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viernes, 22 de febrero de 2019

Saint-Simon: Retrato del duque de Orleáns

"El gusto por los espárragos y por Saint-Simon no lo he perdido nunca."

RETRATO DEL DUQUE DE ORLEÁNS


          La curiosidad mental del señor duque de Orleáns, unida a una falsa idea de firmeza y de coraje, lo había ocupado en buscar la manera de ver al diablo y poder hablarle. No olvidaba nada, ni las más alocadas lecturas, para persuadirse de que Dios no existe, y creía en el diablo hasta el punto de esperar verlo y conversar con él. Este contraste no se puede entender, y sin embargo es extremadamente común. En ello trabajó en compañía de individuos oscuros, y mucho con Mirepoix, muerto en 1699, subteniente de los mosqueteros negros, hermano mayor del padre de Mirepoix, el que es hoy teniente general y caballero de la Orden. Juntos pasaban noches enteras en las canteras de Vanvres y de Vaugirard, haciendo invocaciones. El señor duque de Orleáns me ha confesado que nunca logró ni ver ni oír nada, y al final se desinteresó de esa locura. Al principio sólo fue por mostrarse amable con la señora de Argenton, pero después porque se despertó su propia curiosidad, que se dedicó a hacer mirar en un vaso de agua el presente y el futuro, de lo cual he contado, de acuerdo con su relato, cosas singulares; y no era mentiroso. Falso y mentiroso, aunque en extremo cercanas, no son una misma cosa; y cuando ocasionalmente mentía, sólo era si, urgido por alguna promesa o algún asunto, tenía que recurrir a eso a pesar suyo para salir de un apuro.

en El Caso Lemoine, de Marcel Proust.


          La curiosité d'esprit de M. le duc d'Orléans, jointe à une fausse idée de fermeté et de courage, l'avait occupé de bonne heure à chercher à voir le diable, et à pouvoir le faire parler. Il n'oubliait rien, jusqu'aux plus folles lectures, pour se persuader qu'il n'y a point de Dieu, et il croyait le diable jusqu'à espérer de le voir et de l'entretenir. Ce contraste ne se peut comprendre, et cependant il est extrêmement commun. Il y travailla avec toutes sortes de gens obscurs, et beaucoup avec Mirepoix, mort en 1699, sous-lieutenant des mousquetaires noirs, frère aîné du père de Mirepoix, aujourd'hui lieutenant général et chevalier de l'ordre. Ils passaient les nuits dans les carrières de Vanvres et de Vaugirard à faire des invocations. M. le duc d'Orléans m'a avoué qu'il n'avait jamais pu venir à bout de rien voir ni entendre, et se déprit enfin de cette folie. Ce ne fut d'abord que par complaisance pour Mme d'Argenton, mais après par un réveil de curiosité, qu'il s'adonna à faire regarder dans un verre d'eau le présent et le futur, dont j'ai rapporté sur son récit des choses singulières; et il n'était pas menteur. Faux et menteur, quoique fort voisins, ne sont pas même chose; et quand il lui arrivait de mentir, ce n'était jamais que, lorsque pressé sur quelque promesse ou sur quelque affaire, il y avait recours malgré lui pour sortir d'un mauvais pas.
Chroniques de l'année 1715.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Saint-Simon: Retrato del Presidente de Harlay

"El gusto por los espárragos y por Saint-Simon no lo he perdido nunca."


Louis de Rouvroy, segundo duque de Saint-Simon, nació en París el 5 de enero de 1675, en la antigua Rue Taranne, correspondiente a lo que es hoy la esquina del Boulevard Saint-Germain y de la Rue des Saints-Pères. A los catorce años escribió su primer relato, en el que describía los funerales de la Delfina de Baviera. 

Recibió formación militar en la compañía de los Mosqueteros, la misma que Alexandre Dumas volvería mundialmente famosa dos siglos después. Participó en el sitio de Namur y en la batalla de Nerwinden. En esta campaña militar se encontró bajo las órdenes del mariscal de Lormes, con cuya hija se casó en 1695. En 1702 abandonó el ejército.

Luego de la muerte del Delfín en 1711, se unió al grupo que ponía sus esperanzas en el duque de Borgoña, nieto de Luis XIV y presunto heredero de la corona de Francia. La muerte sorpresiva del nuevo Delfín le hizo volcar todas sus expectativas políticas en su viejo amigo de infancia, el duque de Orle
áns, quien fue proclamado regente en 1715, tras la muerte del Rey. Saint-Simon formó, entonces, parte del Consejo, pero rechazó, no obstante, el Ministerio de Finanzas que el Regente le ofrecía.

En 1723 le fue confiada una embajada extraordinaria en España. De ese viaje provienen algunas de las páginas más memorables de sus casi infinitas Memorias

Luego de la muerte del Regente, Saint-Simon abandonó toda ambición política. Los treinta años que le quedaban de vida los pasó entre París y su castillo de la Ferté-Vidame, cerca de Chartres.

En 1739 dio comienzo a la redacción definitiva de sus Memorias, ese monumento de la literatura por el que desfilan alrededor de siete mil trescientos cincuenta personajes, verdadero antecesor de La comedia humana y de En busca del tiempo perdido.

Saint-Simon murió en París, en su residencia particular de la Rue de Grenelle, el 2 de marzo de 1755. La masa inmensa de sus papeles (once carpetas que contenían las Memorias) fue guardada como material confidencial en los Archivos de los Asuntos Extranjeros, y el gobierno sólo autorizó la publicación de algunos fragmentos. 

Las Memorias completas y auténticas sólo fueron publicadas entre 1829 y 1830. Fue entonces cuando Chateaubriand, Stendhal, Sainte-Beuve, Barbey d’Aurevilly —como lo atestiguan los magníficos Memoranda de este último— descubrieron con admiración, con estupefacción sin duda, ciento veinticinco años después de su muerte, a uno de los más grandes escritores que ha dado Francia.



RETRATO DEL PRESIDENTE DE HARLAY

Harlay era hijo de otro procurador general del Parlamento y de una Bellièvre, cuyo abuelo fue ese famoso Achille d’Harlay, primer presidente del Parlamento después del célebre Christophe de Thou su suegro, quien era el padre del famoso historiador. Vástago de esos grandes magistrados, Harlay heredó de ellos toda la gravedad que exageró cínicamente; hizo alarde del mismo desinterés y de la misma modestia, y deshonró al uno con su conducta y a la otra con un orgullo refinado pero extremo y que, a su pesar, saltaba a la vista. Pretendió, sobre todo, ser hombre de probidad y de justicia, de las que pronto se le cayeron las máscaras. Entre Pierre y Jacques conservaba la más exacta rectitud, pero, en cuanto percibía un interés o un favor al que tratar con miramientos, de inmediato se vendía. La continuación de estas Memorias podrá dar ejemplos de esto; mientras tanto, este proceso lo dejó en descubierto.

