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domingo, 1 de noviembre de 2020

Marguerite Yourcenar y Aurora Bernárdez: Sixtina

 

SIXTINA

GHERARDO PERINI

 

El Maestro me dijo:

—He aquí el mojón en el cruce de los caminos, a unas dos millas de la Puerta del Pueblo. Estamos tan lejos de la ciudad que los que parten, cargados de recuerdos, al llegar aquí casi han olvidado a Roma. Pues la memoria de los hombres es semejante a esos viajeros fatigados que en cada alto se desembarazan de algunos bultos inútiles. De suerte que llegarán con las manos vacías, desnudos, al lugar donde han de dormir, y el día del gran despertar serán como niños que nada saben de ayer. Gherardo, he aquí el mojón. El polvo de los caminos blanquea los escasos árboles que son en el campo como las columnas miliares de Dios; cerca de aquí hay un ciprés de raíces descubiertas, que vive a duras penas. Hay también una posada donde van a beber las gentes. Supongo que las mujeres ricas, vigiladas, vienen los días de semana para entregarse a sus amantes, y las familias pobres festejan el domingo comiendo. Lo supongo, Gherardo, porque en todas partes es lo mismo.

No seguiré adelante, Gherardo. No te acompañaré más lejos porque el trabajo urge y soy un viejo. Soy un viejo, Gherardo. A veces, cuando quieres mostrarte más tierno que de costumbre, me llamas padre. Pero yo no tengo hijos. Nunca encontré una mujer tan bella como mis figuras de piedra, una mujer que pudiera quedarse horas enteras inmóvil, sin hablar, como una cosa necesaria que no precisa obrar para ser, y te hace olvidar que el tiempo pasa, pues siempre está ahí. Una mujer que se deja mirar sin sonreír o sin ruborizarse, porque ha comprendido que la belleza es algo grave. Las mujeres de piedra son más castas que las otras, y sobre todo más fieles, pero son estériles. No hay fisura por donde pueda introducirse en ellas el placer, la muerte o el germen del niño, y por eso son menos frágiles. A veces se rompen, y su belleza entera queda en cada fragmento del mármol como Dios en todas las cosas, pero nada extraño penetra en ellas que les haga estallar el corazón. Los seres imperfectos se agitan y se acoplan para completarse, pero las cosas puramente bellas son solitarias como el dolor del hombre. Gherardo, no tengo hijos. Y bien sé que la mayoría de los hombres no tienen realmente un hijo: tienen a Tito, a Cayo o a Pietro, y no es la misma alegría. Si yo tuviera un hijo, no se parecería a la imagen que de él me hubiera forjado antes de que existiese. Así las estatuas que hago son diferentes de las que había soñado. Dios se ha reservado el ser conscientemente creador.

Si tú no fueras mi hijo, Gherardo, no te amaría más, pero no tendrías que preguntarme por qué. Toda mi vida he buscado respuesta a preguntas que quizá no tienen respuesta, y hurgaba el mármol como si la verdad se encontrara en el corazón de las piedras, y extendía colores para pintar muros, como si se tratara de producir acordes en un silencio demasiado grande. Pues todo calla, aun nuestra alma, o bien, somos nosotros los que no oímos.

De modo que te marchas. Ya no soy bastante joven para conceder importancia a una separación, aunque sea definitiva. Sé demasiado bien que los seres a quienes amamos y que mejor nos aman, nos abandonan insensiblemente cada instante que pasa. Y de esta manera se separan de sí mismos. Estás sentado en ese mojón y todavía te crees aquí, pero tu ser, dirigido hacia el porvenir, no se apega a lo que fue tu vida, y tu ausencia ha comenzado ya. Comprendo que todo esto es una ilusión como lo demás, y que el porvenir no existe. Los hombres, que inventaron el tiempo, inventaron después la eternidad como contraste, pero la negación del tiempo es tan vana como el tiempo mismo. No hay ni pasado ni futuro, sino una serie de presentes sucesivos, un camino perpetuamente destruido y continuado donde todos avanzamos. Estás sentado, Gherardo, pero tus pies se ponen delante de ti en el suelo con una especie de inquietud como si probaran un camino. Llevas esas ropas de nuestro siglo que parecerán feas o simplemente extrañas cuando nuestro siglo haya pasado, pues los vestidos son siempre la caricatura del cuerpo. Te veo desnudo. Tengo el don de ver, a través del indumento, la irradiación del cuerpo, y pienso que de la misma manera los santos ven las almas. Es un suplicio cuando son feos, otro suplicio cuando son hermosos. Tú eres hermoso, con esa belleza frágil que la vida y el tiempo asedian por todas partes, y terminarán por vencerte, pero en este momento es tuya y tuya seguirá siendo en la bóveda de la iglesia donde he pintado tu imagen. Aunque un día los espejos sólo te presenten un retrato deformado donde no te atrevas a reconocerte, siempre habrá, en alguna parte, un reflejo inmóvil que se te asemeje. Y de la misma manera inmovilizaré tu alma.

Ya no me amas. Si consientes en escucharme durante una hora, es porque somos indulgentes con los que abandonamos. Me has atado y me desatas. No te lo reprocho, Gherardo. El amor de alguien es un presente tan inesperado y tan poco merecido, que siempre debe asombrarnos que no nos lo quiten mucho antes. No me inquietan los seres que no conoces todavía, sino aquellos hacia los que vas y que quizá te esperan; conocerán a alguien diferente del que creí conocer e imagino amar. No se posee a nadie (ni siquiera los que pecan lo logran) y en el arte, única posesión verdadera, el objetivo no es tanto apoderarse de un ser como recrearlo. Gherardo, no interpretes mal mis lágrimas: es mejor que aquellos a quienes amamos se vayan cuando aún podemos llorarlos.

Si te quedaras quizá tu presencia, superponiéndose, a la imagen que quiero conservar de ella, la hubiera debilitado. Así como tus vestidos son tan sólo la envoltura de tu cuerpo, eres para mí la envoltura del otro que he desprendido de ti y que te sobrevivirá. Gherardo, ahora eres más bello que tú mismo.

Sólo poseemos eternamente a los amigos que hemos abandonado.

 

TOMMAI DEI CAVALIERI

 

Soy Tommai dei Cavalieri, un joven señor apasionado por el arte. Por hermoso que sea, mi alma es aun más hermosa, de suerte que mi cuerpo, pintado en la bóveda de una iglesia, no es más que el signo geométrico de la rectitud y la fidelidad. Estoy sentado con la mano en la rodilla, en la actitud de aquel para quien levantarse es fácil. El Maestro, que me ama, me ha pintado, dibujado o esculpido en todas las posturas que nos imprime la vida, pero yo me he esculpido antes de que él me esculpiera. ¿Qué hacer? ¿A qué dios, a qué héroe, a qué mujer dedicaré esta obra maestra: yo?

¿Qué hacer? La perfección es un camino que conduce a la soledad: veo en los hombres escalones superados. El Maestro, que me aventaja por su genio, es en mi presencia un pobre hombre incapaz de dominarse, y Miguel Ángel cambiaría su ardor por mi serenidad. ¿Qué hacer? ¿He aguzado mi alma para tener una espada que no blandiré...? El Emperador loco deseaba que el universo tuviera una sola cabeza para troncharla. Si hubiera un solo cuerpo para poder abrazarlo, un solo fruto para poder gustarlo, un solo enigma para resolverlo al fin. ¿Conquistaré un imperio? ¿Construiré un templo? ¿Escribiré un poema, que durará más? El parcelamiento de la acción es un espejo roto donde no me veo entero. Se necesitan demasiadas ilusiones para desear el poder, demasiada vanidad para desear la gloria. Poseyéndome, qué enriquecimiento me aportaría el universo, —y la felicidad no me basta.

Los hombres, al contemplar mi imagen, no se preguntarán qué fui, qué hice: me alabarán por haber sido. Estoy sentado en el capitel de una columna como en la cima de un mundo, y soy un coronamiento. Oh vida, vertiginosa eminencia: aquel para quien todo es posible, no necesita intentar nada.

 

CECCHINO DEI BRACCHI

 

Yo, Miguel Ángel, entallador, he dibujado en esta bóveda la imagen de un joven de Florencia a quien quise, y que ya no existe. Está sentado en una actitud hosca, y sus brazos replegados parecen esconder su corazón. Pero los muertos tienen quizá un secreto y no quieren que se sepa.

Amé primeramente mis sueños, pues no conocía otra cosa. Luego amé a mi familia (y era, cuando lo pienso, como si me amara a mí mismo), y a los amigos que venían a mí cargados de tanta belleza que me sentía a la vez humillado y feliz. Por fin amé a una mujer. Mis padres han muerto; mis amigos, mis mayores, han partido, y unos me abandonaron para vivir y los otros quizá para la traición de la tumba. De los que quedan, dudo; aunque mis sospechas no sean justificadas, padezco tanto como si lo fueran, pues en nuestra alma es donde todo ocurre siempre. La mujer a quien amaba también se fue de este mundo, como una viajera que advierte haberse equivocado de puerta y que su casa está en otra parte. Entonces me dediqué a amar mis sueños, porque no me quedaba otra cosa. Pero los sueños también pueden traicionar, y ahora estoy solo.

Amamos porque no somos capaces de soportar la soledad. Y por la misma razón tenemos miedo de la muerte. Toda vez que he dicho en voz alta el amor que me inspiraba alguien, he visto a mi alrededor sonrisas y cabeceos, como si quienes me escucharan se creyesen mis cómplices, o se permitieran ser mis jueces. Los que no acusan nos buscan disculpas y es más triste todavía. Por ejemplo, amé a una mujer. Cuando digo que amé a una sola mujer, no hablo de las otras, las pasajeras que no son mujeres, sino tan sólo la mujer y la carne. He amado a una sola mujer y no la deseaba, e ignoro, cuando lo pienso, si es porque no era bastante hermosa o porque lo era demasiado. Pero las gentes no comprenden que la belleza sea un obstáculo y colme de antemano el deseo. Los mismos a quienes amamos no lo comprenden o no quieren comprenderlo. Se sorprenden, sufren, se resignan. Luego mueren. Entonces comenzamos a temer que nuestro renunciamiento haya pecado contra nosotros mismos, y nuestro deseo, ahora sin salida, ya irreal y obsesivo como un fantasma, cobra el aspecto monstruoso de lo que no ha sido. De todos los remordimientos del hombre el más cruel quizá es el de lo no realizado.

