Mostrando entradas con la etiqueta Tamara McCarol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tamara McCarol. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de octubre de 2013

Ambrose Bierce: Prólogo a Telarañas de un cráneo vacío


FUE el décimo de trece hermanos cuyos nombres de pila empezaban, todos, con la letra A, circunstancia que no debía prestarse a facilitar su identificación en el seno del hogar; por tal motivo, tal vez (como podría revelarnos algún fino psicoanalista), se empeñó toda la vida en cultivar una originalidad que hiciese imposible confundirlo con otro. Debemos reconocer que lo logró: Ambrose Bierce es inconfundible.

  De aquella caprichosa manía onomástica de su padre derivarían también, qué duda cabe, fatales inclinaciones alfabéticas; de modo que sólo fue cuestión de tiempo que acabase escribiendo un diccionario —necesariamente diabólico, como cuadraba a su soterrado deseo de dar vindicativa respuesta al capricho paterno (circunstancia que también le inspiraría —y agradezcamos que no llegó más lejos— encantadoras pesadillas parricidas). 

  Otra cosa: tantas aes en aquella familia no pudieron dejar de imprimir en la “trecena” de vástagos (o, al menos, en el que nos interesa) la idea de que había que compensar tanto monótono comienzo y tan poco fin; de donde su sistemática tendencia a tomarlo todo a contrapelo, es decir, yendo de la punta hacia la raíz. Considerándolo en su faz de fabulista, una de aquéllas en que más se destacó, podemos estar seguros de que, si se hubiera llamado Martin, John o Zachariah (para poner punto final a la serie), o Yates (considerando que después de él aún seguirían tres), hubiera sido, probablemente, otro Esopo más; como se llamó Ambrose, fue Bierce.

  (Su segundo nombre, desde luego, no cuenta, ya que Gwinnett no es un nombre sino un apellido: el de uno de los signatarios de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos.)
Pero no por haber sido escritas en solfa dejan sus fábulas de ser verdaderas fábulas; desde temprano, su autor comprendió que la mejor manera de aferrar la verdad es hacer como con la ocasión: tomándole el pelo. Así como también supo que los demonios más temibles se exorcizan con carcajadas. Por eso llevó a la perfección (mi pluma indócil escribió primero “perversión”; ella sabrá más…) el arte de deleitar contando horrores.

  Su proverbial y siempre creciente misantropía fue (se nos dice que en todos los casos es así, ya que de lo contrario arderíamos de amor al prójimo) resultado de vivencias traumáticas: las terribles experiencias, sin duda, que vivió en su juventud en los campos de batalla de la Guerra de Secesión, y que reflejó como pocos en sus admirables Cuentos de soldados; su ingrata aventura comercial en el dominio de la minería aurífera, que lo puso en trato íntimo con empresarios cuyas almas nada tenían del metal que buscaban; su enfrentamiento con una clase política indigna y venal (no tuvo, por lo visto, la suerte de vivir en nuestros tiempos); el desengaño amoroso que depués de diecisiete años de convivencia sufrió con su esposa Mollie, a la que no daría sucesora; la trágica muerte en plena juventud de dos de sus tres hijos... El fino psicoanalista al que citamos en el primer párrafo de esta breve introducción podría sugerirnos muchas otras claves. Quizás la explicación sea más simple: Bierce tuvo una visión sombría de los hombres porque los conoció de cerca. “Cada corazón”, escribió en uno de sus epigramas, “es el cubil de un animal feroz. El mayor daño que puede hacérsele a un hombre es incitarlo a dejar su fiera en libertad.” Es lo que hizo simbólicamente, con ejemplar y truculenta tenacidad, en sus desaforadas creaciones.

  Aunque ingenioso, el mote de Bitter Bierce (“el amargo Bierce”) que le endilgaron sus contemporáneos pasó por alto el que ya encerraba su propio apellido: después de todo, de Bierce a pierce (horadar, punzar) hay sólo un paso, y otro, más corto aún, de Bierce a fierce (feroz). ¿No se concentra en ambas palabras lo que hizo a lo largo de toda su obra: horadar, con fieros y punzantes sarcasmos, la hipocresía, la maldad y la irracionalidad de sus semejantes?

  En muchos de sus libros jugó a ocultarse detrás de innumerables seudónimos —el de Dod Grile, que figura al pie de su prólogo de Telarañas..., es el que usó para los tres primeros; y cuando le llegó la hora de dejar este mundo, prefirió, como buen ilusionista, simplemente desaparecer: después de tanto invento descabellado, no hubiera podido morirse juiciosamente en una cama. Por otra parte, él mismo había sugerido, de algún modo, su futura “evaporación”, al escribir varias historias de desapariciones misteriosas, una de las cuales lleva el ya kafkiano título de “La dificultad de cruzar un campo”. Permítasenos, pues, considerar que no murió. Después de todo, la raíz latina de su nombre, Ambrosius, ¿no significa, justamente, “inmortal”?

Tamara Mc Carol. Prólogo a Telarañas de un cráneo vacío ©Ediciones De La Mirándola, septiembre de 2013.

martes, 30 de julio de 2013

Ambrose Bierce: Tres fábulas


I


A rat seeing a cat approaching, and finding no avenue of escape, went boldly up to her, and said:
"Madam, I have just swallowed a dose of powerful bane, and in accordance with instructions upon the label, have come out of my hole to die. Will you kindly direct me to a spot where my corpse will prove peculiarly offensive?"
"Since you are so ill," replied the cat, "I will myself transport you to a spot which I think will suit."
So saying, she struck her teeth through the nape of his neck and trotted away with him. This was more than he had bargained for, and he squeaked shrilly with the pain.
"Ah!" said the cat, "a rat who knows he has but a few minutes to live, never makes a fuss about a little agony. I don't think, my fine fellow, you have taken poison enough to hurt either you or me."
So she made a meal of him.
If this fable does not teach that a rat gets no profit by lying, I should be pleased to know what it does teach.


***


Una rata, al ver que una gata se le acercaba y que no encontraba vía alguna de escape, avanzó audazmente hacia ella y le dijo:
—Señora, acabo de tragarme una dosis de un potente veneno y, conforme a las instrucciones que figuraban en la etiqueta, salí de mi madriguera para morir. ¿Tendría usted la amabilidad de indicarme un lugar en el que mi cadáver resulte particularmente dañino?
—Dado que te encuentras tan mal —replicó la gata—, yo misma te llevaré a un lugar que, según creo, resultará adecuado.
Dicho lo cual, le hincó los dientes en la nuca a la rata y salió trotando con ella. Esto era más de lo que la rata había previsto, por lo que se puso a soltar chillidos agudos del dolor.
—¡Ah! —dijo la gata—, una rata que sabe que sólo le quedan unos pocos minutos de vida nunca hace alboroto por una pequeña agonía. No creo, mi estimada amiga, que hayas tomado bastante veneno como para que le haga daño a ninguna de las dos.
Y, en consecuencia, se la almorzó.
Si esta fábula no enseña que una rata no saca ningún provecho con mentir, me gustaría saber qué enseña.

II


A frog who had been sitting up all night in neighbourly converse with an echo of elegant leisure, went out in the grey of the morning to obtain a cheap breakfast. Seeing a tadpole approach,
"Halt!" he croaked, "and show cause why I should not eat you."
The tadpole stopped and displayed a fine tail.
"Enough," said the frog: "I mistook you for one of us; and if there is anything I like, it is frog. But no frog has a tail, as a matter of course."
While he was speaking, however, the tail ripened and dropped off, and its owner stood revealed in his edible character.
"Aha!" ejaculated the frog, "so that is your little game! If, instead of adopting a disguise, you had trusted to my mercy, I should have spared you. But I am down upon all manner of deceit."
And he had him down in a moment.
Learn from this that he would have eaten him anyhow.


***


Una rana, que se había pasado toda la noche despierta en amable y elegante conversación con el eco, salió con las primeras luces del alba en busca de un desayuno barato. Al ver a un renacuajo que se le acercaba, le dijo croando:
—¡Alto, y dame una buena razón para que no te coma!
El renacuajo se detuvo y desplegó una hermosa cola.
—Con eso basta —dijo la rana. —Te confundí con una de las nuestras; y si hay algo que me gusta, es la rana. Pero ninguna rana tiene cola, normalmente.
Mientras hablaba, sin embargo, la cola llegó a su punto de maduración y se desprendió, con lo que su dueño quedó expuesto en su carácter comestible.
—¡Ah! —exclamó la rana—, ¡conque ésas tenemos! Si en vez de adoptar un disfraz hubieras confiado en mi misericordia, te habría perdonado la vida. Pero un engaño es algo que no puedo tragar.

Y se lo tragó en el acto.
Aprendamos de esto que, sea como sea, se lo hubiera comido.

III


A caterpillar had crawled painfully to the top of a hop-pole, and not finding anything there to interest him, began to think of descending.
"Now," soliloquized he, "if I only had a pair of wings, I should be able to manage it very nicely."
So saying, he turned himself about to go down, but the heat of his previous exertion, and that of the sun, had by this time matured him into a butterfly.
"Just my luck!" he growled, "I never wish for anything without getting it. I did not expect this when I came out this morning, and have nothing prepared. But I suppose I shall have to stand it."
So he spread his pinions and made for the first open flower he saw. But a spider happened to be spending the summer in that vegetable, and it was not long before Mr. Butterfly was wishing himself back atop of that pole, a simple caterpillar.
He had at last the pleasure of being denied a desire.
Hæc fabula docet that it is not a good plan to call at houses without first ascertaining who is at home there.


***

Una oruga trepó penosamente hasta la cima de un rodrigón y, como no encontró allí nada que despertase su interés, empezó a pensar en descender.
“Ahora bien”, se dijo a sí misma, “con que sólo tuviera un par de alas, podría lograrlo perfectamente”.
Dicho esto, dio media vuelta para bajar, pero, a esas alturas, el calor producido por su previo esfuerzo, sumado al del sol, la habían hecho alcanzar su madurez, convirtiéndola en una mariposa.
“¡Yo y mi bendita suerte!”, masculló, “nunca puedo desear nada sin obtenerlo. No me esperaba esto cuando salí esta mañana, y no tengo nada preparado. Pero supongo que tendré que soportarlo”.
De modo que extendió las alas y orientó su vuelo hacia la primera flor abierta que vio. Pero resultó que había una araña veraneando en ese vegetal, y no pasó mucho tiempo antes de que la Sra. Mariposa se encontrase deseando ser de nuevo una simple oruga en lo alto del rodrigón.
Por fin tuvo el gusto de que se le negase un deseo.
Hæc fabula docet que no es una buena idea ir de visita a una casa sin determinar previamente quién vive en ella.

Traducción para Literatura & Traducciones de Tamara Mc Carol.