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jueves, 30 de julio de 2026

Léon Bloy: El Simbolismo de la Aparición 2

EL SIMBOLISMO DE LA APARICIÓN

II

Los tres grupos escultóricos de bronce que representan las tres posturas de la Santísima Virgen y de los dos pastorcitos en el lugar de la Aparición deben producir una extraña y profunda emoción en las almas naturalmente inclinadas a la contemplación. La Virgen, primero sentada y llorando en el fondo del barranco, luego de pie y hablando a los niños, acaba elevándose al Cielo unos pasos más allá, a la entrada de la meseta, con el rostro vuelto hacia Italia, en su inexpresable actitud de Omnipotencia suplicante1. El misterioso itinerario de la Aparición del segundo al tercer grupo viene determinado por una serie de catorce cruces y tiene exactamente la forma de una enorme serpiente cuya cola se sumergiría en el barranco y cuya cabeza, apoyada en el borde de la meseta, sería aplastada por el grupo triunfante de la Asunción.

Este es el primer rasgo y el más llamativo de este profundo simbolismo de La Salette, simbolismo tan vasto quizás como el de la propia Pasión, cuyo recuerdo quiso reavivar la Madre dolorosa resucitando nuestro fervor.

Pero esta Madre de Dios, de quien la Iglesia canta que fue concebida antes que las montañas y los abismos y antes de que brotaran las fuentes2, esa Ciudad mística llena de gente, sentada en la soledad y llorando sin consuelo3, esa Paloma gemebunda escondida en el hueco de la roca4 y que sólo va a desvelar Su Rostro a los ojos de esos dos inocentes para mostrarlo todo empapado de lágrimas, he aquí lo que toda la inspiración humana de la estatuaria seguramente nunca habría inventado ni descubierto. ¡La Reina de los Cielos llorando como una abandonada en ese recoveco de la roca y casi sin poder sostenerse por el dolor después de haber sido tan fuerte en la otra Montaña! ¡Qué concepción sobrenatural del papel de María! ¡Es para arrastrarse ante esa imagen y eso es, sin duda, lo que Francia debería haber hecho!

María en el Calvario permanece de pie durante la agonía de Dios. En La Salette, se sienta como Agar en la soledad para no ver morir a ese segundo hijo5 al que llama su pueblo y al que había dado a luz durante la inmolación del primero 6.

¡Qué prodigiosa diferencia! En el Calvario, el esplendor de María resplandece como un amanecer en la púrpura de la Sangre de Su Hijo. Parece que está allí para representar la Gloria de Dios cuando Dios mismo agoniza. Y esto mismo es del todo cierto si se considera que la Gloria Esencial es esa profundidad de las profundidades divinas, donde el hombre culpable aún puede encontrar un refugio cuando la mano del Juez terrible ya está sobre su cabeza y todos los rigores de la Justicia van a abrumarlo. En La Salette, María está sola, sin nuevo parto, sin otro esplendor que el resplandor milagroso de Sus Lágrimas y, como Raquel 7, sin querer ni poder ser consolada porque Sus Hijos están bajo la amenaza de dejar de existir.

En este siglo tan cobardemente sensual, hay una cosa que se asemeja casi a una violenta pasión. Es el odio al Dolor, un odio tan profundo que llega a realizar una especie de identidad con el ser mismo del hombre.

A esta vieja tierra que antaño se cubría de cruces por dondequiera que pasaban los hombres y que germinaba, como dice Isaías 8, el signo de nuestra Redención, la desgarramos y la devastamos para obligarla a dar la felicidad a la raza humana, a esa ingrata progenie del dolor que ya no quiere sufrir. Se pretende que la tierra, esa criatura maldita por Dios tras la caída de Adán, vuelva a ser un Paraíso de voluptuosidad, regado ya no por los cuatro ríos del Edén, sino por los dos torrentes de la concupiscencia moderna: el Pactolo y… el Rubicón. Para contribuir a ese ansiado riego, todas las fuerzas vivas, todas las facultades superiores del hombre son brutalmente requisadas y obligadas a inmolarse en los altares ardientes del nuevo Moloc, cuya espantosa máscara antigua se ha suavizado ligeramente y que ahora se llama el Progreso indefinido.

Ahora bien, he aquí algo espantoso. Los cristianos, esos Porfirogénetas, nacidos en la púrpura de la Sangre de su Dios y que deberían considerarse frutos de ese árbol de las inefables torturas al que fue atado el nuevo Adán, los cristianos, o al menos la mayoría, piensan que el dolor es un simple accidente de la vida terrenal, a veces útil para impresionar la imaginación de los incrédulos o de los malhechores, pero totalmente insoportable e inoportuno cuando recae sobre las buenas ovejas del rebaño. La palabra de San Pablo sobre aquellos que no han sufrido no incomoda a estos cristianos, ni tampoco los textos sapienciales sobre la prueba de los siervos de Dios. Les basta con creer desde lo alto de su fría serenidad. Estos cristianos deciden que el sufrimiento no es necesario. El sufrimiento total, absoluto, inimaginable que fue necesario para la Redención de la totalidad del Cuerpo de Jesucristo no es necesario, al parecer, por muy atenuado que se suponga, para la salvación de cada uno de Sus miembros. Lo que el mismo San Pablo llama claramente «La Sociedad de la Pasión de Jesús y la Configuración a su Muerte» 9 se interpreta, en general, en el sentido amable de una viva simpatía por unos sufrimientos sin duda muy conmovedores y muy generosos, pero que, al fin y al cabo, no eran absolutamente indispensables, ya que la Iglesia nos asegura que una sola gota de la Sangre de ese Pelícano habría bastado para salvar al mundo 10.

La Iglesia infalible dice esto. Pero ¿cómo hacer comprender algo a unas criaturas que creen poder medir una gota de la Sangre de Jesucristo?

«Sabed —dice la beata Ángela de Foligno 11— que el libro de la Vida no es otro que Jesucristo, Hijo de Dios, Verbo y Sabiduría del Padre, que se manifestó para instruirnos con Su Vida, Su Muerte y Su Palabra. ¿Cuál fue Su Vida? Es el modelo ofrecido a quien desea la salvación; pues Su vida fue una amarga penitencia. La penitencia fue Su compañera desde la hora en que, en el seno de la Virgen Purísima, el alma creada de Jesús entró en Su cuerpo, hasta la hora final en que esa alma salió de ese cuerpo por la muerte más cruel. La penitencia y Jesús no se separaron. »

«He aquí, pues, la compañía que el Dios altísimo, en Su sabiduría, concedió en este mundo a Su Hijo amado: en primer lugar, la pobreza perfecta, continua y absoluta; a continuación, el oprobio perfecto, continuo y absoluto; y, por último, el dolor perfecto, continuo y absoluto».

«Tal fue la compañía que Cristo eligió en la tierra, para mostrarnos lo que hay que amar, elegir y cargar hasta la muerte. Como hombre, por este camino subió al Cielo; tal es el camino del alma hacia Dios; y no hay otro camino recto. Es conveniente y bueno que el camino elegido por la cabeza sea el camino elegido por los miembros y que la sociedad elegida por la cabeza sea elegida por los miembros 12».

Ciertamente, si existe algo universalmente inflexible, es esta ley del sufrimiento que todo hombre lleva en sí mismo, yuxtapuesta a la propia conciencia de su ser, que preside el desarrollo de su libre personalidad y que gobierna tan despóticamente su corazón y su razón, que el mundo antiguo, aterrorizado, tomándola por un Dios ciego de entre sus dioses, la había adorado bajo el terrible nombre del Destino.

La simple verdad católica es que hay que sufrir absolutamente para ser salvado, y esta última palabra implica una necesidad tal que toda la lógica humana puesta al servicio de la metafísica más trascendente no podría proporcionar su idea. Habiendo comprometido el hombre su destino eterno por lo que se llama el Pecado, Dios quiere que entre en el orden de la Redención. Dios lo quiere infinitamente. Entonces se inicia una lucha terrible entre el corazón del hombre, que quiere huir mediante su libertad, y el corazón de Dios, que quiere hacerse dueño del corazón del hombre mediante Su poder. Se cree con bastante facilidad que Dios no necesita toda Su fuerza para dominar a los hombres. Esta creencia atestigua una ignorancia singular y profunda de lo que es el hombre y de lo que es Dios en relación con él. La libertad, ese don prodigioso, incomprensible, inefable, por el cual se nos concede vencer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, matar al Verbo encarnado, apuñalar siete veces a la Inmaculada Concepción, agitar con una sola palabra a todos los espíritus creados en los Cielos y en los infiernos, retener la Voluntad, la Justicia, la Misericordia, la Piedad de Dios en Sus Labios e impedir que desciendan sobre Su creación; esta libertad inefable no es más que esto: el respeto que Dios nos tiene. Intentemos imaginarnos esto un poco: ¡el respeto de Dios! Y este respeto es tal que nunca, desde la ley de la gracia, ha hablado a los hombres con autoridad absoluta, sino al contrario con la timidez, la dulzura y, diría incluso, la obsequiosidad de un solicitante indigente a quien ningún disgusto sería capaz de rechazar. Por un decreto muy misterioso y muy inconcebible de su voluntad eterna, Dios parece haberse condenado hasta el fin de los tiempos a no ejercer sobre el hombre ningún derecho inmediato de amo sobre siervo, ni de rey sobre súbdito. Si quiere tenernos, debe seducirnos, pues si Su Majestad no nos agrada, podemos rechazarla de nuestra presencia, hacerla abofetear, azotar y crucificar ante los aplausos de la chusma más vil. No se defenderá con Su poder, sino únicamente con Su paciencia y Su Belleza, y he aquí la terrible lucha de la que hablaba hace un momento.

