martes, 28 de abril de 2026

Antoine Blanc de Saint-Bonnet: El dolor. Prefacio y capítulo I

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Este libro va dirigido a unas pocas almas que, en nuestros días, permanecen sumidas en la aflicción. Llenas de una ternura que parecía hecha para el cielo, tienen toda una vida por delante en la tierra. El cristianismo ha creado razas elegidas, y los corazones que han surgido del tallo de esas nobles generaciones abren su cáliz con éxtasis a la existencia, para recibir el rocío amargo de las lágrimas. El ser bueno ha comprendido la palabra del amor, y cuando la vida se la arrebata, la herida ya no sabe cómo cerrarse.

Los desarrollos de la conciencia, la amplitud de la imaginación, la perspectiva de las alegrías infinitas y esa aptitud para la emoción que, en cierto modo, aumenta nuestro ser, todo ello contribuye hoy a arrojar almas ricas, tiernas y maravillosas en medio de una existencia amarga o desencantada. Hay una flor del amor que no debe abrirse por completo en esta vida: cuando la rama ha reverdecido hacia arriba, ya no se sabe dónde protegerla de las exhalaciones de la tierra.

La sensibilidad ha adquirido proporciones que no tenía en la Antigüedad. Ese tipo de dolor que nuestros tiempos llaman melancolía nace de una inquietud particular cuyo nombre desconocían los antiguos. Hoy parece venir a raíz de toda gran facultad. ¡Comparemos el alma de Manfredo o de René con la de los héroes de Homero! Los antiguos se contentaban con la naturaleza: ¿qué decir al moderno agitado por el sentimiento de lo Infinito, y que espera encontrar en él una satisfacción en este mundo?

El amor se ha vuelto demasiado sensible como para no dejar el corazón expuesto a todas las heridas en el orden completo de los afectos, y la conciencia, demasiado iluminada como para encerrarse plácidamente en la práctica de cada día. Exaltaciones generosas, amores insaciables, entusiasmos inaplicables injertados en voluntades debilitadas, todo nos asalta y todo se dispone a devorarnos como una presa interior. El hombre se encuentra al mismo tiempo cargado con el misterio de su existencia y con el peso cada vez más grande de su corazón.

Únicamente la exaltación  de una Fe que, por desgracia, se apaga podría sacarlo de sus crueles inquietudes. De hecho, el hombre sólo puede sostenerse acercándose cada vez más al Creador. Que recuerde, pues, lo que ha venido a hacer en esta vida. Que sepa que su alma debe formarse y purificarse en ella, para poder penetrar un día en las alegrías del bien supremo, lo cual no podría tener lugar sin una transformación del yo obrada por el amor. ¡Es necesario que nuestra alma se entregue poco a poco al Infinito, para poder contraer con él una Alianza inefable!

La santidad no es más que el don de la personalidad humana. Pero hay que ser para entregarse; y, para vivir eternamente, es necesario que esa personalidad se funde en el mérito. He aquí por qué el esfuerzo está presente en toda la tierra, y por qué el dolor se suma tan a menudo al esfuerzo… Pero, en este momento, la confusión aumenta en el seno del hombre, porque, cada vez más abrumado por su propia debilidad, pierde de vista el objetivo de sus dolores. Ya no parece convencido de la sublimidad de la existencia; ya no está lo suficientemente persuadido de que el Infinito se dedica por completo a la obra de una santificación de la que brotarán nuestras alegrías eternas. Por fin, ¡ya no ve cómo la vida misma lleva a cabo una operación tan sabia!

Por temor a que una multitud de hombres lleguen a odiar su destino, tal vez haya que volver a explicarles el misterio de la vida.

Chateaubriand ya hacía esta observación en 1802: «Las persecuciones que sufrieron los primeros fieles aumentaron en ellos el disgusto por las cosas de la vida. La invasión de los bárbaros fue la gota que colmó el vaso, y el espíritu humano recibió una impresión de tristeza que nunca se ha borrado del todo. Por todas partes surgieron conventos, a los que se retiraron los infelices engañados por el mundo, y las almas que preferían ignorar ciertos sentimientos de la vida antes que exponerse a verlos cruelmente traicionados. Pero, en nuestros días, cuando los monasterios, o las virtudes que a ellos conducen, les han faltado a estas almas ardientes, se han encontrado extrañas en medio de los hombres. Disgustadas de su siglo, tal vez asustadas por la Fe, se han quedado en el mundo sin entregarse a él. Se han convertido entonces en presa de mil quimeras, y ha surgido esa melancolía culpable que nace cuando las pasiones sin objeto se consumen en un corazón solitario. »

