(Extracto de los consejos de Vladimir Monómaco a sus hijos en 1126.
Historia del Imperio de Rusia, de Karamzín, t. II.)
RUSIA EN 1839
PREFACIO
El gusto por los viajes nunca
ha sido para mí una moda, lo traje conmigo al nacer y lo satisfice desde mi más
tierna juventud. Todos nos sentimos vagamente atormentados por la necesidad de
conocer un mundo que nos parece un calabozo, porque no lo hemos elegido como
morada; me parece que no podría salir en paz de este estrecho universo si no
hubiera intentado recorrer y explorar mi prisión. Cuanto más la examino, más se
embellece y se agranda ante mis ojos. Ver
para saber: tal es el lema del viajero; es el mío; no lo he elegido, la
naturaleza me lo ha dado.
Comparar los diversos modos de
existencia de las naciones de la tierra, estudiar la manera de pensar y de
sentir de los pueblos que la habitan, apreciar las relaciones que Dios ha
establecido entre su historia, sus costumbres y su fisonomía -en una palabra,
viajar-, es un alimento inagotable para mi curiosidad, un medio eterno de
actividad para mi pensamiento; impedirme recorrer el mundo habría sido tratarme
como a un erudito al que le roban la llave de su biblioteca.
Pero si la curiosidad me lleva
lejos, un apego que se asemeja a los afectos familiares me hace volver.
Entonces hago un resumen de mis observaciones y elijo entre mi botín las ideas
que me parecen más útiles para difundir.
Durante mi estancia en Rusia,
al igual que en todos mis demás viajes, dos pensamientos, o más bien dos
sentimientos, no han dejado de dominar mi corazón: el amor a Francia, que me
hace severo en los juicios que emito sobre los extranjeros y sobre los propios
franceses, pues ningún afecto apasionado es indulgente; y el amor a la
humanidad. Encontrar el punto de equilibrio entre estos dos términos de
nuestros afectos en esta vida, la patria y el género humano, es la vocación de
toda alma elevada. Únicamente la religión puede resolver tal problema; no me
halago de haber alcanzado ese objetivo; pero puedo y debo decir que nunca he
dejado de tender hacia él con todos mis esfuerzos, sin tener en cuenta las
variaciones de la moda. Con mis ideas religiosas, he atravesado una generación
indiferente, y ahora veo, no sin una dulce sorpresa, que esas mismas ideas les
interesan a las mentes jóvenes de la nueva generación.
No soy de los que consideran el
cristianismo como un velo sagrado que la razón, en su infinito progreso, debía
rasgar algún día. La religión está velada, pero el velo no es la religión; si
el cristianismo se envuelve en símbolos, no es porque la verdad sea oscura,
sino porque es demasiado resplandeciente y los ojos son débiles: si la vista se
fortalece, alcanzará cada vez más lejos; pero nada cambiará en el fondo de las
cosas; las nubes no están sobre los objetos, están sobre nosotros.
Fuera del cristianismo, los
hombres permanecen en el aislamiento, o si se unen, es para formar sociedades
políticas, es decir, para hacerles la guerra a otros hombres. Únicamente el
cristianismo ha encontrado el secreto de la asociación pacífica y libre, porque
solo él ha mostrado donde está la libertad. El cristianismo gobierna y
gobernará cada vez más estrechamente la tierra mediante la aplicación cada vez
más exacta de su moral divina a las relaciones humanas. Hasta ahora, el mundo
cristiano se ha ocupado más del aspecto místico de la religión que de su
aspecto político: comienza una nueva era para el cristianismo; tal vez nuestros
nietos vean cómo el Evangelio sirve de base al orden público.
Pero sería una impiedad creer que ese fuera el único objetivo del divino
legislador; no es más que su medio…
La luz sobrenatural únicamente
puede ser adquirida por el género humano mediante la unión de las almas fuera y
por encima de todos los gobiernos temporales: sociedad espiritual, sociedad sin
límites: tal es la esperanza, tal es el futuro del mundo.
Oigo decir que ese objetivo se
alcanzará de ahora en adelante sin la ayuda de nuestra religión; que el
cristianismo, construido sobre un fundamento ruinoso, el pecado original, ha
cumplido su ciclo; y que, para cumplir con su verdadera vocación, desconocida
hasta el día de hoy, el hombre solamente necesita obedecer a las leyes de la
naturaleza.
Los ambiciosos de un orden
superior que reavivan estas viejas doctrinas con su elocuencia, siempre
renovada, se ven obligados a añadir, para ser coherentes, que el bien y el mal
solamente existen en el pensamiento humano; y que el hombre que creó estos
fantasmas es libre de aniquilarlos.
Las pruebas, supuestamente
nuevas, que me dan, no me satisfacen; pero aunque fueran más claras que la luz
del día, ¿qué habría cambiado en mí?… Ya sea que haya caído por el pecado, o
que se encuentre en el lugar donde la naturaleza quiso ponerlo, el hombre es un
soldado alistado a su pesar desde su nacimiento, y que únicamente se libera con
la muerte; e incluso entonces, el cristiano creyente no hace más que cambiar de
ataduras. Prisionero de Dios, el trabajo, el esfuerzo, tal es su ley y su vida;
la cobardía le parece un suicidio, la duda es su tormento, la victoria su
esperanza, la fe su descanso, la obediencia su gloria.
Tal es el hombre de todos los
tiempos y de todos los países; pero tal es sobre todo el hombre civilizado por
la religión de Jesucristo.
¿El bien y el mal son inventos
humanos, dicen ustedes? Pero si el hombre engendra por su naturaleza fantasmas
tan obstinados, ¿quién lo salvará de sí mismo? ¿Y cómo escapará a ese poder
maligno de creación interior, de mentira, si así lo prefieren, que está y
permanece en él, a pesar suyo y a pesar de ustedes desde el principio del
mundo?
Mientras no pongan usatedes la paz
de su conciencia en lugar de las agitaciones de la mía, no habrán hecho nada
por mí… ¡La paz!… No, por muy audaz que sean, ¡ustedes no se atreverían a arrogársela!…
Y, sin embargo… fíjense en esto: la paz es el derecho, es el deber de la
criatura dotada de razón, pues sin la paz cae por debajo de la bestia; pero,
¡oh, misterio! misterio para todos, misterio para ustedes como para mí, ese
objetivo nunca lo alcanzaremos por nosotros mismos; pues, digan lo que digan,
la naturaleza entera no basta para darle paz a un alma.
Así, aunque ustedes me hubieran
obligado a estar de acuerdo con todas sus audaces afirmaciones, no habrían
hecho más que proporcionarme nuevas pruebas de la necesidad de un médico de las
almas, de un Redentor para remediar las inevitables alucinaciones de una
criatura tan perversa que engendra incesante e inevitablemente en sí misma la
lucha y la contradicción, y que por su naturaleza huye del reposo del que no puede
prescindir, esparciendo en nombre de la paz la guerra a su alrededor, junto con
la ilusión, el desorden y la desdicha.
