Mostrando entradas con la etiqueta Lucio Arrillaga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lucio Arrillaga. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de julio de 2015

Guillaume Apollinaire: El difunto Alfred Jarry



En mayo de 2013, Ediciones De La Mirándola publicó "El amor en visitas" de Alfred Jarry, en una cuidada edición con prólogo de Lucio Arrillaga. Este retrato de Alfred Jarry por Guillaume Apollinaire, publicado en tres entregas, proviene de los Contemporains pittoresques.



EL DIFUNTO ALFRED JARRY
(Tercera y última parte)


Alfred Jarry fue hombre de letras como raramente se lo es. Sus menores actos, sus niñerías, todo eso era literatura. Era porque su único capital eran las letras y sólo ellas. ¡Pero de qué modo admirable! Alguien dijo un día en mi presencia que Jarry había sido el último autor burlesco. ¡Es un error! Si así fuera, la mayoría de los autores del siglo XV, y una gran parte de los del siglo XVI, no serían otra cosa que escritores burlescos. Esta palabra no puede designar los productos más inusuales de la cultura humanista. No disponemos de término alguno que pueda aplicarse a ese júbilo particular en el que el lirismo se vuelve satírico, en el que la sátira, actuando sobre la realidad, sobrepasa de tal modo su objeto que lo destruye, y sube tan alto que la poesía no lo alcanza sin esfuerzo, mientras que la trivialidad es muestra aquí del gusto mismo, y, por un fenómeno inconcebible, se vuelve necesaria. Sólo el Renacimiento permitió entregarse a esas orgías de la inteligencia en las que los sentimientos no tienen parte, y Jarry, por un milagro, fue el último de esos orgiásticos sublimes.



Tenía admiradores y, entre sus lectores, figuraban filólogos y, sobre todo, matemáticos. Era popular, incluso, en la Escuela Politécnica. Pero, entre el público y los hombres de letras, eran muchos los que no sabían apreciarlo. Este desdén lo hacía sufrir enormemente. Una vez me habló largo y tendido de una carta en la que Francis Jammes lo sermoneaba con motivo del Supermacho, que acababa de aparecer. El poeta de Orthez decía que los libros de Jarry delataban al habitante de la ciudad al que la vida fuera de París le devolvería la salud moral, etc. Era eso o algo parecido. “¿Qué diría —observaba Jarry— si supiera que paso la mayor parte del año en el campo, a orillas de un río en el que pesco a diario?”.



Después de mucho tiempo sin encontrarme con él, volví a ver a Jarry en el momento en el que su existencia parecía volverse menos precaria. Publicaba libros, anunciaba La Dragona, hablaba de una pequeña herencia que incluía una torre en Laval. Esa torre, que tenía que hacer restaurar para vivir en ella, tenía la virtud singular de girar incesantemente sobre su base. El movimiento era, sin embargo, muy lento, ya que la torre tardaba cien años en dar la vuelta completa. Creo que esta historia fabulosa provenía de una logomaquia en la que se mezclaban los dos sentidos de la palabra tour y sus dos géneros [la tour: la torre; le tour: la vuelta]. Sea como sea, Jarry se enfermó, y de miseria. Lo salvaron unos amigos. Volvió a París con dinero y facturas de farmacia. ¡Eran cuentas de comerciantes de vinos!

Luego de esto ya no estuve al tanto de su existencia. Pero sé que en pocos días gastó mucho dinero en beber y apenas comió. No supe que lo habían llevado al Hôpital de la Charité. Parece que se mantuvo lúcido y travieso hasta el final. Georges Polti, que fue a visitarlo, se acercó a la cama y, como estaba muy conmovido y es muy corto de vista, no veía a Jarry, quien, moribundo y todo, gritó con voz fuerte, por el gusto de sorprender a su amigo y hacer que se estremeciese: “Y bien, Polti, ¿cómo anda todo?”.



Jarry murió el 1 de noviembre de 1906, y el 3 fuimos unos cincuenta los que seguimos el cortejo. Los rostros no estaban muy tristes, y solamente Fagus, Thadée Natanson y Octave Mirbeau tenían un aspecto un poquito fúnebre. Sin embargo, todo sentían profundamente la desaparición del gran escritor y el encantador muchacho que fue Jarry. Pero hay muertos a los que deploramos, no con lágrimas, sino de otro modo. No imaginamos plañideras en el entierro de Folengo, ni en el de Rabelais, ni en el de Swift. Tampoco hacían falta en el de Jarry. Muertos como estos nunca tuvieron nada en común con el dolor. Con sus sufrimientos nunca se mezcló la tristeza. En semejantes funerales, todos tenemos que mostrar un feliz orgullo de haber conocido a un hombre que nunca tuvo la necesidad de preocuparse por las miserias que lo agobiaban, a él y a los demás.

