Mostrando entradas con la etiqueta Angel José Battistessa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Angel José Battistessa. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de febrero de 2023

Valery Larbaud y Ángel J. Battistesssa: Europa, I a III

EUROPA

I

UNA medianoche en el mar como hay tantas:

El Cunarder con rumor suave sobre el mar sin luna.

Haría calor, si no fuese por esta brisa.

El ruido de la ola más próxima: una salpicadura

Y otra ola un poco más lejos: una aspersión:

Y otra más: un retumbar lejano;

Y otra, volviéndose, hace “;Chut!”

Y todas las olas del mar murmuran prolongadamente

Bajo los puentes, los salones están colmados de luz.

Y llenos de señores vestidos de negro y de señoras con trajes escotados

Saborea ¡oh débil corazón! la angustia de esta hora.

Piensa tan sólo en tu infancia. Qué, ¿lloras?

No, no, retén tus lágrimas: escucha a los tziganes

Que tocan en el restaurante, hacia popa. . .

El poeta está de pie junto a su compañera

Recostada sobre un diván, bajo sus pieles, hacia proa.

“Un ángel, una joven española” que por momentos

Pensando en él, le dice a media voz:

“Mein Liebling!”

Y de nuevo el ruido indiferente de las olas.

¡Hola! ¡un relámpago!

Mas no; no es posible: hace buen tiempo…

Y siempre el viento y el ruido de las olas interminables.

¡Otro aún! ¡Allá, allá lejos, mira!

Siempre en aquel mismo rincón del cielo

Pasa como una hoz sobre las avenas.

¡Hola!, otro;

Dura un segundo apenas. Se diría Que gira.

Allí: ¡ahi pasa!...

He visto girar la lumbre: el faro, como un demente,

Torna su cabeza flameante en plena noche, gigantesco derviche.

Y, en su vértigo de luz,

Ilumina el camino de los campos, el seto florecido, la choza,

Y el ciclista moroso, y el carruaje del médico sobre la landa.

Y los abismos desiertos por donde el paquebote navega.

He visto girar la lumbre, y callo.

Mañana a primera hora, las gentes de! salón, subiendo sobreel puente

Donde el viento les excitará las mejillas y los ojos fríos,

Exclamarán: “¡La tierra!"

Y se extasiarán en sus bufandas.

Europa, bien veo que eres tú, te sorprendo de noche.

Torno a encontraros en vuestro lecho perfumado, ¡oh mis amores!

He visto la primera y más adelantada

De tus millares de luces.

Allí, en ese rinconcito de tierra, todo carcomido

Por el Océano que abraza inmensas islas

En los múltiples repliegues de sus abismos desconocidos.

Allí, están las naciones civilizadas.

Con sus capitales enormes, tan luminosas, de noche,

Que hasta por encima de los jardines lucen un cielo de color de rosa.

Los suburbios se dilatan sobre las praderas ulceradas.

Los faroles alumbran las rutas más allá de las puertas;

Los trenes iluminados se deslizan entre las cunetas;

Los vagones-restaurantes están repletos de personas sentadas a la mesa;

Los carruajes, en hileras oscuras, esperan

Que las gentes salgan de los teatros, cuyas fachadas

Se yerguen enteramente blancas bajo la luz eléctrica

Que silba en los lechosos globos incandescentes.

Las ciudades salpican la noche como constelaciones:

Las hay en la cima de las montañas,

En la fuente de los ríos, en medio de las llanuras,

Y sobre las mismas aguas, en las que ellas contemplan sus luces rojas.

 

“Mañana, todas las tiendas estarán abiertas, oh mi alma…”

 

II

Nada de países coloniales, que sólo tienen para sí

Las maravillas de la naturaleza, y que no han sabido

Procurarse ni siquiera un Teócrito.

Repulsa de días enteros pasados en la hamaca.

Levemente vestido, en ciudades sin tiendas.

Repulsa de cacerías de animales feroces, de residencias

Reales de las Indias y de ciudades de Australasia.

Donde no se hace más que pensar en ti, por ti, Europa.

¡Porque allí, entre las brumas, están las bibliotecas!

¡Oh aprenderlo todo, oh saberlo todo, todos los idiomas!

Haber leído todos los libros y todos los comentarios:

¡Oh, el sánscrito, el hebreo, el griego y el latín!

