DIARIO DE LOS ZŸI
Lugano, agosto de
1838.
Hoy me ha dicho: «Deberías emplear mejor tu
tiempo, trabajar, aprender, practicar, etc…». Muchas veces me ha regañado (a su
manera) por mi pereza, por mi despreocupación; sus palabras me entristecen.
¡Yo, trabajar, yo, emplear mi tiempo! ¿Y qué voy a hacer con mi tiempo? ¿En qué
puedo y debo trabajar? Por mucho que reflexione y busque a tientas, no siento
mi vocación en mí, ni la descubro fuera de mí. Lo único positivo que podría
hacer, el único papel que debería desempeñar, sería proteger mejor su vida
contra el mal fortuito y hacer que sus melancólicas alegrías le resulten más
dulces gracias al reflejo que conservo de ellas.
Tengo todo el amor propio y todo el orgullo
propios de un destino elevado; pero carezco de la convicción serena y firme.
Rossini ha perjudicado y contribuido al
progreso del arte, al igual que Bonaparte ha perjudicado y contribuido al
progreso de las sociedades. Quizás haya demostrado de forma demasiado magnífica
que el arte podía prescindir de la conciencia y la verdad, del mismo modo que
Bonaparte demostró que al Estado no le servían para nada esas grandes palabras
de Libertad y Constitución…
¡Utopías! ¡Utopías de los ingenuos hombres
honrados!
2 de agosto.
Hay tormenta en el aire, tengo los nervios
irritados, horriblemente irritados. Necesitaría una presa. Siento las garras
del águila en lo más profundo de mi pecho; tengo la lengua reseca. Dos fuerzas
opuestas luchan en mi interior: una me empuja hacia la inmensidad del espacio
indefinido, allá arriba, cada vez más alto, más allá de todos los soles y bajo
los cielos; la otra me atrae hacia las regiones más bajas y tenebrosas de la
calma, de la muerte, de la nada. Y permanezco clavado en mi silla, igualmente
desdichado por mi fuerza y por mi debilidad, sin saber qué hacer.
¿Por qué he desperdiciado estos hermosos dones por
unos cuantos mezquinos ídolos de mujeres, que necesariamente se rieron de
ellos?
Hace ya muchos días que no he escrito ni una
sola línea; a veces sufro amargamente por no poder manejar la palabra como
manejo las teclas de mi teclado. Me resultaría dulce expresar con nobleza, con
fuerza y sencillez lo que he sentido así, en ciertos momentos de mi vida.
Esta noche, por primera vez, creo, se ha llegado
a hablar (y es un tercero, H…, quien saca el tema) de una mujer cuyo nombre
siempre hubiera querido ignorar. Mientras él hablaba de ella con Marie, yo
seguí tocando el piano, y mi antigua, mi eterna herida se reabrió en mi
interior. Sufría íntimamente, inmensamente.
Ahora, ahí están, hablando de cosas diversas.
Por mi parte, mi mirada interior no puede apartarse de esas imágenes de
desolación, de profundo desencanto que se ciernen sobre todo mi destino…
¡Dios mío! Me habría resultado tan fácil
colocar mi corona de inocencia sobre la frente de Marie… Habría sido la más
preciosa de sus joyas.
Vivir, pensar, hablar, actuar al azar.
Soy como la loba de Dante:
… Che di tutte brame
Sembiava carca nella
sua magrezza.
El café y el té tienen mucho que ver con mis
tristezas y mis irritaciones. El tabaco también contribuye mucho a ello. Estas
dos cosas (el café y el tabaco) se han vuelto absolutamente necesarias para mí.
No sabría vivir sin ellas. La mayoría de las veces me hacen bien. A veces las
echo de menos (como a mis mejores amigos) y, de vez en cuando, me agitan y me
atormentan de una manera extraña.
Aquí, donde cenamos al aire libre, en medio de
los campos, es para mí un placer incomparable tomarme mi taza de café solo al
atardecer y soltar enormes bocanadas de mi pipa a modo de incienso. No sabría
decir cuánto, en esos momentos de dulce ocio, mi alma se expande y se derrama
misteriosamente a través de los rayos y las sombras de mis recuerdos, de mis
esperanzas rotas. Entonces también los árboles y el césped, las montañas y el
lago se tiñen de un resplandor más enérgico: todas las formas revisten una
belleza simpática e incondicional. Me dejo llevar por una increíble pereza; no
me atrevo a levantarme de mi silla por miedo a no volver a encontrar el punto
exacto desde el que contemplo mi cuadro, mitad fantástico, mitad real…
¡Qué dichoso yo sería si, en ese momento, ella
me dijera alguna palabra, por insignificante que fuera; su palabra es la luz
más dulce de la más blanca de las estrellas.
