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miércoles, 11 de febrero de 2026

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Tercera parte

Grandes dolores en pequeñas canciones...

 

Tenía un vecino al que conocía; incluso había utilizado algunas veces sus versos.

Éste comprendía mejor el profundo problema de nuestra vida, ya que él mismo representaba al homo duplex, la criatura contradictoria que se disputan poderes enemigos. Heinrich Heine era romántico, y dejaba que se abriese la pequeña flor azul de su corazón; y antirromántico, por lo que detestaba lo impreciso y lo incierto, las grandes peroratas y la elocuencia, los aires trágicos, las poses de actor: no era él quien hubiera consentido en interpretar, secretamente alborozado, el papel del gladiador moribundo. Era sentimental, hasta el punto de enamorarse de su prima y luego de su otra prima, como los colegiales: primas ricas, que se habían reído mucho de ese pretendiente. Al mismo tiempo, era tan perspicaz y tan agudo, leía con tanta claridad en las almas, que destruía todas las ilusiones, incluso las suyas propias; no había terminado de amar cuando ya veía que su amada no tenía corazón: sobre los hermosos ojos de mi amada, compuse las más bellas canciones; sobre la boca encantadora de mi amada, hice exquisitos tercetos; sobre las delicadas mejillas de mi amada, cincelé magníficas estrofas; y si mi amada tuviera corazón, escribiría sobre ese corazón un bonito soneto. Lograba la paradoja de ser a la vez tierno y voltairiano. Los bosques de abetos, ese manto verde y oscuro de las colinas; el mar gris que sufre eternamente y se lamenta; el sol que cada tarde renueva la fiesta resplandeciente de su adiós, le eran caros: a menos que prefiriera el tumulto de las ciudades, los salones, los cafés y hasta el polvo del bulevar. Alemania lo había ignorado, maltratado, expulsado; Francia lo había acogido, y París se había convertido no sólo en su lugar de residencia sino en la patria de su espíritu. Por eso sentía por la primera una antipatía entremezclada de amor, y por la segunda, un afecto colmado de ironía.

Republicano, demócrata y revolucionario, confiaba en que alguna vez nacería —y estaba próximo— el día en que el sol de la libertad iluminase el mundo y expulsara del cielo la aristocracia de las estrellas. El final de la lucha gigantesca que enfrentaba a los que no poseían nada y a los que lo poseían todo no dejaba lugar a dudas: pronto sólo habría una patria, la tierra, y una única creencia, la felicidad en este mundo. No habría más fronteras ni tiranos; los hombres ya no depositarían su confianza en un más allá cuya vana espera los privaba del único bien que estaba a su alcance: serían felices de inmediato, hoy mismo. Sólo que no estaba del todo seguro de no ser él mismo un aristócrata; de no sentir cierta indulgencia por los príncipes, que honran a los poetas y les proporcionan una pensión; lo que no ignoraba era que los compañeros proletarios bebían, fumaban, olían mal, eran sucios; y no podía evitar decir que si el pueblo le estrechaba la mano, él se la iría a lavar.

Por desgracia no era un Régulo, y se sentía poco inclinado a que lo meciesen en un tonel lleno de puntas de hierro; no era un Bruto, y se estremecía ante la idea de hundir un puñal en su pobre vientre. Pero lo peor de su condición era quizás esto: pensaba que la humanidad se dividía en dos razas: los helenos, a los que hubiera querido pertenecer, y los nazarenos, a los que pertenecía.

Aunque esas complejidades, esos contrastes, esas luchas y también esa enfermedad, que durante años lo convirtió en un paralítico quejumbroso, pudieron haberle dado a Baudelaire puntos de contacto y semejanzas reconocidas, este no encontró en Heinrich Heine un alma fraterna. El tal Heinrich Heine, en cuanto tomaba la pluma, se hubiera dicho que se esforzaba por no ser profundo; era su estilo, sólo quería quedarse en la superficie. En el momento en que uno creía que iba a expresar su dolor esencial, abandonaba la partida, apartaba la cabeza y se ponía a sonreír. Una lágrima sobre un campo de risas, ese es el escudo de armas de mi humor. Se burlaba de todo; ironizaba sin cesar. Y, ciertamente, eran hermosos sus versos, con sus confesiones contenidas, sus tristezas reprimidas, su acento tan tierno, tan burlón y tan triste. Pero, aún reconociéndoles una originalidad poco común, incluso una cualidad única, también hay que admitir que los de Baudelaire poseen fuerza superior. El estilo de Baudelaire no posee ni esa humildad, ni ese rechazo a adentrarse en las profundidades del alma, ni ese acompañamiento en sordina, contradictorio y burlón, ni ese escepticismo, ni ese humor y sus caprichos, ni esa forma de “poner grandes dolores en pequeñas canciones”, ni esa vena popular del lied, ni esa música en tono menor. La voz de Baudelaire es tan extrañamente patética que parece añadirle a la palabra humana vibraciones procedentes del más allá.

El deseo de lo desconocido, la ardiente necesidad de oír lo que nuestros oídos nunca han captado, de ver lo que nuestros ojos nunca han adivinado y tocar lo impalpable: tal es el sentimiento por el que reconocemos la poesía moderna, su tormento, su locura, su grandeza. Heinrich Heine no está poseído por la sed que empuja a los poetas hacia los reinos prohibidos, hacia las regiones oscuras en que la conciencia apenas aparece; las penas de nuestros días y nuestras noches le bastan a su inspiración; no busca nuevas luces o nuevas tinieblas. Lo nuevo; encontrar lo nuevo; salir de nuestras prisiones, salir de nuestro ser, alcanzar por fin lo inaccesible: tal es, por el contrario, la pasión que exalta a Baudelaire. La verdadera semejanza hubiera exigido una misma disposición de las almas y, además, una partida común hacia lo desconocido. Pero para llegar a ser un vidente; para crear un mundo de fantasmagorías y espejismos; para encontrar las palabras mágicas que iluminan, mostrando de repente, más allá de las apariencias, las realidades sustanciales; para revivir las vidas anteriores, proyectarse a las vidas futuras, dejarse mecer por la armonía de las correspondencias universales que los iniciados llegan a percibir; para exasperar los sentidos hasta la locura reveladora; para intentar finalmente las operaciones sobrehumanas que él creía reservadas a los poetas, Baudelaire estaba solo.

