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martes, 29 de septiembre de 2026

Léon Daudet: Grandeza de Baudelaire

 

El destino de Baudelaire fue, tanto desde el punto de vista biográfico como literario, muy diferente al de Hugo. Cuando Baudelaire murió en 1867, acompañado de algunos artículos de una crítica inepta, escandalosa y ridícula[1], nadie habría sospechado que, en 1928, todo aquel que cuenta en nuestro país no sólo situaría a Charles Baudelaire al nivel de los más grandes poetas del siglo XIX, sino que incluso lo situaría por encima de ellos. Hoy en día, creo, nadie discute que el libro Las flores del mal representa, desde el punto de vista de la esencia, o, mejor dicho, del elixir poético, la cúspide del arte y del espíritu francés. Nunca se habían pronunciado tales acentos, de un alcance interior tan profundo, tan acertado y tan intensamente sentido, desde Ronsard y, más allá aún, desde Villon. Pero, mientras que en Villon y en Ronsard ( —donde el ímpetu poético es equivalente al de Charles Baudelaire—), es la luz la que dicta la cadencia, el estilo y la armonía general de los poemas, en Baudelaire todo está marcado por el color, por el cromatismo.

Sólo sabemos desde hace unos treinta años, es decir, en mi generación (—que fue la de Barrès, de Marcel Schwob, de Claudel—,) que nuestro mayor crítico general y ensayista del siglo XIX fue Charles Baudelaire. Cuando hoy releemos sus Salones, sus artículos sobre estética, sus Paraísos artificiales, uno queda maravillado por su perspicacia, su lógica y ese no sé qué de adivinatorio que va más allá del análisis y la exposición y que caracteriza a los fusionistas y unificadores de primer orden, destinados a perdurar tanto como las obras examinadas y ensalzadas por ellos.

Baudelaire es el poeta de la vida interior, al igual que Hugo fue el de la vida exterior. Las vicisitudes de su existencia —la de un enfermo, un impotente sexual, un bohemio y también un hombre profundamente infeliz— fueron distintas a las de Victor Hugo. Sin embargo, contribuyeron a refinar su sensibilidad y exaltar su pensamiento de tal modo que, muy recientemente, un joven crítico de gran valía, el Sr. Jean Royère[2], pudo afirmar que, a lo largo de su obra y bajo las apariencias de una sensualidad tensa, Baudelaire perseguía una intención mística. Es precisamente en esta línea que se ha escrito, en Bélgica, la notable tesis de licenciatura del señor Robert Vivier, titulada «La originalidad de Baudelaire». Por último, junto a estos autores, hay que citar los excelentes trabajos críticos de Fernand Vandérem sobre las relaciones entre Baudelaire y Sainte-Beuve.

Los detalles de la vida de Baudelaire nos son hoy en día, gracias a hábiles comentaristas, prácticamente todos conocidos. No obstante, en aspectos importantes, aún hay conjeturas y lagunas. Esta biografía es uno de los mayores dramas de conciencia que existen.

Si se trata de definir el genio de Baudelaire, creo que el término más adecuado, o al menos el que más se acerca, es el del Aura. Todo el mundo sabe lo que se entiende por «Aura»: es esa profunda inquietud que va más allá del malestar y la angustia. «Aura» significa «aliento» . Es el escalofrío que se siente en los momentos de graves intoxicaciones y que experimentan las personas muy nerviosas, en los prolegómenos de sus crisis. En definitiva, el aura puede considerarse como el colmo del malestar físico y moral. A menudo es la puerta de entrada a ese síndrome músculo-mental, que se denomina en su conjunto «epilepsia» y que refleja una intoxicación neuroquímica (—al igual que el malestar en sí mismo—), una intoxicación DE LOS CENTROS. La contractura, la sudoración profusa, la micción involuntaria, la obnubilación retiniana, las náuseas y los vómitos, síntomas de la epilepsia, son también los propios de los venenos activos, procedentes de las profundidades del organismo y de la agitación intracelular, o simplemente procedentes del exterior a través de la alimentación, de una inyección, a veces de un olor o de una alteración virulenta del ambiente.

Cuando califico a Baudelaire de enfermo, me refiero a que era un envenenado crónico, incluso antes de contraer la sífilis que, finalmente, acabó con él. Esta autointoxicación lo condujo, mediante un mecanismo bien conocido, a intentar completarla con el consumo de estupefacientes, alcohol, hachís y opio. Es el origen de sus hermosas obras sobre los «paraísos artificiales». Porque en él hay, además de un aspirante a místico (—según la acertada observación del Sr. Royère—,) y de un artista visual cromático de primer orden, un SABIO genial, animado, junto con el don de la síntesis, por el espíritu de investigación metódica y de experiencia personal. Los demás poetas del siglo XIX (—excepto Chénier—), por la naturaleza vaga de sus lamentos, por el desierto de sus concepciones, por su verborrea y su frivolidad, son mezclas, y a veces combinaciones y amalgamas, de niño y de mujer. Tal es el caso de Musset, Lamartine, Hugo y Verlaine. Baudelaire es un «hombre», mental y orgánicamente, un hombre, por su valentía a la hora de afrontar el dolor y la muerte, y de juzgar los efectos a partir de las causas; un hombre, en definitiva, por su elocución, su tono orgulloso y confidencial, el tono que guarda secretos —que es también el del príncipe Hamlet—. Pero la naturaleza le ha negado un atributo esencial del «vir», la posibilidad de abrazar eficazmente a la mujer hasta no formar con ella más que los dos compartimentos de una caja de carne, y de animar esa caja, ese receptáculo, con un estremecimiento compartido.

Ahí reside el drama, de una naturaleza y categoría totalmente distintas a las del drama de Hugo, de un dolor no menor, y percibido por un alma grande, pero hacia la cual ascienden constantemente los efluvios de miles de laboratorios celulares y químicos en rebelión. Alguien, no sé dónde —pues Baudelaire inspira a sus fervientes seguidores—, ha señalado la profunda analogía entre Pascal y Baudelaire, ambos a la vez sublimes y devastados. Uno en prosa, el otro en verso, tienen, en efecto, el estilo de la tortura y, a continuación, de la liberación de la tortura mediante la efusión.