Era erudito en derecho público, poseía a fondo los vericuetos de las diversas jurisprudencias, igualaba a los más versados en literatura, conocía bien la historia, y sabía, sobre todo, gobernar a sus allegados con una autoridad que no toleraba réplica, y que ningún otro presidente alcanzó antes de él. Una austeridad farisaica lo hacía temible por la licencia que se permitía en sus reprensiones públicas, con las partes en litigio, con los abogados y con los magistrados, de modo tal que no había nadie que no temblase si tenía que vérselas con él. Por lo demás, apoyado en todo por la corte, de la cual era esclavo, y el muy humilde servidor de todo lo que en ella gozaba de verdadero favor, fino cortesano, singularmente astuto político, todos esos talentos los volcaba únicamente en su ambición de dominio y de éxito, y de hacerse una reputación de gran hombre. Por otra parte, sin honor efectivo, sin moralidad en lo secreto, sin otra probidad que no fuese exterior, sin humanidad incluso; en pocas palabras, un hipócrita perfecto, sin fe, sin ley, sin Dios y sin alma, cruel marido, padre bárbaro, hermano tirano, amigo únicamente de sí mismo, malvado por naturaleza, gozando con insultar, ultrajar, aplastar, y no habiendo perdido, en toda su vida, una ocasión de hacerlo. Se podría hacer un volumen con sus salidas, y todas tanto más agudas cuanto que era infinitamente ingenioso, con el espíritu naturalmente inclinado a esto y siempre dueño de sí mismo de manera de no arriesgar nada de lo que pudiera llegar a arrepentirse.

En cuanto al exterior, un hombrecito vigoroso y flaco, una cara romboidal, una nariz grande y aquilina, unos ojos hermosos, expresivos, penetrantes, que solo miraban a hurtadillas, pero que, fijos en un cliente o en un magistrado, les hacían desear esconderse bajo tierra; un traje poco amplio, un alzacuello casi de eclesiástico y puños simples como los de ellos, una peluca castaña y con mucho pelo blanco, tupida pero corta, con un gorro grande encima. Quieto y caminando siempre se mantenía un poco doblado, con un aire falso más humilde que modesto, y siempre caminaba pegándose a las paredes para que le hicieran lugar llamando más la atención, y sólo andaba por Versalles haciendo, a izquierda y derecha, reverencias respetuosas y como tímidas.

Estaba ligado con el rey y con Madame de Maintenon por el punto sensible, y era él quien al ser consultado sobre la legitimación inaudita de hijos sin nombrar a la madre, había traído a colación el caso del caballero de Longueville, que fue puesto de relieve, gracias a cuyo éxito pudieron pasar los del rey. A partir de ese momento, le fue dada la palabra de que sería canciller de Francia, y toda la confianza del rey, y de sus hijos y de su todopoderosa gobernanta, las que supo conservar bien, procurándose continuas privanzas.
(Memorias, tomo I, capítulo XIII.)

Las sentencias y las máximas eran su lenguaje ordinario, incluso en las conversaciones comunes;  siempre lacónico, nunca a sus anchas, ni nadie con él; mucho ingenio natural y muy amplio, mucha penetración, un gran conocimiento de la sociedad, sobre todo de las personas con las que tenía que tratar, muy versado en literatura, profundo en la ciencia del derecho y, lo que desgraciadamente se ha vuelto tan poco común, del derecho público; muchas lecturas y mucha memoria, y con una lentitud que tenía muy estudiada, una justeza, una rapidez y una sorprendente vivacidad en las respuestas, y siempre presente. Superior a los más finos procuradores  en la ciencia de los tribunales, y un talento incomparable para gobernar gracias al que se volvía apoderado hasta tal punto del Parlamento que no había ningún miembro de ese cuerpo que no se sintiese como un escolar delante de él, y que la Cámara Alta y la Cámara de Investigaciones juntas no eran más que niños en su presencia, al que dominaba y manejaba cuando y como quería, a menudo sin que se dieran cuenta, y cuando lo sentían no se atrevían a hacer nada delante de él; sin haber dado nunca, pese a todo, acceso a ninguna libertad ni familiaridad con él a nadie, sin excepción; magnífico por ambición cuando la ocasión se presentaba, de ordinario frugal por el mismo orgullo, e igualmente modesto en sus muebles y en su ropa para aproximarse a las costumbres de los antiguos grandes magistrados.

Es una lástima inmensa que tantas cualidades y tantos talentos naturales y adquiridos se hayan visto destituidos de toda virtud, y no hayan sido dedicados más que al mal, a la ambición, a la avaricia, al crimen. Soberbio, venenoso, astuto, pérfido por naturaleza, humilde, bajo, capaz de arrastrarse si le resultaba útil, falso e hipócrita en todas sus acciones, incluso las más ordinarias y las más comunes, justo con exactitud entre Pierre y Jacques en beneficio de su reputación, la iniquidad más consumada, la más elaborada, la más perseverante, de acuerdo con su interés, su pasión y, sobre todo, el viento de la corte y de la fortuna.
(Memorias, tomo V, año 1707, capítulo XXI.)

LOUIS DE ROUVROY, duque de SAINT-SIMON.
Traducción y presentación, para Literatura & Traducciones, de  MiguelÁngel Frontán.


PORTRAIT DU PRESIDENT DE HARLAY

Harlay était fils d'un autre procureur général du parlement et d'une Bellièvre, duquel le grand-père fut ce fameux Achille d'Harlay, premier président du parlement après ce célèbre Christophe de Thou son beau-père, lequel était père de ce fameux historien. Issu de ces grands magistrats, Harlay en eut toute la gravité qu'il outra en cynique; en affecta le désintéressement et la modestie, qu'il déshonora l'une par sa conduite, l'autre par un orgueil raffiné, mais extrême, et qui, malgré lui, sautait aux yeux. Il se piqua surtout de probité et de justice, dont le masque tomba bientôt. Entre Pierre et Jacques il conservait la plus exacte droiture; mais, dès qu'il apercevait un intérêt ou une faveur à ménager, tout aussitôt il était vendu. La suite de ces Mémoires en pourra fournir des exemples; en attendant, ce procès-ci le manifesta à découvert.

