miércoles, 28 de junio de 2023

Leonardo Castellani: El buen sentido de Chesterton

 

EL BUEN SENTIDO DE CHESTERTON

 

“La vraie philosophie se moque de la philosophie”

Pascal

 

El 15 de diciembre de 1929 oí una conferencia de Chesterton sobre los Mártires Ingleses entonces beatificados, en el Colegio Inglés de Roma, de que algunos como el bienaventurado Roberto Southwell fueran alumnos. El gran periodista comenzó su amenísima charla con una alusión chistosa a su retardo y a su figura jovial y maciza, para muchos de nosotros recienvista,

“Ustedes se habrán alarmado por mi tardanza —dijo— creyéndome víctima de algún choque en estas terrible calles de Roma, peores que las de Londres. My dear friends, nunca se asusten por mí en ese caso: el auto donde yo voy lo barre al otro”.

Esta imagen del gordo periodista londinense en su autito destartalado, acometedor e invencible, como todas sus imágenes es un símbolo. El genial periodista que acaba de morir tenía el gusto endemoniado de los choques. Fue como un chófer de colectivo que fuese un empresario de demoliciones. Se lo puede imaginar como un outlaw gigantesco de melena alborotada y risa de niño grande, que sube al ómnibus que va de Hammersmith a Oxford Circus, se apodera del volante con apoyo de la pasajería a quien arenga, y lo lanza como una catapulta contra los slums, vergüenza del corazón humano que circuyen la metrópoli del mundo: paredes ramosas, montes de escombros y basura, casuchas chatas con chinches, conventillos abominables, donde la plebe amada suya se asfixia bajo la presión de LA RIQUEZA DE LAS NACIONES de Adam Smith. Hacer espacio y aire. Y la razón de por qué todo lo que atropella, como él dijo, incólume lo barre, es justamente su gordura, su bienestar aplastante, su sentido común de a tonelada, su buena salud mental, su alegría de vivir (porque el saber es vivir, es justamente la vida más vida del hombre), su alegría de saber, de ver, de comprender, de convencer, de disputar. Y lo mejor del caso es que los dueños mismos de lo demolido no tienen más remedio que reír, y hasta aplaudir. Este Gordo, el más peleador del mundo, pero peleador con bonachonía de boxeador obeso, ha muerto sin dejar un enemigo. Sus palizas eran tan sinceras, humildes y caritativas, tan impregnadas de humana simpatía, que había que agarrarlas y callarse. No hay poder contra la vida 1.

Sería empero un error ver en Chesterton un puro polemista, él fue un catequista. Voltaire es un puro polemista, un espadachín falaz 2. La polémica en Chesterton es un episodio y un pretexto.

—¡Cuánto sabe usted, don Gilberto!

—Nada más que el Catecismo, hijo.

—Pero lo mete en todo, como el tomate.

—Para eso se nos dio.

 

Para poder reenseñar el Catecismo a los ingleses había que entrar en una pub, sentarse ante un vaso de gin, saber de todo, amar a Londres, ser un poco raro, siempre buen humor, un vozarrón tronituante y un modo excéntrico a la vez modesto y triunfal. Había que tener una alegría de niño, una salud de toro, una fe de irlandés, un buen sentido de cockney, una imaginación shekspiriana, un corazón de Dickens, y las ganas de disputar más formidables que se han visto desde que el mundo es mundo.

En The Thing (Sheed Ward, 1929) reunió Chesterton una selección de sus últimos artículos polémico-catequísticos. Técnicamente son simples maravillas, tan bien cinceladas como joyas o como poemas. (Leánse por ejemplo Logic and Lawn Tennis, The Roots of Sanity, What do They Think). Una introduccioncita sentenciosa inesperada, venida no se sabe de dónde —una presentación de la víctima, del desdichado que se dejó decir algo contra la Iglesia de Roma bienamada—; una batida a fondo por el sistema de y vos más, y yo nada; un knock-out fulminante; —y cuando lo tiene al suelo con el pie encima, un sermoncito cristiano al público regocijado, que termina con una fanfarria triunfal, con un trozo de bravura donde cada una de las sílabas canta como un millar de chingolos.

Su misión fue predicar la Buena Nueva de la salvación por el gozo y de la libertad por la fe. Dios le encargó dibujar durante 40 años a través de 70 volúmenes una pantagruélica Silly Symphony, a base del Credo de Nicea. Sólo que Chesterton encontró tanto que decir en el primer artículo:

 

Creo en Dios Padre Todopoderoso

creador del cielo y de la tierra,

de todo lo visible y lo invisible,

 

que se pasó toda la vida en todos los tonos posibles parafraseándolo.

Cierto, él conoce todos los misterios, la Cruz, la Redención, el Pecado Original, que hacen el fondo negro y rojo de sus cuadros, María, Santo Tomás y San Francisco, con quienes habla como un niño atrevido; pero en suma Chesterton es el poeta creacionista. Es un poeta existencial como dicen los locos de hoy. Parece haber estado con Adán cuando se hacían todas las cosas, cuando el Cosmos era un cuento de hadas, en el tiempo del Lenguaje Nuevo. ¡Oh hermano Francisco, todo lo que es, en cuanto es, hermoso es! Toda su vida se la pasó adhiriéndole calurosamente a la opinión de Dios Padre cuando dijo que todo lo por El creado era bueno. “Et vidit Deus quod esset bonum”. El hombre que escribió dos páginas perfectas sobre dos tremendous trifles: sobre la llave (Orthodoxy ) y el buzón (What ’s Wrong With the World), y los volvió símbolos de altos charismas: el hombre que escribió un gracioso madrigal al Burro:

When fishes flew and forest walked

and figs grew upon thorn,

some moment when the moon was blood

then surely I was born.

With monstrous head and sickening cry

and ears like errant wings

the devil’s walking parody

on all four footed things…

figurémonos cómo sentiría las magnas bellezas del magno Universo, de las cuales (entre paréntesis) en nuestra época triste, él fue una.

Dios creó las cosas bien, y Adán les puso el nombre que se debía; pero Gilberto Chesterton sabe cómo ellas hubieran podido ser y les pone toda clase de apodos: y eso lo divierte terriblemente. Tiene un mirar nuevo de baby, que ve a los hombres introducir en su cuerpo cosas extrañas por un agujero que tienen en la cabeza, a lo cual llaman comer. Fue todo un hombre, tuvo por junto todo lo que es del hombre: la sabiduría del anciano, la cordura del varón, la combativa del joven, la petulancia del muchacho, la risa y la juguetonía del niño, y encima, como dije antes, la mirada asombrada y seria, definiendo todas las cosas, del bebé. La Mirada ontológica del recién nacido, de quien dice Santo Tomás que lo primero que intelectualmente ve es el SER.

Chesterton es el Rey del Buensentido y el Poeta de la Sensatez, el poeta de Dos-y-dos-son-cuatro.

Up my lads, and lift the ledgers, sleep and ease are o’er

hear tte stars of morning shouting “Two and two are four”.

Es el rey del buen sentido, porque no hay hombre en el mundo que tanto se haya “hecho el loco”.

Esto es una paradoja, pero es una gran verdad. ¿Qué puede impedir que una paradoja sea una verdad? Un crítico literario y eminente profesor muy mi amigo me decía una vez: “Yo no amo a Chesterton porque gustó del pensamiento arrevesado. Yo soy del partido de Cervantes y no del de Quevedo; y sobre todo, soy del partido de Anatole France, el maestro. La verdad no ama las gambetas, la verdad no hace cabriolas, ella anda vestida de apotegma y de sentencia y no de retruécano. En todo caso se viste de ironía”. Yo me fui impresionado por la calle Santa Fe pensando la objeción: “La Verdad no hace cabriolas”; siguiendo con la vista a mi amigo el profesor que se alejaba meditabundo por Anchorena. Y he aquí que un auto con intenciones manifiestamente sospechosas, que hizo dar en este momento a mi amigo, que se creía todavía en la cátedra, una inverosímil cabriola, me trajo la solución buscada. “La verdad no hace cabriolas”. ¿De qué verdad habla usted? La verdad hace lo que puede, y no es dable discernirla sólo por su vestido. Pero hay una verdad especial, la cual amó Chesterton más que su vida, que hace todo género de cosas inconvenientes y antiprofesorales: grita en las plazas, juega con los niños, tira hondazos a los pedantes y se pasea por el mundo jugueteando con todas las cosas. “Ludens in orbe terrarium”.  Así por lo menos la describe el libro de la Sabiduría.

Relaciones del sentido Común con la Locura y con la Metafísica. Otra vez, ¿con qué Locura? Porque hay que saber que al Verbo de Dios varias veces lo llamaron loco, Hamlet fue loco, Don Quijote fue loco, ¿y Don Bosco y San Felipe Neri? Así pues muchos llaman a Gilberto Chesterton el Rey del Sentido Común y aseguran que nomás ahondando en esa cordura natural que es patrimonio universal de todo analfabeto llegó a profundas intuiciones filosóficas; y entonces vas y lo lees, sobre todo traducido (mal traducido: no es dable bien traducer a Chesterton) y lo encuentras más loco que una cabra 3.

