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martes, 7 de mayo de 2019

María Zambrano: La ambigüedad de Cervantes

LA AMBIGÜEDAD DE CERVANTES

No podríamos dudar los españoles de que la figura de Don Quijote de la Mancha sea nuestro más claro mito, algo muy cercano a una imagen sagrada. Lo tiene todo: fortuna poética, forma plástica —de tan estilizada parece un signo totémico—, ha nacido en la Mancha, esa tierra que entre todas las que forman la “piel de toro” presenta más el estigma de lo sagrado. Es nuestra cifra y, sin embargo, no la leemos en el lenguaje directo de la Épica, ni la vemos escrita con los caracteres de la Tragedia. Ha llegado a nosotros hecha carne en un personaje de novela y envuelta por tanto en esa luz difusa propia del género novelesco.
La luz de la novela, y en especial de la cervantina, es difusa, de foco lejano e invisible; el protagonista no aparece envuelto en ningún halo; ninguna atmósfera especial lo rodea, contrariamente a la forma de iluminación que encontramos en los misterios: en la Tragedia, en la Liturgia. Y así, por ser tan clara y homogénea esta luz, viene a ser ambigua, pues se extiende por igual al protagonista y a la más modesta de las criaturas, al más insignificante suceso de los que forman la trama del libro. Es la constante ironía, más decisiva e hiriente que la burla. ¿Y cómo, nos preguntamos, ha venido a revelarse nuestra imagen ejemplar, nuestra cifra sagrada, en esta forma ambigua entre todas? ¿Cómo ha descendido al mundo para llevar vida novelesca, para encarnarse como ejemplo de novelería?
Ortega y Gasset en las Meditaciones del Quijote descubre la ambigüedad del libro cervantino, al mismo tiempo que temblorosamente señala la extremada rareza de lo español “puro”, algo tan difícil de encontrar como las pocas gotas de sangre helénica que quedan en el mundo, dice: “Tenemos una piedra, el Escorial, y un libro, el Quijote, como signos de nuestra historia verídica, de nuestro ser verdadero.” Y situado a la sombra del Monasterio, se dispone a sorprender el secreto del libro ambiguo entre todos, indirectamente, dando siete vueltas como los judíos a Jericó.
Unamuno, sin reparar en la ambigüedad o desdeñándola, procede de modo más directo: irrumpe en el libro para rescatar a Don Quijote del cautiverio de la novela cervantina, repitiendo el “Para mi nació Don Quijote y yo para él”. Y el equívoco bien pronto desaparece en este nuevo evangelio quijotil, pues Unamuno lo convierte en personaje de Tragedia; arremete denodadamente contra el encanto en que el personaje genial está prisionero. Mas ¿nos estará permitido realizar esta liberación? Si Don Quijote nos ha sido revelado por el primero que lo vio en forma novelesca, ¿podemos desdeñar la forma, es decir, el lugar de la revelación, para quedarnos solamente con su figura y la de su sombra? ¿No residirá acaso en la forma novelesca algo muy sutil del secreto, si no el secreto mismo?
Tal divergencia en la interpretación del Quijote —la de Ortega y la de Unamuno—, dirigiéndose la una al libro, y tras de ella al autor, la otra al personaje, confirma la ambigüedad de la imagen y plantea el conflicto que entraña el ser español. Los dos libros: Las Meditaciones del Quijote y La Vida de Don Quijote y Sancho vienen a ser una especie de Guía para salir de ese conflicto. Ortega nos propone el conocimiento amoroso, “razones de amor”, lo cual quizá se avenga mas con el espíritu de Cervantes que la fe voluntariosa de Unamuno, pues el Quijote es ante todo un libro de conocimiento, una mirada reflexiva —refleja— y un tanto irónica, como conviene al ser que intenta conocerse: el hombre.
El comentario de Unamuno es una contradicción al espíritu cervantino, un intento de rescatar de su ironía la fe pura y simple, un desdén de la historia en un arrebato de esperanza; en realidad, continúa a Don Quijote, el personaje. Ortega continúa al autor, a Cervantes. ¿Queremos los españoles perseguir lo uno o lo otro? ¿Queremos seguir representando en el mundo nuestro personaje, seguir obedeciendo ciegamente a nuestro ensueño ancestral, o queremos mirarnos, conocernos, es decir, disolver nuestro ensueño en la luz del conocimiento, bien que amoroso? Pues no otra cosa significa el conocimiento de sí: disolver en la luz de la conciencia todos los ensueños y figuraciones. ¿Cabría acaso un tercer camino que comportara a la vez ensueño y conocimiento, que no fuera disolución del ensueño ancestral sino su afirmación sin ambigüedad y sin tragedia? ¿Y no tendría para ello que cambiar el mundo, el horizonte del conocimiento y la realidad social en que nos movemos? ¿No tendría que ser otra la Historia?
A tales postrimerías de la vida y del conocimiento nos conduce la primera consideración de la ambigüedad de nuestro libro: tales problemas comporta el conflicto de ser español. Unamuno lo supo al desdeñar precipitadamente la Historia en nombre de la fe. Ortega no ha hecho sino saberlo, al dedicar el esfuerzo de su pensamiento filosófico al esclarecimiento último de la Historia, de la vida humana como historia, al querer descubrirnos a los españoles un horizonte de conocimiento donde nuestro ser íntegramente sea visible e inteligible. No es un azar que el apasionado comentario de Unamuno y la amorosa meditación de Ortega estén en la raíz misma de la Filosofía del momento actual, pues si hay un género literario donde la condición humana se exprese es la Novela. Y en la más perfecta que conocernos, se ofrece no ya el conflicto de ser español sino el conflicto de ser hombre.
La ambigüedad de la novela es el espejo de la ambigüedad de la humana condición llevada al extremo en la cultura occidental, en esta época moderna que nos toca apurar hasta el límite. De ahí que la obra de Cervantes sea tremendamente actual, como documento de nuestros días, resumen de nuestra experiencia histórica. No es ambiguo el Quijote por español, sino por ser la novela ejemplar entre todas, la máxima realización del género. ¿Por qué esta esencial ambigüedad? ¿De que planos está formada? ¿Qué último conflicto lleva encerrado, celado en su clara superficie?