 

Baudelaire y Edgar Allan Poe

 

A su semejante, a su hermano, no debemos buscarlo en Europa, sino en el Nuevo Mundo.

Porque allá, en América, hubo un hombre que fue su prefiguración. Un rebelde, un maldito, tan diferente de los de su raza y su entorno, que fue objeto de escándalo en todas las épocas de su vida, y hasta en las circunstancias de su muerte. Un habitante de los paraísos artificiales; un huésped de Dreamland, de Tule, donde hay montañas vertiginosas que caen a pico en mares sin playas, donde hay almas doloridas que vagan alrededor de los lagos de aguas negras, donde los árboles de los bosques tienen apariencia de titanes, donde los ojos de las mujeres amadas que la muerte se ha llevado brillan eternamente. Un espíritu analítico, una razón lúcida, para los que son un juego de niños los problemas y los enigmas; un soñador, un obseso, un alucinado. Y un genio. No era tan sólo el teórico de la poesía; y no era tan sólo el artesano prodigiosamente hábil que conoce todos los recursos de su arte, que utiliza todos sus procedimientos, desde los más simples hasta los más sutiles: sino el que comprende su esencia. La poesía no es, decía, una simple repetición, una imitación más o menos burda de las bellezas formales que se nos presentan ante los ojos. Es una lucha por aprehender las bellezas supraterrenales que intuimos a intervalos; es un impulso hacia lo infinito, hacia lo eterno. Y si, cuando oímos recitar versos hermosos, llegamos a veces a estremecernos y hasta a llorar, no es por la emoción que nos produce algo muy bien logrado, sino que son, mas bien, lágrimas de dolor; sufrimos por sentirnos tan cerca de las armonías celestiales y por ser incapaces de retenerlas en su plenitud. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone“Empleando múltiples combinaciones, nos esforzamos, en medio de las cosas y los pensamientos que pertenecen al orden del tiempo, por alcanzar una parte de esa Belleza cuyos elementos verdaderos sólo pertenecen, tal vez, a la eternidad…”.

¡Cómo podríamos soñar, si pudiéramos librarnos de la consideración del espacio y el tiempo, soñar con el encuentro ideal entre Edgar Allan Poe y Baudelaire! —Nunca se conocieron; nunca se vieron. Poe nunca supo que tenía, tan lejos, allá, en Francia, un admirador fanático. Baudelaire sintió como el choque de una revelación; se dio cuenta, horrorizado y encantado, de que había imaginado temas que Poe había imaginado veinticinco años antes, de que había escrito frases que Poe había escrito veinticinco años antes: y por lo tanto era, en cierto sentido, el doble de Edgar Allan Poe. Así que se convirtió en el heraldo de su gloria. Le hacía el elogio de sus obras a todo el mundo; escribía a los críticos para pedirles que lo ayudaran a dar a conocer al público francés las obras de aquel genio; se ponía nuevamente a estudiar el inglés para traducirlo; escribía su biografía apasionada. Estaba de acuerdo con él en su rechazo al progreso, “esa gran herejía de la decrepitud”; en su rechazo a la invasión del materialismo, ya que toda certeza se encuentra en los sueños; en el valor de la imaginación, “facultad casi divina que es la primera en percibir, por fuera de los métodos filosóficos, las relaciones íntimas y secretas de las cosas, las correspondencias y las analogías”. Nada le parecía más justo y más bello que sus definiciones de la poesía, “un rapto del alma”, “un acento de inmortalidad”.

Pero cuando comenzó a leerlo, hacia 1846, Poe estaba tan lejos que lo veía como una figura irreal; y cuando comenzó a penetrar en la intimidad de su obra, Poe había muerto.

 

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

El ensayo completo puede descargarse en Internet Archive

 

De grandes douleurs dans de petites chansons…

 

Il avait un voisin, qu’il connaissait; et même il s’était servi quelquefois de ses vers.

Celui-ci comprenait mieux le problème profond de notre vie, puisqu’il représentait lui-même l’homo duplex, la créature contradictoire que se disputent des puissances ennemies. Henri Heine était romantique, et laissait doucement s’épanouir la petite fleur bleue de son cœur: et anti-romantique, détestant le flou et l’indécis, les grandes tirades et l'éloquence, les airs tragiques, les poses d’acteur: ce n’est pas lui qui aurait consenti à jouer, secrètement joyeux, le rôle du gladiateur mourant. Il était sentimental, au point de s’être épris de sa cousine, et puis de son autre cousine, comme les collégiens: des cousines riches, qui avaient bien ri de ce soupirant. En même temps, il était si perspicace et si fin, il lisait si clairement dans les âmes, qu’il détruisait toutes les illusions, même les siennes; il n’avait pas fini d’aimer qu’il voyait déjà que sa mie n’avait pas de cœur: sur les beaux yeux de ma mie, j’ai composé les plus belles chansons; sur la bouche mignonne de ma mie, j’ai fait d'exquis tercets; sur les joues délicates de ma mie, j’ai ciselé des stances superbes; et si ma mie avait un cœur, je ferais sur ce cœur un gentil sonnet. Il réussissait ce paradoxe, d’être à la fois tendre et voltairien. Les forêts de sapins, vert et sombre manteau des collines; la mer grise qui souffre éternellement, et qui se plaint; le soleil qui renouvelle chaque soir la fête éclatante de ses adieux, lui étaient chers: à moins qu’il ne préférât le tumulte des villes, les salons, les cafés, et même la poussière du boulevard. L’Allemagne l’avait méconnu, houspillé, chassé; la France l’avait reçu, et Paris était devenu non seulement son séjour, mais la patrie de son esprit. Aussi éprouvait-il pour la première une antipathie toute mêlée d’amour; et pour la seconde, une affection toute pleine d’ironie.