Esas almas se encuentran ahora en caminos donde el corazón sólo encuentra sacrificios que hacer, y la voluntad, obstáculos que superar. Viven en medio del mundo sólo para ver crecer su abnegación, pues están rodeadas de personas vanidosas, en quienes la personalidad ha tomado la delantera al corazón, y que piden ser llevadas en andas o admiradas más que ser amadas. Por último, la falta de educación, demasiado generalizada, el egoísmo creciente, la impotencia derivada de las enfermedades y la inestabilidad de las fortunas crean situaciones sin compensación en este mundo y dan lugar a dolores ante los cuales se turba la propia piedad, y que la caridad se sorprende a cada instante de no poder curar.

No hay que sorprenderse demasiado de ciertos dolores. Las hagiografías dicen también que las almas favorecidas con gracias extraordinarias están muy a menudo destinadas a sufrir por aquellas que no sabrían soportar el dolor. Atraviesan entonces circunstancias que se convierten para ellas mismas en una escuela de renuncia perfecta. Al entrar en lucha con sus propias debilidades, adquieren las virtudes que más les cuestan y que más cuestan a los hombres, por quienes se ofrecen a Dios como víctimas expiatorias. Pero tales almas, es cierto, no se lamentan.

El declive intelectual provocado por la Revolución también ha aumentado sin medida la masa de los dolores. No hablamos aquí de las multitudes en las que el abuso de la industria abre el abismo de la pobreza, sino de innumerables individuos en los que lecturas inoportunas hinchan la imaginación y producen un desarrollo totalmente artificial del corazón. Las fortunas rápidas, aquí proporcionadas por la expansión del comercio, allá por la especulación misma, han multiplicado de repente las familias en las que una instrucción demasiado superficial, seguida de la lectura de novelas, despliega la sensibilidad a expensas de la voluntad y del carácter. Antiguamente, las familias que participaban en la instrucción literaria contaban entre sus antepasados a hombres formados, ya fuera por la dura vida del campo, ya por la no menos áspera vida de los campamentos militares. En esos linajes circulaba un espíritu de valentía que elevaba los corazones. De ellos surgían razas más aptas para soportar el aumento de sensibilidad e imaginación del que la instrucción se convierte a menudo en la fuente desafortunada. ¿Cómo podrían las almas que han florecido en la tibia atmósfera de nuestras ciudades, y que se ven tristemente reducidas a la búsqueda del bienestar, soportar ahora todo el peso de la vida y convivir entre hombres cuyos sentimientos no pueden responder a su delicadeza enfermiza?

Tampoco se puede perder de vista a la multitud cada vez mayor sobre la que el trabajo industrial, vinculado a diario a la miseria, se cierne con toda la fuerza de su ley. ¿No habría que explicar a esas almas desconcertadas el propósito divino del heroico esfuerzo que el trabajo aquí abajo impone diariamente al hombre para regenerarlo, sacarlo de sí mismo y conducirlo, purificado, hacia sus sorprendentes destinos? Si pudiéramos vislumbrar lo que ocurre con respecto a nosotros en la otra vida, cuando, por la virtud, por el trabajo o por el esfuerzo, luchamos en ésta, nos embargaría un éxtasis que nos arrebataría el mérito. Pero hay que saber algo al respecto cuando la voluntad se rebela, o cuando el espíritu, haciéndose más grande que el corazón, ya no piensa en iluminarlo, y ya no sabe apartarlo de los caminos que rayan en la desesperación.

Ahora bien, si este libro, oh lector, te abre un paso hacia la luz, aprovéchalo para ascender por ti mismo hasta donde el autor no supo llegar. Porque este último no escribe para los santos, sino más bien para aquellos que, tan turbados como él, tendrían gran necesidad de llegar a serlo. Y si aquí defiende el lado noble del hombre, guárdate de envanecerte de ello y confía en sus palabras únicamente redoblando tu humildad. Las almas que se creen más cerca de Dios apenas pueden asegurarse de ello más que mediante una mayor sumisión; Dios mira menos la dignidad de las virtudes que la dulzura de la modestia con la que se llevan.

