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jueves, 11 de junio de 2026

Paul Groussac: El judío errante

 

EL JUDÍO ERRANTE

ΑΓΝΩΣΤΩ ΘΕΩ

Es en Chicago, en el Memorial Art Palace, a orillas del lago Michigan, al día siguiente de que el Parlamento de las Religiones haya clausurado su larga sesión.

Son las diez de la noche. El amplio anfiteatro del Columbus Hall, donde el Congreso celebró sus ruidosas sesiones ante una multitud cosmopolita, está ahora vacío y en silencio.

La amplia tarima del fondo, frente a las gradas, está iluminada únicamente por una lámpara eléctrica; delante de la mesa cubierta con un tapete de terciopelo, los tres sillones del presidente y los asesores; y, a su alrededor, una treintena de sillas. A pocos pasos de la tribuna, la sombra comienza y se va espesando hasta las últimas filas del hemiciclo, que ya no se distinguen: se tiene la sensación de un espacio inmenso, ilimitado, como en una catedral al caer la tarde. Pero no se puede soñar despierto: el duro tic-tac de un reloj invisible actúa como un recordatorio implacable del prosaísmo del lugar y, minuto a minuto, el pesado silencio se ve rasgado por el silbato estridente de los trenes que, desde la estación vecina, parten hacia la World’s Fair.

Vulgar y apresurado, el timbre de ese reloj marca las diez. Se levanta el telón del estrado y, por la pequeña puerta oculta, hace su entrada una extraña procesión, lentamente, con un aire deliberadamente litúrgico. Los rostros son tan diversos como los trajes: hay dos o tres obispos griegos o latinos con sotana violeta, pastores afeitados con levita negra; turbantes de seda o de lino coronan rostros morenos, imberbes o con larga barba gris; hay también un rabino con kipá forrada, un zoroastriano bajo el alto gorro persa, un derviche amarillo cuyo cuerpo demacrado flota en una túnica oscura, un mandarín chino con una delgada trenza brillante; otros más que se adivinan lamas, bonzos, parsis, archimandritas: el personal exótico de un templo abierto a todos los dioses, el estado mayor sacerdotal de un nuevo Panteón de Agripa. Una mujer velada se mezcla con el grupo.

Toman asiento, con solemnidad; un arzobispo estadounidense preside, entre el rabino y la mujer velada. El presidente abre la sesión con voz neutra y nasal:

EL ARZOBISPO

The chair is taken.

Uno tras otro, sin prisas, toman la palabra, la mayoría en un inglés extraño en el que se suceden todos los acentos asiáticos, europeos y africanos sin provocar una sonrisa, desde el mandarín que no puede pronunciar las erres hasta el rabino alemán que las acentúa en todas las palabras.

Dialogan con serenidad, se felicitan con fórmulas escogidas, cada uno dando la impresión de preferir las diez religiones de sus oyentes a la propia, y empleando únicamente términos amorfos, que halagan a todos sin ofender a nadie. Celebran con compostura el pacto universal que reconoce la igual legitimidad de todos esos cultos, que durante siglos se han devorado entre sí. Hoy, apaciguados, proclaman la tolerancia que, dejando a un lado la pasión, hace que las creencias populares y las prácticas religiosas sirvan, sobre todo, al bienestar profesional de los cleros. Y, en ese pacto a puerta cerrada, que sella la alianza de todos los sacerdocios contra la ciencia, que es el enemigo común, se revela el verdadero sentido del Congreso público: los nombres de Buda, Moisés, Confucio, Zoroastro, Lutero y Jesús no se pronuncian...

Es en ese momento cuando se oyen tres golpes en la puerta del fondo; los diálogos cesan bruscamente.

EL ARZOBISPO

dándose vuelta a medias en su sillón:

¿Quién anda ahí? ¡Adelante!

La cortina se levanta y vuelve a caer: un anciano de estatura gigantesca permanece allí, de pie, recortándose contra la oscura cortina. Viste a la antigua usanza hebrea: el chaluk de lino de mangas estrechas bajo el amplio manto a rayas; del sudar enrollado alrededor de la frente curtida se escapan largos mechones grises, que se mezclan con la barba esponjosa; apoya sus dos manos cruzadas sobre un pesado bastón de viaje, y unos tefilín de plata brillan en su brazo izquierdo. Parece octogenario; pero de todo su cuerpo nudoso emana un vigor sobrehumano, como retorcido por tormentas seculares; y, bajo sus cejas blancas, los ojos le brillan como el fuego de un pastor a través de la maleza. La asamblea lo contempla, estupefacta e inmóvil.

EL ARZOBISPO

¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

EL ANCIANO

da tres pasos hacia delante: se ven sus pies descalzos bajo la túnica; habla con el más puro acento inglés.

Soy Ahasverus.

Susurros de sorpresa se escapan de todos los labios y se unen en un murmullo ahogado.

LA ASAMBLEA

¡El judío errante!

EL RABINO

saltando de su asiento, se yergue ante Ahasverus.

Has mentido, impostor. ¡Maranáta!

Y, como el otro guarda silencio, todos se han levantado, irritados y amenazantes; entonces el anciano, sin moverse, suelta estas palabras:

AHASVERUS

Rabino Hakkadosch, te vi nacer en la Judengasse de Fráncfort, donde tu abuelo, el sastre Johannan, alquiló la tienda del anticuario Mayer, el primero de los Rothschild...

Se dirige sucesivamente al budista japonés Kinza Hirai, a Dionisio, obispo de Zante, al mandarín Pung Quang Yu, a los hindúes, a todos los demás: los conoce a todos y habla a cada uno en su lengua, con el acento en el que todos encuentran el eco de la dulzura natal. Se han sentado de nuevo, uno a uno, y bajan la cabeza, confundidos, bajo el torrente de palabras del anciano. Se ha acercado a la mesa y ahora se expresa en inglés, para que todos lo entiendan.

AHASVERUS

¿Están convencidos, maestros míos, o debo remontarme en sus genealogías, más allá de lo que ustedes mismos podrían hacer? Soy Ahasverus, el judío maldito, errante desde hace dieciocho siglos, aquel que muere cada cien años pero renace al día siguiente...

EL RABINO

tímidamente:

¿Cómo has cruzado el mar, eterno caminante que no puedes descansar?

AHASVERUS

He venido por el norte: el hielo marino de Bering es, en invierno, un camino demasiado fácil para quien no puede morir; y el áspero contacto de los hielos polares no lastima mi carne más que el sol africano. ¡Ay! ¡envidio a quienes caen para no volver a levantarse! Sé demasiado bien que, al igual que Caín, soy respetado por las fuerzas de la naturaleza, y que mi sentencia no terminará con el impacto de una muerte violenta!...

EL ARZOBISPO

¿Es cierto, pues? —Pero, entonces, ¿qué vienes a buscar aquí?

