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lunes, 10 de marzo de 2025

Ambroise Vollard: Recuerdos de Alfred Jarry y Guillaume Apollinaire

 

ALFRED JARRY Y GUILLAUME APOLLINAIRE

Recuerdos de un marchante de pintura

 

Cuando recuerdo aquellos lejanos días de La Cave, pienso en dos jóvenes escritores que morirían prematuramente: Alfred Jarry y Guillaume Apollinaire.

Durante la guerra, fui al hospital a ver al subteniente herido Apollinaire. Para llegar a su habitación, tuve que atravesar la sala común. Un negro ciego era conducido a través de hileras de camas desocupadas. Lo hacían detenerse delante de cada cama. Su guía le daba un pequeño discurso, que escuchaba con visible satisfacción. Muy intrigado, pregunté la razón de aquello y esto es lo que supe.

Ese negro había recibido un disparo en la cabeza, había quedado ciego y su ceguera le causaba una desesperación que nada podía calmar.

—Aquí —le comentaba su ayudante— hay un ciego que ha perdido una pierna... Aquel no tiene brazos... De miembro amputado en miembro amputado, llegaban hasta la última cama:

—A éste —le decía el enfermero— sólo le queda el tronco... Y el negro, palpándole los brazos y las piernas decía: —Ajá.

Cerca de la cama Apollinaire yacían dos jóvenes tenientes de su regimiento. Apareció un cabo-enfermero.

—Pídame una purga de ricino —le dijo uno de los oficiales.

—Necesito una orden escrita del mayor, mi teniente; si no, no podré escapar de cuatro días de arresto. El ricino es para la tropa.

—Bien  —dijo el oficial—, deme entonces sales de frutas.

Al oír esta palabra, sales de frutas, el enfermero-cabo, juntando los talones y haciendo el saludo militar, dijo:

—Las sales de frutas son para los señores generales. Para los señores tenientes, capitanes, comandantes y coroneles, sólo hay limonada purgante

Y colocó sobre la mesa un pequeño libro que acababa de consultar.

Yo lo abrí mecánicamente y me topé con el artículo sobre la ropa de cama y vi que, para los oficiales generales, había que cambiar las sábanas cada treinta días. Una nota bene indicaba que todos los meses, incluido febrero, debían contarse como de treinta días.

La última vez que vi a Apollinaire fue después de la guerra, durante la epidemia de gripe española. Llevaba una botella de ron bajo el brazo.

—Con esto —dijo— no me importa la epidemia.

La gripe española aceptó el reto. Dos días después, acabó con la vida del poeta.

 

¡Alfred Jarry! Su mente tan particular me impresionó tanto que, veinticinco años después de su obra Ubu Roi, escribí Les Réincarnations du Père Ubu.

No hubo hombre de letras más noble que Jarry. Muy pobre, nunca mostraba su miseria, evitando incluso aquellos de quienes sospechaba que hubieran podido ayudarlo. ¡Y qué escrupuloso!

Recuerdo haberlo encontrado un día, yendo a casa de un suscriptor de una pequeña revista que dirigía, para devolver la suma de un franco y medio que había recibido de más. Venía de Corbeil en bicicleta. Durante el verano, el escritor vivía en Corbeil, en una cabaña que se había construido, donde vivía principalmente de lo que pescaba. Iba a París en una bicicleta que, junto con un revólver, era la única posesión que le quedaba de una modesta herencia que se había disipado rápida y fastuosamente.

Cuando un peatón no lo había oído llegar, Jarry, al pasar cerca disparaba el revólver.

—Pero, Jarry —le dijeron— ¿y si alguno se lo toma a mal?

—Oh... —explicaba el autor de Père Ubu—, antes de que me puedan reconocer, ya estoy lejos y, además, al darle a ese hombre la ilusión de haber sido atacado, ¡le doy algo que contar a sus amigos y conocidos!...

Al final del verano, Jarry abandonaba la especie de ermita en la que vivía y que siempre había esperado convertir en una torre construida con sus propias manos.