Estas páginas verán la luz en días en los que ya no es posible callar. Los dolores del interior siempre ocuparán su lugar; pero los del exterior amontonan nubes tan densas que, como viajeros en peligro, debemos reencontrar nuestros caminos. ¡El dolor! Es de temer que esta palabra, y no la de progreso o de goce, encierre el enigma de los tiempos presentes. Dios, al ver que su palabra es rechazada por los sabios y despreciada por la multitud, pone al descubierto los cimientos del mundo para que su enseñanza vuelva a aparecer viva en los hechos. Los hombres han excavado para sí moradas en las que ya no entra la luz. Han encontrado la manera de pervertir la Fe y de hacer que la verdad sea inútil para la tierra. Una mentira ha venido a ocupar violentamente el lugar de cada enseñanza. Pero, cuando se creían a salvo tras su impostura, oyeron esta voz:

PORQUE HABÉIS dejado desiertos mis templos, haré crecer el desierto a vuestro alrededor; y porque ya no poseía un pensamiento en vuestros corazones, ¡no dejaré en ellos ni una esperanza! Porque habéis enseñado a otros pueblos a olvidar mi nombre, y porque lo habéis borrado de vuestras leyes, lo pronunciaréis en la angustia sin que mi oído lo oiga; y porque os habéis reído de mi palabra, vuestros enemigos, pronto, se reirán de vuestros gemidos...

Sin embargo, Dios no quiere abandonar a este pueblo, que ya lleva tanto de la substancia de Su Hijo. Los principios se desvanecen y las naciones sucumben; pero cuando, con sinceridad, clamen a Él, Él las acogerá en sus brazos…

Mayo de 1848

¡Apresurada en el camino de los siglos, oh alma! ¿Qué llevas ahí que no se reconoce? ¿Cómo encontrar en el Infinito el objeto que proyecta esa sombra sobre ti? ¿Será una mancha traída de la nada? pues te vemos atravesando la noche con una llama en el pecho. ¿Es para iluminarte o para consumirte? no te lo has preguntado. Cuando esa llama se detuvo sobre mí, quise mirar, y tal vez te diré lo que es…

 

EL DOLOR

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

EL DOLOR DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL INFINITO

 

El hombre es como una creación del ser fuera del Infinito.

¿Por qué salir del Infinito? ¿Cómo volver al Infinito? Ahí radica todo el problema del hombre.

Debe salir del Infinito para establecer su yo y desplegar su personalidad; debe entrar en el Infinito para ocupar su lugar en la eterna Bienaventuranza.

Porque la felicidad es el fin supremo del ser.

Pero hay que entrar en el Infinito sin confundirse con él, y sin embargo hay que tener su naturaleza para poseer su felicidad.

Ahora bien, la personalidad se despliega al penetrar en el mérito, y el corazón se diviniza en el amor. El mérito es la forma que hace visible al hombre en medio de la Gloria, y el amor es el signo de la raza que debe reunirlo con Dios.

Siendo el amor la felicidad del Infinito, el hombre sólo podrá participar de la felicidad participando del amor. Pero será necesario que el hombre, que al principio no existía, constituya su persona, mediante el mérito, para contener esa felicidad.

Tales son los elementos de la formación del hombre. Y tal vez sea para asegurar estos dos elementos por lo que la esencia humana se dividió, desde el origen, en dos sexos: uno dotado sobre todo de fuerza, para el trabajo de la personalidad; el otro, dotado sobre todo de amor, para la labor del corazón.

Así, todo el destino del hombre en la tierra consiste en formar su personalidad imprimiéndole el mérito, y en formar su corazón purificando en él el amor. Forma lo primero mediante la lucha, que está en el trabajo; prepara lo segundo mediante el amor, que nace en la familia y que la Fe diviniza.

Así, dos cosas llenan toda su existencia: el trabajo y la familia. Trabajar y amar, no se cumplen otras funciones aquí abajo. El hombre sale de su casa para luchar, y regresa de la lucha para amar.

Lucha para establecer su yo y su persona; ama para abrir su corazón a la felicidad. ¡Dolor y amor, el hombre únicamente conoce dos suspiros!

De ahí provienen las guerras, las enfermedades y la miseria universal: todo lo que puede multiplicar el esfuerzo. De ahí, la sociedad y los afectos dispuestos a lo largo de la vida: todo lo que puede asegurar el amor. Nuestro propio cuerpo no deja tras de sí más que lágrimas y sudor.