Sin embargo, hoy en día no creo en absoluto, como se creía antaño, que el genio nazca de la sobreexcitación provocada por el malestar o por el aura. Ya expuse esto en L’Hérédo, que nace de una lucha, de un combate victorioso de la personalidad soberana —y, por tanto, sana— contra la presión hereditaria y neuroquímica, contra los trastornos de lo que he denominado la gravedad interior. Al igual que la cabra del señor Seguin, Baudelaire luchó toda la noche contra el lobo; y es ese combate el que queda plasmado en Las flores del mal, los Pequeños poemas en prosa y Los paraísos artificiales. Su razón, fuerte y brillante, luchó todo lo que pudo contra las sugerencias de sus jugos venenosos y de sus órganos prematuramente desgastados. Se apoyó en la Cruz de la manera más conmovedora, al modo de Pascal. No se puede decir que la Cruz se impusiera. Tampoco se puede decir que saliera derrotada.

Esto en lo que respecta a una parte de la vida interior. Queda la cuestión del cromatismo, del sentimiento concentrado del color, con todo lo que ello conlleva. Es ese cromatismo tenaz y resplandeciente el que tanto lo apegó a su «cuarterona» Jeanne Duval, con la esperanza de que las sensaciones de contraste cromático que ella le proporcionaba —y que él expresó magníficamente— le hicieran, como a los demás, capaz para la cópula. De ahí también la presencia y la obsesión por las lesbianas, por las mujeres condenadas —pintadas por Courbet en un famoso y secreto lienzo— que le inspiraron dos poemas incomparables y en los que se revela un conocimiento, personal y frenético, del tema tratado. Por mi parte, creo que todos los extremos del ser, ya sea en el amor normal o desordenado, al igual que todas las transgresiones del delirio y la obsesión, son formas especiales de intoxicación, y que el arte, que no conoce ni el bien ni el mal (—no se le puede culpar por ello, como tampoco se puede culpar a un león por rugir o a un tigre por arañar—,) lo convierte en su presa. Como decía el profesor Charcot, «la clínica está abierta», y lo que escribo aquí, en materia de crítica y de medicina, no es para uso de las instituciones benéficas ni de las niñas pequeñas. Pero Baudelaire no es un autor malsano, ni mucho menos. Es un autor sano, un arrepentido, un señor de remordimientos y penitencias, que lucha contra sus embriagueces mórbidas, nacidas de su desolado deseo de disfrutar, de una vez por todas, de verdad. No sé si me hago entender bien.

Una vez que se dispone de esta clave (—que, evidentemente, no es la única, pues Baudelaire también se asemeja a Hamlet —), pueden ustedes acercarse al resplandor doloroso y solar, así como a los amaneceres angustiados y a los crepúsculos desgarradores del mago.

Las disputas entre Baudelaire y su suegro, el general Aupick, que repercutieron tan cruelmente en la vida de Madame Baudelaire-Aupick, son demasiado conocidos como para que insista en ellos. Me he preguntado si Baudelaire, que conocía bien la literatura inglesa, y con una profundidad diferente a la de Taine, no habría intentado, mediante la teatralidad y la transferencia psíquica, renovar la aventura del príncipe de Dinamarca de poco aliento. En el autor de Las flores del mal había una teatralidad interior que, como ocurre en los hombres de gran malestar, se veía interrumpida por repentinos accesos de sinceridad. No sería de extrañar que se hubiera representado a sí mismo la comedia de Elsinor. Sea como fuere, el general Aupick aparece, a lo largo de esta pobre historia de preocupaciones por el dinero, por «los bolsillos vacíos», más aún que por «el corazón al desnuso», como un imbécil que nunca tuvo la más mínima idea del fenómeno genial que era su hijo , como un burgués sin malicia que no podía más que desear en su fuero interno la rápida desaparición de esa extraña piedra en su zapato conyugal.

Que Baudelaire torturara a su desdichada madre, de eso no hay duda. Todos los que se autointoxican son, como se dice, «insoportables ». A Baudelaire le encantaban las quejas, las explicaciones de carácter y las escenas. Cada día tomaba «resoluciones definitivas» y elaboraba planes de vida, algo propio de los impotentes: « A mamá, 200 francos. A Jeanne, 200 francos; a mí, 200 francos». La cifra varía, pero la infantilismo sigue siendo el mismo. Parece haber estado poseído por el espíritu de la timidez y por el espíritu de la reivindicación, como Hamlet. Al mismo tiempo, no es redundante —como Hugo, Musset o Lamartine—, sino sobrio y enérgico. Las comedias que se representa a sí mismo tienen algo de fulgurante y breve. De él se puede decir lo que el pintor Alfred Stevens decía de su compatriota Félicien Rops: «Es un mentiroso con prisa por acabar y volver a la sinceridad. »

Baudelaire —pues siempre hay que tener en cuenta las cuestiones de herencia cuando se examina a un literato y a un poeta de esta clase— era hijo de una madre que acabaría muriendo hemipléjica: uno de sus hermanos murió hemipléjico; él mismo murió semi-afásico, a raíz de un ataque que sufrió en Bruselas, tras algunos pródromos espaciados, durante una velada en una cervecería.

Ahora bien, los hombres que viven en una atmósfera de malestar exasperado y continuo, con una sensibilidad paroxística, si experimentan una remisión de ese malestar, sienten de inmediato un estado de bienestar, que los médicos llaman euforia, y que se encuentra en el extremo opuesto del aura.

La vida interior, sensible e intelectual de Charles Baudelaire, cuando se examina de cerca, parece haber transcurrido así, alternando entre la euforia y el aura. De ahí el doble carácter de sus poemas, unos de los cuales representan una beatitud luminosa, y otros, un estado de oscuro remordimiento, de melancolía sensual, de vago pesar, de tædium vitæ. He aquí que surgen miradas sombrías sobre el destino general del hombre, y sobre su propio destino, el de Baudelaire en particular, que no tienen equivalente en nuestra poesía occidental:

La muerte es quien consuela y a vivir nos ayuda;

es meta de la vida y la sola esperanza

que, embriagador elixir, por las venas avanza

e impulsa hasta el final de la jornada ruda.