La ambigüedad de la novela

¿Por qué resulta tan ambigua una novela? Rara vez vemos claramente qué ha querido decirnos un novelista, un verdadero novelista de los que ahogan sus relatos en el patrón “moral” previamente elegido. Mientras dura la lectura de una gran novela, nos sentimos dentro de su mundo al igual que en la realidad que nos rodea. Mas, al acabarla, no sabemos con certeza dónde situar su relato y hasta su tiempo. Justamente porque no nos hace traspasar el tiempo de la vida diaria y porque su medida es la medida humana[1]. Cuando la poesía trágica nos arrebata, nos lleva “a otro mundo”; mientras, la novela nos mantiene en éste, tanto que puede confundirse en nuestra memoria con escenas que hemos realmente vivido. ¿Algunos personajes reales, no se han escapado de una novela? ¿Algunos sucesos y paisajes los hemos visto en verdad, o surgen de nuestra memoria, donde fueron depositados por alguna lejana lectura olvidada? ¿Nuestra propia vida, no nos parece en ocasiones sernos contada más que vivida? Y los mismos conflictos novelescos aparecen muy a menudo suavizados, disimulados como nuestro propio conflicto, que rara vez se nos hace por completo visible. Las figuras del Mito y de la Tragedia se nos aparecen en un espacio diferente y en un tiempo que ni apenas roza con el que nos toca vivir; es imposible confundirse con ellos y a pocos enajenados se les ocurren trastrocar su identidad personal con la de ellos. Sólo algunos raros poetas han podido acudir a Orfeo como a una figura aclaradora —inspiradora— de su vida. Pues hace ya tiempo que la vida de los hombres, de cada hombre, se ha emancipado de la servidumbre a los dioses y semidioses. Solo lo humano nos mide.
La ambigüedad de la novela procede, al parecer, de que está hecha al nivel del hombre, de que la conciencia creadora de su autor en nada sobrepasa a la conciencia que define a nuestra época, a nuestro mundo, emancipado de lo divino. Y en consecuencia, sus conflictos, sus personajes son humanos, perfectamente humanos.
Nos ha parecido tan obvio y natural. Y sin embargo, de ahí procede la condenación de ciertas criaturas, quizá de nosotros mismos. El horizonte se ha estrechado al humanizarse, y acciones antes heroicas han venido a ser ambiguas. ¿Pues qué es lo ambiguo sino el resultado de una falta de anchura en el horizonte para contener ciertas acciones, ciertas criaturas; la incapacidad de la conciencia para albergar enteras a ciertas realidades que en otro espacio más amplio serían puras, inequívocas, perfectamente inocentes?
¿Sucederá tal vez que lo humano no es la mejor medida para lo humano? ¿No estamos frente a un conflicto, el más hondo de nuestra época humanista? Conciencia y piedad han venido disputándose el mundo. Nuestra historia de occidentales no es en substancia otra cosa que el largo y angustioso padecer de este conflicto, con sus raros instantes de armonía y concordia. La novela, género moderno por excelencia (occidental a pesar de su lejanísimo origen en el cuento oriental), muestra mejor que ningún otro producto de nuestra cultura ese conflicto en el que va nuestra condición humana, nuestra definición. ¿Podemos definirnos, como es nuestro más obstinado intento, solamente en relación con lo “humano”? Pero ¿acaso pudimos permanecer en la dependencia de los dioses? ¿No han sido algunos de ellos quienes nos animaron a lanzarnos a la conquista de nuestra independencia? ¿Cuál fue el primer conflicto, antes de que hubiera novela? ¿Qué fueron en otro tiempo los personajes novelescos?