De ahí, igualmente, existen dos alegrías que no pueden ser arrancadas del alma, siempre viva en dos aspectos: la alegría que se une a la personalidad, y la alegría que emana del corazón, el amor propio y el amor.

Quien, perteneciente a otros cielos, viniera por primera vez a la tierra, vería efectivamente dos hechos universales ligados a la existencia del hombre: el trabajo y la familia; dos cosas que llenan toda su vida: el dolor y los afectos. A los ojos del observador, estas dos grandes condiciones de la vida humana en el tiempo indicarán siempre el fin de esta vida más allá del tiempo.

Es necesario que el hombre tenga la vida del Infinito, pero que entre en ella sin confundirse con ella. Parece que el fin de la creación, en relación con el hombre, es evitar que su naturaleza se absorba en el Infinito, lo cual se obtiene por el mérito; y luego hacer que esta naturaleza sea capaz de saborear el Infinito, lo cual se obtiene por el amor.

El hombre vendrá a extraer aquí abajo un principio de distinción por el mérito, que se le vuelve propio, y un principio de unión por el amor, que debe reunirlo con lo que es eterno. Porque el Infinito existe por sí mismo; además, vive del amor de sus tres Personas inefables: el ser llamado al Infinito deberá, pues, acercarse a esa naturaleza inefable.

Está obligado a atravesar las mismas leyes del Ser: nada podría eximirlo de estas condiciones gloriosas. Pero, debido a su debilidad, solamente puede realizar en un orden cronológico lo que en Dios se opera en un orden lógico infinito, eterno e indivisible.

De ahí que todo lo que pueda purificar y desarrollar la personalidad, o aumentar la vida del amor, conducirá al alma hacia sus destinos absolutos. Pero un hecho que favoreciera al mismo tiempo a la personalidad y al amor sería el hecho inseparable de la condición humana, el gran auxiliar de la creación.

Ahora bien, junto a la familia y al trabajo, se encuentra el misterioso hecho del dolor.

ANTOINE BLANC DE SAINT-BONNET

La Douleur, 1848

(continuará)

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

AVANT-PROPOS

DE LA PREMIÈRE ÉDITION

CE livre s’adresse à quelques âmes qui, de nos jours, restent dans l’affliction. Pleines d’un attendrissement qui semblait formé pour le ciel, elles ont toute une vie à écouler sur la terre. Le Christianisme a créé des races choisies, et les cœurs venus sur la tige de ces nobles générations ouvrent leur calice avec extase à l’existence, pour recevoir la rosée amère des pleurs. L’être bon a compris la parole de l’amour, et quand la vie la lui retire, la blessure ne sait plus se refermer.

Les développements de la conscience, l’étendue de l’imagination, la perspective des joies infinies, et cette aptitude à l’émotion qui accroît en quelque sorte notre être, tout concourt aujourd’hui à jeter des âmes riches, tendres, merveilleuses, au milieu d’une existence amère ou désenchantée. Il est une fleur de l’amour qui ne doit pas éclore entièrement en cette vie : quand la branche a verdi vers le haut, on ne sait plus où l’abriter des souffles de la terre.

La sensibilité a pris des proportions qu’elle n’avait pas dans l’antiquité. Cette sorte de douleur que nos temps appellent mélancolie naît d’une inquiétude particulière dont les anciens ont ignoré le nom. Elle semble venir aujourd’hui à la suite de toute grande faculté. Comparons l’âme de Manfred ou de René à celle des héros d’Homère ! Les anciens se contentaient de la nature : que dire au moderne agité du sentiment de l’Infini, et qui s’attend à y donner une satisfaction en ce monde?

L’amour est devenu trop sensible pour ne pas tenir le cœur exposé à toutes les blessures dans l’ordre entier des affections, et la conscience, trop éclairée pour s’enfermer paisiblement dans la pratique de chaque jour. Exaltations généreuses, amours irrassasiés, enthousiasmes inapplicables entés sur des volontés affaiblies, tout nous assaille et tout s’apprête à nous dévorer comme une proie intérieure. L’homme se trouve en même temps chargé du mystère de son existence et du poids de plus en plus lourd de son cœur.

