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lunes, 7 de junio de 2021

Louis de Bonald: Sobre la muerte de Joseph de Maistre

 

SOBRE LA MUERTE DE JOSEPH DE MAISTRE

El conde de Maistre, Ministro de Estado del Rey de Cerdeña y caballero de sus órdenes, sucumbió el 26 de febrero a causa de una apoplejía. Nacido en Chambord, de familia senatorial y miembro él mismo del Senado, abandonó su país cuando fue invadido por los ejércitos revolucionarios y se retiró a Rusia, donde su soberano lo nombró su plenipotenciario. De vuelta a Turín, bajo la Restauración, se le encargaron allí, con el título de regente de la cancillería, las eminentes funciones de una dignidad a la que el estado de las finanzas no permitía restituir el título. Otros hablarán del estadista del Piamonte; el autor de este artículo hablará del estadista de Europa, del hombre de genio, del escritor religioso y político cuya amistad lo honró; y, aún más, de la conformidad de sentimientos y principios.

El conde de Maistre publicó, a principios de este siglo, sus Consideraciones sobre Francia. Nunca la sociedad, su constitución, sus doctrinas, sus revoluciones, habían sido consideradas desde un punto de vista más elevado; nunca estos temas, los más importantes que pueden ofrecerse a las meditaciones humanas, habían sido tratados con más profundidad de pensamiento y más originalidad de expresión; nunca se habían presentado de manera más viva y verdadera las causas de las desgracias de la sociedad, esas causas que tantas mentes superficiales han visto sólo en sus efectos.

Otro escrito de Maistre, menos conocido pero igualmente digno de ser conocido, es un Ensayo sobre el principio de las constituciones: el autor sólo lo halla en la naturaleza y no lo espera de las revoluciones que sólo pueden dar resultados desordenados y que siempre dejan a los pueblos en las vísperas, o al día siguiente, de una nueva revolución. En todas partes Maistre se muestra severamente religioso por principio político, y exclusivamente monárquico por principio religioso, igualmente amigo de la religión, de la unidad y de la unidad del poder. La obra Del Papa, una de las más notables de nuestro tiempo, ha puesto el sello a su gloria. Otros habían hecho la historia de los Papas, Maistre ha hecho la historia del Papado, siempre buena y saludable, incluso bajo los peores príncipes, ha mezclado algunas opiniones nacionales más que personales, pero pone admirablemente de relieve los inmensos beneficios de esa gran autoridad de la que Europa era deudora de todo cuanto poseía de verdadera ilustración y felicidad, y que es, para usar una expresión consagrada, una barca frágil en apariencia, y lanzada en medio de las tempestades, que carga con la sociedad y su fortuna. En este momento se está imprimiendo el tercer volumen de esa hermosa obra, junto con otro escrito, Las Veladas de San Petersburgo, de la que Maistre le había hablado a menudo en sus cartas al autor de este artículo, y por la que sentía un cariño especial. No se sabe si habrá podido darle los últimos retoques, pero compuesto, me parece, de piezas sueltas, puede estar completo, aunque no esté terminado.

El conde de Maistre tenía una memoria prodigiosa y una erudición inmensa y muy variada. Su expresión es viva y pintoresca, porque su pensamiento es delicado y sus sentimientos profundos. Su estilo es el hombre mismo, firme y absoluto; es el estilo de un genio que no busca la verdad, sino que la muestra, y al que poco le importa ser correcto, mientras sea auténtico y fuerte. Estos escritos permanecerán, ya sea como piedra de espera de lo que la sociedad puede y debe ser, o como el último monumento de lo que fue. No cerraba voluntariamente los ojos ante los peligros que amenazaban a Europa, pero no podía desesperar de la sociedad. "No tengo ninguna duda", escribió el 4 de diciembre al autor de este artículo, "de que al final prevaleceremos, y de que la victoria será para nuestras doctrinas. Pero sucederán cosas extraordinarias que es imposible divisar con claridad". ¿Y quién, en efecto, habría podido prever que el pueblo que debería levantar estatuas a este poderoso defensor de todas las verdades sociales, no esperaría a que se enfriaran sus cenizas, antes de abrazar ciegamente todos los errores que él había combatido, y lanzarse de lleno a una revolución cuyos terribles azares él mismo había padecido?

