LA JAULA PARA LOCOS DE PROMETO
(continuación y fin)
En una especie de novela titulada El desesperado, publicada en 1887 e inmediatamente borrada, tanto
como fue posible, por el hostil silencio de toda la prensa, yo había escrito, accesoriamente,
las pocas líneas que siguen, con la esperanza, por mucho tiempo defraudada, de
sugerir un editor cualquiera la generosa idea de una reimpresión:
Uno de los signos menos dudosos de ese
acorralamiento de las almas modernas en el límite de todo, es la reciente intrusión
en Francia de un libro monstruo, casi desconocido aún aunque publicado en
Bélgica hace ya diez años, Los cantos de Maldoror del conde de Lautréamont (?),
obra sin parangón alguno y seguramente llamada a tener gran repercusión. El
autor murió en una jaula para locos y eso
es todo lo que se sabe de él.
Es difícil decidir si la palabra monstruo basta
aquí. Es algo que se parece a algún horrendo polimorfo submarino que una
tempestad sorprendente hubiese arrojado a la orilla, después de haber
zamarreado el fondo del Océano.
La jeta misma de la Imprecación se queda boquiabierta
y callada en presencia de ese visitante, y las satánicas letanías de Las Flores
del Mal toman súbitamente, por
comparación, cierto aspecto de anodina beatería.
Ya no es La buena
nueva de la Muerte del buenazo de Herzen, es una suerte de Buena Nueva
de la Condenación. En cuanto a
la forma literaria, no hay tal. Es lava líquida. Es algo insensato, negro y
devorador.
Pero, ¿no les parece a quienes la han leído que esta
difamación inaudita de la Providencia exhala, por adelantado —con la
inigualable autoridad de una profecía—, el último clamor inminente de la conciencia humana
delante de su Juez?...
Hoy parece que esta advertencia no ha sido inútil y
que, por fin, se está preparando una nueva edición. Creo que va a hacer mucho
ruido. En cualquier caso, es una experiencia de lo más curiosa. Ese
extraordinario poema en prosa, que se ha vuelto casi imposible de encontrar, y que
sólo conocen unos pocos artistas que se lo pasan de mano en mano, con muchas
recomendaciones, caerá precisamente en el eje de la más activa reflexión de las
almas profundas de este fin de siglo.
El escándalo será grande, quizás, y, por cierto,
mejor así. ¿No enseña el Evangelio que el escándalo es necesario?
En cuanto al peligro de contagio, no puedo creer en
eso. El que habla es un demente, el más deplorable, el más desgarrador de los dementes,
y la inmensa piedad mezclada con indecible horror que inspira debe ser, para la
razón, el más eficaz de los preventivos. “La
desesperación llevada lo suficientemente lejos —dice Carlyle—, completa el círculo y se convierte en una
especie de esperanza ardiente y fecunda”.
Excepcionalmente, yo creería más bien en la
pedagogía saludable de ese dolor sin medida, de ese pianto del odio infinitamente desolado. Si los muy extraños pesimistas
de la indiferencia absoluta, que no son más, al fin y al cabo, que los
optimistas de la nada, se dignaran, por un momento, aceptar la hipótesis del
bien moral, se les podría decir que no es del todo ilusorio suponer que la
extrema abominación de un auténtico rostro tangible de réprobo tiene el poder
de empujar a ciertos hombres a la virtud por efecto de un miedo trascendente.
***
Al leer los Cantos
de Maldoror no pude evitar, en cada página, una singular impresión. El
autor me hacía pensar en un noble hombre que se despierta en medio de la noche
en el lecho banal de una inmunda prostituta, ya pasada toda embriaguez,
sintiéndose a su merced, completamente desnudo, helado de asco, agonizante de
tristeza y obligado a esperar que amanezca.
“No intenta volver a dormirse. Saca lentamente, uno
tras otro, sus miembros de la cama. Va a calentar su piel helada frente a los
tizones encendidos de la chimenea. Sólo el camisón le cubre el cuerpo. Busca
con la mirada la jarra de cristal para humedecer su paladar reseco. Abre los
postigos de la ventana. Se apoya en el alféizar. Contempla la luna que vierte
sobre su pecho un cono de rayos extáticos en los que palpitan, como falenas, partículas
de plata de una suavidad inefable. Espera que el crepúsculo de la mañana le
traiga, con el cambio de paisaje, un alivio irrisorio a su corazón trastornado”.
¿Acaso no es nada esta sugestión proporcionada por un
hombre desesperado y sin lágrimas que lleva a enfriar su corazón fuera de la
casa, bajo un cielo polar, en lo más recóndito de un sucio y tenebroso jardín,
en las proximidades de un hediondo retrete; para traerlo de vuelta cuando ya no
palpite, a fin de estar en condiciones de desnaturalizar su dolor mediante la ironía
pacífica de la perfecta blasfemia?
“Yo soñaba —dice— que
estaba en el cuerpo de un puerco, que no me resultaba fácil salir de él, y que
revolcaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era como recompensa?
