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martes, 9 de junio de 2020

Píndaro e Ignacio Montes de Oca: Cuarta oda olímpica

ODA CUARTA
A SAUMIS DE CAMARINA,
VENCEDOR CON LOS CABALLOS

¡Oh Jove soberano,
Que los rayos de plantas voladoras
Lanzas con fuerte mano!
Ya volvieron tus Horas
De mi canto y mi lira inspiradoras.

Como veraz testigo
De la altísima lid, su voz me envía.
Al triunfo del amigo
Se llena de alegría
El que de ser su huésped se gloría.

¡Oh vástago sublime
de Saturno, señor del eminente
Mongibelo, que oprime
Bajo su mole hirviente
Las cien cabezas de Tifón rugiente!

Este cantar sonoro
Que el vencedor olímpico merece,
De las gracias el coro
A mi nombre te ofrece:
Acógelo, y al vate favorece.

Como inmortal estrella,
El canto las virtudes ilumina.
En la cuadriga bella
Hoy mi cantar camina
De Saumis, alto honor de Camarina.

De oliva coronado
Torna dichoso de la arena elea.
¡Ojalá que escuchado
Por la deidad se vea,
Que propicia le dé cuanto desea!

Nadie la raza iguala
De sus corceles: siempre mira henchida
De huéspedes su sala;
Y en la patria querida
Merced a su virtud, la paz se anida.

No quiero mis loores
Manchar de la mentira con el cieno:
De los calumniadores
Destruyen el veneno
Hechos cual los del hijo de Climeno.

Risa causó a las bellas
Hijas de Lemnos su senil figura;
Mas él a las doncellas
Cortó la risa impura,
Corriendo con la fúlgida armadura.

Al acercarse ufano
A recibir, al fin de la carrera,
De la gallarda mano
De Hipsípile severa
Su corona, le habló de esta manera:

«¿Viste mis pies veloces?
Iguales son mi corazón y manos.
También nacen precoces,
Aun en años tempranos,
Del joven en la sien cabellos canos.»





viernes, 2 de febrero de 2018

Píndaro e Ignacio Montes de Oca: Tercera oda olímpica

ODA TERCERA
AL MISMO TERÓN

Los ínclitos Gemelos
De hospitalarios, tiernos corazones,
Miren desde los cielos
Con benévolo rostro mis canciones,
Y Helena, a quien adoro,
Alma beldad de cabellera de oro.

Quiero cantar la gloria
De la ciudad famosa de Agrigento,
Y la feliz victoria
Que de sus potros, émulos del viento,
La infatigable planta,
A Terón trajo, desde Olimpia santa.

La Musa bienhechora
Me inspiró nuevo ritmo y melodía
Con que mi voz sonora
Pueda aplicar la dórica armonía
A la festiva danza,
Del noble vencedor en alabanza.

El lauro que las crines
De los bridones coronó, me manda
Unir en los festines
A las flautas y lira mi voz blanda,
De Enesidemo al hijo
Honrando, con celeste regocijo.

Exige mis loores
También de Pisa la gloriosa arena,
Do cánticos y honores
(Del cielo rico don) la ley ordena
Que estableciera Alcides,
Para los venturosos adalides.

¡Feliz aquel valiente
En cuyas sienes brilla la corona
De oliva refulgente,
Que con fallo imparcial justo le dona
Desde el dorado solio,
Guardador de la ley, el juez etolio!

Trajo de las umbrosas
Fuentes del Istro, de Hércules la diestra,
Sus ramas olorosas,
Para ser, en la olímpica palestra,
Del combate incrüento
El más esplendoroso monumento.

A la hiperbórea gente,
Sierva de Apolo, la frondosa planta
Ganó su ruego ardiente;
Y ahora de Jove a la morada santa
Presta su sombra densa,
Y es del valor insigne recompensa.