Ahora bien, una vez reconocida
la necesidad del Redentor, ¡me perdonarán si prefiero dirigirme a Jesucristo
antes que a ustedes!…
¡Aquí tocamos la raíz del mal!
Es necesario que el orgullo del espíritu se humille y que la razón reconozca su
insuficiencia. La fuente del razonamiento se seca, la del sentimiento fluye a
raudales; el alma vuelve a ser poderosa en cuanto confiesa su impotencia; ya no
manda, reza, y el hombre avanza hacia su meta cayendo de rodillas.
Pero cuando todos estén
abatidos, cuando todos besen el polvo, ¿quién permanecerá de pie sobre la
tierra? ¿Qué poder subsistirá sobre las cenizas del mundo?… Lo que subsistirá
es un pontífice en una Iglesia…
Si esta Iglesia, hija de Cristo
y madre del cristianismo, ha visto surgir la rebelión de su seno, la culpa fue
de sus sacerdotes: pues sus sacerdotes eran hombres. Pero recuperará su unidad,
porque esos hombres, por muy caducos que sean, no dejan de ser los sucesores
directos de los apóstoles, ordenados de generación en generación por obispos
que a su vez recibieron de obispo en obispo, mediante la imposición de manos,
remontándose hasta San Pedro y Jesucristo, la infusión del Espíritu Santo con
la autoridad necesaria para comunicar esta gracia al mundo regenerado.
Supongamos… ¿no es todo posible
para Dios?… Supongamos que la humanidad quiera convertirse seriamente al
cristianismo, ¿acaso irá a pedir de nuevo el cristianismo a un libro? No, lo
pedirá a los hombres que le expliquen ese libro. Por lo tanto, siempre se
necesita una autoridad, incluso para los predicadores de la independencia, y la
que se elige arbitrariamente no vale tanto como la que se encuentra establecida
desde hace dieciocho siglos.
¿Creen ustedes que el emperador
de Rusia es un mejor jefe visible de la Iglesia que el obispo de Roma? Los
rusos deberían creerlo; pero ¿lo creen? ¿Creen ustedes que ellos lo creen? ¡Sin
embargo, esa es la verdad religiosa que les predican hoy a los polacos!
¿Se jactarán ustedes de su
coherencia y rechazarán obstinadamente toda autoridad que no sea la de la razón
individual? Ustedes perpetúan la guerra porque el gobierno de la razón alimenta
el orgullo, y el orgullo engendra la división. ¡Ah!, los cristianos no saben de
qué tesoro se privaron voluntariamente el día en que se les ocurrió que se
podían tener iglesias nacionales… Si todas las iglesias del mundo se hubieran
vuelto nacionales, es decir, protestantes o cismáticas, hoy no habría ya
cristianismo: solamente habría sistemas teológicos sometidos a la política
humana, que los modificaría a su antojo, según las circunstancias y según los
lugares.
En resumen: soy cristiano,
porque los destinos del hombre no se cumplen en la tierra; soy católico, porque
fuera de la Iglesia Católica, el cristianismo se altera y perece.
Después de haber recorrido la
mayor parte del mundo civilizado, después de haberme esforzado con todas mis
fuerzas durante esos diversos viajes por descubrir algunos de los resortes
ocultos cuyo juego conforma la vida de los imperios; he aquí, según mis atentas
observaciones, el futuro que podemos presagiar para el mundo.
Desde el punto de vista humano:
la dispersión universal de los espíritus por el desprecio de la única autoridad
legítima en materia de Fe; es decir, la abolición del cristianismo, no como
sistema de moral y filosofía, sino como religión… y este punto basta para la
fuerza de mi argumento. Desde el punto de vista sobrenatural: el triunfo del
cristianismo mediante la reunión de todas las iglesias en la Iglesia madre, en
esa Iglesia sacudida, pero indestructible, y cuyas puertas se ensanchan cada
siglo para dar cabida a todo lo que ha salido de ella. El universo debe volver
a ser pagano o católico: pagano con un paganismo más o menos refinado, con la
naturaleza como templo, los sentidos como ministros del culto y la razón como
ídolo; o católico con sacerdotes, de los cuales al menos algunos pongan en
práctica sinceramente, antes de predicarlo, el precepto de su maestro: «Mi
reino no es de este mundo». »
He aquí el dilema del que el
espíritu humano ya no saldrá. Fuera de él, no hay, por un lado, más que engaño,
y por el otro, más que ilusión.
Este resultado se me ha
presentado desde que pienso; sin embargo, las ideas de la época estaban tan
lejos de las mías, que no me faltaba fe, sino audacia; sentía toda la
impotencia del aislamiento; no obstante, no he dejado de defender con todas mis
fuerzas mi creencia. Pero hoy que se ha popularizado en una parte de la
cristiandad, hoy que los grandes intereses que agitan el mundo son aquellos que
siempre me han hecho latir el corazón, hoy, por fin, que el futuro, el futuro
próximo de Europa, está cargado del problema para el que no he dejado de buscar
solución en mi oscuridad; reconozco que tengo mi lugar en este mundo, me siento
respaldado, si no por mi país -aún enamorado de esa filosofía de destrucción,
filosofía estrecha y retrógrada que mantiene a gran parte de la Francia actual
al margen de la contienda de los grandes intereses humanos-, al menos por la
Europa cristiana. Es este apoyo el que me ha permitido definir con mayor
claridad mis ideas en varias partes de esta obra y extraer de ellas las últimas
consecuencias.
En todas partes de la tierra donde
he puesto los pies, desde Marruecos hasta las fronteras de Siberia, he sentido
arder el fuego de las guerras religiosas; quizás ya no, esperemos, de la guerra
armada, la menos decisiva de todas, sino de la guerra de las ideas… Únicamente
Dios conoce el secreto de los acontecimientos, pero todo hombre que observa y
reflexiona puede prever algunas de las cuestiones que resolverá el futuro:
todas estas cuestiones son religiosas. De la actitud que Francia sepa adoptar
en el mundo como potencia católica dependerá su influencia política. A medida
que los espíritus revolucionarios se alejan de ella, los corazones católicos se
acercan. En esto, la fuerza de las cosas domina tanto a los hombres, que un
rey, soberanamente tolerante, y un ministro protestante se han convertido en
todo el mundo en los defensores más celosos del catolicismo, únicamente porque
son franceses.
Tales fueron los constantes
objetos de mis meditaciones y de mi solicitud durante la larga peregrinación
cuyo relato se va a leer, relato tan variado como la vida errante del viajero,
pero en el que siempre se trasluce el amor a la patria combinado con ideas más
generales.
Sin embargo, ¡a cuántas
controversias están sujetas estas ideas que agitan hoy al mundo, adormecido
durante mucho tiempo en una civilización demasiado materialista!
Reconocer la divinidad de
Jesucristo es sin duda mucho, es más de lo que hacen la mayoría de los
protestantes; sin embargo, eso no significa aún haber nacido al cristianismo.
