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lunes, 2 de marzo de 2026

René Girard: Marcel Proust. Primera parte

MARCEL PROUST

Primera parte

I

Marcel Proust nació en 1871, hijo de padre católico y madre judía, en el seno de una familia de la sólida burguesía parisina. Era un niño dotado, pero enfermizo y neurótico, que desde muy temprana edad mostró marcadas tendencias homosexuales. Tras unos estudios brillantes pero irregulares en un liceo parisino y en la universidad, el joven comenzó a moverse en los círculos intelectuales y artísticos de la alta sociedad; publicó algunos ensayos menores, un delgado volumen de prosa bastante «decadente» y algunas traducciones de John Ruskin. También frecuentaba asiduamente ciertos salones del antiguo y aristocrático Faubourg Saint-Germain. Durante ese período, Proust sin duda se sentía y se comportaba como algunos de los snobs burgueses que más tarde creó en En busca del tiempo perdido. Sin embargo, tras la muerte de su madre en 1905, Proust renunció literalmente al mundo y dedicó el resto de su vida a la creación de lo que es, quizás, la obra maestra de la literatura francesa del siglo XX. Tras más de una docena de años de trabajo continuo y a menudo heroico, realizado en condiciones de salud deplorables, Marcel Proust murió en el intento, dejando los últimos volúmenes sin corregir de su novela para que fueran publicados póstumamente, con su fama literaria ya asegurada no solamente en Francia, sino en todo el mundo.

Al igual que Montaigne, y quizás más que Montaigne, Proust podría haberse jactado de que él mismo era la esencia de su libro. Esto no significa que Marcel Proust y Marcel, protagonista y narrador de En busca del tiempo perdido, sean idénticos en el sentido empírico vulgar, sino que, desde un punto de vista más elevado y espiritual, son uno. El libro convirtió al autor en nada menos que el autor del libro. Las obras anteriores, por brillantes que puedan parecer, no son más que ejercicios preparatorios y primeros borradores rechazados de la gran obra maestra. Cualquier intento de comprender a Marcel Proust, al hombre y su obra, debe comenzar, como debe terminar, con En busca del tiempo perdido.

En el principio era Combray, una pequeña y tranquila ciudad provinciana de la Isla de Francia donde Marcel (el narrador) pasa los momentos más felices de su infancia, en la casa de sus abuelos paternos. Combray es un mundo de tradiciones y rituales, rígidamente atrapado en una compleja jerarquía de clase media, que recuerda al orden feudal en sus últimos tiempos. El pueblo, todavía rodeado por los restos de una muralla medieval perfectamente circular, vive apartado del resto del mundo, no en el tiempo, sino en la eternidad, como un refugio de poesía y alegría al que ningún mal puede tocar.

Sin embargo, Combray se ve amenazado, como cualquier otro paraíso de la inocencia infantil. Las oscuras fuerzas del esnobismo y la pasión erótica buscan destruirlo. El esnobismo hace su primera aparición con Legrandin, un amigo de la familia de Marcel que sucumbe a una fascinación morbosa por la aristocracia local; el deseo sexual es introducido por Mademoiselle Vinteuil, cuya relación anormal con una amiga convierte la vida de su padre, el gran músico Vinteuil, en un horrible martirio. A partir de ese momento, con el propio narrador o, excepcionalmente, con Swann, un rico burgués de la alta sociedad, en el centro del escenario, la gran novela se aleja cada vez más de la paz dichosa de las primeras descripciones edénicas. A medida que nos sumergimos más profundamente en el mundo de la ambición social y del deseo sexual, un espíritu de futilidad va invadiéndolo todo. Marcel nunca comienza la novela que planea escribir. La eternidad da paso al tiempo hostil y corrosivo que Robert Champigny describe en su notable ensayo. El espíritu de Combray parece completamente destruido.

A lo largo de la novela, los deseos —tanto inocentes como perversos— de Marcel y de los demás personajes se describen en términos cuasi religiosos. Detrás de ese algo tan codiciado, siempre hay alguien dotado de un prestigio casi sobrenatural. Marcel anhela una especie de comunión mística, con un individuo o con un grupo, que él cree que habita en un reino superior de la existencia y totalmente separado de la multitud vulgar. Ese deseo metafísico adopta diferentes formas en las distintas etapas de la novela. Al igual que Combray se apiña a los pies de su iglesia medieval, el primer Marcel vive a la sombra de sus padres, de Swann o del gran escritor Bergotte, todas ellas figuras imponentes a las que el niño imita religiosamente con la esperanza de convertirse en uno de ellos. Más tarde, por medio del deseo sexual y de la ambición social, Marcel vuelve a buscar la iniciación a una existencia nueva y misteriosa que cree preferible a la suya. Ahora, sin embargo, los dioses benevolentes de Combray han sido sustituidos por otros malévolos: las inteligentes anfitrionas que se niegan obstinadamente a enviar la invitación tan ansiada, los jóvenes frívolos de ambos sexos que infligen la tortura de los celos a sus admiradores en proporción inversa al placer que les proporcionan. Las metáforas de Proust, que él acertadamente consideraba el elemento más esencial y original de su arte, reflejan este cambio en la atmósfera «religiosa» de la novela. Las imágenes de Combray, normalmente tomadas del Antiguo Testamento y del cristianismo medieval, expresan una fe vigorosa pero ingenua. El mundo del esnobismo y de la pasión erótica, por otro lado, se asocia con la magia negra, con los cultos sangrientos del fetichismo, con perversiones del cristianismo tales como la caza de brujas y la Inquisición.

Cuando se alcanza el objetivo de la iniciación, el ídolo imponente resulta invariablemente tan tedioso como cualquier otra persona y el sabor divino se evapora. No tenemos que preguntarnos por qué la posesión mata ese deseo, ya que la respuesta es bastante obvia. Nada humano puede satisfacerlo. La verdadera pregunta es más difícil de responder. ¿Por qué el deseo proustiano de ese tipo es metafísico? La respuesta se encuentra en la psicología del hombre, tal y como la entiende Proust.

La veneración de un niño por sus padres es bastante comprensible. Lo que nos sorprende es la veneración de un adulto por otros adultos, en la que evidentemente permanece algo infantil. Esto es precisamente lo que sugiere una escena importante al principio de la novela. Cuando Marcel se acuesta en Combray, no puede dormirse a menos que su madre suba a su habitación y le dé un beso de buenas noches. Los padres intentan no acceder a esa petición porque su hijo es nervioso y enfermizo; debe desarrollar su «fuerza de voluntad» o nunca se convertirá en un hombre «de verdad».

Sin embargo, una determinada noche, Marcel está tan triste que rompe la sagrada ley familiar y baja las escaleras, suplicando un último beso. En lugar de imponerle el castigo esperado, su padre se encoge de hombros y le dice a la madre que pase toda la noche con el niñito pequeño asustado. Marcel se siente aliviado, pero sabe que ha ocurrido algo irreparable. Al transgredir la ley que ellos mismos han establecido, los padres se han rebajado al nivel del niño y han convertido su debilidad en la suya propia. Marcel ha perdido la fe en los dioses de Combray. Pero no se trata de un proceso normal de maduración, ni es el fin de la búsqueda de la salvación a través de medios mágicos. El niño tiene que recurrir a otros dioses que mantengan, en su trato con él, el dominio inflexible que, hasta aquella fatídica noche, era característico de sus padres. Toda la vida emocional de Marcel se convertirá en una repetición de las noches de insomnio de Combray.

En este Götterdammerung parental se incluye, por supuesto, la propia Ley: la respetabilidad burguesa, asociada, a los ojos de Marcel, con el mundo de la familia. Una vez que esta ha caído, la inmoralidad y la ociosidad deben ser adoradas en secreto. La ilusión de lo sagrado estará presente cada vez que Marcel se sienta sistemáticamente excluido de los placeres que la familia consideraría prohibidos. Hay aquí  un puritanismo a la inversa que, sin duda, se presta a una interpretación psicoanalítica, pero debemos tener cuidado de no considerar a Marcel como una entidad psicológica del todo separada. Lo hemos aislado aquí de su contexto ficticio para mostrar que distorsiona sistemáticamente la realidad. Volvamos ahora a situarlo en su contexto y quedará claro que la realidad, en forma de snobs, contribuye a provocar esta distorsión.

Los snobs actúan como si el salón no fuera simplemente un lugar donde a la gente le gusta reunirse con el fin de chismorrear y degustar petits fours, sino un pequeño mundo sagrado, completamente separado del vasto mundo e infinitamente más deseable. Desde este punto de vista, el salón es un templo de misterios esotéricos del que los snobs son los iniciados, misterios que se diluirían y se perderían si se impartieran a los indignos. El forastero rechazado se siente así víctima de una condenación terrenal y mundana. No es de extrañar que estas pequeñas camarillas exclusivas vean a Marcel, propenso como es al deseo metafísico, como el hortus conclusus, el jardín cerrado de la literatura mística. Puede que él mismo esté enfermo, pero los snobs que lo rodean parecen empeñados diabólicamente en empeorar su enfermedad. La empeoran porque el ascenso social en En busca del tiempo perdido implica una degradación espiritual y física. Impulsado por su deseo y constantemente orientado hacia un futuro estéril, el narrador se ve incapacitado para la acción real o la contemplación. Los recuerdos de su feliz infancia se han vuelto artificiales y secamente fácticos.