Poder entender un texto cualquiera

A primera vista, y dominar el mundo.

Por la ciencia, desde las bambalinas, como si se tuviese

En un solo puño los cordeles de esos títeres multicolores.

¡Sentir que se está tan alto que ya nos aferra el vértigo,

Como si alguien os murmurase las palabras:

“Yo te daré todo eso”, sobre la montaña!

 

III

¡Europa!, tú satisfaces esos apetitos sin límites

De saber, y los apetitos de la carne.

Y los del estómago, y los apetitos

Indecibles y más que imperiales de los Poetas.

Y todo el orgullo del Infierno.

(Yo me he preguntado a veces si tú no eras uno de los peldaños, un cantón adyacente, del Infierno).

¡Oh Musa mía, hija de las grandes capitales, reconoces tus ritmos

En ese retumbar incesante de las calles interminables!

Ven, quitémonos nuestros trajes de noche, y pongámonos

Yo esta chaqueta raída y tú ese vestido de lana.

Y mezclémonos entre el pueblo trivial al que ignoramos.

¡Vamos a danzar al baile de los estudiantes y de las modistillas,

Vamos a encanallarnos al café-concierto!

Dite

Que sólo somos aquí huéspedes de paso

Cuyos rastros se marcan apenas, sin duda,

Sobre ese barro liviano y brillante que hollamos.

Cuando asi nos plazca, regresaremos a las selvas vírgenes.

El desierto, la pradera, los Andes colosales.

El Nilo blanco, Teherán, Timor, los mares del Sur.

Y roda la superficie planetaria nos pertenecen cuando querramos!

Porque si yo fuese uno de esos que viven siempre aquí

Trabajando desde la mañana basta la noche en las fábricas,

Y en las oficinas, y que van a veladas.

O a desempeñar por centésima vez un papel cualquiera en un teatro.

O a los circuios, o a las reuniones hípicas.

No podría soportarlo y, como un campesino

Que regresa después de haber vendido su cosecha en la ciudad.

Yo partiría.

Con un bastón en la mano, e iría, e iría.

¡Marcharía sin detenerme hacia el Ecuador!

 

¡Para mí,

Europa es como una sola gran ciudad

Llena de provisiones y de todos los lacers urbanos.

Y el resto del mundo no es más que campo abierto donde, sin sombrero,

Corro de cara al viento lanzando gritos salvajes!

VALERY LARBAUD

Traducción de ÁNGEL JOSÉ BATTISTESSA

Revista Verbum Año XXV, n° 81

Revista del centro de estudiantes de Filosofía y Letras,

Buenos Aires, 1932 

EUROPE

I

Un minuit en mer comme il y en a tant :

Le Cunarder au bruit doux sur la mer sans lune.

Il ferait chaud, n’était ce vent.

Le bruit de la vague la plus voisine : un éclaboussement ;

Et l’autre vague un peu plus loin : une aspersion ;

Et l’autre encore : un grondement lointain ;

Et l’autre, se retournant, fait “Chut !”

Et toutes les vagues de la mer longtemps murmurent.

Les salons sont pleins de lumière sous les ponts,

Et pleins de Messieurs en noir et de Dames en robes basses.

Savoure, ô faible cœur, l’angoisse de cette heure.

Ne songe plus qu’à ton enfance. Quoi, tu pleures ?

Non, non, ne pleure pas : écoute les tziganes

jouent dans la restauration, à l’arrière…

Le poète est debout auprès de sa compagne

Étendue sur un divan, sous des fourrures, à l’avant,

“Un ange, une jeune Espagnole” qui par instants

Pensant à lui, lui dit à mi-voix :

“Mein Liebling !”

Et de nouveau le bruit indifférent des vagues.

Tiens, un éclair !

Mais non ; ce n’est pas possible ; il fait beau temps…

Et toujours le vent et le bruit des flots sans fin…

Encore un ! Là, là-bas, regarde !

C’est toujours dans ce même coin du ciel.

Ça passe comme une faux sur des avoines.

Tiens, encore ;

Ça dure une seconde à peine. On dirait

Que cela tourne.

