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martes, 15 de agosto de 2023

Johannes Nider y Mosén Oja Timorato: De los maleficios y los demonios. Velada sexta

PRESENTACION 

Mosén Oja Timorato, seudónimo de José María Montoto y López Vigil (1818-1886), asturiano de origen y, definitivamente, sevillano de adopción, jurista, historiador y periodista, escribió una Historia de don Pedro I de castilla, muy apreciada en su tiempo.

También nos ha dejado este tan curioso como interesante libro con el que inauguramos nuestra colección Nimium Quantum. Esta obra fue publicada por primera y única vez en la célebre Biblioteca de las tradiciones populares españolas dirigida por el antropólogo y folclorista Antonio Machado y Álvarez, el padre de Antonio y Manuel Machado.

Carlista, católico integral (como se proclamaría Léon Bloy unas décadas más tarde, quien hubiera visto un hermano espiritual en nuestro autor), furiosamente antimoderno, Mosén Oja Timorato se vuelve en este libro hacia el fin de su admirada Edad Media, para mejor denostar la época en que le tocó vivir, época impregnada de positivismo y materialismo.

La originalidad del libro reside en la particular manera en que se nos presenta el arte de la traducción en su desarrollo mismo, ligado al arte más general de la conversación. El autor traduce y comenta para su círculo íntimo, a lo largo de trece veladas, en las dilatadas noches del invierno hispalense, el capítulo V del Hormiguero de Fray Johannes Nider, célebre inquisidor del siglo XV.

Repletas de comentarios eruditos y de anécdotas a menudo literariamente deliciosas, estas páginas, que hubieran deslumbrado a Baudelaire o a Huysmans, se nos presentan como una traducción in progress, a la que puso fin la muerte de su autor y a la que salvó del olvido la amistad sin fallas, a pesar de todas las diferencias políticas y filosóficas, del padre de los  Machado.

Miguel Ángel Frontán

VELADA SEXTA

I

¿Qué  son el magnetismo, el sonambulismo y el espiritismo?

Son tres de los auxiliares de que en nuestros días se vale principalmente el demonio para perder las almas. El desarrollo que teórica y prácticamente han tomado y van tomando cada día; la pertinacia con que se defienden y los funestos estragos que en el orden moral y religioso han producido, muestran a las claras que no son un enemigo despreciable, sino que, al contrario, importa mucho estar prevenidos contra sus insidiosos ataques.

Tal es lo que nos proponemos manifestar en este breve escrito, explicando la naturaleza de estos errores y la línea de conducta que los católicos deben seguir en presencia de los mismos.

El magnetismo, sonambulismo y espiritismo no son, como podría alguno figurarse, tres cosas esencialmente distintas, sino simplemente tres retoños de un árbol muy antiguo, a saber: la antigua magia. Este error suele predominar en las épocas de infidelidad, por cuanto es el medio más adecuado con que el demonio puede llenar el vacío que la falta de fe deja en los entendimientos, toda vez que el entendimiento humano tiene una tendencia irresistible a lo sobrenatural, y cuando no puede satisfacerla experimenta la falta de una condición esencial de vida. Esta es la sencilla explicación del predominio de la magia o comercio del hombre con el diablo en los últimos tiempos antediluvianos y en los largos siglos del paganismo, como lo es también de su visible decadencia y casi completa extinción en los primeros tiempos del Cristianismo, y por consiguiente la fe ha menguado tan considerablemente en las conciencias.

A mediados del siglo pasado fue cuando Mesmer empezó a enseñar su sistema sobre el magnetismo, que luego se llamó mesmerismo, del nombre de su autor; y aunque éste calificaba su sistema de meramente científico, bien pronto acreditaron los hechos que distaba mucho de poderse explicar por causas puramente naturales.

El mesmerismo, que se manifestaba especialmente en las extraordinarias curaciones de enfermos que debían colocarse alrededor de una tinaja, de la que se desprendía el pretendido fluido magnético, se convirtió en sonambulismo bajo la dirección de M. Puységur, discípulo de Mesmer. El sonambulismo no es más que el mesmerismo perfeccionado, por cuanto en él no se requieren los utensilios que Mesmer necesitaba para producir sus maravillosos efectos, sino que basta para esto simplemente infundir el sueño magnético a la persona sobre la cual se quieren verificar los experimentos.

El espiritismo propiamente dicho, que consiste en la comunicación directa con los seres invisibles, nació en Norte América a mediados de este siglo, siendo principalmente importado a Europa por Mr. Duglas-Home.

II

¿Qué  fenómenos se atribuyen al magnetismo, sonambulismo y espiritismo, y qué  debe pensarse de los mismos?

Los principales atribuidos al magnetismo son: 1º, movimientos extraños de mesas y otros objetos, sin causa visible que los produzca; y 2º, contestaciones dadas por los mismos a las preguntas que se les dirigen. Los que se atribuyen al sonambulismo, sobre todo si se trata, no del sonambulismo común o simple sueño magnético, sino del llamado sonambulismo lúcido, son, además de una especie de sopor en el sonámbulo, del cual ninguna fuerza puede despertarlo, 1º, una lucidez que él mismo se dice que posee, la cual le permite ver a larga distancia, aunque haya objetos intermedios; y 2º, adivinación por parte de los médiums de cosas ocultas. Por último, los que directamente se atribuyen al espiritismo son: 1º, movimientos de lápices producidos por agentes invisibles, que reproducen exactamente el carácter de letra de una persona difunta; y 2º; aparición de fantasmas o presencia invisible de espíritus, pretendiendo unos y otros ser las almas de personas difuntas.

Concediendo que no pocas veces la farsa y la prestidigitación juegan un papel importante en estos fenómenos[1] es, sin embargo, imposible negar en absoluto su realidad. Muchos de ellos vienen atestiguados por centenares de testigos mayores de excepción por su capacidad y honradez; los tribunales de justicia más competentes han conocido de los mismos; los escritores católicos, al combatir el espiritismo, nunca ponen en cuestión la realidad de los hechos que éste se atribuye, reduciéndose tan solo la polémica a investigar y explicar su causa; y sobre todo, los Prelados de la Iglesia y la Sagrada Congregación, al ser consultados sobre el particular, tampoco han puesto en tela de juicio la realidad de dichos fenómenos, limitándose a reprobarlos y a declarar su ilicitud.

En presencia de estos datos, atribuir a la superchería todos los fenómenos del espiritismo, sería resistir a la evidencia.

III

Pero si son verdaderos, ¿cómo deben explicarse?

Sus partidarios se dividen en dos clases: primera, la de los que quieren explicarlo todo por causas naturales, que en su concepto no son otras que las manifestaciones del fluido magnético; menos aún, simples alucinaciones, como pretende Mr. Littré; y segunda, la de los que suponen la intervención de las almas de los difuntos, y estos son los espiritistas propiamente dichos.

Desde luego es inadmisible la primera explicación, porque este fluido, sea lo que fuere de sus fuerzas ocultas, no pasa, por confesión de todos, de ser un fluido no espiritual; es, si acaso, una de tantas fuerzas de la naturaleza, y no más, y por tanto incapaz a radice de producir efectos que revelan necesariamente inteligencia e  intención en su causa, según aquel sabido axioma: ningún efecto puede ser jamás superior a la causa que lo ha producido.

Tocante a la hipótesis de la alucinación inventada por Mr. Littré, será, si se quiere, un expediente muy cómodo para salir de apuros, pero no  creemos que nadie pueda tomar en serio la existencia, ni siquiera la posibilidad de una alucinación tan sui generis que ataca a centenares y millares de personas, sin que pueda señalarse causa, razón ni pretexto alguno de un efecto semejante, y sobre todo una alucinación que enseña repentinamente a hablar idiomas desconocidos y descubrir cosas ignoradas.

