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sábado, 15 de julio de 2017

Vita Sackville-West: Una fiesta en Argelia


EN ALGÉRIE

Una vez (casi sin querer) di una fiesta. No tengo la costumbre de dar fiestas, pero ésa fue la mayor y más rara que nunca he dado, tanto por el número de invitados como por las atracciones.


Sucedió así:

Estaba pasándolo en una pequeña aldea árabe, en el borde del Sahara. Había un excelente hotel, manejado por la Compañía Transatlántica Francesa; el hotel, casi desierto durante esa época del año, había sido agradablemente construido con áspero revoque, pintado al agua en un color durazno pálido, y persianas de un brillante azul. Se levantaba en medio de un bosquecillo de palmeras. En los senderos, de suave arena blanca, los jardineros se movían sin ruido. La aldea entera estaba construida sobre esa misma arena blanca, que brillaba al sol y amordazaba cualquier ruido, salvo los gritos de los conductores de burros o los gruñidos de los camellos que se arrodillaban de mala gana para recibir la carga.

El hotel no desentonaba con la aldea en lo más mínimo. Parecía formar parte de ella, una parte algo mayor que las pobres casas árabes. La arquitectura era la misma, en mayor escala, porque los franceses tienen un gusto admirable para estas cosas; jamás se les ocurre levantar un edificio que parezca fuera de lugar. Todo era pálido y silencioso.

El clima, desde un punto de vista británico, era ideal; los días de febrero eran tan cálidos como un caluroso verano inglés. Resultaba agradable quedarse desde medio día hasta las cuatro en un cuarto fresco, cerrado. No se recordaba que hubiera llovido en los últimos cuatro años.

En una de esas tardes di mi fiesta. Me sugirió la idea un árabe de un encanto singular — un encanto tal, que debí haber sospechado que se trataba de un farsante, si no hubiera sido porque estaba convencida de que no lo era: al menos, no más allá de la medida razonable. Todo encanto, especialmente el encanto oriental, trae aparejada una cierta cantidad de farsa; quizá la palabra más cortés sería adaptabilidad; se le da el debido crédito, y se acepta el resto por el valor que indudablemente merece. Ese árabe se había hecho gran amigo mío; traía su niño de visita, y me hacía diariamente regalitos en forma de cueros de víboras o de té en una tetera de lata azul decorada con pimpollos de rosa, producto evidente de Birmingham. En un mal momento, le pregunté si no había algún derviche en la aldea. Se animó. Sí, en verdad, había una secta peculiar. Empezaban adiestrando sus discípulos desde los ocho o diez años. ¿No desearía verlos ejecutar sus ritos? En tal caso, les pediría que vinieran al hotel una noche después de la cena, y los ejecutarían ahí y no en su acostumbrado sitio de la aldea. No querían dinero; tal vez una propina de cincuenta francos; nada más.

Acepté, por supuesto, y se arregló la velada. Yo había esperado una representación privada, pero vi con horror a la aldea entera acompañar a los derviches en una procesión de antorchas. Todos esos árabes, con sus trajes blancos, subieron salmodiando la larga avenida de palmeras y se agruparon en círculos, agazapados en la terraza con vistas al palmar. Los derviches, los elegidos, se sentaron entre ellos, hamacándose apenas hacia atrás y hacia adelante para ponerse en trance. Mientras tanto los acólitos corrían con sus teas y encendían las pequeñas fogatas que se habían preparado.

Las llamas se elevaron, iluminando el círculo de trajes blancos y rostros obscuros, hermosos.

Eran varios centenares de árabes, agazapados en grupos alrededor de las pequeñas fogatas. Estaba completamente obscuro, a no ser por las enormes estrellas en el cielo azulado de la noche. Durante largo tiempo no sucedió nada, pero yo observé el resplandor de los hierros calentados al rojo en las fogatas, y los cuchillos que se afilaban en las suelas de los zapatos de cuero anaranjado. Empezaba a sentir un poco de miedo, y sin embargo pensé si todo aquello no resultaría un perfecto fraude. Uno es por naturaleza desconfiado, pero no se podía negar que todo el arreglo tenía un aire de gran sinceridad y lo que más me convencía era que ninguno de mis cientos de invitados me prestaba la menor atención (a mí, de quien en suma esperaban los cincuenta francos), y hacían lo que tenían que hacer como si fuera parte de su tarea cotidiana.