Amar a alguien es no sólo empeñarse en que viva, sino asombrarse de que ya no viva, como si no fuera natural morir. Y sin embargo el ser es un milagro más sorprendente que el no ser; si se reflexiona habría que descubrirse y arrodillarse delante de los que viven como ante un altar. La naturaleza, supongo, se fatiga de resistir a la nada, como el hombre de resistir a las solicitaciones del caos. En mi existencia sumida, al paso que avanzo en edad, en períodos cada vez más crepusculares, continuamente he visto que las formas de la vida perfecta tienden a borrarse ante otras más simples, más próximas a la humildad primitiva, de la misma manera que el barro es más antiguo que el granito, y el que talla estatuas apresura, después de todo, el desmenuzamiento de las montañas. El bronce de la tumba de mi padre se cubre de cardenillo en el patio de una iglesia lugareña, la imagen del joven de Florencia irá descascarándose en las bóvedas que he pintado, mis poemas a la mujer que amaba no serán comprendidos dentro de pocos años, y para los poemas es una manera de morir. Querer inmovilizar la vida es la condenación de un escultor. En eso, quizá, toda mi obra es contra natura. El mármol, donde queremos fijar una forma de la vida perecedera, va recobrando sin cesar su puesto en la naturaleza por la erosión, la pátina y los juegos de luz y sombra en planos que se creyeron abstractos y no son sin embargo más que la superficie de una piedra. Así, la eterna movilidad del universo constituye sin duda el asombro del Creador.

Besé, antes de que la pusieran en el ataúd, la mano de la única mujer que para mí daba un sentido a toda la vida, pero no besé sus labios y ahora lo lamento, como si sus labios hubieran podido enseñarme algo. Y tampoco besé al joven de Florencia, ni sus manos, ni su rostro blanco. Mas no lo lamento. Era demasiado hermoso. Era perfecto como aquellos a los que nada puede tocar, pues los muertos son todos impasibles. He visto muchos muertos. Mi padre, reintegrado a su raza, no era más que un Buonarotti anónimo; había dejado el fardo de ser él mismo; se desvanecía, en la humildad de la muerte hasta ser un simple hombre en una larga serie de hombres; su linaje no concluía en él sino en mí, su sucesor, pues los muertos son los términos de un problema que plantea, a su vez, cada uno de sus continuadores vivientes. La mujer a quien amé, después de la agonía que la sacudió como para arrancarle el alma, conservaba en los labios una sonrisa dura y triunfante, como si, victoriosa de la vida, despreciara en silencio a su adversaria vencida, y la vi enorgullecerse de haber franqueado la muerte. Cecchino dei Bracchi, mi amigo, era simplemente hermoso. Su belleza que tantos gestos, tantos pensamientos, habían fragmentado viva en expresión o en movimientos, volvía a ser intacta, absoluta, eterna; se hubiera dicho que antes de abandonarlo había compuesto su cuerpo. He visto aparecer sonrisas en la comisura de los labios exangües, filtrarse bajo los párpados cerrados, poner en un rostro el equivalente de la luz. Los muertos descansan, satisfechos, en una certidumbre que nada puede destruir, porque se anula a medida que se realiza. Y como habían superado la ciencia, supuse que sabían.

Pero quizá los muertos no saben que saben.

 

FEBO DEL POGGIO

 

Despierto. ¿Qué han dicho los otros? Aurora que todas las mañanas reconstruyes el mundo, integral de los brazos desnudos que contiene el universo, juventud, aurora del hombre. Qué me importa lo que los otros han dicho, lo que pensaban, lo que creyeron... Soy Febo del Poggio, un pillo. Los que hablan de mí dicen que mi alma es vil; quizá ni siquiera tengo alma. Existo a la manera de un fruto, de una copa de vino, o de un hermoso arco. Cuando llega el invierno, todos se alejan del árbol que no brinda sombra; una vez saciados, tiramos el carozo; ya vacía la copa, tomamos otra. Acepto. Estío, agua lustral de la mañana en los miembros ágiles, oh alegría, rocío del corazón.

Despierto. Delante de mí, detrás de mí, la noche eterna. He dormido millones de edades; dormiré millones de edades... Tengo una sola hora. ¿Vais a echarla a perder con explicaciones y máximas? Me estiro al sol sobre la almohada del placer, en una mañana que no volverá.

 

MARGUERITE YOURCENAR

Traducción de AURORA BERNÁRDEZ

Revista Sur nº 215, Buenos Aires, septiembre-octubre de 1952

 

SIXTINE

GHERARDO PERINI

     

      Le Maître m’a dit :

      – Voici la borne au croisement des routes, à deux milles environ de la Porte du Peuple. Nous sommes déjà si loin de la Ville que ceux qui partent, chargés de souvenirs, en arrivant ici ont presque oublié Rome. Car la mémoire des hommes est pareille à ces voyageurs fatigués qui se débarrassent à chaque halte de quelques bagages inutiles. De sorte qu’ils arriveront les mains vides, nus, au lieu où ils doivent dormir, et qu’ils seront, au jour du grand réveil, comme des enfants qui ne savent rien d’hier. Gherardo, voici la borne. La poussière des routes blanchit les rares arbres qui sont dans la campagne comme les milliaires de Dieu ; il y a, près d’ici, un cyprès dont les racines sont découvertes, et qui a de la peine à vivre. Il y a aussi une auberge, où les gens vont boire. Je suppose que les femmes riches, surveillées, viennent ici les jours de semaine, pour se donner à leurs amants, et que, le dimanche, les familles d’ouvriers pauvres se font une fête d’y manger. Je suppose cela, Gherardo, parce que c’est partout la même chose.

      Je n’irai pas plus loin, Gherardo. Je ne t’accompagnerai pas plus loin parce que le travail presse et que je suis un vieil homme. Je suis un vieil homme, Gherardo. Quelquefois, lorsque tu veux te montrer plus tendre que d’habitude, il t’arrive de m’appeler ton père. Mais je n’ai pas d’enfants. Je n’ai jamais rencontré une femme aussi belle que mes figures de pierre, une femme qui pût rester des heures immobile, sans parler, comme une chose nécessaire qui n’a pas besoin d’agir pour être, et vous fît oublier que le temps passe, puisqu’elle est toujours là. Une femme qui se laisse regarder sans sourire, ou sans rougir, parce qu’elle a compris que la beauté est quelque chose de grave. Les femmes de pierre sont plus chastes que les autres, et surtout plus fidèles, seulement, elles sont stériles. Il n’y a pas de fissure par où puisse s’introduire en elles le plaisir, la mort, ou le germe de l’enfant, et c’est pourquoi elles sont moins fragiles. Parfois, elles se brisent, et leur beauté tout entière reste contenue dans chaque fragment du marbre comme Dieu dans toutes les choses, mais rien d’étranger n’entre en elles pour faire éclater leur cœur. Les êtres imparfaits s’agitent, et s’accouplent pour se compléter, mais les choses purement belles sont solitaires comme la douleur de l’homme. Gherardo, je n’ai pas d’enfants. Et je sais bien que la plupart des hommes n’ont pas vraiment un fils : ils ont Tito, ou Caïo, ou Pietro, et ce n’est pas la même joie. Si j’avais un fils, il ne ressemblerait pas à l’image que je m’en serais formée, avant qu’il existât. Ainsi, les statues que je fais sont différentes de celles que j’avais d’abord rêvées. Mais Dieu s’est réservé d’être consciemment créateur.

Si tu étais mon fils, Gherardo, je ne t’aimerais pas davantage, seulement, je n’aurais pas à me demander pourquoi. Toute ma vie, j’ai cherché les réponses à des questions, qui peut-être n’ont pas de réponses, et je fouillais le marbre, comme si la vérité se fût trouvée au cœur des pierres, et j’étalais des couleurs pour peindre des murailles, comme s’il s’agissait de plaquer des accords sur un trop grand silence. Car tout se tait, même notre âme, – ou bien, c’est nous qui n’entendons pas.

      Ainsi, tu pars. Je ne suis plus assez jeune pour attacher d’importance à une séparation, fût-elle définitive. Je sais trop bien que les êtres que nous aimons, et qui nous aiment le mieux, nous quittent insensiblement à chaque instant qui passe. Et c’est de cette façon qu’ils se séparent d’eux-mêmes. Tu es assis sur cette borne, et tu te crois encore là, mais ton être, tourné vers l’avenir, n’adhère déjà plus à ce que fut ta vie, et ton absence a déjà commencé. Certes, je comprends que tout cela n’est qu’une illusion comme le reste, et que l’avenir n’est pas. Les hommes, qui inventèrent le temps, ont inventé ensuite l’éternité comme un contraste, mais la négation du temps est aussi vaine que lui. Il n’y a ni passé, ni futur, mais seulement une série de présents successifs, un chemin, perpétuellement détruit et continué, où nous avançons tous. Tu es assis, Gherardo, mais tes pieds se posent devant toi sur le sol avec une sorte d’inquiétude comme s’ils essayaient une route. Tu es vêtu de ces habits de notre siècle qui paraîtront hideux, ou simplement étranges, quand notre siècle sera passé, car les vêtements ne sont jamais que la caricature du corps. Je te vois nu. J’ai le don de voir, à travers le vêtement, le rayonnement du corps, et c’est de cette façon, je pense, que les saints voient les âmes. C’est un supplice, quand ils sont laids ; quand ils sont beaux, c’est un autre supplice. Tu es beau, de cette beauté fragile que la vie et le temps assiègent de toutes parts, et finiront par te prendre, mais en ce moment, elle est tienne, et tienne elle restera sur la voûte de l’église où j’ai peint ton image. Même si, un jour, ton miroir ne te présentait plus qu’un portrait déformé où tu n’osais te reconnaître, il y aura toujours, quelque part, un reflet immobile qui te ressemblera. Et c’est de la même façon que j’immobiliserai ton âme.