Entre el hombre revestido involuntariamente de su libertad y Dios despojado voluntariamente de Su poder, el antagonismo es normal, el ataque y la resistencia se equilibran razonablemente, y esta lucha perpetua de la naturaleza humana contra Dios es la fuente del Dolor inagotable.

¡El Dolor! ¡He aquí, pues, la gran palabra! ¡He aquí la solución de toda vida humana en la tierra! ¡El trampolín de todas las superioridades, el tamiz de todos los méritos, el criterio infalible de todas las bellezas morales! No se quiere entender en absoluto que el dolor es necesario. Quienes dicen que el dolor es útil, no entienden nada. La utilidad supone siempre algo adjetivo y contingente, y el dolor es necesario. Es la columna vertebral, la esencia misma de la vida moral. El amor se reconoce por este signo y, cuando le falta este signo, el amor no es más que una prostitución de la fuerza o de la belleza. Digo que alguien me ama cuando ese alguien acepta sufrir por mí o a causa de mí. De lo contrario, ese alguien que pretende amarme no es más que un usurero sentimental que quiere instalar su vil negocio en mi corazón. Un alma orgullosa y generosa busca el dolor con vehemencia, con delirio. Cuando una espina la hiere, ella presiona esa espina para no perder nada del placer amoroso que esta puede darle al desgarrarla más profundamente. Nuestro Salvador Jesús, Él, sufrió tanto por nosotros que sin duda tuvo que llegar a un acuerdo entre Su Padre y Él, para que se nos permitiera, en lo sucesivo, hablar únicamente de Su Pasión y para que la simple mención de este hecho no fuera una blasfemia de tal enormidad que hiciera desmoronarse el mundo en polvo.

Y bien, ¿qué somos entonces, Dios mío? ¡Los MIEMBROS de Jesucristo! ¡Los miembros mismos! Nuestra inenarrable miseria consiste en tomar sin cesar por figuras o símbolos inanimados las enunciaciones más claras y vivas de la Escritura. Creemos, pero no sustancialmente. ¡Ah! ¡Las palabras del Espíritu Santo deberían entrar y derramarse en nuestras almas como plomo fundido en la boca de un parricida o de un blasfemo! ¡¡¡No comprendemos que somos los Miembros del Hombre de Dolor, del Hombre que es Alegría, Amor, Verdad, Belleza, Luz y Vida supremas sólo porque es el Amante eternamente desolado del Dolor supremo, el Peregrino del último suplicio, que acudió corriendo a soportarlo a través del infinito, desde el fondo de la eternidad y sobre cuya cabeza se han amontonado, en una unidad espantosamente trágica de tiempo, lugar y persona, todos los elementos de tortura acumulados en cada uno de los actos humanos realizados a lo largo de cada segundo, en toda la superficie de la tierra, durante sesenta siglos!!!

Los Santos vieron que la sola revelación de un solo minuto del sufrimiento del infierno sería capaz de fulminar al género humano, de disolver el diamante y de apagar el sol. Ahora bien, esto es lo que deduce la razón por sí sola; la razón más débil que pueda latir bajo la luz divina:

Todos los sufrimientos acumulados del infierno a lo largo de toda la eternidad, ante el dolor de un solo segundo de la Pasión, son como si no existieran, porque Jesús sufre en el Amor y los condenados sufren en el Odio; porque el dolor de los condenados es finito y el dolor de Jesús es infinito; porque, en fin, si fuera posible creer que algún exceso le faltó al dolor del Hijo de Dios, sería igualmente posible creer que algún exceso le faltó a Su Amor, lo cual es evidentemente absurdo y blasfemo, ya que Él es el Amor mismo.

Podemos partir de ahí para medir todas las cosas. Al declararnos Miembros de Jesucristo, el Espíritu Santo nos ha revestido de la dignidad de Redentores y, cuando nos negamos a sufrir, somos exactamente simoníacos y prevaricadores. Estamos hechos para eso y únicamente para eso. Cuando derramamos nuestra sangre, es sobre el Calvario donde fluye y de allí sobre toda la tierra. ¡Ay de nosotros, por tanto, si es una sangre envenenada! Cuando derramamos nuestras lágrimas, que son «la sangre de nuestras almas», es sobre el corazón de la Virgen donde caen y de allí sobre todos los corazones vivos. Nuestra condición de miembros de Jesucristo y de hijos de María nos ha hecho tan grandes que podemos ahogar al mundo en nuestras lágrimas. ¡Ay, pues, y tres veces ay de nosotros si son lágrimas envenenadas! Todo en nosotros es idéntico a Jesucristo, a quien estamos configurados natural y sobrenaturalmente. Por lo tanto, cuando rechazamos un sufrimiento, adulteramos, en la medida de nuestras posibilidades, nuestra propia esencia; introducimos en la misma Carne y hasta en el Alma de nuestro Jefe un elemento profanador que Él debe luego expulsar de Sí mismo y de todos Sus Miembros mediante un inconcebible redoblamiento de torturas.

¿Está todo esto bien claro? No lo sé. El fondo de mi pensamiento es que, en este mundo en decadencia, toda alegría brota del orden natural y todo dolor, del orden divino. A la espera de los juicios de Josafat, a la espera de que todo se consume, el exiliado del Paraíso solo puede aspirar a la única felicidad de sufrir por Dios.

La genealogía de las virtudes cristianas echó sus primeros brotes en el Sudor de Getsemaní y en la Sangre del Calvario. San Pablo nos grita que sólo debemos conocer a Jesús Crucificado y no queremos creerle. Olvidamos sin cesar que sólo tenemos un único modelo para concebirlo y explicarlo todo en la vida moral, y ese Modelo es el Dolor mismo, la esencia divinamente condensada de todo dolor imaginable e inimaginable, contenida en el Vaso humano más precioso que la Sabiduría Eterna haya podido concebir y formar jamás.

El punto de vista que debe abarcarlo todo y resumirlo todo al final en los tres órdenes de la naturaleza, la gracia y la gloria es de una simplicidad absoluta y casi monótona por su sublimidad: la Pureza misma es el Hombre de Dolor; la Paciencia misma es el Hombre de Dolor; la Belleza, la Fuerza infinitas, es el Hombre de Dolor; la Humildad, que es el más insondable de los abismos, y la Dulzura, más vasta que el Pacífico, es también Él; el Camino, la Verdad, la Vida, la Resurrección, es siempre Él; omnia in ipso constant 22. Desde lo alto de esta montaña, simbolizada, al parecer, por la montaña de la Tentación, se descubren todos los reinos, es decir, todas las virtudes morales, invisibles desde cualquier otro punto, y únicamente el Amor, el grande, el apasionado, el encantador Amor puede dar fuerzas para alcanzarlos.

Los santos han buscado la Sociedad de la Pasión de Jesús. Han creído en la Palabra del Maestro cuando dice que el que da su vida por sus amigos es el que posee el amor más grande 23. En todos los tiempos, las almas ardientes y magníficas han creído que, para hacer lo suficiente, había que hacer absolutamente de más, y que así era como se conquistaba el reino de los cielos. Pero la enseñanza muy profunda de los sufrimientos de Jesucristo marcada por el martillo y las tenazas de La Salette, es decir, por los instrumentos de la crucifixión y del Descendimiento de la Cruz, ese auténtico rudimento de la Locura Santa, aún no se había dado al mundo de manera tan ostensible. Para ello se necesitaba a la Madre, la Madre de las Siete Espadas, Aquella que representa la Gloria de Dios y en quien Dios habita, y ya sabemos cómo vino. Sentada sola sobre esa piedra misteriosamente preparada que recuerda a la otra Piedra sobre la que descansa la Iglesia, el Seno cargado con los instrumentos de tortura de Su Hijo y llorando como no se había llorado desde hacía dos mil años: «Desde que sufro por vosotros, que no le dais importancia», dice ella.

¡Imaginémonos a esta Madre Dolorosa permaneciendo sentada sobre esa piedra, sin dejar de sollozar en ese barranco y sin levantarse jamás hasta el fin del mundo! Así tendremos alguna idea de lo que subsiste eternamente bajo la Mirada de Aquel de quien Ella es Madre y para quien nada es pasado ni futuro. Intentemos luego medir la fuerza de ese clamor perpetuo de tal Madre a tal Hijo y, al mismo tiempo, la indignación absolutamente inefable de tal Hijo contra los autores de las lágrimas de tal Madre.

Mientras esperamos que todo se consume, todo lo que se pudiera decir o escribir sobre este tema es exactamente menos que nada.

LÉON BLOY

El Simbolismo de la Aparición

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán 

NOTAS

10. Omnipotentia supplex, san Bernardo.

11. Proverbios 7:24-25. Oficio de la Inmaculada Concepción.

12. Lamentaciones 1 y 2.

13. Cantar de los Cantares 2:14.

14. Génesis 21:16.

15. Génesis 4:25. – Juan 19:26.

16. Jeremías 31:15.

17. Isaís 31: 5.

18. Fil. III, 10. [Nota de Léon Bloy.]

19. Oficio del Santísimo Sacramento: Himno, «Adoro te…» [Nota de Léon Bloy.]

20. El Libro de las visiones e Instrucciones de la Beata Ángela de Foligno, por E. Hello. [Nota de Léon Bloy.]

21. Pudeat sub spinato capite membrum fieri delicatum, san Bernardo. [Nota de Léon Bloy.]

22. Col. 1:17: «todas las cosas subsisten en él».

23. Juan 15:13. [Nota de Léon Bloy.]

 

LE SIMBOLISME DE L’APPARITION

II

Les trois groupes en bronze qui représentent les trois poses de la Sainte-Vierge et des deux bergers sur les lieux de l’Apparition doivent produire sur les âmes naturellement tournées à la contemplation un bien étrange saisissement. La Vierge d’abord assise et pleurant dans le creux du ravin, puis debout et parlant aux enfants, finit par s’élever dans le Ciel à quelques pas plus loin, à l’entrée du plateau, le visage tourné vers l’Italie, dans son attitude inexprimable de Toute Puissance suppliante10. L’itinéraire mystérieux de l’Apparition du second au troisième groupe est déterminé par une série de quatorze croix et donne exactement la forme d’un énorme serpent dont la queue plongerait dans le ravin et dont la tête posée sur le rebord du plateau serait écrasée par le groupe triomphant de l’Assomption.