¡Válgame el cielo! Un cura católico detective, un criminal jefe de Policía, un Quijote vestido de pintor prerrafaelista, un lad de Notting-Hill vuelto Bonaparte, unos atorrantes que se divierten en trasladar casa por casa un letrero de taberna, con las previsibles fenomenales consecuencias, un ateo y un católico que se baten a espada sobre si “Dios sí o no existe” en un duelo que nunca acaba, un profesor alemán que es Luzbel en persona, una casa de locos que es el mundo, Dios mismo el Ser Inefable simbolizado quizá en un señor gordo, capitán de gángsters, que resulta un policía distraíado, y sobre todo, un señor escritor prodigiosamente informado que pasa su vida negando minuciosamente las cosas que todos repiten (en lo cual está justamente la esencia del sentido común, repetir lo que todos dicen) y peor aún, tratando de probarlo. ¿Es esto Buen Sentido? ¿Es esto Lógica?

Pues sí señor; pero es la lógica haciéndose la loca; esa filosofía que según Pascal se burla de la filosofía. Es el Sentido Común borracho.

—¿De qué borracho?

—Borracho de Poesía y Teología. De bracete con su hija la Alegría de Vivir.

 

Nadie es como quiere sino como puede. Me hace acordar de aquel buen rey sajón Alfredo el Grande, a quien Chesterton dedico un romance maravilloso. El danés Guthorm, bárbaro sombrío, había invadido el reino cristiano, asesinado al rey Etelredo y usurpado sn corona; y este alegre mancebo Alfredo, hermano del rey muerto, ese niño boca grande y ojos picaros, con dos grandes dientes de roedor, cuya cabeza está pregonada, mora justamente allí al lado del ogro viejo, disfrazado de bufón del rey. Es tanta la fe que se tiene (su fe en Dios y en su derecho) que no hace más que titear a los orondos cortesanos y hacer carcajear al rey cruel y estólido, decir locuras que tienen detrás un tremendo sentido, y hacer sonar los cascabeles para tapar el ruido de los aceros fieles. Todos se ríen de él, del capovolgitore. Pero él es el jefe real, es el rey legítimo, no pueden negar que con su fuerza vital desbordante los señorea, no pueden ocultar que lo temen, lo respetan y en el fondo quizá un poco lo envidian y lo aman. Si las fuerzas leales no lo hubieran repuesto en el trono al grito de “¡San Aidán!” , si toda la vida el vero Rey hubiese quedado loco del Rey, no importa, él era por linaje primero y después por mérito y grandor de alma, donde quiera y como quiera que estuviese, aun en los momentos en que caminaba patasarriba, el señor auténtico y nativo. “Sentaos allá, majagranzas —dijo el Duque a Don Quijote—, que donde quiera que yo asiente será vuestra cabecera”. En lo cual se equivocó prodigiosamente el Duque y el marrullero de Sancho; pues en realidad doquiera esté Don Quijote es la cabecera natural de cuanto Duque falso y quier legítimo existe en el mundo.

Supongamos que en el trono del Buen Sentido se sienta un usurpador entre una escolta de piratas y mercaderes. Gente solemne, gente práctica, gente responsable, grandes financistas y prestamistas. “Facts and figures, facts and figures”. La Ciencia con mayúscula, la Nueva Psicología, la Psicoanálisis, Economics and Politics, la respetabilidad, los dons de Oxford y Cambridge, el pudor Victoriano, la revolución industrial, la oligarquía de las grandes fortunas, el Imperio, toda la tierra para explotar, la Cultura, el Progreso y la Civilización con la predestinada supremacía de la raza nórdica, precisamente por ser nórdica. ¿Qué hará Dios contra esa mole de materia? Enviará dos gotas de espíritu. Dos góblins. Un góblin inmensamente compasivo en un cuerpo flaco, Dickens. Un góblin inmensamente chacotero en un cuerpo gordo, Chesterton. Pero los dos van a tener que disfrazarse de bufones, de otro modo en su nuda faz de místicos y sociólogos serán al punto trastocados, serán al menos desoídos, Porque la locura a veces es demencia, a vecs es disfraz, a veces las dos cosas, como en Hamlet. David bailó delante del arca para evitar el éxtasis. San Felipe Neri de miedo que el arrobo le impidiese consagrar se volvía al monaguillo al empezar la misa y le contaba chistes de Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno. Estos dos eran santos. Pero los otros dos eran también santos a su manera, eran servidores y prometidos de la desconocida, gritona, invisible, regia y emborrachadora verdad que danza y juega. “Ludens in orbe terrarium”.

Jugar toda la vida. Otra paradoja. Sólo un hombre que no hizo más que jugar en su vida, pudo haber trabajado tanto 4.

Me gustaría ver a Chesterton en el cielo enseñándole a San Pedro (a ese San Pedro tan parecido al de las leyendas folklóricas) a jugar al poker.

Entonces yo le diría:

San Gilberto del Buensentido, que fuiste en la tierra el Sentido Común outlaw y la Cordura en danza dionisíaca,

Gilberto Chesterton que para ser más inglés llevabas de apellido una villa de Cambridge-Couaty,

 Falstaff devoto que tuviste por vocación enseñar el Catecismo ilustrado a los ingleses

Demostrándoles al mismo tiempo que Dios no tiene precisamente interés en quitarles el Imperio del Mundo.

(Y no tiene per se objeciones contra su jamón frito, bifes argentinos, golf y bridge, y mucho menos contra la Libertad y la Alegría.)

Sino el interés de darnos a toda costa el Imperio del Cielo,

Con la Cruz oculta de Tomás Moro en precio de mercaduría,

Y un poco más de Luz bajo del pelo…

Gargantúa de las letras, Miguel Angel eufista, especie de Robin Hood y de Sherlock Holmes hecho eremita.

Muy exquisito para Rebelais y demasiado bruto para Benvenuto o la monja Hroswita,

Que podías recitar y recitabas todo Shakespeare y toda la Biblia en dialecto cokney al revés y salteado.

Y nunca pudiste resistir a la tentación de la travesura y el whisky helado.

San Gilberto que estás en el cielo entre San Simón el Loco, Marta Estuardo y el Bembo,

San Gilberto, acuérdate de nosotros ante el trono de la Eterna Sabiduría.

Y dale gracias de haberte hecho nacer en nuestro tiempo,

En este tiempo de porquería

 

For we all praise famous men

ancients of the College:

for they taught us common sense

tried to teach us common sense

Truth and God’s Own Common Sense

Which is more than knowledge!

LEONARDO CASTELLANI

Crítica Literaria

 

NOTAS:

1 No ignoramos que esta razón próxima de la amabilidad de G. K. Chesterton se inserta en otra razón general, que es la posición de minoría sin gravitación política, que es la de los católicos en Inglaterra. Este es también el porqué hay ahora lucha religiosa en Alemania y en Inglaterra (aparentemente) no la hay. El todo prima siempre sobre las partes. “One of the loveliest characters I have ever known was G. K. Chesterton”, dice "Wells en su sañudo libro The New World Order (1940). Y después explica que eso no era precisamente por ser católico, sino más bien a pesar de ello. Se equivoca en gran parte.

2 Interesante ver gladiar a estos dos: contra el apóstata de una nación cristiana armado de estoque, el convertido de una nación hereje armado de montante, abeja contra avispa, en The Maid of Orleans. (A shilling for my thoughts, Methue Co. 36 Essex, St. W. C. Ld., 2da, 1927.)

3 Ello aun cuando uno se esfuerza en traducir bien; ¿Qué sera en una traducción como la reciente argentina que traduce The Thing por Lo que es; spiritualist por espiritualista; spanish desperadoes por españoles desesperados y así por el estilo, con una falta de estilo y una prosa empachada que es un horror? ¿Traducción hecha por un católico y una editorial católica y dítitambizada por el grupo de católicos de la revista Nuestro Tiempo?

4 Father Brown’s Stories, 4 volúmenes; The Return of Don Quixotte; The Napoleon of Notting Hill; The Flyinfg Inn; The Ball and the Cross; The Poet and the Lunatics; The Man who was Thursday; On Evrything; Tremendous Trifles; Alarms and Discussions; All Things Considered; A Miscellany of Men; The Club of Queer Trades; Short History of England; The Crimes of England; The Resurrection of Rome; As I was saying; Letters to an Old Garibaldian; A Shilling for my Thoughts; The Outline of Sanity; The Queen of Seven Swords; Short Stories of Today and Yesterday; Colección de prólogos: G.K.C as M.C.; The Turky and the Turk; All is Christ; Chaucer; Charles Dickens; Robert Browning; Christendom in Dublin; St Thomas Aquinas; George Bernard Shaw; Autobiography, etc., más de 60 volúmenes originales desde 1900 a 1936 en la incompleta bibliografía de Miss Dorothy Collins, reproducida por Cammaerts en The Laughing Prophet (Methuen, 1937, pág. 233).



 


viernes, 9 de junio de 2023

Léon Bloy: El Simbolismo de la Aparición

EL SIMBOLISMO DE LA APARICIÓN

 

Quæcumque scripta sunt, ad nostram doctrinam scripta sunt: ut per patientiam et consolationem scripturarum spem habeamus.

SAN PABLO (Ro 15:4).

[“Porque las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas; para que por la paciencia, y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”.]

 

I

 

     Ya pasaron treinta y tres años desde que la Santísima Virgen Madre de Dios descendió de la Diestra del trono de Su Hijo para hablar en la montaña de La Salette con dos pobres niños 1, las dos criaturas humanas más pobres e insignificantes de Aquel que quiso pedir Su permiso para nacer, vivir y morir. Bajó hasta ellos en la luz de un día radiante y se manifesto sensiblemente a sus ojos en la luz aún más radiante de su propia gloria. Conversó familiarmente con ellos, adaptando el lenguaje de Su Inefable Maternidad a la inefable miseria de sus mentes. Les habló de Su pueblo que perecía y del peso del brazo de Su Hijo. Les dio con pocas palabras, como si partiera el pan para los indigentes, toda la esencia de los preceptos divinos, acompañada de magníficas promesas si Su pueblo obedecía, y respaldada por terribles amenazas si no obedecía. Era un pacto de reconciliación entre la Dominadora de los Cielos y aquellos dos imperceptibles guijarros humanos que habían rodado por la ladera de esa montaña desconocida, por los cuales la Exaltadora de los humildes quiso que todos los soberbios estuvieran representados  aquel día. “Transmitidlo a todo mi pueblo”. Éstas fueron sus últimas palabras.

