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martes, 2 de enero de 2018

Francisco Luis Bernárdez: Espectro de Macedonio Fernández

ESPECTRO DE MACEDONIO FERNÁNDEZ

El Buenos Aires de Macedonio Fernández está perdido más allá del nombre que me pusieron en la pila de la Merced, y es mucho más poderoso que los años de mi memoria. Pero ese furtivo raudal de formas y voces antepasadas, esa corriente de música y geometría que corroe muros, acentos y caras familiares al penúltimo Buenos Aires asoma de vez en vez a la imaginación, para mostrarle (con algún eco de rostros y alguna vislumbre de cosas) el genio y la figura de aquel mundo extraviado. La lectura de revistas amarillas (amarillas de tanto progresar) y la contemplación de fotografías emparentadas conmigo facilitan el hallazgo, siempre que la ciudad y mi cuerpo convengan en la quietud y se determinen a confundir sus respectivas edades. Esto suele suceder en mi casa, cuando el trabajo de mis hojas y la travesura del pensamiento quieren descansar en una ley argentina. Para recobrar, entonces, el acento de mi país y para corresponderme con su corazón, entorno despacito la pluma, dejo volar el papel, acudo al álbum de retratos y lo recorro sin despertar a nadie. Página por página, fisonomía por fisonomía, nombre por nombre, desando todo el camino que mi gente vivió desde 1880. Voy entre vidas útiles a la tierra; veo criaturas hábiles en el uso del mundo; repaso varones que sabían traducir el sudor en un pan inocente; cruzo personas ejercidas por el ocio, la inteligencia y el amor; oigo cabezas armónicas, eludo seres en desorden, aprovecho el mejor tiempo de todos y, cuando llego al número que más arriba escribí, cierro el álbum, atizo los ojos y descubro la proa que me trajo apellido español. Allí nace mi patria y allí mismo, para verla crecer, un buque suspende su canto.
Como sé que no puedo trasponer ese límite sin renunciar a mi pronunciación argentina (ya que mi sangre vuelve a ser historia de España más allá de mil ochocientos ochenta), procuro desentenderme de clarines y banderas anteriores a la venida de mi padre y averiguar el aire de mi nación en sólo medio siglo de fotografías. Así, de tumbo en tumbo (de tumba en tumba) por entre tanta gente marchita, me acerco al municipio de Macedonio Fernández y reconozco a su exclusivo contribuyente. Macedonio Fernández, a la sazón, es un chiquilín de seis años. Está solo. Desde su ventana se ve la ciudad. La ciudad es horrible. Pero el muchacho no se intimida. Fiel a su propia belleza, resuelve luchar hasta el fin. Empuja los postigos, atranca las puertas, y como la realidad ha quedado fuera de su vista, la considera vencida para siempre. (Si yo no puedo atestiguarla —presume—, la realidad no existe). Después amontona su fuerza, pone cerco a los libros y aguarda. Los capítulos, uno por uno, comienzan a capitular. Y cuando el último renglón es prisionero suyo, Macedonio comprende que su ventana ya no soporta la carga del mundo. Por un resquicio de la madera descubre la vivísima realidad. Y se desilusiona. Para justificar este súbito revés imagina que todo es un sueño. ¿Cuánto duró? No lo sabe. ¿Duran, acaso, los sueños? El tamaño de la biblioteca lo confunde. Tanto y tanto han descendido los anaqueles en el curso de la batalla que ya muchos están al alcance de la mano juvenil. El tiempo logró contraer una estantería, sin duda, pero ¿pudo alterar, entre tanto, la talla y el contorno de su persona? (Si no puede obrar sobre mí —concluye—, tampoco existe el tiempo). Decidido a verificar estas imágenes, el héroe cierra los libros, abre las puertas y afronta la ciudad.
En el vocerío que sube de las calles y baja de los balcones hay una promesa de muchedumbre feliz. El adolescente, casi acompañado ya, recuerda el silencio de su cárcel de papel y, al compararlo con esta música, desconfía de su gloria de lector y se pregunta si será tan fácil exponer el espíritu al fuego directo de los hombres y de la naturaleza toda como fácil ha sido sobreponerlo a los azares, alternativas y rigores de la lectura. ¡Qué lejos están ahora los libros! El primer amago de la vida natural ha desvanecido el escaso valor que tenían. Es menester olvidar cuanto antes este fracaso y apercibirse de nuevo para la defensa, pues en cualquier momento debe de sobrevenir, a juzgar por el creciente clamor, otra materia más hostil y más ardua que la de los libros aquellos. Humilde como nunca, Macedonio registra la ciudad en procura de los hombres y de su contraste. Los hombres, los hombres. ¿A qué temer su lección? Es mejor empezar a corregir el sueño propio, para que, cuando los hombres irrumpan, sea mucho menos difícil el despertar. Aquí mismo y ahora. ¡Pronto! Los hombres están cerca. Los hombres, los hombres, los hombres. ¿Y? Macedonio recorre la ciudad entera, la repasa, la revisa, la vuelve a recorrer; examina barrio por barrio, calle tras calle, techo a techo; va y viene de llamador en llamador, de zaguán en zaguán, de cancel en cancel; escudriña parques, andenes, esquinas, habitaciones y cúpulas; anda, desanda, sube, baja, despacio, de prisa, por acá, por aquí, por allá, por todas partes, otra vez, otra más, otra, mil... ¿Y? Los hombres no se manifiestan. Es inútil insistir, amigo lector. Un tumulto de carne, sí; muchas esperanzas; un presagio de semillas ocultas aún; alguna voz; otra señal; este son; aquél; algo; la sombra de una remota luz; una ráfaga de figuras; un presentimiento de sentimientos; una frescura todavía sin árboles; un perfume con su flor a lo lejos; y carne, sí, carne de carne casi viva; pero ninguna palabra, ninguna forma, ningún hombre. Nadie. La representación es perfecta, sin embargo. Fiel en el timbre, cabal en el dibujo, puntual en el movimiento. Parece la vida. Pero los hombres están ausentes. Un tranvía circula; ceden un poco los andamios; el alboroto redobla; las herramientas andan a una; los almacenes abren sus escaparates; hasta versos hay en alguna ventana; pero tan vacíos están los establecimientos, el tranvía, los útiles de trabajo, los obradores, el rumor y la poesía como los demás enseres del estar y del ser. El adolescente desiste ahora de su timidez y recae (por culpa de la ciudad) en aquella incertidumbre de antaño. La realidad, el tiempo, los hombres. Este desierto le da toda la razón. (El hombre —dice— también es un sueño.) Después incurre para siempre en sus antiguas imágenes.