Cela est le premier trait et le plus saisissant de ce symbolisme profond de la Salette, symbolisme aussi vaste peut-être que le symbolisme de la Passion elle-même dont la Mère douloureuse voulut rallumer le souvenir en ressuscitant notre ferveur.

Mais cette Mère de Dieu dont l’Église chante qu’elle était conçue avant les montagnes et les abîmes et avant l’éruption des fontaines11, cette Cité mystique pleine de peuple, assise dans la solitude et pleurant sans consolation12, cette gémissante Colombe cachée dans le creux de la pierre13 et qui ne va dévoiler Sa Face aux yeux de ces deux innocents que pour la montrer toute ruisselante de pleurs, voilà ce que toute l’inspiration humaine de la statuaire n’aurait assurément jamais inventé ni découvert. La Reine des Cieux pleurant comme une abandonnée dans ce repli du rocher et ne pouvant presque plus se soutenir à force de douleur après avoir été si forte sur l’autre Montagne ! Quelle surnaturelle conception du rôle de Marie ! C’est à se traîner devant cette image et c’est là certes, ce que la France aurait dû faire !

Marie au Calvaire se tient debout pendant l’Agonie de Dieu. À la Salette, elle s’assied comme Agar dans la solitude pour ne pas voir mourir ce second enfant14 qu’elle appelle son peuple et qu’elle avait enfanté dans l’immolation du premier15.

Quelle prodigieuse différence ! Au Calvaire, la Splendeur de Marie éclate comme une aurore dans la pourpre du Sang de Son Fils. On dirait qu’elle est là pour représenter la Gloire de Dieu quand Dieu lui-même agonise. Et cela même est tout à fait certain si l’on considère que la Gloire Essentielle est cette profondeur des profondeurs divines, où l’homme coupable peut encore trouver un refuge quand la main du Juge terrible est déjà sur sa tête et que toutes les rigueurs de la Justice vont l’accabler. À la Salette, Marie est seule, sans enfantement nouveau, sans autre splendeur que l’éclat miraculeux de ses Larmes et, comme Rachel16, ne voulant ni ne pouvant être consolée parce que Ses Enfants sont menacés de n’être plus.

Dans ce siècle si lâchement sensuel, il y a une chose qui ressemble presque à une violente passion. C’est la haine de la Douleur, haine si profonde qu’elle arrive à réaliser une sorte d’identité à l’être même de l’homme.

Cette vieille terre qui se couvrait autrefois de croix partout où passaient des hommes et qui germinait comme dit Isaïe17, le signe de notre Rédemption, on la déchire et on la dévaste pour la contraindre à donner le bonheur à la race humaine, à cette ingrate progéniture de la douleur qui ne veut plus souffrir. On veut que la terre, cette créature maudite de Dieu à la chute d’Adam, redevienne un Paradis de volupté désormais arrosé, non plus des quatre fleuves de l’Éden, mais des deux torrents de la concupiscence moderne : le Pactole et… le Rubicon. Pour concourir à cette désirée irrigation, toutes les forces vives, toutes les facultés supérieures de l’homme sont brutalement frappées de réquisition et forcées de s’immoler elles-mêmes sur les autels brûlants du Moloch nouveau dont l’effroyable masque antique s’est légèrement adouci et qui s’appelle maintenant le Progrès indéfini.

Or, voici une chose effrayante. Les Chrétiens, ces Porphyrogénètes, nés dans la pourpre du Sang de leur Dieu et qui devraient se considérer comme des fruits de cet arbre des ineffables tortures où le nouvel Adam fut attaché, les Chrétiens ou du moins la plupart, pensent que la douleur est un simple accident de la vie terrestre, quelquefois utile pour frapper l’imagination des incrédules ou des malfaiteurs, mais tout à fait insupportable et inopportune quand elle vient à tomber sur les bonnes brebis du troupeau. Le mot de saint Paul sur ceux qui n’ont pas souffert n’embarrasse pas ces Chrétiens, pas plus que les textes sapientiaux sur la probation des serviteurs de Dieu. Il leur suffit de croire du haut de leur froideur équilibrée. Ces chrétiens décident que la souffrance n’est pas nécessaire. La souffrance totale, absolue, inimaginable qui a été nécessaire pour la Rédemption de la totalité du Corps de Jésus-Christ n’est pas nécessaire à ce qu’il paraît, quelque mitigée qu’on la suppose, pour le salut de chacun de ses membres. Ce que le même saint Paul appelle nettement La Société de la Passion de Jésus et la Configuration à sa Mort18 est assez généralement interprété dans le sens aimable d’une vive sympathie pour des souffrances assurément très attendrissantes et très généreuses, mais qui, après tout, n’étaient pas absolument indispensables, puisque l’Église nous assure qu’une seule goutte du Sang de ce Pélican aurait suffi pour sauver le monde19.

L’Église Infaillible dit cela. Mais comment faire comprendre quoi que ce soit à des créatures qui croient pouvoir mesurer une goutte de Sang de Jésus-Christ ?

« Sachez, dit la bienheureuse Angèle de Foligno20, que le livre de Vie, n’est autre que Jésus-Christ, Fils de Dieu, Verbe et Sagesse du Père, qui a paru pour nous instruire par sa Vie, sa Mort et sa Parole. Sa Vie, quelle fut-elle ? Elle est le type offert à qui veut le salut ; or sa vie fut une amère pénitence. La pénitence fut sa société depuis l’heure où dans le Sein de la Vierge Très Pure, l’Âme créée de Jésus entra dans son corps, jusqu’à l’heure dernière où cette âme sortit de ce corps par la mort la plus cruelle. La Pénitence et Jésus ne se quittèrent pas. »

« Or, voici la société que le Dieu très haut, dans sa sagesse, donna en ce monde à son Fils bien-aimé : d’abord la pauvreté parfaite, continuelle, absolue ; ensuite, l’opprobre parfait, continuel, absolu, enfin, la douleur parfaite, continuelle, absolue. »

« Telle fut la société que le Christ choisit sur la terre, pour nous montrer ce qu’il faut aimer, choisir et porter jusqu’à la mort. En tant qu’homme, c’est par cette route qu’il est monté au Ciel ; telle est la route de l’âme vers Dieu ; et il n’y a pas d’autre voie droite. Il est convenable et bon que la route choisie par la tête soit la route choisie par les membres et que la société élue par la tête soit élue par les membres21. »

Assurément, s’il existe quelque chose d’universellement inflexible, c’est cette loi de la souffrance que tout homme porte en soi, juxtaposée à la conscience même de son être, qui préside au développement de sa libre personnalité et qui gouverne si despotiquement son cœur et sa raison, que le monde antique épouvanté la prenant pour un aveugle Dieu de ses Dieux l’avait adoré sous le nom terrible du Destin.

La simple vérité catholique est qu’il faut absolument souffrir pour être sauvé et ce dernier mot implique une nécessité telle que toute la logique humaine mise au service de la métaphysique la plus transcendante ne saurait en fournir l’idée. L’honneur ayant compromis sa destinée éternelle par ce qu’on appelle le Péché, Dieu veut qu’il entre dans l’ordre de la Rédemption. Dieu le veut infiniment. Alors s’engage une lutte terrible entre le cœur de l’homme qui veut fuir par sa liberté et le cœur de Dieu qui veut se rendre maître du cœur de l’homme par sa puissance. On croit assez facilement que Dieu n’a pas besoin de toute sa force pour dompter les hommes. Cette croyance atteste une ignorance singulière et profonde de ce qu’est l’homme et de ce qu’est Dieu par rapport à lui. La liberté, ce don prodigieux, incompréhensible, inqualifiable par lequel il nous est donné de vaincre le Père, le Fils et le Saint-Esprit, de tuer le Verbe incarné, de poignarder sept fois l’Immaculée Conception, d’agiter d’un seul mot tous les esprits créés dans les Cieux et dans les enfers, de retenir la Volonté, la Justice, la Miséricorde, la Pitié de Dieu sur ses Lèvres et de les empêcher d’en descendre sur sa création ; cette ineffable liberté n’est rien que ceci : le respect que Dieu a pour nous. Qu’on essaie un peu de se représenter cela : le Respect de Dieu ! Et ce respect est à un tel point que jamais, depuis la loi de grâce, Il n’a parlé aux hommes avec une autorité absolue, mais au contraire avec la timidité, la douceur et je dirai même, l’obséquiosité d’un solliciteur indigent qu’aucun dégoût ne serait capable de rebuter. Par un décret très mystérieux et très inconcevable de sa volonté éternelle, Dieu semble s’être condamné jusqu’à la fin des temps à n’exercer sur l’homme aucun droit immédiat de maître à serviteur, ni de roi à sujet. S’il veut nous avoir, il faut qu’il nous séduise, car si sa Majesté ne nous plaît pas, nous pouvons la rejeter de notre présence, la faire souffleter, fouetter et crucifier aux applaudissements de la plus vile canaille. Il ne se défendra pas par sa puissance mais seulement par sa patience et par sa Beauté et c’est ici le combat terrible dont je parlais tout à l’heure.

Entre l’homme revêtu involontairement de sa liberté et Dieu volontairement dépouillé de sa puissance, l’antagonisme est normal, l’attaque et la résistance s’équilibrent raisonnablement et ce perpétuel combat de la nature humaine contre Dieu est la fontaine jaillissante de l’inépuisable Douleur.