Sin embargo, un día, el Combray original regresa gracias a un curioso fenómeno de memoria afectiva. Tras un largo y aburrido día dedicado a la búsqueda de sus supuestos placeres, el narrador llega a casa y su madre le sirve una taza de té y uno de esos pasteles que los franceses llaman madeleine. Marcel moja con cansancio el pastel en el té y, cuando las migas empapadas tocan su lengua, se siente milagrosamente liberado de su desdicha. Su tía postrada en cama solía ofrecerle té y madeleines en los días de Combray. La renovada impresión sensorial proporciona un puente material entre el pasado y el presente; el mundo de Combray vuelve a la vida con toda su frescura original.

La madelaine resucita el sereno y alegre Combray, apiñado alrededor de su hermosa iglesia gótica y protegido de la oscuridad exterior por su muralla perfectamente circular. En retrospectiva, ese Combray parece más cercano al jardín encantado que Marcel busca que a todas las experiencias que le siguen. Los salones son para Combray lo que una caricatura es para el original. Combray, al igual que los salones, es un mundo de rituales, pero menos consciente y menos rígido; Combray es celoso de su identidad, pero no hasta el punto de excluir sistemáticamente a los forasteros. Entre Combray y el resto del mundo puede haber un malentendido perpetuo, pero no hay un conflicto abierto como en los salones. Sin embargo, hay suficientes similitudes entre los dos mundos como para llevar a un observador inexperto como Marcel a pensar erróneamente que la identidad que posee Combray debe estar más presente en los salones. La pretensión de estos últimos de ser el «jardín encantado» parece más sustancial.

Esta es una conclusión errónea. Detrás del tentador noli me tangere de los snobs, en realidad no hay más que ansiedad e inquietud. Madame Verdurin y sus amigos imitan un apego apasionado a su propio «pequeño clan», pero, en realidad, están fascinados por los altivos Guermantes, a quienes declaran despreciar. Todo lo que une a los snobs de un salón es la envidia de otro salón del que se sienten excluidos y que, en consecuencia, se convierte en el único objeto de su deseo. Lejos de ser independientes, los salones solo pueden entenderse en esta relación «dialéctica», mientras que Combray es inteligible por sí mismo y en sí mismo. Por eso hay muchos salones, pero sólo hay un Combray.

Atraído por la falsa promesa de los salones, el narrador, sin saberlo, da la espalda a su verdadero objetivo, el jardín encantado. Un snob no puede encontrar descanso, ni siquiera en la «cima» de la sociedad, ya que siempre hay un lugar en el que se sentirá rechazado y que, por lo tanto, deseará. En el momento en que la sociedad se postra a sus pies, el snob proustiano pierde interés y se vuelve hacia otra parte, incluso hacia los bajos fondos, como el barón de Charlus, que busca su placer en la cloaca. En consecuencia, cada vez que el snob avanza, el jardín encantado retrocede. En un mundo de iniciados, todos se imaginan a sí mismos como outsiders. Pero como nadie admite esta verdad, todos se convierten necesariamente en engañadores y engañados, víctimas y torturadores, excluyéndose unos a otros por el hecho de sentirse excluidos. Hay un elemento de magia imitativa en este comportamiento y también un miedo pánico a que se perciba el propio estado de privación, y el narrador lo sufre tanto como los demás personajes de la novela: aprende a ocultar sus verdaderos sentimientos; aprende a llevar una máscara de autosatisfacción y desprecio.

¿Por qué todo el mundo debe sentirse individualmente culpable por un sentimiento de insuficiencia que, en realidad, es universal? Para responder a esta pregunta, debemos volver a Combray. Marcel ha rechazado la moral burguesa de sus padres, excepto un principio esencial que no puede cuestionar: sigue creyendo que debe ser un hombre «de verdad», autosuficiente, independiente y fuerte. Pero, ¿qué significa ser un hombre «de verdad» en un mundo positivista del que se han desterrado todas las cosas que trascienden lo humano? Significa, en última instancia, que la humanidad debe asumir los atributos de la divinidad. Esta consecuencia de la «muerte de Dios», que únicamente Nietzsche y Dostoievski vieron claramente antes de la época de Proust, tal vez esté actuando de forma oscura entre los personajes de la novela, que buscan constantemente la unión mística con una pseudodivinidad y, por lo tanto, deben estar comprometidos, al menos inconscientemente, con la autodeificación.

Según Nietzsche, la muerte de Dios, al impulsar el orgullo humano hacia nuevas alturas, llevará al hombre a superarse a sí mismo y convertirse en un superhombre. Dostoievski tiene una opinión diferente. El hombre no es un dios, afirma Dostoievski, y la voz interior del individuo siempre le dirá esta verdad. Pero esta verdad existencialmente irrefutable es impotente frente a la voz unánime de una sociedad prometeica, que siempre insta a sus miembros a arrogarse las funciones de lo divino. El resultado, para el individuo, será una ineludible frustración. La «divinidad» se convierte en lo que uno sabe que no tiene, pero que debe suponer que les autres sí tienen. Cada aspirante a superhombre se creerá el único ser limitado en una sociedad de semidioses y, en su delirio, buscará la salvación en sus semejantes divinizados pero envidiados, con consecuencias trágicas y grotescas para todos los involucrados.

Proust no está dispuesto a participar directamente en este debate filosófico, posiblemente porque, para él, Dios está simplemente demasiado muerto. Pero sus snobs, al igual que los personajes de Dostoievski, se sentirían menos ineptos si no fueran tan orgullosos, si no esperaran lo imposible de sí mismos. Y las imágenes religiosas de En busca del tiempo perdido cuentan una historia que no es fundamentalmente diferente de la de Dostoievski, pero lo hacen de forma más objetiva e impresionante porque Proust no percibe las implicaciones metafísicas, ni siquiera algunas de las implicaciones éticas, de su visión, ya que nunca abandona el nivel del análisis «psicológico». Sus deficiencias en el ámbito de la existencia, tan astutamente detectadas por Ramón Fernández, contribuyen aquí al valor de su obra.

Para Proust, al igual que para Dostoievski, la trascendencia, que en el pasado separaba al adorador del adorado, ahora separa a los individuos entre sí y los obliga a vivir sus relaciones en el plano de una religiosidad corrompida. Todo el mundo se deja llevar por el amour-propre, escribe Proust, por un amor egocéntrico que nos lleva hacia fuera, convirtiéndonos en esclavos e imitadores de los demás. Aplastado bajo el peso de nuestro orgullo prometeico, el amour-propre se ha convertido en una especie de planisferio centrífugo. A medida que ese orgullo centrífugo atrae al narrador con las promesas falaces del esnobismo y la pasión sexual, lo aleja cada vez más de Combray.

Por supuesto, uno puede encontrar momentos de alivio de este mecanismo diabólico, momentos extáticos de paz proporcionados por la contemplación de hermosos paisajes o por las grandes obras de artistas como Bergotte, el escritor, Vinteuil, el músico, Elstir, el pintor. Pero no pueden dejar fuera a la realidad por mucho tiempo.

La abuela, que ha acompañado al narrador como un ángel luminoso de amor e inocencia durante los años de su juventud, enferma y muere de forma horrible. Luego muere Bergotte. Después, Albertine muere en un accidente de equitación tras escapar del apartamento donde Marcel, enfermo de celos, la mantenía prácticamente prisionera. Esta última catástrofe marca el comienzo del peor período de la vida del narrador. El aguijón del deseo ha desaparecido, pero en lugar de paz, lo que siente es la apatía; el narrador se resigna a una vida de vacío espiritual y aburrimiento. El arte mismo ha perdido su poder. Marcel abandona sus planes tan apreciados de «reformar su vida» y convertirse en un gran artista.

Tras un largo periodo de enfermedad, y a falta de un propósito mejor, Marcel acepta una invitación de los Guermantes. A su llegada, vuelve a experimentar un repentino y extraordinario florecimiento de la memoria afectiva. Los irregulares adoquines del patio de los Guermantes le transportan a una determinada plaza de Venecia; poco después, en una antesala, la superficie brillante de una servilleta almidonada le recuerda su vida en Balbec, un balneario del Canal de la Mancha donde había conocido a Albertine; más tarde, encuentra toda su infancia encerrada en las páginas de una novela de Georges Sand, la misma que le había regalado su abuela muchos años antes.

Una vez más, el presente y el pasado se unen; el tiempo es sustituido por una sensación de eterna juventud, en violento contraste con el horrible espectáculo de degeneración y decadencia que ofrecen los invitados de los Guermantes, algunos de los cuales han envejecido tanto que Marcel apenas los reconoce. Marcel sabe que su propio cuerpo va a morir, pero esto no le preocupa, porque su espíritu acaba de resucitar en la memoria. Y esta nueva resurrección, a diferencia de la primera, es permanente y fructífera: será la base de la gran obra de arte que Marcel había perdido la esperanza de escribir.

