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lunes, 5 de enero de 2026

Charles Baudelaire, Willis Barnstone y Manuel Santayana: Recogimiento

RECUEILLEMENT

 

Sois sage, ô ma Douleur, et tiens-toi plus tranquille.

Tu réclamais le Soir; il descend; le voici:

Une atmosphère obscure enveloppe la ville,

Aux uns portant la paix, aux autres le souci.

 

Pendant que des mortels la multitude vile,

Sous le fouet du Plaisir, ce bourreau sans merci,

Va cueillir des remords dans la fête servile,

Ma Douleur, donne-moi la main; viens par ici,

 

Loin d'eux. Vois se pencher les défuntes Années,

Sur les balcons du ciel, en robes surannées;

Surgir du fond des eaux le Regret souriant;

 

Le soleil moribond s'endormir sous une arche,

Et, comme un long linceul traînant à l'Orient,

Entends, ma chère, entends la douce Nuit qui marche.

CHARLES BAUDELAIRE


RECOGIMIENTO

 

Se juiciosa, oh mi pena, y a la calma ya vuelve.

Pedías el Ocaso; ya desciende, aquí llega;

una atmósfera oscura a la ciudad envuelve,

y a unos trae la paz que a los otros les niega.

 

Mientras de los mortales una multitud vil

que flagela el verdugo Placer, con frenesí,

y acumula pesares en la orgía servil,

Pena mía, dame la mano, ven por aquí,

 

lejos de ellos. Mira los años ya finados

asomarse a los Cielos en trajes anticuados;

mira surgir del agua, la sonriente Añoranza;

 

el sol que bajo un arco se muere lentamente,

y, como un gran sudario que se arrastra al Oriente,

oye, amada, la noche, que suave y lenta avanza.

Traducción de Manuel Santayana Ruiz

 

 

MEDITATION

 

Be sage, O my Sorrow, and please keep calm.

You call for Evening. It descends somewhere.

A dark mood envelops the city qualm,

Bringing peace to some. And to others care.

 

While rough humanity, a multitude vile

Below the whip of Pleasure, a merciless thug,

Gathers remorse in holidays now servile,

Agony, give me your hand. Come, let’s hug

 

Far from the mob. See dead years rise upset

On the sky’s balconies in dull garment.

Out of deep waters, looms laughing Regret.

 

The glum sun leans asleep below an arch.

Like a long shroud dragging in from the Orient,

Hear, my dear, hear the sweet Night walker’s march.

Translated by Willis Barnstone


viernes, 5 de diciembre de 2025

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Segunda parte

LOS POETAS FELICES

Fuerza, prestigio; la gran flota y esos buques mercantes que surcan todos los mares; el Banco de Francia; la Constitución; un poder industrial y comercial sólidamente establecido; riqueza, lujo sereno, orden, dignidad, moralidad, decencia, religión; la certeza de que el cielo justo sabe discernir los méritos de una nación y recompensar sus virtudes; una satisfacción de sí misma que sigue siendo discreta, pero es inquebrantable: así es la Inglaterra de la sapientísima y gloriosísima reina Victoria.

Para los escritores, ya no se trataba de ser desenfrenados, incrédulos, anárquicos: habían entrado en razón. El gran poeta era Tennyson: ¿hubo alguna vez una vida más feliz? Evoquémoslo en su ambiente de la isla de Wight: al fondo, un castillo que domina el mar; bosques; un gran parque, caballos, galgos; en primer plano, el poeta que se pasea por la orilla, pidiéndoles a las tranquilas olas que le revelen el secreto de sus armonías. En él, todo es nobleza y serenidad. Domina la naturaleza, que no es ni la fuerza inmensa que escapa a nuestro control y permanece indiferente a nuestras desdichas, ni el ser universal en el que el individuo quiere disolverse. El amor, que a veces hace sufrir, no tiene sin embargo derecho a convertirse en la pasión salvaje que se rebela contra las leyes de la sociedad. Enoch Arden, al regresar a su casa tras una ausencia tan larga que se lo creyó muerto, y al encontrar a su esposa Annie casada con su antiguo rival, comprenderá lo que debe hacer: aceptar, callar, desaparecer; tan sólo después de su muerte, Annie sabrá que él siempre la amó. Así, todos los temas líricos se tratan con belleza y grandeza. La historia, si se entiende bien, es el símbolo de la lucha entre el vicio y la virtud, y la virtud siempre acaba imponiéndose. La muerte no tiene nada de horrendo: el justo se duerme en paz en los brazos del Señor.

Era hermoso y serio, digno y piadoso. Pero lo más admirable en su caso es su perfecta armonía, su armonía ideal, con su época, su entorno, su país: su noble país, tan hermoso, tan grande y, sin comparación posible, el primero de todos. Su celebridad no proviene de ninguna novedad audaz, sino más bien de la excelencia de su conformismo, adornado con la dulzura virgiliana de sus versos. Si les canta a los héroes de su patria, Nelson, Wellington, no es para obedecer a ningún pedido, sino al impulso espontáneo de su alma; se diría que nació poeta laureado. Profesa por la reina una admiración matizada de respeto y ternura; él le escribe, ella le responde: ella es la nación, él es el ornamento de la nación. Se lo colma de honores oficiales; cuando muere, “la reina llora con profundo dolor a su noble poeta laureado”; el pueblo acude en masa a su funeral y desfila ante su tumba, en Westminster. Ningún poeta, escribió Wyzeva, podría esperar un destino semejante, jamás.

Tal destino no lo tuvo Elizabeth Barrett, su contemporánea; pero no sé si no obtuvo de los dioses un favor más precioso. Las imaginaciones de los adolescentes, que creen que la vida de los poetas es completamente romántica y completamente hermosa, un sueño de un día de primavera, quedan en su caso superadas. Yacía en su chaise longue, en su cama; tan enfermiza y frágil que no podía salir, que se escondía del viento, del aire, del sol; ya ni siquiera veía la luz del día. No es que se hubiera rendido por completo; tenía la mente lúcida y el alma ardiente; escribía versos. Pero todos los días creía que iba a morir. Entonces, un poeta, Robert Browning, al regresar de un viaje y hojear los libros que lo esperaban en su casa, encuentra su nombre en una recopilación que le ha enviado Elizabeth Barrett. Él le escribe para darle las gracias; ella le responde; él la visita; se enamoran. Se casan en secreto; y luego Robert Browning rapta a Elizabeth Barrett.