Maistre deseaba ante todo, para obtener el triunfo de la verdad, el acuerdo entre las personas de bien, y no temía nada tanto como sus disensiones en materia de religión. "No hay nada", escribió en la misma carta, "tan consolador como un acuerdo semejante; debería ser general, pues la desgracia del partido bueno es el aislamiento. Los lobos saben reunirse, pero el perro guardián siempre está solo. En fin, amigo mío, cuando hayamos hecho lo que podemos, moriremos en paz; pero en la medida en que podamos, pongámonos de acuerdo y trabajemos juntos. El hombre que ha sido capaz de persuadir a dos o tres más, y hacerlos caminar en la misma dirección, es, en mi opinión, muy feliz; ésa es una conquista formal".

Feliz, pues, este excelente hombre en su vida pública, ya que supo dar a la sociedad elevadas lecciones y a sus semejantes grandes ejemplos; más feliz aún por el momento de su muerte, que le evitó el inexpresable dolor de ver al país que gobernaba tan sabiamente, trastornado por la revuelta; y al soberano que le había llamado a su consejo, obligado a bajar del trono que no podía defender y que no quería mancillar.

Felix non tantum claritate vitae, sed etiam opportunitate mortis... non vidit obsessam curiam, clausum armit senatum. – “Feliz no tanto por la brillantez de su vida como por lo oportuno de su muerte; no vio el palacio de sus reyes asediado por la revuelta, ni la autoridad legítima obligada a ceder ante las armas”.  Tácito. Agricolae Vita).

En el momento en que el autor de este artículo rendía un último homenaje a la memoria de un ilustre amigo, la muerte se llevó a otro y apagó otra luz: Monsieur de Fontanes sucumbió a unos días de enfermedad. Primer talento literario de esta época, el mejor y más amable de los hombres, en la vida privada y en la pública amigo constante y sincero de todos los sentimientos generosos, de todos los pensamientos elevados, de todas las buenas doctrinas, pasó por los tiempos del libertinaje sin corromperse y por los de la servidumbre sin ser servil. Era natural que su hermosa y viva imaginación se sintiera impresionada por el gigantesco espectáculo que tenía delante de los ojos, y por el hombre extraordinario que lo protagonizaba; pero nadie mejor que él ha disfrazado elevadas lecciones bajo fórmulas de elogio obligado, nadie como él ha sabido engrandecer, a la vista de ese poder, las instituciones de las que era miembro, e incluso compadecerse de ilustres infortunios, en presencia de insolentes prosperidades; pero tampoco nadie se alegró más que Monsieur de Fontanes al ver llegar el momento en que, por una rara felicidad, para usar la expresión de Tácito, se puede decir todo lo que se siente, y sentir todo lo que se dice.

 

LOUIS DE BONALD

La Quotidienne, 25 de marzo de 1821

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 


SUR LA MORT DE M. DE MAISTRE

 

M. le comte de Maistre, ministre d’État du roi de Sardaigne, et chevalier de ses ordres, a succombé le 26 février dernier, à une attaque d’apoplexie. Né à Chambord, d’une famille sénatoriale, et membre lui-même du sénat, il s’éloigna de sa patrie, lorsqu’elle fût envahie par les armées révolutionnaires, et se retira en Russie, où son souverain le nomma son plénipotentiaire. Revenu à Turin, à la Restauration, il y fut chargé, sous le titre de régent de la chancellerie des fonctions éminentes d’une dignité, dont sans doute l’état des finances ne permettait pas de rétablir le titre. D’autres parleront de l’homme d’État du Piémont ; l’auteur de cet article parlera de l’homme d’État de l’Europe, de l’homme de génie, de l'écrivain religieux et politique dont l’amitié l’honorait ; et, plus encore de la conformité des sentiments et des principes.

M. le comte de Maistre publia au commencement de ce siècle, des Considérations sur la France. Jamais on n’avait considéré la société, sa constitution, ses doctrines, ses révolutions d’un point de vue plus élevé, jamais on n’avait traité ces sujets, les plus importants qui puissent s'offrir aux méditations humaines, avec plus de profondeur dans la pensée et plus d'originalité dans l’expression ; jamais on n’avait présenté d’une manière plus vive et plus vraie, les causes des malheurs de la société, ces causes que tant d’esprits superficiels n’ont vues que dans leurs effets.