Républicain, démocrate, et révolutionnaire, il espérait qu’un jour se lèverait, et ce jour était proche, où le soleil de la liberté réchaufferait le monde, et chasserait du ciel l’aristocratie des étoiles. L’issue du combat gigantesque qui mettait aux prises ceux qui ne possédaient rien et ceux qui possédaient tout n’était pas douteuse: bientôt il n’y aurait plus qu’une seule patrie, la terre; et qu’une seule croyance, le bonheur ici-bas. Plus de frontières, plus de tyrans; les hommes ne mettraient plus leur confiance dans un au-delà dont la vaine attente les privait du seul bien qui fût à leur portée: ils seraient heureux tout de suite, aujourd’hui. Seulement, il n’était pas tout à fait sûr de n’être pas lui même un aristocrate; de n’avoir pas une certaine indulgence pour les princes, qui honorent les poètes et qui leur fournissent une pension; ce qu’il ne savait que trop, c’est que les camarades prolétaires buvaient, fumaient, sentaient mauvais, étaient sales; et il ne pouvait pas s’empêcher de dire que si le peuple lui serrait la main, il irait la laver.

Hélas! il n’était pas un Régulus, et se sentait peu de goût pour être bercé dans un tonneau lardé de pointes; il n’était pas un Brutus, et frissonnait à l’idée d’enfoncer un poignard dans son pauvre ventre. Mais le pire de sa condition était peut-être ceci: il pensait que l’humanité se partageait en deux races, les Hellènes, dont il aurait voulu être, et les Nazaréens, dont il était.

Bien que ces complexités, ces contrastes, ces luttes, et cette maladie aussi, qui pendant des années a fait de lui un paralytique gémissant, eussent pu offrir à Baudelaire des points de contact et des ressemblances reconnues, celui-ci n’a pas trouvé chez Henri Heine une âme fraternelle. Ce Henri Heine, dès qu'il prenait la plume, on aurait dit qu'il s’efforçait de n’être pas profond; c’était sa manière, il ne voulait rester qu’en surface. Au moment où l’on croyait qu’il allait exprimer sa peine essentielle, il quittait la partie, détournait la tête, et se mettait à sourire. Une larme sur un champ de rire, c'est le blason que porte mon humour. Il raillait tout; il ironisait sans cesse. Et certes, ils étaient beaux, ses vers, avec leurs aveux retenus, leurs tristesses refoulées, leur accent si tendre, si gouailleur, et si triste. Mais tout en leur accordant une originalité rare, voire même une qualité unique, il faut bien avouer aussi que ceux de Baudelaire sont d’une autre puissance. La manière de Baudelaire ne comporte ni cette humilité, ni ce refus d’aller jusqu’aux profondeurs des âmes, ni cet accompagnement en sourdine, contradictoire et moqueur, ni ce scepticisme, ni cet humour et ses caprices, ni cette façon de «mettre de grandes douleurs dans de petites chansons», ni cette veine populaire du lied, ni cette musique en ton mineur. La voix de Baudelaire est si étrangement pathétique, qu’elle semble ajouter à la parole humaine des vibrations venues de l’au-delà.

Le désir de l’inconnu, l’ardent besoin d’entendre ce que nos oreilles n’ont jamais recueilli, de voir ce que nos yeux n’ont jamais deviné, et de toucher l’impalpable: tel est le sentiment à quoi l’on reconnaît la poésie moderne, son tourment, sa folie, sa grandeur. De la soif qui pousse les poètes vers les royaumes interdits, vers les régions obscures où la conscience apparaît à peine, Henri Heine n’est pas possédé; les peines de nos jours et de nos nuits suffisent à son inspiration; il ne cherche pas de nouvelles lumières ou de nouvelles ténèbres. Du nouveau; trouver du nouveau; sortir de nos prisons, sortir de notre être, atteindre enfin l’inaccessible: telle est au contraire la passion qui exalte Baudelaire. La parenté véritable aurait exigé une même disposition des âmes, et puis un commun départ vers l’inconnu. Mais pour devenir un voyant; pour créer un monde de fantasmagories et de mirages; pour trouver les mots magiques qui illuminent, montrant tout d’un coup, au delà des apparences, les réalités substantielles; pour revivre les vies antérieures, se projeter dans les vies futures, se laisser bercer par l’harmonie des correspondances universelles que les initiés arrivent à percevoir; pour exaspérer les sens jusqu’aux folies révélatrices; pour tenter enfin les opérations surhumaines qu’il croyait réservées aux poètes, Baudelaire restait seul.


Baudelaire et Edgar Poe

 

Son semblable, son frère, ce n’est pas en Europe que nous devons le chercher, mais dans le Nouveau Monde.

Car il y avait, là-bas, en Amérique, un homme qui avait été sa préfiguration. Un rebelle, un maudit, si différent de ceux de sa race et de son milieu, qu’il avait été un objet de scandale à toutes les époques de sa vie, et jusque dans les circonstances de sa mort. Un habitant des paradis artificiels; un hôte de Dreamland, de Thulé, où des montagnes vertigineuses tombent à pic dans des mers sans grèves, où des âmes douloureuses errent autour des lacs noirs, où les arbres des forêts prennent figure de Titans, où les yeux des femmes aimées que la mort a ravies brillent éternellement. Un esprit analytique, une raison lucide, se jouant des problèmes et des énigmes; un rêveur, un obsédé, un halluciné. Et un génie. Il n’était pas seulement le théoricien de la poésie; et non seulement l’ouvrier prodigieusement habile qui connaît toutes les ressources de son art, qui en utilise tous les procédés, depuis les plus simples jusqu’aux plus subtils: mais celui qui en comprend l’essence. La poésie n’est pas, disait-il, une simple répétition, une imitation plus ou moins grossière des beautés formelles qui tombent sous nos yeux. Elle est une lutte pour appréhender les beautés supraterrestres que nous devinons par intervalles; elle est un élan vers l’infini, vers l’éternel. Et si, lorsque nous entendons de beaux vers, il nous arrive de frissonner et de pleurer même, ce n’est pas à cause de l’émotion que nous donne une heureuse réussite: mais ce sont, bien plutôt, larmes de douleur; nous souffrons de nous sentir si près des harmonies célestes, et de rester incapables de les retenir dans leur plénitude. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone«Par des combinaisons multiples, nous luttons au milieu des choses et des pensées qui sont de l’ordre du temps, pour atteindre une portion de cette Beauté dont les éléments véritables appartiennent peut-être à la seule éternité...»