Todo el mundo conoce esta novela, que incluso se ha popularizado gracias al cine: la tiranía de un padre demasiado obstinado; la primera salida de la joven y su éxtasis al volver a ver los árboles y el cielo; la boda furtiva; la partida hacia Italia. Pero pensemos en este otro milagro: la vida perdonó a Elizabeth esa provocación; esa felicidad no se destruyó apenas se saboreó; ni la enfermedad, ni la maternidad, ni la convivencia cotidiana, ni los celos profesionales, ni las rivalidades de la vanidad, ni la gloria lograron disminuir ese gran amor. Se siente un temor retrospectivo al leer las admirables elevaciones que ella dio en 1847 bajo el título de Sonetos portugueses: ¿es posible que semejante bienaventuranza sea duradera? Imprudente es la mujer que se atreve a despertar así los poderes celosos que les prohíben a los mortales ser felices. Ella expresa la sorpresa que sintió cuando un ser misterioso apareció en su vida como un conquistador: creía que era la muerte, y era el amor. Expresa su dicha, su gratitud: su corazón, cargado de pena, se aligeró; yacía en el lecho del dolor, se levantó: ¿cómo podría darle las gracias a quien la ha transfigurado con la felicidad? Débiles serían sus ofrendas —sus versos, su vida, su alma— si no pudiera ofrecerle la llama que él mismo encendió. Ahora están unidos, él y ella; ni el océano ni las montañas lograrían separarlos: “nuestras manos sabrían como encontrarse en el infinito”...

Así, ella pudo elevarse hasta lo sublime, sin que nada obstaculizara su vuelo; sus días carecieron de nubes y sus años de invierno; conservó el privilegio de un amor que nada alteró y que siguió siendo lo que había sido el primer día, tan confiado, tan intenso y tan puro.

En cuanto a él, si alguna vez ese gran aficionado a las almas se sorprendía al discernir en Elizabeth un corazón tan profundamente abnegado y un espíritu tan libre y tan diferente al suyo; si se irritaba al verla preguntarles a las sombras lo que los vivos no pueden saber; si sentía que su propio carácter era más brusco y menos tierno; si a veces pensaba en la muerte, que no llama al mismo tiempo a los que se aman, se tranquilizaba rápidamente, porque llevaba en sí mismo una convicción capaz de apaciguar todas las inquietudes y calmar todas las penas. No dudaba ni por un instante de que la vida que llevamos en esta tierra no es más que un ensayo; las almas acceden a una vida superior que completa su sueño. Todo lo que, por improbable que fuera, le faltara para alcanzar la perfección de su felicidad, lo obtendría en ese segundo nacimiento. Y en base a eso ya no temía nada, ni siquiera a la muerte. “Siempre he sido un luchador. ¡Una lucha más, la mejor y la última! Odiaría una muerte que me vendara los ojos, que me tratara con contemplaciones, que me pidiera que pasara arrastrándome. No, yo quiero saborearla por entero, comportarme como mis pares, los héroes de antaño, soportar el golpe y, en un minuto, pagar las deudas atrasadas que mi vida feliz tiene en dolor, tinieblas y frío. Porque, de repente, lo peor se convierte en lo mejor para el valiente; el minuto negro ha terminado, y la furia de los elementos, las voces delirantes de los demonios va a debilitarse, a fundirse, a cambiar, primero se transformarán en paz sin sufrimiento, luego en luz, luego  en tu seno, oh alma de mi alma. ¡Te abrazaré de nuevo! El resto queda en manos de Dios”.

Baudelaire no conocía la felicidad; no conocía nada que no tuviera alguna mancha de confusión y de impureza. Entre su vida y la de esos señores de las letras no había ninguna medida en común, ningún punto de comparación. Era pobre y no siempre conseguía colocar sus escritos; el dinero que había tenido en otro tiempo lo había gastado tan rápidamente que le parecía no haberlo tenido nunca. Estaba enfermo y se sentía derrotado. El amor no era para él más que una búsqueda ansiosa, siempre frustrada; su compañera habitual era Jeanne Duval, la mulata que había conocido por casualidad, la mujer perdida. Un poeta maldito: era un poeta maldito, nada más. Los castillos y los parques, los palacios a orillas del Arno, las cabalgatas por las suaves colinas toscanas, los honores, la gloria: ¡qué ironía! Sus nervios exasperados lo convertían todo en sufrimiento, incluso la alegría de escribir. Ignoraba las efusiones del corazón, los impulsos y esos momentos magníficos en los que el poeta solo tiene que dejar que su pluma sea guiada por su demonio interior. Por el contrario, se esforzaba, corregía, retocaba, para conseguir darles a sus versos la calidad única que Théophile Gautier reconocía en ellos: punzantes como las nieblas de Inglaterra y sólidos como el mármol. La facilidad verbosa de Aurora Leigh, que apareció el mismo año que Las flores del mal, en 1857, la oscuridad en la que se complacía Robert Browning, semidiós fulgurante entre las nubes, le habrían parecido crímenes contra el arte y contra el espíritu. Su pueblo, amigo del sentido común y la razón, no lo entendía; los tribunales franceses lo habían condenado. Cuando se marchó a Bélgica para reunir lo necesario para ganarse la vida, no hizo más que sentir más cruelmente su miseria; y ya no figuraba entre los vivos. ¿Cómo podría, al fin y al cabo, refugiarse en la fe? ¿Era cristiano? Para serlo, no basta con el sentimiento del pecado —pesada carga—, las aspiraciones, las nostalgias, el deseo de lo infinito. También es preciso adoptar una regla de vida, una moral; abandonar el mundo de la carne. Para encontrar el puerto tranquilo donde ya no llegan los vientos malignos, también es preciso, en primer lugar, quererlo y después merecerlo.

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937

(continuará)

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán


LES POÈTES HEUREUX

DE la force, du prestige; la grande flotte, et ces vaisseaux marchands qui sillonnent toutes les mers; la Banque; la Constitution; une puissance industrielle et commerciale solidement établie; de la richesse, du luxe paisible, de l’ordre, de la dignité, de la moralité, de la décence, de la religion; la certitude que le juste ciel sait discerner les mérites d’une nation et récompenser ses vertus; un contentement de soi qui reste discret, mais inébranlable: c’est l’Angleterre de la très sage et très glorieuse reine Victoria.