      Tu ne m’aimes plus. Si tu consens à m’écouter durant une heure, c’est qu’on est indulgent envers ceux qu’on abandonne. Tu m’as lié, et tu me délies. Je ne te blâme pas, Gherardo. L’amour d’un être est un présent si inattendu, et si peu mérité, que nous devons toujours nous étonner qu’on ne nous le reprenne pas plus tôt. Je ne suis pas inquiet de ceux que tu ne connais pas encore, mais vers lesquels tu vas et qui t’attendent peut-être : celui qu’ils connaîtront sera différent de celui que je crus connaître, et que je m’imagine aimer. On ne possède personne (ceux qui pèchent même n’y parviennent pas) et l’art étant la seule possession véritable, il s’agit moins de s’emparer d’un être que de le recréer. Gherado, ne te méprends pas sur mes larmes : il vaut mieux que ceux que nous aimons s’en aillent, lorsqu’il nous est encore loisible de les pleurer. Si tu restais, peut-être ta présence, en s’y superposant, eût affaibli l’image que je tiens à conserver d’elle. De même que tes vêtements ne sont que l’enveloppe de ton corps, tu n’es plus pour moi que l’enveloppe de l’autre, que j’ai dégagé de toi, et qui te survivra. Gherardo, tu es maintenant plus beau que toi-même.

      On ne possède éternellement que les amis qu’on a quittés.

 

TOMMAI DEI CAVALIERI

 

Je suis Tommai dei Cavalieri, un jeune seigneur, passionné d’art. Si beau que je sois, mon âme est cependant plus belle, de sorte que mon corps, peint sur la voûte d’une église, n’est plus que le signe géométrique de la droiture et de la fidélité. Je suis assis, la main sur le genou, dans la pose de celui pour qui se lever est facile. Le Maître, qui m’aime, m’a peint, dessiné, ou sculpté dans toutes les attitudes que nous imprime la vie, mais je me suis sculpté avant qu’il me sculptât. Que faire ? À quel dieu, à quel héros, à quelle femme dédierai-je ce chef-d’œuvre : moi ?

      Que faire ? La perfection est un chemin qui ne mène qu’à la solitude : je ne vois plus dans les hommes que des échelons dépassés. Le maître, qui a de plus que moi son génie, n’est en ma présence qu’un pauvre homme qui ne se possède plus, et Michel-Ange échangerait son ardeur contre ma sérénité. Que faire ? Ai-je aiguisé mon âme pour n’avoir qu’une épée, que je ne brandirai pas ?... L’Empereur dément souhaitait que l’univers n’eût qu’une seule tête, afin de la trancher. Que n’est-il un seul corps, pour que je puisse l’étreindre, un seul fruit, que je puisse cueillir, une seule énigme, que je résolve enfin. M’emparerai-je d’un empire ? Construirai-je un temple ? Écrirai-je un poème, qui durera davantage ? Le morcellement de l’action me désabuse d’agir, et chaque victoire n’est qu’un miroir brisé, où je ne me vois pas tout entier. Il faut trop d’illusions pour désirer la puissance, trop de vanité pour désirer la gloire. Me possédant, quel enrichissement m’apporterait l’univers, – et le bonheur ne me vaut pas.

      Les hommes, en contemplant mon image, ne se demanderont pas ce que je fus, ce que je fis : ils me loueront d’avoir été. Je suis assis sur le chapiteau d’une colonne, comme au sommet d’un monde, et suis moi-même un couronnement. Ô vie, vertigineuse imminence : celui à qui tout est possible n’a plus besoin de rien tenter.

 

CECCHINO DEI BRACCHI

     

      Moi, Michel-Ange, tailleur de pierre, j’ai dessiné sur cette voûte l’image d’un jeune homme de Florence, qui m’était cher, et qui n’est plus. Il est assis dans une attitude farouche, et ses bras repliés semblent cacher son cœur. Mais les morts ont peut-être un secret, qu’ils ne veulent pas qu’on sache.

      J’ai aimé, premièrement, mes rêves, car je ne connaissais rien d’autre. Puis, j’ai aimé ma famille (et c’était, quand j’y pense, comme si je m’aimais moi-même), et les amis qui venaient à moi, chargés de tant de beauté que j’en étais à la fois humilié et heureux. Enfin, j’ai aimé une femme. Mes parents sont morts ; mes amis, mes aimés sont partis : et les uns m’ont quitté pour vivre, et les autres peut-être pour la trahison du tombeau. De ceux qui restent, je doute ; même si mes soupçons ne sont pas justifiés, je souffre autant que s’ils l’étaient, car c’est dans notre esprit que tout a toujours lieu. La femme que j’aimais, elle aussi, s’en est allée de ce monde, comme une étrangère qui s’aperçoit qu’elle s’est trompée de porte et que sa maison est ailleurs. Alors, je me suis remis à n’aimer que mes rêves, parce qu’il ne me restait plus rien d’autre. Mais les rêves aussi peuvent trahir, et maintenant, je suis seul.

      Nous aimons, parce que nous ne sommes pas capables de supporter d’être seuls. Et c’est pour la même raison que nous avons peur de la mort. Quand il m’est arrivé de dire tout haut l’amour que m’inspirait un être, j’ai vu autour de moi des clins d’yeux et des hochements de tête, comme si ceux qui m’écoutaient se croyaient mes complices, ou se permettaient d’être mes juges. Ceux qui ne vous accusent pas vous cherchent des excuses, et c’est encore plus triste. Par exemple, j’ai aimé une femme. Quand je dis n’avoir aimé qu’une seule femme, je ne parle pas des autres, les passantes, qui ne sont pas des femmes, mais seulement la femme et la chair. Je n’ai aimé qu’une seule femme, que je ne désirais pas, – et j’ignore, quand j’y pense, si c’était parce qu’elle n’était pas assez belle, ou parce qu’elle l’était trop. Mais les gens ne comprennent pas que la beauté soit un obstacle, et comble d’avance le désir. Ceux mêmes que nous aimons ne le comprennent pas, ou ne veulent pas le comprendre. Ils s’étonnent, ils souffrent, ils se résignent. Puis, ils meurent. Alors, nous commençons à craindre que notre renoncement ait péché contre nous-mêmes, et notre désir, maintenant sans issue, devenu irréel et obsédant comme un fantôme, prend l’aspect monstrueux de tout ce qui n’a pas été. De tous les remords de l’homme, le plus cruel peut-être est celui de l’inaccompli.

      Aimer quelqu’un, ce n’est pas seulement tenir à ce qu’il vive, c’est aussi s’étonner qu’il ne vive plus, comme s’il n’était pas naturel de mourir. Et cependant, l’être est un miracle plus surprenant que le non-être ; c’est devant ceux qui vivent, si l’on réfléchit, qu’il faudrait se découvrir et s’agenouiller comme devant un autel. La nature, je suppose, se fatigue de résister au néant, comme l’homme de résister aux sollicitations du chaos. Dans mon existence, plongée à mesure que j’avance en âge dans des périodes de plus en plus crépusculaires, j’ai vu continuellement les formes de la vie parfaite tendre à s’effacer devant d’autres, plus simples, plus près de l’humilité primitive, à la façon dont la boue est plus ancienne que le granit ; et celui qui taille des statues ne fait, après tout, que hâter l’émiettement des montagnes. Le bronze de la tombe de mon père se vert-de-grise dans la cour d’une église villageoise, l’image du jeune homme de Florence ira s’écaillant sur les voûtes que j’ai peintes, mes poèmes pour la femme que j’aimais, dans peu d’années, ne seront plus compris, et c’est pour les poèmes une manière de mourir. Vouloir immobiliser la vie, c’est la damnation du sculpteur. C’est en quoi, peut-être, toute mon œuvre est contre nature. Le marbre, où nous croyons fixer une forme de la vie périssable, reprend à tout instant sa place dans la nature, par l’érosion, la patine, et les jeux de la lumière et de l’ombre sur des plans qui se crurent abstraits, mais ne sont cependant que la surface d’une pierre. Ainsi, l’éternelle mobilité de l’univers fait sans doute l’étonnement du Créateur.

      J’ai baisé, avant qu’on la mît au cercueil, la main de la seule femme qui, pour moi, donnait un sens à toute la vie, mais je n’ai pas baisé ses lèvres, et maintenant, je le regrette, comme si ses lèvres eussent pu m’apprendre quelque chose. Et je n’ai pas non plus baisé le jeune homme de Florence, ni ses mains, ni son visage blanc. Seulement, je ne le regrette pas. Il était trop beau. Il était parfait comme ceux que rien ne peut atteindre, car les morts sont tous impassibles. J’ai vu bien des morts. Mon père, rentré dans sa race, n’était plus qu’un Buonarroti anonyme : il avait déposé le fardeau d’être soi ; il s’effaçait, dans l’humilité du trépas, jusqu’à n’être qu’un nom dans une longue série d’hommes ; sa lignée n’aboutissait plus à lui, mais à moi, son successeur, car les morts ne sont que les termes d’un problème que pose, tour à tour, chacun de leurs continuateurs vivants. La femme que j’aimais, après l’agonie qui l’avait secouée comme pour lui arracher son âme, gardait sur les lèvres un dur et triomphant sourire, comme si, victorieuse de la vie, elle méprisait en silence son adversaire vaincue, et je l’ai vu s’enorgueillir d’avoir franchi la mort. Cecchino dei Bracchi, mon ami, était simplement beau. Sa beauté, que tant de gestes, de pensées, avaient morcelée vivante en expressions ou en mouvements, redevenait intacte, absolue, éternelle : on eût dit qu’avant de le quitter il avait composé son corps. J’ai vu des sourires remonter le coin des lèvres exsangues, filtrer sous les paupières closes, mettre sur un visage l’équivalent de la lumière. Les morts se reposent, satisfaits, dans une certitude que rien ne peut détruire, parce qu’elle-même s’annule à mesure qu’elle s’accomplit. Et, parce qu’ils avaient dépassé la science, j’ai supposé qu’ils savaient.

      Mais peut-être les morts ne savent-ils pas qu’ils savent.