No, nadie lloraba detrás de la carroza fúnebre del Père Ubu. Y como era domingo, después del Día de los Muertos, la multitud de los que habían estado en el cementerio de Bagneux se repartió, al caer la tarde, por las tabernas de los alrededores. Éstas desbordaban de gente. Todos cantaban, bebían, comían embutidos: cuadro truculento como una descripción imaginada por aquél al que acabábamos de inhumar.

(Fin)



Traducción para Literatura y Traducciones de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán.


martes, 23 de junio de 2015

Guillaume Apollinaire: El difunto Alfred Jarry



En mayo de 2013, Ediciones De La Mirándola publicó "El amor en visitas" de Alfred Jarry, en una cuidada edición con prólogo de Lucio Arrillaga. Este retrato de Alfred Jarry por Guillaume Apollinaire que publicaremos en tres entregas proviene de los Contemporains pittoresques.



EL DIFUNTO ALFRED JARRY
(Segunda parte)

A su regreso del Grand-Lemps, en donde había ido a trabajar con Claude Terrasse, fue a buscarme a un bar inglés de la Rue d’Amsterdam al que yo solía ir. Cenamos allí y, como Jarry tenía oros, quiso pagarme una Bostock. En las galerías del fondo, aterró a quienes lo rodeaban con discursos sobre los leones, revelándoles ciertos secretos espantosos del arte de domar. El olor de las fieras lo embriagaba. Afirmaba que había cazado panteras en un jardín de la Rue de la Tour-des-Dames. En realidad, eran panteras jóvenes escapadas de la jaula, que había quedado abierta por descuido. Los anfitriones de Jarry, muy confusos, se dispusieron a matar a las pobres panteritas disparándoles con rifles desde las ventanas.
—No hagan nada —dijo Jarry—, yo me encargo de todo.
En el comedor en que se encontraba había una armadura de su talla. Se disfrazó de caballero y, todo recubierto de hierro, bajó al jardín sosteniendo una copa en la mano enfundada en la manopla. Las bestias dieron un salto y Jarry les presentó la copa vacía. Domadas en el acto, lo siguieron y volvieron a entrar en la jaula, que él cerró.
—Porque —decía Jarry— éste es el mejor método para reducir a las fieras. Así como la mayoría de los hombres, las bestias más crueles sienten horror por las copas vacías y, cuando ven una, el espanto las vuelve cobardes; entonces uno hace lo que quiere con ellas.
Y como, al contar estas historias, agitaba el revólver, los espectadores retrocedían, las mujeres se mostraban aterradas y algunas quisieron irse. Luego, Jarry no me ocultó la satisfacción que había sentido espantando a aquellos filisteos, y fue empuñando el revólver como subió a la imperial del autobús que lo llevaría de vuelta a Saint-Germain-des-Prés. Allí arriba, para despedirse, seguía agitando el trabuco.

El tal trabuco pasó unos seis meses en el atelier de uno de nuestros amigos. Éstas fueron las circunstancias:
Nos habían invitado a cenar en la Rue de Rennes. En la mesa, cuando alguien quiso leerle la mano, Jarry hizo ver que tenía todas las líneas por duplicado. Para mostrar su fuerza, rompió a puñetazos platos puestos boca abajo, y terminó lastimándose. El aperitivo y los vinos lo habían puesto nervioso. Los licores lo terminaron de excitar. Un escultor español quiso conocerlo y le dijo algunas gentilezas. Pero Jarry conminó a aquel bujarrón a que abandonara el comedor y no volviera a aparecer, y me aseguró que el muchacho acababa de hacerle las propuestas más indecentes. Al cabo de unos minutos, el español, que había huido, volvió y Jarry le disparó en el acto con su revólver. La bala fue a parar a una cortina. Dos mujeres encintas, que se encontraban cerca, se desmayaron. Los hombres tampoco se sentían tranquilos, y entre dos nos llevamos a Jarry. En la calle me dijo, con la voz del Père Ubu: “¿No es cierto que, como literatura, fue algo hermoso? Pero me olvidé de pagar las consumiciones”.
Al llevárnoslo, lo habíamos desarmado y, seis meses después, fue a Montmartre a reclamarnos el revólver que nuestro amigo se había olvidado de devolverle.
Las travesuras de Jarry le hicieron un daño enorme a su gloria, y su talento, uno de los más singulares y más sólidos de su época, no le daba suficientes ganancias para vivir. Vivía mal, se alimentaba en París con chuletas de cordero crudas y pepinillos en vinagre. Me aseguró que, para mejorar el funcionamiento de su estómago, solía beber antes de acostarse un gran vaso en el que había echado, por mitades, vinagre y ajenjo, mezcla extraña que ligaba añadiéndole una gota de tinta. Al pobre Père Ubu le faltaron las atenciones femeninas.
En Coudray vivía de la pesca; y, por cierto, es una suerte que a menudo haya vivido fuera de París, a orillas del río. La ciudad lo hubiera matado varios años antes de lo que lo hizo.
(continuará)