¿Acaso los paganos no querían erigir templos a aquel que había venido a
derribar sus templos?… Cuando les proponían a los apóstoles incluir a
Jesucristo entre sus dioses, ¿eran cristianos por eso?
Un cristiano es un miembro de la Iglesia de Jesucristo. Ahora bien, esa
Iglesia exclusiva es una sola; tiene su jefe visible, y se interesa por la fe
de cada hombre tanto como por sus actos, porque gobierna por el espíritu.
Esa Iglesia lamenta el extraño
abuso que se ha hecho en nuestros días de la palabra tolerancia cristiana en
beneficio de la indiferencia filosófica. Hacer de la tolerancia un dogma y
sustituir este dogma humano por todos los dogmas divinos es destruir la
religión con el pretexto de volverla amable. Desde el punto de vista de la
Iglesia Católica, practicar la virtud de la tolerancia no es transigir en los
principios; es protestar contra la violencia y poner la oración, la paciencia,
la dulzura y la persuasión al servicio de la verdad eterna; ¡esa no es la
tolerancia moderna! Este credo de la indiferencia, que durante más de un siglo
se ha convertido en la base de la nueva teología, pierde su prestigio ante los
cristianos en la misma medida en que resta fuerza a la fe; la verdadera tolerancia,
la tolerancia encerrada dentro de los límites de la piedad, no es el estado
normal del alma, sino el remedio que una religión caritativa y una política
sabia oponen a las enfermedades del espíritu.
¿Qué se quiere decir aún con
esta calificación recientemente inventada: el neocatolicismo? El catolicismo no puede ser nuevo sin dejar de
serlo.
Puede existir, y sin duda
existe, un gran número de espíritus, cansados de dejarse arrastrar por los
vientos de todas las doctrinas, y que se refugian al amparo del santuario
contra la tormenta de las ideas del siglo; se puede dar a estos nuevos
conversos el nombre de neocatólicos; pero no se puede hablar de neocatolicismo
sin desconocer la esencia misma de la religión, pues esta palabra implica una
contradicción.
Nada hay menos ambiguo que
nuestra fe; no es un sistema filosófico del que cada uno pueda tomar o rechazar
lo que le plazca. O se es católico por completo, o no se lo es en absoluto; no
se puede serlo a medias, ni de una manera nueva. Un neocatolicismo sería una
secta disfrazada que pronto abjuraría del error para volver al seno de la
Iglesia, so pena de ser condenada por ella, preocupada como está, con razón,
por la necesidad de conservar la pureza de la fe, mucho más que por la ambición
de engrosar en apariencia el dudoso número de sus hijos equívocos. Cuando el
mundo adopte el cristianismo sinceramente, sabrá bien aceptarlo tal como es. Lo
esencial es que el depósito sagrado permanezca puro de toda mezcla.
No obstante, la Iglesia Católica puede
reformarse en cuanto a las costumbres, a la disciplina del clero, e incluso en
cuanto a la doctrina, en los puntos que no tocan los fundamentos de la fe; ¿qué
digo? su historia, su vida no es más que una reforma perpetua; pero esta
reforma legítima e ininterrumpida solamente puede llevarse a cabo bajo la
dirección de la autoridad eclesiástica y de acuerdo con las leyes canónicas.
Cuanto más he recorrido el
mundo, más he observado las diversas razas y los diversos Estados, y más me he
convencido de que la verdad es inmutable: fue defendida con barbarie por
hombres bárbaros en siglos bárbaros; será defendida con más humanidad en el
futuro; pero su pureza no puede ser alterada ni por el prisma del error, que
deslumbra a sus adversarios, ni por los crímenes de sus paladines.
Me gustaría enviar a Rusia a
todos los cristianos no católicos para mostrarles en qué puede convertirse
nuestra religión cuando se enseña en una iglesia nacional y se practica bajo la disciplina de un clero nacional.
El espectáculo de la
degradación en la que puede caer el sacerdocio en un país donde la Iglesia
solamente depende del Estado haría retroceder a cualquier protestante
consecuente. Una iglesia nacional, un clero nacional: estas palabras nunca
deberían ir juntas; la Iglesia es, por esencia, superior a toda sociedad
humana; abandonar la Iglesia universal para entrar en cualquier iglesia
política es, por tanto, más que extraviarse en la fe, es renegar de la fe, es
caer del cielo a la tierra.
Sin embargo, ¡cuántos hombres
honrados, hombres excelentes, en los orígenes del protestantismo, creyeron
purificar su creencia al adoptar las nuevas doctrinas, y lo único que hicieron fue
que su mente se encogiera!… Desde entonces, la indiferencia glorificada y
enmascarada bajo el bello nombre de tolerancia ha perpetuado el error…
Lo que hace de Rusia el Estado
más curioso del mundo para observar hoy en día es que en él conviven la
barbarie extrema, favorecida por el sometimiento de la Iglesia, y la
civilización extrema importada de países extranjeros por un gobierno ecléctico.
Para saber cómo el reposo, o al menos la inmovilidad, puede surgir del choque
de elementos tan diversos, hay que seguir al viajero hasta el corazón de ese
singular país.
El procedimiento que empleo
para describir los lugares y definir los caracteres me parece, si no el más
favorable para el escritor, al menos el más tranquilizador para el lector, al
que obligo a seguirme y al que convierto en juez del desarrollo de las ideas
sugeridas al viajero.
Llego a un país nuevo sin más
prejuicios que aquellos de los que ningún hombre puede defenderse: los que nos
da el estudio minucioso de su historia. Examino los objetos, observo los hechos
y a las personas, permitiendo francamente que la experiencia cotidiana
modifique mis opiniones. Pocas ideas exclusivas en política me estorban en este
trabajo espontáneo en el que únicamente la religión es mi regla inmutable;
además, esta regla puede ser rechazada por el lector sin que el relato de los
hechos y las consecuencias morales que de ellos se derivan se vean sometidos a
la reprobación que me granjeo y que quiero granjearme a los ojos de los
incrédulos.
Se me podrá acusar de tener
prejuicios, pero nunca se me reprochará que disfrazo a sabiendas la verdad.
Cuando describo lo que he
visto, estoy en el lugar de los hechos; cuando relato lo que he oído, es la
misma noche cuando anoto mis recuerdos del día. Así, las conversaciones del
Emperador, reproducidas palabra por palabra en mis cartas, no pueden carecer de
un tipo de interés: el de la exactitud. Servirán, espero, para dar a conocer
bien a este príncipe tan diversamente juzgado entre nosotros y en el resto de
Europa.
Las cartas que se van a leer no estaban
todas destinadas al público; varias de las primeras eran meras confidencias;
cansado de escribir, pero no de viajar, pensaba esta vez observar sin método y
guardar mis descripciones para mis amigos; se verán, a lo largo de la obra, las
razones que me decidieron a imprimirlo todo.
