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viernes, 4 de abril de 2025

Alfonso Reyes: Culto a Mallarmé (Tercera parte bis)

 

CULTO A MALLARMÉ

III-bis. ERRORES DE LA PROXIMIDAD

 

     Banville pidió a Mallarmé un monólogo para Coquelin, La siesta del fauno, poema escrito en Tournon, en cuyo ambiente flota el recuerdo de un cuadro de Boucher; fue leído, durante unas vacaciones, a Banville y a Coquelin, que fingieron interesarse mucho, aunque lamentaron que faltara en el poema “la anécdota necesaria que el público exige siempre, por lo cual aquello sólo podría interesar a los poetas”. Tampoco importa la incomprensión de su amigo Théodore Aubanel.

    Yo no quisiera hablar mal de Aubanel, pero ¿por qué su amistad para Mallarmé —tan confiado, tan cabal, tan bien nacido, que no vacila en calificar de “admirable” la Vénus d’Arles de Aubanel— anda siempre dando excusas, avergonzada de frecuentar al “fantástico profesor de inglés” , al “lírico loco” , y haciendo lástima de las “extravagancias y abstracciones” de aquel “excelente muchacho” , de aquel “espíritu distinguido”? Todas estas lamentables palabras se encuentran en las cartas de Aubanel a su amigo Legré.

    En Aviñón, verano de 1870, Mallarmé leyó unos fragmentos del Igitur a Mistral, a Villiers de l’Isle-Adam y a Catulle Mendès. Nuevo fracaso.

    —No hay duda —repetía Mendès—, Mallarmé se resiente de su vida de privaciones en Londres. ¡Se ha vuelto loco! Pero es justo decir en descargo de Catulle Mendès que, cuando recuerda aquella lectura en el informe que presentó al Ministro de Instrucción Pública sobre Le mouvement poétique français de 1867 à 1900 (París, Impr. Nationale, 1903, páginas 135-141), no lo hace sin cierta nobleza, sin cierta profunda melancolía y un franco sentimiento de veneración para la persona y la obra de Mallarmé.

    Mendès había conocido a Mallarmé en 1864. Mendès vivía entonces en Choisy-le-Roi, en casa de su padre, y lo acompañaba Villiers de l’Isle-Adam, quien por entonces escribía Elën. Mallarmé se presentó con una carta de Emmanuel des Essarts. Dejaron a Villiers entregado a su manuscrito, y salieron ambos a pasear a orillas del Sena. La discreta melancolía de Mallarmé se insinuó en el corazón de Mendès, quien acabó de sentirse suyo cuando el delicado joven de ojos transparentes y manos femeninas, tras de hacerle con sencillez y como sin dar importancia a la cosa el relato de las penurias y trabajos que acababa de pasar en Londres, donde se mantenía dando clases de francés, comenzó a recitarle sus primeros versos, con aquella voz que acariciaba. Mendès mostró todo a Villiers, que compartió su entusiasmo. Y no hubo más por el momento. Mallarmé se fue a la Provenza, y durante siete años estuvo comunicando por carta, a sus amigos, proyectos, tanteos, esperanzas: daba a entender que se ocupaba en una obra trascendental, sin querer declarar del todo, con una graciosa coquetería, en qué consistía su descubrimiento. Por desgracia Genoveva Mallarmé no dejó nunca a Mendès publicar estas cartas. Villiers y Mendès no dudaban, a juzgar por lo que ya habían conocido de él, que Mallarmé estaría preparando grandes sorpresas. Muchas veces invitados para ir a verlo, aprovecharon los primeros ahorros y se presentaron en Aviñón.

    La cena, a la que también asistía Mistral, fue breve. Y vino la fatal lectura de los fragmentos de Igitur. No sabemos lo que haría Mistral, aunque parece que más tarde opinó que un poco de brusquedad y una buena reprimenda a tiempo, además de la saludable influencia del sol provenzal (no podía faltarnos este adminículo) hubieran bastado para enderezar a aquel pecador. Y en efecto, ¿qué hacía bajo los claros fuegos del Sur aquel hijo del septentrión, verdadera nube perdida, en quien la lucha de atmósferas estalla al fin con aquellos gritos de alucinado contra el azul del cielo? ¿Qué haría sino “se boucher le nez devant l’azur”?

 

          La serena ironía del Azul sempiterno

         agobia —en su indolencia bella como las flores—

         al poeta impotente, que maldice su genio,

         a través de un desierto estéril de dolores.

 

    Villiers de l’Isle-Adam se limitaba a seguir la lectura con unas risillas alentadoras, aunque un poco forzadas. Eran una simple manifestación de su embarazo, pero más tarde se arrepintió de ellas porque le parecieron excesivamente aprobatorias. A los otros dos podemos perdonarles. A éste no le perdonaremos nunca.

    El pobre de Mendès, alegando la fatiga del viaje, se fue a acostar, y al otro día tomó el tren de París, sin que Mallarmé —tan perfecto en todo— le hablara una sola palabra del poema.

    ¡Cómo! —se preguntaba Mendès—. ¿Y en esto, en esta obra cuyo asunto mismo nunca acaba de declararse, en este estilo donde ciertamente el arte no falta, pero en que las palabras, como por un compromiso ¡ay! sistemático, abandonan su sentido propio; en esto, pues, había de parar tan largo y concentrado esfuerzo?

    Y Mendès volvió a París con dos tristezas más en el fondo: una, el sentirse alejado del hombre a quien quería y estimaba; otra (y es la más hermosa) el temor de haber sembrado la duda en el ánimo de su amigo, por su actitud ostensiblemente reprobatoria. Pero Mendès era, como dicen en España, bastante “listo” para comprender al mismo tiempo que ya en el ánimo de Mallarmé no quedaba sitio para la duda. En adelante, seguirá solo su camino, hipnotizado por su alto ideal, y sin necesitar de aprobaciones ajenas. Ni siquiera necesitará alejarse de sus amigos de la primera hora.

    (Villiers puso en sus manos el cuidado póstumo de sus papeles literarios, y el velar por los intereses de su hijo, y  Mendès se conservó su amigo hasta el fin.) Pero, en adelante, su trato con los otros no pasará de ser una serie de transacciones corteses. Vale la pena de meditar sobre este momento trágico, místico, en la vida de los poetas: llega la hora de embarcarse solo, enteramente solo. Sin cuidarse más que “del blanco afán de nuestra vela”. Y Mendès se deshace en excusas para ante su propia conciencia: No —viene a decir—, yo no creo equivocarme, aunque lo desearía por lo mucho que quise al amigo y lo mucho que respeto la memoria del poeta. ¿Seré incomprensivo? ¿No podré salir de mis hábitos de pensamiento? Porque, en verdad, aunque Mallarmé sea hermético, nunca lo es por charlatanería, y nunca es incongruente. Él tiene su idea: él se propone algo; de él diremos como de Hamlet: “Hay método en su locura”. Y sabemos por Léon Daudet que uno de los recursos de Mendès para atraerse la simpatía de los jóvenes era llevarlos a un rincón de la sala de Víctor Hugo, y allí explicarles los misterios de Mallarmé.

    Tan amargo para los camaradas, Leconte de Lisle juzgaba así:

    Musset es un prosador más que un poeta; Lamartine, poeta intermitente; Víctor Hugo, tan pueril, como sublime; Barbier, carnero con piel de león; Ronsard, versificador de provincia; Autran, bardo marsellés; Bouilhet, despojo último del romanticismo; Zola, un granuja forrado de pedante; Baudelaire, un siniestro farsante; ¿y Mallarmé? ¡Mallarmé es la esfinge de Batignolles!

    Lo proximidad produce errores de perspectiva. Maestro del Simbolismo, Mallarmé para otros no es más que el apogeo del Parnasismo (así lo declaraba Laforgue). En cuanto a Charles Cros (Revue du Monde Nouveau) oídlo: —Mallarmé no es más que un Baudelaire destrozado, cuyos pedazos no han podido juntarse.

   Todavía Poizet recuerda este punto de vista cuando dice, en resumen, que después de Hugo, el esfuerzo sobrehumano de Baudelaire por dar un paso más le costó a éste la felicidad y la razón y que ya a Mallarmé sólo le quedaba hacer lo que hizo: un apéndice a Las Flores del mal. Cierto que pone más en su sitio las figuras cuando compara a Baudelaire con un ángel caído, y a Mallarmé con un dios proscrito que hubiera traído a la tierra los elementos de la energía interior para fabricarse un cielo aparte.

    Jean Moréas, cuando fundó la Escuela Románica, decía despectivamente:

    —El Simbolismo, ese movimiento que yo he inventado en cierto modo… (a reserva de declarar a la hora de la muerte —¡él que tanto anduvo entre escuelas!— que no cabía en las escuelas literarias).

    Otras veces, en la conversación, se deslizaba a decir que Verlaine era “un buen poetilla a la manera de Juan Segundo” y que Mallarmé era “un buen traductor de inglés”.

    René Ghil, preocupado con presentarse a sí mismo como la contrafigura de Mallarmé y con dar carta de ciudadanía en las letras a su “poesía científica”, cree, por una parte (aunque generosamente se lo perdona) que Mallarmé omitió de propósito la mención de la “Escuela René Ghil” en su examen sobre las diversas técnicas del tiempo; y por otra parte, asegura que Mallarmé siguió los preceptos de dicha escuela en cuanto a la “instrumentación verbal”, en un preludio a la Herodiada” de unos sesenta versos que llegó a mostrarle, y que supone a Mallarmé capaz de haber hecho desaparecer después por ojeriza o antipatía literaria. (¿No será esa “Antigua obertura a la Herodiada, unos cien versos, que publicó la Nouvelle Revue Française —1° de noviembre de 1926— y que, según el doctor Bonniot, Mallarmé pensaba rehacer del todo?)

    Según Claudel, el mismo Mallarmé nos daría muestra de estos errores de proximidad, con aquella “incomprensión total de Rimbaud’?. Léase sin embargo la página de las Divagaciones [Medallones y retratos] sobre Rimbaud: “…niño precoz e impetuosamente muy azotado por el ala de la literatura, que, antes de tener casi tiempo para existir, agotó en sí tempestuosas y magistrales fatalidades, sin recursos ante el futuro”.