¡Objeto de mis deseos, yo ya no pertenecía a la humanidad! Así fue como
comprendí la interpretación, y sentí una alegría más que profunda. Sin embargo,
inquiría diligentemente qué acto de virtud había realizado para merecer, por
parte de la Providencia, ese insigne favor…
Pero ¿quién conoce sus necesidades intimas o la
causa de sus alegrías pestilenciales? La metamorfosis no se presentó nunca ante
mis ojos sino como el alto y magnánimo eco de una dicha perfecta, que yo
esperaba desde hacía mucho tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo era
un cerdo! ¡Ponía a prueba mis dientes en el tronco de los árboles; contemplaba
mi morro con delicia! Ya no quedaba en mí ni el más mínimo fragmento de
divinidad: supe elevar mi alma hasta la excelsa altura de esa voluptuosidad
inefable…”
La obsesión continua de ese desgraciado Lautréamont
— obviamente un seudónimo— es, en efecto, la blasfemia. Si es misántropo, es
porque recuerda que el hombre fue hecho a semejanza de Dios.
La blasfemia es un producto literario que se ha
vuelto bastante poco valioso. Nuestra época la ha amado mucho, desde la
blasfemia aristocrática de Baudelaire hasta la blasfemia rufianesca de
Richepin. Todas las familias la solicitan. Pero la calidad de ésta es única
porque la profiere un pobre loco de pena que no mira al público.
Sus oyentes son sus propios miembros lamentables. Es
a su hígado enfermo al que le habla, a sus pulmones, a su bilis extravasada, a
sus tristes pies, a sus húmedas manos, a su falo masturbado, a los cabellos
erizados de su cabeza enloquecida de espanto.
Parece decirles a esos testigos, como el Prometeo de
Esquilo a las Oceánidas: “¡Mirad qué
iniquidades padezco!”, pensando en el Dios al que acusa.
El efecto general es terrible más allá de toda
expresión, y de una belleza pánica sorprendente. No he sido del todo preciso al
decir que no hay en ello forma literaria. El estilo de los Cantos de Maldoror es una especie de lugar común conformado según la
divagatoria pasión de un loco.
La originalidad sería nula sin el paroxismo peculiarísimo
de cierto tono que debe de asombrar a cierto demonio y que yo todavía no había
encontrado en ninguna literatura.
Pero ese tono, que hace que cada frase se parezca a
una loba rabiosa que va corriendo con sus patas ágiles y en silencio al
encuentro de un viajero, es en sí mismo una originalidad tan desmesurada, tan
formidable, que, al leerlo, uno siente que le laten las arterias y que su alma
vibra hasta el punto de temblar, hasta el punto de dislocarse.
***
La marca indiscutible del gran poeta es la
inconsciencia profética, la inquietante facultad de proferir, por encima de los
hombres y el tiempo, palabras inauditas cuyo alcance él mismo ignora. Ése es el
misterioso sello del Espíritu Santo sobre frentes sagradas o profanas.
Por ridículo que sea, hoy día, descubrir a un gran
poeta desconocido y descubrirlo en un manicomio, me veo obligado a declarar, con
plena convicción, que estoy seguro de haber hecho tal hallazgo.
Sé muy bien que esa campana sublime que tenía que sonar
para dar la alarma y anunciar las victorias quedó, casi inmediatamente después
de su bautismo, hendida por el rayo, y eso fue una inmensa desgracia para todos
aquellos a los que las voces del cielo pueden consolar.
Pero a veces, no sé cómo, esa malherida producía
todavía sonidos divinos, ya fuesen graves o melancólicos, y eso bastaba para dar
una idea del entusiasmo de amor que sus gloriosas campanadas hubieran despertado.
“Soy hijo del hombre y de la mujer, según me han dicho. Eso me asombra...
¡Pensaba que era algo más!”. Pascal arde de
gloria por haber dicho palabras de menor importancia, y yo he encontrado más de
una del mismo tenor en ese libro incoherente y maravilloso que se asemeja al
palacio de un rey persa saqueado y arruinado por una turba de cocodrilos e
hipopótamos .
Es imposible dar la idea precisa de una obra tan
anormal sin multiplicar las citas más allá de lo que parece permitir la
estética juiciosa de la composición tipográfica. Pero se trata de un diamante, de
un diamante negro, y cualquier consigna altanera, supongo, debe caer en
presencia de tan inesperado tesoro.
Escuchen a los perros en la noche, esos terribles
perros homéricos que “ladran por turno,
ya sea como un niño que grita de hambre, ya sea como un gato herido en el
vientre encima de un tejado, ya sea como una mujer que va a parir, ya sea como
un moribundo enfermo de peste en un hospital, ya sea como una muchacha que entona
una melodía sublime; contra las estrellas al norte, contra las estrellas al
este, contra las estrellas al sur, contra las estrellas al oeste; contra la
luna; contra las montañas que semejan a lo lejos rocas gigantes que yacen en la
oscuridad; contra el aire frío que aspiran a pleno pulmón y que les pone el
interior de las fosas nasales rojo y ardiente; contra el silencio de la noche;
contra las lechuzas cuyo vuelo oblicuo les roza el hocico, llevando en el pico una
rata o una rana, alimento viviente, grato para los pichones; contra las liebres
que desaparecen en un abrir y cerrar de ojos; contra el ladrón que huye al
galope en su caballo después de cometer un crimen; contra las serpientes que
agitan los matorrales y hacen que les tiemble la piel, que les rechinen los
dientes; contra sus propios ladridos, que a ellos mismos les dan miedo; contra
los sapos, a los que trituran con un golpe seco de sus quijadas (¿por qué se
han alejado del pantano?); contra los árboles, cuyas hojas, suavemente mecidas,
son otros tantos misterios que no comprenden, que quieren descubrir con sus
ojos fijos, inteligentes; contra las arañas colgadas entre sus largas patas,
que se encaraman a los árboles para huir; contra los cuervos, que no encontraron
qué comer durante el día y regresan a su morada, con las alas cansadas; contra
las rocas de la ribera; contra los fuegos que aparecen en los mástiles de las
naves invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra los grandes peces,
que al nadar muestran su dorso negro y luego se hunden en el abismo; y contra
el hombre que los esclaviza. […] Un día, con los ojos vidriosos, mi madre me
dijo: ‘Cuando estés en tu cama y oigas los ladridos de los perros en el campo,
escóndete debajo de la manta, no te burles de lo que hacen: tienen un ansia
insaciable de infinito, como tú, como yo, como el resto de los seres humanos de
rostro pálido y alargado’. […] Yo, igual que los perros, siento la necesidad
del infinito... ¡Pero no puedo satisfacer esa necesidad!”.