La principal es que sentí cómo
mis ideas se modificaban cada día al examinar una sociedad absolutamente nueva
para mí. Me parecía que, al decir la verdad sobre Rusia, haría algo nuevo y
audaz: hasta ahora, el miedo y el interés han dictado elogios exagerados; el
odio ha hecho publicar calumnias: yo no temo ninguno de esos escollos.
Fui a Rusia en busca de
argumentos contra el gobierno representativo, y regreso como partidario de las
constituciones. El gobierno mixto no es el más propicio para la acción; pero en
su vejez, los pueblos tienen menos necesidad de actuar; este gobierno es el que
más ayuda a la producción y el que procura a los hombres mayor bienestar y
riqueza; es, sobre todo, el que da más actividad al pensamiento en el ámbito de
las ideas prácticas: en fin, hace al ciudadano independiente, no por la
elevación de los sentimientos, sino por la acción de las leyes: ciertamente, he
aquí grandes compensaciones a grandes desventajas.
A medida que fui conociendo el
terrible y singular gobierno, regularizado, por no decir fundado, por Pedro I,
comprendí mejor la importancia de la misión que el azar me había confiado.
La extrema curiosidad que mi
trabajo inspiraba a los rusos, evidentemente inquietos por la reserva de mis
discursos, me hizo pensar al principio que tenía más poder del que me había
atribuido; me volví atento y prudente, pues no tardé en descubrir el peligro al
que podría exponerme mi sinceridad. Como no me atrevía a enviar mis cartas por
correo, las guardé todas y las mantuve ocultas con sumo cuidado, como si fueran
documentos sospechosos; de este modo, a mi regreso a Francia, mi viaje estaba
escrito y se encontraba íntegramente en mis manos. Sin embargo, he dudado tres
años en publicarlo: ¡ese es el tiempo que me ha hecho falta para conciliar, en
el secreto de mi conciencia, lo que creía deber a la gratitud y a la verdad!
Esta última prevalece al fin porque me parece que puede interesar a mi país. No
puedo olvidar que escribo ante todo para Francia, y creo que es mi deber
revelarle hechos útiles y graves.
Me considero en mi derecho de
juzgar, incluso con severidad si mi conciencia lo exige, a un país en el que
tengo amigos; de analizar, sin caer en personalizaciones hirientes, el carácter
de los hombres públicos; de citar las palabras de los políticos, empezando por
las del personaje más importante del Estado, de relatar sus acciones y de
llevar hasta sus últimas consecuencias las reflexiones que este examen pueda
sugerirme, siempre y cuando, al seguir caprichosamente el curso de mis ideas,
no les dé a los demás mis opiniones más que por el valor que tienen a mis
propios ojos: esto es, me parece, lo que se puede llamar la probidad del
escritor.
Pero al ceder al deber, he
respetado, al menos eso espero, todas las conveniencias; pues pretendo que hay
una manera adecuada de decir verdades duras: esa manera consiste en hablar
solamente según la propia convicción, rechazando las sugerencias de la vanidad.
Por lo demás, habiendo admirado
muchas cosas de Rusia, he tenido que mezclar muchos elogios con mis
descripciones.
Los rusos no quedarán
satisfechos; ¿lo está alguna vez el amor propio? Sin embargo, nadie ha quedado
más impresionado que yo por la grandeza de su nación y su importancia política.
Los altos destinos de este pueblo, el último en llegar al viejo escenario del
mundo, me han ocupado durante toda mi estancia entre ellos. Los rusos, en masa,
me han parecido grandes incluso en sus vicios más escandalosos; aislados, me
han parecido amables; he encontrado en el pueblo un carácter interesante: estas
verdades halagadoras deberían bastar, me parece, para compensar otras menos
agradables. Pero hasta ahora los rusos han sido tratados como niños mimados por
la mayoría de los viajeros.
Si las discordancias que uno no
puede evitar notar en su sociedad actual, si el espíritu de su gobierno,
esencialmente opuesto a mis ideas y a mis costumbres, me han arrancado
reproches y gritos de indignación, mis elogios, igualmente involuntarios, no
hacen sino tener mayor alcance.
Pero estos hombres de Oriente,
acostumbrados como están a respirar y a brindar el incienso más directo,
considerándose siempre dignos de crédito cuando se alaban unos a otros, solamente
serán sensibles a la censura. Cualquier desaprobación les parece una traición;
califican de mentira toda verdad dura; no verán la delicada admiración que hay
bajo mis aparentes críticas, el pesar y, en ciertos aspectos, la simpatía bajo
mis observaciones más severas.
Si no me han convertido a sus
religiones (tienen varias, y entre ellas la religión política no es la menos
intolerante), si, por el contrario, han modificado mis ideas monárquicas, en
sentido opuesto al despotismo y favorable al gobierno representativo, se
sentirán ofendidos por el mero hecho de que no comparta su opinión. Es una pena
para mí, pero prefiero la pena al remordimiento.
Si no estuviera resignado a su
injusticia, no imprimiría estas cartas. Además, pueden quejarse de mí de
palabra, pero me absolverán en su conciencia; ese testimonio me basta. Todo
ruso de buena fe reconocerá que, si bien he cometido errores de detalle por
falta de tiempo para rectificar mis ilusiones, en general he descrito a Rusia
tal y como es. Tendrán en cuenta las dificultades que tuve que superar y me
felicitarán por el acierto y la rapidez con que he sabido captar los rasgos
positivos de su carácter primitivo bajo la máscara política que lo desfigura
desde hace tantos siglos.
Los hechos de los que fui
testigo los relato tal y como sucedieron ante mis ojos; los que me han sido
contados los reproduzco tal y como los he recogido; no he intentado engañar al
lector sustituyéndome a las personas a las que he consultado. Si me he
abstenido, no sólo de nombrarlas, sino de designarlas de cualquier forma, mi
discreción será sin duda apreciada; es una garantía más del grado de confianza
que merecen los espíritus ilustrados a los que creí poder dirigirme para
aclarar ciertos hechos que me era imposible observar por mí mismo. Es superfluo
añadir que solamente he citado aquellos a los que el carácter y la posición de
los hombres de quienes los he obtenido conferían, a mi juicio, un sello
indiscutible de autenticidad.
Gracias a mi escrupulosa buena
fe, el lector podrá juzgar por sí mismo el grado de autoridad que debe atribuir
a estos hechos secundarios, que, por lo demás, ocupan solamente un lugar muy
pequeño en mis narraciones.
La Russie en 1839
Traducción,
para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán
(continuará
LA RUSSIE EN 1839
AVANT-PROPOS
«Respectez
surtout les étrangers, de quelque qualité, de quelque rang qu'ils soient, et si
vous n'êtes pas à même de les combler de présents, prodiguez-leur au moins des
marques de bienveillance, puisque de la manière dont ils sont traités dans un
pays dépend le bien et le mal qu'ils en disent en retournant dans le leur.»
(Extrait des conseils de Vladimir Monomaque à ses enfants en 1126. Histoire de l'Empire de Russie, par Karamsin, t. II, p. 205.)