Igualmente es inadmisible la segunda explicación, porque, como enseña Santo Tomás, según los principios de la sana filosofía, el alma humana, destinada como está a informar un solo cuerpo, no puede obrar en manera alguna sobre las demás sino por medio de los órganos del cuerpo a que está sustancialmente unida, y por ende carece de todo medio de acción sobre aquéllas cuando está separada de su cuerpo. Como la índole de este escrito no nos permite engolfarnos en especulaciones filosóficas, basta para confirmar lo dicho consignar un hecho atestiguado por la experiencia, a saber: que el alma, mientras está unida al cuerpo, tiene acción sobre este cuerpo que ella anima, pero no sobre ningún otro, hasta tal punto, que si a una persona se le amputa un miembro, o aun sin amputársele, si por una enfermedad cualquiera pierde enteramente dicho miembro, la sensibilidad, el alma deja ya de tener acción sobre el mismo desde que deja de vivificarlo.

Luego el alma sólo tiene acción sobre el cuerpo que vivifica; es así que después de la muerte de una persona su alma ya no vivifica ningún cuerpo; luego las almas de los difuntos no tienen acción sobre ningún cuerpo; luego es falso que sean las almas de los difuntos las que se aparecen por las evocaciones de los espiritistas, las que contestan a sus preguntas, etc., etc. Y nada vale decir que lo que las almas no pueden por naturaleza lo pueden por permisión de Dios; porque si bien es cierto que algunas veces Dios ha permitido, por motivos especiales, y siempre de grande importancia, la aparición de algún alma, sería ridículo y altamente injurioso y depresivo del concepto que debemos tener de Dios, suponerle a disposición de cualquier médium para que le sirviera de cómplice en sus especulaciones, o cuando menos en sus caprichos[2].

Desechadas, pues, ambas explicaciones, sólo queda una, que es la que damos los católicos, a saber: la intervención del maligno espíritu.

En primer lugar, esta intervención es posible, porque el diablo, como es un puro espíritu, tiene acción sobre los cuerpos. A diferencia del alma humana, el diablo no tiene su fuerza circunscrita o limitada sobre un cuerpo solo; y como por otra parte, al ser despojado de sus prerrogativas de gracia, conservó las dotes de su naturaleza angélica, tiene, por consiguiente, el poder de cambiar de lugar los cuerpos casi instantáneamente, de realizar con suma rapidez lo que las fuerzas de la naturaleza ejecutan con suma lentitud, y por último, de producir vehementes ilusiones en los hombres, ya sea inmutando sus sentidos, ya excitando su fantasía.

En segundo lugar, esta intervención del demonio no sólo es posible, sino real y verdad de fe en ciertos casos. Basta para probarlo recorrer las Sagradas Escrituras, en cuyas páginas se pueden leer los prestigios obrados por los magos de Egipto, los mil casos de personas presas por el demonio, y sobre todo las tentaciones que padeció Nuestro Señor Jesucristo.

En tercer lugar, la Iglesia siempre ha creído en la persistencia de esta intervención, como lo prueban las doctrinas de los Santos Padres, las decisiones de los Concilios contra los magos y hechiceros y la fórmula de los exorcismos que pone en todos los Rituales.

IV

¿Qué  conducta deben, pues, seguir los católicos respecto al magnetismo, sonambulismo y espiritismo?

Contestamos a esta pregunta transcribiendo las siguientes disposiciones de la Iglesia, advirtiendo que antes que se sometiera la cuestión al oráculo de la Santa Sede, ya los teólogos y los Obispos, según lo que les correspondía por razón de su ministerio, se habían pronunciado muy claramente sobre el particular, reprobando las prácticas del magnetismo, sonambulismo y espiritismo como perniciosas por lo que toca a la fe y peligrosas en lo que se refiere a la moral.

Lo que dio origen a la primera decisión de Roma fue la consulta hecha en 1841 por el obispo de Lausana a la Sagrada Penitenciaría, exponiendo los fenómenos que sus adeptos atribuyen al magnetismo, la cual obtuvo la siguiente respuesta: Sancta Penitenciaria, mature perpensis expositis, respondendum censet, prout respondet; lisum magnetismi prout in casu exponitur non licere. Después, en 1856, la Sagrada Congregación de la Inquisición romana expidió una Carta Encíclica a todos los obispos, en la cual, después de haber enumerado los varios fenómenos atribuidos al magnetismo, dice: In hisce omnibus, qua cumque demum utantur arte, vel illusioni, cum ordinentur media phisica ad effectus non naturales, reperitar decepcio omnino illicita et haereticalis, et scandalum contra honestatem morum. Y concluye excitando el celo y vigilancia de los obispos, para que aparten de los fieles la corrupción de costumbres, que produce semejante magnetismo. Posteriormente, por decreto de 20 de abril de 1864, se condenaron y proscribieron todos los escritos de Allan Kardec sobre el espiritismo.

De estas decisiones inferimos: 1º, que no es lícito nunca tomar parte en los fenómenos praeter naturales atribuidos al magnetismo y espiritismo, aunque se haga pacto explícito o implícito de no querer comunicación con el maligno espíritu; 2º, que no es lícito asistir como meros espectadores a las reuniones espiritistas; 3º, que no es lícito leer ni retener las obras o revistas que defienden sus prácticas; y 4º, que debe inculcarse con toda eficacia a los fieles el peligro gravísimo de eterna condenación en que se pondrían, si no se apartasen de las sugestiones, disfrazadas muchas veces, de los aficionados a esta secta infernal, cuyo fin último no es otro que reemplazar el culto y adoración de Jesucristo con el culto y adoración de Satanás. R. C.

C. —Me ha satisfecho por completo el escrito leído, y ya no me queda la menor duda de que los espiritistas son hermanos carnales de la Pitonisa de Endor y de cuantos han ejercido la nigromancia en este mundo.

M. —Para poner término a esta materia de la nigromancia, leeré  a ustedes el siguiente relato, que tomado de las Memorias inéditas de Lallemand, pone en su historia del conde de Cagliostro mi siempre queridísimo amigo el Sr. D. José  Velázquez y Sánchez, cuyo fallecimiento, que acabo de saber, me tiene en gran manera contristado.

«Ninguna de las aventuras del Conde hizo más ruido en París, y aun en el reino, que el convite entre doce personas de su más íntimo trato, que tuvo lugar en una rotonda de su casa, labrada expresamente en el jardín, para aislar aquella pieza del resto del edificio, que era un caserón espacioso, pero viejo y algo sentido en sus muros. El Conde había hablado a ciertas personas de su mayor confianza, algunas conocidas por su declarado ateísmo, de las apariciones de difuntos, para dar testimonio de la otra vida, diciendo que el conjuro a que obedecían los espíritus era casi familiar en la India y en lo interior del Egipto, y que comunicar con ellos sin hacerles tomar formas visibles, lo sabían hasta las viejas persas y los niños de las costas de Coromandel. Instado por los que creían en el poder sobrenatural del noble hechicero, y por los que ponían en duda la peregrina facultad de traer a la tierra a los emigrados de este valle de lágrimas, consintió Cagliostro en someterse a la prueba, exigiendo que se diera un banquete en la rotonda, poniéndose entre los convidados sillones vacíos, que ocuparían los muertos que se lo designaran, basta el numero de seis. Llegado el día del tremendo convite, el Conde encargó a sus comensales que no se preocuparan de la escena que tendría lugar a los postres, y que no frustrasen el efecto de la aparición visible con ninguna especie de movimiento arrebatado ni de sensación extrema. En el momento oportuno se levantó el prócer italiano, y fue llamando a Voltaire, Diderot, D'Alambert, Montaigne, Boileau y Molière, quienes aparecieron a evocaciones sucesivas en los seis sillones que se les tenían dispuestos, perfectamente visibles al través de una especie de neblina, que parecía servirles de atmósfera particular. En este hecho están conformes todas las referencias de los doce convidados de la rotonda; pero corren por París algunos dichos agudos puestos en bocas de los muertos, como el de Voltaire sobre haber averiguado en el otro mundo que los Papas eran buena gente, el de Diderot, que declaraba el mérito de su Enciclopedia en el redactor del índice, y el de Molière, llamando a Luis XIV el primer cómico de Su Majestad. —El duque de Argenson refirió al Rey los rumores que circulaban en París respecto al banquete de los difuntos; pero Su Majestad encogiéndose de hombros, contestó al duque: He ahí los espíritus fuertes de nuestra época: niegan a Dios para creer en el diablo.»

