domingo, 26 de abril de 2026

Ernest Hello: Contradicciones y síntesis I

 

EL MANTO DE DIOS

El sol es una mancha y la luz una sombra. La creación es una nube que oculta a Aquel que Es, y cuyo Rostro es el esplendor que atrae los deseos inexpresables y sacia a los insaciables. Todo pensamiento humano es una sombra, una nube, una disminución, una negación, incluso cuando afirma. Siendo toda criatura negación por naturaleza, y siendo el límite nuestro carácter, para soportar a las personas y las cosas, y la salida del sol y el genio humano, y las rosas, y las estrellas, hay que penetrarlas con el Espíritu que es la alegría, hay que considerarlas no en sí mismas, donde serían aburrimiento y vacío, sino como el manto de Aquel que es la alegría.

Aleluya. Amén.

 

LO INFINITO Y EL LÍMITE

Somos tan finitos que para expresar lo infinito nos servimos de una palabra negativa: infinito, no finito. Nos vemos obligados a tomar lo finito como base de la palabra, y luego a negarlo. La palabra infinito tiene tres sílabas, y lo finito ocupa dos de ellas. Dos de tres es mucho. Cuando intentamos hablar de lo infinito, lo finito nos llena la boca. La afirmación absoluta se convierte en nuestros labios en una negación. Lo mismo hay que decir de lo inmenso. Nos vemos obligados a hablar de medida para decir que no hay ninguna.

Nuestro límite estalla y se afirma a través de los mismos esfuerzos que hacemos por hablar de otra cosa. Para hablar de lo infinito, parece que tengamos que tomar la palabra «finito» como víctima y ofrecerla en sacrificio. ¿Habría alguna relación entre este acto del lenguaje humano y ese acto de la llama que, queriendo hablar de lo infinito a su manera, busca una víctima para quemarla? En un caso como en el otro, ¿nos diría lo infinito: «¿Qué hay de común entre ustedes y yo?»

 

LOS DIVERSOS ASPECTOS DEL LÍMITE

El límite considerado en la criatura es una negación.

En Dios es una afirmación: de ahí la creación del mundo. Añadido a los tipos, el límite edifica en lugar de destruir. Crescit in augmentum Dei, magnificat anima mea Dominum.

El amor propio es el amor al límite adorado por sí mismo. La caridad es el amor a la criatura limitada, percibida en Dios con su límite.

La transfiguración es el esplendor del límite clarificado por el fuego.

La Santísima Virgen María Inmaculada es la glorificación del límite; la humildad es la espada de fuego que monta guardia alrededor del límite glorificado.

La Santísima Virgen representa a la vez el Ser de Dios y el límite de la criatura.

La cruz es la forma del límite, símbolo en sí mismo de la nada.

El ángulo es lo que no es, la superficie sin sustancia.

La cruz glorificada es, pues, el arma del poder.

El signo de la cruz contiene el nombre del Ser y la forma de la nada transfigurada.

En las criaturas, la belleza es un límite percibido en la luz.

La fealdad es un límite percibido en sí mismo.

La belleza está en manos de la luz que la distribuye por medio del ministerio del límite. La calavera, el esqueleto son feos porque el ángulo se ve en ellos en sí mismo.

La belleza es la transfiguración del ángulo percibido en la luz y en la vida.

El sol hace resplandecer las gotas de rocío y las telas de araña. No tiene conocimiento del bien y del mal: transfigura a los más indignos.

Las cosas horribles, los animales horribles buscan la sombra como su patria, y cuanto más la encuentran, más horribles son. Su horror aumenta, por la noche, en los rincones y en las sombras. Podría disminuir por la mañana, en el campo, bajo el sol radiante. La luz visible los atenuaría envolviéndolos.

La luz invisible les quitaría su horror porque su horror es su propiedad. Los tomaría en sus alas y los transportaría al orden donde todo es bello.

En el orden todo es bello porque los límites se transfiguran.

Por la ciencia del bien y del mal, el hombre que veía las cosas en la luz las percibió en sí mismas. En lugar de referirlas a Dios, se las refirió a sí mismo, se las atribuyó a sí mismo para ser como un dios, conociendo el bien y el mal y determinando en relación con él estas dos cosas consideradas desde entonces como dos accidentes situados uno frente al otro.

Había conocido los nombres de los animales, es decir, los había conocido en su esencia.

A partir de entonces los conoció en sí mismos y dejaron de obedecerle, pues he aquí una ley general: toda criatura obedece a quien conoce su nombre.

El límite solamente tiene realidad en Dios; el yo, que es el límite, solamente tiene realidad en Dios. Fuera de Él somos la nada. Por eso la cruz, figura de la nada, era un signo de vergüenza antes de la encarnación del Verbo en quien fue circunscrito el abismo. Ahora es un signo de gloria porque la nada es glorificada en Dios. Por eso San Pablo dice que únicamente hay que gloriarse en la cruz, es decir, en la nada visitada por el Señor.

 

LOS LÍMITES DE LA PALABRA: LAS INTENCIONES DEL SILENCIO

Si bien es cierto que el hombre no conoce el todo de la nada, también lo es que no puede expresar el todo de la nada, ni siquiera en la medida en que lo conoce, o más bien en que lo siente. El alma querría comprender a Dios porque es infinita en potencia. No comprende a Dios porque Él es infinito en acto, pero la palabra humana querría al menos expresar completamente el alma humana; tampoco puede hacerlo, porque el alma es infinita en potencia.

¿Qué recurso les queda a los vencidos: al alma para contemplar a Dios, a la palabra para expresar el alma? El silencio.

El silencio es la palabra suprema que expresa lo inexpresable, de manera muy incompleta, pero tanto como es posible.

Cuando cada una de las palabras humanas repasadas de un vistazo por el alma le dice: «No soy yo, no soy yo, no soy yo quien soy tu expresión», llega el silencio y, de rodillas al borde del abismo, declara que el hombre calla y deja la palabra a la palabra de Dios. La palabra de Dios, al ver al hombre reducido al silencio, le dice: Has hecho bien en callar, pues de todas tus palabras, tu silencio es la más elevada: es ella la que declara que no me comprendes, que no comprendes, y que hay un mediador. Cállate, tú que fuiste la nada. Yo, que soy el Ser, entre el Padre y tú, daré cuenta y daré gracias. No te preocupes por nada. Yo oigo lo que no dices, y expreso lo que ignoras.