***
Los seis libros de ese largo poema de ironía diabólica
e imprecaciones están atravesados, muy a menudo, por esos magníficos relámpagos,
y hasta las invectivas inmundas o atroces que el maníaco dispara contra Dios o
contra los hombres —por causa de Dios— conservan la huella profunda, pese a
todo, de una antigua adoración herida por el rayo.
Sospecho que este desdichado sólo fue un blasfemo
por amor, exactamente, supongo, como se convirtió en demente. Después de todo,
ese odio rabioso hacia el Creador, el Eterno, el Todopoderoso, tal como él se
expresa, es bastante vago en su objeto, ya que nunca toca los Símbolos.
Esto mismo es bastante extraño. No puede haber
blasfemia mientras no se ataque a la Cruz. El teólogo más tonto podría dar una
razón verosímil de por qué esto es así. Sólo se puede hacer sufrir al impasible
levantando la Cruz, y sólo se lo puede deshonrar degradando ese Signo esencial
de la exaltación de su Verbo.
Ahora bien, este frenético, este hombre que echa
espumarajos contra Dios, no dice una palabra de ella. Parece ignorarla, con una
ignorancia sobrenatural.
Un día recibe las amonestaciones de un sapo
moribundo que parte rumbo a la eternidad a implorar perdón para su discípulo, y
que lo insta a mostrar por fin su esencia divina, que hasta entonces ha
ocultado. Dios sabe lo que puede representar un batracio semejante para ese desdichado
espíritu.
En otra parte, hay un hermafrodita, “imagen sagrada de la inocencia de los
ángeles”, por el que se decide a rezar todos los días. En otra parte más, hay
una lámpara de iglesia, que ilumina la “perrera
del Creador” y cuyo brillo de oración, tan resplandeciente para él como
veinte incendios, lo colma de desesperación.
Sin duda alguna, esta alma enclaustrada en la execración
de una fórmula abstracta portaba en ella la pena infernal de un inmenso amor
que ningún símbolo de luz había iluminado. Nos hace saber, además, que era
matemático.
La Prostitución, en todas sus formas, es una idea
fija que acompaña por lo común, en su libro, a la idea del Señor, así como un corolario
sigue a un axioma. Los escasísimos individuos capaces de sentir el profundo
misterio que evoca esta palabra de Prostitución podrán leer con asombro ilimitado,
lamentando la extinción de ese Lucifer, el poema increíble de la página 15:
“Yo hice un pacto con la prostitución, a fin de
sembrar el desorden de las familias. […] ¡Ay, ay!, exclamó la hermosa mujer
desnuda […], los hombres, un día, me harán justicia; es todo lo que te digo.
Déjame que vaya a esconder en el fondo del mar mi tristeza infinita. Sólo tú y
los monstruos horrendos que pululan en esos negros abismos no me desprecian”.
Que cada cual lo tome como quiera, ¡ese capítulo me dejó
totalmente confundido!
***
Nunca he leído a los alienistas y nunca me he nutrido de ciencia
fisiológica. ¿Se me prohibirá, entonces, suponer que un hombre tal, afectado por
la locura, tiene una especie de lucidez a contrapelo capaz de hacerlo casi
infalible, que incluso le da, a veces, la apariencia de un oráculo profundo en
la antífrasis habitual de sus ironías o sus furores, cuando quiere expresar la
dominante pasión de su mente extraviada? Me parece que esta hipótesis audaz no va
más allá de una modesta perogrullada.
El autor —quienquiera que fuese— de los Cantos
de Maldoror nos dice que era matemático e incluso montevideano, lo que
parece implicar una matemática superior. Insiste con eso varias veces. Habla
del rostro grave de la geometría al que regocija la forma esférica del Océano;
también habla, en un extrañísimo poema ditirámbico de la aritmética y del
álgebra, “cuyas eruditas lecciones, más
dulces que la miel, se cuelan en su corazón como una ola refrescante”.
Dice que quien no las ha conocido “merecería sufrir los mayores tormentos”.
—“El fin de los
siglos verá —dice—, todavía de pie sobre las ruinas de los tiempos,
vuestras cifras cabalísticas, vuestras ecuaciones lacónicas y vuestras líneas
esculturales sentadas a la derecha vengadora del Todopoderoso, en tanto que las
estrellas se hundirán con desesperación, como trombas, en la eternidad de una
noche horrible y universal, y la humanidad gesticulante pensará en ajustar sus
cuentas con el Juicio Final”.
