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martes, 20 de mayo de 2025

Ezequiel Martínez Estrada: William Henry Hudson. Estética y filosofía

WILLIAM HENRY HUDSON

ESTÉTICA Y FILOSOFÍA


Aunque desconociera datos sobre la forma de elaborar Hudson sus obras, y sobre la vida que llevó durante treinta y tres años por estas tierras, creo que podría demostrar que es visible que se vale de recuerdos y de anotaciones hechas “d’après nature” para escribir. No sólo de su libreta de apuntes se valió, sino de una memoria lúcida y fidedigna, capaz de replasmar los estragos del olvido, como la salamandra regenera un miembro amputado.

La lejanía en el tiempo pone siempre en su obra un encanto de reverberación sutil a los hechos y las cosas. Y en este concepto no puede evitarse el nombre de Proust, ese otro maestro de la exploración endoscópica, especie de Testut de la anatomía del alma, a quien nuestro autor supera en relación de la selva al invernáculo. También él sale en busca del tiempo perdido.

Si todo libro de memorias, de Tolstoi a Bashkirtseff, encierra esa mística esencia de la evocación, en pocos recuperó el poderío homérico de la evidencia como en nuestro autor. “Poesía y Verdad” pudo titular a su obra entera, él que alcanzó la serena contemplación del mundo y de la vida desde cumbres no menos altas que las de aquel otro poeta naturalista. El poder de evocación en Hudson es tan vívido, que en ocasiones puede afirmarse que supera en nitidez y luminosidad a la visión directa. En ello reside el mágico secreto del artista, que acumula en su sensibilidad imágenes y estados de ánimo para extraerlos mucho más tarde a semejanza de cultivos indefinidamente conservados. En su definición de la poesía, Wordsworth aludió a tal proceso: “emotion recollected in tranquillity”.

En sus páginas están los seres y las cosas de la pampa; todo cuanto observó amorosa e infatigablemente, con el ocio del vagabundo más bien que del naturalista, ha recobrado su antigua vida; no por arte del taxidermista (que despreciaba él con toda el alma) sino del taumaturgo. En su lejano destierro londinense, enfermo, envejeciendo sin dinero y sin amigos, en compañía de una mujer decepcionada que envejecía contigua a él con su propio destino frustrado, fue restaurando en los maravillosos cultivos de su memoria la frescura, el brillo y la gracia de las cosas: frescura, brillo y gracia que Hudson reconocía en los ojos de los pájaros vivos y que nada del mundo podía reproducir, según él, una vez apagada la vida.

Todos sus libros están constelados de esos recuerdos. Y hasta diré que también en aquellos de escenario insular como: A traveller in little things, Hampshire Days, Afoot in England, Dead Man’s Plack, and Old Thorn, and Poems, etc., aunque tome por pretexto lo que tiene enfrente, a la vista, o de regionales historias, más bien lo utiliza para extraer desde tierras y tiempos lejanos la fuerza inmensa y creadora del recuerdo. Entonces Hudson alcanza la talla de los otros dos octogenarios, Goethe y Tolstoi, con quienes forma tríada única en la historia universal de la literatura (de buscarse otro, tendría que ser Homero).

Nunca ve sin superponer a una imagen actual otra latente. Hudson recuerda siempre, hasta cuando observa algo por primera vez, como si trasplantara seres y objetos a un ambiente, a un clima, o a una atmósfera que son los suyos; especie de almáciga en que se desarrollarán hasta su plenitud. En este concepto poseyó un don de sublime origen a semejanza de ciertos poetas y místicos que, en presencia de hechos o de individuos no vistos antes, sienten que los conocen a fondo, hasta poder enumerar sus cualidades y defectos, tan familiarmente cual si los hubieran tratado en otra vida, en un plano que compararía a un espejo de la memoria ancestral.

Pero cuando Hudson quiere evocar, o se lo propone con franqueza, alcanza un poder de magia tan exquisito, que es comprensible que haya sido admirado por grandes escritores ajenos en absoluto a nuestro medio, sin cuya vivencia la obra de Hudson queda reducida a una fracción de su valor auténtico y cabal. En aquel episodio del cardenal cautivo, reencontrado cuarenta años después de haberlo visto muerto; de Bruno López, del “Ermitaño”, de don Evaristo Peñalva, el patriarca de las pampas, de Basilio Barboza, el payador, de la sed y la lluvia en Nature in Downland, de toda The Purple Land, fragmento a fragmento, capítulo a capítulo, y de todos los cuentos de El Ombú; esas notas finísimas que trae como referencias y citas (en lugar de las transcripciones de la erudición) para corroborar y enaltecer el relato, tienen una fascinación de “revenants”. Hudson está seguro del valor viviente de esas anécdotas, por eso las coloca con habilidad a lo largo de un tema cualquiera, a modo de pilares que han de sostener un puente. Porque el recuerdo no es sólo un proceso mental en él, la recapitulación de un texto conservado en el cráneo igual que en un anaquel; es una reviviscencia somática, reanimada en las glándulas, la piel, la sangre, los nervios, el ponchito que siempre conservó. No es recordar; es revivir. Mas ese proceso vital de la memoria orgánica, fenómeno de trasplante en el tiempo, es la forma del recuerdo mental en Hudson; como otros recuerdan frases o teoremas, él reconstituye vivencias. En él están siempre vivos los materiales recogidos y no extrae un nombre, un rostro, el color de un plumaje, un gesto (la madre, al atardecer, tras un árbol con el sol dorado) sin arrastrar con ellos trozos enteros de la realidad, como cuando se arranca una planta de raíz con la tierra que la nutrió. La reconstrucción de esas sensaciones de la tierra, del aire, de los árboles, de los animales, de los olores silvestres, de la luz, de los infinitos matices, dibujos y coloraciones de los objetos, minúsculos o colosales, pero casi siempre minúsculos como en todo buen observador sin prisas, es fiel en la pieza evocada y en el lugar en que estuvo puesta cincuenta o sesenta años atrás. A sus ojos dotados por la naturaleza y el ejercicio de una milagrosa capacidad de captar y retener, de distinguir matices sutiles y apenas perceptibles (como cuando describe el plumaje del gorrión), agregaba el poder y la proximidad de su prismático, eterno compañero de andanzas. Lograba de ese modo acercarse a los pájaros fugaces como si los examinara en la palma de la mano, y sorprendía así los menores detalles de sus movimientos, de su expresión (los ojos, las patas), de sus posturas o modalidades de encobar, dormir, alimentar la cría y así de cien mil observaciones mínimas en decenas de miles de horas de observación intensísima. Idénticas comprobaciones hechas con el oído y las yemas de los dedos, con todo el organismo vigilante y absorbente, le permitieron reproducir con la palabra lo inefable. Con razón llegó a decir que el binóculo era de todas las invenciones del hombre la que más se asemejaba a una divina dádiva.