Revista Sur, enero de 1939, año IX.

viernes, 3 de marzo de 2017

Macedonio Fernández: Biografía de mi retrato


Biografía de mi retrato en «Papeles de Recienvenido»
Pose N.º 3

  Cuando miré aquel retrato largamente y fui convencido de que aquella cara tan decidida, perfilada y alegrona era la mía, tuve el acierto de hacer publicar en los diarios una circular previniendo que yo no era el que se había sacado la lotería en la jugada de esa semana, porque comprendí sensatamente que mi retrato de «Papeles de Recienvenido» —y ese retrato es lo único que se ha leído— era la cara del hombre de la lotería recién sacada. Con todo, tuve que mudarme de domicilio —lo que con menos motivo ejecuto más o menos mensualmente— y se insistió ante mí para donaciones filantrópicas, etcétera.
  Después de ese exitoso retrato he trabajado quince años en parecérmele, que tal es la dificultad; creo que esta tarea logra menos resultado feliz que la del fotógrafo en hacer buena una cara fielmente fotografiada. Y en lugar de servirme para algo la experiencia, resulta que cada año me sorprende más torpe en el parecido.
  Lo añadible aquí, siguiendo el eco del título de este libro y para que no se me acostumbre el lector a leer corto, sería que:
  Así como tan lozana imagen de una fisonomía otra me constriñó al plan de mostrarme lo menos posible en persona para que siguiera vigente y aprovechado al sumo el retrato, así debí luego recluirme del todo para que no se me conociera el carácter luego de unas páginas del Poeta Máximo que es a mi juicio Ramón Gómez de la Serna favoreciéndome con un elogio grandísimo de mi carácter e inteligencia.
  A aquella fotografía y esta biografía se debe mi constante estar a domicilio. (Pues el haber dejado las llaves en el otro pantalón es para cuando uno se queda afuera de la casa[*]). Y las fotografías fieles a otra cara no hacen infiel a sí misma a la nuestra.
Adiós, lector, no te acompaño a la puerta porque ¿quién va a salir a la calle para desmentir retratos y biografías propios?