Un autre écrit de M. de Maistre, moins connu mais aussi digne de l'être, est un Essai sur le principe des constitutions : l’auteur ne le trouve que dans la nature et ne l’attend pas des révolutions qui ne peuvent donner que des résultats désordonnés et qui laissent toujours les peuples à la veille, ou au lendemain d’une révolution nouvelle. Partout M. de Maistre se montre sévèrement religieux par principe politique, et exclusivement royaliste par principe religieux, également ami de la religion, de l’unité et de l’unité du pouvoir. L’ouvrage Du Pape un des plus remarquables de notre époque, a mis le sceau à sa gloire. D’autres avaient fait l’histoire des Papes, M. de Maistre a fait l'histoire de la Papauté, toujours bonne et salutaire, même sous les plus mauvais princes, il a mêlé quelques opinions plutôt nationales que personnelles, mais il relève admirablement les bienfaits immenses de cette grande autorité à qui l’Europe était redevable de ce qu’elle possédait de vraies lumières et de bonheur, et, pour me servir d’une expression consacrée, barque frêle en apparence, et lancée au milieu des tempêtes, qui porte la société et sa fortune. Dans ce moment on imprime le troisième volume de ce bel ouvrage, avec un autre écrit, Les Soirées de Saint-Pétersbourg, dont M. de Maistre avait souvent parlé dans ses lettres à l’auteur de cet article, et qu'il affectionnait particulièrement. On ne sait s’il aura pu y mettre la dernière main, mais composé, ce me semble, de morceaux détachés, il peut être complet, quoiqu'il ne soit pas fini.

M. le comte de Maistre avait une mémoire prodigieuse et une érudition immense et très variée. Son expression est vive et pittoresque, parce que sa pensée est délicate et ses sentiments profonds. Son style est l'homme lui-même, ferme et absolu, c’est le style du génie qui ne cherche pas la vérité, mais qui la montre, et qui se pique peu d’être correct, pourvu qu’il soit vrai et fort. Ces écrits resteront, ou comme pierre d'attente, pour ce que peut et doit être la société, ou comme dernier monument de ce qu’elle a été. Il ne s’aveuglait pas sur les dangers dont l’Europe était menacée, mais il ne pouvait désespérer de la société. « Je ne doute pas, » écrivait-il le 4 décembre, à l’auteur de cet article, « qu’à la fin nous ne l’emportions, et que la victoire ne demeure à nos doctrines. Mais il arrivera des choses extraordinaires qu’il est impossible d’apercevoir distinctement. » Et qui, en effet, aurait pu prévoir que le peuple qui aurait dû élever des statues à ce puissant défenseur de toutes les vérités sociales, n’attendrait pas que ses cendres fussent refroidies, pour embrasser aveuglément toutes les erreurs qu’il avait combattues, et se jeter à corps perdu dans une révolution dont il avait subi lui-même les terribles chances ?

M. de Maistre voulait surtout, pour obtenir le triomphe de la vérité, l’accord entre les gens de bien, et ne craignait rien tant que leurs dissensions en matière de religion. « Il n’y a rien, » écrivait-il, dans la même lettre, « de si consolant qu'un tel accord, il faudrait qu’il fût général, car le malheur du bon parti est l'isolement. Les loups savent se réunir, mais le chien de garde est toujours seul. Enfin, mon ami, quand nous aurons fait ce que nous pourrons nous mourront tranquilles ; mais autant que nous le pourrons, soyons d’accord et travaillons ensemble. L’homme qui a pu en persuader deux ou trois autres et les faire marcher dans le même sens, est très heureux à mon avis, c’est une conquête formelle. »

Heureux donc cet excellent homme dans sa vie publique, puisqu’il a pu donner à la société de hautes leçons et à ses semblables de grands exemples ! plus heureux encore par le moment de sa mort qui lui a épargné l'inexprimable douleur de voir le pays qu’il gouvernait avec tant de sagesse, bouleversé par la révolte ; et le souverain qui l’avait appelé à ses conseils, forcé de descendre du trône qu'il ne pouvait pas défendre, et qu’il ne voulait pas souiller !

Felix non tantum claritate vitae, sed etiam opportunitate mortis... non vidit obsessam curiam, clausum armit senatum. — « Heureux moins par l’éclat de sa vie, que par l à-propos de sa mort, il n’a point vu le palais de ses rois assiégé par la révolte, et l’autorité légitime forcée de céder aux armes. » Tacite. Agricolae Vita.)