Traducción para Literatura y Traducciones de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán.


martes, 9 de junio de 2015

Guillaume Apollinaire: El difunto Alfred Jarry



En mayo de 2013, Ediciones De La Mirándola publicó "El amor en visitas" de Alfred Jarry, en una cuidada edición con prólogo de Lucio Arrillaga. Este retrato de Alfred Jarry por Guillaume Apollinaire que publicaremos en tres entregas proviene de los Contemporains pittoresques.



EL DIFUNTO ALFRED JARRY
(Primera parte)


La primera vez que vi a Alfred Jarry fue en las tertulias de La Plume, las segundas, de las que se decía que no valían tanto como las primeras. El Café du Soleil d’or [del sol de oro] había cambiado de nombre: se llamaba el Café du Départ [de la partida]. Este nombre melancólico precipitó sin duda el fin de las reuniones y quizás el de La Plume. ¡Esa invitación al viaje hizo que pronto partiéramos muy lejos unos de otros! Pese a todo, hubo en el sótano, en la Place Saint-Michel, algunas hermosas tertulias, y allí nacieron algunas amistades entre pocos.
Alfred Jarry, la noche de la que estoy hablando, me pareció la personificación de un río, un joven río sin barba, con ropas mojadas de ahogado. Los bigotitos caídos, la levita de faldones que se balanceaban, la camisa sin almidonar y los zapatos de ciclista, todo aquello tenía algo de blando, de esponjoso: el semidiós todavía estaba húmedo, parecía haber salido empapado pocas horas antes del lecho por el que corrían sus aguas.
Mientras tomábamos cerveza stout, simpatizamos. Recitó versos con rimas metálicas en orde y arde. Luego, después de oír una canción nueva de Cazals, nos fuimos durante un cake-walk desenfrenado en el que se mezclaban René Puaux, Charles Doury, Robert Scheffer y dos mujeres a las que se les desarmaba el peinado.
Pasé casi toda la noche caminando a grandes pasos por el Boulevard Saint-Germain con Alfred Jarry, mientras hablábamos de heráldica, de herejías, de versificación. Me habló de los marinos entre los cuales vivía gran parte del año, de las marionetas a las que había hecho interpretar Ubú por primera vez. La voz de Alfred Jarry era nítida, grave, rápida y, a veces, enfática. De pronto dejaba de hablar para sonreír y bruscamente volvía a ponerse serio. Movía la frente sin cesar, pero la ancho y no a lo alto, como es común ver. A eso de las cuatro de la mañana se nos acercó un hombre para preguntarnos cómo ir a Plaisance. Jarry sacó rápidamente un revólver, conminó al transeúnte a que retrocediese seis pasos y le dio la información. Luego de esto nos despedimos y él volvió a su grande chamblerie [nombre que daba Jarry a la habitación en que vivía] de la Rue Cassette, adonde me invitó a que fuese a verlo.

—¿Monsieur Alfred Jarry?
—En el tercero y medio.
Esta respuesta de la portera me extrañó. Subí a la habitación de Alfred Jarry, que efectivamente vivía en el tercero y medio. Como los pisos de la casa le habían parecido demasiado altos al dueño, éste los había desdoblado. Esa casa, que aún existe, tiene de este modo unos quince pisos, pero como, en definitiva, no es más alta que las demás casas del barrio, no es más que una reducción de rascacielos.
Por otra parte, las reducciones abundaban en la vivienda de Alfred Jarry. Ese tercero y medio no era más que una reducción de piso, en donde el inquilino podía estar cómodamente de pie, mientras que yo, más alto que él, estaba obligado a agacharme. La cama no era más que una reducción de cama, es decir un jergón: ya que las camas bajas estaban de moda, me dijo Jarry. La mesa para escribir no era más que una reducción de mesa, ya que Jarry escribía acostado boca abajo en el piso. El mobiliario no era más que una reducción de mobiliario, que sólo estaba compuesto de la cama. De la pared colgaba una reducción de cuadro. Era un retrato de Jarry del que éste había quemado la mayor parte, dejando sólo la cabeza que lo mostraba parecido al Balzac de cierta litografía que conozco. La biblioteca no era más que una reducción de biblioteca, y eso ya es mucho decir. Se componía de una edición popular de Rabelais y de dos o tres volúmenes de la Biblioteca Rosa. Encima de la chimenea se alzaba un gran falo de piedra, trabajo japonés, regalo de Félicien Rops a Jarry, que siempre tenía aquella verga enorme tapada por un gorro de terciopelo violeta, desde el día en que el exótico monolito había espantado a una literata que se había quedado sin aliento después de subir al tercero y medio y que estaba desconcertada por esa grande chamblerie desamueblada.
—¿Es un calco? —preguntó la dama.
—No —respondió Jarry—, es una reducción.
(continuará)
Traducción para Literatura y Traducciones de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán.