Les transports d’une Foi qui par malheur s’éteint pourraient seuls le tirer de ses cruelles inquiétudes. En fait, l’homme ne saurait se soutenir qu’en s’approchant toujours plus près du Créateur. Qu’il se rappelle donc ce qu’il vient faire en cette vie. Qu’il sache que son âme doit s’y former et s’y purifier, afin de pénétrer un jour dans les joies du souverain bien, ce qui ne saurait avoir lieu sans une transformation du moi opérée par l’amour. Il faut nécessairement que notre âme se donne peu à peu à l’Infini, pour pouvoir contracter avec lui une ineffable Alliance!

La sainteté n’est que le don de la personnalité humaine. Mais il faut être pour se donner ; et, pour vivre éternellement, il faut que cette personnalité se fonde par le mérite. Voilà pourquoi l’effort est partout sur la terre, et pourquoi la douleur vient si souvent s’ajouter à l’effort… Mais, à cette heure, le trouble augmente au sein de l’homme, parce que, toujours plus accablé de sa propre faiblesse, il perd de vue le but de ses douleurs. Il ne semble plus convaincu de la sublimité de l’existence ; il n’est plus assez persuadé que l’Infini s’emploie tout entier à l’œuvre d’une sanctification d’où jailliront nos joies éternelles. Enfin, il ne voit plus comment la vie conduit elle-même une opération si savante !

De crainte qu’une foule d’hommes ne prennent en haine leur destinée, il faut peut-être de nouveau leur expliquer le mystère de la vie.

M. de Chateaubriand faisait déjà cette remarque eu 1802 : « Les persécutions qu’éprouvèrent les premiers fidèles augmentèrent en eux le dégoût des choses de la vie. L’invasion des Barbares y mit le comble, et l’esprit humain en reçut une impression de tristesse qui ne s’est jamais bien effacée. De toutes parts s’élevèrent des couvents, où se retirèrent des malheureux trompés par le monde, et des âmes qui aimaient mieux ignorer certains sentiments de la vie que de s’exposer à les voir cruellement trahis. Mais, de nos jours, quand les monastères, ou les vertus qui y conduisent, ont manqué à ces âmes ardentes, elles se sont trouvées étrangères au milieu des hommes. Dégoûtées de leur siècle, effrayées peut-être par la Foi, elles sont restées dans le monde sans se livrer au monde. Elles sont alors devenues la proie de mille chimères, et l’on a vu naître cette coupable mélancolie qui s’engendre lorsque les passions sans objet se consument elles-mêmes dans un cœur solitaire. »

Ces âmes se trouvent maintenant engagées dans les voies où le cœur ne rencontre que des sacrifices à faire, et la volonté que des obstacles à surmonter. Elles ne vivent au milieu du monde que pour voir croître leur abnégation, car elles y sont entourées de caractères vains, chez qui la personnalité a pris l’avance sur le cœur, et qui demandent à être portés ou admirés plutôt qu’à être aimés. Enfin, l’absence trop générale d’éducation, l’égoïsme croissant, l’impuissance provenant des maladies et l’instabilité des fortunes créent des états sans compensation ici-bas et donnent cours à des douleurs dont la piété elle-même se trouble, et que la charité à chaque instant s’étonne de ne pouvoir guérir.

Il ne faut pas s’étonner trop de certaines douleurs. Les hagiographies disent aussi que les âmes favorisées de grâces extraordinaires sont très souvent destinées à souffrir pour celles qui ne sauraient pas supporter la douleur. Elles traversent alors des circonstances qui deviennent pour elles-mêmes une école de renoncement parfait. Entrant en lutte avec leurs faiblesses propres, elles acquièrent les vertus qui leur coûtent le plus et qui coûtent le plus aux hommes, pour qui elles se voient offertes à Dieu comme victimes expiatoires. Mais de telles âmes, il est vrai, ne se lamentent pas.

