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lunes, 20 de marzo de 2017

Johannes Nider y Mosén Oja Timorato: De los maleficios y los demonios. Velada segunda

VELADA SEGUNDA

Reunidos de nuevo los cuatro amigos, tomó M. la palabra después de leer lo escrito por el padre Ceballos sobre los oráculos y dijo: He examinado los libros del Martillo y el Hormiguero, y me he convencido de que el primero, por su difusión, y por el escolasticismo del género viciado que lo informa, ha de producir en ustedes verdadero hastío, lo que no creo suceda con la lectura del segundo, cuyos curiosísimos diálogos no podrán menos de cautivar agradablemente la atención. Por esto, y porque todo lo más interesante que los autores del Martillo pusieron en su obra, lo tomaron los del Hormiguero, me he decidido a traducir a ustedes éste, y dejar aquél. Pero ante todas cosas, conveniente será el que haga algunas advertencias.

No es todo el Hormiguero de Fray Juan Nyder el que voy a leer, sino solo el libro quinto, que es el que tiene conexión con el Martillo, y el único que poseo, sacado de entre los trebejos de una mesa revuelta de la feria.

Aun cuando no he olvidado lo que respecto a traducciones enseña Horacio, ni lo que dice el gran Padre San Gerónimo, he de traducir palabra por palabra, en cuanto me sea posible; pues creo que sólo de esa manera vendrá a tener la traducción el sabor, digámoslo así, del original. Quiero que se oiga hablar a Nyder, y no a mí, y que suene la voz de la Edad Media, y no la del siglo XIX. Bien, que en las traslaciones del hebreo al griego, o de éste al latín, resultan hasta absurdos de traducir palabra por palabra, mas, tratándose de dos lenguas, nacida la una de la otra, de tal manera semejantes, que continuamente se confunde la madre con la hija y ésta con aquélla, no hay peligro de que la traducción palabra por palabra, tape y cubra el sentido, y sea como la grama, que con su hermosura, echa a perder y ahoga los sembrados; antes es de temer en las traducciones libres, lo que yo he visto con dolor más de una vez, a saber, que de tal manera desfiguran los originales, que no los conocerían los padres que los engendraron. Esto no quiere decir que no se presenten ocasiones, y acaso a mí se me ofrezcan, en que sea preciso hacer alguna excepción, según el buen juicio y prudencia del traductor.

Por lo mismo que pienso ceñirme al autor en cuanto pueda, y por lo mismo que voy a traducir así, de repente, y como si dijéramos, y ahora se dice, al correr de la pluma, no hay para qué esperar de mí grandes rasgos de elocuencia, ni atildamiento en las frases, ni ese artificio de períodos, con que otros, a fuerza de líneas y de compases, deslumbran a sus lectores, sin que siempre logren ocultar los litros de óleo que ha embebido el condimento. El lenguaje de Fray Juan Nyder es sencillo, como que lo usa con un ignorante; y fuera de que no soy un Cicerón, ni mucho menos; y fuera de que todo lo que sale de la naturalidad, me es repulsivo; y fuera de que no tengo pretensiones, ni espero que por este trabajo me hagan Patriarca de las Indias, u otra cosa parecida; ni yo he de poner a Nyder entre los brillantes follajes de una oratoria, que no es la suya, ni ustedes habrán de exigir lo que para nada necesitan, ni acaso desean.

R. —Venga ya el Hormiguero en la forma y manera que usted guste de dárnoslo, pues sea lo que fuere, siempre entenderemos que es la mejor, y siempre le quedaremos agradecidos, por la amabilidad con que se ha prestado a amenizar nuestros oídos.

M. —Empieza Nyder su Formicarium con las siguientes palabras del capítulo VI del Libro de los Proverbios: «Anda, oh perezoso, ve a la hormiga, y considera su obra, y aprende a ser sabio. Ella, sin tener guía, sin maestro ni caudillo, se provee de alimento durante el verano, y recoge su comida al tiempo de la siega.»

Habla en los cuatro primeros libros de las propiedades de las hormigas, haciendo ingeniosas y doctísimas aplicaciones, y concluye con el libro V que los editores del Malleus Maleficarum añadieron a la obra de Spenger e Institor, anunciándolo en los siguientes términos:

«Libro insigne de Fray Juan Nyder Suevo, del Orden de predicadores, profesor de sagrada teología e inquisidor de la peste herética [1] sobre los maléficos y sus decepciones, escogido con singular estudio del Hormiguero del mismo, para la explicación del presente negocio, y añadido ahora por primera vez, por la afinidad y conveniencia con otras materias del Martillo de Maléficas.»


CAPÍTULO PRIMERO

Ahora, por el librito V, acerca de las propiedades de las hormigas, pláceme tratar de los maléficos y de sus decepciones.

Son las hormigas varias en los colores, porque unas son negras, otras rojas o amarillas. Mas por sus colores puede entenderse la varia condición de los vicios, aunque los mismos animales sean de sí buenos, como todas las criaturas de Dios. Así como por la blancura y candor de los vestidos, según San Gregorio, se acostumbró a entender la pureza y limpieza de las virtudes, así también por los colores, que se apartaban más o menos de la blancura [2], se significaba la mayor o menor enormidad de los vicios, como se ve por la Sagrada Escritura [3].

Perezoso [4]. —Pues deseo conocer primeramente por qué medios y de qué manera son regidos, dominados y elementados por los demonios los maléficos, los supersticiosos y los a estos semejantes; pues no dudo de que hay varios de ellos más negros que los carbones en los vicios y en la malicia, según aquello de los Threnos: «Negra, más que los carbones, es su cara, y no son conocidos en las plazas.»

Teólogo. —El alma humana, oprimida por la mole del cuerpo, en el destierro de esta vida, y cautiva en la cárcel del mismo, es burlada por muchas especies de fantasía, de las que se hablará en adelante, bastando por ahora decir que pueden ocurrir a los sentidos interiores y exteriores apariencias raras y admirables.

Unos despiertos ven cosas extraordinarias por virtud de la gracia divina; otros las ven porque están viciados sus cerebros, y otros por la astucia del demonio. De los primeros fueron algunos profetas, de los segundos son los maníacos y de los terceros, muchos endemoniados.

Acontece que la clemencia de Dios, manifiesta algunas veces a grandes pecadores, las penas de las almas en la otra vida.

Los que lean a San Alberto en el libro III de El sueño y la vigilia, y a Avicena y Galeno en sus Medicinales, sabrán que del vicio y debilidad del cerebro y de melancolía, se contrae naturalmente la enfermedad que llaman manía, sin que en ello intervenga el demonio; por cuya enfermedad aparecen al hombre muchas cosas, que no existen más que en su imaginación y fantasía.

De cómo los hombres son engañados en sus sentidos por los demonios, hay innumerables ejemplos.

Perezoso. —Hemos oído algunas veces a los antiguos, que ellos, según afirmaban, habían visto durante la noche ejércitos de armados, y deseo saber qué hay de verdad en esto.

Teólogo. —Tales prodigios pronostican algunas veces futuras guerras; otras engañan con ellos los demonios a los incautos; y otras, en fin, indican cuales sean las penas de los malos. De todos tenemos ejemplos, así en la Sagrada Escritura, como en otras partes.

Cuando Josué entró en la tierra de promisión por primera vez para tomar a Jericó, alzó los ojos, y vio en el campo un varón puesto en pie, que le salía al encuentro con la espada desenvainada, a quien preguntó: «¿Eres tú de los nuestros o de los enemigos?» Y él le respondió: «No, mas soy el príncipe del ejército del Señor, y ahora vengo [5].»  Y postrado Josué en tierra le adoró.

También cuando Eliodoro entró con el propósito de despojar el templo, apareció un caballo que llevaba un terrible jinete, adornado de los mejores vestidos, y que con los pies delanteros chocó con gran ímpetu contra el mismo Eliodoro. El que sobre él iba llevaba armas doradas. Aparecieron al propio tiempo dos jóvenes hermosos que azotaron a Eliodoro, dándole golpes sin intermisión.

Antes de la crudísima persecución de Israel, hecha por Antíoco, se vieron en toda la ciudad de Jerusalén, por espacio de cuarenta días, caballeros con doradas vestiduras, huestes armadas, choques de escudos, multitud de gladiadores luchando, saetas lanzadas, resplandor de armas y de lorigas de todos géneros, por lo que todos rogaban que se convirtiesen en bien aquellos prodigios.

Hallándose en una batalla Judas Macabeo, cuando se estaba en lo más recio de la pelea, aparecieron del cielo a los enemigos cinco hombres sobre caballos adornados de frenos de oro, guiando a los judíos, y dos de ellos teniendo en medio a Macabeo, cubriéndolo con sus armas, le guardaban de manera, que no recibió daño; y contra los enemigos lanzaban dardos y rayos, con lo que caían confusos, ciegos y llenos de turbación.

También, marchando Judas con los suyos a otra guerra, con ánimo denodado, apareció un caballero vestido de blanco con armas de oro, que iba delante de ellos vibrando una lanza.

