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miércoles, 23 de noviembre de 2011

William Butler Yeats y Eliseo Diego


(1865-1936)

Entre todos mis amigos, quizás el mayor sea el irlandés William Butler Yeats, y sin embargo, su presentación se contará entre las más breves. ¿Será porque a él se aviene tan bien el cómodo y veraz lugar común de que no necesita presentación? Pero, se me argüiría, ¿no puede decirse lo mismo de algunos, si no todos, los amigos tuyos que has reunido en estas páginas? No sé cómo refutar este argumento. ¿Será, entonces, que de tanto leer sus versos me parece conocerlo a él en ellos, a la persona en sus versos? También puede suceder lo mismo en cuanto toca a los otros, volverían a decirme. Pues si la cosa es así, no queda sino admitir dos vías de acercamiento a estos amigos: en unos casos, de la persona a los versos; en otros, de los versos a la persona. Las dos vías, me parece, son legítimas.
Lo cierto es que desde hace años tengo al alcance de la mano un ejemplar de sus Autobiografías (Ensoñaciones de la niñez y juventud y El temblor del velo), escritas en 1914, y las he ido dejando para cuando «ya esté tranquilo» (gracias por la cita a Don Eugenio D'Ors, quien tanto acertó en las artes y erró en otras cosas más importantes). Ya es demasiado tarde para leerlas, al menos en lo que concierne a estas líneas. El párrafo inicial promete mucho, tanto que me justifica en mi afán de sosiego para disfrutar del libro: «Mis primeras memorias son fragmentarias y aisladas y contemporáneas, como si uno recordase algunos de los primeros momentos de los Siete Días. Es como si el tiempo no hubiese sido aún creado, pues todos los sentimientos en relación con emociones y lugares carecen de secuencia». El balance, el ritmo, la evocación de estas oraciones, me abrieron un apetito que no he satisfecho todavía. Dios me dé el tiempo que, por desdicha, fue creado después de aquellos Siete Días Venturosos.

El inglés Max Beerbohm —uno de los últimos hombres realmente civilizados de este siglo— nos cuenta en un breve ensayo cómo conoció por primera vez a Yeats. Beerbohm y Audrey Beardsley —quizás el mejor dibujante del ocaso Victoriano— asistieron una noche del año de 1893 al estreno de cierta obra dramática a la que debía preceder, como entrante o entremés, una pequeña pieza de Yeats titulada La tierra que el corazón anhela. Parece que los actores no tomaron muy a pecho su trabajo, pues la obra resultó tan confusa como inaudible. Pero en el público había no pocos irlandeses, y Yeats era ya uno de los más ardientes partidarios y renovadores de la cultura de su misteriosa Isla. De modo que hubo aplausos y algunos gritos pidiendo la presencia del Autor en el escenario. «Percibí un leve temblor donde se juntaban una a otra las cortinas —dice Beerbohm- y vi entonces una fisura que nos revelaba (según supuse por un momento) una tiniebla no iluminada detrás de las cortinas. Pero, ¡no!, había dos desgarros blancos en la parte superior de la tiniebla —el desgarro blanco de una camisa de etiqueta, y encima el desgarro blanco de un rostro humano—; y comprendí que mi tiniebla insubstancial era en realidad un frac, con el Autor adentro. Y el desgarro blanco de la cara del Autor estaba cortado al medio por un desgarro menos negro que la tiniebla, y era un mechón del pelo color cuervo del Autor... Todo resultaba bien embrujado y memorable».
A Yeats le fascinaba oír los mitos y leyendas que al caer la tarde se contaban entre sí los campesinos. Siempre creyó que la poesía era mejor para hablada que para leída. Dejémosle así en la semipenumbra en que Beerbohm por primera vez lo viera. Cierta veladura no le va mal a este irlandés mágico.