Comme on pourrait rêver, si on était délivré de la considération de l’espace et de la durée, rêver à la rencontre idéale d’Edgar Poe et de Baudelaire!— Ils ne se sont jamais rencontrés; ils ne se sont jamais vus. Poe n’a jamais su qu’il avait, si loin, là-bas, en France, un admirateur fanatique. Baudelaire a été frappé comme par une révélation; il s’est aperçu, épouvanté et ravi, qu’il avait imaginé des sujets que Poe avait imaginés vingt-cinq ans auparavant, qu’il avait écrit des phrases que Poe avait écrites vingt- cinq ans auparavant: et donc il était, dans un certain sens, le double d’Edgar Poe. Aussi s’est-il fait le héraut de sa gloire. Il allait vantant ses œuvres à tout venant; il écrivait aux critiques pour leur demander de l’aider à faire connaître au public français les œuvres de ce génie; il se remettait à l’anglais pour le traduire; il écrivait sa biographie passionnée. Il était d’accord avec lui contre le progrès, «cette grande hérésie de la décrépitude»; contre l’envahissement du matérialisme, toute certitude étant dans les rêves; sur la valeur de l’imagination, «faculté quasi divine qui perçoit tout d’abord, en dehors des méthodes philosophiques, les rapports intimes et secrets des choses, les correspondances et les analogies.» Rien ne lui semblait plus juste et plus beau que ses définitions de la poésie, «un enlèvement de l’âme», «un accent d’immortalité».

         Mais quand il commença de le lire, vers 1846, Poe était si lointain qu’il lui apparaissait comme une figure irréelle; et quand il commença de pénétrer dans l’intimité de son œuvre, Poe était mort.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Anna de Noailles: Si tú hablaras, Señor...

SI VOUS PARLIEZ, SEIGNEUR...

 

Si vous parliez, Seigneur, je vous entendrais bien,

Car toute humaine voix pour mon âme s’est tue,

Je reste seule auprès de ma force abattue,

J’ai quitté tout appui, j’ai rompu tout lien.

 

Mon cœur méditatif et qui boit la lumière

Vous aurait absorbé, si, transgressant les lois,

Comme le vent des nuits qui pénètre les pierres

Votre verbe enflammé fût descendu sur moi !

 

Nul ne vous souhaitait avec tant d’indigence :

Je vous aurais fêté au son du tympanon

Si j’avais, dans mon triste et studieux silence,

Entendu votre voix et connu votre nom.

 

Mais jamais rien à moi ne vous a révélé,

Seigneur ! ni le ciel lourd comme une eau suspendue,

Ni l’exaltation de l’été sur les blés,

Ni le temple ionien sur la montagne ardue ;

 

Ni les cloches qui sont un encens cadencé,

Ni le courage humain, toujours sans récompense,

Ni les morts, dont l’hostile et pénétrant silence

Semble un renoncement invincible et lassé ;

 

Ni ces nuits où l’esprit retient comme une preuve

Son aspiration au bien universel ;

Ni la lune qui rêve, et voit passer le fleuve

Des baisers fugitifs sous les cieux éternels.

 

Hélas ! ni les matins de ma brûlante enfance,

Où, dans les prés gonflés d’un nuage d’odeur,

Je sentais, tant l’extase en moi jetait sa lance,

Un ange dans les cieux qui m’arrachait le cœur !

 

Pourtant, ayez pitié ! Que votre main penchante

Vienne guider mon sort douloureux et terni ;

J’aspire à vous, Splendeur, Raison éblouissante !

Mais je ne vous vois pas, ô mon Dieu ! et je chante

À cause du vide infini !

ANNA DE NOAILLES 

SI TU HABLARAS, SEÑOR...

 

Si tú hablaras, Señor, yo bien podría oírte,

pues toda voz humana para mi alma ha callado,

Me encuentro sola junto a mi fuerza abatida,

Todo apoyo dejé, todo lazo rompí.

 

Mi corazón que bebe la luz, meditabundo,

Te habría absorbido si, transgrediendo las leyes,

Como el viento nocturno que las piedras horada

Tu ígneo verbo en mí hubiera descendido.

 

Nadie te deseó con indigencia tanta:

al son del tamboril te habría celebrado

Si en mi silencio triste y estudioso yo hubiera

conocido tu nombre y  escuchado tu voz.

 

Pero nada, Señor, me reveló tu ser,

Jamás: ni el cielo plúmbeo como agua amenazante,

Ni el ardor estival en los campos de trigo,

Ni el templo jónico en lo alto de la ardua montaña;

 

Ni el cadencioso incienso que son las campanadas

Ni el humano coraje, siempre sin recompensa,

Ni los muertos, de hostil y profundo silencio,

Que parece invencible y cansada renuncia;

 

Ni esas noches en que, en su aspiración al bien

Universal, encuentra una prueba el espíritu:

Ni la luna que sueña, y ve pasar el río

De los besos fugaces  bajo el eterno cielo.

 

Ni las mañanas, ¡ay!, de de mi niñez ardiente,

 Cuando, en prados henchidos de una nube de aroma,

Sentía (¡tanto el éxtasis en mí su lanza hundía!)

Un ángel en los cielos que me rasgaba el pecho.

 

Aun así, ¡apiádate! Que tu mano se tienda

Para guiar mi suerte dolorosa y oscura;

¡A Ti aspiro, Esplendor, deslumbrante Razón!

¡Pero no puedo verte, oh Dios mío, y es por este

Infinito vacío que yo canto!