Sus cuarteles de invierno estaban en París. La primera vez que fui a ver al escritor, en una calle cercana a Saint-Germain-des-Prés, fue para pedirle su opinión sobre una inscripción en latín para un libro que estaba preparando, pues Jarry era un humanista de primer orden. Cuando llegué a la puerta de su apartamento, una puerta baja en medio de la escalera, llamé al timbre, convencido de que otra puerta que no había visto estaba a punto de abrirse. Fue la puerta pequeña la que se abrió. La altura de la puerta me llegaba al pecho.

—Agáchese para que pueda ver quién es —dijo una voz desde dentro.

Al reconocerme, Jarry me invitó a entrar con esta recomendación: —¡Cuidado con el techo!

Una vez en la habitación a la que había entrado doblándome por la mitad, me di cuenta de que el pelo de Jarry, que en ese momento llevaba cortado a cepillo, estaba todo blanco en las puntas. No tardé en darme cuenta de que ese blanco se debía al techo, que era lo bastante alto como para no molestar a Jarry, pero no lo bastante como para que su pelo no raspara el yeso. Jarry me explicó que el propietario había dividido un apartemento horizontalmente en dos para uso de los inquilinos de baja estatura.

 

El autor de Ubu Roi vivía allí con dos gatos y un búho. Según recuerdo, la parte superior de la cabeza de la lechuza también estaba blanca, porque la lechuza siempre estaba sentada en el hombro de su amo cuando éste entraba y salía del piso, barriendo el techo con su abubilla.

He hablado antes del escrúpulo de Jarry de no deberle nada a nadie. Del mismo modo, si causaba un agravio a alguien, quería repararlo de inmediato. Así, un día, mientras practicaba su tiro de pistola contra un seto, apareció una mujer: —Pero señor, mi niño está ahí jugando, ¡usted me lo va a matar! Entonces Jarry dijo:

—Madame, en ese caso le haremos otro de inmediato.

Un día, Paul Fort visitó a Alfred Jarry en su casita a orillas del Sena, en Corbeil. Al día siguiente, Jarry le llevó a Valvins para ver a Mallarmé.

Como no podían permitirse el lujo de tomar el tren o el transbordador fluvial —y sólo tenían una bicicleta para dos (de la que Jarry nunca se separaba)—, fueron como pudieron pasando por Melun, casi siempre a pie, por el camino de sirga lleno de baches.

Cuando llegaron a Valvins, les dijeron que Mallarmé había partido hacia Marlotte, a pie, cruzando el bosque.

Nuestros dos poetas siguieron la misma ruta, con el estómago vacío, sin detenerse ante el castillo donde los vulgares turistas se quedaban boquiabiertos de admiración.

Por el camino se cruzaron con algunos ciervos y jabalíes, antes de llegar al Logis de Haute-Claire, donde Armand Point y sus amigos los recibieron con los brazos y la mesa abiertos. En cuanto a Mallarmé, se había quedado dormido en un sillón y no se despertó hasta el anochecer, después de una larga siesta.

AMBROISE VOLLARD
Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

GUILLAUME APOLLINAIRE ET ALFRED JARRY

Souvenirs d’un marchand de tableaux

 

Quand je me reporte à ces temps lointains de La Cave, je pense à deux jeunes écrivains qui devaient mourir prématurément : Alfred Jarry et Guillaume Apollinaire.

Pendant la guerre, j'étais allé à l'hôpital voir le sous-lieutenant Apollinaire blessé. Pour arriver jusqu'à sa chambre, j'avais à traverser la salle commune. Un nègre aveugle était conduit à travers des rangées de lits inoccupés. Devant chaque lit, on l'arrêtait. Son guide lui faisait un petit discours qu'il écoutait avec une visible satisfaction. Très intrigué, je m'informai et voici ce que j'appris.

Ce nègre avait reçu dans la tête une balle qui l'avait rendu aveugle et sa cécité lui causait un désespoir que rien ne parvenait à calmer.