Il était savant en droit public, il possédait fort le fond des diverses jurisprudences, il égalait les plus versés aux belles-lettres, il connaissait bien l'histoire, et savait surtout gouverner sa compagnie avec une autorité qui ne souffrait point de réplique, et que nul autre premier président n'atteignit jamais avant lui. Une austérité pharisaïque le rendait redoutable par la licence qu'il donnait à ses répréhensions publiques, et aux parties, et aux avocats, et aux magistrats, en sorte qu'il n'y avait personne qui ne tremblât d'avoir affaire à lui. D'ailleurs, soutenu en tout par la cour, dont il était l'esclave, et le très humble serviteur de ce qui y était en vraie faveur, fin courtisan, singulièrement rusé politique, tous ces talents, il les tournait uniquement à son ambition de dominer et de parvenir, et de se faire une réputation de grand homme. D'ailleurs sans honneur effectif, sans mœurs dans le secret, sans probité qu'extérieure, sans humanité même, en un mot, un hypocrite parfait, sans foi, sans loi, sans Dieu et sans âme, cruel mari, père barbare, frère tyran, ami uniquement de soi-même, méchant par nature, se plaisant à insulter, à outrager, à accabler, et n'en ayant de sa vie perdu une occasion. On ferait un volume de ses traits, et tous d'autant plus perçants qu'il avait infiniment d'esprit, l'esprit naturellement porté à cela et toujours maître de soi pour ne rien hasarder dont il pût avoir à se repentir.

Pour l'extérieur, un petit homme vigoureux et maigre, un visage en losange, un nez grand et aquilin, des yeux beaux, parlants, perçants, qui ne regardaient qu'à la dérobée, mais qui, fixés sur un client ou sur un magistrat, étaient pour le faire rentrer en terre; un habit peu ample, un rabat presque d'ecclésiastique et des manchettes plates comme eux, une perruque fort brune et fort mêlée de blanc, touffue, mais courte, avec une grande calotte par-dessus. Il se tenait et marchait un peu courbé, avec un faux air plus humble que modeste, et rasait toujours les murailles pour se faire faire place avec plus de bruit, et n'avançait qu'à force de révérences respectueuses et comme honteuses à droite et à gauche, à Versailles.

Il y tenait au roi et à Mme de Maintenon par l'endroit sensible, et c'était lui qui, consulté sur la légitimation inouïe d'enfants sans nommer la mère, avait donné la planche du chevalier de Longueville, qui fut mise en avant, sur le succès duquel ceux du roi passèrent. Il eut dès lors parole de l'office de chancelier de France, et toute la confiance du roi, de ses enfants et de leur toute-puissante gouvernante, qu'il sut bien se conserver et s'en ménager de continuelles privances.
(Mémoires. Tome I, chapitre XIII.)

Les sentences et les maximes étaient son langage ordinaire, même dans les propos communs; toujours laconique, jamais à son aise, ni personne avec lui; beaucoup d'esprit naturel et fort étendu, beaucoup de pénétration, une grande connaissance du monde, surtout des gens avec qui il avait affaire, beaucoup de belles-lettres, profond dans la science du droit, et ce qui malheureusement est devenu si rare, du droit public; une grande lecture et une grande mémoire, et avec une lenteur dont il s'était fait une étude, une justesse, une promptitude, une vivacité de repartie surprenante et toujours présente. Supérieur aux plus fins procureurs dans la science du palais, et un talent incomparable de gouvernement par lequel il s'était tellement rendu le maître du parlement qu'il n'y avait aucun de ce corps qui ne fût devant lui en écolier, et que la grand-chambre et les enquêtes assemblées n'étaient que des petits garçons en sa présence, qu'il dominait et qu'il tournait où et comme il le voulait, souvent sans qu'ils s'en aperçussent, et quand ils le sentaient sans oser branler devant lui, sans toutefois avoir jamais donné accès à aucune liberté ni familiarité avec lui à personne sans exception; magnifique par vanité aux occasions, ordinairement frugal par le même orgueil, et modeste de même dans ses meubles et dans son équipage pour s'approcher des mœurs des anciens grands magistrats.

C'est un dommage extrême que tant de qualités et de talents naturels et acquis se soient trouvés destitués de toute vertu, et n'aient été consacrés qu'au mal, à l'ambition, à l'avarice, au crime. Superbe, venimeux, malin, scélérat par nature, humble, bas, rampant devant ses besoins, faux et hypocrite en toutes ses actions, même les plus ordinaires et les plus communes, juste avec exactitude entre Pierre et Jacques pour sa réputation, l'iniquité la plus consommée, la plus artificieuse, la plus suivie, suivant son intérêt, sa passion, et le vent surtout de la cour et de la fortune.
(Mémoires. Tome V, année 1707, chapitre XXI.)


viernes, 12 de octubre de 2012

Saint-Simon: Una frase que es un cuento




CHARLES IV, DUC DE LORRAINE


Ami de tous les partis, fidèle à aucun, souvent dépouillé de ses États, et tantôt les abdiquant, puis les reprenant, tantôt en France avec les rebelles, puis à la cour, tantôt à la tête de ses troupes sans feu ni lieu qu'il faisait subsister aux dépens d'autrui, et y vivant lui-même, d'autres fois au service de la France, puis de l'empereur, après de l'Espagne, souvent à Bruxelles, enfin enlevé et conduit prisonnier en Espagne; toujours marié, et jamais avec la duchesse Nicole, héritière de Lorraine, sa cousine germaine, fille aînée d'Henri, duc de Lorraine, frère aîné de son père, qu'il avait épousée en 1621, dont il n'eut point d'enfants et qu'il perdit en janvier 1657, ni avec Marie, fille unique de Charles, comte d'Apremont, qu'il épousa en 1665, et dont il n'eut point d'enfants encore, et qu'il laissa veuve en septembre 1675 qu'il mourut.


Chronique de l'année 1697.








