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jueves, 30 de abril de 2026

Santiago Dabove: Ser polvo

SER POLVO

¡Inexorable severidad de las circunstancias! Los médicos que me atendían tuvieron que darme, a mis pedidos insistentes, a mis ruegos desesperados, varias inyecciones de morfina y otras substancias para poner como un guante suave a la garra con que habitualmente me torturaba la implacable enfermedad: una atroz neuralgia del trigémino.

Yo, por mi parte, tomaba más venenos que Mitrídates. El caso era poner una sordina a esa especie de pila voltaica o bobina que atormentaba mi trigémino con su corriente de viva pulsación dolorosa. Pero nunca se diga: he agotado el padecimiento, este dolor no puede ser superado. Pues siempre habrá más sufrimiento, más dolor, más lágrimas que tragar. Y no se vea en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa que una de las variaciones sobre este texto único de terrible dureza: “¡no hay esperanza para el corazón del hombre!” Me despedí de los médicos y llevaba la jeringa para inyecciones hipodérmicas, las píldoras de opio y todo el arsenal de mi farmacopea habitual.

Monté a caballo, como solía hacerlo, para atravesar esos cuarenta kilómetros que separaban los pueblos que con frecuencia recorría.

Frente mismo a ese cementerio abandonado y polvoriento que me sugería la idea de una muerte doble, la que había albergado y la de él mismo, que se caía y se transformaba en ruinas, ladrillo por ladrillo, terrón por terrón, me ocurrió la desgracia. Frente mismo a esa ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a Jacob el ángel que en las tinieblas le tocó el muslo y lo derrengó, no pudiendo vencerlo. La hemiplejia, la parálisis que hacía tiempo me amenazaba, me derribó del caballo. Luego que caí, éste se puso a pastar un tiempo, y al poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado en esa ruta solitaria donde no pasaba un ser humano en muchos días, a veces. Sin maldecir mi destino, porque se había gastado la maldición en mi boca y nada representaba ya. Porque esa maldición había sido en mí como la expresión de gratitud que da a la vida un ser constantemente agradecido por la prodigalidad con que lo mima una existencia abundante en dones.

Como el suelo en que caí, a un lado del camino, era duro, y podía permanecer mucho tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a cavar pacientemente con mi cortaplumas la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea resultó más bien fácil porque, bajo la superficie dura, la tierra era esponjosa. Poco a poco me fui enterrando en una especie de fosa que resultó un lecho tolerable y casi abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi esperanza y mi caballo desaparecieron en el horizonte. Vino la noche, obscura y cerrada. Yo la esperaba así, horrorosa y pegajosa de negrura, con desesperanza de mundos, de Luna y estrellas. En esas primeras noches negras pudo el espanto contra mí. ¡Leguas de espanto, desesperación, recuerdos! No, no, ¡idos, recuerdos! No he de llorar por mí, ni por... Una fina y persistente llovizna lloró por mí. Al amanecer del otro día tenía bien pegado mi cuerpo a la tierra. Me dediqué a tragar, con entusiasmo y regularidad "ejemplares", píldora tras píldora de opio y eso debe de haber determinado el "sueño" que precedió a “mi muerte”.

Era un extraño sueño-vela y una muerte-vida. El cuerpo tenía una pesadez mayor que la del plomo, a ratos, porque en otros no lo sentía en absoluto, exceptuando la cabeza, que conservaba su sensibilidad.

Muchos días, me parece, pasé en esa situación y las píldoras negras seguían entrando por mi boca y sin ser tragadas descendían por declive, asentándose abajo para transformar todo en negrura y en tierra.

 

La cabeza sentía y sabía que pertenecía a un cuerpo terroso, habitado por lombrices y escarabajos y traspasado de galerías frecuentadas por hormigas. El cuerpo experimentaba cierto calor y cierto gusto en ser de barro y de ahuecarse cada vez más. Así era, y, cosa extraordinaria, los mismos brazos que al principio conservaban cierta autonomía de movimiento, cayeron también a la horizontal. Tan sólo parecía quedar la cabeza indemne y nutrida por el barro como una planta. Pero como ninguna condición tiene reposo, debió defenderse a dentelladas de los pájaros de presa que querían comerle los ojos y la carne de la cara. Por el hormigueo que siento adentro, creo que debo de tener un nido de hormigas cerca del corazón. Me alegra, pero me impele a andar y no se puede ser barro y andar. Todo tiene que venir a mí; no saldré al encuentro de ningún amanecer ni atardecer, de ninguna sensación.