    Valéry esclarece así la antinomia: Mallarmé, lógico simbolista dado al análisis de las formas, que llega a reducir las leyes físicas a unas cuantas ecuaciones prodigiosamente logradas; Rimbaud, hombre al modo de Crookes o de Curie, que obtienen la captación sensible de fenómenos inefables, que los enriquecen con nuevos hechos el mundo. Rimbaud, descubridor de la armonía de las sensaciones, no se opone a Mallarmé. Rimbaud es un dominio, Mallarmé es un sistema. Y un dominio no se opone a un sistema: son especies de orden diferente.

   Si Mallarmé no acaba de entender a Rimbaud (en quien Claudel ve sobre todo un iluminado, un herido por el rayo de la gracia), es porque Mallarmé prefiere a todas las cosas, según las palabras de una carta con que saludó el primer libro de René Ghil, “la tentativa de no producir nada, así sean maravillas, como efecto del simple azar”. Duda de la legitimidad moral del dinero ganado a la ruleta, y en tal sentido su actitud es una alta lección de lo que llama Juan Ramón Jiménez ética-estética. No cree en la amistad gratis; no le parece honorable concebir en lo irreal.

   ¡Hoy nos es tan fácil, de lejos, ver a Mallarmé aislado, libre de toda esta maraña de escuelas y clasificaciones, al menos en lo que de él nos interesa!

    ¿Otro ejemplo? (que unos llamarán incomprensión y otros comprensión): en 1883, Mallarmé dice a Verlaine: —Sagesse es admirable; pero ¿por qué no continuar las Fiestas galantes? Henry Fouquier se decía representante del buen juicio francés. Escribía unas veintitrés crónicas semanales para diversos periódicos, sobre numerosos asuntos literarios que no entendía. Ni siquiera conocía los nombres de los poetas y de los pintores que juzgaba: A Verlaine le llamaba Verlain; a Laforgue, Lafargue; a Odilon Redon, Odilon Renot. Atribuía a Mallarmé el Traité du verbe de Glu… A la muerte de Verlaine se le ocurrió escribir: “¡Lástima que no haya muerto en el hospital!” A la muerte de Mallarmé escribió en Le Temps un artículo que Gide calificó de indecente y que arrancó a Rémy de Gourmont una observación curiosa: Fouquier cita fragmentos de La penúltima, a título de ejemplo de la demencia de Mallarmé, y Gourmont hace notar que las líneas con que comienza el poema de Mallarmé son tan poco “delirantes” que hasta corresponden a las que emplea Th. Ribot en su Psicología de la atención. En efecto, dice Ribot: “A todo el mundo le ha sucedido sentirse perseguido por un aire musical o por una frase insignificante, que vuelven y vuelven obstinadamente sin ninguna razón especial” (capítulo III, 1). Y dice Mallarmé: “¿Palabras desconocidas cantaron alguna vez entre vuestros labios, jirones malditos de una frase absurda? Y yo salí de mi casa con aquella sensación que daría un ala —arrastrada y leve— al deslizarse sobre las cuerdas de un instrumento, etcétera, etcétera.”

   Paul Masson, el célebre mistificador que también firmaba Lemice-Terrieux, escribe en sus Regards Littéraires d’un Yoghi (La Plume, 1896):

Hace poco, recorriendo una estrofa de Mallarmé, estuve a punto de comprenderla. Hecha la verificación del caso, resultó que mi texto tenía una errata.

 

    Pocos saben que la Nouvelle Revue Française hizo, en 15 de noviembre de 1908, una primera salida en falso, antes de la segunda y definitiva del 19 de febrero de 1909, de suerte que hay dos números 1. La primera vez, Léon Bocquet, en una información publicada bajo el titulo “Contra Mallarmé”, reprodujo cierto artículo de Jean-Marc Bernard. André Gide se indignó, y dijo que exigía la expulsión de Bocquet, porque no podía consentir en que se atacara a Mallarmé, siquiera a título informativo, en una revista donde el nombre de Gide figuraba entre los directores. Otro de los directores, Eugène Montfort, tomó el partido de Bocquet, y optó por retirarse y continuar la publicación de Les Marges. En el segundo número 1, aparece una notita bajo el mismo título: “Contra Mallarmé”, y firmada con las iniciales A. G., en que se declara ayunos de todo sentido crítico a Bernard y a Bocquet.

    Jean-Marc Bernard puede tener cierta gracia en sus epigramas (Oeuvres completes, Au Divan, 1923), pero éste no es de los más felices:

 

Mallarmé doit être marri:

En obtenant pour garniture

Messieurs Royère et Valéry,

Il fait de l’ostréiculture.

 

   Se explica que alguien pueda equivocarse con algunos de los primeros versos de Mallarmé (sobre todo, versos sueltos) y atribuirlos a Baudelaire. Se explica menos, pero también es disculpable, que Paul Morand haya dado por ahí como de Verlaine este verso de Mallarmé: Ayant peur de mourir lorsque je couche seul.

lunes, 8 de abril de 2024

Alfonso Reyes: Culto a Mallarmé (Tercera parte)

III

LAS TRIBULACIONES DE UN PROFESOR

 

Au dessus du bétail ahuri des humains.

 

Tournon (1863), Besançon (1866), Avignon (1868), y, ya en París, el Fontanes, hoy Condorcet (1871); también el Liceo Janson (1884), y luego el Colegio Rollin (1885): he aquí los hitos de su carrera como profesor de la lengua inglesa.1

Supongamos, sin embargo, propter elegantiam sermonis, que se trata de una sola y única jauría de muchachos, puesto que todos son iguales, indiferenciados en su masa ruidosa.

Ya lo hemos visto quejarse de su sueldo escaso y, sobre todo, del acaparamiento de sus horas. ¡Y si sólo pudiera quejarse de eso! “El Liceo, el Liceo es lo que me mata”, exclama una y otra vez en sus cartas. No es difícil figurarse lo que puede ser el contacto continuo con la rudeza y la travesura escolar para un hombre todo exquisitez y finura, ridículamente inadaptable a una función que supone autoridad a todo trance. Tampoco es difícil figurarse —problema éste mucho más agudo— lo que significa para un abstractor de quintaesencia el tener que devolver todos los días, a las palabras y las ideas, su sentido mínimo y burdo, bajando a cada instante desde el paraíso poético donde vive tan embriagado que a veces cree volverse loco. Con razón el pobre poeta confesaba un día a Paul Adam: “No puedo pasar por el viaducto de Batignolles —y lo pasaba todos los días— sin sentir deseos de precipitarme en el vacío”. Y no es que le faltara vocación de maestro, ni amor a la materia de su enseñanza. De aquella vocación da fe el magisterio que ejerció entre la juventud literaria. De este amor dan prueba sus traducciones, entre las cuales no hay que olvidar la Mitología, de Cox (donde hay mucho de Mallarmé) y singularmente sus obras para el aprendizaje del inglés: Les Mots Anglais, L’Anglais en cinq tableaux (preciosa divagación filológica la primera, ingeniosa síntesis la segunda), y hasta aquel juguete que nos hace pensar en su imaginado “reloj poético” y que puesto en manos de un empresario le hubiera producido alguna ganancia: L’anglais récréatif ou Boîte pour apprendre l’anglais en jouant et seul, sistema de doce tablas que se adelantó al “ latín sin lágrimas” de nuestros días. Pero era el maestro nacido para alumnos por él escogidos y no impuestos por la casualidad, el maestro medieval que trae a los aprendices a su casa; era el professor de inglés que no podía plegarse a métodos escolares ajenos, ni a fines utilitarios inmediatos, capaz de escribir verdaderos tratados por mero gusto y afición, a condición que no le fueran impuestos por una exigencia exterior, sino que nacieran solos de su espíritu por una interior necesidad.

Aquella juventud vasta y sin labrar que se sentaba en los bancos —aunque, por lo general, no entendiera a aquel hombrecito pulcro y alambicado, y aun cuando trajera de la calle o de la casa familiar un vago recelo contra él, adquirido en las conversaciones sorprendidas a sus mayores, sean los padres, sean los demás catedráticos erigidos en guardianes de las formas vulgares—, aquella juventud, sin duda mezclada de muchas cosas divinas como lo está siempre la juventud, se le ofrecía de tiempo en tiempo con la lealtad con que la materia prima se ofrece a la gula del artista, y de seguro que, entre algunos malos ratos, daba también a Mallarmé la occasion de ejercitar su pericia de modelador de almas y dibujante en conceptos. Algún consuelo en sus amarguras de forzado.

Pero ¿y el trato con los colegas, con los profesores de provincia, con la chusma gregaria de la cátedra? El tipo medio del profesor de liceo es aquel que trabajó un tiempo, hace muchos años; se arregló para siempre un peinado intelectual y se trajeó el espíritu conforme a la moda del momento. Después, la repetición mecánica de las mismas labores, y también la falta de tiempo, lo fueron obligando a prescindir de toda curiosidad y a negar cuanto no se encuentra en su librito —como dice la gente—, cuando perturba su sistema ya hecho. Y luego, hay un pecado intelectual, el cansancio, que es inseparable de la función misma del espíritu. Para eso se inventó el Domingo, pero el reposo periódico no basta siempre a recobrar las fuerzas gastadas; y una vez que el cansancio empieza, resbala vértigo abajo en una proporción geométrica a que nunca puede dar alcance la parsimoniosa serie aritmética de un domingo y otro domingo. Aun el mismo que ama su trabajo y quisiera renovarse con el sol de cada mañana, se va llenando de hastío, porque las novedades de una ciencia no son tan frecuentes que compensen y sacudan, con sus ocasionales apariciones, el marasmo de la repetición diaria en los cursos escolares.

La vieja Salamanca, dígase lo que se quiera de sus espinas escolásticas, tenía una sabia costumbre: obligaba a sus catedráticos a “asistir al poste” . Después de la conferencia oficial, ya en libre conversación de amigos, el Doctor salía del aula y venía a reclinarse negligentemente, como quien no da importancia a la cosa, en el poste que había en el patio. Allí se plegaba a las preguntas que los alumnos quisieran hacerle; entraba en sus dudas y hasta confesaba las suyas propias, libre ya de la solemnidad ritual que lo obligaba a la autoridad ex-cátedra. Allí se improvisaba un seminario de charlas, una compenetración mayor entre el maestro y los discípulos, lo cual corregía las austeridades del régimen. Allí, mientras los jóvenes perdían el pavor a la enseñanza, el viejo recobraba un tanto la flexibilidad de sus años mozos.