El conflicto de ser hombre: Tragedia y Filosofía

En el principio era el Mito, el cuento prodigioso donde todo era posible. Es lo primero que el hombre cree y no solo cree, sino que necesita; es su primer alimento. Las culturas primitivas están formadas exclusivamente por esos grandes cuentos que son los Mitos en que los dioses andan mezclados con el hombre.
Es que el hombre no existe todavía; no ha nacido. Y tiene en cambio de su no existencia, la anchura del mundo sin límite alguno. Como todavía no es, puede serlo todo; no se ha definido a sí mismo; carece de experiencia para saber adónde llegan sus límites. Inocente de toda inocencia, atribuye a un pájaro sagrado, a la semilla de un árbol, a una sombra eso que después será su máximo orgullo: el poder de engendrar hijos, y cree en cambio poder alcanzar las nubes o detener el sol. Es el reino de la pura democracia, en que un árbol es la sede de un dios y un pájaro el vehículo de la acción vivificante. Lo divino reside en todas las cosas o ha elegido, por no se sabe qué motivos, los lugares más dispares. El hombre no tiene lugar fijo, vive en la adoración y no se le ocurre preguntar sobre sí mismo.
Mucho tardará esta pregunta en aparecer; primero nacerá la atrevida pregunta por las cosas, lo cual quiere decir que ya se siente separado de ellas y que siente que las hay. Cuando el primer filósofo confesó en voz alta su audaz pretensión ya el mundo se había quedado vacío. Debió de existir un instante de máxima perplejidad y soledad, que revivimos en nuestra vida diaria involuntariamente; se presentan sin saber por qué en una tarde llena de sol en que todo de repente se queda vacío y lo que nos rodea aparece como desposeído de su fuerza vital, de su conexión con nosotros. Se quiebra, sin que sepamos por qué causa, esa especie de magia que nos mantiene encadenados a nuestro contorno, y nos sentimos solos “frente” a un mundo solidificado, lleno de cosas. Porque las cosas son la decadencia de lo sagrado, de las fuerzas mágicas que nos hablan y miran, nos amenazan o protegen.
Pero este instante de soledad que da nacimiento a la Filosofía dio también nacimiento a la Tragedia. Es la soledad del hombre que se siente confundido frente a su destino. Los dioses le hablan claramente, pero le piden cosas ininteligibles. La piedad, es decir la relación con los dioses, se hace contraria a las leyes del estado, como en Antígona, o manifiesta una absurda sentencia que contraría lo más sagrado de la ley natural, como en Edipo. Los dioses de quienes emanan las leyes enredan en su trama al individuo elegido, le inspiran delirios como a Áyax, mandatos como a Orestes, y dejan luego suelta la justicia de las Erinnias o la cólera de la misma divinidad. ¿Cómo entenderlo?
Es la ley del sufrimiento humano, su condena que es al mismo tiempo su esperanza. Obedecer a los dioses aun en el absurdo, es el único camino de rescatarse un día, y entonces el héroe de la tragedia alcanza como suyo eso que al principio en el Mito era solo su reflejo: la santidad, o al menos la inmortalidad de la fama.
Si por el camino de la Filosofía, es decir, de la soledad llena de trabajo, el hombre llega a apropiarse un poco del conocimiento que solo al Dios pertenece, por el padecer sin medida se apropia algo de su santidad, de su inmortalidad. Es el doble camino en que la criatura extraña arriba a tener un ser.
Es el nacimiento del hombre, su aislamiento de la mezcla primaria en que andaba con dioses, animales y plantas de la tierra, su entrada en el reino singular que más tarde y tan obviamente —con tan poca memoria— se llamará de “lo humano”.
La Filosofía trazará de lo humano un esquema, promesa de seguridad, como si nos dijera: si te atienes a esto, si reduces tu vida a este ser, claro, seguro, idéntico a sí mismo, estás salvado; fuerza alguna ni siquiera de los dioses te podrá arrebatar tu condición.
Pero el hombre prosigue su vida, su historia. Porque, además de la llamada “naturaleza racional”, conserva algo de la primitiva mezcla sagrada, de la participación misteriosa y primaria con la realidad toda, algo del mundo del Mito y de la fábula; tiene un ensueño.
Quiere ser, y excepto los llamados filósofos, confía su ser no a la realidad racional, sino a un obscuro e indefinible anhelo: anhelo obscuro más fuerte que nada y que lo hace lanzarse sin ver, porque teme no tener tiempo, o porque teme despertar si mira. Mientras los filósofos desde siempre le llaman a la vigilia, él se obstina en su vida sonambúlica, tan parecida a la que llevó en la caverna maternal. Se siente en el mundo, en medio de las cosas que son, como una larva que ha de crecer y formarse y no puede detenerse a mirar.
Mas la conciencia por su parte avanza. Cada vez es más amplio el territorio en que domina su luz, cernida; cada vez es más amplia su revelación y se agudizará el conflicto entre los dos forzosamente: entre la historia —la fábula— y la claridad de la conciencia.
Si la tragedia es hija del conflicto entre los dioses y las leyes naturales, la novela será hija del conflicto entre la conciencia y el cuento ya puramente humano.
Porque no ha abandonado el hombre sus pretensiones. Y aquello que era vida inocente en el mundo primario del mito, su vecindad y aun mezcla con los dioses queda como pretensión y ensueño. Ante el mundo de la conciencia y sus leyes se produce la primera gigantesca “inhibición”. La inhibición que prohíbe al hombre manifestar sus pretensiones de ser un Dios o de ser como un Dios.
Pues de ahí viene la Historia. Es muy curioso que Freud, sabio judío que tuvo la innegable genialidad de ver el fenómeno de la inhibición y sus consecuencias en la psique humana, lo haya atribuido a algo como la “líbido”, que aun situada en la zona más profunda de la vida, no llega a aclarar su última profundidad, su ilimitado deseo, su enormidad. Su discípulo Adler tuvo que recurrir a la voluntad de poderío, cuando para el maestro Freud hubiera sido tan sencillo acordarse del primer conflicto, aquel que arroja al hombre del Paraíso y le hace habitar la tierra como hombre; la condena que sigue a la primera aspiración que le susurra la serpiente: “Seréis como Dioses”. ¿No procede de ahí la primera y permanente inhibición?; la experiencia definitiva que arroja al hombre a la tierra como su rey, si quiere, pero encerrándolo en unos límites inexorables. Bajo diversas formas, “lo inhibido” aparecerá una y otra vez. Y así lo humano no podrá quedar encerrado nunca en los límites razonables trazados por la Filosofía, hija avisada del desengaño, sino que se manifestará en ensueños esperanzados o en tremendas pesadillas: se llamará amor, anhelo de vida eterna, resurrección, afán de justicia, y hasta en la Filosofía llegará a albergarse con el nombre de “Saber absoluto”. Y siempre será la misma infatigable reclamación de la criatura que no se resigna a haber perdido su parte en lo divino.