LUGANO.
Mi cabeza se inclina, mi corazón se rompe, mis
rodillas se doblan, mis manos se juntan…
¡Ya no pido nada más, oh, Dios mío! Me has dado
lo que se puede dar en este mundo: ¡todo, todo! ¡Déjame, déjame dormir,
solitario y olvidado!!!
MILÁN.
¿Por qué desesperarse? Pero ¿por qué esperar?
¿Por qué el porqué?
Las fuerzas que nos dominan obedecen a leyes
que nosotros no hemos determinado.
Siempre hay burdos errores, aberraciones
fundamentales en el lenguaje. Acabo de escribir: «Que nosotros no hemos
determinado». ¿Nosotros? ¿Qué es eso de «nosotros», quiénes somos «nosotros»,
quiénes son «ustedes», quién soy «yo»?... El catecismo se lo enseña a los niños
de seis años. Sabemos que lo entienden a la perfección.
En la tormenta de mis momentos de angustia,
cuando todo se tambalea, se desgarra, se desarraiga violentamente en mi
corazón, sólo me queda un pensamiento, un único remordimiento: ¡debería haberla
hecho feliz! ¡Podría haberlo hecho!
¿Pero aún puedo hacerlo? ? ?…
Escrito de puño y
letra de Madame d’Agoult.
Pon la mano sobre tu corazón y responde:
Vermag die Liebe alles zu dulden so vermag sie noch viel mehr alles zu
ersetzen
[Si el amor es capaz de todo, es aún más capaz
de sustituirlo todo] (Goethe).
Respuesta noble y hermosa, aunque en otro tono.
____________
6 de septiembre.
No soy, ni he sido nunca, una persona
impresionable. El espectáculo exterior, por muy bello que sea, me deja
indiferente, a menos que haga resaltar con fuerza una idea que me resulte afín.
Esas pompas, esas ceremonias, esas fiestas de la Coronación han pasado sin
dejarme la más mínima huella. He mirado poco y mal. Las fastuosas
infantilidades, las etiquetas anticuadas, el espíritu burgués épico de todo ese
gran ir y venir perfectamente útil y perfectamente inútil, ese «pequeño
grande», todo, en definitiva, tal y como es, me inspira una profunda compasión
por la miserable especie con la que soy «capaz de caminar», por decirlo como el
señor M… Parecería que no haría falta más para mejorar definitivamente la
suerte de las poblaciones más inquietas, pero de eso se trata precisamente… «¡È
incoronato!», gritó el heraldo, y la multitud aplaudía. El azar del nacimiento
ha recibido la más solemne de las consagraciones. Ni siquiera ha hecho falta
una amnistía para obtener la aclamación de la multitud. ¿Acaso no basta con ser
el heredero legítimo de los Habsburgo? —Hay algunos que así lo afirman. Pero
los aceites sagrados y, más aún, el aceite de las linternas que alegran al
pueblo, echan por tierra todos sus razonamientos. Arrodillémonos, pues, y
divirtámonos, tal y como se nos permite, tal y como se nos ordena arrodillarnos
y divertirnos.
(A propósito de los intentos saint-simonianos,
etc…) Se trata de llegar a la orilla opuesta. Los hombres enérgicos, los creyentes,
los locos se lanzan a nadar. Unos perecen, otros se cansan y dan media vuelta,
otros, por fin, llegan. Gritan a la multitud que los siga, pero en vano. La
multitud espera a que le construyan un puente para poder cruzar cómodamente,
sin peligro, sin fatiga. Pero, al fin y al cabo, cruza.
Mi propio corazón me aburre. No me gusta
analizar mis sentimientos. Me hace sufrir y me sumerge en un profundo desánimo;
además, hay un número muy reducido de elementos sencillos que se repiten en
todas partes y que lo explican todo. ¿Para qué tantas palabras? ¿Acaso todo el
mal, todos los sufrimientos no se explican con estas dos palabras del Apóstol:
«Orgullo» y «concupiscencia»?…
14 de noviembre.