- Ici, lui expliquait son conducteur, il y a un aveugle qui a perdu une jambe... Celui-là n'a plus de bras... De membre coupé en membre coupé, on arrivait à un dernier lit:

- Celui-là, disait l'infirmier, il ne lui reste que le tronc... Et le nègre, palpant ses bras et ses jambes: - y a bon, disait-il.

Apollinaire avait comme voisins de lit deux jeunes lieutenants de son régiment. Un caporal-infirmier survint.

- Vous me demanderez une purge au ricin, dit l'un des officiers.

- Il me faut un ordre écrit du major, mon lieutenant; sans cela je n'y couperais pas de mes quatre jours. Le ricin, c'est pour la troupe.

- Eh bien, fit l'officier, donnez-moi alors des sels de fruits. A ce mot de sels de fruits, le caporal-infirmier, joignant les talons et faisant le salut militaire:

- Les sels de fruits, c'est pour MM. les généraux. Pour MM. les lieutenants, capitaines, commandants, colonels, c'est la limonade purgative. Et il déposa sur la table un petit livre qu'il venait de consulter.

L'ayant ouvert machinalement, je tombai sur l'article Literie et je vis que, pour messieurs les officiers généraux, les draps de lit doivent être changés tous les trente jours. Un nota bene indiquait que tous les mois, y compris celui de février, doivent être comptés comme ayant trente jours.

La dernière fois que je revis Apollinaire, c'était après la guerre, pendant l'épidémie de grippe espagnole. Il avait sous le bras une bouteille de rhum.

- Avec ça, me dit-il, je me moque de l'épidémie.

La grippe espagnole releva le défi. Deux jours après, elle emportait le poète.

 

Alfred Jarry ! Sa tournure d'esprit devait faire sur moi une si forte impression que, vingt-cinq ans après sa pièce d'Ubu Roi, j'étais amené à écrire Les Réincarnations du Père Ubu.

Il n'y eut pas plus noble figure d'homme de lettres que Jarry. Très pauvre, il ne faisait jamais étalage de sa misère, évitant même ceux qu'il soupçonnait capables de s'intéresser à lui. Et combien scrupuleux !

Je me rappelle l'avoir rencontré, un jour, se rendant chez un abonné d'une petite revue qu'il dirigeait, pour lui restituer la somme d'un franc cinquante reçue en trop. Il était, pour cela, venu de Corbeil à bicyclette. Pendant la belle saison, l'écrivain demeurait à Corbeil, dans une cabane qu'il s'était construite et où il vivait principalement de sa pêche. Il venait à Paris sur une bicyclette qui, avec un revolver, était le seul bien qui lui restât d'un modeste héritage dissipé très vite et fastueusement.

Quand un piéton ne l'avait pas entendu venir, Jarry, arrivé à sa hauteur, tirait au passage un coup de pistolet.

- Mais, Jarry, lui disait-on, si un de ceux-là l'avait mal pris ?

- Oh!... expliquait l'auteur du Père Ubu, avant qu'il eût le temps de me reconnaître, j'étais déjà loin et puis, voyons, en donnant à cet homme l'illusion d'avoir été attaqué, je lui fournis matière à belles histoires qu'il pourra raconter à ses amis et connaissances !...

A la fin de l'été, Jarry quittait l'espèce d'ermitage qu'il habitait et qu'il avait toujours l'espoir de changer en une tour bâtie de ses propres mains.

C'est à Paris qu'il prenait ses quartiers d'hiver. La première fois que j'allai chez l'écrivain, dans une rue avoisinant Saint-Germain-des-Prés, ce fut pour lui demander, en vue d'un ouvrage que je préparais, son avis sur une inscription latine, car Jarry était un humaniste de première force. Quand j'arrivai devant la porte de son logis, une porte basse au milieu de l'escalier, je sonnai, persuadé qu'une autre porte que je n'avais pas su voir allait s'ouvrir. Ce fut la petite porte qui s'entrebâilla. La hauteur du battant m'arrivait à la poitrine.

- Baissez-vous, que je voie qui vous êtes, dit une voix à l'intérieur.