martes, 2 de junio de 2015

Paul Léautaud: Los últimos días de Alfred Jarry




En mayo de 2013, Ediciones De La Mirándola publicó "El amor en visitas" de Alfred Jarry, en una cuidada edición con prólogo de Lucio Arrillaga. Estas páginas del célebre Journal littéraire de Paul Léautaud, inéditas hasta ahora en castellano, nos permiten asistir a los últimos días de uno de nuestros autores de predilección.


LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ALFRED JARRY

Miércoles 23 de enero (1907). Ayer martes, en el Mercure, vi a Jarry que va por segunda a refugiarse en su provincia, en casa de su hermana, en Laval. Hablé de él con Valette. Acabado, completamente acabado, ese pobre Jarry. Enfermo, desquiciado por las privaciones, el alcoholismo y la masturbación, incapaz de ganarse la vida de ningún modo, ni con un empleo ni con una colaboración cualquiera a un periódico. Hace dos o tres años lo hicieron entrar al Figaro. No hacía nada, o lo que hacía era ilegible. Lleno de deudas y ya un poco loco, hace un año organizaron en el Mercure la publicación, en tirada limitada y muy cara, de un pequeño libro suyo. Eso le procuró, una vez pagadas todas sus deudas, alrededor de ochocientos o mil francos. Se lo gastó todo en copas, en recorridas por los cafés, de modo que hoy, molido y jodido, se resigna a volver a casa de su hermana. “Lo mejor sería que nunca volviese”, me decía Vallette. “Está jodido. Ni siquiera es capaz de hacer un mandado.”
Lunes 28 de octubre. —Esta noche, después de cenar, para dar un paseo fui a llevarles un poco de comida a unos gatos abandonados en el Luxemburgo. Parece que Jarry se está muriendo en el hospital de La Charité. Fue Van Bever quien me lo dijo esta tarde.
Miércoles 30 de octubre. —[…] Parece que Jarry se recupera.
Sábado 2 de noviembre. —Esta mañana fui a hacerme sacar otro diente. En el camino, vi en el Gil Blas que ayer murió Jarry.
Almorcé en casa de Bl…, muy tarde. Al volver pasé por el Mercure. Me encontré a Van Bever que estaba enviando los partes de defunción de Jarry. El entierro tendrá lugar mañana a las tres, Saint-Sulpice y Bagneux. […]
Vallette ha llegado. Él es quien se hace cargo de todo lo de Jarry, junto con Mirbeau, Nathanson y Claude Terrasse.
Ingenuidad y torpeza de Nathanson diciéndole a Vallette: “¿Necesita dinero? ¿Quiere algo ya mismo?”. Según él, el Mercure no tiene ni cien centavos en la caja, probablemente. Iglesia, cementerio, entre todo, las exequias de Jarry ascienden a quinientos francos. A Vallette le seguía pareciendo que eso era muy poco. Ya empiezan las exageraciones de circunstancias: volúmenes póstumos, artículos ditirámbicos, hasta un posible monumento, etc. Siempre lo mismo. Jarry —es cierto que era alcohólico y borracho perdido— se moría de hambre. Nadie se ocupaba de eso, salvo Vallette, que hizo mucho y varias veces. Ahora que ha muerto encuentran que tenía genio.
Domingo 3 de noviembre. —Hoy, entierro de Jarry. Llegué a La Charité a las tres menos veinte. Habíamos quedado en reunirnos aparte en un patiecito. Cuando llegué, Mirbeau me vio y se tomó la molestia de salir a mi encuentro para saludarme muy cordialmente. Me preguntó primero si había visto a Jarry muerto. Le respondí que no. […]
Me encuentro con Vallette. También me pregunta si vi a Jarry. Le respondo que no. “¿Quiere verlo?”, me dice, y lo sigo. En una especie de cobertizo estaba expuesto el ataúd, todavía abierto, lo que yo no había sospechado al verlo de lejos. Me quedé un rato mirando al pobre Ubú. Realmente, se lo veía mejor que cuando estaba vivo, tenía el aspecto de un joven Cristo de la escuela española, con un rostro muy calmo, muy sereno. Siempre la expresión habitual: como de alguien que duerme. Es curiosa esa especie de barniz que la muerte pone sobre los rostros.