Me pidió que volviera a ponerme su antiguo
anillo.
¿Se encadenan armoniosamente las diversas fases
de nuestra vida? ¿No hay acaso esos choques violentos, esas crisis desesperadas
que parecen romper toda unidad?
¿Son necesarios tantos desgarros, tantas
lágrimas y sollozos para el desarrollo de nuestra energía moral?
No lo sé, pero al volver a ponerme ese anillo
en el dedo me pareció que, de repente, me curaba de una larga enfermedad, y me
dejaba llevar por todo el arrebato de confianza de mi primera juventud, cuando
nos conocimos por primera vez.
A veces, por la mañana, me olvido a propósito
de ese anillo. Siento un extraño placer al abandonar así, al azar, este triste
y terrible símbolo de nuestra unión. Veinte veces al día pienso en volver a
ponérmelo y no lo hago.
Hay cosas que siento con violencia y
profundidad, pero que, sin embargo, no quiero escribir.
Febrero de 1839.
Un paréntesis de dos meses. Viaje a Bolonia,
Florencia, Pisa y Roma. – Rossini. – Ingres.
Si me siento con fuerzas y vitalidad, intentaré
una composición sinfónica basada en Dante, y luego otra basada en Fausto
—dentro de tres años—; hasta entonces, haré tres bocetos: El triunfo de la muerte (Orcagna); La comedia de la muerte (Holbein), y un fragmento dantesco. El Pensiero también me seduce.
Escrito de puño y
letra de Madame d’Agoult.
Releído en Saint-Lupicin, el 15 de octubre de
1866. – ¡Veintiocho años después!
¿Qué ha hecho él con esos veintiocho años? ¿Y
qué he hecho yo con ellos?
¡Él es el abate Liszt y yo soy Daniel Stern! ¡Y
cuántas desesperaciones, muertes, lágrimas, sollozos y lutos entre nosotros!
Traducción, para Literatura & Traducciones,
de Miguel Ángel Frontán
NOTA: La palabra Zÿi es un neologismo cariñoso inventado por la pareja para referirse a sí mismos o para describir su universo íntimo. Este término evocaba para Liszt y Marie d’Agoult lo brillante, lo celestial y lo sobrenatural.
JOURNAL DES ZŸI
Lugano, août 1838.
Elle m’a dit aujourd’hui : « Vous
devriez mieux employer votre temps, travailler, apprendre, vous exercer,
etc… » Bien souvent elle m’a grondé (à sa manière) de ma paresse, de mon
insouciance ; je suis attristé de ses paroles. Moi travailler, moi
employer mon temps ! Et qu’ai-je à faire de mon temps ; à quoi
puis-je et dois-je travailler ? J’ai beau réfléchir et chercher à tâtons, je ne sens point ma vocation
en moi, et je ne la découvre pas au dehors. La seule chose positive que je pourrais faire,
le seul rôle que je devrais remplir, ce serait de mieux abriter sa vie contre
le mal accidentel, et de lui rendre ses mélancoliques bonheurs plus doux par le
reflet que j’en garde.
J’ai tout l’amour-propre et tout l’orgueil
d’une haute destinée ; je n’en ai point la conviction calme et soutenue.
Rossini a nui et servi au progrès de l’art,
comme Bonaparte a nui et servi au progrès des sociétés. Il a peut-être trop
magnifiquement prouvé que l’art pouvait se passer de conscience et de vérité,
tout aussi bien que Bonaparte a prouvé que l’État n’avait que faire de ces
grands mots de Liberté et de Constitution…
Utopies ! Utopies des honnêtes
naïfs !
2 août.
Il y a de l’orage dans l’air, mes nerfs sont
irrités, horriblement irrités. Il me faudrait une proie. Je sens les serres de
l’aigle au dedans de ma poitrine ; ma langue est desséchée. Deux forces
contraires se combattent en moi : l’une me pousse dans l’immensité de
l’espace indéfini, là-haut, toujours plus haut, par delà tous les soleils et
sous les cieux ; l’autre m’attire vers les plus basses, les plus
ténébreuses régions du calme, de la mort, du néant. Et je reste cloué sur ma
chaise, également misérable de ma force et de ma faiblesse, ne sachant que
devenir.
