El destino de Baudelaire fue, tanto desde el punto de
vista biográfico como literario, muy diferente al de Hugo. Cuando Baudelaire
murió en 1867, acompañado de algunos artículos de una crítica inepta,
escandalosa y ridícula[1], nadie habría sospechado que, en 1928, todo aquel que
cuenta en nuestro país no sólo situaría a Charles Baudelaire al nivel de los
más grandes poetas del siglo XIX, sino que incluso lo situaría por encima de
ellos. Hoy en día, creo, nadie discute que el libro Las flores del mal representa, desde el punto de vista de la
esencia, o, mejor dicho, del elixir poético, la cúspide del arte y del espíritu
francés. Nunca se habían pronunciado tales acentos, de un alcance interior tan
profundo, tan acertado y tan intensamente sentido, desde Ronsard y, más allá
aún, desde Villon. Pero, mientras que en Villon y en Ronsard ( —donde el ímpetu
poético es equivalente al de Charles Baudelaire—), es la luz la que dicta la
cadencia, el estilo y la armonía general de los poemas, en Baudelaire todo está
marcado por el color, por el cromatismo.
Sólo sabemos desde hace unos treinta años, es decir,
en mi generación (—que fue la de Barrès, de Marcel Schwob, de Claudel—,) que
nuestro mayor crítico general y ensayista del siglo XIX fue Charles Baudelaire.
Cuando hoy releemos sus Salones, sus
artículos sobre estética, sus Paraísos
artificiales, uno queda maravillado por su perspicacia, su lógica y ese no
sé qué de adivinatorio que va más allá del análisis y la exposición y que caracteriza
a los fusionistas y unificadores de primer orden, destinados
a perdurar tanto como las obras examinadas y ensalzadas por ellos.
Baudelaire es el poeta de la vida interior, al igual
que Hugo fue el de la vida exterior. Las vicisitudes de su existencia —la de un
enfermo, un impotente sexual, un bohemio y también un hombre profundamente
infeliz— fueron distintas a las de Victor Hugo. Sin embargo, contribuyeron a
refinar su sensibilidad y exaltar su pensamiento de tal modo que, muy
recientemente, un joven crítico de gran valía, el Sr. Jean Royère[2], pudo
afirmar que, a lo largo de su obra y bajo las apariencias de una sensualidad
tensa, Baudelaire perseguía una intención mística. Es precisamente en esta
línea que se ha escrito, en Bélgica, la notable tesis de licenciatura del señor
Robert Vivier, titulada «La originalidad de Baudelaire». Por último, junto a
estos autores, hay que citar los excelentes trabajos críticos de Fernand
Vandérem sobre las relaciones entre Baudelaire y Sainte-Beuve.
Los detalles de la vida de Baudelaire nos son hoy en
día, gracias a hábiles comentaristas, prácticamente todos conocidos. No
obstante, en aspectos importantes, aún hay conjeturas y lagunas. Esta biografía
es uno de los mayores dramas de conciencia que existen.
Si se trata de definir el genio de Baudelaire, creo
que el término más adecuado, o al menos el que más se acerca, es el del Aura.
Todo el mundo sabe lo que se entiende por «Aura»: es esa profunda inquietud que
va más allá del malestar y la angustia. «Aura» significa «aliento» . Es el
escalofrío que se siente en los momentos de graves intoxicaciones y que
experimentan las personas muy nerviosas, en los prolegómenos de sus crisis. En
definitiva, el aura puede considerarse como el colmo del malestar físico y
moral. A menudo es la puerta de entrada a ese síndrome músculo-mental, que se
denomina en su conjunto «epilepsia» y que refleja una intoxicación neuroquímica
(—al igual que el malestar en sí mismo—), una intoxicación DE LOS CENTROS. La
contractura, la sudoración profusa, la micción involuntaria, la obnubilación
retiniana, las náuseas y los vómitos, síntomas de la epilepsia, son también los
propios de los venenos activos, procedentes de las profundidades del organismo
y de la agitación intracelular, o simplemente procedentes del exterior a través
de la alimentación, de una inyección, a veces de un olor o de una alteración
virulenta del ambiente.
Cuando califico a Baudelaire de enfermo, me refiero a
que era un envenenado crónico, incluso antes de contraer la sífilis que,
finalmente, acabó con él. Esta autointoxicación lo condujo, mediante un
mecanismo bien conocido, a intentar completarla con el consumo de
estupefacientes, alcohol, hachís y opio. Es el origen de sus hermosas obras
sobre los «paraísos artificiales». Porque en él hay, además de un aspirante a
místico (—según la acertada observación del Sr. Royère—,) y de un artista
visual cromático de primer orden, un SABIO genial, animado, junto con el don de
la síntesis, por el espíritu de investigación metódica y de experiencia personal.