Cosa curiosa: el cuerpo está atacado por las fuerzas roedoras de la vida y es un amasijo donde ningún anatomista distinguiría más que barro, galerías y trabajos prolijos de insectos que instalan su casa y, sin embargo, el cerebro conserva su inteligencia.

Me daba cuenta de que mi cabeza recibía el alimento poderoso de la tierra, pero en una forma directa, idéntica a la de los vegetales. La savia subía y bajaba lenta, en vez de la sangre que maneja nerviosamente el corazón. Pero ahora ¿qué pasa? Las cosas cambian. Mi cabeza estaba casi contenta con llegar a ser como un bulbo, una papa, un tubérculo, y ahora está llena de temor. Teme que alguno de esos paleontólogos que se pasan la vida husmeando la muerte, la descubra. O que esos historiadores políticos que son los otros empresarios de pompas fúnebres que acuden después de la inhumación, echen de ver la vegetalización de mi cabeza. Pero, por suerte, no me vieron.

...¡Qué tristeza! Ser casi como la tierra y tener todavía esperanzas de andar, de amar.

Si me quiero mover me encuentro como pegado, como solidarizado con la tierra. Me estoy difundiendo, voy a ser pronto un difunto. ¡Qué extraña planta es mi cabeza! Difícil será que dure su singularidad incógnita. Todo lo descubren los hombres, hasta una moneda de dos centavos embarrada.

Maquinalmente se inclinaba mi cabeza hacia el reloj de bolsillo que había puesto a mi lado cuando caí. La tapa que cerraba la máquina estaba abierta y una hilera de hormigas pequeñas entraba y salía. Hubiera querido limpiarlo y guardarlo, pero ¿en qué harapo de mi traje, si todo lo mío era casi tierra?

Sentía que mi transición a vegetal no progresaba mucho porque un gran deseo de fumar me torturaba. Ideas absurdas me cruzaban la mente ¡Deseaba ser planta de tabaco para no tener la necesidad de fumar!

...El imperioso deseo de moverme iba cediendo al de estar firme y nutrido por una tierra rica y protectora.

...Por momentos me entretengo y miro con interés pasar las nubes. ¿Cuántas formas piensan adoptar antes de no ser ya más, máscaras de vapor de agua? ¿Las agotarán todas? Las nubes divierten al que no puede hacer otra cosa que mirar el cielo, pero, cuando repiten hasta el cansancio su intento de semejar formas animales, sin mayor éxito, me siento tan decepcionado que podría mirar impávido una reja de arado venir en derechura a mi cabeza.

...Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales han descubierto eso de su vida estática y egoísta. Su modo de cumplimiento y realización amorosos, por medio de telegramas de polen, no puede satisfacernos como nuestro amor carnal y apretado. Pero es cuestión de probar y veremos cómo son sus voluptuosidades.

...Pero no es fácil conformarse y borraríamos lo que está escrito en el libro del destino si ya no nos estuviera acaeciendo.

...De qué manera odio ahora eso del "árbol genealógico de las familias"; me recuerda demasiado mi trágica condición de regresión a un vegetal. No hago cuestión de dignidad ni de prerrogativas; la condición de vegetal es tan honrosa como la de animal, pero, para ser lógicos, ¿por qué no representaban las ascendencias humanas con la cornamenta de un ciervo? Estaría más de acuerdo con la realidad y la animalidad de la cuestión.

...Solo en aquel desierto, pasaban los días lentamente sobre mi pena y aburrimiento. Calculaba el tiempo que llevaba de entierro por el largo de mi barba. La notaba algo hinchada y, su naturaleza córnea igual a la de la uña y epidermis, se esponjaba como en algunas fibras vegetales. Me consolaba pensando que hay árboles expresivos tanto como un animal o un ser humano. Yo recuerdo haber visto un álamo, cuerda tendida del Cielo a la Tierra. Era un árbol con hojas abundantes y ramas cortas, muy alto, más lindo que un palo de navío adornado. El viento, según su intensidad, sacaba del follaje una expresión cambiante, un murmullo, un rumor, casi un sonido, como un arco de violín que hace vibrar las cuerdas con velocidad e intensidad graduadas.