Là : il passe !…

J’ai vu le feu tourner ; le phare, comme un dément

Tourne sa tête flamboyante dans la nuit, géant derviche,

Et, dans son vertige de lumière,

Il éclaire la route de campagne, la haie en fleur, la chaumière,

Et le bicycliste attardé, et la voiture du médecin sur la lande,

Et les abîmes déserts où le paquebot fait route.

J’ai vu le feu tourner, et je me tais.

Demain matin, les gens du salon, montant sur le pont

Où le vent piquera leurs joues et leurs yeux froids,

Crieront : “La Terre !”

Et s’extasieront dans leurs cache-nez.

Europe, c’est donc toi, je te surprends de nuit.

Je vous retrouve dans votre lit parfumé, ô mes amours !

J’ai vu la première et la plus avancée

De tes milliards de lumières.

Là, dans ce petit coin de terre, tout rongé

De l’Océan qui embrasse d’immenses îles

Dans les mille replis de ses gouffres inconnus,

Là, sont les nations civilisées,

Avec leurs capitales énormes, si lumineuses, la nuit,

Que même au-dessus des jardins leur ciel est rose.

Les banlieues se prolongent dans les prairies teigneuses,

Les réverbères éclairent les routes au-delà des portes ;

Les trains illuminés glissent dans les tranchées ;

Les wagons-restaurants sont pleins de gens à table ;

Les voitures, en rangs noirs, attendent

Que les gens sortent des théâtres, dont les façades

Se dressent toutes blanches sous la lumière électrique

Qui siffle dans les globes laiteux incandescents.

Les villes tachent la nuit comme des constellations :

Il y en a au sommet des montagnes,

À la source des fleuves, au milieu des plaines,

Et dans les eaux mêmes, où elles mirent leurs feux rouges…

 

“Demain, tous les magasins seront ouverts, ô mon âme…”

 

II

Fi des pays coloniaux, qui n’ont pour eux

Que les merveilles de la nature, et n’ont pas su

Même se procurer un Théocrite.

Dégoût des jours entiers passés sur le hamac,

En vêtements de toile, dans des villes sans boutiques.

Dégoût des chasses aux bêtes fauves, des résidences

Royales des Indes et des cités d’Australasie,

Où l’on ne fait que penser à toi, par toi, Europe.

Car là, dans le brouillard, sont les bibliothèques !

Oh ! tout apprendre, oh tout savoir, toutes les langues !

Avoir lu tous les livres et tous les commentaires ;

Oh ! le sanscrit, l’hébreu, le grec et le latin !

Pouvoir se reconnaître dans un texte quelconque

Qu’on voit pour la première fois ! et dominer le monde,

Par la science, de la coulisse, comme on tiendrait

Dans un seul poing les ficelles de ces pantins multicolores.

Sentir qu’on est si haut qu’on est pris de vertige,

Comme si quelqu’un vous murmurait les mots :

“Je te donnerai tout cela”, sur la montagne !

 

III

Europe ! tu satisfais ces appétits sans bornes

De savoir, et les appétits de la chair,

Et ceux de l’estomac, et les appétits

Indicibles et plus qu’impériaux des Poètes,

Et tout l’orgueil de l’Enfer.

(Je me suis parfois demandé si tu n’étais pas une des marches, un canton adjacent, de l’Enfer).

O ma Muse, fille des grandes capitales ! tu reconnais tes rythmes Dans ces grondements incessants des rues interminables.

Viens, quittons nos habits du soir, et revêtons

Moi ce veston usé et toi cette robe de laine,

Et mêlons-nous au commun peuple que nous ignorons.

Allons danser au bal des étudiants et des grisettes,

Allons-nous encanailler au café-concert !

Dis-toi

Que nous ne sommes ici que des hôtes de passage

Dont les empreintes marquent à peine, sans doute,

Sur cette boue légère et brillante que nous foulons.

Quand nous voudrons, nous rentrerons aux forêts vierges,

Le désert, la prairie, les Andes colossaux,

Le Nil blanc, Téhéran, Timor, les Mers du Sud,

Et toute la surface planétaire sont à nous, quand nous voudrons !

Car si] ‘étais un de ceux-là qui vivent toujours ici

Travaillant du matin au soir dans des usines,

Et dans des bureaux, et allant dans des soirées,

Ou jouer pour la centième fois un rôle dans un théâtre,

Ou dans les cercles, ou dans les réunions hippiques,

Je n’y pourrais tenir ! et tel qu’un paysan

Qui revient après avoir vendu sa récolte à la ville,

Je partirais,

Un bâton à la main, et j’irais, et j’irais,

Je marcherais sans m’arrêter vers l’Équateur !