Le
goût des voyages n'a jamais été pour moi une mode, je l'apportai en naissant,
et je l'ai satisfait dès ma première jeunesse. Nous sommes tous vaguement
tourmentés du besoin de connaître un monde qui nous paraît un cachot, parce que
nous ne l'avons pas choisi pour demeure; il me semble que je ne pourrais sortir
en paix de cet étroit univers, si je n'avais tenté de parcourir et d'explorer
ma prison. Plus je l'examine et plus elle
s'embellit et s'agrandit à mes yeux. Voir
pour savoir: telle est la devise du voyageur; c'est la mienne; je ne l'ai
pas prise, la nature me l'a donnée.
Comparer
les divers modes d'existence des nations de la terre, étudier la manière de
penser et de sentir des peuples qui l'habitent, apprécier les rapports que Dieu
a mis entre leur histoire, leurs moeurs et leur physionomie; voyager en un mot:
c'est un inépuisable aliment fourni à ma curiosité, un éternel moyen d'activité
à ma pensée; m'empêcher de parcourir le monde, c'eût été me traiter comme un
savant à qui l'on déroberait la clef de sa bibliothèque.
Mais
si la curiosité m'emporte, un attachement qui tient des affections de famille
me ramène. Je fais alors le résumé de mes observations, et je choisis parmi mon
butin les idées qu'il me paraît le plus utile de répandre.
Pendant
mon séjour en Russie, comme pendant toutes mes autres courses, deux pensées, ou
plutôt deux sentiments n'ont cessé de dominer mon coeur: l'amour de la France
qui me rend sévère dans les jugements que je porte sur les étrangers et sur les
Français eux-mêmes, car nulle affection passionnée n'est indulgente; et l'amour
de l'humanité. Trouver le point d'équilibre entre ces deux termes de nos
affections ici-bas, la patrie et le genre humain, c'est la vocation de toute
âme élevée. La religion seule peut résoudre un tel problème, je ne me flatte
pas d'avoir atteint ce but; mais je puis et je dois dire que je n'ai jamais
cessé d'y tendre de tous mes efforts, sans égard aux variations de la mode.
Avec mes idées religieuses, j'ai traversé une génération indifférente, et
maintenant je vois, non sans une douce surprise, ces mêmes idées préoccuper les
jeunes esprits de la génération nouvelle.
Je
ne suis pas de ceux qui regardent le christianisme comme un voile sacré que la
raison, dans ses progrès infinis, devait déchirer un jour. La religion est
voilée, mais le voile n'est pas la religion; si le christianisme s'enveloppe de
symboles, ce n'est pas parce que la vérité est obscure, c'est parce qu'elle est
trop éclatante, et que l'oeil est faible: que si la vue se fortifie, il
atteindra toujours plus loin; mais rien ne sera changé au fond des choses; les
nuages ne sont pas sur les objets, ils sont sur nous.
Hors du christianisme, les hommes restent dans
l'isolement, ou s'ils s'unissent, c'est pour former des sociétés politiques,
c'est-à-dire pour faire la guerre à d'autres hommes. Le
christianisme seul a trouvé le secret de l'association pacifique et libre,
parce que seul il a montré la liberté où elle est. Le christianisme régit et
régira toujours plus étroitement la terre par l'application toujours plus
exacte de sa divine morale aux transactions humaines. Jusqu'ici le monde
chrétien a été plus occupé du côté mystique de la religion que de son côté
politique: une nouvelle ère commence pour le christianisme; peut-être nos
neveux verront-ils l'Évangile servir de hase à l'ordre public.
Mais
il y aurait impiété à croire que ce fût là l'unique but du divin législateur;
ce n'est que son moyen…
La
lumière surnaturelle ne peut être acquise au genre humain que par l'union des âmes
en dehors et au-dessus de tous les gouvernements temporels: société
spirituelle, société sans limites: tel est l'espoir, tel est l'avenir du monde.
J'entends
dire que ce but sera désormais atteint sans le secours de notre religion; que
le christianisme bâti sur un fondement ruineux, le péché originel, a fait son
temps; et que, pour accomplir sa véritable vocation méconnue jusqu'à ce jour,
l'homme n'a besoin que d'obéir aux lois de la nature.
Les
ambitieux d'un ordre supérieur qui réchauffent ces vieilles doctrines par leur
éloquence, toujours nouvelle, sont forcés d'ajouter, pour être conséquents, que
le bien et le mal n'existent que dans la pensée humaine: et que l'homme qui
créa ces fantômes est libre de les anéantir.
Les
preuves, soi-disant neuves qu'ils me donnent, ne me satisfont pas; mais
fussent-elles plus claires que le jour, qu'y aurait-il de changé en moi?… Qu'il
soit déchu par le péché, ou qu'il soit à la place où la nature l'a voulu
mettre, l'homme est un soldat enrôlé malgré lui dès sa naissance, et qui ne se
dégage qu'à la mort; et même alors, le chrétien croyant ne fait que changer de
liens. Prisonnier de Dieu, le travail, l'effort, telle est sa loi et sa vie; la
lâcheté lui paraît un suicide, le doute est son supplice, la victoire son
espérance, la foi son repos, l'obéissance sa gloire.
Tel
est l'homme de tous les temps et de tous les pays; mais tel est surtout l'homme
civilisé par la religion de Jésus-Christ.
Le
bien et le mal sont des inventions humaines, dites-vous? Mais si l'homme
engendre par sa nature de si obstinés fantômes, qui donc le sauvera de
lui-même? et comment échappera-t-il à cette maligne puissance de création
intérieure, de mensonge, si vous voulez, qui est et demeure en lui, malgré lui,
et malgré vous depuis le commencement du monde?
Tant
que vous ne mettrez pas la paix de votre conscience à la place des agitations
de la mienne, vous n'aurez rien fait pour moi… La paix!… Non, si hardi que vous
soyez, vous n'oseriez vous l'attribuer!!!… Et cependant,… notez ce point, la
paix, c'est le droit, c'est le devoir de la créature douée de raison, car sans
la paix, elle tombe au-dessous de la brute; mais, ô mystère! mystère pour tous,
mystère pour vous comme pour moi, ce but, nous ne l'atteindrons jamais de
nous-mêmes: car, quoi que vous en disiez, la nature entière ne suffit pas pour
donner la paix à une âme.
Ainsi,
quand vous m'auriez forcé à tomber avec vous d'accord de toutes vos audacieuses
assertions, vous n'auriez fait que me fournir de nouvelles preuves de la nécessité
d'un médecin des âmes, d'un Rédempteur pour remédier aux inévitables
hallucinations d'une créature si perverse qu'elle enfante incessamment,
inévitablement en elle-même la lutte et la contradiction, et que de sa nature
elle fuit le repos dont elle ne peut se passer, répandant au nom de la paix la
guerre autour d'elle, avec l'illusion, le désordre et le malheur.