M. —Ahora apuraremos el tiempo que de esta velada resta con el capítulo V del libro insigne que dice así: 

CAPÍTULO V

Con humores viscosos se les impide a las hormigas el que puedan trabajar y moverse; pues los animales débiles, cuando andan por sitios bituminosos, se pegan a ellos, así como cuando hay tempestad sufren en sus cuerpos y hallan obstruidos los caminos.

Por los lugares viscosos o bituminosos se significa la ocasión de las voluptuosidades carnales de los que viven fingidamente en la fe cristiana; porque de estos halagos no se puede salir para obrar bien, sino que, por el contrario, se es cautivado en las mismas terrenales delicias.

En figura de esto, en el lugar en que cayeron el Rey de Sodoma y de Gomorra con sus cómplices, por los que se entienden los lujuriosos e  incontinentes, se lee que había en un valle inculto muchos pozos de betún, en los cuales los que caían se deslizaban en varias voluptuosidades del cuerpo; porque las costumbres incultas, como en el mismo lugar dice la glosa, atraen a los pertinaces al profundo de los males. Mas los que no fueron muertos, huyeron a la montaña, esto es, a las alturas de las virtudes.

A propósito, dice San Bernardo en la homilía IX sobre los cantares: «La liga del deseo pervertido no permite al alma volar, sino que antes bien atrae la mente, si por ventura es alguna vez levantada por una tempestad».

También se dice que los voluptuosos están impedidos de ejercer el bien, porque los sectarios de los deleites carnales, halagados del humano favor, se hacen afeminados para las arduas obras de las virtudes. De ellos se dice en el capítulo 36 de Job: «Morirán de muerte violenta y acabarán su vida entre hombres afeminados y sodomíticos». O, como dice otra traducción: «Su vida será herida por los ángeles». Una y otra versión son verdaderas, aun cuando las palabras sean distintas, porque la vida de los afeminados es herida por los ángeles, cuando éstos, como nuncios de la verdad, la combaten con los dardos de la santa predicación.

En el mismo sentido habla San Gregorio en el libro XXVI de los Morales, y el Profeta aconseja a los elegidos, diciéndoles: «Obrad virilmente, y confórtese vuestro corazón, porque la mente lujuriosa se corrompe si se deleita con cosas transitorias. La vida de los que fingen muere entre los afeminados, porque se halla corrompida por la lujuria».

Perezoso. —Hemos oído que en nuestros tiempos hay muchos que de tal manera son encendidos en amor por obra de los maléficos hacia las mujeres de otros, o muchas mujeres hacia hombres ajenos, que ni con razones, ni con castigos se les puede hacer desistir. Por el contrario, hemos experimentado que entre los casados se suscitan por los maléficos tales odios, y también tales frialdades de la potencia generativa, que no pueden dar ni pedir el débito para tener prole. El amor y el odio existen en el alma; y como, según todos los que son competentes en tu profesión, el demonio no puede entrar en el alma, conviene saber que  es lo que hay de verdad o falsedad en esto.

Teólogo. — Aunque, según el unánime sentir de los nuestros, el demonio no puede obrar inmediatamente en el entendimiento y voluntad del hombre, sin embargo, conforme a la doctrina de los mismos, puede obrar en el cuerpo y en las cosas allegadas al cuerpo, ya sean sentidos interiores, ya exteriores, permitiéndolo Dios. Por eso se lee en Job: «Dijo, pues, el Señor a Satanás: Anda, en tu mano está, pero consérvale el alma». Tocas, por lo tanto, con tu pregunta tres dificultades, a saber: cómo se causan en la potencia generativa el maleficio y en la voluntad el odio y el amor desordenado.

De la filocapción o amor desordenado de un sexo a otro, debes saber que puede nacer de tres causas, cuales son: las incautas miradas, la tentación del demonio y el maleficio de los nigrománticos, igualmente que de los demonios.

En cuanto a lo primero dice Santiago: «Cada uno es tentado, siendo atraído y halagado por su concupiscencia; después, cuando la concupiscencia concibe, pare el pecado, y éste, cuando se consuma, engendra la muerte». Por eso, como Lichem viese a Dina, que había salido a ver las mujeres del país, la amó, la robó y durmió con ella, uniéndose sus dos almas. Y, según la glosa, sucede al alma enferma, cuando, pospuestos los negocios propios, se cuida de los ajenos, ser seducida por las costumbres y consentir en las cosas ilícitas.

Respecto a lo segundo, esto es, al amor desordenado que nace principalmente de la tentación del demonio, vemos en el libro primero capítulo XIII de los Reyes, que Ammón amó a su hermana Thamar, hermosa en extremo, concibiendo por ella gran pasión, de tal manera, que por este amor enfermó. No hubiera concebido tal maldad, a no haber sido gravemente tentado por el demonio; y por eso dice allí la glosa: «Esto nos aconseja el que siempre obremos cautamente, para que no dominen los vicios en nosotros, y el príncipe del pecado, que promete una falsa paz a los que peligran, hallándonos preparados, no  nos acometa de súbito y nos mate cruelmente».

De este segundo género de amor esta lleno el libro de los Santos Padres, el cual refiere, que algunos se libraron en los yermos de toda tentación de amor carnal; pues a veces eran tentados en este particular más de lo que puede creerse. Por eso, en la carta segunda, capítulo XII, a los Corintios, dice el Apóstol: «Se me ha dado el estímulo de mi carne, como un ángel de Satanás, para que me abofetee». Dice allí la glosa que la tentación en que no  se consiente no  es pecado, sino materia en que ejercitar la virtud; pero has de entender por esto, que si viene del enemigo y no de la carne, es pecado venial cuando no  se consiente; y de este amor tienes ejemplo en el libro primero de nuestro Hormiguero.

De la tercera especie de amor desordenado, que es el que proviene de maleficio de los demonios y de los idólatras, se presenta ejemplo en Ezequiel XXIII, bajo la metáfora de una mujer de Israel, cuyo pueblo ya siguió los ídolos y los maleficios de los asirios. «Olla, pues, dice, me fue infiel y perdió el juicio, yéndose tras de sus amantes los asirios, sus vecinos, que estaban vestidos de púrpura y eran grandes señores y de altos destinos, jóvenes, amables, caballeros todos, que montaban briosos caballos.» Consta que todos ellos tuvieron maléficos e  idólatras.

Pedro de Laguna[3] menciona cinco modos de obrar el demonio en la imaginación, en la fantasía y en la potencia generativa. Primero: interponiéndose entre los cuerpos, para que no se aproximen. Por lo mismo que es espíritu, tiene potestad sobre la criatura corporal para hacer o prohibir el movimiento local: por lo tanto, puede impedir, directa o indirectamente, el que los cuerpos se aproximen, interponiéndose en el de alguno, como sucedió al que, habiéndose desposado con un ídolo, se casó con cierta jovencita, a quien no pudo conocer. Segundo: inflamando o enfriando a los hombres por medio de las virtudes ocultas de las cosas, que él conoce bien. Tercero: turbando la estimación y la imaginación, que hace a la mujer aborrecer y ser aborrecida. Cuarto: reprimiendo directamente el vigor del miembro acomodado a la fructificación, como el movimiento local de cada órgano. Quinto: impidiendo la emisión de los espíritus a los miembros en que reside la virtud motiva; lo que puede hacer de muchas maneras.

Cuando las mujeres hacen sortilegios con habas o con testículos de gallos, no se ha de creer que hacen a alguno impotente por la virtud de esas cosas, sino por la oculta virtud de los demonios, que con ellas se burlan de las adivinadoras. Más permite Dios por este acto, por el cual se difunde el primer pecado, que sobre otros actos humanos; lo mismo que permite más sobre las serpientes, que sirven para las encantaciones más que otros animales.

Acerca de la inflamación para aquel acto, tenemos ejemplo en la leyenda de la virgen de San Basilio, la cual, como desease a un siervo de sus padres y enfriase al marido, no pudo conocer al siervo, lo mismo que sucedió al que, casado con un ídolo, no pudo conocer a su esposa.