Et me reconnaissant, Jarry m'invita à entrer avec cette recommandation: «Gare au plafond !...»

Une fois dans la pièce où j'avais pénétré en me courbant en deux, j'observai que les cheveux de Jarry, qu'il portait alors taillés en brosse, avaient les extrémités toutes blanches. Je ne tardai pas à comprendre que ce blanc provenait du plafond assez élevé pour ne pas gêner Jarry, mais d'une hauteur insuffisante pour que ses cheveux n'en raclassent pas le plâtre. Jarry m'expliqua que son propriétaire avait partagé horizontalement en deux un appartement à l'usage des locataires de petite taille.

 

L'auteur d'Ubu Roi habitait là avec deux chats et un hibou. L'oiseau aussi, si je m'en souviens bien, avait le sommet de la tête tout blanc, car, sans cesse sur l'épaule de son maître, lorsque celui-ci allait et venait dans l'appartement, le hibou balayait le plafond de sa huppe.

J'ai parlé plus haut du scrupule que Jarry avait de ne rien devoir à personne. De même, s'il lui arrivait de causer un tort à quelqu'un il fallait qu'il le réparât aussitôt. Ainsi, un jour qu'il s'exerçait au pistolet contre une haie, une femme surgit: - Mais monsieur, mon enfant qui est là à jouer, vous allez me le tuer ! Alors Jarry :

- Madame, nous vous en ferons un autre, incontinent.

Un jour Paul Fort rendit visite à Alfred Jarry dans son cabanon du bord de Seine, à Corbeil. Le lendemain, Jarry l'emmena à Valvins voir Mallarmé.

Comme ils n'avaient pas de quoi se payer le train ou la navette fluviale, - et ne disposaient que d'un vélo pour deux (celui dont Jarry ne se séparait jamais), - ils roulèrent cahin-caha, marchant le plus souvent à pied, empruntant jusqu'à Melun et au-delà, le chemin de halage plein de fondrières.

Arrivés à Valvins, on leur dit que Mallarmé était parti pour Marlotte, à pied, par la forêt.

Nos deux poètes suivirent la même route, le ventre creux, sans s'attarder devant le château où de vulgaires touristes béaient d'admiration.

Ils croisèrent quelques biches et quelques sangliers sur leur sentier, avant de parvenir au Logis de Haute-Claire où Armand Point et ses amis les accueillirent à bras et table ouverts. Quant à Mallarmé, il s'était assoupi dans un fauteuil et ne se réveilla qu'à la nuit tombée, après une longue sieste.



domingo, 8 de octubre de 2017

Guillaume Apollinaire: La bonita pelirroja

LA JOLIE ROUSSE

 Me voici devant tous un homme plein de sens
 Connaissant la vie et de la mort ce qu'un vivant peut connaître
 Ayant éprouvé les douleurs et les joies de l'amour
 Ayant su quelquefois imposer ses idées
 Connaissant plusieurs langages
 Ayant pas mal voyagé
 Ayant vu la guerre dans l'Artillerie et l'Infanterie
 Blessé à la tête trépané sous le chloroforme
 Ayant perdu ses meilleurs amis dans l'effroyable lutte
 Je sais d'ancien et de nouveau autant qu'un homme seul pourrait des deux savoir
 Et sans m'inquiéter aujourd'hui de cette guerre
 Entre nous et pour nous mes amis
 Je juge cette longue querelle de la tradition et de l'invention
De l'Ordre et de l'Aventure

 Vous dont la bouche est faite à l'image de celle de Dieu
 Bouche qui est l'ordre même
 Soyez indulgents quand vous nous comparez
 À ceux qui furent la perfection de l'ordre
 Nous qui quêtons partout l'aventure

 Nous ne sommes pas vos ennemis
 Nous voulons vous donner de vastes et d'étranges domaines
 Où le mystère en fleurs s'offre à qui veut le cueillir
 Il y a là des feux nouveaux des couleurs jamais vues
 Mille phantasmes impondérables
 Auxquels il faut donner de la réalité
 Nous voulons explorer la bonté contrée énorme où tout se tait
 Il y a aussi le temps qu'on peut chasser ou faire revenir
 Pitié pour nous qui combattons toujours aux frontières
 De l'illimité et de l'avenir
 Pitié pour nos erreurs pitié pour nos péchés