Jueves 7 de noviembre. —[…] Vallette, entonces, nos habló de Jarry a Morisse y a mí. Habla muy de él, y muy adecuadamente. Le dije que tendría que escribir un artículo. Jarry es una figura curiosa. Nadie hará el artículo, y si Vallette no lo hace ahora, nunca lo hará. Sostiene que ya no está en forma para escribir y que no tiene tiempo.
El autor del artículo de L’Intransigeant dijo que el éxito que le dio una camarilla literaria a Ubú Rey condujo a Jarry a construirse un personaje singular, que vivía con un tabú y que escribía cosas de chiflado, que en poco tiempo lo volvieron loco en serio.
Es olvidar, o ignorar: que Ubú Rey es una obra alumnos del secundario, que escribieron en el secundario, para ridiculizar a un profesor, Jarry y dos de sus compañeros, y que se representó en familia, en la casa de la misma madre de Jarry, la que había hecho, ella misma, el sombrero de la marioneta de Ubú, sombrero que poseen Rachilde y Vallette, como regalo de Jarry.
Que mucho antes de que Ubú Rey se representase y lo hiciese conocer, Jarry ya había escrito y publicado cosas chifladas, locas, incomprensibles. La prueba: Les Minutes de Sable Mémorial.
Vallette contaba cosas muy justas sobre Jarry. No tenía nada de arribista. Así, la noche de la representación de Ubú Rey, Vallette, él y Rachilde, estaban en el café con Mendès. Mendès estaba en una mesa escribiendo su artículo. Como no sabía muy bien cómo salir del paso, le pidió a Rachilde, para que no pareciese que se hacía ayudar abiertamente por Jarry, que hiciera que Jarry fuera a sentarse a su lado. Charlarían distraídamente, y Mendès obtendría lo que quería. Jarry se negó de plano, y le respondió a Rachilde: “Pero no, pero no”, con esa voz y esa entonación especial que tanto le gustaban y riéndose. “Dejémoslo que chapotee y se enrede. Será mucho más gracioso”. Ése es realmente el carácter de Jarry.
Le dije a Vallette lo convencido que estoy de que debió sufrir moralmente, al volverse incapaz de escribir, incapaz de terminar nada, de poner en pie nada. Pero no reconocía nada de eso, muy por el contrario, de tan orgulloso que era. Pobre muchacho, lo mucho que debe de haberse reído, a veces, bebiendo para excitarse, y luego, borracho, durmiendo como un tronco varios días seguidos, y tan pobre, además.
Curioso individuo, estrafalario, sumamente inteligente e instruido, extraño, incluso desconcertante, pero de lo más interesante, en sus buenos tiempos, hace cinco o seis años. Personas que desde entonces no lo veían, que incluso lo conocieron muy poco, quizás incluso que lo comprendieron muy poco, sintieron eso, sin embargo, y lo recordaron, y fueron a las exequias. La prueba: André Lebey.
En su cama de hospital, ya no decía más que estas palabras: Je cherche, je cherche, je cherche, je cherche (estoy buscando…), sin parar, sesenta veces, cien veces seguidas. Al acercarse la muerte, ya no era más que un sonido: j'ch, j'ch, j'ch, el sonido de la j y de la ch.
Vallette tiene el manuscrito de un libro de Jarry completamente terminado, del que muchas veces lo oí hablar: Vida y opiniones del Doctor Faustroll, patafísico. Va a ver si puede publicar algunos fragmentos en el Mercure. En cuanto a publicar el libro mismo, es como todo lo que escribía Jarry: prácticamente ilegible, de tan oscuro.