Hay también respecto a la mujer, que de tal manera puede el diablo tentar su imaginación, que aborrezca al marido hasta el extremo, que por nada de este mundo consienta en que la conozca, y también puede maleficiarla, interponiendo un cuerpo, u obstruyendo el vaso. Al hombre le puede impedir el acto de muchas maneras, y por eso es maleficiado más veces que la mujer. Y más permite Dios que el demonio se embravezca en los pecadores, que en los justos; por lo cual dijo el Ángel a Tobías: «El demonio recibe potestad sobre los que a las liviandades se entregan». A veces también la reciben sobre los justos, como sucedió con Job, por lo cual deben confesarse y hacer otras cosas semejantes, para que no suceda que, permaneciendo el hierro en la herida, sea inútil la aplicación de la medicina.

Perezoso. — Aún me queda una duda sobre la liga del amor carnal, a saber: si los que existen en caridad pueden ser maleficiados con tal amor.

Teólogo. —La contestación a eso recibida de las palabras de Casiano que en la colación segunda del Abad Sereno concluye con estas palabras: «Define San Antonio, que en manera alguna puede el demonio invadir la mente o el cuerpo, ni tiene facultad para acometer al alma, sin haberla antes destituido de todo pensamiento santo, volviéndola vacía y desnuda de toda contemplación espiritual». No por eso vayas a entender que los demonios no acometen a los que viven en caridad y a otros semejantes; sino únicamente que no los puede acometer, si ellos quieren resistir con armas la virtud e  impulso de las cosas naturales. «Tales armas te habíamos dado, dice la filosofía a Boecio, que si antes no las arrojases, te defenderían con invencible firmeza.»

Por lo cual, Casiano en el mismo lugar citado habla de dos paganos, filósofos y maléficos, los cuales, llenos de odio contra el santo varón San Antonio, porque acudía a él todos los días multitud de pueblo le enviaron con sus maleficios demonios a la celda, para que con sus tentaciones le hiciesen huir de allí; los demonios, según los filósofos, convertidos después a la fe, confesaron, «hirieron los pensamientos del santo con amarguísimos estímulos, pero él los rechazó, haciendo la señal de la cruz en la frente y en el pecho, y recitando oraciones».

Mas un ejemplo bastante terrible refiere Vicente[4] en el Espejo historial de los hechos de San Basilio Magno, en cuyo tiempo, cierto rico tuvo una hija única, a quien disponía consagrar al Señor. Un esclavo de aquel rico, no  pudiendo casarse con la joven, fue a un maléfico, invocó al diablo, renegó de la fe y obtuvo que el demonio de la fornicación entrase en aquélla, encendiéndole de tal manera que, echada en tierra, clamaba que era atormentada por el esclavo, y para librarle, se le diera en matrimonio. Así lo hizo el padre con el corazón entristecido: el siervo, sin embargo, fue librado por San Basilio.

En el primero de los Diálogos refiere San Gregorio que cierto príncipe de los maléficos, llamado Basilio, quemados sus compañeros, huyó de Roma disfrazado de monje, y como tal monje fue admitido en un Monasterio por San Equicio; y, hallándose éste ausente, de tal manera malefició a la más hermosa de un monasterio de monjas, que febricitante y llena de ansiedad, clamaba con grandes voces: «Pronto moriré, si no viene el monje Basilio y me vuelve la salud con su curación». Sabiéndolo San Equicio, la sanó con la palabra, aún estando ausente, y mandó expeler del Monasterio al maléfico[5].

Perezoso. — Supuesto que la potestad del demonio se impide algunas veces por permisión divina, pregunto: ¿de cuántas maneras se hace esto?

        Teólogo. — Según Hugo, de cinco maneras: 1º Por el límite que a la potestad del diablo pone Dios, como se ve en Job; 2º, por milagro hecho exteriormente, como en la burra de Balaam; 3º, por impedimento añadido exteriormente, como en los dos discípulos heridos de locura, de que habla San Lucas en el capítulo último; 4º, por juicio de Dios que lo dispone interiormente por medio del ángel bueno, como a Asmodeo, que mató los esposos de Lora, mujer de Tobías; 5º, por cautela del mismo demonio, pues no quiere algunas veces lo que puede, para obrar peor, como se ve en la carta primera a los Corintios. A veces tampoco quieren los ángeles malos, por la nobleza del ser en que fueron creados, tentar con viles pecados, como la sodomía a simple fornicación, ni se acercan al hombre cuando ha fornicado, particularmente el primero y segundo día, por lo reciente del pecado. Por eso dice Ezequiel: «Multiplicaste las idolatrías para irritarme». Y allí mismo: «Y te daré  a las almas de los que te odian, (esto es, al demonio) que se avergüenzan en tu malvado camino». Hasta aquí Hugo en el segundo de las sentencias.



[1] Y tanto es así, que aun en los casos de posesión diabólica, la Iglesia, sumamente previsora, no permite a los sacerdotes el uso de los exorcismos sin autorización especial.

[2] Estas últimas razones que apuntamos sirven a mayor abundamiento para rechazar la hipótesis que atribuye a los ángeles buenos los fenómenos del espiritismo. Esta hipótesis fue ideada por Mr. Billot, y ha sido poco seguida, que sepamos.

[3] Petrus de Palude, dice el autor, y yo lo he traducido como se ve.

[4]  Este Vicente es Fray Vicente Belvacense, del Orden de Predicadores, insigne en el siglo XIII. Sobre que el espejo moral que una mano pecadora mezcló con los demás espejos que él compuso, era apócrifo, y sobre si fue o no fue  obispo, se ha escrito mucho y se han revuelto muchas bibliotecas.

[5] San Gregorio refiere además que un Obispo recomendó al maléfico Basilio a fin de que fuese recibido por San Equicio, el cual le dijo: «Este que me recomendáis, Padre, no veo que sea monje, sino diablo». Y como el obispo le repusiere que aquello no era más que un pretexto para no atender su recomendación, contestó el santo: «Os lo denuncio tal cual lo veo; mas, para que no creáis que no quiero obedecer, hago lo que me decís». Admitido en la Comunidad el fingido monje, sucedió con la religiosa lo que cuenta el autor del Hormiguero , y al saberlo San Equicio, exclamó «¿No había yo dicho que ese no era monje? Id, y arrojadle de la celda». Así lo hicieron los monjes, y él después dijo, que aunque había suspendido muchas veces en el aire la celda de San Equicio, nunca le había podido hacer daño. Al poco tiempo fue quemado en Roma. En el tomo V de la Biografía Eclesiástica, publicada en Barcelona, se dice: «El Papa San Gregorio el Grande en el primer libro de los Diálogos, cap. IV, entre los muchos prodigios que refiere, obrados por Dios por intercesión de San Equicio, al tratar de este suceso, cuenta, que habiendo llegado a Roma la fama de los sermones de San Equicio, no faltaron algunos en acriminarle ante el Pontífice, porque sin ser sacerdote, se entregaba a la predicación, principalmente siendo hombre de escasos conocimientos, y no estando autorizado por Su Santidad: que el Papa, queriendo proceder con el debido pulso, envió un mensajero al Santo, mandándole que pasase a Roma, para dar cuenta de su conducta, y al propio tiempo encargó al mensajero se lo trajese consigo, pero con decoro y sin la menor violencia, que al llegar el mensajero al monasterio, no halló a Equicio, pues había salido, y sabiendo que a la sazón se encontraba en el campo, envióle a buscar con un criado suyo, hombre muy mal educado : que éste, apenas vio a los segadores, preguntó en tono de desprecio, quién de ellos era Equicio. Mas no bien hubo proferido estas palabras, principió a temblar, en términos, que cuando estuvo cerca de él, se arrojó a sus pies, los besó y le comunicó con todo decoro la orden de su amo. Contestóle el Santo que en acabando de segar iría; y en efecto, cogiendo la guadaña, y con los vestidos andrajosos que llevaba, se presentó Equicio al enviado del Papa. Que Juliano, (así se llamaba el mensajero), al verle llegar tan humilde y pobre, formó de él muy mal concepto, y no sabía cómo tratarle; mas que, al acercársele, infundió Dios a Juliano tal respeto, que apenas acertaba a pronunciar siquiera una palabra, hasta que echándose a sus pies, le manifestó el deseo que tenía el Sumo Pontífice de conocerle: que el Santo Abad entonces, levantando los ojos al cielo, dio gracias al Señor por la merced que le hacía su Vicario en la tierra en haberse acordado de él y le mandase llamar, y que en el momento manifestó estar pronto para la partida: que Juliano dijo hallarse muy fatigado, y que podrían aguardar al día siguiente: Mucho me pesa, hijo, repuso Equicio; porque  si no vamos hoy, no iremos mañana: y que así aconteció; porque al día siguiente, al amanecer, llegó un extraordinario de Roma, por cuyo medio el Papa mandaba a Juliano que dejase a Equicio y que no le molestase. Que no bien lo supo el Santo, cuando, dirigiéndose al embajador, exclamo así: ¿No os lo dije yo, que si ayer no íbamos, no iríamos hoy? Y que quedó en el monasterio alabando al Señor por las muchas mercedes que le dispensaba».