Au moment où l’auteur de cet article rendait un dernier hommage à la mémoire d’un illustre ami, la mort lui en enlève un autre, et éteint une autre lumière: M. de Fontanes a succombé à quelques jours de maladie. Premier talent littéraire de cette époque, le meilleur et le plus aimable des hommes, dans la vie privée et dans la vie publique ami constant et sincère de tous les sentiments généreux, de toutes les pensées élevées, de toutes les bonnes doctrines, il a traversé les temps de licence sans être corrompu et le temps de servitude sans être servile. Il était naturel que sa belle et vive imagination fût frappée du spectacle gigantesque qu’il avait sous les yeux, et de l’homme extraordinaire qui y jouait le premier rôle ; mais nul n’a, mieux que lui, se déguiser de hautes leçons sous des formules d’éloges obligés, grandir devant ce grand pouvoir, les corps dont il était l’organe, et même compatir à d’illustres infortunes, en présence d'insolentes prospérités ; mais personne aussi ne s’est plus félicité que M. de Fontanes d’avoir vu arriver le temps où, par un bonheur rare, pour me servir de l’expression de Tacite, on peut dire tout ce qu’on sent, et sentir tout ce qu’on dit.


 

 

 

viernes, 22 de diciembre de 2017

Joseph de Maistre: La ley de la guerra

Este año se han cumplido los 150 años de la muerte de Charles Baudelaire. En su homenaje, Ediciones De La Mirándola acaba de publicar Querida madre. Cartas a Madame Aupick 1860-1866, volumen que, sumado al anterior Querida mamá. Cartas a la madre 1834-1859,  completa la edición integral, primera en lengua española, de las cartas que, durante largos años, Baudelaire escribió a su madre, principal confidente y sostén inconmovible de su breve y atormentada viva. Ambos volúmenes constituyen, en su conjunto, un testimonio indispensable para conocer más a fondo la singular aventura vital y espiritual del poeta. "De Maistre y Edgar Poe me enseñaron a razonar", dijo, memorablemente, Baudelaire. Ver también, a propósito del primero, la carta a Alphonse Toussenel. Las dos últimas entradas de este 2017 están dedicadas a estas dos grandes admiraciones de Baudelaire.

 LA LOI DE LA GUERRE

Dans le vaste domaine de la nature vivante, il règne une violence manifeste, une espèce de rage prescrite qui arme tous les êtres in mutua funera : dès que vous sortez du règne insensible, vous trouvez le décret de la mort violente écrit sur les frontières mêmes de la vie. Déjà, dans le règne végétal, on commence à sentir la loi : depuis l'immense catalpa jusqu'au plus humble graminée, combien de plantes meurent, et combien sont tuées ! mais, dès que vous entrez dans le règne animal, la loi prend tout à coup une épouvantable évidence. Une force, à la fois cachée et palpable, se montre continuellement occupée à mettre à découvert le principe de la vie par des moyens violents. Dans chaque grande division de l'espèce animale, elle a choisi un certain nombre d'animaux qu'elle a chargés de dévorer les autres : ainsi, il y a des insectes de proie, des reptiles de proie, des oiseaux de proie, des poissons de proie, et des quadrupèdes de proie. Il n'y a pas un instant de la durée où l'être vivant ne soit dévoré par un autre. Au-dessus de ces nombreuses races d'animaux est placé l'homme, dont la main destructrice n'épargne rien de ce qui vit ; il tue pour se nourrir, il tue pour se vêtir, il