PAUL LÉAUTAUD
Journal littéraire 1907-1909.
Traducción para Literatura y Traducciones de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán.


LES DERNIERS JOURS D'ALFRED JARRY

Mercredi 23 janvier (1907). Hier mardi, au Mercure, j'ai vu Jarry, qui s'en va une seconde fois se retirer dans sa province, chez sa sœur, à Laval. J'ai parlé de lui avec Valette. Fini, bien fini, ce pauvre Jarry. Malade, détraqué par les privations, l'alcoolisme et la masturbation, incapable de gagner sa vie en aucune façon, ni avec un emploi, ni par une collaboration quelconque à un journal. On l'avait fait entrer il y a deux ou  trois ans au Figaro. Il ne faisait rien, ou ce qu'il faisait était illisible. Couvert de dettes et déjà un peu fou, il y a un an on avait organisé au Mercure la publication, à tirage restreint et très cher, d'un mince ouvrage de lui. Cela lui avait fourni, toutes ses dettes payées, environ un billet de huit cents à mille francs. Il a tout mangé à boire, à courir les cafés, si bien qu'aujourd'hui, fourbu et fichu, il se résigne à repartir chez sa sœur. « Le mieux serait qu'il ne revienne jamais, me disait Vallette. Il est fichu. Pas même capable de faire une course. »
Lundi 28 Octobre. — Ce soir, après dîner, pour me promener, je suis allé porter une petite pâtée à des chats perdus du Luxembourg. Il paraît que Jarry est en train de mourir à l'hôpital de la Charité. C'est Van Bever qui me l'a dit cette après-midi.
Mercredi 30 octobre. —[…] Il paraît que Jarry se remonte.
Samedi 2 Novembre. — Été ce matin me faire enlever encore une dent. En passant, je vois dans le Gil Blas que Jarry est mort hier.
Déjeuné chez Bl..., fort tard. En rentrant, passé au Mercure. Je trouve Van Bever en train  d'expédier les faire-part Jarry. L'enterrement a lieu demain à trois heures, Saint-Sulpice et Bagneux. […]
Vallette est arrivé. Toute l'affaire Jarry se fait par ses soins, et ceux de Mirbeau, de Nathanson et de Claude Terrasse.
Naïveté et maladresse de Nathanson disant à Vallette : « Avez-vous besoin d'argent ? Voulez-vous tout de suite quelque chose ? » Pour lui, le Mercure n'a pas cent sous en caisse, probablement. Église, cimetière, tout compris, les obsèques de Jarry reviennent à cinq cents francs. Vallette avait encore l'air de trouver que c'était bien peu de chose. Les exagérations de circonstance commencent déjà : volumes posthumes, articles dithyrambiques, question même d'un monument, etc... Toujours la même histoire. Jarry — il est vrai qu'il était alcoolique et ivrogne invétéré — mourait de faim. On ne s'en occupait pas, sauf Vallette, qui a fait beaucoup, et à plusieurs reprises. Maintenant qu'il est mort, on lui trouve du génie.
Dimanche 3 Novembre. — Aujourd'hui, enterrement de Jarry. Je suis arrivé à la Charité à trois heures moins vingt. On se réunissait dans une petite cour à part. Quand j'y suis arrivé, Mirbeau m'a aperçu et s'est dérangé pour venir au-devant de moi me dire bonjour très cordialement. II m'a d'abord demandé si j'avais vu Jarry mort. Je lui ai répondu non. […]
Je trouve Vallette. Il me demande aussi si j'ai vu Jarry. Je lui réponds non. « Voulez-vous le voir », me dit-il, et je le suis. Sous une sorte de hangar, le cercueil était exposé, encore ouvert, ce dont je ne m'étais pas douté en le voyant de loin. Je suis resté un moment à regarder ce pauvre Ubu. Il  tait mieux que vivant, certes, l'air d'un jeune Christ de l'école espagnole, avec un visage très calme, très reposé. Toujours l'expression habituelle : l'air de dormir. C'est curieux cette espèce de vernis que la mort met sur les visages.
Jeudi 7 Novembre. — […] Vallette nous a parlé alors de Jarry, à Morisse et à moi. Il en parle très bien, et très justement. Je lui disais qu'il devrait écrire un article. Jarry est une figure curieuse. Personne ne fera l'article, et si Vallette ne le fait pas maintenant, il ne le fera jamais. Il prétend n'être plus en forme pour écrire, et n'avoir pas le temps.
L'auteur de l'article de L’Intransigeant dit que le succès fait par une coterie littéraire à Ubu roi a amené Jarry à se faire un personnage singulier, vivant avec un tabou, et écrivant des choses tourneboulées, pour bientôt en devenir fou pour de bon.
C'est oublier, ou ignorer : que Ubu roi est une œuvre d'élèves de collège écrite au collège, pour ridiculiser un professeur, par Jarry et deux de ses camarades, et représentée en famille chez la mère même de Jarry, laquelle avait confectionné elle-même le chapeau de la marionnette d'Ubu, chapeau que Rachilde et Vallette possèdent, comme un cadeau de Jarry.
Que bien avant que Ubu roi fût représenté et l'eût fait connaître, Jarry avait déjà écrit et publié des choses tourneboulées, folles, incompréhensibles. Témoin : Les Minutes de Sable Mémorial.
Vallette racontait des choses très justes sur Jarry. Rien d'un arriviste. Ainsi, le soir de la  représentation de Ubu roi, Vallette, lui et Rachilde étaient au café avec Mendès. Mendès était à une table, écrivant son article. Ne sachant trop comment s'en tirer, il demanda à Rachilde, ne voulant pas avoir l'air de se faire éclairer ouvertement par Jarry, de faire en sorte que Jarry vînt s'asseoir à côté de lui. Ils causeraient négligemment, et Mendès aurait ce qu'il voulait. Jarry s'y refusa absolument, répondant à Rachilde : « Mais non, mais non », avec cette voix et cette intonation spéciale qu'il affectionnait, et riant. « Laissons-le barboter, s'empêtrer. Ce sera bien plus drôle. » Cela, c'est bien le caractère de Jarry.
Je disais à Vallette combien je pensais qu'il a dû souffrir moralement, devenu impuissant à écrire, ne pouvant rien finir, rien mettre sur pied. Il n'en avouait rien, bien au contraire, grand orgueilleux qu'il était. Pauvre garçon, ce qu'il n'a pas dû rire, quelquefois, buvant pour s'exciter, puis, ivre, dormant comme un plomb des jours de suite, et si pauvre, en plus.
Curieux individu, original, extrêmement intelligent et instruit, bizarre, déroutant même, mais intéressant au possible, à sa belle époque, il y a cinq ou six ans. Des gens qui ne l'avaient pas vu depuis, qui l'ont même très peu connu, peut-être même très peu compris, ont tout de même senti cela, et s'en sont souvenus, et sont venus aux obsèques. Témoin : André Lebey.
Dans son lit d'hôpital, il ne disait plus que ces mots : Je cherche, je cherche, je cherche, je cherche, sans s'arrêter, soixante fois, cent fois de suite. La mort approchant, ce n'était plus devenu qu'un son : j'ch, j'ch, j'ch, le son du j et du ch.
Vallette a le manuscrit d'un livre de Jarry complètement terminé, dont je l'avais souvent entendu parler : Vie et Opinions du docteur Faustroll, pataphysicien. Il va voir s'il peut en publier quelques morceaux dans le Mercure. Pour publier le livre même, c'est comme tout ce qu'écrivait Jarry : à peu près illisible, à force d'obscurité.
 PAUL LÉAUTAUD - Journal littéraire 1907-1909.