Los quinquenales juegos
Del sacro Alfeo a la divina cuna
Llamábanlo, y los fuegos
A su Padre encendidos: ya la luna,
Pupila de la noche,
Llena brillaba en su dorado coche.


Ningún árbol los valles
De Pélope Saturnio protegía;
Y solares y calles
Se abrasaban al sol de mediodía.
Vínole entonces gana
A Alcides de marchar a Istria lejana.

De Latona la diva
Hija, a quien place sujetar bridones,
Lo recibió festiva
En las escitias frígidas regiones,
Al llegar por extrañas
Sendas, de las arcádicas montañas.

Los decretos paternos
Y de Euristeo la maldad proterva,
La de dorados cuernos
Y a Diana consagrada, rauda cierva
A buscar, inhumanos
Lo enviaron a países tan lejanos.

Mientras le daba caza,
Allá en el norte descubrió el terreno
De la hiperbórea raza;
Y el héroe se paró, de asombro lleno,
A admirar de la fría
Vasta comarca la arboleda umbría.

Y le asaltó la idea
De circundar la arena, que fogoso
Doce veces rodea
Con la cuadriga el potro belicoso,
Con los verdes olivos
Que en aquella región crecen altivos.

Y las fiestas Alcides
Con los Hijos de Leda ahora presencia.
En las sagradas lides,
Al Olimpo al subir, la presidencia
Les dio su mano amiga
Sobre el atleta, el potro y el auriga.

A la tribu emenida
Y al ínclito Terón, honra sublime
La mano agradecida
De los claros Tindárides imprime.
¿Callar cómo pudiera?
Ensalza ¡oh lira! su piedad sincera.

De los divos jinetes
Adornan con fervor los santüarios,
Y sagrados banquetes
Les ofrecen, cual nadie hospitalarios,
Teniéndolos propicios
Sin cesar, con solemnes sacrificios.

Si el agua es la primera
De los cuatro elementos primordiales,
Y si el oro supera
En esplendor a todos, los metales,
¿Quién disputar podría
Al valor de Terón la primacía?

Desde Sicilia llega
A las Columnas de Hércules su nombre.
¡Musa! Tus alas plega:
Avanzar más allá no puede el hombre,
Y la barrera en vano
Pretenderá saltar, cuerdo o insano.


lunes, 24 de julio de 2017

Píndaro e Ignacio Montes de Oca: Segunda oda olímpica

SEGUNDA ODA OLIMPICA
A TERÓN, REY DE AGRIGENTO,
VENCEDOR CON EL CARRO.

¡Himnos, que de la lira
Monarcas sois y dueños!
¿Qué semidiós, qué numen,
Cuál héroe cantaremos?
De Júpiter es Pisa,
Y estableció los juegos
Olímpicos Alcides
Cual bélico trofeo.

Hoy celebrar el triunfo
Con voz sonora debo
Que la veloz cuadriga
Donó a Terón excelso,
Varón hospitalario,
Columna de Agrigento,
Flor de gloriosa raza,
Señor de vasto reino.

A esta sagrada margen
Trajo destino adverso
A sus mayores, astros
Del siciliano suelo.
Propicia la fortuna,
Oro y favor perpetuo,
De ingénitas virtudes
Les dio por justo premio.

¡Hijo de Rhea, Jove,
Que diriges el cielo,
Y el más alto certamen,
Y el cristalino Alfeo!
Por mi cantar movido,
A sus ilustres nietos
Conserven tus bondades
El heredado imperio.

Mas ¡ay! justo o injusto,
Lo que pasó, ni el Tiempo
A deshacer alcanza,
Aunque de todo es dueño.
Con mejor suerte, olvido
Vendrá: cuando consuelo
Manda el Hado, perece
Del mal hasta el recuerdo.

De Cadmo, a mi discurso
Sirven de noble ejemplo,
Las vírgenes augustas
Que tanto padecieron;
Pero de las cuitadas
Cedió el enorme duelo
De bienes más durables
Bajo el precioso peso.

