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viernes, 11 de noviembre de 2011

Eugenio de Ochoa: París



PARÍS

I
París, mayo de 1855.

¡PARÍS!... Al considerar los innumerables escritos de que ha sido objeto desde remotos siglos hasta el presente, parecería a primera vista que todo está ya dicho y nada queda por decir acerca de esta grande y magnífica ciudad, que, en opinión de los más discretos viajeros, no tiene igual en el mundo. Yo creo, sin embargo, que este es un tema todavía no agotado, y más diré, creo que es un tema inagotable. Creo también que este es el único pueblo del cual se puede estar hablando siempre, sin que deje por eso de quedar siempre mucho que decir en bien y en mal; en bien sobre todo. Procuraré explayar esta idea por medio de algunas consideraciones generales.

¿Cuál es la verdadera razón de ese grande, de ese inexplicable prestigio que corona, como una aureola, el conjunto de esas cinco letras que unidas forman el nombre de PARÍS? Analicemos la impresión que esa palabra produce generalmente en los ánimos, así de los que conocen como de los que no conocen por experiencia propia la cosa que representa —o para hablar más claro, así de los que han visitado, como de los que no han visto nunca esta encantadora población.

Lo digo con entera seguridad de no ser desmentido, por más que tal cual singularísima excepción venga aquí, como en todos los casos verdaderos, a confirmar la regla: en los oídos de los que no conocen a París, este nombre suena como una palabra mágica que hace vibrar reciamente las más recónditas fibras de la curiosidad y del deseo consiguiente de conocerle. Quien nunca haya experimentado este deseo ni aquella curiosidad, bien puede decir que esta desprovisto de todo rastro de imaginación. En los que conocen esta ciudad, y están ausentes de ella, la sensación que su nombre despierta es la de un deseo vehemente, cuando no vehementísimo de volverla a ver, de residir de nuevo en ella y disfrutar una vez más sus indecibles encantos. No sin intención he escrito este epíteto de indecibles, que aquí no es una mera hipérbole ni una expresión figurada en el sentido de grandes o raros: es una palabra llena de verdad, porque en efecto, no es posible decir o expresar con exactitud la razón, el por qué de esos encantos. También procuraré explicar esto, mas no será sin hacer una observación que me parece exacta y nueva; a lo menos no recuerdo haberla visto consignada en parte alguna, tampoco la doy por invención mía —entonces no seria exacta—; mi único mérito, si lo es, consiste en haberla recogido de los labios del común de las gentes que no escriben sus observaciones, aunque las hacen en mayor número y mejor que los filósofos y los escritores de oficio. Así sucede con todas las verdades de observación: todas flotan en la atmósfera, digámoslo así, como patrimonio común de lodo el mundo, hasta que llega un cualquiera, y sin más trabajo que el de darles forma concreta en una frase o en dos o en ciento, se las apropia y se convierte en su autor, no siéndolo ciertamente.

No es otro el mérito de los que se llaman grandes observadores: hacen lo mismo que un hombre en medio de florida selva cuando se convierte en dueño de abundantes flores y frutas, sin más trabajo que el de irlas cogiendo y guardando: la cuestión está en encontrar esa selva.



II

Largo preámbulo parecerá este para lo poco que va a venir después de él, como consecuencia suya; pues se reduce a decir que aquel deseo de volver a París, que antes supuse grande en todos los que conocen un poco esta hermosa ciudad, es grandísimo en los que la conocen mucho. Para sujetar esto a fórmula, diré que está en razón directa del tiempo que han pasado en ella: es tanto mayor cuanto más la conocen. Como todas las cosas verdadera y sólidamente buenas, París gana en ser conocido. Un buen libro gusta más a la segunda lectura que a la primera: el Don Giovanni de Mozart, el Freyschütz de Weber, que pasan por las dos mejores óperas del mundo, no revelan todos sus tesoros de melodía sino al que ha tenido la fortuna de oírlas muchas veces. Acabo de releer el Quijote, ciertamente por vigésima vez, aunque no llevo la cuenta, pero declaro que ahora como siempre, he encontrado en él primores que se me escaparon en la lectura anterior: estoy seguro de que lo mismo me sucederá cuando le haya leído otra vez… y otras. Doce años de mi vida he pasado en esta ciudad estudiándola, como procuro estudiar y conocer todo lo que me rodea; y la verdad es que no pasa día sin que descubra en ella algún nuevo motivo, que me explique la universal afición de que es objeto.

Ya he dicho que esta afición es tanto mayor, cuanto más se conoce a París; réstame hacer otra observación no menos exacta, y que se enlaza lógicamente con aquella, aunque a primera vista parezcan contradictorias. Veamos el hecho; luego procuraré hallar su explicación, que juzgo aplicable a una infinidad de casos análogos. La primera impresión que produce la ciudad de París en la mayoría de los forasteros, suele ser desagradable, y esa impresión de desagrado suele tardar en borrarse lo bastante para que les quede poca gana de volver a verla a los que han pasado en ella una temporada corta. Esto es sobre todo común en los españoles, y en nuestros americanos; rarísimo es el que los primeros días no está rabiando en París contra el cielo apizarrado, contra los barros de las calles, contra el continuo llover, contra las distancias enormes, contra el ruido y el tropel de los carruajes, y en suma, contra todo. Generalmente esos primeros días están mareados y aburridos; como todavía les dura el cansancio del camino, no conocen a nadie, se pierden a poco que se alejen de su hotel sin guía, gastan un dineral, no saben o saben mal la lengua, encuentran bruscamente interrumpidos todos sus hábitos de vida, y por último, a poco que se descuiden, suelen ser víctimas de mil y mil accidentes a que en todas partes, y aquí sobre todo, está siempre expuesto el que no conoce la tierra que pisa, lo mas común es que a poco de haber llegado a Paris, se apodere de ellos un deseo impaciente de volverse a sus hogares y perder de vista para siempre lo que ellos llaman con risible despecho ¡este infierno! Seamos justos: nada más natural que esta serie de impresiones, que cien veces he observado en cabeza ajena, y que algún día me enseñó la experiencia propia. ¡Son aquí las costumbres tan distintas de las nuestras! ¡Tienen tanto encanto para nosotros meridionales el limpio sol, el cielo azul de nuestros climas! Y luego, hay que advertir otra cosa, muy poco tomada en cuenta: suele ser tan exagerada —o mejor dicho, tan absolutamente falsa la idea que se tienen formada de esta ciudad los que la visitan por primera vez—, que no encontrando en ella nada de lo que su imaginación o errados informes les habían hecho esperar, pasan por lo común de un extremo a otro, de la admiración al desprecio, si absurda aquella por no razonada, más irracional aún éste por absurdo. No es exagerada, repito, la idea de las excelencias de París que suelen traer nuestros paisanos, pues ciertamente no les han dicho, ni con mucho, todo lo bueno que encierra; a cien leguas están de sospechar siquiera hasta qué punto llega esta bondad. Por ejemplo —y para no citar mas que un solo accidente—, es seguro que ni aun los que más fanatizados vienen con los atractivos de esta gran ciudad, saben que hay en París algo que vale todavía más que París mismo (para el gusto de muchas gentes que lo tienen muy bueno), y es sus alrededores, su campo, verdadero Edén cuyas delicias son una de las pocas cosas buenas de su país que los franceses no ponderan más de lo que valen, ni aun tanto. La campiña de París merece por sí sola que se haga desde Madrid un viaje para verla; y sin embargo, la mayor parte de nuestros compatriotas vienen y se van sin saber que hay aquí, a una legua, a media, a un tiro de cañón de las fortificaciones, sitios encantadores, asilos campestres que en su género no tienen igual en el mundo.


III

¿Por qué razón es París la ciudad predilecta de todos los que la conocen bien? ¿Es por ventura la más hermosa del mundo? ¿O es la más rica? ¿Es la más grande? ¿Es la que ha debido a la naturaleza, al arte, o a la naturaleza y al arte reunidos, mayores encantos? Seguramente que no. Varias ciudades de Italia, especialmente Florencia, son más hermosas que París: Londres es una ciudad mayor y más rica. Mucho más que por París han hecho por Nápoles la naturaleza, y el arte por Roma.

Si se hubiera de designar a las ciudades con nombres emblemáticos, Roma pudiera denominarse Artistópolis, la ciudad de los artistas y do los anticuarios; Londres, la de los industriales y los comerciantes, Traficópolis; Madrid pudiera tomar un nombre que significase centro de buena sociedad, pues creo que no la hay más agradable en el mundo que la suya; Nápoles podría llamarse en todas las lenguas el paraíso terrenal. Adoptado este sistema de nombres significativos, el que correspondería a París, y solo a París, es el de Panópolis o Ciudad para todos. Porque esta es, si no me engaño, la verdadera diferencia que distingue esta ciudad de todas las demás, y el rasgo característico, único, ingénito, digámoslo así, que establece su indisputable superioridad sobre todas ellas. Y esta superioridad no es de ahora: ha existido siempre, a lo menos (para no remontarme a épocas antiguas y engolfarme en una erudición intempestiva) de dos siglos a esta parte. Que hoy, merced a las increíbles mejoras que debe París a su actual emperador, sea esta ciudad el asombro de Europa, y en cierto modo, el blanco de todas las miradas, no es en verdad difícil de comprender. Las gigantescas obras del Louvre, de la calle de Rívoli, de los nuevos baluartes (boulevards); su admirable policía, su administración municipal que es un modelo, y cien razones más que no hay para qué enumerar, justifican el título que ya se le da metafóricamente, y que al paso que va, es regular que pronto se le dé, en sentido recto, de Capital de Europa: pero ¿cómo se explica que tuviese esta misma importancia relativa y este mismo prestigio que hoy disfruta cuando era una ciudad fea, sucia, pésimamente administrada en el orden moral, una sentina de vicios y un sumidero de inmundicias? Esto es lo singular; esto es lo que no se explica sino admitiendo como una verdad lo que decía antes, a saber, que es peculiar e ingénito en esta población el carácter de universalidad que solo ella posee. Con esto se enlaza también lo que igualmente indicaba poco ha, sobre que los encantos de París son indecibles, en el sentido de que no se explican, o por lo menos son muy difíciles de explicar sin largos rodeos y toda clase de figuras retóricas. A explicarlo aspiro sin embargo: no tiene otro objeto todo lo que voy escribiendo.


IV

En París existen todos los contrastes, se encuentran todos los extremos, y hay por consiguiente satisfacción posible para todos los gustos: he aquí en resumen la clave de su prestigio y de su superioridad, porque no estará de más repetir que esto sólo aquí sucede. París es al mismo tiempo el pueblo más caro y el más barato (entre las grandes ciudades, se entiende; en este análisis como en todos no puede caber comparación sino entre entidades proporcionadas); el más bullicioso y el más sosegado; el más corrompido y el más virtuoso, en el sentido de que es donde se encuentran los mayores vicios y las más grandes virtudes. Aquí se puede comer bien por veinte luises o por veinte sueldos: para pasar de las delicias de Capua a las austeridades de la Tebaida, basta trasladarse de la Chaussée-d’Antin a la calle de Servandoni. Aquí se encuentra la antigüedad romana, cierto muy derruida, en las Termas de Juliano; la edad media bajo las solemnes bóvedas de Nuestra Señora y de Saint-Germain l’ Auxerrois; el renacimiento en el Louvre y en cien partes; nuestro siglo, con todas sus pompas y todos sus maravillosos progresos, en los caminos de hierro, en los telégrafos eléctricos, en los barrios de nueva planta, y para decirlo todo de una vez, en una cosa que vale mas que todas esas  conquistas materiales, y es en la perfecta libertad civil que aquí se disfruta, y que es la gran conquista, y como el compendio y corona de todos los adelantos del siglo. Verdad es que por el pronto no hay aquí otra; pero no parece hasta ahora que esta gente lo lleve muy a mal. La prosperidad pública, el bienestar particular van en un aumento asombroso. Esas cuatro épocas históricas que he citado, para no descender a más pormenores, conservan aquí su carácter propio y entero, en lo posible, mas que en otro país alguno. No hay en lo humano, afición, gusto o capricho que no se pueda satisfacer cumplidamente sin salir de París, lo cual no puede decirse en verdad de otra ciudad alguna. El hombre estudioso tiene aquí las más ricas bibliotecas, las mejores cátedras, las primeras academias del mundo: el artista, o el mero aficionado a las artes no encontrarán aquí tanto tesoro, pero si mucho mayor movimiento artístico que en la misma Roma. Los que se entusiasman con las cosas de la milicia, están aquí en sus glorias, dado que París es el pueblo militar por excelencia: los ejercicios de Vincennes, las revistas del Campo de Marte, los vuelven locos. Los que por las tendencias místicas de su espíritu se complacen en el silencio y el retiro propicios a la vida contemplativa, vayan a los sosegados barrios a que dan sombra las majestuosas moles de San Sulpicio, y allí, en algunas de aquellas tortuosas y oscuras calles donde el tránsito de un coche es un fenómeno singular y en las que involuntariamente se cree uno transportado al siglo XIV, oirá el grave y compasado tañido de las campanas, y encontrará a cada paso hábitos clericales y respirara una atmósfera eminentemente levítica. No se habla allí más que del último sermón del P. Hermanu, de la próxima novena de la Virgen, o de las conferencias del P. Ventura. Ni en Toledo, ni en el Burgo de Osma se encontrara un devotismo más general ni más estrecho: moralmente hablando, San Sulpicio dista del París profano tanto como la tierra del cielo. Los que se dejan llevar el alma y los sentidos tras de los placeres mundanos, tienen aquí ¿quién lo ignora? muy añadido y mejorado el paraíso de Mahoma. Las huris de este falso profeta no eran mas que unas pindonguillas, comparadas con las loretas de la Maison d'or  y las ratas de la Ópera; los cocineros que aderezaban aquellos famosos manjares a cuyo influjo vivificador renacía en los extenuados cuerpos la llama del deseo, eran de seguro unos zarramplines al lado de Chevet y de Potel.

Para vivir con un lujo extremado, Londres ofrece tantos, aunque no más recursos que París; en cambio allí no se puede vivir bien con poco dinero, y aquí sí. París es tan delicioso, a su manera, para el pobre como para el rico. Allí el pobre vive miserablemente: todo le rechaza; todo le es hostil; nada está previsto para él, todo lo está para el poderoso: aquí vive feliz, aquí goza o puede gozar, a su manera, repito, tanto como el rico. Aquí un clima generalmente apacible, una abundancia fabulosa, y la consiguiente baratura de los objetos de primera necesidad, y más que todo, las costumbres (producto acaso de la influencia católica) le proporcionan goces de que el pueblo inglés no tiene idea… Pero dejo este paralelo para mi próximo viaje a Londres.

Para vivir modestamente, con poco dinero y bien, esto es, para no pasar hambre ni sed, aunque si mucho frío en invierno y algún calor en verano, Madrid no vale menos que París; en cambio para los que aspiran a gozar, en todos sentidos, lícitamente y, sobre todo, con los goces del espíritu, no hay comparación posible entre las dos ciudades. Cuando regrese a Madrid, pondré esto más en claro.


V

Hasta ahora no he hecho más que apuntar al correr de la pluma algunas de las causas en que se funda, a mi juicio, ese carácter de universalidad que atribuyo a París y que constituye su superioridad indisputable sobre todas las ciudades del mundo; voy ahora a desarrollar esta misma idea con algunos pormenores.

Por ejemplo, decía yo antes que en París se encuentran todas las épocas históricas representadas y como viras en hermosos monumentos; grande atractivo para el artista, para el arqueólogo, para el historiador, para el poeta, para todos los hombres de imaginación; en una palabra, para una infinidad de personas. Verdad es que otras muchas se ríen de lo que ellas llaman desdeñosamente esas antiguallas, y no andarían diez pasos por ir a verlas; pero también para estas gentes positivas, como ellas mismas se denominan, tiene París sus especiales encantos, barrios enteros encontrarán aquí, construidos de ayer con la fría regularidad de un tablero de damas, que no ofrecen a la imaginación ni un solo recuerdo, pero que en cambio tienen el mérito positivo de presentar reunidos todos los adelantos del moderno confort. También esto tiene su valor; sin embargo, estoy por la opinión de los que miran como uno de los mayores atractivos de París la multitud de recuerdos históricos que a cada paso brotan, por decirlo así, de cada una de las viejas piedras de sus venerables edificios antiguos.

Voy a pasar revista a algunos de esos edificios acompañados de sus recuerdos, como el cuerpo de su sombra. A veces no son los edificios los que hablan más aquí a la imaginación, sino los sitios en que han pasado grandes cosas. Recorreré también algunos.


VI

La isla llamada la Cité, cuna del actual París y que fue algún día París entero, está poblada de recuerdos poéticos de la antigüedad romana, de las invasiones bárbaras y de la Edad Media. Entre estos últimos, campea sobre todo el de los trágicos amores de Abelardo y Eloísa. En el muelle hoy llamado de Napoleón (quai Napoléon), en el punto en que remata en él la calle des Chantres, se ve (yo la he visto, ayer mismo) una casa de regular apariencia, señalada con los números 9 y 11: en el solar que ocupa esta casa, vivieron aquellos dos célebres amantes. Al pie de aquellas ventanas acudían en tropel las turbas de estudiantes a entonar los cánticos de amor compuestos por el enamorado filósofo en honor de su Eloísa. Todo el pueblo la conocía, todos estaban en el secreto de aquellos nobles amores, segados en flor por la inexorable venganza del canónigo Fulberto. Una inscripción en letras de oro esculpida en una lápida de mármol blanco recuerda en estos términos el nombre de aquellos ilustres amantes:

ANTIGUA HABITACION DE ELOÍSA Y ABELARDO
1118.
REEDIFICADA EN 1849.

Encima de las dos puertas que dan a la calle, dos medallones de piedra representan el uno a Eloísa, el otro a Abelardo, ambos de perfil y mirándose cara a cara como si todavía quisieran decirse su amor, como si su amor debiese durar en el mundo tanto como la fama de sus nombres.

El Palacio de Justicia y la Santa Capilla, precioso monumento de la más bella arquitectura gótica, son inseparables de la memoria de San Luis, aquel gran rey de quien dice una de las más malignas redondillas popularizadas en España por el espíritu de partido, durante la guerra de la Independencia:

San Luis, rey de Francia, es
El que con Dios pudo tanto,
Que para que fuese santo
Le dispensó el ser francés.

Graciosa pero muy injusta invectiva contra una nación que ha producido tantos y tan gloriosos santos como la que más. Una curiosa anécdota va unida a la llamada Torre del Reloj que forma la esquina del Palacio sobre el mercado de las Flores. En el año 1370, Carlos V denominado el Victorioso, gracias al famoso Duguesclin o Bertrán Claquin, como le llaman nuestras historias, hizo construir el primer reloj de pared conocido en Francia, obra del ingeniero mecánico alemán Enrique de Vic. El rey le dio habitación en la torre misma del Palacio de Justicia en que debía construirse el reloj y que es la misma que aún lleva este nombre, y al cabo de poco tiempo, con universal asombro de los parisienses, la desconocida máquina empezó a dar las horas, las medias y los cuartos y a apuntar los minutos en el cuadrante, maravilla que duró unos veinte años.

Sucedió empero una mañana del mes de junio que el reloj amaneció mudo. Era ya muy entrado el día, el tiempo había caminado según costumbre y el reloj no daba hora ninguna: el minutero permanecía clavado en un punto, ¿Qué maleficio había caído sobre la maravillosa máquina? El vulgo alborotado con aquella novedad agota en sus hablillas todas las conjeturas imaginables y forma un gran tumulto al pie de la silenciosa torre, cuando acierta a pasar por allí, gravemente montado en su mula, y dirigiéndose al Consejo del rey el señor de Orgemont, canciller de Francia. Infórmase el magnate de la causa que así trae al buen popular de París arremolinado e inquieto, y noticioso de lo que pasa, manda abrir las puertas de la torre, en la cual penetra acompañado de su escolta, no sin recelo de alguna emboscada del demonio. Llegan al cuarto del relojero y lo encuentran muerto, tendido en el suelo, los ojos inmóviles, vuelta la cara hacia la portentosa máquina, inmóvil y muerta como él. La llave con que la había dado cuerda el día antes, estaba todavía entre sus dedos crispados; sin duda que momentos antes de morir había querido revisar su obra, admirarla, añadirle tal vez alguna nueva mejora. La vida del artífice y el movimiento del reloj habían cesado en un mismo punto, como si a ambos los sustentara y dirigiese una misma alma.

Cuando dos siglos después, en 1585, se sustituyó a la informe máquina del alemán Enrique de Vic otra algo menos imperfecta, un poeta jurista tuvo la feliz idea de estampar encima de ella este dístico que todavía se conserva como una saludable lección de justicia, fundada en la exacta división del tiempo:

Machina quae bis sex tam juste divitit horas,
Justitiam servare monet. legesque tueri.

A pocos pasos de esta torre, sobre el muelle, se halla la llamada de la Conciergerie, donde todavía se conserva la estancia a que fue trasladada desde la prisión del Temple, la desgraciada reina María Antonieta.


VII

En los barrios antiguos de París apenas puede darse un paso sin tropezar con algún sitio consagrado por la memoria de algún hecho célebre: esta ciudad ha metido siempre tanto ruido en el mundo que su crónica particular es, algo más o algo menos, conocida de toda persona medianamente instruida. Los franceses, en fuerza de su actividad y de su fecundidad inauditas, han logrado que las cosas de su país sean más conocidas en España, por ejemplo, que las nuestras propias: creo que lo mismo ha de suceder en todos los países. A sus novelistas debe principalmente la Francia el privilegio de su asombrosa popularidad en el inundo. Pocos extranjeros habrá en París bastante ignorantes para pasar por la calle de la Ferronnerie sin buscar en ella el sitio en que el puñal de Ravaillac traspasó el noble corazón de Enrique IV; pocos pasarán por delante de la gran fachada del Louvre que mira al río sin buscar la ventana maldita, fácil de reconocer por su restauración reciente, desde donde Carlos IX dio la señal de la matanza de los desprevenidos hugonotes en la horrible noche de San Bartolomé… Así lo cuentan a lo menos. ¿Será verdad ? — ¡averígüelo Vargas!

Pocas veces he pasado por la calle de l’Ancienne-Comédie sin entrar un momento en el famoso café Procope donde todas las tardes tomaba Voltaire lo que él llamaba un veneno lento, muy lento, tan lento que hacía ochenta años, decía, que lo estaba tomando y todavía no había empezado a sentir sus efectos mortales: aquel veneno era el café. Allí se reunía la flor de los beaux-esprits de su épocB: aquel era el cuartel general de los enciclopedistas. Majando hacia la calle Dauphine, cruzando el Puente Nuevo y dirigiéndose al Marais, se encuentra en la calle de Francs-Bourgeois el palacio en que vivió y murió, envenenada a lo que se cree, la hermosa Gabriela d'Estrées, el ídolo de Enrique IV y de tantos otros antes y después de él.

En la plaza Dauphine, el fanatismo, y más aún la rapacidad de Felipe el Hermoso, levantó la hoguera del gran maestre Santiago Molay y de sus valerosos templarios.

El nombre de la calle de la Jussienne (corrupción de l’Égyptienne, la Egipcia o Gitana) recuerda una antigua leyenda que tal vez inspiro a Víctor Hugo su deliciosa creación de la Esmeralda. La historia es la misma: trátase de una pobre y linda gitanilla, requerida de amores por un soldado, por un clérigo y por un miserable contrahecho, en quienes cualquiera reconocerá al capitan Febo, a Claudio Frollo y al campanero Quasimodo de Nuestra Señora de París. También la antigua Jussienne iba acompañada de una cabrita sospechosa, según dice la leyenda, y esta fue la ocasion de su desastrada muerte. Lo repito, la historia es la misma, pero vivificada en nuestros días por el genio de Víctor Hugo.

En la calle de Bièvre vivió el Dante, proscrito de Florencia por los güelfos vencedores. En la iglesia de los Celestinos estuvo enterrado nuestro ilustre Antonio Pérez: ya su sepulcro no esta allí ni he podido dar con él. Otro noble recuerdo español despierta el docto y austero recinto de la Sorbona, y es el de los triunfos escolásticos de nuestro gran padre Juan de Mariana en las disertaciones públicas de esta célebre escuela de teología, entonces la primera del mundo. En el cementerio del padre Lachaise yacían hasta su reciente traslación a España, con los del malogrado Donoso, los restos mortales de Moratín.

A pocos pasos de la calle del Four Saint-Honoré se ven todavía los arcos llamados Piliers des Halles (pilares de los mercados), tan afamados en la historia de París, y detrás de ellos, a pocos pasos también, se ve la casa en que nació Moliere, fácil de reconocer por la inscripción y el busto del gran poeta, que la adornan. ¿Qué extranjero culto querrá dejar a Paris sin ir a saludar con respeto y cariño la cuna del autor del Misántropo? Muy cerca de aquel sitio, otro objeto de curiosidad atrae necesariamente a todas las personas de gusto, y es la elegantísima fuente que se alza en medio del mercado do los Inocentes, toda decorada con preciosos bajorrelieves de Jean Goujon.


VIII

La primorosa iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois, empezada en el siglo XIII y concluida en el XV, verdadera joya de arquitectura gótica, aunque menos pura que la Sainte-Chapelle, y admirablemente restaurada, como ésta, de poco tiempo a esta parte; la torre aislada de Saint Jacques-la-Boucherie, de principios del siglo XVI, y cuya restauración se esta haciendo ahora cabalmente para que sea uno de los muchos ornatos de la gran calle de Rivoli; la iglesia de Saint-Étienne du Mont, también del siglo XVI, elegante muestra de arquitectura ogival, célebre por su precioso jubé, por sus vidrieras de colores, sus pinturas y su sepulcro de Santa Genoveva; la Casa de la Ciudad (l’Hôtel de Ville), monumento arquitectónico de gran mérito, y tan lleno de recuerdos que bien puede decirse que en él esta compendiada la historia de París; la catedral (Notre-Dame) cuya primera piedra asentó a mediados del siglo XII el papa Alejandro III, y a la que ha dado una indecible juventud y como una vida nueva el soberano ingenio de Víctor Hugo; las iglesias del Val de Grâce y de Santa Genoveva con sus magníficas cúpulas, pintadas aquella por Mignard, ésta por M. Gros; el palacio del Luxemburgo, residencia primero de María de Médicis y luego de tantos poderes efímeros, ya cárcel, ya cámara de los pares, hoy Senado..., todos estos edificios y otros cien que podría citar están poblados, como decía antes, de recuerdos llenos de interés para el historiador, para el filósofo y, sobre todo, para el poeta. No creo que haya bajo este punto de vista, otra ciudad más poética en el mundo, aunque sin duda las hay que lo parecen más, por ser más pintorescas o por poseer algún especial mérito de situación o clima, como Granada, Venecia, Nápoles o Sevilla. Ninguna de estas poblaciones, y ninguna otra del mundo, si se exceptúa a Atenas y a Roma, habla tanto a la imaginación como París, porque en ninguna han pasado tantas y tan grandes cosas como aquí, ni se conservan tan bien ni en tanto número testimonios patentes de aquellas cosas pasadas, Otras ciudades han tenido una época dada en la que han brillado mucho, eclipsando a las demás: París ha brillado constantemente; por eso conserva innumerables monumentos de todas las edades, a que va unido algún recuerdo. Desde el palacio de Cluny, levantado en el siglo XV sobre las minas del que edificó a principios del IV el emperador Constancio Cloro, hasta la plaza de la Concordia, donde todavía cree uno ver levantarse, como un sangriento espectro, el cadalso de la Revolución, París ofrece en su vasto recinto al observador estudioso, materia para una no interrumpida serie de meditaciones continuadas al través de los siglos. Cada edificio es un capítulo del elocuente curso de historia antigua, de la edad media y de la moderna que la arquitectura ha ido escribiendo aquí con piedras en el suelo más fielmente que los analistas con letras sobre el papel.

EUGENIO DE OCHOA - París, Londres y Madrid (1861).

lunes, 12 de abril de 2010

Virgilio, Clément Marot y Eugenio de Ochoa

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ECLOGA I


Audio: Ecloga I


Meliboeus


Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi
silvestrem tenui Musam meditaris avena;
nos patriae finis et dulcia linquimus arva.
nos patriam fugimus; tu, Tityre, lentus in umbra
formosam resonare doces Amaryllida silvas.




Tityrus


O Meliboee, deus nobis haec otia fecit.
namque erit ille mihi semper deus, illius aram
saepe tener nostris ab ovilibus imbuet agnus.
ille meas errare boves, ut cernis, et ipsum
ludere quae vellem calamo permisit agresti.




Meliboeus


Non equidem invideo, miror magis; undique totis
usque adeo turbatur agris. en ipse capellas
protinus aeger ago; hanc etiam vix, Tityre, duco.
hic inter densas corylos modo namque gemellos,
spem gregis, a, silice in nuda conixa reliquit.
saepe malum hoc nobis, si mens non laeva fuisset,
de caelo tactas memini praedicere quercus.
sed tamen iste deus qui sit da, Tityre,nobis.




Tityrus


Urbem quam dicunt Romam, Meliboee, putavi
stultus ego huic nostrae similem, cui saepe solemus
pastores ovium teneros depellere fetus.
sic canibus catulos similes, sic matribus haedos
noram, sic parvis componere magna solebam.
verum haec tantum alias inter caput extulit urbes
quantum lenta solent inter viburna cupressi.




Meliboeus


Et quae tanta fuit Romam tibi causa videndi?




Tityrus


Libertas, quae sera tamen respexit inertem,
candidior postquam tondenti barba cadebat,
respexit tamen et longo post tempore venit,
postquam nos Amaryllis habet, Galatea reliquit.
namque - fatebor enim - dum me Galatea tenebat,
nec spes libertatis erat nec cura peculi.
quamvis multa meis exiret victima saeptis
pinguis et ingratae premeretur caseus urbi,
non umquam gravis aere domum mihi dextra redibat.




Meliboeus


Mirabar quid maesta deos, Amarylli, vocares,
cui pendere sua patereris in arbore poma.
Tityrus hinc aberat. ipsae te, Tityre, pinus,
ipsi te fontes, ipsa haec arbusta vocabant.




Tityrus


Quid facerem? neque servitio me exire licebat
nec tam praesentis alibi cognoscere divos.
hic illum vidi iuvenem, Meliboee, quot annis
bis senos cui nostra dies altaria fumant,
hic mihi responsum primus dedit ille petenti:
'pascite ut ante boves, pueri, submittite tauros.'




Meliboeus


Fortunate senex, ergo tua rura manebunt
et tibi magna satis, quamvis lapis omnia nudus
limosoque palus obducat pascua iunco.
non insueta gravis temptabunt pabula fetas
nec mala vicini pecoris contagia laedent.
fortunate senex, hic inter flumina nota
et fontis sacros frigus captabis opacum;
hinc tibi, quae semper, vicino ab limite saepes
Hyblaeis apibus florem depasta salicti
saepe levi somnum suadebit inire susurro;
hinc alta sub rupe canet frondator ad auras,
nec tamen interea raucae, tua cura, palumbes
nec gemere aeria cessabit turtur ab ulmo.




Tityrus


Ante leves ergo pascentur in aethere cervi
et freta destituent nudos in litore pisces,
ante pererratis amborum finibus exsul
aut Ararim Parthus bibet aut Germania Tigrim,
quam nostro illius labatur pectore vultus.




Meliboeus


At nos hinc alii sitientis ibimus Afros,
pars Scythiam et rapidum cretae veniemus Oaxen
et penitus toto divisos orbe Britannos.
en umquam patrios longo post tempore finis
pauperis et tuguri congestum caespite culmen,
post aliquot, mea regna, videns mirabor aristas?
impius haec tam culta novalia miles habebit,
barbarus has segetes. en quo discordia civis
produxit miseros; his nos consevimus agros!
insere nunc, Meliboee, piros, pone ordine vites.
ite meae, felix quondam pecus, ite capellae.
non ego vos posthac viridi proiectus in antro
dumosa pendere procul de rupe videbo;
carmina nulla canam; non me pascente, capellae,
florentem cytisum et salices carpetis amaras.




Tityrus


Hic tamen hanc mecum poteras requiescere noctem
fronde super viridi. Sunt nobis mitia poma,
castaneae molles et pressi copia lactis,
et iam summa procul villarum culmina fumant
maioresque cadunt altis de montibus umbrae.


PUBLIUS VERGILIUS MARO



LA PREMIERE ÉGLOGUE DES BUCOLIQUES

Melibée


Toy Tityrus, gisant dessoubz l'Ormeau
Large, et espez, d'ung petit Chalumeau
Chantes Chansons rustiques en beaulx Chantz:
Et nous laissons (maulgré nous) les doulx champs,
Et noz Pays. Toy oysif en l'umbrage
Faiz resonner les forestz, qui font rage
De rechanter apres ta Chalemelle:
La tienne Amye Amarillis la belle.


Tityrus


O Melibée, Amy chier, et parfaict,
Ung Dieu fort grand ce bien icy m'a faict.
Lequel aussi tousjours mon Dieu sera,
Et bien souvent son riche autel aura
Pour sacrifice ung Aigneau le plus tendre,
Qu'en mon Trouppeau pourray choisir, et prendre:
Car il permect mes Brebis venir paistre
(Comme tu voys) en ce beau Lieu champaistre:
Et que je chante en mode pastouralle
Ce, que vouldroy de ma fluste ruralle.


Melibée


Je te prometz, que ta bonne fortune
Dedans mon cueur ne met envie aulcune:
Mais m'esbays, comme en toutes saisons
Malheur nous suyt en noz Champs, et Maisons.
Ne voys tu point, gentil Berger, helas,
Je tout malade, et privé de soulas,
D'ung lieu loingtain mene cy mes Chevrettes
Accompagnées d'Aigneaulx, et Brebiettes.
Et (qui pis est) à grand labeur je meine
Celle, que voys tant meigre en ceste Plaine,
Laquelle estoit la totalle esperance
De mon Trouppeau. Or n'y ay je asseurance,
Car maintenant (je te prometz) elle a
Faict en passant, pres de ces Couldres là,
Qui sont espez, deux gemeaulx Aigneletz,
Qu'elle a laissez (moy contrainct) tous seuletz,
Non dessus l'herbe, ou aulcune Verdure,
Mais tous tremblans dessus la Pierre dure.
Ha Tytirus (si j'eusse esté bien sage)
Il me souvient, que souvent par presage
Chesnes frappez de la fouldre des Cieulx
Me predisoient ce mal pernicieux.
Semblablement la sinistre Corneille
Me disoit bien la fortune pareille.
Mais je te pry, Tityre, compte moy
Qui est ce Dieu, qui t'a mis hors d'esmoy?


Tityrus


Je sot cuidois, que ce, que l'on dit Romme,
Fust une Ville ainsi petite, comme
Celle de nous: là où maint Aignelet
Nous retirons, et les Bestes de laict.
Mais je faisois semblables à leurs Peres
Les petitz Chiens, et Aigneaulx à leurs Meres,
Accomparant (d'imprudence surpris)
Chose petite à celle de grand pris:
Car (pour certain) Romme noble, et civile,
Lieve son chef par sus toute aultre ville,
Ainsi que sont les grandz, et hautz Cipres
Sur ces Buyssons, que tu voys icy pres.


Melibée


Et quel motif si expres t'a esté
D'aller veoir Romme?


Tityre


Amour de Liberté:
Laquelle tard toutesfois me vint veoir:
Car ains que vint, barbe pouvois avoir.
Si me veit elle en pitié bien expres,
Et puis je l'euz assez long temps apres:
C'est assavoir, si tost qu'eus accoinctée
Amarillis, et laissé Galathée.
Certainement je confesse ce poinct,
Que quand j'estoys à Galathée joinct,
Aulcun espoir de Liberté n'avoye,
Et en soucy de Bestail ne vivoye:
Voire et combien, que maintesfois je feisse
De mes Trouppeaux à noz Dieux sacrifice,
Et nonobstant que force gras fourmage
Se feist tousjours à nostre ingrat Village,
Pour tout cela, jamais jour de Sepmaine
Ma Main chez nous ne s'en retournoit pleine.


Melibée


O Amarille: moult je m'esmerveillois
Pourquoy les Dieux d'ung cueur triste appellois:
Et m'estonnois, pour qui d'entre nous hommes
Tu reservoys en l'Arbre tant de Pommes.
Tityre lors n'y estoit (à vray dire)
Mais toutesfois (ô bien heureux Tityre)
Les Pins treshaultz, les Ruissaulx, qui coulloient,
Et les Buissons adoncques t'appelloient.


Tityre


Qu'eusse je faict, sans de chez nous partir?
Je n'eusse peu de Service sortir,
N'ailleurs, que là, n'eusse trouvé des Dieux
Si à propos, ne qui me duissent mieulx.
Là (pour certain) en estat triumphant
(O Melibée) je vey ce jeune Enfant:
Au los de qui nostre Autel par coustume,
Douze foys l'An en sacrifice fume.
Certes c'est luy, qui premier respondit
A ma requeste, et en ce poinct me dit:
Allez Enfans, menez paistre voz Boeufz,
Comme devant, je l'entends, et le veulx:
Et faictes joindre aux Vaches voz Taureaux.


Melibée


Heureux Vieillard sur tous les Pastoureaux,
Doncques tes Champs par ta bonne adventure
Te demourront, et assez de Pasture,
Quoy que le Roc d'herbe soit despoillé,
Et que le Lac de Bourbe tout soillé,
Du jonc Lymeulx couvre le bon herbage,
Ce neantmoins le maulvais Pasturage
Ne nourrira jamais tes Brebis pleines:
Et les Trouppeaux de ces prochaines Plaines
Desormais plus ne te les gasteront,
Quand quelcque mal contagieux auront.
Heureux Vieillard, desormais en ces Prées
Entre Ruisseaux, et fontaines sacrées
A ton plaisir tu te reffreschiras:
Car d'un costé joignant de toy auras
La grand Closture à la Saussaye espesse,
Là où viendront manger la Fleur sans cesse
Mousches à miel, qui de leur bruyt tout doulx
Te inciteront à sommeil tous les coups.
De l'autre part, sus ung hault Roc sera
Le Rossignol, qui en l'Air chantera.
Mais ce pendant, la Palombe enrouée,
La Tourte aussi de chasteté louée
Ne laisseront à gemir sans se taire
Sus ung grand Orme: et tout pour te complaire


Tityre


Doncques plustost Cerfz legiers, et cornuz
Vivront en l'Air: et les Poissons tous nudz
Seront laissez de leurs fleuves taris:
Plustost boyront les Parthes Araris
Le fleuve grand: et Tigris Germanie:
Plustost sera ma Persone bannie
En ces deux lieux: et leurs fins, et Limites
Circuiray à journées petites,
Ains que celluy, que je t'ay racompté,
Du souvenir de mon cueur soit osté.


Melibée


Helas et nous irons sans demeurée
Vers le Pais d'Affricque l'alterée:
La plus grand part en la froide Scytie
Habiterons: ou irons en Parthie
(Puis qu'en ce point fortune le decrete)
Au fleuve Oaxe impetueux de Crete.
Finablement viendront tous esgarez
Vers les Angloys du Monde separez.
Long temps apres, ou avant que je meure,
Verray point mon Pais, et demeure?
Ma pauvre Loge aussi faicte de Chaulme?
Las s'il advient, qu'en mon petit Royaulme
Revienne encor, je le regarderay,
Et des Ruines fort je m'estonneray.
Las faudra il, qu'un Gendarme impiteux
Tienne ce Champ tant culte, et fructueux?
Las faudra il, qu'ung Barbare estrangier
Cueille les Bledz? O en quel grand dangier
Discorde a mis Pasteurs, et Marchans:
Las, et pour qui avons semé nos Champs?
O Melibée, plante Arbres à la Ligne,
Ente Poyriers, mectz en ordre la Vigne:
Helas pour qui? Allez jadis heureuses,
Allez Brebis, maintenant malheureuses.
Apres cecy, en ce grand Creux tout vert,
Là où souvent me couchoys à couvert,
Ne vous verray jamais plus de loing paistre
Vers la Montaigne espineuse et champaistre:
Plus ne diray Chansons recreatives:
Ny dessoubz moy pauvres Chevres chetives
Plus ne paistrez le Treffle florissant,
Ne l'aigre fueille au Saule verdissant.