AHASVERUS

en voz más baja:

Busco el descanso por todas partes. Solamente llegará, con la dulce eutanasia, en los días predichos por el Otro: cuando su reinado haya pasado en la tierra y su culto no sea ya más que un vago recuerdo. Será entonces cuando reaparecerá, quizá bajo otro nombre, para que las naciones se engañen con una nuevo ilusión. La vana esperanza de acabar me ha sonreído veinte veces, desde la caída de Jerusalén y la dispersión. Con los bárbaros que arrasaban las ciudades, los hunos de Atila, que dejaban tras de sí ríos teñidos de sangre, las hambrunas y los terrores del año mil, —he acechado durante mucho tiempo en el cielo la señal del Apocalipsis... Luego vinieron las masacres de las Cruzadas, las pestes y las destrucciones de la Edad Media, los crímenes abominables de la barbarie feudal; y atravesé las multitudes que aullaban como manadas de lobos, esperando cada día ver el culto cristiano barrido de la faz de un mundo enloquecido. Pero las agujas de las catedrales se alzaban más numerosas y más altas que las picas de los barones asesinos; los saqueos de las ciudades se redimían con peregrinaciones y, en la noche del crimen secular, la creencia ideal, aunque debilitada y moribunda, seguía brillando como una lámpara en una tumba...

EL ARZOBISPO

¡La fe de Cristo es inmortal!

AHASVERUS

alzando la voz poco a poco:

... Entonces florecieron corrupciones más sutiles sobre el antiguo estiércol de la barbarie. Entré en la Roma renovada; sonreí ante el paganismo papal, más disolvente que el otro, y encontré la Iglesia de los Borgia más escandalosa que el palacio de los emperadores bizantinos: era la descomposición final, sin duda. El árbol sagrado, esta vez, estaba carcomido desde la raíz. Pero llegó la Reforma, que lo salvó todo... Surgió otra esperanza, con ese Nuevo Mundo, que esparcía sobre el Viejo la lepra del oro, y el egoísmo, y la avaricia, madre del crimen; pero las nacionalidades emergieron de las guerras incesantes y el patriotismo devolvió al género humano una virtud... Por fin, hace un siglo, cuando su vacía filosofía desembocó en el odio de clases y en el asesinato de reyes, yo me encontraba en ese París inmenso, caldero donde hierve siempre la mezcla desconocida que será la historia del mañana: asistí al triunfo del ateísmo y a las saturnales de la Razón... ¡Ay! La Libertad, el Heroísmo, la Gloria, hicieron resplandecer sus tres colores sobre las ruinas del pasado, y todo resucitó, hasta la propia religión... Así han transcurrido los siglos bajo mis pasos, y aquí estoy de nuevo, siempre en busca de la quimera que me devolverá a la nada bienaventurada...

EL ARZOBISPO

con acento triunfal:

¡Y llegas para ser testigo de una victoria deslumbrante!...

AHASVERUS

sonríe con amargura.

He visto a las multitudes ateas, a las sectas anárquicas sembrar los artilugios de la muerte, burlándose del derecho, del deber, de la familia, de la patria, de todos los principios sociales que se creían eternos: nunca me he sentido tan cerca del ansiado fin como al escuchar los coloquios farisaicos de ustedes, ¡ah ustedes (como Él decía de sus padres) «sepulcros blanqueados»! Ustedes son la chusma que pulula sobre el cadáver de la religión. El fuego del Ideal ya no arde en sus altares dorados, y es una lámpara apagada la que ustedes llevan en las tinieblas. La fe de Cristo pronto habrá llegado a su fin: siento mi corazón milenario rebosante de esperanza. ¡Es el fin de Aquel que me golpeó y maldijo!

Todos los sacerdotes se han levantado airados; está a punto de estallar un tumulto. Pero la mujer velada ha agarrado a Ahasverus por el borde de su manto y, con un grito agudo que impone silencio, repite esta súplica:

LA MUJER VELADA

¡Tú lo conociste! ¡Tú lo conociste! ¡Ah! ¡Háblanos de Él!...

La calma se restablece bajo un impulso de violenta curiosidad; todos regresan a sus asientos y permanecen con la boca abierta, bebiendo las palabras de Ahasverus.

AHASVERUS

con una voz sorda que la emoción rompe cada vez más:

¡Si conocí al Hijo del Hombre! Tenía su edad y, como él, nací en Nazaret. El doloroso villorrio es el único que ha permanecido casi intacto en Palestina, y allí vuelvo a ver, dos o tres veces por siglo, la fuente donde María, con la jarra al hombro, venía a sacar agua, mañana y tarde; vuelvo a encontrar la colina que domina el país, todas las callejuelas, todos los senderos donde jugábamos de niños. Ya entonces hacía prodigios contrarios a la Ley. Un día modeló pájaros con barro, a pesar de las quejas de su madre; y cuando José quiso llevarse al niño, Yeshua dio una palmada y los pájaros alzaron el vuelo. María lloraba a menudo por aquella infancia llena de inquietud y misterio; y además, parecía que no quería a nadie a su alrededor... A menudo abandonaba el taller de su padre y desaparecía: lo encontrábamos en las sinagogas, escuchando las lecturas del escriba y asustándolo con sus objeciones. Más tarde, sus ausencias se hicieron más largas; y reaparecía una noche en la casa de Nazaret, como un huésped extraño al que ya no nos atrevíamos a hacerle preguntas. Luego, vivió con los esenios, en el mar Muerto, en el oasis de Engadi, y volvió a nosotros vestido de blanco, siguiendo su costumbre... Finalmente, se fue a Judea, hacia Juan el Bautista, y no volví a verlo hasta los últimos meses de su misión, en Jerusalén...

Ahasverus deja escapar un profundo suspiro; en el silencio que se ha hecho, se oye la respiración entrecortada de quienes escuchan y esperan la continuación sin atreverse a pedirla.

AHASVERUS

reanuda su relato, con la cabeza gacha y como hablándose a sí mismo:

Habían pasado muchos años; yo vivía en Jerusalén y había montado un puesto de vendedor en el Templo, en el patio de los gentiles: cambiaba la moneda romana por la moneda sagrada de los sacrificios, vendía a las mujeres tórtolas de Hanan y pájaros a los leprosos. Un día, un hombre irrumpió en el atrio, rodeado de unos artesanos y pescadores que eran sus discípulos, volcó mi mesa sobre el pavimento y me golpeó. Lo reconocí, lo llamé por su nombre, le hablé de su madre y de sus hermanos: «¡Ahí están —me dijo, señalando a sus fieles—, mi familia y mi madre!». Fue entonces cuando empecé a odiarlo...

Lo volví a ver en la ciudad santa, con motivo de la fiesta de Purim, el decimoquinto día de Adar; se hablaba mucho de él, de sus ataques a los fariseos, e incluso al Templo, cuya destrucción anunciaba de forma velada; se contaban sus milagros: demonios expulsados; paralíticos, ciegos y leprosos curados... Apareció en el atrio exterior del Hieron, llamado el patio de las Mujeres, el único al que ellas podían acceder: esta vez estaba rodeado, no sólo de sus numerosos discípulos, sino también de algunas jóvenes, e incluso de una samaritana; entre ellas se distinguían dos hermanas de Betania, María y Marta, y sobre todo una pecadora muy bella, María de Magdala, que lo siguió siempre, hasta el final...

LA MUJER VELADA

Pero Él, ¿cómo era? ¡Háblanos sólo de Él!...