Cara a la tempestad, nieve y escarcha aguda,

es claridad que lejos, tras el negror, se alcanza,

el albergue que el libro promete, y da confianza

y alimento y descanso a la gente desnuda.

Es Ángel que con dedos magnéticos, sedeños,

aduerme y tiene el don del éxtasis en sueños

y les prepara el lecho a los desposeídos.

¡Es gloria de los dioses y místico granero!

¡Es la bolsa del pobre y su país primero!

¡Es pórtico que abre Cielos desconocidos!

Ni Hugo, ni Lamartine, ni Musset escribieron jamás una obra que, en cuanto a comprensión, emoción y olor a miseria y desesperanza, alcanzara ni siquiera una centésima parte de esta. La fraseología romántica brilla por su ausencia. La visión fúnebre se ve redimida por todos los atributos de la vida. Parece que, en una granja bretona o provenzal, una bella muchacha de la casa y un vagabundo se miran a los ojos, antes de entregarse perdidamente el uno al otro y separarse. Baudelaire ha sabido plasmar ahí la aventura, el hambre, el cielo y el ardor. Es un canto que clama en la penumbra, una especie de hechicería crepuscular, donde la hora viene dada por el «caminar hasta el atardecer».

Es, por otra parte, el privilegio de este poeta, calificado a todas luces de «maldito», haber sabido evocar, con igual intensidad, los paisajes dorados del lujo y los suaves de la voluptuosidad, al mismo tiempo que los de la miseria de los barrios periféricos y de la lujuria lúgubre y mohosa. Pintor de las cosechas y de las morgues, del ángel de alas diáfanas, de la libélula y de la carroña, resuelve en su interior, en su carne extática y enfermiza, en su espíritu de fuegos giratorios, todos los contrastes; emparenta todas las semisimilitudes y entrelaza todos los restos de antítesis.

Al igual que Quincey, Coleridge y Poe, se siente atraído por la cuestión de los Paraísos  artificiales. Sabemos por su correspondencia, y podríamos haberlo intuido por su obra, que no sólo se interesó teóricamente por los venenos que describía, sino que él mismo se entregó un poco al alcohol, mucho al opio y bastante al hachís. Esto contribuyó en gran medida al lúgubre desorden de su pobre vida.

Tenía un carácter a veces sensual y a veces místico, sonoro y desbordante, agresivo y afectuoso; toda su poesía, de un carácter tan general, de una voluptuosidad tan apremiante y, en ciertos momentos, tan punzante, se orienta hacia tres cuerpos de mujer: uno, el de una mulata de baja categoría, que se llamaba Jeanne Duval; el segundo, el de una buena y bella mujer fácil de financieros, a la que sus amigos llamaban «la Presidenta» y que se llamaba Madame Sabatier; por último, Marie Daubrun, una actriz encantadora, que había sido la amante y la desesperación de Banville, él mismo amigo íntimo de Baudelaire. Porque, aunque no conocí personalmente al «monstruo en persona», ya que nací después de su muerte, en cambio, de joven —aunque ya gran admirador de Baudelaire—, frecuenté a sus dos amigos más íntimos, uno de los cuales era Théodore de Banville y el otro, el fotógrafo Nadar. Nadar escribió sobre Baudelaire unos recuerdos de sumo interés y, cuando Baudelaire murió, el pobre y querido muchacho no tuvo en la prensa más que un artículo decente, aunque por debajo de la verdad: el de Banville. El autor de las Odas funambulísticas decía, en términos generales, que si no hubiera existido Hugo, se habría podido afirmar que Baudelaire era el primero de los poetas franceses del siglo XIX.

Ahora bien, en mi opinión y en la de muchos contemporáneos, Baudelaire supera con creces a Victor Hugo, del mismo modo que lo meditado supera a lo improvisado, lo condensado y concentrado supera a lo difuso, lo inteligente supera a lo instintivo y lo latente supera a lo que está en expansión. Baudelaire se sentía desubicado en el estúpido siglo XIX. Pertenece al Renacimiento, a la gran corriente de belleza y saber, al humanismo en pleno esplendor que, sin embargo, está dominado por el drama del Calvario. Esto se percibe incluso en sus inicios poéticos, que a menudo recuerdan a los de Ronsard:

… A la sirvienta fiel de que estabais celosa…

....................................... ..........................

¡Andrómaca, yo pienso en vos! Ese riachuelo…

......................................................................

Te regalo estos versos por si mi voz pudiera…

Se podrían citar más de treinta, que se elevan con el estilo y el ritmo del poeta de Vendôme. A veces el aliento no se mantiene y el vuelo desciende hacia la tierra. Eso ocurre cuando el malestar ha prevalecido sobre el lirismo. Pero entre el caballero del Loira y el bohemio del Sena hay, sin embargo, más de una afinidad, con la diferencia de épocas y temperamentos, por supuesto.

 

LÉON DAUDET

Flambeaux

(continuará)

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

Los versos traducidos de Baudelaire corresponden a la versión de Manuel Santayana

NOTAS:

[1] El artículo de Vallès, en particular, fue despreciable y denotaba una total incomprensión. ¡Qué desgraciado (aunque con un estilo magnífico) y qué hombre ingenuo tan pintoresco, ese Vallès!

[2] Jean Royère es, junto con los Crépet —padre e hijo— y Ernest Raynaud, uno de los hombres que mejor han comprendido y captado a Baudelaire. Sus admirables trabajos me han servido para este estudio.

 


La destinée de Baudelaire a été, biographiquement et littérairement parlant, fort différente de celle d’Hugo. Lorsque Baudelaire est mort en 1867, accompagné de quelques articles d’une critique inepte, scandaleuse et ridicule , personne ne se serait douté qu’en 1928, tout ce qui compte dans notre pays, non seulement mettrait Charles Baudelaire au niveau des plus grands poètes du XIXe siècle, mais encore le placerait au- dessus. Il n’est aujourd’hui, je pense, contesté par personne que le livre des Fleurs du Mal représente, au point de vue de l’essence, ou, mieux, de l’élixir poétique, le summum de l’art et de l’esprit français. Jamais de tels accents, d’une portée intérieure aussi profonde, aussi juste, aussi intensément ressentie, n’avaient été proférés depuis Ronsard, et au delà, depuis Villon. Mais, alors que, chez Villon et chez Ronsard (— où l’élan poétique équivaut à celui de Charles Baudelaire —), c’est la lumière qui commande la cadence, le style et l’harmonie générale des poèmes, chez Baudelaire, tout est sous le signe de la couleur, du chromisme.