Le déclassement intellectuel amené par la Révolution a aussi augmenté sans mesure la masse des douleurs. Nous ne parlons pas ici des multitudes sous lesquelles l’abus de l’industrie ouvre le gouffre du paupérisme, mais bien des individus sans nombre chez qui des lectures intempestives enflent l’imagination et produisent un développement tout factice du cœur. Les fortunes rapides, ici fournies par l’extension du commerce, là par l’agiotage même, ont tout à coup multiplié les familles où une instruction trop légère, suivie de la lecture des romans, déploie la sensibilité aux dépens de la volonté et du caractère. Autrefois, les familles qui avaient part à l’instruction littéraire comptaient pour ancêtres des hommes formés, soit par la rude vie des champs, soit par la vie non moins âpre des camps. Il circulait dans ces lignées un esprit de vaillance qui relevait les cœurs. Il en sortait des races plus aptes à porter l’accroissement de sensibilité et d’imagination dontl’instruction devient souvent la source malheureuse. Comment les âmes écloses dans la tiède atmosphère de nos villes, et tristement réduites à la recherche du bien-être, seraient-elles capables de porter maintenant tout le poids de la vie, et d’habiter parmi des hommes dont les sentiments ne peuvent répondre à leur délicatesse maladive?

On ne saurait non plus perdre de vue la foule toujours croissante sur laquelle le travail industriel, journellement lié à la misère, s’appesantit de toute la force de sa loi. Ne faut-il pas expliquer à ces âmes déconcertées le but divin de l’héroïque effort que le travail ici-bas impose quotidiennement à l’homme pour le régénérer, le tirer de lui-même et le conduire, purifié, à ses destinées surprenantes? Si nous pouvions apercevoir ce qui se passe à notre égard dans l’autre vie, lorsque, par la vertu, par le travail ou par l’effort, nous combattons dans celle-ci, nous serions saisis d’une extase qui nous ravirait le mérite. Mais il faut en savoir quelque chose quand la volonté se cabre, ou quand l’esprit, se faisant plus grand que le cœur, ne pense plus à l’éclairer, et ne sait plus le retirer des chemins qui confinent au désespoir.

Or, si ce livre, ô lecteur, te fraye un passage vers la lumière, profites-en pour monter de toi-même où ne sut point aller l’auteur. Car ce dernier n’écrit pas pour les saints, mais bien plutôt pour ceux qui, tout aussi troublés que lui, auraient grand besoin de le devenir. Et s’il tient ici le côté noble de l’homme, garde-toi de t’en prévaloir et ne te fie à ses paroles qu’en redoublant d’humilité. Les âmes qui se croiraient plus près de Dieu ne peuvent guère s’en assurer que par une soumission plus grande; Dieu regarde moins la dignité des vertus que la douceur de modestie avec laquelle on les porte.

Ces pages vont paraître en des jours où il n’est plus possible de se taire. Les douleurs du dedans occuperont toujours leur place ; mais celles du dehors amoncellent de si gros nuages que, comme des voyageurs en péril, il faut retrouver nos sentiers. La douleur! il est à craindre que ce mot, et non celui de progrès ou de jouissance, ne renferme l’énigme des temps présents. Dieu, voyant sa parole repoussée par les sages et méprisée par la foule, remet à nu les fondements du monde pour que son enseignement reparaisse tout vivant dans les faits. Les hommes se sont creusé des demeures où la lumière n’entre plus. Ils ont trouvé moyen de tourner la Foi, et de rendre la vérité inutile à la terre. Un mensonge est venu violemment se mettre à la place de chaque enseignement Mais, lorsqu’ils se croyaient à l’abri derrière leur imposture, ils ont entendu cette voix :

PARCE QUE VOUS avez rendu mes temples déserts, je ferai le désert autour de vous; et parce que je ne possédais plus une pensée dans vos cœurs, je n’y laisserai pas un espoir! Parce que vous avez appris aux autres peuples à oublier mon nom, et parce que vous l’avez effacé de vos lois, vous le prononcerez dans la détresse sans que mon oreille l’entende ; et parce que vous avez ri de ma parole, vos ennemis, bientôt, riront de vos gémissements.....

Cependant, Dieu ne veut point abandonner ce peuple, qui porte déjà tant de la substance de son Fils. Les principes s’en vont, et les nations succombent; mais lorsque, avec sincérité, elles crieront vers Lui, Il les reprendra dans ses bras…

Mai 1848        

PRESSÉE sur la route des âges, ô âme! que portes-tu là qu’on ne reconnaît point? Comment trouver dans l’Infini l’objet qui projette cette ombre sur toi? Serait-ce une tache apportée du néant? car on te voit traversant la nuit avec une flamme sur la poitrine. Est-ce pour t’éclairer ou pour te consumer? tu ne te l’es pas demandé. Quand cette flamme s’est arrêtée sur moi, j’ai voulu regarder, et je te dirai peut- être ce que c’est…


LA DOULEUR

PREMIÈRE PARTIE

 

CHAPITRE PREMIER

LA DOULEUR AU POINT DE VUE DE L’INFINI

 

L’homme est comme une production de l’être en dehors de l’Infini.