Los demás poetas del siglo XIX (—excepto Chénier—), por la naturaleza vaga de
sus lamentos, por el desierto de sus concepciones, por su verborrea y su
frivolidad, son mezclas, y a veces combinaciones y amalgamas, de niño y de
mujer. Tal es el caso de Musset, Lamartine, Hugo y Verlaine. Baudelaire es un
«hombre», mental y orgánicamente, un hombre, por su valentía a la hora de
afrontar el dolor y la muerte, y de juzgar los efectos a partir de las causas;
un hombre, en definitiva, por su elocución, su tono orgulloso y confidencial,
el tono que guarda secretos —que es también el del príncipe Hamlet—. Pero la
naturaleza le ha negado un atributo esencial del «vir», la posibilidad de
abrazar eficazmente a la mujer hasta no formar con ella más que los dos compartimentos
de una caja de carne, y de animar esa caja, ese receptáculo, con un
estremecimiento compartido.
Ahí reside el drama, de una naturaleza y categoría
totalmente distintas a las del drama de Hugo, de un dolor no menor, y percibido
por un alma grande, pero hacia la cual ascienden constantemente los efluvios de
miles de laboratorios celulares y químicos en rebelión. Alguien, no sé dónde
—pues Baudelaire inspira a sus fervientes seguidores—, ha señalado la profunda
analogía entre Pascal y Baudelaire, ambos a la vez sublimes y devastados. Uno
en prosa, el otro en verso, tienen, en efecto, el estilo de la tortura y, a
continuación, de la liberación de la tortura mediante la efusión.
Sin embargo, hoy en día no creo en absoluto, como se
creía antaño, que el genio nazca de la sobreexcitación provocada por el
malestar o por el aura. Ya expuse esto en
L’Hérédo, que nace de una lucha, de un combate victorioso de la
personalidad soberana —y, por tanto, sana— contra la presión hereditaria y
neuroquímica, contra los trastornos de lo que he denominado la gravedad
interior. Al igual que la cabra del señor Seguin, Baudelaire luchó toda la
noche contra el lobo; y es ese combate el que queda plasmado en Las flores del mal, los Pequeños poemas en prosa y Los paraísos artificiales. Su razón,
fuerte y brillante, luchó todo lo que pudo contra las sugerencias de sus jugos
venenosos y de sus órganos prematuramente desgastados. Se apoyó en la Cruz de
la manera más conmovedora, al modo de Pascal. No se puede decir que la Cruz se impusiera.
Tampoco se puede decir que saliera derrotada.
Esto en lo que respecta a una parte de la vida
interior. Queda la cuestión del cromatismo, del sentimiento concentrado del
color, con todo lo que ello conlleva. Es ese cromatismo tenaz y resplandeciente
el que tanto lo apegó a su «cuarterona» Jeanne Duval, con la esperanza de que
las sensaciones de contraste cromático que ella le proporcionaba —y que él
expresó magníficamente— le hicieran, como a los demás, capaz para la cópula. De
ahí también la presencia y la obsesión por las lesbianas, por las mujeres
condenadas —pintadas por Courbet en un famoso y secreto lienzo— que le
inspiraron dos poemas incomparables y en los que se revela un conocimiento,
personal y frenético, del tema tratado. Por mi parte, creo que todos los
extremos del ser, ya sea en el amor normal o desordenado, al igual que todas
las transgresiones del delirio y la obsesión, son formas especiales de
intoxicación, y que el arte, que no conoce ni el bien ni el mal (—no se le
puede culpar por ello, como tampoco se puede culpar a un león por rugir o a un
tigre por arañar—,) lo convierte en su presa. Como decía el profesor Charcot,
«la clínica está abierta», y lo que escribo aquí, en materia de crítica y de
medicina, no es para uso de las instituciones benéficas ni de las niñas
pequeñas. Pero Baudelaire no es un autor malsano, ni mucho menos. Es un autor
sano, un arrepentido, un señor de remordimientos y penitencias, que lucha
contra sus embriagueces mórbidas, nacidas de su desolado deseo de disfrutar, de
una vez por todas, de verdad. No sé si me hago entender bien.
Una vez que se dispone de esta clave (—que,
evidentemente, no es la única, pues Baudelaire también se asemeja a Hamlet —), pueden
ustedes acercarse al resplandor doloroso y solar, así como a los amaneceres
angustiados y a los crepúsculos desgarradores del mago.