La Douleur ! Voilà donc le grand mot ! Voilà la solution de toute vie humaine sur la terre ! Le tremplin de toutes les supériorités, le crible de tous les mérites, le critérium infaillible de toutes les beautés morales ! On ne veut absolument pas comprendre que la douleur est nécessaire. Ceux qui disent que la douleur est utile, n’y comprennent rien. L’utilité suppose toujours quelque chose d’adjectif et de contingent et la douleur est nécessaire. Elle est l’axe vertébral, l’essence même de la vie morale. L’amour se reconnaît à ce signe et quand ce signe lui manque, l’amour n’est qu’une prostitution de la force ou de la beauté. Je dis que quelqu’un m’aime lorsque ce quelqu’un accepte de souffrir par moi ou pour moi. Autrement ce quelqu’un qui prétend m’aimer n’est qu’un usurier sentimental qui veut installer son vil négoce dans mon cœur. Une âme fière et généreuse recherche la douleur avec emportement, avec délire. Lorsqu’une épine la blesse, elle appuie sur cette épine pour ne rien perdre de la volupté d’amour qu’elle peut lui donner en la déchirant plus profondément. Notre Sauveur Jésus, Lui, a tellement souffert pour nous qu’il a fallu très certainement qu’il se fît un accommodement entre Son Père et Lui, pour qu’il nous fût permis, dans la suite, de parler seulement de Sa Passion et pour que la simple mention de ce fait ne fût pas un blasphème d’une énormité à faire tomber le monde en poussière.

Eh ! bien, nous sommes quoi ! Seigneur Dieu ! Les MEMBRES de Jésus-Christ ! Les membres mêmes ! Notre misère inénarrable est de prendre sans cesse pour des figures ou des symboles inanimés les énonciations les plus claires et les plus vivantes de l’Écriture. Nous croyons mais non pas substantiellement. Ah ! les paroles de l’Esprit Saint devraient entrer et se couler dans nos âmes comme du plomb fondu dans la gueule d’un parricide ou d’un blasphémateur ! Nous ne comprenons pas que nous sommes les Membres de l’Homme de Douleur, de l’Homme qui n’est Joie, Amour, Vérité, Beauté, Lumière et Vie suprêmes que parce qu’il est l’Amant éternellement éperdu de la suprême Douleur, le Pèlerin du dernier supplice, accouru pour l’endurer à travers l’infini, du fond de l’éternité et sur la tête de qui se sont amoncelés en une unité effroyablement tragique de temps, de lieu et de personne, tous les éléments de torture amassés dans chacun des actes humains accomplis dans la durée de chaque seconde, sur toute la surface de la terre, pendant soixante siècles !!!

Les Saints ont vu que la seule révélation d’une seule minute de la souffrance de l’enfer serait capable de foudroyer le genre humain, de dissoudre le diamant et d’éteindre le soleil. Or, voici ce que déduit la raison toute seule ; la plus débile raison qui puisse palpiter sous la lumière divine :

Toutes les souffrances accumulées de l’enfer pendant toute l’éternité sont en présence de la douleur d’une seule seconde de la Passion comme si elles n’étaient pas, parce que Jésus souffre dans l’Amour et que les damnés souffrent dans la Haine ; parce que la douleur des damnés est finie et que la douleur de Jésus est infinie ; parce qu’enfin, s’il était possible de croire que quelque excès a manqué à la douleur du Fils de Dieu, il serait également possible de croire que quelque excès a manqué à Son Amour ce qui est évidemment absurde et blasphématoire puisqu’il est l’Amour lui-même.

Nous pouvons partir de là pour mesurer toutes choses. En nous déclarant Membres de Jésus-Christ, l’Esprit Saint nous a revêtus de la dignité de Rédempteurs et lorsque nous refusons de souffrir, nous sommes exactement des simoniaques et des prévaricateurs. Nous sommes faits pour cela et pour cela seul. Lorsque nous versons notre sang, c’est sur le Calvaire qu’il coule et de là sur toute la terre. Malheur à nous par conséquent, si c’est un sang empoisonné ! Lorsque nous versons nos larmes qui sont « le sang de nos âmes », c’est sur le cœur de la Vierge qu’elles tombent et de là sur tous les cœurs vivants. Notre qualité de Membres de Jésus-Christ et de fils de Marie, nous a faits si grands que nous pouvons noyer le monde dans nos larmes. Malheur donc et trois fois malheur sur nous si ce sont des larmes empoisonnées ! Tout en nous est identique à Jésus-Christ à qui nous sommes naturellement et surnaturellement configurés. Lors donc que nous refusons une souffrance, nous adultérons autant qu’il est en nous, notre propre essence, nous faisons entrer dans la Chair même et jusque dans l’Âme de notre Chef, un élément profanateur qu’il lui faut ensuite expulser de Lui-même et de tous ses Membres par un redoublement inconcevable de tortures.

Tout cela est-il bien clair ? Je n’en sais rien. Le fond de ma pensée est que dans ce monde en chute, toute joie éclate dans l’ordre naturel et toute douleur dans l’ordre divin. En attendant les assises de Josaphat, en attendant que tout se consomme, l’exilé du Paradis ne peut prétendre qu’au seul bonheur de souffrir pour Dieu.

La généalogie des vertus chrétiennes a poussé ses premières tiges dans la Sueur de Gethsémani et dans le Sang du Calvaire. Saint Paul nous crie que nous ne devons connaître que Jésus Crucifié et nous ne voulons pas le croire. Nous oublions sans cesse que nous n’avons qu’un seul type pour tout concevoir et pour tout expliquer dans la vie morale, et ce Type, c’est la Douleur même, l’essence divinement condensée de toute douleur imaginable et inimaginable, contenue dans le Vase humain le plus précieux que la Sagesse Éternelle ait jamais pu concevoir et former.

Le point de vue qui doit tout embrasser et tout résumer à la fin dans les trois ordres de nature, de grâce et de gloire est d’une simplicité absolue et presque monotone à force de sublimité : la Pureté même c’est l’Homme de Douleur ; la Patience même, c’est l’Homme de Douleur ; la Beauté, la Force infinies, c’est l’Homme de Douleur ; l’Humilité qui est le plus insondable des abîmes et la Douceur, plus vaste que le Pacifique, c’est encore Lui ; la Voie, la Vérité, la Vie, la Résurrection, c’est toujours Lui ; omnia in ipso constant22. Du haut de cette montagne symbolisée à ce qu’il semble, par la montagne de la Tentation, on découvre tous les empires, c’est-à-dire toutes les vertus morales, invisibles de tout autre point et l’Amour seul, le grand, le passionné, le ravissant Amour peut donner des forces pour y parvenir.

Les Saints ont recherché la Société de la Passion de Jésus. Ils ont cru la Parole du Maître quand il dit que celui-là possède le plus grand amour qui donne sa vie pour ses amis 23. Dans tous les temps, les âmes ardentes et magnifiques ont cru que pour en faire assez, il fallait absolument en faire trop et que c’était ainsi que l’on ravissait le royaume des cieux. Mais le très profond enseignement des souffrances de Jésus-Christ marqué par le marteau et les tenailles de la Salette, c’est-à-dire par les instruments du crucifiement et de la Descente de Croix, ce rudiment authentique de la Folie Sainte n’avait pas encore été donné au monde aussi ostensiblement. Il fallait pour cela la Mère, la Mère aux Sept Glaives, Celle qui représente la Gloire de Dieu et en qui Dieu habite et on sait comment elle est venue. Seule assise sur cette pierre mystérieusement préparée qui fait penser à l’autre Pierre sur qui repose l’Église, le Sein chargé des instruments de torture de Son Enfant et pleurant comme on n’avait pas pleuré depuis deux mille ans : « Depuis que je souffre pour vous qui n’en faites pas de cas » dit-elle.

Qu’on se représente cette Mère Douloureuse restant assise sur cette pierre, continuant de sangloter dans ce ravin et ne se levant jamais jusqu’à la fin du monde ! On aura ainsi quelque idée de ce qui subsiste éternellement sous l’Œil de Celui dont Elle est la Mère et pour lui nulle chose n’est passée ni future. Qu’on essaie ensuite de mesurer la puissance de cette perpétuelle clameur d’une telle Mère à un tel Fils et en même temps l’indignation absolument ineffable d’un tel Fils contre les auteurs des larmes d’une telle Mère !

En attendant que tout se consomme, tout ce qu’on pourrait dire ou écrire sur ce sujet est exactement au-dessous du rien.