tue pour se parer, il tue pour attaquer, il tue pour se défendre, il tue pour s'instruire, il tue pour s'amuser, il tue pour tuer : roi superbe et terrible, il a besoin de tout, et rien ne lui résiste. Il sait combien la tête du requin ou du cachalot lui fournira de barriques d'huile ; son épingle déliée pique sur le carton des musées l'élégant papillon qu'il a saisi au vol sur le sommet du Mont-Blanc ou du Chimboraço ; il empaille le crocodile, il embaume le colibri ; à son ordre, le serpent à sonnettes vient mourir dans la liqueur conservatrice qui doit le montrer intact aux yeux d'une longue suite d'observateurs. Le cheval qui porte son maître à la chasse du tigre, se pavane sous la peau de ce même animal ; l'homme demande tout à la fois, à l'agneau ses entrailles pour faire résonner une harpe ; à la baleine ses fanons pour soutenir le corset de la jeune vierge ; au loup, sa dent le plus meurtrière pour polir les ouvrages légers de l'art ; à l'éléphant ses défenses pour façonner le jouet d'un enfant : ses tables sont couvertes de cadavres. Le philosophe peut même découvrir comment le carnage permanent est prévu et ordonné dans le grand tout. Mais cette loi s'arrête-t-elle à l'homme ? non sans doute. Cependant quel être exterminera celui qui les exterminera tous ? Lui. C'est l'homme qui est chargé d'égorger l'homme. Mais comment pourra-t-il accomplir la loi, lui qui est un être moral et miséricordieux : lui qui est né pour aimer ; lui qui pleure sur les autres comme sur lui-même ; qui trouve du plaisir à pleurer, et qui finit par inventer des fictions pour se faire pleurer ; lui enfin à qui il a été déclaré qu'on redemandera jusqu'à la dernière goutte de sang qu'il aura versé injustement[1] ? C'est la guerre qui accomplira le décret. N'entendez-vous pas la terre qui crie et demande du sang ? Le sang des animaux ne lui suffit pas, ni même celui des coupables versé par le glaive des lois. Si la justice humaine les frappait tous, il n'y aurait point de guerre ; mais elle ne saurait en atteindre qu'un petit nombre, et souvent même elle les épargne, sans se douter que sa féroce humanité contribue à nécessiter la guerre, si, dans le même temps surtout, un autre aveuglement, non moins stupide et non moins funeste, travaillait à éteindre l'expiation dans le monde. La terre n'a pas crié en vain : la guerre s'allume. L'homme, saisi tout à coup d'une fureur divine, étrangère à la haine et à la colère, s'avance sur le champ de bataille sans savoir ce qu'il veut ni même ce qu'il fait. Qu'est-ce donc que cette terrible énigme ? Rien n'est plus contraire à sa nature ; et rien ne lui répugne moins : il fait avec enthousiasme ce qu'il a en horreur. N'avez-vous jamais remarqué que, sur le champ de bataille, l'homme ne désobéit jamais ? il pourra bien massacrer Nerva ou Henri IV ; mais le plus abominable tyran, le plus insolent boucher de chair humaine n'entendra jamais là : Nous ne voulons plus vous servir. Une révolte sur le champ de bataille, un accord pour s'embrasser en reniant un tyran, est un phénomène qui ne se présente pas à ma mémoire. Rien ne résiste, rien ne peut résister à la force qui traîne l'homme au combat ; innocent meurtrier, instrument passif d'une main redoutable, il se plonge tête baissée dans l'abîme qu'il a creusé lui-même ; il reçoit la mort sans ce douter que c'est lui qui a fait la mort[2].

