, y publicado por Blackmore Press]. Esto significa ver a Baudelaire como algo más que el autor de Les Fleurs du Mal y, en consecuencia, revisar un poco nuestra valoración de ese libro. Baudelaire se puso de moda en una época en la que el “Arte por el Arte” era un dogma. El cuidado que ponía en sus poemas y el hecho de que, contrariamente a la fluidez de su tiempo, tanto en Francia como en Inglaterra, se limitara a ese único volumen, alentaron la opinión de que Baudelaire era un artista exclusivamente por amor al arte. Por supuesto, la doctrina realmente no se aplica a nadie; nadie la aplicó menos que Pater, que dedicó muchos años, no tanto a ilustrarla como a exponerla como teoría de la vida, lo que no es en absoluto lo mismo. Pero fue una doctrina que sí afectó a la crítica y a la apreciación, y que sí obstaculizó un juicio adecuado sobre Baudelaire. De hecho, es un hombre más grande de lo todos imaginaron, aunque quizá no fuera un poeta tan perfecto.

Creo que a Baudelaire se lo ha llamado un Dante fragmentario, valga lo que valga esta descripción. Es cierto que mucha gente que disfruta de Dante disfruta de Baudelaire; pero las diferencias son tan importantes como las semejanzas. El infierno de Baudelaire es muy diferente en calidad y significado del de Dante. Creo que sería más acertada la descripción de Baudelaire como un Goethe posterior y más limitado. Tal como empezamos a verlo ahora, representa su propia época un poco de la misma manera en que Goethe representa una época más temprana. Crítico de la generación actual, Peter Quennell, ha dicho recientemente en su libro, Baudelaire y los Simbolistas:

“Gozó del don de percibir su propia época, reconoció su perfil cuando su perfil aún estaba incompleto, y —porque es sólo nuestra mala comprensión del presente lo que nos impide ver el futuro inmediato, nuestra ignorancia del día de hoy y nuestra incapacidad de establecer cuáles de sus tendencias y requerimientos son reales y cuáles espurios— previó muchos problemas, tanto en el plano estético como en el moral, que siguen siendo relevantes  para el destino de la poesía moderna”.

 

Ahora bien, el hombre que tiene esta percepción de su época es difícil de analizar. Está expuesto a sus locuras así como es sensible a sus invenciones; y en Baudelaire, al igual que en Goethe, se encuentran algunos de los anticuados disparates de su tiempo. El paralelismo entre el poeta alemán, que siempre ha sido el símbolo de la perfecta “salud” en todo sentido, así como de la curiosidad universal, y el poeta francés, que ha sido el símbolo de la morbosidad de espíritu y de los intereses concentrados en el trabajo, puede parecer paradójico. Pero después de este lapso, la diferencia entre “salud” y “morbosidad” en los dos hombres se vuelve más insignificante; hay algo artificial e incluso mojigato en la salubridad de Goethe, como lo hay en la insalubridad de Baudelaire; ya han quedado atrás estas modas de la salud y de la enfermedad, y ambos son simplemente hombres con mentes inquietas, críticas y curiosas y dotados de la "percepción de la época"; ambos son hombres que comprendieron y previeron mucho. Es cierto que Goethe se interesó por muchos temas que Baudelaire dejó de lado; pero en la época de Baudelaire ya no era necesario que un hombre abarcara intereses tan variados para tener la percepción de su época; y, retrospectivamente, algunos de los estudios de Goethe nos parecen (no con plena justicia) meros pasatiempos diletantes. La mayor parte de los escritos en prosa de Baudelaire (a excepción de las traducciones de Poe, que tienen menos interés para un lector inglés) son tan importantes como la mayor parte de los de Goethe. Arrojan luz sobre Les Fleurs du Mal, sin duda, pero también amplían enormemente nuestra valoración de su autor.