En otra ocasión vio el Macabeo a Orías y Jeremías, y que éste extendió su mano derecha y le dio una espada de oro, diciéndole: «Toma esta santa espada como don de Dios, con que derribarás los enemigos de mi pueblo de Israel

De la misma manera, aterrado el criado de Eliseo al ver que los sirios rodeaban en gran multitud el monte, hecha oración por el mismo Eliseo para que los ojos del criado se abriesen, vio éste el monte lleno de caballos y carros de fuego rodeando a Eliseo, quien le dijo: «No temas, pues más están con nosotros que con ellos

Cosas semejantes leemos de los ejércitos de armados, vistos en el aire antes de la destrucción de Jerusalén, causada por Tito y Vespasiano; acerca de lo cual, dice Josefo en el libro último de la guerra judaica: «Sobre la ciudad estuvo una estrella, semejante a una espada, que se vio por espacio de un año; también se vieron en el aire cometas antes de ponerse el sol, carros de hierro por todas las regiones, ejércitos armados y muchas cosas a este tenor [6]

Asimismo, antes de ser derramada la sangre de los cristianos en Italia, en tiempo de los godos y longobardos, se vieron aquellos ejércitos, según refiere San Gregorio en la homilía sobre las palabras de San Lucas: «Habrá señales en el sol y la luna», donde dice: «Antes de que Italia fuese estragada para ser herida por la espada gentil, vimos ejércitos de fuego que resplandecían con la misma sangre humana que después se derramó [7]

 De lo expuesto, se deduce que las apariciones de ejércitos, cuando Dios las permite, anuncian o predicen futuros males de guerras, ya para dar esperanzas de victoria a aquellos que la merecieron, ya para que los malos conozcan la pena divina, ya para armar a los buenos e inocentes del escudo de la paciencia contra los acontecimientos infaustos; porque todas las cosas son dones de Dios, transmitidas a este mundo del tesoro de la Divina Providencia.

Además, en el tiempo en que al reino de Bohemia y sus partes adyacentes amenazaba gravísimo mal, por las diferentes sectas religiosas y la frecuencia de muertes violentas, reunidos en Núremberg muchos obispos de Alemania, oí a Pedro, Obispo Augustense, varón digno de fe, que cerca de los límites de dicho reino y en las horas de la noche, se oyeron en cierto valle voces y conversaciones de hombres montados en caballos, vestidos de varios colores; lo que muchos, estupefactos, interpretaban de varias maneras. Dos soldados atrevidos de un real poco distante del lugar de aquellos portentos, se dirigieron hacia el valle donde solían verse, queriendo saber lo que en ellos había de verdad. Antes de que se determinasen a acercarse, el uno de los militares amedrentado, dijo al otro: «Bástenos con lo que hemos visto: yo no me aproximaré, porque dicho tienen los antiguos, que ninguno debe chancearse con estas cosas.» El compañero, increpándole por su cobardía, espoleó el caballo y se llegó a aquellos ejércitos; de los que, saliendo un guerrero, cortó la cabeza al temerario, volviéndose a los suyos, y viéndolo el que se había mostrado tímido, huyó, anunciando el funesto suceso. Al día siguiente se hallaron el cuerpo y la cabeza separados en el valle donde se habían visto los ejércitos, sin que allí apareciese vestigio alguno de hombres ni de caballos, sino solamente algunas señales de aves.

Tuvimos trabajando en la iglesia de Colomiers a un pintor, que padecía tres enfermedades; porque en el color más bien se asemejaba a un muerto que a un vivo; estaba casi enteramente sordo, y hablaba muy balbuciente; y como yo hubiese oído que aquellas enfermedades le habían provenido con la aparición de cierto fantasma, le interrogué acerca de ello, y me refirió lo siguiente: «Siendo joven y habiéndome estado casi todo el día en la tienda con mis compañeros, en una noche oscura me ceñí la espada y emprendí el camino hacia otra ciudad (que me nombró) apresurándome a llegar a ella; mas estando en unas viñas, vi que salían al encuentro cosas terribles, no en el mismo camino por donde yo marchaba, sino cerca de él; por lo cual, apartándome de la vía, desnudé la espada, y animado de la fatuidad juvenil y el calor de vencer, tiré un golpe al acaso hacia el sitio del fantasma. Pero, sin ver a nadie, sentí en aquel instante que me traspasaba no se qué viento, con el cual entonces mismo contraje las tres enfermedades que veis en mí.»

En tiempo en que los electores del Sacro Imperio celebraban Dieta en Núremberg, en causas de fe, por los bienes del reino de Bohemia, se reunieron en cónclave cierto día sobre la misma materia muchos obispos y algunos doctores, tanto de Sagrada Teología, como de Derecho Canónico. Allí estuvo el obispo de Maguncia, el de Heriopolense y el de Augusta, y si bien recuerdo, el de Bamberg; y yo, entre éstos, el menor de todos. Separados los seglares, después de haberse dado fin al tratado de la fe, el señor de Maguncia, antes nombrado, varón de grande ingenio y digno de crédito, nos nombró a cierto militar, amigo suyo, y cuyo hijo vivía entonces, el cual, militar siempre, se había mostrado en las cosas bélicas más impertérrito que la mayor parte de los nobles de la Alemania inferior; pero por su animosidad y fortaleza, tenía que sostener con otros graves contiendas, por lo que no sólo de día, sino también de noche, le precisaba salir a caballo a varias partes. Éste, pues, en cierta noche, reunidos los criados, quiso cabalgar por la selva cerca del Rin, y caminando por ella, antes de llegar al término, después del cual seguía un vasto campo, mandó a uno de sus domésticos que, acercándose a la salida del bosque, viese si había algunas asechanzas en el campo, pues se podía examinar al resplandor de la luna y de los astros. El criado, explorando por entre las ramas de los árboles para cumplir su cometido, vio por lo largo del campo un ejército bastante admirable que se acercaba, montado en caballos, lo que puso en conocimiento del militar, el cual dijo: «Estémonos quietos, porque es de creer que detrás de esos vengan otros en su custodia; a estos saldremos, y sabremos si los anteriores son amigos o enemigos.» Poco después, dejando el militar la selva con los suyos, se fue al campo, en donde sólo halló a uno montado en un caballo, teniendo otro del diestro, y que seguía de lejos a sus compañeros. Llegándose a él le dijo: «¿Por ventura eres tú mi cocinero?» (Así se lo había parecido a alguna distancia: el cocinero del militar había muerto hacía poco). «Lo soy, señor,» contestó. «¿Que haces ahí, pregunto el militar, y quienes son los que han pasado?» A lo que el difunto dijo: «Esos son, señor, los nobles militares tales y tales (expresando muchos por sus nombres propios) a quienes conviene, y a mí con ellos, estar esta noche en Jerusalén, porque esta es nuestra pena.» Y el militar volvió a preguntarle: «¿Qué significa este caballo que conduces desmontado?» «Será para vuestro servicio, si queréis venir conmigo a Tierra Santa. Estad seguro de que, yendo y volviendo por la fe cristiana, os devolveré vivo, si obedecéis a mis advertencias.» Entonces dijo el militar: «En el discurso de mi vida, cosas admirables he acometido; añadiré a ellas ésta, que también lo es.» Y dejando su caballo, montó en el del difunto, a pesar de lo que para disuadirle le decían los criados, de cuya vista los dos desaparecieron. Al día siguiente, esperando los criados, según se había convenido, el militar y el difunto volvieron al sitio en que se habían reunido, y éste dijo a aquél: «Para que no creáis que yo he sido un fingido fantasma, conservad en memoria mía estas dos cosas raras que os doy.» Y sacando una pequeña servilleta de salamandra y un pequeño cuchillo metido en la vaina, añadió: «Cuando la servilleta este sucia, limpiadla al fuego, que no le perjudicará, y usad del cuchillo con mucho cuidado, porque el que con él fuese herido, quedará envenenado». Con esto, desapareció el difunto de la vista del militar.

De estos hechos podrá colegir el prudente lector que algunas veces se ven por los buenos y por los malos ejércitos nocturnos. El que desee saber más de estas cosas, lea la última parte del Universo del parisiense Guillermo[8], y verá que no me separo de lo que él dice.

Perezoso. —Quiero saber ahora si las almas de los difuntos salen de sus receptáculos, y en caso afirmativo, cuáles lo pueden hacer, y también si es el ángel bueno o el malo el que produce tales apariciones.

Teólogo. —El Santo Doctor te responde diciendo así: (Y pesa las palabras, porque están saturadas de sentencias.) «Según disposición de la Divina Providencia, algunas veces las almas separadas saliendo de sus receptáculos, se presentan a la vista de los hombres, como prueba San Agustín en el libro Del cuidado por los muertos, y lo ejemplifica en cuanto a los buenos, como en los santos en el cielo. Y puede creerse que esto sucede alguna vez respecto a los condenados, a quienes se permite aparecerse a los vivos para enseñanza y terror de los hombres, y también para pedir sufragios por aquéllos que están en el purgatorio, como consta en el libro cuarto de los Diálogos de San Gregorio. Porque los glorificados pueden aparecerse cuando quieren; pero otros, sólo cuando Dios lo permite, pues si las penas los oprimen, más se duelen, que se cuidan de aparecerse a los vivos. Y aunque algunas veces las almas de los santos y las de los condenados estén presencialmente donde aparecen, no se ha de creer, sin embargo, que esto sucede siempre. Algunas veces se hacen tales apariciones, ya en la vigilia, por obra de los buenos o de los malos espíritus, para instrucción o para engaño de los vivos, así como también aparecen éstos alguna vez a otros y les dicen muchas cosas en sueños, aun cuando conste que no están presentes, como prueba San Agustín con muchos ejemplos en el libro Del cuidado por los muertos.» Hasta aquí, de Santo Tomás.

M. —Y hasta aquí, digo yo a ustedes, el capítulo primero del insigne libro quinto del Hormiguero. A los casos que él refiere de los ejércitos nocturnos y de muertos aparecidos, pudiera yo añadir algunos otros que he leído en varios autores, si ustedes desean oírlos.