ELISEO DIEGO (Conversación con los difuntos)



An Irish Airman Foresees His Death

I know that I shall meet my fate
Somewhere among the clouds above;
Those that I fight I do not hate,
Those that I guard I do not love;
My country is Kiltartan Cross,
My countrymen Kiltartan's poor,
No likely end could bring them loss
Or leave them happier than before.
Nor law, nor duty bade me fight,
Nor public men, nor cheering crowds,
A lonely impulse of delight
Drove to this tumult in the clouds;
I balanced all, brought all to mind,
The years to come seemed waste of breath,
A waste of breath the years behind
In balance with this life, this death.


Un aviador irlandés prevee su muerte

Sé que por fin encontraré al destino
en algún sitio entre las altas nubes;
odio no siento por los que destruyo,
amor tampoco por los que protejo;
Kiltartan Cross, ésa es mi patria sola,
mis solos compatriotas son sus pobres,
no hay fin imaginable que los dañe
o más felices deje que antes eran.
Ley ni deber me mueven al combate,
discursos ni clamor de muchedumbres;
un solitario impulso de delicia
me lanzó a este tumulto entre las nubes;
todo lo sopesé, traje a la mente,
los años por venir un vano aliento,
un vano aliento aquellos que ya fueron,
en la balanza de esta vida, o muerte.


When You Are Old

When you are old and grey and full of sleep,
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace,
And loved your beauty with love false or true,
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face;

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how Love fled
And paced upon the mountains overhead
And hid his face among a crowd of stars.


Cuando seas vieja

Cuando seas vieja y gris, colmada por el sueño,
y cabeceando al fuego, tomes este libro
y leas despacio, y con el brillo suave sueñes
que hubo en tus ojos una vez, y con sus sombras;

cuántos tus ratos de risueña gracia amaron
y tu belleza con un amor sincero o pérfido,
mas sólo un hombre amó tu alma en ti viajera
y las penas amó de tu cambiante cara;

y encogiéndote junto al fuego crepitante
murmures triste, acaso, del amor que huyera
para vagar por las montañas desoladas
y su rostro esconder en un montón de estrellas.


Fallen Majesty

Although crowds gathered once if she but showed her face,
And even old men's eyes grew dim, this hand alone,
Like some last courtier at a gypsy camping-place
Babbling of fallen majesty, records what's gone.

The lineaments, a heart that laughter has made sweet,
These, these remain, but I record what's gone. A crowd
Will gather, and not know it walks the very street
Whereon a thing once walked that seemed a burning cloud.


Caída majestad

Aunque la multitud por sólo ver su rostro se agolpaba
y a viejos ojos nubes acudían, sólo esta mano a solas,
como un último paje en algún campamento abandonado,
de su caída majestad murmura, relata lo que ha sido.

Rasgos, un corazón que hace más dulce la sonrisa,
esto, esto queda; pero yo anoto lo perdido. Multitudes
apresuradas van por esta calle sin saber que es sólo
aquella en que algo anduvo alguna vez como una ardiente nube.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Walter de la Mare y Eliseo Diego

Walter de la Mare          
(1873-1956)       