Ainsi s'accomplit sans cesse, depuis le ciron jusqu'à l'homme, la grande loi de la destruction violente des êtres vivants. La terre entière, continuellement imbibée de sang, n'est qu'un autel immense où tout ce qui vit doit être immolé sans fin, sans mesure, sans relâche, jusqu'à la consommation des choses, jusqu'à l'extinction du mal, jusqu'à la mort de la mort[3].

Les Soirées de Saint-Pétersbourg, Septième entretien.

Notes :
[1] Gen., IX, 5.
[2] Infixae sunt gentes in interitum quem fecerunt. (Ps. IX, 16.)
[3] Car le dernier ennemi qui doit être détruit, c'est la mort. (S. Paul aux Cor. I, 15, 26.)

LA LEY DE LA GUERRA

En el vasto dominio de la naturaleza viviente, reina una violencia manifiesta, una especie de furor prescrito, que arma a todos los seres, in mutua funera[1]: en cuanto salimos del reino insensible, nos encontramos con el decreto de la muerte violenta, escrito en las fronteras mismas de la vida. Ya en el reino vegetal se comienza a sentir la ley: desde el inmenso catalpa hasta la más humilde de la gramíneas, ¡cuántas plantas mueren, y a cuantas se las mata! Pero en cuanto se entra en el reino animal, la ley toma enseguida una espantosa evidencia. Una fuerza, a la vez oculta y palpable, se muestra continuamente ocupada en dejar al descubierto el principio de la vida por medios violentos. En cada gran división de la especie animal, aquélla ha elegido un cierto número de animales a los que ha encargado de devorar a los demás: es así como hay insectos de presa, reptiles de presa, pájaros de presa, peces de presa y cuadrúpedos de presa. No hay un instante del tiempo en que un ser viviente no sea devorado por otro. Por encima de esas numerosas razas de animales está colocado el hombre, cuya mano destructora no perdona nada de cuanto vive; mata para alimentarse, mata para vestirse, mata para engalanarse, mata para atacar, mata para defenderse, mata para instruirse, mata para divertirse, mata por matar; rey soberbio y terrible, necesita de todo y nada le resiste. Sabe cuántos toneles de aceite le proporcionará la cabeza del tiburón o de la ballena; su fino alfiler clava en el cartón de los museos la elegante mariposa que ha cazado al vuelo en la cima del Mont-Blanc o del Chimborazo; embalsama el cocodrilo; embalsama el colibrí; cuando lo ordena, la serpiente de cascabel va a morir en el líquido conservante que debe mostrarla intacta a los ojos de una larga serie de observadores. El caballo que lleva a su dueño a la caza del tigre, se pavonea bajo la piel de ese mismo animal; el hombre exige, a la vez, al cordero sus entrañas para hacer resonar un arpa; a la ballena sus barbas para armar el corsé de la joven doncella; al lobo su diente más mortífero para pulir las obras ligeras del arte; al elefante sus colmillos para moldear el juguete de un niño: sus mesas están cubiertas de cadáveres. El filósofo puede incluso descubrir de qué modo la matanza permanente está prevista y ordenada en la totalidad de las cosas. ¿Pero esta ley sólo rige para el hombre? Sin duda, no. Entonces, ¿qué ser exterminará al que los exterminará a todos? Él mismo. Es el hombre el que está encargado de matar al hombre. ¿Pero cómo podrá ejecutar esta ley, él que es un ser moral y compasivo; él que ha nacido para amar; él que llora por los demás como por sí mismo, que encuentra placer en llorar y que acaba por inventar ficciones para que lloren por él; él, en fin, a quien se le ha declarado que tendrá que responder hasta por la última gota de sangre que haya derramado injustamente?[2] Es la guerra la que ejecutará el decreto. ¿No oyen ustedes la tierra que grita y pide sangre? La sangre de los animales no le basta, ni siquiera la de los culpables vertida por la espada de las leyes. Si la justicia humana los castigase a todos, no habría guerras; pero solamente es capaz de alcanzar a un pequeño número, e incluso a menudo los perdona, sin sospechar que su feroz humanidad contribuye a hacer necesaria la guerra, sobre todo si, al mismo tiempo, otra ceguera, no menos estúpida y no menos funesta, trabaja para acabar con la expiación en el mundo. La tierra no ha gritado en vano: la guerra estalla. El hombre, inflamado de repente con un furor divino, ajeno al odio y a la cólera, se arroja al campo de batalla sin saber lo que quiere, ni siquiera lo que hace. ¿Qué significa, pues, este terrible enigma? Nada hay más contrario a su naturaleza, y nada le repugna menos: hace con entusiasmo lo que lo horroriza. ¿No han notado ustedes alguna vez que en el campo de batalla el hombre no desobedece jamás? Podrá muy bien asesinar a Nerva o a Enrique IV; pero el más abominable tirano, el más insolente carnicero de carne humana, no oirá jamás allá: Ya no queremos servirte. Una rebelión en el campo de batalla, un acuerdo para hacer las paces renegando del tirano, es un fenómeno que no se presenta a mi memoria. Nada resiste, nada puede resistir a la fuerza que arrastra al hombre al combate; inocente asesino, instrumento pasivo de una mano terrible, se arroja de cabeza en el abismo que él mismo ha abierto; recibe la muerte sin sospechar que es él mismo quien ha hecho la muerte.[3]


Así se cumple sin cesar, desde el insecto minúsculo hasta el hombre, la gran ley de la destrucción violenta de los seres vivientes. La tierra entera, continuamente empapada de sangre, no es más que un altar inmenso donde todo lo que vive debe ser inmolado sin fin, sin medida, sin descanso, hasta la consumación de las cosas, hasta la extinción del mal, hasta la muerte de la muerte.[4]

 Traducción para Literatura & Traducciones, de  Miguel Ángel Frontán.

Notas:
[1] Posible reminiscencia de un verso de la Eneida: Jam gravis aequabat luctus et mutua Mavors / Funera. Ya el terrible Marte tornaba iguales para ambas partes los duelos y las muertes.
[2] Génesis IX 5.
[3] Infixae sunt gentes in interitum quem fecerunt. (Ps. IX, 16.) “Las gentes que me perseguían han quedado sumidas en la perdición que habían preparado contra mí”  (traducción de Torres Amat).
[4] 1 Corintios XV 26. “Y el postrer enemigo que será deshecho, será la muerte” (Versión Reina-Valera).