AHASVERUS

Era alto y esbelto, bello como uno de esos jóvenes dioses griegos cuyas estatuas he visto en mis viajes. Su cabello pelirrojo se desbordaba de su turbante de lino; y su rostro pálido, con una corta barba rubia, se iluminaba con sus ojos azules, límpidos como el lago de Genesaret; iba vestido de blanco, como los esenios; y su voz era tan dulce, su andar tan noble, que las jóvenes, de pie en el umbral de las puertas, lo miraban pasar deseando seguirlo... Y ese amor puro de las mujeres tal vez avivaba el odio de los hombres...

LA MUJER VELADA

adelanta la cabeza para no perderse las palabras del judío; una punta de su velo se ha corrido y ella aparece de perfil, pálida y muy joven. Balbucea en voz muy baja:

Pero Él, ¿las amaba?

AHASVERUS

Ignoraba los afectos particulares: ni la familia, ni la mujer, virgen o pecadora, existían para Él. Era el Mesías, el salvador del mundo; y su pecho se había ensanchado demasiado, conteniendo a la humanidad, como para posarse en un ser. Su alma era semejante a esos grandes ríos encauzados, que fecundan un imperio y dejan marchitarse los arbustos de sus orillas. Al igual que una estatua de mármol es insensible a las ofrendas votivas que la multitud deposita a sus pies, Él siempre ignoró el sentimiento real de aquellas que lo siguieron al Gólgota y lo adoraron más allá del suplicio y la muerte... Fue entonces cuando lo volví a ver...

Los demás temen que no pueda terminar, tanto se le ha quebrado la voz; sin embargo, continúa, entrecortando sus frases, pues tiene prisa por acabar:

AHASVERUS

Me enteré de su condena por el Sanedrín, de su arresto en el Monte de los Olivos, cerca del torrente de Cedrón; y del acto de Judas, que aprobé, no solo porque odiaba al Rabí, sino porque detestaba sus predicaciones, contrarias a la ley judía. Era la víspera de la Pascua, el catorce de Nisán; esa misma noche lo llevaron a la casa de Hanán, que vivía en lo alto de la colina. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, lo llevaron a la residencia de Pilatos, cerca de la torre de Antonia, quien lo envió a Herodes Antipas... Pero el mundo entero conoce esas escenas desgarradoras que, entonces, me dejaban casi indiferente... Yo vivía cerca del montículo desnudo donde debía morir en la cruz, entre dos ladrones, frente a la torre Hípico... Hacia las nueve de la mañana, salí al oír el ruido de la multitud y me quedé en el umbral de mi puerta para verlo pasar. Lo rodeaban soldados, al mando de un centurión, luego hombres del pueblo que lo insultaban; por fin, detrás del cortejo, un grupo de mujeres con los cabellos revueltos... Pero yo lo miraba únicamente a Él. Delgado, con el rostro pálido y ensangrentado, arrastraba su pesada cruz de infamia, y su pobre cuerpo frágil se doblaba bajo la carga... Yo llevaba a mi hijo pequeño de la mano. Pidió que se detuvieran frente a mi casa, pues se quedaba sin fuerzas; y al reconocerme, dijo: «Ahasverus, dame un vaso de agua». Me quedé inmóvil. Él continuó: «¡En nombre de nuestra infancia, hermano, la sed me quema!». Respondí con una risa burlona: «Camina, Yeshua, ha llegado tu hora». Entonces se enderezó y su rostro severo me hizo estremecer; con una voz terrible, exclamó: «En nombre de mi Padre, sé maldito: ¡Cherem! Caminarás para siempre, hasta el día en que tengo que volver, una vez cumplidos los tiempos».

Se alejó, y quise volver a entrar, con mi hijo... Pero, de repente, una fuerza desconocida me hizo soltar la mano de mi hijo y me empujó hacia delante: un torbellino me arrastraba, una tormenta que únicamente soplaba para mí, pues la hierba del suelo no se movía y los arbustos extendían sus ramas, inmóviles... Ya estaba lejos y, por última vez, volví la cabeza para ver a mi hijo, que lloraba tendiéndome los brazos... Cuando pasé por el sendero del Gólgota, las tres cruces siniestras se alzaban contra el cielo pálido. Pero no pude detenerme y, como una hoja arrancada por el huracán, comencé mi viaje secular y maldito a través del mundo...

Se ha callado. Un silencio angustioso se cierne sobre la audiencia; cada uno, con la mirada baja, sigue su imaginación interior, a la sombra del Calvario evocado; una oración mental hace temblar algunos labios. La mujer velada gira la cabeza para una pregunta suprema... El gran anciano ha desaparecido.

FIN

PAUL GROUSSAC

Del Plata al Niágara

Traducción del francés, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán 

 

LE JUIF ERRANT

ΑΓΝΩΣΤΩ ΘΕΟ

 

C’est à Chicago, dans le Memorial Art Palace, au bord du lac Michigan, le lendemain du jour où le Parlement des Religions a clos sa longue session.

Il est dix heures du soir. Le vaste amphithéàtre de Columbus Hall, où le Congrès a tenu ses bruyantes séances devant une foule cosmopolite, est à présent vide et muet.

La large estrade du fond, faisant face aux gradins, est seule éclairée d’une lampe électrique; devant la table recouverte d’un tapis de velours, les trois fauteuils du président et des assesseurs; et, tout autour, une trentaine de chaises. A quelques pas de l’estrade, l’ombre commence et va s’épaississant jusqu’aux dernières rangées de l’hémicycle qu’on ne distingue plus: on a la sensation d’un espace immense, illimité, ainsi que dans une cathédrale à la tombée du jour. Mais on ne peut rêver: un dur tic tac de pendule invisible fait comme un rappel impitoyable au prosaïsme du milieu, et, de minute en minute, le lourd silence est déchiré par le sifflet strident des trains qui, de la gare voisine, partent pour la World’s Fair.

Vulgaire et pressé, le timbre de cette pendule sonne dix heures. La tenture de l’estrade se soulève et, par la petite porte dissimulée, une procession bizarre fait son entrée, lentement, d’une allure volontiers liturgique. Les physionomies sont aussi diverses que les costumes: on trouve deux ou trois évêques grecs ou latins en soutane violette, des pasteurs rasés en lévite noire; des turbans de soie ou de lin couronnent des faces basanées,  glabres ou à longue barbe grise; il y a encore un rabbin à calotte fourrée, un guèbre sous le haut bonnet persan, un derviche jaune dont le corps émacié flotte dans une souquenille sombre, un mandarin chinois à la mince tresse luisante; d’autres encore qu’on devine lamas, bonzes, parsis, archimandrites: le personnel exotique d’un temple ouvert à tous les dieux, l’état-major sacerdotal d’un nouveau Panthéon d’Agrippa. Une femme voilée est mêlée au groupe.

Ils prennent place, gravement; un archevêque américain préside, entre le rabbin et la femme voilée. Le président ouvre la séance d’une voix blanche et nasillarde:

L’ARCHEVÊQUE

The chair is taken.

L’un après l’autre, sans se presser, ils prennent la parole, la plupart en un anglais bizarre où tous les accents asiatiques, européens, africains, se succèdent sans provoquer un sourire, depuis le mandarin qui ne peut prononcer les r, jusqu’au rabbin allemand qui en cuirasse tous les mots.