La novela, expresión de lo humano

Es el género humano entre todos, el que nace en la plenitud del mundo de la conciencia, en su afán de claridad. Cervantes nos presenta la máxima novela ejemplar, la perfección del género, justamente en el momento en que la conciencia se va a revelar con mayor claridad que nunca. Si el novelista español no conoció a Descartes —quizá nunca le hubiera conocido—, le precede con su historia. La historia de Don Quijote sólo se hace inteligible desde el cartesiano mundo de la conciencia: “¿Qué soy yo? Una cosa que piensa.” Y ante esto la criatura llamada hombre no puede resignarse. En todo caso parte de su pensar para su acción y entonces se piensa a si mismo, se inventa, es decir, se sueña y al soñarse se da un ser.
Y aquella categoría heroica, que tenía el hombre en la edad del Mito pasa ahora a ser pretensión loca. La novela es el genero de la ambigüedad porque recoge simplemente la ambigüedad del hombre, la ambigüedad de lo humano.
Pues nada hay más ambiguo que el ser hombre. Alumbrado por la conciencia que le da el saber de sus límites, la medida inexorable de su poder —de su no poder— y que le señala el círculo de su acción, prosigue con su ancestral ensueño. Si los filósofos hubieran conseguido imponer a los hombres todos la ley de la llamada “naturaleza humana”, el hombre se habría convertido ciertamente en un ser sin historia: ya no le pasaría nada, ni creería que le pasaba: no tendría su “acento”.
Pero al proseguir su cuento, en el mundo de la conciencia, ya no podría aparecer con la inocente fe de los héroes por mandato o condenación divina. Si en el mundo moderno de la conciencia se siguen de vez en cuando fabricando tragedias, siempre se situarán en un espacio aparte, en una especie de farsa sin convicción. ¿Serán simplemente, como en muchas tragedias shakespearianas, el juego de las pasiones; es decir, el cuento de un personaje, límite de lo humano que muestra aleccionadoramente adónde puede llevar el desenfreno de la humana naturaleza no corregida por la Filosofía?
Y así la máxima ambigüedad humana estará recogida por la novela y no vista por la Filosofía; esta acción de inventarse a sí mismo. Lo que antes era mandato o fatalidad de los dioses, en el mundo de la conciencia es propia invención del individuo que ha pasado de su pretensión a las vías de hecho, que se ha tomado, humanamente, la justicia por su mano.
Y al llegar a confundirse con su ensueño, anulando la conciencia de su realidad con su pretensión, querrá también ser como un Dios; no recibir la comunión sino darla, hacer su ser tan universal y omnipresente que los hombres todos comulguen en él. Pues no otra cosa pretende el que se hace a sí mismo protagonista de su novela; darse, entregarse para ser transfundido en los hombres todos: darse a conocer.
Parece imposible el superar la perfección cervantina en la ambigüedad. ¿Acaso Don Quijote esta convencido de la realidad de su ser inventado? ¿No entrevee, en medio de su delirio no inspirado por los dioses, como los brillantes ejércitos no son sino modestos carneros y que los molinos están allí, detrás de los gigantes, como un artificio fotográfico podría hoy realizar? ¿Cree en la realidad corpórea de Dulcinea? ¿No elude acaso el ver cara a cara su presencia? ¿No le pone como condición, en un extremado platonismo, el que se mantenga ausente?
Es lo que debe a su condición de personaje de novela. Su condenación por haber nacido después del mundo del Mito. Pero ¿acaso no nació en el mundo del Mito y se llamo Hércules, Aquiles y quizá Prometeo? Es su penitencia; al aparecer en el mundo humano, los héroes míticos tienen que recorrer el mundo decaídos, haciendo la máxima penitencia que puede serle impuesta a un héroe: servir de burla.
Y aún más: a la conciencia corresponde un tiempo humano que es el tiempo del “pasado, presente y porvenir”. La cinematográfica cinta que se desliza y que no podemos sobrepasar. Mientras en el mundo fabuloso el hombre interviene en un tiempo, actúa en un tiempo que esta mas allá. Lo más sutil de la condena del hombre al bajar a la tierra y habitarla conscientemente es que ya no puede actuar sino en el tiempo regular de un solo plano. Ya tiene que renunciar a adivinar y a mezclar pasado y futuro, a moverse en ese tiempo que podríamos llamar de la “evolución creadora”, donde sin embargo habitan íntimamente. Es el descubrimiento, que el existencialismo actual olvida ingratamente, de la intuición bergsoniana. El tiempo de la creación, íntimo, por el cual participamos de la vida misma en su último misterio. En ese tiempo tienen lugar los ensueños, de él nacen las mentiras que forman los Mitos, esos delirios en que el hombre se inventa a sí mismo. En los sueños somos el que no fuimos, y el que será aparece como el último aliento ancestral. Así en los mitos, quizá lo que llegue el hombre a ser le ha sido ofrecido como su ancestro primero, su ensueño originario.
El héroe de novela se encuentra encerrado en el tiempo de la conciencia, prisionero de ella. Nuestro Don Quijote siente la camaradería, la coetaneidad con los héroes todos, con los protagonistas del esfuerzo de todas las edades, y sabe, sin embargo, que no es ya así. Y por eso deja brotar de lo más hondo de su inspiración el nostálgico discurso, interpretado por los críticos como una lección de retórica cervantina: el discurso de las letras y de las armas, la evocación de la perdida Edad de Oro.
La Edad de Oro no es invención de Don Quijote, no es sino su filiación, la repetición ejemplar y diríamos canónica del héroe en cuanto tiene conciencia de sí. En cuanto al héroe adquiere conciencia, en cualquier momento de los tiempos históricos en que viva, es advertido de su inactualidad y echa de menos la Edad de Oro, pues él no es de “este mundo”.