Alguna vez estuvo de moda tomar en serio el satanismo de Baudelaire, tal como ahora lo está la tendencia a presentar a Baudelaire como un cristiano serio y católico. Especialmente como preludio de los Journaux Intimes, esta diferencia de opiniones necesita ser un poco discutida. Creo que la segunda opinión —que Baudelaire es esencialmente cristiano— está más cerca de la verdad que la primera, pero necesita considerables reservas. Cuando el satanismo de Baudelaire se disocia de su parafernalia menos respetable, equivale a una tenue intuición de una parte, pero una parte muy importante, del cristianismo. El propio satanismo, en la medida en que no es una mera afectación, fue un intento de entrar en el cristianismo por la puerta de atrás. La blasfemia genuina, genuina en espíritu y no puramente verbal, es el producto de una fe parcial, y le resulta tan imposible al ateo completo como al cristiano perfecto. Es una forma de afirmar la fe. Este estado de fe parcial es evidente en cada página de los Journaux Intimes. Lo significativo de Baudelaire es su inocencia teológica. Está descubriendo el cristianismo para sí mismo; no lo está asumiendo como una moda o sopesando razones sociales o políticas, o cualquier otra circunstancia. Está empezando, en cierto modo, por el principio; y como es un explorador, no está del todo seguro de lo que está explorando ni a dónde llegará; casi podría decirse que está haciendo de nuevo, él solo, el esfuerzo de muchas generaciones. Su cristianismo es rudimentario o embrionario; en el mejor de los casos, tiene los excesos de un Tertuliano (y el mismo Tertuliano no es considerado totalmente ortodoxo y equilibrado). Su actividad no era practicar el cristianismo, sino —lo que era mucho más importante para su época— afirmar su necesidad.

La morbosidad del temperamento de Baudelaire no puede, por supuesto, ser ignorada: y nadie que haya echado un vistazo a la obra de Crépet o al reciente breve estudio biográfico de François Porché puede olvidarla. Erraríamos el rumbo si la tratáramos como una desgraciada dolencia que se puede omitir o si intentáramos separar lo sano de lo enfermo en su obra. Sin la morbosidad, ninguna de sus obras sería posible o significativa; las debilidades de su autor pueden reunirse en un conjunto más grande de fuerza, y esto está implícito en mi afirmación de que ni la salud de Goethe ni la enfermedad de Baudelaire importan por sí mismas: lo que importa es lo que ambos hombres hicieron con su talento. A los ojos del mundo, y muy apropiadamente para todas las cuestiones de la vida privada, Baudelaire era completamente perverso e insufrible: un hombre con un talento para la ingratitud y la insociabilidad, intolerablemente irritable, y con una determinación empecinada para hacer lo peor posible con todo —si tenía dinero, para despilfarrarlo; si tenía amigos, para enemistarse con ellos; si tenía alguna buena fortuna, para desdeñarla. Tenía el orgullo del hombre que siente en sí mismo una gran debilidad y una gran fuerza. Tenía un gran genio, pero carecía tanto de paciencia como de la inclinación, si hubiera tenido el poder de hacerlo, para superar su debilidad; por el contrario, la explotó con fines teóricos. La moralidad de tal proceder puede ser objeto de interminables disputas; para Baudelaire, era la manera de liberar su mente y darnos el legado y la lección que ha dejado.

Era uno de esos hombres que tienen una gran fuerza, pero fuerza meramente para sufrir. No podía escapar del sufrimiento y no podía trascenderlo, por lo que atraía el dolor hacia sí mismo. Pero lo que sí podía hacer, con esa inmensa fuerza pasiva y esa sensibilidad que ningún dolor podía alterar, era estudiar su sufrimiento. Y en esta limitación es totalmente distinto a Dante, ni siquiera se parece a ningún personaje del Infierno de Dante. Pero, por otra parte, un sufrimiento como el de Baudelaire implica la posibilidad de un estado positivo de beatitud. Por cierto, en su manera de sufrir hay ya una especie de presencia de lo sobrenatural y de lo sobrehumano. Rechaza siempre lo puramente natural y lo puramente humano; es decir, no es ni “naturalista” ni “humanista”. Ya sea porque no puede ajustarse al mundo actual tiene que rechazarlo en favor del Cielo y del Infierno, o porque tiene la percepción del Cielo y del Infierno rechaza el mundo actual: ambas formas de decirlo son defendibles. Hay en sus declaraciones una buena cantidad de detritus románticos; ses ailes de géant l'empêchent de marcher [sus alas de gigante le impiden caminar], dice del Poeta y del Albatros, pero no de forma convincente; pero hay también verdad acerca de sí mismo y del mundo. Su ennui puede explicarse, por supuesto, como todo puede ser explicado, en términos psicológicos o patológicos; pero es también, desde el punto de vista opuesto, una verdadera forma de acedia, que surge de la lucha infructuosa para alcanzar la vida espiritual.