Nous savons seulement depuis une trentaine d’années, c’està-dire dans ma génération (— qui fut celle de Barrès, de Marcel Schwob, de Claudel —), que notre plus grand critique général et essayiste aura été, au dix-neuvième siècle, Charles Baudelaire. Quand on relit aujourd’hui ses Salons, ses articles d’esthétique, ses Paradis artificiels, on reste émerveillé de sa pénétration, de sa logique, et de ce je ne sais quoi de divinatoire qui est au-delà de l’analyse et de l’exposé et qui fait les synthétistes et rassembleurs de premier plan, destinés à durer autant que les ouvrages examinés et prônés par eux.

Baudelaire est le poète de la vie intérieure, comme Hugo fut celui de la vie extérieure. Les traverses de son existence, qui fut celle d’un malade, d’un impuissant sexuel, d’un bohème et aussi d’un homme fort malheureux, ont été autres que celles de Victor Hugo. Pourtant elles ont servi à l’affinement de sa sensi-bilité et à l’exaltation de sa pensée d’une façon telle que tout récemment, un jeune critique de haute valeur, M. Jean Royère , pouvait dire qu’au cours de son œuvre et sous les apparences de la sensualité tendue, Baudelaire poursuivait une intention mystique. C’est bien aussi dans cette direction qu’a été écrite, en Belgique, la thèse d’agrégation si remarquable de M. Robert Vivier, intitulée « L’originalité de Baudelaire ». Enfin, à côté de ces auteurs, il faut citer les excellents travaux critiques de Fernand Vandérem sur les rapports de Baudelaire et de Sainte-Beuve.

Les détails de l’existence de Baudelaire nous sont aujourd’hui, grâce à d’habiles commentateurs, à peu près tous connus. Néanmoins, sur des points importants, il y a encore des conjectures et des lacunes. Cette biographie est un des plus grands drames de conscience qui soient.

S’il s’agit de définir le génie de Baudelaire, je crois que le terme le plus adéquat, le plus approché, tout au moins, est celui de l’Aura. Chacun sait ce qu’on appelle « Aura » ; c’est le trouble profond situé au-delà du malaise et de l’angoisse. « Aura », cela signifie « souffle ». C’est le frisson ressenti au moment des graves empoisonnements et qu’éprouvent les grands nerveux, dans les prolégomènes de leurs crises. En somme, l’Aura peut être considérée comme le summum du malaise physique et moral. Elle est souvent le portique d’entrée dans ce syndrome musculo-mental, que l’on désigne en bloc sous le nom d’épilepsie et qui traduit une intoxication neurochimique (— comme le malaise lui-même —), une intoxication DES CENTRES. La contracture, la sueur profuse, la miction involontaire, l’obnubilation rétinienne, la nausée et le vomissement, symptômes de l’épilepsie, sont aussi ceux des venins actifs, issus des profondeurs de l’organisme, et de l’agitation intracellulaire, ou simplement venus du dehors par l’alimentation, ou l’injection, quelquefois par une odeur, ou une altération virulente de l’ambiance.

Quand je qualifie Baudelaire de malade, j’entends par là qu’il était un empoisonné chronique, et même avant d’avoir contracté la syphilis qui, finalement, l’emporta. Cette autointoxication l’amena, à l’aide d’un mécanisme bien connu, à chercher à la compléter par l’usage de stupéfiants, alcool, haschich et opium. Elle est à l’origine de ses beaux travaux sur les « paradis artificiels ». Car il y a en lui, à côté d’un aspirant mystique (— selon la juste remarque de M. Royère —), à côté d’un visuel chromique de premier ordre, un SAVANT génial, qu’anime, avec le don de synthèse, l’esprit d’investigation méthodique et d’expérience personnelle. Les autres poètes du XIXe siècle (— Chénier excepté —), par la nature vague de leurs plaintes, par le désert de leurs conceptions, par leur bavardage et leur frivolité, sont des mélanges, et parfois des combinaisons et amalgames, d’enfant et de femme. C’est le cas de Musset, de Lamartine, d’Hugo, de Verlaine. Baudelaire est un « homme », mentalement, organiquement, un homme, pour le courage à fixer la douleur et la mort, et à juger des effets par les causes ; un homme enfin par l’élocution, le ton fier et confidentiel, le ton porte-secret — qui est aussi celui du prince Hamlet. Mais la nature lui a refusé un attribut essentiel du « vir », la possibilité d’étreindre efficacement la femme jusqu’à ne plus former avec elle que les deux compartiments d’une boîte de chair, et d’animer cette boîte, ce réceptacle, d’un frisson conjoint.

Là est le drame, de toute autre sorte et catégorie que le drame d’Hugo, de non moindre douleur, et perçu par une âme grande, mais vers laquelle montent constamment les effluves de milliers de laboratoires cellulaires et chimiques en insurrection. Quelqu’un, je ne sais où — car Baudelaire inspire ses fervents —, a remarqué l’analogie profonde de Pascal et de Baudelaire, l’un et l’autre à la fois sublimes et dévastés. L’un en prose, l’autre en vers ont, en effet, le style de la torture, puis de la libération de la torture par l’effusion.

Cependant je ne crois nullement aujourd’hui, comme on le croyait naguère, que le génie naisse de la surexcitation par le malaise ou par l’aura. J’ai exposé cela dans L’Hérédo, et qu’il naît d’une lutte, d’un combat victorieux de la personnalité souveraine, et donc saine, contre la pression héréditaire et neuro-chimique, contre les troubles de ce que j’ai appelé la gravitation intérieure. Telle la chèvre de Monsieur Seguin, Baudelaire s’est battu toute la nuit avec le loup ; et c’est ce combat qui est inscrit dans Les Fleurs du Mal, les Petits poèmes en prose et Les Paradis artificiels. Sa raison, forte et brillante, a lutté tant qu’elle a pu contre les suggestions de ses sucs vénéneux et de ses organes précocement usés. Elle s’est appuyée à la Croix et de la façon la plus émouvante, comme celle de Pascal. On ne peut dire qu’elle ait eu le dessus. On ne peut dire non plus qu’elle ait eu le dessous.