Pourquoi avoir gaspillé ces beaux dons pour
quelques mesquines idoles de femme, qui devaient nécessairement en rire ?
Il y a bien des jours que je n’ai écrit une
seule ligne ; je souffre parfois amèrement de ne pouvoir manier la parole
comme je manie les touches de mon clavier. Il me serait doux d’exprimer
noblement, avec puissance et simplicité ce que j’ai senti ainsi, à certaines
heures de ma vie.
Ce soir, pour la première fois je crois, on est
venu à parler (et c’est un tiers, H… qui aborde ce sujet) d’une femme dont
j’aurais voulu toujours ignorer le nom. Pendant qu’il en causait avec Marie, je
continuai de jouer du piano, et mon ancienne, mon éternelle plaie se rouvrit au
dedans de moi. Je
souffrais intimement, immensément.
Maintenant, les voilà causant de choses
diverses. Pour moi,
l’œil intérieur ne saurait se détourner de ces images de désolation, de profond
désenchantement qui planent sur ma destinée entière…
Mon Dieu ! Il m’eût été si aisé de poser
ma couronne d’innocence sur le front de Marie… C’eût été le plus précieux de
ses joyaux.
Vivre, penser, parler, agir au hasard.
Je suis comme la louve du Dante :
… Che di tutte brame
Sembiava carca nella
sua magrezza.
Le café et le thé ont une bonne part dans mes
tristesses et mes irritations. Le tabac y contribue beaucoup aussi. Ces deux
choses (le café et le tabac) me sont devenues absolument nécessaires. Je ne
saurais vivre sans elles. Le plus souvent elles me font du bien. Parfois je
m’en ennuie (comme de mes meilleurs amis) et, de loin en loin, elles m’agitent
et me tourmentent d’une étrange façon.
Ici, où nous dînons en plein air, au milieu des
champs, ce m’est un plaisir incomparable de faire ma libation de café noir au
soleil couchant et de chasser d’énormes bouffées de ma pipe en guise d’encens.
Je ne saurais dire combien, à ces intervalles de doux loisir, mon âme se dilate
et s’épand mystérieusement à travers les rayons et les ombres de mes souvenirs,
de mes espoirs brisés. Alors aussi les arbres et les gazons, les montagnes et
le lac se colorent d’un éclat plus énergique : toutes les formes revêtent
une beauté sympathique et inconditionnelle. Je me laisse aller à une incroyable
paresse ; je n’ose me lever de ma chaise de peur de ne plus retrouver le
point précis d’où je vois mon tableau mi-fantastique, mi-réel…
Bienheureux si, à ce moment, elle me dit
quelque parole, même insignifiante ; sa parole, c’est la plus douce
lumière de la plus blanche des étoiles.
LUGANO.
Ma tête ploie, mon cœur se brise, mes genoux
fléchissent, mes mains se joignent…
Je ne demande plus rien, ô, mon Dieu ! Tu
m’as donné ce qui peut être donné ici-bas : tout, tout ! Laisse,
laisse-moi dormir, solitaire et oublié !!!
MILAN.
Pourquoi désespérer ? Mais pourquoi
espérer ? Pourquoi le pourquoi ?
Les forces qui nous dominent obéissent à des
lois que nous n’avons pas déterminées.
Il y a toujours de grossières erreurs, de
fondamentales aberrations dans le langage. Je viens d’écrire : « Que
nous n’avons pas déterminées. » Nous ? Qu’est-ce que nous, qui nous,
qui vous, qui moi ?… Le catéchisme l’apprend à des enfants de six ans. On
sait qu’ils le comprennent à merveille.
Dans la tourmente de mes heures d’angoisses,
alors que tout s’ébranle, se déchire, se déracine violemment dans mon cœur, une
seule pensée, un seul remords me reste – j’aurais dû la rendre heureuse !
Je l’aurais pu !
Mais le puis-je encore ? ? ?…
Écrit de la main de
madame d’Agoult.
Mets ta main sur ton cœur et réponds :
Vermag die Liebe alles
zu dulden so vermag sie noch viel mehr alles zu ersetzen (Goethe).
Réponse noble et belle, quoique à un autre
diapason.
____________
6 septembre.