     

FEBO DEL POGGIO

     

Je m’éveille. Qu’ont dit les autres ? Aurore, qui, chaque matin, reconstruis le monde ; intégrale des bras nus qui contiens l’univers ; jeunesse, aurore de l’homme. Que m’importe ce que d’autres ont dit, ce qu’ils pensaient, ce qu’ils crurent... Je suis Febo del Poggio, un drôle. Ceux qui parlent de moi disent que j’ai l’âme basse ; peut-être, je n’ai même pas d’âme. J’existe à la façon d’un fruit, d’une coupe de vin, ou d’un bel arbre. Quand vient l’hiver, on s’éloigne de l’arbre qui n’offre plus d’ombrage ; rassasié, on jette le noyau ; la coupe vidée, on s’empare d’une autre. J’accepte. Été, eau lustrale du matin sur les membres agiles ; ô joie, rosée du cœur...

Je m’éveille. J’ai devant moi, derrière moi, la nuit éternelle. Des millions d’âges, j’ai dormi ; des millions d’âges, je vais dormir... Je n’ai qu’une heure. Qu’alliez-vous la gâter d’explications et de maximes ? Je m’étire au soleil, sur l’oreiller du plaisir, par un matin qui ne reviendra plus.

1931.


 

 

sábado, 20 de junio de 2020

Albert Camus y Aurora Bernárdez: El marqués de Sade

EL MARQUÉS DE SADE

Veintisiete años de prisión no hacen una inteligencia conciliadora. Tan largo enclaustramiento puede engendrar sirvientes o asesinos, y a veces, en un mismo hombre, los dos. Si el alma es bastante fuerte para construir, en el corazón del presidio, una moral que no sea la de la sumisión, la mayor parte del tiempo será una moral de dominación. Toda ética de la soledad diviniza el poder. En este sentido, en la medida en que tratado atrozmente por la sociedad le respondió atrozmente, Sade es ejemplar. El escritor, a pesar de algunos gritos felices y de las alabanzas imprudentes de nuestros contemporáneos, sigue siendo secundario. Pero hoy es admirado, con tanta ingenuidad, por razones en las que la literatura nada tiene que ver. Esas razones, precisamente, nos interesan.
Se exalta en él al filósofo con grilletes y al primer teórico de la rebelión absoluta. Podía serlo, en efecto. En el fondo de las prisiones el sueño no tiene límites, la realidad no frena nada. La inteligencia encadenada pierde en lucidez lo que gana en furor. Sade sólo conoció una lógica: la de los sentimientos. No fundó una filosofía pero persiguió el sueño monstruoso de un perseguido. Lo que ocurre es que ese sueño es profético. La reivindicación exasperada de la libertad condujo a Sade al imperio de la servidumbre. Su sed desmesurada de una vida en lo sucesivo vedada, se sacia, de furor en furor, en sueño de destrucción universal. Por sus contradicciones al menos, Sade es nuestro contemporáneo. Sigámoslo en sus negaciones sucesivas.