Tras ese trabajo de miniaturista y orfebre de la contemplación vino la reconstrucción, al examinar con microscópica prolijidad y devota emoción, cada pieza conservada: las danzas o el miedo de los pájaros; el canto crepuscular del avestruz; la fiel servidumbre de la gallareta o del chajá; la picardía del armadillo; el carácter del puma; la biografía de la vizcacha (sic); los hábitos de cuantas aves conoció, en la agitación de vuelos migratorios, en todo lo que es bello, inteligente, vivaz. Así como podía distinguir más de un centenar de cantos de pájaros y hasta reproducirlos mentalmente, o el plumaje, o los movimientos, sin que se interfirieran unos con otros, así el sabor, el tacto, o no sé qué efluvios que las cosas tienen para el que ha convivido con ellas muchos años, volvían a su alma quizá más ricos de emoción que en el momento mismo de aprehenderlos, por ese fenómeno de acústica que hace vibrar en resonancia la serie íntegra de los armónicos.

Cuando en Sussex o en Hampshire revelábales a los ingleses el mundo para ellos inadvertido de sus llanuras, no hacía otra cosa que revivir sus días de peregrinación a caballo (allá usaba bicicleta), cuando las cortaderas y los cardos llenaban el cielo de corpúsculos brillantes, y las vacas y los caballos pastaban o corrían al sol, y los muchachos gritaban al atardecer, después de la lluvia. En esas observaciones se engarzaban los cuadros y las figuras maravillosos de sus páginas inglesas, palimpsesto donde la primera versión es aún perceptible.

Nuestras cosas no han tenido poeta, pintor ni intérprete semejante a Hudson, ni lo tendrán nunca. Hernández es una parcela de ese cosmorama de la vida argentina que Hudson contó, describió y comentó. Pues casi siempre en el mero retrato y en el cuento sucinto está la definición implícita. En las últimas páginas de The Purple Land, por ejemplo, hay contenida la máxima filosofía y la suprema justificación de América frente a la civilización occidental y a los valores de la cultura de cátedra. “Una colonia de gentlemen” y “Mugre y libertad” representan dos ensayos de sociología suramericana. Dicho final hace juego con el capítulo sobre el “Desierto de las pampas” (en A Naturalist in La Plata), cuando compara la extinción de una especie de animales al desastre que significaría la posible destrucción del Museo Británico o de la Biblioteca Real, y decide que es más irreparable la pérdida de esos seres que no serán reconstruidos jamás, porque encarnaban la belleza y la vida en forma y sentidos imposibles de recrear ni por Dios mismo, en tanto que las obras de los cerebros y las manos aun se podrán hacer mejor.

No hay posibilidad de confundir las emociones de Hudson con las de ningún artista de cualesquiera tiempo y país: Hudson es nuestro, de aquí, un producto genuino del suelo y de las costumbres argentinas, o suramericanas. En tal sentido Green Mansions contiene elementos autobiográficos tan ricos como The Purple Land o Far Away and Long Ago, y no menos disimulados. Rima es Hudson, el mismo que en esta última obra se describe, de diez años, tendido en la tierra para mirar volar los vilanos, o para refrescar su cuerpo después de larga cabalgata, o contemplando flamencos o ibis en la laguna, con el frescor de la tierra fangosa en los pies, con el viento que le da en la cara, sintiendo el baño del sol, con el descubrimiento de la muerte, o aspirando los aromas de la llanura libre. En una palabra, Rima y él son dos hermanos gemelos, mujer y hombre, hijos de la tierra, animalitos divinos sostenidos por las mamas de la naturaleza, la luz, el agua, las plantas y los seres irracionales, que pueden hablar con los pájaros y las víboras. Esa capacidad de vivir en la naturaleza como una planta o un animal, fiel a sus reclamos y estímulos, ni Thoreau los ha expresado con la sencillez y frescura de Hudson. Hasta este extraordinario filósofo de los bosques parece amanerado y literario ante nuestro coloso. De ahí que el arte del escritor en él esté supeditado a la vida, y que no recurra jamás a las galas de la imaginación abstracta, sino a las substancias de la realidad, viejo comedor de caracú. Tampoco busca la literatura ni el artificio en el arte ni en las letras. Cuando recurre a los poetas, y lo hace frecuentemente porque los conoce muy a fondo (y los necesita por lo regular para poner de manifiesto, según pensaba Sócrates, que los poetas ignoran paladinamente la poesía), tiene el tacto de tomarlos en sus versos significativos y no literarios. Por eso admira de corazón al viejo Chaucer, a Shakespeare, a Keats y a muy pocos más, conociéndolos a todos. Aquellos tres genios de la poesía inglesa son también hijos de la tierra y del cielo, los cantores del hombre y de la naturaleza sin atavíos y sin retórica, o por encima de unos y otra.

Por las cualidades típicamente autobiográficas han interesado los libros de Hudson a escritores y gentes de habla y hábitos tan distintos a los nuestros, a pesar de que lo verdaderamente grande, que es lo mismo pero en su hábitat, sólo nosotros, que no lo leemos ni lo entenderíamos, podríamos gustarlo.

Es significativo que la lozanía de las emociones y de los recuerdos en Hudson se acentuaron, en lo posible, con la vejez, por un fenómeno acaso común, pero que en él adquiere patéticos relieves. Hacia sus últimos años, él, que no había nunca dejado de ser un hijo de la pampa, y que vivía en caserones sin estufa ni calefacción en invierno, ni otros muebles que los indispensables, sin siquiera las comodidades ínfimas para un inglés (algo así como un rancho destartalado), notó que se le aguzaba el sentido viviente de lo que llevaba en su psique y en su sangre. No es caprichoso ni casual que en los postreros años hablara preferentemente en castellano y que lo prefiriera al inglés, el idioma de sus grandes triunfos. En inglés logró la gloria por esa maestría que comparte con Conrad, ese otro extranjero, que usó como idioma de la madre el de su institutriz. Al fin, como él diría, volvió a la querencia.

Hijo de la pampa, careció de toda ternura sentimental, amatoria. Su ternura era para las cosas y los seres inferiores, para las piedras, los árboles, las flores, el viento o el calor. No podemos decir que haya sido un hombre de predominante actividad cerebral, ni mucho menos. Lo sabemos sin lugar a dudas. Pero hay una limpieza y una impresión de cotidiana higiene de gimnasta en su prosa, que proviene de que no ha cedido nunca a las persuasiones del amor carnal, que en definitiva emascula al artista o lo hipertrofia en la libido o, más taxativamente, en lo sexual. Pensando en Leonardo, admitamos que la sexualidad puede diluirse y aplicarse al goce de la naturaleza entera, en una especie de cósmico pecado de bestialidad, con lo que el apetito carnal desaparece purificado e intensificado en la diversidad de sus incentivos. Esto mismo debe afirmarse de Hudson que, cualquiera haya sido la vida que llevara como ciudadano de carne y hueso, el más terrestre y epicúreo, a su obra no transmitió sino esa vasta ternura, admiración y sabiduría leonardescas, no privadas de sensualidad, por cierto, sino, muy al contrario, sensualizadas en sentido pánico y casto, en magnitud universal y total.

Para Hudson el hombre es, ante y sobre todo, un animal superior, susceptible de envilecerse en cuanto degrada a su condición zoológica o de desnaturalizarse en cuanto se eleve a su condición angélica. Ni el bruto ni el sabio son tipos humanos de mucho valor. Pero de los dos el bruto, si no se ha pervertido por la ignorancia (que se adquiere en cuanto se pierde contacto con la naturaleza y no se alcanza el siguiente estadio de franca humanidad), el bruto está más cerca de lo que podría llamarse el tipo específico puro. Cuando Hudson habla de sí evita muy cuidadosamente que se sospeche siquiera que ha frecuentado las bibliotecas como el que más, que es un ser cultivado, que sabe con seguridad irrebatible eso que expone con la vaguedad del hombre de nuestro campo que jamás asevera ni que conoce el camino de su casa. No cuenta sino su formación en la niñez, en los años verdaderamente proficuos del descubrimiento deslumbrado del mundo. Es un animalito que reacciona a las impresiones del ambiente; no un estudioso, un lector, un chico que resuelve problemas difíciles de música, geometría o ajedrez, no; es un ser criado y fortalecido a la intemperie, del que puede salir cualquier cosa, quiero decir cualquier cosa buena. Sólo tiene, en esa precocidad de sus sentidos artísticos, una condición de carácter científico: la necesidad de observar bien y de consignar por escrito sus observaciones; hábito que se origina en un suceso baladí, según él mismo cuenta. Los capítulos III y XVII de Far Away and Long Ago contienen toda su pedagogía, y en resumen Goethe y Tolstoi también se han formado así y no en la escuela.

Éste es el material vivo que utilizará en sus posteriores trabajos de gabinete, vale decir en sus novelas escritas en Londres. Andariego y versátil como un pájaro, no necesitaba sino de sus múltiples sentidos para proseguir sus estudios, para cantar la belleza libre de artificios que se da en los seres y las cosas de la naturaleza. Ante sí tiene la fabulosa realidad cambiante, renovada y siempre fiel a normas inmutables: el perecer y renacer bajo un inexorable plan; el plan simple de la naturaleza y la complejísima y de verdad impenetrable estructura y sensorium de los seres, y los fenómenos a que la existencia y el ingenio de los mismos dan lugar. Nada escapa a su mirada de inquisidor, a sus tímpanos acostumbrados a examinar modulaciones, timbres y acentos hasta ese regreso ascético que consiste en preferir, por ejemplo, la modulación de la voz por la laringe al sonido de los instrumentos musicales, y que lo lleva a decir con inocente intrepidez que la langosta verde produce el sonido de mayor expresión entre todos los del mundo animal. Expresión de lo aparente, aun de lo accesorio, ésa es una clave de su filosofía que no quiere argumentar. Hasta el movimiento a simple vista automático de un gorrión o el vuelo del batitú o de los patos que se ordenan en escuadra, tienen en su diccionario de observador consciente acepciones de significado profundo y trascendental. Una pluma contiene, como la flor, ciencia y arte milagrosos, belleza y exactitud. Hay que descubrirlas sin conformarse con las explicaciones de los ornitólogos.

Así también su sabiduría y su saber especializado desaparecen bajo una ola inmensa y transparente de amor y asombro que todo lo cubre. Hay que desentrañar en sus páginas lo que contienen de observación científica con el más riguroso método empírico y lo que corresponde a la ciencia oficial que, sin ninguna duda, conocía tan bien como el más renombrado especialista de gabinete.

Sin embargo, hay en él siempre algo de herético, de naturalista que sabe infinidad de cosas que los sabios ignoran porque desdeñan pasar un día bajo la lluvia para observar el final de un episodio en la vida de un pichón; algo de montaraz y mucho de drogmán de la naturaleza que sabe ambas lenguas, la del ángel y la del animal, con lo que vela ese saber áspero y reluctante del naturalista sistemático y nomenclador. Particularmente sobre pájaros su saber es tan cierto, vasto y honrado como el de Fabre sobre insectos. Y éste es, precisamente, otro Homero en su género, quien más se le parece en esta particularidad de su genio, por el disimulo gentil de sus conocimientos de librería y de lupa. Más que los textos y manuales, que las monografías y teorías de los laboratorios, a los dos sabios importábales en grado sumo el hecho y el personaje vivos: el argumento, la acción, el diálogo y el actor. Por eso las obras de Hudson y de Fabre sólo interesan al lector inteligente sin profesión de fe y al especialista que ha superado el estudio en que la fórmula y el teorema tienen valor documental. Sólo hombres como Einstein, Eddington, Russell, Dilthey, Driesch, Mach, Thoreau, Santayana y aquellos dos pueden hablar el lenguaje sencillo del ser humano culto, sin necesidad de recordarnos que la grandeza efectiva del saber se expresa mejor con signos matemáticos o con fórmulas técnicas. También la sabiduría de Hudson toma ese aspecto humilde de toda su obra, como filosofía circunstancial, a lo largo de los relatos y de los días. Está disimulada en cuentos y anécdotas, en observaciones sutiles, en artículos dirigidos a los hijos de los sabios especialistas, no a éstos, en la oportunidad con que trae al tema un episodio o una cita de renombrado autor para darle sentido vivo dentro de su trabajo o para refutarla sin encono; nunca para humillar al lector haciéndole bajar la vista al pie de la página.

No se puede en Hudson separar eso que en otros autores se llama filosofía de eso que en otros autores se llama estética, y hasta diría que tampoco la bondad puede aislarse; ni del conjunto de tales virtudes se puede juzgar aparte del mérito de su prosa, similar al lenguaje cotidiano y coloquial. Tampoco se podría hacer esto en Platón. En el fondo, Hudson es un cuentista, un poeta que ha vivido muchos años conforme a las normas de su propio ser y destino, y que ha aprendido por la mera circunstancia de vivir exigiéndose a cada instante la honradez de ser exacto, el saber profundo de los filósofos antiguos que no difiere de la ignorancia sino en que es completamente lo contrario. De su filosofía hablan quienes lo han entendido mejor, leyéndolo con el cuidado que merece un autor que procede siempre descarnando sus temas, reduciéndolos a lo esencial; de su belleza quienes han penetrado la rica fibra humana de sus personajes y de sus ambientes, combinados unos y otros con suma destreza. Por lo tanto, a nadie extrañará que Galsworthy haya dicho: “su verdadera grandeza y el extraordinario atractivo que ejerce son debidos a su espíritu y a su filosofía”.