R. —Por mi parte no tema usted ser molesto, pues me pasaría sin sentir toda la noche escuchándole esas historias.

C. —Lo mismo digo.

G. —Continúe usted, Sr. M., y apure cuanto pueda la materia, porque es en extremo sabrosa.

M. —El obispo de Pamplona Fray Prudencio de Sandoval, en la historia del Emperador Carlos V, refiere el siguiente suceso:

«Queriendo el cielo o los demonios hacer demostración de la sangre que en vida de este príncipe se había de derramar en el mundo, en este año de 1517 por el mes de agosto, en los prados de Bérgamo, que es en Lombardía, ocho días continuos, tres y cuatro veces al día, se vieron salir fuera de cierto bosque batallas de hombres a pie con grandísima ordenanza de diez a doce a mil infantes cada batallón, y eran cinco los que parecían. Viéronse a más de esto, a la mano derecha, otros escuadrones de mil hombres de armas, y la infantería, grandísima cantidad de tiros de artillería. Al encuentro de estas gentes, salían otras tantas con el mismo orden y armas, y en la vanguardia y retaguardia otras muchas compañías de gente suelta y caballeros, como capitanes, hablando unos con otros. Después, apartados un poco de intervalo, venían tres o cuatro a caballo con gran pompa y soberbia, los cuales, según las coronas y otras insignias reales que traían, parecían reyes, y éstos acompañaban a otro que parecía el más principal, a quien se humillaban todos y hacían grandísima reverencia. Estos príncipes se juntaban con otro que les esperaba en el camino, y estaban como en consejo, el cual parecía ser rey, a quien acompañaban infinitos príncipes y caballeros, y los que estaban más cerca de su persona, más mirados y respetados de todos, parecían embajadores.

»De allí a poco, cuando parecía que se acababa el consejo, quedaba aquel gran príncipe solo con fiero y horrible semblante, colérico, impaciente y armado en blanco; y quitándose la manopla, la lanzaba al aire de rato en rato y sacudía la cabeza, y con la vista turbada volvía el rostro atrás mirando el orden con que estaba su ejército. En el mismo punto, sonaban las trompetas, tambores, clarines y otros instrumentos de guerra, con un estruendo y ruido inmenso de la artillería que disparaba, que no parecía sino el mismo infierno, que no creo menos sino que salían de allí. Veíanse infinitas banderas y estandartes con gente armada, que rompían unas contra otras con un ímpetu y ferocidad horrible, dándose golpes unos a otros tan cruelmente, que parecía se hacían pedazos.

»La visión era tan espantosa, que los que la vieron dicen que no sabían a qué compararla, sino a la misma muerte.

»Duraba la batalla media hora, y luego cesaba desapareciendo aquellas visiones.

»Atreviéronse algunos a llegar al mismo lugar donde se daban aquellas batallas. Vieron infinitos puercos que se estaban allí un rato y luego se metían en el bosque; quedaba el campo hollado de caballos y hombres, y rodadas de carros, y muchos árboles arrancados y quemados a fuego.

»Enfermaron algunos de los que se atrevieron a ver estos demonios y los campos donde hacían tales representaciones.

»Vi esta relación escrita en una carta de Roma, que hallé en el archivo de Oña. Después la hallé impresa en Sevilla, y dice que la escribieron personas muy graves y dignas de verdad, así a personas de Sevilla como de otras partes, y dio el aviso de ella en el castillo de Villaclara a 23 de diciembre de 1517. Además, dice este papel impreso, que lo mismo escribió al Papa el Obispo de Pola, su nuncio en Venecia, certificando ser esto sin duda, y que la Señoría, para averiguarlo, envió ciertos hombres que viesen y examinasen el caso, y lo vieron por sus ojos, y aun hallaron ser más espantoso de lo que aquí he dicho.»

M. —El Licenciado D. Francisco de Torreblanca y Villalpando, jurisconsulto cordobés, en cierta obra que escribió puso, con referencia a una su tía, la relación siguiente:

«Doña Ana de Villalpando, viuda de Miguel Jerónimo de Torreblanca, murió en Córdoba el día 27 de agosto de 1619 a las seis de la tarde, y fue sepultada al día siguiente en el convento de San Pablo de aquella ciudad. Después, el 3 de mayo siguiente, apareció visiblemente a Doña Antonia Villalpando, su hermana, monja bernarda en el convento de la Encarnación de Córdoba, la cual estaba orando en el coro, y la cercioró de su felicísimo estado, como manifiestamente aparece de la carta que la Doña Antonia escribió de propia mano al Licenciado D. Francisco Torreblanca y Villalpando, su sobrino, hijo de la Doña Ana, carta que ella reconoció en juicio, bajo juramento, en el cual decía:

»Para mayor honra de Dios, le contaré a vuesa merced lo que me pasó este domingo, día de la Cruz de Mayo por la madrugada, un poquito antes del alba. Estando de rodillas sola en el coro, vide venir a mi hermana, tan linda, que no me dio ningún temor, toda resplandeciente, que no pude entender de qué podía ser, con un rostro que parecía una imagen, y me hizo una grande humillación, y no le pude hablar palabra, y ella me dijo que me quedara en hora buena, que en aquel punto se iba a gozar de la bienaventuranza , que ella no había tenido otra pena más de haber estado en un campo sola; y diciéndome esto, desapareció. Yo quedé muy consolada, y penada por no haberle hablado: y era tan grande la luz que alumbraba la iglesia, que era para ver: y esto no lo he dicho a nadie sino a vuesa merced, para que dé gracias a Dios que le dio tal madre, el cual le guarde. —En Córdoba, de la Encarnación, seis de mayo de mil y seiscientos y veinte años. Doña Antonia Villalpando.»

Se abrió información sobre la verdad de esta carta y he aquí cuál fue el resultado:

«El Licenciado D. Juan Ramírez Contreras, del Orden de Santiago, Provisor y Vicario general de esta ciudad de Córdoba y de todo su obispado por el Ilustrísimo Fray D. Diego de Mardones, por la gracia de Dios y de la Sede Apostólica, obispo de Córdoba, confesor de S. M. y de su Consejo, etc.: Vista la consulta del doctor Pedro Gómez de Contreras, canónigo Magistral de esta Santa Iglesia Catedral, y de Pedro Avilés, de la Compañía de Jesús, Catedrático de Prima de sagrada teología, y de los hermanos Antonio Merino, del Orden de Predicadores, Maestro de sagrada teología, y Benito Serrano, del Orden de Predicadores, lector jubilado de sagrada teología, calificadores de la Santa Inquisición, a cuyo juicio hemos sometido que viesen y examinasen la revelación de Doña Antonia de Villalpando, monja benedictina del convento de la Encarnación de Santa María de Córdoba, respecto a su hermana Doña Ana de Villalpando, difunta, de quien afirma que se le ha aparecido visiblemente, cerciorándola de su feliz estado, preceptuamos y mandamos que debe recibirse y venerarse como una revelación divina, conforme al decreto del Concilio Lateranense. —Dado en Córdoba el día catorce de enero del año del Señor, mil seiscientos veintiuno. —Licenciado, Juan Ramírez de Contreras. —Por mandado de mi Provisor y Vicario general, Felipe de Salazar, Notario.»

Por último, San Agustín en el lugar citado por Fray Juan Nyder dice:

«Mas de tal manera se conduce la humana debilidad que, cuando uno ha visto en sueños a un muerto, juzga haber visto su alma; pero cuando soñando ha visto a un vivo, no duda de que no se le apareció su alma ni su cuerpo, sino su semejanza, como si también de la misma manera, sin saberlo ellos, no pudieran aparecer, no las almas de los hombres muertos, sino su semejanza.

»Es lo cierto, que hallándonos en Milán, oímos que habiéndose pedido a uno cierta deuda contraída por su difunto padre, cuyo recibo se presentaba, pero que ya por el mismo padre se había pagado sin saberlo el hijo, empezó éste a entristecerse, admirándose de que nada le hubiese dicho, ni mencionase aquella deuda en su testamento. Hallándose, pues, muy angustiado, se le apareció en sueños su mismo padre, quien le indicó el sitio donde estaba el documento justificativo del pago, el cual, hallado y presentado por el joven, no sólo rechazó la calumnia del falso crédito, sino que recogió el recibo que su padre no había recogido al satisfacer su deuda.

»Se cree ver en esto que el alma del padre se cuidó del hijo, y fue a él en sueños para librarle de una gran molestia, enseñándole lo que ignoraba. Pero casi en el mismo tiempo que esto oímos, hallándonos también en Milán, Eulogio, profesor de retórica en Cartago, el cual fue mi discípulo en la misma arte, según él me refirió cuando volví a África, como enseñase a sus discípulos los libros de retórica de Cicerón, revisando la lección que había de explicar al día siguiente, tropezó con un lugar oscuro, y pesaroso de no entenderlo, apenas pudo dormir en toda la noche; pero hallándose soñando, yo le expuse lo que no entendía, esto es, no yo, sino la imagen mía, sin yo saberlo, estando al otro lado del mar, haciendo o soñando cualquiera otra cosa, sin cuidarme absolutamente de él.

»Cómo se hagan estas cosas, no lo sé; pero de cualquiera manera que se hagan, ¿por qué no hemos de creer que del mismo modo se hacen cuando alguno ve en sueños a un muerto, que cuando ve a un vivo, esto es, ignorándolo ambos en uno y otro caso, y sin cuidarse de quién, dónde, y cuándo sueña sus imágenes?