 

    En cuanto a las lágrimas que fluyeron en aquella ocasión, los pastores dijeron que fluyeron sin interrupción, y eso, creo, es todo lo que de ellas podemos decir. Existen, entre las cosas humanas, dos cosas que son perfectamente humanas y perfectamente inefables: la sangre de Jesucristo y las lágrimas de Su Madre. Lo que deben ser esas dos efusiones dolorosas, ningún ser creado podría decirlo. Se hacen eco eternamente la una a la otra por encima de todos los accidentes del tiempo y del espacio, y juntas corresponden a un orden de realidades sustanciales absolutamente superior a los pensamientos del hombre. Las lágrimas de María, esas verdaderas “aguas de contradicción” 2 en La Salette, como en cualquier otra parte, inundaron  antaño Jerusalén y el desierto, en  el día de la Purificación, durante los siete años de la Huida, durante los tres días terribles de la ausencia de Dios y durante los otros tres días, apenas más terribles, en que tuvo que pagar once veces por su Inmaculada Concepción, camino de la Cruz, desde el Encuentro hasta el Sepulcro 3. Las lágrimas de la Madre de los Dolores fluyeron realmente sin interrupción mientras permaneció en la tierra, y brotaron como el agua de las fuentes  de las Siete Llagas espantosas que representan las siete épocas de Su Génesis Espiritual. Hoy, cuando Ella está en los Cielos y reina sobre todo lo creado, redime a los hombres con esa inmensidad de lágrimas que sumergen al mundo como un Océano desbordado, del cual el Diluvio universal es sólo una figura muy débil. Las lágrimas de Nuestra Señora de la Transfixión caen desde el Calvario y se precipitan en cataratas sobre todos los corazones vivos. Todos quedamos anegados por ellas, sumergidos, y algunos de nosotros, los más felices ciertamente, lo estamos hasta profundidades inconmensurables.

    Pues bien, la razón y la imaginación humanas, esas dos minusválidas sublimes, pueden plantarse ante ese hecho único de La Salette y decirse a sí mismas que la Madre Dolorosa vino realmente a llorar en esa montaña solitaria ante dos pobres niños. Sus lágrimas, predichas aparentemente por el hijo de Sirac 4, no corrieron, es cierto, por sus mejillas para caer en la tierra, sino que se elevaron desde allí como las sublimes lágrimas de la Viuda del Eclesiástico, hasta perderse en el cielo 5. Se diría que las montañas circundantes no hubieran podido subsistir ante tales lágrimas y que toda esa salvaje naturaleza habría tenido que exultar y saltar como las montañas del salmista. Por lo menos, se diría que, al menos, Francia habría tenido que encenderse como una antorcha ante esa prodigiosa noticia y precipitarse desde todos los puntos de su territorio hacia ese nuevo Horeb donde la Madre de Dios había visto la aflicción de su pueblo y se había compadecido con una inmensa piedad del universal clamor de las almas oprimidas de Sus hijos 6.

 

    Uno se pregunta realmente qué había para decir en Francia en aquella época para que se hablara de otra cosa que de esa cosa inexpresablemente conmovedora y formidable. Un hereje solemne conducía majestuosamente al abismo a un ladrón de corona, que se repantigaba pesadamente en el trono de San Luis 7. Una abyecta revolución se gestaba bajo el estiércol de las más sórdidas prevaricaciones políticas. El Platón de la canalla revolucionaria, Proudhon, el brutal hijo del Franco Condado, amotinaba a las orgullosas indigencias de este siglo, en todas las intersecciones pestilentes de su funesto genio. Madame Sand, aquella hija abandonada del pedante Jean-Jacques, se hinchaba como la estúpida del fabulista en el pantano de los adulterios heroicos y evangelizaba contra Dios. Eugène Sue, la luz del socialismo naciente, engendrado del hierofante Saint-Simon y consustancial con su padre, babeaba en honor del verdadero cristianismo a lo largo de dos mil columnas de tinta roja sobre la Compañía de Jesús 8. Fourier, el profeta icariano, otro hierofante congelado en las fórmulas algebraicas de un mundo por rehacer, adormecía su potente espíritu en el humo de las pipas y los incensarios de sus alcohólicos adoradores. Michelet, el cocodrilo bizantino de la historia, lloraba contra la Iglesia con sus lágrimas hipócritas y sacrílegas, para las que parece no haber en el infierno suficientes expiaciones. Sería de nunca acabar si tuviéramos que enumerar por su nombre todas las importancias que crecían entonces como setas venenosas en los parterres orleanistas de la mejor de las repúblicas. Todas se convirtieron en lo que ustedes saben. Murieron tantas veces como intentaron ocupar el lugar de Dios, y eso no se puede narrar. Pero bastaron, sin embargo, para interponerse en lo que me atrevo a llamar la Epifanía de Nuestra Señora de los Siete Dolores. Esa circunstancia sobrepasa el milagro mismo y se nos aparece infinitamente más allá de todas las estupefacciones.

     Aquellas voces infantiles que, bajando de los Alpes, hubieran tenido que crecer como una avalancha y llenar toda Francia como el clamor de los ninivitas, casi se apagaron al pie de la montaña. Algo vago se propagó de ellas en todas las direcciones de la pueril curiosidad del mundo. Algunas almas sencillas y creyentes, es cierto, acudieron de lejos a besar el suelo donde habían descansado los Pies de la Virgen. Se construyó una basílica a pocos pasos del lugar de la Aparición, se fundó una congregación apostólica y se la organizó  para vivir y rezar allí continuamente, a pesar del espantoso rigor de una temperatura letal durante la mitad del año. Todo esto es ciertamente muy loable, pero en realidad es casi todo lo que se hizo para cumplir el deseo expreso de la Madre de Dios: “Transmitidlo a todo mi pueblo”.

 

     Los primeros pastores no subieron a sus púlpitos para anunciar la inmensa noticia a sus rebaños; las órdenes de predicadores y los misioneros de todo tipo no se extendieron por toda Francia para dar a conocer a los más ignorantes cristianos de este bello país las amenazas y las promesas de la Reina del Cielo; las Palabras que descendieron de Su Boca, de esa Boca casi divina que pronunció el Fiat de la Encarnación, esas Palabras inefablemente maternales, no fueron enseñadas en las escuelas y los niños de la edad de los dos pastores no las aprendieron. Se sabe más o menos en todas partes, se sabe vagamente que La Salette existe, que la Santísima Virgen se manifestó allí de alguna manera y que dijo algo. Algunos incluso saben que la Profanación del Domingo y la Blasfemia fueron especialmente condenadas por Ella. Pero el texto de ese Discurso, de la más inexpresable belleza, no se encuentra en ninguna memoria, ni en ninguna mano.

     Hay que animarse a decirlo, esto es algo que hace temblar. Nuestro Señor se digna sufrir que lo despreciemos y lo insultemos. Desde hace casi diecinueve siglos, la mayoría de los hombres sólo saben hacer eso. Pero la indiferencia hacia Su Madre es, en efecto, el más crucificador de todos los desprecios y el más diabólico de todos los ultrajes con los que Su Humanidad Santísima pueda ser abrevada. Este incomparable sacrilegio debe devorar su Corazón como una llama. Conozco escritores católicos que no se creen criminales y que se atreven a decir que la devoción al Corazón de Jesús exime a los cristianos de dar tres pasos para honrar a Aquella que llenó ese Corazón con su propia Sangre como un jarrón, para ser volcada y derramada sobre las miserables cabezas de esos blasfemos inconscientes a quienes la Santa Iglesia no ha podido hacer comprender lo que es semejante Maternidad.

 

     En verdad, es de temer que estas cosas no se soporten por mucho tiempo más.

     Esta obra, concebida en la indignación más profunda y en la amargura de un corazón consternado, es algo así como un intento de influir en la opinión de este desdichado pueblo de María, que está dispuesto a que lo salven, pero que sólo se acuerda de su todopoderosa Soberana como se acuerdan de ella los marineros, es decir, en el momento más rabioso de la tempestad. La Santísima Virgen no retira de buen grado lo que da. Es razonabílisimo, pues, conjeturar que la gracia del 19 de septiembre de 1846 subsiste todavía en su plenitud. La Madre Infatigable, la Madre Invencible que permanece al pie de la Cruz y cuyo inenarrable dolor crucifica a Dios Su Hijo más cruelmente que el más diabólicamente borracho de Sus verdugos, la Madre nos sigue esperando en la Montaña de la Aparición. Si las reflexiones que siguen son lo suficientemente bendecidas por Ella como para determinar a algunas almas a emprender esa peregrinación, consideraré que mi felicidad supera toda esperanza y creeré haber cumplido una parte importante de la tarea que nos corresponde a cada uno de nosotros como hijos de María y como franceses.

 

LÉON BLOY

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 

NOTAS

1. La aparición tuvo lugar en 1846, el texto fue escrto, pues, en 1879.

2. Véase Nm 27:14.

3. "Once veces": la Virgen encuentró a su Hijo en la cuarta estación del Vía Crucis, y esto da once estaciones desde la cuarta hasta la última, la decimocuarta.