CARLOS IV, DUQUE DE LORENA


Amigo de todos los partidos, fiel a ninguno, despojado a menudo de sus Estados, ya renunciando a ellos y luego retomándolos; ya en Francia con los rebeldes y luego en la Corte, ya a la cabeza de sus tropas errantes, que hacía subsistir a expensas de los demás y viviendo él mismo con ellas; otras veces al servicio de Francia, luego del Emperador, más tarde de España, a menudo de Bruselas, por último capturado y conducido a España como prisionero; siempre casado con y nunca en compañía de la duquesa Nicolasa, heredera de Lorena, su prima hermana, hija mayor de Enrique, duque de Lorena, hermano mayor de su padre, a quien había hecho su mujer en 1621, de quien no tuvo hijos y a la que perdió en enero de 1657, ni de María, hija única de Carlos, conde de Aspremont, a quien desposó en 1665 y de quien tampoco tuvo hijos, y a quien dejó viuda en septiembre de 1675, año en que murió.



Traducción de Miguel Ángel Frontán.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Saint-Simon: Fortuna y muerte de La Vauguyon.



Fortune et mort de La Vauguyon
(1693)

Un autre évènement surprit moins qu'il ne fit admirer les fortunes. Le dimanche 29 novembre, le Roi, sortant du salut, apprit par le baron de Beauvais que La Vauguyon s'était tué le matin de deux coups de pistolets dans son lit, qu'il se donna dans la gorge, après s'être défait de ses gens sous prétexte de les envoyer à la messe. Il faut dire un mot de ces deux hommes. La Vauguyon était un des plus petits et des plus pauvres gentilshommes de France: son nom était Bétoulat, et il porta le nom de Fromenteau. C'était un homme parfaitement bien fait, mais plus que brun, et d'une figure espagnole; il avait de la grâce, une voix charmante qu'il savait très bien accompagner du luth et de la guitare; avec cela le langage des femmes, de l'esprit, et insinuant. Avec ces talents et d'autres plus cachés, mais utiles à la galanterie, il se fourra chez Mme de Beauvais, première femme de chambre de la Reine mère et dans sa plus intime confidence, et qui à tout le monde faisait d'autant plus la cour qu'elle ne s'était pas mise moins bien avec le Roi, dont elle passait pour avoir eu le pucelage. Je l'ai encore vue, vieille, chassieuse et borgnesse, à la toilette de Mme la dauphine de Bavière, où toute la cour lui faisait merveilles, parce que de temps en temps elle venait à Versailles, où elle causait toujours avec le Roi en particulier, qui avait conservé beaucoup de considération pour elle. Son fils, qui s'était fait appeler le baron de Beauvais, avait la capitainerie des plaines d'autour de Paris. Il avait été élévé, au subalterne près, avec le Roi. Il avait été de ses ballets et de ses parties, et, galant, hardi, bien fait, soutenu par sa mère et par un goût personnel du Roi, il avait tenu son coin, mêlé avec l'élite de la cour, et depuis traité du Roi toute sa vie avec une distinction qui le faisait craindre et rechercher. Il était fin courtisan et gâté, mais ami à rompre des glace auprès du Roi avec succès, et ennemi de même; d'ailleurs honnête homme, et toutefois respectueux avec les seigneurs. Je l'ai vu encore donner les modes. Fromentau se fit entretenir par la Beauvais, et elle le présentait à tout ce qui venait chez elle, qui, là et ailleurs, pour lui plaire, faisait accueil au godelureau. Peu à peu elle le fit entrer chez la Reine mère, puis chez le Roi, et il devint courtisan par cette protection. De là el s'insinua chez les ministres. Il montra de la valeur, volontaire à la guerre, et enfin il fut employé auprès de quelques princes d'Allemagne.Peu à peu il s'éleva jusqu'au caractère d'ambassadeur en Danemark, et il alla après ambassadeur en Espagne. Partout on en fut content, et le Roi lui donna une des trois places de conseiller d'Etat d'épée, et au scandale de sa cour le fit chevalier de l'Ordre en 1688. Vingt ans auparavant il avait épousé la fille de Saint-Maigrin dont j'ai parlé ci-devant à propos du voyage qu'il fit à Blaye de la part de la cour, pendant les guerres de Bordeaux, auprès de mon père; ainsi je n'ai pas besoin de répéter qui elle était, sinon qu'elle était veuve avec un fils de Monsier de Broutay, du nom de Quelen, et que cette femme était la laideur même. Par ce mariage, Fromentau s'était seigneurifié, et avait pris le nom de comte de La Vauguyon. Tant que les ambassades durèrent et que le fils de sa femme fut jeune, il eut de quoi vivre; mais, quand la mère se vit obligée de compter avec son fils, ils se trouvèrent réduits fort à l'étroit. La Vauguyon, comblé d'honneurs bien au delà de ses espérances, représenta souvent au Roi le misérable état de ses affaires, et n'en tirait que de rares et très médiocres gratifications. La pauvreté peu à peu lui tourna la tête, mais on fut très longtemps sans s'en apercevoir. Une des premières marques qu'il en donna fut chez Mme Pellot, veuve du premier président du parlement de Rouen, qui avait tous soirs un souper et un jeu, uniquement pour ses amis en petit nombre. Elle ne voyait que fort bonne compagnie, et La Vauguyon y était presque tous les soirs. Jouant au brelan, elle lui fit un renvi, qu'il ne tint pas. Elle l'en plaisanta et lui dit qu'elle était bien aise de voir qu'il était un poltron. La Vauguyon ne répondit mot; mais, le jeu fini, il laissa sortir la compagnie, et, quand il se vit seul avec Mme Pellot, il ferma la porte au verrou, enfonça son chapeau dans sa tête, l'accula contre sa cheminée, et, lui mettant la tête entre ses deux poings, lui dit qu'il ne savait ce qui le tenait qu'il ne la lui mit en compote pour lui apprendre à l'appeler poltron. Voilà une femme bien effrayée, qui entre ses deux poings lui faisait des révérences perpendiculaires et des compliments tant qu'elle pouvait, et l'autre toujours en furie et en menaces. A la fin, il la laissa plus morte que vive et s'en alla. C'était une très bonne et très honnête femme, qui défendit bien à ses gens de la laisser seule avec La