Ceci pour une partie de la vie intérieure. Il reste la question du chromisme, du sentiment concentré de la couleur, avec tout ce qu’il comporte. C’est ce chromisme tenace et flambant qui l’a tant attaché à sa quarteronne Jeanne Duval, avec l’espérance que les sensations de contraste coloré qu’elle lui procurait — et qu’il a exprimées magnifiquement — le rendraient, comme les autres, capable d’étreinte. De là aussi la présentation et hantise des lesbiennes, de femmes damnées — peintes par Courbet dans une toile fameuse et secrète — qui lui ont inspiré deux poèmes incomparables et où se trahit une connaissance, personnelle et frénétique, du sujet traité. Je pense, pour ma part, que toutes les pointes extrêmes de l’être, en amour normal ou déréglé, comme tous les dépassements du délire et de l’obsession, sont des formes spéciales d’intoxication, et que l’art, qui ne connaît ni le bien ni le mal (— on ne saurait lui en vouloir, pas plus qu’à un lion de rugir, ou à un tigre de griffer —), en fait sa proie. Comme disait le professeur Charcot, « la clinique est ouverte », et ce que j’écris ici, en critique et en médecine, n’est pas à l’usage des patronages, ni des petites filles. Mais Baudelaire n’est pas un auteur malsain, loin de là. C’est un auteur sain, un remordeur, un monsieur à repentirs et à pénitences, qui lutte contre ses suffusions morbides, nées de son désir désolé de jouir, une bonne fois, pour de bon. Je ne sais si je me fais bien comprendre.

Une fois muni de cette clé (— qui n’est évidemment pas la seule, car Baudelaire s’apparente aussi à Hamlet —) vous pouvez vous approcher de l’étincellement douloureux et solaire, et aussi des aubes angoissées et des crépuscules poignants du magicien.

Les démêlés de Baudelaire et de son beau-père le général Aupick, qui retentirent si cruellement sur la vie de Mme Baudelaire-Aupick, sont trop connus pour que j’y insiste. Je me suis demandé si Baudelaire, qui connaissait bien la littérature anglaise, et avec une autre profondeur que Taine, n’avait pas cherché, par cabotinage et transfert psychique, à renouveler l’aventure du prince de Danemark au souffle court. Il y avait, chez l’auteur des Fleurs du Mal, un cabotinage intérieur que trouaient, comme chez les hommes de grand malaise, de soudains accès de sincérité. Il n’y aurait rien de surprenant à ce qu’il se fût donné à soi-même la comédie d’Elseneur. Quoi qu’il en soit, le général Aupick apparaît, au cours de cette pauvre histoire de préoccupations d’argent, de « poche mise à nu », plus encore que de « cœur mis à nu », comme un imbécile et qui n’eut jamais la moindre notion du phénomène génial qu’était son beau-fils, comme un bourgeois sans méchanceté et qui devait se contenter de souhaiter in petto la disparition rapide de cet étrange caillou dans son soulier conjugal.

Que Baudelaire ait torturé sa malheureuse maman, cela n’est pas douteux. Tous les autointoxiqués sont, comme l’on dit, « invivables ». Baudelaire aimait les réclamations, les explications de caractère et les scènes. Il prenait chaque jour des « résolutions définitives » et il dressait des programmes de vie, ce qui est le fait des impuissants : « À maman 200 frs. À Jeanne, 200 frs, à moi 200 frs. » Le chiffre varie, mais l’enfantillage demeure identique. Il semble avoir été possédé par l’esprit de timidité et par l’esprit de revendication comme Hamlet. En même temps, il n’est pas redondant — comme Hugo, Musset ou Lamartine —, il est sobre et vireux. Les comédies qu’il se joue à lui-même ont quelque chose de fulgurant et de bref. On peut dire de lui ce que le peintre Alfred Stevens disait de son compatriote Félicien Rops : « C’est un menteur pressé d’en finir et de revenir à la sincérité. »

Baudelaire — car il faut toujours songer aux questions d’hérédité, quand on examine un littérateur et un poète de cette espèce — était le fils d’une mère qui devait mourir hémiplégique : un de ses frères est mort hémiplégique ; lui-même est mort semi-aphasique, à la suite d’une attaque survenue à Bruxelles, après quelques prodromes espacés, au cours d’une soirée dans une brasserie.

Or des hommes qui vivent dans une atmosphère de malaise exaspéré et continuel, avec une sensibilité paroxystique, s’ils ont une rémission dans ce malaise, ressentent aussitôt un état de bien-être, que les médecins appellent euphorie, et qui est à l’extrémité opposée de l’aura.

La vie intérieure, sensible et intellectuelle de Charles Baudelaire, quand on l’examine de près, semble s’être ainsi passée dans des alternatives d’euphorie et d’aura. De là le double caractère de ses poèmes qui, les uns, représentent une béatitude lumineuse, et les autres, un état de noir remords, de mélancolie sensuelle, de regret vague, de tædium vitæ. Voici venir des coups d’œil sombres sur la destinée générale de l’homme, et sur sa destinée à lui Baudelaire en particulier, qui n’ont pas d’équivalent dans notre poésie occidentale :

C’est la Mort qui console, hélas ! et qui fait vivre ;

C’est le but de la vie, et c’est le seul espoir

Qui, comme un élixir, nous monte et nous enivre

Et nous donne le cœur de marcher jusqu’au soir ;

À travers la tempête, et la neige, et le givre,

C’est la clarté vibrante à notre horizon noir ;

C’est l’auberge fameuse inscrite sur le livre,

Où l’on pourra manger, et dormir, et s’asseoir ;

C’est un Ange qui tient dans ses doigts magnétiques

Le sommeil et le don des rêves extatiques,

Et qui refait le lit des gens pauvres et nus ;

C’est la gloire des Dieux, c’est le grenier mystique,

C’est la bourse du pauvre et sa patrie antique,

C’est le portique ouvert sur les Cieux inconnus !

Jamais Hugo, ni Lamartine, ni Musset, n’ont écrit une pièce qui, pour la compréhension, l’émotion, l’odeur de misère et de désespérance, ait atteint au centième de celle-ci. La phraséologie romantique est absente. La vision funèbre est rachetée par tous les attributs de la vie. Il semble que, dans une ferme bretonne ou provençale, une belle fille de la maison et un vagabond se regardent les yeux dans les yeux, avant de se satisfaire éperdument l’un de l’autre, et de se quitter. Baudelaire a fait tenir là-dedans l’aventure, la faim, le ciel et l’ardeur. C’est un chant qui crie dans la pénombre, une sorte de sorcellerie cré-pusculaire, où l’heure est sonnée par le « marcher jusqu’au soir ».

C’est d’ailleurs le privilège de ce poète, bien à tort qualifié de « maudit », d’avoir su évoquer, avec une intensité égale, les paysages dorés du luxe, et suaves de la volupté, en même temps que ceux de la détresse faubourienne et de la luxure morne et moisie. Peintre des moissons et des morgues, de l’ange aux ailes diaphanes, de la libellule et de la charogne, il résout en lui, dans sa chair extatique et maladive, dans son esprit aux feux tournants, tous les contrastes ; il apparente toutes les demisimilitudes, et imbrique tous les débris d’antithèse.

Comme Quincey, comme Coleridge, comme Poe, il est attiré par la question des Paradis artificiels. Nous savons par sa correspondance, et nous aurions pu nous en douter par son œuvre, qu’il ne s’est pas seulement intéressé théoriquement aux poisons qu’il décrivait, mais qu’il s’est adonné lui-même un peu à l’alcool, beaucoup à l’opium et pas mal au haschisch. Cela n’a pas peu contribué au morne désordre de sa pauvre vie.

Il avait une nature tour à tour sensuelle et mystique, raisonnante et débordante, agressive et attachée ; toute sa poésie d’un tour si général, d’une volupté si pressante et, à certains moments, si cuisante, est orientée vers trois corps de femme : l’un, celui d’une mulâtresse de basse catégorie, qui s’appelait Jeanne Duval ; le second, celui d’une bonne et belle paillasse à financiers, que ses amis appelaient la Présidente et qui s’appelait Mme Sabatier ; enfin, Marie Daubrun, actrice ravissante, qui avait été la maîtresse et le désespoir de Banville, lui-même ami intime de Baudelaire. Car si je n’ai pas connu personnellement « le monstre lui-même », étant né après sa mort, j’ai en revanche fréquenté, petit jeune homme mais déjà grand admirateur de Baudelaire, ses deux amis les plus intimes, dont l’un était Théodore de Banville et l’autre le photographe Nadar. Nadar a écrit sur Baudelaire des souvenirs du plus haut intérêt et, quand Baudelaire est mort, il n’a eu dans la presse, pauvre cher garçon, qu’un article convenable bien qu’en deçà de la vérité : celui de Banville. L’auteur des Odes funambulesques disait, d’une façon générale, que s’il n’y avait pas eu Hugo, on eût pu dire que Baudelaire était le premier des poètes français au XIXe siècle.

Or, à mon avis et à celui de beaucoup de contemporains, Baudelaire dépasse largement Victor Hugo, comme ce qui est médité dépasse ce qui est improvisé, comme ce qui est condensé et concentré dépasse ce qui est diffus, comme ce qui est intelligent dépasse ce qui est instinctif, comme ce qui est en puissance dépasse ce qui est en expansion. Baudelaire était dépaysé dans le stupide dix-neuvième siècle. Il appartient à la Renaissance, au grand courant de beauté et de savoir, à l’humanisme en fleur que domine cependant le drame du Calvaire. Cela se sent jusque dans ses départs poétiques, qui rappellent souvent ceux de Ronsard :

…La servante au grand cœur dont vous étiez jalouse…

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Andromaque, je pense à vous, ce petit fleuve…

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Je te lègue ces vers, afin que si mon nom…

On en pourrait citer plus de trente, qui s’élancent avec l’allure et le rythme du Vendômois. Quelquefois le souffle ne se maintient pas et le vol redescend vers la terre. C’est quand le malaise l’a emporté sur le lyrisme. Mais entre le gentilhomme de la Loire et le bohème séquanien il y a cependant plus d’une affinité, avec la différence des temps et des tempéraments, bien entendu.




sábado, 7 de noviembre de 2020

Léon Daudet: Barbey d'Aurevilly o el chuán extraviado

 

BARBEY D’AUREVILLY O EL CHUÁN EXTRAVIADO

 