Ils dialoguent posément, se félicitent en formules choisies, chacun ayant l’air de préférer les dix religions de ses auditeurs à la sienne propre, et n’employant que des termes amorphes, qui flattent tout le monde sans blesser personne. Ils célèbrent avec componction le pacte universel qui reconnaît l’égale légitimité de tous ces cultes, qui pendant des siècles se sont entre-dévorés. Aujourd’hui, calmés, ils proclament la tolérance qui, écartant la passion, fait surtout servir les croyances populaires et les pratiques religieuses au bien-être professionnel des clergés. Et, dans ce covenant à huis clos, qui scelle l’alliance de tous les sacerdoces, contre la science qui est l’ennemi commun, le sens vrai du Congrès public se révèle: les noms du Bouddha, de Moïse, de Confucius, de Zoroastre, de Luther, de Jésus ne sont pas prononcés ...

C’est à ce moment que trois coups sont frappés à la porte du fond; les dialogues cessent brusquement.

L’ARCHEVÊQUE

se tournant à demi sur son fauteuil:

Qui est là? Entrez!

La portière se soulève, puis retombe: un vieillard de stature gigantesque est resté là, debout, se détachant sur la draperie sombre. Il est vêtu à l’ancienne mode hébraïque: le chalouk de lin à manches étroites sous l’ample manteau rayé; du sudar enroulé autour du front bruni s’échappent de longues mèches grises, qui se mêlent à la barbe floconneuse; il appuie ses deux mains croisées sur un lourd bâton de voyage, et des téfillin d’argent scintillent à son bras gauche. Il semble octogénaire; mais une vigueur surhumaine se dégage de tout son corps noueux, comme tordu par des tempêtes séculaires; et, sous leurs sourcils blancs, ses yeux luisent comme un feu de pâtre à travers la broussaille. L’assemblée le contemple, stupéfaite et immobile.

L’ARCHEVÊQUE

Qui êtes-vous? Que faites-vous ici?

LE VIEILLARD

fait trois pas en avant: on voit ses pieds nus sous sa tunique; il parle avec le plus pur accent anglais.

Je suis Ahasvérus.

Des chuchotements de surprise s’échappent de toutes les lèvres et se joignent en une rumeur étouffée.

L’ASSEMBLÉE

Le Juif errant!

LE RABBIN

bondissant de son siège, se dresse devant Ahasvérus.

Tu en as menti, imposteur. Maranâtha!

Et, comme l’autre se tait, ils se sont tous levés, irrités et menaçants: alors le vieillard, sans bouger, laisse tomber ces mots:

AHASVÉRUS

Rabbi Hakkadosch, je t’ai vu naître dans la Judengasse de Francfort, où ton grand-père, le tailleur Johannan, loua la boutique du brocanteur Mayer, le premier des Rothschild ...

Il s’adresse successivement au boudhiste japonais Kinza Hiraï, à Dionysios, évêque de Zante, au mandarin Pung Quang Yu, aux hindous, à tous les autres: il les connaît tous et parle à chacun dans sa langue, avec l’accent où tous retrouvent l’écho de la douceur natale. Ils se sont rassis, un à un, et baissent la tête, confus, sous le flot des paroles du vieillard. Il s’est avancé vers la table et s’exprime maintenant en anglais, pour être compris de tous.

AHASVÉRUS

Êtes-vous convaincus, mes maîtres, ou faut-il que je remonte dans vos généalogies, plus haut que vous-mêmes ne sauriez le faire? Je suis Ahasvérus, le juif maudit, toujours errant depuis dix-huit siècles, celui qui meurt tous les cent ans mais pour renaître le lendemain ...

LE RABBIN

timidement:

Comment as-tu passé la mer, éternel marcheur qui ne peux prendre de repos?

AHASVÉRUS

Je suis venu par le Nord: la banquise de Behring est, en hiver, un chemin trop facile à qui ne peut mourir; et l’âpre contact des glaces polaires ne mord pas plus sur ma chair que le soleil africain. Hélas! j’envie ceux qui tombent pour ne plus se lever! Je sais trop bien que, pareil à Caïn, je suis respecté des forces naturelles, et que ce n’est point au choc d’une mort violente que ma sentence prendra fin!...

L’ARCHEVÊQUE

Il est donc vrai?—Mais, alors, que viens-tu chercher ici?

AHASVÉRUS

d’une voix plus basse:

Je cherche partout le repos. Il ne viendra, avec la douce euthanasie, qu’aux jours prédits par l’Autre: quand son règne sera passé sur la terre et que son culte n’y sera plus qu’un vague souvenir. C’est alors qu’il reparaîtra, sous un autre nom peut-être, afin que les nations se bercent d’un rêve nouveau. Le vain espoir de finir m’a vingt fois souri, depuis la chute de Jérusalem et la dispersion. Avec les Barbares qui rasaient les cités, les Huns d’Attila, qui laissaient derrière eux les fleuves rougis de sang, les famines et les terreurs de l’an Mille,—j’ai longtemps épié dans le ciel le signe de l’Apocalypse ... Puis, vinrent les massacres des Croisades, les pestes et les destructions du moyen âge, les crimes abominables de la barbarie féodale; et je traversai les foules hurlantes comme des bandes de loups, m’attendant chaque jour à voir le culte chrétien balayé de la face du monde en délire. Mais les flèches des cathédrales montaient plus nombreuses et plus hautes que les piques des barons assassins; les pillages des villes se rachetaient par des pèlerinages, et, dans la nuit du crime séculaire, la croyance idéale, quoique affaiblie et mourante, brillait toujours comme une lampe dans un tombeau ...

L’ARCHEVÊQUE

La foi du Christ est immortelle!

AHASVÉRUS

élevant la voix peu à peu:

... Alors des corruptions plus subtiles fleurirent sur l’ancien fumier de la barbarie. J’entrai dans Rome renouvelée; je souris au paganisme papal, plus dissolvant que l’autre, et je trouvai l’Eglise des Borgia plus scandaleuse que le palais des empereurs byzantins: c’était la décomposition finale, sans doute. L’arbre sacré, cette fois, était rongé à la racine. Mais la Réforme vint qui sauva tout ... Un autre espoir surgit, avec ce Nouveau Monde, qui répandait sur l’Ancien la lèpre de l’or, et l’égoïsme, et l’avarice, mère du crime; mais les nationalités émergèrent des guerres incessantes et le patriotisme refit au genre humain une vertu ... Enfin, il y a un siècle, quand leur creuse philosophie aboutit à la haine des classes et au meurtre des rois, j’étais dans ce Paris immense, cuve où bouillonne toujours la mixture ignorée qui sera l’histoire du lendemain: j’assistai au triomphe de l’athéisme et aux saturnales de la Raison ... Hélas! la Liberté, l’Héroïsme, la Gloire, firent flamboyer leurs trois couleurs sur les ruines du passé, et tout ressuscita,—jusqu’à la religion elle-même ... Ainsi les siècles ont coulé sous mes pas, et me voici encore, toujours en quête de la chimère qui me rendra au néant bienheureux...

L’ARCHEVÊQUE

d’un accent de triomphe:

Et tu arrives pour être témoin d’une victoire éclatante!...

AHASVÉRUS

sourit amèrement.