Lo más bello que el hombre dice no deja huella en el mundo visible: son palabras inarticuladas, oraciones inefables que los ángeles oyen y llevan a los pies del trono. Lo que el hombre hace y dice, accesible a los hombres, es el eco debilitado de un grito inmenso, es la moneda del gran tesoro.

 

EL ALCANCE DEL SILENCIO

En los momentos solemnes en que el hombre nada en plena luz, en el sentimiento de lo infinito, si siente la necesidad del silencio, no es porque no tenga nada que decir, es porque tiene todo que decir; no es el objeto lo que le falta a la palabra, es la palabra lo que le falta al objeto. Teme emplear palabras que también se llaman términos, y circunscribir y aniquilar, al determinarla, esa alegría inmensa y tímida que surge del fondo de su alma y planea sobre el mundo sin posarse en él, sintiéndolo demasiado pequeño para ella. Teme apagar la llama si la aprisiona. Teme volver a caer en la esclavitud, en el mismo instante en que intentara expresar lo inefable y narrar la liberación.

 

NATURALEZA Y LIBERTAD

¿Es la vida humana únicamente obra de la libertad humana? No. Somos dueños de nuestras decisiones, pero no tenemos en nuestras manos las consecuencias. ¿Es la vida humana obra de una fuerza ajena, y carece nuestra libertad de poder sobre nuestro destino? No. El hombre depende de sí mismo, es decir, de su libertad, y de las circunstancias externas, es decir, de la naturaleza, y la historia de la humanidad es el resultado de estas dos fuerzas.

Pero, ¿qué pueden crear estas dos acciones separadas, indiferentes, incluso enemigas, que no se entienden y se contradicen? Queremos y no podemos. La resistencia más estúpida, al menos en apariencia, pone un freno a nuestros proyectos más grandiosos.

Una mosca que vuela le impide a un hombre pensar. Un grano de arena mató a Cromwell. El hombre desea, la naturaleza se resiste: no se presta. La libertad quiere, la naturaleza no quiere. Carece esencialmente de complacencia. Nuestras combinaciones más ingeniosas, las más profundas, se ven frustradas por el accidente más extraño, a veces también el más simple, el más fácil de prever y, sin embargo, el más inesperado.

Y, sin embargo, por sí sola, ¿qué puede la libertad? Todo como intención, nada como resultado. ¿De dónde viene, pues, que el hombre comience, emprenda? No emprendería si nunca esperara terminar. Ahora bien, siente que por sí solo no puede llevar nada a buen término, que no puede prescindir de la ayuda de las cosas externas, que no puede someterlas por su propio poder, que la naturaleza es una enemiga necesaria, a la vez obstáculo y medio.

Si la libertad y la naturaleza fueran irreconciliables, si estas dos magnitudes permanecieran eternamente inconmensurables entre elllas, un desánimo invencible se apoderaría del hombre. Ya no actuaría, sin atreverse a esperar el final de su acción. Y, sin embargo, actúa. ¿De dónde viene, pues, que actúe? Este problema es simple y fundamental: ¿Cómo es que el hombre actúa?

Actúa, y esta verdad es cierta en todos los sentidos; actúa en virtud de una creencia implícita de la que no siempre es consciente. Actúa porque siente en lo más profundo de sí, sin verla, esta convicción: la naturaleza no es autónoma, no es ciega, no más que el hombre. La naturaleza tiene su ley, como el hombre tiene la suya: esas dos leyes, que parecen contradecirse en sus diferentes aplicaciones, se funden, se armonizan en su esencia y se resuelven en el Verbo. Sólo que esta ley se adhiere a la naturaleza, que obedece de manera invencible y por la fuerza. Ella solicita al hombre, que obedece libremente y por amor. La ley única, que rige tanto a Dios como a la creación, se impone a la naturaleza y se ofrece a la libertad. Si, pues, la libertad y la naturaleza tienden, cada una según su modo de ejercicio, a manifestar la misma esencia y a glorificar la misma ley, su desacuerdo no puede ser más que aparente, y cuando se reconozcan, se hará la paz entre ellas. Las oposiciones que la naturaleza opone a la libertad son los juegos del amor que solo lucha para rendirse. Si, pues, renunciando a las apariencias, penetramos en la esencia de las cosas, es decir, en su realidad ideal, nuestra libertad saludará de antemano a la naturaleza como a una amiga enmascarada, cuyos mismos obstáculos conducen a la meta, y que entorpece el camino tan sólo para incitar a los viajeros. Por encima de ambas, el hombre siente un poder que se encarga de la síntesis, puesto que es la vida y la ley, ley única que ambas deben manifestar y que, por su propia virtud, debe hacer surgir de las profundidades de su sabiduría la concordancia de las manifestaciones.

 

LA NADA DESEADA Y LA NADA SENTIDA: PECADO Y DESGRACIA

El ser creado y libre, cediendo a la tendencia que tenía hacia la nada de la que había salido, prefirió libremente la nada al Ser, y sintió los efectos de esa nada preferida hacia la que acababa de dar un paso. En otras palabras, pecó y fue infeliz: pues el pecado es la nada querida; y la desgracia, la nada sentida.

El sufrimiento es al pecado lo que un sentimiento es a una voluntad. Es la consecuencia, el eco del pecado en el orden sensible, su marca, su prueba, su advertencia. Se convierte en su remedio, en virtud de la ley que quiere que en el fondo del mal germine, como consecuencia última, su remedio, mientras el mal no haya entrado en el ámbito de las cosas eternas.

El hombre prefirió la criatura al infinito: ahí está el pecado. Se entregó a la criatura, ahí está el sufrimiento. Todo sufrimiento es el sentimiento de la nada. Toda alegría es el sentimiento del infinito. El Infinito le dijo al hombre: Preferiste a la criatura, a la mujer, a la manzana, antes que a mí. Disfruta de la criatura, de la mujer y de la manzana, y sé feliz si puedes.

¿Cómo se convierte el sufrimiento en el instrumento del retorno al Ser? No lo sé. No tengo la menor idea. ¿Cómo compensa la nada sentida a la nada querida? ¿Será porque la negación debe contener en sí misma un principio que, al pasar al estado de acto, retorna a la afirmación?

Siendo el nacimiento de Cristo, en esta hipótesis, la afirmación primera; la cruz, la negación; el pecado absoluto, el dolor absoluto, y la resurrección nacida de la cruz, la afirmación soberana y definitiva, la síntesis de la vida…

¿Y no tendría cada uno de nosotros que volver a comenzar en su vida la historia de la humanidad, la afirmación, la negación? Entonces la pregunta es esta: ¿Seguirá la negación dominando el campo de batalla, o será a su vez negada?

 

ORDEN Y DESORDEN: CIENCIA Y VIDA

La ciencia es la afirmación, la vida es la negación. La ciencia constata las leyes del orden; la vida muestra el desorden. Puede producir la desesperación, que es el sentimiento del desorden no corregido, del desorden considerado como permanente y eterno.

Contra la vida, que es la prueba y que puede conducir a la desesperación, solamente hay refugio en la sumisión completa de lo finito a lo infinito.

La sumisión libera lo finito y desarma lo infinito.

Frente a cualquier ley, esta verdad resulta cierta. Si uno se rebela contra las leyes físicas, contra las que rigen la gravedad, el vapor, la electricidad, será aplastado por ellas.

Si uno las obedece quedarán vencidas.

Quien obedece a la naturaleza puede mandar sobre la naturaleza. Las dos chispas de la electricidad dan luz a quien conoce y observa las leyes de la electricidad.

La ciencia es afirmativa porque está en el orden de la ley.

La vida es negativa porque está en el orden del accidente.

Este hombre, tras haberlo oído, diría:

— Sí, eso es cierto.

—Entonces, mire, actúe en consecuencia.

—No —responderá—, me han parecido buenos sus razonamientos, pero ¿es cierta la consecuencia que se deriva de ellos? No lo sé.

Este hombre dice: sí y no. Puede ser sincero en ambos casos, pero es doble y no es el mismo quien ha dado las dos respuestas.

Cree cuando se trata de hablar.

No cree cuando se trata de actuar.

El pensamiento puramente científico, cuando se trasplanta al terreno de los hechos, duda de sí mismo y ya no se reconoce; no es allí donde nació, no está en su patria.

El Espíritu quiere afirmar, necesita creer en la ley, en el orden. Necesita de la ciencia que dice: sí, pero toda afirmación provoca en el espíritu que la acaba de hacer una reacción contra sí misma:

Sí, pero ¿es eso cierto?

Sí, primera palabra. ¿Es eso cierto? Segunda palabra.

Esto es lo que importa constatar: estas dos palabras no son pronunciadas por la misma voz.

Cuando la ciencia se plantea objeciones a sí misma, sus objeciones son pueriles y ridículas. Son las objeciones de los libros. La ciencia no tiene objeciones que plantear. Por su parte, cualquier objeción sería un suicidio. La objeción que plantearía contra el orden se levantaría contra ella misma y equivaldría a esta palabra: ¿existo?

La objeción parte, por otra parte, de la vida. La miseria y el aburrimiento están ahí. Ante ese feo desorden, la voz que detesta el orden exclama: el orden no existe.

La objeción corre por las calles. Está en el arroyo que arrastra sus basuras, en el corazón cansado, en el cuerpo enfermo, en la fealdad de la araña que parece decirle a Dios:

¡Oh Belleza de la que se habla, si existieras, yo no existiría!

 

LA PLENITUD A TRAVÉS DEL VACÍO

La ley de este mundo es la alternancia. La naturaleza la sufre, el espíritu creado la sufre. Dios da algo del Ser, luego lo retira, y acerca a la criatura a su nada primitiva. Es el flujo y reflujo del gran mar.

Cuanto más elevado es el hombre, más se aplica la ley desde lo alto. Cuanto más hace sentir Dios al alma la cercanía del Ser, más le hace sentir la cercanía de la nada. Cuanto más la llena, más la vacía.

Pero este vacío llama a la plenitud, cuando es aceptado. Así, la libertad humana se ejerce como la libertad divina, y las leyes, que son la expresión de los hábitos de Dios, se ejercen por la naturaleza que no lo sabe, por el hombre que puede saberlo y que, si ve desde lo suficientemente alto como para ver su miseria y su grandeza, puede elevarse aún más hasta el punto de desearlas. A la palabra que dice: «Yo soy el que es, y tú eres el que no es», el hombre tiene derecho a responder libremente y a decir: Amén, Amén, Señor, Amén, Tu autem, Domine, miserere nostri.

 

LOS DOS MOVIMIENTOS DE LA VIDA: EXPANSIÓN Y CONTRACCIÓN

La expansión es la ley de la vida, y todo ser que tiene más vida de la que puede contener sufre y tiende a comunicársela a otros seres semejantes a él. Pero la vida, tras haberse derramado, se contrae.

El cielo, en verdad, inunda la tierra con los rayos de su sol. Pero todos los cuerpos terrestres le devuelven al cielo cálidas emanaciones. Lo que recibe en forma de luz, la tierra lo devuelve en forma de calor.

Y cuando el hombre que habla ilumina al hombre que escucha, éste se estremece y devuelve la chispa recibida al lugar de donde partió: ambos disfrutan del espíritu que va y viene. El que ha recibido la limosna de la luz ha dado la limosna del calor.

Los planetas que describen una curva alrededor de los soles obedecen a una ley de síntesis como el amor que esta fuerza representa, y que es la resultante de dos fuerzas: la fuerza centrípeta, en virtud de la cual toda vida se contrae hacia el centro, y la fuerza centrífuga, en virtud de la cual toda vida se dilata hacia los extremos. De ahí nace la forma esférica, que es la forma universal de los globos y de sus movimientos en el espacio, la forma de la vista cuando se posa sobre la montaña, la forma del horizonte, la forma de la belleza, la forma de lo femenino que tiende a redondear los contornos.

Si esas dos fuerzas reinan en la tierra y en el cielo para producir esta forma, es porque cumplen en el cielo y en la tierra la voluntad de Aquel que estableció en el mundo moral la ley centrífuga y la ley centrípeta, la ley del retiro y la de la acción.

¿Por qué el flujo y el reflujo? ¿Por qué este inmenso ir y venir de todas las cosas, vida y muerte, sueño y vigilia, día y noche, luz, tinieblas? ¿Por qué la alternancia es la ley de este mundo? La creación física no puede ser más que la imagen del mundo invisible. La creación refleja a Dios, que es inmutable. ¿Cómo vive en una evolución incesante? ¿Por qué el ir, por qué el volver, cuando solamente hay una cosa que hacer, que es manifestar a un Dios eterno?

 

LAS LEYES DE LA NATURALEZA Y EL DIOS DE LA GLORIA

Parece que las leyes conocidas, o al menos vistas, o al menos vislumbradas por sus efectos, las leyes de la vida y de la muerte, por ejemplo, revelan, significan algo de Dios, algo de lo que tenemos una idea, idea imperceptible, vacilante, casi nula, idea cualquiera, sin embargo.

Pero hay hechos que no se rigen por leyes conocidas, la Eucaristía, por ejemplo, que parece una creación aparte, el milagro que parece revelar no tal o cual perfección divina, sino la gloria misma.

El hecho natural que hace oportuno el milagro ha manifestado una ley natural, la cual manifestaba un poco de Dios, como si esa palabra tuviera sentido. El milagro manifiesta al Dios superior a sus leyes, superior a sí mismo, pues esas leyes son imágenes, y aquel es el Dios de la gloria. La gloria es la exaltación del Ser por encima del Ser. Parece la resurrección de quien no ha muerto. La gloria está por encima de la ley: pues llamamos ley a la fuerza divina que rige un sistema cuya unidad percibimos.

Cuando la unidad de la concepción está fuera de nuestro horizonte visual, creemos que la ley se ha roto y la cosa nos parece un accidente. Pero esta unidad, al estar por encima de nosotros, no es sino más real, y en lugar de salir de la ley, nos hemos acercado a ella. Cuanto más elevada es la ley, más desconocida es; cuanto más simple es, más se asemeja a la ley primordial y radical que domina todas las leyes a una distancia inconmensurable. La ley que hace a los cuerpos impenetrables es vencida por la ley que los hace penetrables, y esta es la ley de la gloria.

Las leyes son el velo del Templo; pero a veces el velo se rasga y la Ley se vislumbra por un instante en el Santo de los Santos. Esta ley simple, que a veces se deja entrever, como por una rendija entre las rocas abiertas, a través del océano dividido que se eleva a derecha e izquierda, a través del desgarro de un universo quebrantado, esta ley es la gloria misma, cuya esencia es estar por encima de las leyes, pisotearlas y hacerlas temblar.

 

EL VÉRTIGO ANTE LO ABSOLUTO

Lo absoluto no puede abordarse mediante el análisis. Se niega a los argumentos de la mente y únicamente se rinde cuando el corazón ha rezado. Por eso la oración del niño que no sabe nada y la del gran hombre que ha superado la ciencia, agotado lo múltiple y vive en la unidad deben parecerse mucho.

Los apóstoles, que aún no comprendían porque el amor no había descendido en ellos, buscaban la grandeza y apartaban a los niños. Aquel que tiene, o más bien, que es la grandeza, llama a sí toda debilidad, acaricia las cabecitas con esa mano real que rompe las grandes, y bendice la nueva creación en la persona de los más sencillos.

El vértigo es un monstruo que se encuentra en el fondo de todos los abismos. Todo pensamiento profundo, todo sentimiento profundo tiene el suyo. El genio y el amor se asoman constantemente a los precipicios que los llaman. Las grandes naturalezas, porque aman más las profundidades, son arrastradas más terriblemente hacia ellas en virtud del veredicto: mi peso es mi amor.

Pero la ley de este mundo, que quiere que toda cosa provoque su contrario, ha colocado en esos mismos hombres un contrapeso, cuyo nombre desconozco, aunque conozco su naturaleza. Es una fuerza que frena y que está en relación directa con la velocidad adquirida. Quizás una emoción parezca anulada por su propio exceso, como un movimiento demasiado rápido para ser percibido se asemeja a la inmovilidad. Quizás el pensamiento, incluso cuando parece apagado, conserve aún el dominio supremo y apacigüe con su voz moribunda la voz atronadora del abismo.

Quizás, al fin y al cabo, la Soberanía vela por los suyos. En sueños, en el instante del escalofrío, el hombre se dice a veces: «No tengo miedo». Y cuando sueña despierto, en sus delirios, el hombre destinado a la victoria pronuncia una palabra tranquila, y esa calma, aunque engañosa, pasa un poco de sus labios a su alma.

Inclinado sobre el abismo, observa en el fondo el juego de un arroyo que se desliza sobre las piedras, y esa mirada valiente es recompensada por no sé qué fuerza íntima e inconsciente que lo sostiene sin que él la sienta: va a caer y no cae.

Tal es el poder de la palabra que un acto de fe pronunciado sin convicción por unos labios temblorosos puede armar el alma contra el vértigo de la duda. Quizá el hombre, en esos momentos de gran lucha en los que parece mentir, porque su palabra está por encima de su pensamiento, pronuncia, por el contrario, la verdad suprema, en sintonía no con él, sino con la voz que habla en su interior, que está por encima de él y que lo guía sin que él lo sepa.

 

ERNEST HELLO

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

LE MANTEAU DE DIEU

Le soleil est une tache et la lumière une ombre. La création est une nuée qui cache Celui qui Est, et dont la Face est la splendeur qui attire les désirs inexprimables et qui rassasie les insatiables. Toute pensée humaine est une ombre, une nuée, une diminution, une négation, même quand elle affirme.Toute créature étant négation par nature, et la limite étant notre caractère, pour supporter les personnes et les choses, et le lever du soleil et le génie humain, et les roses, et les étoiles, il faut les pénétrer de l’Esprit qui est la joie, il faut les considérer non en eux-mêmes où ils seraient ennui et vide, mais comme le manteau de Celui qui est la joie.

Alléluia. Amen.

 

L’INFINI ET LA LIMITE

Nous sommes tellement finis que pour exprimer l’infini nous nous servons d’un mot négatif : infini, non fini. Nous sommes obligés de prendre le fini pour base du mot, et puis de le nier. Le mot infini a trois syllabes, et le fini occupe deux d’entre elles. Deux sur trois c'est beaucoup.Quand nous essayons de parler de l’infini, le fini nous remplit la bouche. L’affirmation absolue devient entre nos lèvres une négation.Autant faut-il en dire de l’immense. Nous sommes obligés de parler de mesure pour dire qu’il n’y en a pas.

Notre limite éclate et s’affirme par les efforts même que nous faisons pour parler d’autre chose. Pour parler d’infini, on dirait qu’il nous faut prendre le mot : fini, comme victime, et l’offrir en sacrifice. Est-ce qu’il y aurait quelque rapport entre cet acte de la langue humaine et cet acte de la flamme qui, voulant parler d’infini à sa manière, cherche une victime pour la brûler ? Dans un cas comme dans l’autre, est-ce que l’infini nous dirait : Qu’y a-t-il de commun entre vous et moi ?

 

LES DIVERS ASPECTS DE LA LIMITE

La limite considérée dans la créature est une négation.

En Dieu elle est une affirmation : de là, la création du monde. Ajoutée aux types, la limite édifie au lieu de détruire. Crescit in augmentum Dei, magnificat anima mea Dominum.

L’amour-propre est l’amour de la limite adorée pour elle-même. La charité est l’amour de la créature limitée, aperçue en Dieu avec sa limite.

La transfiguration est la splendeur de la limite clarifiée par le feu.

La Sainte Vierge Marie Immaculée est la glorification de la limite ; l’humilité est l’épée de feu qui fait la garde autour de la limite glorifiée.

La Sainte Vierge représente à la fois l’Être de Dieu et la limite de la créature.

La croix est la forme de la limite, symbole elle-même du néant.

L’angle est celui qui n’est pas, la surface sans substance.

La croix glorifiée est donc l’arme de la puissance.

Le signe de la croix contient le nom de l’Être et la forme du néant transfiguré.

Chez les créatures, la beauté est une limite aperçue dans la lumière.

La laideur est une limite aperçue en elle- même.

La beauté est dans les mains de la lumière qui la distribue par le ministère de la limite. La tête de mort, le squelette sont laids parce que l’angle s’y voit en lui-même.

La beauté est la transfiguration de l’angle aperçu dans la lumière et dans la vie.

Le soleil fait resplendir les gouttes de rosée et les toiles d’araignée. Il n’a pas la science du bien et du mal : il transfigure les plus indignes.

Les choses hideuses, les animaux hideux cherchent l’ombre comme leur patrie, et plus ils la trouvent plus ils sont hideux. Leur horreur augmente, la nuit, dans les coins et dans les ombres. Elle diminuerait le matin, à la campagne, au grand soleil. La lumière visible les atténuerait en les enveloppant.

La lumière invisible leur enlèverait leur horreur parce que leur horreur est leur propriété. Elle les prendrait sur ses ailes et les transporterait dans l’ordre où tout est beau.

Dans l’ordre tout est beau parce que les limites sont transfigurées.

Par la science du bien et du mal, l’homme qui voyait les choses dans la lumière les aperçut en elles-mêmes. Au lieu de les rapporter à Dieu, il se les rapporta à lui- même, il se les attribua à lui-même afin d’être comme un dieu, sachant le bien et le mal et déterminant par rapport à lui ces deux choses considérées désormais comme deux accidents placés l’un en face de l’autre.

Il avait su les noms des animaux, c’est-à- dire il les avait connus dans leur type.

Désormàis il les connut en eux-mêmes et ils cessèrent de lui obéir, car voici une loi générale : Toute créature obéit à celui qui sait son nom.

La limite n’a de réalité qu’en Dieu ; le moi qui est la limite n’a de réalité qu’en Dieu. En dehors de Lui nous sommes le rien.Voilà pourquoi la croix, figure du néant, était un signe de honte avant l’incarnation du Verbe en qui fut circonscrit l’abîme. Elle est maintenant un signe de gloire parce que le néant est glorifié en Dieu. Voilà pourquoi saint Paul dit de ne se glorifier que dans la croix, c'est-à-dire dans le néant visité par le Seigneur.

 

LA LIMITE DE LA PAROLE : LES INTENTIONS DU SILENCE

S’il est vrai que l’homme ne sait le tout de rien, il est vrai aussi qu’il ne peut dire le tout de rien, même dans la mesure où il le sait, ou plutôt où il le sent. L’âme voudrait comprendre Dieu parce qu’elle est infinie en puissance. Elle ne comprend pas Dieu parce qu’il est infini en acte, mais la parole humaine voudrait au moins exprimer complètement l’âme humaine ; elle ne le peut pas non plus, parce que l’âme est infinie en puissance.

Quelle ressource reste-t-il aux vaincus : à l’âme pour loucher Dieu, à la parole pour exprimer l’âme ? Le silence.

Le silence est la parole suprême qui exprime l’inexprimable, très incomplètement mais autant que possible.

Quand chacune des paroles humaines passées en revue par un coup d’oeil de l’âme lui dit : « Ce n’est pas moi, ce n’est pas moi, ce n’est pas moi qui suis ton expression », le silence arrive et, à genoux sur le bord de l'abîme, déclare que l’homme se tait,et laisse la parole à la parole de Dieu. La parole de Dieu, voyant l’homme réduit au silence, lui dit : Tu as bien fait de te taire, car de toutes tes paroles, ton silence est la plus haute : c’est elle qui déclare que tu ne me comprends pas, que tu ne comprends pas, et qu’il y a un médiateur. Tais-toi, toi qui fus néant. Moi, qui suis l’Être, entre le Père et toi, je rendrai compte et je rendrai grâce. Ne te préoccupe de rien. J’entends ce que tu ne dis pas, et j’exprime ce que tu ignores.

Ce que l’homme dit de plus beau ne laisse pas de trace dans le monde visible: ce sont des paroles inarticulées, des prières inex-primables que les anges entendent et portent aux pieds du trône. Ce que l'homme fait et dit d’accessible aux hommes, est l’écho affaibli d’un cri immense, c’est la monnaie du grand trésor.

 

LA PORTÉE DU SILENCE

Dans les moments solennels où l’homme nage en pleine lumière, dans le sentiment de l'infini, s’il éprouve le besoin du silence, ce n’est pas parce qu’il n’a rien à dire, c’est parce qu’il a tout à dire ; ce n’est pas l’objet qui fait défaut à la parole, c’est la parole qui fait défaut à l’objet. Il a peur d’employer des mots qui s’appellent aussi des termes, et de circonscrire et d’anéantir, en la déterminant, cette joie immense et timide qui se lève du fond de son âme et plane sur le monde sans se poser sur lui, le sentant trop petit pour elle. Il a peur d’éteindre la flamme s’il l’emprisonne. Il a peur de retomber dans l’esclavage, à l’instant même où il essaierait d’exprimer l’inexprimable et de raconter la délivrance.

 

NATURE ET LIBERTÉ

La vie humaine est-elle seulement l’oeuvre de la liberté humaine? Non. Nous sommes maîtres de nos déterminations, mais nous n’en tenons pas dans nos mains les conséquences. La vie humaine est-elle l’oeuvre d’une force étrangère, et notre liberté est-elle sans puissance sur notre destinée ? Non. L'homme dépend de lui, c’est-à-dire de sa liberté, et des circonstances extérieures, c’est-à-dire de la nature, et l’histoire de l’humanité est la résultante de ces deux forces.

Mais que peuvent créer ces deux actions séparées, indifférentes, ennemies même, et qui ne s’entendent pas, qui se contredisent? Nous voulons et nous ne pouvons pas. La résistance la plus stupide, au moins en apparence, arrête nos plus grands projets.

Une mouche qui vole empêche un homme de penser. Un grain de sable a fait mourir Cromwell. L’homme désire, la nature résiste : elle ne se prête pas. La liberté veut, la nature ne veut pas. Elle manque essentiellement de complaisance. Nos combinaisons les plus savantes, les plus profondes sont déjouées par l’accident le plus étrange, quelquefois aussi le plus simple, le plus facile à prévoir et pourtant le plus inattendu.

Et pourtant, toute seule, que peut la liberté ? Tout comme intention, rien comme résultat. D’où vient donc que l’homme commence, entreprend? Il n’entreprendrait pas s’il n’espérait jamais terminer. Or il sent que tout seul il ne peut rien mener à terme, qu’il ne peut se passer du concours des choses extérieures, qu’il ne peut les soumettre par son propre pouvoir, que la nature est une ennemie nécessaire, à la fois obstacle et moyen.

Si la liberté et la nature étaient irréconciliables, si ces deux quantités restaient éternellement incommensurables entre elles, un invincible découragement s’emparerait de l’homme. Il n’agirait plus, n’osant pas espérer la fin de son action. Et cependant il agit. D’où vient donc qu’il agit ? Ce problème est simple et fondamental : Comment se fait-il que l’homme agisse ?

Il agit, et cette vérité est vraie en tous sens ; il agit en vertu d’une croyance sous- entendue dont il n’a pas toujours conscience. Il agit parce qu’il sent au fond de lui, sans la voir, cette conviction : la nature n'est pas autonome, n’est pas aveugle, pas plus que l’homme. La nature a sa loi, comme l’homme a la sienne : ces deux lois, qui semblent se contrarier dans leurs différentes applications, se fondent, s’harmonisent dans leur essence, et se résolvent dans le Verbe. Seulement, cette loi adhère à la nature, qui obéit invinciblement et par force. Elle sollicite l’homme, qui obéit librement et par amour. La loi unique, qui régit Dieu comme la création, s’impose à la nature et se propose à la liberté. Si donc la liberté et la nature tendent, chacune suivant son mode d’exercice, à manifester la même essence et à glorifier la même loi, leur désaccord ne peut être qu’apparent, et quand elles se reconnaîtront, la paix se fera entre elles. Les oppositions que fait la nature à la liberté sont les jeux de l’amour qui ne combat que pour se rendre. Si donc, renonçant aux apparences, nous pénétrons dans l’essence des choses, c’est-à-dire dans leur réalité idéale, notre liberté saluera d’avance la nature comme une amie masquée, dont les entraves mêmes conduisent au but, et qui n’embarrasse la route que pour inciter les voyageurs. Au-dessus de toutes deux, l’homme sent une puissance qui se charge de la synthèse, attendu qu’elle est la vie et la loi, loi unique que toutes deux doivent manifester et qui, par sa vertu propre, doit faire surgir des profondeurs de sa sagesse la concordance des manifestations.

 

LE NÉANT VOULU ET LE NÉANT SENTI : PÉCHÉ ET MALHEUR

L’être créé et libre, cédant à la tendance qu’il avait vers le néant d’où il était sorti, préféra librement le néant à l’Être, et il sentit les atteintes de ce néant préféré vers lequel il venait de faire un pas. En d’autres termes il pécha et fut malheureux : car le péché, c’est le néant voulu; et le malheur, c’est le néant senti.

La souffrance est au péché ce qu’est un sentiment à une volonté. Elle est la conséquence, le retentissement du péché dans l’ordre sensible, sa marque, sa preuve, son avertissement. Elle devient son remède, en vertu de la loi qui veut qu’au fond du mal germe, comme conséquence dernière, son remède, tant que le mal n’est pas entré dans le domaine des choses éternelles.

L’homme a préféré la créature à l’infini : voilà le péché. Il est livré à la créature, voilà la souffrance.Toute souffrance est le sentiment du néant. Toute joie est le sentiment de l’infini. L’Infini a dit à l’homme: Tu as préféré la créature, la femme, la pomme, à moi. Jouis de la créature, de la femme et de la pomme, et sois heureux si tu peux.

Comment la souffrance devient-elle l’instrument du retour à l’Être ? Je ne sais. Je n’en ai pas la moindre idée. Comment le néant senti compense-t-il le néant voulu ? Serait-ce parce que la négation doit contenir en soi un principe qui, passant à l’état d’acte, retourne à l’affirmation?

La naissance du Christ étant dans cette hypothèse l’affirmation première ; la croix étant la négation; le péché absolu, la douleur absolue, et la résurrection née de la croix étant l'affirmation souveraine et définitive, la synthèse de la vie…

Et chacun de nous n’aurait-il pas dans sa vie à recommencer l’histoire de l’humanité, l’affirmation, la négation ? Puis la question est celle-ci : La négation restera-t-elle maîtresse du champ de bataille, ou sera-t-elle niée à son tour?

 

ORDRE ET DÉSORDRE : SCIENCE ET VIE

La science c’est l’affirmation, la vie c’est la négation. La science constate les lois de l’ordre : la vie montre le désordre. Elle peut produire le désespoir qui est le sentiment du désordre non corrigé, du désordre considéré comme permanent et éternel.

Contre la vie qui est l’épreuve et qui peut aboutir au désespoir, il n’y a de refuge que dans la soumission complète du fini à l’infini.

La soumission délivre le fini et désarme l’infini.

Vis-à-vis de toute loi,cette vérité se trouve vraie. Révoltez-vous contre les lois physiques, contre celles qui régissent la pesanteur, la vapeur, l’électricité, vous serez broyé par elles.

Obéissez-leur et les voilà vaincues.

Quiconque obéit à la nature peut commander à la nature. Les deux étincelles de l’électricité donnent la lumière à qui connaît et observe les lois de l’électricité.

La science est affirmative parce qu’elle est dans l’ordre de la loi.

La vie est négative parce qu’elle est dans l’ordre de l’accident.

Cet homme,après avoir entendu parlerait:

— Oui, cela est vrai.

— Alors, dites-vous, agissez en conséquence.

— Non pas, répondra-t-il, j’ai trouvé vos raisonnements bons, mais la chose qui en résulte est-elle vraie ? je n’en sais rien.

Cet homme dit : oui et non. Il peut être de bonne foi dans les deux cas, mais il est double et ce n’est pas le même qui a fait les deux réponses.

Il croit quand il s’agit de parler.

Il ne croit pas quand il s’agit de faire.

La pensée purement scientifique, quand elle est transplantée sur le terrain des faits, doute d’elle-même et ne se reconnaît plus, ce n’est pas là qu’elle est née, elle n’est pas dans sa patrie.

L’Esprit veut affirmer, il a besoin de croire à la loi, à l’ordre. Il a besoin de la science qui dit : oui, mais toute affirmation provoque dans l’esprit qui vient de la faire une réaction contre elle-même :

Oui — mais cela est-il vrai ?

Oui, première parole. Cela est-il vrai? Deuxième parole.

Voici ce qu’il importe de constater, ces deux paroles ne sont pas prononcées par la même voix.

Quand la science se fait des objections à elle-même, ses objections sont puériles et ridicules. Ce sont les objections des livres. La science n’a pas d’objections à faire. De sa part toute objection serait un suicide. L’objection qu’elle élèverait contre l’ordre se dresserait contre elle-même et équivaudrait à cette parole : est-ce que j’existe ?

L’objection part d’ailleurs. Elle part de la vie. La misère et l’ennui sont là. En face de ce laid désordre, la voix qui déteste l’ordre s’écrie : l’ordre n’est pas.

L’objection court les rues. Elle est dans le ruisseau qui roule ses ordures, dans le coeur fatigué, dans le corps malade, dans la laideur de l’araignée qui a l’air de dire à Dieu :

Ô Beauté dont on parle, si tu étais, je ne serais pas!

 

LA PLÉNITUDE PAR LE VIDE

La loi de ce monde, c’est l’alternance. La nature la subit, l’esprit créé la subit. Dieu donne quelque chose de l’Être,puis le retire, et rapproche la créature de son néant primitif. C’est le flux et le reflux de la grande mer.

Plus l’homme est élevé, plus la loi s’applique de haut. Plus Dieu fait sentir à l’âme le voisinage de l’Être, plus il lui fait sentir le voisinage du néant. Plus il la remplit, plus il la vide.

Mais ce vide appelle le plein, quand il est accepté. Ainsi la liberté humaine s’exerce comme la liberté divine, et les lois, qui sont l’expression des habitudes de Dieu, s’exercent par la nature qui ne le sait pas, par l’homme qui peut le savoir, et qui, s’il voit d’assez haut pour voir sa misère et sa grandeur, peut s’élever encore au point de les vouloir. À la parole qui dit : « Je suis Celui qui est, et tu es Celui qui n’est pas », l’homme a le droit de répondre librement et de répondre : Amen, Amen, Seigneur, Amen, Tu autem, Domine, miserere nostri.

 

LES DEUX MOUVEMENTS DE LA VIE : EXPANSION ET CONTRACTION

L’expansion est la loi de la vie, et tout être qui a plus de vie qu’il n’en peut contenir souffre et tend à la communiquer à d’autres êtres semblables à lui. Mais la vie, après s’être épanchée, se contracte.

Le ciel, à la vérité, inonde la terre des rayons de son soleil. Mais les corps terrestres renvoient tous au ciel de chaudes émanations.Ce qu'elle reçoit en lumière, la terre le rend en chaleur.

Et quand l’homme qui parle éclaire l'homme qui écoute, celui-ci tressaille, renvoie l’étincelle reçue là d’où elle est partie : tous deux jouissent de l’esprit qui va et vient. Celui qui a reçu l’aumône de la lumière a fait l’aumône de la chaleur.

Les planètes décrivant une courbe autour des soleils obéissent à une loi synthétique comme l’amour que cette force représente, et qui est la résultante de deux forces, la force centripète, en vertu de laquelle toute vie se contracte vers le centre, et la force centrifuge, en vertu de laquelle toute vie se dilate vers les extrémités. De là naît la forme sphérique, qui est la forme universelle des globes et de leurs mouvements dans l’espace, la forme de la vue, quand elle plane sur la montagne, la forme de l’horizon, la forme de la beauté, la forme du féminin qui affecte d arrondir les contours.

Si ces deux forces régnent sur la terre et au ciel, pour produire cette forme, c’est qu’elles font au ciel et sur la terre la volonté de celui qui a établi dans le monde moral la loi centrifuge et la loi centripète, la loi de la retraite et celle de l’action.

Pourquoi le flux et le reflux? Pourquoi cet immense va et vient de toutes choses, vie et mort, sommeil et veille, jour et nuit, lumière, ténèbres ? Pourquoi l’alternance est-elle la loi de ce monde ? La création physique ne peut être que l’image du monde invisible. La création reflète Dieu qui est immuable. Comment vit-elle dans une incessante évolution ? Pourquoi l’aller, pourquoi le retour, quand on n’a qu’une chose à faire qui est de manifester un Dieu éternel ?

 

LES LOIS DE LA NATURE ET LE DIEU DE GLOIRE

Il semble que les lois connues, ou du moins vues, ou du moins entrevues par leurs effets, les lois de la vie et de la mort, par exemple, révèlent, signifient quelque chose de Dieu, quelque chose dont nous avons une idée, idée imperceptible, tremblante, presque nulle, idée quelconque pourtant.

Mais il y des faits qui ne relèvent pas de lois connues, l’Eucharistie, par exemple,qui semble une création à part, le miracle qui semble révéler non telle ou telle perfection divine mais la gloire elle-même.

Le fait naturel qui rend le miracle opportun a manifesté une loi naturelle, laquelle manifestait un peu de Dieu, comme si ce mot avait un sens. Le miracle manifeste le Dieu supérieur à ses lois, supérieur à lui même, car ces lois sont des images, et celui-là c’est le Dieu de gloire. La gloire, c’est le transport de l’Être au-dessus de l’Être. On dirait la résurrection de celui qui n’est pas mort. La gloire est au-dessus de la loi : car nous appelons loi la force divine qui régit un système dont nous apercevons l’unité.

Quand l’unité de la conception est en dehors de notre horizon visuel, nous croyons la loi brisée et la chose nous fait l’effet d’un accident. Mais cette unité pour être au-dessus de nous n’en est que plus réelle, et au lieu de sortir de la loi, nous nous sommes rapprochés d’elle. Plus la loi est haute, plus elle est inconnue, plus elle est simple, plus elle ressemble à la loi primordiale et radicale qui domine toutes les lois à une distance incommensurable. La loi qui rend les corps impénétrables est vaincue par la loi qui les rend pénétrables, et celle-ci est la loi de gloire.

Les lois sont le voile du Temple ; mais quelquefois le voile se déchire et la Loi est entrevue une seconde dans le Saint des Saints. Cette loi simple, qui se laisse quelquefois entrevoir, comme par une fente à travers les rochers ouverts, à travers l’océan divisé qui monte à droite et à gauche, à travers la déchirure d’un univers brisé, cette loi c’est la gloire elle-même qui a pour essence d’être au-dessus des lois, de marcher sur elles et de les faire trembler.

 

LE VERTIGE DEVANT L’ABSOLU

L’absolu ne peut pas être abordé par l’analyse. Il se refuse aux arguments de la tête et ne rend les armes que quand le coeur a prié. Voilà pourquoi la prière de l’enfant qui ne sait rien et celle du grand homme qui a dépassé la science, épuisé le multiple, et vit dans l’unité doivent se ressembler beaucoup.

Les apôtres qui ne comprenaient pas encore, parce que l’amour n’était pas descendu en eux, cherchaient la grandeur et écartaient les enfants. Celui qui a ou, plutôt, qui est la grandeur, appelle à lui toute faiblesse, caresse les petites têtes de cette main royale qui brise les grandes, et bénit la création nouvelle dans la personne des plus simples.

Le vertige est un monstre qui se tient au fond de tous les abîmes. Toute pensée profonde, tout sentiment profond a le sien. Le génie et l’amour sont constamment penchés sur des précipices qui les appellent. Les grandes natures, parce qu’elles aiment plus les profondeurs, sont entraînées plus terriblement vers elles en vertu de l’arrêt : mon poids c’est mon amour.

Mais la loi de ce monde, qui veut que toute chose provoque son contraire, a placé chez ces mêmes hommes un contrepoids, dont je ne sais pas le nom, quoique j’en connaisse la nature. C’est une puissance d’arrêt qui est en raison directe de la vitesse acquise. Peut-être une émotion semble-t-elle annulée par son excès même, comme un mouvement  trop rapide pour être aperçu ressemble à l’immobilité. Peut-être la pensée, même quand elle semble éteinte, conserve encore le haut domaine et apaise de sa voix mourante la voix tonnante de l’abîme.

Peut-être enfin la Souveraineté veille-t-elle sur les siens. En rêve, à l’instant du frisson, l’homme se dit quelquefois : « Je n'ai pas peur ». Et dans ses rêves éveillés, dans ses délires, l’homme marqué pour la victoire prononce une parole calme, et ce calme,bien que trompeur, pénètre quelque peu de ses lèvres dans son âme.

Penché sur l’abîme, il observe au fond le jeu d’un ruisseau glissant sur des cailloux, et ce courageux regard est récompensé par je ne sais quelle force intime et inconsciente qui le soutient sans qu’il le sente : il va tomber et il ne tombe pas.

Telle est la puissance de la parole qu’un acte de foi prononcé sans conviction par des lèvres tremblantes peut armer l’âme contre le vertige du doute. Peut-être l’homme, dans ces heures de grande bataille où il a l’air de mentir, parce que sa parole est au-dessus de sa pensée, parle-t-il, au contraire, la vérité suprême, d’accord non avec lui, mais avec la voix qui parle en lui, qui est plus haut que lui, et qui le dirige à son insu.