 

Pour moi,

L’Europe est comme une seule grande ville

Pleine de provisions et de tous les plaisirs urbains,

Et le reste du monde

M’est la campagne ouverte où, sans chapeau,

Je cours contre le vent en poussant des cris sauvages !



sábado, 16 de julio de 2022

Henri de Régnier y Ángel J. Battistessa: La luna amarilla

 


LA LUNE JAUNE

 

Ce long jour a fini par une lune jaune

Qui monte mollement entre les peupliers,

Tandis que se répand parmi l'air qu'elle embaume

L'odeur de l'eau qui dort entre les joncs mouillés.

 

Savions-nous, quand, tous deux, sous le soleil torride

Foulions la terre rouge et le chaume blessant,

Savions-nous, quand nos pieds sur les sables arides

Laissaient leurs pas empreints comme des pas de sang,

 

Savions-nous, quand l'amour brûlait sa haute flamme

En nos coeurs déchirés d'un tourment sans espoir,

Savions-nous, quand mourait le feu dont nous brûlâmes

Que sa cendre serait si douce à notre soir,

 

Et que cet âpre jour qui s'achève et qu'embaume

Une odeur d'eau qui songe entre les joncs mouillés

Finirait mollement par cette lune jaune

Qui monte et s'arrondit entre les peupliers?

HENRI DE RÉGNIER

La cité des eaux

 

LA LUNA AMARILLA

 

El día ha terminado en la luna amarilla

Que asciende muellemente por detrás de los álamos,

En tanto se difunde en el aire el aroma

Del agua adormecida entre juncos mojados.

 

¿Sabíamos nosotros, cuando al sol ardoroso

Cruzábamos rastrojos y planicies bermejas,

Sabíamos nosotros cuando en los arenales

Nuestros pasos marcaban como en sangre sus huellas;

 

Sabíamos nosotros cuando el amor ardía

En nuestros corazones torturados de afanes,

Sabíamos nosotros que al morir ese fuego

Su ceniza sería tan grata a nuestra tarde,

 

Y que este áspero día que acaba y que perfuma

El agua adormecida entre juncos mojados,

Terminaría lento en la luna amarilla

Que ya se redondea encima de los álamos?

Traducción de Ángel J. Battistessa

Revista Verbum Año XXV, n° 81

Revista del centro de estudiantes de Filosofía y Letras

Buenos Aires, 1932


 

 

domingo, 10 de junio de 2012

Louis Le Cardonnel y Ángel José Battistessa


Poemas de Louis Le Cardonnel
(1862-1936)

"... combien de gens savent-ils que Louis Le Cardonnel est un gran poete?"
Máxime Formont, "Les Symbolistes", 1933.

El texto castellano de estos cuatro poemas pertenece a una serie de traducciones inéditas de las páginas más significativas del abate Louis Le Cardonnel.
Acaso la publicación de todas esas traducciones pueda servir a modo de pertinente ilustración lírica para un posible estudio de conjunto sobre la admirable y casi ignorada personalidad de ese insigne y retraído monje-poeta fallecido el año pasado.
Amigo de Mallarmé, y como tal muy pronto desdeñoso de los halagos de la popularidad sin estima y del éxito sin prestigio, Louis Le Cardonnel supo acercarse a la religión sin desprenderse de sus profundas preocupaciones de humanista. Fue benedictino y fue franciscano. Lo fue siempre según el espíritu y a veces según la disciplina. París —¡89, rue de Rome!—, el cenobio de Ligugé, el monasterio de Asís y el luminoso Aviñón de las convalecencias largas pusieron marco diverso a las etapas fundamentales de su resuelta e interrumpida promoción íntima. El celtismo de sus orígenes no le impidió ser un poeta de la más depurada latinidad, ni tampoco la incontrastable aristocracia de su inteligencia le fue estorbo grande para un largo y amistoso ministerio de poesía límpida y de caridad graciosa.
Esta conciliación de actitudes recuerda un poco aunque en tono menor y con muy otro estilo los ademanes, un tanto rudos pero ejemplarmente perentorios, de algunas de las más valiosas integraciones claudelianas:

II s'en ira semant la Parole céleste,
Et, pour dire le Verbe aux temps qui vent venir,
Harmonieusement il mêlera le geste
D'accorder la cithare au geste de bénir.
Sous le souffle divin, il la fera renaître,
Fils des premiers Voyants, fils des Chanteurs sacrés,
Cette antique union du Poète et du Prêtre.
Tous deux consolateurs, et tous deux inspirés!