* Noto que aquí el lector clama por un descanso. La Nada lo ahoga.


domingo, 1 de mayo de 2016

Macedonio Fernández: Imaginario brindis a Alejandro Sirio


 
IMAGINARIO BRINDIS A ALEJANDRO SIRIO


Aunque lo pronuncio con S -ya que no he nacido ceceoso a la española y como algunos campesinos de Buenos Aires- lo admiro a Alejandro Cirio, pues vi desde temprano que era una de las personas con quien la comparación de favorecimientos personales me era más venta­josa: era más bajito que yo, menos existente, más grueso, no entendía como yo de música, en metafísica no había para qué esperarlo en ninguna esquina y además no había conseguido lo que yo sí, lo que pocos tenorios seductores han conseguido: que ninguna mujer se meta con uno.

Estas superioridades duran, pues no creo que vuelva de París más alto, más delgado, más exento de ser, más músico, más metafísico, más ininterrumpido por mujeres que yo.

Por eso no he faltado a este desayuno y concurriré al banquete que se anuncia, el banquete de comer que me dicen va a estrenarse por fin. Además, tengo afán de presentar en dicho banquete los dos menús que he combinado y que faltaban: el de la comidita de prudencia que nos dan previamente en casa si esa noche hemos de asistir a un banquete y el de la comilona para dos con que debe reconfortarse a ambos contenedores de un duelo a muerte, que después de una emoción tan grande necesitan restaurarse más que nunca: el anormal apetito de los sobrevivientes es muy conocido y ha sido celebrado y detallado en todas las novelas de aventuras, tan novelescas.

Brindo corto con brindis de desayuno y reservo el de comer para su largo ocurrir anunciado, y me declaro su igual en Dibujo, pues si bien él es pleno dueño en el exquisito arte yo soy por entero dueño de mí mismo ante la más suprema obra del genio plástico: con telas y dibujos no entiendo ni siento y también en este renglón se mantiene la comparación con él, ya aludida, y continúa mi admiración personal de él.

He dicho.





Sirio agradeció y observó: "que era profundamente certero y admira­tivo este brindis en que M. F. me alaba por serle yo inferior en todo y hace un esfuerzo meritorio por pronunciar bien, y lo logró, el apellido mío que conoce mal. Agradezco a este banquete la oportunidad que me hace sabedor de contar con tan cálido y prolijo amigo".





Si hubo burla en esta incisiva contestación a mi brindis tan cordial, yo todavía lo ignoro. Y no deteniéndome a hacer el "quisquilloso", aludo al querido Alejandro Sirio[1], el insuperable señor del Dibujo que compone sus estampas con las líneas mismas de la divina Lluvia.





(Supe del banquete al artista tan estimado hallándome lejos y quise brindar con él en tan justo homenaje. No pudo ser; y hoy por fin cumplo en expresarle no un juicio sin competencia sino la simpatía que me inspiró, como a tantos su hidalgo trato.)

MACEDONIO FERNÁNDEZ - Papeles de Recienvenido. 




[1] Seudónimo del dibujante español Nicanor Alvarez Díez (1980-1953), radicado en Buenos Aires.
http://delamirandola.com/presentacion


domingo, 19 de julio de 2015

Macedonio Fernández: Autobiografía de encargo. Pose nº 2.




Autobiografía de encargo

Pose n° 2


Soy argentino, desde hace mucho tiempo: padres, abuelos, bisabuelos; antes España por todos lados. Creo que desciendo de uno de los mayores o más grandes —qué feo y obligatorio modo de calificación— pintores españoles, del cual heredé y he acrecentado una incapacidad completa para el dibujo, vista poderosa, pupilas de un inútil color azul, pues veo el mundo bajo los mismos colores que lo ven los de ojos negros y el agua es incolora para mí como para ellos, de modo que el que se tomó el trabajo de pintarme las pupilas —debe haber sido Dios— no previó, por esta vez, que yo sería torpe para utilizar adornos; o quizá estoy mirando por debajo de las pupilas como quien se levanta los anteojos a la frente; si esto me sucede sin saberlo no es extraño, pues recién a los cuarenta años he sabido que duermo del lado derecho. ¿De qué lado duerme usted, lector? Usted me contestará:

—Antes dormía de espaldas, pero ahora...

—¿Cómo "ahora"? ¿Ya se duerme usted en mi primer página? Déjeme hablar...

—¡Cómo "déjeme hablar"; ya quiere usted ser autor!

Y bien, sinceramente, somos dos descontentos de lo que estamos: yo escribiendo, usted leyendo, y de buena gana nos intercambiaríamos.

