jueves, 28 de mayo de 2026

Joseph Joubert: El autor se retrata a sí mismo

EL AUTOR SE RETRATA A SÍ MISMO

He dado mis flores y mis frutos: ya no soy más que un tronco resonante; pero quien se sienta a mi sombra y me escucha, se vuelve más sabio.

Me parezco en muchas cosas a la mariposa: como ella, amo la luz; como ella, quemo allí mi vida; como ella, necesito, para desplegar mis alas, que en la sociedad haga buen tiempo a mi alrededor, y que mi espíritu se sienta envuelto y como impregnado de una temperatura suave, la de la indulgencia; tengo el espíritu y el carácter friolentos.

Necesito que las miradas favorables brillen sobre mí. De mí es cierto lo que se dice: «Quien agrada es rey, quien ya no agrada no es nada». Voy adonde se me desea al menos con tanta voluntad como adonde me place.

Me cuesta dejar París, porque tengo que separarme de mis amigos, y me cuesta dejar el campo, porque tengo que separarme de mí mismo.

Tengo una mente muy afectuosa y un corazón obstinado. Todo lo que admiro me es querido, y todo lo que me es querido no puede llegar a serme indiferente.

Filantropía y arrepentimiento es mi lema.

No me gusta mucho la prudencia si no es moral. Tengo mala opinión del león desde que sé que su paso es oblicuo.

Cuando mis amigos son tuertos, los miro de perfil.

No quiero ni una mente sin luz, ni una mente sin venda. Hay que saber cegarse valientemente por la felicidad de la vida.

En lugar de quejarme de que la rosa tiene espinas, me felicito de que la espina esté coronada de rosas y de que el arbusto dé flores.

No hay buen gusto sin un poco de desprecio por los demás. Ahora bien, me resulta imposible despreciar a un desconocido.

Me son familiares las expresiones propias de la confianza, pero no las propias de la familiaridad.

Nunca he aprendido a hablar mal, a injuriar ni a maldecir.

Imito a la paloma: a menudo le tiro una brizna de hierba a la hormiga que se ahoga.

Cuando recojo conchas y encuentro perlas en ellas, extraigo las perlas y tiro las conchas.

Si tuviera que elegir, preferiría la indulgencia que les da a los hombres tiempo para mejorar, antes que la severidad que los empeora, y la precipitación que no espera al arrepentimiento.

Prefiero aún más a quienes hacen amable el vicio que a quienes degradan la virtud.

Cuando rompo los cristales, quiero que se sientan tentados a pagármelos.

El dolor de la disputa supera con creces su utilidad. Toda disputa ensordece el espíritu, y cuando los demás están sordos, yo me quedo mudo.

No llamo razón a esa razón brutal que aplasta con su peso lo que es santo y lo que es sagrado; a esa razón maligna que se regocija de los errores cuando puede descubrirlos; a esa razón insensible y desdeñosa que insulta a la credulidad.

La bondad ajena me complace tanto como la mía.

Mis descubrimientos, y cada uno tiene los suyos, me han hecho volver a los prejuicios.

Mi alma habita un lugar por donde han pasado las pasiones: las he conocido todas.

He cruzado el río del olvido.

¡El camino de la verdad! He dado un largo rodeo por él; por eso, el país en el que ustedes se pierden me es bien conocido.

La revolución ha expulsado mi espíritu del mundo real al hacerlo demasiado horrible para mí.

Pero, en efecto, ¿cuál es mi arte? ¿Cuál es el nombre que lo distingue de los demás? ¿Qué fin se propone? ¿Qué cosa hace nacer y existir? ¿Qué pretendo y qué quiero al ejercerlo? ¿Es escribir en general y asegurarme de ser leído, única ambición de tanta gente? ¿Es eso todo lo que quiero? ¿No soy más que un erudito, o tengo una clase de ideas que sea fácil de definir y cuya naturaleza y carácter, mérito y utilidad se puedan determinar? Es esto lo que hay que examinar atentamente, largamente y hasta que lo sepa.