La producción poética de Louis Le Cardonnel ha sido recogida en dos tomos por la Sociedad del Mercure de France, París, 1928. I: Poèmes, Chants d'Ombrie et de Toscane (Carmina sacra). II: Orphica. Épigrammes. Élégies chrétiennes. Méditations et cantiques (Carmina sacra). De l'une à l’autre aurore.
Ángel José Battistessa. (Péñola nº1, septiembre de 1937.)



BOIS SACRÉ

Ô ma sœur, attendons que, sur le bois qui rêve,
Avec lenteur la lune automnale se lève :
Dans une lumineuse et mouvante vapeur,
Les chemins blanchiront, pleins de mystique peur,
Et nous regarderons flotter de frêne en frêne
Le voile indéfini de l’heure élyséenne…
Oh ! silence, que seule interrompra là-bas
Derrière le taillis, celle qu’on ne voit pas,
La fontaine aux sanglots brisés…
Et virginales,
Des formes glisseront pour nous, par intervalles,
Des Muses sembleront s’en aller à longs plis
Harmonieusement dans les chemins pâlis.
Et, dans cette forêt qui, sommeillante et blême,
Ne paraît plus, ma sœur, que l’ombre d’elle même,
Laissant aller notre âme en propos languissants,
Tous deux nous sembleront nos Mânes bleuissants



BOSQUE SACRO

Esperemos, hermana, que en el bosque que sueña,
Esa luna de otoño serenamente ascienda:
Entre lo luminoso de un vaho tornadizo.
Blanquearán los caminos, colmados de horror místico,
Y veremos entonces flotar de fresno en fresno
De las horas elíseas el tenuísimo velo. . .
¡Oh silencio que sólo ha de turbar, lejana.
Allá detrás del soto, oculta y recelada,
La fuente de sollozos quebrados!. . .
Virginales,
Discurrirán las formas, y luego, por instantes,
Se mostrarán las Musas, entre sus pliegues amplios,
Marchando en armonía por los senderos pálidos.
Y así, en esta selva vaga y adormecida
Que ya parece, hermana, la sombra de sí misma,
Con el alma perdida en un coloquio lánguido,
Tú y yo semejaremos dos Manes azulados.
( Poèmes.)


Ô TOI, QUI M'APPARUS…

Ô toi, qui m'apparus sous de limpides cieux,
Dans ton adolescence ingénue et ravie,
Toi, qui vins consoler mon esprit anxieux
En mêlant la fraîcheur de ta vie à ma vie,

A cause des chemins ensemble traversés,
Alors que le printemps riait dans les ramures :
Pour les moments présents, pour les instants passés,
Sois béni; sois béni pour les heures futures.
Est-il rien de plus beau dans ce qui prend le cœur,
El rien de plus suave au cœur que le front d'ange,
Le front orphique et blanc d'un tout jeune chanteur ;
Qu'un chanteur plus âgé laure de sa louange ?

Ô fils harmonieux des pays du soleil,
Enflammé de l'espoir des seuls divins trophées,
Dans ta jeunesse pure, enlacée au sommeil,
Tu murmures encor des rimes étouffées...

Ah ! nos jours ne sont pas propices à tes chants !
Tout idéal se meurt, au cœur même des femmes :
L'Aède est conspué par les hommes méchants ;
On rit des grands desseins, on rit des saintes flammes !

Que sera l'Avenir ?... Mais que t'importe à toi !
Dans ces abjections, tu marches, magnifique ;
Tu gardes le trésor de ta lyrique foi,
Car tu veux conquérir la couronne Delphique.

Prix de puissants efforts, prix de mâles sueurs,
La couronne immortelle, enfin qu'elle te ceigne !...
Mais il faut l'acheter avec bien des douleurs :
Vois le sommeil s'enfuir, médite, souffre et saigne.