Vauguyon, mais qui eut la générosité de lui en garder le secret jusqu'après sa mort, et de le recevoir chez elle à l'ordinaire, où il retourna comme si de rien n'eût été. Longtemps après, rencontrant sur les deux heures après midi M. de Courtenay dans ce passage obscur à Fontainebleau, qui, du salon d'en haut devant la tribune, conduit à une terrasse le long de la chapelle, il lui fit mettre l'épée à la main, quoique l'autre lui pût dire sur le lieu où ils étaient, et sans avoir jamais eu occasion ni apparence de démêlé. Au bruit des estocades, des passants dans ce grand salon accoururent et les séparèrent, et appelèrent des Suisses de la salle des gardes de l'ancien appartement de la Reine mère, où il y en avait toujours quelques-uns, et qui donnait dans le salon. La Vauguyon, dès lors chevalier de l'Ordre, se débarrassa d'eux et courut chez le Roi, tourne la clef du cabinet, force l'huissier, entre, et se jette aux pieds du Roi, en lui disant qu'il venait lui apporter sa tête. Le Roi, qui sortait de table, chez qui personne n'entrait jamais que mandé, et qui n'aimait pas les surprises, lui demanda avec émotion à qui il en avait. La Vauguyon, toujours à genoux, lui dit qu'il a tiré l'épée dans sa maison, insulté par M. de Courtenay, et que son honneur a été plus fort que son devoir. Le Roi eut grand-peine à s'en débarrasser et dit qu'il verrait à éclaircir cette affaire, et, un moment après, les envoya arrêter tous deux par des exempts du grand prévôt et mener dans leurs chambres. Cependant on amena deux carrosses, qu'on appelait de la Pompe, qui servaient à Bontemps et à divers usages pour le Roi, qui étaient à lui, mais sans armes, et avaient leurs attelages. Les exempts qui les avaient arrêtés les mirent chacun dans un de ces carrosses, et l'un deux avec chacun, et les conduisirent à Paris à la Bastille, où ils demeurèrent sept ou huit mois, avec permission au bout du premier mois d'y voir leurs amis, mais traités tous deux en tout avec une égalité entière. On peut croire le fracas d'une telle aventure: personne n'y comprenait rien. Le prince de Courtenay était un fort honnête homme, brave, mais doux, et qui n'avait de sa vie eu querelle avec personne. Il protestait qu'il n'en avait aucune avec La Vauguyon, et qu'il l'avait attaqué et forcé de mettre l'épée la main pour n'en être pas insulté. D'autre part, on ne se doutait point encore de l'égarement de La Vauguyon. il protestait de même que c'était l'autre qui l'avait attaqué et insulté. On ne savait donc qui croire ni que penser. Chacun avait ses amis, mais personne ne put goûter l'égalité si fort affectée en tous les traitements faits à l'un et à l'autre. Enfin, faute de meilleur éclaircissement et la faute suffisamment expiée, ils sortirent de prison, et peu après reparurent à la cour. Quelque temps après, une nouvelle escapade mit les choses plus au net. Allant à Versailles, La Vauguyon rencontre un palefrenier de la livrée de Monsieur le Prince, menant un cheval de main tout sellé, allant vers Sèvres et vers Paris. Il arrête, l'appelle, met pied à terre, et demande à qui est le cheval. le palefrenier répond qu'il est à Monsieur le Prince. La Vauguyon lui dit que Monsieur le Prince ne trouvera pas mauvais qu'il le monte, et saute en même temps dessus. Le palefrenier, bien étourdi, ne sait que faire à un homme à qui il voit un cordon bleu par-dessus son habit et sortant de son équipage, et le suit. La Vauguyon prend le petit galop jusqu'à la porte de la Conférence, gagne le rempart et va mettre pied à terre à la Bastille, donne pour boire au palefrenier et le congédie. Il monte chez le gouverneur, à qui il dit qu'il a eu le malheur de déplaire au Roi et qu'il le prie de lui donner une chambre. Le gouverneur, bien surpris, lui demande à son tour à voir l'ordre du Roi, et, sur ce qu'il n'en a point, plus étonné encore, résiste à toutes ses prières, et par capitulation le garde chez lui en attendant réponse de Pontchartrain à qui il écrit par un exprès. Pontchartrain en rend compte au Roi, qui ne sait ce que cela veut dire; et l'ordre vient au gouverneur de ne point recevoir La Vauguyon, duquel malgré cela il eut encore toutes les peines du monde à se défaire. Ce trait et cette aventure du cheval de Monsieur le Prince fit grand bruit et éclaircit fort celle de M. de Courtenay. Cependant le Roi fit dire à La Vauguyon qu'il pouvait reparaître à la cour, et il continua d'y aller comme il allait auparavant; mais chacun l'évitait, et on avait grand peur de lui, quoique le Roi par bonté affectât de le traiter bien. On peut juger que ces dérangements publics n'étaient pas sans d'autres domestiques, qui demeuraient cachés le plus qu'il était possible. Mais ils devinrent si fâcheux à sa pauvre femme, bien plus vieille que lui et fort retirée, qu'elle prit le parti de quitter Paris et de s'en aller dans ses terres. Elle n'y fut pas bien longtemps, et y mourut tout à la fin d'octobre, à la fin de cette année. Ce fut le dernier coup qui acheva de faire tourner la tête à son mari: avec sa femme il perdait toute sa subsistance; nul bien de soi et très peu du Roi. Il ne la survécu que d'un mois. Il avait soixante-quatre ans, près de vingt ans moins qu'elle, et n'eut jamais d'enfants. On sut que les deux dernières années de sa vie il portait des pistolets dans sa voiture et en menaçait souvent le cocher ou le postillon, en joue, allant et venant de Versailles. ce qui est certain, c'est que, sans le baron de Beauvais qui l'assistait de sa bourse et prenait fort soin de lui, il se serait souvent trouvé aux dernières extrémités, surtout depuis le départ de sa femme. Beauvais en parlait souvent au Roi, et il est inconcevable qu'ayant élevé cet homme au point qu'il l'avait fait, et lui ayant toujours témoigné une bonté particulière, il l'ait persévéramment laissé mourir de faim et devenir fou de misère.


LOUIS DE ROUVROY, duque de SAINT-SIMON.







Fortuna y muerte de La Vauguyon
 Crónicas del año 1693.