Aunque del rayo herida,
De Olimpo bajo el techo
Vive Semele hermosa,
La de gentil cabello.
Minerva la ama siempre,
Jove la adora tierno,
Y su hijo (que de hiedras
Se corona) Lieo.

Vida inmortal de numen
Ino en el ponto inmenso
Lleva con las marinas
Hijas del gran Nereo.
El hombre de su muerte
No sabe ni el momento,
Ni si un día felice
Querrá engendrarle Febo.

Las olas de la vida
Con incesante juego,
Ya dan prosperidades,
Ya dolores sin cuento.
E l Hado así propicio
Sonrió a tus abuelos,
Haciéndolos dichosos,
Y grandes, y opulentos.

Mas antes la desgracia
Manchó el hogar paterno,
Desque el fatal Edipo
Con homicida acero
Atravesó a su padre
Layo, sin conocerlo,
El oráculo antiguo
De Pitona cumpliendo.

Erinis mira el crimen,
Y en fratricida duelo
Destruye vengativa
Sus vástagos guerreros;
Tersandro sobrevive
A Polinices muerto,
Famoso en la palestra
Y en combates sangrientos.

Él fue de los Adrástidas
Vengador y renuevo;
Progenitor del grande
Hijo de Enesidemo,
A cuyo triunfo, cantos
Encomiásticos debo
Consagrar, de mi lira
Con los sonoros ecos.

Terón en Pisa ciñe
Su frente sola. En Delfos
Y el Istmo, con su hermano
Divide los trofeos
Que a sus cuadrigas áureas
Concede fallo recto,
Al verlas doce veces
Girar con raudo vuelo.

El gozo que da el triunfo
Destierra el humor negro.
Riqueza que acompaña
A la virtud y al mérito
A la victoria al hombre
Lleva por mil senderos,
Y, astro luciente, excita
Noble ambición su fuego.

No ocúltase a quien goza
Tal bien, lo venidero:
Sabe qué penas sufren
Las almas de los muertos;
Crímenes cometidos
De Jove en el imperio,
Castiga inexorable
Un juez en el Infierno.

Cual de día, en las noches
Alumbra el sol al bueno.
¡Cuan superior su vida
Es a la del perverso!
Labrar no necesita
El ingrato terreno,
Ni atravesar los mares
En busca de sustento.

Al lado de los Dioses
Que venera el Averno,
Los que guardaron fieles
Sus santos juramentos
Sin lágrimas disfrutan
Reposo sempiterno,
Mientras al malo afligen
Terríficos tormentos.

Y a los que por tres veces
Cambiando mortal velo,
Sin pecado en el mundo
Y en el Orco vivieron,
De Júpiter les abre
El benigno decreto
Camino de Saturno
Hasta el alcázar regio.

¡Oh, cuan bella es la isla
De los santos recreo!
La bañan perfumadas
Las brisas del Océano;
Brillan doradas flores,
Ya sobre el verde suelo,
Ya en los copudos árboles,
O ya del agua en medio.

Guirnaldas entretejen
Y sartas con sus pétalos,
Con que alegres circundan
Frente, manos y cuello,
Los bienaventurados
Que a aquel paraje ameno,
De Radamanto envía
E l fallo justiciero.

Saturno, que disfruta
E l más sublime asiento
En Olimpo, y de Rhea
E l conyugal afecto,
Por asesor lo tiene;
Y entrambos concedieron
Estancia en aquella isla
A Cadmo y a Peleo.

Allí condujo Tetis,
Ablandando con ruegos
E l corazón de Jove,
A Aquiles, cuyo acero
Derribó a la columna
Invicta de Ilión, Héctor,
Y a Cicno, y de la Aurora
Al vástago moreno.

Mil dardos voladores
E n el carcaj reservo
Pendiente de mis hombros,
Que disparar deseo;
Pero tan sólo el sabio
Puede entender mis versos,
E intérpretes sufridos
Requiere el vulgo necio.