Pero para unos y otros es bien sensible el método de construir sus obras Hudson, que resulta de lo que expuse ya. Su libro póstumo: A Hind in Richmond Park es casi la revelación postrera del secreto de su procedimiento. ¿Qué es ese libro? ¿Un tratado de psicología trascendental, de metapsíquica, especie de fisiología vitalista de los sentidos; una monografía sobre las ramificaciones extremas y colindantes de las psiques humana y animal, en esa zona fantasmal en que los bordes de la conciencia o de la vida susurran como las olas en la playa la existencia del océano inabarcable; o el cuento de una cierva y de un observador que se divierte alarmándola? Es todo eso, naturalmente; mas el esqueleto se reduce a otra cosa: a la contemplación de un animal silvestre que está en cautiverio en un parque y que reacciona aun según sus sentidos puros a las notas de un ambiente perturbado por agentes para él incomprensibles.

Entonces se clasifican esas notas según tengan o no importancia para la defensa y esplendor de la vida, y todo el resto es digresión en torno de cada uno de esos limitados tópicos de la vida y sus defensas a través de los órganos creados por la naturaleza en cada ser (la cierva es aquí el pretexto).

Verdadero testamento de su concepción filosófica de los seres de la naturaleza a los cuales tanto amó y comprendió, y de las fuerzas todavía incógnitas a las cuales reaccionan, A Hind in Richmond Park es un libro misterioso, que por instantes se encorva hacia la sima del animismo o del pampsiquismo, pero que sin duda forma en las tinieblas del cosmos la vía láctea de esas fuerzas biológicas que recién se están vislumbrando con las investigaciones de biólogos y psiquiatras que no tienen ya ni la superstición de la ciencia. Hombre como ninguno negado para lo sobrenatural —son sus palabras—, Hudson deja que su obra póstuma plantee ante nosotros, sin su ayuda, los problemas máximos de la metafísica como problemas sencillamente correspondientes a las ciencias naturales.

Sobre ese esquema y esa amplificación proyectiva, se entretejen anécdotas, no tomadas caprichosamente por su valor literario sino por su congruencia con el objeto del libro. Él mismo se pregunta a medida que avanza en la exposición, si su libro tiene un plan, y naturalmente que sí lo tiene. Un plan y un atisbo que hacen pensar en aquel otro ensayo curioso y audaz de Freud: “Más allá del principio del placer”.

Sólo agregaré esta observación, en materia tan ardua; hablando de los sentidos, Hudson supone que existan otros, además de los cinco, como ya se ha leído muchas veces. Pero creo muy importante ése que él llama “sentido de la cosa en sí” (percibir el árbol como árbol, la tiza como tiza). Si este sentido nos da la intuición sensible de la naturaleza y hasta de la muerte por la sensación de la tierra en el cuerpo, puede admitirse que exista asimismo a distancia. Acción a distancia o alcance de la actividad de los sentidos, ése es otro problema esencial del libro, de donde derivan el magnetismo, la orientación migratoria, la telepatía, etc. Todos los sentidos comunes serían sentidos de tacto (mínima distancia): el del tacto, que lo es por definición; sabor, olfato, oído y vista en grado cada vez mayor de poder a distancia. Entre el órgano y el objeto se va interponiendo espacio (¿y qué es eso?), y el órgano —fundamentalmente el gusto, o tacto trófico— adquiere una cualidad de función que se adapta progresivamente al contacto, a distancia, hasta el ojo, que no tiene por qué ser el órgano de máxima posibilidad de contacto a través del espacio. Parecería ser, pues, que el ser entero fuera un órgano y un sentido, que se han diversificado. Pero ¿hasta dónde? Ése es el problema del último libro de Hudson, enriquecido con recuerdos y descripciones.

El mismo plan de A Hind in Richmond Park puede advertirse en cada obra de Hudson; un propósito muy noble y alto, sirviendo de eje invisible a infinitas variaciones de carácter poético, excepto cuando toma la forma neta y clásica de la novela o del cuento. También él fue una cierva en el Richmond Park y un gorrión en Londres; con la diferencia de que Dios le había otorgado juntas las más excelsas cualidades del ser humano.

EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA

Revista Sur Junio de 1941 Año X 




domingo, 20 de septiembre de 2009

Montaigne y Ezequiel Martínez Estrada



La lengua castellana no tuvo su John Florio. Los Ensayos de Montaigne, condenados por la todopoderosa Inquisición española, fueron, durante casi trescientos años,  inaccesibles para el lector de lengua española que no pudiese leerlos en el texto original. Hay indicios de que Francisco de Quevedo habría hecho una traducción parcial, hoy, desgraciadamente, perdida. Fue sólo a fines del siglo XIX que Constantino Román y Salamero publicó la primera traducción integral de los Ensayos. Desde entonces distintas traducciones han aparecido. A nuestro entender, ninguna posee esa calidad literaria que hizo de la traducción de Florio una obra capital de la literatura inglesa. Existe, o pudo haber existido, para ser más precisos, una notable excepción: la traducción de Ezequiel Martínez Estrada. Decimos pudo porque Martínez Estrada no tuvo el tiempo ni la salud necesarios, ni seguramente los apoyos imprescindibles, para emprender una traducción completa. Le tocó vivir en un país que comenzaba la lenta e inexorable decadencia que ha hecho de la Argentina un país que en muy poco se parece al de las primeras décadas del siglo XX. Nos queda, sin embargo, un pequeño volumen, hoy casi ignorado, que le ha dado a Montaigne la mejor voz en lengua española, la más clara y precisa, y también la más bella, que posean los Ensayos.



Que Philosopher, c'est apprendre a mourir

CICERON dit que Philosopher ce n'est autre chose que s'aprester à la mort. C'est d'autant que l'estude et la contemplation retirent aucunement nostre ame hors de nous, et l'embesongnent à part du corps, qui est quelque apprentissage et ressemblance de la mort : Ou bien, c'est que toute la sagesse et discours du monde se resoult en fin à ce point, de nous apprendre a ne craindre point a mourir. De vray, ou la raison se mocque, ou elle ne doit viser qu'à nostre contentement, et tout son travail tendre en somme à nous faire bien vivre, et à nostre aise, comme dict la Saincte Escriture. Toutes les opinions du monde en sont là, que le plaisir est nostre but, quoy qu'elles en prennent divers moyens ; autrement on les chasseroit d'arrivée. Car qui escouteroit celuy, qui pour sa fin establiroit nostre peine et mesaise ?