Y por este mundo es íntegramente juzgado Don Quijote, y su condena es convertirse, ver convertida su integridad de héroe mítico en ambiguo personaje de novela, con todas sus consecuencias.
El novelista realiza la ambigua acción de recoger las novelerías de su personaje, es decir, de expresarla, de hacerla existir y al mismo tiempo de desvalorizar la acción del personaje de inventarse a sí mismo. Inventarse a sí mismo que es identificarse con su ensueño.
Y así Don Quijote se ve enajenado, loco, por querer ser sí mismo, ambigüedad extrema de lo humano. ¿Para ser sí mismo habrá que ser como todos, realizar ejemplarmente la naturaleza humana moldeada en la forma aceptada de una mentalidad, de una clase social? No querer traspasar los tiempos en el doble sentido de la época histórica y del tiempo plano del “pasado, presente y porvenir”, el tiempo de la conciencia. Es decir, desobedecer la inspiración, la voz de los Dioses, el mandato de la pesadilla ancestral.
¿No podrá existir Don Quijote sino como personaje de novela? Cervantes con su ambigüedad muestra a los españoles la tragedia reflejada en el espejo de nuestra locura; ha querido curarnos mostrándonos en el turbio cristal de la novela a nuestra figura sagrada haciendo penitencia de su osadía.
La conciencia castiga tan implacablemente como los Dioses rencorosos, como el Zeus de Prometeo, pero lleva consigo un refinamiento y una mezquindad que le viene de “lo humano”: convertir en seres ambiguos a los héroes. El mito, y su heredera la Tragedia, conserva la integridad del héroe en su inocencia; ellos obedecen a su delirio, viven íntegramente su pesadilla y, al final, una mediación interviene. Los conflictos directos entre los Dioses y los hombres parecen resolverse con el sufrimiento. Los Dioses se aplacan una vez que se ha cumplido su inocente venganza. Inocente venganza, nos parece, porque no deforman al héroe, no lo “encantan”. Lo aniquilan en, su vida, pero no falsifican su destino.
A Don Quijote ya sabemos lo que le pasó, lo más grave que le pasó y en lo cual, él sí, enteramente creía: que el mundo estaba encantado. Poco importaba que fueran rebaños o ejércitos, gigantes o molinos de viento sus obstáculos. Es igual, nosotros, españoles —¿y por qué solamente nosotros?— sabemos que el maleficio actúa igual aunque la visión sea objetivamente justa. No es una visión inadecuada la que produce la locura del “Caballero de la Mancha”. Más bien constituye una defensa que él se inventa para sostener su acción. El conflicto está en el encanto del mundo, en esa magia impenetrable en que el mundo todo se envuelve y enmascara ante un ensueño heroico, ante la esperanza del que obedece un sueño ancestral. Los Dioses, es cierto, eran aficionados a la metamorfosis, pero siempre respetaron la integridad del héroe, cuya vocación salía triunfante aun en las ninfas perseguidas por los amores de Apolo. ¿No se convirtió Dafne en el laurel símbolo del amor casto e inmortal?
Mas la conciencia humana estrecha los limites de la existencia igualmente humana. Y en ella el héroe es un novelero, alguien que se atreve enajenado a querer ser más de lo que le estaba concedido. Su caridad se confunde con la vanidad. Porque cuando el hombre se inventa a sí mismo se distiende, y así el mismo Don Quijote arrastra consigo una carga de vacío, una cierta levedad y falta de peso; vilano privado de parte de su substancia, de esa substancia que en el mundo moderno sólo conserva íntegra, el que se inhibe sabiamente sin dejar aparecer su ensueño.
Tal parece ser la lección profetizada por Cervantes: ver convertida en vida novelesca, en liviana novelería, la Tragedia que proviene de la integridad de obedecer a un ensueño ancestral, a un Dios desconocido que nos manda, para dejarnos luego en el abandono. Pero eso nada sería. El Hijo de Dios por su obediencia al mandato del Padre probó el desamparo, el silencio paternal mil veces peor que su cólera. Pero aun cubierto de la ambigua púrpura real no fue convertido en personaje de novela; su realeza, su realidad, pudo atravesar la burla. No así nuestro Don Quijote, llamado por no sabemos qué pesadilla ancestral a implantar la justicia, es decir, la caridad en el mundo. ¿Es posible resignarse?
Podríamos esperar a nuestro Esquilo, a nuestro Sófocles más bien, que rescatara al personaje de la Novela y lo devuelva a su Tragedia; quizá lo hemos ya hecho escribiendo la Tragedia —un acto más— con sangre y no con palabras. Pero el mundo actual es el mundo de lo humano, donde ningún ensueño mítico puede vivir sin tornarse equívoco y sin servir de burla.
La conciencia actual obstinadamente embebida en los límites de lo humano, no puede acoger a un ensueño tan “enorme”. Vivimos el acto de la Historia en que la conciencia es más impermeable a la Piedad, a la inspiración. La Filosofía: personalismo, razón vital, existencialismo, intenta ensanchar el horizonte de la conciencia y del pensamiento para dar cabida a la integridad del hombre, que se piensa e inventa a sí mismo. Si se logra, la Novela no comportará una condenación, será el punto en que coincidan Filosofía y Poesía. El tiempo creador donde nace el ensueño personal se abrirá paso en la claridad de la conciencia. Y si a tal situación de la mente corresponde una situación de la sociedad, una “sociedad abierta”, entonces dejaría nuestro señor Don Quijote de hacer penitencia sirviendo de burla y nosotros, los espanoles, comenzaríamos a entendernos a nosotros mismos.