4. Véase Sir 50:29, donde el autor se designa así mismo como “Jesús, hijo de Sirac”.

5. Ec 35:18-19  [Nota de Léon Bloy].

6. Ex 3: 7 [Nota de Léon Bloy] .

7. Se refiere a François Guizot, historiador protestante, presidente del Consejo de Estado del rey constitucional Luis Felipe de Orleáns, entre 1840 y 1847.

8. Se refiere a la novella “El judío errante”, novella publicada en 1844, cuyo trama gira en torno a las intrigas de la Compañía de Jesús para apoderarse de la inmensa herencia dejada por un protestante.

   

LE SYMBOLISME DE L’APPARITION

 

Quæcumque scripta sunt, ad nostram doctrinam scripta sunt : ut per patientiam et consolationem scripturarum spem habeamus.

SAINT PAUL (Rom. XV, 4).

[« Tout ce qui a été écrit avant nous l’a été pour notre instruction, afin que, par la patience et la consolation que donnent les Écritures, nous possédions l’espérance. »]

 

I

 

     Voilà donc trente-trois ans passés que la Très Sainte-Vierge Mère de Dieu, est descendue de la Droite du trône de Son Fils pour s’entretenir sur la montagne de la Salette avec deux pauvres enfants, les deux plus pauvres et plus rampantes créatures humaines de Celui qui voulut avoir besoin de Sa permission pour naître, pour vivre et pour mourir. Elle descendit vers eux dans la lumière d’un jour éclatant et se manifesta sensiblement à leurs yeux dans la lumière plus éclatante encore de Sa propre gloire. Elle conversa familièrement avec eux, accommodant le langage de Son ineffable Maternité à l’ineffable misère de leurs esprits. Elle leur parla de Son peuple qui périssait et de la pesanteur du bras de Son Fils. Elle leur donna en peu de paroles, comme on rompt du pain à des indigents, toute l’essence des préceptes divins, accompagnée de magnifiques promesses si Son peuple obéissait, et soutenue d’épouvantables menaces si Son peuple n’obéissait pas. Ce fut un pacte de réconciliation entre la Dominatrice des Cieux et ces deux imperceptibles cailloux humains roulés sur le flanc de cette montagne inconnue, par lesquels l’Exaltatrice des humbles avait voulu que tous les superbes fussent représentés en ce jour. « Faites-le passer à tout mon peuple. » Telle fut sa dernière parole.

     Quant aux larmes qui coulèrent en cette occasion, les pâtres ont raconté qu’elles coulèrent sans interruption, et voilà, je pense, tout ce qu’on en peut dire. Il existe parmi les choses humaines deux choses parfaitement humaines et parfaitement ineffables : le sang de Jésus-Christ et les larmes de Sa Mère. Ce que doivent être ces deux effusions douloureuses, nul être créé ne le pourrait dire. Elles retentissent éternellement l’une à l’autre par-dessus tous les accidents du temps et de l’espace et correspondent ensemble à un ordre de réalités substantielles absolument supérieures aux pensées de l’homme. Les larmes de Marie, ces véritables « eaux de la contradiction » à la Salette comme partout ailleurs, inondèrent autrefois Jérusalem et le désert, au jour de la Purification, pendant les sept années de la Fuite, pendant les trois terribles jours de l’absence de Dieu et pendant les trois autres jours à peine plus terribles où il lui fallut payer onze fois Son Immaculée Conception, sur le chemin de la Croix, depuis la Rencontre jusqu’au Sépulcre. Les larmes de la Mère des Douleurs coulèrent réellement sans interruption tant qu’Elle demeura sur la terre et jaillirent comme l’eau des fontaines par les Sept blessures effroyables qui représentent les sept époques de Sa Genèse spirituelle. Aujourd’hui qu’Elle est dans les Cieux et qu’Elle règne sur tout ce qui est créé, Elle rachète les hommes avec cette immensité de larmes qui submergent le monde comme un Océan débordé et dont le Déluge universel n’est qu’une très faible figure. Les larmes de Notre-Dame de la Transfixion roulent du Calvaire et tombent en cataractes sur tous les cœurs vivants. Nous y sommes tous noyés, engloutis, et quelques-uns d’entre nous, les plus heureux assurément, le sont à des profondeurs incommensurables.

    Eh bien ! la raison et l’imagination humaines, ces deux impotentes sublimes peuvent se planter en face de ce Fait unique de la Salette et se dire que la Mère douloureuse est venue réellement pleurer sur cette montagne solitaire devant deux pauvres enfants. Ses larmes prédites à ce qu’il semble, par le fils de Sirach, ne descendirent pas, il est vrai, le long de ses joues, pour tomber sur la terre, mais elles en remontèrent comme les sublimes larmes de la Veuve de l’Ecclésiastique, pour se perdre jusque dans le ciel. Il semblerait que les montagnes environnantes ne devaient pas subsister devant de telles larmes et que toute cette sauvage nature devait exulter et bondir comme les montagnes du psalmiste. Il semblerait tout au moins que la France devait s’allumer comme une torche à cette prodigieuse nouvelle et se ruer de tous les points de son territoire vers cet Horeb nouveau où la Mère de Dieu avait vu l’affliction de Son peuple et s’était émue d’une immense pitié à l’universelle clameur des âmes opprimées de Ses enfants.

     On se demande vraiment ce qu’il pouvait y avoir à dire en France à ce moment-là pour qu’on parlât d’autre chose que de cette chose inexprimablement poignante et formidable ! Un hérétique solennel conduisait majestueusement à l’abîme un voleur de couronne, pesamment vautré sur le trône de Saint-Louis. Une abjecte révolution couvait sous le fumier des plus sordides prévarications politiques. Le Platon de la canaille révolutionnaire, le brutal franc-comtois Proudhon, ameutait les indigences orgueilleuses de ce siècle, dans tous les carrefours pestilentiels de son funeste génie. Madame Sand, cette fille trouvée du cuistre Jean-Jacques, se boursouflait comme la pécore du fabuliste dans le marécage des adultères héroïques et évangélisait contre Dieu. Eugène Süe, lumière du socialisme naissant, engendré de l’hiérophante Saint-Simon et consubstantiel à son père, bavait en l’honneur du véritable christianisme deux mille colonnes d’encre rouge sur la Compagnie de Jésus. Fourier, prophète Icarien, autre hiérophante figé dans les formules algébriques d’un monde à refaire, assoupissait son puissant esprit dans la fumée des pipes et des encensoirs de ses alcooliques adorateurs. Michelet, le crocodile byzantin de l’histoire, pleurait contre l’Église ses larmes hypocrites et sacrilèges pour lesquelles il semble qu’il n’y ait point en enfer de suffisantes expiations. On n’en finirait pas s’il fallait rappeler par leurs noms, toutes ces importances qui poussaient alors comme des champignons vénéneux sur les plates-bandes orléanistes de la meilleure des républiques. Elles sont devenues ce que vous savez. Elles sont mortes juste autant de fois qu’elles avaient tenté de se substituer à Dieu et cela ne se compte pas. Elles ont suffi cependant pour faire obstacle à ce que j’ose appeler l’Épiphanie de Notre-Dame des Sept Douleurs. Cette circonstance surpasse le miracle lui-même et nous apparaît infiniment au-delà de toutes les stupéfactions.

     Ces voix enfantines qui, descendant des Alpes, devaient grandir comme l’avalanche et remplir toute la France comme la clameur des Ninivites, elles se sont à peu près éteintes au pied de la montagne. Quelque chose de vague s’en est propagé dans toutes les directions de la puérile curiosité du monde. Quelques âmes simples et croyantes, il est vrai, sont venues de loin, pour baiser ce sol où les Pieds de la Vierge s’étaient reposés. Une basilique s’est construite à quelques pas du lieu de l’Apparition, une congrégation apostolique s’y est fondée, et s’y est organisée pour y vivre et pour y prier continuellement malgré l’effrayante rigueur d’une température mortelle pendant la moitié de l’année. Tout cela est assurément fort louable, mais en vérité c’est à peu près tout ce qu’on a tenté pour accomplir la volonté formellement exprimée de la Mère de Dieu : « Faites-le passer à tout mon peuple.»

    Les premiers pasteurs ne sont pas montés dans leurs chaires pour annoncer à leurs troupeaux l’immense nouvelle ; les ordres prêcheurs et les missionnaires de toutes sortes ne se sont pas répandus par toute la France pour faire connaître aux plus ignorants chrétiens de ce beau pays les menaces et les promesses de la Reine du Ciel ; les Paroles descendues de Sa Bouche, de cette Bouche quasi divine qui prononça le Fiat de l’Incarnation, ces Paroles ineffablement maternelles, on ne les a point enseignées dans les écoles et les enfants de l’âge des deux pâtres ne les ont point apprises. On sait à peu près partout, on sait vaguement que la Salette existe, que la Très Sainte-Vierge s’y est manifestée d’une manière quelconque et qu’Elle a dit quelque chose. Quelques personnes savent même que la profanation du Dimanche et le Blasphème ont été spécialement condamnés par Elle. Mais le texte de ce Discours, de la plus inexprimable beauté, on ne le trouve dans aucune mémoire, ni dans aucune main.