Por lo demás, parece que nada puede detener el conocido fenómeno de la decadencia de las cátedras. Llega un día en que el sabio mismo, y mientras más sabio peor, se fatiga de rodear siempre los elementos de una ciencia que ya domina en sus menores resortes y de que está ya bien saturado. “Escribir sobre lo que ya se conoce ¡qué aburrimiento!”, decía Gourmont. ¡Qué aburrimiento hablar otra vez sobre lo que ya se sabe de memoria, y hablar en los mismos términos cada día! A menos que el investigador se remonte por su cuenta y riesgo, olvidando las necesidades modestas del educando; a menos que el pastor ascienda sin cuidarse del abismo que lo separa ya del mundo ordinario, y como decía Fray Luis de León, deje a su grey en este valle hondo, oscuro… Pero este catedrático que sigue siendo investigador es el caso menos frecuente, aunque el preferible a fin de cuentas, porque podrá suceder que arrastre consigo, en su turbión de ciencia antipedagógico y desordenado, a dos o tres discípulos fieles que habrán de recoger su antorcha. Y lo más frecuente —volvamos a nuestros carneros liceanos— será siempre el repetidor mecánico, el maestrito de un solo librito.

Un profesor vivaz, joven y lleno de iniciativas —peor aún: poeta, y poeta incomprensible y humoso— no puede menos de inquietar al profesor rutinario, de irritarle primero y exasperarlo al fin, por lo mismo que desorganiza su pequeña y cómoda jardinería del mundo. ¿Qué venía a hacer entre personas cuerdas aquel profesorcillo estrafalario y de maneras untuosas, que entreveía misterios psicológicos en las palabras, adelantándose un siglo a las concepciones idealistas de Vossler y a las aventuras de la moderna estilística? A lo major se le ocurría entrar en explicaciones sin utilidad práctica ninguna sobre la historia de la lengua inglesa; sobre el elemento gótico o anglosajón, de lucha con la lengua de oil y su fusion con ella para determinar el inglés propiamente dicho. Otra vez le daba por encontrar espíritu en las letras. Y así, de la inglesa, escribía: “Esta letra parecería a veces impotente para expresar por sí misma otra cosa que un apetito nunca seguido de resultado, la lentitud, el estancamiento de todo aquello que se arrastra, yace simplemente, o bien perdura; con todo, cobra cierta espontaneidad para expresar ciertos sentidos…” Inútil continuar la cita. El director de una institución pedagógica tiene responsabilidades muy serias. No es negar que el joven profesor sea un hombre inteligente, cultísimo y de muy honestas costumbres; pero educar es educar. Ya sabemos que la salida de Tournon tiene su secreto, y que los colegas de Besançon se muestran algo desconfiados a la llegada de Mallarmé. ¿Qué había sucedido? Muy sencillo: un día el “Provisor” de Tournon le dijo que necesitaba hacer economías —lo de siempre; que, en consecuencia, era indispensable concentrar en una persona las cátedras de inglés y de alemán. Y Mallarmé fue sacrificado a esta economía. Una vez que se libraron de él, expidiéndolo a la tierra bisontina, no hicieron concentración de cátedra, sino que simplemente lo sustituyeron por otro profesor que no sabía hacer versos.

Sospecho que aquí intervino la influencia del prefecto De l’Angle-Beaumanoir, quien se figuró ver en Mallarmé un bromista de la peor especie al leer los poemas Le Guignon y Les Fenêtres: de aquí la desgracia, el “mal de ojo” y la “ defenestración” de Mallarmé. Por cierto que Raoul de l’Angle-Beaumanoir, hijo del prefecto, novelista nada mallarmeano, solía concurrir más tarde a los Martes de la calle de Roma, sin duda, como se ha dicho, a título de peregrinación expiatoria y para purgar las culpas paternas. Pero la verdad es que el prefecto no haría más que seguir la opinión reinante. Por aquel tiempo, nadie ponía en duda, en las redacciones de los periódicos, que Mallarmé, en la vida y en la obra, fuera un perpetuo mixtificador, y su poesía un lenguaje convencional, con cifra y traza, para esconder imaginaciones grotescas y hasta obscenas.

Y ya que de tal ofuscación se trata, es el momento de contar un caso curioso: el inglés Beckford, a fines del siglo XVIII, escribió en francés un cuento oriental, Vathek. Algún Mallarmé abuelo se encargó de la lujosa edición. Nuestro Mallarmé desenterró el libro, y logró que, acompañado ahora de un espléndido y largo prólogo, lo reeditara, en 1876, el librero de la Biblioteca Nacional, Adolphe Labitte. El ejemplar dedicado por Labitte a la Nacional de París lleva, de su puño y letra, esta inscripción reveladora de la opinión corriente en su tiempo: “Entrego este ejemplar a la Biblioteca Nacional, no sin advertir al lector que el prefacio es una mixtificación”. El editor, pues, pensaba lo mismo que los profesores y los periodistas baratos.

Entre la gente escolar hay un sujeto que merece mención aparte. Entreguemos a la posteridad su nombre: es el censor Fallex, del Liceo Fontanes. Es el mismo que después pasó al Charlemagne, de donde expulsó a Buchotte y a Jules Renard, y por poco expulsa también a Ernest Raynouard. Sépase que Fallex componía unos versos mediocres, y al muy bribón le hacía mal descubrir talento en el prójimo. La envidia es una mala enfermedad, duele mucho. Magnard, director del Fígaro, le decía candorosamente al autor del Tartarín: “Daudet, ¡no puede usted figurarse el daño que hace eso!” Mallarmé era subordinado del oscuro Fallex ¿y se atrevía a crecer en fama, a los ojos de todo el mundo, dejando debajo a su superior? Y Fallex, cada vez que podía, agobiaba con su autoridad al quieto y seguro Mallarmé.

Naturalmente que el cumplimiento del deber, por parte del concienzudo profesor, era compatible con su poco de ironía práctica. Hay así pequeños desquites que a nadie dañan, y nos ayudan a conllevar la carga y hasta la embellecen por instantes. Por ejemplo, se hizo un día patente que Mallarmé demostraba cierta preferencia por un alumno negro, y frecuentemente se servía de él durante la clase. El pintor Renoir le preguntó la razón de esta preferencia. “ Es —le contestó Mallarmé con su sonrisa de conejo— que me encanta ver al negro expresarse por medio de la tiza blanca sobre el plano negro del encerado”.

Claro es que los muchachos también tomaban su parte en los placeres de este mundo, aprovechando la menor circunstancia. Mallarmé, en el Fontanes, solicitaba siempre el auxilio de un chico que había entrado ya al Liceo hablando inglés, y éste era el que se encargaba de recoger los deberes y otras materialidades del curso, permitiendo así que el maestro, de tiempo en tiempo, se entretuviera en leer, en tomar notas, en meditar. Y los muchachos: “¡Este Mallarmé! ¡El tiempo que pierde uno en su clase! ¡Sólo se ocupa en escribir para los periódicos de modas!” Porque la fama de “Marasquin”, director de una revista social, había llegado hasta ellos. Pero lo peor le aconteció años antes, cuando un número del Parnasse Contemporain cayó en manos de la chiquillería. En este número aparecía L’Azur. ¿Cómo? ¿Aquel señor divagado, maniático, lleno de papelitos de apuntes, siempre metido en un triste macferlane, con sus zapatos de tacón alto y sus calcetines de seda blanca, se permitía escribir versos incomprensibles? Desde aquel día, al entrar a clase, Mallarmé tenía que borrar pacientemente las caricaturas que encontraba en el encerado, y en que se le representaba tapándose las narices y gritando: “Je suis hanté: l’Azur, l’Azur, l’Azur, l’Azur!

Pasaba sobre el agravio, y ocupado en cosas mejores, lo olvidaba. Joseph Caillaux, el conocido político, fue su discípulo en el Liceo Fontanes, y acabó por ser su discípulo distinguido y cobrarle verdadero cariño. Cuando llegó al Liceo, sus compañeros le dijeron: “Está chiflado: quiere hacernos entender El cuervo, de Poe”. (Y, comenta Léon Treich, los padres de los chicos seguramente pensarían lo mismo.) “Por lo demás, muy buena persona. Ya verás cómo puede uno jugar en su clase”. Caillaux aprovechó el primer momento para poner el consejo en práctica. El viento cerró con estrépito una ventana, y Caillaux gritó: “¡Socorro!” Pero con espanto se dio cuenta de que nadie lo secundaba. El profesor, tras reprenderlo ligeramente, llamó al alumno en jefe, Tamburini, y le dijo: “Mil líneas de castigo al alumno Caillaux”. Tamburini hizo que escribía, mientras guiñaba el ojo a Caillaux. A los ocho días, el profesor preguntó por los castigos. “No hay castigos esta vez, señor. Todos los alumnos se han portado bien”. Y Mallarmé no volvió a acordarse, o fingió que no se acordaba.

El historiador Charles Seignobos lo recuerda como mal profesor de inglés, pero el testimonio de Seignobos trae no sé qué resabio amargo, y se complace en cargar las sombras, sea que evoque el aspecto personal de Mallarmé o la casa en que habitaba en Tournon. El pintor Jacques-Émile Blanche confiesa que no aprendió nada en el curso de Mallarmé. Fontainas asegura, sin embargo que, ya en el sexto del Fontanes, un respetuoso silencio rodeaba a Mallarmé, y aunque reinaba cierta libertad, ninguno se atrevía al desorden, porque al instante una palabra seca —como un hondazo a la oveja descarriada— clavaba en su sitio al atrevido. El grito: “ ¡Basta!”, repetido tres veces, y un golpe con la regla en la mesa eran el anuncio de los castigos. A posteriori, Fontainas cree recordar —pero desconfío de su recuerdo— que todos tenían el presentimiento de habérselas con un grande hombre, y que mientras éste tomaba notas en sus papeletas, escribiendo palabras sueltas a intervalos calculados y exactos, asistían a una labor sagrada. Entre la expectación de los alumnos, el maestro se abstraía de pronto, o con aquella mano nerviosa de que sacó tanto partido Manet, alcanzaba un libro y se ponía a examinarlo.