J’ai vu les foules athées, les sectes anarchiques semer les engins de mort, en se raillant du droit, du devoir, de la famille, de la patrie, de tous les principes sociaux qu’on croyait éternels: je ne me suis jamais senti si près de la fin convoitée qu’en écoutant vos colloques de Pharisiens,—ô vous (comme Il disait de vos pères) «sépulcres blanchis!»—Vous êtes la vermine qui pullule sur le cadavre de la religion. Le feu de l’Idéal ne brûle plus sur vos autels dorés, et c’est une lampe éteinte que vous promenez dans les ténèbres. La foi du Christ aura bientôt vécu: je sens mon cœur millénaire débordant d’espérance. C’est la fin de Celui qui m’a frappé et maudit!

Tous les prêtres se sont levés avec colère; un tumulte est près d’éclater. Mais la femme voilée a saisi Ahasvérus par le pan de son manteau, et, dans un cri aigu qui impose silence, elle répète cette supplication:

LA FEMME VOILÉE

Tu l’as connu! Tu l’as connu! Oh! parle-nous de Lui!...

Le calme s’est rétabli sous une poussée de curiosité violente; tous regagnent leurs sièges et restent la bouche ouverte, buvant les paroles d’Ahasvérus.

AHASVÉRUS

d’une voix sourde que l’émotion brise de plus en plus:

Si j’ai connu le Fils de l’homme! J’étais de son âge et né comme lui à Nazareth. Le douloureux village est seul resté presque intact en Palestine, et j’y revois, deux ou trois fois par siècle, la fontaine où Marie, la cruche sur l’épaule, venait puiser l’eau, matin et soir; je retrouve la colline qui domine le pays, toutes les ruelles, tous les sentiers où nous jouions, enfants. Il faisait déjà des prodiges contraires à la Loi. Il façonna un jour des oiseaux avec de la boue, malgré les plaintes de sa mère; et quand Joseph voulut reprendre l’enfant, Jeschoua frappa des mains et les oiseaux prirent leur vol. Marie pleurait souvent sur cette enfance pleine de trouble et de mystère; et puis, il semblait n’aimer personne autour de lui ... Souvent, il quittait l’établi de son père et disparaissait: on le retrouvait dans les synagogues, écoutant les lectures du Scribe et l’effrayant de ses contradictions. Plus tard, ses absences furent plus longues; et il reparaissait un soir dans la maison de Nazareth, comme un hôte étrange et qu’on n’osait plus interroger. Puis, il vécut avec les Esséniens, sur la mer Morte, dans l’oasis d’Engaddi, et il nous revint vêtu de blanc, suivant leur coutume ... Enfin, il alla en Judée, vers Jean le Baptiste, et je ne le revis plus jusqu’aux derniers mois de sa mission, à Jérusalem ...

Ahasvérus pousse un profond soupir; dans le silence qui s’est fait, on entend la respiration haletante de ceux qui écoutent et attendent la suite sans oser la demander.

AHASVÉRUS

reprend son récit, la tête basse et comme se parlant à lui-même:

Bien des années s’étaient écoulées; j’habitais Jérusalem et j’avais pris une table de vendeur au Temple, dans la cour des Gentils: j’échangeais la monnaie romaine pour la monnaie sacrée des sacrifices, je vendais aux femmes des tourterelles de Hanan et des passereaux aux lépreux. Un homme bondit un jour dans le parvis, entouré de quelques artisans et pêcheurs qui étaient ses disciples, renversa ma table sur le pavé et me frappa. Je le reconnus, l’appelai par son nom, lui parlai de sa mère et de ses frères: «Voilà, me dit-il, en me montrant ses fidèles, ma famille et ma mère!» Ce fut alors que je commençai à le haïr ...

Je le revis dans la ville sainte, pour la fête des Pourim, le quinzième jour d’Adar; on parlait beaucoup de lui, de ses attaques aux Pharisiens, et même au Temple dont il annonçait la destruction à mots couverts; on racontait ses miracles: des démons chassés; des paralytiques, des aveugles, des lépreux guéris ... Il apparut dans le parvis extérieur du Hiéron, appelé la cour des Femmes, le seul où elles pussent pénétrer: il était cette fois entouré, non seulement de ses nombreux disciples, mais encore de quelques jeunes filles, et même d’une Samaritaine; on remarquait parmi elles deux sœurs de Béthanie, Marie et Marthe—et surtout une pécheresse très belle, Marie de Magdala, qui le suivit toujours, jusqu’à la fin ...

LA FEMME VOILÉE

Mais Lui, comment était-il? Ne parle que de Lui!...

AHASVÉRUS

Il était grand et souple, beau comme un de ces jeunes dieux grecs dont j’ai vu les statues dans mes voyages. Ses cheveux roux s’écoulaient de son turban de lin; et son visage pâle, à la courte barbe blonde, s’illuminait de ses yeux bleus, limpides comme le lac de Génézareth; il allait vêtu de blanc, comme les Esséniens; et sa voix était si douce, sa démarche si noble, que les jeunes filles, debout sur le seuil des portes, le regardaient passer en souhaitant de le suivre ... Et ce pur amour des femmes fouettait peut-être la haine des hommes ...

LA FEMME VOILÉE

avance la tête pour boire les paroles du Juif; un coin de son voile s’est écarté et elle apparaît de profil, pâle et toute jeune. Elle balbutie très bas:

Mais Lui, les aimait-il?

AHASVÉRUS

Il ignorait les affections particulières: pas plus que la famille, la femme, vierge ou pécheresse, n’existait pour lui. Ilmétait le Messie, le sauveur du monde; et, pour se poser sur un être, sa poitrine s’était trop élargie à contenir l’humanité. Son âme était semblable à ces grands fleuves encaissés, qui fécondent un empire et laissent dépérir l’arbuste de leurs bords. Comme une statue de marbre est insensible aux offrandes votives que la foule dépose à ses pieds, il ignora toujours le sentiment réel de celles qui le suivirent sur le Golgotha et l’adorèrent par delà le supplice et la mort ... Ce fut alors que je le revis ...

On craint qu’il ne puisse achever, tant sa voix s’est brisée; il continue, pourtant, en coupant ses phrases, car il est pressé de finir:

AHASVÉRUS

J’appris sa condamnation par le Sanhédrin, son arrestation au mont des Oliviers, près du torrent de Cédron; et l’acte de Judas que j’approuvai, non seulement parce que je haïssais le Rabbi, mais parce que détestais ses prédications, contraires à la loi juive. C’était la veille de la Pâque, le quatorze de Nisan; il fut conduit la nuit même chez Hanan, qui avait sa maison au haut de la colline. Le lendemain, de grand matin, il fut emmené à la maison de Pilate, près de la tour Antonia, qui le renvoya devant Hérode Antipas ... Mais le monde entier connaît ces scènes déchirantes qui, alors, me laissaient presque indifférent ... J’habitais près du tertre dénudé où il devait mourir sur la croix, entre deux voleurs, en face de la tour Hippicus ... Vers neuf heurs du matin, je sortis au bruit de la foule, et restai sur le seuil de ma porte pour le voir passer. Des soldats l’entouraient, commandés par un centurion, puis des hommes du peuple qui l’insultaient; enfin, derrière le cortége, un groupe de femmes échevelées ... Mais je ne regardai que Lui. Maigre, le pâle visage ensanglanté, il traînait son lourd gibet d’infâmie, et son pauvre corps frêle pliait sous le fardeau ... Je tenais mon petit garçon par la main. Il demanda à faire halte devant ma demeure, car il succombait; et me reconnaissant, il dit: «Ahasvérus, tends-moi un vase d’eau.» Je restai immobile. Il reprit: «Au nom de notre enfance, frère, la soif me brûle!» Je répondis en ricanant: «Marche, Jeschoua, ton heure est venue.» Alors il se redressa et son visage sévère me fit frissonner; d’une voix terrible, il s’écria: «Au nom de mon Père, sois maudit: Chèrem! Tu marcheras à jamais, jusqu’au jour où je devrai revenir, après les temps accomplis!»