    Il faut avoir le cœur de le dire, cela est à faire trembler. Notre Seigneur daigne souffrir qu’on le méprise et qu’on l’outrage. Voilà bientôt dix-neuf siècles que la plupart des hommes ne savent faire que cela. Mais l’indifférence pour Sa Mère, c’est au fond le plus crucifiant de tous les mépris et le plus diabolique de tous les outrages dont sa Très Sainte Humanité puisse être abreuvée. Cet incomparable sacrilège doit lui dévorer le Cœur comme une flamme. Je connais des écrivains catholiques qui ne se croient pas des criminels et qui osent dire que la dévotion au Cœur de Jésus dispense les chrétiens de faire trois pas pour honorer Celle qui a rempli ce Cœur de Son Propre Sang comme un vase, pour être retourné et répandu sur les misérables têtes de ces blasphémateurs inconscients à qui la Sainte Église n’a pas pu faire comprendre ce que c’est qu’une pareille Maternité.

    Vraiment, il est fort à craindre que ces choses ne soient pas longtemps supportées.

    Ce travail conçu dans l’indignation la plus profonde et dans l’amertume d’un cœur navré est quelque chose comme une tentative sur l’opinion de ce malheureux peuple de Marie qui veut bien qu’on le sauve, mais qui ne se souvient de sa toute puissante Souveraine que comme les matelots s’en souviennent, c’est-à-dire au moment le plus carabiné de la tempête. La Sainte-Vierge ne retire pas volontiers ce qu’Elle donne. Il est donc très raisonnable de conjecturer que la grâce du 19 septembre 1846 subiste encore dans sa plénitude. La Mère infatigable, la Mère invincible qui se tient debout au pied de la Croix et dont l’inénarrable douleur crucifie le Dieu son Fils plus cruellement que les plus diaboliquement enivrés de ses bourreaux, la Mère nous attend toujours sur la Montagne de l’Apparition. Si les réflexions qui vont suivre sont assez bénies par Elle pour déterminer quelques âmes à entreprendre ce pèlerinage, j’estimerai que mon bonheur passe toute espérance et je croirai avoir accompli une importante partie de la tâche qui revient à chacun de nous comme enfants de Marie et comme Français.

 


 

 


lunes, 5 de junio de 2023

Charles Baudelaire: Carta a la madre, 6 de mayo de 1861

 XXXVI

6 de mayo de 1861

Querida madre, si realmente posees instinto maternal y todavía no estás harta, ven a París, ven a verme, e incluso a buscarme. Yo, por mil razones terribles, no puedo ir a Hon­fleur a buscar lo que tanto querría, un poco de fuerza de ánimo y de mimos. A fines de marzo te escribí: ¿Volveremos a vernos alguna vez? Estaba atravesando una de esas crisis en las que se ve la terrible verdad. No sé lo que daría por pasar unos días junto a ti, junto a ti que eres el único ser del que pende mi vida, ocho días, tres días, algunas horas.

Tú no lees mis cartas con bastante atención, crees que miento, o por lo menos que exagero cuando hablo de mis desesperaciones, de mi salud, de mi horror por la vida. Te digo que querría verte y que no puedo ir corriendo a Honfleur. Tus cartas contienen muchos errores e ideas fal­sas que la conversación podría rectificar y que montones de páginas escritas no serían capaces de destruir.

Cada vez que tomo la pluma para exponerte mi situación, tengo miedo; tengo miedo de matarte, de destruir tu débil cuerpo. Y yo, sin que lo sospeches, estoy constantemente al borde del suicidio. Creo que me quieres apasionadamente; ¡tienes un entendimiento ciego, pero tanta grandeza de ca­rácter! Yo te quise apasionadamente en mi infancia; más tarde, bajo la presión de tus injusticias, te falté el respeto, como si una injusticia materna pudiese autorizar una falta de respeto filial; a menudo me arrepentí de ello, aunque, según mi costumbre, no dije nada. Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas meditaciones sobre mi destino y tu carácter me han ayudado a comprender todas mis faltas y toda tu generosidad. Pero, en suma, el mal está hecho, he­cho por tus imprudencias y por mis faltas. Estamos eviden­temente destinados a querernos, a vivir el uno para el otro, a terminar nuestra vida lo más decente y tranquilamente que resulte posible. Y sin embargo, en las circunstancias terri­bles en que me encuentro, estoy convencido de que uno de los dos matará al otro, y de que, finalmente, nos mataremos recíprocamente. Después de mi muerte ya no vivirás más, eso está claro. Soy lo único que te hace vivir. Después de tu muerte, sobre todo si te murieses por una conmoción cau­sada por mí, yo me mataría, eso es indudable. Tu muerte, de la que a menudo hablas con demasiada resignación, no arre­glaría en nada mi situación; la tutela judicial se mantendría (¿por qué no habría de ser así?), no se pagaría nada, y yo tendría, para aumentar mis sufrimientos, la horrible sensa­ción de quedar absolutamente aislado. Que yo me mate es algo absurdo, ¿no es verdad? “Vas a dejar sola, pues, a tu vieja madre”, dirás tú. La verdad es que, si bien no tengo ri­gurosamente derecho a hacerlo, creo que los muchos sufri­mientos que padezco desde hace casi treinta años bastarían para disculparme. “¿Y Dios?”, dirás tú. Deseo de todo corazón (¡sólo yo puedo saber con cuánta sinceridad!) creer que un ser externo e invisible se interesa en mi destino; pero, ¿cómo hacer para creerlo?

(La idea de Dios me hace pensar en ese maldito cura. En medio de las dolorosas sensaciones que va a causarte mi carta, no quiero que lo consultes. Ese cura es mi enemigo, por pura estupidez quizás).

Para volver al suicidio, una idea que no es fija sino que vuelve en épocas periódicas, hay algo que tiene que tran­quilizarte. No puedo matarme sin haber puesto mis cosas en orden. Todos mis papeles están en Honfleur, en una gran confusión. Habría que hacer, pues, un gran trabajo en Hon­fleur, y, una vez allí, no podría separarme más de ti. Ya que debes suponer que yo no querría mancillar tu casa con una acción detestable. Por lo demás, te volverías loca. ¿Por qué el suicidio? ¿Es por culpa de las deudas? Sí, y, sin embargo, a las deudas se las puede dominar. Es, sobre todo, por culpa de un cansancio espantoso que resulta de una situación imposible demasiado prolongada. Cada minuto me demues­tra que ya no le encuentro gusto a la vida. Cometiste una gran imprudencia en mi juventud. Tu imprudencia y mis viejas faltas pesan sobre mí y me envuelven. Mi situación es atroz. Hay gente que me saluda, hay gente que me hace la corte, hay alguno quizás que me envidia. Mi situación literaria es más que buena. Puedo hacer lo que quiera. Todo se imprimirá. Como tengo un tipo de mentalidad impopular, ganaré poco dinero, pero dejaré una gran celebridad, lo sé —siempre que tenga coraje para vivir. Pero mi salud espi­ritual, detestable; —tal vez perdida. Todavía tengo proyec­tos: mi corazón al desnudo, novelas, dos dramas, uno de ellos para el Teatro Francés, ¿haré alguna vez todo eso? Ya no lo creo. Mi situación en lo que concierne a la honra, es­pantosa —ése es el gran mal. Nunca un descanso. Insultos, ultrajes, vejaciones que no te puedes imaginar, y que corrompen la imaginación, la paralizan. Gano un poco de dinero, es cierto; si no tuviera deudas, y si ya no tuviera fortuna, SERÍA RICO, medita bien esta frase. Podría darte dinero, podría ejercer sin riesgo mi caridad con Jeanne. Más abajo volveremos a hablar de ella. Tú eres la que has provocado estas explicaciones. —Todo ese dinero se escurre en una existencia gastadora y malsana (ya que vivo muy mal) y en el pago o más bien la amortización insuficiente de viejas deudas, en gastos de trámites judiciales, papel sellado, etc.

Más abajo me ocuparé de las cosas positivas, es decir, actuales. Ya que, en verdad, necesito que alguien me salve, y sólo tú puedes salvarme. Hoy quiero decirlo todo. Estoy solo, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato, ¿a quién me le puedo quejar? Sólo tengo el retrato de mi padre, que siempre está mudo[1].

Me encuentro en aquel estado horrible por el que pasé en el otoño de 1844. Una resignación peor que el furor[2].

Pero mi salud física, que necesito por ti, por mí, por mis deberes, ¡otro problema más! Tengo que hablarte de esto, aunque le prestes muy poca atención. No quiero hablar de esas dolencias nerviosas que me destruyen día a día y que anulan el ánimo, vómitos, insomnios, pesadillas, decaimien­tos. Demasiado a menudo te he hablado de eso. Pero es in­necesario tener pudor contigo. Sabes que, siendo muy joven, tuve una afección sifilítica que más tarde creí totalmente curada. En Dijon, después de 1848, volvió a hacer explosión. Nuevamente fue paliada. Ahora vuelve y toma una forma nueva, manchas en la piel y una flojera extraordinaria en todas las articulaciones. Puedes creerme; sé de lo que hablo. Quizás, en medio de la tristeza en que estoy sumido, mi terror exagera el mal. Pero necesito seguir un régimen severo, y no es con la vida que llevo como podré someterme a él.

Dejo todo esto de lado y quiero volver a mis evocaciones; antes de abordar el proyecto que quiero comunicarte, es algo que me produce un verdadero placer. ¡Quién sabe si una vez más podré revelarte toda mi alma, que tú nunca has apreciado ni conocido! Escribo esto sin vacilar, hasta tal punto sé que es cierto.