jueves, 9 de octubre de 2014

Alfred Jarry: Dos especulaciones


Alfred Jarry - Dos especulaciones 









LA CERVELLE DU SERGENT DE VILLE

ON n’a point oublié cette récente et lamentable affaire: à l’autopsie, on trouva la boîte crânienne d’un sergent de ville vide de toute cervelle, mais farcie de vieux journaux. L’opinion publique s’émut et s’étonna de ce qu’elle jugea une macabre mystification. Nous aussi, nous sommes douloureusement ému, mais en aucune façon étonné.

  Nous ne voyons point pourquoi on se serait attendu à découvrir autre chose dans le crâne du sergent de ville que ce qu’on y a en effet trouvé. C’est une des gloires de ce siècle de progrès que la grande diffusion de la feuille imprimée; et en tous cas il n’est point douteux que cette denrée s’atteste moins rare que la substance cérébrale. À qui de nous n’est-il pas arrivé infiniment plus souvent de tenir entre les mains un journal, vieux ou du jour, que même une parcelle de cervelle de sergent de ville? À plus forte raison serait-il oiseux d’exiger que pussent en présenter à toute réquisition une tout entière ces obscures et peu rémunérées victimes du devoir. Et d’ailleurs, le fait est là: c’étaient bien des journaux.


Alfred Jarry, por Sebastiano Zampini

EL CEREBRO DEL AGENTE DE POLICÍA

  NADIE ha olvidado este reciente y lamentable asunto: en el momento de la autopsia, se encontró la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de sesos, pero llena de diarios viejos. La opinión pública quedó conmocionada y sorprendida por lo que consideró una macabra mistificación. También nosotros estamos dolorosamente conmocionados, pero de ninguna manera sorprendidos.

  No vemos por qué se esperaba descubrir en el cráneo del agente de policía algo distinto de lo que efectivamente se encontró en él. La gran difusión de los periódicos es una de las glorias de este siglo de progreso; y, en todo caso, no cabe duda de que este producto resulta menos escaso que la sustancia cerebral. ¿Quién de nosotros no ha tenido muchísimo más a menudo en las manos un diario, atrasado o de la fecha, antes que, aunque más no fuese, una pequeña porción de sesos de agente de policía? Con más razón aún, sería ocioso exigir que esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber pudieran presentar, cada vez que se lo requiriese, un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está allí: eran, realmente, diarios.

sábado, 1 de junio de 2013

Un poema de Alfred Jarry

Ediciones De La Mirándola acaba de publicar, en su colección Gálica Máxima, una nueva y muy completa edición de EL AMOR EN VISITAS, de ALFRED JARRY. A esta obra, de lectura imprescindible para adentrarse en el particularísimo mundo del autor, pertenece este poema que aquí ofrecemos en versión bilingüe.
EL AMOR EN VISITAS

Trois grenouilles passèrent le gué,
Ma mie Olaine,
Avec des aiguilles et un dé,
Du fil de laine.

C'est pour la robe du roi,
Ma mie Olaine,
Qu'elles feront avec le doigt
Et de la laine.