Otro acontecimiento sorprendió menos que lo que hizo admirar las distintas fortunas. El domingo 29 de de noviembre, el Rey al salir de la ceremonia del saludo supo, gracias al barón de Beauvais, que La Vauguyon se había matado en la cama de dos tiros de pistola en la garganta, después de haberse librado de sus domésticos con el pretexto de enviarlos a la misa. Es necesario decir unas palabras acerca de estos dos hombres. La Vauguyon era uno de los más pequeños y de los más pobres nobles de Francia: su nombre era Bétoulat, y él se adjudicó el nombre de Fromentau. Era un hombre perfectamente bien hecho, pero más que moreno, y de tipo español; poseía gracia, una voz encantadora que sabía acompañar muy bien con el laúd o la guitarra; aunado a ello, el lenguaje de las mujeres, no carente de ingenio, e insinuante. Con estos talentos y con otros más ocultos, pero útiles para la galantería, se introdujo en la casa de Madame de Beauvais, primera camarista de la reina madre y en su más íntima confidencia, y que trataba tanto más de conquistarse a todo el mundo que no lo había hecho menos con el Rey de quien se decía había sido la primera amante. Yo la he visto aún, vieja, legañosa y tuerta, en el despertar de la Señora Delfina de Baviera, donde toda la corte se comportaba con ella maravillosamente, ya que de tiempo en tiempo venía a Versalles donde siempre conversaba en privado con el Rey quien había conservado mucha consideración por ella. Su hijo, que se había hecho llamar el barón de Beauvais, tenía la capitanería de las llanuras que rodean París. Había sido educado, salvo en lo que concernía a su condición de subalterno, junto con el Rey. Había formado parte de sus bailes y de sus fiestas, y galante, audaz, bien proporcionado, sostenido por su madre y por un gusto personal del Rey, sabía emplear las palabras justas, mezclado con la élite de la corte, y tratado desde entonces por el Rey durante toda su vida con una distinción tal que hacía que se le temiese y se buscase su compañía. Era un cortesano sutil y mimado pero amigo de romper lanzas con éxito delante del Rey, y enemigo de la misma manera; hombre correcto, por otra parte, y respetuoso no obstante con los señores. Yo le he visto todavía imponiendo las modas. Fromentau se hizo mantener por la Beauvais, y ésta lo presentaba a todos los que venían a verla, los cuales, allí y en cualquier parte, a fin de complacerla, daban buena acogida al barbilindo. Poco a poco lo introdujo en el círculo de la Reina madre, luego en el del Rey, y él se volvió cortesano con tal protección. A partir de allí se introdujo entre los ministros. Voluntario en la guerra, demostró que tenía valor, y al fin se le dio un empleo en las cortes de algunos príncipes de Alemania. Poco a poco se elevó hasta la calidad de embajador en Dinamarca, y luego fue como embajador a España. En todas partes satisfizo, y el Rey le dio uno de los tres puestos de consejero de Estado de espada y, con escándalo de la Corte, lo hizo caballero de la Orden en 1688. Veinte años antes se había casado con la hija de Saint-Maigrin del cual ya he hablado aquí a propósito del viaje que éste hizo a Blaye de parte de la Corte, durante las guerras de Burdeos, junto con mi padre; de esta manera no me veo en la necesidad de repetir quién era ella, solamente que había quedado viuda con un hijo de Monsieur de Broutay, de nombre Quelen, y que esta mujer era la fealdad misma. Gracias a este matrimonio, Fromenteau se había enseñorificado y había tomado el nombre de conde de La Vauguyon. Mientras duraron las embajadas y el hijo de su mujer fue joven, tuvo de qué vivir; pero cuando la madre se vio obligada a contar con su hijo, se encontraron reducidos de manera bien estrecha. La Vauguyon, colmado de honores mucho más allá de sus esperanzas, le hizo ver a menudo al Rey el estado miserable de sus asuntos, y de ello no obtenía sino poco habituales y mediocres gratificaciones. Poco a poco la pobreza le trastornó la cabeza, pero durante mucho nadie se dio cuenta. Una de las primeras pruebas que dio de ello ocurrió en la casa de Madame Pellot, viuda del primer presidente del parlamento de Ruán, que ofrecía todas las noches una cena y un juego, únicamente para sus amigos en pequeño número. No recibía sino muy buena compañía, y La Vauguyon estaba allí casi todas las noches. Jugando al brelán, Madame Pellot subió la apuesta y él no quiso aceptarla. Ella se burló y le dijo que estaba contenta de ver lo pusilánime que él era. La Vauguyon no respondió ni una palabra; pero, terminado el juego, dejó irse la compañía, y, cuando se vio a solas con Madame Pellot, echó cerrojo a la puerta, se hundió el sombrero en la cabeza, la arrinconó contra la chimenea, y metiéndole la cabeza entre sus dos puños le dijo que no sabía qué era lo que le impedía dejarla hecha una compota para que aprendiese así a llamarlo pusilánime. He aquí una mujer bien asustada que entre dos puños le hacía reverencias perpendiculares y cumplidos tanto como podía, y el otro siempre con furia y con amenazas. Al fin la dejó más muerta que viva y se fue. Era una muy buena y muy correcta mujer que prohibió totalmente a sus domésticos dejarla a solas con La Vauguyon, pero que tuvo la generosidad de guardar la cosa en secreto hasta después de su muerte, y de recibirlo en su casa como de costumbre, adonde él volvió como si nada hubiese pasado. Mucho tiempo después, encontrando hacia las dos de la tarde a Monsieur de Courtenay en ese pasaje obscuro de Fontainebleau que, del salón de arriba delante de la tribuna, conduce a una terraza a lo largo de la capilla, lo obligó a echar mano a la espada sin importarle lo que el otro pudiera decirle del lugar donde se encontraban, y sin haber tenido jamás ocasión o apariencia de disputa. Con el ruido de las estocadas, los que pasaban por aquel gran salón acudieron y los separaron, y llamaron a los suizos de la sala de guardia del antiguo apartamento de la Reina madre donde siempre se encontraban algunos, y que comunicaba con el salón. La Vaguyon que ya era caballero de la Orden, se desembarazó de ellos y corrió hasta los apartamentos del Rey, hace girar la llave del gabinete, empuja al portero, entra, y se arroja a los pies del Rey diciéndole que venía a entregarle su cabeza. El Rey que acababa de levantarse de la mesa, en las habitaciones del cual nadie entraba sin ser llamado, y al que no le gustaban las sorpresas, le preguntó conmovido con quién tenía problemas. La Vaguyon, siempre de rodillas, le dijo que había desenvainado la espada en su casa habiendo sido insultado por Monsieur de Courtenay, y que su honor fue más fuerte que su deber. Al Rey le costó mucho librarse de él y dijo que haría aclarar el asunto y, luego de un momento, ordenó que fueran arrestados ambos por los oficiales del gran preboste y confinados en sus habitaciones. Mientras tanto trajeron dos carrozas, de las conocidas como de la calle de La Pompe, que Bontemps usaba y que servían para distintos usos para el Rey al que pertenecían aunque no llevasen sus ramas, y con todos sus caballos. Los oficiales que los habían arrestado los hicieron subir cada uno en una carroza y cada uno de ellos con cada uno y los condujeron a París a la Bastilla, en donde permanecieron siete u ocho meses con permiso, al cabo del primer mes, de recibir a sus amigos, pero tratados ambos con la misma igualdad en todo. Es fácil comprender el estruendo de una aventura semejante: nadie entendía nada de este asunto. El príncipe de Courtenay era un hombre en extremo correcto, grave, valiente pero de maneras suaves y que no había, durante toda su vida, tenido querella con nadie. Protestaba que no había tenido ninguna con La Vauguyon y que éste lo había atacado y forzado a echar mano a la espada para no ser insultado. Por otra parte, nadie sospechaba todavía del extravío de La Vauguyon. Este protestaba de la misma manera, que era el otro quien lo había atacado e insultado. No se sabía pues qué creer o pensar. Ambos tenían sus amigos pero nadie se dio por contento con la igualdad que tanto se afectaba en el trato que se les dispensaba a ambos. Al fin, a falta de mayor esclarecimiento, y la falta suficientemente expiada, salieron de prisión y, poco después, volvieron a aparecer en la Corte. Poco tiempo después, una nueva extravagancia puso las cosas más en claro. Yendo a Versalles, La Vauguyon encontró a un palafrenero con la librea del Señor Príncipe que llevaba, por el camino que va a Sevres y a París, un caballo obediente completamente ensillado. Lo llama, lo para, se baja, y le pregunta a quién pertenece el caballo. El palafrenero responde que al Señor Príncipe. La Vauguyon le dice que al Señor Príncipe no le parecerá mal que él lo monte, y salta al mismo tiempo sobre el animal. El palafrenero, bien aturdido, no sabe qué hacer con un hombre al que se le ve encima del traje el cordón azul saliendo de entre sus ropas, y lo sigue. La Vauguyon va al trotecito hasta la puerta de la Conferencia, llega hasta las murallas y se baja delante de la Bastilla, le da a beber al palafrenero y lo invita a retirarse. Sube al despacho del gobernador y le dice que ha tenido la desgracia de desagradar al Rey y que le ruega que se le conceda una habitación. El gobernador, muy sorprendido, le pide a su vez ver la orden del Rey y, viendo que éste no tiene nada, más sorprendido aún, resiste a todos sus ruegos y, buscando un arreglo, le permite permanecer en sus habitaciones mientras espera la repuesta de Pontchartrain al que envía de inmediato un mensajero. Pontchartrain da cuenta del asunto al Rey, que no sabe qué puede querer decir esto; y la orden llega al gobernador de no recibir de ninguna manera a La Vauguyon, para librarse del cual el gobernador tuvo aún, a pesar de esto, todas las penas del mundo. Este acto y esta aventura del caballo del Señor Príncipe produjo mucho ruido y aclaró en mucho aquella de Monsier de Courtenay. Sin embargo el Rey hizo que se le dijese a La Vauguyon que podía volver a aparecer en la Corte, y éste continuó a ir igual que antes, pero todo el mundo lo evitaba y tenía miedo de él, aunque el Rey por bondad afectase tratarlo bien. Es fácil darse cuenta que estas molestias de dominio público no iban sin otras de índole doméstica que permanecían ocultas tanto como era posible. Pero se le volvieron tan enojosas a su pobre mujer, mucho más vieja que él y que vivía muy retirada, que tomó la resolución de dejar París y de irse a sus tierras. No estuvo allí mucho tiempo y allí murió al final de ese año hacia fines de octubre. Fue ese el golpe último que terminó de darle vuelta la cabeza a su marido: con su mujer éste perdía todos sus medios de vida; ningún bien por su lado y muy pocos de la parte del Rey. No la sobrevivió sino un mes. Tenía sesenta y cuatro años, casi veinte menos que ella, y nunca tuvo hijos. Se supo que los dos últimos años de su vida llevaba pistolas en su coche con las que amenazaba a menudo al cochero o al postillón, poniéndoselas delante de la cara, cuando iba o venía de Versalles. Lo que es seguro es que sin el barón de Beauvais que lo asistía con sus propios recursos y se ocupaba mucho de él, se hubiese encontrado a menudo en las últimas necesidades, sobre todo después de la partida de su mujer. Beauvais le hablaba a menudo de él al Rey, y es inconcebible que éste habiendo elevado a este hombre hasta tal punto, y habiéndole siempre dado muestras de una bondad particular, lo haya dejado perseverantemente morir de hambre y volverse loco de miseria.