A partir de ahora, todas las direcciones se invierten en la existencia de Marcel, todos los planes se invierten: la búsqueda del «jardín encantado» ha pasado del mundo exterior al interior, del futuro al pasado, de la dispersión a la unidad, del deseo al desapego, de la posesión a la contemplación, de la desintegración a la creación estética. El movimiento exterior y descendente del orgullo es sucedido, como señala Richard Macksey, por un movimiento interior y ascendente que lleva de vuelta a Combray, de vuelta al verdadero centro de la personalidad. La memoria afectiva es solo un aspecto de una conversión espiritual que no dejará de proporcionar la energía necesaria para la gran obra de arte. El lector no puede dudar de que esta vez se ha cumplido la promesa, porque la novela que está a punto de escribirse es también la que está llegando a su fin.

RENÉ GIRARD

Proust. A Collection of Critical Essays. Edited by René Girard

Prentice-Hall, Inc., Englewood Cliffs, N. J.. 1962

Traducido, para Literatura & Traducciones, por Miguel Ángel Frontán

Esta traducción estpa dedicada a la Sra. Eunice Luque de Jovanovich, gracias a la cual he vuelto a leer al gran René Girard.


I

Marcel Proust was born in 1871 of a Catholic father and a Jewish mother into a family of solid Parisian bourgeoisie. He was a gifted but sickly and neurotic child who, from an early age, displayed marked homosexual tendencies. After brilliant but desultory studies at a Paris lycée and at the university, the young man began to circulate in the intellectual and artistic upper class; he published a few minor essays, a thin volume of rather “decadent” prose, and some translations of John Ruskin. He also frequented assiduously certain salons of the old and aristocratic Faubourg Saint Germain. During that period, Proust doubtless felt and behaved like some of the bourgeois snobs he later created in Remembrance of Things Past. On the death of his mother in 1905, however, Proust literally renounced the world and dedicated the rest of his life to the creation of what is, perhaps, the masterpiece of French literature in the twentieth century. After more than a dozen years of continuous and often heroic labor pursued under the most deplorable conditions of health, Marcel Proust died at the task, leaving the last uncorrected volumes of his novel to be published posthumously, his literary fame already assured not only in France but in the entire world.

Like Montaigne, and more than Montaigne perhaps, Proust could have boasted that he, himself, was the substance of his book. This does not mean that Marcel Proust and Marcel, the hero and narrator of Remembrance of Things Past, are identical in the vulgar empirical sense, but that from a higher and more spiritual viewpoint, they are one. The book made the author no less than the author the book. The earlier works, however brilliant they may appear, are nothing but preparatory exercises and rejected first drafts of the great masterpiece. Any attempt to understand Marcel Proust, the man and his work, must therefore begin, as it must end, with Remembrance of Things Past.

In the beginning is Combray, a sleepy little provincial town of the Ile de France where Marcel (the narrator) spends the happiest moments of his childhood, at the home of his paternal grandparents. Combray is a world of tradition and ritual, rigidly caught in a complex middle class hierarchy, reminiscent of a latter-day feudal order. The village, still surrounded by the remnants of a perfectly circular medieval wall, lives apart from the rest of the world, not in time but in eternity, like a haven of poetry and joy which no evil can touch.

Combray is threatened, however, like every other paradise of childhood innocence. The dark forces of snobisme and erotic passion are seeking to destroy it. Snobisme makes its first appearance with Legrandin, a friend of Marcel’s family who succumbs to a morbid fascination for the local gentry; sexual desire is introduced by Mlle Vinteuil, whose abnormal relationship with a woman friend turns the life of her father, the great musician Vinteuil, into a horrible martyrdom. From this point on, with the narrator himself or, exceptionally, with Swann, a wealthy bourgeois socialite, at the center of the stage, the great novel drifts further and further away from the blissful peace of the first Edenic descriptions. As we plunge deeper into the world of social ambition and sexual desire, a spirit of futility pervades. Marcel never begins the novel he plans to write. Eternity gives way to the hostile and corrosive time which Robert Champigny describes in his remarkable essay. The spirit of Combray seems utterly destroyed.

Throughout the novel, the desires—innocent as well as perverse—of Marcel and of the other characters are described in quasi-religious terms. Behind the coveted something, there is always a someone endowed with an almost supernatural prestige. Marcel yearns after a kind of mystical communion, with an individual, or with a group, dwelling, he believes, in a superior realm of existence and entirely separated from the vulgar herd. This metaphysical desire takes a different form in the various stages of the novel. Just as Combray huddles at the foot of its medieval church, so the first Marcel lives in the shadow of his parents, or of Swann, or of the great writer Bergotte, all of them towering figures whom the child imitates religiously in the hope of becoming one of them. Later on, through sexual desire and social ambition, Marcel again seeks initiation to a new and mysterious existence which he believes to be preferable to his own. Now, however, the benevolent gods of Combray have been replaced by malevolent ones—the smart hostesses who stubbornly refuse to send the passionately awaited invitation, the flighty boys and girls who inflict the torture of jealousy upon their admirers in inverse proportion to the pleasure they provide. Proust’s metaphors, which he rightly saw were the most essential and original element of his art, reflect this change in the “religious” atmosphere of the novel. The images of Combray, usually borrowed from the Old Testament and medieval Christianity, express a vigorous but naive faith. The world of snobisme and erotic passion, on the other hand, associates itself with black magic, with the bloody cults of fetishism, with such perversions of Christianity as witch-hunting and the Inquisition.

When the goal of initiation is reached, the awe-inspiring idol invariably turns out to be as dull as anybody else and the divine flavor evaporates. We do not have to ask why possession kills such a desire, for the answer is obvious enough. Nothing human can satisfy it. The real question is harder to answer. Why is Proustian desire of this sort— why, that is, is it metaphysical? The answer lies in the psychology of man, as Proust understands it.

A child’s veneration for his parents is intelligible enough. What surprises us is the adult’s veneration for other adults, in which something infantile evidently remains. This is precisely what is suggested by an important scene at the very beginning of the novel. When Marcel goes to bed at Combray, he cannot go to sleep unless his mother comes up to his room and kisses him good night. The parents try not to accede to this demand because their child is nervous and sickly; he must build his “will power” or he will never become a “real” man.

One particular night, however, Marcel is so unhappy that he breaks the sacred family law and comes downstairs, begging for a last kiss. Instead of meting out the expected punishment, his father shrugs his shoulders and tells the mother to spend the whole night with her frightened little boy. Marcel is relieved, but he knows that something irreparable has happened. By transgressing the law they themselves have laid down, the parents have stooped to the level of the child and turned his weakness into their own. Marcel has lost faith in the gods of Combray. But this is no normal process of growing up, nor is it the end of the search for salvation through magical means. The child has to resort to other gods who will maintain, in their dealings with him, the unyielding domination which, up to that fateful night, was characteristic of his parents. Marcel’s entire emotional life will become a repetition of the sleepless nights of Combray.

Included, of course, in this parental Götterdammerung is the Law itself: bourgeois respectability, associated, in Marcel’s eyes, with the world of the family. Once this has fallen, immorality and idleness must be worshipped in secret. The illusion of the sacred will be present whenever Marcel feels systematically excluded from pleasures which the family would consider forbidden. Here is a puritanism in reverse which is open, no doubt, to a psychoanalytical interpretation, but we must beware of considering Marcel a truly separate psychological entity. We have isolated him here from his fictional context in order to show that he systematically distorts reality. Let us now put him back into his context and it will become clear that reality, in the form of the snobs, contributes to provoke this distortion.

The snobs act as if the salon were not simply a place where people like to congregate for the purpose of gossiping and absorbing petits fours, but a sacred little world, entirely separated from the big one and infinitely more desirable. In this view, the salon is a temple of esoteric mysteries of which the snobs constitute the initiates, mysteries which would be diluted and lost if they were imparted to the unworthy. The rejected outsider is thus made to feel a victim of some earthly and mundane damnation. No wonder that these exclusive little cliques look to Marcel, prone as he is to metaphysical desire, like the hortus conclusus, the enclosed garden of mystical literature. He may himself be ill, but the snobs around him seem diabolically intent upon making his illness worse. Worse because social ascent in Remembrance of Things Past entails spiritual and physical degradation. Urged on by his desire and constantly turned toward a sterile future, the narrator is rendered incapable of real action or contemplation. Recollections from his happy childhood have become stilted and drily factual.

One day, however, the original Combray comes back through a curious phenomenon of affective memory. After a long and dreary day spent in seeking his so-called pleasures, the narrator comes home, and his mother serves him a cup of tea and one of those cakes which the French call madeleine. Marcel wearily dips the cake into the tea and, as the soaked crumbs touch his tongue, he feels miraculously delivered from his wretchedness. His bed-ridden aunt used to offer him tea and madeleine in the days of Combray. The renewed sensory impression provides a material bridge between the past and the present; the world of Combray springs back to life in all its original freshness.

The madeleine resurrects the serene and joyful Combray, huddled about its beautiful gothic church and protected from outer darkness by its perfectly circular wall. In retrospect, this Combray appears closer to the enchanted garden Marcel seeks than to all the experiences that follow. The salons are to Combray what a caricature is to the original. Combray, like the salons, is a world of ritual, but less self-consciously and less rigidly so; Combray is jealous of its identity but not to the point where outsiders become systematically excluded. Between Combray and the rest of the world, there may be perpetual misunderstanding but there is no open conflict as in the salons. Yet there is enough likeness between the two worlds to mislead an inexperienced observer like Marcel into thinking that the identity possessed by Combray must be possessed more abundantly by the salons. Their claim to being the “enchanted garden” appears a more substantial one.

This is a mistaken conclusion. Behind the tantalizing noli me tangere of the snobs, there is actually nothing but anxiety and restlessness. Mme Verdurin and her friends mimic a passionate attachment to their own “little clan” but, in reality, they are fascinated by the haughty Guermanteses, whom they profess to despise. All that unites the snobs of one salon is envy of another salon from which they feel excluded and which, in consequence, becomes the sole object of their desire. Far from being independent, the salons can be understood only in this “dialectical” relationship, whereas Combray is intelligible of and by itself. That is why there are many salons but only one Combray.

Lured by the false promise of the salons, the narrator unknowingly turns his back on his true goal, the enchanted garden. A snob cannot find rest, even at the “top” of society, since there is always a place where he will feel unwanted and which he will therefore desire. The moment society crouches at his feet, the Proustian snob loses interest and turns elsewhere, even toward the underworld, like the baron de Charlus seeking his pleasure in the gutter. Consequently, whenever the snob moves forward, the enchanted garden recedes. In a world of insiders, everyone imagines himself an outsider. But since no one admits this truth, everyone becomes necessarily both deceiver and dupe, victim and torturer, excluding verey other on the ground that he himself feels excluded. There is an element of imitative magic in this behavior and also a panic fear that one’s own state of deprivation is going to be perceived, and the narrator undergoes it no less than the other characters in the novel: he learns to hide his true feelings; he learns to wear a mask of self-satisfaction and contempt.

Why should everyone feel individually guilty about a feeling of inadequacy which is, in reality, universal? To answer this question, we must go back to Combray. Marcel has rejected the bourgeois morality of his parents, except for one essential tenet which he is unable to question: he still believes, that he must be a “real’’ man, self-reliant, independent, and strong. But what does it mean to be a “real” man in a positivistic world from which all things transcending the human have been banished? It means, in the last resort, that humanity must assume the attributes of divinity. This consequence of “God’s death,’ seen clearly only by Nietzsche and Dostoevski before Proust’s time is perhaps obscurely at work among those characters in the novel who are constantly seeking mystical union with a pseudo-divinity and must therefore be, at least subconsciously, committed to self divinization.

According to Nietzsche, God’s death, by propelling human pride to new heights, will lead man to surpass himself and become a superman. Dostoevski is of a different mind. Man is not a god, Dostoevski asserts, and the individual man’s inner voice will always tell him this truth. But this existentially irrefutable truth is powerless against the unanimous voice of a Promethean society, always urging its members to arrogate the functions of the divine. The result, for the individual, will be inescapable frustration. “Divinity’’ becomes what one knows one does not have, but what one must assume les autres do have. Each would-be superman will believe himself the only limited being in a society of demi-gods, and in his delusion will seek salvation from his divinized but envied fellowmen, with tragic and grotesque consequences for all concerned.

Proust is not prepared to take a direct part in this philosophical debate, possibly because, for him, God is simply too dead. But his snobs, like the Dostoevskian characters, would feel less inadequate if they were not so proud, if they did not expect the impossible from themselves. And the religious imagery of Remembrance of Things Past tells a story which is not fundamentally different from Dostoevski’s own, tells it all the more objectively and strikingly because Proust does not perceive the metaphysical or even certain of the ethical implications of his vision, because he never abandons the level of “psychological” analysis. His shortcomings in the realm of existence, so shrewdly detected by Ramon Fernandez, here contribute to the value of his work.

For Proust as for Dostoevski, transcendence, which, in the past, separated the worshipper from the worshipped, now separates individuals from each other and forces them to live their relationships at the level of a corrupted religiosity. Everyone is led by amour-propre, Proust writes —by a self-centered love that leads outward, turning us into the slaves and imitators of others. Crushed under the weight of our Promethean pride, amour-propre has become like a centrifugal planisphere. As this centrifugal pride lures the narrator with the fallacious promises of snobisme and sexual passion, it takes him further and further away from Combray.

One may, of course, find moments of relief from this diabolical mechanism, ecstatic moments of peace provided by the contemplation of beautiful landscapes or by the great works of artists such as Bergotte the writer, Vinteuil the musician, Elstir the painter. But they cannot shut out actuality for long.

The grandmother, who has accompanied the narrator like a luminous angel of love and innocence during the years of his youth, falls ill and dies a horrible death. Then Bergotte dies, Then Albertine is killed in a riding accident after breaking away from the apartment where the morbidly jealous Marcel has held her a virtual prisoner. This last catastrophe marks the beginning of the worst period in the narrator’s life. The sting of desire is gone, but instead of peace, apathy replaces it; the narrator resigns himself to a life of spiritual emptiness and ennui. Art itself has lost its power. Marcel gives up his long cherished plans to “reform his life” and become a great artist.

After a long period of illness, and for want of a better purpose, Marcel accepts an invitation from the Guermanteses. Upon his arrival, he again experiences a sudden and extraordinary blossoming of affective memory. The uneven cobblestones of the Guermanteses’ courtyard take him back to a certain piazza in Venice; a little later, in an antechamber, the glossy surface of a starched napkin reminds him of his life in Balbec, a Channel resort where he had met Albertine; still later, he finds his whole childhood enclosed in the pages of a novel by Georges Sand, the same one which his grandmother had given him, many years before.

Once again, the present and the past are bridged; time is replaced by a sensation of eternal youthfulness, in violent contrast to the horrible spectacle of degeneration and decay offered by the guests of the Guermanteses, some of whom have aged so that Marcel hardly recognizes them. Marcel knows that his own body is going to die, but this does not trouble him, for his spirit has just been resurrected in memory. And this new resurrection, unlike the first one, is permanent and fruitful: it will be the foundation of the great work of art which Marcel had finally despaired of writing.

All directions are henceforward reversed in the existence of Marcel, all plans inverted: the quest for the “enchanted garden’’ has shifted from the outer to the inner world, from the future to the past, from dispersion to unity, from desire to detachment, from possession to contemplation, from disintegration to aesthetic creation. The outward and downward movement of pride is succeeded, as Richard Macksey points out, by an inward and upward movement leading back to Combray, back to the true center of the personality. Affective memory is only one aspect of a spiritual conversion which will not fail to provide the energy needed for the great work of art. The reader cannot doubt that the promise has been fulfilled this time, because the novel which is about to be written is also the one which is coming to a close.



miércoles, 24 de abril de 2019

Marcel Proust: El tiempo recobrado. Pastiche de Edmond de Goncourt

PASTICHE DEL JOURNAL DE EDMOND DE GONCOURT
en EL TIEMPO RECOBRADO

Anteayer cayó por aquí, para llevarme a cenar a su casa, Verdurin, el antiguo crítico de La Revue, el autor de ese libro sobre Whistler en que realmente el hacer, el coloreado artista del original americano se ve a menudo expresado con una gran delicadeza por el amante de todos los refinamientos, de todas las preciosidades de la cosa pintada que es Verdurin. Y mien-tras yo me visto para seguirlo, él, por su parte, se pone a hacerme todo un relato en el que, por momentos, hay algo así como el deletreo temeroso de una confesión sobre el renun-ciamiento a escribir inmediatamente después de su casamiento con la “Madeleine” de Fromentin, renunciamiento que sería debido al hábito de la morfina y habría tenido el efecto, según dice Verdurin, de que la mayor parte de quienes frecuentan el salón de su mujer, como ni siquiera sabían que el marido hubiese escrito alguna vez, le hablaban de Charles Blanc, de Saint-Victor, de Sainte-Beuve, de Burty, como de individuos a quienes lo creían, a él, completamente inferior. “Vamos, Goncourt, usted bien sabe, y Gautier también lo sabía, que mis crónicas eran algo muy distinto de esos lamentables Maestros de antaño que en la familia de mi mujer todos creían una obra maestra”. Luego, en un crepúsculo en el que hay, cerca de las torres del Trocadero, algo así como el último encenderse de un resplandor que hace de ellas torres absolutamente iguales a las torres untadas de jalea de grosella de los antiguos pasteleros, la charla continúa en el coche que debe conducirnos al Quai Conti, donde está su residencia, de la que su poseedor afirma que era la antigua residencia de los embajadores de Venecia y en la que habría al parecer un salón fumador del que Verdurin me habla como de la sala transportada tal cual, a la manera de las Mil y una noches, de un célebre palazzo cuyo nombre se me olvida, palazzo en el cual el brocal del pozo representa una coronación de la Virgen que, según sostiene Verdurin, es el más hermoso Sansovino, y que serviría a sus invitados para arrojar en él la ceniza de sus cigarros. Y por cierto, cuando llegamos, en lo glauco y lo difuso de un claro de luna realmente parecido a aquellos con los que la pintura clásica reviste a Venecia, y sobre el cual la cúpula silueteada del Instituto hace pensar en la Salute que se ve en los cuadros de Guardi, tengo un poco la ilusión de estar a orillas del Gran Canal. A la ilusión contribuyen la construcción de la residencia, donde, desde el primer piso, no se ve el muelle, y el decir evocador del dueño de casa al afirmar que el nombre de la Rue du Bac —el diablo sabe si alguna vez lo pensé— vendría de la barcaza en la cual ciertas monjas de otros tiempos, las Miramiones, se dirigían a los oficios de la iglesia de Nuestra Señora. Todo un barrio por el que vagabundeó mi infancia cuando mi tía de Courmont vivía en él, y que yo me pongo a “rearmar” cuando vuelvo a encontrar, casi pegado a la residencia de los Verdurin, el cartel del “Pequeño Dunquerque”, una de las pocas tiendas que sobre-viven de otro modo que no sea viñeteadas en el dibujo a lápiz y las capas de barniz de Gabriel de Saint-Aubin, donde el siglo XVIII curioso venía a sentar sus momentos de ocio para el regateo de las monerías francesas y extranjeras y “todo lo nuevo que producen las artes”, como dice una factura de este Pequeño Dunquerque, factura de la que Verdurin y yo somos los únicos, creo, en poseer una prueba de imprenta y que es ciertamente una de las sueltas obras maestras de papel ornamentado sobre el que el reino de Luis XV hacía sus cuentas, con su membrete que representa un mar todo onduloso de olas, cargado de navíos, un mar con olas que parecen una ilustración de la Edición de los Recaudadores de Impuestos de la Ostra y de los Litigantes. La dueña de casa, que va a ubicarme al lado de ella, me dice que ha florecido su mesa exclusivamente con crisantemos japoneses, pero crisantemos dispuestos en floreros que serían rarísimas obras maestras, uno, entre otros, hecho de bronce, sobre el cual unos pétalos de cobre rojizo parecieran ser el viviente deshojamiento de la flor. Están allí Cottard, el doctor y su mujer, el escultor polaco Viradobetski, Swann el coleccionista, una gran dama rusa, una princesa de apellido terminado en “or” que no oigo bien, y Cottard me sopla al oído que es ella la que habría tirado a quemarropa sobre el archiduque Rodolfo y según la cual yo tendría en Galitzia y en todo el norte de Po-lonia una situación absolutamente excepcional, puesto que una muchacha no consiente jamás en prometer su mano sin saber si su novio es un admirador de La Faustin.
“Ustedes los occidentales no pueden comprender eso”, suelta a modo de conclusión la princesa, que, por cierto, me produce la impresión de una inteligencia del todo superior, “esta manera en que un escritor penetra en la intimidad de una mujer”. Un hombre con mentón y labios afeitados, con patillas de maître-d’hôtel, que cuenta con un tono de condescendencia chistes de profesor de quinto de bachillerato que se relaciona con los primeros de la clase para el día de San Carlomagno, es Brichot, el universitario. Cuando oye mi nombre pronunciado por Verdurin no dice una sola palabra que señale que conoce nuestros libros, y siento un descorazonamiento colérico despertado en mí por esta conspiración que organiza contra nosotros la Sorbona, y que trae, hasta en la estimable morada en que se me agasaja, la contradicción, la hostilidad de un silencio deliberado. Pasamos a la mesa y empieza entonces un extraordinario desfile de platos que son sencillamente obras maestras del arte del porcelanista, cuya artista conversación escucha con entera complacencia, durante una comida delicada, la atención alerta de un aficionado —platos de Yung Ching con el color capuchino de sus rebordes, con el azulado, con el deshoje túrgido de sus lirios de agua, con el cruce realmente decoratorio, en la aurora, de un vuelo de martines pescadores y de grullas, aurora que tiene enteramente esos tonos matutinos que entremira cotidianamente, en el bulevar Montmorency, mi despertar —platos de porcelana de Sajonia más delicados en lo gracioso de su hacer, con el adormecimiento, con la anemia de sus rosas viradas al violeta, con el dentado borravino de un tulipán, con el rocío de un clavel o de un nomeolvides —platos de porcelana de Sèvres enrejados por el fino entrecruzamiento de sus estrías blancas, verticilados de oro, o atados, sobre el color liso cremoso de la pasta, por el galano relieve de una cinta de oro —en fin, toda una platería en la que corren esos mirtos de Luciennes que reconocería la Dubarry. Y lo que es quizás igualmente infrecuente es la calidad realmente del todo notable de las cosas que se sirven en ellos, un yantar delicadamente guisado a fuego lento, todo un estofado como los parisinos, hay que decirlo en voz bien alta, nunca tienen en las mejores cenas, y que me recuerda a ciertos buenos cocineros de San Juan de Heurs. Incluso el foie-gras no tiene nada que ver con la insípida mousse que se suele servir con ese nombre, y no conozco muchos lugares donde la simple ensalada de papas esté así hecha con papas que tienen la consistencia de los botones de marfil japoneses, el patinado de esas cucharitas de marfil con que los chinos echan el agua sobre el pez que acaban de pescar. En la copa de cristal veneciano que tengo frente a mí pone una rica joyería de rojos un extraordinario vino de Léoville comprado en la venta del señor Montalivet, y es un entretenimiento para la imaginación de los ojos y también, no temo decirlo, para la imaginación de lo que en otros tiempos se llamaba el pico, ver que traen un barbado que no tiene nada de los barbados nada frescos que se sirven en las mesas más lujosas y los que debido a las tardanzas del viaje tienen modeladas las espinas en el lomo; un barbado que sirven no con el engrudo que preparan, dándole el nombre de salsa blanca, tantos cocineros de casas principales, sino con verdadera salsa blanca, hecha con manteca de a cinco francos la libra; ver que traen este barbado en una maravillosa fuente Ching Hon atravesada por el rayado púrpura de una puesta de sol sobre un mar por el que pasa la navegación drolática de un banco de langostas, dibujadas con una granulosa profusión de puntos ejecutada de manera tan extraordinaria que parecen haber sido moldeadas sobre caparazones vivientes, fuente cuyo filete está constituido por la pesca con caña hecha por un chinito de un pez que es un encanto de nacarado color gracias al azulenco plateado de su vientre. Como le digo a Verdurin que debe de ser para él un delicado placer ese delicado condumio en esa colección tal como ningún príncipe la posee actualmente en sus vitrinas, melancólicamente me dice de pronto la dueña de casa: “Bien se ve que usted no lo conoce”, y me habla de su marido como de un excéntrico maniático, indiferente a todas esas monerías, “un maniático”, repite, “sí, eso mismo, un maniático al que más apetecería una botella de sidra en el frescor un poco canallesco de una granja normanda”. Y la encantadora mujer de habla realmente amante de las coloraciones de una región nos habla con entusiasmo desbordante de esa Normandía en la que vivieron, una Normandía que fuese un inmenso parque inglés, con la fragancia de sus altos oquedales a lo Lawrence, con el terciopelo verde criptómero, en sus bordes aporcelanados de hortensias rosas, de sus céspedes naturales, con sus arrugadas colgaduras de rosas azufre cuya caída sobre una puerta de campesinos, en que la incrustación de dos perales abrazados simula un cartel enteramente ornamental, hace pensar en la libre caída de una rama florida en el bronce de un aplique de Gouthière, una Normandía que fuese absolutamente insospechable para los parisinos de vacaciones y que estuviese protegida por la barrera de cada uno de sus cercados, barreras que, me confiesan los Verdurin, ellos no dejaron de levantar hasta la última. Al final del día, en un apagamiento adormecido de todos los colores en que la luz no proviniese más que de un mar casi coagulado que tuviese el azulado del suero de la leche —“Pero no, nada que ver con el mar que usted conoce”, protesta mi vecina frenéticamente, en respuesta a mi decir que Flaubert nos había llevado, a mi hermano y a mí, a Trouville, “nada, absolutamente nada, tendrá que venir conmigo, de otro modo nunca lo sabrá”—, volvían, a través de los auténticos bosques de flores de tul rosa que formaban los rododendros, completamente embriagados por el olor de los establecimientos de jardinería que le daban al marido abominables crisis de asma —“sí”, insistió ella, “eso es, verdaderas crisis de asma”.