...Oí los pasos de un hombre, planta de caminador quizá, o que por no tener con qué pagar el pasaje en distancias largas, se ha puesto algo así como un émbolo en las piernas y una presión de vapor de agua en el pecho. Se detuvo como si hubiera frenado de golpe frente a mi cara barbuda. Se asustó al pronto y empezó a huir; luego, venciéndolo la curiosidad, volvió y, pen-sando quizá en un crimen, intentó desenterrarme escarbando con una navaja. Yo no sabía cómo hacer para hablarle, porque mi voz ya era un semisilencio por la casi carencia de pulmones. Como en secreto, le decía:

¡Déjeme, déjeme! Si me saca de la tierra, como hombre ya no tengo nada de efectivo, y me mata como vegetal. Si quiere cuidar la vida y no ser meramente policía, no mate este modo de existir que también tiene algo de grato, inocente y deseable.

No oía el hombre, sin duda acostumbrado a las grandes voces del campo, y pretendió seguir escarbando. Entonces le escupí en la cara. Se ofendió y me golpeó con el revés de la mano. Su simplicidad de campesino, de rápidas reacciones, se imponía sin duda a toda inclinación de investigación o pesquisa. Pero a mí me pareció que una oleada de sangre subía a mi cabeza, y mis ojos coléricos desafiaban como los de un esgrimista enterrado, junto con espadas, pedana y punta hábil que busca herir.

La expresión de buena persona desolada y servicial que puso el hombre, me advirtió que no era de esa raza caballeresca y duelista. Pareció que quería retirarse sin ahondar más en el misterio... y se fue en efecto, torciendo el pescuezo largo rato para seguir mirando... Pero en todo esto había algo que llegó a estremecerme, algo referente a mí mismo.

Como es común a muchos cuando se encolerizan, me subió el rubor a la cara. Habréis observado que sin espejo no podemos ver de esta última más que un costado de la nariz y una muy pequeña parte de la mejilla y labio correspondiente, todo esto muy borroso y cerrando un ojo. Yo, que había cerrado el izquierdo como para un duelo a pistola, pude entrever en los planos confusos por demasiada proximidad, del lado derecho, en esa mejilla que en otro tiempo había fatigado tanto el dolor, pude entrever, ¡ah!... la ascensión de un "rubor verde". ¿Sería la savia o la sangre? Si era esta última: ¿la clorofila de las células periféricas le prestaría un ilusorio aspecto verdoso?... No sé, pero me parece que cada día soy menos hombre.

...Frente a ese antiguo cementerio me iba transformando en una tuna solitaria en la que probarían sus cortaplumas los muchachos ociosos. Yo, con esas manazas enguantadas y carnosas que tienen las tunas, les palmearía las espaldas sudorosas y les tomaría con fruición “su olor humano”. ¿Su olor?, para entonces, ¿con qué?, si ya se me va aminorando en progresión geométrica la agudeza de todos los sentidos.

Así como el ruido tan variado y agudo de los goznes de las puertas no llegará nunca a ser música, mi tumultuosidad de animal, estridencia en la creación, no se avenía con la actividad callada y serena de los vegetales, con su serio reposo. Y lo único que comprendía es pre-cisamente lo que estos últimos no saben: que son elementos del paisaje.

Su tranquilidad e inocencia, su posible éxtasis, quizá equivalen a la intuición de belleza que ofrece al hombre la "escena" de su conjunto.

...Por mucho que se valore la actividad, el cambio, la traslación humanos, en la mayoría de los casos el hombre se mueve, anda, va y viene en un calabozo filiforme, prolongado. El que tiene por horizonte las cuatro paredes bien sabidas y palpadas no difiere mucho del que recorre las mismas rutas a diario para cumplir tareas siempre iguales, en circunstancias no muy diferentes. Todo este fatigarse no vale lo que el beso mutuo, y ni siquiera pactado, entre el vegetal y el Sol.

...Pero todo esto no es más que sofisma. Cada vez muero más como hombre y esa muerte me cubre de espinas y capas clorofiladas.

...Y ahora, frente al cementerio polvoriento, frente a la ruina anónima, la tuna "a que pertenezco" se disgrega cortado su tronco por un hachazo. ¡Venga el polvo igualitario! ¿Neutro? No sé, pero, ¡tendría que tener ganas el fermento que se ponga de nuevo a laborar con materia o cosa como "la mía", tan trabajada de decepciones y derrumbamientos!

SANTIAGO DABOVE

La muerte y su traje, 1961

En Antología de la literatura fantástica, compilada por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, y Silvina Ocampo, Editorial Sudamericana S. A., 1965.


BEING DUST

Merciless cruelty of circumstance! the doctors who were tending to me had to administer, at my insistent request, my desperate pleas, several injections of morphine and other substances that would file down the claws used to torture me by the unrelenting disease: a cruel trigeminal neuralgia.

I for my part took more poisons than Mithridates. The point was to dampen that species of voltaic battery or coil which tormented my trigeminal with its current of sharp, painful throbbing. But never let it be said that I have exhausted suffering, that nothing can exceed this pain; there will always be further suffering, further pain, further tears to endure. And don’t take my complaints and expression of bitterness here as anything other than a variation on these singularly harsh words: ‘There is no hope for the heart of man!’ I said my goodbyes to the doctors, taking with me a syringe for hypodermic injections, opium pills and the whole arsenal of my pharmacopoeia.

I rode on horseback, as usual, across the forty kilometres I had often travelled between towns.

Just opposite that dusty abandoned cemetery which gave me the impression of a double death, the one it sheltered and its own—it was collapsing into ruins, brick by brick, piece by piece—disaster struck. Right opposite that ruin I met my bane, just like Jacob when the angel touched his thigh in the mist and exhausted him, as it couldn’t actually defeat him. The hemiplegia, the paralysis which had been threatening me for a long time, knocked me off my horse. After I had fallen, the horse grazed for a while, and soon wandered away. I was left abandoned on that solitary route, where sometimes no human being passed by for several days. I did curse my fate; cursing had exhausted itself on my lips and no longer meant anything. Cursing for me had been the equivalent of the expressions of gratitude to fate made by someone whose life is rich in gifts.

As the ground on which I fell, on the side of the road, was hard, and as I might have to remain there for quite some time and I could hardly move, I devoted my energies to patiently digging the ground around my body with my pen-knife. The task turned out to be rather easy, because beneath the hard surface, the earth was spongy. I gradually buried myself in a sort of trench, which proved to be a tolerable bed, almost protected by the warm damp. The afternoon fled. My hope and my horse disappeared over the horizon. Night fell, dark and close. I had expected it like that, horrific and sticky with blackness, with the despair of worlds, with a moon and stars. Those first few black nights fear got the better of me. Leagues of fear, despair, memories! No, no, the memories come second! I’m not going to cry for myself, nor for... A fine persistent drizzle cried for me. At dawn the following day my body was stuck well into the earth. I devoted time to swallowing, enthusiastically and regularly, ‘specimens’—pill after pill of opium, which must have determined the ‘dream’ preceding ‘my death’.

It was a strange waking dream and a death-life. My body felt heavier than lead at times; at other times I didn’t feel it at all, except for my head, which preserved its sensitivity.

Several days, I think, went by in that state and the black pills kept slipping into my mouth and, without being swallowed, slid down, settling below to turn everything into blackness and into earth.

My head felt and knew it belonged to an earthy body, inhabited by worms and beetles and criss-crossed with corridors frequented by ants. My body was feeling a certain warmth and a certain pleasure in being of mud and in becoming gradually hollower. That’s the way it was, and the extraordinary thing was that my very arms, which initially maintained a certain independence of movement, also adopted a horizontal position. Only my head seemed to remain intact, nourished by the mud just like a plant. But since there is no respite in any condition, it had to gnash in self-defence at the birds of prey which wanted to eat its eyes and the flesh from its face. Judging by the tingling sensation I have inside me, I think I must have an ants’ nest somewhere near my heart. I’m glad, but I feel impelled to walk, and you can’t be made of mud and walk. Everything has to come to me; I shall not go in search of the dawn or the sunset, of any sensation.

A curious thing: the body is attacked by the gnawing forces of life and it is a hotchpotch in which no anatomist would distinguish anything other than mud, corridors and neat constructions of insects installing their home, and yet the brain preserves its intelligence.

I realized that my head was receiving the powerful nourishment of the earth, but directly, just like plants. The sap moved slowly up and down, instead of the blood, which nervously drives the heart. But what happens now? Things change. My head was almost happy to become like a bulb, a potato, a tuber, and now it’s full of fear. The fear that one of those palaeontologists who spend their lives sniffing out death will discover it. Or that those political historians, the other funeral directors who turn up after unhumation, should notice the vegetalization of my head. But luckily they didn’t see me.

…How sad! To be almost like the earth and still have hopes of moving, of loving.

If I want to move, I find I’m stuck, solidified with the earth. I’m diffusing, soon I’m going to be defunct. What a strange plant my head is! It’s uniqueness cannot long remain unknown. Men discover everything, even a muddy two-cent coin.

My head bent mechanically towards the pocket watch I had placed at my side when I fell. The lid which closed over the clockwork was open and a small string of ants went in and out. I would have liked to clean it and put it away, but in which vestige of my suit, if everything of mine had practically turned into earth?

I felt that my transition to plant wasn’t progressing much, because I was tormented by a strong desire to smoke. Absurd ideas crossed my mind: I wanted to be a tobacco plant so that I wouldn’t need to smoke!

…The imperative need to move was giving way to the need to be firm and nourished by a rich, protective earth.

…At times I amuse myself watching the clouds float by with interest. How many shapes do they plan to assume before they no longer exist, mere masks of steam? Will they exhaust them all? Clouds amuse those who cannot do anything other than look at the sky, but, when they unsuccessfully repeat unto exhaustion their attempt to take on animal shapes, I feel so disappointed that I could watch impassively as a ploughshare came straight at my head .

…I’m going to be a plant but I don’t feel it, because plants are aware of their ecstatic and selfish life. Their mode of amorous fulfilment and realization, through telegrams of pollen, cannot satisfy us like our close carnal love, but it is a matter of trying, and we’ll see what their voluptuousness is like.

…But it is not easy to be content, and we would rub out what is written in the book of destiny if it hadn’t already happened to us.

…How I’ve come to hate the term ‘family tree’: it reminds me too much of my tragic state of regression to a plant. I do not make an issue of dignity or privileges—the state of planthood is as honourable as animalhood—but, let’s be logical; why don’t they represent human ascendancies with a deer’s antlers? It would be more in tune with the reality and animality of the matter.

…Alone in that desert, the days slowly passed over my sorrow and boredom. I estimated how long I’d been buried by the length of my beard. I noticed it was a bit swollen and, its horny nature just like nails and skin, it would fluff up like plant fibres. I consoled myself thinking that there are trees as expressive as an animal or human being. I remember seeing a poplar, a rope stretching from the sky to the earth. It was a leafy tree with short branches, very tall, prettier than a decorated mast. The wind, depending on its strength, drew from the foliage different expressions: a murmur, a rumour, almost a sound like a violin’s bow, which makes the strings vibrate with graded speed and intensity.

…I heard a man’s footsteps, the soles of a walker perhaps, or, because he couldn’t afford the ticket to come this far, he has put something like a piston on his legs and steam pressure in his chest. He stopped as though he had suddenly braked in front of my bearded face. At first he was frightened and turned to flee; then, overcome by curiosity, he came back and, thinking perhaps of a crime, tried to dig me out with a pen-knife. I didn’t know how to speak to him, because my voice was by then half-silent because of the almost complete absence of lungs. As though in secret, I said to him, ‘Leave me alone, leave me alone! If you dig me out of the ground, as a man I will have nothing functional left and as a plant you will kill me. If you want to preserve my life and not merely be a policeman, don’t kill this mode of existence in which there is actually something pleasant, innocent and desirable.’

The man didn’t hear me, no doubt accustomed to the great voices of the country, and tried to go on digging. Then I spat in his face. He took offence and hit me with the back of his hand. His simplicity as a peasant, quick to react, no doubt asserted itself over any inclination towards investigation or inquiry. But it seemed to me that a wave of blood was rising to my head, and my choleric eyes were challenging, like those of a fencer buried with his swords and the skilful edge which aim to hurt.

The expression on the man’s face of a distressed and helpful good person warned me that he wasn’t of that chivalrous and duelling race. He seemed to want to move away without delving any deeper into the mystery… and indeed he went, twisting his neck back for a long time to keep on looking… But in all this there was something which made me shudder, something about myself.

A common occurrence with many a man when he becomes angry, my face became flushed. You will have noticed that without a mirror you cannot see much more of your face than the side of your nose and a very small part of your cheek and lip, all very blurred, and only by closing one eye. I, who had closed my left eye as though for a pistol duel, could glimpse on the right side in the images confused by being so close, in that cheek which had once been so fatigued by pain, I could glimpse, ah! the rising of a ‘green flush’. Would it be sap or blood? If it was the latter, would the chlorophyll of peripheral cells give it an illusory green appearance? I don’t know, but I think that each day I’m becoming less of a man.

. . . Opposite that old cemetery I was becoming a solitary cactus on which idle youths would test their penknives. With those huge fleshy gloved hands that cacti have, I would pat their sweaty backs and would inhale with pleasure ‘their human smell’. Their smell? By that time, what with? All my senses were becoming duller in geometric progression.

Just as the varied and sharp sounds of door hinges will never become music, my animal frenzy, shrillness in creation, could not reconcile itself to the silent and serene activity of plants, with their subdued ease. And the only thing I understood was precisely what the latter don’t know: that they are elements in the landscape.

Their innocence and tranquillity, their possible ecstasies, are perhaps equivalent to the intuition of beauty the ‘scenery’ they all go to make up offers to man.

…However highly human activity, change and movement are valued, in most cases man moves, walks, comes and goes in a long, filiform cage. He who has four very familiar walls as a horizon isn’t so very different from he who travels along the same roads every day to fulfil tasks which are always the same, in much the same circumstances. All this tiring oneself is not worth the mutual, tacit kiss between a plant and the earth.

…But all this is nothing but a sophism. Each time I die more like a man and that death covers me in thorns and layers of chlorophyll.

…And now, opposite the dusty cemetery, opposite the anonymous ruin, the cactus ‘to which I belong’ disintegrates, its trunk cut by an axe. Ashes to ashes, dust to dust! Neutral? I don’t know, but it will take quite some ferment to work again with matter like ‘mine’, so riddled with disappointments and defeat!

 

Santiago Dabove Argentinian author, born in Moron in Argentina in 1889; died in 1951. La muerta y su traje, published posthumously, is a collection of his tales of fantasy.

Translated by Lucía Álvarez de Toledo and Alexandra Potts

The Book of Fantasy. First published in 1988 by Viking Penguin Inc.



viernes, 13 de julio de 2018

Jorge Guillermo Borges: Rubaiyat de Omar Khayyam

PARÁFRASIS DE LAS RUBAIYAT DE OMAR KHAYYAM
Castellanizadas del inglés de Edward Fitzgerald por Jorge Guillermo Borges.

I

Ya levantan sus tiendas las estrellas
del agredido campo nocturnal,
con flechas de oro el cazador de oriente
acribilla la torre del sultán.

II

Suena el clarín del gallo, en la taberna
dice una voz :—¡Hermanos despertad!
¡Si se seca la copa de la vida
ya nunca más se volverá a llenar!

III

Y aquellos que esperaban
de la taberna fuera en el portal
¡breve es el plazo, gritan, si partimos
ya no podremos retornar jamás!

IV

Con el año que empieza, verdemente
el prado torna a su florida edad,
de sus tibias cenizas los deseos
a repetir las súplicas vendrán.

V

El Iram y sus rosas se perdieron
en la blanca extensión del arenal,
pero aún la vid nos brinda sus rubíes
y junto al agua hay un vergel de paz.

VI

David rezando calla, mas la flauta
del ruiseñor alegre en su cantar
dice a la rosa : vino, rojo vino
tu pálida mejilla encenderá.

VII

¡Llenad la copa, en el ardiente estío
quemad el manto de invernal pesar!
El tiempo es ave que fugaz se aleja
Ya el ave alerta sobre el ala está!

VIII

Rosas a miles nacen cada día
y a miles mueren cuando el sol se va.
El mismo mes que nos regala rosas
arrebata a Jamshyd y a Kaikobad.

IX

Ven con el viejo Omar y no lamentes
porque Jamshyd se fuera y Kaikobad
deja que llame Rustrum a las armas
o grite ¡Jatim vamos a yantar!

X

Sobre, el verde tapete que separa
el campo en flor del árido arenal,
¿quién al amo distingue del esclavo,
quién codicia la fama del sultán?

XI

Bajo el verde dosel un libro amigo,
una bota de vino, blanco pan
tú a mi lado cantando y el desierto
fuera de veras el jardín de Alláh.

XII

Unos buscan la gloria de este mundo
otros buscan la gloria celestial.
Venga el dinero en mano y vaya el resto,
deja el tambor lejano retumbar.

XIII

En el jardín, desatan sus corolas
los floridos rosales y nos dan
el áureo polen y aromado incienso
que las brisas esparcen al pasar.

XIV

¡Las terrenales ansias realizadas
sombra de polvo son y nada más!
como la nieve en el desierto brillan
un instante fugaz…

XV        
 
Oro atesores, despilfarres oro,
la tumba os mide con criterio igual.
El barro de tu cuerpo es siempre barro
¡Y el barro de la tierra abonará!

XVI

En este albergue en ruinas cuyas puertas
son noches y son días ¡cuanto afán!
¡Cuánto fiero señor por breves horas
detuvo el paso y se volvió a marchar!

XVII

¡Los patios de Jamshyd! donde su gozo
ardiera un día—albergan el chacal,
¡silvestres asnos pastan a su antojo
donde descansa el cazador Bohram!

XVIII

Donde muriera el paladín, las rosas
como teñidas por su sangre están.
¡Sueñas acaso de que blanco pecho
estos jazmines dicen la beldad!

XIX

Y este musgo viviente que tapiza
la tierra de finísimo lampás,
sé leve a su blandura, pues quién sabe
de qué cuerpo gentil llegó a brotar.

XX

Llena la copa que resguarda el pecho
de torpe miedo y de infantil pesar.
¡Mañana! ¿Dónde me hallaré mañana?
¿Cuando la luz se apaga, dónde va?

XXI

Cuanto noble varón de claro empeño
en el embate quieto del azar
vació su copa y se perdió en silencio
entre la bruma gris del más allá.

XXII

Entretanto busquemos la ventura,
que presto cesa, en el oscuro umbral
donde la muerte aguarda; dime ¿sabes
ese hondo lecho para quién será?

XXIII

Gozad la vida, fenecida pasa
a nadas de insaciable eternidad,
polvo de polvo, sin amor ni amada,
sin vino, sin canción y sin soñar.

XXIV


A cuantos se desvelan por las cosas
de este mundo o del mundo que vendrá
un muezín de la torre grita: ¡tontos!,
la recompensa no está aquí ni allá.

XXV

Los santos y los sabios que charlaban
de esto y de aquello en tono doctoral
como falsos profetas se eclipsaron.
Tierra es su boca, tierra es su verdad.

XXVI

Deja charlar al sabio, nuestras vidas
gotas son en la sed del arenal.
La rosa muere y muere su perfume
esto sabemos, ¡y no indagues más!

XXVII

Cuando joven cursé las academias
del mucho discutir y fue tenaz
mi empeño de saber más por la puerta
de entrada, la salida hube de hallar.

XXVIII

Yo sembré de sapiencia mi sendero
y el desencanto sólo vi brotar;
como resopla el viento y corre el agua
así la vida viene, así se va.

XXIX

¿Por qué he venido al mundo, quién responde?
¿Agua que corre ciega hacia la mar?
¡Como el agua y el viento que no saben
por qué corren y soplan y se van!

XXX

¿Quién al mundo nos trajo, quién nos lleva?
¿Y dónde iremos luego: á que avatar?
Llenad la copa para ahogar en ella
el recuerdo de tanta necedad.

XXXI

Al trono de Saturno en los espacios
me elevé por el séptimo portal
y muchos nudos desaté a mi paso
pero no el nudo del humano azar.

XXXII

Hallé una puerta que no tiene llave,
un velo que no pude penetrar;
hoy hablarán un poco de nosotros
y luego, no hablarán.

XXXIII

Entonces a la altura interrogando
dije: ¿qué ley me guía, qué verdad?
Y una Voz infinita respondiome:
Tienes un ciego instinto y nada más.

XXXIV

En la copa de arcilla el labio puse
el enigma tratando de aclarar,
ella me dijo: mientras vive, bebe;
la avara tumba nada te dará.

XXXV

La arcilla de esta copa en otro tiempo
un bebedor alegre fue quizás.
¡Oh cuanta boca habrá besado el barro
que hoy a mis labios de beber les da.

XXXVI

Recuerdo que una tarde a un alfarero
que una copa moldeaba en el bazar
la arcilla dijo musitando apenas:
ten cuidado hermanito, me haces mal.

XXXVII

Llenad la copa que la vida alegra;
el tiempo en fuga hacia la nada va.
Ayer ha muerto, por venir mañana,
con hoy tan solo es lícito contar.

XXXVIII

Palidecen los astros, ya la noche
toca a su Fin. La caravana, ¡helás!,
se apresta para el alba de la nada.
¡En marcha pues, el paso apresurad!