Il ne s’agissait plus, pour les gens de lettres, d’être débridés, incroyants, anarchiques: ils s’étaient mis à la raison. Le grand poète était Tennyson: fut-il jamais plus heureuse vie? Évoquons-le dans son décor de l’île de Wight: au fond, un château qui domine la mer; des bois; un grand parc, des chevaux, des lévriers; au premier plan, le poète qui se promène sur la grève, en demandant aux flots paisibles de lui dire le secret de leurs harmonies. En lui, tout est noblesse et sérénité. Il domine la nature, qui n’est ni la force immense qui échappe à nos prises et reste indifférente à nos malheurs, ni l’être universel dans lequel l’individu veut se dissoudre. L’amour, qui fait quelquefois souffrir, n’a pourtant pas le droit de devenir la passion sauvage qui se rebelle aux lois de la société. Enoch Arden, revenant au logis après une absence si longue qu’on l’a cru mort, et retrouvant sa femme Annie mariée à son ancien rival, comprendra ce qu’il convient de faire: accepter, se taire, disparaître; après sa mort seulement, Annie saura qu’il l’a toujours aimée. Ainsi tous les thèmes lyriques se traitent en beauté, en grandeur. L’histoire, à la bien comprendre, est le symbole de la lutte entre le vice et la vertu, la vertu finissant toujours par l’emporter. La mort n’a rien d’affreux: le juste s’endort en paix dans les bras du Seigneur.

Il était beau et grave, il était digne et pieux. Mais le plus admirable dans son cas est son accord parfait, son accord idéal, avec son temps, son milieu, son pays: son noble pays, si beau, si grand, et sans comparaison possible le premier de tous. Sa célébrité ne vient pas de quelque nouveauté audacieuse, mais bien plutôt de l’excellence de son conformisme, paré de la douceur virgilienne de ses vers. S’il chante les héros de sa patrie, Nelson, Wellington, ce n’est pas pour obéir à quelque commande, mais à l’élan spontané de son âme; on dirait qu’il est né poète lauréat. Il professe pour la reine une admiration nuancée de respect et de tendresse; il lui écrit, elle lui répond: elle est la nation, il est la parure de la nation. On le charge d’honneurs officiels; quand il meurt, «la reine pleure avec une profonde douleur son noble poète lauréat»; le peuple se presse à son service funèbre, et défile devant sa tombe, à Westminster. Aucun poète, a écrit Wyzeva, ne saurait espérer pareille fortune, jamais.

Pareille fortune, Elizabeth Barrett, sa contemporaine, ne l’a pas eue; mais je ne sais si elle n’a pas obtenu des dieux une plus précieuse faveur. Les imaginations des adolescents, qui croient que la vie des poètes est toute romanesque et toute belle, songe d’un jour de printemps, sont ici dépassées. Elle gisait sur sa chaise longue, sur son lit; si maladive et si frêle, qu’elle ne pouvait sortir, qu’elle se dérobait au vent, à l’air, au soleil; elle ne voyait même plus la lumière du jour. Ce n’est pas qu’elle s’abandonnât tout à fait; elle avait l’esprit lucide et l’âme ardente; elle écrivait des vers. Mais tous les jours elle croyait mourir. Or, un poète, Robert Browning, rentrant de voyage et feuilletant les livres qui l’attendaient au logis, trouve son nom dans un recueil que lui a envoyé Elizabeth Barrett. Il lui écrit pour la remercier; elle lui répond: il lui rend visite; ils s’aiment. Secrètement ils se marient; et puis Robert Browning enlève Elizabeth Barrett.

Ce roman-là, tout le monde le connaît et le cinéma même l’a rendu populaire: la tyrannie d’un père trop obstiné; la première sortie de la jeune fille, et son ravissement de revoir les arbres et le ciel; le mariage furtif; le départ pour l’Italie. Mais songez à cet autre miracle: la vie a pardonné à Elizabeth cette provocation; ce bonheur n’a pas été détruit à peine goûté; ni la maladie, ni la maternité, ni le contact quotidien, ni les jalousies de métier, ni les concurrences de vanité, ni la gloire, n’ont réussi à amoindrir ce grand amour. On éprouve une crainte rétrospective, en lisant les admirables élévations qu’elle donna en 1847 sous le titre de Sonnets du Portugais: est-il possible qu’une telle béatitude soit durable? Imprudente, la femme qui ose réveiller ainsi les puissances jalouses qui défendent aux mortels d’être heureux. Elle exprime la surprise qu’elle éprouva, lorsqu’un être mystérieux apparut dans son existence en conquérant: elle croyait que c’était la mort, et c’était l'amour. Elle dit sa joie, sa reconnaissance: son cœur, lourd de chagrin, s’est allégé; elle gisait, elle s’est relevée: comment pourrait-elle rendre grâces à celui qui l’a transfigurée par le bonheur? Faibles seraient ses dons, —ses vers, sa vie, son âme, —si elle ne pouvait lui offrir la flamme qu’il a lui-même allumée. Maintenant ils sont unis, lui et elle; ni l’océan, ni les montagnes ne réussiraient à les séparer: «nos mains dans l’infini sauraient se rencontrer»…

Or, elle put s’élever ainsi jusqu’au sublime, sans que son vol fût entravé; ses jours furent sans nuages, et ses années sans hiver; elle garda le privilège d’un amour que rien ne vint altérer, et qui resta ce qu’il avait été au premier jour, aussi confiant, aussi intense, et aussi pur.

Pour lui, s’il arrivait que ce grand amateur d’âmes s’étonnât quelquefois de distinguer chez Elizabeth un cœur si profondément dévoué, et un esprit si libre et si différent du sien; s'il s’irritait de la voir demander aux ombres ce que les vivants ne peuvent savoir; s’il se sentait de caractère plus brusque et moins attendri; s’il songeait quelquefois à la mort, qui n’appelle pas au même moment ceux qui s’aiment, il se rassurait vite; car il portait en lui une conviction capable d’apaiser toutes les inquiétudes et de calmer tous les chagrins. La vie que nous menons sur cette terre, il n’en doutait pas un seul instant, n’est qu’un essai; les âmes accèdent à une vie supérieure qui complète leur rêve. Tout ce qui, par impossible, manquerait à la perfection de son bonheur, il l’obtiendrait lors de cette seconde naissance. Et dès lors il ne craignait plus rien, pas même la mort. «J’ai toujours été un lutteur. Une lutte de plus, la meilleure et la dernière! Je haïrais une mort qui me banderait les yeux, qui m’épargnerait, qui me demanderait de passer en rampant. Non, je veux la goûter tout entière, me comporter comme mes pairs, les héros de jadis, supporter le choc, et en une minute payer ce que doit ma vie heureuse en arrérages de douleur, de ténèbres et de froid. Car tout d’un coup, le pire devient le meilleur pour le brave; la minute noire est terminée, et la rage des éléments, les voix délirantes des démons vont s’affaiblir, se fondre, changer, devenir d’abord la paix exempte de souffrance, puis une lumière, puis ton sein, ô âme de mon âme. Je t’étreindrai de nouveau! Le reste, à la garde de Dieu.»