¿Es ateo Sade? Él lo dice, y se le cree, antes de la prisión, en el Dialogue du prêtre et du moribond; después, ante su furor sacrílego, viene la vacilación. Uno de sus personajes más crueles, Saint-Fond, en modo alguno niega a Dios. Se limita a desarrollar una teoría gnóstica del demiurgo malvado y a sacar las consecuencias pertinentes. Saint-Fond, se dice, no es Sade. No, sin duda. Un personaje nunca es el novelista que lo ha creado. Sin embargo hay posibilidades de que el novelista sea todos sus personajes a la vez. Ahora bien; todos los ateos de Sade suponen la inexistencia de Dios por la clara razón de que su existencia supondría en él indiferencia, maldad o crueldad. La obra más grande de Sade termina con una demostración de la estupidez y del odio divinos. La inocente Justina corre bajo la tormenta y el criminal Noirceuil jura que se convertirá si el rayo celeste no la toca. El rayo fulmina a Justina. Noirceuil triunfa y el crimen del hombre continuará respondiendo al crimen divino. Hay, pues, una apuesta libertina que es la inversa de la apuesta pascaliana.
La idea, por lo menos, que Sade se hace de Dios es la de una divinidad criminal que aplasta al hombre y lo niega. Que el crimen es un atributo divino se ve de sobra, según él, en la historia de las religiones. Entonces, ¿por qué habría de ser virtuoso el hombre? El primer movimiento del prisionero es saltar a la consecuencia extrema. Si Dios mata y niega al hombre nada puede prohibir que se niegue y mate a los semejantes. Ese desafío crispado en nada se parece a la negación tranquila que se encuentra todavía en el diálogo de 1782. Ni tranquilo ni feliz es aquel que exclama: “Nada me pertenece, nada me pertenece”, y que concluye: “No, no, y la virtud y el vicio, todo se confunde en el ataúd”. La idea de Dios es, según él, la única cosa “que no puede perdonar al hombre”. Ya es singular la palabra perdonar en este profesor de torturas. Pero a sí mismo es a quien no puede perdonar una idea que su visión desesperada del mundo y su condición de prisionero refutan de modo absoluto. En adelante una doble rebeldía guiará el razonamiento de Sade: contra el orden del mundo y contra sí mismo. Como esas dos rebeldías son contradictorias en todo lugar que no sea el corazón conturbado de un perseguido, su razonamiento nunca cesa de ser ambiguo o legítimo, según se estudie a la luz de la lógica o a la de la compasión humana.
Negará al hombre y su moral puesto que Dios los niega. Pero negará a Dios al mismo tiempo que le servía de caución y de cómplice hasta aquí. ¿En nombre de qué? En nombre del instinto más fuerte en aquél a quien el odio de los hombres obligó a vivir entre los muros de una cárcel: el instinto sexual. ¿Qué es este instinto? Por una parte, el grito mismo de la naturaleza [1], y por otra, el ímpetu ciego que exige la posesión total de los seres, aun al precio de su destrucción. Sade negará a Dios en nombre de la naturaleza —y el material ideológico de su tiempo lo provee de discursos mecaniscistas—, y hará de la naturaleza un poder de destrucción. Para él la naturaleza es el sexo; su lógica lo conduce a un universo sin ley cuyo único amo será la energía desmesurada del deseo. Allí está su reino afiebrado, donde encuentra los gritos más bellos: “¡Qué son todas las criaturas de la tierra frente a uno solo de nuestros deseos!”
El siglo XVIII se manifiesta en ese “nosotros” y el romanticismo, más fiel a Sade que el mismo Sade, sólo cambiará en ese grito la persona del pronombre. Los largos razonamientos donde los héroes de Sade demuestran que la naturaleza necesita del crimen, que le es preciso destruir para crear, que por tanto se la ayuda a crear desde el instante en que uno se destruye a sí mismo, apuntan a fundar la libertad absoluta del prisionero Sade, harto injustamente comprimido para no desear la explosión que hará saltar todo. En esto se opone a su tiempo: la libertad que reclama no es la de los principios sino la de los instintos.
Sade ha soñado sin duda con una república universal cuyo plan nos expone por boca de un sabio reformador, Zalmé. Pero todo en él contradice este sueño piadoso. No es amigo del género humano, odia a los filántropos. La igualdad de la que habla a veces es una noción matemática: la equivalencia de los objetos que son los hombres, la terrible igualdad de las víctimas. Aquel que lleva su deseo hasta el fin, necesita dominarlo todo, su verdadera realización está en el odio. La república de Sade no elige la libertad por principio, sino el libertinaje. “La justicia —escribe este singular demócrata— no tiene existencia real. Es la divinidad de todas las pasiones”.
Nada más revelador, a este respecto, que el famoso libelo, leído por Dolmancé en la Philosophie du Boudoir, y que lleva un título curioso: Franceses, otro esfuerzo más para ser republicanos. Pierre Klossowski [2] tiene razón en subrayarlo; en este libelo se trata de demostrar a los revolucionarios que la república reposa en el asesinato del monarca de derecho divino y que, guillotinando a Dios y al rey, se han vedado para siempre la proscripción del crimen y la censura de los instintos dañinos. La Monarquía, al mismo tiempo que un principio temporal, mantenía la idea de Dios, que fundaba las leyes. La República, por su parte, se tiene en pie por sí sola, y sus costumbres no deben ser mandatos. Sin embargo es dudoso que Sade, como lo quiere Klossowski, haya tenido el sentimiento profundo de un sacrilegio y que este horror casi religioso lo haya conducido a las consecuencias que enuncia. Más bien poseía las consecuencias de antemano y descubrió después el argumento adecuado para justificar la licencia absoluta de las costumbres que quería pedir al gobierno de su tiempo. La lógica de las pasiones trastrueca el orden tradicional del razonamiento y pone la conclusión antes de las premisas. Para convencerse basta apreciar la admirable sucesión de sofismas mediante los cuales, en este texto, Sade justifica la calumnia, el robo y el homicidio, y pide que sean tolerados en la ciudad nueva.
Sin embargo, es entonces cuando su pensamiento es más profundo. Rechaza con una clarividencia excepcional en su tiempo, la alianza presuntuosa de la libertad y la virtud. La libertad, sobre todo cuando es el sueño de un prisionero, no puede soportar límites. O es el crimen o ya no es la libertad. La inocencia no puede sublevarse sin dejar de ser inocencia. En este punto esencial, Sade jamás varió. Este hombre que sólo predicó contradicciones, únicamente encuentra coherencia, y la más absoluta, en lo que concierne a la pena capital. Aficionado a las ejecuciones refinadas, teórico del crimen sexual, nunca pudo soportar el crimen legal. “Mi detención, la guillotina bajo los ojos, me hizo cien veces más daño del que me hubieran causado todas las Bastillas imaginables”. De este horror sacó el coraje para ser públicamente moderado durante el Terror e intervenir generosamente a favor de una suegra que sin embargo lo había hecho meter en la Bastilla. Unos años más tarde, Nodier debía resumir claramente, sin saberlo quizá, la posición obstinadamente defendida por Sade: “Matar a un hombre en el paroxismo de una pasión, es cosa que se comprende. Hacerlo matar por otro, en la calma de una meditación seria y con el pretexto de un ministerio honorable, no se comprende”. Encontramos aquí el germen de una idea que todavía será desarrollada por Sade: el que mata debe pagar con su persona. Sade, ya se ve, es más moral que nuestros contemporáneos.
Pero el odio a la pena de muerte es ante todo odio a los hombres que creen lo bastante en sus propias virtudes, o en la de su causa, para atreverse a castigar cuando ellos mismos son criminales. No se puede elegir al mismo tiempo el crimen para uno y el castigo para los demás. Hay que abrir las prisiones o someter a prueba, imposible, la propia virtud. A partir del momento en que se acepta el asesinato, aunque sea una sola vez, es preciso admitirlo universalmente. El criminal, que obra según la naturaleza, no puede, sin felonía, ponerse del lado de la ley. “Otro esfuerzo más para ser republicanos” quiere decir: “aceptad la libertad del crimen, la única razonable, y entrad para siempre en la insurrección como se entra en la gracia”. La sumisión total al Mal desemboca entonces en una horrible ascesis que debía espantar a la república de las luces y de la bondad natural. Ésta, cuya primer asonada, por una coincidencia significativa, había quemado el manuscrito de las Cent-vingt journées de Sodome, no podía dejar de denunciar esa libertad herética y encerrar de nuevo entre cuatro paredes a un partidario tan comprometedor. Al mismo tiempo le daba la horrible ocasión de llevar más lejos su lógica insurrecta.
La república universal pudo ser un sueño para Sade, nunca una tentación. En política su verdadera posición es el cinismo. En su Sociedad de Amigos del Crimen, los miembros se declaran ostensiblemente por el gobierno y sus leyes, que sin embargo se disponen a violar. Así, los rufianes votan por el diputado conservador. El proyecto que Sade medita supone la neutralidad benévola de la autoridad. La república del crimen no puede ser, provisionalmente al menos, universal. Debe fingir obedecer a la ley. En un mundo sin otra regla que la del homicidio, bajo el cielo del crimen, en la tierra del crimen, en nombre de una naturaleza criminal, Sade sólo obedece, en realidad, a la ley infatigable del deseo. Pero desear sin límites conduce también a aceptar ser deseado sin límites. La licencia de destruir supone que uno mismo puede ser destruido. En consecuencia habrá que luchar y dominar. La ley de este mundo no es nada más que la de la fuerza; su motor, la voluntad de poder.
El amigo del crimen respetará dos clases de poder: aquel fundado en el azar del nacimiento, que encuentra en su sociedad, y el otro donde se empina el oprimido cuando a fuerza de perfidia logra igualar a los grandes seres libertinos de quienes hace Sade sus héroes habituales. Ese pequeño grupo de poderosos, esos iniciados, saben que tienen todos los derechos. El que duda, siquiera un segundo, de ese terrible privilegio es expulsado de inmediato de la grey, es decir, vuelve a convertirse en víctima. Hay aquí una especie de “blanquismo” moral donde un pequeño grupo de hombres y mujeres, por el hecho de detentar un extraño saber, se sitúan decididamente sobre una casta de esclavos.
El único problema para ellos consiste en organizarse para ejercer en su plenitud derechos que tienen el alcance aterrador del deseo.
No pueden esperar imponerse a todo el universo mientras el universo no haya aceptado la ley del crimen. Sade jamás creyó que su nación consentiría siquiera en el esfuerzo suplementario que la haría realmente “republicana” Pero si el crimen y el deseo no son la ley de todo el universo, si no reinan por lo menos en un territorio definido, ya no son principio de unidad sino fermento de conflictos. Ya no son la ley, y el hombre queda librado a la dispersión y al azar. Es preciso, pues, crear en todas sus partes un mundo a la exacta medida de la nueva ley. La exigencia de unidad, burlada por la creación, se satisface a la fuerza en un microcosmos. La ley del poder nunca ha tenido la paciencia de aguardar el imperio del mundo. Necesita demarcar sin tardanza el terreno donde se ejerce y dar su función metafísica al alambre de púa y a los atalayas. De esta manera la rebelión es creadora.
En Sade crea recintos cerrados, castillos con siete murallas de donde es imposible evadirse, donde la sociedad del deseo y del crimen funciona sin tropiezos, según un reglamento implacable. La rebelión más desatada, la reivindicación total de la libertad termina en la servidumbre. La emancipación del hombre se consuma para Sade en esas casamatas del desenfreno donde una especie de oficina política del vicio reglamenta la vida y la muerte de hombres y mujeres que han entrado para siempre en el infierno de la necesidad. Su obra abunda en descripciones de esos lugares privilegiados donde cada vez que los libertinos feudales demuestran a sus víctimas reunidas su poder y su servidumbre absolutas, repiten el discurso del duque de Blangis al pueblo de las Cent-vingt journées de Sodome: “Estáis ya muertos en el mundo”.
Sade habitaba del mismo modo la Torre de la Libertad, pero en la Bastilla. La rebelión absoluta se entierra con él en una fortaleza horrible de donde nadie, ni perseguidos ni perseguidores, puede salir. Para fundar su libertad, se ve obligado a organizar la necesidad absoluta. La libertad ilimitada del deseo es la negación del otro y la supresión de la piedad. Hay que matar el corazón, esa “debilidad del espíritu”; el lugar cerrado y el reglamento darán los medios. El reglamento, que desempeña un papel capital en los castillos fabulosos de Sade, consagra un universo de desconfianza. Ayuda a preverlo todo de manera que una ternura o una piedad imprevista no vengan a estorbar los planes del buen placer. Curioso placer, sin duda, que se ejerce bajo orden: “¡Habrá que levantarse todos los días a las diez de la mañana!” Pero es preciso impedir que el goce degenere en afecto, es preciso ponerlo entre paréntesis y endurecerlo. Además los objetos de goce nunca han de presentarse como personas. Si el hombre es “una especie de planta absolutamente material”, no puede ser tratada sino como objeto, y como objeto de experiencia. En la república con alambre de púa de Sade sólo hay mecanismos y mecánicos. El reglamento, modo de empleo de la máquina, da a cada cosa su lugar. Esos conventos infames tienen su regla, significativamente copiada, a veces, de la de las comunidades religiosas. El libertino se entregará también a la confesión pública. Pero el signo cambia: “Si su conducta es pura, es vituperado”.
Se ve que Sade, como es costumbre en su tiempo, construye también sociedades ideales. Pero a la inversa de su tiempo, codifica la maldad natural del hombre. Construye minuciosamente la ciudad del poder y del odio, hasta reducir a números la libertad que ha conquistado. Resume entonces su filosofía en la fría contabilidad del crimen: “Matados antes del primero de marzo: 10. Después del primero de marzo: 20. Total: 30”. Precursor, sin duda, pero todavía modesto, ya se ve.
El ogro Mirski, retrato ideal del hombre libre y natural, vive así en una isla, enclaustrado, según el reglamento, en un castillo bajo llave. Así hay que estar para vivir libremente y según la naturaleza. Si todo se detuviera aquí, Sade sólo merecería el interés que se concede a los precursores desconocidos. Pero una vez levantado el puente levadizo, falta vivir en el castillo. Por minucioso que sea el reglamento, no llega a preverlo todo. Puede destruir, no crear. Los amos de esas comunidades torturadas no encontrarán en ellas la satisfacción que codician. Sade evoca a menudo “el dulce hábito del crimen”. Aquí, nada se asemeja, sin embargo, a la dulzura, sino más bien a la rabia del hombre encadenado. En efecto, se trata de gozar. Y el máximo de goce coincide con el máximo de destrucción. Poseer lo que se mata, copular con el sufrimiento, ése es el instante de la libertad total hacia el cual se orienta toda la organización de los castillos. Pero ya que el crimen sexual suprime el objeto de voluptuosidad, suprime la voluptuosidad, que sólo existe en el momento preciso de la supresión. Es necesario entonces someter a otro objeto y matarlo de nuevo, y a otro, y después de él la infinitud de todos los objetos posibles. Se obtienen así esas tétricas acumulaciones de escenas eróticas y criminales cuyo aspecto estático, en las novelas de Sade, deja al lector, paradójicamente, el recuerdo de una suerte de castidad horrible.
¿Qué vendría a hacer, en ese universo, el goce, la gran alegría florecida de los cuerpos consentidores y cómplices? Es una búsqueda imposible para escapar a la desesperación que termina sin embargo en desesperación, de un tránsito de la servidumbre a la servidumbre, y de la prisión a la prisión. Si sólo la naturaleza es verdadera; si en la naturaleza sólo el deseo y la destrucción son verdaderos, entonces de destrucción en destrucción, no bastando ya el mismo reino humano a la sed de sangre, hay que correr al aniquilamiento universal. Es preciso constituirse, según la fórmula de Sade, en verdugo de la naturaleza. Pero aun esto no se obtiene tan fácilmente. Cuando la contabilidad se cierra, cuando todas las víctimas han sido asesinadas, los verdugos se quedan frente a frente en el castillo solitario. Algo les falta todavía. Los cuerpos torturados retornan, por sus elementos, a la naturaleza de donde renacerá la vida. El mismo homicidio no ha concluido: “El homicidio sólo quita la primera vida al individuo a quien herimos; sería preciso poder arrancarle la segunda...” Sade medita el atentado contra la creación. “Aborrezco la naturaleza. Quisiera estorbar sus planes, oponerme a su marcha, detener la rueda de los astros, desordenar los globos que flotan en el espacio, destruir aquello que la sirve, proteger aquello que la perjudica, en una palabra, insultarla en sus obras, y no puedo lograrlo”. En vano imagina un mecánico que pueda pulverizar el universo; sabe que en el polvo de los globos la vida continuará. El atentado contra la creación es imposible. No se puede destruirlo todo, siempre hay un resto. “No puedo lograrlo...”; ese universo implacable y helado se afloja de improviso en la atroz melancolía con la cual, al fin, Sade nos conmueve cuando no lo quisiera. “Cuando el crimen del amor ya no está a la altura de nuestra intensidad, podríamos tal vez atacar al sol, quitárselo al universo o abrasarlo con él, ésos serían crímenes...” Sí, serían crímenes, pero no el crimen definitivo. Hay que seguir marchando; los verdugos se miden con la mirada.
Están solos y una sola ley los rige: el poder. Ya que la aceptaron cuando eran los amos, no pueden recusarla si se vuelve contra ellos. Todo poder tiende a ser único y solitario; aun es preciso matar. A su vez los amos se destrozarán. Sade advierte esta consecuencia y no retrocede. Un curioso estoicismo del vicio viene a iluminar un poco esas hondonadas de la rebeldía. No tratará de llegar al mundo de la ternura y el compromiso. No se bajará el puente levadizo; aceptará el aniquilamiento personal. La fuerza desencadenada de la negativa se une por su extremo a una aceptación incondicional que no carece de grandeza. Él acepta a su vez ser esclavo, y quizá lo desea. “También el cadalso sería para mí el trono de las voluptuosidades”.
La destrucción mayor coincide entonces con la mayor afirmación. Los amos se lanzan unos sobre otros y esta obra erigida para gloria del libertinaje se encuentra “sembrada de cadáveres de libertinos heridos en la cima de su genio” [3]. El más poderoso, que sobrevivirá, será el solitario, el “Único”, cuya glorificación ha emprendido Sade, él mismo en definitiva. Reina por fin, amo y dios. Pero en el instante de su victoria más alta, el sueño se disipa. El Único se vuelve hacia el prisionero cuyas imaginaciones desmesuradas le dieron nacimiento; se confunde con él. Está solo, en efecto, prisionero en una Bastilla ensangrentada, construida en torno a un poder aun no apaciguado, pero en adelante sin objeto. Sólo ha triunfado en sueños y esas docenas de volúmenes atiborrados de atrocidades y de filosofía resumen una ascesis desdichada, una tentativa puramente espiritual de matar el alma, una marcha alucinante desde el no total hasta el sí absoluto, un consentimiento a la muerte que transfigura el asesinato de todo y de todos en suicidio colectivo.
Sade fue ejecutado en efigie; se mató a sí mismo en imaginación. Prometeo termina en Onán. Concluirá su vida siempre prisionero, pero esta vez en un asilo, representando piezas en un tablado improvisado, entre alucinados. El sueño y la creación le brindaron un equivalente irrisorio de la satisfacción que el orden del mundo no le daba. El escritor no tiene nada que negarse. Para él, al menos, los límites desaparecen y el deseo puede llegar hasta el fin. En esto Sade es el hombre de letras perfecto. Puso por encima de todo “el crimen moral al cual se llega por escrito”. Su mérito, incontestable, está en haber ilustrado de entrada, con la infeliz clarividencia de la rabia acumulada, las consecuencias extremas de su rebeldía: la totalidad cerrada, el crimen universal, la aristocracia del cinismo y la voluntad de apocalipsis. Estas conquistas se harán muchos años después de él. Pero por haberlas codiciado realmente, parece haberse ahogado en sus propios callejones sin salida, liberándose tan sólo en la literatura. De un modo curioso, fue Sade quien orientó la rebelión por los caminos del arte, donde el romanticismo volverá a empeñarla más adelante. Será de esos escritores de quienes dice que “la corrupción es tan peligrosa, tan activa, que el único objetivo que persiguen al imprimir sus horribles sistemas es extender más allá de sus vidas la suma de sus crímenes; ellos no pueden seguir cometiéndolos, pero sus obras malditas los harán cometer y esta dulce idea que se llevan a la tumba los consuela de la obligación en que los pone la muerte de renunciar a lo que es”. De este modo su obra rebelde es testimonio de su sed de supervivencia. Aunque la inmortalidad que codicia sea la de Caín, por lo menos la codicia, y a pesar suyo es testimonio de lo más puro de la rebelión metafísica.
Por lo demás su misma posteridad obliga a rendirle homenaje. Sus herederos no son todos escritores. Seguramente sufrió y murió para caldear la imaginación de los círculos distinguidos y de los cafés literarios. Pero eso no es todo. El éxito de Sade en nuestra época no se explica de otra manera que por un sueño que le es común con la sensibilidad contemporánea: la reivindicación de la libertad total y la deshumanización operada en frío por la inteligencia. La reducción del hombre a objeto de experiencia, el reglamento que opera esta reducción y define las relaciones de la voluntad de poder y del hombre objeto, el campo cerrado de esta monstruosa experiencia, son lecciones que los teóricos del poder encontrarán cuando tengan que organizar el tiempo de los esclavos.
Con dos siglos de anticipación y en escala reducida, Sade exaltó las sociedades totalitarias en nombre de la libertad total. Con él comienzan realmente la historia y la tragedia contemporánea. Tan sólo creyó que una sociedad basada en la libertad del crimen debía marchar con la libertad de las costumbres, como si la servidumbre tuviera sus límites. Nuestro tiempo se ha limitado a fundir curiosamente su sueño de república universal y su técnica de envilecimiento. En fin, lo que más odiaba, el asesinato legal, ha tomado por su cuenta los descubrimientos que quería poner al servicio del asesinato instintivo. El crimen, que él deseaba como fruto excepcional y delicioso del vicio desencadenado, es hoy la sombría costumbre de una virtud que se ha vuelto policial. Estas son las sorpresas de la literatura.