 



viernes, 25 de noviembre de 2022

Johannes Nider y Mosén Oja Timorato: De los maleficios y los demonios. Velada quinta

Presentación

Mosén Oja Timorato, seudónimo de José María Montoto y López Vigil (1818-1886), asturiano de origen y, definitivamente, sevillano de adopción, jurista, historiador y periodista, escribió una Historia de don Pedro I de Castilla, muy apreciada en su tiempo.

También nos ha dejado este tan curioso como interesante libro. Esta obra fue publicada por primera y única vez en la célebre Biblioteca de las tradiciones populares españolas dirigida por el antropólogo y folclorista Antonio Machado y Álvarez, el padre de Antonio y Manuel Machado.

Carlista, católico ultramontano, o integral (como se proclamaría Léon Bloy unas décadas más tarde, quien hubiera visto un hermano espiritual en nuestro autor), furiosamente antimoderno, Mosén Oja Timorato se vuelve en este libro hacia el fin de su admirada Edad Media, para mejor denostar la época en que le tocó vivir, época impregnada de positivismo y materialismo.

La originalidad del libro reside en la particular manera en que se nos presenta el arte de la traducción en su desarrollo mismo, ligado al arte más general de la conversación. El autor traduce y comenta para su círculo íntimo, a lo largo de trece veladas, en las dilatadas noches del invierno hispalense, el capítulo V del Hormiguero de Fray Johannes Nider, célebre inquisidor del siglo XV.

Repletas de comentarios eruditos y de anécdotas a menudo literariamente deliciosas, estas páginas, que hubieran encantado a un Baudelaire o a un Huysmans, se nos presentan como una traducción in progress, a la que puso fin la muerte de su autor y a la que salvó del olvido la amistad sin fallas, a pesar de todas las diferencias políticas y filosóficas, del padre de los  Machado.

VELADA QUINTA

CAPÍTULO IV

Las hormigas que carecen de alas, o que salen demasiado al público, son muertas fácilmente por otros animales; pero las aladas se elevan para no ser presa de sus enemigos[1].

Entiéndense por alas las virtudes, porque por ellas se obtiene mucho bien; por lo cual dice Ezequiel: «y arrebatóme el espíritu, y oí detrás de mí una voz muy estrepitosa que decía: Bendita sea la gloria del Señor que se va de su lugar. Y oí el ruido de las alas de los animales, de las cuales la una batía con la otra, y el ruido de las ruedas que seguían a los animales, y el ruido de su grande estruendo.»

Así expone esto San Gregorio en el libro XXIV de sus Morales: «¿Qué  debemos entender por alas de animales, sino las virtudes de los santos, que cuando desprecian las cosas terrenas, vuelan a las celestiales? Y por eso se dice rectamente por Isaías: ‘Los que confíen en el Señor mudarán la fortaleza, tomando alas como águilas’. Los animales que vuelan, a veces se hieren con sus alas; y las mentes de los santos, consideradas en cuanto apetecen las cosas superiores, se excitan mutuamente con diferentes virtudes. Aquel me hiere con su ala que me incita a lo mejor con el ejemplo de su propia santidad, y hiero con mi ala al vecino, cuando manifiesto alguna buena obra para que se incite.»

Pero aquellas hormigas monjas, que no están aladas con las plumas de las virtudes, o que salen con frecuencia incautamente de su casa, esto es de la Iglesia católica, cayendo en la perfidia, son devoradas por los osos fácilmente, pudiéndose entender por osos los maléficos y nigrománticos, como sucedió a aquellos simples muchachos, que saliendo de casa de sus padres y burlándose de Eliseo, fueron devorados por los osos, según se refiere en el libro IV de los Reyes.

Perezoso. — Ya que has mencionado a los nigrománticos, dime si se diferencian de los maléficos, y si así es, cuáles son sus obras.

Teólogo. —Llámanse propiamente nigrománticos los que ostentan con ritos y supersticiones que pueden levantar de sus sepulcros a los muertos, para que digan las cosas ocultas; cual lo fue en otro tiempo aquella Pitonisa, a quien rogó Saúl que hiciese aparecer a Samuel, para que le dijese el éxito que tendría la guerra, cual lo fue también el malvado Simón Mago, que, atribuyéndose más poder que el que tenía el príncipe de los Apóstoles, fingió que había resucitado a un difunto.

Pero comúnmente aquellos se dicen nigrománticos, que por pacto con los demonios predicen las cosas futuras, o que por revelación del demonio manifiestan algunas ocultas, o que dañan a sus prójimos con maleficios, y muchas veces son dañados por los demonios.

Hubo, y hoy vive en Viena, en el Monasterio dicho ad Scotos, el hermano, de quien en el capítulo anterior dije que era de la Orden de San Benito, el cual, cuando estaba en el siglo, era famosísimo nigromántico, porque tuvo de los demonios libros de nigromancia y vivió mucho tiempo, conforme a ellos, bastante miserable y disolutamente. Tuvo una hermana, virgen muy devota de la Orden de los Penitentes, por cuyas oraciones creo que fue él sacado de las fauces del demonio. Fue compungido, a los monasterios reformados de varios puntos, pidiendo se le concediese el hábito de la santa conversión; mas, como era de gigantesca estatura y de terrible aspecto, y conocido como el primero, respecto a maleficios y cosas de joglar, apenas había quien le diese crédito. Admitido, por fin, en el monasterio antes dicho, al ingresar mudó de nombre y de vida, llamándose Benedicto; y de tal manera aprovechó en la regla del Santo Padre Benito, que a los pocos años, hecho espejo de la religión, fue elegido prior, y habiendo partido a Ambona para asuntos seculares, se captó las voluntades del pueblo con sus sermones. Éste, pues, siendo aún novicio, según él mismo me contó, sostuvo muchas vejaciones de los demonios, a quienes había dejado. Se confesó un día sacramentalmente, vomitando el virus de su perversa vida con la esperanza del perdón; y llevando la noche siguiente una lucerna en la mano, sintió la presencia del demonio, que con violento ímpetu, hizo que se cayese la lucerna al suelo, y la emprendió con él a golpes. Pero el soldado de Cristo venció la tiranía de aquel oso, porque ya había tomado las alas de las virtudes por las que, con sagradas oraciones, se libró de la boca de la bestia.

Además, según oí, a dicho juez Pedro, en el territorio de Berna y en los lugares a él cercanos, hace sesenta años, fueron practicados por muchos los referidos maleficios, de los cuales fue el principal autor un tal llamado Escalio, el cual se atrevió a gloriarse públicamente de que cuando quisiera podía convertirse en ratón a los ojos de todos sus émulos y deslizarse de las manos de sus enemigos, como en efecto se dice que se escapó así muchas veces. Mas cuando la justicia divina quiso poner término a su malicia, hallándose sentado cerca de una ventana, los que le acechaban entraron por ella inopinadamente, y cuando él menos lo temía, y murió miserablemente a los golpes de las lanzas y de las espadas. Dejó, sin embargo, sus malas artes a un su discípulo llamado Hoppo, e  hizo maestro en maleficios al referido Staedelin.

Supieron estos dos, siempre que quisieron llevarse del campo ajeno al suyo, granos, heno y otras cosas, sin que nadie los viese, promover grandes granizadas y nocivos vientos, arrojar a los niños, en presencia de sus padres, al agua, cerca de la cual andaban, hacer estériles a los hombres y a los animales, dañar a los demás en sus bienes y en sus cuerpos, emitir de sí pestilentísimos olores cuando iban a ser cogidos, hacer frenéticos a los caballos, cuando tenían el pie a los que los montaban, los cuales creían que eran trasportados por los aires de un lugar a otro, hacer temblar las manos y los ánimos de los que los cogían; manifestar a otros cosas ocultas, predecir las futuras, ver las ausentes, como si estuvieran presentes, matar a veces con un rayo; y supieron, en fin, hacer otras cosas pestíferas donde y cuando la justicia de Dios permitió que se hiciesen.

