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viernes, 5 de enero de 2018

Dante y Bartolomé Mitre: Infierno, Canto V

CANTO QUINTO
CÍRCULO SEGUNDO: LUJURIA
MINOS, PECADORES CARNALES, FRANCESCA DE RÍMINI

Segundo círculo del infierno. Minos examina las culpas a la entrada, y señala, a cada alma condenada el sitio de su suplicio. Círculo de los Injuriosos donde comienza la serie de los siete pecados capitales. Francesco de Rímini.

Así bajé del círculo primero,
al segundo, en que en trecho más cerrado,
más gran dolor, aúlla plañidero.

Allí, Minos, horrible, gruñe airado;
examina las culpas a la entrada:
juzga y manda, según ciñe el pecado.

Digo, que cuando el alma malhadada,
ante su faz, desnuda se confiesa,
aquel conocedor de la culpada,

ve de qué sitio del infierno es presa,
y cíñese la cola, y cada vuelta,
marca el grado a que abajo la endereza.

Presente hay siempre, multitud revuelta:
cada alma se declara ante su juicio;
la escucha, y al abismo baja vuelta.

«¿Qué buscas del dolor en el hospicio?»
Gritó Minos, mirando de hito en hito,
y suspendiendo su severo oficio.

«¡Guay de quien fías, y no seas cuito!
¡No te engañe la anchura de la entrada!»
Y mi guía le dijo: «¿A qué ese grito?

«No le interrumpas su fatal jornada:
lo quiere así, quien puede y ha podido
lo que se quiere. ¡No preguntes nada!»

Ora comienza el grito dolorido
a resonar en la mansión del llanto,
y el corazón golpea y el oído.

Era un lugar mudo de luz, en tanto
que mugía cual mar embravecida,
por encontrados vientos, con espanto.

La borrasca infernal, siempre movida,
los espíritus lleva en remolino,
y los vuelca y lastima a su caída.

Y en el negro confín del torbellino,
se oyen hondos sollozos y lamentos,
que niegan de virtud el don divino.

Eran los condenados a tormentos,
los pecadores, de la carne presa,
que a instintos abajaron pensamientos.

Cual estorninos, que en bandada espesa,
en tiempo frío, el ala inerte estiran,
así van ellos en bandada opresa.

De aquí, de allá, de arriba, abajo, giran,
sin esperanza de ningún consuelo:
ni a menos pena ni al descanso aspiran.

Como las grullas, que en tendido vuelo
hienden el aire, al son de su cantiga,
así van, arrastrados en su duelo,

por aquel huracán que los fustiga.
«¿Quienes son», pregunté, «que en giro eterno,
el aire negro con furor castiga?»

«La primera que ves en este infierno,»
me dijo, «emperatriz fue de naciones
de muchas lenguas, con poder superno:

«Rota fue de lujuria, y sus pasiones
en leyes convirtió, y así la afrenta
quiso en vida borrar de sus acciones:

«la Semíramis fue, de quien se cuenta,
dio de mamar a Nino y fue su esposa,
donde hoy el trono de Soldán se asienta.

«La otra que ves, se suicidó amorosa,
infiel a las cenizas de Siqueo:
la otra es Cleopatra, reina lujuriosa.»

Y a Helena vi, causa y fatal trofeo
de larga lucha; y víctima de amores,
al grande Aquiles, hijo de Peleo;

y a Paris y a Tristán, y de amadores,
las sombras mil, por el amor heridas,
que dejaron su vida en sus ardores.

Luego que supe las antiguas vidas,
sentí de la piedad el soplo interno,
desmarrido por tantas sacudidas.

«Hablar quisiera con lenguaje tierno»,
dije, «a esas sombras que ayuntadas vuelan,
tan leves como el aire en este infierno».

Y díjome: «Por el amor que anhelan,
pídeles que se acerquen, y a tu ruego
vendrán, cuando los vientos las impelan».

Y cuando el viento nos las trajo luego,
interpelé a las almas desoladas:
«Venid a mí, y habladme con sosiego».