Pourquoi sortir de l’Infini? comment rentrer dans l’Infini? c’est là tout le problème de l’homme.

Il doit sortir de l’Infini pour établir son moi et déployer sa personnalité; il doit rentrer dans l’Infini pour prendre place dans l’éternelle Béatitude.

 

Car le bonheur est la fin suprême de l’être.

Mais il faut rentrer dans l’Infini sans s’y confondre, et cependant il faut en avoir la nature pour en posséder le bonheur.

Or, la personnalité se déploie en pénétrant dans le mérite, et le cœur se divinise dans l’amour. Le mérite est la forme qui rend l’homme visible au milieu de la Gloire, et l’amour est le signe de race qui doit le réunir à Dieu.

L’amour étant la félicité de l’Infini, l’homme ne pourra participer à la félicité qu’en participant de l’amour. Mais il faudra que l’homme, qui d’abord n’était pas, constitue sa personne, par le mérite, pour contenir cette félicité.

Tels sont les éléments de la formation de l’homme. Et c’est peut-être pour assurer ces deux éléments que l’essence humaine a été, dès l’origine, divisée en deux sexes : l’un surtout doué de force, pour le travail de la personnalité; l’autre surtout doué d’amour, pour le travail du cœur.

Ainsi toute la destination de l’homme sur la terre est de former sa personnalité en y imprimant le mérite, et de former son cœur en y purifiant l’amour. Il forme la première par la lutte, qui est dans le travail ; il prépare le second par l’amour, qui naît dans la famille et que divinise la foi.

Aussi deux choses remplissent toute son existence : le travail et la famille. Travailler et aimer, on n’accomplit pas d’autres fonctions ici-bas. L’homme sort de chez lui pour lutter, et il rentre de la lutte pour aimer.

Il lutte, pour établir son moi et sa personne; il aime, pour ouvrir son cœur à la félicité. Douleur et amour, l’homme ne connaît que deux soupirs !

De là les guerres, les maladies et l’universelle misère : tout ce qui peut multiplier l’effort. De là, la société et les affections disposées le long de la vie : tout ce qui peut assurer l’amour. Notre corps même ne laisse sur ses traces que des larmes et des sueurs.

De là, pareillement, deux joies ne sauraient être ôtées de l’âme, toujours vivante sur deux points : la joie qui s’attache à la personnalité, et la joie qui relève du cœur, l’amour-propre et l’amour.

 

Celui qui, appartenant à d’autres cieux, viendrait pour la première fois sur la terre, y verrait effectivement deux faits universels se lier à l’existence de l’homme : le travail et la famille; deux choses remplir toute sa vie : la peine et les affections. Aux yeux de l’observateur, ces deux grandes conditions de la vie humaine dans le temps indiqueront toujours le but de cette vie au delà du temps.

Il faut que l’homme ait la vie de l’Infini, mais qu’il y entre sans s’y confondre. Il semble que le but de la création, par rapport à l’homme, est d’éviter que sa nature ne s’absorbe dans l’Infini, ce qu’on obtient par le mérite; puis de rendre cette nature capable de goûter l’Infini, ce qu’on obtient par l’amour.

L’homme viendra puiser ici-bas un principe de distinction par le mérite, qui lui devient propre, et un principe d’union par l’amour, qui doit le réunir à ce qui est éternel. Car l’Infini existe par lui-même; de plus, il vit de l’amour de ses trois ineffables Personnes: l’être appelé dans l’Infini devra donc se rapprocher de cet ineffable nature.

 

II est tenu de traverser les lois même de l’Être  : rien ne saurait le dispenser de ces conditions glorieuses. Mais, par suite de sa faiblesse, il ne peut réaliser que dans un ordre chronologique ce qui en Dieu s’opère dans un ordre logique infini, éternel et indivisible.

Dès lors, tout ce qui pourra purifier et déployer la personnalité, ou augmenter la vie de l’amour, conduira l’âme à ses destinées absolues. Mais un fait qui favoriserait en même temps la personnalité et l’amour serait le fait inséparable de la condition humaine, le grand auxiliaire de la création.

Or, à côté de la famille et du travail, on voit le fait mystérieux de la douleur.