Les dissentions des sectes Philosophiques en ce cas, sont verbales. Transcurramus solertissimas nugas. Il y a plus d'opiniastreté et de picoterie, qu'il n'appartient à une si saincte profession. Mais quelque personnage que l'homme entrepreigne, il jouë tousjours le sien parmy. Quoy qu'ils dient, en la vertu mesme, le dernier but de nostre visee, c'est la volupté. Il me plaist de battre leurs oreilles de ce mot, qui leur est si fort à contrecoeur : Et s'il signifie quelque supreme plaisir, et excessif contentement, il est mieux deu à l'assistance de la vertu, qu'à nulle autre assistance. Cette volupté pour estre plus gaillarde, nerveuse, robuste, virile, n'en est que plus serieusement voluptueuse. Et luy devions donner le nom du plaisir, plus favorable, plus doux et naturel : non celuy de la vigueur, duquel nous l'avons denommee. Cette autre volupté plus basse, si elle meritoit ce beau nom : ce devoit estre en concurrence, non par privilege. Je la trouve moins pure d'incommoditez et de traverses, que n'est la vertu. Outre que son goust est plus momentanee, fluide et caduque, elle a ses veilles, ses jeusnes, et ses travaux, et la sueur et le sang. Et en outre particulierement, ses passions trenchantes de tant de sortes ; et a son costé une satiete si lourde, qu'elle equipolle à penitence. Nous avons grand tort d'estimer que ses incommoditez luy servent d'aiguillon et de condiment à sa douceur, comme en nature le contraire se vivifie par son contraire : et de dire, quand nous venons à la vertu, que pareilles suittes et difficultez l'accablent, la rendent austere et inacessible. Là où beaucoup plus proprement qu'à la volupté, elles anoblissent, aiguisent, et rehaussent le plaisir divin et parfaict, qu'elle nous moienne. Celuy la est certes bien indigne de son accointance, qui contrepoise son coust, à son fruit : et n'en cognoist ny les graces ny l'usage. Ceux qui nous vont instruisant, que sa queste est scabreuse et laborieuse, sa jouïssance agreable : que nous disent-ils par là, sinon qu'elle est tousjours desagreable ? Car quel moien humain arriva jamais à sa jouïssance ? Les plus parfaits se sont bien contentez d'y aspirer, et de l'approcher, sans la posseder. Mais ils se trompent ; veu que de tous les plaisirs que nous cognoissons, la poursuite mesme en est plaisante. L'entreprise se sent de la qualité de la chose qu'elle regarde : car c'est une bonne portion de l'effect, et consubstancielle. L'heur et la beatitude qui reluit en la vertu, remplit toutes ses appartenances et avenues, jusques à la premiere entree et extreme barriere. [...]

Je nasquis entre unze heures et midi le dernier jour de Febvrier, mil cinq cens trente trois : comme nous contons à cette heure, commençant l'an en Janvier. Il n'y a justement que quinze jours que j'ay franchi 39. ans, il m'en faut pour le moins encore autant. Ce pendant s'empescher du pensement de chose si esloignee, ce seroit folie. Mais quoy ? les jeunes et les vieux laissent la vie de mesme condition. Nul n'en sort autrement que si tout presentement il y entroit, joinct qu'il n'est homme si décrepite tant qu'il voit Mathusalem devant, qui ne pense avoir encore vingt ans dans le corps. D'avantage, pauvre fol que tu es, qui t'a estably les termes de ta vie ? Tu te fondes sur les contes des Medecins. Regarde plustost l'effect et l'experience. Par le commun train des choses, tu vis pieça par faveur extraordinaire. Tu as passé les termes accoustumez de vivre : Et qu'il soit ainsi, conte de tes cognoissans, combien il en est mort avant ton aage, plus qu'il n'en y a qui l'ayent atteint : Et de ceux mesme qui ont annobli leur vie par renommee, fais en registre, et j'entreray en gageure d'en trouver plus qui sont morts, avant, qu'apres trente cinq ans. Il est plein de raison, et de pieté, de prendre exemple de l'humanité mesme de Jesus-Christ. Or il finit sa vie à trente et trois ans. Le plus grand homme, simplement homme, Alexandre, mourut aussi à ce terme.

Combien a la mort de façons de surprise ?


Quid quisque vitet, nunquam homini satis
Cautum est in horas.


Je laisse à part les fiebvres et les pleuresies. Qui eust jamais pensé qu'un Duc de Bretaigne deust estre estouffé de la presse, comme fut celuy là à l'entree du Pape Clement mon voisin, à Lyon ? N'as tu pas veu tuer un de nos Roys en se jouant ? et un de ses ancestres mourut il pas choqué par un pourceau ? Æschylus menassé de la cheute d'une maison, à beau se tenir à l'airte, le voyla assommé d'un toict de tortue, qui eschappa des pattes d'un Aigle en l'air : l'autre mourut d'un grain de raisin : un Empereur de l'egratigneure d'un peigne en se testonnant : Æmylius Lepidus pour avoir heurté du pied contre le seuil de son huis : Et Aufidius pour avoir choqué en entrant contre la porte de la chambre du conseil. Et entre les cuisses des femmes Cornelius Gallus preteur, Tigillinus Capitaine du guet à Rome, Ludovic fils de Guy de Gonsague, Marquis de Mantoüe. Et d'un encore pire exemple, Speusippus Philosophe Platonicien, et l'un de nos Papes. Le pauvre Bebius, Juge, cependant qu'il donne delay de huictaine à une partie, le voyla saisi, le sien de vivre estant expiré : Et Caius Julius medecin gressant les yeux d'un patient, voyla la mort qui clost les siens. Et s'il m'y faut mesler, un mien frere le Capitaine S. Martin, aagé de vingt trois ans, qui avoit desja faict assez bonne preuve de sa valeur, jouant à la paume, reçeut un coup d'esteuf, qui l'assena un peu au dessus de l'oreille droitte, sans aucune apparence de contusion, ny de blessure : il ne s'en assit, ny reposa : mais cinq ou six heures apres il mourut d'une Apoplexie que ce coup luy causa. Ces exemples si frequents et si ordinaires nous passans devant les yeux, comme est-il possible qu'on se puisse deffaire du pensement de la mort, et qu'à chasque instant il ne nous semble qu'elle nous tienne au collet ?

Qu'importe-il, me direz vous, comment que ce soit, pourveu qu'on ne s'en donne point de peine ? Je suis de cet advis : et en quelque maniere qu'on se puisse mettre à l'abri des coups, fust ce soubs la peau d'un veau, je ne suis pas homme qui y reculast : car il me suffit de passer à mon aise, et le meilleur jeu que je me puisse donner, je le prens, si peu glorieux au reste et exemplaire que vous voudrez.


prætulerim delirus inérsque videri,
Dum mea delectent mala me, vel denique fallant,
Quam sapere et ringi.