Voici qu'arrive le bourreau,
Ma mie Olaine,
Apportant un grand sarrau
De grosse laine.

— Coupez, cousez l'habit d'elbeuf,
Ma mie Olaine.
C'est plein de sang, mais c'est tout neuf
Et c'est en laine !

— Nous ne toucherons point au sang,
Ma mie Olaine,
Aimerions mieux pourrir dedans
Avec la laine !

Le roi n'est plus, le roi est mort,
Ma mie Olaine,
Et nous partagerons son sort :
Cassez la laine !




Tres ranas pasaron el vado,
    Mi querida Oliana,
  Con agujas y un dado,
    Con hilo de lana.

  Es para la túnica del rey,
    Mi querida Oliana,
  Que ellas harán con el dedo
    Y con la lana.
 
  Aquí llega el verdugo,
    Mi querida Oliana,
  Trayendo un gran blusón
    De gruesa lana.
 
  —Corten, cosan la tela de Elbeuf,
    Mi querida Oliana.
  ¡Está llena de sangre, pero es flamante
    Y está hecha de lana!
 
  —¡No tocaremos la sangre,
    Mi querida Oliana,
  Más querríamos pudrirnos por dentro
    Como la lana!

  Ya no hay más rey, el rey ha muerto,
    Mi querida Oliana,
  Y nosotros compartiremos su suerte:
    ¡Corten la lana!

Poema incluido en El amor en visitas. Prólogo de Lucio Arrillaga. Traducción, apéndices, notas y cronología de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán. ©Ediciones De La Mirándola, mayo de 2013.

jueves, 23 de mayo de 2013

Novedades de mayo de 2013


Estimados amigos:

Tenemos el agrado de presentarles los libros que publicamos este mes. En la lista verán a Alfred JarryRainer Maria Rilke y Kamo no Chômei. En nuestro nuestro sitio pueden descargar los fragmentos gratuitos de los libros incluidos en nuestro catálogo general o dirigirse a los distintos puntos de venta, así como descargar las versiones completas de los títulos que integran nuestra colección gratuita Biblioteca Franca

NUEVOS TÍTULOS:

Obra aparentemente atípica en la producción del autor, El amor en visitas se presenta como un conjunto de once relatos o capítulos en los que se describen los distintos modos de acercamiento a la pasión amorosa. Su amplio abanico expresivo se inicia con episodios vodevilescos que hacen pensar en el hilarante teatro de Georges Feydeau, para llegar, en los últimos, al Jarry más típico, con toda su hondura filosófica, su gozosa extravagancia, su perturbadora poesía y el infaltable e inefable personaje de Ubú. Hay, sin embargo, en el conjunto de estos episodios, una coherencia subyacente que, como se destaca en el prólogo a esta edición, hace de este libro una obra fundamental para entrar en el rico y variado mundo de Alfred Jarry.



Universalmente reconocido como uno de los mayores poetas del siglo XX, Rainer Maria Rilke es asimismo autor de varios poemarios escritos en francés. Vivió en París unos diez años, y, a partir de 1921, se estableció en el cantón suizo del Valais; su primer libro francés data de 1924. En esos años, la lengua francesa pasó de herramienta utilitaria a medio de expresión poética. Rilke sintió, sin duda, los riesgos de escribir en otra lengua para expresar “un vago más o menos que zozobra / o peor aún: el vallado que excluye”, como escribió en VergelesEl presente volumen de Ediciones De La Mirándola reúne, en edición bilingüe, los poemas de Las cuartetas valesanas y Tiernos tributos a Francia.



"Sin cesar fluye el río, pero el agua nunca es la misma [...] Así son, en este mundo, los hombres y sus moradas." Con estas palabras en que es inevitable encontrar un paralelismo con la filosofía de Heráclito, comienza el Hôjôki, estas Notas desde mi cabaña de monje que, en su brevedad y concisión, lograron convertirse en un clásico indispensable del ensayo japonés. Las reflexiones de Kamo no Chômei sobre lo transitorio y lo precario de la existencia, sobre la impermanencia esencial de las vidas y las obras de los hombres, atravesaron los siglos conservando toda su frescura, su intensa poesía, y todo su poder de conmovernos, invitándonos a la reflexión.





Novedades de BIBLIOTECA FRANCA:

Una deliciosa evocación del Buenos Aires de hace 127 años, lúcida y amorosa mirada al pasado, al presente... y al futuro, por un autor argentino de reconocido valor: Ernesto Schoo.


Diógenes Laercio, de quien no sabemos casi nada, nos transmite lo poco que sabemos de la vida de uno de los mayores filósofos de la humanidad.


Dos semblanzas justas, incisivas, inolvidables, del más francés de los escritores argentinos, y el más argentino de los escritores franceses: Paul Groussac.