Soy un convencido de que jamás lograré escribir. Ahí está ese gran pensador que se me hizo odioso desde que quiso encerrarme en el duodécimo paréntesis de su primera página; salté el palito final cuando ya lo estaba parando él y me juré no leer. Pero no leer es algo así como un mutismo pasivo, escribir es el verdadero modo de no leer y de vengarse de haber leído tanto.

Tengo profesión liberal; soy bastante pobre. Si dijera "estoy pobre", el lector creería que le iba a pedir algo; es la verdadera frase pues mi mala situación no es accidental. Esto lo explicaré después, recuérdenmelo.

Soy flaco y más bien feo. En cuanto a mi salud, ni un boticario hijo de médico y casado con partera la tiene peor. Tengo un lote de enfermedades, pero creo que con una me bastará al fin. No las combato porque no sé cuál es la que necesitaré mi último día, día que espero será muy concurrido y en el cual todo el mundo descubrirá, con un talento que siempre disimularon, que yo era buena persona (como lo proclamaba en vano.)

Por el momento no tengo más que cincuenta años, lo que no es mucho, si se tiene en cuenta mi primera fecha. Contando los que viviré todavía algunos me dan sesenta; descontando lo dormido con los ojos abiertos (he leído tanto, se hace tanta política en mi país, hay tantos vegetalistas, moralistas, salvacionistas, tantas estatuas de hombres abnegados, tantas hondas y agudas sentencias jurídicas con "acopio de doctrina" acerca de si los pasadores de las ventanas debe reponerlos el propietario o el locatario, tantos mártires de la obra pedagógica, tantos centenarios de hombres ilustres a causa de que cada uno de ellos tuvo su respectivo nacimiento, fecha que se soporta cada año por impulsión aniversaria, tantos conferencistas y concertistas, tantos discursos de "piedra fundamental" de inauguración), me atengo, por contradecirlos, a cuarenta.

Mi altura no es mala; depende del uso. Por debajo empieza al mismo tiempo con la de Firpo; por arriba deja suficiente espacio hasta el cielo, pero es muy mala para erguirme bajo un postigo de ventana aunque un momento antes me ha servido bien para atarme los botines. Parece increíble que todavía se usen los botines donde no alcanzan los brazos.

Supongan ustedes que yo nací, desde chiquito, en una casa de modistas y supongan también que en aquel tiempo, como hoy, había cosas, no todas, que se hacían aprueba, se daban aprobar; y que en tal casa había una salita ahondada de espejos para probar las clientas los nuevos vestidos. (Creo que un índice científico del grado de felicidad de una época y comunidad es el mayor número de cosas que se acostumbra "dar a probar" y no sé si hoy, me parece que sí, son más que las que disfrutábase en mi juventud.)

En aquel tiempo, puesto el vestido, la persona se veía un poco menos que antes; ahora ese menos verse la persona ha aumentado, menos menos; casi el vestido no tiene nada que ver con esto de cubrirse, con la ventaja ¡increíble! de que se ve la persona y el vestido. (Alguna vez estudiaré cómo el desnudo se reduce a ser modestamente un escote totalitario simultáneo o la suma de todos los escotes sucesivos inocentes posibles a una sola persona.)

Hasta la edad de seis años, yo entraba y salía (hoy no hubiera salido) de la salita de pruebas y ninguna de las clientas me veía, veía que yo andaba viendo. Todo fue descubrirse en casa que yo había cumplido los seis años (yo no creía que se le conociera a nadie en la cara; ¿cómo se sabe?) para prohibírseme la entrada bajo pretexto de que yo antes veía y ahora miraba. Pero saqué de ello el provecho de una gran inclinación por las matemáticas en punto a curvas y ángulos.

A los siete años ya aprendí a venirme abajo de un balcón y llorar en seguida; el golpe no me desconcertaba; no me acongojaba antes de llegar al suelo cuando todavía no tenía utilidad el llorar ya.

Fue demasiado grave para un principiante: caí diez metros seguidos, orientado en perfecta vertical y sin entretenerme nada en el trayecto como siempre se me ha recomendado en los "mandados": todo lo hice sin ayuda. 10 metros para piernas de 7 años es mucho siendo uno solo el que se cae y además los matemáticos no lo aprueban ni quieren creerlo por la desproporción de metro por año. Tan grave fue que no es seguro que yo exista después de ella y de tiempo en tiempo los diarios anuncian mi defunción porque algún cronista ha oído en conversación que hace cuarenta años me tomé de la baranda de la vertical durante diez metros continuos.