Cual dos palomas por amor llevadas,
con ala abierta vuelan hacia el nido,
por una misma voluntad aunadas,

así, del grupo donde estaba Dido,
cruzaron por el aire malignoso,
tan simpático fue nuestro pedido.

Y exclamaron: «¡Oh, ser tan bondadoso,
que buscas al través del aire impío,
las víctimas de un mundo sanguinoso!

«Si Dios escucha nuestro ruego pío.
por tu paz rogaremos en buen hora,
pues que te apiada nuestro mal sombrío.

«Y pues oír y hablar tu voz implora
te hablaremos prestándote el oído,
mientras el viento calla, como ahora.

«Se halla la tierra donde yo he nacido
en la marina donde el Po desciende,
en paz con sus secuaces confundido.

«Amor, que alma gentil súbito prende
a este prendó de la gentil persona,
que me quitó la herida que aun me ofende.

«Amor, que a nadie amado, amar perdona,
me ató a sus brazos, con placer tan fuerte,
que como ves, ni aun muerta me abandona.

«Amor llevonos a la misma muerte,
Caína, espera al matador en vida
Las dos sombras me hablaron de esta suerte.

Al escuchar aquélla ánima herida,
bajé la frente, y el poeta amado,
«|Qué piensas?» preguntome, y dolorida,

salió mi voz del pecho atribulado:
«¡Qué deseos, qué dulce pensamiento,
les trajeron un fin tan malhadado!»

Y volviéndome a ellos al momento,
díjeles: «¡Oh Francesca! ¡tu martirio,
me hace llorar con pío sentimiento!

«Mas, del dulce, suspiro en el delirio,
¿Cómo te dio el Amor tímido acuerdo,
que abrió al deseo de tu seno el lirio!»

Y ella: «¡Nada es más triste que el recuerdo
de la ventura, en medio a la desgracia!
¡Muy bien lo sabe tu maestro cuerdo!

«Pero si tu bondad aun no se sacia,
te contaré, como quien habla y llora,
de nuestro amor la primitiva gracia.

«Leíamos un día, en grata hora,
del tierno Lanceloto la ventura,
solos, y sin sospecha turbadora.

«Nuestros ojos, durante la lectura
se encontraron: ¡perdimos los colores,
y una página fue la desventura!

«Al leer que el amante, con amores
la anhelada sonrisa besó amante,
este, por siempre unido a mis dolores,

«la boca me besó, todo tremante...
¡El libro y el autor... Galeoto han sido...!
¡Ese día no leímos adelante!»

Así habló el un espíritu dolido,
mientras lloraba el otro; y cuasi yerto,
de piedad, me sentí desfallecido,

y caí, como cae un cuerpo muerto.

Versión castellana de BARTOLOMÉ MITRE.

CANTO V

Canto quinto, nel quale mostra del secondo cerchio de l’inferno, e tratta de la pena del vizio de la lussuria ne la persona di più famosi gentili uomini.

Così discesi del cerchio primaio
giù nel secondo, che men loco cinghia
e tanto più dolor, che punge a guaio. 3

Stavvi Minòs orribilmente, e ringhia:
essamina le colpe ne l’intrata;
giudica e manda secondo ch’avvinghia. 6

Dico che quando l’anima mal nata
li vien dinanzi, tutta si confessa;
e quel conoscitor de le peccata 9

vede qual loco d’inferno è da essa;
cignesi con la coda tante volte
quantunque gradi vuol che giù sia messa. 12

Sempre dinanzi a lui ne stanno molte:
vanno a vicenda ciascuna al giudizio,
dicono e odono e poi son giù volte. 15

"O tu che vieni al doloroso ospizio",
disse Minòs a me quando mi vide,
lasciando l’atto di cotanto offizio, 18

"guarda com’entri e di cui tu ti fide;
non t’inganni l’ampiezza de l’intrare!".
E ’l duca mio a lui: "Perché pur gride? 21

Non impedir lo suo fatale andare:
vuolsi così colà dove si puote
ciò che si vuole, e più non dimandare". 24