Je ne suis point, je n’ai jamais été
impressionnable. Le spectacle extérieur, quelque beau qu’il soit, me laisse
indifférent, à moins qu’il ne fasse saillir en relief et puissamment une idée
qui m’est sympathique. Ces pompes, ces cérémonies, ces fêtes du Couronnement
ont passé sans me laisser la moindre trace. J’ai peu et mal regardé. Les
fastueuses puérilités, les étiquettes surannées, le bourgeois épique de tout ce
grand va-et-vient parfaitement utile et parfaitement inutile, ce petit grand,
tout enfin, tel quel, m’inspire une profonde compassion pour la misérable
espèce dont je suis « susceptible de marcher avec », pour parler
comme M. M… Il semblerait qu’il n’en faudrait pas plus pour améliorer
définitivement le sort des populations les plus inquiètes, mais il s’agit bien
de cela… « È incoronato » a crié le héraut ! et la foule
battait des mains. Le
hasard de la naissance a reçu la plus solennelle des consécrations. Il n’a même
pas fallu d’amnistie pour obtenir l’acclamation de la multitude. N’est-ce donc
pas assez que d’être l’héritier légitime des Habsbourg ? – Il y a bien
quelques-uns qui le prétendent. Mais les saintes huiles et plus encore l’huile des lampions qui
réjouissent le populaire, battent en brèche tous leurs raisonnements.
Agenouillons-nous donc et divertissons-nous, comme l’on nous permet, comme l’on
nous ordonne de nous agenouiller, de nous divertir !
(À propos des tentatives saint-simoniennes,
etc…) Il s’agit d’arriver au rivage opposé. Les hommes énergiques, les croyants, les fous
se jettent à la nage. Les uns périssent, d’autres se fatiguent et retournent en
arrière, d’autres enfin arrivent. Ils crient à la foule de les suivre, mais en
vain. La foule attend
qu’on lui construise un pont pour qu’elle puisse passer commodément, sans
danger, sans fatigue. Mais, en définitive, elle passe.
Mon propre cœur m’ennuie. Je n’aime point l’analyse
de mes sentiments. Elle me fait souffrir et me jette dans un profond
découragement ; d’ailleurs il y a un très petit nombre d’éléments simples
qui se retrouvent partout les mêmes et qui expliquent tout. À quoi bon tant de paroles ?
Tout le mal, toutes les souffrances ne sont-elles expliquées par ces deux
paroles de l’Apôtre : Orgueil et concupiscence ?…
14 novembre.
Elle m’a demandé de reprendre son ancienne
bague.
Les diverses phases de notre vie
s’enchaînent-elles harmonieusement ? N’y a-t-il pas de ces chocs violents,
de ces crises désespérées qui semblent rompre toute unité ?
Tant de brisements, tant de larmes et de
sanglots seraient-ils nécessaires au développement de notre énergie
morale ?
Je ne sais, mais en remettant cette bague à mon
doigt il m’a semblé que je guérissais tout à coup d’une longue maladie, et je
me laissais aller à tout l’emportement de confiance de ma première jeunesse,
alors que nous nous rencontrâmes pour la première fois.
Quelquefois, le matin, j’oublie volontairement
cette bague. Je ressens un plaisir étrange à abandonner ainsi à tout hasard ce
triste et terrible signe de notre union. Vingt fois, le jour, je songe à la reprendre et
je n’en fais rien.
Il est des choses violemment et très
profondément senties que je ne veux pourtant point écrire.
Février 1839.
Une lacune de deux mois. Voyage de Bologne,
Florence, Pise et Rome. – Rossini. – Ingres.
Si je me sens force et vie, je tenterai une
composition symphonique d’après Dante, puis une autre d’après Faust – dans trois
ans – d’ici là, je ferai trois esquisses : Le Triomphe de la mort
(Orcagna) ; la Comédie de la mort (Holbein), et un fragment dantesque. Le
Pensiero me séduit aussi.
Écrit de la main de
madame d’Agoult.
Relu à Saint-Lupicin, le 15 octobre 1866.
– Vingt-huit ans après !
Qu’a-t-il fait de ces vingt-huit années ?
Et qu’en ai-je fait ?
Il est l’abbé Liszt et je suis Daniel
Stern ! et que de désespoirs, de morts, de larmes, de sanglots, de deuils,
entre nous !

.jpg)