L’homme révolté
Traducción de AURORA BERNÁRDEZ
Revista Sur, número 205, noviembre de 1951.

NOTAS
1- Los grandes criminales de Sade justifican sus crímenes alegando que tienen apetitos sexuales desmesurados, contra los que nada pueden.
2- Sade, mon prochain.
3- Maurice Blanchot, Lautréamont et Sade.



Vingt-sept années de prison ne font pas en effet une intelligence conciliante. Une si longue claustration engendre des valets ou des tueurs et parfois, dans le même homme, les deux. Si l'âme est assez forte pour édifier, au cœur du bagne, une morale qui ne soit pas celle de la soumission, il s'agira, la plupart du temps, d'une morale de domination. Toute éthique de la solitude suppose la puissance. À ce titre, dans la mesure où traité de façon atroce par la société, il y répondit d'atroce façon, Sade est exemplaire. L'écrivain, malgré quelques cris heureux, et les louanges inconsidérées de nos contemporains, est secondaire. Il est admiré aujourd'hui, avec tant d'ingénuité, pour des raisons où la littérature n'a rien à voir.
On exalte en lui le philosophe aux fers, et le premier théoricien de la révolte absolue. Il pouvait l'être en effet. Au fond des prisons, le rêve est sans limites, la réalité ne freine rien. L'intelligence dans les chaînes perd en lucidité ce qu'elle gagne en fureur. Sade n'a connu qu'une logique, celle des sentiments. Il n'a pas fondé une philosophie, mais poursuivi le rêve monstrueux d'un persécuté. Il se trouve seulement que ce rêve est prophétique. La revendication exaspérée de la liberté a mené Sade dans l'empire de la servitude ; sa soif démesurée d'une vie désormais interdite s'est assouvie, de fureur en fureur, dans un rêve de destruction universelle. En ceci au moins, Sade est notre contemporain. Suivons-le dans ses négations successives.