»Semejantes a los sueños, son algunas visiones de los que, estando despiertos, tienen turbados los sentidos, como los frenéticos o locos de cualquier especie. También éstos hablan consigo mismos, como si hablasen a los que verdaderamente estuviesen presentes, y tanto con los presentes como con los ausentes, vivos o muertos, cuyas imágenes creen ver; pero así como los que viven ignoran que son vistos por ellos y que hablan con los mismos, pues que en realidad no están presentes ni les hablan, sino que los hombres padecen tales visiones imaginarias en sus perturbados sentidos, de la misma manera los que emigraron de esta vida, se ven como presentes por los que así se hallan afectados, estando ausentes, e ignorando de todo punto si alguno los ve imaginariamente.»

Intenta demostrar con esto San Agustín, o persuadir al menos, de que las que se dicen apariciones de los difuntos, no prueban que éstos se cuiden de los que aún no han salido de este mundo.

«La visión que tuvo el discípulo de San Agustín, Eulogio, dice cierto escritor, no le parecía bastante seria y motivada a Du Pin. ¿Qué, diría, para acertar con un texto de Cicerón, se había de aparecer en sueños un obispo tan grave como San Agustín? Esta es cosa muy disonante y extraordinaria; pero sea lo que fuese al juicio de los críticos, lo cierto es que San Agustín lo cuenta por cierto, y que este Doctor estaba bien abastecido de principios filosóficos y teológicos. En verdad, que si porque las cosas no consuenan con las ideas que cada crítico tiene en su cabeza; si porque la utilidad que resulta no es, a su juicio, bastante grande y proporcionada al prodigio, se ha de desechar; si los críticos modernos tienen vinculado en sus Academias el nivel para regular estas cosas, y no le tienen los Santos Padres, Maestros y Doctores de la Iglesia, quedarán pocas cosas ciertas en el campo de la Religión: porque el sentido humano, por sí solo, la prudencia del siglo y la filosofía, si no se auxilian con las luces de la Religión, no tienen nivel seguro para arreglar y apreciar esta especie de prodigios. Es cierto, que a primera vista, el acertar con la inteligencia de un texto de Cicerón, no parece objeto importante para presentarse en visión San Agustín a Eulogio; pero el hecho fue cierto, y debemos discurrir que traería su utilidad. Desde luego, el aparecerse en sueños el espíritu de San Agustín, conducía para desprender del apego a las cosas materiales el sentido de Eulogio y el servicio que le hizo esta visión tiene también su importancia: el enseñar una verdad grande, que es la comunicación que tienen en espíritu unos cristianos con otros, haciendo una sociedad y un cuerpo; desde luego da una abertura grande para entender la inmortalidad del alma y la vida futura y, finalmente, la Religión gana terreno siempre que en algún particular se aclara una u otra verdad. De la ilustración y persuasión que logra una persona determinada, se va propagando la luz de unos en otros. Este orden y conexión no se entiende bien, no meditando en él con seriedad y con piedad cristiana. Esto lo saben hacer los Padres, los Doctores y los Maestros que hay de espíritu en la Iglesia Católica; por tanto, aunque la revelación o visión parezca a los prudentes del siglo poco importante, si está bien atestiguado y documentado, se debe admitir con aprecio, reservando a los Maestros la explicación de ella y la significación de su utilidad. Poco a poco, y por el orden y sucesión que tiene por conveniente la Providencia, se van esparciendo las luces por la Iglesia acerca de varias verdades que, o estaban oscuras, o no estaban bien entendidas por el común de las gentes.» [9]

R. —Continuaría oyendo a usted toda la noche con muchísimo gusto, pero se hace tarde, y bien será que demos tregua hasta mañana.

M. —Quédese, pues, aquí, y en la próxima tertulia seguiremos los pasos del singularísimo Padre Nyder.

Los cuatro amigos se despidieron, y cuando a la noche siguiente de nuevo se juntaron, (dio principio desde luego M., sin más preámbulos, a la lectura del capítulo II del libro V del Hormiguero.



[1] Hay quien dice que Nyder no fue inquisidor: yo no me he propuesto averiguarlo. (N. del T.)
[2] «La estrella blanca que en el escudo del Carmen se ve en medio del manto, representa al gran Patriarca y Profeta San Elías. Se le representa por una estrella, porque Elías brilló en el Carmelo, por sus muchas virtudes, como estrella en el firmamento, y además, es aquélla blanca, no solo porque dicho Profeta y sus sucesores vistieron de blanco, sino para indicar también con este color, como dice el abad Tritemio, la interior limpieza y pureza de aquellos primitivos anacoretas.»  (Revista Carmelitana de Barcelona. — M. A. S., presbítero. — Vich 5 de diciembre de 1879.)
«Concedemos a los caballeros en el invierno o estío vestimenta blanca (si puede ser); pues ya que llevan vida negra y tenebrosa, se reconcilien a su Creador por la blanca. ¿Qué es la blancura sino una entera castidad? La castidad es seguridad del pensamiento y sanidad del cuerpo; y si un soldado no perseverase casto, no puede ver a Dios ni gozar de su descanso.» (Regla de la Orden de Caballería de los Templarios.)
[3] Por eso dice San Juan, en el capítulo VI del Apocalipsis, que vio entre los colores de cuatro caballos, uno negro, siendo los otros tres, uno blanco, otro rojo y otro amarillo; sobre lo cual dice la glosa que por el blanco debe entenderse la carne purísima de Cristo; por el rojo, los que bajo las apariencias de religión y de virtud, engañan a los hombres; por el negro, a los que tienen vicios manifiestos; y por el amarillo, semejante al que tiene un muerto, a los que persiguen a los hombres.
[4] Se designan por los conductores de los tres últimos caballos, otras tantas especies de demonios que rigen a los hombres malos, porque éstos todos son informados y conducidos por ciertos demonios.
[5] En los pasajes de la Sagrada Escritura que se citan por el autor del Libro insigne, nada he puesto de mi cosecha, porque me pareció prudente poner las traducciones del Padre Scio o del Sr. Torres Amat. – (N. del T.)
[6] Por lo verdaderamente admirables, no he podido resistir a la tentación de consignar aquí algunas. Dice el célebre historiador citado, que reunido el pueblo para la tiesta do los Ázimos, que era el día 8 del mes de abril, a la hora nona de la noche, se difundió alrededor del Ara y del Templo una luz tan grande, que parecía un día clarísimo; lo cual duró por espacio de media hora. En la misma fiesta, siendo una vaca conducida al sacrificio (otros traducen: un buey, el original dice bos), parió un cordero en medio del templo. La puerta oriental del templo interior, siendo de bronce y tan pesada, que después de medio día se cerraba con mucho trabajo por veinte hombres y se afianzaba con fuertes llaves y barras de hierro, se abrió por sí sola a la hora de sexta de la noche; lo cual, sabido por el Magistrado del Templo, ordenó que se cerrase, como se hizo, no sin gran dificultad. Pocos días después de los festivos, el 25 de mayo, se dejó ver un enorme fantasma. En el día de la fiesta que llaman Pentecostés, como los sacerdotes hubiesen ido al interior del templo, según costumbre, para celebrar las cosas divinas, sintieron primero un movimiento y como cierto estrépito, y después oyeron súbitamente una voz que clamaba: Salgamos de aquí (Migremus hinc). Cornelio Tácito, que sin duda tomó esta relación de Josefo, refiere el hecho, y en vez de las palabras migremus hinc, pone: Excedere Deos; según el uso de la superstición romana, dice cierto autor. Josefo, antes de referir aquellos prodigios, hace la advertencia de que las cosas monstruosas de que se va a ocupar, parecían una fábula, si no estuviesen contadas por los mismos que las presenciaron, ni hubiesen sido confirmadas por las desgracias que pronosticaban. (N. del T.)
[7] Los antiguos, dice un autor, que nos dejaron la descripción de las auroras cósmicas, al parecer escribieron bajo la impresión del terror que les inspiraba, este fenómeno luminoso. Lycostheno veía en él sangrientos combates entre animales feroces, ejércitos que se destruían entre sí, brillantes espadas, cabezas disformes, una fantasmagoría diabólica, en una palabra, mil ilusiones capaces de espantar la imaginación. ¿Serían los fenómenos de que nos habla Nyder, efectos de auroras boreales? Puede ser; aunque esto no impide el creer que Dios permite tales apariencias para los fines que el mismo Nyder señala. Dice el Padre Feijoo que las más de las batallas aéreas no fueron más que auroras boreales. Es de sentir que no haya dicho cuáles no fueron auroras, sino verdaderas batallas. (N, del T.)
[8] No lo he hallado en las bibliotecas públicas de Sevilla. -N. del T.
[9] Fernández Valcarce, Desengaños filosóficos.


sábado, 28 de enero de 2017

Johannes Nider y Mosén Oja Timorato: De los maleficios y los demonios


Presentación

Mosén Oja Timorato, seudónimo de José María Montoto y López Vigil (1818-1886), asturiano de origen y, definitivamente, sevillano de adopción, jurista, historiador y periodista, escribió una Historia de don Pedro I de Castilla, muy apreciada en su tiempo.

También nos ha dejado este tan curioso como interesante libro. Esta obra fue publicada por primera y única vez en la célebre Biblioteca de las tradiciones populares españolas dirigida por el antropólogo y folclorista Antonio Machado y Álvarez, el padre de Antonio y Manuel Machado.

Carlista, católico ultramontano, o integral (como se proclamaría Léon Bloy unas décadas más tarde, quien hubiera visto un hermano espiritual en nuestro autor), furiosamente antimoderno, Mosén Oja Timorato se vuelve en este libro hacia el fin de su admirada Edad Media, para mejor denostar la época en que le tocó vivir, época impregnada de positivismo y materialismo.

La originalidad del libro reside en la particular manera en que se nos presenta el arte de la traducción en su desarrollo mismo, ligado al arte más general de la conversación. El autor traduce y comenta para su círculo íntimo, a lo largo de trece veladas, en las dilatadas noches del invierno hispalense, el capítulo V del Hormiguero de Fray Johannes Nider, célebre inquisidor del siglo XV.

Repletas de comentarios eruditos y de anécdotas a menudo literariamente deliciosas, estas páginas, que hubieran encantado a un Baudelaire o a un Huysmans, se nos presentan como una traducción in progress, a la que puso fin la muerte de su autor y a la que salvó del olvido la amistad sin fallas, a pesar de todas las diferencias políticas y filosóficas, del padre de los  Machado.


DOS PALABRAS AL LECTOR DISCRETO

El interesantísimo libro que a continuación publicamos es el quinto del Formicarium (Hormiguero) de Juan Nyder, escrito en idioma latino en la primera mitad del siglo XV. La muerte frustró el generoso designio del Sr. Montoto, de verter al idioma castellano toda esta obra, de la cual afirma con gran donaire, que ha sido hecha «para risa de los del número infinito y profunda reflexión de los pocos que piensan». De ideas enteramente opuestas a las nuestras, creemos de nuestro deber tributar aquí un recuerdo de respeto y consideración afectuosos a quien fue en su vida privada modelo de caballerosidad y pundonor y llevó como literato su modestia hasta el extremo de no firmar siquiera su Historia de D. Pedro I de Castilla, considerada por los historiadores más eminentes de Europa como una verdadera honra, no sólo para su autor, sino para el país en que trabajos tan concienzudos y serios se daban a luz.

Los que, consecuentes con la cultura dominante en la época en que hicieron sus primeros estudios, aprendieron a conciencia el griego y el latín, debieran con traducciones, análogas a las en que nos ocupamos, facilitar a las nuevas generaciones una serie de datos indispensables para enlazar la cultura de los tiempos pasados con la de los presentes.

Al avalorar el Sr. Montoto con observaciones propias y notas y comentarios muy eruditos la obra que traducía, respondió a una exigencia artística que no deben desatender, al menos en nuestro tiempo todavía, los que deseen aclimatar en nuestro suelo el estudio de la ciencia niña conocida en Europa con el nombre de Folklore. El utile dulci, de Horacio, es una máxima para nosotros respetable, por encerrar un precepto de verdadero sentido común; quien no necesitando, sin embargo, del goloso aliciente, busque sólo en este libro los materiales indispensables para su estudio, salte los comentarios y notas, en la seguridad de que éstos en nada perjudican a la pureza, de los datos recogidos y a la fidelidad de la traducción. ¡Ojalá que el desinteresado y valioso ejemplo del castizo escritor Sr. Montoto encuentre imitadores, y que resuciten de entre el polvo de nuestros archivos multitud de obras estimables, muertas de risa de ver que a nosotros nos falta el tiempo para estudiar a fondo el idioma en que fueron escritas, y a los que lo aprendieron la generosidad bastante para auxiliarnos, prestándonos servicios, a trueque de los innegables que les prestamos, dedicándonos al estudio de las lenguas vivas!
(Biblioteca de las tradiciones populares españolas. Tomo II. Sevilla, 1884.)


DE LOS MALEFICIOS Y LOS DEMONIOS
LIBRO QUINTO DEL HORMIGUERO

Escrito por el Prior Fray Juan Nyder, del Orden de Predicadores, y trasladado del idioma latino al castellano con interesantes adiciones por

DON JOSE MARÍA M0NT0T0 Y LÓPEZ VIGIL
(MOSÉN OJA TIMORATO)


VELADA PRIMERA


En una de las trece o catorce mil casas que forman la siempre famosa ciudad de Sevilla, reuníanse a pasar parte de las dilatadas noches del invierno cuatro buenos amigos, que entretenían el tiempo en todo lo que no tuviese el menor contacto con la política nacional. Solían hacer algunas excursiones por el extranjero, divirtiéndose con las metamorfosis de Gambetta y con las vueltas y revueltas que por Europa y por Asia están dando hace tiempo los rusos y los ingleses buscando el sitio más conveniente para encontrarse, como al fin se encontrarán, no sé si para darse las manos o para saludarse a cañonazos.

De vuelta de estos viajes, que aun cuando solían llegar hasta el Afganistán no por eso duraban mucho, sentábanse alrededor de una mesa y la emprendían con el tresillo, que jugaban a céntimo de real el tanto, disolviéndose después la reunión apenas sonaba la hora de las diez en el reloj de la celebérrima Giralda.

Pues en la noche de un jueves del año próximo pasado de 1879, juntos ya los cuatro amigos en casa de R., que era donde tenían sus tertulias, antes de que otra conversación se promoviese, dijo M.:

—Han de saber ustedes que pasando hoy por la calle de la Feria, paréme delante de un tenducho de viejos cachivaches, entre los cuales descubrí un libro de grueso volumen, forrado en pergamino, tan vetusto como la mayor parte de los trebejos que le acompañaban, y en cuyo lomo aparecía un letrero en dirección horizontal, escrito en caracteres góticos, tan borrosos que no consentían su lectura. Movido de la curiosidad, acerquéme a aquellas baratijas, tome el libro, abríle incontinenti, y leí su portada, escrita en latín, que decía: «Algunos tratados, tanto de los antiguos como de los modernos autores, acerca de las brujas y otros magos y demoníacos, y de su arte, potestad y pena, distribuidos en dos tomos, de los que el primero contiene el Martillo de maléficas, de los inquisidores Santiago Sprenger y Enrique Institor, y el Hormiguero de maléficas y de sus prestigios y decepciones del teólogo Juan Nyder. Impreso en Francfort, año de 1600.»

Pasé rápidamente la vista por algunas páginas, todas en letra bastardilla, diminuta y confusa, pareciendo además el latín hecho de encargo para desesperar al lector, y aunque el enterarse de cuanto allí se decía no podía reputarse empresa fácil, sin embargo, por lo mismo que se presentaba ancho campo en que descifrar jeroglíficos, tarea inútil a que por mal de mis pecados siempre me llevó la afición, formé el propósito de adquirir la obra, y entré en ajuste con el dueño, quien, sin mucho regatear, me la cedió por cincuenta céntimos de peseta, creyendo él, como así era en realidad, que había hecho un buen negocio.

R. —¿Cómo buen negocio, habiendo vendido el libro en precio tan ínfimo?

M. —Sí, porque si yo no se lo hubiera comprado, probablemente se hubiera quedado sin vender, supuesto que para los que ignoran el idioma latino era inútil, y para los que lo entienden, despreciable; pues tratando de brujas, duendes, aparecidos, endemoniados y de otras materias a estas análogas, era tanto como si tratara de las mayores necedades del mundo, indignas de la ocupación de todo hombre serio e ilustrado , el cual ya sabe que cuanto sobre tales cosas se diga que no sea presentarlas como invenciones supersticiosas ajenas de toda verdad, es proferir absurdos y engañar a los ignorantes. Tuvo, pues, fortuna el tendero de la Feria en que yo, que no soy serio aun cuando lo parezca, ni tampoco ilustrado, por más que en leer y estudiar he pasado casi toda mi vida, fuese tentado a enamorarme del mamotreto.

G. —Y ¿que habría tenido de particular el que cargase con las lucubraciones de los dos inquisidores y del teólogo otro de la seriedad e ilustración que usted dice le faltan? Por ventura, ¿no hay hombres muy serios y muy ilustrados, los cuales no hacen otra cosa que escribir y publicar obras, en las que con toda la formalidad y toda la ciencia de que son capaces discuten y cuestionan sobre lo que ni es ni puede ser?

M. —Lo que habría tenido de particular es que quisiese alguno perder el tiempo con lo que ya está definitivamente juzgado, y sobre lo cual cada uno sabe a qué atenerse. Si hoy se escribe y se lee mucho sobre grandísimas inepcias, afirmándolas uno, impugnándolas otro, y teniendo todos la atención fija en ellas, consiste en que todavía no está dicho acerca de las mismas la última palabra, o porque aun cuando en realidad sean verdaderos despropósitos, como quiera que se presentan mezcladas a veces con algunas verdades, fascinan a no pocos y se llevan de calle a los incapaces de discurrir.

C. —¿Con que ya es una verdad incuestionable que todo lo que se dice de brujas, duendes, aparecidos y demás de este género es pura mentira?

M. —Tanto como una verdad incuestionable no diré que lo sea, al menos por definición y sentencia de juez competente; pero sí que lo es hoy por la opinión pública, lo cual no deja de ser muy respetable.

R. —Para mí no, porque o todas esas cosas son verdaderas o no lo son; si lo primero, la opinión pública se equivoca hoy; y si lo segundo, la opinión pública se equivocó en aquellos tiempos en que eran generalmente creídas. Por manera que si no hay otro tribunal que haya dictado el fallo, bien se podía apelar de uno que es tan falible, sin considerar ya el asunto como pasado en autoridad de cosa juzgada.

M. —Fuerza, y no poca, tendría lo que usted dice, si la opinión pública de los pasados siglos, en los que una crasísima ignorancia alimentaba las supersticiones en todas las clases de la sociedad, fuese tan atendible y digna de respeto como la opinión pública de nuestros días, cuando las luces de la ilustración han iluminado todas las inteligencias.

E. —Tampoco estoy conforme con eso, porque si bien no pondré en duda que en lo que comúnmente se dice público, en cuya palabra entiendo comprendidos todos los órdenes sociales, existe en el día más ilustración que la que había en los siglos que nos han precedido; el más consiste en que se extiende a mayor número de individuos, no en que las ciencias puramente especulativas, en las que todo ha de venir del entendimiento, se hallen hoy a mayor altura que la que alcanzaron en aquellos tiempos en que la general opinión de hombres que fueron, son y serán tenidos por eminentísimos sabios, admitía como cierta la existencia de la magia, que se ejerce por obra o con el auxilio del demonio.

C. —Todavía concedo yo menos, porque no veo que sea hoy mayor el número de personas ilustradas que el que había en tiempo de nuestros abuelos; lo que únicamente veo es que son más los que saben leer y escribir, y precisamente en eso creo que está la causa de que, dadas las actuales circunstancias de la sociedad, se halle la ilustración de nuestros días en un estado incomparablemente más deplorable que cuando eran pocos los que entendían un libro y manejaban una pluma, que a veces lo bueno se convierte en malo, aun cuando intrínsecamente nunca deje de ser bueno. Pues aparte de que la verdadera ilustración no pienso que tanto signifique como saber mucho, sino saber bien lo que conviene y se debe saber, los que no están en condiciones de cultivar las letras y las ciencias tampoco lo están en juzgar sobre la verdad o impostura de lo que leen; por lo cual se dejan llevar generalmente de lo que otros escribieron. Y como que entre lo que la prensa da a luz es muchísimo más lo malo que lo bueno, y como el humano linaje, por la reliquia que en él ha dejado el pecado del primer hombre, infinitamente más que a lo bueno es inclinado a lo malo, por precisión habremos de convenir en que cuanto más se generalice el saber leer y escribir, tanto mayor será la difusión de los errores y tanto más se irán corrompiendo las costumbres. Acabo de leer un periódico de Madrid en el cual, refiriéndose a una estadística penal contenida en la Gaceta, dice: «Por los cuales datos se ve que entre los que saben leer y escribir y tienen una educación media, con ser muchísimos menos en número que los que carecen de aquellos conocimientos y de toda especie de educación social y literaria, los criminales abundan de una manera extraordinaria.» ¿Puede, amigos míos, ser ilustrado, ni se concibe que lo sea, un pueblo corrompido?

Bien se me alcanza el medio de conciliarlo todo de manera que no creciese la inmoralidad a proporción que se aumentasen las escuelas, pues el remedio se reduce a prevenir que la prensa nada pueda estampar sin la anuencia y aprobación de personas competentes; pero desgraciadamente ni en lontananza diviso un ánimo valiente que acometa la curación de tal dolencia.

M. —¿Es decir, que cree usted de absoluta necesidad la previa censura?

C. —Exactamente. La había antes, aun cuando no con la generalidad y el rigor que convenía; y es lo cierto que desde que, rindiendo culto a sofísticos principios, se la ha hecho desaparecer, estamos viendo las gigantescas formas que de día en día van tomando los vicios, al mismo tiempo que la confusión de ideas y la perversión del sentido moral llegan a tal extremo, que hasta la verdadera noción de lo justo y de lo injusto parece que se ha perdido.

R. —Está bien lo que usted dice, y mucho pudiera discutirse sobre la materia; mas siguiendo por ese camino temo que hemos de llegar a perder el que emprendimos.

G. —Así también me lo parece, y será bien volvamos atrás los pasos y que acaben ustedes de decirme, a fin de que me sirva de gobierno, si he de tener por falso y supersticioso cuanto de las brujas, duendes, endemoniados, aparecidos, etc., etc., se cuenta en los libros y fuera de ellos. Ante todo, quisiera saber que es lo que sobre el particular ha dicho Nuestra Santa Madre la Iglesia.

M. —Creo que hasta ahora, si bien en sus códigos ha condenado, como también condenan todas las legislaciones civiles, el ejercicio de las artes mágicas, no se ha ocupado en definir lo que en cada una de ellas haya de verdad; pues aunque se hace mérito del Concilio Ancirano y se alega un canon del mismo de dudosa legitimidad, es común opinión que el tal canon sólo se refiere a cierta y determinada secta y no a todas las especies de magia.

E. —Pues entonces, adonde el asunto debe llevarse es al tribunal de la razón.

M. —Ya se ha llevado.

E. —¿Y que se ha decidido?

M. —Que es de fe cuanto de los endemoniados nos dicen las Sagradas Escrituras, y que es posible todo cuanto se conoce con el nombre de maleficio.

G. —Bien; pero la posibilidad no supone la realidad, que es de lo que yo quisiera cerciorarme.
M. —Respecto a la realidad, voy a referir a ustedes lo que he leído en varios autores que de esta materia se han ocupado detenidamente, y después ustedes juzgarán.

El poder de hacer cosas extraordinarias, que están fuera del alcance de las facultades humanas, según la idea que de éstos tenemos, y que, por lo tanto, no se concibe como se han hecho, es lo que se llama magia, de la cual hay dos especies, una que se dice natural, y otra que es verdaderamente diabólica.

Posee la primera el que sabe las virtudes naturales de las cosas, con cuya ciencia asombra al que ignora esas admirables virtudes. Se dice con razón, que si vulgarmente se ignorase la virtud de la piedra imán, y alguno la ostentara, sería tenido por mago, y lo mismo podría decirse de la electricidad, el vapor, etc. Esta clase de magia, se considera como cierta parte de la filosofía más secreta, la cual, cuando llega a ser comúnmente conocida, ya deja de llamarse magia, y se enumera entre las demás artes.

El Padre Victoria escribe que, en muchas cosas naturales, se hallan efectos extraordinariamente sorprendentes y del todo semejantes a las obras mágicas; como el de una piedra que se encuentra en el Tigris, que libra de las fieras al que consigo la lleva; el de la yerba carisia, la cual hacía que todos los hombres amasen a la mujer que la poseía; yerba que tengo para mí que se ha perdido, de cuya desgracia jamás se podrá lamentar bastante el bello sexo.

De otra yerba, llamada dictoneo, dicen autores muy veraces, que cuando las cabras la comían, expelían las saetas que tuviesen clavadas.

Por San Agustín sabemos que había en Epiro una fuente, cuyas aguas quitaban la sed al que con ella las bebía; pero se la daban ardientísima al que sin ella las tomaba. El mismo Santo habla de otra fuente, símbolo del inconstante, la cual manaba en Idumea, y solía mudar cada año cuatro colores, durando cada uno tres meses, siendo al principio rubio, luego sangrienta, después verde, y finalmente, clara y pura.

La piedra asbesto, según el mismo San Agustín, tenía la virtud de que, una vez encendida, nunca se apagaba.

Esto me recuerda lo siguiente, que leí en un libro, impreso en Trigueros el año de 1649; y cuyo autor no quiero nombrar, temiendo sean ustedes tentados de buscarlo, leerlo y perder el tiempo, como yo lo he perdido: «San Isidoro, no sólo fue ilustre mago natural especulativo, sino también práctico, y entre las obras mágicas que hizo, fue una la que cuenta D. Lucas, Obispo de Tuy, y fue en tiempo de don Alonso el VI, y lo refiere D. Pablo de Espinosa: hizo una candela que, una vez encendida, no se podía apagar, y la hubo de poner el Santo cuando murió, y donde la hallaron mucho tiempo después los cristianos, que se la hurtaron con la ocasión que diré».

Mas no creo que deba pasar adelante sin advertir, que San Agustín, después de referir muchas propiedades naturales, que ciertamente causan admiración, y de las cuales no puede darse cuenta la inteligencia humana, añade: «Tampoco yo quiero que temerariamente se crean todas las maravillas que relacioné, mediante a que yo no les doy tal asenso, como si no me quedase duda alguna de ellas, a excepción de las que yo mismo he visto por experiencia, y cualquiera fácilmente puede experimentar: como el fenómeno de la cal, que hierve en el agua, y en el aceite esta fría; el de la piedra imán, que no sé cómo con un sorbo insensible no mueve una pajilla, y arrebata el hierro; el de la carne del pavón que no admite putrefacción; el de la paja, que esta tan fría, que no deja derretirse la nieve, y tan caliente, que hace madurar la fruta; el del fuego, que siendo blanco y resplandeciente, cociendo las piedras, las convierte en blancas, y contra esta blancura y brillantez, quemando varias cosas, las oscurece y vuelve negras. Semejante a éste es aquel prodigio de que con el aceite claro se hagan manchas negras, como se hacen también líneas negras con la plata blanca; y también el de los carbones , que con el fuego se convierten en otra esencia tan opuesta, que de hermosísima madera, se vuelva tan desfigurada, de dura, tan frágil, y de corruptible, en incorruptible. De estas maravillas, algunas las sé yo, como las saben otros muchos, y otras infinitas, que sería alargarme demasiado referirlas todas en este libro. Pero de las que he escrito en él, y no las he visto por experiencia, sino que las leí (a excepción de la fuente donde se apagan las hachas, que están encendidas, y se encienden las apagadas, y el de la fruta de la tierra de los Sodomitas, que en lo exterior está como madura y en lo interior como humosa), nunca pude hallar testigos que fuesen idóneos para que me informasen si era verdad. Y aunque no encontré quien me dijese que había visto aquella fuente de Epiro, sin embargo, hallé quien conocía otra semejante en Francia, no lejos de la ciudad de Grenoble. Y el de la fruta de los árboles del país de Sodoma, no sólo nos lo enseñan las historias fidedignas, sino que asimismo son tantos los que aseguran haberlo visto, que no puedo dudar de su identidad. Pero todo lo demás lo conceptúo de tal calidad, que ni me determino a afirmarlo, ni a negarlo; sin embargo , lo inserté, porque lo leí en los historiados de éstos, contra quienes disputamos, para manifestar la diversidad de cosas que muchos de ellos creen, hallándolas escritas en los libros de sus literatos, sin que les den razón alguna de ellas los que no se dignan darnos crédito, ni aun dándoles la razón, cuando lo que supera la capacidad y experiencia de su inteligencia, le decimos que lo ha de hacer Dios Todopoderoso».

En el susodicho libro impreso en Trigueros, se lee: «En la naturaleza se conocen por experiencia algunos efectos maravillosos, sin haberse podido hallar su verdadera causa; como lo que se lee en Solino, que Demariño en algunas ocasiones que tuvo de quererle sus enemigos ofender con armas, usaba de una piedra llamada camelthites, que se halla en la sola Isla de Córcega, la cual detiene, para que no lleguen a la persona que se halla con ella, las manos del que quiere ofenderle. Sabida es aquella virtud del anillo de Giges, pastor de la Libia, el cual, estando repastando el ganado, descubrió una maravillosa cueva, y deseoso de saber lo que estaba dentro de ella, entró y halló un gran caballo de bronce en forma de sepulcro, y encerrado en su vientre un gran gigante, y mirándole con atención, vio que en un dedo de la mano estaba un riquísimo anillo con una vistosa piedra, y quedóse con ella; y andando después en su poder, experimentó que, moviéndola hacia la palma de la mano, los demás pastores no le veían; y satisfecho de esa virtud con largas experiencias que hizo, deseoso de valerse de ella para cosas de importancia, se fue a la corte del rey de Libia, tuvo traza de verse con la reina, con quien se casó, y vino a ser señor de toda la Libia».

M. —También se lee en el citado libro lo siguiente:

«¿Y quién podrá saber la causa natural de lo que refiere Mayolo, aunque no lo hallo, que, muerto el padre o madre de familias, se mueren todas las abejas que se crían en la colmena, si no hay cuidado de pasarlas a lugar distante? ¿Quién podrá descubrir la causa de que la piedra imán por un lado atraiga y por otro eche de sí al hierro, y por qué pierde sus fuerzas si le toca el zumo del ajo, o le cubre el estiércol del animal, y que se libre de esa suspensión de ejercicio de su virtud luego que la bañan con vino? ¿Quién sabe con ciencia cierta la causa verdadera de las crecientes y menguantes del mar, y para qué faltan en uno de los Mediterráneos y no en ambos? ¿Quién el número cierto de los cielos y la causa inmediata de su regular gobierno? ¿Quién ha hallado la causa verdadera de refrescarse la sangre del cuerpo violentamente muerto, o del miembro cortado, aunque sea mucho después del suceso, estando presente el matador? ¿Quién sabrá por qué preceden al suceso de algunas desgracias extraordinarias en cualquier persona o de algunas ilustres familias, señales que den noticia de ellas, aunque las personas estén muy distantes? En el estado de Ferrara, todas las veces que sucede alguna grave enfermedad a los de la familia, marqueses o príncipes, se oye en la capilla donde está enterrada Beatriz Atestina, que era de ese linaje, un gran ruido, y el cuerpo de la difunta se halla trastornado a otro lado del que antes tenía; murió el año de 1226. Y Mayolo refiere de los huesos de San Silvestre, Papa, que siempre que ha de haber muerte de Pontífice, se despide milagroso sudor, y luchan unos con otros; y refiere de otra familia noble, que con la muerte de alguno de ella, el agua pura de cierta fuente la turba un gusano desconocido; y de otra de Bohemia, que en la muerte de alguno de ella aparece un personaje vestido de luto, con rostro triste, y caído y afligido en el semblante. Y de algunos Monasterios dice, que el lugar donde suelen enterrarse algunos de los religiosos, aparece la figura de alguno sin cabeza, en señal de su acelerada muerte. Y en España, es cierto lo de alguno de la familia y linaje de los Castillas, aunque esté en las Indias, cuando se sienten golpes en la tumba del sepulcro de uno que está en Valladolid».

M. —Me parece que no hay para qué yo, a ejemplo de San Agustín, tema los juicios temerarios sobre lo que creo o dejo de creer de todos los portentos que ustedes acaban de oír; basta con que advierta que los he escogido entre mil semejantes que pudiera haber aducido, para que teniendo ustedes ejemplos de las materias que constituían el estudio de la ciencia mágica natural, queden convencidos de que los antiguos que tal ciencia profesaban, si hoy viviesen, no serían llamados magos, sino doctores o licenciados en ciencias naturales.

A esta clase de magos pertenecían los tres reyes, que de distintas regiones, fueron a Belén a adorar a Nuestro Divino Redentor; y no sería poca gloria para nuestra España, si, como algunos dicen, uno de esos reyes, salió de Cádiz o Tarifa. Mas el primer mago de esta especie, al cual no ha llegado, ni creo llegará otro, fue nuestro primer padre, no el que para nuestra ignominia nos achacan las huecas calaveras del Darwinismo y Transformismo, sino Adán, a quien no se ocultaba virtud alguna de cuantas se contenían en las cosas que componen el Universo, creado de la nada, por Dios Todopoderoso, cuyo conocimiento, trasmitido a las generaciones que de Adán se sucedieron, fue debilitándose poco a poco, siendo hoy sumamente difícil el alcanzar una mínima parte de él a fuerza de estudio y de experimentos; pues, a pesar de lo que se vocifera el progreso de las ciencias naturales, progreso que yo no niego, nada se sabe en comparación de lo que se ignora.

Pero dejemos esa magia natural, que ya no se llama magia, entendiéndose sólo con este nombre la que consiste en llevar a cabo cosas estupendas, humanamente imposibles, con ayuda del demonio, consintiéndolo Dios por sus inescrutables designios. A ésta pertenecen los prodigios de Apolonio de Tiana, que competían con los milagros del Apóstol San Pablo. Ésta fue la magia por cuya virtud llegó a volar aquel Simón a quien las oraciones de San Pedro hicieron caer desde la altura a que el demonio lo había elevado. De esa magia es de la que se dice que usaron Circe para convertir en bestias a los compañeros de Ulises, ciertas mesoneras romanas a sus huéspedes en jumentos, no sé quién para convertir en aves a los socios de Diomedes, y tampoco sé quién para transformar en yegua a una jovencita, que fue librada de tamaña desventura por las oraciones de San Macario.

Finalmente, ésta es la magia de que hablan el Martillo y el Hormiguero al tratar de los duendes, brujas, aparecidos, endemoniados, etc., designándola con el nombre de maleficio.

Sobre quién fue el primero que acudió al demonio en demanda de esa maldita ciencia, solo se procede por conjeturas, respecto a los tiempos primitivos; pero con relación a los postdiluvianos, dice el autor del libro de Trigueros: «Y aunque la magia diabólica pudiera haber perecido en las aguas del diluvio universal, pero dice Casiano que la sustentó uno de los hijos de Noé que entraron en el arca, que fue Caín, gran mago, a quien su santo padre maldijo; y dice Josefo que, no atreviéndose a entrar en el arca los libros que tenía de las artes por estar en ella su santo padre, los dejó en parte señalada de la tierra: estaban escritos en láminas de diferentes metales, que no pudiesen sujetarse a las inclemencias de las aguas, y en diferentes piedras, a quien no pudiesen ofender ni el diluvio del agua ni del fuego, que habían de sobrevenir al mundo, de que tenían noticia, derivada de Adán por especial revelación que Dios le hizo; y así esa mala semilla pasó a muchos sucesores de Caín, al cual, por esa acción, llamaron comúnmente autor del arte mágico, como notan San Agustín y Pereira; y porque la enseñó con especial cuidado a su hijo primogénito Mirraín, el cual, como dice San Clemente romano, la sembró en Egipto, en Babilonia y en Persia, a quien por eso le atribuían esas gentes el ser autor de este arte. Es el que Plinio llama Zoroaste, que quiere decir vivum astrum: astro vivo; porque habiendo enseñado a los persas a adorar por dios al fuego, quiso el verdadero Dios muriese a sus manos de un rayo que cayó del cielo, como dice San Gregorio Turonense y Del Rio; si bien el autor principal fue el demonio, por ser esas obras enderezadas a su honra y culto, como notó Procopio y lo refiere Eusebio, diciendo que sus dioses no sólo quieren que los hombres gocen de esa familiaridad y feliz trato, sino que juntamente les sirvan con las cosas de que más gustan».

Los autores del Martillo de maléficas proponen esta cuestión: Si hay maleficio; y después de examinar todas las razones en pro y en contra, lo deciden en los siguientes términos: «Se concluye de todo lo dicho, que es verdadera aserción católica la de que hay maleficios, que con el auxilio de los demonios, por el pacto hecho con ellos, permitiéndolo Dios, pueden producir efectos reales maleficiales, sin excluir el que también los pueden producir fantásticos por medios prestigiosos».

Han de tener ustedes presente, que la obra del Martillo de maléficas, fue aprobada por todos los profesores de Teología de la universidad de Colonia, y que no bastaría un tomo en folio para la lista de todos los sabios y santos que abundan en el mismo sentido.

Oigan ustedes algo de lo mucho bueno que escribió en un periódico hace pocos años cierto autor, que se propuso y llevo a cabo con toda felicidad, la tarea de defender a la Inquisición de cuanto contra la misma continuamente dicen y repiten hasta la saciedad sus enemigos.