(El suelo, que está dondequiera que un porrazo se completa y que, buen compañero, no falta a nadie en la caída, es la altura nunca menospreciada de un aviador de piso, como yo. Esos navegantes del aire que se lanzan afanosos a lo alto como si se propusieran volver a fumar el humo del cigarrillo exhalado momentos antes, harían algo análogo a lo que recientemente me aconteció a mí cuando caminando con un amigo tropecé, mientras le hablaba, tan violentamente hacia adelante, que alcancé las palabras que acababa de pronunciar: me oía mí mismo y tuve oportunidad de corregir un cierto gran disparate comenzado en ellas.) Ejecuté tan bien el venirse abajo que se me atribuyó vocación especial y en el barrio cuando algún chico por descuido pudo caerse, viéndole todos al borde de un balcón vacilando, corrían a mi casa a buscarme para que yo tomara por él el encargo de la caída. Mis chichones sobresalían no sólo en el cuerpo sino en el barrio; aun entre tumefacciones, ya de por sí relevantes, las mías sobresalían y en chichonería comparada era yo persona de fama.

Mi norma, en fin, era: empezar con caídas la maestría de equitación, pero, de caballos chicos. Como escribo bajo la depresiva inseguridad de existir, basta por hoy de una literatura quizá póstuma; soy más prudente que Mark Twain, el otro solo caso [Un mérito excelso en Twain es que fuera tan jovial a pesar del terrible infortunio en que vivió todos sus años después de la edad de ocho, cuando, bañándose con su hermano mellizo y en extremo parecido, ahogose uno de los dos sin que nunca haya podido saberse cuál].