Sade est-il athée ? Il le dit, on le croit, avant la prison, dans le Dialogue entre un prêtre et un moribond ; on hésite ensuite devant sa fureur de sacrilège. L'un de ses plus cruels personnages, Saint-Fond, ne nie nullement Dieu. Il se borne à développer une théorie gnostique du méchant démiurge et à en tirer les conséquences qui conviennent. Saint-Fond, dit-on, n'est pas Sade. Non, sans doute. Un personnage n'est jamais le romancier qui l'a créé. Il y a des chances, cependant, pour que le romancier soit tous ses personnages à la fois. Or, tous les athées de Sade posent en principe l'inexistence de Dieu pour cette raison claire que son existence supposerait chez lui indifférence, méchanceté ou cruauté. La plus grande œuvre de Sade se termine sur une démonstration de la stupidité et de la haine divines. L'innocente Justine court sous l'orage et le criminel Noirceuil jure qu'il se convertira si elle est épargnée par la foudre céleste. La foudre poignarde Justine, Noirceuil triomphe, et le crime de l'homme continuera de répondre au crime divin. Il y a ainsi un pari libertin qui est la réplique du pari pascalien.
L'idée, au moins, que Sade se fait de Dieu est donc celle d'une divinité criminelle qui écrase l'homme et le nie. Que le meurtre soit un attribut divin se voit assez, selon Sade, dans l'histoire des religions. Pourquoi l'homme serait-il alors vertueux ? Le premier mouvement du prisonnier est de sauter dans la conséquence extrême. Si Dieu tue et nie l'homme, rien ne peut interdire qu'on nie et tue ses semblables. Ce défi crispé ne ressemble en rien à la négation tranquille qu'on trouve encore dans le Dialogue de 1782. Il n'est ni tranquille, ni heureux, celui qui s'écrie : « Rien n'est à moi, rien n'est de moi » et qui conclut : « Non, non, et la vertu et le vice, tout se confond dans le cercueil. » L'idée de Dieu est selon lui la seule chose « qu'il ne puisse pardonner à l'homme ». Le mot pardonner est déjà singulier chez ce professeur de tortures. Mais c'est à lui-même qu'il ne peut pardonner une idée que sa vue désespérée du monde, et sa condition de prisonnier, réfutent absolument. Une double révolte va désormais conduire le raisonnement de Sade : contre l'ordre du monde et contre lui-même. Comme ces deux révoltes sont contradictoires partout ailleurs que dans le cœur bouleversé d'un persécuté, son raisonnement ne cesse jamais d'être ambigu ou légitime, selon qu'on l'étudie dans la lumière de la logique ou dans l'effort de la compassion.
Il niera donc l'homme et sa morale puisque Dieu les nie. Mais il niera Dieu en même temps qui lui servait de caution et de complice jusqu'ici. Au nom de quoi ? Au nom de l'instinct le plus fort chez celui que la haine des hommes fait vivre entre les murs d'une prison : l'instinct sexuel. Qu'est cet instinct ? Il est, d'une part, le cri même de la nature [1], et, d'autre part, l'élan aveugle qui exige la possession totale des êtres, au prix même de leur destruction. Sade niera Dieu au nom de la nature - le matériel idéologique de son temps le fournit alors en discours mécanistes - et il fera de la nature une puissance de destruction. La nature, pour lui, c'est le sexe ; sa logique le conduit dans un univers sans loi où le seul maître sera l'énergie démesurée du désir. Là est son royaume enfiévré, où il trouve ses plus beaux cris : « Que sont toutes les créatures de la terre vis-à-vis d'un seul de nos désirs ! » Les longs raisonnements où les héros de Sade démontrent que la nature a besoin du crime, qu'il lui faut détruire pour créer, qu'on l'aide donc à créer dès l'instant où l'on détruit soi-même, ne visent qu'à fonder la liberté absolue du prisonnier Sade, trop injustement comprimé pour ne pas désirer l'explosion qui fera tout sauter. En cela, il s'oppose à son temps : la liberté qu'il réclame n'est pas celle des principes, niais des instincts.
Sade a rêvé sans doute d'une république universelle dont il nous fait exposer le plan par un sage réformateur, Zamé. Il nous montre ainsi qu'une des directions de la révolte dans la mesure où, son mouvement s'accélérant, elle supporte de moins en moins de limites, est la libération du monde entier. Mais tout en lui contredit ce rêve pieux. Il n'est pas l'ami du genre humain, il hait les philanthropes. L'égalité dont il parle parfois est une notion mathématique : l'équivalence des objets que sont les hommes, l'abjecte égalité des victimes. Celui qui pousse son désir jusqu'au bout, il lui faut tout dominer, son véritable accomplissement est dans la haine. La république de Sade n'a pas la liberté pour principe, mais le libertinage. « La justice, écrit ce singulier démocrate, n'a pas d'existence réelle. Elle est la divinité de toutes les passions. »
Rien de plus révélateur à cet égard que le fameux libelle, lu par Dolmancé dans la Philosophie du Boudoir, et qui porte un titre curieux : Français, encore un effort si vous voulez être républicains. Pierre Klossowski [2] a raison de le souligner, ce libelle démontre aux révolutionnaires que leur république repose sur le meurtre du roi de droit divin et qu'en guillotinant Dieu le 21 janvier 1793, ils se sont interdit à jamais la proscription du crime et la censure des instincts malfaisants. La monarchie, en même temps qu'elle-même, maintenait l'idée de Dieu qui fondait les lois. La République, elle, se tient debout toute seule et les mœurs doivent y être sans commandements. Il est pourtant douteux que Sade, comme le veut Klossowski, ait eu le sentiment profond d'un sacrilège et que cette horreur quasi religieuse l'ait conduit aux conséquences qu'il énonce. Bien plutôt tenait-il ses conséquences d'abord et a-t-il aperçu ensuite l'argument propre à justifier la licence absolue des mœurs qu'il voulait demander au gouvernement de son temps. La logique des passions renverse l'ordre traditionnel du raisonnement et place la conclusion avant les prémisses. Il suffit pour s'en convaincre d'apprécier l'admirable succession de sophismes par lesquels Sade, dans ce texte, justifie la calomnie, le vol et le meurtre, et demande qu'ils soient tolérés dans la cité nouvelle.
Pourtant, c'est alors que sa pensée est le plus profonde. Il refuse, avec une clairvoyance exceptionnelle en son temps, l'alliance présomptueuse de la liberté et de la vertu. La liberté, surtout quand elle est le rêve du prisonnier, ne peut supporter de limites. Elle est le crime ou elle n'est plus la liberté. Sur ce point essentiel, Sade n'a jamais varié. Cet homme qui n'a prêché que des contradictions ne retrouve une cohérence, et la plus absolue, qu'en ce qui concerne la peine capitale. Amateur d'exécutions raffinées, théoricien du crime sexuel, il n'a jamais pu supporter le crime légal, « Ma détention nationale, la guillotine sous les yeux, m'a fait cent fois plus de mal que ne m'en avaient fait toutes les Bastilles imaginables. » Dans cette horreur, il a puisé le courage d'être publiquement modéré pendant la Terreur et d'intervenir généreusement en faveur d'une belle-mère qui pourtant l'avait fait embastiller. Quelques années plus tard, Nodier devait résumer clairement, sans le savoir peut-être, la position obstinément défendue par Sade : « Tuer un homme dans le paroxysme d'une passion, cela se comprend. Le faire tuer par un autre dans le calme d'une méditation sérieuse, et sous le prétexte d'un ministère honorable, cela ne se comprend pas. » On trouve ici l'amorce d'une idée qui sera développée encore par Sade : celui qui tue doit payer de sa personne. Sade, on le voit, est plus moral que nos contemporains.
Mais sa haine pour la peine de mort n'est d'abord que la haine d'hommes qui croient assez à leur vertu ou à celle de leur cause, pour oser punir, et définitivement, alors qu'ils sont eux-mêmes criminels. On ne peut à la fois choisir le crime pour soi et le châtiment pour les autres. Il faut ouvrir les prisons ou faire la preuve, impossible, de sa vertu. À partir du moment où l'on accepte le meurtre, serait-ce une seule fois, il faut l'admettre universellement. Le criminel qui agit selon la nature ne peut, sans forfaiture, se mettre du côté de la loi. « Encore un effort si vous voulez être républicains » veut dire : « Acceptez la liberté du crime, seule raisonnable, et entrez pour toujours en insurrection comme on entre dans la grâce. » La soumission totale au mal débouche alors dans une horrible ascèse qui devait épouvanter la république des lumières et de la bonté naturelle. Celle-ci, dont la première émeute, par une coïncidence significative, avait brûlé le manuscrit des Cent vingt journées de Sodome, ne pouvait manquer de dénoncer cette liberté hérétique et jeter à nouveau entre quatre murs un partisan si compromettant. Elle lui donnait, du même coup, l'affreuse occasion de pousser plus loin sa logique révoltée.
La république universelle a pu être un rêve pour Sade, jamais une tentation. En politique, sa vraie position est le cynisme. Dans sa Société des Amis du crime, on se déclare ostensiblement pour le gouvernement et ses lois, qu'on se dispose pourtant à violer. Ainsi, les souteneurs votent pour le député conservateur. Le projet que Sade médite suppose la neutralité bienveillante de l'autorité. La république du crime ne peut être, provisoirement du moins, universelle. Elle doit faire mine d'obéir à la loi. Pourtant, dans un monde sans autre règle que celle du meurtre, sous le ciel du crime, au nom d'une criminelle nature, Sade n'obéit en réalité qu'à la loi inlassable du désir. Mais désirer sans limites revient aussi à accepter d'être désiré sans limites. La licence de détruire suppose qu'on puisse être soi-même détruit. Il faudra donc lutter et dominer. La loi de ce monde n'est rien d'autre que celle de la force ; son moteur, la volonté de puissance.
L'ami du crime ne respecte réellement que deux sortes de puissances, celle, fondée sur le hasard de la naissance, qu'il trouve dans sa société, et celle où se hisse l'opprimé, quand, à force de scélératesse, il parvient à égaler les grands seigneurs libertins dont Sade fait ses héros ordinaires. Ce petit groupe de puissants, ces initiés, savent qu'ils ont tous les droits. Qui doute, même une seconde, de ce redoutable privilège est aussitôt rejeté du troupeau, et redevient victime. On aboutit alors à une sorte de blanquisme moral où un petit groupe d'hommes et de femmes, parce qu'ils détiennent un étrange savoir, se placent résolument au-dessus d'une caste d'esclaves. Le seul problème, pour eux, consiste à s'organiser pour exercer, dans leur plénitude, des droits qui ont l'étendue terrifiante du désir.
Ils ne peuvent espérer s'imposer à tout l'univers tant que l'univers n'aura pas accepté la loi du crime. Sade n'a même jamais cru que sa nation consentirait l'effort supplémentaire qui la ferait « républicaine ». Mais si le crime et le désir ne sont pas la loi de tout l'univers, s'ils ne règnent pas au moins sur un territoire défini, ils ne sont plus principes d'unité, mais ferments de conflit. Ils ne sont plus la loi et l'homme retourne à la dispersion et au hasard. Il faut donc créer de toutes pièces un monde qui soit à la mesure exacte de la nouvelle loi. L'exigence d'unité, déçue par la Création, se satisfait à toute force dans un microcosme. La loi de la puissance n'a jamais la patience d'atteindre l'empire du monde. Il lui faut délimiter sans tarder le terrain où elle s'exerce, même s'il faut l'entourer de barbelés et de miradors.