Poco a poco se fue acentuando el balanceo, y empezó el canto. Era un murmullo más que un canto: un niño salió del círculo, y corrió una o dos veces alrededor del fuego; corría como si fuera sonámbulo. El canto se fue elevando, acompañado ahora por una especie de rítmico palmoteo. Un hombre salió del círculo, una figura salvaje con una camisa y un taparrabo, y, después de oscilar ante el fuego, agarró un clavo ardiendo (como una aguja de tejer) y se lo encajó de un golpe en la mejilla. Hubo como un suspirar en la concurrencia y el canto se hizo más hondo. Las manos golpearon con más insistencia con el mismo ritmo velado. El hombre tenía ahora media docena de agujas colgando de las mejillas, de las orejas, de las narices. Al bailar, se entrechocaban. Estoy convencida de que no había engaño alguno; se podía ver al hombre encajar la aguja y poco después aparecer la punta de la aguja en el otro lado de su carne traspasada.

Varios hombres se levantaron e hicieron lo mismo, hasta que hubo seis o siete bailando alrededor del fuego, con los rostros que tintineaban como erizos por las agujas encajadas en ellos.

Yo empezaba a sentir que mi fiesta era una fiesta muy rara.

El hombre que ahora se levantó lo hizo con intención muy distinta. Era un hombre barbado, que había abierto su camisa, mostrando su desnudo pecho velloso. Sobre los hombros se había echado un manto blanco que se inflaba a su alrededor como una vela, mientras bailaba, girando con creciente velocidad. Cuando alcanzó la cima de su velocidad giratoria, un muchacho le puso una tea en la mano, que el apretó (mientras seguía girando) contra su pecho lamido por las llamas. Ni su carne, ni su barba, ni su manto de lana mostraron después señal alguna de la tea ardiendo que había apretado contra sí.

Otro hombre se levantó, y esta vez un estremecimiento sacudió la asamblea. Era un hombre grande, un hombre gordo, y mientras se volvía hacia nosotros descubrió el espacio enteramente desnudo de su enorme vientre. Sus ojos eran vidriosos y extraños; en la mano blandía un largo cuchillo corvo con el que hacía anchos gestos en el aire. Me sentí un poco descompuesta y, a mi lado, mi amigo árabe dio vuelta la cabeza, diciendo que ésta era una cosa que nunca había podido mirar, aunque lo decía para mi beneficio, para impresionarnos más a nosotros, los europeos; pero ahora creo sinceramente que su horror era genuino.
Había, realmente, algo terrible en ese enorme vientre y en ese cuchillo asesino a punto de hundirse en él. Me esforcé en mirar, aunque hubiera dado cualquier cosa por mirar hacia otro lado. Con todo —me dije— esto es algo que probablemente nunca volveré a ver. Por eso miré. Vi el cuchillo hundirse lentamente, pulgada a pulgada, en esa horripilante panza, exactamente en el medio, sobre el ombligo; lo vi clavado ahí; vi al hombre bailar con el cuchillo clavado, y el mango oscilar de un modo atroz; lo vi salir de su carne, pulgada a pulgada, como lo había visto entrar; tuve en mis manos ese cuchillo apenas arrancado; examiné ese vientre, indecentemente expuesto a mis ojos a la luz de una antorcha; y no descubrí ni una sola gota de sangre en el cuchillo, ni herida ni abertura alguna en la carne de la barriga, como no había podido encontrar ningún síntoma de herida o quemadura en el pelo o en el manto del hombre que se había convertido en una antorcha viviente.

No pretendo explicar estos sucesos. Sólo sé que ocurrieron y que yo no estaba hipnotizada, y que (según puedo conjeturar tanto como asegurar) no había trampa posible.

Sé también que a la mañana siguiente, en el mercado de la aldea, vi a alguno de los actores de la víspera comprando agujas y cuchillos semejantes a los que habían usado. Era imposible, pues, que esas agujas y esos cuchillos fueran para suertes de prestidigitadores, de los que desaparecen dentro del mango en cuanto los aprietan. Las hojas usadas eran los comunes implementos que se venden en el mercado en un día de feria. Había tablas erizadas de clavos, que había visto martillados en los vientres de los hombres, la noche antes. Habitualmente se compraban con el inocente propósito de cardar lana. Vi a los mismos hombres comprándolos. No había sombra de prestidigitación en todo eso.

Explíquenlo como quieran: fue la fiesta más rara que he dado y que probablemente daré.



VITA SACKVILLE-WEST
Revista Sur, agosto de 1940, año IX.


jueves, 15 de junio de 2017

Vita Sackville-West y Juan Rodolfo Wilcock: El jardín

EL JARDÍN

(FRAGMENTO)


Extraños veranos, aquéllos; veranos llenos de guerra.
Yo creo que las flores parecían más bellas
por el peligro. Vivíamos entonces en el pundonor,
instante de verdad y de honor, cuando el toro
ataca y el peligro es máximo, pero la destreza
y la audacia franquean la débil voluntad
e imponen a la bestia maciza noble muerte.
Vivíamos momentos punzantes como espadas
citando nuestra muerte sobre el filo homogéneo;
nuestras mezquinas almas conmovidas, golpeadas,
sin tiempo disponible para el miedo.

Era una época extraña, insólita, cruel.
La amenaza segura de la muerte, que todos creen remota
no para hoy, sino para otro día,
para un mañana todavía lejos,
irreal como una anécdota olvidada,
se aproximaba sin golpear, pero a veces golpeaba.

Exaltados a un clima diferente, vivíamos;
no en seguros asientos tras de la empalizada
viendo que otros se arriesgan en el juego escarlata
y hacen el Pase de la Muerte delante de la Cosa
acorralada y lista para las estocadas
para el chorro de sangre oscura, pulmonar, sobre la arena,
hundiéndose en un lento y escultórico cúmulo
a los pies del brillante y joven matador,
armado de su espada, su muñeca y su mano...
No como espectadores, mientras duró la guerra,
sino en la misma arena maculada.

Extrañas, diminutas tragedias azotaban estas tierras;
tristemente sonreíamos, cuando la cólera y la fuerza
se malgastaban en los inocentes.
En el verde trigo tierno que luego sería pan;
en los jardines donde coqueteaban
las flores y cumplían su despliegue estival;
en el camino, abriéndolo, impidiendo
que por allí pasara el carro de heno.
Tan desproporcionada, tan violenta esa fuerza
para matar algo tan diminuto.
¡Cráteres en los campos inocentes de Kent!

Se requirió una tonelada de hierro para matar esta alondra,
este ingrávido ciudadano del aire.
Todo fue irónico en su destino. Yacía
diminuto entre monstruosidades de arcilla,
pequeña víctima solitaria de las sombras.

Nadie compartió su suerte, ni el blando ganado
pesadamente rumiante, ahíto;
ni el hombre ni la mujer en su lecho rural;
sólo esta cosa pequeña, tranquilamente perfecta, había muerto.
La sopesé en la mano. ¡Qué liviano es un pájaro!

Imponderable soplo, que debiste morir
cantando como viviste; ser sorprendido
por la muerte entre los cielos y la tierra;
no sufrir este eclipse, sin sonido
de cantos que una última ironía grosera te negara.

Sotos he visto rudamente heridos,
con sus hojas dispersas como papel picado;
avellanos volados y castaños quemados;
y a pesar del otoño, hojas primaverales les brotaban.
¡Qué transitoria, oh guerra, con todos tus dolores!
Sólo eran permanentes la savia y la semilla.
Sabían que la vida era todo lo que les hacía falta;
la vida perduraba en esas hojas prematuras.

Ésta era nuestra miniatura, nuestra mínima parte
en la desolación, la miseria de Europa;
pero no en nuestros hábitos; la guerra nunca había atravesado
nuestras fronteras arrogantes; otras la conocieron
mas no las nuestras, nuestra nación, nuestra isla amurallada.
Inglaterra anadiómena, como Venus en su concha,
hermosa ante sí misma, incomparablemente segura;
habíamos oído los ecos melancólicos que tocaban a muerto
atravesando nuestros mares. No estábamos allí.
Estábamos en casa, aunque acudieran nuestros hijos
como acostumbraban acudir los jóvenes; en casa con un lento
resentimiento ante el insulto veíamos por fin
la mitad de los nervios de toda nuestra fuerza
cortados por cuchillos que caían del aire;
y a pesar de la ira y del asombro
guardábamos la fe, y aun a veces decíamos:

“Pronto terminará esta guerra”.
Sí, en setiembre, o quizás en noviembre,
con una luna llena, o una luna gibosa,
una luna de siega, o una luna de caza,
terminará.

No para las aldeas inocentes destruidas,
para los corazones inocentes quebrados;
para ellos no, no terminará,
el temor memorable,
el hogar perdido, el hijo perdido, y el perdido amante.

Bajo el sol naciente, la luna creciente
pronto terminará esta guerra
pero sólo para los muertos.

Traducción de JUAN RODOLFO WILCOCK.
Revista Sur, julio-octubre de 1947, año XVI.
FROM THE GARDEN
(1946)

Strange were those summers; summers filled with war.
I think the flowers were the lovelier
For danger. Then we lived the pundonor,
Moment of truth and honour, when the bull
Charges and danger is extreme, but skill
And daring over-leap the fallible will
And bring the massive beast to noble kill.
Moments as sharp as sword-points then we lived
Citing our death along the levelled blade;
Then in our petty selves were shaken, sieved,
Withouten leisure left to be afraid.

It was a strange, a fierce, unusual time.
Death’s certain threat, that most men think remote,
Nor for today, but for another day,
For some tomorrow surely far away,
Unreal as an ancient anecdote,
Came near, and did not smite, but sometimes smote.

We lived exalted to a different clime;
Not in safe seats behind the palisade
Watching while others risk the scarlet sweep
And make the pass of death before a Thing
Cited at bay to take the estocade
And spout the lung-blood dark upon the sand,
Sinking at last in slow and sculptural heap
At foot of the young dazzling matador
Armed only with his sword and wrist and hand,—
Not as spectators in those days of war
But in the stainèd ring.

Strange little tragedies would strike the land;
We sadly smiled, when wrath and strength were spent
Wasted upon the innocent.
Upon the young green wheat that grew for bread;
Upon the gardens where with pretty head
The flowers made their usual summer play;
Upon the lane, and gaped it to a rent
So that the hay-cart could not pass that way.
So disproportionate, so violent,
So great a force a little thing to slay.
—Those craters in the simple fields of Kent!

It took a ton of iron to kill this lark,
This weightless freeman of the day.
All in its fate was irony. It lay
Tiny among monstrosities of clay,
Small solitary victim of the dark.

None other shared its fate, not the soft herd
Heavily ruminant, full-fed;
Not man or woman in their cottage bed;
Only this small, still-perfect thing lay dead.
I weighed it in my hand. How light, a bird!

Imponderable puff, it should have died
Singing as it had lived; been found
By death between the heaven and the ground;
Not suffered this eclipse without the sound
Of song by last gross irony denied.

Coppices I have seen, so rudely scarred,
With all their leaves in small confetti strown;
The hazels blasted and the chestnut charred;
Yet by the Autumn, leaves of Spring had grown.
How temporary, War, with all its grief!
Permanence only lay in sap and seed.
They knew that life was all their little need,
And life was still in the untimely leaf.

This was our miniature, our minor share
In Europe’s misery and desolation;
Not in our habit; war had never crossed
Our arrogant frontier; others met the cost,
But not our own, our moated isle, our nation.
England was sea-borne, Venus in her shell,
Lovely to her own self, and safe beyond compare;
We are heard echoes of an ernful knell
Sounding across our seas. We were not there,
We were at home, although our sons might go
As young men go, but we at home in slow
Resentment at an insult found at length
That half the sinews of our strength
Were cut by knives that slashed them from the air;
Yet, angry and astonished as we were
We kept our faith and even at moments said

“This war will be over soon.”
Yes, in September or perhaps November,
With some full moon or gibbous moon,
A harvest moon or else a hunter’s moon
It will be over.

Not for the broken innocent villages,
Not for the broken innocent hearts:
For them it will not be over,
The memorable dread,
The lost homey the lost son, the lost lover.

Under the rising sun, the waxing moon,
This war will be over soon,
But only for the dead.