Por entonces, ocupado ya en sus traducciones de Poe, solía traer a clase las primicias de su versión francesa, como lo hizo valientemente para todo el poema Eldorado. ¡Perlas margaritas a los muchachos, que dudaban de la utilidad de tales ejercicios! Durante la enfermedad de cierto Monsieur Balagué, el señor Stéphane Mallarmé, del Liceo Fontanes, fue llamado a suplir la cátedra de inglés en el Colegio Rollin, adonde llegó precedido de una reputación de amable extravagancia. Venía “metido en Poe”, como los andaluces dicen “metido en jerez”, y lo primero que hizo fue escribir en el encerado esta linda estrofa:

 

In the greenest of our valleys

By good angels tenanted,

Once a fair and stately place,

Radiant palace reared its head.

 

Es el comienzo del poema que Mallarmé tradujo bajo el nombre de Le Palais hanté, poema que se encuentra en La caída de la casa Usher, y que aparece también en la traducción de las Nuevas historias extraordinarias, por Baudelaire.

Tal vez los alumnos del Rollin se preocupaban más de aprender que sus contemporáneos de los otros liceos. Ello es que uno interpeló respetuosamente al profesor, preguntándole si, antes de entrar en los primores de la poesía, no les convendría más dominar las frases de uso corriente. El poeta, con aquella lengua elíptica que ya para entonces pasaba de su obra a su conversación, contestó:

O le laid, déjà pratique!

Pero, aceptando el reparo, borró lo que había escrito. Y he aquí que se lanza entonces, entre el asombro y el entusiasmo de los alumnos, durante una hora larga, a una brillante improvisación sobre la cocina inglesa, como si durante sus escaseces de Londres no hubiera hecho más que practicarla: Wrexham soup, Pepperpot, Cock-a-Leekie, Harvey sauce, Oyster forcemeat, Hindostanee curry, Wyvern pudding, Queen Mab’s pudding, Porcupine pudding, Muffins, Gooseberrie tarts: todo esto desfiló ante la clase, en aquella pronunciación exacta, aunque no tan ostentosamente británica como lo pretendían las caricaturescas imitaciones de Paul Verlaine. Y después, volviéndose al alumno de la objeción, le lanzó esta otra flechita elíptica:

Relevé ai-je le gant?

 

Encuentro en Fabureau la mejor crítica retrospectiva del curso Mallarmé:

 

De seguro que Mallarmé no se preocupaba de buscar una interpretación racional al enredijo de las instrucciones ministeriales. Con una independencia de criterio que le costaba cara, desdeñaba resueltamente las reglas de la Universidad oficial. Adversario del llamado método directo, preconizado por la escuela Berlitz, no se empeñaba en transformar a sus alumnos en viajantes de comercio o en guía de turistas. Su mismo inglés era demasiado puro y elegante.

 

Aquel “profesor pequeño, tan extraño, tan sabio, tan profundo, tan familiar y tan cómico —dice Grillot de Givry a quien cito a través de Fabureau— acabó por seducir a un grupo de alumnos del Rollin. Imitaban sus oscuridades y elipsis, daban caza a sus preferencias literarias, a las fuentes de su erudición filológica. Abrían los clásicos griegos y latinos para seguirlo en sus investigaciones etimológicas, aun cuando los textos fueran tan oscuros como aquella primera sátira de Persio que San Jerónimo, desesperado, arrojó al fuego. Entraban en Calímaco para ofrecer a su profesor citas curiosas. Se atrevían con la Biblia visigótica del obispo Ulfilas, que lo habían visto consultar. Compraban la Gramática gótica de Loebe, “para darse el gusto de saludarlo al entrar a clase en la lengua guerrera del siglo IV, como si fuera un jefe de horda”.

Y ahora se nos ocurre pensar que Mallarmé no era un professor para liceanos, ni para universitarios tal vez, sino más bien para aficionados en el sentido más generoso de la palabra; para gente ya formada, en suma, que quiere seguir cultivando su afición.

 

APÉNDICE 

Después de escritas y publicadas estas páginas, han venido apareciendo nuevos estudios, nuevas memorias —como las de Mauclair 2— que añaden nuevos datos al conocimiento íntimo de Mallarmé. De otros libros, publicados hace mucho tiempo, sólo he tenido conocimiento muy tarde. Así aquella crónica de Rodrigo Soriano en que cuenta cómo visitó a Mallarmé, en París, acompañado del pintor Regoyos; cómo le hablaron de Góngora y la posible simpatía de ideales estéticos entre el maestro cordobés del siglo XVII y el maestro del simbolismo francés; y cómo Mallarmé, que ignoraba a Góngora, se manifestó sorprendido e interesado y quiso, en lo posible, conocer de cerca a su vago precursor español.

En la imposibilidad de seguir recogiendo —por ahora, al menos— estas aportaciones, me limito, en cuanto al Mallarmé profesor, a remitir al volumen de Daniel Halévy, Pays parisiens, en cuyo capítulo “Un Paris enfantin” hay algunos documentos curiosos. Según Halévy, la precisión didáctica, la autoridad escolar de los demás profesores contrastaban con cierta distracción y cierta “negligencia mágica” de Mallarmé. Los chicos sentían que este profesor estaba de su lado, que a él también le incomodaba la clase, que también él estaba pensando en otra cosa, e inconscientemente le agradecían esta disposición de espíritu y se le entregaban mejor. “La gente mesurada es mucho más sensible a la magia que las personas mayores”. Este profesor ni siquiera pasaba lista de presentes. Toda realidad era, en torno a él, un poco indecisa. Los deberes eran siempre cortos. El 8 de octubre de 1882, dio cuatro versos ingleses a Halévy:

 

I saw a ship a saling

A saling on the sea;

And it was deeply laden

With pretty things for thee.

 

que el alumno tradujo así:

 

Je vis un vaisseau navigueur,

Navigueur sur la mer;

Et il était profondemenl chargé

De jolies choses pour toi.

 

Y el tema anexo, que tiene el valor de un pequeño poema en prosa para uso infantil:

 

—¡Lindo barco!

—No lo veo.

—Un barquito por la mar.

—¿Crees, mamá, que vendrá cargado de ricos presentes para mí, de bombones sobre todo?

—Tal vez.

—No logro verlo aún.

—Cierra los ojos y óyeme cantar; entonces acabarás por verlo, con todas las cosas que trae.

 

Un día Halévy, distraído, al entrar a clase un poco tarde, dejó su sombrero sobre la prominencia que formaba el pie del profesor, bajo la manta que envolvía sus piernas cruzadas. Se produjo un rumor general. Mallarmé se detuvo un instante a contemplar aquel espectáculo insólito —al fin gustador de rarezas— y se limitó a sonreír y dejar caer el sombrero.

Los chicos tenían la costumbre de cambiarse billetitos durante la clase. Mallarmé logró atrapar uno en que Halévy, jefe de banda, proponía, en estilo napoleónico, una tregua al jefe de otra banda enemiga: “Sire: nuestros pueblos vienen padeciendo de tiempo atrás por los incontables males de la guerra, etcétera”. Mallarmé se limitó a anotar al margen, con tinta roja:

 

Le petit Daniel

est un petit sot.

 

“No deja de ser humillante para mí —dice el antiguo discípulo— que este dístico sea el más claro en toda la obra del poeta”.

Al acercarse las vacaciones de Pascuas, los profesores solían hacer lecturas para su clase. Ni qué decir que las mejores y más gustadas eran siempre las de Mallarmé, aunque cierto padre se quejó de que su hijo no había podido dormir pensando en los tigres y leones de cierto libro de aventuras… Los compañeros pensaron muy mal del alumno delator. Decididamente, no era posible incomodar a aquel profesor que tan poco los incomodaba. Decididamente, aquel leve personaje no pertenecía a la odiosa secta de las “personas mayores”.

 

ALFONSO REYES

NOTAS:

1. Además de su Mallarmé universitaire (Mercure de France, 1° de octubre de 1912) y sus Lettres de Mallarmé à Mistral (Mercure de France, 15 de abril y 1° de mayo de 1924), Charles Chassé ha ofrecido una biografía universitaria de Mallarmé que no creo se haya publicado [Nota del autor].

2. Camille Mauclair, Stéphane Mallarmé, prince de l'esprit, disponible en formato digital.



miércoles, 6 de marzo de 2024

Alfonso Reyes: Culto a Mallarmé (Primera y segunda partes)

CULTO A MALLARMÉ

I

ACCESO

En l’oeuvre de ma patience 

Por octubre de 1909, di término a cierto ensayo “Sobre el procedimiento ideológico de Stéphane Mallarmé”. Confieso que me lancé muy prematuramente a cumplir mi compromiso critico con el maestro de Valvins. Ahora entiendo por qué Juan Pablo señalaba a los adolescentes los peligros de la desmedida frecuentación con las grandes obras literarias: el principiante convierte en lirismo lo que en el modelo es cosa construida con larga reflexión, y hace una mera imitación externa de lo que el genio conquistó como resultado de un crecimiento interior, de un cultivo cuidadoso y de esfuerzos muchas veces ascéticos. Sino que también me asustaría el extremo contrario: Goethe recomienda que los jóvenes guarden para más allá los planes sublimes, para la hora de la madurez técnica en que hay una relativa seguridad de no malograrlos. Pero a Goethe le acontecía, ya viejo, embalsamar tal o cual cadáver de su juventud entre las rigideces de la hora senil. ¡Cómo acertar con el instante oportuno, y menos en la fugacidad de la vida contemporánea, tan impropicia al reposo de la perfección!

Como quiera, libro escrito es agua volcada; y no veo la utilidad de volver sobre los argumentos de mi antiguo ensayo para reescribirlos en una lengua más sencilla y despojarlos y ordenarlos mejor, ahora que la crítica francesa ha limpiado ya del todo el terreno y no hay quien ignore a Mallarmé. Tras la aventura o zambullida ideológica de los dieciocho años, salimos a flote con nuestro enigma descifrado ya en lo esencial. Y entonces viene el paladeo gustoso que sucede a toda crisis de legítimo amor. Entonces, vencidos ya el rubor y el dolor, viene el disfrute lento y profundo; que, como se dice en La tía fingida, “a veces es más sabroso el rebusco que el esquilmo principal”. Cada instante entrega, sin sobresaltos ya, su secreto. Cada nueva lectura trae consigo otra pequeña enseñanza, o siquiera otra curiosidad. Acabó la obra de la crítica: comienza la minuciosa tarea del culto. Y de aquí estos apuntes de coleccionista, estas páginas para los ya iniciados, donde simplemente se procura juntar lo que ellos conocen ya en desorden. El presente libro fue concebido como una compañía para los asiduos de Mallarmé, y especialmente para los de lengua española.

Si alguna vez, sin embargo, el afán exegético vuelve a hacer de las suyas y nos compromete en nuevas interpretaciones será, de seguro, porque no se aborda a Mallarmé sin riesgo, y porque sería necesario adoptar una actitud de timidez casi heroica para conformarse con acariciar sus libros por fuera. Acercarse a Mallarmé es lo mismo que filosofar. ¡Quién resistiría la tentación! Ved este expresivo resumen de Raynaud:

 

André Thérive descubre la influencia de Mallarmé en los contemporáneos. Albert Thibaudet le consagra un importante estudio. Paul Souday, que no acostumbra perderse entre las nubes, responde tranquilamente a los que temen haber sido mixtificados: “Sí, es lícito, se puede admirar a Mallarmé”. Y ahora mismo (1920), Poizat, tan cuerdo y discreto, y a quien no tientan las aventuras, escribe así en su Historia del simbolismo: “Ningún poeta ha merecido como Mallarmé el título de maestro”. Un día, Albert Mockel exclama: “Mallarmé es un héroe” (Le Journal, 19 de septiembre de 1898); y al instante Paul Adam extrema: “Mallarmé fue más que eso, fue un santo”. Tuvo el culto del pensamiento al punto de “sacrificarle toda felicidad”. Édouard Dujardin lo pone entre los profetas, y cree ver en Mallarmé el destello de las llamas de Ezequiel. Joachim Gasquet lo compara a Prometeo…Y el mallarmismo pasa de doctrina literaria a religión, como lo presagiaba Gustave Kahn desde los comienzos.

 

Si esto es la posteridad, no fue menor la eficacia actual del maestro sobre las generaciones que se formaban a sus ojos. Dice André Gide:

 

Renan, Leconte de Lisie y Banville, muertos; Rimbaud, desaparecido; Verlaine, huraño e inasible; la conversación de Heredia, toda verba, nutría poco; Sully-Prudhomme andaba por caminos errados; cierta infatuación despectiva impedía apreciar las verdaderas cualidades poéticas de Moréas; Régnier, Griffin, nacían apenas… ¿A quién acercarnos? ¿A quién admirar, dioses poderosos?... A la edad en que se tiene necesidad de admirar, solo Mallarmé motivaba una admiración legitima. ¿Cómo evitar que tal admiración fuese apasionada y violenta?

 

Y si del orden puramente intelectual bajamos —o subimos— a otros órdenes del valor humano, encontraremos la razón del culto a Mallarmé en cierta infalibilidad general que lo va sacando airoso de todas las pruebas. Lo veremos en la prueba de su vida humilde y orgullosa, consagrada siempre a lo mejor de sí mismo y capaz de todos los silencios y sacrificios. Lo veremos en la prueba poética de su amistad con Frangois Coppée o con Catulle Mendès, que tenían éxito inmediato y le eran tan diferentes; en la prueba crítica de su amistad con Émile Zola, antípoda suyo a quien no le costaba ningún trabajo admirar; en la prueba moral de su Amistad con Verlaine, en quien veneraba al ángel una y otra vez caído en demonio; en su caridad para Villiers de l’Isle Adam, cuya pobre vida y triste muerte alivió todo lo que pudo; en el choque ético-estético ante el meteoro Arthur Rimbaud, sobre el cual nos ha dejado una página reverente, diga lo que quiera Paul Claudel; y hasta en los nimios cuidados de la cortesía o el consuelo al amigo, según testimonio de cuantos compartieron la bendición de su trato. Su incalculable bondad está en armonía con su probidad poética. Tiene esta medalla de hombre dos caras congruentes: maestro en la resignación por el lado humano, es maestro en el implacable anhelo de depuración por el lado artístico. A algunos legó sus disciplinas poéticas; pero Platón podría demostrarnos que ellas eran meros reflejos de su otra gran virtud: la Virtud.

Mi personal afición por Mallarmé en manera alguna quiere juntar sectarios, ni siquiera fundar programas de estética o lanzar manifiestos de arte; puesto que, amén de bastarse ella a sí misma, ha comenzado a volverse ya melancólica y soledosa, bien como lo que está alejándose y empieza a decirnos adiós. A los antiguos amores suceden deberes más apremiantes. Pero, prescindiendo de las anteriores consideraciones, más o menos históricas o más o menos sentimentales, hay un motivo que casi me atrevo a llamar práctico —tan trabado lo hallo en las diarias bregas del pensamiento poético— para no pasar de largo junto a Mallarmé, para no privarnos de una que otra meditación estética cuando nos acercamos a su obra, aunque sea con la mirada neutra del coleccionista o del erudito: Mallarmé, en nuestro tiempo, viene a ser el primer capítulo de toda investigación sobre la poesía. Remy de Gourmont lo señala y dice:

Per me si va tra la perduta gente.

Por esta puerta se llega a la poesía. No se puede volver a él sin caer en divagaciones y preguntas respecto a la trágica postura que el poeta adopta ante o contra el mundo. No importa que el sueño haya sido superior al intento de realización. Y disimularlo sería torpe, ante la sinceridad del que alguna vez llegó a decir: “¿Mi poesía? Es un callejón sin salida” (G. le Cardonnel, Mercure de France, 1° de junio de 1921, p. 515). Lo que importa es la pureza ejemplar de la intención. Si cuantos lo frecuentaban en vida sentían que volaba muy por encima de los demás poetas de entonces, cuantos hoy abren con aplicación sus pocos libros —¡y figuraos que sus libros sólo son un tartamudeo que evoca, de lejos, sus conversaciones!— comprenden que nunca se planteó más nítidamente el dilema, la amenaza de la poesía: ¡O la belleza o la vida! Supremo arrojo y también supremo candor. Ocurre pensar, con Gourmont, en la Andrómeda que se retuerce, atada, sintiendo el aliento del monstruo cercano e inevitable. Ocurre pensar en el gallardo rey de los cuentos, que sale a pasear desnudo, satisfecho con sus vestiduras invisibles. ¡Qué estatua de cristal la belleza! Y para salir a cuestas con ella ¡qué calle de tropiezos la vida! Parece que estuviera escrito: la belleza a cambio de la vida.

Siempre me ha gustado, ya que escribo de prisa, concentrar después mis trabajos a lo largo de varios años. Así me sucede publicar ensayos o poemas que, buenos o malos, son verdadero vino viejo, de siete y aun de nueve cónsules. Y todavía no me resuelvo a decir una palabra en público sobre las cosas que más interesan a mi vida. Esta costumbre no deja de tener sus peligros. Ya es aquél que se me adelanta con una tesis o un libro sobre Góngora; ya es el otro que, sin saberlo él mismo, casi me arrebata de las manos un relato sobre las andanzas de Humboldt en América; o el de más allá que realiza mi sueño, publicando una monografía deliciosa sobre los caballos de la Conquista. En tanto que yo preparaba estas notas —de que ya leí las primicias hace algunos años, en Buenos Aires, “Amigos del Arte”, 13 de octubre de 1929— aparece el excelente libro de Hubert Fabureau sobre Mallarmé, libro que me apresuro a recomendar y que de una vez economiza muchas lecturas, compendiando en poco espacio la sustancia destilada de todas las últimas investigaciones. Aunque Fabureau sigue método diferente del mío, como se inspira en las mismas fuentes para todas las reconstrucciones biográficas y aun anécdotas ilustrativas, conversaciones de la época, etcétera, no puede menos de ofrecer, respecto a mi trabajo, inquietantes semejanzas, coincidencias y paralelismos que llegan a extremos de literalidad textual. Dudé si, en vista de tales razones debería yo sacrificar mi labor de tanto tiempo, echando al cesto todo lo que ya consta en Fabureau. Después, pensándolo mejor, he considerado que basta con declarar aquí la prioridad “ editorial” de Fabureau en todos aquellos aspectos objetivos del tema que, al cabo, no era posible presentar de modo diferente a menos de hacer una falsificación o de caer en alambicamientos inútiles. Y dejo aquí esta constancia, para los que crean en mi probidad y mi buena fe. Que siempre, aunque recorramos igual camino, cada vez vamos a separarnos más, sin saber cómo ni cuándo; y así, entre los dos, habremos dado cuenta y razón más cabal del mismo itinerario, rodeándolo por distintos ángulos.


II

ITINERARIO DE MALLARMÉ

 

Tel qu’en lui-même enfin l’éternité le change

 

Empecemos con precisiones y fechas, para luego divagar más a gusto, haciendo cortes transversales por el río de esta existencia.

Nació en París, el 18 de marzo de 1842, en una casa de la calle que más tarde vino a llamarse Pasaje Laferrière. Su familia era de origen borgoñonés, lorenos y lejanamente holandeses. Era descendiente de un Síndico de la Corporación de Libreros en el antiguo régimen: aquel que, bajo Luis XVI, firma el privilegio real para la primera edición francesa del Vatheck. Fue su abuelo cierto Comisario de la Convención que condenó a las llamadas “vírgenes de Verdun” . Entre éstas se encontraba la novia de cierto fugitivo que, oculto en Nápoles, resulta ser el abuelo del pintor Degas. Paul Valéry, con una sonrisa, asegura que el pintor nunca perdonó al poeta este agravio retrospectivo. Sus antecesores fueron, desde la Revolución, funcionarios del Registro. Entre ellos anda un poeta ligero, que figura en el Almanach des Muses y en las Étrennes pour Dames, abolengo que el autor de los “versos de circunstancias” y de los “ocios postales”, redactor además de una revista de modas, no tendría por qué desconocer. De niño, solía también encontrar a un su pariente lejano, M. Magnien, autor de un libro romántico llamado: Ange ou Démon.

Su madre murió al volver de un viaje a Italia, no sé si cuando el niño tenía cinco o siete años, porque hay confusión en las fechas. En uno de sus primeros recuerdos, Mallarmé se ve en el salón donde su abuela recibió las visitas de condolencia. Confuso ante su incapacidad para sentirse emocionado (algo semejante sucedió a San Agustín, ya hombre, a la muerte de Santa Mónica), y no sabiendo qué hacer con la compasión que lo rodea, el niño opta por tenderse en el suelo y ponerse a rodar, agitando sus largos rizos.

El padre se casó después en segundas nupcias. En adelante, el niño tendrá que formarse al calor de otra maternidad todavía más tenue y más blanda: la maternidad de la abuela. No es éste un hecho indiferente.

Comenzó en Auteuil sus estudios, y los acabó, pasando por otros institutos, en el Liceo de Sens, ciudad donde todavía habitaba su suegra por julio de 1866. A los doce años, su alma está ocupada por dos anhelos secretos: primero, llegar a ser obispo, y segundo, emular la gloria de Béranger, a quien conocía de lejos. Mezclados y desarrollados diversamente, estos instintos se conservarán hasta el fin: nunca abandonará Mallarmé el sentido eclesiástico, ceremonial, cósmico de la poesía, y siempre entenderá, a su manera y sin halagar gustos vulgares, que la obra debe ir al pueblo. Sus dos confusos apetitos infantiles nos dan el embrión de su persona. En cuanto a emular a Béranger, no era cosa fácil por lo pronto. El niño llenaba cuadernitos de versos, cuadernitos que a veces le eran confiscados por la autoridad de sus mayores; pues, como lo dijo su maestro Baudelaire y él mismo lo dirá más tarde, la aparición de un poeta es siempre un escándalo en la familia.

La pensión en que Mallarmé pasó algunos años de su infancia, según referencias suyas de que Régnier tomó exacta nota, y los hermanos Goncourt noticia inexacta, era de lo más aristocrático. Una tía solterona que nunca falta, y que por haber vivido con una parienta de la Roche-Aymon quedó tocada de manía de nobleza, lo había hecho internar en aquella pensión muy superior a su estado. De tiempo en tiempo iba a saludarlo, sin duda para mejor disfrutar de su ocurrencia. El niño se sentía humillado entre tanto Talleyrand-Périgord y Clermont-Tonnerre. Y como su padre tenía en Passy una pequeña propiedad llamada Boulainvilliers —para defenderse de los malos tratos y burlas que alguna vez le acarreó, entre sus compañeros, la modestia de su nombre— decidió darse por marqués de Boulainvilliers. Cuando la familia venía a visitar a algún muchacho, el bedel gritaba el nombre con un portavoz, desde el jardín. Al oír el grito: “ ¡Marqués de Boulainvilliers, Mallarmé dejaba pasar un rato, para crear cierta confusión en la mente de su tía y que no le descubriera el fraude. La tía siempre hacía tertulia en la sala de la pensión, y se alargaba horas enteras recordando sus muchas y antiguas relaciones con la gente de alto copete.

Entre los doce y los dieciséis, pasa por una época que alguien ha llamado su retiro de Port-Royal. Y a los diecisiete sale de este tránsito, para comprar las poesías completas de Gautier, recién publicadas. A los diecinueve, lucha, y triunfa al fin, para que lo dejen adquirir un libro peligroso —Las flores del mal—, que encuaderna en un volumen junto con los poemas prohibidos. Esto acontecía por 1861. Pero no olvidemos que, según descubrimientos recientes, “antes del periodo baudelairiano representado en sus poemas del primer Parnaso, Mallarmé atravesó su obligatoria fase huguiana”, como acaba de decir Thibaudet. Este período huguiano pertenece a la prehistoria poética de Mallarmé, y sólo nos quedan de él dos poemitas de escaso valor.

Años más tarde, sobrevendrá el único encuentro entre Baudelaire y Mallarmé. Lo cuenta Raynaud, oficial de policía con letras, quien lo tenía del propio Mallarmé: Era en la calle de Amsterdam. Baudelaire llevaba una carta al correo, y la balanceaba en la punta de los dedos como una elegante de otros tiempos hubiera llevado una flor, o como llevan los guantes los personajes principescos de los viejos retratos. Por este solo rasgo, la adoración del joven Mallarmé adivinó al que tanto había de influir en su formación de poeta. Baudelaire era, en efecto, el único capaz de afrontar públicamente el ridículo con ademanes tan preciosos. El joven se descubrió, se detuvo, quiso decir algo, y sólo acertó con esta frase anodina:

—Buenos días, maestro. ¿Cómo está usted?

—Regular, gracias. ¿Y usted? —le contestó maquinalmente Baudelaire, mientras continuaba su camino. Y no hubo más. Fue como una siembra instantánea. La breve escena es fecunda en el recuerdo, como el paso de Shelley en la Memorabilia, de Browning:

 

Ah! Did you once see Shelley plain

And did he stop and speak to you,

And did you speak to him again?

How strange it seems — and new!

 

El Marqués de Boulainvilliers se preocupó siempre por redondear su nombre. He leído en Edmund Gosse que Mallarmé recibió en la pila el nombre de Étienne, e hizo después con él lo mismo que hizo con todas las palabras: subió por la escala de la dignidad léxica, y arriba se encontró con otro nombre mejor, que es Stéphane.

Lo mismo podríamos aceptar que, entre Étienne y Stéphane, hubo todavía estados intermediarios. Alguna vez, desaparece del todo el nombre de pila. En su libro Les Mots Anglais, el autor se anuncia simplemente como Mr. Mallarmé, a menos que reservara el nombre completo para obras de plena temperatura literaria. En La Demière Mode, revista para señoras que redactó algún tiempo, se disimula bajo el seudónimo “Marasquin”, sin contar con los disfraces menores: Marguerite de Ponty, sección de modas; Miss Satin, gaceta mundana; Ix, crónica de París, etcétera. —Algún tiempo, le dio por escribir su nombre despojado de la “ ph” etimológica: “Stéfane”.

La Revue Fantaisiste, de Catulle Mendés, rué de Douai, le da sus primeras amistades literarias: Coppée, Verlaine, Heredia, Dierx. Allí conoce también, y lo admirará para siempre, a Villiers de l’Isle-Adam. Su imagen de gentilhombre a la Luis XIII, envuelto en pieles y adornado de cabellos rubios, queda para él asociada a la palabra “infinito” que le oyó pronunciar un día con singular dignidad. Es la época de sus travesuras poéticas con Emmanuel des Essarts; es la época en que, en el Journal des Baigneurs que Coligny publicaba en Dieppe, colabora para erigir en gloria nacional al pobre loco de versos Séraphin Pellican o “Eliacim Jourdain”, mediante una maniobra semejante a la que emplearon Jules Romains y su grupo, en nuestros días, para dar una hora de popularidad en París al filósofo extravagante que hace descender al hombre de la rana.

Tiene veinte años. Muy pronto se casa con María, una joven renana de ascendencia británica, tal vez vecina de Sens. Decide irse a Londres para perfeccionarse en la lengua inglesa y aspirar al diploma universitario. Junto al brumoso Támesis, la pareja tiene que sufrir la mayor penuria. Mallarmé da clases de francés para sustentar su vida y sus estudios. ¿Qué amigos los acompañaban, los confortaban? Tal vez aquel gato flaco y negro que asoma por los rincones del poema en prosa La pipa; pero, como él decía, el gato es “un compañero místico, un espíritu” . Algunos afirman que el poeta nunca se recobrará del todo, después de la dura prueba londinense. Esta inmensa deuda de escasez y de frío, habrá de pagarla poco a poco al paso de su vida. Baudelaire lo había empujado hacia Poe, y Poe lo había llevado a Inglaterra. Así lo asegura él en su carta autobiográfica a Paul Verlaine. Pero también nos deja entender que su viaje a Londres era una fuga. Y en verdad que huía, huía del voto de funcionario del Registro Público a que, siguiendo la rutina y la herencia, su familia lo tenía prometido.

Regresa a los dos años, y es nombrado profesor de inglés en el Liceo de Tournon. Allí vivirá otros cuatro años (1863-1866) y allí concebirá las grandes líneas de su obra poética. Todo el primer año, ocupa una triste casa en que nace su hija Genoveva. La casa puede ser melancólica, pero él le debe algunas “ deliciosas horas terrestres”. Nosotros le debemos el Don, la Brisa, el primer rasguño del Fauno y la Herodiada… Allí tuvo el consuelo de encontrarse un día con su pipa olvidada, su fiel pipa de Londres, aquella de las Divagaciones, que tenía el poder de resucitar todo un ambiente. Después, se muda al número 2 de la Avenue du Château, y comienza a ser más feliz. Mientras escribe, tiene junto a sí “una amante adorable y blanca, llamada Nieves (Neige)”: una linda angora que todo el día lo besa con su hociquito de rosa y, paseando sobre su mesa, borra los versos con la cola esponjada. El cuarto es sombrío. Mírase un gran cofre, unas sillas Enrique III con cuero cordobés y tapicería Luis XIII, un moderno reloj de pesas, un lecho con sobrecama de encaje y, entre las imágenes de unos cuantos amigos seguros, el “pendón” de Victor Hugo (“Pendón”, en la lengua local, vale: retrato colgante). Desde la casa, enclavada en la fortaleza del norte, ve venir el Ródano, “lento y firme como un fondo de lago”, y una mañana de niebla, asiste al advenimiento del otoño. “No el otoño de hojas coloradas y amarillas, sino el brumoso, el de las aguas melancólicas.”1

Sus modestos honorarios alcanzaban entonces a 1.800 francos anuales, incluyendo el sueldo y una remuneración extraordinaria. Más tarde, en Besançon, sólo ganará 1.700; pero ya en 1868, juntará una anualidad de 2.200 cabales.

En Tournon, escribe a Aubanel quejándose de que “los miserables que lo pagan” le roben las mejores horas del día y, sobre todo, lo desposean de las mañanas, puesto que a las siete tiene que estar preparado para su primera clase. Además, se ve obligado a trabajar por la noche, intoxicándose con café. Sin duda el poeta prefería, como Góngora,

 

las purpúreas horas

que es rosas la Alba y rosicler el día,

 

las horas en que, según los latinos, la Musa habla con mayor libertad. Sin embargo, a esos miserables del Liceo tenemos que agradecer el Don del poema. La noche de Idumea —explica con razón Gabriel Faure— no es más que una noche de Tournon, una noche de desolación y fatiga.

A fines de 1865, Mallarmé hace un viaje a Versalles, donde muere su abuelo, y luego regresa a Tournon. En París ha sido bien recibido. Mendès y Villiers de l’Isle-Adam lo acompañan. El propio Leconte de Lisie presidirá una fiesta en su honor. Un periódico le ofrece publicar sus versos y luego hacer de ellos una tirada aparte. Aparecen poemas suyos en LArtiste y en el Parnasse contemporain. Entretanto, desde Tournon se ha relacionado con los felibres, por medio de Emmanuel des Essarts que es profesor en el Liceo de Avignon.

El hecho más importante de su vida en Tournon —hecho interior del todo— será expuesto en otro capítulo. Mallarmé se enfrentará allí, para siempre y definitivamente, con su gran quimera poética, monstruo voraz y dominante.

Un día, el “Provisor” decide suprimir el puesto de Mallarmé en Tournon. El poeta teme ser enviado a Rhodez-en-Alby y, considerando inexpugnable la plaza de Avignon, que es la que más le tienta, solicita su traslado a Sens, donde él había hecho sus primeros estudios y donde a la sazón moraba su suegra (Carta a Aubanel, 18 de julio de 1866). Pero al fin es trasladado a Besançon.

El Don del poema, que primero quiso llamarse Día y luego Poema nocturno, no sólo conserva un recuerdo de las angustiosas noches de Tournon, sino que conserva también, transfiguradas, las emociones ante la aparición de Genoveva.

De Avignon, Mallarmé había traído unos bengalís cuyo canto llenaba la casa de alegría. Su mujer esperaba de un momento a otro el nacimiento de Genoveva. “Ya comprenderás —dice una carta a Aubanel— nuestra felicidad en familia, o en animalia si prefieres”.

Nace Genoveva. Sus gritos interrumpen el trabajo de Mallarmé, “haciendo huir a Herodiada, la de los fríos cabellos de oro, la del pesado manto, la estéril”. Con todo, la niña demuestra ser muy inteligente: “Se echa a llorar cada vez que pronuncio el nombre de Legouvé, se retuerce de risa cuando gesticulo como Emmanuel des Essarts, y sonríe cuando le hablo de ti”.

Mallarmé tardó un poco en descubrir el verdadero sentimiento paterno: el hecho había llegado a la tierra antes que llegara su molde espiritual. “Me hallo demasiado joven para experimentar el sentimiento de la paternidad, el orgullo de creador que tú sientes, y por el cual te felicito” —escribe a Aubanel, quien, en efecto, le llevaba trece años.

En Brisa marina, confiesa que nada podría detener su ímpetu de fuga:

Et ni la jeune femme allaitant son enfant,

alusión que no puede ser más directa. Y en otra carta declara que ama en Genoveva “a la criatura o querubín desprendido de los fondos azules de Murillo, mucho más que a su hija habida en María”. Poco a poco, el grande y terreno amor natural se fue abriendo paso, y ella supo corresponderlo con una piedad que queda oculta entre muchas páginas de Mallarmé, páginas por ella coleccionadas cuidadosamente a lo largo de varios años. Más tarde, Genoveva viene a ser Mme Bonniot, y muere el 26 de mayo de 1919, cuando, con ayuda de su esposo el doctor, había dado ya fin a la recopilación de los Vers de Circonstance. “¡Por fortuna —decía sintiéndose morir— hemos tenido tiempo de acabar el libro!” El doctor Bonniot fallece a su vez el año de 1930.

En otra parte, consagro a Genoveva un capítulo de mayor paciencia. Hada de los grogs de medianoche, oficia entre la nube de tabaco de la rue de Rome, y en ella aparece y desaparece. Ella inspirará a su padre aquel Abanico que —al decir de Valéry— sería la obra maestra de Mallarmé, si fuera posible preferir alguna a las demás (Petit recueil de paroles de circonstance, París, Plaisir de Bibliophile, 1926).

En noviembre de 1866 el profesor Mallarmé llega a Besançon, en cuyo Liceo trabaja un año. Sobre su vida en este verdadero destierro, nos informa la larga carta que, en 5 de diciembre, dirigió a François Coppée para agradecerle el Reliquaire. “Besançon, antigua ciudad de guerra y de religión, sombría y prisionera” le hace sentir con crueldad el agobio de la provincia. Los clamores de las trompetas lo agitan e interrumpen el brote de una “vieja lágrima” en sus ojos. Moverse es siempre, para él, un dolor; tener que instalarse, una desgracia. Y luego ¡tantas visitas obligadas, para aplacar la mal disimulada desconfianza con que los señores del Liceo lo reciben! Porque, bueno es saberlo, su salida de Tournon no fue del todo pacífica. Y, para colmo, a estas horas todavía no puede disponer sino de medio departamento, ¡él que tiene tanta necesidad de sentirse a gusto en su interior, “abombando las vidrieras bajo la presión de sus sueños, como los cajones de un rico mueble lleno de piedras preciosas”, y viendo cómo las cortinas se pliegan conforme a líneas ya familiares! El espejo de su silencio se ha roto. Habrá que dejar tiempo al tiempo, para que su soledad se recomponga. Habrá que hacer unos cuantos versos, como quien quema perfumes en la cazoleta, antes de poder escribir una verdadera carta en forma a los amigos.

Por suerte, logra al fin su traslado a Avignon, donde lo esperaba la compañía de Aubanel y Mistral. Ahora vive en el número 8 del Portal Mathéron, “una casita rosa, metida entre árboles —dice Catulle Mendès. Y hacia enero de 1870, sintiéndose aquejado de un mal nervioso, obtiene licencia por enfermedad, con un salario reducido de 400 francos anuales.

Así no era posible vivir. El 30 de julio escribe a su amigo Mistral —amigo de confianza con quien ya se tutea— que le obtenga el valimiento de Saint-René Taillandier, el profesor de Montpellier, amigo de los felibres, pues necesita no menos de mil francos al año para el sostenimiento de su familia. El sueño de vivir en París se columbra cada vez más lejano.

Figurémonos esta amistad entre el brumoso Mallarmé y el solar maestro felibre. Mistral gozaba en la luz con éxtasis de lagarto en asueto, mientras el misterioso y dulce Stéphane clamaba contra el azul del cielo. Y cada uno entendía el estilo del otro. Cuando sobreviene la República, Mallarmé, entre zumbón y serio, hubiera querido que Mistral la anunciara al pueblo de Provenza, desde los balcones del Ayuntamiento de Avignon.

De tiempo en tiempo, han venido a verlo algunos amigos de París: ya es Glastigny, “rostro pálido y mal afeitado, talle seco y largo y pies estorbosos; ya es Cazalis que, según cuenta Mallarmé a Mistral, se figura que el castillo papal pertenece a los felibres y que éstos andan por la calle arrastrando mantos de seda y con la lira en las manos; ya es François Coppée, enfermo después del éxito de su Passant, que ha ido a hacer una cura a Amélie-les-Bains y, al regreso, se asoma por Avignon” (Fabureau).

Pero, sobre todo, tiene importancia la aparición de Catulle Mendès y de Villiers de l’Isle-Adam en Provenza, en el verano de 1870. Mallarmé tuvo la idea de leerles algunos fragmentos del Igitur. Uno de ellos resistió la prueba (¿necesito nombrarlo?) y el otro salió desconcertado y, en adelante, consideró siempre a Mallarmé con vaga desconfianza… Era la primera vez que el poeta sometía sus intentos hacia la “obra soñada”, la que había de ser por excelencia la obra de su vida, al juicio de sus compañeros de letras.

En abril de 1871, logra al fin su empeño de ir a París, como profesor delegado en el Liceo Fontanes, hoy Condorcet. El historiador Seignobos asegura que fue su padre quien obtuvo el traslado de Mallarmé a París. Allí, ocupará sucesivamente diversas casas: 29, rue de Moscou, hasta 1875; al año siguiente, 87 rue de Rome; pero, en diciembre de 1877, sus cartas llevan como dirección el 89 de la misma calle, número que, en uno de sus “ocios postales”, él mismo da para Mesdames Mallarmé, su esposa y su hija. Sin embargo, el testimonio definitivo de la época lo hace vivir en el número 49 de la rue de Rome. Acaso se trate de meros cambios en la numeración.

Comienzan a desarrollarse sus relaciones literarias. Uno de sus primeros amigos es Manet. Un día tiene acceso a la mesa de Víctor Hugo, quien lo recibe paternalmente y le llama “joven impresionista”. Durante la comida, Víctor Hugo no parece acordarse de que es poeta. Hacia los postres, dice:

—Sólo hay una cosa en que los demás poetas no me igualan, y es ésta.

Y escogiendo la manzana más gorda, la engulló de un bocado con una facilidad de gigante. (Léon Daudet, que en la infancia frecuentó tanto al viejo maestro romántico, recuerda estos gestos titánicos con algo de espanto infantil. Los ve como los hubiera visto Goya, autor del “Saturno devorando a sus hijos . Pero hay un profundo gozo en su espanto, porque el cristal de aumento de Daudet está tallado en la fábrica rabelaisiana.)

Hacia 1874, economizando como un santo, Mallarmé se las arregló para arrendar una casita de campo en Valvins, junto al Sena y sus islotes de cañas, frente al bosque de Fontainebleau. La tentación del río era mucha, y acabó comprando una canoa, que más tarde sustituirá por una barquita de vela. Allí, cruzada la reja y pasado el jardinillo, lo encontramos en un gabinete de trabajo que hace también de comedor y está lleno de japonerías. Hay un reloj que anda atrasado: el viejo reloj que figura en el Calosfrío de invierno.

De tiempo atrás, se venía aficionando a la región de Fontainebleau, y la frecuentaba “desde hacía cinco años” (Carta a Zola, no sé si de 1875 o 1876). Sin miedo al efectismo puede decirse que cambió el Parnaso por Fontainebleau, pues fue precisamente en 1875 cuando rompió en buenhora con el grupo de los parnasianos, aunque se asegura que los tratos andaban mal desde los días de Avignon. Entre las notas que sirvieron para preparar la recopilación del Parnasse Contemporain, 1875, notas de mano de Anatole France, de Banville, de Coppée, hay ésta que Jean Royère ha reproducido recientemente en Le Manuscrit Autographe: “Mallarmé: Non, on se moquerait de nous”. Cuando rechazaron su Après-Midi d’un Faune, Mallarmé, sonriendo, decía: “Le morceau fut refusé avec un grand ensamble”.

Mallarmé se consolaría fácilmente en su retiro de Valvins, yendo a la estación a recibir a sus huéspedes en un cochecillo ligero que todos conocían; o mejor aún, partiendo en el esquife a la cosecha del nenúfar hueco, caricia blanca que sólo envuelve un sueño de fuga. La vela se hincha de versos, redonda estrofa dorada al sol poniente. Desde allí lanzará el poeta su grito a los “amigos diversos” : “Solitude, récif, étoile”…

Paul, en la intimidad Tol, el único hijo varón de Mallarmé, fallece en 1879. Robert de Montesquiou, que se había aficionado al niño, da sobre él las más singulares noticias. Parece que había heredado del poeta cierta expresión faunesca, pero tal expresión que era momentánea en el padre, en el hijo era permanente. Aquejado de hipertrofia en el corazón, acabó por hacer toda su breve vida en la cama, donde se divertía en atrapar moscas que iba clavando con alfileres en el muro de la cabecera. Un día, la pobre criatura horrorizó a su padre, porque se le ocurrió colgar junto a sus víctimas un letrero que decía: “Condenados a muerte”, alusión a su inmediato y cierto destino. El aberrante Montesquieu, triste prefiguración del Barón de Charlus a quien muchos yerros le serán perdonados por este momento de ternura y de caridad, le había obsequiado un precioso “pájaro de las islas”, todo turquesa y esmeralda. “Follaje anticipado”, le llama Mallarmé en sus cartas. El loro recibió el nombre de Semíramis, “por los jardines y 36 piedras de que lleva en sí los reflejos”. El niño, sólo de verlo, parecía revivir. Y el padre pensaba en la “secreta influencia de la piedra preciosa, flechada sin cesar desde la jaula hacia el niño”. En Valvins, el loro, “cuyo vientre de aurora —continúan las cartas de Mallarmé a Montesquiou— parece inflamarse con todo un oriente de especias, contempla en este instante, con un ojo, el bosque y la camita infantil, y con el otro contempla el deseo siempre estorbado que embarga el alma de su amito, el deseo de pasear por el campo”. Y después: “Mi enfermito le sonríe a usted desde la cama, y parece una flor blanca que se encomienda al sol ya traspuesto”. El enfermito realizó al fin su deseo de evasión, siempre estorbado. Un día, de vuelta en París, “se fue dulcemente y sin saberlo”. Muy de cerca lo siguió Semíramis.

Huysmans publica À Rebours en 1880, libro en que por primera vez se habla de Mallarmé en términos dignos. Privilegio, hasta entonces, de un pequeño círculo de iniciados, el poeta se ve lanzado entre el gran público, y comienza la edad de oro de los Martes de Mallarmé. La influencia de estas reuniones es imborrable en la literatura. En el sentir de la época estaba el llevar las adoraciones artísticas hasta un calor de religión. Si para los wagnerianos la misa del Parsifal casi pasaba por sacramento auténtico, la comunión en los Martes de la calle de Roma también era un modo de oficio sacro para los poetas de la pléyade simbolista. El 14 de julio de 1883, el profesor es nombrado “Officier d’Académie”.

El nombre de Wagner no se ha evocado aquí al azar. Édouard Dujardin, respondiendo a una necesidad del tiempo, comienza a publicar por 1885 su Revue Wagnerienne, y no sólo influye sobre Mallarmé comunicándole la afición a la música en general, y especialmente a la música wagneriana (gracias a él, Mallarmé, que antes llegó a mostrarse hasta indiferente para la música 2, se convertirá en un asiduo de los Conciertos Lamoureux), sino que le comunica asimismo el interés por los idealistas alemanes, Fichte, Schelling, Hegel, que la revista comentaba y traducía con frecuencia. En ese célebre año —según el testimonio de una crónica de Paul Bourde publicada el 6 de agosto en Le Temps y citada por Remy de Gourmont— los periódicos se dan cuenta de que existe ya el Simbolismo, movimiento que había comenzado hacía unos veinte años.

Crece la popularidad de la persona, compatible con la impopularidad de la obra, siempre arcana. En 1892, Mallarmé es nombrado miembro del Comité para el monumento a Bainville en los jardines del Luxemburgo. ¡Casi un cargo municipal! Al año siguiente, gracias a la mediación amistosa de Coppée ante el rector Gréard, Mallarmé obtiene una licencia seguida de un retiro. Y vienen los seis ricos y nutridos años de ocio con letras, que lo han de llevar hasta la muerte como por una senda de terciopelo. Cuando, en 1898, muere Paul Verlaine —que cuatro años antes, en sus Poetas malditos, había hecho tanto, a su vez, para difundir la fama de Mallarmé— éste lo sustituye en el título de Príncipe de los Poetas de Francia. Acierto electoral debido tan sólo a la casualidad, si se tienen en cuenta las abstenciones de última hora a que Gourmont se refiere. En el plebiscito de La Plume, los votos se distribuyeron así:

 

Mallarmé................................................................................... 27

Moréas ......................................................................................19

Sully Prudhomme....................................................................... 12

H. de Régnier .............................................................................11

Dierx .......................................................................................... 9

Heredia ...................................................................................... 9

Richepin......................................................................................7

Rétté .......................................................................................... 6

Viélé-Griffin................................................................................6

L. Tailhade ................................................................................. 6

Rodenbach ................................................................................. 5

Mistral ....................................................................................... 4

A. France.................................................................................... 3

Coppée ...................................................................................... 2

Montesquiou............................................................................... 2

 

¡Es para creer que Montesquieu votó dos veces por sí mismo!

Años después, Mallarmé preside el comité para el monumento al “pobre Lelian” en el Luxemburgo, Comité del que Rodin fue vicepresidente (1896). Verlaine acababa de morir en una salita desnuda. Mallarmé admiraba la potencia de idealidad de aquella pobreza tan sencilla. Al salir de ahí, decía a los amigos:

—A nosotros, aun en medio de la mayor escasez, nos hubiera hecho falta cualquier cosa: una flor, un dibujo preferido, un hermoso libro, alguna de esas bagatelas en que la mirada descansa y que, como piedras del arroyo, ayudan a franquear el paso y dan el vado entre la realidad y el sueño.

Algo ha acontecido en Valvins. El maestro, como quien dispone un testamento, ha escrito a Henri de Régnier:

—He dado una de las grandes batallas del espíritu. Después de la victoria, tendré que enterrar las palabras muertas. Vendrá usted conmigo a Valvins. Abriremos una fosa en el campo, y será la tumba de todo ese papel que contiene tanto de mi vida!

Mallarmé murió en Valvins el 9 de septiembre de 1898, después de tres días de padecimiento, a presencia del facultativo que lo atendía, quejándose de una sofocación que se resolvió en un espasmo de la laringe. Pocos habrán sido más tiernamente amados y llorados con mayor silencio. Días antes, mostrando a Paul Valéry las hojas amarillas de Fontainebleau, exclamaba:

—He aquí los primeros toques de los címbalos del otoño —parangón curioso de los violines sollozantes de Paul Verlaine.

Y paró aquella gran música de hombre, dejando, como él diría, a la danzante convertida en estatua. Muchos fueron los poetas de Francia que se sintieron entonces como huérfanos. Entre dieciocho amigos y los campesinos de las cercanías lo llevaron al cementerio. Ante sus despojos, quisieron cumplir el rito de las letras. Pero el orador, Henri Roujon, rompió a llorar sin poder decir una palabra, y nadie tuvo vergüenza de imitarlo. Piedad y reverencia para el que mereció tantas lágrimas, sin hacer nunca de sus versos una fácil treta sentimental. Era, decían todos, el que nunca será dos veces, y no ha de ser fácil que el polvo se organice para dar otra criatura tan alta.

E iban regresando a París con aquella gota de pena, cohobada en los más transparentes senos del cariño, mientras en la casita de Valvins juntaban las manos dos mujeres de luto, y cerca, en el Sena, la barca sola —cuerpo del delito de la poesía— dejaba caer los vencidos remos.

ALFONSO REYES

NOTAS

1. Cuando fueron suprimidos los tribunales locales, el Castillo de Tournon se transformó en museo, donde se guardaban reliquias de los personajes ilustres que han habitado la región, desde Ronsard —que, nombrado paje del Delfín, vino al Castillo a reunirse con su amo ya agonizante— hasta Mallarmé. Más tarde, al restablecerse los tribunales y alojarse la prisión en el Castillo, se clausuró el museo. Raoul Stephan, en un artículo de L’Intransigeant, noviembre de 1931, hacía saber que la casa en que vivió Mallarmé estaba a la venta. Por abril de 1933, los periódicos parisienses anuncian la inminente demolición del barrio en que dicha casa se encuentra, y expresan el deseo de que se salve la casa para hacer de ella un pequeño museo de Mallarmé, así como se logró salvar la casa de Balzac en la rué Raynouard, de París, o la de Victor Hugo en Besançon. Ignoro la suerte que habrá tenido esta iniciativa.

2. Se asegura que Mallarmé, en su juventud, encontraba ociosa la música, cuya armonía ya estaba en los versos. Más tarde, desde su punto de vista de poeta, envidiará los recursos de la música. Antes de su conversión, prohibía el piano a su hija Genoveva. Después… “Voy a las vísperas”, decía a su familia cuando iba a los Conciertos Lamoureux.