Hubo en mi infancia una época de amor apasionado por ti; escucha y lee sin miedo. Nunca antes te dije tanto de esto. Me acuerdo de un paseo en coche; salías de un sanatorio en el que habías estado internada, y me mostraste, para probarme que habías pensado en tu hijo, unos dibujos a pluma que habías hecho para mí. ¿Ves la memoria tre­menda que tengo? Más tarde, la plaza Saint-André-des-Arts y Neuilly[3]. ¡Largos paseos, continuo cariño! Recuerdo los muelles, que eran tan tristes de noche. ¡Ah, fue para mí la buena época del cariño maternal! Te pido perdón por llamar buena época la que sin duda fue mala para ti. Pero yo vivía siempre en ti; tú eras únicamente mía. Eras, al mismo tiempo, un ídolo y una compañera. Quizás te extrañe que pueda hablar con pasión de una época tan distante. A mí mismo me extraña. Quizás sea porque una vez más he vuel­to a concebir el deseo de la muerte por lo que las cosas pasa­das se dibujan con tanta nitidez en mi mente.

Ya sabes, más tarde, qué atroz educación quiso darme tu marido; tengo 40 años y no pienso en los distintos colegios sin dolor, así como tampoco en el temor que me inspiraba mi padrastro. Lo quise, sin embargo, y, por otra parte, soy lo bastante sensato actualmente como para hacerle justicia. Pero en fin, fue obstinadamente torpe. Quiero pasar rápida­mente por sobre esto, porque veo lágrimas en tus ojos.

Al final me escapé, y desde entonces quedé completa­mente abandonado. Me aficioné únicamente al placer, a una excitación perpetua; los viajes, los muebles hermosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy pago cruelmente todo aque­llo. En cuanto a la tutela judicial, sólo tengo una cosa que decir: hoy conozco el inmenso valor del dinero, y compren­do lo serio que es todo lo que atañe al dinero; puedo ima­ginar que creyeses que eras hábil, que actuabas por mi bien; pero hay una pregunta, sin embargo, una pregunta que siempre me ha obsesionado: cómo puede ser que no se te haya ocurrido esta idea: “Es posible que mi hijo nunca lle­gue a saber, tanto como yo lo sé, de qué modo conducirse en la vida; pero también podría ser posible que llegase a ser un hombre notable en otros aspectos. En tal caso, ¿qué haré yo? ¿Lo condenaré a llevar una vida doble, contradictoria, una vida respetada por un lado, odiosa y despreciada por el otro? ¿Lo condenaré a cargar hasta la vejez con un estigma deplorable; un estigma que daña, un motivo de impotencia y de tristeza?”. Es evidente que si esa tutela judicial no hubiera existido, me lo habría gastado todo. Hubiese tenido que empeñarme en tomarle gusto al trabajo. La tutela judi­cial existió, me lo gasté todo y soy viejo e infeliz[4].

¿Es posible rejuvenecer? Ésa es toda la cuestión.

Toda esta vuelta al pasado no tenía más finalidad que la de mostrar que puedo esgrimir algunas disculpas, si no una justificación completa. Si sientes que hay reproches en lo que escribo, quiero que sepas al menos que esto no altera en nada mi admiración por tu gran corazón, mi agradecimiento por tu afecto y tu entrega. Siempre te has sacrificado. Sólo tienes el instinto del sacrificio. Menos razón que caridad. Yo te pido más. Te pido a la vez consejo, apoyo, entendimiento completo entre tú y yo, para sacarme del paso. Te lo suplico, ven, ven, me he quedado sin fuerza nerviosa, sin ánimo, sin esperanzas. Veo una continuidad de horror. Veo mi vida li­teraria obstaculizada para siempre. Veo una catástrofe. Bien puedes, por ocho días, pedirles hospitalidad a algunos ami­gos, a Ancelle, por ejemplo. No sé lo que daría por verte, por besarte. Presiento una catástrofe y no puedo ir ahora a tu casa. París es malo para mí. Ya dos veces he cometido una imprudencia grave, que tú calificarías con más severidad; acabaré perdiendo la cabeza.

Te pido tu felicidad, y te pido la tuya[5], en la medida en que aún podamos conocer eso.

Me has permitido que te confíe un proyecto, es éste: pido una medida parcial. Enajenación de una fuerte suma limi­tada a 10.000, por ejemplo, 2.000 para sacarme del paso de inmediato; 2.000 entre tus manos para hacer frente a nece­sidades imprevistas o previstas, necesidades de vida, de ropa, etc., por un año (Jeanne irá a una casa donde se pa­gará lo estrictamente necesario). Por lo demás, te hablaré de ella más abajo. También eres tú quien me induces a hacerlo. Finalmente, 6.000 en manos de Ancelle o de Marin, los que se gastarán lentamente, sucesivamente, prudentemente, de modo de pagar quizás más de 10.000 y evitar todo trastorno y todo escándalo en Honfleur.

Esto dará un año de tranquilidad. Yo sería un tonto muy grande y un bribón muy grande si no lo aprovechase para rejuvenecer. Todo el dinero ganado durante ese tiempo (10.000, tal vez sólo 5.000) irá a parar a tus manos. No te ocultaré ninguno de mis tratos, ninguna de mis ganancias. En vez de llenar el hueco, ese dinero también se destinará a las deudas. —Y así sucesivamente, en los años siguientes. Así podré tal vez, gracias al rejuvenecimiento del que serás testigo, pagarlo todo, sin que mi capital disminuya en más de 10.000, sin contar, es cierto, los 4.600 de los años an­teriores. Y la casa se salvará[6]. Ya que ésta es una de las cuestiones que tengo siempre presentes.

Si adoptases este proyecto de sosiego, quisiera tener completada mi mudanza para fin de mes, quizás de in­mediato. Te autorizo a que vengas a buscarme. Sin duda comprendes que hay un montón de detalles que una carta no contiene. Quisiera, en una palabra, que toda suma sólo se pagase después de tu consentimiento, después de un ma­duro debate entre tú y yo, en una palabra, que te convir­tieses en mi verdadera tutela judicial. ¿Es posible que uno esté obligado a asociar una idea tan horrible a la idea tan dulce de madre?

En tal caso, por desgracia, hay que despedirse de las pequeñas sumas, de las pequeñas ganancias, 100, 200, por acá y por allá, que conlleva el curso normal de la vida pari­sina. Tendría que ocuparme, entonces, de grandes especu­laciones y grandes libros, cuyo pago se haría esperar más tiempo. —Consúltalo sólo contigo misma, con tu conciencia y con Dios, ya que tienes la dicha de creer. Sé mesurada al comunicarle tus pensamientos a Ancelle. Es bueno, pero de mente estrecha. No puede creer que un mal tipo testarudo al que tuvo que sermonear sea un hombre importante. Me dejará reventar por tozudez. En vez de pensar tan sólo en el dinero, piensa un poco en la gloria, en la tranquilidad, y en mi vida.

En tal caso, digo, yo no pasaría allá períodos de 15 días o de un mes o de dos meses. Me quedaría de manera perpe­tua, salvo en caso de que viniéramos juntos a París.

La corrección de las galeradas puede hacerse por correo.

Otra falsa idea tuya que hay que rectificar, y que vuelve sin cesar en lo que escribes. Jamás me aburro en soledad, jamás me aburro junto a ti. Lo único que sé es que sufriré debido a tus amigos. Lo acepto.

Algunas veces se me ha ocurrido la idea de convocar un consejo de familia o de presentarme ante un tribunal. ¿Eres bien consciente de que tendría buenas cosas que decir, aunque no fuese más que esto: He producido ocho volúme­nes en condiciones horribles. Puedo ganarme la vida. Las deudas de mi juventud me matan?

No lo he hecho por respeto hacia ti, por consideración a tu horrible sensibilidad. Dígnate agradecérmelo. Te lo re­pito, me he impuesto a mí mismo recurrir sólo a ti.

A partir del año que viene, le dedicaré a Jeanne la renta del capital restante. Se irá a vivir a alguna parte, para no quedar en una soledad absoluta. Esto es lo que le ocurrió: su hermano la metió en el hospital, para librarse de ella, y cuando ella salió descubrió que él le había vendido una par­te de los muebles y de la ropa. Estos últimos 4 meses, desde mi huida de Neuilly, le he dado 7 francos.

—Te lo ruego, tranquilidad, dame tranquilidad, trabajo, y un poco de cariño.

Es evidente que, entre mis actuales asuntos, hay cosas horriblemente urgentes; así es como he vuelto a cometer, en estos inevitables tejemanejes bancarios, la falta de usar indebidamente, para mis deudas personales, varios cientos de francos que no me pertenecían[7]. Me vi absolutamente obligado a hacerlo. De más está decir que creía que podría reparar el daño enseguida. Una persona, en Londres, me niega 400 francos que me debe[8]. Otra, que tenía que en­tregarme 300 francos, está de viaje[9]. Siempre lo impre­visto. —Hoy tuve el tremendo coraje de escribirle a la persona en cuestión la confesión de mi falta. ¿Qué escena tendrá lugar? No lo sé. Pero quise aliviar mi conciencia. Espero que, por consideración a mi nombre y mi talento, no haya ningún escándalo y tengan a bien esperar.

Adiós. Estoy extenuado. Para dar detalles de mi salud, hace casi tres días que no duermo ni como; tengo una pelota en la garganta. —Y hay que trabajar.

No, no te digo adiós, ya que espero volver a verte.

¡Ah!, léeme con mucha atención, trata de comprender bien.

Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero sin duda encontrarás en ella acentos de dulzura, de cariño, e incluso también de esperanza, que muy pocas veces has oído.

Y te quiero.