NOTES DE L’AUTEUR

10. Omnipotentia supplex, saint Bernard.

11. Prov. VII, 24 et 25. Office de l’Immaculée-Conception.

12. Thren. 1 et 2.

13. Cant. II, 14.

14. Gen. XXI, 16.

15. Gen. IV, 25. – Joan. XIX, 26.

16. Jér. XXXI, 15.

17. Is. XXXI, 5.

18. Philip. III, 10.

19. Office du Saint Sacrement : Hymne, Adoro te… » [Note de Léon Bloy.]

20. Le Livre des visions et Instructions de la Bienheureuse Angèle de Foligno par E. Hello.

21. Pudeat sub spinato capite membrum fieri delicatum, saint Bernard.

22. Col. I, 17 : « toutes choses subsistent en lui. »

23. Joan. XV, 13.


viernes, 10 de octubre de 2025

Roberto Calasso y Léon Bloy: La Amazona de la Muerte

“LA AMAZONA DE LA MUERTE” DE LÉON BLOY

 

“Si María Antonieta nos conmueve tan profundamente y domina las almas con un poder de conmoción tan soberano, es precisamente porque no es una santa”, escribe Bloy en el umbral de este su «primer ensayo literario”, que prefigura su obra entera; “y por eso sus formidables tormentos de reina, de esposa y de madre no pueden, con propiedad, ser considerados como un martirio”. ¿Qué cosa fueron, entonces? Despojada de toda su ropa en la línea de frontera con Francia, a la que llega a la edad de catorce años como prometida del rey, y enseguida cargada con el invisible peso de la Etiqueta, hostigada y escarnecida a cada paso, en su amable ligereza, como “la Austríaca”, la reina parece condensar en sí la venganza de la Historia que, en el momento en que pretende emanciparse de la teología del sacrificio exige una nueva víctima sacrificial y escoge, para la necesaria expiación, a la más escandalosamente injusta. Todo el siglo XVIII, “época maravillosamente superficial en la que parece que todos habían nacido con el don de no entender nada acerca de las cosas superiores”, se alía en su contra hasta reducirla a la viuda de Capeto, pintada con rencor por David sobre la carreta que va al patíbulo, poco antes de convertirse en “la reina guillotinada jurídicamente por la Canalla”. A las sombras de la Historia responde la vehemente elocuencia de Bloy, proyectándolas sobre una escena ulterior, metahistórica, donde la aparición de María Antonieta “vestida como una criminal” frente al “bestial” Fouquier-Tinville se impone como la “demostración de una ley misteriosa”.

ROBERTO CALASSO, 1996
Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán



«LA CAVALIERA DELLA MORTE» DI LÉON BLOY

«Se Maria Antonietta ci tocca così profondamente e signoreggia le anime con un potere di commozione tanto sovrano, è solo perché non è una santa» scrive Bloy sulla soglia di questa sua «prima prova letteraria» che ne prefigura l’intera opera, «e perciò i suoi formidabili tormenti di regina, di sposa e di madre non possono propriamente essere chiamati un martirio». Ma che cosa furono, allora? Spogliata di ogni veste sulla linea di confine con la Francia, allorché vi giunge quattordicenne come fidanzata del re, e subito gravata dell’invisibile fardello dell’Etichetta, osteggiata e dileggiata a ogni passo, nella sua amabile sventatezza, come «l’Austriaca», la regina sembra addensare su di sé la vendetta della Storia che, nel momento in cui pretende di emanciparsi dalla teologia del sacrificio, esige una nuova vittima sacrificale e sceglie, in quanto necessaria all’espiazione, la più scandalosamente ingiusta. Tutto il secolo diciottesimo, «epoca meravigliosamente superficiale in cui sembra che tutti nascessero con il dono di non capire nulla delle cose superiori», si coalizza contro di lei sino a ridurla a vedova Capeto, disegnata con astio da David sulla carretta che va al patibolo, poco prima che diventasse «la regina ghigliottinata giuridicamente dalla Canaglia». Alle ombre della Storia risponde la veemente eloquenza di Bloy, proiettandole su una scena ulteriore, metastorica, dove l’apparizione di Maria Antonietta «in veste di criminale» davanti al «bruto» Fouquier-Tinville si impone come «dimostrazione di una qualche legge misteriosa».




lunes, 15 de septiembre de 2025

Léon Bloy: El entusiasmo en el arte. Sonata romántica a modo de prefacio

 

EL ENTUSIASMO EN EL ARTE

SONATA ROMÁNTICA A MODO DE PREFACIO

Madame de Staël tendría hoy casi ciento diez años si hubiera sido inmortal, y no dudo de que, al igual que Calipso, se sentiría desconsolada por ese horrible destino. No que se fuera a acordar del Ulises de sus jóvenes años, ya irremediablemente hecho pedazos, ¡ay!, pero ¡con qué amargura profunda, con qué invencibles repugnancias los Telémacos de la literatura moderna abrumarían su chocheante caducidad!

Madame de Staël habló del entusiasmo con la elocuencia desenfrenada de las setenta y siete pasiones ardientes que llevaba consigo. Habló del entusiasmo como las santas hablaban del amor divino que las consumía. Salamandra de sus propios sentimientos, mostró el sorprendente ejemplo de la más violenta existencia de mujer en el centro mismo de una explosión de esplendores morales que purifican su recuerdo y nos la hacen parecer, hoy, casi inocente.

De todas las mujeres fue la más alejada de la perversidad, su corazón fue siempre más grande que su vida, más grande que su genio y que sus errores, más grande que todo, y ese corazón ardía con una llama inextinguible que apuntaba al cielo por encima de todas las cabezas de todas las serpientes enroscadas en torno de los árboles de su Edén. El entusiasmo fluía y refluía sin cesar en esa alma con ruidos inmensos, clamores de muchedumbre, toques de rebato, cánticos, rugidos subterráneos y hosanas en los espacios luminosos del cielo; el entusiasmo del orgullo y el entusiasmo de la humildad; el entusiasmo por María Antonieta la Guillotinada; el entusiasmo por Benjamin Constant, ese Trissotin del jacobinismo moderado; el entusiasmo contra Napoleón, ese Dios mortal de los Despreciativos invencibles; el entusiasmo por Rousseau, esa bestia de melancolía y de paternidad; el entusiasmo por Necker, ese claro de luna de la cara obscena de Gibbon o de Beccaria; el entusiasmo por Roma o por Inglaterra; por Alemania o por Rusia, por la Revolución o por las monarquías, por los hombres y por las cosas, por las ideas y por las sensaciones; ¡el entusiasmo por lo que fuera, incomprensible, irreprimible, eterno!... Esa es toda esa vida, absurda en cuanto al pensamiento, casi sublime en cuanto al corazón. Como tengo que hablar del entusiasmo, he nombrado en primer lugar a esta mujer. Ningún otro nombre de este siglo podría, en tal caso, preceder a este en mi pensamiento. Madame de Staël fue la gran apasionada, la gran Sibila del entusiasmo, y es por eso había que mencionarla al principio de un prefacio escrito únicamente con el objetivo de constatar con desesperación la ausencia radical, esencial, de entusiasmo en este tiempo.

Después de ella, en efecto, casi no veo entusiasmo en el mundo. Esta admirable mujer colgó su manto, como san Goar, de un rayo de sol y, cuando el sol se puso, el manto volvió a caer al suelo. Ninguna otra mujer ha recogido esa vieja moda y los hombres fabricaron con ella una alfombrita. Incluso Genio no se agachó por tan poco. Se pudo ver a algunos poetas, sin embargo, e incluso muy grandes. Pero no se han visto entusiastas, sino de modo intermitente e irregular.

El entusiasmo es un Dios en el corazón, y cuando el corazón está lleno de él, irresistiblemente es arrastrado a lo alto de la vida y a lo alto del mundo, infinitamente por encima de todo lo que ama, todo lo que ve y todo lo que juzga, hasta el empíreo de su propio sueño interiormente realizado. Es el movimiento sublime por el cual los sentimientos envueltos y adormecidos en el alma humana estallan de repente en la vida moral y resuenan en todos los actos externos de la vida física. Es una lámpara ardiente colocada fisiológica y psicológicamente debajo del pensamiento, como debajo de un jarrón lleno de un líquido helado, y que lo calienta, lo purifica, lo colorea y lo sutiliza sin llegar nunca a consumirlo. El entusiasmo, en fin, es una rabia de vida superior y una divina insatisfacción ante las condiciones inflexibles de la vida normal. Amar no es nada, incluso el más chato de los burgueses es capaz de ello, pero amar con entusiasmo, sólo un héroe puede hacerlo, ¡y sigue siendo lo más hermoso que se puede encontrar en esta esfera rugosa donde, desde hace seis mil años, pasta la raza humana!

El alma entusiasta es un alma liberada que puede permitirse hablar sola y sobre la que los prejuicios, las objeciones y los reproches del pensamiento carecen de fuerza alguna tanto tiempo como  dura la vibración sobrenatural. Es un estado de embriaguez, pero una embriaguez divina, que no altera ni deshonra la razón, sino que se la lleva como un águila se lleva al hijo de un rey en la tempestad, en el trueno, a esos espacios ilimitados que extienden hasta nuestro planeta la mirada de Dios.

¿Qué es, después de todo, la literatura? ¿La literatura sola, sin entusiasmo? Es el más vil de los servilismos y la más deshonrosa de las invenciones que embrutecen. Es la acrobacia del pensamiento sin la excusa de tener que ganarse el pan, porque uno se muere de hambre en todos los niveles, si no se añade el muy lucrativo negocio del chanchullo político o del escándalo irreligioso y pornográfico, y ya se sabe que la literatura moderna apenas se ocupa de otra cosa. Atea, hija de ateos, madre de ateos, tres veces sacrílega, setenta y siete veces marquesa de la lujuria y la impiedad, esa literatura se ha convertido en algo así como el vómito de los siglos en el estercolero definitivo del pensamiento y del lenguaje. Pido perdón por estas horrendas expresiones, pero si mentamos las obras recientes del señor Zola, por ejemplo, jefe reconocido y aclamado de toda la nueva escuela, ¿quién se atreverá a encontrarlas injustas o exageradas?

Un escritor católico del más brillante ingenio, Barbey d'Aurevilly, decía que Hércules ya no podía limpiar los establos de Augías después de que ese novelista hubiera pasado por ellos. Esa literatura surgió como una infecta supuración del absceso horrible que el siglo XVIII confundió con la gordura y que acabó reventando durante la Revolución. Doy fe de que aún no lo ha dado todo, aunque haya envenenado la tierra. El señor Zola encontrará a alguien más bajo que él que lo devorará. Desgraciadamente, no hay cataplasma para semejante mal y no veo la manera de resignarse a tan perfectos envilecimientos.