 Voici que vient l'été la saison violente
 Et ma jeunesse est morte ainsi que le printemps
 Ô Soleil c'est le temps de la Raison ardente
Et j'attends
 Pour la suivre toujours la forme noble et douce
 Qu'elle prend afin que je l'aime seulement
 Elle vient et m'attire ainsi qu'un fer l'aimant
Elle a l'aspect charmant
D'une adorable rousse

 Ses cheveux sont d'or on dirait
 Un bel éclair qui durerait
 Ou ces flammes qui se pavanent
 Dans les roses-thé qui se fanent

 Mais riez riez de moi
 Hommes de partout surtout gens d'ici
 Car il y a tant de choses que je n'ose vous dire
 Tant de choses que vous ne me laisseriez pas dire
 Ayez pitié de moi

LA BONITA PELIRROJA

Aquí estoy delante de todos un hombre muy sensato
Que conoce la vida y sabe de la muerte cuanto un ser vivo puede conocer
Que ha experimentado los dolores y las alegrías del amor
Que a veces ha sabido imponer sus ideas
Que conoce varios idiomas
Que ha viajado no poco
Que ha visto la guerra en la artillería y en la infantería
Herido en la cabeza trepanado bajo los efectos del cloroformo
Que ha perdido a sus mejores amigos en la espantosa lucha
Sé de lo antiguo y de lo nuevo tanto como un solo hombre puede saber de ambos
Y hoy sin preocuparme de esta guerra
Entre nosotros y por nosotros amigos míos
Juzgo esta larga querella entre la tradición y la invención
Entre el Orden y la Aventura

Ustedes cuya boca fue hecha a imagen de la de Dios
Boca que es el orden mismo
Sean indulgentes al compararnos
Con los que fueron la perfección del orden
A nosotros que buscamos por todas partes la aventura

No somos sus enemigos
Queremos brindarles vastos y extraños territorios
En los que el misterio en flor se brinda a quien quiera tomarlo
Hay allí fogatas nuevas de colores nunca vistos
Miles de imprevisibles fantasías
A las que hay que hacerlas realidad
Queremos explorar la bondad comarca enorme en la que todo calla
También existe el tiempo que se puede expulsar o hacer que vuelva
Piedad para nosotros que seguimos combatiendo en la frontera
De lo ilimitado y el porvenir
Piedad por nuestros errores piedad por nuestros pecados

Ya llega el verano la estación violenta
Y mi juventud ha muerto como la primavera
Oh Sol es el tiempo de la razón ardiente
Y yo espero
Para seguirla siempre la forma noble y suave
Que reviste  para que la ame únicamente a ella
Llega y me atrae como el imán al hierro
Tiene el aspecto encantador
De una adorable pelirroja

Tiene el pelo de oro se diría
Un gran relámpago que no se desvanece
O esas llamas que se pasean
Por  las rosas té que se marchitan

Pero ríanse de mí ríanse
Hombres de todas partes sobre todo gente de aquí
Ya que hay tantas cosas que no me atrevo a decirles
Tantas cosas que ustedes no me dejarían decirles
Tengan piedad de mí

Traducción para Literatura & Traducciones, de  MiguelÁngel Frontán.



viernes, 22 de septiembre de 2017

Guillaume Apollinaire: El músico de Saint-Merry

EL MÚSICO DE SAINT-MERRY

Al fin tengo derecho a saludar a seres que no conozco
Delante de mí pasan y se acumulan a lo lejos
Mientras todo lo que veo me resulta desconocido
Y la esperanza de ellos no es menos fuerte que la mía

Yo no canto este mundo ni los otros astros
Canto todas las posibilidades de mí mismo fuera de este mundo y de los astros
Canto la alegría de vagabundear y el placer de morir haciéndolo