 

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán



jueves, 7 de agosto de 2025

Giovanni Papini: un hermano en el tranvía

 

un fratello nel tram

 

Ho sceso le scale anche stamani alle dieci perchè le scendo ogni mattina e giunto al viale son salito sul tram perchè il tram s’è fermato all’incrocio, proprio dinanzi ai miei passi.

Non c’è mese che mi piaccia più dell’ottobre ma quando il cielo sembra riflettere in cenere la mota delle strade, ho, dietro un vetro, la passione di contemplarlo passare, guastato anche quest’anno — questo mese che prima del tempo dà il passo alle piovose oscurità del novembre. I marroni d’India, così plastici e nuovi appena sgusciati dal riccio, così ricchi e tranquilli perchè nessuno li mangia, erano sparsi in terra, a’ piedi de’ castagni ornamentali, e nessuno, fuori di me, ci badava.

Finì il viale. E non c’era più da guardare che le botteghe deserte della mattina — d’una mattina così povera e così poco frequentata — e le strade che pochi s’azzardano a traversare, strade spazzate e ancor granducali dalla prigione alla badia. Allora mi accorsi d’avere accanto a me una donna tutta vestita di nero che mi guardava. Era il suo viso così tinto e cupo di sole che sembrava tornare allora dai mezzogiorni marittimi ma sentii nello stesso tempo che non poteva esser vero e ch’era nata così e così era rimasta anche, nell’ombra delle case più ottuse. Fra i ginocchi teneva ritto un ragazzo che non poteva avere più di sei anni, pallido in volto assai più ch’ella non fosse mora e insaccato in un vestito turchino che pendeva in nero per quanto il panno fosse tutt’altro che nuovo.

La donna seguitava a guardarmi e non so perchè. Ma era verso i quarant’anni e tutte le sue fattezze, indurite in quella nativa bronzatura, avevano del vecchio e del maschile e la sua bocca mi ricordava, in tutto quel nero, quella d’una maestra poco materna che non volli perdonare.

Ma guardavo specialmente il bambino il quale si era fissato a contemplare i ginocchi d’una signora che gli sedeva dinanzi e stava assorto e accigliato come se stesse riflettendo a gravi casi nè batteva occhio nè si voltava da una parte o dall’altra.

E più lo guardavo più mi pareva di riconoscere qualcosa che mi apparteneva o mi aveva appartenuto in giorni appena ricordati. Odore di fraternità; un filo di parentela un’identità inesplicabile.

Eppure quel cipiglio era mio alla sua età. Quegli occhi fermi, quel viso di gesso avoriato, quella bocca dura, superba. E quel naso corto di figliolo povero sotto la fronte tropp’alta per gli anni. Quell’immobilità innaturale; quel pensare severo, fisso, mostruoso. E le ciocche ricciolute fuor dal berretto alla marinara.

C’era tutto. Così ero stato. E il ragazzo sconosciuto ripeteva me, il mio aspetto — forse aveva in sè, rubata copiata, l’anima mia.

O fratello minore che non conobbi perchè scendesti prima di me e che forse non rivedrò perchè non mi lasciasti tranquillo! Io temo che le nostre vite sian legate e somiglianti più che non vorremmo. Ora, finalmente, capisco quel che mi spaventava da qualche tempo. Questo vuotamento, questa consumazione e diminuzione del mio spirito — questo perdere senza meraviglia e questo abdicare senza vergogna.

Un altro me stesso è nato; il mio spirito è passato nella sua persona; ciò che a lui fu dato mi è tolto. È scaduto il mio diritto; a rate, a mesate il meglio di me passa al mio nuovo fratello, a un più fresco me stesso. E quando la sua vita sarà piena e non avrà più nulla da prendermi sarò come il sacco vuoto abbandonato accanto al muro.

Ma il bambino non mi ha guardato. Non son nulla per lui, che ancora non sa. Passeggero appena visto colla coda dell’occhio, non riconoscibile in altri incontri. Non mi ha sorriso neppure, lui che mi prende posto e privilegio.

Finita ogni mia proprietà, fra poco e per sempre. A meno ch’io non lo ritrovi per ucciderlo prima ch’egli sia prossimo a finirmi. Talenti e passioni ed ogni mia abilità trasmessi alla vita sua. E i miei dolori. Per pietà di lui e difesa di me so quale sarebbe il mio dovere. Ma lui non è che un me stesso rinato, in meglio rifatto per arrivare più in alto perchè forse ho tradito.

Sei sceso dal tram senza voltarti. Nè ti ho seguito coll’occhio nè ho riguardato la mamma nera che non ci somiglia. E giunto al mio posto, tra colombi e cavalli, ti ho perduto, così lontano; e ti condanno, io cattivo, alla sciocca felicità de’ miei anni.

GIOVANNI PAPINI


 

          un hermano en el tranvía

 

Esta mañana también bajé las escaleras a las diez, porque las bajo todas las mañanas, y al llegar a la avenida subí al tranvía porque se detuvo en el cruce, justo delante de mis pasos.

No hay mes que me guste más que octubre, pero cuando el cielo parece reflejar, ceniciento, el fango de las calles, tengo, detrás de un cristal, la pasión de contemplarlo pasar, estropeado también este año —este mes que, antes de tiempo, da paso a la lluviosa oscuridad de noviembre. Las castañas de Indias, tan plásticas y nuevas recién sacadas de la cáscara, tan ricas y tranquilas porque nadie se las come, estaban esparcidas por el suelo, al pie de los castaños ornamentales, y nadie, excepto yo, les prestaba atención.

Se acabó la avenida. Y ya sólo quedaban para ver las tiendas desiertas de la mañana —de una mañana tan pobre y tan poco concurrida— y las calles que pocos se aventuran a cruzar, calles barridas y aún señoriales desde la prisión hasta la abadía. Entonces me di cuenta de que tenía a mi lado una mujer toda vestida de negro que me miraba. Su rostro estaba tan bronceado y oscurecido por el sol que parecía que acababa de regresar de los mediodías marítimos, pero al mismo tiempo sentí que eso no podía ser cierto y que así había nacido y así también había quedado, a la sombra de las casas más romas. Entre las rodillas sostenía en pie a un niño que no podía tener más de seis años, mucho más pálido de lo que era ella morena y enfundado en ropas de color azul marino que, al colgar, se veían negras, ya que la tela estaba lejos de ser nueva.