BARBEY D’AUREVILLY, al final de su vida, cuando lo conocí en casa de mi padre, daba la impresión, con su extraño traje —pantalón blanco, larga levita que flotaba alrededor de las piernas; sombrero de copa, forrado con raso carmesí; voz fuerte acompañada de un ligero silbido—, de un personaje de otra época, de un chuán extraviado en el mundo contemporáneo. Vivía en la Rue Rousselet, bajo el cariñoso y atento cuidado de Mademoiselle Read, solterona con rasgos de rubia ya encanecida, que iba por la mañana a hacer las tareas domésticas y preparar el almuerzo, y que se ocupaba filialmente de él. Sin embargo, fue a cenar a nuestra casa en Champrosay una o dos veces, ya casi sin hablar, él que había sido, se decía, tan elocuente, de buen comer y gran bebedor. De Barbey seguían apareciendo vigorosos volúmenes de crítica, a veces absurda, especialmente sobre Goethe y Diderot, o de una severidad desdeñosa y justa, y sus novelas comenzaban a tener un público poco numeroso pero fiel. Nosotros, los jóvenes, sentíamos por él un gran respeto. Durante algún tiempo, había tratado con frialdad a mi padre por causa de Flaubert, a quien vituperaba, luego llegó la reconciliación con amistosos recuerdos del pasado. Cuando murió, Mademoiselle Read me regaló una magnífica reproducción de un manuscrito suyo con tinta de distintos colores, que contenía el plan de una novela sobre la chuanería que nunca escribió, y que probablemente habría sido, junto con Una vieja amante, El caballero Des Touches y Las diabólicas, su obra maestra. Fue mientras miraba esas páginas cuando tuve la impresión de un gran conversador, dueño de una elocuencia extraordinaria, que no se había preocupado por escribir la obra misteriosa que ciertamente llevaba en él. Era, por cierto, un rescatista, por su fibra misma, por su esfuerzo viril, por su talla, y también por el odio sólido y vituperante que sentía no sólo por los incendiarios de su tiempo, sino también por aquellos, según sospechaba, los alentaban con sus elogios. Su horror por Zola era extremo, y se expresaba en términos pintorescos. Decía de él que entraba en los establos de Augias “para añadir lo suyo”. Decía de Jules Claretie: “Su padre, señor mío, era vendedor de porcelana, él es playo como un plato”. Ese “señor mío”, añadido a su discurso con voz superior, le confería grandeza. Uno adivinaba, al escucharlo, que había conocido el verdadero amor, del que desterraba, como él decía, las “cochinadas”. Conocí, cuando ya era anciana, a esa Madame de Bouglon a la él que llamaba “el ángel rubio”, y que vivía, llena de joyas, en la Rue Lhomond, en un apartamento miserable. En sus últimos años, el viejo chuán fue torturado por Léon Bloy, que intentó, pero en vano, separarlo de Mademoiselle Read. También frecuentaba a Bourget, que lo sentía por él una admiración enternecida, y, de vez en cuando, veía también a mi querido Pol Neveux, y a algunos de sus contemporáneos, que eran cada vez más escasos. Porque había tenido una juventud brillante y alegre, y su elocuente charla había tenido influencia. Pero, como he dicho, siempre había vivido fuera de su tiempo y en una luna caballeresca, sin apartar la vista de los modelos de Byron, Lord Walpole y algunos ingleses o franceses célebres, como Lauzun y Brummel. Porque había deseado ocupar su lugar en las filas de los dandys.

“Bardé d’Or vieilli” [Juego de palabras que podría ser traducido como “recargado de oro viejo”], decían algunos de él. Así era, en efecto, protegido de las malas bromas por su apariencia aristocrática, lleno de repugnancia por una época en la que la amistad y el amor ya no recibían el respeto que merecían, y en la que el dinero, que él despreciaba, imponía su ruidosa supremacía.

  Tal como era, escribió en una lengua admirable, llena de sorpresas y de digresiones suntuosas, propia sólo de él. Es, después de Chateaubriand, un escritor de esplendor similar y un analista de las pasiones humanas como hay pocos. En la crítica, como he dicho, está lleno de huecos, pero sus alturas son inigualables. Puede desconcertar, como un caballo de pura sangre, con un desvío imprevisto, pero su aspecto general conserva una nobleza, una amplitud que hacen que ciertos retratos suyos nos recuerden el estilo de Saint-Simon, que encierra a un personaje en dos renglones de fuego, inolvidables. Barbey sobresale, como en la gran época, en los esbozos de personajes sometidos a sacudidas imprevistas.

Con él el periodismo adquiere una parte de la autoridad que, hasta entonces, sólo pertenecía al libro, y que habría compartido con Sainte-Beuve, si este último no hubiera pertenecido a la actualidad, mientras que Barbey andaba como perdido en su tiempo y pertenecía al pasado. Pero en un artículo hace entrar más reflexiones y observaciones agudas que el autor de los Lunes, y los grandes temas de la religión y la autoridad lo retienen con otras garras. Sainte-Beuve ha sido imitado. Barbey está solo, magníficamente solo en su tiempo, iba a decir en su isla, donde parece que lo hubieran abandonado; a tal punto nadie se le parece. La cultura de Sainte-Beuve tenía algo del chismoso, el benedictino o el archivista. La de Barbey mantiene las alturas y las distancias de un hombre de salón, de un hombre de tertulias literarias del Gran Siglo, y no se codea con los palurdos del tintero. Parece, como se solía decir, que ejerce un sacerdocio. El autor de los Lunes no va más allá de su oficio. El anglicismo le abre a Barbey un terreno donde Sainte-Beuve no se aventura. Gran admirador de Byron y Shelley, Barbey ama las hazañas, ya sean bélicas o sentimentales; y los golpes de suerte en todos los países lo hace soñar. Sainte-Beuve tiene la psicología de las mujeres muy feas. Sólo tuvo, y nos lo cuenta, un golpe de suerte, su Adèle. Tal no fue el caso  del viejo verde que seguía siendo Barbey.

 Sainte-Beuve es un incendiario que sólo prende el fuego en la chimenea de la portera. Barbey es un rescatista que arrebata a su amante a las llamas.

A menudo me he preguntado cómo habría concebido Barbey su novela de la chuanería, y en qué hubiera diferido de Los chuanes de Balzac. El amor, probablemente, habría ocupado en ella el mismo lugar, pero en un ambiente más romántico y en medio de circunstancias más inesperadas. Porque en Barbey los giros de situación inesperados son sorprendentes, como se ve en La cortina carmesí de Las diabólicas.

  Barbey llevaba la pintura de las pasiones hasta un realismo tan violento pero menos burgués que el de Balzac. El encanto de Los chuanes es grande. En manos de Barbey, sin embargo, se habría acercado más a algo sublime pero menos armonioso.