El 21 del mes de mayo de 1913
Barquero de difuntos y las muertezumbantes merritrices [1]
Millones de moscas abanicaban un esplendor
Cuando un hombre sin ojos sin nariz y sin orejas
Saliendo del Sebasto [2] entró en la rue Aubry-le-Boucher

Joven el hombre de pelo oscuro y de color de fresa en las mejillas
Hombre ¡Ah! Ariana
Tocaba la flauta y la música dirigía sus pasos
Se detuvo en la esquina de la rue Saint-Martin
Tocando la melodía que yo canto y que inventé
Las mujeres que pasaban se detenían cerca de él
Llegaban de todas partes
Cuando de pronto las campanas de Saint-Merry se pusieron a sonar
El músico dejó de tocar y bebió de la fuente
Que está en la esquina de la rue Simon-le-Franc
Luego calló Saint-Merry
El desconocido volvió a tocar su melodía en la flauta
Y volviendo sobre sus pasos caminó hasta la rue de la Verrerie
Por donde tomó seguido por la manada de las mujeres
Que salían de las casas
Que llegaban por las calles laterales con los ojos enloquecidos
Con las manos tendidas hacia el melodioso  secuestrador
Él se iba indiferente tocando su melodía 
Se iba terriblemente

Luego en otra parte
A qué hora saldrá un tren para París

En ese momento
Las palomas de las Molucas estercolaban las nueces moscadas
Al mismo tiempo
Qué hiciste con el escultor, misión católica de Boma

En otra parte
Ella cruza un puente que une Bonn a Beuel y desaparece en medio de Pützchen

En ese mismo instante
Una muchacha enamorada del alcalde

En otro barrio
Trata pues de rivalizar oh poeta con las etiquetas de los perfumistas

En suma oh burlones no han sacado ustedes gran cosa de los hombres
Y apenas si han extraído un poco de grasa de su miseria
Pero nosotros que nos morimos de vivir lejos el uno del otro
Tendemos los brazos y sobre esos rieles corre un largo tren de mercaderías

Tú llorabas sentada junto a mí en el fondo del fiacre
Y ahora
Te pareces a mí te pareces a mí desgraciadamente

Nos parecemos como en la arquitectura del siglo pasado
Esas altas chimeneas semejantes a torres

Ahora vamos más alto y ya no tocamos el suelo

Y mientras el mundo vivía y cambiaba
El cortejo de las mujeres largo como un día sin pan
Seguía por la rue de la Verrerie al músico feliz

Cortejos oh cortejos
Como antaño cuando el rey salía para Vincennes
Cuando los embajadores llegaban a París
Cuando el flaco Suger se apresuraba para llegar al Sena
Cuando el motín agonizaba alrededor de Saint-Merry

Cortejos oh cortejos
Estaba lleno de mujeres tan gran número había
En todas las calles vecinas
Y se apresuraban rápidas como balas
Para seguir al músico

¡Ah! Ariadna y tú Paquette y tú Amine
y tú Mia y tú Simone y tú Mavise
y tú Colette y tú la hermosa Geneviève
Todas pasaron temblorosas y vanas
y sus pasos ligeros y ágiles seguían la cadencia
De la música pastoral que guiaba
Sus ávidos oídos

El desconocido se detuvo un instante delante de una casa en venta
Casa abandonada
Con los vidrios rotos
Es una vivienda del siglo dieciséis
El patio sirve para guardar los coches de reparto
Fue allí que entró el músico
Su música al alejarse se volvió lánguida
Las mujeres lo siguieron a la casa abandonada
Y todas entraron sin orden ni concierto
Todas todas entraron sin volver la mirada
Sin lamentar  lo que dejaron
Lo que abandonaron
Sin lamentar la luz la vida la memoria
Pronto ya no quedó nadie en la rue de La Verrerie
Excepto yo mismo y un sacerdote de Saint-Merry
Ambos entramos en la misma casa

Pero a nadie encontramos allí

Cae la noche
Es el Ángelus que suena en Saint-Merry
Cortejos oh cortejos
Como antaño cuando el rey volvía de Vincennes
Llegó un grupo de vendedores de gorras
Llegaron vendedores de bananas
Llegaron soldados de la guardia republicana
Oh noche
Rebaño de miradas lánguidas de mujeres
Oh noche
Tú mi dolor y mi vana espera
Oigo morir el son de una flauta lejana
Traducción y notas, para Literatura & Traducciones, de  MiguelÁngel Frontán.

NOTA 1: Apollinaire acuña en este verso dos neologismos “mordonnantes mériennes”, nada transparentes, para referirse a las prostitutas que rondaban por los alrededores de la iglesia de Saint-Merry. El adjetivo “mordonnant” está constituido de “mort” (muerte) y “bourdonner” (zumbar), al mismo tiempo que evoca la muerte que se da (“donner”, dar). El sustantivo “mériennes” es una variación, por referencia al nombre del santo patrono de la iglesia del barrio,  de “péripatéticiennes” (peripatéticas), designación familiar de las prostitutas callejeras, equiparadas por el ingenio popular  francés con los discípulos de Aristóteles.
NOTA 2: “Le Sébasto”, designación popular parisina para referirse al Boulevard de Sébastopol.
  

LE MUSICIEN DE SAINT-MERRY

J’ai enfin le droit de saluer des êtres que je ne connais pas
Ils passent devant moi et s’accumulent au loin
Tandis que tout ce que j’en vois m’est inconnu
Et leur espoir n’est pas moins fort que le mien

Je ne chante pas ce monde ni les autres astres
Je chante toutes les possibilités de moi-même hors de ce monde et des astres
Je chante la joie d’errer et le plaisir d’en mourir

Le 21 du mois de mai 1913
Passeur des morts et les mordonnantes mériennes
Des millions de mouches éventaient une splendeur
Quand un homme sans yeux sans nez et sans oreilles
Quittant le Sébasto entra dans la rue Aubry-le-Boucher

Jeune l’homme était brun et de couleur de fraise sur les joues
Homme Ah! Ariane
Il jouait de la flûte et la musique dirigeait ses pas
Il s’arrêta au coin de la rue Saint-Martin
Jouant l’air que je chante et que j’ai inventé
Les femmes qui passaient s’arrêtaient près de lui
Il en venait de toutes parts
Lorsque tout à coup les cloches de Saint-Merry se mirent à sonner
Le musicien cessa de jouer et but à la fontaine
Qui se trouve au coin de la rue Simon-Le-Franc
Puis saint-Merry se tut
L’inconnu reprit son air de flûte
Et revenant sur ses pas marcha jusqu’à la rue de la Verrerie
Où il entra suivi par la troupe des femmes
Qui sortaient des maisons
Qui venaient par les rues traversières les yeux fous
Les mains tendues vers le mélodieux ravisseur
Il s’en allait indifférent jouant son air
Il s’en allait terriblement

Puis ailleurs
À quelle heure un train partira-t-il pour Paris

À ce moment
Les pigeons des Moluques fientaient des noix muscades
En même temps
Mission catholique de Bôma qu’as-tu fait du sculpteur

Ailleurs
Elle traverse un pont qui relie Bonn à Beuel et disparait à travers Pützchen

Au même instant
Une jeune fille amoureuse du maire

Dans un autre quartier
Rivalise donc poète avec les étiquettes des parfumeurs

En somme ô rieurs vous n’avez pas tiré grand-chose des hommes
Et à peine avez-vous extrait un peu de graisse de leur misère
Mais nous qui mourons de vivre loin l’un de l’autre
Tendons nos bras et sur ces rails roule un long train de marchandises

Tu pleurais assise près de moi au fond d’un fiacre
Et maintenant
Tu me ressembles tu me ressembles malheureusement

Nous nous ressemblons comme dans l’architecture du siècle dernier
Ces hautes cheminées pareilles à des tours

Nous allons plus haut maintenant et ne touchons plus le sol

Et tandis que le monde vivait et variait
Le cortège des femmes long comme un jour sans pain
Suivait dans la rue de la Verrerie l’heureux musicien

Cortèges ô cortèges
C’est quand jadis le roi s’en allait à Vincennes
Quand les ambassadeurs arrivaient à Paris
Quand le maigre Suger se hâtait vers la Seine
Quand l’émeute mourait autour de Saint-Merry

Cortèges ô cortèges
Les femmes débordaient tant leur nombres était grand
Dans toutes les rues avoisinantes
Et se hâtaient raides comme balle
Afin de suivre le musicien

Ah! Ariane et toi Pâquette et toi Amine
Et toi Mia et toi Simone et toi Mavise
Et toi Colette et toi la belle Geneviève
Elles ont passé tremblantes et vaines
Et leurs pas légers et prestes se mouvaient selon la cadence
De la musique pastorale qui guidait
Leurs oreilles avides

L’inconnu s’arrêta un moment devant une maison à vendre
Maison abandonnée
Aux vitres brisées
C’est un logis du seizième siècle
La cour sert de remise à des voitures de livraisons
C’est là qu’entra le musicien
Sa musique qui s’éloignait devint langoureuse
Les femmes le suivirent dans la maison abandonnée
Et toutes y entrèrent confondues en bande
Toutes toutes y entrèrent sans regarder derrière elles
Sans regretter ce qu’elles ont laissé
Ce qu’elles ont abandonné
Sans regretter le jour la vie et la mémoire
Il ne resta bientôt plus personne dans la rue de la Verrerie
Sinon moi-même et un prêtre de saint-Merry
Nous entrâmes dans la vieille maison

Mais nous n’y trouvâmes personne

Voici le soir
À Saint-Merry c’est l’Angélus qui sonne
Cortèges ô cortèges
C’est quand jadis le roi revenait de Vincennes
Il vint une troupe de casquettiers
Il vint des marchands de bananes
Il vint des soldats de la garde républicaine
Ô nuit
Troupeau de regards langoureux des femmes
Ô nuit
Toi ma douleur et mon attente vaine
J’entends mourir le son d’une flûte lointaine






viernes, 31 de marzo de 2017

Guillaume Apollinaire: Sombra

OMBRE

 Vous voilà de nouveau près de moi
 Souvenirs de mes compagnons morts à la guerre
 L'olive du temps
 Souvenirs qui n'en faites plus qu'un
 Comme cent fourrures ne font qu'un manteau
 Comme ces milliers de blessures ne font qu'un article de journal
 Apparence impalpable et sombre qui avez pris
 La forme changeante de mon ombre
 Un indien à l'affût pendant l'éternité
 Ombre vous rampez près de moi
 Mais vous ne m'entendez plus
 Vous ne connaîtrez plus les poèmes divins que je chante
 Tandis que moi je vous entends je vous vois encore
 Destinées
 Ombre multiple que le soleil vous garde
 Vous qui m'aimez assez pour ne jamais me quitter
 Et qui dansez au soleil sans faire de poussière
 Ombre encre du soleil
 Écriture de ma lumière
 Caisson de regrets
 Un dieu qui s'humilie


SOMBRA

De nuevo están ustedes junto a mí
Recuerdos de mis compañeros muertos en la guerra
La oliva del tiempo
Recuerdos que no forman más que uno
Como cien pieles no forman más que un abrigo
Como esas miles de heridas no forman más que un artículo de diario
Apariencia impalpable y sombría que has tomado
La forma cambiante de mi sombra
Un salvaje al acecho toda la eternidad
Sombra que te arrastras cerca de mí
Ya no me oyes
Ya no conocerás los poemas divinos que canto
Mientras que yo te oigo y te veo todavía
Destinos
Sombra múltiple que el sol te proteja
Tú que me amas lo bastante como para dejarme
Y que bailas al sol sin levantar polvo
Sombra tinta de sol
Escritura de mi luz
Arcón de pesadumbres
Un dios que se humilla
Traducción, para Literatura & Traducciones, de  MiguelÁngel Frontán.