Or incomincian le dolenti note
a farmisi sentire; or son venuto
là dove molto pianto mi percuote. 27

Io venni in loco d’ogne luce muto,
che mugghia come fa mar per tempesta,
se da contrari venti è combattuto. 30

La bufera infernal, che mai non resta,
mena li spirti con la sua rapina;
voltando e percotendo li molesta. 33

Quando giungon davanti a la ruina,
quivi le strida, il compianto, il lamento;
bestemmian quivi la virtù divina. 36

Intesi ch’a così fatto tormento
enno dannati i peccator carnali,
che la ragion sommettono al talento. 39

E come li stornei ne portan l’ali
nel freddo tempo, a schiera larga e piena,
così quel fiato li spiriti mali 42

di qua, di là, di giù, di sù li mena;
nulla speranza li conforta mai,
non che di posa, ma di minor pena. 45

E come i gru van cantando lor lai,
faccendo in aere di sé lunga riga,
così vid’io venir, traendo guai, 48

ombre portate da la detta briga;
per ch’i’ dissi: "Maestro, chi son quelle
genti che l’aura nera sì gastiga?". 51

"La prima di color di cui novelle
tu vuo' saper", mi disse quelli allotta,
"fu imperadrice di molte favelle. 54

A vizio di lussuria fu sì rotta,
che libito fé licito in sua legge,
per tòrre il biasmo in che era condotta. 57

Ell’è Semiramìs, di cui si legge
che succedette a Nino e fu sua sposa:
tenne la terra che ’l Soldan corregge. 60

L’altra è colei che s’ancise amorosa,
e ruppe fede al cener di Sicheo;
poi è Cleopatràs lussurïosa. 63

Elena vedi, per cui tanto reo
tempo si volse, e vedi ’l grande Achille,
che con amore al fine combatteo. 66

Vedi Parìs, Tristano"; e più di mille
ombre mostrommi e nominommi a dito,
ch’amor di nostra vita dipartille. 69

Poscia ch’io ebbi ’l mio dottore udito
nomar le donne antiche e ’ cavalieri,
pietà mi giunse, e fui quasi smarrito. 72

I’ cominciai: "Poeta, volontieri
parlerei a quei due che ’nsieme vanno,
e paion sì al vento esser leggeri". 75

Ed elli a me: "Vedrai quando saranno
più presso a noi; e tu allor li priega
per quello amor che i mena, ed ei verranno". 78

Sì tosto come il vento a noi li piega,
mossi la voce: "O anime affannate,
venite a noi parlar, s’altri nol niega!". 81

Quali colombe dal disio chiamate
con l’ali alzate e ferme al dolce nido
vegnon per l’aere, dal voler portate; 84

cotali uscir de la schiera ov’è Dido,
a noi venendo per l’aere maligno,
sì forte fu l’affettüoso grido. 87

"O animal grazïoso e benigno
che visitando vai per l’aere perso
noi che tignemmo il mondo di sanguigno, 90

se fosse amico il re de l’universo,
noi pregheremmo lui de la tua pace,
poi c’ hai pietà del nostro mal perverso. 93

Di quel che udire e che parlar vi piace,
noi udiremo e parleremo a voi,
mentre che ’l vento, come fa, ci tace. 96

Siede la terra dove nata fui
su la marina dove ’l Po discende
per aver pace co’ seguaci sui. 99

Amor, ch'al cor gentil ratto s'apprende,
prese costui de la bella persona
che mi fu tolta; e 'l modo ancor m'offende. 102

Amor, ch’a nullo amato amar perdona,
mi prese del costui piacer sì forte,
che, come vedi, ancor non m’abbandona. 
105

Amor condusse noi ad una morte.
Caina attende chi a vita ci spense".
Queste parole da lor ci fuor porte. 108

Quand’io intesi quell’anime offense,
china’ il viso, e tanto il tenni basso,
fin che ’l poeta mi disse: "Che pense?". 111

Quando rispuosi, cominciai: "Oh lasso,
quanti dolci pensier, quanto disio
menò costoro al doloroso passo!". 114

Poi mi rivolsi a loro e parla’ io,
e cominciai: "Francesca, i tuoi martìri
a lagrimar mi fanno tristo e pio. 117

Ma dimmi: al tempo d’i dolci sospiri,
a che e come concedette amore
che conosceste i dubbiosi disiri?". 120

E quella a me: "Nessun maggior dolore
che ricordarsi del tempo felice
ne la miseria; e ciò sa 'l tuo dottore. 123

Ma s’a conoscer la prima radice
del nostro amor tu hai cotanto affetto,
dirò come colui che piange e dice. 126

Noi leggiavamo un giorno per diletto
di Lancialotto come amor lo strinse;
soli eravamo e sanza alcun sospetto. 
129

Per più fïate li occhi ci sospinse
quella lettura, e scolorocci il viso;
ma solo un punto fu quel che ci vinse. 132

Quando leggemmo il disïato riso
esser basciato da cotanto amante,
questi, che mai da me non fia diviso, 135

la bocca mi basciò tutto tremante.
Galeotto fu ’l libro e chi lo scrisse:
quel giorno più non vi leggemmo avante". 138

Mentre che l'uno spirto questo disse,
l'altro piangëa; sì che di pietade
io venni men così com'io morisse. 141

E caddi come corpo morto cade.
Divina Commediaa cura di Giorgio Petrocchi.
Casa Editrice Le Lettere. Firenze, 1994.




domingo, 30 de abril de 2017

Dante y Bartolomé Mitre: Infierno, Canto IV

INFIERNO CANTO CUARTO
CÍRCULO PRIMERO: LIMBO
PÁRVULOS INOCENTES, PATRIARCAS Y HOMBRES ILUSTRES

Un trueno despierta al poeta de su letargo. Sigue el viaje con su guía desciende al limbo, que es el primer círculo del infierno. Encuentra allí las almas que vivieron virtuosamente, pero que están excluidas del paraíso por no haber recibido el agua del bautismo. Los grandes poetas antiguos. Los espíritus magnos. Después, desciende al segundo círculo.


Rompió mi sueño un trueno estrepitoso,
que sacudió con fuerza mi cabeza,
y desperté, mi cuerpo tembloroso;

y el ojo reposado, con sorpresa,
me levanté, miré en contorno mío,
por conocer el sitio con fijeza;

y vi, que estaba en el veril sombrío,
del valle del abismo doloroso,
y ayes sin fin subían del bajío:

era oscuro, profundo y nebuloso,
que aun hundiendo de fijo la mirada,
no alcanzaba su fondo tenebroso.

Mi guía, con la faz amortajada,
dijo: «Bajemos a ese mundo ciego :
primero yo: tú, sigue mi pisada».

Yo, que su palidez vi desde luego,
respondí: «Si el bajar a ti te espanta,
¿Quién a mi pecho infundirá sosiego!»

«Es la angustia,» dijo él, «por pena tanta,
y la piedad pintada en mi semblante;
no pienses que es temor que me quebranta.

«Vamos: el trecho es largo y apremiante».
Y entramos en el círculo primero,
que ceñía el abismo colindante.

Aquí volvía el grito lastimero,
de suspiros sin fin, más no de llanto,
que en aire eterno tiembla plañidero.

Era rumor de pena, sin quebranto,
de hombres, niños, mujeres, numerosos,
que en turba iban girando, sin espanto.

«Quiero sepas, que espíritus llorosos,
son esos que tú ves», el maestro dijo,
«antes de ir a otros antros tenebrosos.

«No pecaron, ni el cielo los maldijo;
pero el bautismo, nunca recibieron,
puerta segura que tu fe predijo.

«Antes del cristianismo, ellos nacieron;
no adoraron al dios omnipotente,
y uno soy yo de los que así murieron.

«Por tal culpa aquí yacen solamente,
y el castigo, es desear sin esperanza,
piadosa remisión del inocente».

Un gran dolor al pecho se abalanza,
al hallar en el limbo tanta gente,
digna de la celeste bienandanza.

«Dime, maestro, dime ciertamente»,
pregunté, para estar más cerciorado,
de la fe que al error vence potente:

«¿Salió de esta mansión algún penado,
por méritos que el cielo le abonaba?»
Y comprendido el razonar velado,

me respondió: «Apenas aquí entraba,
cuando miré venir un prepotente,
que el signo de victoria coronaba.

«Sacó la sombra del primer viviente,
de su hijo Abel, y de Noé el del Arca,
y de Moisés, que legisló obediente;

«con la de Isaac, la de Abrahán, patriarca;
y a Jacob con Raquel, por la que hizo
tanto, y su prole; y a David monarca;

«y muchos más, a quienes dio el bautizo;
que hasta entonces, jamás alma nacida,
subió de esta región al paraíso».

Sin parar nuestra; marcha de seguida,
íbamos al través de selva espesa,
digo, selva de gente dolorida.

Casi vencida la primera empresa,
un fuego vi, que en forma de hemisferio
vencía de la sombra la oscureza.

Sin comprender de lejos el misterio,
bien pude discernir, siquiera en parte,
que era de noble gente cautiverio.

«¡Oh tú! que honras la ciencia a par del arte,
¿Quiénes tienen tal honra, y en qué nombre
de las almas la vida así se parte?»

Y respondiome: «El caso no te asombre;
la fama que publica tu planeta
se propicia en el cielo con renombre».

«¡Honremos al altísimo poeta!
Su sombra vuelve a hacernos compañía»,
Clamó una voz, y se calló discreta.

Al expirar la voz, que así decía,
vi, cuatro grandes sombras por delante,
que ni dolor mostraban ni alegría.

«¡Míralos en su gloria fulgurante!»
Dijo el maestro: «El que la espada en mano,
se adelanta a los otros arrogante,

«es Homero, el poeta soberano:
el otro Horacio: Ovidio es el tercero;
y el que les sigue, se llamó Lucano.

«Como cada uno cree merecedero,
el nombre que me dio la voz aislada,
me honran con sentimiento placentero».

Así, la bella escuela vi adunada,
del genio superior del alto canto,
águila sobre todos encumbrada.

Luego que hubieron departido un tanto,
hacia mí se volvieron placenteros,
y el maestro sonriose con encanto.

Mayor honor me hicieron lisonjeros;
y dándome un lugar en compañía,
el sexto fui, contado entre primeros.

Y así seguimos, hasta ver del día
la dulce luz, en cuento razonado,
que es bien callar, y allí muy bien venía.

Un castillo encontramos, rodeado
con siete muros de soberbia altura,
de un hermoso arroyuelo circundado.

Paso el arroyo dio cual tierra dura;
siete puertas pasamos y seguimos,
hasta pisar de un prado la verdura.

Gentes de tardos ojos allí vimos,
de grande autoridad en su semblante,
y que muy bajo hablaban, percibimos.

Montamos una altura dominante,
que campo luminoso dilataba,
y que a todos mostraba por delante;

y en el prado, que todo lo esmaltaba
los espíritus vi del genio magno,
y de sólo mirarlos, me exaltaba.

A Electra vi en un grupo soberano:
a Héctor reconocí, y al justo Enea;
y armado, César, de ojos de milano.

Y vi a Camila, y vi a Pentisilea,
a la otra parte; y vide el rey Latino
que  con su hija Lavinia se parea.

Y vide a Bruto, que expelió a Tarquino;
Lucrecia y Julia y Marcia, y a Cornelia;
y solo, aparte, estaba Saladino.

Y ante la luz, que mi mirada auxilia,
vi al maestro, que el saber derrama,
sentado, en filosófica familia:

todos le admiran, le honran, se le aclama,
de Platón y de Sócrates cercado,
y de Zenón, y otros de excelsa fama:

Demócrito, que al caso todo ha dado:
Diógenes, Anaxágoras, y Tales,
y Heráclito, de Empédocles al lado;

Dioscórides, en ciencias naturales,
el gran observador; y vide a Orfeo,
y a Tulio y Livio y Séneca, morales:

al sabio Euclides, cabe a Tolomeo;
Hipócrates, Galeno y Avicena,
y Averroes, de la ciencia corifeo.

Mas a todos nombrar fuera gran pena,
y así, debo dejar interrumpido,
este discurso, que no todo llena.

Quedó a dos nuestro grupo reducido:
por otra senda me llevó mi guía,
del aura quieta al aire estremecido,

para volver a la región sombría.
Versión castellana de BARTOLOMÉ MITRE.

INFERNO. CANTO QUARTO

Canto quarto, nel quale mostra del primo cerchio de l’inferno, luogo detto Limbo, e quivi tratta de la pena de’ non battezzati e de’ valenti uomini, li quali moriron innanzi l’avvenimento di Gesù Cristo e non conobbero debitamente Idio; e come Iesù Cristo trasse di questo luogo molte anime.

Ruppemi l’alto sonno ne la testa
un greve truono, sì ch’io mi riscossi
come persona ch’è per forza desta; 3

e l’occhio riposato intorno mossi,
dritto levato, e fiso riguardai
per conoscer lo loco dov’io fossi. 6

Vero è che ’n su la proda mi trovai
de la valle d’abisso dolorosa
che ’ntrono accoglie d’infiniti guai. 9

Oscura e profonda era e nebulosa
tanto che, per ficcar lo viso a fondo,
io non vi discernea alcuna cosa. 12

"Or discendiam qua giù nel cieco mondo",
cominciò il poeta tutto smorto.
"Io sarò primo, e tu sarai secondo". 15

E io, che del color mi fui accorto,
dissi: "Come verrò, se tu paventi
che suoli al mio dubbiare esser conforto?". 18

Ed elli a me: "L’angoscia de le genti
che son qua giù, nel viso mi dipigne
quella pietà che tu per tema senti. 21

Andiam, ché la via lunga ne sospigne".
Così si mise e così mi fé intrare
nel primo cerchio che l’abisso cigne. 24

Quivi, secondo che per ascoltare,
non avea pianto mai che di sospiri
che l’aura etterna facevan tremare; 27

ciò avvenia di duol sanza martìri,
ch’avean le turbe, ch’eran molte e grandi,
d’infanti e di femmine e di viri. 30

Lo buon maestro a me: "Tu non dimandi
che spiriti son questi che tu vedi?
Or vo’ che sappi, innanzi che più andi, 33

ch’ei non peccaro; e s’elli hanno mercedi,
non basta, perché non ebber battesmo,
ch’è porta de la fede che tu credi; 36

e s’e’ furon dinanzi al cristianesmo,
non adorar debitamente a Dio:
e di questi cotai son io medesmo. 39

Per tai difetti, non per altro rio,
semo perduti, e sol di tanto offesi
che sanza speme vivemo in disio". 42

Gran duol mi prese al cor quando lo ’ntesi,
però che gente di molto valore
conobbi che ’n quel limbo eran sospesi. 45

"Dimmi, maestro mio, dimmi, segnore",
comincia’ io per volere esser certo
di quella fede che vince ogne errore: 48

"uscicci mai alcuno, o per suo merto
o per altrui, che poi fosse beato?".
E quei che ’ntese il mio parlar coverto, 51

rispuose: "Io era nuovo in questo stato,
quando ci vidi venire un possente,
con segno di vittoria coronato. 54

Trasseci l’ombra del primo parente,
d’Abèl suo figlio e quella di Noè,
di Moïsè legista e ubidente; 57

Abraàm patrïarca e Davìd re,
Israèl con lo padre e co’ suoi nati
e con Rachele, per cui tanto fé, 60

e altri molti, e feceli beati.
E vo’ che sappi che, dinanzi ad essi,
spiriti umani non eran salvati". 63

Non lasciavam l’andar perch’ei dicessi,
ma passavam la selva tuttavia,
la selva, dico, di spiriti spessi. 66

Non era lunga ancor la nostra via
di qua dal sonno, quand’io vidi un foco
ch’emisperio di tenebre vincia. 69

Di lungi n’eravamo ancora un poco,
ma non sì ch’io non discernessi in parte
ch’orrevol gente possedea quel loco. 72

"O tu ch’onori scïenzïa e arte,
questi chi son c’ hanno cotanta onranza,
che dal modo de li altri li diparte?". 75

E quelli a me: "L’onrata nominanza
che di lor suona sù ne la tua vita,
grazïa acquista in ciel che sì li avanza". 78

Intanto voce fu per me udita:
"Onorate l’altissimo poeta;
l’ombra sua torna, ch’era dipartita". 81

Poi che la voce fu restata e queta,
vidi quattro grand’ombre a noi venire:
sembianz’avevan né trista né lieta. 84

Lo buon maestro cominciò a dire:
"Mira colui con quella spada in mano,
che vien dinanzi ai tre sì come sire: 87

quelli è Omero poeta sovrano;
l’altro è Orazio satiro che vene;
Ovidio è ’l terzo, e l’ultimo Lucano. 90

Però che ciascun meco si convene
nel nome che sonò la voce sola,
fannomi onore, e di ciò fanno bene". 93

Così vid’i’ adunar la bella scola
di quel segnor de l’altissimo canto
che sovra li altri com’aquila vola. 96

Da ch’ebber ragionato insieme alquanto,
volsersi a me con salutevol cenno,
e ’l mio maestro sorrise di tanto; 99

e più d’onore ancora assai mi fenno,
ch’e’ sì mi fecer de la loro schiera,
sì ch’io fui sesto tra cotanto senno. 102

Così andammo infino a la lumera,
parlando cose che ’l tacere è bello,
sì com’era ’l parlar colà dov’era. 105

Venimmo al piè d’un nobile castello,
sette volte cerchiato d’alte mura,
difeso intorno d’un bel fiumicello. 108

Questo passammo come terra dura;
per sette porte intrai con questi savi:
giugnemmo in prato di fresca verdura. 111

Genti v’eran con occhi tardi e gravi,
di grande autorità ne’ lor sembianti:
parlavan rado, con voci soavi. 114

Traemmoci così da l’un de’ canti,
in loco aperto, luminoso e alto,
sì che veder si potien tutti quanti. 117

Colà diritto, sovra ’l verde smalto,
mi fuor mostrati li spiriti magni,
che del vedere in me stesso m’essalto. 120

I’ vidi Eletra con molti compagni,
tra ’ quai conobbi Ettòr ed Enea,
Cesare armato con li occhi grifagni. 123

Vidi Cammilla e la Pantasilea;
da l’altra parte vidi ’l re Latino
che con Lavina sua figlia sedea. 126

Vidi quel Bruto che cacciò Tarquino,
Lucrezia, Iulia, Marzïa e Corniglia;
e solo, in parte, vidi ’l Saladino. 129

Poi ch’innalzai un poco più le ciglia,
vidi ’l maestro di color che sanno
seder tra filosofica famiglia. 132

Tutti lo miran, tutti onor li fanno:
quivi vid’ïo Socrate e Platone,
che ’nnanzi a li altri più presso li stanno; 135

Democrito che ’l mondo a caso pone,
Dïogenès, Anassagora e Tale,
Empedoclès, Eraclito e Zenone; 138

e vidi il buono accoglitor del quale,
Dïascoride dico; e vidi Orfeo,
Tulïo e Lino e Seneca morale; 141

Euclide geomètra e Tolomeo,
Ipocràte, Avicenna e Galïeno,
Averoìs che ’l gran comento feo. 144

Io non posso ritrar di tutti a pieno,
però che sì mi caccia il lungo tema,
che molte volte al fatto il dir vien meno. 147

La sesta compagnia in due si scema:
per altra via mi mena il savio duca,
fuor de la queta, ne l’aura che trema. 150

E vegno in parte ove non è che luca.
Divina Commediaa cura di Giorgio Petrocchi.
Casa Editrice Le Lettere. Firenze, 1994.