LÉON DAUDET

Rescatistas e incendiarios

Traducción, para Literatura &Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

 

BARBEY D’AUREVILLY OU LE CHOUAN ÉGARÉ

 

BARBEY D’AUREVILLY, à la fin de sa vie, quand je l’ai connu chez mon père, donnait l’impression, avec son costume étrange — pantalon blanc, longue redingote, flottante autour des jambes ; chapeau haut de forme, doublé de satin cramoisi ; voix forte accompagnée d’un léger sifflement —, d’un personnage d’un autre temps, d’un chouan égaré dans le monde contemporain. Il vivait rue Rousselet, sous la surveillance affectueuse et attentive de Mlle Read, vieille fille aux traits de blonde devenue grisonnante, qui venait le matin faire son ménage et son repas et s’occupait filialement de lui. Pourtant, il vint dîner à Champrosay une fois ou deux, ne parlant plus guère, lui qui avait été, disait-on, si éloquent, de bon appétit et buvant sec. De lui, continuaient à paraître de vigoureux volumes de critique, parfois absurdes, notamment quant à Goethe et à Diderot, ou d’une sévérité hautaine et juste, et ses romans commençaient à avoir un public peu nombreux mais assidu. Nous avions pour lui, nous les jeunes, un grand respect. Il avait été quelque temps en froid avec mon père à cause de Flaubert, qu’il vitupérait, puis la réconciliation était venue avec d’amicaux souvenirs du passé. Quand il mourut, Mlle Read me fit cadeau d’une magnifique reproduction d’un manuscrit de lui en encres de couleur, où se trouvaient des plans d’un roman sur la chouannerie qu’il n’avait jamais écrit, et qui eût été probablement, aux côtés d’Une vieille maîtresse, du Chevalier Des Touches et des Diaboliques son chef-d’œuvre. C’est en regardant cet ouvrage que j’ai eu l’impression d’un grand causeur, à l’éloquence extraordinaire, qui avait négligé d’écrire l’œuvre mystérieuse qu’il portait certainement en lui. Sauveteur, il l’était certainement par toutes ses fibres, par son mâle effort, par sa carrure, et aussi par la haine solide et vitupérante qu’il vouait non seulement aux incendiaires de son temps, mais à ceux qu’il soupçonnait de les encourager par leurs éloges. Son horreur de Zola était extrême, et s’exprimait en termes pittoresques. Il disait de lui qu’il entrait « pour y ajouter » dans les écuries d’Augias. Il disait de Jules Claretie : « Son père, monsieur, vendait de la porcelaine, lui, c’est un plat. » Ce « monsieur », ajouté d’une voix supérieure, à son discours, lui conférait de la grandeur. On devinait, à l’écouter, qu’il avait connu l’amour véritable, duquel il bannissait comme il disait : « la chiennerie ». J’ai connu, dans sa vieillesse, cette Mme de Bouglon, qu’il appelait « l’ange blond », et qui vivait, couverte de bijoux, rue Lhomond, dans un appartement misérable. Dans ses dernières années, le vieux chouan fut torturé par Léon Bloy, qui voulut, mais en vain, le séparer de Mlle Read. Il fréquentait aussi Bourget, qui avait pour lui une admiration attendrie, de temps en temps, il voyait aussi mon cher Pol Neveux, et quelques contemporains, de plus en plus rares. Car il avait eu une jeunesse brillante et joyeuse, et son éloquente causerie avait compté. Mais, je l’ai dit, il avait toujours vécu hors de son temps et dans une lune chevaleresque, ayant sous les yeux les modèles de Byron, de Lord Walpole et de quelques Anglais ou Français célèbres, tels que Lauzun et Brummel. Car il avait désiré prendre rang parmi les dandys.

  « Bardé d’Or vieilli », disaient de lui quelques-uns. Tel il était en effet, gardé des mauvais plaisants par son aspect de gentilhomme, plein de dégoût pour un temps où l’on n’accordait plus à l’amitié ni à l’amour le respect qu’ils méritaient et où l’argent, qu’il méprisait, imposait sa bruyante suprématie.

  Tel quel, il a écrit une langue admirable, pleine de surprises et de détours somptueux et qui n’appartient qu’à lui. Il est, après Chateaubriand, un écrivain de splendeur analogue et un analyste des passions humaines comme il y en a peu. En critique, je l’ai dit, il est plein de trous, mais ses sommets sont inégalables. Il peut dérouter, comme un cheval de sang, par un écart imprévu, mais son allure générale garde une noblesse, une ampleur qui fait que certains portraits de lui rappelleront la manière de Saint-Simon, lequel fait tenir un caractère en deux lignes de feu, inoubliables. Il excelle, comme à la grande époque, dans les raccourcis de caractère en proie à des secousses imprévues.

Avec lui le journalisme acquiert une partie de l’autorité qui, jusqu’alors, n’appartenait qu’au livre et qu’il eût partagé avec Sainte-Beuve, si celui-ci n’eût appartenu à l’actualité, alors que Barbey était dépaysé et appartenait au passé. Mais il fait tenir, dans un article, plus de réflexions, de remarques vives que l’auteur des Lundis, et les grands sujets de la religion, de l’autorité, le retiennent avec d’autres griffes. Sainte-Beuve a été imité. Barbey est seul, superbement seul en son temps, j’allais dire dans son île, où il semble avoir été abandonné ; tant il n’a pas de similaires. La culture de Sainte-Beuve tenait du papotier, du bénédictin ou de l’archiviste. Celle de Barbey garde les hauteurs et les distances d’un homme de salon, d’un homme de ruelle et ne fraie point avec les manants de l’encrier. Il semble, comme on disait, exercer un sacerdoce. L’auteur des Lundis reste dans son métier. L’anglicisme ouvre à Barbey un champ où ne se hasarde pas Sainte-Beuve. Grand admirateur de Byron et de Shelley, Barbey aime les exploits, guerriers ou sentimentaux, et les bonnes fortunes en tous pays le font rêver. Sainte-Beuve a la psychologie du laideron. Il n’eut et nous le dit, qu’une bonne fortune, son Adèle. Tel ne fut pas le cas du vieux beau qu’était resté Barbey.

  Sainte-Beuve est un incendiaire qui ne met le feu qu’à la cheminée de la concierge. Barbey est un sauveteur qui arrache sa maîtresse aux flammes.

  Je me suis souvent demandé comment Barbey eût conçu son roman de la chouannerie, et en quoi il eût différé des Chouans de Balzac ? L’amour y eût sans doute tenu la même place, mais dans un décor plus romantique et parmi des circonstances plus inattendues. Car chez Barbey, le coup de théâtre est surprenant, comme il apparaît dans Le Rideau cramoisi des Diaboliques.

  Il poussait les passions vers un réalisme aussi âpre mais moins bourgeois que celui de Balzac. La saveur des Chouans est grande. Elle eût été, chez Barbey, plus proche d’un sublime moins composé.

Sauveteurs et incendiaires