No, mil veces no, yo no me resigno, yo no acepto este abominable silencio del corazón en asuntos en los que, para algunos hombres, toda la vida moral está en juego. Cuando pienso que se ha vuelto casi imposible encontrar en los libros más modernos, casi todos escritos por jóvenes, no digo el entusiasmo, sino el más imperceptible movimiento de generosidad, me parece que sólo queda romper la pluma de rabia, mandar la literatura y a los literatos a todos los diablos, y refugiarse, como en tiempo de los bárbaros, en alguna soledad infinita donde el mundo entero pueda ser olvidado.

Pero nuestros padres, nuestros padres burgueses de 1830, ¡valían mil veces más que nosotros! Había algo por lo que se apasionaban. Creían en el general Foy y en Béranger; berreaban en el templo de la Libertad; se atropellaban por Victor Hugo; adoraban la Columna de Julio y exigían con aullidos frenéticos la abolición de la miseria. Era algo inefablemente estúpido, era idiota, incluso criminal, pero al fin y al cabo seguía habiendo alma y alma humana; había movimiento y había vida. Y aún se podía pasar por jóvenes, coronarse con las rosas de la esperanza y profetizar esplendores.

Muy bien, la sociedad que no tiene promesas puede ahora perecer del todo, puesto que tan cobardemente consiente en ello y que el alma tan completamente la abandonó. Sólo pido que se me permita maldecirla por ello y renegar de ella como, desde hace mucho tiempo, renegó de mi Dios y como quiso que yo renegara de Él. Exijo, en nombre del sentido común más rudimentario que se me permita encontrar absurda, contradictoria, escandalosamente imbécil, la más adorada pretensión de todos mis queridos amigos, los jóvenes. Quieren crear arte y belleza literaria y, sin embargo, seguir siendo modernos de pensamiento y de moral, es decir, permanecer fuera de todas las condiciones intelectuales y psicológicas sin las cuales ninguna belleza en la invención es humana, experimentalmente posible. Quieren estar sin Dios y no sufrir. Tan simple es su estupidez.

Pero ¿no saben ustedes, siniestros idiotas, que sueltan una banalidad tal que haría encogerse de hombros, esos hombros cargados de iniquidades, a los más mediocres y más aberrantes sofistas que jamás hayan levantado sus cabezas de reptil contra Dios? ¿No hubo nunca nadie para enseñarles que un hombre que formula así su credo está irrevocablemente condenado a no poder abandonarlo jamás, a no poder añadirle ni un solo artículo, y que, literariamente, estéticamente, esa formulación, que ni siquiera tiene el honor de ser un entimema presentable, es, al fin y al cabo, la pantufla universitaria y filosófica más gastada, más reparada y con más cambio de suela que jamás haya sido arrastrada por la corriente del libre pensamiento por el innoble pie de algún sabiondo demente?

¿Está la razón tan deplorablemente contaminada en ustedes, la facultad elemental de soldar dos pobres ideas, ha desaparecido tan lamentablemente de sus cerebros, que ya ni siquiera les es posible ver que tienen la cabeza exactamente alineada con el martillo de la locura que va a aplastarlos sobre el inmóvil yunque del consentimiento universal del género humano? Hablan de disfrutar y ni siquiera tienen el triste genio de gozar con la intensa profundidad de los voluptuosos del paganismo, de quienes sólo han mamado las viejas frases sin conservar el diabolismo esencial, por la razón de que no combinaba con la educación más o menos cristiana que les habían dado. Ahora bien, esa razón los deshonra porque pone en evidencia la mentira de su ateísmo y la charlatanería perversa de su infantilismo eterno.

Donoso Cortés se lo decía a más temibles caballeros: “Por mucho que ustedes se esfuercen, nunca conseguirán ser otra cosa que malos católicos”. En cuanto a la literatura, o más bien al Arte, ya verán si es algo fácil cuando no se ha sufrido y no se quiere sufrir. No se puede cambiar la naturaleza de las cosas y no se puede decretar que los poetas felices sean sublimes. El Dolor es la esencia misma de la belleza en la poesía, y la poesía es una porfirogéneta nacida en la púrpura de la sangre del corazón de los poetas. Que esa sangre caiga de sus ojos llorosos o salga de sus costados desgarrados, que surja de los pozos más ocultos y más misteriosos de sus almas o brote de las heridas abiertas de sus cuerpos mortales, es siempre el mismo rocío fecundador del avaro genio que los inspira y alimenta su inmortalidad.

El Dolor es algo tan grande, tan sustancialmente santo y sublime, que la imaginación humana no ha inventado jamás nada que se le iguale para domar la libertad de los corazones. “La raza humana”, dijo el más grande de los oradores modernos, “se habría indignado con Roma si hubiera permitido que César muriera como los demás hombres; la gloria de César es tan grande que merecía la corona de una gran desgracia. Morir tranquilamente en la cama, investido del poder soberano, es algo que apenas se le permite a un Cromwell. Napoleón tenía que morir de otra manera, tenía que morir derrotado en Waterloo; era preciso que, proscrito por Europa, fuera depositado en la tumba hecha para él por la mano de Dios desde el principio de los tiempos; era preciso que entre el mundo y él hubiera un foso ancho y profundo, un foso en el que pudiera caber el Océano”.

Hay en el hombre una afinidad misteriosa, una preferencia soberbia que hace de él el contemporáneo eterno de la Belleza divina y le da el privilegio inaudito de tiranizar las almas por medio de la admiración, mucho tiempo después de que haya dejado de existir en la tierra. Esta afinidad se llama Dolor, y es tan profunda, tan verdadera, tan fuertemente marcada y grabada en la conciencia de su ser, que es para su imaginación e incluso para su pensamiento una especie de polo donde convergen todos los meridianos de la vida moral y el eje mismo de su libertad.

Los cristianos explican esto, y de hecho lo explican todo de este modo. El Varón de Dolores, prefigurado por el Hombre de Deseo, está en la cumbre de su Fe, y toda verdad, toda virtud, toda belleza, toda grandeza conducen a él y se cumplen en él. Todo, por consiguiente, debe conformarse a él, y la incomparable magnificencia del Cristianismo consiste precisamente en haber edificado la vida humana sobre este Arquetipo sangriento. Los tumultos escondidos del corazón, las contradicciones del pensamiento, las angustias más terribles, todo lo que se arrastra con espanto por los caminos de la vida, todo esto se resuelve con el derramamiento de la sangre de UNO SOLO a quien el entusiasmo de su amor devoró hasta la muerte.

En todo dolor terreno hay, como en el infierno, la pena de daño y la pena de sentido. El sacrificio único de la Cruz ha venido a librarnos de la primera, la más terrible de las dos, la que ahoga la esperanza. Cualquier dolor que sufra un cristiano queda así liberado de ese Indefinido aterrador, de ese insondable repliegue del sufrimiento que tan espantoso debió hacerlo en el pasado y que aún lo hace tan espantoso a los ojos de los incrédulos que, para no verlo, se precipitan a la muerte. La doctrina católica encierra toda la posibilidad del dolor humano dentro de los límites infranqueables de un Dolor divino, absoluta y sintéticamente perfecto. Y puesto que ese Dolor es el resultado de un movimiento infinito de piedad combinado con el movimiento contrario de una prodigiosa prevaricación —puesto que se trataba de procurar el remedio sin destruir la libertad del hombre—, resulta evidente que sólo podía producirse sin falta acompañado del entusiasmo perpetuo de un amor sin límites. Es lo que el lenguaje católico llama enérgicamente la Locura de la Cruz.

Si, como se ha dicho con elocuencia, “la corona de laurel es un signo de dolor”, también puede decirse que la corona de dolor es un signo de realeza mucho más propio de la verdadera grandeza que cualquier otra diadema que se recoja de la tierra. El hombre siempre será el esclavo apasionado del dolor. Siempre hará de él su belleza, su fuerza y su gloria. Se encomendará a él siempre que necesite producir un átomo de su libertad, igual que los prisioneros se encomiendan a sus cadenas para derribar las puertas de su prisión. El dolor es un diamante de Golconda, sobreabundante hasta la más extravagante sobreabundancia. Pavimentamos con él nuestras ciudades y carreteras, e incluso nuestros solitarios caminos en las campiñas más remota. Construimos con él nuestras casas y nuestros palacios. La columna de la plaza Vendôme es un monolito de ese inestimable mineral humano. Es una cosa tan preciosa que es imposible prescindir de ella, y tan vulgar que hace falta genio para darse cuenta de lo que vale. Cuando aparece un gran hombre, pregunten primero dónde está su dolor. A veces no se lo ve a primera vista, cuando se eleva en lo alto del cielo, pero es el ave de rapiña más atenta y veloz, y es sobre ella que se posan las sandalias de Júpiter.

El Viernes Santo, en la puerta occidental de Jerusalén, se le demostró al mundo que el Amor por sí mismo no basta, a menos que sea insensato, delirante, frenético, moribundo y crucificado. El Cristianismo enseña que fue un Dios que hizo eso, y Entusiasmo es precisamente la palabra que significa: un Dios en el corazón. Primogénito del Dolor, el Amor intenso exige pues el Entusiasmo y el Entusiasmo, a su vez, exige la Belleza suprema. Cualquiera que sea el objeto adorado, glorioso o incluso infame, cuando es verdaderamente adorado, el mundo entero no podría hacer nada, porque el entusiasmo es incompresible y el dolor es su alimento. Es el más perfecto florecimiento del alma y la absoluta condición de toda magnificencia y todo esplendor. En Poesía y en Arte, un hombre sin entusiasmo, es decir, sin Dios y que no sabe sufrir, no tiene nada que hacer y ni siquiera tiene derecho a existir. Un escritor que no le dice nada a nuestras almas es el más vil de los esclavos y el más idignante de los histriones. Profana el lenguaje humano —¡el lenguaje que Dios habló!— y es culpable del misterioso crimen que el Evangelio de los cristianos declara irremisible.

En lo que me concierne, como es sabido, no espero nada fuera del catolicismo más resueltamente desinteresado de toda gloria humana. Hay que retornar a él o morir. Pienso que la humanidad está acabada, gastada, podrida, moribunda. Sé que Dios puede devolverle la fuerza y la vida por un milagro. Pero es obvio que todo está perdido, pasado por las llamas y cocinado, sobre todo en Francia, donde el abuso de todos los dones se ha llevado a un exceso increíble, y se puede afirmar sin caer en la temeridad que el orden esencial no será resucitado por los naturalistas y los parnasianos. Únicamente, yo querría, antes de morir, que me fuese concedido contemplar todavía a un entusiasta, a un fanático, a un adorador de algo...

 

Traducción, para Literatura &Traducciones de Miguel Ángel Frontán

 

L’ENTHOUSIASME EN ART

Sonate romantique pour servir de préface

Madame de Staël aurait aujourd’hui à peu près cent dix ans si elle avait été immortelle et je ne doute pas que, comme Calypso, elle ne se trouvât inconsolable de cette horrible destinée. Non pas qu’elle se souvînt de l’Ulysse de ses jeunes ans, désormais irrémédiablement démantibulé, hélas ! mais, de quelle amertume profonde, de quels invincibles dégoûts les Télémaques de la littérature moderne n’abreuveraient-ils pas sa radotante caducité ?

Madame de Staël a parlé de l’enthousiasme avec l’éloquence éperdue des soixante-dix-sept passions brûlantes qu’elle portait en elle. Elle en a parlé comme les saintes parlaient de l’amour divin qui les consumait. Salamandre de ses propres sentiments, elle a offert l’étonnant exemple de la plus violente existence de femme dans le centre même d’une flambée de splendeurs morales qui purifient sa mémoire et nous la font paraître, aujourd’hui, presque innocente.

De toutes les femmes, la plus éloignée de la perversité, son cœur fut toujours plus grand que sa vie, plus grand que son génie et que ses erreurs, plus grand que tout, et ce cœur brûlait d’une flamme inextinguible qui dardait le ciel par-dessus toutes les têtes de tous les serpents entortillés autour des arbres de son Éden. L’enthousiasme fluant et refluant sans cesse dans cette âme avec des bruits immenses, des clameurs de multitude, des tocsins, des cantiques, des grondements souterrains ou des hosannahs dans les espaces lumineux du ciel ; l’enthousiasme de l’orgueil et l’enthousiasme de l’humilité ; l’enthousiasme pour Marie-Antoinette la Guillotinée ; l’enthousiasme pour Benjamin Constant, ce Trissotin du jacobinisme tempéré ; l’enthousiasme contre Napoléon, ce Dieu mortel des Méprisants invincibles ; l’enthousiasme pour Rousseau, ce cuistre de mélancolie et de paternité ; l’enthousiasme pour Necker, ce clair de lune de la face obscène de Gibbon ou de Beccaria; l’enthousiasme pour Rome ou pour l’Angleterre, pour l’Allemagne ou pour la Russie, pour la Révolution ou pour les monarchies, pour les hommes et pour les choses, pour les idées et pour les sensations ; l’enthousiasme à propos de tout, incompressible, inétouffable, éternel !… Voilà toute cette vie, absurde pour la pensée, presque sublime pour le cœur. Ayant à parler de l’enthousiasme, j’ai d’abord nommé cette femme. Aucun autre nom de ce siècle, ne pouvait, en pareil cas, précéder celui-là dans ma pensée. Madame de Staël fut la grande passionnée, la grande Sybille de l’enthousiasme, et c’est pour cela qu’il fallait la mentionner au début d’une préface écrite uniquement en vue de constater avec désespoir l’absence radicale, essentielle, de l’enthousiasme en ce temps-ci.

Après elle, en effet, je n’en vois guère dans le monde. Cette admirable femme avait accroché son manteau, comme saint Goar, à un rayon de soleil, et, le soleil couché, le manteau est retombé par terre. Aucune autre femme n’a ramassé cette vieille mode et les hommes en ont fait un tapis de pied. Le Génie même ne s’est pas baissé pour si peu. Il s’est vu des poètes, cependant, et même de très grands. Mais il ne s’est pas vu d’enthousiastes, sinon par intermittences et par saccades.

L’enthousiasme est un Dieu dans le cœur, et quand le cœur en est rempli, il est irrésistiblement porté en haut de la vie et en haut du monde, infiniment au-dessus de tout ce qu’il aime, de tout ce qu’il voit et de tout ce qu’il juge, dans l’empyrée de son propre rêve intérieurement réalisé. C’est le mouvement sublime par lequel les sentiments enveloppés et sommeillant dans l’âme humaine éclatent soudainement dans la vie morale et retentissent dans tous les actes extérieurs de la vie physique. C’est une lampe ardente placée physiologiquement et psychologiquement au-dessous de la pensée, comme au-dessous d’un vase plein d’un liquide glacé et qui l’échauffe, le purifie, le colore et le subtilise sans jamais parvenir à le consumer. L’enthousiasme, enfin, est une rage de vie supérieure et un divin mécontentement des conditions inflexibles de la vie normale. Aimer n’est rien, le plus plat bourgeois en est capable, mais aimer avec enthousiasme, un héros seul le peut faire et c’est encore ce qu’on a pu trouver de plus beau sur cette sphère raboteuse où, depuis six mille ans, pâture le genre humain !

Lorsque, s’échappant d’une âme toujours impuissante à le contenir, l’enthousiasme se répand dans une œuvre littéraire quelconque, il n’existe pas plus de littérature où il passe qu’il ne reste de spéculation, de sophisme, de logique, de grammaire humaine dans l’esprit de la Pythonisse quand le Dieu est venu et qu’il brûle en elle sur le trépied oraculaire. C’est un cri, c’est un sanglot, c’est un râle, c’est toute une poussée de clameurs farouches dont le désordre même atteste la puissance et qui révèlent, par la profondeur de l’abîme d’où elles jaillissent, la formidable présence de l’Esprit surnaturel qui les inspire.

L’âme enthousiaste est une âme affranchie qui peut se permettre de parler seule et sur laquelle les préjugés, les objections et les objurgations de la pensée demeurent sans aucune force aussi longtemps que dure la vibration surnaturelle. C’est un état d’ivresse, mais d’ivresse divine, qui n’altère ni ne déshonore la raison, mais qui l’emporte comme un aigle emporte un enfant de roi dans la tempête, dans le tonnerre, dans ces espaces illimitées qui prolongent jusqu’à notre planète le regard de Dieu.

Qu’est-ce donc après tout que la littérature ? la littérature seule, sans enthousiasme ? C’est la plus vile des courtisaneries et la plus déshonorée des inventions qui abrutissent. C’est l’acrobatie de la pensée sans l’excuse du gagne-pain, car on y crève de misère à tous les niveaux, si l’on n’y ajoute pas le très lucratif négoce du maquignonnage politique ou du scandale irréligieux et pornographique, et l’on sait que la littérature moderne fait à peine autre chose. Athée, fille d’athées, mère d’athées, trois fois sacrilège, soixante-dix-sept fois marquise de la luxure et de l’impiété, cette littérature est devenue quelque chose comme le vomissement des siècles sur le fumier définitif de la pensée et du langage. Je demande pardon pour ces affreuses expressions, mais si l’on veut bien se souvenir des récents travaux de M. Zola, par exemple, le chef reconnu et acclamé de toute la nouvelle école, qui donc osera les trouver injustes ou exagérées ?

Un écrivain catholique de l’esprit le plus éclatant, M. Barbey d’Aurevilly, disait qu’Hercule ne pourrait plus nettoyer les étables d’Augias après que ce romancier y aurait passé. Cette littérature est sortie comme une infecte suppuration de l’abcès horrible que le dix-huitième siècle prenait pour de l’embonpoint et qui a fini par crever à la Révolution. Il n’a pas encore tout donné, j’en réponds, quoiqu’il ait empoisonné la terre. M. Zola trouvera plus bas que lui qui le dévorera. Malheureusement, il n’y a pas d’emplâtre pour un tel mal et je ne vois pas le moyen de se résigner à d’aussi parfaits avilissements.

Non, mille fois non, je ne me résigne pas, je n’accepte pas cet abominable silence du cœur dans des questions où, pour de certains hommes, la vie morale tout entière se trouve engagée ! Quand je pense qu’il est devenu à peu près impossible de rencontrer dans les livres les plus modernes, écrits presque tous par des jeunes gens, je ne dis pas de l’enthousiasme, mais le plus imperceptible mouvement de générosité, il me semble qu’il ne reste plus qu’à briser sa plume avec rage, qu’à renvoyer la littérature et les littérateurs à tous les diables et qu’à se réfugier, comme au temps des Barbares, dans quelque solitude infinie où le monde entier pût être oublié.

Mais nos pères, nos pères bourgeois de 1830, valaient mille fois mieux que nous ! Ils se passionnaient pour quelque chose. Ils croyaient au général Foy et à Béranger ; ils braillaient dans le temple de la Liberté ; ils se bousculaient pour M. Victor Hugo ; ils adoraient la colonne de Juillet et demandaient avec des hurlements frénétiques l’abolition de la misère. C’était ineffablement bête, c’était idiot, criminel même, mais enfin, c’était encore de l’âme et de l’âme humaine ; c’était du mouvement et de la vie. Et l’on pouvait encore passer pour jeunes, se couronner des roses de l’espérance et prophétiser des splendeurs.