Or,
la nécessité du Rédempteur une fois reconnue, vous me pardonnerez si j'aime
mieux m'adresser à Jésus-Christ qu'à vous!!…
Ici
nous touchons à la racine du mal! Il faut que l'orgueil de
l'esprit s'abaisse, et que la raison reconnaisse son insuffisance. La source du
raisonnement tarie, celle du sentiment coule à flots; l'âme redevient puissante
dès qu'elle avoue son impuissance; elle ne commande plus, elle prie, et l'homme
avance vers son but en tombant à genoux.
Mais
quand tous seront abattus, quand tous baiseront la poussière, qui restera
debout sur la terre? quel pouvoir subsistera sur les cendres du monde?… Ce qui
subsistera, c'est un pontife dans une Église…
Si
cette Église, fille du Christ et mère du christianisme, a vu la révolte sortir
de son sein, la faute en fut à ses prêtres: car ses prêtres étaient des hommes.
Mais elle retrouvera son unité, parce que ces hommes tout caducs qu'ils sont
n'en sont pas moins les successeurs directs des apôtres, ordonnés d'âge en âge
par des évêques qui reçurent eux-mêmes d'évêque en évêque sous l'imposition des
mains, en remontant jusqu'à saint Pierre et Jésus-Christ, l'infusion de
l'Esprit saint avec l'autorité nécessaire pour communiquer cette grâce au monde
régénéré.
Supposez… tout n'est-il pas possible à Dieu… Supposez
que le genre humain veuille devenir sérieusement chrétien, ira-t-il redemander
le christianisme à un livre? non, il le demandera à des hommes qui lui
expliqueront ce livre. Il faut donc toujours une autorité, même aux
prédicateurs d'indépendance, et celle qu'on choisit arbitrairement ne vaut pas
celle qu'on trouve établie depuis dix-huit siècles.
Croyez-vous
que l'Empereur de Russie soit un meilleur chef visible de l'Église que l'évêque
de Rome? Les Russes devraient le croire; mais le croient-ils? Croyez-vous
qu'ils le croient? Telle est pourtant la vérité religieuse qu'ils prêchent
aujourd'hui aux Polonais!
Vous
piquerez-vous de conséquence, et rejetterez-vous opiniâtrement toute autre
autorité que celle de la raison individuelle? vous perpétuez la guerre parce
que le gouvernement de la raison nourrit l'orgueil, et que l'orgueil engendre
la division. Ah! les chrétiens ne savent pas de quel trésor ils se sont
volontairement privés le jour où ils avisèrent qu'on pourrait avoir des églises
nationales!… Si toutes les églises du monde étaient devenues nationales,
c'est-à-dire protestantes ou schismatiques, il n'y aurait plus aujourd'hui de
christianisme: il n'y aurait que des systèmes de théologie soumis à la
politique humaine qui les modifierait à son gré, selon les circonstances et
selon les localités.
Je
me résume: je suis chrétien, parce que les destinées de l'homme ne s'accomplissent
pas sur la terre: je suis catholique, parce que hors de l'Église catholique, le
christianisme s'altère et périt.
Après
avoir parcouru la plus grande partie du monde civilisé, après m'être appliqué
de toutes mes forces pendant ces diverses courses à découvrir quelques-uns des
ressorts cachés dont le jeu fait la vie des Empires; voici, selon mes
observations attentives, l'avenir que nous pouvons présager au monde.
Du
point de vue humain: l'universelle dispersion des esprits par le mépris de la
seule autorité légitime en matière de foi: c'est-à-dire l'abolition du
christianisme, non comme système de morale et de philosophie, mais comme
religion… et ce point suffît à la force de mon argument. Du point de vue
surnaturel: le triomphe du christianisme par la réunion de toutes les églises
dans l'Église mère, dans cette Église ébranlée, mais indestructible, et dont
chaque siècle élargit les portes pour y faire rentrer tout ce qui en est sorti.
Il faut que l'univers redevienne païen ou catholique: païen d'un paganisme plus
ou moins raffiné, avec la nature pour temple, les sens pour ministre du culte,
et la raison pour idole; ou catholique avec des prêtres, dont un certain nombre
au moins mette sincèrement en pratique, avant de le prêcher, le précepte de
leur maître: «Mon royaume n'est pas de ce monde.»
Voilà le dilemme dont l'esprit humain ne sortira plus.
Hors de là, il n'y a d'un côté que fourbe, de l'autre qu'illusion.
Ce
résultat m'est apparu depuis que je pense; cependant les idées du siècle étaient
si loin de mes idées, que je manquais non de foi, mais de hardiesse;
j'éprouvais toute l'impuissance de l'isolement; je n'ai cessé néanmoins de
protester de toutes mes forces en faveur de ma croyance. Mais aujourd'hui
qu'elle est devenue populaire dans une partie de la chrétienté, aujourd'hui que
les grands intérêts qui agitent le monde sont ceux qui m'ont toujours fait
battre le coeur, aujourd'hui enfin que l'avenir, l'avenir prochain de l'Europe
est gros du problème dont je n'ai cessé de chercher la solution dans mon
obscurité; je reconnais que j'ai ma place en ce monde, je me sens appuyé, si ce
n'est dans mon pays encore épris de cette philosophie de destruction,
philosophie étroite, arriérée qui retient une grande partie de la France
actuelle hors de la mêlée des grands intérêts humains: au moins dans l'Europe
chrétienne. C'est cet appui qui m'a autorisé à définir plus nettement mes idées
dans plusieurs parties de cet ouvrage, et à en tirer les dernières
conséquences.
Partout
où j'ai posé le pied sur la terre, depuis Maroc jusqu'aux frontières de la
Sibérie, j'ai senti couver le feu des guerres religieuses; non plus peut-être,
nous devons l'espérer, de la guerre à main armée, la moins décisive de toutes,
mais de la guerre des idées… Dieu seul sait le secret des événements, mais tout
homme qui observe et qui réfléchit peut prévoir quelques-unes des questions qui
seront résolues par l'avenir: ces questions sont toutes religieuses. De
l'attitude que la France saura prendre dans le monde comme puissance catholique
dépendra son influence politique. À mesure que les esprits
révolutionnaires s'éloignent d'elle, les coeurs catholiques s'en rapprochent.
En ceci, la force des choses domine tellement les hommes, qu'un Roi,
souverainement tolérant, et un ministre protestant sont devenus dans le monde
entier les défenseurs les plus zélés du catholicisme, uniquement parce qu'ils
sont Français.
Tels furent les constants objets de
mes méditations et de ma sollicitude pendant le long pèlerinage dont on va lire
le récit, récit varié comme la vie errante du voyageur, mais où perce toujours
l'amour de la patrie combiné avec des idées plus générales.
Toutefois, à combien de controverses
ne sont-elles pas sujettes ces idées qui agitent aujourd'hui le monde,
longtemps engourdi dans une civilisation trop matérielle?