«Reducidas las diversas artes y maneras de superstición que hemos referido al arte de producir efectos, no solamente maravillosos, sino superiores y desproporcionados a la virtud que respectivamente poseen los agentes del Universo, de que hacemos parte, ninguna persona docta puede ignorar que todas las épocas del mundo, principalmente las que precedieron a la venida del Redentor, están llenas de obras y hasta de sistemas supersticiosos, que jamás podrán ajustarse ni convenir con el curso ordinario y regular de la naturaleza. Y es evidente que, como esos hechos se hayan producido siempre fuera de la Religión y contra ella, y no puedan ser atribuidos a Dios ni a los ángeles buenos que le guardaron fidelidad, por fuerza hubieron de ser causados por los ángeles malos y réprobos, los cuales, aunque cayeron del cielo, no perdieron su naturaleza, ni se eclipsó su inteligencia, muy superior a la nuestra, ni fueron destituidos de aquel poder extraordinario y maravilloso que ejercitan sobre las cosas sensibles, para llevar adelante, según que les es permitido, las trazas y maquinaciones de su perpetua concupiscencia contra la gloria de Dios y la salud de los hombres. Y a la verdad, ¿qué fueron los oráculos de la antigüedad gentílica sino hechos preternaturales, en los cuales intervenían los espíritus malos, adorados por las gentes como dioses: Omnes dii gentium demona. Cuéntase a este propósito, que, habiendo probado esta verdad el docto jesuita Baltus contra cierto famoso médico holandés, llamado Van Dale, el cual había escrito una disertación en que atribuía a fraude de los sacerdotes las respuestas dadas por los ídolos, Fontenelle, que había traducido este escrito al francés, viendo la impugnación victoriosa de él, dijo festivamente: Le diable a gagné sa cause. Bastaban en este punto para engendrar en los ánimos perfecta certidumbre los testimonios de los antiguos Padres y de los escritores eclesiásticos y otros testigos muy santos, dignos de toda fe; pero además, el carácter y procedencia satánicos de tales respuestas, se comprueban con los mismos autores gentiles, singularmente Celso y Porfirio, quienes hasta llegaron a quejarse del silencio de sus oráculos después del cristianismo, sin duda porque la propagación de esta divina Religión, les forzaba a callar: entonces pudo invertirse la sentencia de Fontenelle y decirse que el diablo había perdido su causa. (Falsa filosofía.) Ni eran sólo los oráculos los hechos en que se manifestaba e influía entre los gentiles el principio de este mundo; a él únicamente pueden y deben atribuirse todos los prestigios que entonces obraba la magia, entre los cuales es conocido el hecho de Simón Mago, a quien fue visto elevarse sobre el aire. No faltaron entonces respuestas y vaticinios dictados por el mismo demonio, bajo el nombre de alguna persona ya difunta, valiéndose de medios e instrumentos para sus encantamientos y seducciones, como mesas, trípodes, etc. Muchos enfermos entre los egipcios y los griegos dormían en los templos, para que durante el sueño les fuese revelado el remedio conveniente. El sueño se producía en otras ocasiones artificialmente por el contacto de las manos, según aquello que se lee en Plauto (Amphit. act. 1.) ¿Quid, si ego illam tractim tangam ut dormiat? Conocieron también los paganos la clara intuición con que se imaginaban ver las cosas futuras y distantes, empleando al efecto algún espejo, o por medio de agua trasparente, como se cuenta de aquél que con el auxilio de un cristal, mostró a un embajador inglés los reyes que habían de suceder en el trono al que a la sazón lo ocupaba.

»Viniendo ahora a los tiempos de la Edad Media y posteriores, ofrécense en primer término a nuestros ojos aquellas extrañas mujeres, de quien se dice, y no sin fundamento, que comunicaban habitualmente con el demonio. Aunque de ellas se refieren mil fábulas e invenciones, sobre todo acerca de sus aquelarres, congresos nocturnos y reuniones sabáticas, no faltan autores, aun entre los protestantes, que dan por cierto dicho comercio y los dichos conventículos; si bien otros, entre quienes se distinguió mucho el sabio jesuita Federico Spee, atribuyen tales cosas a puras alucinaciones de la imaginación. Pero sea de esto lo que quiera, es lo cierto, dice el doctor Perrone (en cuya excelente obra De virtute religionis, de donde hemos tomado las noticias que preceden, puede el lector verlas ampliadas y justificadas en los textos que allí se citan), que personas del uno y el otro sexo, pero principalmente mujeres, se hicieron reos de crímenes atroces y perniciosos de muchos modos en virtud de pacto y convención con el demonio, por los cuales fueron condenados justamente al último suplicio.» Es de notar que los protestantes no se quedaron detrás de nadie en la persecución de este género de delitos.

G. —Sumamente grato me ha sido oír lo relatado por ese sabio y erudito defensor del Santo Oficio; y lo que de todo más me ha llamado la atención, es lo que dice respecto a los oráculos, cuyas respuestas siempre había yo tenido por el resultado de las supercherías de los sacerdotes paganos, que con ellas embaucaban a todo el mundo y sacaban pingües utilidades.

M. —En esto se refiere el abogado de la Inquisición a lo que sobre lo mismo escribió en la obra titulada Falsa filosofía, el nunca bien ponderado Fray Fernando de Ceballos, ilustre monje Jerónimo, en el inmediato Monasterio de San Isidro del Campo; y siento, en verdad, no tener a la mano en este momento dicha obra, para leer a ustedes lo que refiere en cuanto a los oráculos, que es, como todo lo suyo, de un mérito sobresaliente.

R. —Pues, siendo cosa tan buena y tan conducente al asunto de que tratamos, ruego a usted se tome la molestia de traer mañana el libro del Padre Ceballos, para proporcionarnos el placer de oír a ese célebre monje.

M. —Son órdenes para mí los deseos de cualquiera de ustedes, y no faltará aquí en la próxima noche la Falsa filosofía.

C. —Resulta de lo que hasta ahora ha tenido usted la bondad de decirnos, que son muchísimos los santos y los sabios que afirman la existencia de la magia; y supuesto que nadie ha podido demostrar que se hallan equivocados, dispénseme la señora opinión pública el que por de pronto no la siga.

R. —Ni yo.

G. —Pues yo, menos.

M.-—Démosla por abandonada nemine discrepante: pero entiéndase que, conformes con lo que han dicho en cierto dictamen tres dignísimos sacerdotes, la abandonamos «aparte de todo género de ilusiones; aparte de accidentes producidos por el desarrollo de fuerzas físicas, cuyo valor es relativo; aparte de la malicia y del fraude, que han logrado su objeto para fines más prácticos y de mayor eficacia; aparte de gravísimos daños ocasionados por decepciones funestas y miserables supercherías».

E. —La verdad es, que ha dejado de creerse en esas cosas, a medida que ha dejado de creerse en Dios.

G. —¿Tiene esto alguna explicación?

M. —Y tanto como la tiene. Todo lo que constituye las diferentes especies de magia, lo atribuyen los autores católicos a obra del demonio, y como no habría demonio si no hubiese Dios, para negar la existencia de este Ser Supremo, preciso era negar al mismo tiempo la de la más desgraciada de sus criaturas. Regla general sin excepción alguna: el que no cree en el diablo, tampoco cree en el Dios verdadero.

A propósito de esto, recuerdo que en cierta revista católica se publicaron algunos artículos sobre lo que hay de verdad en el espiritismo, y en uno de ellos, que tiene por epígrafe: «¿Qué se han hecho las viejas creencias?» se dice: «Para llegar a quitar a los hombres la creencia en Dios, se había ensayado quitarles la creencia en el diablo.» Los grandes Patriarcas Baile, Buile y Voltaire, habían declarado que esta era la gran dificultad que se debía vencer. «Satanás, decía Voltaire, es todo el cristianismo.» Se repetía, como hoy lo hacen los espiritistas, en todos los tonos y en todas las formas que el infierno y sus llamas eternas son incompatibles con la infinita bondad de Dios. El miedo al diablo estaba profundamente arraigado en la mayor parte de las conciencias; sin embargo, a fuerza de ridículo, de sarcasmos, de chanzonetas más o menos espirituales, se llegó a punto de hacerlo olvidar. «La obra más principal de Satanás, ha dicho uno de nuestros más célebres oradores, ha sido la de hacerse negar

E. —Supuesto que, al parecer, a todos nos interesa y distrae agradablemente la materia de que se trata, y que de ella se habla con extensión en el Martillo y en el Hormiguero de maléficas, me atrevo a formular la proposición de que, dando por ahora tregua al tresillo, tenga la bondad el Sr. de M. de leernos en las veladas sucesivas esos libros, o cualquiera de ellos.

C. —Felicísima sería la idea de usted., Sr. de E., si no se ofreciese, por desgracia, la dificultad de que el idioma en que los tales libros se hallan escritos, es enteramente desconocido para mí.

G. —Y para mí también; y en verdad que lo siento, porque no puede por menos, sino que entre las hojas del Hormiguero y el Martillo, se han de encontrar cosas sumamente curiosas.

E. —Cierto que ese inconveniente, que lo es para mí, lo mismo que para ustedes dos, no se me había ocurrido, y de lamentar es el que no tenga remedio.

M. —Sí que lo tiene, amigos míos; porque todo se reduce a que yo les lea en castellano lo que esta escrito en latín, lo cual, aun cuando no es tan fácil como a algunos parecerá, tampoco lo considero como un trabajo de Hércules.

C. —Pues si tanta fortuna tenemos, desde la noche próxima se podrá dar principio a la lectura.

Así terminada la primera tertulia de estas diabólicas que me he propuesto relatar, se despidieron de R. sus tres compañeros.