CHARLES BAUDELAIRE

Querida mamá. Cartas a la madre 1834-1866

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

Edición integral de Ediciones De La Mirándola, Buenos Aires, 2015-2019


À MADAME AUPICK

6 mai 1861

Ma chère mère, si tu possèdes vraiment le génie maternel et si tu n'es pas encore lasse, viens à Paris, viens me voir, et même me chercher. Moi, pour mille raisons terribles, je ne puis aller à Honfleur chercher ce que je voudrais tant, un peu de courage et de caresses. A la fin de mars je t'écrivais : Nous reverrons-nous jamais ? J'étais dans une de ces crises où on voit la terrible vérité. Je donnerais je ne sais quoi pour passer quelques jours auprès de toi, toi, le seul être à qui ma vie est suspendue, huit jours, trois jours, quelques heures.

Tu ne lis pas assez attentivement mes lettres, tu crois que je mens, ou au moins que j'exagère quand je parle de mes désespoirs, de ma santé, de mon horreur de la vie. Je te dis que je voudrais te voir, et que je ne puis pas courir à Honfleur. Tes lettres contiennent de nombreuses erreurs et des idées fausses que la conversation pourrait rectifier et que des volumes d'écriture ne suffiraient pas à détruire.

Toutes les fois que je prends la plume pour t'exposer ma situation, j'ai peur; j'ai peur de te tuer, de détruire ton faible corps. Et moi, je suis sans cesse, sans que tu t'en doutes, au bord du suicide. Je crois que tu m'aimes passionnément; avec un esprit aveugle, tu as le caractère si grand ! Moi, je t'ai aimée passionnément dans mon enfance; plus tard, sous la pression de tes injustices, je t'ai manqué de respect, comme si une injustice maternelle pouvait autoriser un manque de respect filial; je m'en suis repenti souvent, quoique, selon mon habitude, je n'en aie rien dit. Je ne suis plus l'enfant ingrat et violent. De longues méditations sur ma destinée et sur ton caractère m'ont aidé à comprendre toutes mes fautes et toute ta générosité. Mais, en somme le mal est fait, fait par tes imprudences et par mes fautes. Nous sommes évidemment destinés à nous aimer, à vivre l'un pour l'autre, à finir notre vie le plus honnêtement et le plus doucement qu'il sera possible. Et cependant, dans les circonstances terribles où je suis placé, je suis convaincu que l'un de nous deux tuera l'autre, et que finalement nous nous tuerons réciproquement. Après ma mort, tu ne vivras plus, c'est clair. Je suis le seul objet qui te fasse vivre. Après ta mort, surtout si tu mourais par une secousse causée par moi, je me tuerais, cela est indubitable. Ta mort, dont tu parles souvent avec trop de résignation, ne corrigerait rien dans ma situation; le conseil judiciaire serait maintenu (pourquoi ne le serait-il pas?) rien ne serait payé, et j'aurais par surcroît de douleurs, l'horrible sensation d'un isolement absolu. Moi, me tuer, c'est absurde, n'est-ce pas? «Tu vas donc laisser ta vieille mère toute seule», diras-tu. Ma foi! si je n'en ai pas strictement le droit, je crois que la quantité de douleurs que je subis depuis près de trente ans me rendrait excusable. «Et Dieu !» diras-tu. Je désire de tout mon coeur (avec quelle sincérité, personne ne peut le savoir que moi !) croire qu'un être extérieur et invisible s'intéresse à ma destinée; mais comment faire pour le croire?

(L'idée de Dieu me fait penser à ce maudit curé). Dans les douloureuses sensations que ma lettre va te causer, je ne veux pas que tu le consultes. Ce curé est mon ennemi, par pure bêtise peut-être.)

Pour en revenir au suicide, une idée non pas fixe, mais qui revient à des époques périodiques, il y a une chose qui doit te rassurer. Je ne puis pas me tuer sans avoir mis mes affaires en ordre. Tous mes papiers sont à Honfleur, dans une grande confusion. II faudrait donc, à Honfleur, faire un grand travail, et une fois là-bas, je ne pourrais plus m'arracher d'auprès de toi. Car tu dois supposer que je ne voudrais pas souiller ta maison d'une detestable action. D'ailleurs tu deviendrais folle. Pourquoi le suicide? Est-ce à cause des dettes? Oui, et cependant les dettes peuvent être dominées. C'est surtout à cause d'une fatigue épouvantable qui résulte d'une situation impossible trop prolongée. Chaque minute me démontre que je n'ai plus de goût à la vie. Une grande imprudence a été commise par toi dans ma jeunesse. Ton imprudence et mes fautes anciennes pèsent sur moi et m'enveloppent. Ma situation est atroce. Il y a des gens qui me saluent, il y a des gens qui me font la cour, il y en a peut-être qui m'envient. Ma situation littéraire est plus que bonne. Je puis faire ce que je voudrai. Tout sera imprimé. Comme j'ai un genre d'esprit impopulaire, je gagnerai peu d'argent, mais je laisserai une grande célébrité, je le sais, — pourvu que j'aie le courage de vivre. Mais ma santé spirituelle, détestable; — perdue peut-être. J'ai encore des projets : mon coeur mis à nu, des romans, deux drames, dont un pour le Théâtre-Français, tout cela serat-il jamais fait? Je ne le crois plus. Ma situation relative à l'honorabilité, épouvantable, — c'est là le grand mal. Jamais de repos. Des insultes, des outrages, des avanies dont tu ne peux pas avoir l'idée, et qui corrompent l'imagination, la paralysent. Je gagne un peu d'argent, c'est vrai; si je n'avais pas de dettes, et si je n'avais plus de fortune, JE SERAIS RICHE, médite bien cette parole. Je pourrais te donner de l'argent, je pourrais sans danger exercer ma charité envers Jeanne. Nous reparlerons d'elle tout à l'heure. C'est toi qui as provoqué ces explications. — Tout cet argent fuit dans une existence dépensière et malsaine (car je vis très mal) et dans le paiement ou plutôt l'amortissement insuffisant de vieilles dettes, dans des frais d'huissiers, de papier timbré, etc. Tout à l'heure, j'en viendrai aux choses positives, c'est-à-dire actuelles. Car en vérité, j'ai besoin d'être sauvé, et toi seule tu peux me sauver. Je veux tout dire aujourd'hui. Je suis seul, sans amis, sans maîtresse, sans chien et sans chat, à qui me plaindre? Je n'ai que le portrait de mon père, qui est toujours muet.

Je suis dans cet état horrible que j'ai éprouvé dans l'automne de 1844. Une résignation pire que la fureur. Mais ma santé physique, dont j'ai besoin pour toi, pour moi, pour mes devoirs, voilà encore une question! II faut que je t'en parle, bien que tu y fasses bien peu attention. Je ne veux pas parler de ces affections nerveuses qui me détruisent jour à jour, et qui annulent le courage, vomissements, insomnies, cauchemars, défaillances. Je t'en ai trop souvent parlé. Mais il est inutile d'avoir de la pudeur avec toi. Tu sais qu'étant très jeune j'ai eu une affection vérolique, que plus tard j'ai crue totalement guérie. A Dijon, après 1848, elle a fait une nouvelle explosion. Elle a été de nouveau palliée. Maintenant elle revient et elle prend une nouvelle forme, des taches sur la peau, et une lassitude extraordinaire dans toutes les articulations. Tu peux me croire; je m'y connais. Peut-être, dans la tristesse où je suis plongé, ma terreur grossit-elle le mal. Mais il me faut un régime sévère, et ce n'est pas dans la vie que je mène que je pourrai m'y livrer.

Je laisse tout cela de côté, et je veux reprendre mes rêveries; avant d'en venir au projet que je veux t'ouvrir, j'y prends un vrai plaisir. Qui sait si je pourrai une fois encore t'ouvrir toute mon âme, que tu n'as jamais appréciée ni connue! J'écris cela sans hésitation, tant je sais que c'est vrai.

Il y a eu dans mon enfance une époque d'amour passionné pour toi; écoute et lis sans peur. Je ne t'en ai jamais tant dit. Je me souviens d'une promenade en fiacre; tu sortais d'une maison de santé où tu avais été reléguée, et tu me montras, pour me prouver que tu avais pensé à ton fils, des dessins à la plume que tu avais faits pour moi. Crois-tu que j'aie une mémoire terrible? Plus tard, la place Saint André des Arts et NeuilIy. De longues promenades, des tendresses perpétuelles. Je me souviens des quais, qui étaient si tristes le soir. Ah! ç'a été pour moi le bon temps des tendresses maternelles. Je te demande pardon d'appeler bon temps celui qui a été sans doute mauvais pour toi. Mais j'étais toujours vivant en toi; tu étais uniquement à moi. Tu étais à la fois une idole et un camarade. Tu seras peut-être étonnée que je puisse parler avec passion d'un temps si reculé. Moi même j'en suis étonné. C'est peut-être parce que j'ai conçu, une fois encore, le désir de la mort,  que les choses anciennes se peignent si vivement dans mon esprit.

Plus tard tu sais quelle atroce éducation ton mari a voulu me faire; j'ai 40 ans et je ne pense pas aux collèges sans douleur, non plus qu'à la crainte que mon beau-père m'inspirait. Je l'ai cependant aimé, et d'ailleurs j'ai aujourd'hui assez de sagesse pour lui rendre justice. Mais enfin il fut opiniâtrement maladroit. Je veux glisser rapidement, parce que je vois des larmes dans tes yeux.