Habré soñado con lo bello, como otros dicen que sueñan con la felicidad. Pero el mío es un sueño mejor, pues la muerte misma y su aspecto, lejos de perturbar su continuidad, le dan mayor extensión. Este sueño, que se mezcla con todas las vigilias, con toda la sangre fría, y que se fortalece con todas las reflexiones, ninguna ausencia, ninguna pérdida puede causar su interrupción de manera irreparable.

Soy apto para sembrar, pero no para construir ni fundar.

El cielo sólo ha puesto en mi inteligencia rayos, y sólo me ha dado como elocuencia palabras bellas. Solo tengo fuerza para elevarme, y como virtud sólo una cierta incorruptibilidad.

Soy, como Montaigne, incapaz del discurso continuo.

A menudo he rozado con los labios la copa donde estaba la abundancia; pero es un agua que siempre se me ha escapado.

Soy como un arpa eólica, que produce algunos sonidos hermosos, pero que no ejecuta ninguna melodía. Ningún viento constante ha soplado sobre mí.

Me paso la vida persiguiendo mariposas, dando por buenas las ideas que se ajustan a las comunes, y las demás sólo por mías.

Como Dédalo, me forjo alas; las voy haciendo poco a poco, añadiendo una pluma cada día.

A mi espíritu le gusta viajar por espacios abiertos y jugar en oleadas de luz, donde no ve nada, pero donde se impregna de alegría y claridad. ¿Y qué soy yo… sino un átomo en un rayo?

Mis efluvios son los sueños de una sombra.

Me parezco al álamo, ese árbol que siempre parece joven, incluso cuando es viejo.

Doy gracias al cielo por haber hecho de mi espíritu algo ligero, capaz de elevarse a lo alto.

Madame Victorine de Châtenay decía de mí que parecía un alma que se había topado por casualidad con un cuerpo y que se las apañaba como podía. No puedo negar que esa frase sea acertada.

Me gusta, como a la alondra, pasear lejos y por encima de mi nido.

En mis moradas, quiero que siempre haya mucho cielo y poca tierra. Mi nido será de pájaro, pues mis pensamientos y mis palabras tienen alas.

¡Oh, qué difícil es ser a la vez ingenioso y sensato! Durante mucho tiempo me vi privado de las ideas que convenían a mi espíritu, o del lenguaje que convenía a esas ideas. Durante mucho tiempo soporté los tormentos de una fecundidad que no puede ver la luz.

Mi espíritu necesita trabas, como los pies de ese Ligero del cuento de hadas, cuando quería alcanzar algo.

No me gusta la filosofía, y sobre todo la metafísica, ni cuadrúpeda ni bípeda; la quiero alada y cantarina.

Ustedes llegan a la verdad por la poesía, y yo llego a la poesía por la verdad.

Se puede tener tacto muy pronto y gusto muy tarde; eso es lo que me ha pasado a mí.

Me gustan pocos cuadros, pocas óperas, pocas estatuas, pocos poemas, y sin embargo me gustan mucho las artes.

¡Ah! Si pudiera expresarme mediante la música, la danza, la pintura, como me expreso mediante la palabra, ¡cuántas ideas tendría que no tengo, y cuántos sentimientos que siempre me serán desconocidos!

Todo lo que me parece falso no existe para mí. Para mi espíritu es una nada que no le ofrece ningún punto de apoyo. Por eso no sabría combatirlo ni refutarlo, salvo asimilándolo a algo existente y razonando por alguna vía de comparación.

Las claridades ordinarias ya no me bastan cuando el sentido de las palabras no es tan claro como su sonido, es decir, cuando no ofrecen a mi pensamiento objetos tan transparentes en sí mismos como los términos que los denominan.

Tengo muy estrecha esa parte de la cabeza destinada a recibir las cosas que no son claras.

¿Por qué me canso tanto al hablar? Es que, cuando hablo, una parte de mis fibras se pone en ejercicio, mientras que la otra permanece en el abatimiento; la que actúa soporta sola el peso de la acción, por lo que pronto se ve abrumada; hay al mismo tiempo una distribución desigual de fuerzas y una distribución desigual de actividad. De ahí el cansancio total, cuando lo que era fuerte se cansa; pues entonces la debilidad está por todas partes.

Cuando brillo… me consumo.

Solo puedo hacer las cosas bien con lentitud y con un cansancio extremo. Detrás de mi debilidad hay fuerza; la debilidad está en el instrumento. Detrás de la fuerza de mucha gente hay debilidad. Ésta reside en el corazón, en la razón, en la falta de buena voluntad sincera.

Tengo demasiado cerebro para mi cabeza; no puede moverse a gusto en su estuche.

Tengo muchas formas de ideas, pero muy pocas formas de frases.

En todas las cosas, me parece que me faltan las ideas intermedias, o me aburren demasiado.

He querido prescindir de las palabras y las he desdeñado: las palabras se vengan con la dificultad.

Si hay un hombre atormentado por la maldita ambición de poner todo un libro en una página, toda una página en una frase, y esa frase en una palabra, ese soy yo.

Ciertas partes nacen en mí de forma demasiado acabada como para que pueda dispensarme de acabar del mismo modo todo lo que debe acompañarlas. Sé demasiado bien lo que voy a decir, antes de escribir.

La atención se mantiene, en los versos, gracias al placer del oído. La prosa no cuenta con esa ayuda; ¿podría tenerla? Lo intento; pero creo que no.

Me gustaría sacar todo mi efecto del sentido de las palabras, como ustedes lo sacan de su sonido; de su elección, como ustedes de su multitud; de su propio aislamiento, como ustedes de sus armonías; deseando, sin embargo, que haya también armonía entre ellas, pero una armonía de naturaleza y conveniencia, no de artificio, de mera mezcla o de encadenamiento.

Ignorantes, que solo conocen sus clavicordios o sus órganos, y para quienes los aplausos son necesarios, como un acompañamiento sin el cual sus acordes serían incompletos, yo no puedo imitarlos. Toco la lira antigua, no la de Timoteo, sino la lira de tres o cinco cuerdas, la lira de Orfeo, esa lira que causa tanto placer al que la sostiene como a los que la miran, pues está absorto en su melodía, se ve obligado a escucharse; se oye a sí mismo, se juzga, se encanta a sí mismo.

Se dirá que hablo con sutileza. A veces es el único medio de penetración que el espíritu tiene en su poder, ya sea por la naturaleza de la verdad a la que quiere llegar, ya sea por la de las opiniones o ignorancias a través de las cuales se ve reducido a abrirse penosamente una salida.

Me gusta ver dos verdades a la vez. Toda buena comparación ofrece al espíritu esa ventaja.

Siempre tengo una imagen que plasmar, una imagen y un pensamiento, dos cosas por una y doble trabajo para mí.

No es mi frase lo que pulo, sino mi idea. Me detengo hasta que la gota de luz que necesito se forma y cae de mi pluma.

Me gustaría acuñar la sabiduría, es decir, plasmarla en máximas, en proverbios, en frases fáciles de recordar y transmitir. ¡Ojalá pudiera desacreditar y desterrar del lenguaje de los hombres, como una moneda falsificada, las palabras de las que abusan y que los engañan!

Me gustaría trasladar el sentido exquisito al sentido común, o hacer común el sentido exquisito.

Necesitaba la vejez para aprender lo que quería saber, y necesitaría la juventud para expresar bien lo que sé.

El cielo solamente le había dado a mi espíritu fuerza por un tiempo, y ese tiempo ha pasado.

Los hombres deben rendir cuentas de sus acciones; pero yo, de mis pensamientos tendré que dar cuenta. No sólo sirven de fundamento a mi obra, sino a mi vida.

¡Mis ideas! Es la casa para alojarlas lo que me cuesta construir.

El gusano de seda hila sus capullos, y yo hilo los míos; pero no se desenrollarán. ¡Como le plazca a Dios!

JOSEPH JOUBERT

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

L’AUTEUR PEINT PAR LUI-MÊME

J’ai donné mes fleurs et mon fruit : je ne suis plus qu’un tronc retentissant ; mais quiconque s’assied à mon ombre et m’entend, devient plus sage.