http://delamirandola.com/

miércoles, 8 de julio de 2015

Macedonio Fernández: El arte de vivir


EL ARTE DE VIVIR


Cuando el individuo es feliz o pasablemente feliz, la insinuación de un "arte de vivir", de un conjunto de principios, reglas e indicaciones más o menos sólidas, conducentes a favorecer la obtención de un bienestar moderado y a evitar algunos dolores, excita su sonrisa.
Mas como eludir el dolor y alcanzar el placer son la exclusiva preocupación del ser vivo, ese mismo hombre temblará y palidecerá ante la perspectiva de un insignificante sufrimiento o llenará su casa de gritos y amenazas porque ha encontrado la sopa fría, y siempre que cualquier circunstancia retire de su alcance alguno de los manjares de su bienestar cotidiano.
Esto es común a Rockefeller y a su portero, a Napoleón y a su más oscuro soldado, a Spencer y a su criada; deliberadamente invierto todas las jerarquías dominantes porque en esta materia no las hay; para el placer y para el dolor todas las unidades humanas son iguales, y el santo se enojará porque le estorban ser todo lo santo que desea y palidecerá ante una tentación, es decir, temblará ante el dolor, porque una tentación importa para él la inminencia de un dolor moral, de una derrota de su voluntad.
El disimulo puede cultivarse y también puede darse color de indignación a lo que es siempre la misma moneda corriente de la cólera. Nuestros goces y nuestros sufrimientos podrán revestir la forma más egoísta o altruista; siempre eludir dolor y obtener placer serán el modo único de respirar la Vida, propio de todo ser vivo.
El cultivo del Valor puede ser llevado a amplitudes admirables, pero no alterará ese doble movimiento esencial de toda "vida" y, además, comportará el sacrificio o abandono de otros poderes de la personalidad.
Del mismo modo, la milagrosa trasposición merced a la cual el individuo rompe la ilusión del "yo", profana el egoísmo natural, y hace suyos el placer y el dolor de otro ser, no modifica su criterio hedónico, como no invierte su manera de respirar. La "madre", consumada perfección de esta suprema gracia del "yo", de ese bellísimo movimiento de trasposición que es la agilidad más exquisita del "individuo", del mundo cerrado de la conciencia individual, la madre sólo estará conforme con su estado cuando se sienta feliz y estará y se manifestará descontenta mientras falte algo a su felicidad, aunque el significado de esa dicha o de esa desdicha sea textualmente éste: mi hijo es feliz, o mi hijo sufre.
Y, por tanto, la madre, el héroe, el santo, el asceta, actúan con respecto al Placer y Dolor exactamente como el más simple individuo humano o animal, y cuando el dolor invade sus existencias caen en las mismas supersticiones y temores, buscando amuletos y refugios ya en las religiones, ya en los moralismos, ya en tal o cual sistema higiénico, sociológico, psicológico, cultura de la voluntad, "conciencia tranquila", etcétera.
Entonces, pues, en este asunto que a todos preocupa por igual ¿será posible hallar reglas generales e indicaciones especiales que beneficien en alguna proporción el estado humano?
Es, quizá, verdad que una regla general para la vida en conjunto y en todas las posibilidades y situaciones no podría formularse. No existe ninguna observancia, ninguna conducta, probablemente, que en toda circunstancia y ni siquiera en la mayoría de las circunstancias presente más ventajas que inconvenientes, descontando desde ya que ninguna regla carecerá de múltiples inconvenientes.
Pero existen circunstancias y situaciones más frecuentes que otras y es por ello que vamos a intentar una exploración.
Toda regla supone una privación, una abstención o una labor y es, desde luego, contraria a nuestra repugnancia para todo dolor inmediato.
La privación o esfuerzo que esa observancia supone es un dolor cierto; en cambio el placer próximo o remoto que de ese esfuerzo nos resultará nunca es cierto porque pertenece al futuro y nuestra existencia puede cesar antes de recoger el fruto; además, porque puede haber error parcial o total de en regla; también, porque aún siendo exacta la regla puede estar mal o incompletamente expresada, o ser mal interpretada por nosotros, o porque existen muchas reglas que son benéficas si se cumplen todos los requisitos que ellas exigen y faltando uno cualquiera de ellos, sus ventajas se truecan en perjuicio.
Además ningún precepto puede ser muy bueno, porque nada en la vida lo es. Nuestra contextura psicológica y la infinidad de las contingencias del Mundo imponen que en cualquier condición y momento, individual o histórico, los bienes y los males se compensen, de tal modo que la existencia humana o animal en general no es mejor ni peor que la no-existencia. A esto se agrega que dentro de una vida individual, por ley de relativismo psicológico, nadie puede gozar mucho más de lo que ha sufrido ni puede sufrir mucho sino a condición de haber gozado mucho.
Dentro de tal relatividad la eficacia de cualquier regla eudemónica tiene que ser muy circunscripta; y, además, es posible asegurar los buenos efectos más o menos inmediatos de algunas conductas y preceptos, pero los efectos distantes, por las circunstancias mencionadas, o por otras, pueden llegar a ser grandemente desfavorables al bienestar, sobre todo en virtud del relativismo hedónico. Así el hombre que para combatir una dispepsia se ha señalado un régimen frugalísimo habrá logrado su bienestar al cabo de muchos tanteos, errores y privaciones; mas si repentinamente las circunstancias cambian y se ve obligado a salir a campaña militar o a vivir viajando por necesidad, su estómago habituado a una labor ligera le hará casi intolerable o sencillamente intolerable la existencia y los esfuerzos realizados por frugalizarse no sólo no tendrán recompensa sino que le habrán creado una condición directamente contraria a su felicidad.
De igual modo, el buen fumador que, por no carecer de dinero ni de salud, ha podido disfrutar a su gusto de la grata compañía del habano durante ocho, diez, quince años (lo que no es poca dicha) si inopinadamente, por prescripción médica o por carencia de dinero, o por pérdida de la libertad o por encontrarse desprovisto de cigarros en un largo viaje, se ve privado de su goce habitual, sufrirá en una semana hasta enloquecerse o llorar (como lo he observado muchas veces y aún en hombres que hacían un culto del valor). Es decir, que su miseria y sufrimiento será tanto mayor cuanto más holgada y libremente haya gozado, antes, de su placer; o, lo que es lo mismo, que si su goce hubiera sido antes estorbado por pobreza o prisiones o enfermedades, su dolor ahora sería menos intenso y prolongado.