Enfin je me suis sauvé, et j'ai été dès lors tout à fait abandonné. Je me suis épris uniquement du plaisir, d'une excitation perpétuelle; les voyages, les beaux meubles, les tableaux, les filles, etc. J'en porte cruellement la peine aujourd'hui. Quant au conseil judiciaire, je n'ai qu'un mot à dire : je sais aujourd'hui l'immense valeur de l'argent, et je comprends la gravité de toutes les choses qui ont trait à l'argent; je conçois que tu aies pu croire que tu étais habile, que tu travaillais pour mon bien; mais une question pourtant, une question qui m'a toujours obsédé : comment se fait-il que cette idée ne se soit pas présentée à ton esprit : « II est posible que mon fils n'ait jamais, au même degré que moi, l'esprit de conduite; mais il serait posible aussi qu'il devînt un homme remarquable à d'autres égards. Dans ce cas-là, que ferai-je? Le condamnerai-je à une double existence, contradictoire, une existence honorée, d'un côté, odieuse et méprisée de l'autre? Le condamnerai-je à traîner jusqu'à sa vieillesse une marque déplorable; une marque qui nuit, une raison d'impuissance et de tristesse?» Il est évident que si ce conseil judiciaire n'avait pas eu lieu, tout eût été mangé. Il eût bien fallu conquérir le goût du travail. Le conseil judiciaire a eu lieu, tout est mangé et je suis vieux et malheureux.

Le rajeunissement est-il possible? Toute la question est là.

Tout ce retour vers le passé n'avait pas d'autre but que de montrer que j'ai quelques excuses à faire valoir, sinon une justification complète. Si tu sens des reproches dans ce que j'écris, sache bien au moins que cela n'altère en rien mon admiration pour ton grand coeur, ma reconnaissance pour ton dévouement. Tu t'es toujours sacrifiée. Tu n'as que le génie du sacrifice. Moins de raison que de charité. Je te demande plus. Je te demande à la fois conseil, appui, entente complète entre toi et moi, pour me tirer d'affaire. Je t'en supplie, viens, viens, je suis à bout de force nerveuse, à bout de courage, à bout d'espérance. Je vois une continuité d'horreur. Je vois ma vie littéraire à tout jamais entravée. Je vois une catastrophe. Tu peux bien, pour huit jours, demander l'hospitalité à des amis, à Ancelle, par exemple. Je donnerais je ne sais quoi pour te voir, pour t'embrasser. Je pressens une catastrophe, et je ne peux pas aller chez toi maintenant. Paris m'est mauvais. Déjà deux fois j'ai commis une imprudence grave que tu qualifieras plus sévèrement; je finirai par perdre la tête.

Je te demande ton bonheur, et je te demande le tien, en tant que nous puissions encore connaître cela.

Tu m'as permis de t'ouvrir un projet, le voici : je demande une demie-mesure [sic]. Aliénation d'une forte somme limitée à 10.000 par exemple, 2.000 pour me délivrer tout de suite; 2.000 entre tes mains pour parer à des nécessités imprévues ou prévues, nécessités de vie, de vêtements, etc., pour un an (Jeanne ira dans une maison où le strict nécessaire sera payé). D'ailleurs je te parlerai d'elle tout à l'heure. C'est encore toi qui m'y as provoqué. Enfin 6.000 entre les mains d'Ancelle ou de Marin, lesquels seront dépensés lentement, successivement, prudemment, de manière à payer peut-être plus de 10.000, et à empêcher toute secousse, et tout scandale à Honfleur.

Voilà un an de tranquillité. Je serais un bien grand sot et un bien grand coquin, si je n'en profitais pas pour rajeunir. Tout l'argent gagné pendant ce temps-là (10.000, 5.000 peut-ctre seulement) sera versé entre tes mains. Je ne te cacherai aucune de mes affaires, aucun de mes bénéfices. Au lieu de combler la lacune, cet argent sera encore appliqué aux dettes. — Et ainsi de suite, dans les années suivantes. Ainsi je pourrai peut-être, par le rajeunissement opéré sous tes yeux, tout payer, sans que mon capital soit diminué dé plus de 10.000 sans compter il est vrai, les 4.600 des années précédentes. Et la maison sera sauvée. Car c'est une des considérations qui sont toujours devant mes yeux.

Si tu adoptais ce projet de béatitude, je voudrais être réinstallé à la fin du mois, tout de suite peut-être. Je t'autorise à venir me chercher. Tu comprends bien qu'il y a une foule de détails qu'une lettre ne comporte pas. Je voudrais en un mot, que toute somme ne fût payée qu'après ton consentement, après mûr débat entre toi et moi, en un mot, que tu devinsses mon vrai conseil judiciaire. Peut-on être obligé d'associer une idée aussi horrible à l'idée si douce d'une mère?

Dans ce cas-là, malheureusement, il faut dire adieu aux petites sommes, aux petits gains, 100, 200 par-ci, par-là, qu'amène le train-train de la vie parisienne. Ce seraient alors de grosses spéculations et de gros livres, dont le paiement se ferait attendre plus longtemps. — Ne consulte que toi, ta conscience et ton Dieu, puisque tu as le bonheur de croire. Ne livre tes pensées à Ancelle qu'avec mesure. Il est bon; mais il a le cerveau étroit. Il ne peut pas croire qu'un mauvais sujet volontaire qu'il a eu à morigéner soit un homme important. Il me laissera crever par entêtement. Au lieu de penser uniquement à l'argent, pense un peu à la gloire, au repos, et à ma vie.

Dans ce cas, dis-je, je ne ferais pas des séjours de 15 jours et d'un mois ou de deux mois. Je ferais un séjour perpétuel, sauf le cas où nous viendrions ensemble à Paris.

Le travail des épreuves peut se faire par la poste.

Encore une idée fausse de toi à rectifier, qui revient sans cesse sous ta plume. Je ne m'ennuie jamais dans la solitude, je ne m'ennuie jamais auprès de toi. Je sais seulement que je souffrirai par tes amis. J'y consens.

Quelquefois l'idée m'est venue de convoquer un conseil de famille ou de me présenter devant un tribunal. Sais-tu bien que j'aurais de bonnes choses à dire, ne fût-ce que ceci : J'ai produit huit volumes dans des conditions horribles. Je puis gagner ma vie. Je suis assassiné par les dettes de ma jeunesse Je ne l'ai pas fait, par respect pour toi, par égard pour ton horrible sensibilité. Daigne m'en savoir gré. Je te le répète, je me suis imposé de n'avoir recours qu'à toi.

À partir de l'année prochaine, je consacrerai à Jeanne le revenu du capital restant. Elle se retirera quelque part, pour n'être pas dans une absolue solitude. Voici ce qui lui est arrivé. Son frère l'a fourrée à l'hôpital, pour se débarrasser d'elle, et quand elle est sortie, elle a découvert qu'il avait vendu une partie de son mobilier et de ses vêtements. Depuis 4 mois, depuis ma fuite de Neuiily, je lui ai donné 7 francs.

— Je t'en supplie, le repos, donne-moi le repos, le travail, et un peu de tendresse.

Il est évident que dans mes affaires actuelles, il y a des choses horriblement pressées; ainsi, j'ai commis de nouveau la faute, dans ces tripotages de banque inévitables, de détourner pour mes dettes personnelles plusieurs centaines de francs qui ne m'appartenaient pas. J'y ai été absolument contraint. Il va sans dire que je croyais réparer le mal tout de suite. Une personne, à Londres, me refuse 400 fr. qu'elle me doit. Une autre, qui devait me remettre 300 fr. est en voyage. Toujours l'imprévu. — J'ai eu aujourd'hui le terrible courage d'écrire à la personne intéressée l'aveu de ma faute. Quelle scène va avoir lieu? Je n'en sais rien. Mais j'ai voulu décharger ma conscience. J'espère que par égard pour mon nom et mon talent on ne fera pas de scandale, et qu'on voudra bien attendre.

Adieu. Je suis exténué. Pour rentrer dans les détails de santé, je n'ai ni dormi, ni mangé depuis presque trois jours; ma gorge est serrée. — Et il faut travailler.

Non, je ne te dis pas adieu ; car j'espère te revoir.

Oh! lis-moi bien attentivement, tâche de bien comprendre.

Je sais que cette lettre t'affectera douloureusement, mais tu y trouveras certainement un accent de douceur, de tendresse, et même encore d'espérance, que tu as trop rarement entendus.

Et je t'aime.



[1] Ver carta CXCIV y nota n° 197 de la primera parte.

[2] Cuando la justicia resolvió que se pusiese a Baudelaire bajo tutela judicial.

[3] Después de enviudar, Madame Aupick se mudó de la Rue Hautefeuille a la Rue Saint-André-des-Arts, primero, y luego a un apartamento que daba a la plaza del mismo nombre. La pequeña casa de Neuilly era la que Baudelaire evocó en un poema de Les Fleurs du Mal (ver carta CLXXXI y nota n° 180 de la primera parte).

[4] Baudelaire exagera: gracias a la tutela judicial conservó una pequeña fortuna, que en el momento de su muerte ascendía a 40.000 francos.

[5] Sic.

[6] Ver la postdata de la carta XXVI.

[7] Según se desprende de carta a Poulet-Malassis del 6 de mayo de este año, Baudelaire había empleado, para pagar una deuda personal, 200 francos recibidos de la Revue européenne que correspondían al editor.

[8] Se refiere a Robert Stoepel, compositor para el que Baudelaire había hecho una adaptación del poema Hiawatha, de Longfellow.

[9] Probablemente el poeta Catulle Mendès, al que volverá a re­ferirse en la carta del 25 de julio de este mismo año.