Traducción de Miguel Ángel Frontán.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Las Memorias de Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon.

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"El gusto por los espárragos y por Saint-Simon no lo he perdido nunca." Stendhal.




Louis de Rouvroy, segundo duque de Saint-Simon, nació en París el 5 de enero de 1675, en la antigua Rue Taranne, correspondiente a lo que es hoy la esquina del Boulevard Saint-Germain y de la Rue des Saints-Pères. A los catorce años escribió su primer relato, en el que describía los funerales de la Delfina de Baviera.


Recibió formación militar en la compañía de los Mosqueteros, la misma que Alejandro Dumas volvería mundialmente famosa dos siglos después. Participó en el sitio de Namur y en la batalla de Nerwinden. En esta campaña militar se encontró bajo las órdenes del mariscal de Lormes, con cuya hija se casó en 1695. En 1702 abandonó el ejército.


Luego de la muerte del Delfín en 1711, se unió al grupo que ponía sus esperanzas en el duque de Borgoña, nieto de Luis XIV y presunto heredero de la corona de Francia. La muerte sorpresiva del nuevo Delfín le hizo volcar todas sus expectativas políticas en su viejo amigo de infancia, el duque D'Orléans, quien fue proclamado regente en 1715, tras la muerte del Rey. Saint-Simon formó, entonces, parte del Consejo, pero rechazó, no obstante, el Ministerio de Finanzas que el Regente le ofrecía.


En 1723 le fue confiada una embajada extraordinaria en España. De ese viaje provienen algunas de las páginas más memorables de sus casi infinitas Memorias.


Luego de la muerte del Regente, Saint-Simon abandonó toda ambición política. Los treinta años que le quedaban de vida los pasó entre París y su castillo de la Ferté-Vidame, cerca de Chartres.