XXXIX

¿Porqué estas ansias que se agitan ciegas
en pos de un vano inasequible ideal?
Mejor el fruto de la fresca vida
que el fruto amargo que esas ansias dan.

XL

¡Venid, hermanos, entonemos presto
de nuevas bodas la canción nupcial,
la estéril razón dejo y por esposa
llamo al lecho la hija del lagar.

XLI

Arriba, abajo, de derecha a izquierda
mi lógica sondó la realidad,
al fondo de las cosas no he llegado
solo del vaso el fondo supe hallar.

XLII

Ha tiempo que a la hora del ocaso
un ángel me detuvo en el umbral
de la oscura taberna, y de sus labios
el fruto de la vid me dio a probar.

XLIII

El fruto de la vid que con severa
elocuencia refuta el razonar
de todas las escuelas, alquimista
que el plomo trueca en fúlgido metal.

XLIV

El gran Mahmúd que vence en un instante
las penas de la triste humanidad
y con su fuerza mágica nos libra
de torpe sombra y de más torpe afán.

XLV

Venid conmigo y que discutan sabios
del universo el misterioso plan;
también el vino es elocuente y sabio,
y todo enigma descifrar sabrá.

XLVI

El mundo es sólo el cuadro iluminado
que arroja la linterna del juglar
cuya vela es el sol, y nuestras vidas,
sombras que vienen, sombras que se van.

XLVII

Y si el vino que bebes y la dulce
caricia de la amada pasarán
como todo en la vida pasa y muere,
¡que más ni menos te podrán quitar!

XLVIII

Bebe conmigo el fruto de la viña
mientras arda la rosa en el rosal
y cuando el ángel de la muerte tienda
a ti su copa, riente beberás.

XLIX

El mundo es un tablero cuyos cuadros
son noches y son días, y el azar
a un antojo nos mueve como a piezas,
luego las piezas a la caja van.

L

La mano escribe y pasa, y tu ternura
tus rezos, tu saber o tu piedad
no lograrán que vuelva o que he haga
o borre aquello que ya escrito está.

LI
Y esa copa invertida que sustenta
el cielo prometido del Corán
en su propia impotencia rueda, rueda
ajena a todo bien y a todo mal.

LII

Del barro que dio el ser al primer hombre
ha de formarse el último mortal,
estaba escrito en la primer mañana
lo que el postrer crepúsculo dirá.

LIII

Los astros arrojaron en la senda
de la vida, su sombra y su pesar.
En la senda las piedras están listas
donde los pasos tropezando van.

LIV

Aúlle fuera el derviche sus plegarias,
de la cerrada puerta en el umbral
nunca, insensato, encontrará la llave
que el vino excelso, generoso, da.

LV

Tú que la senda hicistes engañosa
donde debí perderme y tropezar,
no afirmes luego que la culpa es mía.
¡Tuyo es el mundo, tuya es su maldad!

LVI

Tú que moldeaste el vaso de mi cuerpo
en él vertiendo sombras y pesar,
tú que el Edén hiciste y la serpiente:
nuestro perdón recibe, ¡perdonad!

LVII

Cuando se extinga el fuego que me anima,
mi cuerpo en rojo vino lavarás,
y en pámpano silvestre amortajado
que descanse a la sombra de un parral.

LVIII

Y mis cenizas muertas al ambiente
fragancia tan sutil arrojarán
que hasta el creyente absorto en su plegaria
al grato dogma de la vid vendrá.

LIX

Los ídolos que amara tanto tiempo
derrocharon ingratos mi caudal,
ahogaron mi buen nombre en una copa
y al barro denigrose mi verdad.

LX

¡Aymé, que el tiempo pase, que las rosas
una a una abandonen el rosal,
que el blanco velo de la infancia ceda
al triste luto de la triste edad!

LXI

¡Oh dicha de mi amor siempre constante,
la luna asoma en el palmar su faz,
vendrá la noche en que esa misma luna
ha de buscarme y no me encontrará!

LXII

Y cuando tú como la luna vuelvas
con pies de plata y no me encuentres ya
derrama el vaso que jamás mi boca
en noche alguna volverá a gustar.


LXIII


¡Oh dicha de mi amor!, yo estaré quieto
tendido en tierra de una larga paz
durmiendo el sueño que no tiene sueños
ni auroras, ni inquietud, ni despertar.
JORGE GUILLERMO BORGES
Revista Proa nº 5 y nº 6 (Buenos Aires, 1924).