Sin pérdida de tiempo, el verano siguiente volvieron, alojando a una colonia entera de artistas en la admirable vivienda medieval en que habían convertido un antiguo claustro que alquilaron por casi nada. Y, por cierto, al oír a esa mujer que, pasando por tantos medios realmente distinguidos, conservó sin embargo en su habla un poco del verdor de una mujer de pueblo, un habla que le muestra a uno las cosas con el color que su imaginación ve en ellas, se me hace agua la boca al pensar en la vida que ella me confiesa que llevó allá, en que cada uno trabajaba en su celda y donde, antes del almuerzo, todo el mundo iba al salón, tan vasto que tenía dos chimeneas, a enzarzarse en charlas del todo superiores matizadas con jueguitos, lo que me volvía a hacer pensar en las que evoca esa obra maestra de Diderot, las cartas a la señorita Volland. Luego, después del almuerzo, todo el mundo salía, incluso los días de chaparrón con sol, en que la expansión de un chubasco delineaba con su filtrado luminoso las nudosidades de una magnífica partida de hayas centenarias que ponían delante de la reja lo bello vegetal al que era afecto el siglo XVIII, y de arbustos que tenían por yemas florecientes, en la suspensión de sus ramas, gotas de lluvia. Todos se detenían para escuchar el delicado chapoteo, enamorado de frescor, de un pardillo que se bañaba en la primorosa bañera minúscula de porcelana de Nymphenburg que es la corola de una rosa blanca. Y como le hablo a la señora de Verdurin de los paisajes y de las flores de allá, delicadamente dibujadas al pastel por Elstir, ella me dice bruscamente, irguiendo coléricamente la cabeza: “¡Pero si fui yo la que le hice conocer todo aquello! Todo, usted oye bien, todo, los rincones curiosos, todos los motivos, se lo arrojé a la cara cuando nos dejó, ¿no es así, Auguste?, todos los motivos que pintó. Los objetos siempre los conoció, seamos justos, eso hay que reconocerlo. Pero, en cuanto a las flores, nunca había visto una sola, no sabía distinguir una altea de una malvarrosa. Yo fui la que le enseñó a reconocer, usted no va a creerme, a reconocer el jazmín”. Y hay que reconocer que hay algo curioso en pensar que el pintor de las flores que los amantes del arte nos citan hoy como el primero, como superior incluso a Fantin-Latour, quizás nunca hubiera sabido, sin la mujer que está allí, pintar un jazmín. “Sí, palabra de honor, el jazmín; todas las flores que hizo, las hizo en mi casa o bien era yo la que se las llevaba. En casa siempre lo llamábamos señor Tiche. Pregúntele a Cottard, a Brichot, a todos los demás, si aquí lo tratábamos como a un gran hombre. Él mismo se hubiera reído de eso. Yo le enseñaba a arreglar sus flores; al principio no lo conseguía. Nunca supo hacer un ramo. No tenía gusto innato para elegir, yo tenía que decirle: No, no pinte eso, no vale la pena, pinte esto. ¡Ah, si nos hubiera hecho sus flores y no hubiera hecho ese pésimo matrimonio!”. Y bruscamente, con los ojos afiebrados por la absorción de una ensoñación vuelta hacia el pasado, con el nervioso toqueteo, en el alargamiento maniático de sus falanges, de lo flojo de las mangas de su blusa, parece, en lo contorneado de su pose dolorida, un admirable cuadro que, creo, nunca ha sido pintado, y en el que se leyesen toda la indignación contenida, todas las susceptibilidades iracundas de una amiga ultrajada en las delicadezas, en el pudor de la mujer. Acto seguido nos habla del admirable retrato que Elstir hizo para ella, el retrato de la familia Cottard, retrato que ella le dio al Palacio del Luxemburgo en el momento de su pelea con el pintor, confesando que fue ella la que le dio al pintor la idea de hacer al hombre de traje para obtener esa hermosa agitación de la tela y la que eligió el vestido de terciopelo de la mujer, vestido que era un punto de apoyo en medio de todo el revoloteo de los matices claros de las alfombras, de las flores, de las frutas, de los vestidos de gasa de las niñas parecidos a tutús de bailarinas. Ella también habría sido la que le dio la idea de ese peinado, idea por la que luego se alabó al artista, idea que consistía, en suma, en pintar a la mujer no representando sino sorprendida en lo íntimo de su vida de todos los días. “Yo le decía: ¡Pero en la mujer que se peina, que se seca la cara, que se calienta los pies, cuando cree que no la ven, hay un montón de movimientos interesantes, movimientos de una gracia del todo leonardesca!” Pero, a una seña de Verdurin, que indica lo dañino que resulta el despertar esas indignaciones para la gran nerviosa que en el fondo sería su mujer, Swann me hace admirar el collar de perlas negras que lleva la dueña de casa y que ella compró, enteramente blancas, en la venta de un descendiente de Madame de La Fayette, a quien se las había dado Enriqueta de Inglaterra, perlas que se volvieron negras a causa de un incendio que destruyó una parte de la casa donde vivían los Verdurin en una calle cuyo nombre ya no recuerdo, incendio luego del cual encontraron el cofre en que estaban esas perlas, pero ahora completamente negras. “Y yo conozco el retrato de esas perlas, en los hombros mismos de Madame de La Fayette, sí, tal cual, su retrato”, insistió Swann ante las exclamaciones de los invitados un sí es no es pasmados, “su retrato auténtico, en la colección del duque de Guermantes”. Una colección sin igual en el mundo, proclama, y que yo tendría que ir a ver, una colección heredada por el célebre duque, que era su sobrino preferido, de su tía la señora de Beausergent, de la señora de Beausergent que fue después señora de Hayfeld, la hermana de la marquesa de Villeparisis y de la princesa de Hánover. Mi hermano y yo lo hemos amado tanto en otros tiempos bajo los rasgos del encantador nenito llamado Basin, que es realmente, en efecto, el nombre de pila del duque. En este punto el doctor Cottard, con una finura que revela en él al hombre por entero distinguido, vuelve a la historia de las perlas y nos enseña que catástrofes de este tipo producen en el cerebro de las personas alteraciones enteramente similares a las que se observan en la materia inanimada, y cita de una manera verdaderamente más filosófica de lo que harían muchos médicos al propio ayuda de cámara de la señora de Verdurin, que, en el espanto de aquel incendio en el que casi perece, se volvió otro hombre, con una letra tan cambiada que a la primera carta que sus amos, que estaban entonces en Normandía, recibieron de él, anunciándoles el suceso, creyeron en la mistificación de un bromista. Y no tan sólo otra letra, según Cottard, que afirma que de sobrio que era el hombre se volvió tan abominablemente borrachín que la señora de Verdurin se vio obligada a despedirlo. Y la sugerente disertación pasó, a una seña graciosa de la dueña de casa, del comedor al salón fumador veneciano en el que Cottard me dijo que había asistido a verdaderos desdoblamientos de la personalidad, citándonos el caso de uno de sus enfermos, que amablemente se ofrece a llevarme a casa, y al que bastaba con que le tocase las sienes para hacerlo despertar a una segunda vida, vida durante la cual no recordaba nada de la primera, de modo que, siendo en aquella un perfecto hombre de bien, habría sido arrestado varias veces por robos cometidos en la otra, en la que sería pura y simplemente un abominable bribón. Ante lo cual la señora de Verdurin observa agudamente que la medicina podría proveer temas más auténticos a un teatro en el que la comicidad del enredo se basara en equivocaciones patológicas, lo que, pasando de una cosa a la otra, lleva a la señora de Cottard a narrar que una situación enteramente similar ha sido puesta en práctica por un aficionado que es el favorito de las noches de sus hijos, el escocés Stevenson, nombre que pone en boca de Swann esta afirmación perentoria: “Pero si es indiscutiblemente un gran escritor, Stevenson, se lo aseguro, señor de Goncourt, un grandísimo escritor, el igual de los más grandes”. Y como, a través de mi deslumbramiento ante el cielo raso artesonado y armado con escudos provenientes del antiguo palazzo Barberini del salón en que fumamos, dejo asomar mi pesar por el ennegrecimiento progresivo de cierto centro de mesa causado por la ceniza de nuestros habanos, y habiendo contado Swann que unas manchas semejantes dan prueba en los libros que pertenecieron a Napoleón I, libros que posee, a pesar de sus opiniones antibonapartistas, el duque de Guermantes, de que el emperador mascaba tabaco, Cottard, que revela ser un curioso realmente perspicaz en todas las cosas, declara que esas manchas no tienen en absoluto ese origen —lo que se dice en absoluto, insiste con autoridad— sino que provienen de la costumbre que tenía de tener siempre en la mano, incluso en los campos de batalla, pastillas de regaliz, para calmar sus dolores de hígado. “Puesto que estaba enfermo del hígado y de eso murió”, concluyó el doctor.

Ediciones De La Mirándola, abril de 2012 - abril de 2019
ISBN: 978-987-28010-9-0


« Avant-hier tombe ici, pour m’emmener dîner chez lui, Verdurin, l’ancien critique de la Revue, l’auteur de ce livre sur Whistler où vraiment le faire, le coloriage artiste de l’original Américain est souvent rendu avec une grande délicatesse par l’amoureux de tous les raffinements, de toutes les joliesses de la chose peinte qu’est Verdurin. Et tandis que je m’habille pour le suivre, c’est, de sa part, tout un récit où il y a, par moments, comme l’épellement apeuré d’une confession sur le renoncement à écrire aussitôt après son mariage avec la « Madeleine » de Fromentin, renoncement qui serait dû à l’habitude de la morphine et aurait eu cet effet, au dire de Verdurin, que la plupart des habitués du salon de sa femme, ne sachant même pas que le mari eût jamais écrit, lui parlaient de Charles Blanc, de Saint-Victor, de Sainte-Beuve, de Burty, comme d’individus auxquels ils le croyaient, lui, tout à fait inférieur. « Voyons, vous Goncourt, vous savez bien, et Gautier le savait aussi, que mes salons étaient autre chose que ces piteux Maîtres d’autrefois crus un chef-d’œuvre dans la famille de ma femme. » Puis, par un crépuscule où il y a près des tours du Trocadéro comme le dernier allumement d’une lueur qui en fait des tours absolument pareilles aux tours enduites de gelée de groseille des anciens pâtissiers, la causerie continue dans la voiture qui doit nous conduire quai Conti où est leur hôtel, que son possesseur prétend être l’ancien hôtel des Ambassadeurs de Venise et où il y aurait un fumoir dont Verdurin me parle comme d’une salle transportée telle quelle, à la façon des Mille et une Nuits, d’un célèbre palazzo, dont j’oublie le nom, palazzo à la margelle du puits représentant un couronnement de la Vierge que Verdurin soutient être absolument du plus beau Sansovino et qui servirait, pour leurs invités, à jeter la cendre de leurs cigares. Et ma foi, quand nous arrivons, dans le glauque et le diffus d’un clair de lune vraiment semblable à ceux dont la peinture classique abrite Venise, et sur lequel la coupole silhouettée de l’Institut fait penser à la Salute dans les tableaux de Guardi, j’ai un peu l’illusion d’être au bord du Grand Canal. L’illusion est entretenue par la construction de l’hôtel où du premier étage on ne voit pas le quai et par le dire évocateur du maître de maison affirmant que le nom de la rue du Bac – du diable si j’y avais jamais pensé – viendrait du bac sur lequel des religieuses d’autrefois, les Miramiones, se rendaient aux offices de Notre-Dame. Tout un quartier où a flâné mon enfance quand ma tante de Courmont l’habitait, et que je me prends à « raimer » en retrouvant, presque contiguë à l’hôtel des Verdurin, l’enseigne du « Petit Dunkerque », une des rares boutiques survivant ailleurs que vignettées dans le crayonnage et les frottis de Gabriel de Saint-Aubin, où le XVIIIe siècle curieux venait asseoir ses moments d’oisiveté pour le marchandage des jolités françaises et étrangères et « tout ce que les arts produisent de plus nouveau », comme dit une facture de ce Petit Dunkerque, facture dont nous sommes seuls, je crois, Verdurin et moi, à posséder une épreuve et qui est bien un des volants chefs-d’œuvre de papier ornementé sur lequel le règne de Louis XV faisait ses comptes, avec son en-tête représentant une mer toute vagueuse, chargée de vaisseaux, une mer aux vagues ayant l’air d’une illustration de l’Édition des Fermiers Généraux de l’Huître et des Plaideurs. La maîtresse de la maison, qui va me placer à côté d’elle, me dit aimablement avoir fleuri sa table rien qu’avec des chrysanthèmes japonais, mais des chrysanthèmes disposés en des vases qui seraient de rarissimes chefs-d’œuvre, l’un entre autres, fait de bronze, sur lequel des pétales en cuivre rougeâtre sembleraient être la vivante effeuillaison de la fleur. Il y a là Cottard, le docteur et sa femme, le sculpteur polonais Viradobetski, Swann le collectionneur, une grande dame russe, une princesse au nom en or qui m’échappe, et Cottard me souffle à l’oreille que c’est elle qui aurait tiré à bout portant sur l’archiduc Rodolphe et d’après qui j’aurais en Galicie et dans tout le nord de la Pologne une situation absolument exceptionnelle, une jeune fille ne consentant jamais à promettre sa main sans savoir si son fiancé est un admirateur de la Faustin.
« Vous ne pouvez pas comprendre cela, vous autres Occidentaux – jette en manière de conclusion la princesse, qui me fait l’effet, ma foi, d’une intelligence tout à fait supérieure – cette pénétration par un écrivain de l’intimité de la femme. » Un homme au menton et aux lèvres rasés, aux favoris de maître d’hôtel, débitant sur un ton de condescendance des plaisanteries de professeur de seconde qui fraye avec les premiers de sa classe pour la Saint-Charlemagne, et c’est Brichot, l’universitaire. À mon nom prononcé par Verdurin, il n’a pas une parole qui marque qu’il connaisse nos livres, et c’est en moi un découragement colère éveillé par cette conspiration qu’organise contre nous la Sorbonne, apportant, jusque dans l’aimable logis où je suis fêté, la contradiction, l’hostilité d’un silence voulu. Nous passons à table et c’est alors un extraordinaire défilé d’assiettes qui sont tout bonnement des chefs-d’œuvre de l’art du porcelainier, celui dont, pendant un repas délicat, l’attention chatouillée d’un amateur écoute le plus complaisamment le bavardage artiste – des assiettes de Yung-Tsching à la couleur capucine de leurs rebords, au bleuâtre, à l’effeuillé turgide de leurs iris d’eau, à la traversée, vraiment décoratoire, par l’aurore d’un vol de martins-pêcheurs et de grues, aurore ayant tout à fait ces tons matutinaux qu’entre-regarde quotidiennement, boulevard Montmorency, mon réveil – des assiettes de Saxe plus mièvres dans le gracieux de leur faire, à l’endormement, à l’anémie de leurs roses tournées au violet, au déchiquetage lie-de-vin d’une tulipe, au rococo d’un œillet ou d’un myosotis – des assiettes de Sèvres engrillagées par le fin guillochis de leurs cannelures blanches, verticillées d’or, ou que noue, sur l’à-plat crémeux de la pâte, le galant relief d’un ruban d’or – enfin toute une argenterie où courent ces myrtes de Luciennes que reconnaîtrait la Dubarry. Et ce qui est peut-être aussi rare, c’est la qualité vraiment tout à fait remarquable des choses qui sont servies là dedans, un manger finement mijoté, tout un fricoté comme les Parisiens, il faut le dire bien haut, n’en ont jamais dans les plus grands dîners, et qui me rappelle certains cordons bleus de Jean d’Heurs. Même le foie gras n’a aucun rapport avec la fade mousse qu’on sert habituellement sous ce nom, et je ne sais pas beaucoup d’endroits où la simple salade de pommes de terre est faite ainsi de pommes de terre ayant la fermeté de boutons d’ivoire japonais, le patiné de ces petites cuillers d’ivoire avec lesquelles les Chinoises versent l’eau sur le poisson qu’elles viennent de pêcher. Dans le verre de Venise que j’ai devant moi, une riche bijouterie de rouges est mise par un extraordinaire Léoville acheté à la vente de M. Montalivet et c’est un amusement pour l’imagination de l’œil et aussi, je ne crains pas de le dire, pour l’imagination de ce qu’on appelait autrefois la gueule, de voir apporter une barbue qui n’a rien des barbues pas fraîches qu’on sert sur les tables les plus luxueuses et qui ont pris dans les retards du voyage le modelage sur leur dos de leurs arêtes ; une barbue qu’on sert non avec la colle à pâte que préparent, sous le nom de sauce blanche, tant de chefs de grande maison, mais avec de la véritable sauce blanche, faite avec du beurre à cinq francs la livre ; de voir apporter cette barbue dans un merveilleux plat Tching-Hon traversé par les pourpres rayages d’un coucher de soleil sur une mer où passe la navigation drolatique d’une bande de langoustes, au pointillis grumeleux si extraordinairement rendu qu’elles semblent avoir été moulées sur des carapaces vivantes, plat dont le marli est fait de la pêche à la ligne par un petit Chinois d’un poisson qui est un enchantement de nacreuse couleur par l’argentement azuré de son ventre. Comme je dis à Verdurin le délicat plaisir que ce doit être pour lui que cette raffinée mangeaille dans cette collection comme aucun prince n’en possède à l’heure actuelle derrière ses vitrines : « On voit bien que vous ne le connaissez pas », me jette mélancoliquement la maîtresse de maison, et elle me parle de son mari comme d’un original maniaque, indifférent à toutes ces jolités, « un maniaque, répète-t-elle, oui, absolument cela, un maniaque qui aurait plutôt l’appétit d’une bouteille de cidre, bue dans la fraîcheur un peu encanaillée d’une ferme normande ». Et la charmante femme à la parole vraiment amoureuse des colorations d’une contrée nous parle avec un enthousiasme débordant de cette Normandie qu’ils ont habitée, une Normandie qui serait un immense parc anglais, à la fragrance de ses hautes futaies à la Lawrence, au velours cryptomeria, dans leur bordure porcelainée d’hortensias roses, de ses pelouses naturelles, au chiffonnage de roses soufre dont la retombée sur une porte de paysans, où l’incrustation de deux poiriers enlacés simule une enseigne tout à fait ornementale, fait penser à la libre retombée d’une branche fleurie dans le bronze d’une applique de Gouthière, une Normandie qui serait absolument insoupçonnée des Parisiens en vacances et que protège la barrière de chacun de ses clos, barrières que les Verdurin me confessent ne pas s’être fait faute de lever toutes. À la fin du jour, dans un éteignement sommeilleux de toutes les couleurs où la lumière ne serait plus donnée que par une mer presque caillée ayant le bleuâtre du petit lait – mais non, rien de la mer que vous connaissez, proteste ma voisine frénétiquement, en réponse à mon dire que Flaubert nous avait menés, mon frère et moi, à Trouville, rien, absolument rien, il faudra venir avec moi, sans cela vous ne saurez jamais – ils rentraient, à travers les vraies forêts en fleurs de tulle rose que faisaient les rhododendrons, tout à fait grisés par l’odeur des jardineries qui donnaient au mari d’abominables crises d’asthme – oui, insista-t-elle, c’est cela, de vraies crises d’asthme. »