En 1739 dio comienzo a la redacción definitiva de sus Memorias, ese monumento de la literatura por el que desfilan alrededor de siete mil trescientos cincuenta personajes, verdadero antecesor de La comedia humana y de En busca del tiempo perdido".


Saint-Simon murió en París, en su residencia particular de la Rue de Grenelle, el 2 de marzo de 1755. La masa inmensa de sus papeles (once carpetas que contenían las Memorias) fue guardada como material confidencial en los Archivos de los Asuntos Extranjeros, y el gobierno sólo autorizó la publicación de algunos fragmentos.


Las Memorias completas y auténticas sólo fueron publicadas entre 1829 y 1830. Fue entonces cuando Chateaubriand, Stendhal, Sainte-Beuve, Barbey d’Aurevilly —como lo atestiguan los magníficos Memoranda de este último— descubrieron con admiración, con estupefacción sin duda, ciento veinticinco años después de su muerte, a uno de los más grandes escritores que ha dado Francia.



Année 1691. Où et comment ces Mémoires commencés


Je suis né la nuit du 15 au 16 janvier 1675, de Claude, duc de Saint-Simon, pair de France, et de sa seconde femme Charlotte de L'Aubépine, unique de ce lit. De Diane de Budos, première femme de mon père, il avait eu une seule fille et point de garçon. Il l'avait mariée au duc de Brissac, pair de France, frère unique de la duchesse de Villeroy. Elle était morte en 1684, sans enfants, depuis longtemps séparée d'un mari qui ne la méritait pas, et par son testament m'avait fait son légataire universel.


Je portais le nom de vidame de Chartres, et je fus élevé avec un grand soin et une grande application. Ma mère, qui avait beaucoup de vertu et infiniment d'esprit de suite et de sens, se donna des soins continuels à me former le corps et l'esprit. Elle craignit pour moi le sort des jeunes gens qui se croient leur fortune faite et qui se trouvent leurs maîtres de bonne heure. Mon père, né en 1606, ne pouvait vivre assez pour me parer ce malheur, et ma mère me répétait sans cesse la nécessité pressante où se trouverait de valoir quelque chose un jeune homme entrant seul dans le monde, de son chef, fils d'un favori de Louis XIII, dont tous les amis étaient morts ou hors d'état de l'aider, et d'une mère qui, dès sa jeunesse, élevée chez la vieille duchesse d'Angoulême, sa parente, grand'mère maternelle du duc de Guise, et mariée à un vieillard, n'avait jamais vu que leurs vieux amis et amies, et n'avait pu s'en faire de son âge. Elle ajoutait le défaut de tous proches, oncles, tantes, cousins germains, qui me laissaient comme dans l'abandon à moi-même, et augmentait le besoin de savoir en faire un bon usage, sans secours et sans appui; ses deux frères obscurs, et l'aîné ruiné et plaideur de sa famille, et le seul frère de mon père sans enfants et son aîné de huit ans.




En même temps, elle s'appliquait à m'élever le courage, et à m'exciter de me rendre tel que je pusse réparer par moi-même des vides aussi difficiles à surmonter. Elle réussit à m'en donner un grand désir. Mon goût pour l'étude et les sciences ne le seconda pas, mais celui qui est comme né avec moi pour la lecture et pour l'histoire, et conséquemment de faire et de devenir quelque chose par l'émulation et les exemples que j'y trouvais, suppléa à cette froideur pour les lettres; et j'ai toujours pensé que si on m'avait fait moins perdre de temps à celles-ci, et qu'on m'eût fait faire une étude sérieuse de celle-là, j'aurais pu y devenir quelque chose.


LOUIS DE ROUVROY, DUQUE DE SAINT-SIMON



Año 1691. Cuándo y cómo comencé estas Memorias

Nací la noche del 15 al 16 de enero de 1675, de Claude, duque de Saint-Simon, par de Francia, etc., y de su segunda mujer Charlotte de L’Aubespine, hijo único de esa unión. De Diane de Budos, primera mujer de mi padre, éste había tenido una única hija y ningún varón. La había casado con el duque de Brissac, par de Francia, único hermano de la duquesa de Villeroi. Ésta había muerto en 1684, sin hijos y separada, desde hacía mucho tiempo, de un marido que no la merecía, y me había hecho, en su testamento, heredero universal.


Llevé el nombre de vidamo de Chartres y fui educado con gran cuidado y gran dedicación. Mi madre, que tenía muchas virtudes y una constancia y un buen sentido infinitos, se dio un trabajo continuo para formarme el cuerpo y el espíritu. Temía que me tocase la suerte de esos jóvenes que creen que su fortuna ya está hecha y que se hallan, muy tempranamente, señores de sí mismos. Mi padre, nacido en 1606, no podía vivir lo bastante como para evitarme esa desdicha, y mi madre no dejaba de repetirme la necesidad imperiosa de valer algo en que se encontraría un muchacho que entraba solo en el mundo, por propia iniciativa, hijo de un favorito de Luis XIII, cuyos amigos estaban todos muertos o eran incapaces de ayudarlo, y de una madre que, educada desde su juventud en casa de la vieja duquesa de Angulema, su pariente, abuela materna del último duque de Guisa, y casada con un anciano, sólo había frecuentado a los viejos amigos y amigas de ambos y no había podido hacérselos de su edad. Añadía la falta de todo allegado, tíos, tías, primos hermanos, que me dejaba como abandonado a mí mismo y aumentaba la necesidad de saber hacer buen uso de mis capacidades, carente de ayuda y de apoyo; sus dos hermanos obscuros, y el mayor en la ruina y el más cargado de pleitos de la familia, y el único hermano de mi padre sin hijos y+ ocho años mayor que él.


Al mismo tiempo se dedicaba a fortalecerme el ánimo y a aguijonearme para que me hiciese tal que pudiese reparar por mí mismo esos vacíos tan difíciles de llenar. Logró inspirarme un gran deseo de ello. Mi gusto por el estudio y las ciencias no estuvo acorde, pero el que tengo, que parece haber nacido conmigo, por la lectura y por la historia y, por lo tanto, de hacer algo y llegar a ser alguien por medio de la emulación y los ejemplos que encontraba, suplió a esa frialdad por las letras; y siempre he pensado que si se me hubiera hecho perder menos tiempo con estas últimas y se me hubiera hecho estudiar seriamente la otra, podría haber llegado a algo en ella.


Traducción de Miguel Ángel Frontán