Perezoso. —Dos cosas quisiera saber aquí. Primera, si los demonios y sus discípulos pueden hacer los maleficios que has dicho en rayos, tormentas y otras cosas semejantes, de lo cual dudan algunos; y segundo, si confesaban aquellos miserables cuáles eran las obras divinas con que se impedían aquellas maquinaciones.

Teólogo. — A la primera te respondo, que sin duda pueden; pero permitiéndolo Dios. Así vemos, que, recibida de Dios la potestad, al instante el demonio hizo que los Sabeos quitasen a Job los bueyes y los jumentos, que el fuego consumiese las ovejas del mismo y aun a los pastores, que los Caldeos se llevasen los camellos, pasando a cuchillo a los que los guardaban, que los hijos pereciesen bajo los escombros de una casa, y que el mismo Job fuese ulcerado desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. Por lo cual el Santo Doctor dice: «Preciso es confesar que, permitiéndolo Dios, pueden los demonios perturbar los aires, concitar los vientos y hacer que caiga fuego del cielo. Aun cuando la naturaleza corpórea no obedece a la voluntad de los ángeles buenos ni malos, para recibir forma, sino sólo a Dios criador, sin embargo, en cuanto al movimiento local, la naturaleza corporal es nacida para obedecer a la espiritual, como lo vemos en el hombre, pues al sólo imperio de la voluntad se mueven los miembros para ejecutar lo que ella dispone. Cualesquiera cosas por consiguiente, que pueden hacerse con sólo el movimiento local, las pueden hacer por natural virtud tanto los ángeles buenos, como los malos, a no ser que divinamente se prohíba; es así que los vientos, las lluvias y otras semejantes perturbaciones del aire pueden hacerse por el sólo movimiento de los vapores exhalados de la tierra y el agua; luego para procurar tales cosas basta la natural virtud del demonio». Hasta aquí Santo Tomás.

Suele Dios castigar con los males correspondientes a nuestros pecados, valiéndose para ello de los demonios, como de sus atormentadores o ministros de tormentos; y por eso dice la glosa sobre aquellas palabras del salmo 104: Hizo venir el hombre sobre la tierra y destruyó todo sustento. «Dios permite estos males por medio de los ángeles malos, que son los destinados a tales cosas. Llama, pues, al hambre, esto es, al ángel destinado a causar mal por el hambre.»

Finalmente, en cuanto a la segunda duda, conocerás que se puede contrarrestar a los maléficos de muchas maneras; pues así lo confiesan muchos en los tormentos, algunos con dificultad, y otros espontáneamente. Y en cuanto en suma pude colegir de las palabras del mencionado Pedro, cinco medios hay para impedir las obras maléficas, a veces en todo, a veces en parte, a veces el que se hagan en la persona de uno, o en sus amigos; y esos cinco medios son: guardar íntegra la fe o los preceptos de Dios en caridad, armarse con la señal de la cruz y con la oración, reverenciar los ritos y ceremonias de la Iglesia, administrar bien la justicia pública, y repasar verbal o mentalmente la pasión de Cristo.

Del primero y segundo me refirió Pedro los siguientes ejemplos, que había él oído de los maléficos.

«Conocí, dijo uno, a cierto simple, que vino a pedirme que privase de la vida a su enemigo o le dañase en su cuerpo con un rayo, o de otra manera. Llamé  al Maestrillo, esto es, al demonio, el cual me respondió, que ni una ni otra cosa podía hacer. Tiene, dijo, buena fe, y se defiende diligentemente con la señal de la cruz; por lo tanto, no en el cuerpo, sino en la undécima parte de sus frutos del campo, si se quiere, le podré  dañar.»

Conocí a cierta virgen veterana, que se llamaba Seriosa, en los confines de la diócesis de Constancia, madre y espejo de todas las vírgenes del pueblo, la cual tenía gran confianza en el signo de la cruz y en la pasión de Cristo, vivía en un miserable tugurio de una aldea pobre y pobre ella misma voluntariamente, en una tierra donde se sabe que algunas veces tenían lugar bastantes maleficios. Un amigo suyo fue dañado en un pie con grave maleficio, de que por arte ninguno podía sanar. Después de aplicados muchos remedios, visitó dicha virgen al enfermo, quien le pidió que aplicase al pie alguna bendición, a lo que ella accedió, y silenciosamente aplicó la oración dominical y el símbolo de los apóstoles, con repetidos signos de la vivificadora Cruz. Sintiéndose el paciente curado en aquel instante, quiso saber, para lo sucesivo, qué  clase de versos había aplicado la virgen, y ésta le dijo: «vos, por debilidad o por mala fe, no os adherís a los ejercicios aprobados por la Iglesia, y aplicáis frecuentemente a vuestras enfermedades versos y remedios prohibidos, que, sin obrar en el cuerpo sino rara vez, perjudican a vuestra alma; pero, si confiaseis en la eficacia de las oraciones y de los signos lícitos, muchas veces sanaríais. Nada os he aplicado más que la oración dominical y el símbolo de los Apóstoles, y ya estáis curado».

Consta además, por confesión de los maléficos, que son vencidos sus maleficios con los ritos de la Iglesia, guardados y venerados, como por la aspersión del agua bendita, la toma de la sal consagrada, el uso lícito de las luces y palmas consagradas en los días de la Purificación y de Ramos, y por otros semejantes; porque la Iglesia exorciza estas cosas, para que disminuyan las fuerzas del demonio.

De la justicia pública dicen todos los maléficos, y lo dice la experiencia también, que en el mismo instante en que aquellos son cogidos por los oficiales de justicia de la república, queda enervada toda su potestad. Por lo cual; como muchas veces el dicho juez Pedro quisiese coger, por medio de sus criados, al citado Staedelin, tanto hedor percibieron, que no se determinaron a acometerle; y diciéndoles el juez que le echasen mano, pues, tocado por la justicia, al instante perdería todas sus fuerzas, hiciéronlo así, y quedo probado el dicho del juez.

Éste mismo refirió lo siguiente: «Habiendo cogido a Staedelin, que había dañado gravemente con granizos, causado hambre, y ocasionado con rayos muchas devastaciones, le pregunté  cuál era la verdad en esto, y me contestó: ‘Procuro con facilidad los granizos; pero no puedo dañar a mi arbitrio sino a aquellos que están destituidos del auxilio divino: los que se defienden con la señal de la cruz, no morirán con mi rayo’. Y preguntándole luego que cómo procedía para concitar las tempestades y granizos, dijo: ‘En primer lugar invocamos en el campo al príncipe de todos los demonios, para que nos envíe a uno de los suyos; después, viniendo cierto demonio, inmolamos un pollo negro, tirándolo a lo alto, y tomado por el demonio obedece éste al instante y concita el viento, arrojando rayos y granizos, no siempre a los lugares por nosotros designados, sino donde el Dios vivo lo permite’. Preguntéle, por tercera vez, si podían remediarse de alguna manera tales tempestades concitadas por los maléficos y por los demonios, y respondió: ‘Pueden remediarse, pronunciando estas palabras: Os conjuro, granizos y vientos, por los tres divinos clavos, que taladraron las manos y los pies de Cristo, y por los cuatro santos Evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, para que descendáis resueltos en agua’ ».

Ya aparece de lo dicho que la sabiduría y clemencia de Dios, dispone suavemente los maleficios de los hombres pésimos y de los demonios, de tal manera que cuando busquen con su perfidia el disminuir y enfermar el reino y la fe de Cristo, se afirmen uno y otra y echen mayores raíces en el corazón de muchos. Pueden venir a los fieles muchas utilidades de los males referidos, porque así se robustece la fe, se ve la malicia del demonio, se manifiestan la misericordia y potestad divinas, miran los hombres por guardarse y se acercan a la reverenda pasión de Cristo y a las ceremonias de la Iglesia.