Chez Sade, elle crée des lieux clos, des châteaux à septuple enceinte, dont il est impossible de s'évader, et où la société du désir et du crime fonctionne sans heurts, selon un règlement implacable. La révolte la plus débridée, la revendication totale de la liberté aboutit à l'asservissement de la majorité. L'émancipation de l'homme s'achève, pour Sade, dans ces casemates de la débauche où une sorte de bureau politique du vice règle la vie et la mort d'hommes et de femmes entrés à tout jamais dans l'enfer de la nécessité. Son œuvre abonde en descriptions de ces lieux privilégiés où, chaque fois, les libertins féodaux, démontrant aux victimes assemblées leur impuissance et leur servitude absolues, reprennent le discours du duc de Blangis au petit peuple des Cent vingt journées de Sodome : « Vous êtes déjà mortes au monde. »
Sade habitait de même la tour de la Liberté, mais dans la Bastille. La révolte absolue s'enfouit avec lui dans une forteresse sordide d'où personne, persécutés ni persécuteurs, ne peut sortir. Pour fonder sa liberté, il est obligé d'organiser la nécessité absolue. La liberté illimitée du désir signifie la négation de l'autre, et la suppression de la pitié. Il faut tuer le cœur, cette « faiblesse de l'esprit » ; le lieu clos et le règlement y pourvoiront. Le règlement, qui joue un rôle capital dans les châteaux fabuleux de Sade, consacre un univers de méfiance. Il aide à tout prévoir afin qu'une tendresse ou une pitié imprévue ne viennent déranger les plans du bon plaisir. Curieux plaisir, sans doute, qui s'exerce au commandement. « On se lèvera tous les jours à dix heures du matin... » ! Mais il faut empêcher que la jouissance dégénère en attachement, il faut la mettre entre parenthèses et la durcir. Il faut encore que les objets de jouissance n'apparaissent jamais comme des personnes. Si l'homme est « une espèce de plante absolument matérielle », il ne peut être traité qu'en objet, et en objet d'expérience. Dans la république barbelée de Sade, il n'y a que des mécaniques et des mécaniciens. Le règlement, mode d'emploi de la mécanique, donne sa place à tout. Ces couvents infâmes ont leur règle, significativement copiée sur celle des communautés religieuses. Le libertin se livrera ainsi à la confession publique. Mais l'indice change : « Si sa conduite est pure, il est blâmé. »
Sade, comme il est d'usage en son temps, bâtit ainsi des sociétés idéales. Mais à l'inverse de son temps, il codifie la méchanceté naturelle de l'homme. Il construit méticuleusement la cité de la puissance et de la haine, en précurseur qu'il est, jusqu'à mettre en chiffres la liberté qu'il a conquise. Il résume alors sa philosophie dans la froide comptabilité du crime : « Massacrés avant le 1er mars : 10. Depuis le 1er mars : 20. S'en retournent : 16. Total : 46. » Précurseur sans doute, mais encore modeste, on le voit.
Si tout s'arrêtait là, Sade ne mériterait que l'intérêt qui s'attache aux précurseurs méconnus. Mais une fois tiré le pont-levis, il faut vivre dans le château. Aussi méticuleux que soit le règlement, il ne parvient à tout prévoir. Il peut détruire, non créer. Les maîtres de ces communautés torturées n'y trouveront pas la satisfaction qu'ils convoitent. Sade évoque souvent la « douce habitude du crime ». Rien ici, pourtant qui ressemble à la douceur ; plutôt une rage d'homme dans les fers. Il s'agit en effet de jouir, et le maximum de jouissance coïncide avec le maximum de destruction. Posséder ce qu'on tue, s'accoupler avec la souffrance, voilà l'instant de la liberté totale vers lequel s'oriente toute l'organisation des châteaux. Mais dès l'instant où le crime sexuel supprime l'objet de volupté, il supprime la volupté qui n'existe qu'au moment précis de la suppression. Il faut alors se soumettre un autre objet et le tuer à nouveau, un autre encore, et après lui l'infinité de tous les objets possibles. On obtient ainsi ces mornes accumulations de scènes érotiques et criminelles dont l'aspect figé, dans les romans de Sade, laisse paradoxalement au lecteur le souvenir d'une hideuse chasteté.
Que viendrait faire, dans cet univers, la jouissance, la grande joie fleurie des corps consentants et complices ? Il s'agit d'une quête impossible pour échapper au désespoir et qui finit pourtant en désespoir, d'une course de la servitude à la servitude, et de la prison à la prison. Si la nature seule est vraie, si, dans la nature, seuls le désir et la destruction sont légitimes, alors de destruction en destruction, le règne humain lui-même ne suffisant plus à la soif du sang, il faut courir à l'anéantissement universel. Il faut se faire, selon la formule de Sade, le bourreau de la nature. Mais cela même ne s'obtient pas si facilement. Quand la comptabilité est close, quand toutes les victimes ont été massacrées, les bourreaux restent face à face, dans le château solitaire. Quelque chose leur manque encore. Les corps torturés retournent par leurs éléments à la nature d'où renaîtra la vie. Le meurtre lui-même n'est pas achevé : « Le meurtre n'ôte que la première vie à l'individu que nous frappons ; il faudrait pouvoir lui arracher la seconde... » Sade médite l'attentat contre la création : « J'abhorre la nature... Je voudrais déranger ses plans, contrecarrer sa marche, arrêter la roue des astres, bouleverser les globes qui flottent dans l’espace, détruire ce qui la sert, protéger ce qui lui nuit, l'insulter en un mot dans ses œuvres, et je n'y puis réussir. » Il a beau imaginer un mécanicien qui puisse pulvériser l'univers, il sait que, dans la poussière des globes, la vie continuera. L'attentat contre la création est impossible. On ne peut tout détruire, il y a toujours un reste. « Je n'y puis réussir... », cet univers implacable et glacé se détend soudain dans l'atroce mélancolie par laquelle, enfin, Sade nous touche quand il ne le voudrait pas. « Nous pourrions peut-être attaquer le soleil, en priver l'univers ou nous en servir pour embraser le monde, ce serait des crimes, cela... » Oui, ce serait des crimes, mais non le crime définitif. Il faut marcher encore ; les bourreaux se mesurent du regard.
Ils sont seuls, et une seule loi les régit, celle de la puissance. Puisqu'ils l'ont acceptée alors qu'ils étaient les maîtres, ils ne peuvent plus la récuser si elle se retourne contre eux. Toute puissance tend à être unique et solitaire. Il faut encore tuer : à leur tour, les maîtres se déchireront. Sade aperçoit cette conséquence et ne recule pas. Un curieux stoïcisme du vice vient éclairer un peu ces bas-fonds de la révolte. Il ne cherchera pas à rejoindre le monde de la tendresse et du compromis. Le pont-levis ne sera pas baissé, il acceptera l'anéantissement personnel. La force déchaînée du refus rejoint à son extrémité une acceptation inconditionnelle qui n'est pas sans grandeur. Le maître accepte d'être à son tour esclave et peut-être même le désire. « L'échafaud aussi serait pour moi le trône des voluptés. »
La plus grande destruction coïncide alors avec la plus grande affirmation. Les maîtres se jettent les uns sur les autres et cette œuvre érigée à la gloire du libertinage se trouve « parsemée de cadavres de libertins frappés au sommet de leur génie [3]  ». Le plus puissant, qui survivra, sera le solitaire, l'Unique, dont Sade a entrepris la glorification, lui-même en définitive. Le voilà qui règne enfin, maître et Dieu. Mais à l'instant de sa plus haute victoire, le rêve se dissipe. L'Unique se retourne vers le prisonnier dont les imaginations démesurées lui ont donné naissance ; il se confond avec lui. Il est seul en effet, emprisonné dans une Bastille ensanglantée, tout entière bâtie autour d'une jouissance encore inapaisée, mais désormais sans objet. Il n'a triomphé qu'en rêve et ces dizaines de volumes, bourrés d'atrocités et de philosophie, résument une ascèse malheureuse, une marche hallucinante du non total au oui absolu, un consentement à la mort enfin, qui transfigure le meurtre de tout et de tous en suicide collectif.
On a exécuté Sade en effigie ; il n'a tué de même qu'en imagination. Prométhée finit dans Onan. Il achèvera sa vie, toujours prisonnier, mais cette fois dans un asile, jouant des pièces sur une estrade de fortune, au milieu d'hallucinés. La satisfaction que l'ordre du monde ne lui donnait pas, le rêve et la création lui en ont fourni un équivalent dérisoire. L'écrivain, bien entendu, n'a rien à se refuser. Pour lui, du moins, les limites s'écroulent et le désir peut aller jusqu'au bout. En ceci, Sade est l'homme de lettres parfait. Il a bâti une fiction pour se donner l'illusion d'être. Il a mis au-dessus de tout « le crime moral auquel on parvient par écrit ». Son mérite, incontestable, est d'avoir illustré du premier coup, dans la clairvoyance malheureuse d'une rage accumulée, les conséquences extrêmes d'une logique révoltée, quand elle oublie du moins, la vérité de ses origines. Ces conséquences sont la totalité close, le crime universel, l'aristocratie du cynisme et la volonté d'apocalypse. Elles se retrouveront bien des années après lui. Mais les ayant savourées, il semble qu'il ait étouffé dans ses propres impasses, et qu'il se soit seulement délivré dans la littérature. Curieusement, c'est Sade qui a orienté la révolte sur les chemins de l'art où le romantisme l'engagera encore plus avant. Il sera de ces écrivains dont il dit que « la corruption est si dangereuse, si active, qu'ils n'ont pour but en imprimant leur affreux système que d'étendre au-delà de leurs vies l'a somme de leurs crimes ; ils n'en peuvent plus faire, mais leurs maudits, écrits en feront commettre, et cette douce idée qu'ils emportent au tombeau les console de l'obligation où les met la mort de renoncer à ce qui est ». Son œuvre révoltée témoigne ainsi de sa soif de survie. Même si l'immortalité qu'il convoite est celle de Caïn, il la convoite au moins, et témoigne malgré lui pour le plus vrai de la révolte métaphysique.
Au reste, sa postérité même oblige à lui rendre hommage. Ses héritiers ne sont pas tous écrivains. Assurément, il a souffert et il est mort pour échauffer l'imagination des beaux quartiers et des cafés littéraires. Mais ce n'est pas tout. Le succès de Sade à notre époque s'explique par un rêve qui lui est commun avec la sensibilité contemporaine : la revendication de la liberté totale, et la déshumanisation opérée à froid par l'intelligence. La réduction de l'homme en objet d'expérience, le règlement qui précise les rapports de la volonté de puissance et de l'homme objet, le champ clos de cette monstrueuse expérience, sont des leçons que les théoriciens de la puissance retrouveront, lorsqu'ils auront à organiser le temps des esclaves.
Deux siècles à l'avance, sur une échelle réduite, Sade a exalté les sociétés totalitaires au nom de la liberté frénétique que la révolte en réalité ne réclame pas. Avec lui commencent réellement l'histoire et la tragédie contemporaines. Il a seulement cru qu'une société basée sur la liberté du crime devait aller avec la liberté des mœurs, comme si la servitude avait ses limites. Notre temps s'est borné à fondre curieusement son rêve de république universelle et sa technique d'avilissement. Finalement ce qu'il haïssait le plus, le meurtre légal, a pris à son compte les découvertes qu'il voulait mettre au service du meurtre d'instinct. Le crime, dont il voulait qu'il fût le fruit exceptionnel et délicieux du vice déchaîné, n'est plus aujourd'hui que la morne habitude d'une vertu devenue policière. Ce sont les surprises de la littérature.

[1] Les grands criminels de Sade s'excusent de leurs crimes sur ce qu'ils sont pourvus d'appétits sexuels démesurés contre lesquels ils ne peuvent rien.
[2] Sade, mon prochain. Éditions du Seuil.
[3] Maurice Blanchot, Lautréamont et Sade. Éditions de Minuit.