Je ressemble en beaucoup de choses au papillon : comme lui j’aime la lumière ; comme lui j’y brûle ma vie ; comme lui j’ai besoin, pour déployer mes ailes, que dans la société il fasse beau autour de moi, et que mon esprit s’y sente environné et comme pénétré d’une douce température, celle de l’indulgence ; j’ai l’esprit et le caractère frileux.

J’ai besoin que les regards de la faveur luisent sur moi. C’est de moi qu’il est vrai de dire : « Qui plaît est roi, qui ne plaît plus n’est rien. » Je vais où l’on me désire pour le moins aussi volontiers qu’où je me plais.

J’ai de la peine à quitter Paris, parce qu’il faut me séparer de mes amis, et de la peine à quitter la campagne, parce qu’il faut me séparer de moi.

J’ai la tête fort aimante et le cœur têtu. Tout ce que j’admire m’est cher, et tout ce qui m’est cher ne peut me devenir indifférent.

Philanthropie et repentir est ma devise.

J’aime peu la prudence si elle n’est morale. J’ai mauvaise opinion du lion depuis que je sais que son pas est oblique.

Quand mes amis sont borgnes, je les regarde de profil.

Je ne veux ni d’un esprit sans lumière, ni d’un esprit sans bandeau. Il faut savoir bravement s’aveugler pour le bonheur de la vie.

Au lieu de me plaindre de ce que la rose a des épines, je me félicite de ce que l’épine est surmontée de roses et de ce que le buisson porte des fleurs.

Il n’y a point de bon ton sans un peu de mépris des autres. Or, il m’est impossible de mépriser un inconnu.

Les tournures propres à la confidence me sont familières, mais non pas celles qui sont propres à la familiarité.

Je n’ai jamais appris à parler mal, à injurier et à maudire.

J’imite la colombe : souvent je jette un brin d’herbe à la fourmi qui se noie.

Quand je ramasse des coquillages et que j’y trouve des perles, j’extrais les perles et je jette les coquillages.

S’il fallait choisir, j’aimerais mieux la mollesse qui laisse aux hommes le temps de devenir meilleurs, que la sévérité qui les rend pires, et la précipitation qui n’attend pas le repentir.

J’aime encore mieux ceux qui rendent le vice aimable que ceux qui dégradent la vertu.

Quand je casse les vitres, je veux qu’on soit tenté de me les payer.

La peine de la dispute en excède de bien loin l’utilité. Toute contestation rend l’esprit sourd, et quand on est sourd, je suis muet.

Je n’appelle pas raison cette raison brutale qui écrase de son poids ce qui est saint et ce qui est sacré ; cette raison maligne qui se réjouit des erreurs quand elle peut les découvrir ; cette raison insensible et dédaigneuse qui insulte à la crédulité.

La bonté d’autrui me fait autant de plaisir que la mienne.

Mes découvertes, et chacun a les siennes, m’ont ramené aux préjugés.

Mon âme habite un lieu par où les passions ont passé : je les ai toutes connues.

J’ai passé le fleuve d’oubli.

Le chemin de la vérité ! j’y ai fait un long détour ; aussi le pays où vous vous égarez m’est bien connu.

La révolution a chassé mon esprit du monde réel en me le rendant trop horrible.

Mais, en effet, quel est mon art ? quel est le nom qui le distingue des autres ? quelle fin se propose-t-il ? que fait-il naître et exister ? que prétends-je et que veux-je en l’exerçant ? Est-ce d’écrire en général et de m’assurer d’être lu, seule ambition de tant de gens ? est-ce là tout ce que je veux ? ne suis-je qu’un polymathiste, ou ai-je une classe d’idées qui soit facile à assigner et dont on puisse déterminer la nature et le caractère, le mérite et l’utilité ? C’est ce qu’il faut examiner attentivement, longuement et jusqu’à ce que je le sache.