París, 27 de septiembre de 1947.
Revista Sur, año XVI, diciembre de 1947.

NOTA:
[1] Sin duda alguna que el tiempo de las novelas de Proust y de Virginia Woolf nos llevan a “otro tiempo”, liberación final de la Historia.




martes, 17 de mayo de 2011

Miguel de Cervantes Saavedra y Louis Viardot



EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA

CAPÍTULO I

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En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.

Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban.

Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.

Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí:

-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante?

¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.


MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA



CHAPITRE I

Qui traite de la qualité et des occupations du fameux hidalgo don Quichotte de la Manche.


Lu par CHRISTOPHE de - Audiocite.net


Dans une bourgade de la Manche, dont je ne veux pas me rappeler le nom, vivait, il n’y a pas longtemps, un hidalgo, de ceux qui ont lance au râtelier, rondache antique, bidet maigre et lévrier de chasse. Un pot-au-feu, plus souvent de mouton que de bœuf, une vinaigrette presque tous les soirs, des abatis de bétail le samedi, le vendredi des lentilles, et le dimanche quelque pigeonneau outre l’ordinaire, consumaient les trois quarts de son revenu. Le reste se dépensait en un pourpoint de drap fin et des chausses de panne avec leurs pantoufles de même étoffe, pour les jours de fête, et un habit de la meilleure serge du pays, dont il se faisait honneur les jours de la semaine. Il avait chez lui une gouvernante qui passait les quarante ans, une nièce qui n’atteignait pas les vingt, et de plus un garçon de ville et de campagne, qui sellait le bidet aussi bien qu’il maniait la serpette. L’âge de notre hidalgo frisait la cinquantaine ; il était de complexion robuste, maigre de corps, sec de visage, fort matineux et grand ami de la chasse. On a dit qu’il avait le surnom de Quixada ou Quesada, car il y a sur ce point quelque divergence entre les auteurs qui en ont écrit, bien que les conjectures les plus vraisemblables fassent entendre qu’il s’appelait Quijana. Mais cela importe peu à notre histoire ; il suffit que, dans le récit des faits, on ne s’écarte pas d’un atome de la vérité.