Reconnaître la divinité de
Jésus-Christ, c'est beaucoup sans doute, c'est plus que ne font la plupart des
protestants; néanmoins ce n'est pas encore être enfanté au christianisme. Les
païens ne voulaient-ils pas élever des temples à celui qui était venu pour
démolir leurs temples?… Lorsqu'ils proposaient aux apôtres de mettre
Jésus-Christ au nombre de leurs dieux, étaient-ils chrétiens pour cela?
Un
chrétien est un membre de l'Église de Jésus-Christ. Or, cette Église exclusive
est une; elle a son chef visible, et elle s'enquiert de la foi de chaque homme
autant que de ses actes, parce qu'elle gouverne par l'esprit.
Cette Église déplore l'étrange abus qu'on a fait de
nos jours du mot tolérance chrétienne au profit de l'indifférence
philosophique. Faire de la tolérance un dogme, et substituer ce dogme
humain à tous les dogmes divins, c'est détruire la religion sous prétexte de la
rendre aimable. Du point de vue de l'Église catholique, pratiquer la vertu de
tolérance, ce n'est pas transiger sur les principes; c'est protester contre la
violence, et mettre la prière, la patience, la douceur et la persuasion au
service de l'éternelle vérité; telle n'est pas la tolérance moderne! Ce credo de l'indifférence, devenu pendant
plus d'un siècle la base de la nouvelle théologie, perd de ses droits à
l'estime des chrétiens, en proportion de la puissance qu'il ôte à la foi; la
vraie tolérance, la tolérance renfermée dans les limites de la piété, n'est pas
l'état normal de l'âme, c'est le remède qu'une religion charitable et qu'une
sage politique opposent aux maladies de l'esprit.
Que veut-on dire encore par cette qualification
dernièrement inventée: le néocatholicisme?
Le catholicisme ne peut être nouveau sans cesser d'être.
Il peut exister, il existe sans doute
un grand nombre d'esprits, las de se laisser pousser à tous vents de doctrines,
et qui se réfugient à l'abri du sanctuaire contre la tourmente des idées du
siècle; on peut donner à ces nouveaux convertis le nom de néocatholiques; mais
on ne saurait parler de néocatholicisme sans méconnaître l'essence même de la
religion, car ce mot implique contradiction.
Rien de
moins ambigu que notre foi; ce n'est pas un système de philosophie dont chacun
peut prendre ou rejeter ce qu'il lui plaît. On
est catholique tout à fait, ou on ne l'est pas du tout; on ne saurait l'être à
moitié, ni d'une manière nouvelle. Un néocatholicisme serait
une secte déguisée qui abjurerait bientôt l'erreur pour rentrer dans le sein de
l'Église, sous peine de se voir condamnée par celle-ci, préoccupée qu'elle est
à juste titre de la nécessité de conserver la pureté de la foi, bien plus que
de l'ambition de grossir en apparence le nombre douteux de ses équivoques
enfants. Quand le monde adoptera le christianisme sincèrement, il saura bien le
prendre où il est. L'essentiel, c'est que le dépôt sacré reste pur d'alliage.
Néanmoins
l'Église catholique peut se réformer quant aux moeurs, à la discipline du
clergé, et même quant à la doctrine, sur les points qui ne touchent pas au
fondement de la foi; que dis-je? son histoire, sa vie n'est qu'une réforme
perpétuelle; mais cette réforme légitime et non interrompue, ne saurait
s'opérer que sous la direction de l'autorité ecclésiastique et selon les lois
canoniques.
Plus
j'ai parcouru le monde, plus j'ai observé les races diverses et les divers
États, et plus je me suis convaincu que la vérité est immuable: elle fut
défendue avec barbarie par des hommes barbares dans des siècles barbares; elle
sera défendue avec plus d'humanité dans l'avenir; mais sa pureté ne saurait
être altérée ni par le prisme de l'erreur, dont ses adversaires sont éblouis,
ni par les crimes de ses champions.
Je
voudrais envoyer en Russie tous les chrétiens non catholiques pour leur montrer
ce que peut devenir notre religion enseignée dans une église nationale, pratiquée sous la discipline
d'un clergé national.
Le
spectacle de l'avilissement où peut tomber le sacerdoce dans un pays où
l'Église ne relève que de l'État, ferait reculer tout protestant conséquent.
Une église nationale, un clergé national: ces mots ne devraient jamais
s'allier; l'Église est par essence supérieure à toute société humaine; quitter
l'Église universelle pour entrer dans une église politique quelconque, c'est
donc plus qu'errer dans la foi, c'est renier la foi, c'est retomber du ciel sur
la terre.
Cependant
combien d'hommes honnêtes, d'hommes excellents, à l'origine du protestantisme,
ont cru purifier leur croyance en adoptant les nouvelles doctrines, et n'ont
fait que se rétrécir l'esprit!… Depuis lors l'indifférence glorifiée et masquée
sous le beau nom de tolérance, a perpétué l'erreur…
Ce
qui fait de la Russie l'État le plus curieux du monde à observer aujourd'hui,
c'est qu'on y trouve en présence l'extrême barbarie favorisée par
l'asservissement de l'Église et l'extrême civilisation importée des pays
étrangers par un gouvernement éclectique. Pour savoir comment le repos ou du
moins l'immobilité peut naître du choc d'éléments si divers, il faut suivre le
voyageur jusque dans le coeur de ce singulier pays.
Le
procédé que j'emploie pour peindre les lieux et pour définir les caractères me
paraît, sinon le plus favorable à l'écrivain, du moins le plus rassurant pour
le lecteur, que je force à me suivre, et que je rends lui-même juge du
développement des idées suggérées au voyageur.
J'arrive
dans un pays nouveau sans autres préventions que celles dont nul homme ne peut
se défendre: celles que nous donne l'étude consciencieuse de son histoire.
J'examine les objets, j'observe les faits et les personnes en permettant
ingénument à l'expérience journalière de modifier mes opinions. Peu d'idées
exclusives en politique me gênent dans ce travail spontané où la religion seule
est ma règle immuable; encore cette règle peut-elle être rejetée par le lecteur
sans que le récit des faits et les conséquences morales qui en découlent soient
entraînés dans la réprobation que j'encours et que je veux encourir aux yeux
des incrédules.
On
pourra m'accuser d'avoir des préjugés, on ne me reprochera jamais de déguiser
sciemment la vérité.
Quand
je décris ce que j'ai vu, je suis sur les lieux; quand je raconte ce que j'ai
entendu, c'est le soir même que je note mes souvenirs du jour. Ainsi, les
conversations de l'Empereur, reproduites mot à mot dans mes lettres, ne peuvent
manquer d'un genre d'intérêt: celui de l'exactitude. Elles serviront, je
l'espère, à faire bien connaître ce prince si diversement jugé parmi nous et
dans le reste de l'Europe.
Les
lettres qu'on va lire ne furent pas toutes destinées au public, plusieurs parmi
les premières étaient de pures confidences; fatigué d'écrire, mais non de
voyager, je comptais cette fois observer sans méthode, et garder mes
descriptions pour mes amis; on verra, dans le cours de l'ouvrage, les raisons
qui m'ont décidé à tout imprimer.