C’est bien, la société qui n’a pas de promesses peut maintenant périr tout à fait puisque si lâchement elle y consent et que l’âme l’a si complètement désertée. Je demande seulement qu’il me soit permis de la maudire pour cela et de la renier comme elle a, depuis longtemps, renié mon Dieu et comme elle a voulu que je le reniasse. Je réclame, au nom du bon sens le plus rudimentaire, qu’il me soit accordé de trouver absurde, contradictoire, scandaleusement imbécile, la plus adorée prétention de tous mes chers amis les jeunes gens. Ils veulent faire de l’art et de la beauté littéraire et cependant demeurer modernes par la pensée et par les mœurs, c’est-à-dire en dehors de toutes les conditions intellectuelles et psychologiques sans lesquelles nulle beauté dans l’invention n’est humainement, expérimentalement possible. Ils veulent être sans Dieu et ne pas souffrir. C’est une aussi simple bêtise que cela.

Mais, sinistres idiots que vous êtes ! ne savez-vous donc pas que vous rabâchez une platitude à faire hausser les épaules chargées d’iniquités des plus médiocres et des plus aberrants sophistes qui aient jamais dressé leurs têtes de reptiles contre Dieu ? Ne s’est-il donc jamais rencontré personne pour vous apprendre qu’un homme qui formule ainsi son symbole est irrémissiblement condamné à n’en pouvoir jamais sortir, à n’y pouvoir jamais ajouter un seul article et que, littérairement, esthétiquement, cette donnée qui n’a pas même l’honneur d’être un enthymème sortable, est, en somme, la savate universitaire et philosophique la plus éculée, la plus retapée et la plus ressemelée qui ait jamais été traînée dans le ruisseau de la libre pensée par l’ignoble pied d’un cuistre en démence ?

La raison chez vous est-elle si déplorablement contaminée, l’élémentaire faculté de souder ensemble deux pauvres idées a-t-elle si lamentablement disparu de vos cervelles qu’il ne vous soit même plus possible d’apercevoir que votre tête est exactement dans l’axe du marteau de la folie qui va vous aplatir sur l’immobile enclume de l’assentiment universel du genre humain ? Vous parlez de jouir et vous n’avez pas même le triste génie de jouir avec l’intense profondeur des voluptueux du paganisme, dont vous n’avez sucé que les vieilles phrases sans en retenir le diabolisme essentiel, par cette raison qu’il ne se combinait pas avec l’éducation plus ou moins chrétienne qu’on vous avait donnée. Or, cette raison vous déshonore puisqu’elle rend évidents le mensonge de votre athéisme et le charlatanisme pervers de votre enfantillage éternel !

Donoso Cortès le disait à de plus redoutables bonshommes : « Vous aurez beau faire, vous ne parviendrez jamais qu’à être de mauvais catholiques. » Quant à la littérature ou plutôt à l’Art, vous verrez si c’est une chose facile quand on n’a pas souffert et qu’on ne veut pas souffrir. On ne change pas la nature des choses et on ne décrète pas que les poètes heureux seront sublimes. La Douleur est l’essence même du beau en poésie et la Poésie est une porphyrogénète née dans la pourpre du sang du cœur des poètes. Que ce sang tombe de leurs yeux en pleurs ou qu’il coule de leurs flancs déchirés, qu’il s’élance des puits les plus cachés et les plus mystérieux de leurs âmes ou qu’il jaillisse des blessures ouvertes de leurs corps mortels, c’est toujours la même rosée fécondante de l’avare génie qui les inspire et qui nourrit leur immortalité.

La Douleur est une chose si grande, si substantiellement sainte et sublime que l’imagination humaine n’a jamais rien inventé qui lui fût égal, pour dompter la liberté des cœurs. « Le genre humain, disait le plus grand des orateurs modernes, se serait indigné contre Rome, si elle avait permis à César de mourir comme les autres hommes ; la gloire de César est si grande qu’elle méritait la couronne d’une grande infortune. Mourir tranquillement dans son lit, revêtu de la puissance souveraine est chose à peine permise à un Cromwell. Napoléon devait mourir autrement, il devait mourir vaincu à Waterloo ; il fallait que, proscrit par l’Europe, il fût mis dans le tombeau fait pour lui de la main de Dieu depuis le commencement des temps ; il fallait entre le monde et lui un fossé large et profond, un fossé où pût tenir l’Océan. »

Il y a dans l’homme une affinité mystérieuse, une préférence superbe qui fait de lui le contemporain éternel de la Beauté divine et qui lui donne le privilège inouï de tyranniser les âmes par l’admiration longtemps encore après qu’il a cessé d’exister sur la terre. Cette affinité s’appelle la Douleur et elle est si profonde, si vraie, si fortement marquée et engravée dans la conscience de son être qu’elle est pour son imagination et même pour sa pensée comme une sorte de pôle où viennent aboutir tous les méridiens de la vie morale et l’axe même de sa liberté.

Les chrétiens expliquent cela et même ils expliquent tout par cela. L’Homme de douleurs, préfiguré par l’Homme de désir, est au sommet de leur Foi et toute vérité, toute vertu, toute beauté, toute grandeur aboutissent à lui et s’accomplissent en lui. Tout, par conséquent, doit s’y conformer et l’incomparable magnificence du christianisme est justement d’avoir édifié la vie humaine sur ce Type sanglant. Les tumultes cachés du cœur, les contradictions de la pensée, les angoisses les plus terribles, tout ce qui traîne d’épouvante dans les chemins de la vie, tout cela est résolu par l’effusion du sang d’UN SEUL que l’enthousiasme de son amour a dévoré jusqu’à la mort.

Dans toute douleur terrestre, il y a, comme en enfer, la peine du dam et la peine du sens. Le sacrifice unique de la Croix est venu nous délivrer de la première, de la plus terrible des deux, celle qui noie l’espérance. Toute douleur soufferte par un chrétien est dès lors affranchie de cet Indéfini terrifiant, de cet insondable repli de la souffrance qui devait la rendre auparavant si épouvantable et qui la rend telle encore aux yeux des incroyants que, pour ne pas la voir, ils se précipitent à la mort. La doctrine catholique enferme toute la possibilité de la douleur humaine dans les limites infranchissables d’une Douleur divine, absolument et synthétiquement parfaite. Et comme cette Douleur est le résultat d’un mouvement infini de pitié combiné avec le mouvement contraire d’une prodigieuse prévarication – puisqu’il s’agissait d’y remédier sans détruire la liberté de l’homme – il devient évident qu’elle ne pouvait se produire sans défaillance qu’accompagnée de l’enthousiasme perpétuel d’un amour sans bornes. C’est là ce que le langage catholique appelle énergiquement la Folie de la Croix.

Si, comme on l’a dit avec éloquence, « la couronne de laurier est un signe de douleur, » on peut dire aussi que la couronne de douleur est un signe de royauté qui convient beaucoup mieux à la vraie grandeur que tout autre diadème qui se ramasse dans la terre. L’homme sera toujours l’esclave passionné de la douleur. Il en fera toujours sa beauté, sa force et sa gloire. Il se recommandera d’elle, toujours, quand il lui faudra produire un atome de sa liberté, comme les prisonniers se recommandent de leurs chaînes pour enfoncer les portes de leur prison. La douleur est un diamant de Golconde surabondant jusqu’à la plus extravagante profusion. Nous en pavons nos cités et nos routes et jusqu’à nos solitaires chemins vicinaux dans les campagnes les plus reculées. Nous en bâtissons nos maisons et nos palais. La colonne de la place Vendôme est un monolithe de cet inestimable minéral humain. C’est une chose tellement précieuse qu’il est impossible de s’en passer et tellement vulgaire qu’il faut avoir du génie pour s’apercevoir de ce qu’elle vaut. Lorsqu’un grand homme apparaît, demandez d’abord où est sa douleur. Quelquefois, on ne la voit pas du premier coup, quand elle plane très haut dans le ciel, mais c’est l’oiseau de proie le plus attentif et le plus rapide et c’est sur lui que portent les sandales de Jupiter.

Le Vendredi Saint, à la porte occidentale de Jérusalem, il fut démontré au monde que l’Amour lui-même ne suffit pas, s’il n’est insensé, délirant, éperdu, agonisant et crucifié. Le christianisme enseigne que c’était un Dieu qui faisait cela et l’Enthousiasme est justement le mot qui veut dire : un Dieu dans le cœur. Premier né de la Douleur, l’Amour intense appelle donc l’Enthousiasme et l’Enthousiasme, à son tour, appelle la Beauté suprême. Quel que puisse être l’objet adoré, glorieux ou même infâme, quand il est vraiment adoré, le monde entier n’y pourrait rien faire, parce que l’enthousiasme est incompressible et que la douleur est son aliment. C’est le plus parfait épanouissement de l’âme et l’absolue condition de toute magnificence et de toute splendeur. Dans la Poésie et dans l’Art, un homme sans enthousiasme, c’est-à-dire sans Dieu et ne sachant pas souffrir, n’a rien à faire et n’a pas même le droit d’exister. Un écrivain qui ne dit rien à nos âmes est le plus vil des esclaves et le plus révoltant des histrions. Il profane le langage humain – le langage que Dieu a parlé ! – et se rend coupable du crime mystérieux que l’Évangile des chrétiens déclare irrémissible.

Pour moi, on le sait, je n’espère rien en dehors du catholicisme le plus résolument désintéressé de toute gloire humaine. Il faut y revenir ou mourir. Je pense que l’humanité est finie, usée, pourrie, expirante. Je sais que Dieu peut lui redonner la force et la vie par un miracle. Mais, naturellement, tout est bien perdu, flambé et fricassé, surtout en France, où l’abus de tous les dons a été porté à un excès incroyable, et l’on peut affirmer sans témérité que l’ordre essentiel ne sera pas ressuscité par les Naturalistes et les Parnassiens. Seulement, je voudrais, avant de mourir, qu’il me fût accordé de contempler encore un enthousiaste, un fanatique, un adorateur de quelque chose…

(Propos à un entrepreneur en démolissions)