Las disputas entre Baudelaire y su suegro, el general
Aupick, que repercutieron tan cruelmente en la vida de Madame
Baudelaire-Aupick, son demasiado conocidos como para que insista en ellos. Me
he preguntado si Baudelaire, que conocía bien la literatura inglesa, y con una
profundidad diferente a la de Taine, no habría intentado, mediante la
teatralidad y la transferencia psíquica, renovar la aventura del príncipe de
Dinamarca de poco aliento. En el autor de Las
flores del mal había una teatralidad interior que, como ocurre en los
hombres de gran malestar, se veía interrumpida por repentinos accesos de
sinceridad. No sería de extrañar que se hubiera representado a sí mismo la comedia
de Elsinor. Sea como fuere, el general Aupick aparece, a lo largo de esta pobre
historia de preocupaciones por el dinero, por «los bolsillos vacíos», más aún
que por «el corazón al desnuso», como un imbécil que nunca tuvo la más mínima
idea del fenómeno genial que era su hijo , como un burgués sin malicia que no
podía más que desear en su fuero interno la rápida desaparición de esa extraña
piedra en su zapato conyugal.
Que Baudelaire torturara a su desdichada madre, de eso
no hay duda. Todos los que se autointoxican son, como se dice, «insoportables
». A Baudelaire le encantaban las quejas, las explicaciones de carácter y las
escenas. Cada día tomaba «resoluciones definitivas» y elaboraba planes de vida,
algo propio de los impotentes: « A mamá, 200 francos. A Jeanne, 200 francos; a
mí, 200 francos». La cifra varía, pero la infantilismo sigue siendo el mismo.
Parece haber estado poseído por el espíritu de la timidez y por el espíritu de
la reivindicación, como Hamlet. Al mismo tiempo, no es redundante —como Hugo,
Musset o Lamartine—, sino sobrio y enérgico. Las comedias que se representa a
sí mismo tienen algo de fulgurante y breve. De él se puede decir lo que el
pintor Alfred Stevens decía de su compatriota Félicien Rops: «Es un mentiroso
con prisa por acabar y volver a la sinceridad. »
Baudelaire —pues siempre hay que tener en cuenta las
cuestiones de herencia cuando se examina a un literato y a un poeta de esta
clase— era hijo de una madre que acabaría muriendo hemipléjica: uno de sus
hermanos murió hemipléjico; él mismo murió semi-afásico, a raíz de un ataque
que sufrió en Bruselas, tras algunos pródromos espaciados, durante una velada
en una cervecería.
Ahora bien, los hombres que viven en una atmósfera de
malestar exasperado y continuo, con una sensibilidad paroxística, si
experimentan una remisión de ese malestar, sienten de inmediato un estado de
bienestar, que los médicos llaman euforia, y que se encuentra en el extremo
opuesto del aura.
La vida interior, sensible e intelectual de Charles
Baudelaire, cuando se examina de cerca, parece haber transcurrido así,
alternando entre la euforia y el aura. De ahí el doble carácter de sus poemas,
unos de los cuales representan una beatitud luminosa, y otros, un estado de
oscuro remordimiento, de melancolía sensual, de vago pesar, de tædium vitæ. He aquí que surgen miradas
sombrías sobre el destino general del hombre, y sobre su propio destino, el de
Baudelaire en particular, que no tienen equivalente en nuestra poesía
occidental:
La muerte
es quien consuela y a vivir nos ayuda;
es meta
de la vida y la sola esperanza
que,
embriagador elixir, por las venas avanza
e impulsa
hasta el final de la jornada ruda.
Cara a la
tempestad, nieve y escarcha aguda,
es
claridad que lejos, tras el negror, se alcanza,
el
albergue que el libro promete, y da confianza
y
alimento y descanso a la gente desnuda.
Es Ángel
que con dedos magnéticos, sedeños,
aduerme y
tiene el don del éxtasis en sueños
y les
prepara el lecho a los desposeídos.
¡Es
gloria de los dioses y místico granero!
¡Es la
bolsa del pobre y su país primero!
¡Es
pórtico que abre Cielos desconocidos!
Ni Hugo, ni Lamartine, ni Musset escribieron jamás una
obra que, en cuanto a comprensión, emoción y olor a miseria y desesperanza,
alcanzara ni siquiera una centésima parte de esta. La fraseología romántica
brilla por su ausencia. La visión fúnebre se ve redimida por todos los
atributos de la vida. Parece que, en una granja bretona o provenzal, una bella
muchacha de la casa y un vagabundo se miran a los ojos, antes de entregarse
perdidamente el uno al otro y separarse. Baudelaire ha sabido plasmar ahí la
aventura, el hambre, el cielo y el ardor. Es un canto que clama en la penumbra,
una especie de hechicería crepuscular, donde la hora viene dada por el «caminar
hasta el atardecer».