Mais c'est folie d'y penser arriver par là. Ils vont, ils viennent, ils trottent, ils dansent, de mort nulles nouvelles. Tout cela est beau : mais aussi quand elle arrive, ou à eux ou à leurs femmes, enfans et amis, les surprenant en dessoude et au descouvert, quels tourmens, quels cris, quelle rage et quel desespoir les accable ? Vistes vous jamais rien si rabaissé, si changé, si confus ? Il y faut prouvoir de meilleure heure : Et cette nonchalance bestiale, quand elle pourroit loger en la teste d'un homme d'entendement (ce que je trouve entierement impossible) nous vend trop cher ses denrees. Si c'estoit ennemy qui se peust eviter, je conseillerois d'emprunter les armes de la coüardise : mais puis qu'il ne se peut ; puis qu'il vous attrappe fuyant et poltron aussi bien qu'honeste homme,


Nempe et fugacem persequitur virum,
Nec parcit imbellis juventæ
Poplitibus, timidoque tergo.


Et que nulle trampe de cuirasse vous couvre,


Ille licet ferro cautus se condat in ære,
Mors tamen inclusum protrahet inde caput.


aprenons à le soustenir de pied ferme, et à le combatre : Et pour commencer à luy oster son plus grand advantage contre nous, prenons voye toute contraire à la commune. Ostons luy l'estrangeté, pratiquons le, accoustumons le, n'ayons rien si souvent en la teste que la mort : à tous instans representons la à nostre imagination et en tous visages. Au broncher d'un cheval, à la cheute d'une tuille, à la moindre piqueure d'espeingle, remachons soudain, Et bien quand ce seroit la mort mesme ? et là dessus, roidissons nous, et nous efforçons. Parmy les festes et la joye, ayons tousjours ce refrein de la souvenance de nostre condition, et ne nous laissons pas si fort emporter au plaisir, que par fois il ne nous repasse en la memoire, en combien de sortes cette nostre allegresse est en butte à la mort, et de combien de prinses elle la menasse. Ainsi faisoient les Egyptiens, qui au milieu de leurs festins et parmy leur meilleure chere, faisoient apporter l'Anatomie seche d'un homme, pour servir d'avertissement aux conviez.


Omnem crede diem tibi diluxisse supremum,
Grata superveniet, quæ non sperabitur hora.


Il est incertain où la mort nous attende, attendons la par tout. La premeditation de la mort, est premeditation de la liberté. Qui a apris à mourir, il a desapris à servir. Il n'y a rien de mal en la vie, pour celuy qui a bien comprins, que la privation de la vie n'est pas mal. Le sçavoir mourir nous afranchit de toute subjection et contraincte. Paulus Æmylius respondit à celuy, que ce miserable Roy de Macedoine son prisonnier luy envoyoit, pour le prier de ne le mener pas en son triomphe, Qu'il en face la requeste à soy mesme.

A la verité en toutes choses si nature ne preste un peu, il est mal-aysé que l'art et l'industrie aillent guiere avant. Je suis de moy-mesme non melancholique, mais songecreux : il n'est rien dequoy je me soye des tousjours plus entretenu que des imaginations de la mort ; voire en la saison la plus licentieuse de mon aage,


Jucundum cum ætas florida ver ageret.


Parmy les dames et les jeux, tel me pensoit empesché à digerer à part moy quelque jalousie, ou l'incertitude de quelque esperance, cependant que je m'entretenois de je ne sçay qui surpris les jours precedens d'une fievre chaude, et de sa fin au partir d'une feste pareille, et la teste pleine d'oisiveté, d'amour et de bon temps, comme moy : et qu'autant m'en pendoit à l'oreille.


Jam fuerit, nec post unquam revocare licebit.


Je ne ridois non plus le front de ce pensement là, que d'un autre. Il est impossible que d'arrivee nous ne sentions des piqueures de telles imaginations : mais en les maniant et repassant, au long aller, on les apprivoise sans doubte : Autrement de ma part je fusse en continuelle frayeur et frenesie : Car jamais homme ne se défia tant de sa vie, jamais homme ne feit moins d'estat de sa duree. Ny la santé, que j'ay jouy jusques à present tresvigoureuse et peu souvent interrompue, ne m'en alonge l'esperance, ny les maladies ne me l'acourcissent. A chaque minute il me semble que je m'eschappe. Et me rechante sans cesse, Tout ce qui peut estre faict un autre jour, le peut estre aujourd'huy. De vray les hazards et dangiers nous approchent peu ou rien de nostre fin : Et si nous pensons, combien il en reste, sans cet accident qui semblent nous menasser le plus, de millions d'autres sur nos testes, nous trouverons que gaillars et fievreux, en la mer et en nos maisons, en la bataille et en repos elle nous est égallement pres. Nemo altero fragilior est : nemo in crastinum sui certior.

Ce que j'ay affaire avant mourir, pour l'achever tout loisir me semble court, fust ce d'une heure. Quelcun feuilletant l'autre jour mes tablettes, trouva un memoire de quelque chose, que je vouloys estre faite apres ma mort : je luy dy, comme il estoit vray, que n'estant qu'à une lieue de ma maison, et sain et gaillard, je m'estoy hasté de l'escrire là, pour ne m'asseurer point d'arriver jusques chez moy. Comme celuy, qui continuellement me couve de mes pensees, et les couche en moy : je suis à toute heure preparé environ ce que je le puis estre : et ne m'advertira de rien de nouveau la survenance de la mort. Il faut estre tousjours botté et prest à partir, en tant que en nous est, et sur tout se garder qu'on n'aye lors affaire qu'à soy.


Quid brevi fortes jaculamur ævo
Multa ?


Car nous y aurons assez de besongne, sans autre surcrois. L'un se pleint plus que de la mort, dequoy elle luy rompt le train d'une belle victoire : l'autre qu'il luy faut desloger avant qu'avoir marié sa fille, ou contrerolé l'institution de ses enfans : l'un pleint la compagnie de sa femme, l'autre de son fils, comme commoditez principales de son estre.

Je suis pour cette heure en tel estat, Dieu mercy, que je puis desloger quand il luy plaira, sans regret de chose quelconque : Je me desnoue par tout : mes adieux sont tantost prins de chascun, sauf de moy. Jamais homme ne se prepara à quiter le monde plus purement et pleinement, et ne s'en desprint plus universellement que je m'attens de faire. Les plus mortes morts sont les plus saines.




Que filosofar es prepararse a morir
(Libro I, capítulo XIX)

Cicerón dice que filosofar no es otra cosa que disponerse a la muerte. Tan verdadero es este principio que el estudio y la contemplación alejan nuestra alma de nosotros y le dan trabajo independiente del cuerpo, que es cierto aprendizaje y semejanza de la muerte: o en otros términos, toda la sabiduría y razonamientos del mundo se reducen a enseñarnos a no tener miedo de morir. En verdad, o la razón nos burla, o no debe encaminarse sino a nuestro contentamiento, y todo su trabajo tender, en suma, a hacernos vivir bien y a gusto, como dice la Sagrada Escritura. Todas las opiniones del mundo coinciden en que el placer es nuestro fin, aunque se empleen diversos medios; pues de otra manera se las desdeñaría, pues ¿quién escucharía al que afirmara que el fin que debemos perseguir es la pena y la molestia?