La catástrofe desconocida que hizo demente a este
hombre debe haberlo golpeado, por lo tanto, en el centro mismo de las exactas
preocupaciones de su ciencia, y su rabia frenética contra Dios debe de haber
sido, necesariamente, una rabia matemática.
Es una imagen de tristeza casi infinita la ese
glorioso espíritu, visiblemente hecho para incorporar en él la luz de las
constelaciones, obstaculizado al principio de su vuelo, sellado, encadenado a una
idea fija, inmortalmente atroz, y esforzándose, con la lógica extraña de los alienados,
con los recursos de una ciencia precisa, en construir una hélice descendente
para huir de los cielos implacables rumbo a antípodas imposibles.
¡Cómo ha de haber adorado la Belleza ese poeta
sumido en las tinieblas para insultarla tan cuidadosamente, para ingeniárselas,
como lo hace a lo largo de todo su libro, en distorsionar sus fórmulas! La
perpetua necesidad de pervertir el sentido de lo Bello, denunciador de su
caída, es en él como una espantosa diástole de su nuevo corazón.
“El búho de Virginia, bello como una disertación
sobre la curva que describe un perro al correr tras su amo… El buitre de los
corderos, bello como la ley de la interrupción el desarrollo del pecho de los
adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad de
moléculas que su organismo asimila… El escarabajo, bello como el temblor de las
manos en el alcoholismo… El adolescente, bello como la retractilidad de las
garras de las aves rapaces; o, también, como la incertidumbre de los
movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región
cervical posterior; o, más bien, como esa ratonera perpetua, siempre vuelta a
tender por el animal apresado, que puede cazar sola roedores indefinidamente y
funcionar incluso oculta bajo la paja; y, sobre todo, como el encuentro
fortuito en una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas”.
Hay otros pasajes más como éstos, cuya refinadísima abominación
hace imposible citar.
***
Se habla mucho de la literatura de la vida real, de
los libros de la vida real. Así es como la mayoría de los novelistas
contemporáneos nos ponen bajo las narices sus pequeños asuntos sentimentales.
Quiero persuadirme de que ese barbarismo acabará cayendo en el ridículo.
Pero si se considera la cosa como algo absolutamente
imprescindible, ¿qué libro, pregunto, qué novela moderna, qué autobiografía
mezclada con ficción, podría ser más real que los lamentos y los alaridos de ese
hombre torturado cuya alma está ciega, cuya memoria se ha extinguido, que ya no
sabe si hay alguien que lo oiga, que sólo se lamenta de sí mismo para sí mismo,
y que sólo deja de vociferar su desesperación para rechiflar su dolor?
La intensidad de esa llama que va a morir es
positivamente aterradora y las contorsiones literarias de los historiógrafos de
nuestras insulsas costumbres parecen poca cosa, en verdad, comparadas con la portentosa
tragedia de ese desorbitado del Amor y de la Luz.
Porque es, desgraciadamente, un verdadero loco, un
verdadero loco que se da cuenta de su locura, que de repente deja de contarnos
su anhelo de un mundo infinito para exhalar este grito desgarrador: “¿Quién es, pues, el que me da golpes en la
cabeza con una barra de hierro al igual que un martillo golpea el yunque?”.
Es un loco como nunca se los había visto, que podría haberse convertido en uno
de los más grandes poetas del mundo, que ciertamente lo sospechaba y que murió
en el más espantoso de los sepulcros, antes de tener el tiempo que le fue concedido
al Tasso, mucho menos inspirado que él, para dar a luz su obra.
Sucumbió, como Satanás, por haber “derrotado a la Esperanza”. ¡Querido
gran hombre abortado! ¡Pobre rastacuero sublime! “¡Es alguien —dice, hablando de sí mismo— que tiene penas horrendas!”. Y eso es todo lo que nos revela de su
pasado. Incluso se diría que lo esconde con toda la astucia complicada de un alienado
simulador y ladrón.
Con la esperanza de huir, su imaginación desenfrenada
lo precipita en las metamorfosis. Recuerda “haber
vivido medio siglo, en forma de tiburón, en las corrientes submarinas que
bordean las costas de África”; reconoce tener un rostro de una hiena; mantiene largas
conversaciones con “el hermano de la
sanguijuela” y “el pulpo de mirada
sedosa, cuya alma es inseparable de la suya, que es el más hermoso de los
habitantes del globo terrestre y que dirige un serrallo de cuatrocientos
ventosas”.
Finalmente, les dirige a sus lectores execrados de
antemano —si el Todopoderoso, a quien aborrece, le permite tenerlos algún día— esta
encíclica recomendación, con la que he querido terminar:
“Adiós, anciano, y piensa en mí si me has leído. Tú, joven, no te
desesperes, porque tienes un amigo en el vampiro, a pesar de tu opinión
contraria. Y si cuentas el ácaro sarcóptico que produce la sarna, tendrás dos
amigos”.
1 de septiembre de 1890
LÉON BLOY
Beluarios y Porquerizos
Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán
LE CABANON DE PROMÉTHÉE
(suite et fin)
Dans
une sorte de roman, intitulé Le Désespéré,
publié en 1887 et tout de suite raturé, autant qu’il était possible, par le
silence hostile de la presse entière, j’avais écrit incidemment les quelques
lignes qu’on va lire, avec l’espoir, longtemps déçu, de suggérer à un éditeur
quelconque l’idée généreuse d’une réimpression.
«
L’un des signes les moins douteux de cet acculement des âmes modernes à l’extrémité
de tout, c’est la récente intrusion en France d’un monstre de livre, presque
inconnu encore quoique publié en Belgique depuis dix ans: les Chants de Maldoror, par le comte de
Lautréamont (?), œuvre tout à fait sans analogue et probablement appelée à
retentir. L’auteur est mort dans un cabanon et c’est tout ce qu’on sait de lui.
«
Il est difficile de décider si le mot monstre est ici suffisant. Cela ressemble
à quelque effroyable polymorphe sous-marin qu’une tempête surprenante aurait
lancé sur le rivage, après avoir saboulé le fond de l’Océan.
«
La gueule même de l’Imprécation demeure béante et silencieuse au conspect de ce
visiteur, et les sataniques litanies des Fleurs du Mal prennent subitement, par
comparaison, comme un certain air d’anodine bondieuserie.
«
Ce n’est plus la Bonne Nouvelle de la
Mort du bonhomme Herzen, c’est quelque chose comme la Bonne Nouvelle de la Damnation. Quant à la forme littéraire,
il n’y en a pas. C’est de la lave liquide. C’est insensé, noir et dévorant.
Mais
ne semble-t-il pas à ceux qui l’ont lue que cette diffamation inouïe de la
Providence exhale, par anticipation, – avec l’inégalable autorité d’une
Prophétie, – l’ultime clameur imminente de la conscience humaine devant son
Juge ?... »
Il
paraît aujourd’hui que cet avertissement n’a pas été inutile et qu’une édition
nouvelle, enfin se prépare. L’affaire, je crois, sera bonne. En tout cas, c’est
une expérience des plus curieuses. Cet extraordinaire poème en prose devenu
presque rarissime et connu seulement de quelques artistes qui se le passent,
avec force recommandations, de mains en mains, va tomber précisément dans l’axe
de la plus active cogitation des âmes profondes en cette fin de siècle.
Le
scandale sera grand peut-être et, ma foi! tant mieux. L’Évangile n’enseigne-t-il
pas que le scandale est nécessaire?
Quant
au danger de la contagion, je ne puis y croire. C’est un aliéné qui parle, le
plus déplorable, le plus déchirant des aliénés et l’immense pitié mélangée d’indicible
horreur qu’il inspire, doit être, pour la raison, le plus efficace des
prophylactiques. « Le désespoir porté assez loin, dit Carlyle, complète le
cercle et redevient une sorte d’espérance ardente et féconde. »
Exceptionnellement,
je croirais plutôt à la pédagogie salutaire de cette douleur sans mesure, de ce
pianto de la haine infiniment
désolée. Si les pessimistes bien étranges de l’indifférence absolue, qui ne
sont tout juste, en fin de compte, que les optimistes du néant, daignaient, un
instant, concéder l’hypothèse du bien moral, on pourrait leur dire que ce n’est
pas tout à fait un rêve de supposer à l’extrême abomination d’une vraie face
tangible de réprouvé, la puissance de précipiter certains hommes à la vertu par
l’effet d’une transcendante peur.
***
En
lisant les Chants de Maldoror, je n’ai
pu me défendre à chaque page, d’une singulière impression. L’auteur me faisait
penser à un noble homme s’éveillant au milieu de la nuit dans le lit banal d’une
immonde prostituée, toute ivresse finie, se sentant à sa merci, complètement
nu, glacé de dégoût, agonisant de tristesse et forcé d’attendre le jour.
«
Il n’essaie pas de se rendormir. Il sort lentement, l’un après l’autre, ses
membres hors de sa couche. Il va réchauffer sa peau glacée aux tisons rallumés
de la cheminée. Sa chemise seule recouvre son corps. Il cherche des yeux la
carafe de cristal afin d’humecter son palais desséché. Il ouvre les contrevents
de la fenêtre. Il s’appuie sur le rebord. Il contemple la lune qui verse, sur
sa poitrine, un cône de rayons extatiques, où palpitent, comme des phalènes,
des atomes d’argent d’une douceur ineffable. Il attend que le crépuscule du
matin vienne apporter, par le changement de décor, un dérisoire soulagement à
son cœur bouleversé. »
N’est-ce
rien qu’une telle suggestion procurée par un désespéré sans larmes qui porte
refroidir son cœur hors de la maison, sous un ciel polaire, au fond d’un sale
et ténébreux jardin, dans le voisinage d’un puant retrait; pour le rapporter
quand il ne palpitera plus, afin d’être en état de sophistiquer sa douleur par
l’ironie pacifique du parfait blasphème?
Je
rêvais, dit-il, que j’étais dans le corps d’un pourceau, qu’il ne m’était pas
facile d’en sortir, et que je vautrais mes poils dans les marécages les plus
fangeux. Était-ce comme une récompense ? Objet de mes vœux, je n’appartenais
plus à l’humanité! Pour moi, j’entendis l’interprétation ainsi, et j’en
éprouvai une joie plus que profonde. Cependant, je recherchais activement quel
acte de vertu j’avais accompli pour mériter, de la part de la Providence, cette
insigne faveur...
«
Mais, qui connaît ses besoins intimes ou la cause de ses joies pestilentielles
? La métamorphose ne parut jamais à mes yeux que comme le haut et magnanime
retentissement d’un bonheur parfait, que j’attendais depuis longtemps. Il était
enfin venu, le jour où je fus un pourceau! J’essayais mes dents sur le tronc
des arbres; mon groin, je le contemplais avec délice! Il ne me restait plus la
moindre parcelle de divinité: je sus élever mon âme jusqu’à l’excessive hauteur
de cette volupté ineffable... »
L’obsession
continuelle de ce malheureux Lautréamont, — évidemment un pseudonyme, — est en
effet le blasphème. S’il est misanthrope, c’est qu’il se souvient que l’homme
est à la ressemblance de Dieu.
Le
blasphème est une denrée littéraire devenue assez peu précieuse. Notre époque l’a
beaucoup aimé, depuis le blasphème aristocratique de Baudelaire jusqu’au
blasphème truand de Richepin. Toutes les familles en demandent. Mais la qualité
de celui-là est unique parce qu’il est proféré par un pauvre fou de chagrin qui
ne regarde pas le public.
Son
auditoire, ce sont ses propres membres lamentables. C’est à son foie malade qu’il
s’adresse, à ses poumons, à sa bile extravasée, à ses tristes pieds, à ses moites
mains, à son phallus pollué, aux cheveux hérissés de sa tête perdue d’effroi.
Il
paraît leur dire, à ces témoins, comme le Prométhée d’Eschyle aux Océanides: «
Voyez de quelles iniquités je souffre! » en pensant au Dieu qu’il accuse.
L’effet
d’ensemble est terrible au delà de toute expression et d’une beauté panique
surprenante. Je n’étais pas tout à fait exact en disant qu’il n’y a pas de
forme littéraire. Le style des Chants de
Maldoror est une sorte de poncif configuré à la divaguante passion d’un
dément.
L’originalité
serait nulle sans le paroxysme très-particulier d’un certain accent qui doit
étonner certain démon et que je n’avais encore trouvé dans aucune littérature.
Mais
cet accent-là qui fait ressembler chaque phrase à une louve enragée courant de
ses pattes agiles et silencieuse à la rencontre d’un voyageur, est à lui seul
une originalité si démesurée, si formidable qu’à la lecture, on sent battre ses
artères et vibrer son âme jusqu’au tremblement, jusqu’à la dislocation.
***
Le
signe incontestable du grand poète, c’est l’inconscience prophétique, la
troublante faculté de proférer par-dessus les hommes et le temps des paroles
inouïes dont il ignore lui même la portée. Cela, c’est la mystérieuse
estampille de l’Esprit-Saint sur des fronts sacrés ou profanes.
Quelque
ridicule qu’il puisse être, aujourd’hui, de découvrir un grand poète inconnu et
de le découvrir dans un hôpital de fous, je me vois forcé de déclarer, en
conscience, que je suis certain d’en avoir fait la trouvaille.
Je
sais bien que cette cloche sublime qui devait sonner les tocsins et les
victoires, fut, presque aussitôt après son baptême, fêlée par le tonnerre, et
ce fut un malheur immense pour tous ceux que les voix du ciel peuvent consoler.
Mais
parfois, j’ignore comment, cette blessée rendait encore des sons divins, qu’ils
fussent graves ou mélancoliques, et cela suffisait bien pour qu’on devinât l’enthousiasme
d’amour que ses carillons glorieux auraient suscité.
«
Je suis fils de l’homme et de la femme, d’après ce qu’on m’a dit. Cela m’étonne...
Je croyais être davantage ! » Pascal est brûlant de gloire pour avoir dit de
moindres paroles et j’en ai recueilli plus d’une dans ce livre incohérent et
merveilleux qui ressemble au palais d’un roi persan qu’une flétrissante cohue
de crocodiles et d’hippopotames aurait saccagé.
Il
est impossible de donner l’idée précise d’une œuvre aussi anormale sans
multiplier les citations au-delà de ce que semble permettre l’esthétique
judicieuse de la mise en pages. Mais cela, c’est du diamant, du diamant noir et
toute consigne altière doit tomber, je suppose, en présence d’une telle
aubaine.
Écoutez
les chiens dans la nuit, ces terribles chiens homériques « aboyant tour à tour,
soit comme un enfant qui crie de faim, soit comme un chat blessé au ventre
au-dessus d’un toit, soit comme une femme qui va enfanter, soit comme un
moribond atteint de la peste à l’hôpital, soit comme une jeune fille qui chante
un air sublime; contre les étoiles au nord, contre les étoiles à l’est, contre
les étoiles au sud, contre les étoiles à l’ouest; contre la lune; contre les
montagnes, semblables au loin à des roches géantes, gisantes dans l’obscurité; contre
l’air froid qu’ils aspirent à pleins poumons, qui rend l’intérieur de leurs
narines rouge et brûlant; contre le silence de la nuit; contre les chouettes
dont le vol oblique leur rase le museau, emportant un rat ou une grenouille
dans le bec, nourriture vivante, douce pour les petits; contre les lièvres qui
disparaissent en un clin d’œil ; contre le voleur, qui s’enfuit, au galop de
son cheval, après avoir commis un crime; contre les serpents, remuant les
bruyères, qui leur font trembler la peau, grincer des dents; contre leurs
propres aboiements, qui leur font peur à eux-mêmes ; contre les crapauds, qu’ils
broient d’un coup sec de mâchoires (pourquoi se sont-ils éloignés du marais ?)
; contre les arbres, dont les feuilles, mollement bercées, sont autant des
mystères qu’ils ne comprennent pas, qu’ils veulent découvrir avec leurs yeux
fixes, intelligents ; contre les araignées suspendues entre leurs longues
pattes, qui grimpent sur les arbres pour se sauver ; contre les corbeaux, qui n’ont
pas trouvé de quoi manger pendant la journée, et qui s’en reviennent au gîte, l’aile
fatiguée ; contre les rochers du rivage ; contre les feux, qui paraissent aux mâts
des navires invisibles ; contre le bruit sourd des vagues ; contre les grands
poissons, qui nageant, montrent leur dos noir, puis s’enfoncent dans l’abîme ; et
contre l’homme qui les rend esclaves ! […]
«
Un jour, avec des yeux vitreux ma mère me dit: ‘Lorsque tu seras dans ton lit,
que tu entendras les aboiements des chiens dans la campagne, cache-toi sous ta
couverture, ne tourne pas en dérision ce qu’ils font : ils ont une soif
insatiable de l’infini, comme toi, comme moi, comme le reste des humains, à la
figure pâle et longue’ […] Moi, comme
les chiens, j’éprouve le besoin de l’infini... Je ne puis contenter ce besoin!
»
***
Les
six livres de ce long poème d’ironie diabolique et d’imprécations sont assez
souvent traversés de ces magnifiques éclairs et, jusqu’aux invectives immondes
ou atroces que le maniaque décroche contre Dieu ou contre les hommes — à cause
de Dieu, — gardent la trace profonde, malgré tout, d’une ancienne adoration
foudroyée.
Je
soupçonne cet infortuné de n’avoir été qu’un blasphémateur par amour,
exactement, je le suppose, comme il devint un insensé. Après tout, cette haine
enragée du Créateur, de l’Éternel, du Tout-Puissant ainsi qu’il s’exprime, est
assez vague dans son objet, puisqu’il ne touche jamais aux Symboles.
Cela
même est passablement étrange. Il ne saurait y avoir de blasphème aussi
longtemps qu’on ne s’attaque pas à la Croix. Le théologien le plus bête
pourrait en donner la raison plausible. On ne peut faire souffrir l’impassible
qu’en dressant la Croix et on ne peut le déshonorer qu’en avilissant ce Signe
essentiel de l’exaltation de son Verbe.
Or,
ce frénétique, cet écumant contre Dieu n’en dit pas un mot. Il a l’air de l’ignorer,
d’une ignorance surnaturelle.
Il
reçoit, un jour, les admonitions d’un crapaud mourant qui part pour l’éternité
afin d’implorer le pardon de son disciple et qui l’exhorte à montrer enfin son
essence divine qu’il a cachée jusqu’alors. Dieu sait ce que peut représenter un
tel batracien à ce malheureux esprit.
Ailleurs,
c’est un hermaphrodite, « image sacrée de l’innocence des anges », pour lequel
il prend la résolution de prier chaque jour. Ailleurs encore, c’est une lampe d’église
qui éclaire le « chenil du Créateur » et dont la lueur d’oraison, éclatante
pour lui comme vingt incendies, le transporte de désespoir.
Sans
aucun doute, cette âme cloîtrée dans l’exécration d’une formule abstraite,
portait la peine infernale d’un immense amour que nul symbole de lumière n’avait
éclairé. Il nous apprend, au surplus, qu’il était mathématicien.
La
Prostitution sous toutes ses formes est une idée fixe qui escorte
habituellement, dans son livre, l’idée du Seigneur, comme un corollaire suit un
axiome. Les très rares individus capables de sentir le profond mystère évoqué
par ce mot de Prostitution, pourront lire avec un étonnement sans bornes, en
déplorant l’extinction de ce Lucifer, le poème incroyable de la page 15.
«
J’ai fait un pacte avec la prostitution, afin de semer le désordre dans les
familles […] Hélas ! hélas ! s’écria la belle femme nue […] les hommes, un
jour, me rendront justice; je ne t’en dis pas davantage. Laisse-moi partir pour
aller cacher au fond de la mer ma tristesse infinie. Il n’y a que toi et les
monstres hideux qui grouillent dans ces noirs abîmes qui ne me méprisent pas. »
Qu’on le prenne comme on voudra, ce chapitre m’a totalement confondu!
***
Je
n’ai jamais lu les aliénistes et la science physiologique ne m’a jamais
allaité. Me sera-t-il pourtant interdit de supposer chez un tel homme frappé de
folie, une sorte de lucidité à rebours qui le fasse presque infaillible, qui
lui donne même, parfois, des allures de profond oracle dans l’antiphrase
coutumière de ses ironies ou de ses fureurs, quand il veut exprimer la
dominante passion de son esprit fourvoyé ? Il me semble que cette hypothèse
hardie ne s’élève pas au-dessus d’une modeste lapalissade.
L’auteur,
— quel qu’il fût, — des Chants de
Maldoror, nous apprend qu’il était mathématicien et même Montévidéen, ce
qui paraît impliquer une mathématique supérieure. Il y revient plusieurs fois.
Il parle de la face grave de la géométrie que réjouit la forme sphérique de l’Océan
; il parle aussi, dans un bien étrange poème dithyrambique, de l’arithmétique
et de l’algèbre, « dont les savantes leçons, plus douces que le miel, filtrent
dans son cœur comme une onde rafraîchissante ».
Il
affirme que celui qui ne les a pas connues « mériterait l’épreuve des plus
grands supplices ». — « La fin des siècles, dit-il, verra encore, debout sur
les ruines des temps, vos chiffres cabalistiques, vos équations laconiques et
vos lignes sculpturales siéger à la droite vengeresse du Tout-Puissant, tandis
que les étoiles s’enfonceront avec désespoir, comme des trombes, dans l’éternité
d’une nuit horrible et universelle, et que l’humanité grimaçante, songera à
faire ses comptes avec le jugement dernier. »
La
catastrophe inconnue qui fit de cet homme un insensé a dû, par conséquent, le
frapper au centre même des exactes préoccupations de sa science, et sa rage
folle contre Dieu a dû être, nécessairement, une rage mathématique.
C’est
une vision de tristesse presque infinie que celle de ce glorieux esprit
visiblement fait pour s’assimiler la lumière des constellations, entravé au
début de son envol, scellé, cadenassé dans une idée fixe, immortellement atroce
et s’efforçant, avec la logique bizarre des aliénés, avec les ressources d’une
science précise, de construire une hélice descendante pour fuir des cieux
implacables vers des antipodes impossibles.
A-t-il
fallu qu’il adorât la Beauté, ce poète englouti dans les ténèbres pour l’insulter
avec tant de soin, pour s’ingénier, comme il le fait, tout au long de son
livre, à en dénaturer les formules ! Le besoin perpétuel de pervertir le sens
du Beau, dénonciateur de sa chute, est en lui comme une effroyable diastole de
son nouveau cœur.
«
— Le grand-duc de Virginie, beau comme un mémoire sur la courbe que décrit un
chien en courant après son maître... Le vautour des agneaux, beau comme la loi
de l’arrêt de développement de la poitrine chez les adultes dont la propension
à la croissance n’est pas en rapport avec la quantité de molécules que leur
organisme s’assimile... Le scarabée, beau comme le tremblement des mains dans l’alcoolisme...
L’adolescent, beau comme la rétractilité des serres des oiseaux rapaces ; ou
encore comme l’incertitude des mouvements musculaires dans les plaies des
parties molles de la région cervicale postérieure ; ou plutôt comme ce piège à
rats perpétuel, toujours retendu par l’animal pris, qui peut prendre seul des
rongeurs indéfiniment et fonctionner même caché sous la paille ; et surtout,
comme la rencontre fortuite sur une table de dissection d’une machine à coudre
et d’un parapluie...»
Il
y en a d’autres encore, que leur superfine abomination rend impossible à citer.
***
On
parle beaucoup de littérature vécue, de livres vécus. La plupart des romanciers
contemporains nous donnent ainsi à flairer leurs petites affaires de cœur. Je
veux me persuader que ce barbarisme finira par tomber dans le ridicule.
Mais
si l’on y tient absolument, quel livre, je le demande, quel roman moderne,
quelle autobiographie mâtinée de fiction, pourrait être plus vécue que les
lamentations et les hurlements de ce supplicié dont l’âme est aveugle, dont la
mémoire est éteinte, qui ne sait plus s’il y a quelqu’un pour l’entendre, qui
ne gémit sur lui-même que pour lui-même et qui ne s’interrompt de vociférer son
désespoir que pour sibiler sa douleur ?
L’intensité
de cette flamme qui va mourir est positivement effrayante et les contorsions
littéraires des historiographes de nos plates mœurs, semblent peu de chose, en
vérité à côté du tragique portentueux de ce désorbité de l’Amour et de la
Lumière.
Car,
c’est un vrai fou, hélas ! un vrai fou qui sent sa folie, qui s’arrête
subitement de nous raconter sa soif d’un monde infini, pour exhaler ce cri
déchirant : « Qui donc sur la tête me donne des coups de barre de fer comme un
marteau frappant l’enclume ? » C’est un fou comme il ne s’en était jamais vu,
qui aurait pu devenir l’un des pus grands poètes du monde, qui s’en doutait
assurément et qui s’est éteint dans le plus affreux des sépulcres, avant d’avoir
eu le temps qui fut accordé au Tasse, bien moins inspiré que lui, d’enfanter
son œuvre.
Il
succomba, comme Satan, pour avoir « vaincu l’Espérance ». Cher grand homme avorté
! Pauvre rastaquouère sublime ! « C’est quelqu’un, dit-il, en parlant de
lui-même, qui a des chagrins épouvantables ! » Et c’est tout ce qu’il nous
révèle de son passé. On dirait même qu’il le cache avec toute la ruse
compliquée d’un aliéné simulateur et larron.
Dans
l’espoir de fuir, son imagination éperdue le précipite aux métamorphoses. Il se
rappelle « avoir vécu un demi-siècle, sous la forme de requin, dans les
courants sous-marins qui longent les côtes de l’Afrique « ; il se reconnaît un
visage d’hyène ; il a de longs entretiens avec « le frère de la sangsue » et «
le poulpe au regard de soie, dont l’âme est inséparable de la sienne, qui est
le plus beau des habitants du globe terrestre et qui commande à un sérail de
quatre cents ventouses ».
Enfin,
il adresse à ses lecteurs exécrés d’avance, — si le Tout-Puissant qu’il vomit
lui permet d’en avoir un jour, — cette encyclique recommandation par laquelle j’ai
voulu finir :
«
— Adieu, vieillard, et pense à moi si tu m’a lu. Toi, jeune homme, ne te désespère
point ; car tu as un ami dans le vampire, malgré ton opinion contraire. En
comptant l’acarus sarcopte qui produit la gale, tu auras deux amis. »
1er
septembre 1890. – Belluaires et Porchers.