Il s’éloigna, et je voulus rentrer, avec mon enfant ... Mais, soudain, une force inconnue me fit lâcher la main de mon fils et me poussa en avant: un tourbillon m’emportait, une tempête qui ne soufflait que pour moi, car les herbes du sol ne bougeaient pas et les arbustes étalaient leurs rameaux, immobiles ... J’étais déjà loin, et, une dernière fois, je retournai la tête pour voir mon enfant, qui pleurait en me tendant les bras ... Quand je passai dans le sentier du Golgotha, les trois croix sinistres se dressaient sur le ciel livide. Mais je ne pus m’arrêter, et, comme une feuille arrachée par l’ouragan, je commençai à travers le monde mon voyage séculaire et maudit ...

Il s’est tu. Un silence d’angoisse pèse sur l’assistance; chacun, les yeux baissés, suit son rêve intérieur, dans l’ombre du Calvaire évoqué; une oraison mentale fait trembler quelques lèvres. La femme voilée tourne la tête pour une question suprême ... Le grand vieillard a disparu.

FIN




miércoles, 11 de febrero de 2026

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Tercera parte

Grandes dolores en pequeñas canciones...

 

Tenía un vecino al que conocía; incluso había utilizado algunas veces sus versos.

Éste comprendía mejor el profundo problema de nuestra vida, ya que él mismo representaba al homo duplex, la criatura contradictoria que se disputan poderes enemigos. Heinrich Heine era romántico, y dejaba que se abriese la pequeña flor azul de su corazón; y antirromántico, por lo que detestaba lo impreciso y lo incierto, las grandes peroratas y la elocuencia, los aires trágicos, las poses de actor: no era él quien hubiera consentido en interpretar, secretamente alborozado, el papel del gladiador moribundo. Era sentimental, hasta el punto de enamorarse de su prima y luego de su otra prima, como los colegiales: primas ricas, que se habían reído mucho de ese pretendiente. Al mismo tiempo, era tan perspicaz y tan agudo, leía con tanta claridad en las almas, que destruía todas las ilusiones, incluso las suyas propias; no había terminado de amar cuando ya veía que su amada no tenía corazón: sobre los hermosos ojos de mi amada, compuse las más bellas canciones; sobre la boca encantadora de mi amada, hice exquisitos tercetos; sobre las delicadas mejillas de mi amada, cincelé magníficas estrofas; y si mi amada tuviera corazón, escribiría sobre ese corazón un bonito soneto. Lograba la paradoja de ser a la vez tierno y voltairiano. Los bosques de abetos, ese manto verde y oscuro de las colinas; el mar gris que sufre eternamente y se lamenta; el sol que cada tarde renueva la fiesta resplandeciente de su adiós, le eran caros: a menos que prefiriera el tumulto de las ciudades, los salones, los cafés y hasta el polvo del bulevar. Alemania lo había ignorado, maltratado, expulsado; Francia lo había acogido, y París se había convertido no sólo en su lugar de residencia sino en la patria de su espíritu. Por eso sentía por la primera una antipatía entremezclada de amor, y por la segunda, un afecto colmado de ironía.

Republicano, demócrata y revolucionario, confiaba en que alguna vez nacería —y estaba próximo— el día en que el sol de la libertad iluminase el mundo y expulsara del cielo la aristocracia de las estrellas. El final de la lucha gigantesca que enfrentaba a los que no poseían nada y a los que lo poseían todo no dejaba lugar a dudas: pronto sólo habría una patria, la tierra, y una única creencia, la felicidad en este mundo. No habría más fronteras ni tiranos; los hombres ya no depositarían su confianza en un más allá cuya vana espera los privaba del único bien que estaba a su alcance: serían felices de inmediato, hoy mismo. Sólo que no estaba del todo seguro de no ser él mismo un aristócrata; de no sentir cierta indulgencia por los príncipes, que honran a los poetas y les proporcionan una pensión; lo que no ignoraba era que los compañeros proletarios bebían, fumaban, olían mal, eran sucios; y no podía evitar decir que si el pueblo le estrechaba la mano, él se la iría a lavar.

Por desgracia no era un Régulo, y se sentía poco inclinado a que lo meciesen en un tonel lleno de puntas de hierro; no era un Bruto, y se estremecía ante la idea de hundir un puñal en su pobre vientre. Pero lo peor de su condición era quizás esto: pensaba que la humanidad se dividía en dos razas: los helenos, a los que hubiera querido pertenecer, y los nazarenos, a los que pertenecía.

Aunque esas complejidades, esos contrastes, esas luchas y también esa enfermedad, que durante años lo convirtió en un paralítico quejumbroso, pudieron haberle dado a Baudelaire puntos de contacto y semejanzas reconocidas, este no encontró en Heinrich Heine un alma fraterna. El tal Heinrich Heine, en cuanto tomaba la pluma, se hubiera dicho que se esforzaba por no ser profundo; era su estilo, sólo quería quedarse en la superficie. En el momento en que uno creía que iba a expresar su dolor esencial, abandonaba la partida, apartaba la cabeza y se ponía a sonreír. Una lágrima sobre un campo de risas, ese es el escudo de armas de mi humor. Se burlaba de todo; ironizaba sin cesar. Y, ciertamente, eran hermosos sus versos, con sus confesiones contenidas, sus tristezas reprimidas, su acento tan tierno, tan burlón y tan triste. Pero, aún reconociéndoles una originalidad poco común, incluso una cualidad única, también hay que admitir que los de Baudelaire poseen fuerza superior. El estilo de Baudelaire no posee ni esa humildad, ni ese rechazo a adentrarse en las profundidades del alma, ni ese acompañamiento en sordina, contradictorio y burlón, ni ese escepticismo, ni ese humor y sus caprichos, ni esa forma de “poner grandes dolores en pequeñas canciones”, ni esa vena popular del lied, ni esa música en tono menor. La voz de Baudelaire es tan extrañamente patética que parece añadirle a la palabra humana vibraciones procedentes del más allá.

El deseo de lo desconocido, la ardiente necesidad de oír lo que nuestros oídos nunca han captado, de ver lo que nuestros ojos nunca han adivinado y tocar lo impalpable: tal es el sentimiento por el que reconocemos la poesía moderna, su tormento, su locura, su grandeza. Heinrich Heine no está poseído por la sed que empuja a los poetas hacia los reinos prohibidos, hacia las regiones oscuras en que la conciencia apenas aparece; las penas de nuestros días y nuestras noches le bastan a su inspiración; no busca nuevas luces o nuevas tinieblas. Lo nuevo; encontrar lo nuevo; salir de nuestras prisiones, salir de nuestro ser, alcanzar por fin lo inaccesible: tal es, por el contrario, la pasión que exalta a Baudelaire. La verdadera semejanza hubiera exigido una misma disposición de las almas y, además, una partida común hacia lo desconocido. Pero para llegar a ser un vidente; para crear un mundo de fantasmagorías y espejismos; para encontrar las palabras mágicas que iluminan, mostrando de repente, más allá de las apariencias, las realidades sustanciales; para revivir las vidas anteriores, proyectarse a las vidas futuras, dejarse mecer por la armonía de las correspondencias universales que los iniciados llegan a percibir; para exasperar los sentidos hasta la locura reveladora; para intentar finalmente las operaciones sobrehumanas que él creía reservadas a los poetas, Baudelaire estaba solo.