Y esto es así de todas las condiciones y venturas; de los goces de la amistad, del amor, del cariño fraternal, de la lectura, de la ciencia, de la música, etc., y por ello puede enunciarse que ni la belleza, ni la fuerza, ni la riqueza, ni el poder intelectual, ni la aptitud al cariño, ni la aptitud al odio, ni la gloria, ni el valor, ni la salud, son '"bienes" no digo absolutos, ni siquiera son condiciones o circunstancias que puedan llamarse "más buenas que malas". En otro capítulo trato de demostrar esta verdad, que algunos hallarán demasiado amplia y considerarán objetable, particularmente en lo que atañe a la salud y al valor, que a todos parecen oro sin mezcla.
En consecuencia, las reglas que yo acierte a formular no tenderán sistemáticamente a la obtención de ninguno de estos llamados "bienes" y por ello mi primera advertencia al lector será que no envidie ninguna condición ni ningún carácter, y, en segundo término, que sepa, si actualmente sufre, que a él le está reservada tanta felicidad como a cualquier mortal, sin necesidad de que llegue a alcanzar la gloria, la riqueza, la valentía o la ciencia que otros poseen; que tenga siempre presente que sufrir ahora es estar sembrando la semilla del placer futuro.
Todo hombre llega a la felicidad ineludiblemente, cualesquiera que sean sus defectos de carácter (para la dicha y la desdicha ninguna forma de carácter es cualidad o defecto sino que es las dos cosas alternativamente y según las circunstancias), su condición y sus fracasos. Unas veces llegará a ella por realización de sus deseos y otras por destrucción de ellos a fuerza de fracasos, pero llegará a ella indefectible y plenamente con tal de que su existencia se prolongue unos años más y sin otro requisito que éste. De idéntico modo tornará a vivir miserablemente después que haya saboreado algunos años dichosos y también por la sola razón de que gozar es crear las condiciones necesarias para el sufrimiento ulterior, es sembrar dolor futuro.
Olvidé enumerar entre los comúnmente llamados "bienes" el buen humor o carácter alegre y lo he olvidado en mis páginas porque la Realidad lo ha olvidado entre sus "casos" o "creaciones". El carácter alegre no existe; colocadlo en la condición o situación opuesta a aquella en que lo habéis visto alegre y observaréis cuan poco alegre llega a ser. Las personas llamadas "Alegres" son generalmente temperamentos cariñosos y cordiales que en la sociedad de sus semejantes se sienten dichosos como el pez en el agua; en la soledad son grandes desdichados por la misma razón que el pez fuera del agua, pero como, naturalmente, no cabe observarlos sino rara vez en la soledad, dado que el observador les haría compañía, dejan siempre la impresión dominante de un inagotable buen humor.
La relatividad, pues, dice a todos: "alegraos si sufrís", "entristeceos puesto que gozáis", en vista de que el porvenir del dolor es el placer y el porvenir del placer es el dolor.
Indicaremos, asimismo, que la felicidad llega sólo cuando el individuo ha adquirido a fuerza de esfuerzos de trabajo o de esfuerzos de privación de satisfacciones, una abundantísima actividad o una gran frugalidad en todos los deseos afectivos o sensuales y, en fin, que no siempre se es desgraciado cuando uno cree serlo, ni es imposible que seamos felices sin que nos hayamos apercibido de ello; aunque tal cosa no ocurrirá a las personas que constantemente reflexionan sobre su existencia, ocurre con frecuencia que hombres estudiosos e inteligentes observan tan poco su vida interior que emiten con respecto a los períodos de su vida juicios eudemónicos muy inexactos.
La existencia es dura para todos y no puede ser de otra manera; lo único que alcanza a determinar una diferencia considerable entre una existencia y otra con respecto a su balance final de goces y sufrimientos, es la oportunidad o inoportunidad con que llega la muerte. Es una gran ventaja morir cuando se ha disfrutado de todo el período bueno subsiguiente a uno malo; y es el colmo del infortunio que se extinga la existencia cuando se iniciaba el buen período. Vivir poco o mucho nada significa, pues la vida en sí no es un bien, y ningún destino más envidiable que el de quien muere antes de los veinte años.
Casi siempre el brillo de la vida empieza a palidecer desde los catorce o quince años; aunque bajo otros puntos de vista carece de toda belleza ética y estética la niñez y la adolescencia, la existencia donde el Dolor no ha invadido todavía, es lo cierto que esa parte es la más deseable de nuestro pobre destino y que importa un inestimable beneficio que ella cese a esa altura.
Pero la intensidad de la dicha puede ser tan completa a los cincuenta años como a los quince y muchos jóvenes a los veinte años son ya profundamente desgraciados.
El Mundo no es una morada hecha "a la medida" para el hombre o para el ser vivo: la "vida" en general y la "vida humana" son accidentes que han brotado, persisten y pueden desaparecer en cualquier momento, y la ilusión de la adaptación progresiva de la Vida al Mundo, es una esperanza pueril que se desvanece con sólo detener un instante nuestro pensamiento en esta consideración: que si la "vida" evoluciona en el seno de la Realidad tendiendo a adaptarse a ella, a su vez la Realidad Total paralelamente y con entero olvido de la "Vida" evoluciona también, de tal manera que cuando la primera cree haber dado un paso de adaptación, la Realidad, por las modificaciones graduales o no graduales que constituyen su evolución(Empleo el término "evolución" aunque no creo que sea cosa tan segura su gradualidad; el aforismo "natura no marcha a saltos'' puede ser cierto y puede no serlo; lo único que es cierto es que el deseo humano quisiera que así fuera, como en muchos otros casos.) propia, se ha alejado y la Vida descubre que se ha adaptado a lo que era y ya no es, que se ha adaptado al Pasado sin provecho alguno.
Es infantil creer que la Vida se mueve en el seno de una Realidad inmóvil. La especie "diamante" o la especie "agua", del mundo inorgánico, es un tipo en marcha como la especie "eucaliptus" o la especie "hombre", del orgánico, y cuando la especie "hombre" cree haberse adaptado a las condiciones de aprovechamiento de la especie "agua", ésta ha modificado su constitución y requiere una diferente adaptación que a su vez llega y se encuentra con un nuevo distanciamiento.( Me consta que mi tecnicismo es muy pobre en ciencias naturales y me duele porque no ignoro que en el mundo de los libros y de la ciencia hay que presentarse, como en sociedad, con el frac del tecnicismo y la verbología clasificante, aunque el pensamiento no parezca expuesto a naufragio por excesiva carga de "ideas".)

Pero, por otra parte, tampoco el mundo es un infierno, como nos lo notifica Schopenhauer. El Placer no es negativo, es real, tan real como el Dolor. Lo que ha dado pábulo a tal afirmación en descrédito del Placer (aunque lo mismo acontece con el Dolor) es aquel rasgo singular de nuestra facultad afectiva, merced al cual la certidumbre de ...

(se interrumpe el texto).


martes, 10 de febrero de 2015

Macedonio Fernández: Autobiografía. Pose nº 1


El Universo o Realidad y yo nacimos en 1º de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de Buenos Aires. Hay un mundo para todo nacer, y el no nacer no tiene nada de personal, es meramente no haber mundo. Nacer y no hallarlo es imposible; no se ha visto a ningún yo que naciendo se encontrara sin mundo, por lo que creo que la Realidad que hay la traemos nosotros y no quedaría nada de ella si efectivamente muriéramos, como temen algunos.

En vano diga la historia, en volúmenes inmensos, sobre el mucho haber mundo antes de ese 1° de junio; sus tomos bobalicones es lo único que yo conozco (no sus hechos), pero los conocí después de nacer, como todo lo demás. Lo que me podría convencer sería el Arte, más gracioso y verdadero: un preludio de Rachmaninoff, una mirada creada por Goya, pero no es tan crédulo el arte, no abre la boca ante los cortejos de pompas fúnebres, como la historia.

Nací, otros lo habrán efectuado también, pero en sus detalles es proeza. Lo tenía olvidado, pero lo sigo aprovechando a este hecho sin examinarlo, pues no le hallaba influencia más que sobre la edad. Mas las oportunidades que ahora suelen ofrecerse de presentar mi biografía (en la forma más embustera de arte que se conoce, como autobiografía, sólo las Historias son más adulteradas) háceme advertir lo injusto que he sido con un hecho tan literario como resulta la natividad. (El dato de la fecha de ésta se me ha pedido tanto y con una sonrisa tan juguetona, que tuve la ilusión de que ello significaba que era posible una fecha mejor de nacimiento mío y se me alentaba a elegirla y pedirla, que se me habría de conseguir. Por si acaso, aunque no han progresado ni declarándose estas cortesías, dejo dicho que me gustaría haber nacido en 1900.)

Como no hallo nada sobresaliente que contar de mi vida, no me queda más que esto de los nacimientos, pues ahora me ocurre otro: comienzo a ser autor. De la Abogacía me he mudado; estoy recién entrado a la Literatura y como ninguno de la clientela mía judicial se vino conmigo, no tengo el primer lector todavía. De manera que cualquier persona puede tener hoy la suerte, que la posteridad le reconocerá, de llegar a ser el primer lector de un cierto escritor. Es lo único que me alegra cuando pienso la fortuna que correrá mi libro: "No toda es vigilia la de los ojos abiertos". No se olvide: soy el único literato existente de quien se puede ser el primer lector. Pero además mi libro, y es más inusitado esto todavía, es la única cosa que en Buenos Aires puede encontrarse aun no inaugurada por el Presidente. Se están imprimiendo todos los certificados de primer lector mío que se calcula serán necesarios. Y para retener al libro el segundo precioso mérito que lo adorna, el Editor ha puesto vigilancia en todos los caminos por donde pueda acercarse una Inauguración Presidencial infortunada.

MACEDONIO FERNÁNDEZ - Continuación de la nada. Autobiografía. Pose nº 1 (Gaceta del Sur, 1928).