« Là-dessus, l’été suivant, ils revenaient, logeant toute une colonie d’artistes dans une admirable habitation moyenâgeuse que leur faisait un cloître ancien loué par eux, pour rien. Et, ma foi, en entendant cette femme qui, en passant par tant de milieux vraiment distingués, a gardé pourtant dans sa parole un peu de la verdeur de la parole d’une femme du peuple, une parole qui vous montre les choses avec la couleur que votre imagination y voit, l’eau me vient à la bouche de la vie qu’elle me confesse avoir menée là-bas, chacun travaillant dans sa cellule, et où, dans le salon, si vaste qu’il possédait deux cheminées, tout le monde venait avant le déjeuner pour des causeries tout à fait supérieures, mêlées de petits jeux, me refaisant penser à celles qu’évoque ce chef-d’œuvre de Diderot, les lettres à Mademoiselle Volland. Puis, après le déjeuner, tout le monde sortait, même les jours de grains dans le coup de soleil, le rayonnement d’une ondée lignant de son filtrage lumineux les nodosités d’un magnifique départ de hêtres centenaires qui mettaient devant la grille le beau végétal affectionné par le XVIIIe siècle, et d’arbustes ayant pour boutons fleurissants dans la suspension de leurs rameaux des gouttes de pluie. On s’arrêtait pour écouter le délicat barbotis, énamouré de fraîcheur, d’un bouvreuil se baignant dans la mignonne baignoire minuscule de nymphembourg qu’est la corolle d’une rose blanche. Et comme je parle à Mme Verdurin des paysages et des fleurs de là-bas délicatement pastellisés par Elstir : « Mais c’est moi qui lui ai fait connaître tout cela, jette-t-elle avec un redressement colère de la tête, tout vous entendez bien, tout, les coins curieux, tous les motifs, je le lui ai jeté à la face quand il nous a quittés, n’est-ce pas, Auguste ? tous les motifs qu’il a peints. Les objets, il les a toujours connus, cela il faut être juste, il faut le reconnaître. Mais les fleurs, il n’en avait jamais vu, il ne savait pas distinguer un althéa d’une passe-rose. C’est moi qui lui ai appris à reconnaître, vous n’allez pas me croire, à reconnaître le jasmin. » Et il faut avouer qu’il y a quelque chose de curieux à penser que le peintre des fleurs que les amateurs d’art nous citent aujourd’hui comme le premier, comme supérieur même à Fantin-Latour, n’aurait peut-être jamais, sans la femme qui est là, su peindre un jasmin. « Oui, ma parole, le jasmin ; toutes les roses qu’il a faites, c’est chez moi ou bien c’est moi qui les lui apportais. On ne l’appelait chez nous que Monsieur Tiche. Demandez à Cottard, à Brichot, à tous les autres, si on le traitait ici en grand homme. Lui-même en aurait ri. Je lui apprenais à disposer ses fleurs ; au commencement il ne pouvait pas en venir à bout. Il n’a jamais su faire un bouquet. Il n’avait pas de goût naturel pour choisir, il fallait que je lui dise : « Non, ne peignez pas cela, cela n’en vaut pas la peine, peignez ceci. » Ah ! s’il nous avait écoutés aussi pour l’arrangement de sa vie comme pour l’arrangement de ses fleurs et s’il n’avait pas fait ce sale mariage ! » Et brusquement, les yeux enfiévrés par l’absorption d’une rêverie tournée vers le passé, avec le nerveux taquinage, dans l’allongement maniaque de ses phalanges, du floche des manches de son corsage, c’est, dans le contournement de sa pose endolorie, comme un admirable tableau qui n’a, je crois, jamais été peint, et où se liraient toute la révolte contenue, toutes les susceptibilités rageuses d’une amie outragée dans les délicatesses, dans la pudeur de la femme. Là-dessus elle nous parle de l’admirable portrait qu’Elstir a fait pour elle, le portrait de la famille Cottard, portrait donné par elle au Luxembourg au moment de sa brouille avec le peintre, confessant que c’est elle qui a donné au peintre l’idée de faire l’homme en habit pour obtenir tout ce beau bouillonnement du linge et qui a choisi la robe de velours de la femme, robe faisant un appui au milieu de tout le papillotage des nuances claires des tapis, des fleurs, des fruits, des robes de gaze des fillettes pareilles à des tutus de danseuses. Ce serait elle aussi qui aurait donné l’idée de ce coiffage, idée dont on a fait ensuite honneur à l’artiste, idée qui consistait, en somme, à peindre la femme, non pas en représentation mais surprise dans l’intime de sa vie de tous les jours. « Je lui disais : Mais dans la femme qui se coiffe, qui s’essuie la figure, qui se chauffe les pieds, quand elle ne croit pas être vue, il y a un tas de mouvements intéressants, des mouvements d’une grâce tout à fait léonardesque ! » Mais sur un signe de Verdurin indiquant le réveil de ces indignations comme malsain pour la grande nerveuse que serait au fond sa femme, Swann me fait admirer le collier de perles noires porté par la maîtresse de la maison et achetées par elle, toutes blanches, à la vente d’un descendant de Mme de La Fayette à qui elles auraient été données par Henriette d’Angleterre, perles devenues noires à la suite d’un incendie qui détruisit une partie de la maison que les Verdurin habitaient dans une rue dont je ne me rappelle plus le nom, incendie après lequel fut retrouvé le coffret où étaient ces perles, mais devenues entièrement noires. « Et je connais le portrait de ces perles, aux épaules mêmes de Mme de La Fayette, oui, parfaitement, leur portrait, insista Swann devant les exclamations des convives un brin ébahis, leur portrait authentique, dans la collection du duc de Guermantes. » Une collection qui n’a pas son égale au monde, proclame-t-il, et que je devrais aller voir, une collection héritée par le célèbre duc, qui était son neveu préféré, de Mme de Beausergent sa tante, de Mme de Beausergent depuis Mme d’Hayfeld, la sœur de la marquise de Villeparisis et de la princesse de Hanovre. Mon frère et moi nous l’avons tant aimé autrefois sous les traits du charmant bambin appelé Basin, qui est bien en effet le prénom du duc. Là-dessus, le docteur Cottard, avec une finesse qui décèle chez lui l’homme tout à fait distingué, ressaute à l’histoire des perles et nous apprend que des catastrophes de ce genre produisent dans le cerveau des gens des altérations tout à fait pareilles à celles qu’on remarque dans la matière inanimée et cite d’une façon vraiment plus philosophique que ne feraient bien des médecins le propre valet de chambre de Mme Verdurin qui, dans l’épouvante de cet incendie où il avait failli périr, était devenu un autre homme, ayant une écriture tellement changée qu’à la première lettre que ses maîtres, alors en Normandie, reçurent de lui leur annonçant l’événement, ils crurent à la mystification d’un farceur. Et pas seulement une autre écriture, selon Cottard, qui prétend que de sobre cet homme était devenu si abominablement pochard que Mme Verdurin avait été obligée de le renvoyer. Et la suggestive dissertation passa, sur un signe gracieux de la maîtresse de maison, de la salle à manger au fumoir vénitien dans lequel Cottard me dit avoir assisté à de véritables dédoublements de la personnalité, nous citant le cas d’un de ses malades, qu’il s’offre aimablement à m’amener chez moi et à qui il suffisait qu’il touchât les tempes pour l’éveiller à une seconde vie, vie pendant laquelle il ne se rappelait rien de la première, si bien que, très honnête homme dans celle-là, il y aurait été plusieurs fois arrêté pour des vols commis dans l’autre où il serait tout simplement un abominable gredin. Sur quoi Mme Verdurin remarque finement que la médecine pourrait fournir des sujets plus vrais à un théâtre où la cocasserie de l’imbroglio reposerait sur des méprises pathologiques, ce qui, de fil en aiguille, amène Mme Cottard à narrer qu’une donnée toute semblable a été mise en œuvre par un amateur qui est le favori des soirées de ses enfants, l’Écossais Stevenson, un nom qui met dans la bouche de Swann cette affirmation péremptoire : « Mais c’est tout à fait un grand écrivain, Stevenson, je vous assure, M. de Goncourt, un très grand, l’égal des plus grands. » Et comme, sur mon émerveillement des plafonds à caissons écussonnés provenant de l’ancien palazzo Barberini, de la salle où nous fumons, je laisse percer mon regret du noircissement progressif d’une certaine vasque par la cendre de nos « londrès », Swann, ayant raconté que des taches pareilles attestent sur les livres ayant appartenu à Napoléon Ier, livres possédés, malgré ses opinions antibonapartistes, par le duc de Guermantes, que l’empereur chiquait, Cottard, qui se révèle un curieux vraiment pénétrant en toutes choses, déclare que ces taches ne viennent pas du tout de cela – mais là, pas du tout, insiste-t-il avec autorité – mais de l’habitude qu’il avait d’avoir toujours dans la main, même sur les champs de bataille, des pastilles de réglisse, pour calmer ses douleurs de foie. « Car il avait une maladie de foie et c’est de cela qu’il est mort, conclut le docteur. »