Or, il faut savoir que cet hidalgo, dans les moments où il restait oisif, c’est-à-dire à peu près toute l’année, s’adonnait à lire des livres de chevalerie, avec tant de goût et de plaisir, qu’il en oublia presque entièrement l’exercice de la chasse et même l’administration de son bien. Sa curiosité et son extravagance arrivèrent à ce point qu’il vendit plusieurs arpents de bonnes terres à labourer pour acheter des livres de chevalerie à lire. Aussi en amassa-t-il dans sa maison autant qu’il put s’en procurer. Mais, de tous ces livres, nul ne lui paraissait aussi parfait que ceux composés par le fameux Feliciano de Silva. En effet, l’extrême clarté de sa prose le ravissait, et ses propos si bien entortillés lui semblaient d’or ; surtout quand il venait à lire ces lettres de galanterie et de défi, où il trouvait écrit en plus d’un endroit : « La raison de la déraison qu’à ma raison vous faites, affaiblit tellement ma raison, qu’avec raison je me plains de votre beauté ; » et de même quand il lisait : « Les hauts cieux qui de votre divinité divinement par le secours des étoiles vous fortifient, et vous font méritante des mérites que mérite votre grandeur. »

Avec ces propos et d’autres semblables, le pauvre gentilhomme perdait le jugement. Il passait les nuits et se donnait la torture pour les comprendre, pour les approfondir, pour leur tirer le sens des entrailles, ce qu’Aristote lui-même n’aurait pu faire, s’il fût ressuscité tout exprès pour cela. Il ne s’accommodait pas autant des blessures que don Bélianis donnait ou recevait, se figurant que, par quelques excellents docteurs qu’il fût pansé, il ne pouvait manquer d’avoir le corps couvert de cicatrices, et le visage de balafres. Mais, néanmoins, il louait dans l’auteur cette façon galante de terminer son livre par la promesse de cette interminable aventure ; souvent même il lui vint envie de prendre la plume, et de le finir au pied de la lettre, comme il y est annoncé. Sans doute il l’aurait fait, et s’en serait même tiré à son honneur, si d’autres pensées, plus continuelles et plus grandes, ne l’en eussent détourné. Maintes fois il avait discuté avec le curé du pays, homme docte et gradué à Sigüenza, sur la question de savoir lequel avait été meilleur chevalier, de Palmérin d’Angleterre ou d’Amadis de Gaule. Pour maître Nicolas, barbier du même village, il assurait que nul n’approchait du chevalier de Phébus, et que si quelqu’un pouvait lui être comparé, c’était le seul don Galaor, frère d’Amadis de Gaule ; car celui-là était propre à tout, sans minauderie, sans grimaces, non point un pleurnicheur comme son frère, et pour le courage, ne lui cédant pas d’un pouce.

Enfin, notre hidalgo s’acharna tellement à sa lecture, que ses nuits se passaient en lisant du soir au matin, et ses jours, du matin au soir. Si bien qu’à force de dormir peu et de lire beaucoup, il se dessécha le cerveau, de manière qu’il vint à perdre l’esprit. Son imagination se remplit de tout ce qu’il avait lu dans les livres, enchantements, querelles, défis, batailles, blessures, galanteries, amours, tempêtes et extravagances impossibles ; et il se fourra si bien dans la tête que tout ce magasin d’inventions rêvées était la vérité pure, qu’il n’y eut pour lui nulle autre histoire plus certaine dans le monde. Il disait que le Cid Ruy Diaz avait sans doute été bon chevalier, mais qu’il n’approchait pas du chevalier de l’Ardente-Épée, lequel, d’un seul revers, avait coupé par la moitié deux farouches et démesurés géants. Il faisait plus de cas de Bernard del Carpio, parce que, dans la gorge de Roncevaux, il avait mis à mort Roland l’enchanté, s’aidant de l’adresse d’Hercule quand il étouffa Antée, le fils de la Terre, entre ses bras. Il disait grand bien du géant Morgant, qui, bien qu’issu de cette race géante, où tous sont arrogants et discourtois, était lui seul affable et bien élevé. Mais celui qu’il préférait à tous les autres, c’était Renaud de Montauban, surtout quand il le voyait sortir de son château, et détrousser autant de gens qu’il en rencontrait, ou voler, par delà le détroit, cette idole de Mahomet, qui était toute d’or, à ce que dit son histoire. Quant au traître Ganelon, pour lui administrer une volée de coups de pied dans les côtes, il aurait volontiers donné sa gouvernante et même sa nièce pardessus le marché.

Finalement, ayant perdu l’esprit sans ressource, il vint à donner dans la plus étrange pensée dont jamais fou se fût avisé dans le monde. Il lui parut convenable et nécessaire, aussi bien pour l’éclat de sa gloire que pour le service de son pays, de se faire chevalier errant, de s’en aller par le monde, avec son cheval et ses armes, chercher les aventures, et de pratiquer tout ce qu’il avait lu que pratiquaient les chevaliers errants, redressant toutes sortes de torts, et s’exposant à tant de rencontres, à tant de périls, qu’il acquît, en les surmontant, une éternelle renommée. Il s’imaginait déjà, le pauvre rêveur, voir couronner la valeur de son bras au moins par l’empire de Trébizonde. Ainsi emporté par de si douces pensées et par l’ineffable attrait qu’il y trouvait, il se hâta de mettre son désir en pratique. La première chose qu’il fit fut de nettoyer les pièces d’une armure qui avait appartenu à ses bisaïeux, et qui, moisie et rongée de rouille, gisait depuis des siècles oubliée dans un coin. Il les lava, les frotta, les raccommoda du mieux qu’il put. Mais il s’aperçut qu’il manquait à cette armure une chose importante, et qu’au lieu d’un heaume complet elle n’avait qu’un simple morion. Alors son industrie suppléa à ce défaut : avec du carton, il fit une manière de demi-salade, qui, emboîtée avec le morion, formait une apparence de salade entière. Il est vrai que, pour essayer si elle était forte et à l’épreuve d’estoc et de taille, il tira son épée, et lui porta deux coups du tranchant, dont le premier détruisit en un instant l’ouvrage d’une semaine. Cette facilité de la mettre en pièces ne laissa pas de lui déplaire, et, pour s’assurer contre un tel péril il se mit à refaire son armet, le garnissant en dedans de légères bandes de fer, de façon qu’il demeurât satisfait de sa solidité ; et, sans vouloir faire sur lui de nouvelles expériences, il le tint pour un casque à visière de la plus fine trempe.