La
principale, c'est que j'ai senti chaque jour mes idées se modifier par l'examen
auquel je soumettais une société absolument nouvelle pour moi. Il me semblait
qu'en disant la vérité sur la Russie, je ferais une chose neuve et hardie:
jusqu'à présent la peur et l'intérêt ont dicté des éloges exagérés; la haine a
fait publier des calomnies: je ne crains ni l'un ni l'autre écueil.
J'allais
en Russie pour y chercher des arguments contre le gouvernement représentatif,
j'en reviens partisan des constitutions. Le gouvernement mixte n'est pas le
plus favorable à l'action; mais dans leur vieillesse, les peuples ont moins
besoin d'agir; ce gouvernement est celui qui aide le plus à la production, et
qui procure aux hommes le plus de bien-être et de richesses; il est surtout
celui qui donne le plus d'activité à la pensée dans la sphère des idées
pratiques: enfin il rend le citoyen indépendant, non par l'élévation des
sentiments, mais par l'action des lois: certes, voilà de grandes compensations
à de grands désavantages.
À
mesure que j'ai appris à connaître le terrible et singulier gouvernement,
régularisé, pour ne pas dire fondé par Pierre Ier, j'ai mieux compris
l'importance de la mission que le hasard m'avait confiée.
L'extrême
curiosité que mon travail inspirait aux Russes, évidemment inquiets de la
réserve de mes discours, m'a fait penser d'abord que j'avais plus de puissance
que je ne m'en étais attribué; je devins attentif et prudent, car je ne tardai
pas à découvrir le danger auquel pourrait m'exposer ma sincérité. N'osant
envoyer mes lettres par la poste, je les conservai toutes, et les tins cachées
avec un soin extrême, comme des papiers suspects; par ce moyen, à mon retour en
France, mon voyage était écrit, et il se trouvait tout entier dans mes mains.
Cependant j'ai hésité trois années à le faire paraître: c'est le temps qu'il
m'a fallu pour accorder, dans le secret de ma conscience, ce que je croyais
devoir à la reconnaissance et à la vérité!!! Celle-ci l'emporte enfin parce
qu'elle me paraît de nature à intéresser mon pays. Je ne puis oublier que
j'écris pour la France avant tout, et je crois de mon devoir de lui révéler des
faits utiles et graves.
Je
me regarde comme le maître de juger, même sévèrement, si ma conscience l'exige,
un pays où j'ai des amis, d'analyser sans tomber dans d'offensantes
personnalités le caractère des hommes publics, de citer les paroles des
personnes politiques, à commencer par celles du plus grand personnage de
l'État, de raconter leurs actions, et de pousser jusqu'à leurs dernières
conséquences les réflexions que cet examen peut me suggérer, pourvu toutefois
qu'en suivant capricieusement le cours de mes idées, je ne donne aux autres mes
opinions que tout juste pour la valeur qu'elles ont à mes propres yeux: voilà
ce me semble ce qu'on peut appeler la probité de l'écrivain.
Mais
en cédant au devoir, j'ai respecté, je l'espère du moins, toutes les
convenances; car je prétends qu'il y a une manière convenable de dire des
vérités dures: cette manière consiste à ne parler que d'après sa conviction en
repoussant les suggestions de la vanité.
Au surplus, ayant beaucoup admiré en Russie, j'ai dû
mêler beaucoup de louanges à mes descriptions.
Les Russes ne seront pas satisfaits;
l'amour-propre l'est-il jamais? Cependant personne n'a été plus frappé que moi de la
grandeur de leur nation et de son importance politique. Les hautes destinées de
ce peuple, le dernier venu sur le vieux théâtre du monde, m'ont préoccupé tout
le temps de mon séjour chez lui. Les Russes en masse m'ont paru grands jusque
dans leurs vices les plus choquants; isolés, ils m'ont paru aimables; j'ai
trouvé au peuple un caractère intéressant: ces vérités flatteuses devraient
suffire ce me semble pour en compenser d'autres moins agréables. Mais jusqu'ici
les Russes ont été traités en enfants gâtés par la plupart des voyageurs.
Si
les discordances qu'on ne peut s'empêcher de remarquer dans leur société
actuelle, si l'esprit de leur gouvernement, essentiellement opposé à mes idées
et à mes habitudes, m'ont arraché des reproches, et comme des cris
d'indignation, mes éloges, également involontaires, n'en ont que plus de
portée.
Mais
ces hommes de l'Orient, habitués qu'ils sont à respirer et à dispenser l'encens
le plus direct, se tenant toujours pour croyables quand ils se louent les uns
les autres, ne seront sensibles qu'au blâme. Toute désapprobation leur paraît
une trahison; ils qualifient de mensonge toute vérité dure; ils ne verront pas
ce qu'il y a de délicate admiration sous mes critiques apparentes, de regret,
et à certains égards, de sympathie sous mes remarques les plus sévères.
S'ils
ne m'ont pas converti à leurs religions (ils en ont plusieurs, et chez eux la
religion politique n'est pas la moins intolérante), si, au contraire, ils ont
modifié mes idées monarchiques, en sens opposé au despotisme et favorable au
gouvernement représentatif, ils se trouveront offensés par cela seul que je ne
suis pas de leur avis. C'est un regret pour moi, mais
je préfère le regret au remords.
Si je
n'étais résigné à leur injustice, je n'imprimerais pas ces lettres. Au surplus, ils peuvent se plaindre de moi en paroles,
mais ils m'absoudront dans leur conscience; ce témoignage me suffit. Tout
Russe de bonne foi conviendra que si j'ai commis des erreurs de détail faute de
temps pour rectifier mes illusions, j'ai peint en général la Russie comme elle
est. Ils me tiendront compte des difficultés que j'avais à vaincre, et me
féliciteront du bonheur et de la promptitude avec lesquels j'ai pu saisir les
traits avantageux de leur caractère primitif sous le masque politique qui le
défigure depuis tant de siècles.
Les
faits dont je fus témoin sont rapportés par moi comme ils se sont passés sous
mes yeux; ceux qu'on m'a racontés sont reproduits tels que je les ai
recueillis; je n'ai point essayé de tromper le lecteur en me substituant aux
personnes que j'ai consultées. Si je me suis abstenu, non-seulement de nommer
celles-ci, mais de les désigner en aucune façon, ma discrétion sera sans doute
appréciée; elle est une garantie de plus du degré de confiance que méritent les
esprits éclairés auxquels j'ai cru pouvoir m'adresser pour m'éclaircir de
certains faits qu'il m'était impossible d'observer par moi-même. Il est
superflu d'ajouter que je n'ai cité que ceux auxquels le caractère et la
position des hommes de qui je les tiens donnaient à mes yeux un cachet
incontestable d'authenticité.
Grâce
à ma bonne foi scrupuleuse, le lecteur pourra juger par lui-même du degré
d'autorité qu'il doit attribuer à ces faits secondaires, qui d'ailleurs
n'occupent qu'une très-petite place dans mes narrations.