La mujer seguía mirándome, no sé por qué. Pero andaba por los cuarenta años y todos sus rasgos, endurecidos por ese bronceado de nacimiento, tenían algo de viejo y de masculino, y su boca me recordaba, con todo ese negro, la de una maestra poco maternal a la que no quise perdonar.

Pero yo miraba especialmente al niño, que se había quedado mirando fijo las rodillas de una señora sentada delante de él y estaba absorto y ceñudo como si estuviera reflexionando sobre asuntos muy serios, sin pestañear ni volver la cabeza hacia uno u otro lado.

Y cuanto más lo miraba, más me parecía reconocer algo que me pertenecía o me había pertenecido en días apenas recordados. Olor a fraternidad; un lazo de familia, una identidad inexplicable.

Y, sin embargo, ese ceño fruncido era el mío a su edad. Esos ojos fijos, ese rostro de yeso color marfil, esa boca dura, altiva. Y esa nariz corta de hijo pobre bajo la frente demasiado ancha para su edad. Esa inmovilidad antinatural; ese modo severo, fijo, monstruoso de pensar. Y los mechones rizados que sobresalían de la gorra de marinero.

Todo estaba allí. Así había sido yo. Y el chico desconocido me repetía, repetía mi aspecto… quizás tenía en sí mismo, robada, copiada, mi alma.

¡Oh, hermano menor al que no conocí porque bajaste antes que yo y al que quizás no volveré a ver por qué no me dejaste en paz! Temo que nuestras vidas estén más ligadas y se parezcan más de lo que querríamos. Ahora, por fin, entiendo lo que me asustaba desde hacía algún tiempo. Este vaciamiento, esta consumación y disminución de mi espíritu, este perder sin asombro y este abdicar sin vergüenza.

Me ha nacido un otro yo; mi espíritu ha pasado a su persona; lo que le ha sido dado se me ha quitado. Mi derecho ha llegado a su término; poco a poco, mes a mes, lo mejor de mí pasa a mi nuevo hermano, a mi otro yo más fresco. Y cuando su vida esté llena y ya no tenga nada que quitarme, seré como un saco vacío abandonado junto a la pared.

Pero el niño no me ha mirado. No soy nada para él, que aún no sabe. Un pasajero apenas visto con el rabillo del ojo, irreconocible en otros encuentros. Ni siquiera me ha sonreído, él, que me quita mi lugar y mis privilegios.

Todo lo que era mío se termina, dentro de poco y para siempre. A menos que lo vuelva a encontrar para matarlo antes que él esté por acabar conmigo. Talentos y pasiones y todas mis habilidades transmitidas a su vida. Y mis dolores. Por piedad hacia él y en defensa de mí mismo sé cuál sería mi deber. Pero él no es más que mi propio yo renacido, mejorado para llegar más alto porque tal vez yo he traicionado.

Bajaste del tranvía sin darte vuelta. No te seguí con la mirada ni miré a la madre morena que no se nos parece. Y al llegar a mi asiento, entre palomas y caballos, te perdí, tan lejano; y yo, el malvado, te condeno a la estúpida felicidad de mis años.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán


lunes, 2 de junio de 2025

Léon Bloy: La Medusa Astruc

Léon Bloy escribió La Méduse-Astruc, primero de sus poemas en prosa, inspirándose en el busto de Barbey d'Aurevilly realizado por el escultor Zacharie Astruc, que sería más tarde el modelo de Gacougnol, personaje de su novela La Femme Pauvre (La mujer pobre). Bloy encontraba que dicho busto tenía los ojos de Medusa, lo que explica el título de su texto.

Una vez escrito su poema, se lo envió a Barbey d'Aurevilly, entonces en Valognes, quien le agradeció enviándole una carta elogiosa y llena de igualmente laudatorias notas marginales.

Bloy, halagado, hizo con la carta, las observaciones y su poema, una edición artesanal que repartió entre sus amigos. Es la versión que hemos utilizado para nuestra traducción, en la que omitimos la carta de Barbey y las notas.

El poema, posteriormente, no fue recogido por la viuda de Bloy, Jeanne Molbech, en su edición de los Poemas en prosa de Bloy, por lo que la presente traducción vale como complemento a la edición de dicho libro hecha por Ediciones De LaMirándola.


LA MEDUSA ASTRUC

XII

Durante la última guerra oí, una noche, un grito terrible. Nos estábamos alejando del campo de batalla y la jornada, como de costumbre, no había sido afortunada. Dejábamos a nuestras espaldas a algunos camaradas moribundos que no podíamos llevar con nosotros en la desbandada, y que la muerte, más afortunada que nosotros, debía llevarse en su victoria. La nieve caía al mismo tiempo que la noche y mezclaba la melancolía de su blancura a la negra melancolía del día agonizante. El campo, a lo lejos, estaba lleno de trampas y amenazas, y nosotros avanzábamos, callados y sombríos, a través de un lóbrego bosque sin follaje, alrededor del cual humeaba aún la llanura trágica, ebria, aquella noche, de la sangre de Francia. Una tristeza pesada y negra —como un presentimiento de muerte exhalado por la boca abierta de los muertos— se extendía sobre nosotros y nos envolvía irresistiblemente. ¡Momentos temibles! ¡¡¡Horas pánicas de la Guerra, en las que los más altivos corajes se aflojan y se hunden, después del tumulto y las tormentosas agitaciones de la cólera, en un sordo y latente pensamiento de terror!!! De pronto —cuando ya la noche había acabado de tender sobre nuestras cabezas su más sombrío manto—, un grito, un solo grito, más aterrador que todos los espectros que hubiesen podido aparecérsenos —¡el grito de un Dolor supremo que pare una Muerte desesperada!—, se dejó oír junto a nosotros, en aquellas tinieblas palpables que nuestros ojos desmesuradamente abiertos ya no eran capaces de atravesar. ¡Y el efecto de aquel clamor solitario fue tan terrible y tan repentino que nuestra columna entera recibió instantáneamente su impacto y se dio vuelta!… ¡¡como si la Muerte misma hubiera pasado por allí y como si hubiera sido necesario que escoltásemos hasta el fondo de los infiernos a aquella Reina de los Espantos!! Hoy recuerdo los terrores de aquella noche espantosa y vuelvo a oír aquel grito, ¡aquel grito inolvidable, de una angustia sobrenatural! Está en mí, de ahora en adelante, como la realidad exterior y sensible de los sueños más desgarradores del Dolor, pero también como una expresión acabada de los pensamientos y los sentimientos más elevados, cuando alcanzan una excepcional intensidad y ya no hay palabras terrenales para formularlos. ¡Las tormentas interiores del alma humana —¿quién podría, en efecto, ignorarlo?—, los dolores y las alegrías inmensas, la Admiración, el Amor supremos, todos los sentimientos excesivos —todo lo que nos desarraiga de la tierra para aplastarnos contra las puertas de zafiro de la eterna patria de los cielos—, todo eso es inexpresable en un lenguaje articulado y docto, pero, a falta de todo lenguaje, el grito permanece, el grito supremo, verbo único del corazón, en el que el alma apasionada todavía puede precipitarse, cuando está demasiado conmocionada y ya no es capaz de contenerse!

XIII

El Dolor, que tanto hace gritar a los pobres hombres y que éstos tan poéticamente han tildado de cruel, aun cuando no los agobiaba, el Dolor dispone de un poder tan grande, en su gobierno misericordioso, que es nuestra medida y nuestro peso —nuestro mérito y nuestra única esperanza, en esas sombras formidables que nos llegan en la agonía y nos envuelven cuando empezamos a resistirnos en el sepulcro. El Dolor lo es todo en la vida, y, porque lo es todo, extraemos de él, como del inagotable girón de Dios, todos los tipos de nuestros pensamientos y todas la formas superiores de la Verdad. Por eso, la expresión suprema del Dolor —¡el GRITO!— es también la expresión de la alegría suprema y del amor que ya no tiene medida, ¡ya sea el amor terrenal o el divino Amor, la alegría del cielo o la alegría del infierno! Y cuando los Poetas —esas águilas consumadas en el cielo del amor— se esfuerzan por cantar como la tierra jamás ha cantado, su alma se eleva y se escapa de ellos, como el grito trágico de aquel pobre soldado que agonizaba en las tinieblas, y es entonces cuando son tan sublimes y se adueñan tan despóticamente de nuestros corazones! El viejo Homero gritaba, sumido en las tinieblas de su clarividente ceguera, Esquilo gritaba, y Dante también y tú, gran Shakespeare, ¡¡qué clamores lanzaron ustedes, capaces de hacer caer las inmóviles estrellas de ese cielo ardiente del que apenas descendían sus almas!!… Pero el más altivo de todos, el Grande entre los más grandes, ¡Blaise Pascal, en fin!, ¿qué hizo toda su vida sino gritar y eructar su corazón hacia Dios, con los esfuerzos espantosos de su genio pascaliano en lucha con el infernal genio de la Desesperación?

LÉON BLOY

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán


XII

Pendant la dernière guerre, j’entendis, un soir, un cri terrible. On s’éloignait du champ de bataille et la journée, selon l’ordinaire, n’avait point été heureuse. On laissait derrière soi quelques camarades mourants qu’il n’était pas possible d’emporter dans la déroute et que la mort, plus heureuse que nous, devait emporter dans sa victoire. La neige tombait en même temps que la nuit et mêlait la mélancolie de sa blancheur à la noire mélancolie du jour expirant. La campagne, au loin, était pleine d’embûches et de menaces et nous allions, silencieux et sombres, à travers un morne bois dépouillé, autour duquel fumait encore la plaine tragique, saoûle, ce soir là, du sang de la France. Une tristesse pesante et noire, — comme un pressentiment de mort exhalé de la bouche ouverte des morts, — s’étendait sur nous et nous enveloppait invinciblement. Moments redoutables ! heures paniques de la Guerre où les plus fiers courages se détendent et s’affaissent, après le tumulte et les orageuses agitations de la colère dans une sourde et latente pensée de terreur !!! Tout-à-coup, — la nuit ayant achevé de dérouler sur nos têtes son plus sombre manteau, — un cri, un seul cri, plus effrayant que tous les spectres qui eussent pu nous apparaître, — le cri d’une Douleur suprême accouchant d’une Mort désespérée ! — se fit entendre à côté de nous, dans ces ténèbres palpables que nos yeux démesurément ouverts n’avaient plus la force de pénétrer : Et l’effet de cette clameur solitaire fut si terrible et si soudain que notre colonne toute entière en reçut instantanément la commotion et se retourna !... comme si la Mort elle-même avait passé là et comme s’il avait fallu que nous escortassions jusqu’au fond des enfers, cette Reine des Épouvantements !! — Aujourd’hui, je me souviens des terreurs de cette nuit épouvantable et ce cri, cet inoubliable cri, d’une angoisse presque surnaturelle, je l’entends encore ! Il est en moi désormais, comme la réalité extérieure et sensible des rêves les plus poignants de la Douleur, mais aussi, comme une expression accomplie des pensées et des sentiments les plus hauts, quand ils atteignent à une exceptionnelle intensité et qu’il n’y a plus de paroles terrestres pour les formuler. Les orages intérieurs de l’âme humaine, — qui donc, en effet, pourrait l’ignorer ! — les douleurs et les joies immenses, l’Admiration, l’Amour suprêmes, tous les sentiments excessifs, — tout ce qui nous déracine de la terre pour nous écraser contre les portes de saphir de l’éternelle patrie des cieux, — tout cela est inexprimable en un langage articulé et savant, mais, à défaut de tous les langages, le cri reste toujours, le suprême cri, verbe unique du cœur, où l’âme éperdue peut encore se précipiter, quand elle est par trop bouleversée et qu’elle n’est plus capable de se contenir !

XIII

La Douleur qui fait tant crier les pauvres hommes et qu’ils ont si poétiquement traitée de cruelle alors même qu’elle ne les accablait pas, la Douleur dispose d’un si grand pouvoir, dans son gouvernement miséricordieux, qu’elle est notre mesure et notre poids, — notre mérite et notre seul espoir, dans ces ombres formidables qui nous arrivent à l’agonie et qui nous enveloppent quand nous commençons de broncher dans le tombeau. La Douleur est tout dans la vie, et parce qu’elle est tout, nous puisons en elle comme dans l’inépuisable giron de Dieu, tous les types de nos pensées et toutes les formules supérieures de la Vérité. À cause de cela, l’expression suprême de la Douleur, — le CRI ! — est aussi l’expression de la joie suprême et de l’amour qui n’a plus de mesure, que ce soit l’amour terrestre ou le divin Amour, la joie du ciel ou la joie de l’enfer ! Et lorsque les Poëtes, — ces aigles consumés dans le ciel de l’amour, — s’efforcent de chanter comme la terre n’a jamais chanté, leur âme s’élance et s’échappe d’eux, comme le cri tragique de ce pauvre soldat mourant dans les ténèbres, et c’est alors qu’ils sont si sublimes et qu’ils s’emparent si despotiquement de nos cœurs ! Le vieil Homère criait, dans les ténèbres de sa clairvoyante cécité, Eschyle criait, et le Dante aussi et toi, grand Shakespeare ! ne poussâtes-vous pas des clameurs à faire tomber les immobiles étoiles de ce ciel brûlant d’où vos âmes descendaient à peine !!.. Mais le plus fier de tous, le Grand, parmi les plus grands, Blaise Pascal, enfin ! qu’a-t-il fait toute sa vie, sinon de crier et d’éructer son cœur vers Dieu, dans les efforts épouvantables de son génie pascalien aux prises avec l’infernal génie du Désespoir ?


martes, 6 de mayo de 2025

Charles Baudelaire: Poemas en prosa XII. Las muchedumbres

 

XII

LES FOULES

 

Il n’est pas donné à chacun de prendre un bain de multitude : jouir de la foule est un art ; et celui-là seul peut faire, aux dépens du genre humain, une ribote de vitalité, à qui une fée a insufflé dans son berceau le goût du travestissement et du masque, la haine du domicile et la passion du voyage.

Multitude, solitude : termes égaux et convertibles pour le poëte actif et fécond. Qui ne sait pas peupler sa solitude, ne sait pas non plus être seul dans une foule affairée.

Le poëte jouit de cet incomparable privilège, qu’il peut à sa guise être lui-même et autrui. Comme ces âmes errantes qui cherchent un corps, il entre, quand il veut, dans le personnage de chacun. Pour lui seul, tout est vacant ; et si de certaines places paraissent lui être fermées, c’est qu’à ses yeux elles ne valent pas la peine d’être visitées.

Le promeneur solitaire et pensif tire une singulière ivresse de cette universelle communion. Celui-là qui épouse facilement la foule connaît des jouissances fiévreuses, dont seront éternellement privés l’égoïste, fermé comme un coffre, et le paresseux, interné comme un mollusque. Il adopte comme siennes toutes les professions, toutes les joies et toutes les misères que la circonstance lui présente.

Ce que les hommes nomment amour est bien petit, bien restreint et bien faible, comparé à cette ineffable orgie, à cette sainte prostitution de l’âme qui se donne tout entière, poésie et charité, à l’imprévu qui se montre, à l’inconnu qui passe.

Il est bon d’apprendre quelquefois aux heureux de ce monde, ne fût-ce que pour humilier un instant leur sot orgueil, qu’il est des bonheurs supérieurs au leur, plus vastes et plus raffinés. Les fondateurs de colonies, les pasteurs de peuples, les prêtres missionnaires exilés au bout du monde, connaissent sans doute quelque chose de ces mystérieuses ivresses ; et, au sein de la vaste famille que leur génie s’est faite, ils doivent rire quelquefois de ceux qui les plaignent pour leur fortune si agitée et pour leur vie si chaste.

 

XII

LAS MUCHEDUMBRES

 

No a todos está dado mezclarse con la multitud: gozar de la muchedumbre es un arte; y el único que puede darse, a costa del género humano, un atracón de vitalidad, es aquel a quien un hada le ha insuflado en la cuna el gusto por el disfraz y la máscara, el odio al domicilio y la pasión por el viaje.

Multitud, soledad: términos iguales e intercambiables para el poeta activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en medio de una muchedumbre atareada.

El poeta goza del incomparable privilegio de poder ser, a su antojo, él mismo y alguien distinto. Como esas almas errantes que buscan un cuerpo, entra, cuando así lo quiere, en el personaje de cualquier otro. Para él, sólo para él, todo lugar está vacante; y si algunos parecen estarle vedados, es porque estima que no vale la pena visitarlos.

El caminante solitario y pensativo encuentra una singular embriaguez en esa comunión universal. El que se une fácilmente a la muchedumbre experimenta deleites febriles, de los que se estarán eternamente privados el egoísta, cerrado como un baúl, y el perezoso, recluido como un molusco. Adopta como suyas todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias le presentan.

Lo que los hombres llaman amor es muy pequeño, muy restringido y muy débil, comparado con esa inefable orgía, con esa santa prostitución del alma que se entrega por entero, poesía y caridad, a lo imprevisto que se muestra, a lo desconocido que pasa.

Está bien enseñarles a veces a los felices de este mundo, aunque más no fuese para humillar por un momento su tonto orgullo, que hay felicidades superiores a la suya, mayores y más refinadas. Los fundadores de colonias, los pastores de pueblos, los sacerdotes misioneros exiliados en los confines de la tierra, conocen sin duda algo de esas misteriosas embriagueces; y, en el seno de la vasta familia que su genio se ha formado, deben reírse a veces de los que se compadecen de ellos por su destino tan agitado y su vida tan casta.

 

CHARLES BAUDELAIRE

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán