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jueves, 7 de agosto de 2025

Giovanni Papini: un hermano en el tranvía

 

un fratello nel tram

 

Ho sceso le scale anche stamani alle dieci perchè le scendo ogni mattina e giunto al viale son salito sul tram perchè il tram s’è fermato all’incrocio, proprio dinanzi ai miei passi.

Non c’è mese che mi piaccia più dell’ottobre ma quando il cielo sembra riflettere in cenere la mota delle strade, ho, dietro un vetro, la passione di contemplarlo passare, guastato anche quest’anno — questo mese che prima del tempo dà il passo alle piovose oscurità del novembre. I marroni d’India, così plastici e nuovi appena sgusciati dal riccio, così ricchi e tranquilli perchè nessuno li mangia, erano sparsi in terra, a’ piedi de’ castagni ornamentali, e nessuno, fuori di me, ci badava.

Finì il viale. E non c’era più da guardare che le botteghe deserte della mattina — d’una mattina così povera e così poco frequentata — e le strade che pochi s’azzardano a traversare, strade spazzate e ancor granducali dalla prigione alla badia. Allora mi accorsi d’avere accanto a me una donna tutta vestita di nero che mi guardava. Era il suo viso così tinto e cupo di sole che sembrava tornare allora dai mezzogiorni marittimi ma sentii nello stesso tempo che non poteva esser vero e ch’era nata così e così era rimasta anche, nell’ombra delle case più ottuse. Fra i ginocchi teneva ritto un ragazzo che non poteva avere più di sei anni, pallido in volto assai più ch’ella non fosse mora e insaccato in un vestito turchino che pendeva in nero per quanto il panno fosse tutt’altro che nuovo.

La donna seguitava a guardarmi e non so perchè. Ma era verso i quarant’anni e tutte le sue fattezze, indurite in quella nativa bronzatura, avevano del vecchio e del maschile e la sua bocca mi ricordava, in tutto quel nero, quella d’una maestra poco materna che non volli perdonare.

Ma guardavo specialmente il bambino il quale si era fissato a contemplare i ginocchi d’una signora che gli sedeva dinanzi e stava assorto e accigliato come se stesse riflettendo a gravi casi nè batteva occhio nè si voltava da una parte o dall’altra.

E più lo guardavo più mi pareva di riconoscere qualcosa che mi apparteneva o mi aveva appartenuto in giorni appena ricordati. Odore di fraternità; un filo di parentela un’identità inesplicabile.

Eppure quel cipiglio era mio alla sua età. Quegli occhi fermi, quel viso di gesso avoriato, quella bocca dura, superba. E quel naso corto di figliolo povero sotto la fronte tropp’alta per gli anni. Quell’immobilità innaturale; quel pensare severo, fisso, mostruoso. E le ciocche ricciolute fuor dal berretto alla marinara.

C’era tutto. Così ero stato. E il ragazzo sconosciuto ripeteva me, il mio aspetto — forse aveva in sè, rubata copiata, l’anima mia.

O fratello minore che non conobbi perchè scendesti prima di me e che forse non rivedrò perchè non mi lasciasti tranquillo! Io temo che le nostre vite sian legate e somiglianti più che non vorremmo. Ora, finalmente, capisco quel che mi spaventava da qualche tempo. Questo vuotamento, questa consumazione e diminuzione del mio spirito — questo perdere senza meraviglia e questo abdicare senza vergogna.

Un altro me stesso è nato; il mio spirito è passato nella sua persona; ciò che a lui fu dato mi è tolto. È scaduto il mio diritto; a rate, a mesate il meglio di me passa al mio nuovo fratello, a un più fresco me stesso. E quando la sua vita sarà piena e non avrà più nulla da prendermi sarò come il sacco vuoto abbandonato accanto al muro.

Ma il bambino non mi ha guardato. Non son nulla per lui, che ancora non sa. Passeggero appena visto colla coda dell’occhio, non riconoscibile in altri incontri. Non mi ha sorriso neppure, lui che mi prende posto e privilegio.

Finita ogni mia proprietà, fra poco e per sempre. A meno ch’io non lo ritrovi per ucciderlo prima ch’egli sia prossimo a finirmi. Talenti e passioni ed ogni mia abilità trasmessi alla vita sua. E i miei dolori. Per pietà di lui e difesa di me so quale sarebbe il mio dovere. Ma lui non è che un me stesso rinato, in meglio rifatto per arrivare più in alto perchè forse ho tradito.

Sei sceso dal tram senza voltarti. Nè ti ho seguito coll’occhio nè ho riguardato la mamma nera che non ci somiglia. E giunto al mio posto, tra colombi e cavalli, ti ho perduto, così lontano; e ti condanno, io cattivo, alla sciocca felicità de’ miei anni.

GIOVANNI PAPINI


 

          un hermano en el tranvía

 

Esta mañana también bajé las escaleras a las diez, porque las bajo todas las mañanas, y al llegar a la avenida subí al tranvía porque se detuvo en el cruce, justo delante de mis pasos.

No hay mes que me guste más que octubre, pero cuando el cielo parece reflejar, ceniciento, el fango de las calles, tengo, detrás de un cristal, la pasión de contemplarlo pasar, estropeado también este año —este mes que, antes de tiempo, da paso a la lluviosa oscuridad de noviembre. Las castañas de Indias, tan plásticas y nuevas recién sacadas de la cáscara, tan ricas y tranquilas porque nadie se las come, estaban esparcidas por el suelo, al pie de los castaños ornamentales, y nadie, excepto yo, les prestaba atención.

Se acabó la avenida. Y ya sólo quedaban para ver las tiendas desiertas de la mañana —de una mañana tan pobre y tan poco concurrida— y las calles que pocos se aventuran a cruzar, calles barridas y aún señoriales desde la prisión hasta la abadía. Entonces me di cuenta de que tenía a mi lado una mujer toda vestida de negro que me miraba. Su rostro estaba tan bronceado y oscurecido por el sol que parecía que acababa de regresar de los mediodías marítimos, pero al mismo tiempo sentí que eso no podía ser cierto y que así había nacido y así también había quedado, a la sombra de las casas más romas. Entre las rodillas sostenía en pie a un niño que no podía tener más de seis años, mucho más pálido de lo que era ella morena y enfundado en ropas de color azul marino que, al colgar, se veían negras, ya que la tela estaba lejos de ser nueva.

La mujer seguía mirándome, no sé por qué. Pero andaba por los cuarenta años y todos sus rasgos, endurecidos por ese bronceado de nacimiento, tenían algo de viejo y de masculino, y su boca me recordaba, con todo ese negro, la de una maestra poco maternal a la que no quise perdonar.

Pero yo miraba especialmente al niño, que se había quedado mirando fijo las rodillas de una señora sentada delante de él y estaba absorto y ceñudo como si estuviera reflexionando sobre asuntos muy serios, sin pestañear ni volver la cabeza hacia uno u otro lado.

Y cuanto más lo miraba, más me parecía reconocer algo que me pertenecía o me había pertenecido en días apenas recordados. Olor a fraternidad; un lazo de familia, una identidad inexplicable.

Y, sin embargo, ese ceño fruncido era el mío a su edad. Esos ojos fijos, ese rostro de yeso color marfil, esa boca dura, altiva. Y esa nariz corta de hijo pobre bajo la frente demasiado ancha para su edad. Esa inmovilidad antinatural; ese modo severo, fijo, monstruoso de pensar. Y los mechones rizados que sobresalían de la gorra de marinero.

Todo estaba allí. Así había sido yo. Y el chico desconocido me repetía, repetía mi aspecto… quizás tenía en sí mismo, robada, copiada, mi alma.

¡Oh, hermano menor al que no conocí porque bajaste antes que yo y al que quizás no volveré a ver por qué no me dejaste en paz! Temo que nuestras vidas estén más ligadas y se parezcan más de lo que querríamos. Ahora, por fin, entiendo lo que me asustaba desde hacía algún tiempo. Este vaciamiento, esta consumación y disminución de mi espíritu, este perder sin asombro y este abdicar sin vergüenza.

Me ha nacido un otro yo; mi espíritu ha pasado a su persona; lo que le ha sido dado se me ha quitado. Mi derecho ha llegado a su término; poco a poco, mes a mes, lo mejor de mí pasa a mi nuevo hermano, a mi otro yo más fresco. Y cuando su vida esté llena y ya no tenga nada que quitarme, seré como un saco vacío abandonado junto a la pared.

Pero el niño no me ha mirado. No soy nada para él, que aún no sabe. Un pasajero apenas visto con el rabillo del ojo, irreconocible en otros encuentros. Ni siquiera me ha sonreído, él, que me quita mi lugar y mis privilegios.

Todo lo que era mío se termina, dentro de poco y para siempre. A menos que lo vuelva a encontrar para matarlo antes que él esté por acabar conmigo. Talentos y pasiones y todas mis habilidades transmitidas a su vida. Y mis dolores. Por piedad hacia él y en defensa de mí mismo sé cuál sería mi deber. Pero él no es más que mi propio yo renacido, mejorado para llegar más alto porque tal vez yo he traicionado.

Bajaste del tranvía sin darte vuelta. No te seguí con la mirada ni miré a la madre morena que no se nos parece. Y al llegar a mi asiento, entre palomas y caballos, te perdí, tan lejano; y yo, el malvado, te condeno a la estúpida felicidad de mis años.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán


jueves, 17 de julio de 2025

Juan Rodolfo Wilcock y Juan Rodolfo Wilcok: Elegía por la muerte de un señor


ELEGÍA POR LA MUERTE DE UN SEÑOR


Por qué volver sobre el pasado, ardiendo

como está entre las nubes de la tarde inmóvil,

retornar sobre aquellos pasos que en silencio cruzaron

estos tranquilos lugares de la melancolía;

nombres que en el espíritu despiertan levemente

un misterio olvidado de antiguos crepúsculos.

Abajo, en el jardín, rosales muertos, crisantemos helados,

han visto el rostro del otoño, están deseando

un tiempo que los lleve a la tierra inclemente

como cenizas y polvo, como un recuerdo perdido.

 

¡Restos de antiguas soledades, dejadme cantar la muerte,

la oscuridad y el vacío donde se pierden

tantos labios de amantes, tantos cuerpos de forma luminosa,

ya para siempre alejados de las tiernas caricias nocturnas!

Oh nada es más estéril que la vida de los hombres

aferrándose con delirio al paso de las flores;

miradlos levantar su amor como brillantes monumentos,

mirad cómo enloquecen cantando con sonidos maravillosos,

cómo navegan en barcos por el mar

a la hora en que la luna nos recuerda las tristezas pasadas.

Sólo la muerte disipa aquellas furias,

sólo el sol inundando esos cuerpos abandonados

los restituye a la tierra sin un resto ni un eco

de tantos clamores con que se levantaron antaño,

hasta el mismo rostro de los dioses impasibles.

 

Yo, cantor entristecido por la crueldad de las gentes,

quisiera sentir en mis sienes el tierno sol eternamente

como aquellos espíritus gloriosos

que vagan apenas como nubes por ideales parques florecidos.

Como ellos vivir en el reposo

paseando en naves aladas a través de la luz y el rocío;

olvidar todo serenamente,

así como una rosa perdida se deshoja con languidez

entre livianas brisas.

 

Un alma desterrada y sola en la vida tenemos,

en un único lugar, duramente arrancada,

y llorando en el cuerpo por sus moradas de infancia

como un fuego que el viento golpea incesantemente.

 

A veces ante un ciprés, hijo dilecto del aire,

vuelve en el sueño nocturno con los labios apretados;

a veces en la tarde embriagadora del estío,

entre el escondido canto de los pájaros y los grillos,

huye desde su distancia por un camino de tierra

hasta refrescarse los miembros en el agua de sus días jóvenes.

Eternamente murmurando va en las terrestres prisiones

un recuerdo perfumado de azahares y montes silenciosos,

y los ojos se levantan hacia el cielo con lágrimas

y las piedras desgarran las vestiduras del alma

que sufre como una flor entre los hombres inclementes.

 

La muerte virgen y hermosa con sus grandes cántaros de agua

transporta sutilmente las almas;

cruza entre musgos y líquenes los bosques de antiguos árboles

y oye los vientos fantásticos

donde los pájaros sueñan con una aurora de diamantes.

 

Hacia otros campos escogidos huyó liviano su espíritu,

cuando ya queman los rastrojos porque se muere el otoño,

y el humo blanco y fatigado se confunde tranquilamente

con la neblina del crespúsculo sobre los valles distantes.

Allí donde pasa la noche como un gran pájaro oscuro

buscaba el olvido perenne y el silencio y la sombra,

la soledad primitiva entre los caballos que recorren

las azules tierras de la luna con un éxtasis repentino.

 

Ahora habrá visto entre nubes las brillantes luces inefables

que flotan como sustancias difusas de los mismos dioses por elevados reinos ;

habrá escuchado sus músicas de celestes acordes junto a las fuentes agradables donde se humedece el viento,

o reclinado en la orilla de los anchos ríos del cielo

sobre hierbas tranquilas y recuerdos, cubierto de astros inmortales.


 

ELEGIA PER LA MORTE DI UN SIGNORE


Perché tornare sul passato, acceso

come dietro le nuvole della sera immobile ;

tornare su quei passi che in silenzio percorsero

questi calmi luoghi della malinconia,

nomi che nello spirito risvegliano tenuemente

un mistero dimenticato di antichi tramonti.

Giu nel giardino, rose morte, crisantemi gelati

hanno visto il volto dell’autunno, ora desiderano

un tempo che li riporti alla terra inclemente,

come cenere e polvere, come un ricordo perduto.

 

Resti di vecchie solitudini, lasciatemi cantare la morte,

l'oscurità e il vuoto in cui si perdono

tante labbra di amanti, tanti corpi di forma luminosa,

per sempre allontanati dalle tenere carezze notturne.

Oh nulla è più sterile della vita degli uomini,

aggrappati in delirio al passaggio dei fiori ;

guardateli innalzare il loro amore come brillanti monumenti,

guardate come impazziscono cantando con suoni meravigliosi,

come navigano su barche per il mare

all’ora in cui la luna ci ricorda le tristezze passate.

Soltanto la morte disperde quelle furie,

soltanto il sole inondando quei corpi abbandonati

li restituisce alla terra senza un resto né un'eco

di quei clamori con cui un giorno si alzarono

fino alla faccia stessa degli dèi impassibili.

 

Io, cantore rattristato dalla crudeltà della gente,

vorrei sentire sulle tempie il mite sole eternamente

come quegli spiriti gloriosi

che vagano appena come nuvole per ideali giardini fioriti.

Come loro vivere nel riposo

passeggiando su navi alate attraverso la luce e la rugiada ;

dimenticare tutto serenamente,

come una rosa perduta si sfoglia con languore

tra brezze leggere.

 

Un'anima esiliata e sola nella vita abbiamo,

in un unico luogo, duramente strappata,

che nel corpo rimpiange le sue dimore d'infanzia

come un fuoco che il vento scuote senza posa.

 

A volte sotto un cipresso, figlio diletto dell'aria,

torna nel sonno notturno con le labbra strette,

a volte nella sera inebriante d'estate,

tra i canti nascosti degli uccelli e dei grilli,

elude la distanza per un vicolo di terra

a rinfrescarsi le membra nell'acqua dei suoi giorni giovani.

Eternamente mormorando vaga per le terrestri prigioni

un ricordo profumato di zagare e di colli silenziosi,

e gli occhi si alzano al cielo con lacrime,

e le pietre lacerano le tuniche dell'anima

che soffre come un fiore tra gli uomini inclementi.

 

La morte vergine e bella con le sue grosse brocche d'acqua

trasporta sottilmente le anime;

tra muschi e licheni traversa i boschi di antichi alberi

e ascolta i venti fantastici

dove gli uccelli sognano un'aurora di diamanti.

 

Verso altri campi scelti il suo spirito è fuggito lieve,

quando bruciano le stoppie perché muore l'autunno,

e il fumo bianco e stanco si confonde tranquilamente

con la nebbia della sera nelle vallate lontane.

Là dove passa la notte come un grosso uccello scuro

egli cercava l'oblio perenne e il silenzio e l'ombra,

la solitudine primitiva tra i cavalli che percorrono

in un'estasi improvvisa le terre azzurre della luna.

 

Ora avrà visto tra nuvole le lustre luci ineffabili

che ondeggiano come sostanze diffuse degli stessi dèi per elevati regni ;

avrà ascoltato le loro musiche di celesti accordi

presso le fontane piacevoli dove s’inumidisce il vento,

oppure sdraiato sulla riva dei larghi fiumi del cielo

sopra tranquille erbe e ricordi,

coperto di astri immortali.

JUAN RODOLFO WILCOCK


martes, 8 de noviembre de 2022

Giuseppe Ungaretti y Philippe Jaccottet: La Piedad

LA PIETÀ

'La pietà' fu pubblicata per la prima volta, in un testo da me tradotto, nella 'Nouvelle Revue Francaise', e suscitò, dato il momento storico, diffuso turbamento. È la prima manifestazione risoluta di un mio ritorno alla fede cristiana. Nacque, durante la settimana santa, nel monastero di Subiaco, ospite del mio compagno don Francesco Vignanelli, monaco a Montecassino. (Giuseppe Ungaretti)

 

1

Sono un uomo ferito.

E me ne vorrei andare

E finalmente giungere,

Pietà, dove si ascolta

L’uomo che è solo con sé.

 

Non ho che superbia e bontà.

E mi sento esiliato in mezzo agli uomini.

Ma per essi sto in pena.

Non sarei degno di tornare in me?

 

Ho popolato di nomi il silenzio.

Ho fatto a pezzi cuore e mente

Per cadere in servitù di parole?

Regno sopra fantasmi.

 

O foglie secche,

Anima portata qua e là…

No, odio il vento e la sua voce

Di bestia immemorabile.

 

Dio, coloro che t’implorano

Non ti conoscono più che di nome?

M’hai discacciato dalla vita.

Mi discaccerai dalla morte?

Forse l’uomo è anche indegno di sperare.

 

Anche la fonte del rimorso è secca?

Il peccato che importa,

se alla purezza non conduce più.

 

La carne si ricorda appena

Che una volta fu forte.

 

È folle e usata, l’anima.

Dio guarda la nostra debolezza.

Vorremmo una certezza.

Di noi nemmeno più ridi?

 

E compiangici dunque, crudeltà.

Non ne posso più di stare murato

Nel desiderio senza amore.

Una traccia mostraci di giustizia.

 

La tua legge qual è?

Fulmina le mie povere emozioni,

liberami dall’inquietudine.

Sono stanco di urlare senza voce.

 

2

Malinconiosa carne

dove una volta pullulò la gioia,

occhi socchiusi del risveglio stanco,

tu vedi, anima troppo matura,

quel che sarò, caduto nella terra?

 

È nei vivi la strada dei defunti,

siamo noi la fiumana d’ombre,

sono esse il grano che ci scoppia in sogno,

loro è la lontananza che ci resta,

 

e loro è l’ombra che dà peso ai nomi,

la speranza d’un mucchio d’ombra

e null’altro è la nostra sorte?

E tu non saresti che un sogno, Dio?

 

Almeno un sogno, temerari,

vogliamo ti somigli.

È parto della demenza più chiara.

 

Non trema in nuvole di rami

Come passeri di mattina

Al filo delle palpebre.

 

In noi sta e langue, piaga misteriosa.

 

3

La luce che ci punge

È un filo sempre più sottile.

Più non abbagli tu, se non uccidi?

Dammi questa gioia suprema.

 

4

L’uomo, monotono universo,

crede allargarsi i beni

e dalle sue mani febbrili

non escono senza fine che limiti.

 

Attaccato sul vuoto

Al suo filo di ragno,

non teme e non seduce

se non il proprio grido.

 

Ripara il logorio alzando tombe,

e per pensarti, Eterno,

non ha che le bestemmie.

GIUSEPPE UNGARETTI

1928


LA PITIÉ

 

1

Je suis un homme blessé

Et je voudrais m’en aller,

Je voudrais enfin arriver,

Pitié, là où l’on écoute

L’homme seul avec lui-même.

 

Je n’ai que superbe et bonté.

Et je me sens en exil entre les hommes.

Mais je suis en peine pour eux.

Serais-je indigne de rentrer en moi ?

 

J’ai peuplé de noms le silence

Ai-je dépecé tête et cœur

Pour être asservi à des mots ?

Je règne sur des fantômes.

 

Ô feuilles sèches

Âme emportée çà et là.

Mais je hais le vent, et sa voix

De fauve sans mémoire.

 

Dieu, ne te connaissent ils plus,

Ceux qui t’implorent, que de nom ?

Tu m’as chassé de la vie.

Me chasseras-tu de la mort 

L’homme est peut-être indigne même d’espérer.

 

Même la source du remords est-elle à sec ?

Qu’importe le péché

S’il n’est plus voie de pureté ?

 

La chair à peine se rappelle

Qu’elle fut un jour si forte.

 

L’âme est folle, et vermoulue.

Dieu, regarde notre faiblesse. 

Nous rêvons d’une certitude

Tu ne nous raille même plus ?

 

Compatis donc, cruauté.

Je n’en peux plus d’être muré

Dans le désir sans amour.

Montre-nous quelque trace de justice.

 

Qu’est-ce que c’est, ta loi ?

Foudroie nos pauvres émois,

Délivre-moi de l’angoisse.

Je suis las de hurler sans voix.

 

2

Chair de mélancolie

Où foisonnait jadis la joie,

Œil demi-clos du réveil harassé,

Âme trop mûre, vois-tu

Celui que je serai sous terre ?

 

Le chemin des morts passe en nous.

Nous sommes le fleuve des ombres,

Elles sont le grain qui éclate dans nos rêves

Elles sont la distance qui nous reste,

 

L’ombre qui donne poids aux noms.

Notre sort ne serait-il rien

Que l’espoir d’un ramas d’ombres ?

Toi, Dieu, ne serais qu’un songe ?

 

Ce songe, au moins, téméraires

Nous voulons qu’il te ressemble,

Il est le fruit de la plus claire folie.

 

Il ne tremble pas au fil des paupières

Comme aux branches nuageuses

Les moineaux du matin.

 

Il est en nous qui pleure, mystérieuse plaie.

 

3

La lumière qui nous meurtrit

Est un fil toujours plus ténu.

N’éblouis-tu plus sans tuer ?

Donne-moi cette joie suprême.

 

4

L’homme, monotone monde,

Croit agrandir son empire

Et de ses fiévreuses mains

Ne sortent jamais que des bornes.

 

Suspendu sur le vide

A un fil d’araignée

Il ne craint et ne séduit

Jamais que son propre cri.

 

Il répare la ruine en dressant des tombeaux,

Et pour te penser, Eternel

Il n’a rien que blasphèmes.

1928.

Traduit de l’italien par PHILIPPE JACCOTTET

 


LA PIEDAD

“La piedad” se publicó por primera vez, en un texto traducido por mí, en la Nouvelle Revue Francaise, y suscitó, dado el momento histórico, un disgusto generalizado. Es la primera manifestación decidida de mi regreso a la fe cristiana. Nació, durante la Semana Santa, en el monasterio de Subiaco, habiendo sido invitado por mi compañero Don Francesco Vignanelli, monje de Montecassino. (Giuseppe Ungaretti)

 

1

Yo soy un hombre herido.

Y querría irme de aquí

Y llegar finalmente,

Piedad, allí donde se escucha

El hombre que está solo consigo.

 

No poseo más que soberbia y bondad.

Y me siento exiliado en medio de los hombres.

Pero por ellos sufro.

¿Sería yo indigno de volverme a mí?

 

¿He poblado con nombres el silencio,

He hecho pedazos corazón y mente

Para caer en la esclavitud de las palabras?

Reino sobre fantasmas.

 

Oh hojas secas,

Alma llevada de aquí para allá…

No, odio el viento y su voz

De bestia inmemorial.

 

Dios, ¿aquellos que te imploran

Sólo de nombre te conocen?

Me has echado de la vida.

¿Me echarás de la muerte?

Quizá también el hombre sea indigno de esperar.

 

¿También la fuente del remordimiento está seca?

Qué importa el pecado

Si ya no conduce a la pureza.

 

La carne apenas recuerda

Que alguna vez fue fuerte.

 

Está loca y usada, el alma.

Dios mira nuestra debilidad.

Querríamos una certeza.

¿Ya ni siquiera te ríes de nosotros?

 

Apiádate, pues, crueldad.

Ya no soporto estar encerrado

En el deseo sin amor.

Muéstranos algún rastro de justicia.

 

¿Cuál es tu ley?

Fulmina mis pobres emociones,

Libérame de la inquietud.

Estoy cansado de gritar sin voz.

 

2

Melancólica carne

Donde una vez floreció la dicha,

Ojos entrecerrados en el cansado despertar,

¿Puedes ver, alma demasiado madura,

El que seré, caído en la tierra?

 

Está entre los vivos el camino de los muertos,

Somos nosotros el río de las sombras,

Son ellos la simiente que estalla  en nuestros sueños,

De ellos es la distancia que nos queda,

 

Y de ellos es la sombra que da peso a los nombres.

¿Nada más será nuestro destino

Que la esperanza de un montón de sombras?

¿Y tú, Dios, serías sólo un sueño?

 

Un sueño que, al menos, temerarios,

Queremos que se te parezca,

Es el parto de la más clara locura.

 

No tiembla en una nube de ramas

Como gorriones por la mañana,

En el borde de los párpados.

 

En nosotros está y languidece, herida misteriosa.

 

3

La luz que nos hiere

Es un hilo cada vez más delgado.

¿No puedes deslumbrar sin matar?

Concédeme esa alegría suprema.

 

4

El hombre, monótono universo,

Cree ensanchar sus bienes

Y de sus manos febriles

Sólo límites salen sin cesar.

 

Suspendido sobre el vacío

En su hilo de araña

No teme y no seduce

Nada que no sea su propio grito.

 

Repara el desgaste levantando tumbas,

Y para pensarte, oh Eterno,

Sólo tiene blasfemias.

 

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán