LA
LECTURA
He estado enfermo recientemente. Tú lo sabes: nada de la historia puede
pasar desapercibido; y a ti nada de lo que concierne la historia puede
permanecerte ajeno. Así que no te era desconocido que hace ocho o diez meses
estuve gravemente enfermo. Releí la Ilíada y la Odisea, esos libros de mi
juventud. Pero los releí como se deben leer, a menos que se los lea en griego.
Supe griego bastante bien, en los días de mi juiciosa juventud. Pero ya no
estoy en la época de mi más tierna juventud, y ni siquiera sé griego como lo
sabía cuando me encontraba bajo la autoridad del viejo Édet. Tomé la
traducción, a falta de ese griego. Tomé la Ilíada y la Odisea en la traducción
(francesa) menos erudita que pude encontrar; por muy pervertidos que estemos,
por muy corrompida que se haya vuelto nuestra época, por muy atrasados, por muy
bárbaros que nos hayamos (de nuevo)vuelto, nosotros los modernos, y que hayamos
llegado a serlo, sigue habiendo, al menos en las librerías de viejo,
traducciones que no son eruditas; (al
estar enfermo, vuelvo a ser sincero, y necesito descansar, relajarme, cambiar un
poco mis ejercicios habituales). (Mis ejercicios habituales son también las
traducciones eruditas y, sobre todo, las ediciones eruditas. No, lo que he
hecho con las traducciones eruditas. También han oído hablar de mí, las
traducciones eruditas.) En la traducción más antigua, más inocente, más humana,
más sencilla, más honesta, menos pretenciosa, más académica, académica antigua,
una edición, una traducción de los buenos viejos tiempos, donde Clitemnestra se
llama muy auténticamente Clitemnestra, Minerva, Minerva, y Ulises, Ulises. Una
traducción que se entregaba muy a menudo como premio en las ceremonias de
entrega de premios, en la distribución de los viejos premios, en las bellas
ceremonias solemnes de provincias, en las bellas y arcaicas prefecturas, en las
distribuciones presididas por el diputado de ese distrito. He nombrado la
traducción, la honorable traducción de P. Giguet, París, Paulin, librero-editor,
Rue de Seine 33, 1844. Cuando se tiene el honor de estar enfermo, y la dicha de
tener una enfermedad que deja libre la cabeza, (al menos temporalmente y por el
tiempo de su propia duración, porque después, y en el tiempo llamado de
convalecencia, bien que se resarce, la maldita), la ictericia, por ejemplo, por
poner un ejemplo al azar, la burdamente llamada y vulgarmente conocida como
ictericia, burdamente grotesca, la terriblemente más grave y científica icterus
(grave), que te deja sana la cabeza,
pero que (¿afortunadamente?) te impide rigurosamente trabajar, prohibición
rigurosa del médico, prohibición rigurosa de la naturaleza, es entonces, y sólo
entonces, cuando uno es el lector ideal; (pues no es a ti, amigo mío, a quien
debo señarle que la lectura misma es una operación, que es una puesta en
práctica, un paso a la acción, una puesta en acto, que no es por lo tanto
indiferente, nula, que no es un cero de actividad, una pasividad pura, una tabula rasa) porque en la vida ordinaria
estamos tan abrumados de trabajo por todos lados, asaltados, asediados,
bloqueados por las necesidades de la existencia, atiborrados de trabajo,
atiborrados de escrúpulos, atiborrados de remordimientos, que ya nunca leemos si
no es para trabajar; cuando estamos enfermos, y sólo entonces, y sólo de esa
clase de enfermedades, que dejan la cabeza libre y sana, y sin embargo nos
obligan a permanecer en cama, y nos prohíben formalmente trabajar, entonces por
excepción, por una especie de respeto, impuesto, temporalmente, por una especie
de tregua, provisoriamente (cuando tendría que ser esencialmente) volvemos a
ser momentáneamente lo que nunca deberíamos dejar de ser, lectores; lectores puros, que leen para leer, no para instruirse,
no para trabajar; lectores puros, como la tragedia y la comedia requieren
espectadores puros, como la estatuaria requiere espectadores puros, que por un
lado sepan leer y que, por el otro, quieran leer, que finalmente simplemente
lean; y lean simplemente; hombres que miran una obra simplemente para verla y
recibirla, que lean una obra de una vez para leerla y recibirla, para
alimentarse de ella, para nutrirse de ella, como de un alimento precioso, para poder
crecer con ella, para hacerse valer, interiormente, orgánicamente, de nigún
modo para trabajar con ella, para
hacerse valer, socialmente, en el siglo; hombres también, hombres, en fin, que sepan
leer, y lo que es leer, es decir, lo que es entrar en; en qué, amigo mío; en
una obra, en la lectura de una obra, en una vida, en la contemplación de una
vida, con amistad, con fidelidad, incluso con una especie de complacencia
indispensable, no sólo con simpatía, sino con amor; que sepan hay que entrar
como en la fuente de la obra; y literalmente colaborar con el autor; que no hay
que recibir la obra pasivamente; que la
lectura es el acto común, la
operación común del lector y lo leído, de la obra y el lector, del libro y
el lector, del autor y el lector; al igual que el espectáculo es el acto común, la operación común de la obra
dramática y el espectador, del autor dramático y el espectador; al igual
que la contemplación de la estatua, la representación de la estatuaria es el
acto común, la operación común de la obra y el espectador, del autor escultor y
el espectador. Una lectura bien hecha, una lectura honesta, una lectura sencilla,
en fin, una lectura bien leída es como una flor, como el fruto que proviene de
una flor; (es como la pelusa del durazno, decía el autor antiguo); es como un
espectáculo bien visto, bien mirado; como una estatua armoniosamente vista,
eurítmicamente mirada; la representación que nos damos de un texto es como la
representación que nos dan de una obra dramática (y que también nos damos); es
como la representación que la obra nos da (y que también nos damos) de una obra
estatuaria; es nada menos que la verdadera, la real e incluso y sobre todo la auténtica
terminación del texto, la auténtica terminación de la obra; como una
coronación; como una gracia particular y coronal; como una umbela en la punta
de un tallo; como un frontón colocado sobre las columnas del templo; como un
frontón puesto, armoniosamente puesto; como un frontón puesto, colocado en la
terminación del templo; como una fructificación colocada y asegurada lo justo y
necesario; como una maduración, un punto de madurez, una vez colocado, una vez
elegido, una vez alcanzado; como un completamiento; como un punto precioso,
único, singular; como una singularidad; como un logro; como un punto una vez alcanzado,
una vez logrado; como una meta; como un alimento y un suplemento y un
suplemento de alimento; como un tipo de alimento completo y un conjunto de
operación. La simple lectura es el acto
común, la operación común del lector y lo leído, del autor y el lector, de
la obra y el lector, del texto y el lector. Es una realización, un cumplimiento
de la operación, una finalización de la obra, una sanción singular, una sanción
de realidad, de realización, una plenitud realizada, una realización, un
llenado; es una obra que (por fin) llena su destino. Es pues literalmente una
cooperación, una colaboración íntima, interior; singular, suprema; una
responsabilidad así también comprometida, una elevada, una suprema y singular,
una desconcertante responsabilidad. Es un destino maravilloso y casi aterrador
que tantas grandes obras, tantas obras de grandes hombres y de hombres tan
grandes, puedan aún recibir de nosotros un cumplimiento, una terminación, una
coronación de nosotros, mi pobre amigo, de nuestra lectura. Qué aterradora
responsabilidad para nosotros (y también, en cierto sentido, qué responsabilidad
para el autor, para los autores, para ese pequeño grupo de autores que obligan
así, que arrastran, que inducen a la colaboración, ulterior, a la cooperación,
temporalmente indefinida, a ese gran grupo de lectores, al menos a ese grupo más
grande, tan grande antaño, cuyo número disminuye hoy todos los días). Se trata
aquí de un juego cruel del destino, como decíamos, diremos que se trata de uno
de los juegos más crueles del destino temporal, y que se le parece completamente,
que es completamente de su tipo y de su clase, que ningún autor tenga
temporalmente jamás el derecho de cerrar su puerta, que ninguna obra esté
eternamente temporalmente cerrada jamás en ningún taller; es quizá uno de los
misterios más inquietantes del destino temporal, uno de los más plenos, de los
más repletos de inquietud, que ninguna obra, por acabada que esté, y por mucho
que nos lo parezca a nosotros, y quizás se lo haya parecido a su autor, su
padre, que ninguna obra esté temporalmente tan acabada, haya recibido
temporalmente tan completamente su pináculo que no deba todavía en otro sentido
(y quizá, en el fondo, en el mismo sentido, porque todos los hombres son
hombres, y este autor es hombre, y nosotros también, pequeños, somos hombres, y
por mucho que nos pese continuamos al autor incluso en un sentido) ser perpetuamente
acabada como algo incompleto, en tanto que incompleto, que no tenga que recibir
y que no reciba y deba recibir perpetuamente un pináculo, una coronación en sí
misma perpetuamente inacabada. Tal es el destino común de todo lo temporal, de
la obra misma, en cuanto que es temporal. Obtendrá siempre, por las buenas o
por las malas, volens nolens, una realización
perpetua, una terminación, una coronación perpetuamente eterna, perpetuamente
incompleta ella misma, perpetuamente inacabada, que tal vez, que sin duda no quería;
que tal vez no le interesaba; en la que por lo general no se interesaba en
absoluto; porque lo que el autor realmente quería, el ignorante, el tonto, el de
antemano decepcionado —el genio más grande del mundo—, era ser amo en su casa.
Como si el hombre nunca pudiera ser amo en su propia casa, ni siquiera estar en
casa en ninguna casa. Ya que en las casas temporales, y eso es parte del juego
mismo del mecanismo temporal, uno nunca está en casa, uno nunca obtiene, o
nunca llega a estar en casa; y en la otra casa está en casa de otro. Querer ser
amo en la propia casa, tener incluso esa imaginación, qué vanidad. En vano el
maestro ha cerrado su puerta. El maestro ha dejado la obra en su estudio, mi
querido Pierre Laurens, y ha cerrado la obra en su estudio; y ha cerrado su
estudio sobre su obra; y finalmente ha cerrado su puerta sobre su estudio; y no
ha dejado la llave en la puerta; mira, la llave no está en (el ojo de) la
cerradura, no podremos entrar; tampoco está la llave en casa del portero,
colgada del tablero; y al autor le gustaría que lo dejaran en paz, ha hecho tanto
para tener esa paz, que lo dejaran un poco en paz, ¿no es así?, puesto que ha
terminado; porque ha trabajado mucho para hacer esa obra, y está agotado; le
duele la cabeza; su imaginación estatuaria ha quedado pisoteada como un camino por
el que él mismo hubiera ido y venido; no sólo no puede más, lo que no sería
nada, y que lo que sería del todo natural, sino que no quiere saber más nada. Y
no quiere oír hablar más de ello. Y ha llegado la muerte, la última sirvienta. La
muerte llega. Entonces ella hizo la limpieza; por última vez barrió el suelo y
puso orden. También ordenó al autor. Guardó
las obras. También guardó al autor y
a su imaginación estatuaria pisoteada. Por última vez sacudió el polvo, ordenó
las obras. También le encontró un lugar al autor. Por primera y última vez. Por
esa única vez. Por última vez cerró el estudio sobre la obra y la puerta sobre
el estudio. También cerró la lápida,
la puerta y la losa del sepulcro,
Y pronto yaceremos debajo de la lápida.
Y no ha dejado ninguna clave temporal. Y al autor le gustaría disfrutar
(en paz) de una paz que cree haberse ganado. Al autor le gustaría saborear, al
autor le gustaría alimentarse del reposo de la paz eterna. Decepción: en ese
taller cerrado todos estamos perpetuamente siempre: una mala lectura de Homero
repercute sobre y en la obra, sobre y en el autor. Y una mala lectura de Homero
es siempre lo más posible que puede ocurrir, lo más fácil, lo que nos resulta más
asequible. Lo sabemos y no nos privamos de ello no obstante. Una mala lectura
de Homero que hacemos le quita la corona en cierto sentido y de cierta manera y
para cierta parte, en la medida de un fragmento, proporcionado, se la quita al hombre
y a la obra; una buena lectura la (re)coronaría. Una mala lectura de Homero que
hacemos, en fin de Homero por nosotros, le vuelve a quitar la corona. Y así es,
un perpetuo, un temporalmente eterno ir y venir, una terminación que en sí
misma nunca se completa, una des-terminación que en sí misma es la única que
tal vez pueda completarse, pues allí está el orden de lo temporal, y es su ley,
es (allí) el mecanismo mismo de lo temporal que en ese orden, en ese acto
común, en esa operación común del lector y de lo leído, del autor y del lector,
del texto y del lector, las terminaciones, las coronaciones, los aumentos, los
incrementos nunca se establecen, eternamente adquiridos, irrevocablemente colocados.
Y, por el contrario, las degradaciones, las pérdidas, las disminuciones pueden ser, adquirirse, establecerse,
adquirirse, eternas, temporalmente eternas, colocadas, irrevocables. Esta es la
ley misma, el juego, el funcionamiento del mecanismo temporal. No se le pueden
añadir valores positivos de forma imperturbable, con total seguridad,
indefinida, perpetua ni, sobre todo, irrevocablemente. Los valores negativos,
en cambio, pueden (restarse) añadirse
indefinidamente, imperturbablemente, con total seguridad, perpetua, irrevocable,
irreparablemente. Los valores de aumento, de crecimiento, de coronación nunca
están seguros de su crecimiento. Los valores de disminución, decrecimiento, destronamiento
pueden ser, pueden llegar a estar
seguros del destronamiento y el decrecimiento. Todas las buenas lecturas de
Homero no harán que ese texto, no harán que la Ilíada y la Odisea reciban una
coronación imperecedera. Demasiadas malas lecturas pueden degradar, pueden mutilar
literalmente un texto, pueden por así decirlo desorganizar ese texto de tal
manera que el monumento mismo que constituye pueda perecer, perezca
irrevocablemente. Aquí las pérdidas se dan por descontado, y con las ganancias
no, no se puede hacerlo. Es la ley común y general de todo lo temporal. Por
duro que sea ese mármol del Pentélico, no sólo ha recibido y recibirá
perpetuamente los ataques físicos del tiempo, que los filósofos nos han
acostumbrado a considerar, sino que ha recibido y recibirá perpetuamente los
ataques no menos graves, las coronaciones y los destronamientos, los aumentos y
los desperdicios de la colaboración de todos los que están en el tiempo. Y no
hay cómo salvarse por la indiferencia y lo indiferente y por el cero de la
lectura para evitar elegir entre la buena y la mala lectura y, sobre todo, para
evitar la mala lectura. Porque ese orden, esa colaboración, que es un orden
particular del orden general de la vida, como en general el orden de la vida,
particularmente no admite el cero, lo indiferente, la indiferencia, lo nulo en
fin, lo que no es ni lo uno ni lo otro, lo intermedio. No admite el neutro. Una
lectura cero de una obra es, en cierto sentido, el destronamiento supremo. En
este sentido, una lectura cero puede ser, es sin duda la peor lectura. En
última instancia. Puede causar, y de hecho causa, a la obra el daño más letal.
Porque abre la puerta al olvido, al desuso; no sólo al desacostumbramiento,
sino a la desnutrición. Porque aquí estamos hablando de comida y alimento
perpetuo, en absoluto de un entierro, de un censo, de un inventario hecho de
una vez para siempre. De un registro funerario. Puesto que aquí hablamos en
general de lo temporal, en particular de una colaboración, de una operación
conjunta perpetua y perpetuamente temporal. Por duro que sea ese mármol del Pentélico,
y sea cual sea su pátina, no sólo recibe perpetuamente, eternamente
temporalmente, los ataques físicos del tiempo, ataques a cuya consideración
estamos acostumbrados por las consideraciones y a menudo por las
contemplaciones de todos los filósofos, sino que al mismo tiempo, en todo ese
mismo tiempo, recibe perpetuamente, eternamente temporalmente, otros singulares
ataques, los ataques, las coronaciones y los destronamientos incesantes, las
realizaciones perpetuamente inacabadas, los inacabamientos realmente terminados,
realmente adquiridos, realmente obtenidos, los coronamientos perpetuamente
incoronados y también los destronamientos perpetua y realmente incoronados de
nuestra colaboración perpetua, la de todos nosotros, por muy pequeños que
seamos. Este es quizás el mayor misterio del acontecimiento, amigo mío, este es
realmente el misterio y el mecanismo mismo del acontecimiento histórico, el
secreto de mi fuerza, amigo mío, el secreto de la fuerza del tiempo, el secreto
temporal misterioso, el secreto histórico misterioso, el mecanismo mismo
temporal, histórico, la mecánica, desmontada, el secreto de la fuerza de la
historia, el secreto de mi fuerza y de mi dominación; es por medio de esto,
exactamente por medio del juego de este mecanismo, que he establecido mi
dominación temporal. Sabes a quién me refiero, amigo mío, cuando hablo de mi
dominio temporal, y si está establecido y es bien sólido. Me compensaría del
hecho de tener un cero de dominio eterno, como tú has dicho, si toda una
eternidad temporal pudiera equilibrar un átomo de auténtica, de real eternidad,
de eternidad eterna, si algo temporal pudiera consolarnos. Si esta miseria de
dominación eternamente temporal resulta sólida y bien establecida, tú lo sabes.
De sobra. Se mantiene por entero por ese simple mecanismo. Por muy duro que sea
ese mármol del Pentélico, y sea cual sea su pátina milenaria, amarilla, cálida,
rubia, pajiza, dorada, tan dorada por veinticuatro y veintiséis siglos de
soles, que es como una costra dorada, como un afloramiento de sol en la superficie
de la piedra, como una cristalización superficial de sol, del antiguo sol, en
la superficie de esa vieja piedra, ese mármol recibe otros ataques, e
incesantemente recibe o incesantemente pierde una patina más. Incesantemente
toma e incesantemente pierde pátinas distintas de la pátina física, distintas
de la pátina del (viejo) sol. Incesantemente recibe ataques distintos a los ataques
físicos de las intemperies. En verdad te digo, yo la historia: Es
verdaderamente un escándalo; y es por lo tanto un misterio; y es verdaderamente
el mayor misterio de la creación temporal: Que las (más grandes) obras del
genio sean así dadas a las bestias (a nosotros, señores y queridos
conciudadanos); que para su eternidad temporal sean así perpetuamente dadas,
caídas, permitidas, entregadas, abandonadas en semejantes manos, en semejantes
pobres manos: las nuestras. Es decir, a
todo el mundo. Por duro que sea ese mármol, las arquitecturas que ha edificado
reciben y pierden de nosotros incesantemente, de todo el mundo, otra pátina que
la pátina del sol carnal, una pátina nueva; nuestras miradas, nuestras tontas
miradas, dejan y retoman incesantemente, ponen y sacan incesantemente en ellas
una pátina invisible. Esa pátina que es propiamente la pátina histórica.
Nuestras malas miradas, nuestras miradas indignas destronan esos templos. Las
buenas miradas, las miradas dignas los recoronarían temporariamente. Complementos,
completamente indispensables, se llevarían a cabo. Terminaciones indispensables
se llevarían a cabo.
Digo indispensables, porque si no los hacemos nosotros, nadie los hará,
nunca. Una buena mirada, una mirada antigua es capaz de completar. Una mala mirada,
una mirada bárbara, una mirada moderna, deshace. Una mirada nula, una mirada
cero, ninguna mirada en absoluto es en cierto sentido lo peor, la peor mala
mirada: porque es la mirada de la desnutrición definitiva, de la desafección
final, es la mirada de la abolición eterna, es en fin la mirada de la
desintegración del olvido.
CHARLES PÉGUY
Clio.
Dialogue de l’histoire et de l’âme païenne – Oeuvres posthumes
Traducción, para Literatura &
Traducciones, de Miguel Ángel Frontán
LA LECTURE
J'ai été malade récemment. Vous le savez : rien de l'histoire ne peut
passer inaperçu ; et vous rien de ce qui concerne l'histoire ne peut vous
demeurer étranger. Il ne vous est donc point resté étranger qu'il y a huit ou
dix mois je fus assez sérieusement malade. Je relus l’IIliade et l’Odyssée, ces
livres de ma jeunesse. Mais je les relus comme il faut les lire, à moins que de
les lire dans le grec. J'ai assez bien su le grec, au temps de ma jeunesse
sage. Mais je ne suis plus au temps de ma toute première jeunesse, et je ne
sais même plus le grec comme sous le père Édet. J'ai pris la traduction, à
défaut de ce grec. J'ai pris l’Iliade et l’Odyssée dans la traduction
(française) la moins savante que j'ai pu trouver; si pervertis que nous soyons,
si corrompu que soit devenu notre temps, si arriérés, si barbares que nous
soyons (re)devenus, nous modernes, et que nous nous soyons faits, il existe
encore, au moins chez les bouquinistes, des traductions qui ne sont pas savantes; (malade je redeviens sincère, et il faut
bien que je me repose, que je me délasse, que je me change un peu de mes
exercices habituels). (Mes exercices habituels ce sont aussi les traductions savantes,
et surtout les éditions savantes. Non, ce que j'en ai fait, des traductions
savantes. Ça me connaît aussi, les traductions savants.) Dans la traduction la
plus ancienne, la plus innocente, la plus humaine, la plus simple, la plus
honnête, la moins prétentieuse, la plus universitaire, ancienne universitaire,
une édition, une traduction du bon temps, où Clytemnestre fût appelée bien
authentiquement Clytemnestre, Minerve, Minerve, et Ulysse, Ulysse. Une
traduction qui ait été donnée le plus souvent comme prix aux distributions de
prix, dans les distributions des anciens prix, dans les belles distributions
solennelles en province, dans les lycées de province, dans les belles et
archaïques préfectures, dans les distributions présidées par monsieur le député
de cet arrondissement. J'ai nommé la traduction, l'honorable traduction P.
Giguet; Paris, Paulin, libraire- éditeur, rue de Seine, 33, 1844. Quand on a
l'honneur d'être malade, et le bonheur d'avoir une maladie qui vous laisse la
tête libre, (au moins provisoirement et pour le temps de sa durée propre, car
après, et dans le temps dit de convalescence elle se rattrape bien, la gueuse)
la jaunisse par exemple, pour prendre un exemple au hasard, la grossièrement
dite et vulgairement nommée jaunisse, grossièrement grotesque, le terriblement
plus grave et scientifique ictère (grave), qui vous laisse la tête
saine, mais qui (heureusement?) vous empêche rigoureusement de travailler,
défense rigoureuse du médecin, défense rigoureuse de la nature, c'est alors, et
alors seulement, qu'on est le lecteur idéal ; et c'est bien la seule fois qu'on
le soit (car ce n'est pas à vous, mon ami, qu'il faut que j'apprenne que la lecture
elle-même est une opération, qu'elle est une mise en œuvre, un passage à
l'acte, une mise en acte, qu'elle n'est donc point indifférente, nulle, qu'elle
n'est point un zéro d'activité, une passivité pure, une table rase); car nous
sommes tellement pressés de travail de toute(s) part(s) dans la vie ordinaire,
assaillis, assiégés, bloqués des nécessités de l'existence, bourrés de travail,
bourrés de scrupules, bourrés de remords, que nous ne lisons plus jamais que
pour travailler; quand nous sommes malades, et alors seulement, et seulement de
ces sortes de maladies, qui laissent la tête libre et saine, et cependant
forcent à garder le lit, et interdisent formellement de travailler, alors par
exception, par une sorte de respect, imposé, temporairement, par une sorte de
trêve, provisoirement (au lieu qu’il faudrait que ce fût essentiellement) nous redevenons
momentanément ce qu’il ne faudrait jamais cesser d’être, des lecteurs; des lecteurs purs, qui lisent
pour lire, non pour s’instruire, non pour travailler; de purs lecteurs, comme
il faut à la tragédie et à la comédie de purs spectateurs, comme il faut à la
statuaire de purs spectateurs, qui d’une part sachent lire et d’autre part qui
veuillent lire, qui enfin tout uniment lisent ; et lisent tout uniment; des
hommes qui regardent une œuvre tout uniment pour la voir et la recevoir, qui
lisent une œuvre tout uniment pour la lire et la recevoir, pour s’en alimenter,
pour s’en nourrir, comme d’un aliment précieux, pour s’en faire croître, pour
s’en faire valoir, intérieurement, organiquement, nullement pour travailler avec, pour s’en faire
valoir, socialement, dans le siècle ; des hommes aussi, des hommes enfin qui
sachent lire, et ce que c’est que lire, c’est-à-dire que c’est entrer dans ;
dans quoi, mon ami; dans une œuvre, dans la lecture d’une œuvre, dans une vie,
dans la contemplation d’une vie, avec amitié, avec fidélité, avec même une
sorte de complaisance indispensable, non seulement avec sympathie, mais avec
amour ; qu'il faut entrer comme dans la source de l'œuvre ; et littéralement
collaborer avec l'auteur ; qu'il ne faut pas recevoir l'œuvre passivement ; que
la lecture est l'acte commun, l'opération
commune du lisant et du lu, de l'œuvre et du lecteur, du livre et du
lecteur, de l'auteur et du lecteur ; comme le
spectacle est l'acte commun, l'opération commune de l'œuvre dramatique et du
spectateur, de l'auteur dramatique et du spectateur; comme la contemplation
de la statue, la représentation de la statuaire est l'acte commun, l'opération
commune de l'œuvre et du spectateur, de l'auteur statuaire et du spectateur.
Une lecture bien faite, une lecture honnête, une lecture simple, enfin, une
lecture bien lue est comme une fleur, comme un fruit venu d'une fleur ; (elle
est comme le duvet sur la pêche, disait l'ancien) ; elle est comme un spectacle
bien vu, bien regardé ; comme une statue harmonieusement vue, eurythmiquement
regardée ; la représentation que nous nous donnons d'un texte est comme la
représentation que l'on nous donne d'une œuvre dramatique (et aussi que nous
nous donnons) ; elle est comme la représentation que l'œuvre nous donne (et que
nous nous donnons aussi) d'une œuvre statuaire; elle n'est pas moins que le
vrai, que le véritable et même et surtout que le réel achèvement du texte, que
le réel achèvement de l'œuvre ; comme un couronnement ; comme une grâce particulière
et coronale; comme une ombelle à l'achèvement d'une tige ; comme un fronton mis
sur les colonnes du temple; comme un fronton placé, harmonieusement posé ;
comme un fronton mis, placé à l’achèvement du temple; comme une fructification
mise et poussée à point; comme une maturation, un point de maturité, une fois
posé, une fois choisi, une fois abouti ; comme un complètement ; comme un point
rare, unique, singulier ; comme une singularité; comme une réussite ; comme un
point une fois obtenu, une fois réussi ; comme une atteinte ; comme une
nourriture et un complément et un complètement de nourriture; comme une sorte
de complètement d’alimentation et ensemble d’opération. La simple lecture est l’acte commun, l’opération commune du lisant et
du lu, de l’auteur et du lecteur, de l’œuvre et du lecteur, du texte et du
lecteur. Elle est une mise en œuvre, un achèvement de l’opération, une mise à
point de l’œuvre, une sanction singulière, une sanction de réalité, de
réalisation, une plénitude faite, un accomplissement, un emplissement ; c’est
une œuvre qui (enfin) emplit sa destinée. Elle est ainsi littéralement une
coopération, une collaboration intime, intérieure ; singulière, suprême; une
responsabilité ainsi engagée aussi, une haute, une suprême et singulière, une
déconcertante responsabilité. C’est une destinée merveilleuse, et presque
effrayante, que tant de grandes œuvres, tant d’œuvres de grands hommes et de si
grands hommes puissent recevoir encore un accomplissement, un achèvement, un
couronnement de nous, mon pauvre ami, de notre lecture. Quelle effrayante
responsabilité, pour nous. (Et aussi, en un sens, quelle responsabilité pour
l’auteur, pour les auteurs, pour ce petit peuple d'auteurs qui forcent ainsi,
qui entraînent, qui induisent à la collaboration, ultérieure, à la coopération,
temporellement indéfinie, ce grand peuple des lecteurs, au moins ce peuple plus
grand, si grand jadis, dont aujourd'hui le nombre diminue tous les jours).
C'est ici un jeu cruel du sort, comme on disait, nous dirons un des jeux les
plus cruels de la destination temporelle, et qui lui ressemble tout à fait, qui
est tout à fait dans son genre et de sa sorte, que nul auteur n'ait
temporellement jamais le droit de fermer sa porte, que nulle œuvre ne soit
éternellement temporellement jamais close dans aucun atelier; c'est un des mystères
les plus inquiétants peut-être de la destination temporelle, un des plus
pleins, des plus bourrés d'inquiétude, que nulle œuvre, si achevée soit-elle,
et qu'elle nous paraisse, et peut-être qu'elle ait paru à l'auteur son père,
nulle œuvre pourtant n'est temporellement si achevée, n'a temporellement si
complètement reçu son chef qu'elle ne doive encore en un autre sens (et
peut-être au fond en le même sens, car tous les hommes sont hommes, et cet
auteur est homme, et nous aussi, petits, nous sommes hommes, et quoi que nous
en ayons nous continuons l'auteur même en un sens) être perpétuellement achevée
comme inachevée, au titre d'inachevée, qu'elle n'ait à recevoir et qu'elle ne
reçoive et qu'elle ne doive recevoir perpétuellement un chef, un couronnement
lui-même perpétuellement inachevé. C'est le sort commun de tout le temporel, de
l'œuvre même, en ce qu'elle est temporelle. Elle obtiendra toujours, bon gré
mal gré, volens nolens, un
accomplissement perpétuel, un achèvement, un couronnement perpétuellement
éternel, perpétuellement incomplet lui-même, perpétuellement inachevé, que
peut-être, que sans doute elle ne demandait pas; à laquelle elle pouvait ne pas
tenir; à laquelle généralement elle ne tenait certainement pas ; l'auteur
aimant bien, l'ignorant, le sot, le d'avance déçu, — le plus grand génie du
monde, — être maître chez lui. Comme si l'homme jamais pouvait être maître chez
lui, ni même être chez lui dans aucune maison. Car dans les maisons temporelles
il est du jeu même du mécanisme temporel qu'il ne soit jamais chez lui, qu'il
n'obtienne, qu'il n'atteigne jamais d'être chez lui; et dans l'autre maison il
est dans la maison d'un autre. Vouloir être maître chez soi, avoir même cette imagination,
quelle vanité. C'est en vain que le maître a fermé sa porte. Le maître a laissé
l'œuvre dans son atelier, mon cher Pierre Laurens, et il a fermé l'oeuvre dans
son atelier; et il a fermé son atelier sur son œuvre ; et il a enfin fermé sa
porte sur son atelier; et il n'a point laissé la clef sur la porte; voyez, la
clef n'est point dans (le trou de) la serrure, nous ne pourrons pas entrer; et
la clef n'est point non plus chez le concierge, pendue au tableau ; et l'auteur
voudrait bien qu'on lui laisse la paix, il a tant fait pour avoir cette paix,
qu'on lui fiche un peu la paix, n'est-ce pas, puisqu'il a fini ; parce qu'il a
beaucoup travaillé, pour faire cette œuvre, et qu'il est éreinté; il a mal à la
tête; il a l'imagination statuaire foulée aux pieds comme un sentier que lui-même
il aurait rebattu ; non seulement il n'en peut plus, ce qui ne serait rien, et
est trop naturel, mais il n'en veut plus. Et il ne veut plus en entendre
parler. Et la mort est venue, la dernière femme de ménage. La mort vient. Elle
a donc fait le ménage ; pour la dernière fois elle a balayé le plancher, elle a
mis en ordre les œuvres. Elle a aussi mis en ordre l'auteur. Elle a rangé les œuvres. Elle a aussi rangé
l'auteur et son imagination statuaire piétinée. Pour la dernière fois elle a
épousseté, elle a classé les œuvres. Elle a aussi classé l'auteur. Pour la
première et pour la dernière fois. Pour cette seule fois. Pour la dernière fois
elle a fermé l'atelier sur l'œuvre et la porte sur l'atelier. Elle a aussi
fermé sur l'auteur la lame, la porte
et la pierre du tombeau,
Et tôt serons étendus sous la lame.
Et elle n'en a laissé aucune clef temporelle. Et l'auteur voudrait bien
jouir (en paix) d'une paix qu'il croit avoir gagnée. L'auteur voudrait goûter,
l'auteur voudrait se nourrir du repos de la paix éternelle. Décevance: dans cet
atelier fermé nous sommes tous perpétuellement toujours : une mauvaise lecture
d'Homère a un retentissement sur et dans l'œuvre, sur et dans l'auteur. Et une
mauvaise lecture d'Homère est toujours tout ce qu'il y a de plus possible, tout
ce qu'il y a de plus facile, tout ce qu'il y a de le plus dans nos moyens. On
le sait de reste et on ne s'en fait pas faute. Une mauvaise lecture d’Homère de
nous découronne en un certain sens et d'une certaine sorte et pour une certaine
part, pour un fragment, proportionné, découronne d'autant l'homme et l'œuvre;
une bonne lecture le (re)couronne(rait). Une mauvaise lecture de nous d'Homère,
enfin d'Homère par nous, le redécouronne. Et c'est ainsi, un perpétuel, un
temporellement éternel va-et-vient, un achèvement qui n'est lui-même jamais
achevé, un désachèvement qui lui-même est le seul qui puisse peut-être
s'achever, car c'est ici l'ordre du temporel, et c'en est la loi, c'est (ici)
le mécanisme même du temporel que dans cet ordre, dans cet acte commun, dans
cette opération commune du lisant et du lu, de l'auteur et du lecteur, du texte
et du lecteur, les achèvements, les couronnements, les augments, les incréments
ne sont jamais assis, éternellement acquis, irrévocablement posés. Et au
contraire les dégradations, les déperditions, les décroissances peuvent être, devenir acquises, être
assises, être acquises, éternelles, temporellement éternelles, posées,
irrévocables. C'est la loi même, le jeu, le fonctionnement du mécanisme temporel.
Les valeurs positives ne peuvent point s'y ajouter imperturbablement, en toute
sécurité, indéfiniment, perpétuellement ni surtout irrévocablement. Les valeurs
négatives au contraire peuvent (se
retrancher) s'y ajouter indéfiniment, imperturbablement, en toute sécurité,
perpétuellement, irrévocablement, irréparablement. Les valeurs d'accroissance,
d'accroissement, de couronnement ne sont jamais sûres de leur accroissement.
Les valeurs de décroissance, de décroissement, de découronnement peuvent être, peuvent devenir sûres du
découronnement et de la décroissance. Toutes les bonnes lectures d'Homère ne
feront pas que ce texte, ne feront pas que l’Iliade et l’Odyssée reçoivent un
couronnement impérissable. Trop de mauvaises lectures peuvent avilir, peuvent
mutiler littéralement un texte, peuvent comme désorganiser ce texte de telle
sorte que le monument même qu'il constitue puisse périr, périsse irrévocablement.
Ici les pertes sont acquises, et les gains ne le sont pas, ne le peuvent pas
être. C'est la loi commune, générale, de tout le temporel. Si dur que soit ce
marbre du Pentélique, non seulement il a reçu et perpétuellement il recevra les
atteintes physiques du temps, que les philosophes nous ont habitués à
considérer, mais il a reçu et perpétuellement il recevra les atteintes non
moins graves, les couronnements et les découronnements, les accroissements et
les déchets de la collaboration de tous ceux qui sont dans le temps. Et il n'y
a point à se sauver par l'indifférence et l'indifférent et le zéro de lecture
pour échapper à choisir entre la bonne et la mauvaise lecture et notamment pour
échapper à la mauvaise lecture. Car cet ordre, de cette collaboration, qui est
un ordre particulier de l’ordre général de la vie, comme généralement l’ordre
de la vie, particulièrement n'admet pas le zéro, l'indifférent, l'indifférence,
le nul enfin, le ni l'un ni l'autre, le entre deux. Il n'admet pas le neutre.
Un zéro de lecture d'une œuvre en est en un sens le découronnement suprême. En
ce sens un zéro de lecture peut en être, en est assurément la plus mauvaise
lecture. À la limite. Elle peut faire, elle fait assurément à l’œuvre
l’atteinte la plus mortelle. Car elle ouvre la porte à l’oubli, à la désuétude
; non seulement à la déshabitude, mais à la dénutrition. Car il s’agit ici de
nourriture et d’une alimentation perpétuelle, non, nullement d’une inhumation,
d’un recensement, d’un inventaire fait une fois pour toutes. D’un registre
funéraire. Puisqu’il s’agit ici généralement de temporel, particulièrement
d’une collaboration, d’une opération commune perpétuelle et perpétuellement
temporelle. Si dur que soit ce marbre du Pentélique et quelle qu’en soit la
patine, non seulement il reçoit perpétuellement, éternellement temporellement,
les atteintes physiques du temps, atteintes à la considération desquelles nous
sommes habitués par les considérations et souvent par les contemplations de
tous les philosophes, mais en même temps, dans tout ce même temps il reçoit
perpétuellement, éternellement temporellement, d’autres singulières atteintes,
les atteintes, les couronnements et les découronnements incessants, les achèvements
perpétuellement inachevés, les inachèvements réellement achevés, réellement
acquis, réellement obtenus, les couronnements perpétuellement incouronnés et
les découronnements perpétuellement et réellement incouronnés aussi de notre
collaboration perpétuelle à tous tant que nous sommes, tout petits que nous
sommes. C’est ici le plus grand mystère peut-être de l’événement, mon ami,
c’est ici proprement le mystère et le mécanisme même de l'événement,
historique, le secret de ma force, mon ami, le secret de la force du temps, le
secret temporel mystérieux, le secret historique mystérieux, le mécanisme même
temporel, historique, la mécanique, démontée, le secret de la force de
l'histoire, le secret de ma force et de ma domination; c'est par là, exactement
par le jeu de ce mécanisme, que j'ai assis ma domination temporelle. Vous savez
qui je veux dire, mon ami, quand je parle de ma domination temporelle, et si
elle est assise et bien solide. Elle me compenserait de ce que j'ai un zéro de
domination éternelle, vous l'avez dit, si toute une éternité temporelle pouvait
balancer un atome de véritable, de réelle éternité, d'éternité éternelle, si
rien de temporel pouvait nous consoler. Si cette misère de domination
éternellement temporelle est solide et bien assise, vous le savez. De reste.
Elle tient toute par ce simple mécanisme. Si dur que soit ce marbre du Pentélique
et quelle qu'en soit la patine séculaire, jaune, chaude, blonde, paille, dorée,
de vingt-quatre et de vingt-six siècles de soleils dorée, qu'elle en est comme
une croûte dorée, comme un affleurement de soleil à la surface de la pierre, comme
une cristallisation superficielle de soleil, de l'antique soleil, à la surface
de cette vieille pierre, ce marbre reçoit d'autres atteintes, et il reçoit
incessamment ou incessamment il perd une autre patine. Incessamment il prend et
incessamment il perd des patines autres que la patine physique, autres que la
patine du (vieux) soleil. Incessamment il reçoit des atteintes autres que les
atteintes physiques des intempéries. En vérité je vous le dis, moi l'histoire:
C'est vraiment un scandale ; et c'est donc un mystère ; et c'est vraiment le
plus grand mystère de la création temporelle : Que les (plus grandes) œuvres du
génie soient ainsi livrées aux bêtes (à nous messieurs et chers concitoyens) ;
que pour leur éternité temporelle elles soient ainsi perpétuellement remises,
tombées, permises, livrées, abandonnées en de telles mains, en de si pauvres
mains: les nôtres. C'est-à-dire tout le monde. Si dur que soit ce marbre, les
architectures qu'il a édifiées reçoivent et perdent de nous incessamment, de
tout le monde, une autre patine, que la patine du soleil charnel, une patine
nouvelle; nos regards, nos sots regards y laissent et y reprennent
incessamment, y mettent et y regrattent sans cesse une patine invisible. C'est
cette patine qui est proprement la patine historique. Nos mauvais regards, nos
regards indignes découronnent ces temples. Des bons regards, des regards dignes
les recouronneraient temporairement. Des compléments, des complètements
indispensables se feraient. Des achèvements indispensables se feraient.
Je dis indispensables, car si nous ne les faisons pas, nul ne les fera,
jamais. Un bon regard, un regard antique achève. Un mauvais regard, un regard
barbare, un regard moderne désachève. Un regard nul, zéro regard, pas de regard
du tout est en un sens le plus mauvais, le pire mauvais regard : car c'est le
regard de la dénutrition définitive, de la désaffection finale, c'est le regard
de l'abolition éternelle, c'est enfin le regard de la désintégration de
l'oubli.