J’aurai rêvé le beau, comme ils disent qu’ils rêvent le bonheur. Mais le mien est un rêve meilleur, car la mort même et son aspect, loin d’en troubler la continuité, lui donnent plus d’étendue. Ce songe, qui se mêle à toutes les veilles, à tous les sang-froids, et qui se fortifie de toutes les réflexions, aucune absence, aucune perte ne peuvent en causer l’interruption d’une manière irréparable.

Je suis propre à semer, mais non pas à bâtir et à fonder.

Le ciel n’a mis dans mon intelligence que des rayons, et ne m’a donné pour éloquence que de beaux mots. Je n’ai de force que pour m’élever, et pour vertu qu’une certaine incorruptibilité.

Je suis, comme Montaigne, impropre au discours continu.

J’ai souvent touché du bout des lèvres la coupe où était l’abondance ; mais c’est une eau qui m’a toujours fui.

Je suis comme une harpe éolienne, qui rend quelques beaux sons, mais qui n’exécute aucun air. Aucun vent constant n’a soufflé sur moi.

Je passe ma vie à chasser aux papillons, tenant pour bonnes les idées qui se trouvent conformes aux communes, et les autres seulement pour miennes.

Comme Dédale, je me forge des ailes ; je les compose peu à peu, en y attachant une plume chaque jour.

Mon esprit aime à voyager dans des espaces ouverts, et à se jouer dans des flots de lumière, où il n’aperçoit rien, mais où il est pénétré de joie et de clarté. Et que suis-je…, qu’un atome dans un rayon ?

Mes effluvions sont les rêves d’une ombre.

Je ressemble au peuplier, cet arbre qui a toujours l’air jeune, même quand il est vieux.

Je rends grâce au ciel de ce qu’il a fait de mon esprit une chose légère, et qui est propre à s’élever en haut.

Madame Victorine De Châtenay disait de moi que j’avais l’air d’une âme qui a rencontré par hasard un corps, et qui s’en tire comme elle peut. Je ne puis disconvenir que ce mot ne soit juste.

J’aime, comme l’alouette, à me promener loin et au-dessus de mon nid.

Dans mes habitations, je veux qu’il se mêle toujours beaucoup de ciel et peu de terre. Mon nid sera d’oiseau, car mes pensées et mes paroles ont des ailes.

Oh ! qu’il est difficile d’être à la fois ingénieux et sensé ! J’ai été privé longtemps des idées qui convenaient à mon esprit, ou du langage qui convenait à ces idées. Longtemps j’ai supporté les tourments d’une fécondité qui ne peut pas se faire jour.

Il faut à mon esprit des entraves, comme aux pieds de ce Léger du conte des Fées, quand il voulait atteindre.

Je n’aime la philosophie, et surtout la métaphysique, ni quadrupède ni bipède ; je la veux ailée et chantante.

Vous allez à la vérité par la poésie, et j’arrive à la poésie par la vérité.

On peut avoir du tact de bonne heure et du goût fort tard ; c’est ce qui m’est arrivé.

J’aime peu de tableaux, peu d’opéras, peu de statues, peu de poëmes, et cependant j’aime beaucoup les arts.

Ah ! si je pouvais m’exprimer par la musique, par la danse, par la peinture, comme je m’exprime par la parole, combien j’aurais d’idées que je n’ai pas, et combien de sentiments qui me seront toujours inconnus !

Tout ce qui me paraît faux n’existe pas pour moi. C’est pour mon esprit du néant qui ne lui offre aucune prise. Aussi ne saurais-je le combattre ni le réfuter, si ce n’est en l’assimilant à quelque chose d’existant, et en raisonnant par quelque voie de comparaison.

Les clartés ordinaires ne me suffisent plus quand le sens des mots n’est pas aussi clair que leur son, c’est-à-dire quand ils n’offrent pas à ma pensée des objets aussi transparents par eux-mêmes que les termes qui les dénomment.

J’ai fort étroite cette partie de la tête destinée à recevoir les choses qui ne sont pas claires.

Pourquoi me fatigué-je tant à parler ? C’est que, lorsque je parle, une partie de mes fibres se met en exercice, tandis que l’autre demeure dans l’affaissement ; celle qui agit supporte seule le poids de l’action, dont elle est bientôt accablée ; il y a en même temps distribution inégale de forces et inégale distribution d’activité. De là, fatigue totale, lorsque ce qui était fort est fatigué ; car alors la faiblesse est partout.

Quand je luis… je me consume.

Je ne puis faire bien qu’avec lenteur et avec une extrême fatigue. Derrière ma faiblesse il y a de la force ; la faiblesse est dans l’instrument. Derrière la force de beaucoup de gens, il y a de la faiblesse. Elle est dans le cœur, dans la raison, dans le trop peu de franche bonne volonté.

J’ai trop de cervelle pour ma tête ; elle ne peut pas jouer à l’aise dans son étui.

J’ai beaucoup de formes d’idées, mais trop peu de formes de phrases.

En toutes choses, il me semble que les idées intermédiaires me manquent, ou m’ennuient trop.

J’ai voulu me passer des mots et les ai dédaignés : les mots se vengent par la difficulté.

S’il est un homme tourmenté par la maudite ambition de mettre tout un livre dans une page, toute une page dans une phrase, et cette phrase dans un mot, c’est moi.

De certaines parties naissent naturellement trop finies en moi pour que je puisse me dispenser de finir de même tout ce qui doit les accompagner. Je sais trop ce que je vais dire, avant d’écrire.

L’attention est soutenue, dans les vers, par l’amusement de l’oreille. La prose n’a pas ce secours ; pourrait-elle l’avoir ? J’essaie ; mais je crois que non.

Je voudrais tirer tous mes effets du sens des mots, comme vous les tirez de leur son ; de leur choix, comme vous de leur multitude ; de leur isolement lui-même, comme vous de leurs harmonies ; désirant pourtant aussi qu’il y ait entre eux de l’harmonie, mais une harmonie de nature et de convenance, non d’industrie, de pur mélange ou d’enchaînement.

Ignorants, qui ne connaissez que vos clavecins ou vos orgues, et pour qui les applaudissements sont nécessaires, comme un accompagnement sans lequel vos accords seraient incomplets, je ne puis pas vous imiter. Je joue de la lyre antique, non de celle de Timothée, mais de la lyre à trois ou à cinq cordes, de la lyre d’Orphée, cette lyre qui cause autant de plaisir à celui qui la tient qu’à ceux qui le regardent, car il est contenu dans son air, il est forcé à s’écouter ; il s’entend, il se juge, il se charme lui-même.

On dira que je parle avec subtilité. C’est quelquefois le seul moyen de pénétration que l’esprit ait en son pouvoir, soit par la nature de la vérité où il veut atteindre, soit par celle des opinions ou des ignorances au travers desquelles il est réduit à s’ouvrir péniblement une issue.

J’aime à voir deux vérités à la fois. Toute bonne comparaison donne à l’esprit cet avantage.

J’ai toujours une image à rendre, une image et une pensée, deux choses pour une et double travail pour moi.

Ce n’est pas ma phrase que je polis, mais mon idée. Je m’arrête jusqu’à ce que la goutte de lumière dont j’ai besoin soit formée et tombe de ma plume.

Je voudrais monnayer la sagesse, c’est-à-dire la frapper en maximes, en proverbes, en sentences faciles à retenir et à transmettre. Que ne puis-je décrier et bannir du langage des hommes, comme une monnaie altérée, les mots dont ils abusent et qui les trompent !

Je voudrais faire passer le sens exquis dans le sens commun, ou rendre commun le sens exquis.

J’avais besoin de l’âge pour apprendre ce que je voulais savoir, et j’aurais besoin de la jeunesse pour bien dire ce que je sais.

Le ciel n’avait donné de la force à mon esprit que pour un temps, et ce temps est passé.

Les hommes sont comptables de leurs actions ; mais moi, c’est de mes pensées que j’aurai à rendre compte. Elles ne servent pas seulement de fondement à mon ouvrage, mais à ma vie.

Mes idées ! C’est la maison pour les loger qui me coûte à bâtir.

Le ver à soie file ses coques, et je file les miennes ; mais on ne les dévidera pas. Comme il plaira à Dieu !