 

Baudelaire y Edgar Allan Poe

 

A su semejante, a su hermano, no debemos buscarlo en Europa, sino en el Nuevo Mundo.

Porque allá, en América, hubo un hombre que fue su prefiguración. Un rebelde, un maldito, tan diferente de los de su raza y su entorno, que fue objeto de escándalo en todas las épocas de su vida, y hasta en las circunstancias de su muerte. Un habitante de los paraísos artificiales; un huésped de Dreamland, de Tule, donde hay montañas vertiginosas que caen a pico en mares sin playas, donde hay almas doloridas que vagan alrededor de los lagos de aguas negras, donde los árboles de los bosques tienen apariencia de titanes, donde los ojos de las mujeres amadas que la muerte se ha llevado brillan eternamente. Un espíritu analítico, una razón lúcida, para los que son un juego de niños los problemas y los enigmas; un soñador, un obseso, un alucinado. Y un genio. No era tan sólo el teórico de la poesía; y no era tan sólo el artesano prodigiosamente hábil que conoce todos los recursos de su arte, que utiliza todos sus procedimientos, desde los más simples hasta los más sutiles: sino el que comprende su esencia. La poesía no es, decía, una simple repetición, una imitación más o menos burda de las bellezas formales que se nos presentan ante los ojos. Es una lucha por aprehender las bellezas supraterrenales que intuimos a intervalos; es un impulso hacia lo infinito, hacia lo eterno. Y si, cuando oímos recitar versos hermosos, llegamos a veces a estremecernos y hasta a llorar, no es por la emoción que nos produce algo muy bien logrado, sino que son, mas bien, lágrimas de dolor; sufrimos por sentirnos tan cerca de las armonías celestiales y por ser incapaces de retenerlas en su plenitud. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone“Empleando múltiples combinaciones, nos esforzamos, en medio de las cosas y los pensamientos que pertenecen al orden del tiempo, por alcanzar una parte de esa Belleza cuyos elementos verdaderos sólo pertenecen, tal vez, a la eternidad…”.

¡Cómo podríamos soñar, si pudiéramos librarnos de la consideración del espacio y el tiempo, soñar con el encuentro ideal entre Edgar Allan Poe y Baudelaire! —Nunca se conocieron; nunca se vieron. Poe nunca supo que tenía, tan lejos, allá, en Francia, un admirador fanático. Baudelaire sintió como el choque de una revelación; se dio cuenta, horrorizado y encantado, de que había imaginado temas que Poe había imaginado veinticinco años antes, de que había escrito frases que Poe había escrito veinticinco años antes: y por lo tanto era, en cierto sentido, el doble de Edgar Allan Poe. Así que se convirtió en el heraldo de su gloria. Le hacía el elogio de sus obras a todo el mundo; escribía a los críticos para pedirles que lo ayudaran a dar a conocer al público francés las obras de aquel genio; se ponía nuevamente a estudiar el inglés para traducirlo; escribía su biografía apasionada. Estaba de acuerdo con él en su rechazo al progreso, “esa gran herejía de la decrepitud”; en su rechazo a la invasión del materialismo, ya que toda certeza se encuentra en los sueños; en el valor de la imaginación, “facultad casi divina que es la primera en percibir, por fuera de los métodos filosóficos, las relaciones íntimas y secretas de las cosas, las correspondencias y las analogías”. Nada le parecía más justo y más bello que sus definiciones de la poesía, “un rapto del alma”, “un acento de inmortalidad”.

Pero cuando comenzó a leerlo, hacia 1846, Poe estaba tan lejos que lo veía como una figura irreal; y cuando comenzó a penetrar en la intimidad de su obra, Poe había muerto.

 

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

El ensayo completo puede descargarse en Internet Archive

 

De grandes douleurs dans de petites chansons…

 

Il avait un voisin, qu’il connaissait; et même il s’était servi quelquefois de ses vers.

Celui-ci comprenait mieux le problème profond de notre vie, puisqu’il représentait lui-même l’homo duplex, la créature contradictoire que se disputent des puissances ennemies. Henri Heine était romantique, et laissait doucement s’épanouir la petite fleur bleue de son cœur: et anti-romantique, détestant le flou et l’indécis, les grandes tirades et l'éloquence, les airs tragiques, les poses d’acteur: ce n’est pas lui qui aurait consenti à jouer, secrètement joyeux, le rôle du gladiateur mourant. Il était sentimental, au point de s’être épris de sa cousine, et puis de son autre cousine, comme les collégiens: des cousines riches, qui avaient bien ri de ce soupirant. En même temps, il était si perspicace et si fin, il lisait si clairement dans les âmes, qu’il détruisait toutes les illusions, même les siennes; il n’avait pas fini d’aimer qu’il voyait déjà que sa mie n’avait pas de cœur: sur les beaux yeux de ma mie, j’ai composé les plus belles chansons; sur la bouche mignonne de ma mie, j’ai fait d'exquis tercets; sur les joues délicates de ma mie, j’ai ciselé des stances superbes; et si ma mie avait un cœur, je ferais sur ce cœur un gentil sonnet. Il réussissait ce paradoxe, d’être à la fois tendre et voltairien. Les forêts de sapins, vert et sombre manteau des collines; la mer grise qui souffre éternellement, et qui se plaint; le soleil qui renouvelle chaque soir la fête éclatante de ses adieux, lui étaient chers: à moins qu’il ne préférât le tumulte des villes, les salons, les cafés, et même la poussière du boulevard. L’Allemagne l’avait méconnu, houspillé, chassé; la France l’avait reçu, et Paris était devenu non seulement son séjour, mais la patrie de son esprit. Aussi éprouvait-il pour la première une antipathie toute mêlée d’amour; et pour la seconde, une affection toute pleine d’ironie.

Républicain, démocrate, et révolutionnaire, il espérait qu’un jour se lèverait, et ce jour était proche, où le soleil de la liberté réchaufferait le monde, et chasserait du ciel l’aristocratie des étoiles. L’issue du combat gigantesque qui mettait aux prises ceux qui ne possédaient rien et ceux qui possédaient tout n’était pas douteuse: bientôt il n’y aurait plus qu’une seule patrie, la terre; et qu’une seule croyance, le bonheur ici-bas. Plus de frontières, plus de tyrans; les hommes ne mettraient plus leur confiance dans un au-delà dont la vaine attente les privait du seul bien qui fût à leur portée: ils seraient heureux tout de suite, aujourd’hui. Seulement, il n’était pas tout à fait sûr de n’être pas lui même un aristocrate; de n’avoir pas une certaine indulgence pour les princes, qui honorent les poètes et qui leur fournissent une pension; ce qu’il ne savait que trop, c’est que les camarades prolétaires buvaient, fumaient, sentaient mauvais, étaient sales; et il ne pouvait pas s’empêcher de dire que si le peuple lui serrait la main, il irait la laver.