M. —No pasa de aquí el capítulo cuarto; y ya que en él se habla de las tempestades concitadas por los demonios a ruego de los maléficos, voy a referirles a ustedes un caso que he leído en el Martillo, que no deja de ser gracioso.

Cuentan los autores de aquel prodigioso libro, que en una ciudad próxima a las orillas del Rin había una maléfica que era sumamente odiosa a sus convecinos; y como no hubiese sido convidada a ciertas bodas, a que lo habían sido casi todos los del pueblo, quiso, indignada, vengarse de tamaño desaire. Al efecto, llamó al diablo, le contó su cuita y le pidió hiciese caer una granizada sobre los que en las bodas se encontraban. Accedió el demonio a la petición de su devota, a quien elevó y llevó por los aires hasta un monte inmediato a la ciudad, en cuya cumbre la depositó. Luego que ella se vio en el suelo hizo un hoyo, donde vertió agua, y con el dedo empezó a revolver el líquido a presencia del mismo demonio, el cual, elevando el vapor que de tal laboratorio salía y convirtiéndolo en grueso granizo, lo arrojó sobre los que, muy alegres y contentos, cantaban y bailaban en las bodas. Estos, al grito de «sálvese el que pueda,» se dispersaron en completa derrota llevando a su casa la cabeza llena de los golpes con que el granizo los había atormentado.

Discurriendo sobre tan extraño suceso, todos sospechaban de la maléfica, hasta que por la declaración de unos pastores que casualmente se hallaron en el monte cuando se confeccionó la tormenta, y tuvieron ocasión de ver sin ser vistos el diabólico artificio, las sospechas se convirtieron en evidencia; por lo cual, y por otras habilidades por el estilo que se averiguaron, a aquella infernal mujer, la llevaron al quemadero, donde pagó todo lo que debía a la justicia humana, partiendo al tribunal donde la divina se administra.

R. —Siento que no se haya detenido Fray Juan Nyder en decir algo sobre los llamados propiamente nigrománticos , y en especial sobre el suceso de la Pitonisa de Endor, que, aun cuando nunca me lo he podido explicar satisfactoriamente, siempre he creído que no debe entenderse tal como suena.

M. —Pues procuraré  suplir en esta parte el silencio del autor con algo de lo que en otros he leído.

Uno dice: «El evocar las almas de los muertos, para que digan las cosas ocultas y futuras llamábase nigromancia, y es muy antigua. Este arte tuvo origen del error de aquellos que creían que las almas existían desde la eternidad y eran partícipes de la sustancia divina, y libres del cuerpo, como que conseguían la divinidad; por lo cual los romanos y los hebreos creían que, no con lamentos, sino con himnos y cánticos se habían de celebrar las defunciones. Mas como dicho fundamento sea falso, ni está en potestad de las almas el aparecer cuando quieran, de aquí es que no son las almas de los muertos las que aparecen, sino los demonios».

Prohíbe el canon XIV del concilio iliberitano el que se enciendan cirios en los cementerios porque no deben inquietarse los espíritus de los santos, y con ocasión de esto, dice un escritor: «Obsérvese que no se prohíben los cirios dentro de las iglesias, en las cuales, ni en tiempo del concilio iliberitano, ni en los siguientes se permitía enterrar los cuerpos de los fieles, sino sólo en los cementerios. Porque este canon no prohíbe las ceremonias del culto divino, sino los prestigios de la nigromántica impiedad y de la adivinación demoníaca de que usaban muchos, género de víboras nacidas de la escuela de Simón Mago y de sus discípulos Basílides, Menandro y Saturnino, de la que surgió en España la diabólica propagación de los priscilianistas, dados a las encantaciones y adivinaciones. En los mismos sacrilegios consistía la curiosa evocación de los muertos por medio de los demonios, de quienes, como de oráculos, decían que se podían saber los más ocultos misterios y los sucesos futuros. Las sagradas historias de los Reyes refieren que el infelicísimo rey Saúl, el día antes de su muerte y de aquel funesto conflicto con los filisteos, sintiéndose abandonado de Dios y que a él y a los suyos amenazaban grandes peligros, salió de los reales en una noche tempestuosa y fue a Endor a pedir a una pitonisa que evocase el alma de Samuel, para saber por sus respuestas la suerte que le esperaba. De Apión escribe Plinio que evocó los manes de Homero, para que le dijesen cuál era su patria y otras cosas vanas y de ninguna importancia, sin atreverse después a manifestar lo que le hubiesen respondido. De Apolonio de Tiana, escribe Filostrato, que fue al sepulcro de Aquiles y evocó sus manes, para que se le presentase a la vista la imagen de aquel héroe tal cual había sido en vida. Cuenta Tertuliano que los nosamonas, según las historias de Heraclido, Nynfodoro y Herodoto, acostumbraban consultar a los oráculos, pernoctando junto al sepulcro de sus padres. Lo mismo dice de los celtas, citando a Nicandro. Enseña que las imágenes de los muertos, aparecidos a estos evocadores, en manera alguna son las almas de los difuntos, sino vanos espectros, con que el demonio fascina su vista. Añade el mismo Tertuliano que no fue el alma de Samuel la que apareció a Saúl, sino su mentida efigie, y que no fueron en realidad convertidas en serpientes las varas de los magos de Faraón, sino que los demonios las hicieron aparecer tales, fascinando al efecto los ojos de los que estaban presentes. Finalmente, los santos, que este canon dice, que no se han de inquietar, deben entenderse los mismos fieles, a quienes las sagradas escrituras suelen muchas veces significar con el nombre de santos, como hace también frecuentísimamente el apóstol San Pablo en sus epístolas».

M. —Es interesantísimo un diálogo de San Cirilo sobre esta materia; y aunque no todo, porque es bastante largo y ya se va acercando la hora de nuestra retirada, creo que no ha de pesar a ustedes el oír alguna parte de él. Es como sigue.

«Pal. —¿Quién vendría a tal grado de demencia que creyese que los ventrílocuos y encantadores que vaticinan de los muertos, hacen semejantes portentos por medio de Dios, que por su ley condenó al último suplicio a los que a estas cosas se aplican? Entonces sucedería que iba contra sus propias leyes.

»Cir. —Piensas perfectamente. Pero ¿juzgaremos, por ventura, que las almas de los santos son tan abyectas y de ningún precio, o más bien que han venido a tal miseria, que estén sujetas a los malos e  inmundos espíritus, a cuyo arbitrio sean llevados de aquí para allí? El libro del Apocalipsis, que San Juan nos escribió y los santos Padres aprobaron, manifiestamente afirma que las almas de los santos se miran ante el mismo altar divino. Si, pues, las arrebatan de las mansiones celestes y de los sacratísimos lugares, e  impunemente, sin que ninguno se oponga, las llevan a otra parte, se sigue que el cielo está franco a todos los demonios y verosímilmente les esta abierta a éstos la puerta del paraíso, cediendo ante ellos la espada de fuego, y que no sólo les esta libre la entrada y la salida, sino que también pueden sacar a su arbitrio a los que están dentro. Pero ¿no es esto arrancar la esperanza en Cristo y constituir a los santos en cierta vida miserable?

»Pal. —Así parece.

»Cir. —Ninguna duda cabe. Mas si después que nos hemos separado de los vivos y nos hemos asociado a Cristo, hemos de venir a estar bajo la potestad de espíritus enemigos, irrita nuestra fe, según la escritura, y nadie después dejaría de juzgar que valía incomparablemente más el que nuestra alma estuviese siempre en el cuerpo y no se asociase a Cristo; y, lo que es más grave e  intolerable: cuando aún gozamos de esta vida mortal, ningún derecho tiene sobre nosotros el diablo, antes bien pisamos sobre serpientes y escorpiones, y sobre toda potestad del enemigo, según la voz del Salvador; pero después, cuando merecemos reunidos con Cristo, ¿cómo hemos de estar en peor lugar? El cómo Él mismo lo dice con estas palabras: ‘Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy la vida eterna, y no perecerán en el siglo, ni nadie las arrebatará de mis manos. Mi padre que me las dio es superior a todos, y nadie arrebatará cosa alguna de la mano de mi padre’. ¿Y engañaría acaso a los que pelean por su fe en Cristo el sapientísimo Pedro, que escribe así?: ‘Por tanto, aquellos mismos que padecen por la voluntad de Dios, encomienden por medio de las buenas obras sus almas al Criador, el cual es fiel’. Si, pues, Satanás hace fuerza al alma encomendada a Dios, llevándola donde quiere, ¿cómo se ha de creer preferida el alma del santo, al ser puesta como en depósito ante Dios? Es, pues, necio delirio el creer que el alma del profeta fue verdaderamente sacada de los lugares, a la misma designados, por las profanas encantaciones de una impurísima mujer.