Las disensiones entre las sectas filosóficas a este respecto son verbales: Transcurramus solertissimas nugas (No nos detengamos en vacuas bagatelas. Sénec, Epístola 117). Hay en ellas más terquedad y pillería de las que conviene a una profesión tan santa. Mas cualquiera sea el personaje que el hombre pinte, siempre pone en el retrato algo propio. Hay quienes dicen que aun en la virtud misma, el último fin de nuestra vida es el deleite. Me gusta hacer resonar en sus oídos esta palabra que les es tan desagradable. Y si ella significa algún placer supremo y excesivo contentamiento, se debe más bien a la asistencia de la virtud que a ninguna otra ayuda. Tal deleite por ser más vigoroso, nervioso, robusto, viril, no es menos seriamente voluptuoso. Debemos darle el nombre de placer, más adecuado, dulce y natural, no el de vigor de donde hemos derivado el nombre. Esa otra voluptuosidad más baja, si mereciese aquella hermosa denominación debiera aplicársele en concurrencia, no como un privilegio. La encuentro menos pura de molestias y dificultades que la virtud. Además su satisfacción es más momentánea, fluida y caduca. La acompañan vigilias, ayunos, trabajos, sudor y sangre. Tales pasiones particularmente devastadoras bajo múltiples aspectos, producen saciedad tan pesada que equivale a la penitencia. Nos equivocamos mucho al pensar que semejantes molestias aguijonean y sirven de condimento a la dulzura, como en la naturaleza lo contrario se vivifica por su contrario, es decir: cuando volvemos a la virtud que parecidos actos la consumen y la hacen austera e inaccesible, allí donde mucho más propiamente que a la voluptuosidad ennoblecen, aguijonean y realzan el placer divino y perfecto que nos procuran. Es indigno de la virtud quien examina y contrapone el coste al provecho, y desconoce su uso y sus gracias. Los que nos instruyen diciéndonos que su obtención es escabrosa y laboriosa y su goce placentero, ¿qué nos prueban con ello sino que es siempre desagradable? Porque, ¿qué medio humano alcanza nunca su disfrute? Los más perfectos se conforman con aproximarse a la virtud sin poseerla. Pero se equivocan, puesto que de cuantos placeres conocemos el propio intento de alcanzarlos es agradable. La empresa participa de la calidad de la cosa que se persigue, pues es una buena parte del fin y consustancial con él. El bien y la beatitud que resplandecen en la virtud llenan todas sus dependencias y avenidas, desde la primera entrada hasta la más apartada barrera. [...]

Yo nací entre once y doce de la mañana, el último día de febrero de mil quinientos treinta y tres, conforme con el cómputo actual que hace comenzar el año en enero. Hace quince días que pasé los treinta y nueve años, y puedo vivir todavía por lo menos otro tanto. Sin embargo, dejar de pensar en cosa tan lejana (como la muerte) sería locura. Pues dejan la vida jóvenes y viejos de igual modo. Ninguno sale de otro modo que como si entrara. Además no hay ningún hombre por decrépito que esté, que acordándose de Matusalén, no piense tener todavía veinte años en el cuerpo. Pero, pobre loco, ¿quién ha fijado el término de tu vida? Acaso te fundas para creer que sea larga, en el dictamen de los médicos. Observa más bien el consejo de la experiencia. Según la marcha común de las cosas, tú vives por gracia extraordinaria. Has pasado ya los términos acostumbrados del vivir. Y para que te persuadas de que así es la verdad, pasa revista a tus conocidos y verás cuántos han muerto antes de llegar a tu edad, más de los que la han alcanzado. Y de los que han ennoblecido su vida con la fama, piensa y apuesto a que hallarás muchos más que murieron antes que después de los treinta y cinco años. Es muy razonable y piadoso tomar ejemplo de la humanidad misma de Jesucristo, que acabó su vida a los treinta y tres años. El hombre más grande, pero que fue sólo hombre, Alejandro, murió al mismo término. ¿Cuántos medios de sorprendernos no tiene la muerte?


Quid quisque vitet, numquam homini satis
Cautum est in horas.


(El hombre no puede prever nunca, por avisado que sea, el peligro que le amenaza a cada instante. Horacio, Od., II, 13, 13.)
Dejando a un lado las fiebres y pleuresías, ¿quién hubiera jamás pensado que un duque de Bretaña hubiese de ser ahogado por la multitud como lo fue éste a la entrada del papa Clemente, mi paisano, en Lyón? ¿No has visto matar en un torneo a uno de nuestros reyes, en medio de fiestas y regocijos? Y uno de sus antepasados, ¿no murió atropellado por un cerdo? Amenazado Esquilo de que una casa lo aplastaría se mantuvo alerta: lo mismo pereció del golpe de una tortuga que en el aire se había desprendido de las patas de un águila; otro murió por un grano de uva; un emperador, con el arañazo de un peine mientras se peinaba; Emilio Lépido por haber tropezado en el umbral de su casa; Aufidio por haber chocado al entrar contra la puerta de la cámara del Consejo; y hallándose entre los muslos de las mujeres, Cornelio Galo, pretor; Tigelino, capitán de patrulla en Roma; Ludovico, hijo de Guido de Gonzaga, marqués de Mantua, y todavía de peor manera Espeusipo, filósofo platónico, y uno de nuestros Papas. El pobre Bebis, juez, mientras concedía prórroga de ocho días en una causa, expiró repentinamente; Cayo Julio, médico, mientras curaba los ojos de un enfermo la muerte le cerró los suyos, y si se me consiente citaré a un hermano mío, el capitán San Martín, de edad de veintitrés años, que había dado ya testimonio de su valer: jugando a la pelota recibió un golpe en la parte superior del oído derecho, sin apariencia alguna de contusión ni herida, no descansó ni reposoó, pero cinco o seis horas después murió de una apoplejía que le ocasionó el golpe. Con estos esjemplos tan frecuentes y extraordinarios, que pasan a diario ante nuestros ojos, ¿cómo es posible que podamos desligarnos del pensamiento de la muerte y a cada momento no se nos figure que nos atrapa por el cuello?

¡Qué importa, me diréis, que ocurra cuando quiera con tal que no se sufra agurdándola? También yo soy de ese parecer, y de cualquier suerte que uno pueda ponerse al reparo de sus golpes, aunque sea bajo la piel de una vaca, yo no retrocedería. Me basta vivir cómodo y procuro darme el mayor número posible de satisfacciones, por poco glorioso ni ejemplar que ello resulte,


Praetulerim delirus inersque videri,
Dum mea delectent mala me, vel denique fallant,
Quam sapere, et ringi.