Hélas! il n’était pas un Régulus, et se sentait peu de goût pour être bercé dans un tonneau lardé de pointes; il n’était pas un Brutus, et frissonnait à l’idée d’enfoncer un poignard dans son pauvre ventre. Mais le pire de sa condition était peut-être ceci: il pensait que l’humanité se partageait en deux races, les Hellènes, dont il aurait voulu être, et les Nazaréens, dont il était.

Bien que ces complexités, ces contrastes, ces luttes, et cette maladie aussi, qui pendant des années a fait de lui un paralytique gémissant, eussent pu offrir à Baudelaire des points de contact et des ressemblances reconnues, celui-ci n’a pas trouvé chez Henri Heine une âme fraternelle. Ce Henri Heine, dès qu'il prenait la plume, on aurait dit qu'il s’efforçait de n’être pas profond; c’était sa manière, il ne voulait rester qu’en surface. Au moment où l’on croyait qu’il allait exprimer sa peine essentielle, il quittait la partie, détournait la tête, et se mettait à sourire. Une larme sur un champ de rire, c'est le blason que porte mon humour. Il raillait tout; il ironisait sans cesse. Et certes, ils étaient beaux, ses vers, avec leurs aveux retenus, leurs tristesses refoulées, leur accent si tendre, si gouailleur, et si triste. Mais tout en leur accordant une originalité rare, voire même une qualité unique, il faut bien avouer aussi que ceux de Baudelaire sont d’une autre puissance. La manière de Baudelaire ne comporte ni cette humilité, ni ce refus d’aller jusqu’aux profondeurs des âmes, ni cet accompagnement en sourdine, contradictoire et moqueur, ni ce scepticisme, ni cet humour et ses caprices, ni cette façon de «mettre de grandes douleurs dans de petites chansons», ni cette veine populaire du lied, ni cette musique en ton mineur. La voix de Baudelaire est si étrangement pathétique, qu’elle semble ajouter à la parole humaine des vibrations venues de l’au-delà.

Le désir de l’inconnu, l’ardent besoin d’entendre ce que nos oreilles n’ont jamais recueilli, de voir ce que nos yeux n’ont jamais deviné, et de toucher l’impalpable: tel est le sentiment à quoi l’on reconnaît la poésie moderne, son tourment, sa folie, sa grandeur. De la soif qui pousse les poètes vers les royaumes interdits, vers les régions obscures où la conscience apparaît à peine, Henri Heine n’est pas possédé; les peines de nos jours et de nos nuits suffisent à son inspiration; il ne cherche pas de nouvelles lumières ou de nouvelles ténèbres. Du nouveau; trouver du nouveau; sortir de nos prisons, sortir de notre être, atteindre enfin l’inaccessible: telle est au contraire la passion qui exalte Baudelaire. La parenté véritable aurait exigé une même disposition des âmes, et puis un commun départ vers l’inconnu. Mais pour devenir un voyant; pour créer un monde de fantasmagories et de mirages; pour trouver les mots magiques qui illuminent, montrant tout d’un coup, au delà des apparences, les réalités substantielles; pour revivre les vies antérieures, se projeter dans les vies futures, se laisser bercer par l’harmonie des correspondances universelles que les initiés arrivent à percevoir; pour exaspérer les sens jusqu’aux folies révélatrices; pour tenter enfin les opérations surhumaines qu’il croyait réservées aux poètes, Baudelaire restait seul.


Baudelaire et Edgar Poe

 

Son semblable, son frère, ce n’est pas en Europe que nous devons le chercher, mais dans le Nouveau Monde.

Car il y avait, là-bas, en Amérique, un homme qui avait été sa préfiguration. Un rebelle, un maudit, si différent de ceux de sa race et de son milieu, qu’il avait été un objet de scandale à toutes les époques de sa vie, et jusque dans les circonstances de sa mort. Un habitant des paradis artificiels; un hôte de Dreamland, de Thulé, où des montagnes vertigineuses tombent à pic dans des mers sans grèves, où des âmes douloureuses errent autour des lacs noirs, où les arbres des forêts prennent figure de Titans, où les yeux des femmes aimées que la mort a ravies brillent éternellement. Un esprit analytique, une raison lucide, se jouant des problèmes et des énigmes; un rêveur, un obsédé, un halluciné. Et un génie. Il n’était pas seulement le théoricien de la poésie; et non seulement l’ouvrier prodigieusement habile qui connaît toutes les ressources de son art, qui en utilise tous les procédés, depuis les plus simples jusqu’aux plus subtils: mais celui qui en comprend l’essence. La poésie n’est pas, disait-il, une simple répétition, une imitation plus ou moins grossière des beautés formelles qui tombent sous nos yeux. Elle est une lutte pour appréhender les beautés supraterrestres que nous devinons par intervalles; elle est un élan vers l’infini, vers l’éternel. Et si, lorsque nous entendons de beaux vers, il nous arrive de frissonner et de pleurer même, ce n’est pas à cause de l’émotion que nous donne une heureuse réussite: mais ce sont, bien plutôt, larmes de douleur; nous souffrons de nous sentir si près des harmonies célestes, et de rester incapables de les retenir dans leur plénitude. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone«Par des combinaisons multiples, nous luttons au milieu des choses et des pensées qui sont de l’ordre du temps, pour atteindre une portion de cette Beauté dont les éléments véritables appartiennent peut-être à la seule éternité...»

Comme on pourrait rêver, si on était délivré de la considération de l’espace et de la durée, rêver à la rencontre idéale d’Edgar Poe et de Baudelaire!— Ils ne se sont jamais rencontrés; ils ne se sont jamais vus. Poe n’a jamais su qu’il avait, si loin, là-bas, en France, un admirateur fanatique. Baudelaire a été frappé comme par une révélation; il s’est aperçu, épouvanté et ravi, qu’il avait imaginé des sujets que Poe avait imaginés vingt-cinq ans auparavant, qu’il avait écrit des phrases que Poe avait écrites vingt- cinq ans auparavant: et donc il était, dans un certain sens, le double d’Edgar Poe. Aussi s’est-il fait le héraut de sa gloire. Il allait vantant ses œuvres à tout venant; il écrivait aux critiques pour leur demander de l’aider à faire connaître au public français les œuvres de ce génie; il se remettait à l’anglais pour le traduire; il écrivait sa biographie passionnée. Il était d’accord avec lui contre le progrès, «cette grande hérésie de la décrépitude»; contre l’envahissement du matérialisme, toute certitude étant dans les rêves; sur la valeur de l’imagination, «faculté quasi divine qui perçoit tout d’abord, en dehors des méthodes philosophiques, les rapports intimes et secrets des choses, les correspondances et les analogies.» Rien ne lui semblait plus juste et plus beau que ses définitions de la poésie, «un enlèvement de l’âme», «un accent d’immortalité».

         Mais quand il commença de le lire, vers 1846, Poe était si lointain qu’il lui apparaissait comme une figure irréelle; et quand il commença de pénétrer dans l’intimité de son œuvre, Poe était mort.