Et, pour qu'un jour l'éther justicier et profond.
Vainement blasphémé par les foules athées,
Te reçoive, gravis le sentier rude, où vont,
Près du Génie en pleurs, les Vertus insultées

TÚ QUE ME APARECISTE…

Tú, que me apareciste bajo límpidos cielos.
En plena adolescencia ingenua y sensitiva,
Tú, que diste consuelo a mi espíritu ansioso
Mezclando la frescura de tu vida a mi vida,

Por los caminos que hemos atravesado juntos.
Cuando la primavera reía entre las frondas.
Por momentos presentes, por instantes pasados.
Sé bendito, y bendito por las futuras horas.

¿Hay algo más hermoso entre lo que conmueve,
Y al corazón más grato que la alta frente cándida,
Que la órfica frente de un cantor de tus años,
Al que un cantor más viejo laurea de alabanza?

¡Oh hijo de armonía de comarcas solares,
Todo inflamado en ansias de divinos trofeos,
En tu juventud pura, al sueño entrelazada,
Aun murmuras, muy quedo, las rimas de tus versos!

¡Ah, no son nuestros días propicios a tus cantos!
Ya las mismas mujeres todo ideal deponen:
Los hombres enconados desprecian al Aedo;
Se hace burla de intentos y de santos fervores.

¿Qué será el porvenir? . . . ¡Por qué has de preocuparte!
Sobre tantas bajezas, tú prosigues, sereno;
De tu lírica fe conservas el tesoro,
Y anhelas la corona de los laureles délficos.

¡Premio de esfuerzo, premio de sudores viriles.
Que esa inmortal corona por fin tu frente ciña!. . .
Mas habrá que lograrla con no pocos dolores:
Deja ya de dormir, sufre, sangra y medita.

Y para que algún día el Éter justiciero.
Tras el camino ateo y la blasfemia vana.
Te reciba, remonta la ruta que frecuentan,
Junto al Genio lloroso, las Virtudes vejadas.
(Carmina sacra.)




INVOCATIONS D’AUTOMNE

Automne merveilleux, Automne qui me dores
L’horizon de la vie encore cette fois,
Toi qui, si doux, épands les feux de tes aurores
Et ceux de tes couchants aux limites des bois,

Mélancolique Automne, avec qui l’on voyage
En des mondes de songe et de sérénité,
Bel Automne pour qui, sous le dernier feuillage,
un oiseau, mais tout bas, poursuit son chant d’été,

Toujours tu m’exaltas, saison harmonieuse ;
Ta flamme brûle encore en mes hymnes anciens :
Tu m’as tout pénétré d’une ardeur sérieuse…
Dis que tu le savais et que tu t’en souviens !

Pourtant, si je t’invoque aujourd’hui, cher Automne,
Ce n’est pas pour revivre aux luttes du passé,
Pour remettre à mon front une vaine couronne,
Et rendre un peu de lustre à mon front effacé.

Que dans l’apaisement de cet octobre, meure
Ce qui n’est pas en moi le vierge attrait du Beau ;
Que, la Gloire ayant fui, le seuil de ma demeure
Semble à jamais le seuil délaissé d’un tombeau.

Loin l’orgueil, espérant des revanches tardives !
Uniquement épris d’un rêve aérien,
Je ne regarde plus vers les ingrates rives
Du monde aveugle et sourd, dont je n’attends plus rien.

Je ne peux contempler que de pures images :
Mon calme enivrement, c’est l’ampleur de tes cieux,
C’est ton azur à peine offensé de nuages,
Saison noble au divin rire silencieux.

Ta tendresse me parle et ma ferveur t’écoute :
Automne inspirateur, fais encore sous tes lois
Tomber, comme un cristal, mes heures, goutte à goutte ;
Mets invisiblement des cordes sous mes doigts ;

Et que, la mélodie affluant dans mes veines,
Ardente comme au jours de ma jeune vigueur,
Sans désir de frapper les oreilles humaines,
Je chante seulement pour enchanter mon cœur.




INVOCACIONES DE OTOÑO

Maravilloso Otoño, Otoño que me doras
Una vez más la vida y su entero horizonte.
Tú que difundes, suave, tus fuegos matutinos
Y tus fuegos de ocaso a través de los bosques,

Melancólico Otoño, con el que se viaja
Entre mundos de ensueño y de sosiego grato,
Otoño al que algún ave, entre el follaje último,
Le dedica, en voz baja, su canto de verano,

Tú me exaltaste siempre, estación armoniosa;
Tu llamarada aún fulge en mis himnos antiguos:
Me has penetrado todo de severos ardores. . .
¡Di que tú lo sabías y que en ti no hay olvido!

Mas si ahora te invoco así, querido Otoño,
No es para reavivar mis combates lejanos,
Ni es que quiera ceñirme otra vana corona,
Ni darle nuevo lustre a mi nombre borrado.

Que, en la plácida calma de este octubre, se muera
Cuanto no sea en mí la atracción de lo Bello;
Ya alejada la Gloria, que el umbral de mi casa
Parezca, y para siempre, un sepulcro desierto.

¡Fuera el orgullo, atento a desquites tardíos!
De excelso ensueño aéreo transida toda el alma.
Que yo no mire ya las ingratas orillas
Del mundo ciego y sordo, del que no espero nada.

No quiero contemplar más que imágenes puras:
Es mi embriaguez tranquila la amplitud de tus cielos,
Es tu azul al que apenas perturban unas nubes,
Noble estación que sabes sonreír en silencio.

Tu ternura me habla y mi fervor te escucha:
Otoño inspirador, bajo tu ley eterna,
Haz que como un cristal se destilen mis horas;
Debajo de mis dedos pon invisibles cuerdas;

Y que, mientras afluya la música a mis venas,
Ardiente como en tiempos de mi vigor primero,
Sin desear que me escuchen los oídos humanos.
Yo cante solamente para encantar mi pecho.
(Poèmes.)




SAINT FRANÇOIS A LA CIGALE
A Charles Le Goffic.
Le poudroyant Midi, de sa clarté précise,
Découpe les coteaux silencieux d'Assise ;
L'alouette, sans voix, se cache dans le blé;
L'air, où rien ne frémit, sent le myrte brûlé.
C'est l'heure morne où, seule, une cigale crie :
C'est l'implacable été sur l'immobile Ombrie.

A ses frères, ayant ordonné le sommeil,
Pour entonner encore un cantique au soleil,
François, le fou divin, s'en va, les mains ouvertes.
Les pins l'ont appelé sous leurs aiguilles vertes :
Il sourit doucement d'un sourire du ciel ;
Et, comme s'il venait, ainsi qu'Ézéchiel,
De contempler l'ardeur des flamboyantes Roues,
Il tressaille, et l'on voit une flamme à ses joues.

L'Esprit l'a ressaisi : voici qu'il va chanter,
Car son cœur est trop plein pour ne pas éclater.
Ô toi, dit-il, ô toi, stridente dès l'aurore,
Harmonieuse enfant, créature sonore
Que bercent les grands pins dans leur chaude épaisseur.
Musicienne d'or, que je nomme ma sœur,
Ô cigale, en vigueur allègre, qui t'égale ?
Vibrante, crépitante, exultante cigale,
Ta voix infatigable est l'hymne de midi :
Et, t'écoutant crier, mon cœur rouge a bondi,
Bénissant la lumière illimitée et blanche,
Qui, royale, du sein du Roi des Rois s'épanche.

Pauvrette, comme toi nous allons, l'âme en feu,
Insoucieux de tout, fors de bien louer Dieu.
La Nature nous voit, dans notre zèle agile,
Pleins du tressaillement sacré de l'Évangile,
Des sandales aux pieds, passer le long des champs :
Chanteuse, comme toi nous ne sommes que chants.
Mais avec les beaux jours, fille de la lumière,
Ô cigale d'été, tu mourras tout entière,
Tandis que nous, tournés vers l'immuable jour,
Nous trouverons qu'il fait clair et chaud dans l'Amour.
Ainsi nous connaîtrons la vie harmonieuse,
Jusqu'à l'heure où la Mort s'en viendra, gracieuse.
Ô bons frères Mineurs, dira-t-elle, venez ;
Soyez entre mes bras comme des nouveau-nés :
J'ai la clef des jardins de la Joie infinie,
C'est par moi que, sans fin, au Christ on communie.
Vite ! vous danserez, autour du firmament,
Une danse d'amour sempiternellement.
Lui-même, le Seigneur, présidera la fête :
Car c'est le Coryphée et l'éternel Poète.
Son cœur est comme un luth pour sa divinité,
Et le ciel vibre au chant de son Humanité.