(Prefiero pasar por loco o por necio, siempre que el error me sea grato, o que yo no lo advierta, mejor que ser cuerdo y estar rabiando. Horacio, Epístolas, II, 2, 126.)
Pero es locura pensar que eso conduzca a nada. Unos van, otros vienen, trotan, danzan pero de de la muerte nadie habla. Todo esto es muy hermoso. Mas cuando llega, para sí propios, o para sus mujeres, hijos o amigos, sorprendiéndolos de pronto y al descubierto, qué tormentos, qué gritos, qué rabia y qué desesperación los dominan. ¿Vísteis alguna vez nada tan abatido, cambiado, confuso? Necesario es ser previsor. Este descuido bestial, aunque pudiere alojarse en la cabeza de un hombre de entendimiento, lo que supongo imposible, bien caro nos cuesta. Si fuera enemigo que pudiéramos evitar, yo aconsejara tomar las armas de la cobardía. Pero como no se puede, puesto que atrapa igual al fugitivo y al poltrón que al valiente y al temerario,


Nempe et fugacem persequitur virum,
Nec parcit imbellis juventae
Poplitibus timidoque tergo.


(Persigue al que huye y castiga sin piedad al cobarde que vuelve la espalda. Horacio, Od. III, 18, 25.)
y ninguna coraza nos cubre,


Ille licet ferro cautus se condat in ære,
Mors tamen inclusum protrahet inde caput,


(Es inútil que os cubráis de hierro y bronce; la muerte os atajará bajo vuestra armadura. Propercio, IV, 18, 25.)
sepamos aguardar a pie firme, sepamos combatirla. Para empezar a despojarla de su principal ventaja contra nosotros, sigamos el camino opuesto al ordinario. Quitémosle la extrañeza, habituémonos, acostumbrémonos a ella, no pensemos en nada con más frecuencia que en la muerte. En todos los instantes tengámosla fija en la mente, y veámosla en todos los rostros. Al tropezar un caballo, al desprenderse una teja, al más leve pinchazo de alfiler, digamos enseguida: "Y bien, ¿cuando sería la misma muerte? Enderecémonos y esforcémonos". En medio de las fiestas y alegrías tengamos presente siempre el estribillo del recuerdo de nuestra condición; no dejemos que el placer nos domine ni se apodere de nosotros hasta el punto de olvidar de cuántos modos nuestra alegría se aproxima a la muerte y de cuán diversos otros estamos amenazados por ella. Así hacían los egipcios, que en medio de sus festines y en lo mejor de sus banquetes contemplaban un esqueleto para que sirviese de advertencia a los convidados:


Omnem crede diem tibi diluxisse supremum,
Grata superveniet, quæ non sperabitur hora.


(Imagina que cada día es el último que para ti alumbra, y agradecerás el amanecer que ya no esperabas. Horacio, Epíst. I, 4, 13.)
No sabemos dónde la muerte nos espera; aguardémosla en todas partes. La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. Quien ha aprendido a morir ha olvidado la servidumbre. Saber morir nos libra de toda sujeción. No existe el mal para quien ha comprendido que la privación de la vida no es un mal. Paulo Emilio respondió al emisario que le envió su prisionero al rey de Macedonia, para rogar que no le condujera en su trounfo: "Que se haga la súplica a sí mismo".

A la verdad, en todas las cosas, si la naturaleza no ayuda un poco, es difícil que ni el arte ni el ingenio las hagan prosperar. Yo no soy melancólico sino soñador. Nada hay de que me haya ocupado tanto en toda ocasión como de pensar en la muerte, aun en la época más licenciosa de mi edad:


Jucundum cum ætas florida ver ageret.


(Cuando mi edad florida gozaba su alegre primavera. Catulo LXVIII, 16.)
Hallándome entre las damas y en medio de diversiones y juegos, alguien creía que mi duelo era ocasionado por la pasión de los celos, o por incertidumbre en alguna esperanza; sin embargo, en lo que pensaba yo era en alguno que habiendo sido atacado, días antes, de fiebre, al salir de una fiesta parecida a la en que yo me encontraba, con la cabeza llena de ilusiones y el espíritu de contento, murió. Sonaba en mi oído el verso


Jam fuerit, nec post unquam revocare licebit.


(Muy pronto el tiempo presente desaparecerá y ya no podremos evocarle. Lucrecio, III, 915.)
Ni ese pensamiento ni otro arrugaban mi frente. Es imposible que al principio no sintamos las punzadas de tales ideas. Pero manejándolas con frecuencia, al fin se familiariza uno, sin duda. De otro modo, y por lo que se relaciona conmigo hallaríame en continuo horror y frenesí, pues jamás hombre alguno estuvo tan inseguro de su vida; jamás ningún hombre tuvo menos seguridad de la duración de la suya. Ni la salud que he gozado hasta hoy, vigorosa y en pocas ocasiones alterada, prolonga mi esperanza, ni las enfermedades la acortan. A cada momento me parece que me escapo. Y sin cesar me repito: Lo que pueda acontecer mañan, puede acontecer hoy". Los azares y los peligros nos acercan poco o nada a nuestro fin, y si reflexionamos cuántos accidentes pueden sobrevenir, además del que parece amenazarnos con mayor insistencia, y millones de otros que penden sobre nuestras cabezas, hallaremos que, frescos o febriles, en la mar o en nuestras casas, en la batalla o en el reposo, nos siguen de cerca: Nemo alteror fragilior est: nemo in crastinum sui certior (Ningún hombre es más frágil que los demás; ninguno tampoco está más seguro del día siguiente. Séneca, Epíst., 91). Para lo que he de ejecutar antes de morir, para concluirlo, todo plazo se me antoja largo, hasta el de una hora.

Alguien hojeando el otro día mis apuntes encontró una nota de algo que yo quería que se ejecutara después de mi muerte. Le dije, como era la verdad, que hallándola cuando la escribí a una legua de mi casa, habíame apresurado a asentarla, porque no tenía la certeza de poder regresar. Ahora en todo momento me encuentro preparado, y la llegada de la muerte no me sorprenderá, ni me enseñará nada nuevo. Es preciso estar siempre calzado y presto a partir, en cuanto de nosotros dependa y, sobre todo, guardarse de tener otro asunto que atender más que uno mismo


Quid brevi fortes jaculamur aevo
Multat ?


(¿Por qué en una existencia tan corta formar tan vastos proyectos? Horacio, Od. II, 16, 17.)
Necesitaremos de nosotros sin otra sobrecarga. Uno se queja más que de la muerte de que le interrumpa la marcha de una hermosa victoria; otro de que le es preciso partir antes de haber casado a su hija o acabado la educación de sus hijos; uno lamenta dejar la compañía de su mujer, otro la de su hijo, como comodidades principales de su vida.

Tan preparado me encuentro, a Dios gracias, que puedo partir cuando al Señor le plazca, sin que nadie me apene. Me desligo de todo. Me despido a medias de cada uno, salvo de mí mismo. Jamás hombre alguno se dispuso a abandonar el mundo con mayor calma, más pura y plenamente, ni se desprendió más universalmente que yo espero hacerlo. Los muertos más muertos son los que no piensan en el último viaje.