Al cielo eleva al vate
Su natural talento;
Pero aquel a quien forma
Estudio sin ingenio,
Insoportable grazna
Como estúpido cuervo
Que al águila de Jove
Quiere seguir rastrero.

Al blanco ¡oh Musa mía!
Tiende el arco certero.
¿A quién nuestras benévolas
Flechas dirigiremos?
Oíd los que, apuntando
A la ínclita Agrigento,
Entusiasmado entono
Elogios verdaderos:

Desque, cien años hace,
Surgió de sus cimientos
La gran Ciudad (lo juro),
No produjo su seno
Amigo más constante,
Príncipe más benéfico,
Que Terón, de varones
Generoso modelo.

Su fama excita envidia;
E ingratos turbulentos
Pretenden con maldades
Oscurecer sus hechos.
¡E n vano! ¿Quién la arena
Contó del mar inmenso?
¿Ni quién narrar podría
Sus favores sin cuento?

miércoles, 5 de julio de 2017

Píndaro e Ignacio Montes de Oca: Primera oda olímpica

PRIMERA ODA OLÍMPICA

A GERÓN , REY DE SIRACUSA ,
VENCEDOR EN LAS CARRERAS DE CABALLOS.

Nada hay mejor que el agua: brilla el oro
Como luciente llama en noche oscura
Entre las joyas de real tesoro.

¿No ves ¡oh Musa! en la celeste altura
Que en medio al solitario firmamento
Ninguna estrella como el sol fulgura?

Si celebrar victorias es tu intento,
A la Olímpica lid lleva tu lira;
Que otra no habrá más digna de tu acento.

Ella a los vates el cantar inspira
Del Tonante en honor; con que resuena
La augusta casa do Gerón respira;

Rey que a Sicilia (de ganados llena)
Mientras la flor de las virtudes liba,
Con cetro bienhechor rige y ordena.

La música dulcísima cultiva,
Y, brillante cantor, el arpa hiere
Con que el poeta en el festín cautiva.—

Descuelga ya del clavo que la adhiere
A la pared, la cítara de Doria
¡Oh Musa! si cantar tu numen quiere

Del Alfeo y Ferénico la gloria.
¡Noble bridón! corrió sin acicate
Y a los brazos llevó de la victoria

A su dueño, de Pisa en el combate.
¡Ah! Con razón del Rey siracusano.
Sus corceles al ver, el pecho late.

Su fama admira el pueblo fuerte y sana
Que Pélope de Lidia condujera;
A quien amó Neptuno soberano,

Después que en la purísima caldera
Volvió á formar su cuerpo Cloto santa
Y el hombro de marfil le dio hechicera.

Mil maravillas hay; y al hombre encanta
Fábula que de bella se gloría,
Más que verdad cuya crudeza espanta.

Tal hermosura da la Poesía
Y tanta autoridad, que hace creíble
Lo que antes imposible parecía.

Mas la posteridad es infalible
Juez. Hable de los Númenes el sabio
Sin proferir jamás calumnia horrible.

¡Hijo insigne de Tántalo! el agravio
De repetir antiguas falsedades,
No te hará, no, mi reverente labio.

Cuando, correspondiendo a sus bondades
En Sípilo a banquete sin mancilla
Convidó tu buen padre a las Deidades,

El dios, cuyo tridente al ponto humilla,
Sobre sus yeguas de oro, enamorado,
Te trasportó de Olimpo a la alta silla,

Do el tierno Ganimedes fue llevado
Por el águila, el néctar delicioso
A propinar a Jove destinado.

Buscábante con rostro congojoso
Tu madre y sus amigos por doquiera;
Mas todo en vano. Entonces envidioso

Vecino, murmuró que en la caldera
Hecho pedazos mil, en agua hirviente
Tu cuerpo sumergió venganza fiera,

Y tus miembros, en mesa irreverente
Colocaron los Dioses, su apetito
E n ti cebando con horrible diente.