»Pal. —¿Cuál es entonces la manera de resolver esta cuestión?; pues creo estas cosas tan torpes, que ninguna razón de ellas puede concebir el ánimo.

»Cir. —Puesto en primer lugar el texto de la Sagrada Escritura, saquemos el sentido, y tendremos fijamente la verdad. Dice así: ‘Había ya muerto Samuel y llorádole todo Israel amargamente, habiéndole sepultado en Famatha, su patria. Saúl, por consejo suyo, había limpiado el reino de magos y adivinos. Reunidos, pues, los filisteos, fueron y plantaron sus reales en Sunam. Asimismo Saúl, juntando todas las tropas de Israel, fue a Gelboé. Y visto el grande ejército de los filisteos, temió y desmayó su corazón sobremanera. Consultó, pues, al Señor; mas no le respondió, ni por sueños, ni por los sacerdotes, ni por los profetas. Dijo entonces Saúl a sus criados: Buscadme una mujer que tenga espíritu de Pitón  iré  a encontrarla y a consultar al espíritu por medio de ella. Respondieron sus criados: En Endor hay una mujer que tiene espíritu pitónico. Disfrazóse luego, y mudado el traje, se puso en camisa, acompañado de dos hombres. Fue de noche a casa de la mujer y díjola: Adivíname por el espíritu de Pitón[2], y hazme aparecer quien yo te dijese. Respondióle la mujer: Sabes bien cuanto ha hecho Saúl por extirpar de todo el país los magos y adivinos; ¿por qué, pues, vienes a armarme un lazo, para hacerme perder la vida? Mas Saúl le juró por el Señor, diciendo: vive Dios que no te vendrá por esto mal ninguno. Díjole entonces la mujer: ¿Quién es el que debo hacer aparecer? Respondióle: Haz que se me aparezca Samuel. Mas luego que la mujer vio a Samuel, exclamó a grandes gritos: ¿Por qué  me has engañado? Tú eres Saúl. Y díjola el Rey: No temas. ¿Qué  es lo que has visto? He visto, respondió la mujer, como un dios que salía de dentro de la tierra. Respondió Saúl: ¿Qué  figura tiene? La de un varón anciano, dijo ella, cubierto con un manto. Reconoció, pues, Saúl que era Samuel, y le hizo una profunda reverencia, postrándose en tierra sobre su rostro. Pero Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué  has turbado mi reposo haciéndome levantar? Respondió Saúl. Me veo en un estrechísimo apuro: los filisteos me han movido guerra, y Dios se ha retirado de mí, y no ha querido responderme, ni por medio de los profetas, ni por sueños: por esta razón te he llamado, a fin de que me declares lo que debo hacer. Respondióle Samuel: ¿A qué  viene el consultar conmigo, cuando el Señor te ha desamparado y pasádose a tu rival? Porque el Señor te tratará como te predije yo de su parte. Arrancará de tus manos el reino, y le dará a tu prójimo, a David, tu yerno. Por cuanto no obedeciste a la voz del Señor, ni quisiste hacer lo que la indignación de su ira exigía contra los amalecitas: por esto el Señor ha hecho contigo lo que estás padeciendo. Y además, el Señor te entregará a ti y a Israel en manos de los filisteos. Mañana, tú y tus hijos estaréis conmigo, y también el campamento de Israel le abandonará el Señor en poder de los filisteos. Cayó Saúl al instante, tendido en tierra, despavorido al oír las palabras de Samuel, y estaba además falto de fuerzas, a causa de no haber comido en todo el día’.

»¿Puede todavía caberte duda de que Saúl pagó las penas, condenado por su propio juicio? Cuando temió a los enemigos que contra él se habían congregado, cierto de su debilidad para la batalla, procuraba saber de Dios lo que había de suceder, y como Dios callase, sin revelarle cosa alguna, para vejar a aquel que se había propuesto el silencio, fue a la mujer que vaticinaba por los muertos, por aquéllos dice, que se creen peritos en las cosas futuras. Después dijo: ‘Tráeme a Samuel’, no porque el arte encantadora o mágica pudiese sacar el alma del santo, sino porque muchos de los que vaticinan usan de semejante voz. Oí, sin embargo, que aquellos a quienes los demonios fascinan y encantan con el agua, ven en ésta como en un espejo, ciertas figuras y sombras, que no son otra cosa que los demonios que procuran parecerse a aquellos de quienes se dice ser las figuras. Dijo primero la mujer: ‘veo que salen dioses de la tierra’; después dijo: ‘Y vio la mujer a Samuel’. No es difícil que se hubiese visto una sombra que representase una figura igual al beato Samuel y un simulacro hecho por arte diabólica.

»Sí, pues, si alguno cree que el alma del profeta fue realmente evocada, y da fe a las palabras de la mujer, cuando dice que ve ascender dioses de la tierra, no atribuirá mentira a los ritos del vaticinio; pero creerá que hay ciertos dioses con el cargo de levantarse de la tierra, aunque, según la naturaleza, existe Dios único y sólo.

»Pal. —Dices rectamente; pero dirá alguno: Todo lo que se le dijo a Saúl que había de sucederle, salió cierto, y, sin embargo, se enseña que nada de verdad hay en los espíritus impuros.

»Cir. — Y así es en efecto. No hay conveniencia ni sociedad alguna entre la luz y las tinieblas, o Cristo o Belial; pero a veces los encantadores predicen por permisión de Dios cosas verdaderas.»

M. —Por lo dicho hasta aquí por San Cirilo, comprenderán ustedes que las respuestas que los espiritistas dicen que les dan los espíritus que evocan, son respuestas dadas por los demonios.

R. —¿Luego deben ser contados los espiritistas entre los nigrománticos, encantadores y adivinos?

M. —Sin duda, como que lo que ellos hacen no es otra cosa que lo que siempre se ha conocido con el nombre de magia. Esto lo oirían ustedes perfectamente expuesto en pocas palabras, si les leyese lo que sobre el particular publicó un autor anónimo en el Boletín eclesiástico de Zaragoza con el título de El magnetismo, sonambulismo y espiritismo. Pero, aun cuando he traído ese escrito con ánimo de leérselo a ustedes, no  lo consiente el tiempo trascurrido, y habré  de dejarlo para mejor ocasión.

C. —Ninguna mejor que mañana mismo; y así, ruego a usted que dé  principio a la próxima velada con esa lectura, pues me perezco de curiosidad por saber algo del tal espiritismo.

M. —Así lo haré  sin falta.

Conforme a lo prometido, leyó M. en la noche siguiente el escrito del autor anónimo, concebido en estos términos.




[1] No esta esto muy en consonancia con el adagio, refrán o proverbio que se habla entre los que recopiló el Comendador Hernán Núñez, que después incluyó en su Filosofía Vulgar Juan de Malhara y que dice:

«Dánse alas a la hormiga,

para que se pierda más aína».

Pero no hay contradicción alguna atendiendo a que la palabra alas se dice en diversos sentidos o acepciones, y así como a veces se entiende por alas lo mismo que por virtudes, otras sucede que se entiende por soberbia y atrevimiento; como el mismo Malhara escribe con estas palabras: «Alas en muchas maneras de hablar quieren decir soberbia y atrevimiento, pues tomar una cosa tan pequeña como la hormiga alas, viene a perderse muy presto. Consejo es para que los bajos se tengan en aquel adagio: Nosce te ipsum ( Conócete) y que consideren los subidos en alto qué  caídas dan tan grandes».

[2] El espíritu de Pitón, quiere decir el espíritu de Apolo, divinidad famosa entre los gentiles, por razón de sus oráculos. Véase Act. XVI. v. 10. (Torres Amat.)