Cela fait, il alla visiter sa monture ; et quoique l’animal eût plus de tares que de membres, et plus triste apparence que le cheval de Gonéla, qui tantum pellis et ossa fuit, il lui sembla que ni le Bucéphale d’Alexandre, ni le Babiéca du Cid, ne lui étaient comparables. Quatre jours se passèrent à ruminer dans sa tête quel nom il lui donnerait : « Car, se disait-il, il n’est pas juste que cheval d’aussi fameux chevalier, et si bon par lui-même, reste sans nom connu. » Aussi essayait-il de lui en accommoder un qui désignât ce qu’il avait été avant d’entrer dans la chevalerie errante, et ce qu’il était alors. La raison voulait d’ailleurs que son maître changeant d’état, il changeât aussi de nom, et qu’il en prît un pompeux et éclatant, tel que l’exigeaient le nouvel ordre et la nouvelle profession qu’il embrassait. Ainsi, après une quantité de noms qu’il composa, effaça, rogna, augmenta, défit et refit dans sa mémoire et son imagination, à la fin il vint à l’appeler Rossinante, nom, à son idée, majestueux et sonore, qui signifiait ce qu’il avait été et ce qu’il était devenu, la première de toutes les rosses du monde.

Ayant donné à son cheval un nom, et si à sa fantaisie, il voulut s’en donner un à lui-même ; et cette pensée lui prit huit autres jours, au bout desquels il décida de s’appeler don Quichotte. C’est de là, comme on l’a dit, que les auteurs de cette véridique histoire prirent occasion d’affirmer qu’il devait se nommer Quixada, et non Quesada comme d’autres ont voulu le faire accroire. Se rappelant alors que le valeureux Amadis ne s’était pas contenté de s’appeler Amadis tout court, mais qu’il avait ajouté à son nom celui de sa patrie, pour la rendre fameuse, et s’était appelé Amadis de Gaule, il voulut aussi, en bon chevalier, ajouter au sien le nom de la sienne, et s’appeler don Quichotte de la Manche, s’imaginant qu’il désignait clairement par là sa race et sa patrie, et qu’il honorait celle-ci en prenant d’elle son surnom.

Ayant donc nettoyé ses armes, fait du morion une salade, donné un nom à son bidet et à lui-même la confirmation, il se persuada qu’il ne lui manquait plus rien, sinon de chercher une dame de qui tomber amoureux, car, pour lui, le chevalier errant sans amour était un arbre sans feuilles et sans fruits, un corps sans âme. Il se disait : « Si, pour la punition de mes péchés, ou plutôt par faveur de ma bonne étoile, je rencontre par là quelque géant, comme il arrive d’ordinaire aux chevaliers errants, que je le renverse du premier choc ou que je le fende par le milieu du corps, qu’enfin je le vainque et le réduise à merci, ne serait-il pas bon d’avoir à qui l’envoyer en présent, pour qu’il entre et se mette à genoux devant ma douce maîtresse, et lui dise d’une voix humble et soumise : « Je suis, madame, le géant Caraculiambro, seigneur de l’île Malindrania, qu’a vaincu en combat singulier le jamais dignement loué chevalier don Quichotte de la Manche, lequel m’a ordonné de me présenter devant Votre Grâce, pour que Votre Grandeur dispose de moi tout à son aise ? » Oh ! combien se réjouit notre bon chevalier quand il eut fait ce discours, et surtout quand il eut trouvé à qui donner le nom de sa dame ! Ce fut, à ce que l’on croit, une jeune paysanne de bonne mine, qui demeurait dans un village voisin du sien, et dont il avait été quelque temps amoureux, bien que la belle n’en eût jamais rien su, et ne s’en fût pas souciée davantage. Elle s’appelait Aldonza Lorenzo, et ce fut à elle qu’il lui sembla bon d’accorder le titre de dame suzeraine de ses pensées. Lui cherchant alors un nom qui ne s’écartât pas trop du sien, qui sentît et représentât la grande dame et la princesse, il vint à l’appeler Dulcinée du Toboso, parce qu’elle était native de ce village : nom harmonieux à son avis, rare et distingué, et non moins expressif que tous ceux qu’il avait donnés à son équipage et à lui-même.


LOUIS VIARDOT