Yo blasfemias tamañas no repito.
¿Cómo acusar a un dios de intemperancia?
Es el murmurador siempre maldito.

Si algún mortal se vio desde la infancia
Colmado de riquezas y de honores,
Por los que habitan la celeste estancia,

Ese Tántalo fue; mas de favores
Gozar no supo su soberbia loca,
A sus débiles fuerzas superiores;

Y sobre su cabeza enorme roca
Suspende Jove: aterrador castigo
Que a una inquietud eterna lo provoca .

Y esta vida sin techo y sin abrigo,
De la sed y del hambre los tormentos,
Y de insomnio sin fin, lleva consigo.

El néctar y ambrosía tuvo alientos.
De robar a los Dioses inmortales,
Y dar como vulgares alimentos

En eterno festín, a sus iguales,
Los que inmortal lo hicieron. ¡Loca empresa!
¿Qué se oculta a los ojos celestiales?

Por crimen tal lo arrojan de su mesa
Sus divos padres; y sobre él de muerte
La sentencia común, de nuevo pesa.—

Su juvenil mejilla apenas vierte
La flor del primer bozo, cuando ansía
A gloriosa doncella unir su suerte;

Mas antes de pedir a Hipodamía
Al Príncipe de Pisa, a la ribera
Del mar, va solitario en noche umbría;

Y al que en el ponto bramador impera
Con el áureo Tridente, el joven llama;
Y el Numen de las aguas salta fuera.

«¡Neptuno (dice), si de Venus ama
Tu ardiente pecho los preciosos dones,
Hoy tus favores sobre mí derrama!

»Ya de Enomao, trece corazones
La lanza atravesó; de su hija el lecho
Negando a los espléndidos varones.

»Su férrea punta aparta de mi pecho;
Y a Elis volando en rápida cuadriga,
A la victoria llévame derecho.

«Aborrece el peligro y la fatiga
Imbele corazón; mas el valiente
Que de morir la certidumbre abriga,

»¿Cómo será posible que indolente,
Sin gloria y sin honor, vejez oscura
En paz inútil a aguardar se siente?

»De la victoria pende mi ventura,
Y emprenderé la lid: a mis afanes
El anhelado triunfo tú asegura. »

Dijo: y no fueron súplicas inanes.
Neptuno lo agració con carro de oro
Y alados incansables alazanes.

Ganó a Enomao el virginal tesoro,
Que seis héroes le dio, de las fulgentes
Virtudes, gratos al celeste coro.

Y hoy día, a funerales esplendentes
Cabe su altar y túmulo, a la orilla
Concurren del Alfeo extrañas gentes.

De Pélope la prez de lejos brilla
En la Olímpica lid, de ligereza
Y de atléticas fuerzas maravilla.

¡Dichoso aquel que ciñe su cabeza
Con el lauro del triunfo! De dulzura
Vida eterna, y de paz, para él empieza.

Place al mortal felicidad que dura
Más que otro galardón. Al caballero
Cuyo bridón cual vencedor figura,

Con eólicos himnos tejer quiero
Corona triunfal. De altos loores
Otro más digno señalar no espero.

¿Quién de los más esplendidos señores
Los corceles como él doma robusto,
O conoce del arte los primores?

Tu numen protector, ¡Gerón augusto!
Con tal afán sobre tu gloria vela,
Que ordena los sucesos a tu gusto.

Que presto entonaré, tu ardor revela,
Himno más dulce a tu veloz cuadriga,
Si no te deja su eficaz tutela.

De Cronio la región, que el sol abriga,
Palabras me dará: flecha volante
Me guarda en su carcaj la musa amiga.

Es de mil modos el mortal brillante:
La regia dignidad es la suprema;
No aspires a pasar más adelante.

Conserva hasta la muerte la diadema:
Cual la presente, espléndidas victorias
A mis cánticos den sublime tema,


Y admire Grecia por doquier mis glorias.