Telle nous parlera la bonne Mort candide...
Et nous, les yeux fixés sur la paix du splendide
Azur, sentant les jours terrestres révolus,
Nous mourrons du trépas radieux des Élus.
Jésus, nous ayant fait grande miséricorde,
Tous, à son luth vivant nous serons une corde.
À la gloire du Père, il tirera de nous,
Dans les éternités, des sons perçants et doux :
Et nous jubilerons, et nous battrons des ailes,
Dans l'immortel Été cigales immortelles !

Il dit, et se découvre en silence le sein,
Car son cœur brûle. Alors, s'envolant d'un vieux pin,
La cigale, tandis qu'il se pâme, extatique,
Vient chanter sur le cœur du Père séraphique.



SAN FRANCISCO A LA CIGARRA

Fulgente, el Mediodía, con claridad precisa,
En Asís ya recorta las silentes colinas;
Y la alondra, callada, se esconde en los trigales;
Y todo el aire inmóvil huele a mirto que arde.
En la hora huraña, sola, una cigarra chilla:
El implacable estío cubre a la quieta Umbría.
Tras de ordenar el sueño a todos sus hermanos.
Para entonarle al sol una vez más un cántico.
Con las manos abiertas, va el divino Francisco.
Bajo sus verdes ramas lo han llamado los pinos:
Sonríe dulcemente, y su sonrisa es célica;
Y, como si viniese, semejante al Profeta,
De contemplar el fuego de las Ruedas flamígeras.
Se estremece y se ve la llama en sus mejillas.

Lo posee el Espíritu: Va a comenzar su canto.
El corazón le estalla, demasiado colmado.
¿Oh tú —dice— estridente ya al despuntar la aurora.
Criatura de armonía, criatura sonorosa
Que los pinos acunan en su ramaje cálido.
Oh intérprete dorada, a la que hermana llamo.
Oh cigarra, en vigor alegre, quién te iguala?
Vibrante, crepitante, exultante cigarra.
Tu voz infatigable ya es himno meridiano:
Y oyéndote, mi rojo corazón se ha exaltado,
Y bendice a la luz ilimitada y blanca,
Que, regia, desde el seno del Rey de reyes mana.

Como tú, pobrecilla, marchamos, fervorosos,
Sólo alabando a Dios, desasidos de todo.
Y la Naturaleza, en nuestro alegre celo,
Plenos del entusiasmo sacro del Evangelio,
Calzados con sandalias, nos ve cruzar los campos:
Cantora, como tú no somos más que canto.
Pero con estos días, hija de la luz bella,
¡Oh cigarra de estío! tu morirás entera,
Mientras nosotros, vueltos hacia el día inmutable,
En el Amor tendremos luz y tibieza grandes.
Así Conoceremos suaves y gratas horas,
Hasta que al fin la Muerte nos visite, graciosa.

¡Oh hermanitos Menores, venid, nos dirá ella!
Dejad que entre mis brazos, como a niños os meza:
Conduzco a la Alegría que no termina nunca,
Y es por mí que, sin fin, con Cristo se comulga.
¡Pronto! Ya danzaréis, en torno al firmamento.
Una danza de amor con ritmo sempiterno.
Él mismo, el Señor Dios, presidirá la fiesta,
Porque es el Corifeo y el eterno Poeta.
En su divinidad un laúd es su pecho,
Y a su canto humanísimo revibra todo el cielo.

Esto nos hablará la buena Muerte cándida…
Nosotros, con los ojos puestos en la paz santa,
Ya al término de días terrestres y finitos,
Tendremos una muerte radiosa de Elegidos.
Por gracia de Jesús, misericordia inmensa,
Todos en su viviente laúd seremos cuerdas.
Para gloria del Padre, sacará de nosotros,
En las eternidades, sonidos melodiosos:
¡Seremos todo júbilo y batiremos alas.
En el eterno Estío, inmortales cigarras!

Así dice y descubre, en silencio, su seno.
El corazón le arde. Desde un pino a su pecho.
Revuela la cigarra, y mientras él, extático.
Se anonada, ella canta por el Padre seráfico.
(Carmina sacra.)