En algunos de mis solitarios paseos por el barrio donde vivo, no son pocos los parajes —un jardín abandonado, un solar yermo, aquí una casa y allá otra— que bien pudo haber imaginado, o visto, ese curioso inglés que se llamó Walter de la Mare, a quien mencioné al principio de estas páginas. Recintos extremos, fronterizos entre este mundo y otro donde al crepúsculo puede que aparezca alguien o algo inquietante, o peor aún, que no aparezca nadie sino el desamparo a la intemperie del Universo.
Sé que se enfrentó, sin grandes esperanzas y mucho coraje, a las tinieblas que rondan en torno al destino del hombre. No al modo de  quien las combate cuando ya están encarnadas en un torturador o un asesino, sino como quien se adelanta a encontrarlas cuando aún se hallan encubiertas y en acecho para deslizársenos adentro.
En uno de sus mejores cuentos, «Víspera de Todos los Santos», un viajero visita al crepúsculo una antigua y famosa catedral inglesa, edificada en lo que antaño fuera un próspero puerto de mar. Pero el mar se retiró hace tiempo, la ciudad se redujo a una aldea, la catedral quedó vacía. El viajero entra por una puertecilla lateral al recinto abandonado. Una suave voz a su espalda pregunta si puede servirlo en algo, y es así que conoce al sacristán, único y anciano custodio del templo. En su compañía visita el interior desierto, y observa ciertos detalles siniestros, no sólo en las imágenes del altar y las capillas, sino en las mismas paredes. El sacristán, atento a su desasosiego, le explica que a medida de la retirada del mar y de los fieles, las tinieblas han ido apoderándose de la catedral, piedra a piedra, transformándola en algo distinto, a su propia semejanza. Todo está dicho entre reticencias insinuaciones sutilísimas, que uno llega a sentir, más que a entender, como una realidad irrefutable.
El anciano sacristán invita al viajero a alojarse en su casa, invitación que es ávidamente aceptada ante la perspectiva de una larga caminata de regreso a través de la noche. La pequeña casa iluminada parece estar en otra dimensión del espacio y no junto a la catedral herida de muerte. Después de la cena, el anciano muestra su nieto al huésped, Era de esa «belleza que casi sugiere lo irreal». El pequeñito «se había despojado de sus ropas de cama —como si la inocencia en este mundo no necesitase de coberturas ni defensas».
Tal es, a mi juicio, el tema central que obsesiona a Walter de la Mare: la vulnerabilidad de la inocencia. También Gilles de Rais o Adolfo Hitler fueron, alguna vez, niños que nos habría gustado acariciar. Luego, ¿no les sucedió algo maligno, como a la catedral de Todos los Santos?
He oído que de la Mare fue un hombre práctico, buen esposo y padre, despierto a las realidades de este mundo. Un amigo suyo dice de él que era difícil entrevistarlo, porque era él quien todo el tiempo hacía todas las preguntas.
Hoy no es muy leído en su país. Los ídolos cambian con las generaciones. Para mí será siempre uno de !os poetas líricos más grandes de la lengua inglesa. Diez años me costó traducir «Otoño», el breve poema que dedicó -según creo— a un hijo muerto cuando era todavía muy pequeño. No fueron para mí en vano estos diez años. Mucho aprendí de semejante Maestro.
He incluido algunos poemas de un libro suyo dedicado a los niños. Dejo al lector el acertijo de encontrar dónde comienzan y cómo terminan, con la advertencia de que De La Mare jamás insultó a los niños rebajándose a su «tamaño», como hacen algunos. Es más, cierta vez afirmó: «Lo mejor no es bastante bueno para ellos». Palabras que muy bien pudo haber dicho José Martí. Véase, si no, su La Edad de Oro.

ELISEO DIEGO (Conversación con los difuntos)


Autumn

There is a wind where the rose was;
Cold rain where sweet grass was;
And clouds like sheep
Stream o'er the steep
Grey skies where the lark was.

Nought gold where your hair was;
Nought warm where your hand was
But phantom, forlorn,
Beneath the thorn,
Your ghost where your face was.

Sad winds where your voice was;
Tears, tears where my heart was;
And ever with me,
Child, ever with me,
Silence where hope was.


Otoño

Sólo está el viento donde la rosa estaba,
fría la lluvia donde la dulce hierba estaba,
y nubes como ovejas
trepan por los abruptos
y grises cielos donde la alondra estaba.

No está ya el oro donde tu pelo estaba,
no está el calor donde tu mano estaba,
sino vago, perdido,
debajo del espino,
tu espectro está donde tu rostro estaba.

Tristes los vientos donde tu voz estaba,
lágrimas donde mi corazón estaba,
y ya siempre conmigo,
hijo, siempre conmigo,
sólo el silencio donde la esperanza estaba.


All that's past

Very old are the woods;
And the buds that break
Out of the brier's boughs,
When March winds wake,
So old with their beauty are—
Oh, no man knows
Through what wild centuries
Roves back the rose.

Very old are the brooks;
And the rills that rise
Where snow sleeps cold beneath
The azure skies
Sing such a history
Of come and gone,
Their every drop is as wise
As Solomon.

Very old are we men;
Our dreams are tales
Told in dim Eden
By Eve's nightingales;
We wake and whisper awhile,
But, the day gone by,
Silence and sleep like fields
Of amaranth lie.