T.S. ELIOT

1930

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán


BAUDELAIRE

ANYTHING like a just appreciation of Baudelaire has been slow to arrive in England, and still is defective or partial even in France. There are, I think, special reasons for the difficulty in estimating his worth and finding his place. For one thing, Baudelaire was in some ways far in advance of the point of view of his own time, and yet was very much of it, very largely partook of its limited merits, faults, and fashions. For one thing, he had a great part in forming a generation of poets after him; and in England he had what is in a way the misfortune to be first and extravagantly advertised by Swinburne, and taken up by the followers of Swinburne. He was universal, and at the same time confined by a fashion which he himself did most to create. To dissociate the permanent from the temporary, to distinguish the man from his influence, and finally to detach him from the associations of those English poets who first admired him, is no small task. His comprehensiveness itself makes difficulty, for it tempts the partisan critic, even now, to adopt Baudelaire as the patron of his own beliefs.

It is the purpose of this essay to affirm the importance of Baudelaire’s prose works, a purpose justified by the translation of one of those works which is indispensable for any student of his poetry. This is to see Baudelaire as something more than the author of the Fleurs du Mal, and consequently to revise somewhat our estimate of that book. Baudelaire came into vogue at a time when “Art for Art’s sake” was a dogma. The care which he took over his poems, and the fact that contrary to the fluency of his time, both in France and England he restricted himself to this one volume, encouraged the opinion that Baudelaire was an artist exclusively for art’s sake. The doctrine does not, of course, really apply to anybody; no one applied it less than Pater, who spent many years, not so much in illustrating it, as in expounding it as a theory of life, which is not the same thing at all. But it was a doctrine which did affect criticism and appreciation, and which did obstruct a proper judgment of Baudelaire. He is in fact a greater man than was imagined, though perhaps not such a perfect poet.

 Baudelaire has, I believe, been called a fragmentary Dante, for what that description is worth. It is true that many people who enjoy Dante enjoy Baudelaire; but the differences are as important as the similarities. Baudelaire’s inferno is very different in quality and significance from that of Dante. Truer, I think, would be the description of Baudelaire as a later and more limited Goethe. As we begin to see him now, he represents his own age in somewhat the same way as that in which Goethe represents an earlier age. As a critic of the present generation, Mr. Peter Quennell has recently said in his book, Baudelaire and the Symbolists:

 

“He had enjoyed a sense of his own age, had recognized its pattern while the pattern was yet incomplete, and—because it is only our misapprehension of the present which prevents our looking into the immediate future, our ignorance of today and of its real as apart from its spurious tendencies and requirements—had anticipated many problems, both on the aesthetic and on the moral plane, in which the fate of modern poetry is still concerned.”

 

Now the man who has this sense of his age is hard to analyse. He is exposed to its follies as well as sensitive to its inventions; and in Baudelaire, as well as in Goethe, is some of the outmoded nonsense of his time. The parallel between the German poet who has always been the symbol of perfect “health” in every sense, as well as of universal curiosity, and the French poet who has been the symbol of morbidity in mind and concentrated interests in work, may seem paradoxical. But after this lapse of time the difference between “health” and “morbidity” in the two men becomes more negligible; there is something artificial and even priggish about Goethe’s healthiness, as there is about Baudelaire’s unhealthiness; we have passed beyond both fashions, of health or malady, and they are both merely men with restless, critical, curious minds and the “sense of the age”; both men who understood and foresaw a great deal. Goethe, it is true, was interested in many subjects which Baudelaire left alone; but by Baudelaire’s time it was no longer necessary for a man to embrace such varied interests in order to have the sense of the age; and in retrospect some of Gothe’s studies seem to us (not altogether justly) to have been merely dilettante hobbies. The most of Baudelaire’s prose writings (with the exception of the translations from Poe, which are of less interest to an English reader) are as important as the most of Goethe. They throw light on the Fleurs du Mal certainly, but they also expand immensely our appreciation of their author.

 It was once the mode to take Baudelaire’s Satanism seriously, as it is now the tendency to present Baudelaire as a serious and Catholic Christian. Especially as a prelude to the Journaux Intimes this diversity of opinion needs some discussion. I think that the latter view—that Baudelaire is essentially Christian—is nearer the truth than the former, but it needs considerable reservation. When Baudelaire’s Satanism is dissociated from its less creditable paraphernalia, it amounts to a dim intuition of a part, but a very important part, of Christianity. Satanism itself, so far as not merely an affectation, was an attempt to get into Christianity by the back door. Genuine blasphemy, genuine in spirit and not purely verbal, is the product of partial belief, and is as impossible to the complete atheist as to the perfect Christian. It is a way of affirming belief. This state of partial belief is manifest throughout the Journaux Intimes. What is significant about Baudelaire is his theological innocence. He is discovering Christianity for himself; he is not assuming it as a fashion or weighing social or political reasons, or any other accidents. He is beginning, in a way, at the beginning; and being a discoverer, is not altogether certain what he is exploring and to what it leads; he might almost be said to be making again, as one man, the effort of scores of generations. His Christianity is rudimentary or embryonic; at best, he has the excesses of a Tertullian (and even Tertullian is not considered wholly orthodox and well balanced). His business was not to practise Christianity, but—what was much more important for his time—to assert its necessity.

 Baudelaire’s morbidity of temperament cannot, of course, be ignored: and no one who has looked at the work of Crépet or the recent small biographical study of François Porché can forget it. We should be misguided if we treated it as an unfortunate ailment which can be discounted or to attempt to detach the sound from the unsound in his work. Without the morbidity none of his work would be possible or significant; his weaknesses can be composed into a larger whole of strength, and this is implied in my assertion that neither the health of Goethe nor the malady of Baudelaire matter in itself: it is what both men made of their endowments that matters. To the eye of the world, and quite properly for all questions of private life, Baudelaire was thoroughly perverse and insufferable: a man with a talent for ingratitude and unsociability, intolerably irritable, and with a mulish determination to make the worst of everything; if he had money, to squander it; if he had friends, to alienate them; if he had any good fortune, to disdain it. He had the pride of the man who feels in himself great weakness and great strength. Having great genius, he had neither the patience nor the inclination, had he had the power, to overcome his weakness; on the contrary, he exploited it for theoretical purposes. The morality of such a course may be a matter for endless dispute; for Baudelaire, it was the way to liberate his mind and give us the legacy and lesson that he has left.

He was one of those who have great strength, but strength merely to suffer. He could not escape suffering and could not transcend it, so he attracted pain to himself. But what he could do, with that immense passive strength and sensibilities which no pain could impair, was to study his suffering. And in this limitation he is wholly unlike Dante, not even like any character in Dante’s Hell. But, on the other hand, such suffering as Baudelaire’s implies the possibility of a positive state of beatitude. Indeed, in his way of suffering is already a kind of presence of the supernatural and of the superhuman. He rejects always the purely natural and the purely human; in other words, he is neither “naturalist” nor “humanist.” Either because he cannot adjust himself to the actual world he has to reject it in favour of Heaven and Hell, or because he has the perception of Heaven and Hell he rejects the present world: both ways of putting it are tenable. There is in his statements a good deal of romantic detritus; ses ailes de géant l'empêchent de marcher, he says of the Poet and of the Albatross, but not convincingly; but there is also truth about himself and about the world. His ennui may of course be explained, as everything can be explained in psychological or pathological terms; but it is also, from the opposite point of view, a true form of acedia, arising from the unsuccessful struggle towards the spiritual life.



sábado, 28 de noviembre de 2020

Eliot, Juan Ramón Jiménez y Nicolás Salerno: Marina

 

MARINA

 

Quis hic locus, quae regio, quae mundi plaga?

 

What seas what shores what grey rocks and what islands

What water lapping the bow

And scent of pine and the woodthrush singing through the fog

What images return

O my daughter.

 

Those who sharpen the tooth of the dog, meaning

Death

Those who glitter with the glory of the humming-bird, meaning

Death

Those who sit in the sty of contentment, meaning

Death

Those who suffer the ecstasy of the animals, meaning

Death

 

Are become unsubstancial, reduced by a wind

A breath of pine, and the woodsong fog

By this grace dissolved in place

What is this face, less clear and clearer

The pulse in the arm, less strong and Stronger—

Given or lent? more distant than stars and nearer than the eye

 

Whispers and small laughter between leaves and hurrying feet

Under sleep, where all the waters meet.

 

Bowsprit cracked with ice and paint cracked with heat.

I made this, I have forgotten

And remember.

The rigging weak and the canvas rotten

Between one June and another September.

Made this unknowing, half conscious, unknown, my own.

The garboard strake leaks, the seams need caulking.

This form, this face, this life

Living to live in a world of time beyond me; let me

Resign my life for this life, my speech for that unspoken,

The awakened, lips parted, the hope, the new ships.

 

What seas what shores what granite islands towards my timbers

And woodthrush calling through the fog

My daughter.

T. S. ELIOT

 

MARINA

Quis hic locus, quae regio, quae mundi plaga?

 

¡Qué mares, qué costas, qué rocas grises y qué islas; qué agua claqueando en la proa; y el aroma del pino y el tordo cantando entre la bruma! ¡Qué imágenes vuelven, hija mía!

Los que afilan el diente del perro, representando la muerte: los que lucen con la gloria del colibrí, representando la muerte; los sentados en la pocilga de la satisfacción, representando la muerte; los que padecen el éxtasis de los animales, representando la muerte; se han vuelto insustanciales, han sido reducidos por un viento, un aliento de pino, la bruma cantabosques; por esta gracia fueron disueltos en su sitio.

¿Qué cara es ésta, menos clara y más clara; qué pulso en el brazo, menos fuerte y más fuerte (dado o prestado), distante más que las estrellas y más cercano que el ojo? Susurros y risillas entre hojas y pasos raudos bajo el sueño, donde todas las aguas se reúnen.

¡Bauprés rajado de hielo y barniz abierto del calor! Yo lo hice, lo olvidé y lo recuerdo. ¡La jarcia endeble y la lona podrida, entre junio y aquel setiembre! Yo hice míos esta inocencia, esta subconsciencia, este desconocimiento. ¡La traca de la cubierta hace agua, las juntas están pidiendo brea! Esta forma, esta cara, esta vida que vive para vivir en un mundo de tiempo mayor que yo. Déjame renunciar a mi vida por esta vida, a mi palabra por la no hablada ¡El despertar, los labios abiertos, la esperanza, los nuevos barcos!

¡Qué mares, qué costas, qué islas de granito hacia mis maderos! ¡Y el tordo llamando entre la bruma, hija mía!

 

Traducción de JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

 


MARINA

Quis hic locus, quae regio, quae mundi plaga?

 

 Qué mares qué costas qué grises rocas y qué islas

Qué aguas salpicando la proa

Y esencia de pino y el zorzal cantando a través de la niebla

Qué imágenes vuelven

Oh hija mía.

 

Aquellas que afilan los colmillos del perro, significando

Muerte

Aquellas que brillan con la gloria del colibrí, significando

Muerte

Aquellas que se sientan en la miserable morada del contento, significando

Muerte

Aquellas que sufren el éxtasis de los animales, significando

Muerte.

 

Han perdido la sustancia, reducidas por el viento,

Un aliento de pino, y la silvestre canción de la niebla

Por esta gracia disuelta en este lugar.

 

  Qué rostro es éste, menos claro y más claro

El pulso en los brazos, menos fuerte y más fuerte—

¿Propio o ajeno? lejos de las estrellas, cerca de los ojos

 

Susurros y risillas entre las hojas y los pies apresurados

Bajo el sueño, donde las aguas se encuentran.

 

El bauprés roto por el viento y la pintura resquebrajada por el sol.

Yo he hecho esto, y lo he olvidado

Pero recuerdo.

El débil aparejo y las lonas podridas

Entre un Junio y otro Septiembre.

Lo hice sin saberlo, medio consciente, desconociéndome, a mí mismo

La hilada del armazón se deshace, y las costuras necesitan calafateo.

Esta forma, este rostro, esta vida

Viven para vivir en un mundo, en un tiempo más allá de mí; déjame

Renunciar a mi vida por esta vida, a mi palabra por aquella inefable,

La desvelada, los labios abiertos, la esperanza, los nuevos navíos.

 

Qué mares qué costas qué islas de granito contra mis cuadernas

Y el zorzal llamándome a través de la niebla

¡Hija mía!

 

Traducción de NICOLÁS SALERNO FERNÁNDEZ