Es, por otra parte, el privilegio de este poeta,
calificado a todas luces de «maldito», haber sabido evocar, con igual
intensidad, los paisajes dorados del lujo y los suaves de la voluptuosidad, al
mismo tiempo que los de la miseria de los barrios periféricos y de la lujuria
lúgubre y mohosa. Pintor de las cosechas y de las morgues, del ángel de alas
diáfanas, de la libélula y de la carroña, resuelve en su interior, en su carne
extática y enfermiza, en su espíritu de fuegos giratorios, todos los
contrastes; emparenta todas las semisimilitudes y entrelaza todos los restos de
antítesis.
Al igual que Quincey, Coleridge y Poe, se siente
atraído por la cuestión de los Paraísos artificiales. Sabemos por su correspondencia,
y podríamos haberlo intuido por su obra, que no sólo se interesó teóricamente
por los venenos que describía, sino que él mismo se entregó un poco al alcohol,
mucho al opio y bastante al hachís. Esto contribuyó en gran medida al lúgubre
desorden de su pobre vida.
Tenía un carácter a veces sensual y a veces místico,
sonoro y desbordante, agresivo y afectuoso; toda su poesía, de un carácter tan
general, de una voluptuosidad tan apremiante y, en ciertos momentos, tan
punzante, se orienta hacia tres cuerpos de mujer: uno, el de una mulata de baja
categoría, que se llamaba Jeanne Duval; el segundo, el de una buena y bella
mujer fácil de financieros, a la que sus amigos llamaban «la Presidenta» y que
se llamaba Madame Sabatier; por último, Marie Daubrun, una actriz encantadora,
que había sido la amante y la desesperación de Banville, él mismo amigo íntimo
de Baudelaire. Porque, aunque no conocí personalmente al «monstruo en persona»,
ya que nací después de su muerte, en cambio, de joven —aunque ya gran admirador
de Baudelaire—, frecuenté a sus dos amigos más íntimos, uno de los cuales era
Théodore de Banville y el otro, el fotógrafo Nadar. Nadar escribió sobre
Baudelaire unos recuerdos de sumo interés y, cuando Baudelaire murió, el pobre
y querido muchacho no tuvo en la prensa más que un artículo decente, aunque por
debajo de la verdad: el de Banville. El autor de las Odas funambulísticas decía, en términos generales, que si no
hubiera existido Hugo, se habría podido afirmar que Baudelaire era el primero
de los poetas franceses del siglo XIX.
Ahora bien, en mi opinión y en la de muchos
contemporáneos, Baudelaire supera con creces a Victor Hugo, del mismo modo que
lo meditado supera a lo improvisado, lo condensado y concentrado supera a lo
difuso, lo inteligente supera a lo instintivo y lo latente supera a lo que está
en expansión. Baudelaire se sentía desubicado en el estúpido siglo XIX.
Pertenece al Renacimiento, a la gran corriente de belleza y saber, al humanismo
en pleno esplendor que, sin embargo, está dominado por el drama del Calvario.
Esto se percibe incluso en sus inicios poéticos, que a menudo recuerdan a los
de Ronsard:
… A la sirvienta fiel de que estabais celosa…
.......................................
..........................
¡Andrómaca,
yo pienso en vos! Ese riachuelo…
......................................................................
Te regalo
estos versos por si mi voz pudiera…
Se podrían citar más de treinta, que se elevan con el
estilo y el ritmo del poeta de Vendôme. A veces el aliento no se mantiene y el
vuelo desciende hacia la tierra. Eso ocurre cuando el malestar ha prevalecido
sobre el lirismo. Pero entre el caballero del Loira y el bohemio del Sena hay,
sin embargo, más de una afinidad, con la diferencia de épocas y temperamentos,
por supuesto.
(continuará)
Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán
Los versos
traducidos de Baudelaire corresponden a la versión de Manuel Santayana
NOTAS:
[1] El artículo de Vallès, en particular, fue
despreciable y denotaba una total incomprensión. ¡Qué desgraciado (aunque con
un estilo magnífico) y qué hombre ingenuo tan pintoresco, ese Vallès!
[2] Jean Royère es, junto con los Crépet —padre e
hijo— y Ernest Raynaud, uno de los hombres que mejor han comprendido y captado
a Baudelaire. Sus admirables trabajos me han servido para este estudio.
La destinée
de Baudelaire a été, biographiquement et littérairement parlant, fort différente
de celle d’Hugo. Lorsque Baudelaire est mort en 1867, accompagné de quelques
articles d’une critique inepte, scandaleuse et ridicule , personne ne se serait
douté qu’en 1928, tout ce qui compte dans notre pays, non seulement mettrait
Charles Baudelaire au niveau des plus grands poètes du XIXe siècle, mais encore
le placerait au- dessus. Il n’est aujourd’hui, je pense, contesté par personne
que le livre des Fleurs du Mal représente, au point de vue de l’essence, ou,
mieux, de l’élixir poétique, le summum de l’art et de l’esprit français. Jamais
de tels accents, d’une portée intérieure aussi profonde, aussi juste, aussi
intensément ressentie, n’avaient été proférés depuis Ronsard, et au delà,
depuis Villon. Mais, alors que, chez Villon et chez Ronsard (— où l’élan poétique
équivaut à celui de Charles Baudelaire —), c’est la lumière qui commande la
cadence, le style et l’harmonie générale des poèmes, chez Baudelaire, tout est
sous le signe de la couleur, du chromisme.
Nous savons
seulement depuis une trentaine d’années, c’està-dire dans ma génération (— qui
fut celle de Barrès, de Marcel Schwob, de Claudel —), que notre plus grand
critique général et essayiste aura été, au dix-neuvième siècle, Charles Baudelaire.
Quand on relit aujourd’hui ses Salons, ses articles d’esthétique, ses Paradis
artificiels, on reste émerveillé de sa pénétration, de sa logique, et de ce je
ne sais quoi de divinatoire qui est au-delà de l’analyse et de l’exposé et qui
fait les synthétistes et rassembleurs de premier plan, destinés à durer autant
que les ouvrages examinés et prônés par eux.
Baudelaire
est le poète de la vie intérieure, comme Hugo fut celui de la vie extérieure.
Les traverses de son existence, qui fut celle d’un malade, d’un impuissant
sexuel, d’un bohème et aussi d’un homme fort malheureux, ont été autres que
celles de Victor Hugo. Pourtant elles ont servi à l’affinement de sa
sensi-bilité et à l’exaltation de sa pensée d’une façon telle que tout
récemment, un jeune critique de haute valeur, M. Jean Royère , pouvait dire
qu’au cours de son œuvre et sous les apparences de la sensualité tendue,
Baudelaire poursuivait une intention mystique. C’est bien aussi dans cette
direction qu’a été écrite, en Belgique, la thèse d’agrégation si remarquable de
M. Robert Vivier, intitulée « L’originalité de Baudelaire ». Enfin, à côté de
ces auteurs, il faut citer les excellents travaux critiques de Fernand Vandérem
sur les rapports de Baudelaire et de Sainte-Beuve.
Les détails
de l’existence de Baudelaire nous sont aujourd’hui, grâce à d’habiles
commentateurs, à peu près tous connus. Néanmoins, sur des points importants, il
y a encore des conjectures et des lacunes. Cette biographie est un des plus
grands drames de conscience qui soient.
S’il s’agit
de définir le génie de Baudelaire, je crois que le terme le plus adéquat, le
plus approché, tout au moins, est celui de l’Aura. Chacun sait ce qu’on appelle
« Aura » ; c’est le trouble profond situé au-delà du malaise et de l’angoisse.
« Aura », cela signifie « souffle ». C’est le frisson ressenti au moment des
graves empoisonnements et qu’éprouvent les grands nerveux, dans les
prolégomènes de leurs crises. En somme, l’Aura peut être considérée comme le
summum du malaise physique et moral. Elle est souvent le portique d’entrée dans
ce syndrome musculo-mental, que l’on désigne en bloc sous le nom d’épilepsie et
qui traduit une intoxication neurochimique (— comme le malaise lui-même —), une
intoxication DES CENTRES. La contracture, la sueur profuse, la miction
involontaire, l’obnubilation rétinienne, la nausée et le vomissement, symptômes
de l’épilepsie, sont aussi ceux des venins actifs, issus des profondeurs de
l’organisme, et de l’agitation intracellulaire, ou simplement venus du dehors
par l’alimentation, ou l’injection, quelquefois par une odeur, ou une altération
virulente de l’ambiance.
Quand je
qualifie Baudelaire de malade, j’entends par là qu’il était un empoisonné
chronique, et même avant d’avoir contracté la syphilis qui, finalement,
l’emporta. Cette autointoxication l’amena, à l’aide d’un mécanisme bien connu,
à chercher à la compléter par l’usage de stupéfiants, alcool, haschich et
opium. Elle est à l’origine de ses beaux travaux sur les « paradis artificiels
». Car il y a en lui, à côté d’un aspirant mystique (— selon la juste remarque
de M. Royère —), à côté d’un visuel chromique de premier ordre, un SAVANT
génial, qu’anime, avec le don de synthèse, l’esprit d’investigation méthodique
et d’expérience personnelle. Les autres poètes du XIXe siècle (— Chénier
excepté —), par la nature vague de leurs plaintes, par le désert de leurs
conceptions, par leur bavardage et leur frivolité, sont des mélanges, et
parfois des combinaisons et amalgames, d’enfant et de femme. C’est le cas de
Musset, de Lamartine, d’Hugo, de Verlaine. Baudelaire est un « homme »,
mentalement, organiquement, un homme, pour le courage à fixer la douleur et la
mort, et à juger des effets par les causes ; un homme enfin par l’élocution, le
ton fier et confidentiel, le ton porte-secret — qui est aussi celui du prince
Hamlet. Mais la nature lui a refusé un attribut essentiel du « vir », la
possibilité d’étreindre efficacement la femme jusqu’à ne plus former avec elle
que les deux compartiments d’une boîte de chair, et d’animer cette boîte, ce
réceptacle, d’un frisson conjoint.
Là est le
drame, de toute autre sorte et catégorie que le drame d’Hugo, de non moindre
douleur, et perçu par une âme grande, mais vers laquelle montent constamment
les effluves de milliers de laboratoires cellulaires et chimiques en
insurrection. Quelqu’un, je ne sais où — car Baudelaire inspire ses fervents —,
a remarqué l’analogie profonde de Pascal et de Baudelaire, l’un et l’autre à la
fois sublimes et dévastés. L’un en prose, l’autre en vers ont, en effet, le
style de la torture, puis de la libération de la torture par l’effusion.
Cependant
je ne crois nullement aujourd’hui, comme on le croyait naguère, que le génie
naisse de la surexcitation par le malaise ou par l’aura. J’ai exposé cela dans
L’Hérédo, et qu’il naît d’une lutte, d’un combat victorieux de la personnalité
souveraine, et donc saine, contre la pression héréditaire et neuro-chimique,
contre les troubles de ce que j’ai appelé la gravitation intérieure. Telle la
chèvre de Monsieur Seguin, Baudelaire s’est battu toute la nuit avec le loup ;
et c’est ce combat qui est inscrit dans Les Fleurs du Mal, les Petits poèmes en
prose et Les Paradis artificiels. Sa raison, forte et brillante, a lutté tant
qu’elle a pu contre les suggestions de ses sucs vénéneux et de ses organes
précocement usés. Elle s’est appuyée à la Croix et de la façon la plus
émouvante, comme celle de Pascal. On ne peut dire qu’elle ait eu le dessus. On
ne peut dire non plus qu’elle ait eu le dessous.
Ceci pour
une partie de la vie intérieure. Il reste la question du chromisme, du
sentiment concentré de la couleur, avec tout ce qu’il comporte. C’est ce
chromisme tenace et flambant qui l’a tant attaché à sa quarteronne Jeanne
Duval, avec l’espérance que les sensations de contraste coloré qu’elle lui
procurait — et qu’il a exprimées magnifiquement — le rendraient, comme les
autres, capable d’étreinte. De là aussi la présentation et hantise des
lesbiennes, de femmes damnées — peintes par Courbet dans une toile fameuse et
secrète — qui lui ont inspiré deux poèmes incomparables et où se trahit une
connaissance, personnelle et frénétique, du sujet traité. Je pense, pour ma
part, que toutes les pointes extrêmes de l’être, en amour normal ou déréglé,
comme tous les dépassements du délire et de l’obsession, sont des formes
spéciales d’intoxication, et que l’art, qui ne connaît ni le bien ni le mal (—
on ne saurait lui en vouloir, pas plus qu’à un lion de rugir, ou à un tigre de
griffer —), en fait sa proie. Comme disait le professeur Charcot, « la clinique
est ouverte », et ce que j’écris ici, en critique et en médecine, n’est pas à
l’usage des patronages, ni des petites filles. Mais Baudelaire n’est pas un
auteur malsain, loin de là. C’est un auteur sain, un remordeur, un monsieur à
repentirs et à pénitences, qui lutte contre ses suffusions morbides, nées de
son désir désolé de jouir, une bonne fois, pour de bon. Je ne sais si je me
fais bien comprendre.
Une fois
muni de cette clé (— qui n’est évidemment pas la seule, car Baudelaire
s’apparente aussi à Hamlet —) vous pouvez vous approcher de l’étincellement
douloureux et solaire, et aussi des aubes angoissées et des crépuscules
poignants du magicien.
Les démêlés
de Baudelaire et de son beau-père le général Aupick, qui retentirent si
cruellement sur la vie de Mme Baudelaire-Aupick, sont trop connus pour que j’y
insiste. Je me suis demandé si Baudelaire, qui connaissait bien la littérature
anglaise, et avec une autre profondeur que Taine, n’avait pas cherché, par
cabotinage et transfert psychique, à renouveler l’aventure du prince de
Danemark au souffle court. Il y avait, chez l’auteur des Fleurs du Mal, un
cabotinage intérieur que trouaient, comme chez les hommes de grand malaise, de
soudains accès de sincérité. Il n’y aurait rien de surprenant à ce qu’il se fût
donné à soi-même la comédie d’Elseneur. Quoi qu’il en soit, le général Aupick
apparaît, au cours de cette pauvre histoire de préoccupations d’argent, de «
poche mise à nu », plus encore que de « cœur mis à nu », comme un imbécile et
qui n’eut jamais la moindre notion du phénomène génial qu’était son beau-fils,
comme un bourgeois sans méchanceté et qui devait se contenter de souhaiter in
petto la disparition rapide de cet étrange caillou dans son soulier conjugal.
Que
Baudelaire ait torturé sa malheureuse maman, cela n’est pas douteux. Tous les
autointoxiqués sont, comme l’on dit, « invivables ». Baudelaire aimait les
réclamations, les explications de caractère et les scènes. Il prenait chaque
jour des « résolutions définitives » et il dressait des programmes de vie, ce
qui est le fait des impuissants : « À maman 200 frs. À Jeanne, 200 frs, à moi
200 frs. » Le chiffre varie, mais l’enfantillage demeure identique. Il semble
avoir été possédé par l’esprit de timidité et par l’esprit de revendication
comme Hamlet. En même temps, il n’est pas redondant — comme Hugo, Musset ou
Lamartine —, il est sobre et vireux. Les comédies qu’il se joue à lui-même ont
quelque chose de fulgurant et de bref. On peut dire de lui ce que le peintre
Alfred Stevens disait de son compatriote Félicien Rops : « C’est un menteur
pressé d’en finir et de revenir à la sincérité. »
Baudelaire
— car il faut toujours songer aux questions d’hérédité, quand on examine un
littérateur et un poète de cette espèce — était le fils d’une mère qui devait
mourir hémiplégique : un de ses frères est mort hémiplégique ; lui-même est
mort semi-aphasique, à la suite d’une attaque survenue à Bruxelles, après
quelques prodromes espacés, au cours d’une soirée dans une brasserie.
Or des
hommes qui vivent dans une atmosphère de malaise exaspéré et continuel, avec
une sensibilité paroxystique, s’ils ont une rémission dans ce malaise,
ressentent aussitôt un état de bien-être, que les médecins appellent euphorie,
et qui est à l’extrémité opposée de l’aura.
La vie
intérieure, sensible et intellectuelle de Charles Baudelaire, quand on
l’examine de près, semble s’être ainsi passée dans des alternatives d’euphorie
et d’aura. De là le double caractère de ses poèmes qui, les uns, représentent
une béatitude lumineuse, et les autres, un état de noir remords, de mélancolie
sensuelle, de regret vague, de tædium vitæ. Voici venir des coups d’œil sombres
sur la destinée générale de l’homme, et sur sa destinée à lui Baudelaire en
particulier, qui n’ont pas d’équivalent dans notre poésie occidentale :
C’est la Mort qui console, hélas ! et qui fait vivre
;
C’est le but de la vie, et c’est le seul espoir
Qui, comme un élixir, nous monte et nous enivre
Et nous donne le cœur de marcher jusqu’au soir ;
À travers la tempête, et la neige, et le givre,
C’est la clarté vibrante à notre horizon noir ;
C’est l’auberge fameuse inscrite sur le livre,
Où l’on pourra manger, et dormir, et s’asseoir ;
C’est un Ange qui tient dans ses doigts magnétiques
Le sommeil et le don des rêves extatiques,
Et qui refait le lit des gens pauvres et nus ;
C’est la gloire des Dieux, c’est le grenier
mystique,
C’est la bourse du pauvre et sa patrie antique,
C’est le portique ouvert sur les Cieux inconnus !
Jamais
Hugo, ni Lamartine, ni Musset, n’ont écrit une pièce qui, pour la
compréhension, l’émotion, l’odeur de misère et de désespérance, ait atteint au
centième de celle-ci. La phraséologie romantique est absente. La vision funèbre
est rachetée par tous les attributs de la vie. Il semble que, dans une ferme
bretonne ou provençale, une belle fille de la maison et un vagabond se
regardent les yeux dans les yeux, avant de se satisfaire éperdument l’un de
l’autre, et de se quitter. Baudelaire a fait tenir là-dedans l’aventure, la
faim, le ciel et l’ardeur. C’est un chant qui crie dans la pénombre, une sorte
de sorcellerie cré-pusculaire, où l’heure est sonnée par le « marcher jusqu’au
soir ».
C’est
d’ailleurs le privilège de ce poète, bien à tort qualifié de « maudit »,
d’avoir su évoquer, avec une intensité égale, les paysages dorés du luxe, et
suaves de la volupté, en même temps que ceux de la détresse faubourienne et de
la luxure morne et moisie. Peintre des moissons et des morgues, de l’ange aux
ailes diaphanes, de la libellule et de la charogne, il résout en lui, dans sa
chair extatique et maladive, dans son esprit aux feux tournants, tous les
contrastes ; il apparente toutes les demisimilitudes, et imbrique tous les
débris d’antithèse.
Comme
Quincey, comme Coleridge, comme Poe, il est attiré par la question des Paradis
artificiels. Nous savons par sa correspondance, et nous aurions pu nous en
douter par son œuvre, qu’il ne s’est pas seulement intéressé théoriquement aux
poisons qu’il décrivait, mais qu’il s’est adonné lui-même un peu à l’alcool,
beaucoup à l’opium et pas mal au haschisch. Cela n’a pas peu contribué au morne
désordre de sa pauvre vie.
Il avait
une nature tour à tour sensuelle et mystique, raisonnante et débordante,
agressive et attachée ; toute sa poésie d’un tour si général, d’une volupté si
pressante et, à certains moments, si cuisante, est orientée vers trois corps de
femme : l’un, celui d’une mulâtresse de basse catégorie, qui s’appelait Jeanne
Duval ; le second, celui d’une bonne et belle paillasse à financiers, que ses
amis appelaient la Présidente et qui s’appelait Mme Sabatier ; enfin, Marie Daubrun,
actrice ravissante, qui avait été la maîtresse et le désespoir de Banville,
lui-même ami intime de Baudelaire. Car si je n’ai pas connu personnellement «
le monstre lui-même », étant né après sa mort, j’ai en revanche fréquenté,
petit jeune homme mais déjà grand admirateur de Baudelaire, ses deux amis les
plus intimes, dont l’un était Théodore de Banville et l’autre le photographe
Nadar. Nadar a écrit sur Baudelaire des souvenirs du plus haut intérêt et,
quand Baudelaire est mort, il n’a eu dans la presse, pauvre cher garçon, qu’un
article convenable bien qu’en deçà de la vérité : celui de Banville. L’auteur
des Odes funambulesques disait, d’une façon générale, que s’il n’y avait pas eu
Hugo, on eût pu dire que Baudelaire était le premier des poètes français au
XIXe siècle.
Or, à mon
avis et à celui de beaucoup de contemporains, Baudelaire dépasse largement
Victor Hugo, comme ce qui est médité dépasse ce qui est improvisé, comme ce qui
est condensé et concentré dépasse ce qui est diffus, comme ce qui est
intelligent dépasse ce qui est instinctif, comme ce qui est en puissance
dépasse ce qui est en expansion. Baudelaire était dépaysé dans le stupide
dix-neuvième siècle. Il appartient à la Renaissance, au grand courant de beauté
et de savoir, à l’humanisme en fleur que domine cependant le drame du Calvaire.
Cela se sent jusque dans ses départs poétiques, qui rappellent souvent ceux de
Ronsard :
…La
servante au grand cœur dont vous étiez jalouse…
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Andromaque, je pense à vous, ce petit fleuve…
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Je te lègue ces vers, afin que si mon nom…
On en pourrait citer plus de trente, qui s’élancent avec l’allure et le rythme du Vendômois. Quelquefois le souffle ne se maintient pas et le vol redescend vers la terre. C’est quand le malaise l’a emporté sur le lyrisme. Mais entre le gentilhomme de la Loire et le bohème séquanien il y a cependant plus d’une affinité, avec la différence des temps et des tempéraments, bien entendu.