Todo el pasado

Muy viejos son los bosques
y los brotes que nacen
en el rosal silvestre
con el viento de marzo,
tan vieja es su belleza—
i oh ningún hombre supo
a qué siglos salvajes
se remonta la rosa!

Muy viejos los arroyos,
y las ondas que tiemblan
en la nieve dormida
bajo cielos azules,
tales historias cuentan
de lo ido y venido
que es sabia cada gota
como fue Salomón.

Viejos somos los hombres;
nuestros sueños son cuentos
que en vago Edén murmuran
los ruiseñores de Eva;
despiertos, susurramos,
pero, el día cumplido,
sueño y silencio campos
de amaranto son ya.


An epitaph

Here lies a most beautiful lady,
Light of step and heart was she:
I think she was the most beautiful lady
That ever was in the West Country.
But beauty vanishes; beauty passes;
However rare, rare it be;
And when I crumble who shall remember
This lady of the West Country?


Epitafio

Aquí yace la más bella señora,
leve de corazón como de pie.
Creo que ha sido la más bella señora
que en el Condado de Occidente hallé.
Mas la belleza pasa, sí, se esfuma,
por pulcra, pulcra que sea o será,
Y cuando me deshaga, ¿quién, decidme,
a esta señora la recordará?


The song of the mad prince

Who said, 'Peacock Pie'?
The old King to the sparrow:
Who said, 'Croes are ripe'?
Rust to the harrow:
Who said, 'Where sleeps she now?
Where rests she now her head,
Bathed in eve's loveliness'?—
That's what I said.

Who said, 'Ay, mum's the word'?
Sexton to willow:
Who said, 'Green dusk for dreams,
Moss for a pillow'?
Who said, 'All Time's delight
Hath she for narrow bed;
Life's troubled bubble broken'?—
That's what I said.

Canción del príncipe loco

¿Quién dijo: «Pastel de Pavorreal»?
El viejo rey al gorrión.
¿Quién dijo: «Las mieses están maduras»?
La herrumbre al rastrillo.
¿Quién dijo: «Dónde duerme ahora,
dónde descansa ella su cabeza
bañada en la ternura de la tarde»?-
Es lo que dije.

¿Quién dijo: «Sí, callar es la palabra»?
El sacristán al sauce.
¿Quién dijo: «Penumbra verde para sus sueños
musgo para su almohada»?
¿Quién dijo: «Toda la delicia del tiempo
tiene ella para su estrecha cama,
rota la angustiada burbuja de la vida»?—
Es lo que dije.


Alas, Alack!

Ann, Ann!
Come! quick as you can!
There's a fish that talks
In the frying-pan.
Out of the fat,
As clear as glass,
He put up his mouth
And moaned 'Alas!'
Oh, most mournful,
'Alas, alack!'
Then turned to his sizzling,
And sank him back.

¡Ay de mí!

¡Ana, corre, Ana, ven!
¡Ana, ven tú también!
Hay un pez que nos habla
dentro de la sartén.
Afuera del aceite,
claro como un cristal,
alzó su boca y dijo:
«¡Ay de mí, por mi mal!»
¡Oh, qué triste, qué triste!
«Por mi mal, ¡ay de mí!»
Volvió luego a sus chispas
y hundióse al fin allí.


Miss T.

It's a very odd thing-
As odd as can be-
That whatever Miss T. eats
Turns into Miss T.
Porridge and apples,
Mince, muffins and mutton,
Jam, junket, jumbles
Not a rap, not a button
It matters; the moment
They're out of her plate,
Though shared by Miss Butcher
And sour Mr. Bate;
Tiny and cheerful,
And neat as can be,
Whatever Miss T. eats
Turns into Miss T.

La pequeña Fina T.

Es la cosa más rara,
así ninguna fue,
lo que Fina T. come
se vuelve Fina T.
Potaje y mermelada
o lascas de majá,
tortuga o merenguitos,
a ella qué más le da;
vacío queda el plato
aunque el Sr. Sinfín
comparta la comida
con Doña Retintín.
Alegre y menudita
y pulcra se la ve,
y todo lo que come
se vuelve Fina T.