Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo Baeza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ricardo Baeza. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de febrero de 2025

Walt Whitman y Ricardo Baeza: Para ti

FOR YOU 

Whoever you are, I fear you are walking the walks of dreams,

I fear these supposed realities are to melt from under your feet and hands

Even now your features, joys, speech, house, trade, manners, troubles, follies, costume, crimes, dissipate away from you,

Your true soul and body appear before me,

They stand forth out of affairs, out of commerce, shops, work, farms, clothes, the house, buying, selling, eating, drinking, suffering, dying.

Whoever you are, now I place my hand upon you, that you be my poem,

I whisper with my lips close to your ear,

I have loved many women and men, but I love none better than you.

O I have been dilatory and dumb,

I should have made my way straight to you long ago,

I should have blabb'd nothing but you, I should have chanted nothing but you.

I will leave all and come and make the hymns of you,

None has understood you, but I understand you,

None has done justice to you, you have not done justice to yourself

None but has found you imperfect, I only find no imperfection in you,

None but would subordinate you, I only am he who will never consent to subordinate you,

I only am he who places over you no master, owner, better, God, beyond what waits intrinsically in yourself.

Painters have painted their swarming groups and the centre-figure of all,

From the head of the centre-figure spreading a nimbus of gold-color'd light,

But I paint myriads of heads, but paint no head without its nimbus of gold-color'd light,

From my hand from the brain of every man and woman it streams, effulgently flowing forever.

O I could sing such grandeurs and glories about you!

You have not known what you are, you have slumber'd upon yourself all your life,

Your eyelids have been the same as closed most of the time,

What you have done returns already in mockeries,

Your thrift, knowledge, prayers, if they do not return in mockeries, what is their return?)

The mockeries are not you,

Underneath them and within them I see you lurk,

I pursue you where none else has pursued you,

Silence, the desk, the flippant expression, the night, the accustom'd routine, if these conceal you from others or from yourself, they do not conceal you from me,

The shaved face, the unsteady eye, the impure complexion, if these balk others they do not balk me,

The pert apparel, the deform'd attitude, drunkenness, greed, premature death, all these I part aside

There is no endowment in man or woman that is not tallied in you,

There is no virtue, no beauty in man or woman, but as good is in you,

No pluck, no endurance in others, but as good is in you,

No pleasure waiting for others, but an equal pleasure waits for you.

As for me, I give nothing to any one except I give the like carefully to you,

I sing the songs of the glory of none, not God, sooner than I sing the songs of the glory of you.

Whoever you are! claim your own at any hazard!

These shows of the East and West are tame compared to you,

These immense meadows, these interminable rivers, you are immense and interminable as they,

These furies, elements, storms, motions of Nature, throes of apparent dissolution, you are he or she who is master or mistress over them,

Master or mistress in your own right over Nature, elements, pain, passion, dissolution.

The hopples fall from your ankles, you find an unfailing sufficiency,

Old or young, male or female, rude, low, rejected by the rest, whatever you are promulges itself,

Through birth, life, death, burial, the means are provided, nothing is scanted,

Through angers, losses, ambition, ignorance, ennui, what you are picks its way.

WALT WHITMAN

A TI

   Quienquiera que seas, temo estés vagando por los caminos de los sueños,

   Temo que esas realidades ficticias acaben disolviéndose bajo tus pies y tus manos.

   Aun ahora, tus facciones, tus alegrías, tus palabras, tu casa, tu oficio, tus modales, tus preocupaciones, tus locuras, tus hábitos, tus crímenes, se desvanecen en ti,

   Tu verdadera alma y cuerpo se yerguen ante mí,

   Desprendidos del negocio, del comercio, de tiendas, trabajos, la granja, las ropas, la casa, el comprar y el vender, el comer y el beber, el penar y el morir.

   Quienquiera que seas, yo pongo mi mano sobre ti, que eres mi poema;

   A tu oído mis labios susurran;

   Muchos hombres y mujeres he querido, pero a ninguno más que a ti.

   ¡Ah!, mucho he tardado y permanecido en silencio;

   Hace tiempo que debería de haber ido a tu encuentro;

   Sólo contigo debería de haber platicado, sólo a ti debí de cantar.

   Pero ahora lo dejaré todo y cantaré tus himnos;

   Nadie te ha comprendido, pero yo sí te comprendo;

   Nadie te hizo justicia: ni tú mismo te hiciste justicia;

   Nadie que no te hallara imperfecto; yo soy el único que no halla en ti imperfección alguna;

   Nadie que no te supeditara: yo soy el único que jamás consentirá en supeditarte;

   El único que no pone sobre ti un amo, un propietario, un superior, un Dios por encima de lo que aguarda intrínsecamente en ti.

   Los pintores pintaron sus enjambres de figuras y una figura en el centro,

   La cabeza nimbada de un halo de luz resplandeciente;

   Yo pinto, en cambio, miríadas de cabezas, mas ninguna sin su halo de luz resplandeciente,

   Ninguna de cuya frente, hombre o mujer, no haga brotar mi mano raudales de luz refulgente y perenne.

   ¡Ah, qué esplendores y grandezas no podría cantar yo de ti!

   Tú nunca supiste lo que eres; tú no te viste jamás;

   Tus párpados estuvieron como cerrados la mayor parte del tiempo;

   Sólo burlas y escarnio te produjo cuanto hiciste

   (Y ¿qué otra cosa habrían podido producirte tu ahorrar, tu saber, tus oraciones?)

   Pero las burlas no eres tú;

   En ellas y bajo ellas yo te veo agazapado;

   Yo te busco donde a nadie aún se le ocurrió buscarte.

   El silencio, el mostrador, la expresión petulante, la noche, la rutina cotidiana; si todas estas cosas te ocultan a los demás, a mí no te ocultan;

   El rostro afeitado, la mirada insegura, la tez ruda: si esto repele a los demás, a mí no me repele;

   El traje desaliñado, el ademán grosero, la embriaguez, la gula, la muerte prematura: nada de ello me importa.

   No hay gracia ni don en hombre o mujer que no pueda ser tuyo;

   No hay virtud ni belleza, en hombre o mujer, que no exista en ti;

   Ni valor ni constancia que tú no tengas;

   Ni a ninguno aguarda placer o alegría que no te aguarde igualmente a ti.

   En cuanto a mí, a ninguno doy nada cuyo equivalente no te dé también a ti;

   Ni canto himno alguno en loor de nadie, ni aun de Dios mismo, que no esté dispuesto a cantar en loor de ti.

   Quienquiera que seas: ¡reclama al fin lo que es tuyo!

   Esas pompas de la aurora y del poniente son pálidas comparadas contigo;

   Esas inmensas praderas, esos ríos interminables, no son más inmensos ni interminables que tú;

   Esas furias, esos elementos, borrascas y sobresaltos de la Naturaleza, convulsiones aparentes de muerte, tú, hombre o mujer eres amo y señor de ellos,

   Señor por derecho propio de la Naturaleza, los elementos, el dolor, el amor y la muerte.

   Las trabas caen de tus tobillos: libre y dueño de ti eres.

   Joven o viejo, macho o hembra, tosco, vil, rechazado por los demás: lo que hay en ti se proclama a sí mismo;

   El nacimiento, la vida, la muerte, el sepulcro te ofrecen sus riquezas, nada te es regateado;

   A través de la ira, el desaliento, la ambición, la ignorancia, el hastío, lo que hay en ti se va abriendo camino.

Traducción de RICARDO BAEZA




martes, 20 de octubre de 2020

Edith Sitwell y Ricardo Baeza: Street Song

 

STREET SONG

 

‘Love my heart for an hour, but my bone for a day—

At least the skeleton smiles, for it has a morrow:

But the hearts of the young are now the dark treasure of Death,

And summer is lonely.

 

Comfort the lonely light and the sun in its sorrow,

Come like the night, for terrible is the sun

As truth, and the dying light shows only the skeleton’s hunger

For peace, under the flesh like the summer rose.

 

Come through the darkness of death, as once through the branches

Of youth you came, through the shade like the flowering door

That leads into Paradise, far from the street, —you, the unborn

City seen by the homeless, the night of the poor.

 

You walk in the city ways, where Man’s threatening shadow

Red-edged by the sun like Cain, has a changing shape—

Elegant like the Skeleton, crouched like the Tiger,

With the age-old wisdom and aptness of the Ape.

 

The pulse that beats in the heart is changed to the hammer

That sounds in the Potter’s Field where they build a new world

From our Bone, and the carrion-bird days’ foul droppings and clamour—

But you are my night, and my peace,—

The holy night of conception, of rest, the consoling

Darkness when all men are equal, —the wrong and the right,

And the rich and the poor are no longer separate nations,—

They are brothers in night.’

 

This was the song I heard: but the Bone is silent!

Who knows if the sound was that of the dead light calling,—

Of Caesar rolling onward his heart, that stone,

Or the burden of Atlas falling.

EDITH SITWELL


CANCIÓN CALLEJERA

 

“Amad mi corazón una hora, pero mis huesos todo un día... El esqueleto al menos sonríe, pues tiene un mañana; pero los corazones de los jóvenes son ahora el oscuro tesoro de la Muerte, y el verano ha quedado solitario.

Consolad a la luz solitaria y al sol en su tristeza, venid como la noche, pues terrible como la verdad es el sol, y la luz muriente muestra sólo el hambre de paz del esqueleto, bajo la carne como la rosa estival.

Ven a través de las tinieblas de la muerte, como viniste antaño a través del follaje de la juventud, a través de la sombra como la puerta florecida que lleva al Paraíso, lejos de la calle... tú, la ciudad aún por nacer vista por los desamparados la noche de los pobres.

Andáis por los caminos de la ciudad, donde la sombra amenazante del Hombre ribeteada de rojo por el sol como Caín tiene una forma cambiante; esbelta como el Esqueleto, agazapada como el Tigre, con la presteza y la vieja sabiduría del Simio.

El pulso que late en el corazón tórnase el martillo que resuena en el Campo del Alfarero donde construyen un mundo nuevo con nuestros Huesos, y las inmundicias que dejan caer y el clamor durante el día de las rapaces que se alimentan de carroñas... Pero tú eres mi noche y mi sosiego,

la noche santa de la concepción, del descanso, la oscuridad consoladora en que todos los hombres son iguales: el réprobo y el justo, y el rico y el pobre no son ya naciones separadas, sino hermanos en la noche.”

Tal fue la canción que oí: ¡Pero los Huesos son mudos! Quién sabe si el son era de la luz muerta que llamaba, de César haciendo rodar cuesta arriba la piedra de su corazón, o la carga de Atlas despeñándose.

Traducción de RICARDO BAEZA


 

 

martes, 10 de diciembre de 2019

André Suarès y Ricardo Baeza: Visita a Dulcinea

VISITA  A DULCINEA

Nadie ha visto a Dulcinea, ni si­quiera Don Quijote. Nadie sabe quién es. Mas, hablando de ella, para que la rindan homenaje, Don Quijote se maravilla y dice: «¿Es posible, en verdad, que el nombre de una tan gran princesa no haya llegado a oídos vuestros?» Ha creado su quimera; ésta le crea en cambio. Hecha de él, lo conduce adondequiera se le antoja ir; lo arrebata. Esta historia es la de un gran corazón, y también la del es­píritu.
Hay un santo capítulo, en que San­cho cuenta su visita a Dulcinea (Primera parte, capítulo XXXI). Mientras más abruma Sancho el ideal bajo la realidad, más lo salva Don Quijote de la vulgaridad y lo transfi­gura en lo que quiere que sea. Con una risa inimitable, una jocosidad dig­na de Molière o de Aristófanes, es aquí la confrontación del sueño y de la vida, de la creación y del objeto, tan bella, tan conmovedora como cualquiera de Shakespeare. Y Don Quijote, hombre, y tan viril, nos emo­ciona más, y va más lejos en la me­lancolía de la risa, que la deliciosa hada Titania, acariciando a Bottom.
Además, para que nada falte en él, el final del capítulo encierra una al­mendra de ironía incomparable, con su semilla de gozosa amargura. Y si tiene tanto sabor, es porque es rica en ácido prúsico.
Cabalgando en su ensueño de Dul­cinea, diosa de belleza, dama de per­fección y de todo deleite, Don Quijo­te vuelve a tropezar con cierto arra­piezo, al que poco tiempo atrás liber­tara de manos de un amo verdugo. Creyó hacerle libre, pero el villano ha pagado la libertad de un instante a costa de toda suerte de males, cien veces más crueles que su esclavitud. «De todo lo cual tiene vuestra mer­ced la culpa», dice a Don Quijote, en cuanto se topa con él de nue­vo. «Por amor de Dios, señor caba­llero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta, que no sea mayor la que me venga de la ayuda de vuestra mer­ced, a quien Dios maldiga y a todos cuantos caballeros andantes han na­cido en el mundo.» Tal es la conclu­sión del siglo y del orden común. Que el ideal pase de largo. Que cui­de de no echar pie a tierra, aunque sólo fuera por lástima hacia los pea­tones. Ni el empedrado, ni los talu­des, ni el carril se curan de su visita.
Sin embargo, ¡qué gloria para el tiempo en que vivimos!, toda Fran­cia ha montado a caballo y camina al lado de Don Quijote. Los hombres se han acomodado a la vida heroica, aun aquellos que menos pensaban en ella. El carril no es ya el lugar segu­ro, ni el empedrado, ni el lodo del camino. Una virtud semejante se pa­ga con tesoros de lágrimas y sangre.

Traducción de RICARDO BAEZA

VISITE À DULCINÉE

  Nul n’a vu Dulcinée, pas même Don Quichotte. Nul ne sait qui elle est. Or, parlant d’elle, pour qu’on lui rende hommage, Don Quichotte s’étonne et il dit : « Se peut-il, en vérité, que le nom d’une si grande princesse ne soit pas venu jusqu’à vous ? » Il a créé sa chimère ; elle le crée en retour. Faite de lui, elle le porte où il veut aller ; elle le ravit. Cette histoire est celle d’un grand cœur, et celle aussi de l’esprit.
  Il est un saint chapitre, où Sancho raconte sa visite à Dulcinée [Première partie, chapitre XXXI]. Plus Sancho accable l’idéal sous la réalité, plus Don Quichotte le sauve de la vulgarité commune et le transfigure en ce qu’il veut qu’il soit. Avec un rire inimitable, une gaîté digne de Molière ou d’Aristophane, c’est ici la confrontation du rêve et de la vie, de la création et de l’objet, aussi belle, aussi émouvante que toutes celles de Shakespeare. Et Don Quichotte étant homme, et si viril, nous touche plus, et va plus loin dans la mélancolie du rire, que la délicieuse fée, Titania, caressant Bottom.
  D’ailleurs, pour que rien n’y manque, la fin du chapitre recèle une amande d’ironie incomparable, avec son noyau de joyeuse amertume. Et s’il a tant de goût, c’est qu’il est riche en acide prussique.
  Chevauchant dans son rêve de Dulcinée, déesse de beauté, dame de perfection et de tout délice, Don Quichotte retrouve certain rustre, qu’il a délivré naguère, comme un maître bourreau le déchirait du poing et du fouet. Il a cru rendre libre ce valet. Mais le vilain a payé la liberté d’un instant par toute sorte de maux, cent fois plus cruels que son esclavage. « Votre Grâce en est la cause », dit-il à Don Quichotte, dès qu’il le revoit. « Que ne passiez-vous votre chemin ? Une autre fois ne me secourez plus, et laissez-moi dans la peine. La pire infortune pour les gens est celle qui leur vient de votre secours. Que Dieu vous maudisse donc, vous et tous ceux de votre espèce ! » Telle est bien la conclusion du siècle et de l’ordre commun. Que l’idéal passe son chemin. Qu’il ait bien soin de ne pas mettre pied à terre, ne fût-ce que par pitié des piétons. Ni le pavé, ni les talus, ni l’ornière ne se soucient de sa visite.
  Cependant, quelle gloire pour le temps où nous sommes, toute la France s’est mise à cheval et chemine aux côtés de Don Quichotte. Les hommes se sont rangés à la vie héroïque, ceux mêmes qui y pensaient le moins. L’ornière n’est plus le lieu sûr, ni le pavé, ni la boue du chemin. Une telle vertu se paie en trésors de larmes et de sang.




viernes, 21 de junio de 2019

Marianne Moore y Ricardo Baeza: En desconfianza de méritos

EN DESCONFIANZA DE MÉRITOS

¿Más fuertes para vivir, más fuertes para morir
por medallas y lucrativas victorias?
Luchando, luchando, luchando están contra el hombre ciego
que cree ver,
y no ve que el dominador
fue dominado y que el odio perdió la partida. ¡Oh resplandeciente,
oh firme estrella, oh mar tumultuoso,
flagelado hasta que las cosas pequeñas van
a su antojo: las olas encrespadas
nos hacen conocer las profundidades, a nosotros, los que miramos!

¡Perdidos en el océano antes de haber luchado!
¡Oh estrella de David, estrella de Belén,
oh negro león imperial
del Señor: emblema
de un mundo en pie: uníos al fin,
uníos! Hay la corona del odio, bajo la cual todo es
muerte; hay el amor, sin el cual nadie
es rey; los actos santos santifican
la aureola. Así como el contagio
del morbo engendra el morbo,

así el contagio de la confianza engendra la confianza.
Luchando están en desiertos y cavernas, el uno
junto al otro, en compañías y batallones,
luchando están para que Yo
pueda sanar de mi dolencia. Unos saldrán incólumes del trance,
otros perecerán en él. “¿Será el hombre
realmente un lobo para el hombre? ¿Habremos
de devorarnos los unos a los otros?” El enemigo
no habría podido abrir brecha mayor
en nuestras defensas. El que sirve

de piloto a un ciego podrá aún escapar de él; pero
Job, descorazonado por falsos consuelos, sabía
que nada hay tan peligroso
como un ciego capaz
de ver. ¡Oh vivos que estáis muertos,
que os gloriáis de no ver, oh ínfimo polvo de la tierra
que con tanta arrogancia caminas:
la confianza engendra la fuerza, y la fe
es cosa entrañable! A los que luchan,
hacemos esta promesa,

este voto solemne: “No odiaremos ya
a blancos ni negros, amarillos o rojos, judíos,
paganos o intocables”. Pero
no tenemos derecho a hacer
voto alguno. Apretando los dientes, ellos están luchando,
luchando, luchando  —a algunos los conocemos y amamos,
a otros los amamos sin conocerlos—, a fin
de que los corazones puedan sentir y no estén ateridos.
Ello habrá de curarme; ¿o bien soy algo
en que ya no puedo creer? Unos

en la nieve, otros entre riscos, en tremedales otros,
muchos o pocos, en grande o en pequeño, están
luchando, luchando, luchando, a fin de que
donde hubo muerte pueda ya
haber vida. “Cuando un hombre es presa de la ira,
movido es por cosas de afuera; cuando defiende
con paciencia, paciencia, paciencia
el lugar que ocupa, acción es y belleza”,
 baluarte del soldado,
armadura invulnerable
en la lucha. El mundo es el hogar de un expósito. ¿No habremos
de tener alguna vez paz sin tristeza?
¿Sin súplicas de moribundos por
un socorro que no ha de llegar?
¡Oh forma inmóvil en tierra, no puedo
mirarte, y sin embargo es fuerza que lo haga!
Si esas grandes agonías calladas,
todos esos dolores sufridos y esa sangre derramada,
nos enseñan al fin a vivir, tanta
muerte no habrá sido en vano.

¡Oh corazón empedernido por el odio, oh corazón de hierro,
el hierro es hierro hasta que se aherrumbra!
Jamás hubo guerra que no fuese
interior: de luchar tengo
hasta haber vencido en mí lo que
origina la guerra. Pero hasta ahora yo no quería creerlo.
Nada hice en mis adentros,
¡oh crimen de Iscariote!
La belleza es eterna; el polvo,
tan sólo por un tiempo.
Traducción de RICARDO BAEZA
Revista Sur, marzo-abril de 1944, año XIV.

IN DISTRUT OF MERITS

Strengthened to live, strengthened to die for
medals and positioned victories?
They’re fighting, fighting, fighting the blind
man who thinks he sees,—
who cannot see that the enslaver is
enslaved; the hater, harmed. 0 shining, 0
firm star, 0 tumultuous
ocean lashed till small things go
as they will, the mountainous
wave makes us who look, know

depth. Lost at sea before they fought! 0
star of David, star of Bethlehem,
0 black imperial lion
of the Lord—emblem
of a risen world—be joined at last, be
joined. There is hate’s crown beneath which all is
death; there’s love’s without which none
is king; the blessed deeds bless
the halo. As contagion
of sickness makes sickness,

contagion of trust can make trust. They’re
fighting in deserts and caves, one by
one, in battalions and squadrons;
they’re fighting that I
may yet recover from the disease, My
Self; some have it lightly, some will die. “Man’s
wolf to man? And we devour
ourselves?” The enemy could not
have made a greater breach in our
defenses. One pilot-

ing a blind man can escape him, but
Job disheartened by false comfort knew
that nothing is so defeating
as a blind man who
can see. 0 alive who are dead, who are
proud not to see, 0 small dust of the earth
that walks so arrogantly,
trust begets power and faith is
an affectionate thing. We
vow, we make this promise

to the fighting —it’s a promise— “We’ll
never hate black, white, red, yellow,
Jew, Gentile, Untouchable”. We are
not competent to
make our vows. With set jaw they are fighting
fighting, fighting, —some we love whom we know,
some we love but know not —that
hearts may feel and not be numb.
It cures me; or am I what
I can’t believe in? Some

in snow, some on crags, some in quicksands,
little by little, much by much, they
are fighting fighting fighting that where
there was death there may
be life. “When a man is prey to anger,
he is moved by outside things; when he holds
his ground in patience patience
patience, that is action or
beauty”, the soldier’s defense
and hardest armor for
the fight. The world’s an orphans’ home. Shall
we never have peace without sorrow?
without pleas of the dying for
help that won’t come? 0
quiet form upon the dust, I cannot
look and yet I must. If these great patient
dyings —all these agonies
and woundbearings and blood shed—
can teach us how to live, these
dyings were not wasted.

Hate-hardened heart, 0 heart of iron,
iron is iron till it is rust.
There never was a war that was
not inward; I must
fight till I have conquered in myself what
causes war, hut I would not believe it.
I inwardly did nothing.
0 Iscariotlike crime!
Beauty is everlasting
and dust is for a time.