Tityrus


Tu pourras bien (et te pry, que le vueilles)
Prendre repos dessus des vertes fueilles
Avecques moy ceste Nuict seullement.
J'ay à souper assez passablement,
Pommes, Pruneaux, tout plein de bon fructage,
Chastaignes, Aulx, avec force Laictage.
Puis des Citez les Cheminées fument,
Desjà le feu pour le soupper allument:
Il s'en va nuict, et des haultz Montz descendent
Les Ombres grands, qui parmy l'Air s'espendent.


CLÉMENT MAROT



ÉGLOGA I


MELIBEO


¡Títiro!, tú, recostado a la sombra de esa frondosa haya, meditas pastoriles cantos al son del blando caramillo; yo abandono los confines patrios y sus dulces campos; yo huyo del suelo natal, mientras que tú, ¡oh Títiro!, tendido a la sombra, enseñas a las selvas a resonar con el nombre de la hermosa Amarilis.


TÍTIRO


A un dios, ¡oh Melibeo!, debo estos solaces, porque para mí siempre sera un dios. Frecuentemente empapará su altar la sangre de un recental de mis majadas; a él debo que mis novillas vaguen libremente, como ves, y también poder yo entonar los cantos que me placen al son de la rústica avena.


MELIBEO


No envidio, en verdad, tu dicha; antes me maravilla, en vista de la gran turbación que reina en estos campos. Aquí me tienes a mí, que, aunque enfermo, yo mismo voy pastoreando mis cabras, y ahí va una, ¡oh Títiro!, que apenas puedo arrastrar, porque ha poco parió entre unos densos avellanos dos cabritillos, esperanza, ¡ay!, del rebaño, los cuales dejó abandonados en una desnuda peña. A no estar obcecado mi espíritu, muchas veces hubiera previsto esta desgracia al ver los robles heridos del rayo . Mas dime, Títiro, ¿quién es ese dios?


TÍTIRO


Simple de mí, creía yo, Melibeo, que la ciudad que llaman Roma era parecida a esta nuestra adonde solemos ir los pastores a destetar los corderillos; así discurría yo viendo que los cachorros se parecen a los perros y los cabritos a sus madres, y ajustando las cosas grandes con las pequeñas; pero Roma descuella tanto sobre las demás ciudades como los altos cipreses entre las flexibles mimbreras,


MELIBEO


¿Y cuál tan grande ocasión fue la que te movió a ver a Roma?


TÍTIRO


La libertad, que, aunque tardía, al cabo tendió la vista a mi indolencia cuando ya al cortarla caía mas blanca mi barba; me miró, digo, y vino tras largo tiempo, ahora que Amarilis es mi dueña y que me ha abandonado Galatea; porque, te lo confieso, mientras serví a Galatea ni tenía esperanza de libertad ni cuidaba de mi hacienda, y aunque de mis ganados salían muchas víctimas para los sacrificios y me daban muchos pingües quesos, que llevaba a vender a la ingrata ciudad, nunca volvía a mi choza con la diestra cargada de dinero.


MELIBEO


Me admiraba, ¡Amarilis!, de que tan triste invocases a los dioses y de que dejases pender en los árboles las manzanas. Títiro estaba ausente de aquí; hasta estos mismos pinos, ¡oh Títiro!, estas fuentes mismas, estas mismas florestas te llamaban.


TÍTIRO


¿Qué había de hacer? Ni podía salir de mi servidumbre ni conocer en otra parte dioses tan propicios. Allí fue, Melibeo, donde vi a aquel mancebo en cuyo obsequio humean un día en cada mes nuestros altares; allí dio, el primero, a mis súplicas esta respuesta: "Apacentad, ¡oh jóvenes!, vuestras vacas como de antes; uncid al yugo los toros."


MELIBEO


¡Luego conservarás tus campos, venturoso anciano!, y te bastarán sin duda, aunque todos sean peladas guijas y fangosos pantanos cubran las dehesas. No dañarán a las preñadas ovejas los desacostumbrados pastos ni se les pegará el contagio del vecino rebaño a las paridas. ¡Anciano venturoso! Aquí respirarás el frescor de la noche entre los conocidos ríos y las sagradas fuentes; aquí las abejas hibleas, apacentadas en los sauzales del vecino cercado, te adormecerán muchas veces con su blando zumbido; aquí cantará el podador bajo la alta roca, y entre tanto no cesarán de arrullar tus amadas palomas ni de gemir la tórtola en el erguido olmo.


TÍTIRO


Por eso antes pacerán en el aire los ligeros ciervos y antes los mares dejarán en seco a los peces en la playa; antes, desterrados ambos de sus confines, el Parto beberá las aguas del Araris o el Germano las del Tigris, que se borre de mi pecho la imagen de aquel dios.


MELIBEO


Y entre tanto nosotros iremos unos al África abrasada, otros a la Escitia y al impetuoso Oaxes de Creta, y a la Bretaña, apartada de todo el orbe; y ¿quién sabe si volveré a ver, al cabo de largo tiempo, los confines patrios y el techo de césped de mi pobre choza, admirándome de encontrar espigas en mis campos? ¿Un impío soldado poseerá estos barbechos tan bien cultivados? ¿Un extranjero estas mieses? ¡Mira a que estado ha traído la discordia a los míseros ciudadanos! ¡Mira para quién hemos labrado nuestras tierras! Injerta ahora, ¡oh Melibeo!, los perales, pon en buen orden las cepas; id, cabrillas mías, rebaño feliz en otro tiempo; ya no os veré de lejos, tendido en una verde gruta, suspendidas de las retamosas peñas. No entonaré cantares; no más, cabrillas mías, pastoreándoos yo, paceréis el florido cantueso ni los amargos sauces.


TÍTIRO


Bien pudieras, empero, descansar aquí conmigo esta noche en la verde enramada; tengo dulces manzanas, castañas cocidas y queso abundante. Ya humean a lo lejos los mas altos tejados de las alquerías y van cayendo las sombras, cada vez mayores, desde los altos montes.




Traducción de EUGENIO DE OCHOA