Le bonheur, Baudelaire ne le connaissait pas; il ne connaissait rien qui ne fût entaché de trouble et d’impureté. Entre sa vie, et celle de ces seigneurs des lettres, il n’y avait aucune mesure, aucun point de comparaison. Il était pauvre, et ne parvenait pas toujours à placer sa copie; l’argent qu’il avait eu jadis, il l’avait gaspillé si vite qu’il lui semblait n’en avoir jamais eu. Il était malade et déchu. L’amour n’était pour lui qu’une recherche anxieuse, toujours trompée; sa compagne familière était Jeanne Duval, la mulâtresse rencontrée d’aventure, la femme perdue. Un poète maudit: il était un poète maudit, rien d’autre. Les châteaux et les parcs, les palais aux bords de l’Arno, les chevauchées au milieu des douces collines toscanes, les honneurs, la gloire: quelle ironie! Ses nerfs exaspérés transformaient tout en souffrance, même la joie d’écrire. Il ignorait les effusions du cœur, les élans, et ces moments magnifiques où le poète n’a plus qu’à laisser conduire sa plume par son démon intérieur. Au contraire, il peinait, corrigeait, retouchait, pour arriver à donner à ses vers la qualité unique que Théophile Gautier reconnaissait en eux: pénétrants comme les brouillards d’Angleterre et solides comme du marbre. La facilité verbeuse d’Aurora Leigh, qui paraît la même année que les Fleurs du mal, en 1857; l’obscurité où se complaisait Robert Browning, demi-dieu fulgurant parmi les nuages, lui auraient paru des crimes contre l’art et contre l’esprit. Son peuple, ami du bon sens et de la raison, ne le comprenait pas; les tribunaux français l’avaient condamné. Lorsqu’il était parti pour la Belgique, afin d’y récolter de quoi vivre, il n’avait fait que sentir plus cruellement sa misère; et déjà il n'était plus au nombre des vivants. Comment eût-il pu, enfin, se réfugier dans la croyance? Etait-il chrétien? Pour l’être, il ne suffit pas du sentiment du péché, lourd fardeau; des aspirations, des nostalgies; du désir de l’infini. Encore faut-il qu’on adopte une règle de vie, une morale; qu’on abandonne le monde de la chair. Encore faut-il, pour trouver le port paisible où n’arrivent plus les vents mauvais, le vouloir d’abord; et ensuite, le mériter.




sábado, 22 de noviembre de 2025

Anna de Noailles: Si tú hablaras, Señor...

SI VOUS PARLIEZ, SEIGNEUR...

 

Si vous parliez, Seigneur, je vous entendrais bien,

Car toute humaine voix pour mon âme s’est tue,

Je reste seule auprès de ma force abattue,

J’ai quitté tout appui, j’ai rompu tout lien.

 

Mon cœur méditatif et qui boit la lumière

Vous aurait absorbé, si, transgressant les lois,

Comme le vent des nuits qui pénètre les pierres

Votre verbe enflammé fût descendu sur moi !

 

Nul ne vous souhaitait avec tant d’indigence :

Je vous aurais fêté au son du tympanon

Si j’avais, dans mon triste et studieux silence,

Entendu votre voix et connu votre nom.

 

Mais jamais rien à moi ne vous a révélé,

Seigneur ! ni le ciel lourd comme une eau suspendue,

Ni l’exaltation de l’été sur les blés,

Ni le temple ionien sur la montagne ardue ;

 

Ni les cloches qui sont un encens cadencé,

Ni le courage humain, toujours sans récompense,

Ni les morts, dont l’hostile et pénétrant silence

Semble un renoncement invincible et lassé ;

 

Ni ces nuits où l’esprit retient comme une preuve

Son aspiration au bien universel ;

Ni la lune qui rêve, et voit passer le fleuve

Des baisers fugitifs sous les cieux éternels.

 

Hélas ! ni les matins de ma brûlante enfance,

Où, dans les prés gonflés d’un nuage d’odeur,

Je sentais, tant l’extase en moi jetait sa lance,

Un ange dans les cieux qui m’arrachait le cœur !

 

Pourtant, ayez pitié ! Que votre main penchante

Vienne guider mon sort douloureux et terni ;

J’aspire à vous, Splendeur, Raison éblouissante !

Mais je ne vous vois pas, ô mon Dieu ! et je chante

À cause du vide infini !

ANNA DE NOAILLES 

SI TU HABLARAS, SEÑOR...

 

Si tú hablaras, Señor, yo bien podría oírte,

pues toda voz humana para mi alma ha callado,

Me encuentro sola junto a mi fuerza abatida,

Todo apoyo dejé, todo lazo rompí.

 

Mi corazón que bebe la luz, meditabundo,

Te habría absorbido si, transgrediendo las leyes,

Como el viento nocturno que las piedras horada

Tu ígneo verbo en mí hubiera descendido.

 

Nadie te deseó con indigencia tanta:

al son del tamboril te habría celebrado

Si en mi silencio triste y estudioso yo hubiera

conocido tu nombre y  escuchado tu voz.

 

Pero nada, Señor, me reveló tu ser,

Jamás: ni el cielo plúmbeo como agua amenazante,

Ni el ardor estival en los campos de trigo,

Ni el templo jónico en lo alto de la ardua montaña;

 

Ni el cadencioso incienso que son las campanadas

Ni el humano coraje, siempre sin recompensa,

Ni los muertos, de hostil y profundo silencio,

Que parece invencible y cansada renuncia;

 

Ni esas noches en que, en su aspiración al bien

Universal, encuentra una prueba el espíritu:

Ni la luna que sueña, y ve pasar el río

De los besos fugaces  bajo el eterno cielo.

 

Ni las mañanas, ¡ay!, de de mi niñez ardiente,

 Cuando, en prados henchidos de una nube de aroma,

Sentía (¡tanto el éxtasis en mí su lanza hundía!)

Un ángel en los cielos que me rasgaba el pecho.

 

Aun así, ¡apiádate! Que tu mano se tienda

Para guiar mi suerte dolorosa y oscura;

¡A Ti aspiro, Esplendor, deslumbrante Razón!

¡Pero no puedo verte, oh Dios mío, y es por este

Infinito vacío que yo canto!

 

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán



jueves, 20 de noviembre de 2025

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Primera parte

LA SOLEDAD DE BAUDELAIRE 

LOS POETAS EN LA BATALLA

“Somos los poetas, decían con su voz grandilocuente; somos los conductores de los pueblos. Nuestros pueblos están dormidos, lograremos despertarlos: recuperarán la conciencia de su fuerza, correrán a las armas y expulsarán a sus tiranos: nos corresponde a nosotros guiarlos hacia la nueva cruzada, la cruzada de la libertad”.

Así, en todos los países de Europa que se preparaban para las grandes resurrecciones, no había más que gritos de alerta, exhortaciones, reproches, palabras de aliento, sátiras, cantos guerreros. En 1848, al enterarse de la Revolución, Petöfi se apresura a ir a Budapest, se pone al frente del movimiento nacional y, ante la multitud reunida, entona su canto heroico: ¡La patria os llama, oh húngaros! ¡De pie! ¡Ahora o nunca! Ser esclavos o libres, esa es la cuestión: ¡elegid! — ¡Por el nombre del Dios de los húngaros,  juramos que no seremos más esclavos! Al año siguiente, muere luchando. Para recopilar los himnos populares que los poetas italianos componían por aquella época, se necesitarían volúmenes enteros. Ardientes, exasperados, despreocupados por los refinamientos de la forma y pensando solo en la acción, improvisaban versos que se repetían de boca en boca, se recitaban, se cantaban en las calles, en los teatros, incluso en las iglesias: y también en los campos de batalla. ¡Uníos, hermanos italianos! El tiempo de las humillaciones ha pasado: ¡demostrad a los extranjeros, a esos bárbaros, que vuestro país no es la tierra de los muertos y que no se puede insultar u oprimir impunemente! ¡A las armas! Mientras un rincón de vuestra tierra siga esclavizado, mientras Italia no sea una, desde los Alpes hasta el mar, vuestra tarea no habrá terminado. Luchad, el triunfo está cerca: Italia recuperará su glorioso lugar entre las naciones... Esto es lo que decían todos: Alessandro Poerio, Goffredo Mameli, que ese mismo año 1849 murieron por la unidad de su patria; Giuseppe Giusti y sus sucesores, Aleardo Aleardi, Giovanni Prati; y tantos otros: tantos poetas como héroes que fueron necesarios para que al final resonara en el Capitolio conquistado el himno triunfal de Roma.

Miguel, ¿por qué lloras, lloras tanto? —Porque estoy cargado de mil ataduras y dividido entre treinta y seis Estados. —Por eso lloro, lloro tanto. Las cosas no podían seguir así, y Miguel acabaría liberándose de su mordaza. —¡Qué vida! —¡Qué luchas por la verdad y por el derecho en las mesas de la cervecería! No, nuestras costumbres actuales —no son realmente malas —en las mesas de la cervecería. Era otra cosa que no podía seguir así; esa elocuencia vana, esas diatribas alrededor de las jarras de cerveza, esos discursos que se olvidaban nada más salir de los bancos de la cervecería, eran ridículos: si los germanos querían realmente ganarse su libertad con su unidad, era importante actuar. En cuanto a arrastrar su tedio, contarle a todo el mundo sus penas de amor, gemir por sus amores desdichados, llorar en los bosques o a orillas de los lagos, maldecir la vida, aspirar a la nada, —solo los rezagados podían llenar sus versos con esos sentimientos débiles y cobardes. Los poetas animados por el nuevo espíritu debían cantarle a Alemania, como había hecho Hoffmann von Fallersleben en 1841:

Deutschland, Deutschland über alles,

Über alles in der Welt...

Georg Herwegh, amigo del pueblo y enemigo de los reyes, reprochaba a Freiligrath que empleara su talento en imitar a Byron, un romántico pasado de moda, y a Victor Hugo y su orientalismo de pacotilla. Y Freiligrath, una vez convertido, se volvió a su vez el poeta del liberalismo y la revolución. ¡Adiós, Hamlet! Ha permanecido sentado demasiado tiempo, —acostado demasiado tiempo, y ha leído demasiado en su cama. —la sangre se le ha coagulado,— y ahora le falta el aliento y está demasiado gordo. —Ha urdido demasiadas tramas eruditas. Su acción más hermosa es precisamente la de pensar. Se ha desgastado en Wittenberg, en los bancos de las aulas y en las tabernas... A ese Hamlet jadeante le faltaba coraje; se entregaba a innumerables monólogos, ponía su ira en versos, fingía locura: adiós, Hamlet.

No siempre estaban de acuerdo en los medios, unos defendían la monarquía y otros de república, pero todos defendían la patria. Salían de sus salas de estudio, de sus bibliotecas, de sus universidades; abandonaban sus hogares y se lanzaban a la batalla. Los encarcelaban, los exiliaban; lejos de callar, proseguían con su canto, más áspero y más fuerte. Si vivían hasta llegar a viejos, pese a tantas adversidades, eran recompensados con la alegría más hermosa, la de ver cómo sus ideas se imponían a la vida. Los desterrados regresaban, los perseguidos se convertían en vencedores: veían Sadowa, la Prusia triunfante, la confederación de Alemania del Norte; veían Versalles y el Imperio Germánico. Veían el reino constitucional de Cerdeña, firme esperanza; los Estados dispares que, uno tras otro, se unían a él; y la unidad italiana.

Mientras tanto, Baudelaire, pálido jardinero confinado en la humedad de sus invernaderos, cultivaba sus extrañas flores. No creía que la poesía consistiera en gritar, en vociferar, en adornar con rimas aproximadas versos compuestos a docenas, tan burdos que más tarde, una vez pasado el momento de exaltación, sorprendía que se los hubiera tomado por versos. Detestaba al pueblo, esa zoocracia; negaba el progreso, ese engaño, esa mentira para imbéciles: el verdadero progreso, el único progreso, habría consistido en abolir en nosotros el sentido del pecado, lo cual era imposible para los hijos de los hombres. Imaginar que serían más felices porque cambiarían de escarapela, blanca, roja o tricolor, era un puro absurdo; un error sobre la naturaleza de su ser y sobre su destino. Es cierto que se subió a las barricadas en 1848 y que publicó un periódico democrático para decirle a la multitud que no había nada más hermoso que la república y la libertad. Pero su aberración no duró mucho más que el propio periódico, que dejó de publicarse tras su segundo número. Ahora, sin preocuparse por los problemas secundarios que se derivaban del único problema esencial, era este último el que consideraba, si no para resolverlo, al menos para aclarar sus términos. Quería identificar, analizar, hacer visible a todos los ojos el mal que hay en nuestra conciencia, en nuestra naturaleza, en las profundidades secretas de nuestra alma, indisolublemente mezclado con el bien. ¡Si al menos odiáramos firmemente esa perversidad primigenia! Pero la amamos; nos deleitamos con ella; odiamos y adoramos al mismo tiempo el artificio, la fealdad, incluso el crimen. Esta condición espantosa, esta duplicidad del hombre, que parece aumentar a medida que la vida moderna nos exaspera más los nervios, nos hace arder más la sangre, la razón no puede explicarla; y así como se distrae a los niños de su dolor mostrándoles juguetes, ella distrae nuestra atención con espejismos: la política, el progreso, la felicidad social —juguetes de niños. Pero, por su parte, Baudelaire no quería separarse del único tema que le importaba; y dejándoles a los demás lo que él consideraba meras actividades superficiales, pidiéndole a la poesía las revelaciones, las iluminaciones que las facultades intelectuales son incapaces de darnos, descendía a los abismos interiores donde nadie, ni siquiera Dante, le había precedido.

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Traducción para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

(continuará)

SOLITUDE DE BAUDELAIRE

LES POÈTES DANS LA MÊLÉE

«Nous sommes les poètes, disaient-ils de leur voix grandiloquente; nous sommes les conducteurs des peuples. Nos peuples qui dorment, nous finirons bien par les réveiller: ils reprendront conscience de leur force, ils courront aux armes et chasseront leurs tyrans: à nous de les mener à la nouvelle croisade, la croisade de la liberté.»

Ainsi, dans tous les pays d’Europe qui s’apprêtaient aux grandes résurrections, ce n’étaient que cris d’appel, exhortations, reproches, encouragements, satires, chants guerriers. En 1848, à la nouvelle de la Révolution, Petöfi gagne en hâte Budapest, prend la tête du mouvement national, et devant la foule assemblée lance son chant héroïque: La patrie appelle, ô Hongrois! Debout! À présent ou jamais! Être esclave ou bien libre; voilà la question: choisis! — Par le nom du Dieu des Hongrois, nous jurons que nous ne serons plus esclaves! L’année suivante, il meurt en combattant. Pour recueillir les hymnes populaires que les poètes d’Italie composaient vers le même temps, il faudrait des volumes entiers. Ardents, exaspérés, insoucieux des raffinements de la forme et ne songeant qu’à l’action, ils improvisaient des vers qu’on répétait de bouche en bouche, qu’on déclamait, qu’on chantait dans les rues, dans les théâtres, jusque dans les églises: et sur les champs de bataille, aussi. Unissez-vous, frères italiens! Le temps des humiliations est passé: montrez aux étrangers, ces barbares, que votre pays n’est pas la terre des morts, et qu’on ne peut impunément l’insulter ou l’opprimer! Aux armes! Aussi longtemps qu’un coin de votre sol demeurera esclave, aussi longtemps que l’Italie ne sera pas une, des Alpes à la mer, votre tâche ne sera pas finie. Luttez, le triomphe est proche: l’Italie va reprendre sa place glorieuse au milieu des nations... Voilà ce qu’ils disaient tous: Alessandro Poerio, Goffredo Mameli, qui, cette même année 1849, moururent pour l’unité de leur patrie ; Giuseppe Giusti; et leurs successeurs, Aleardo Aleardi, Giovanni Prati; et tant d’autres: autant de poètes, autant de héros qu’il en fallut pour que retentît à la fin, sur le Capitole conquis, l’hymne triomphal de Rome.

Michel, pourquoi pleures-tu, —pleures-tu si fort? — Parce que je suis chargé de mille liens —et partagé entre trente-six États. —C’est pour cela que je pleure — que je pleure si fort. Les choses ne pouvaient plus durer ainsi, et Michel finirait bien par se débarrasser de sa muselière. —Quelle vie! quelles luttes —pour la vérité et pour le droit —sur les bancs de la brasserie! — Non, nos mœurs actuelles —ne sont vraiment pas mauvaises —sur les bancs de la brasserie. C’était encore une chose qui ne pouvait plus durer; cette éloquence vaine, ces diatribes autour des pots de bière, ces discours qu’on rentrait dès qu’on avait quitté les bancs de la brasserie, étaient ridicules: si les Germains voulaient mériter vraiment leur liberté avec leur unité, il importait d’agir. Traîner son ennui, raconter à tout venant ses peines de cœur, gémir sur ses amours malheureuses, pleurer dans les forêts ou sur le bord des lacs, maudire la vie, aspirer au néant, —seuls des attardés pouvaient remplir leurs vers de ces sentiments faibles et lâches. Les poètes animés de l’esprit nouveau devaient chanter l’Allemagne, comme avait fait, dès 1841, Hoffmann von Fallersleben:

Deutschland, Deutschland über alles,

Über alles in der Welt…

Georg Herwegh, ami du peuple, ennemi des rois, reprochait à Freiligrath d’employer son talent à imiter Byron, romantique démodé; à imiter Victor Hugo et son orientalisme de pacotille. Et Freiligrath, converti, se faisait à son tour le poète du libéralisme et de la révolution. Adieu, Hamlet! Il est resté trop longtemps assis —trop longtemps couché, et il a trop lu dans son lit —Son sang s’est figé —et le voilà court d’haleine et trop gras —Il a tissé trop de trames savantes —Sa plus belle action, c’est précisément de penser. —Il s’est usé, à Wittenberg —sur les bancs des salles de cours et des tavernes… Cet Hamlet poussif manquait de cœur; il se livrait à d’innombrables monologues, mettait son courroux en vers, feignait la folie: adieu, Hamlet.

Ils n’étaient pas toujours d’accord sur les moyens, les uns tenant pour la monarchie, et les autres pour la République: mais tous tenaient pour la patrie. Ils sortaient de leurs salles d’études, de leurs bibliothèques, de leurs universités; ils abandonnaient leur foyer, et se jetaient dans la mêlée. On les mettait en prison, on les exilait: loin de se taire, ils reprenaient leur chant, plus âpre et plus fort. S’ils vivaient assez vieux malgré tant de traverses, ils étaient récompensés par la plus belle joie, celle de voir leurs idées s’imposer à la vie. Les bannis rentraient, les persécutés devenaient les vainqueurs: c’était Sadowa, la Prusse triomphante, la confédération de l’Allemagne du Nord; c’était Versailles, et l’Empire germanique. C’était le royaume constitutionnel de Sardaigne, ferme espoir; les États disparates qui, l’un après l’autre, s’agrégeaient à lui; et l’unité italienne.

Cependant Baudelaire, pâle jardinier confiné dans la moiteur de ses serres, cultivait ses fleurs étranges. Il ne croyait pas que la poésie consistât à crier, à hurler, à orner de rimes par à peu près des vers composés à la douzaine, et si grossiers qu’on s'étonnerait plus tard, le moment des exaltations une fois passé, qu’on eût pu les prendre pour des vers. Il détestait le peuple, cette zoocratie; il niait le progrès, cette tromperie, ce mensonge pour imbéciles: le vrai progrès, le seul progrès, eût été d’abolir en nous le sens du péché, ce qui était impossible aux enfants des hommes. S’imaginer qu’ils deviendraient plus heureux parce qu’ils changeraient de cocarde, blanche, rouge, ou tricolore, pure absurdité; erreur sur la nature de leur être et sur leur destin. Il est vrai qu’il était monté sur les barricades, en 1848; et qu’il avait publié un journal démocratique, pour dire à la foule qu’il n’y avait rien de plus beau que la république et la liberté. Mais son aberration n’avait pas duré beaucoup plus longtemps que ce journal lui même, lequel avait cessé de paraître après son deuxième numéro. Maintenant, sans s’inquiéter des problèmes seconds qui dérivaient du seul problème essentiel, c’est celui-là qu’il considérait, sinon pour le résoudre, du moins pour en éclaircir les termes. Il voulait cerner, analyser, rendre visible à tous les regards le mal qui est dans notre conscience, dans notre nature, dans les profondeurs secrètes de notre âme, indissolublement mêlé avec le bien. Si encore nous détestions fermement cette perversité première! Mais nous l’aimons; nous nous délectons d’elle; l’artifice, la laideur, le crime même, nous les haïssons et nous les chérissons. Cette condition effroyable, cette duplicité de l’homme, qui semble s’accroître à mesure que la vie moderne exaspère davantage nos nerfs, brûle davantage notre sang, la raison ne peut pas l’expliquer; et comme on détourne les enfants de leur douleur en leur montrant des jouets, elle divertit notre attention par des mirages, la politique, le progrès, le bonheur social, jouets d’enfants. Mais pour son compte, Baudelaire ne voulait pas se détacher du seul sujet qui importât; et laissant les autres à ce qu’il estimait n’être que des activités de surface, demandant à la poésie les révélations, les illuminations que les facultés intellectuelles sont impuissantes à nous donner, il descendait vers les abîmes intérieurs où personne, pas même Dante, ne l’avait précédé.




viernes, 31 de octubre de 2025

Paul Verlaine y Emilio Carrere: Mi sueño familiar

MON RÊVE FAMILIER

 

Je fais souvent ce rêve étrange et pénétrant

D’une femme inconnue, et que j’aime, et qui m’aime,

Et qui n’est, chaque fois, ni tout à fait la même

Ni tout à fait une autre, et m’aime et me comprend.

 

Car elle me comprend, et mon cœur transparent

Pour elle seule, hélas! cesse d’être un problème

Pour elle seule, et les moiteurs de mon front blême,

Elle seule les sait rafraîchir, en pleurant.

 

Est-elle brune, blonde ou rousse? Je l’ignore.

Son nom? Je me souviens qu’il est doux et sonore,

Comme ceux des aimés que la vie exila.

 

Son regard est pareil au regard des statues,

Et, pour sa voix, lointaine, et calme, et grave, elle a

L’inflexion des voix chères qui se sont tues.

 

PAUL VERLAINE

MI SUEÑO FAMILIAR

 

Tengo a menudo el sueño raro y emocionante

de una maravillosa mujer desconocida

que no es siempre la misma ni es otra en cada instante

y me ama y se penetra del dolor de mi vida.

 

Porque ella me comprende y mi alma transparente

para ella sólo no es un problema insondable

y la fiebre tenaz de mi pálida frente

ella sabe calmarla con su llanto inefable.

 

¿Es morena o es rubia o es roja? Yo lo ignoro.

¿Su nombre? Sólo sé que es tan dulce y sonoro

como el de las amantes del mundo desterradas.

 

Sus pupilas de estatua miran sin expresión

y su voz dulce y grave recuerda la inflexión

de las voces queridas ya por siempre calladas.

Versión de EMILIO CARRERE


miércoles, 15 de octubre de 2025

Henri Michaux y Guillermo de Torre: Tres poemas

SOUS LE PHARE OBSÉDANT DE LA PEUR

 

Ce n’est encore qu’un petit halo, personne ne le voit, mais lui, il sait que de là viendra l’incendie, un incendie immense va venir, et lui, en plein cour de ça, il faudra qu’il se débrouille, qu’il continue à vivre comme auparavant (Comment ça va-t-il ? Ça va et vous-même ?), ravagé par le feu consciencieux et dévorateur.

Il est devant lui un tigre immobile.
Il n’est pas pressé.
Il a tout son temps.
Il a ici son affaire.
Il est inébranlable.

…et la peur n’excepte personne.

Quand un poisson des grandes profondeurs,

devenu fou, nage anxieusement vers les poissons de sa famille à six cents mètres de fond, les heurte, les réveille, les aborde l’un après l’autre :

«Tu n’entends pas de l’eau qui coule, toi ? »

«Et ici on n’entend rien ? »

«Vous n’entendez pas quelque chose qui fait « tche », non, plus doux : tchii, tchii ? »

«Faites attention, ne remuez pas, on va l’entendre de nouveau. »

Oh
Peur,
Maître atroce !

Le loup a peur du violon.
L’éléphant a peur des souris, des porcs, des pétards.
Et l’agouti tremble en dormant.

 

 

BAJO EL FARO DEL MIEDO

 

Todavía no es más que un halo impreciso, nadie lo ve, pero yo sé que de ahí brotará el incendio, que va a surgir un incendio inmenso. Y yo, que lo veo con lucidez, deberé escapar como pueda, continuar viviendo como antes. (¿Cómo sigue usted? Vamos tirando ¿y usted?) estragado por el fuego concienzudo y devorador.

Ante mí está un tigre inmóvil.

No tiene prisa.

Le sobra tiempo.

Tiene aquí tarea.

 

Es inexorable.

Cuando un pez de las profundidades abisales,

que se ha vuelto loco, nada ansiosamente a seiscientos metros de fondo buscando los pescados de su familia, choca con ellos, les despierta, les interpela uno tras otro:

—Oye, tú ¿no escuchas el agua que corre?

—Y aquí ¿no se oye nada?

—¿No oís alguna cosa que hace: «tse»; no, algo más suave: tschii, tschii?

—Tened cuidado, no moveros, va a oírse otra vez.

 

¡Oh,

Miedo,

Dueño atroz!

 

El lobo siente miedo del sonido de un violín.

El elefante tiene miedo del tambor, de los cerdos, de los petardos.

Y el conejillo de Indias tiembla mientras duerme.

 

VERS LA SÉRÉNITÉ

Le
Royaume de
Cendre.

Au-dessus des joies, comme au-dessus des affres, au-dessus des désirs et des épanchements, gît une étendue immense de cendre.

De ce pays de cendre, vous apercevez le long cortège des amants qui recherchent les amantes et le long cortège des amantes qui recherchent les amants, et un désir, une telle prescience de joies uniques se lit en eux qu’on voit qu’ils ont raison, que c’est évident, que c’est parmi eux qu’il faut vivre.

Mais qui se trouve au royaume de cendre plus de chemin ne trouve.
Il voit, il entend.
Plus de chemin ne trouve que le chemin de l’éternel regret.

 

Le

Plateau du fin sourire.

 

Au-dessus de ce royaume élevé, mais misérable, gît le royaume élu, le royaume du doux pelage.

 

Si quelque éminence, quelque pointe apparaît, cela ne saurait durer ; à peine sorties, elles disparaissent dans de petits plis, les plis dans un frisson et tout redevient lisse.

 

«Quand la vague qui emporte, rencontre ses petites amies, les vagues qui rapportent, il se fait entre elles un grand bruissement, un bruissement d’abord, puis peu à peu c’est du silence et l’on n’en rencontre plus aucune. »

 

Oh !

Pays aux dalles tièdes !

Oh !

Plateau du fin sourire !

 

HACIA LA SERENIDAD

El

Reino de

Ceniza.

 

Por encima de los júbilos como por encima de los terrores, por encima de los deseos y de las efusiones hay una extensión inmensa de ceniza.

En ese país de ceniza podéis ver el dilatado cortejo de los amantes que buscan a las mujeres y el cuantioso cortejo de las mujeres que buscan a los amantes. En todos ellos se lee una presciencia tal de los goces únicos que demuestra cómo tienen razón, que la cosa es evidente y que es preciso vivir entre ellos.

Pero aquel que se halla en el reino de ceniza ningún camino encuentra ya. Mira, escucha. Ningún otro camino encuentra más que el del eterno pesar.

 

La

Llanura de la leve sonrisa.

 

 

Sobre ese reino alto, pero miserable, se extiende el reino elegido, el reino de suave pelaje.

 

Si en él apareciese alguna cumbre, alguna punta, no duraría  mucho. Pues apenas brotadas desaparecen, cambiándose en cortos pliegues, los dobleces en un estremecimiento y todo retorna a ser llano.

 

«Cuando la ola arrolladora encuentra a sus amiguitas, las olas que devuelven, se teje entre ellas un gran zumbido, primero un zumbido, luego poco a poco se hace el silencio y no vuelve a encontrarse ninguna».

 

¡Oh,

País de losas tibias!

¡Oh,

Llanura de la leve sonrisa!


 

LA VIE DE L’ARAIGNÉE ROYALE

 

L’araignée royale détruit son entourage, par digestion.
Et quelle digestion se préoccupe de l’histoire et des relations personnelles du digéré ?
Quelle digestion prétend garder tout ça sur des tablettes ?

La digestion prend du digéré des vertus que celui-là même ignorait et tellement essentielles pourtant qu’après, celui-ci n’est plus que puanteur, des cordes de puanteur qu’il faut alors cacher vivement sous la terre.

Bien souvent elle approche en amie.
Elle n’est que douceur, tendresse, désir de communiquer, mais si inapaisable est son ardeur, son immense bouche désire tellement ausculter les poitrines d’autrui (et sa langue aussi est toujours inquiète et avide), il faut bien pour finir qu’elle déglutisse.

Que d’étrangers déjà furent engloutis !

Cependant, l’araignée ensuite se désespère.
Ses bras ne trouvent plus rien à étreindre.
Elle s’en va donc vers une nouvelle victime et plus l’autre se débat, plus elle s’attache à le connaître.


Petit à petit elle l’introduit en elle et le confronte avec ce qu’elle a de plus cher et de plus important, et nul doute qu’il ne jaillisse de cette confrontation une lumière unique.

Cependant, le confronté s’abîme dans une nature infiniment mouvante et l’union s’achève aveuglément.

 

LA VIDA DE LA ARAÑA REAL

La araña real destruye a su vecindario digiriéndole.

Y ¿qué digestión se preocupa de la historia y de las relaciones personales del digerido?

¿Qué digestión se cuida de guardar todo eso en anaqueles?

 

La digestión toma del digerido virtudes que este mismo ignoraba, virtudes tan esenciales que, poco después, aquel sólo es podredumbre, cuerdas de podredumbre que es preciso entonces ocultar rápidamente bajo tierra.

 

A menudo la araña se acerca como amiga.

Toda ella es suavidad, ternura, deseo comunicativo, pero su ardor es tan implacable, su enorme boca desea auscultar tan ávidamente los pechos del prójimo (y también su lengua es siempre inquieta y ávida), que se hace preciso terminar dejando que se lo trague.

 

¡Cuántos extranjeros fueron ya engullidos!

 

En el acto, la araña se desespera.

Sus brazos no encuentran ya nada que estrechar.

Entonces se dirige hacia una nueva víctima y, cuanto más se revuelve ésta, más se obstina la araña en conocerla.

 

Poco a poco le introduce en ella y le compara con lo que tiene de más querido e importante, y no hay duda que de esa confrontación saldrá una luz única.

 

Empero, el confrontado se hunde en una naturaleza infinitamente inestable y la unión se corona ciegamente.

HENRI MICHAUX

Traducción de Guillermo de Torre

Revista Sur Año 1, invierno de 1931