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domingo, 20 de mayo de 2018

Paul Groussac: La Pesquisa

LA PESQUISA

En 1897, Paul Groussac publicaba, sin firmarlo, en la revista La Biblioteca, de la Biblioteca Nacional dirigida por él mismo, este relato que constituye el primer cuento policial de la literatura argentina, precedido de la siguiente nota:

El autor de este cuento o relato ha querido guardar el anónimo — y tan sinceramente, que nosotros mismos ignoramos su nombre. La persona respetable que nos comunicó el manuscrito nos lo dio como el estreno literario de un joven argentino. Deseaba conocer nuestra opinión: la expresamos con publicar su ensayo, a pesar de revelar cierta inexperiencia y no corresponder del todo al principio la conclusión. No dudamos que *** reincida en la tentativa y que, con ocasión de otro trabajo, nos permita publicar su noticia biográfica.


Después de la comida y, si la tarde era bella, de cuatro vueltas dadas sobre cubierta de popa a proa, deteniéndonos a ratos para encender un cigarro a la mecha del palo mayor o para buscar en vano el fantástico rayo verde del sol poniente, solíamos sentarnos en un solo grupo argentino para escuchar cuentos e historias más o menos auténticas. Una noche, como alguien refiriese no sé qué hazaña de la policía francesa, el conocido porteño, Enrique M..., que había sido años anteriores comisario de sección en Buenos Aires y demostraba extraordinaria afición a sentar paradojas en equilibrio inestable, como pirámides sobre la punta, formuló esta tesis: que en la mayor parte de las pesquisas judiciales la casualidad es la que pone en la pista, basta un buen olfato para seguirla hasta dar con la presa. Y a raíz de sostener acaloradamente su aventurada opinión, que algunos combatían, nos devanó el siguiente cuento al caso, a modo de argumento irrefutable.

I

Entre mis amados oyentes no habrá quien no recuerde el suceso trágico de la Recoleta, que durante un mes tuvo aterrado al barrio del norte de Buenos Aires. En una casa-quinta aislada, donde vivía una señora anciana con una joven de veinte años, entre hija adoptiva y dama de compañía, un crimen horrible fue perpetrado durante una de las largas noches del invierno de 188...
Aunque dicho barrio, entonces menos poblado que hoy, no dependiera de mi sección, tuve que intervenir en el asunto por ausencia del comisario a quien correspondía. Avisado a las cinco de la mañana por un vigilante, acudí al lugar del suceso. Desde la puerta de calle, que daba sobre el jardincito que rodea la habitación, gotas de sangre salpicaban el suelo; un cadáver de hombre mal trazado —de la sumaria resultó italiano— estaba tendido en las gradas del vestíbulo; otro cadáver, el de la dueña de casa —destrozados los vestidos y desgreñada la blanca cabellera, con una espantosa herida en el cuello, un tajo brutal de cuchillo que cortara la traquear tena—, yacía en un dormitorio, apoyado el tronco contra el pie de la cama, en un charco de sangre. Un revólver de calibre mediano estaba tirado en la alfombra.
La joven, que declaró llamarse Elena C. y permanecía anonadada en un sillón del cuarto vecino, fue invitada a suministrar los primeros datos a la policía; después de manifestar su consentimiento con un ligero ademán, se dio principio al interrogatorio.
Era una encantadora muchacha de aspecto extranjero, con ojos claros y la suelta cabellera rubia como un trigal; alta y robusta, vestía de negro con una sencillez elegante que hacía contraste con el desorden de la catástrofe. Se expresaba con pausa y precisión, sin buscar sus frases ni rectificar sus palabras, aunque por momentos la brusca emoción de un incidente recordado interrumpía con un sollozo la empezada narración. Por ella supimos lo siguiente, que fue completamente confirmado por la instrucción de la causa.
La señora de C., viuda de un comerciante español, después de liquidar la sucesión había colocado en diferentes bancos el importe de su modesta fortuna, para retirarse a aquella casita-quinta de su propiedad. Elena, huérfana recogida por este matrimonio sin hijos, se había criado allí mismo y no conocía más familia.
La víctima tenía unos sesenta años. Durante la vida del marido había demostrado una inteligencia y una energía poco comunes, ayudándole en sus operaciones comerciales. Pero, desde los primeros meses de su viudez, su espíritu decayó notablemente, hasta caer en una especie de manía singular: una desconfianza general respecto de la estabilidad de las casas bancarias más acreditadas, y un terror creciente por la miseria que, según ella, la esperaba.
Se comprobó que los diferentes depósitos hechos a su nombre en tres grandes bancos de Buenos Aires, alcanzaban a la suma de cuarenta y cinco mil pesos oro. Pero, poco a poco había ido retirando todas las cantidades depositadas, ignorándose el destino que le diera... Elena suponía que la señora de C. guardaba sus valores en una gran cartera con cerradura que había visto una o dos veces en sus manos, y que creía encerrara en un macizo y enorme baúl que se veía tras de la cama, abierto ahora, y, sin duda, fracturado por los asesinos. Estaba vacío.
Las dos mujeres vivían con estricta economía, sin más servicio que una cocinera que se retiraba después de servir la comida. La señora de C. no tenía ya renta alguna: para los gastos de la casa, salía ella misma a cambiar mensualmente un billete de cien pesos fuertes, cuyo valor se distribuía en los treinta días del mes con un rigor matemático.
Tiempo hacía, declaró Elena, que este método de vida claustral, en un barrio aislado y distante, se había vuelto insoportable para ella, al par que la soledad inspirábale serios temores. El rumor de las grandes sumas que poseía en cartera su bienhechora, había cundido por el vecindario; y ya una noche la señora de C. —que guardaba siempre un revólver armado en su velador y lo manejaba con una destreza varonil— había hecho fuego sobre un presunto ladrón a quien sorprendió escalando la reja del jardín. —Después de este suceso, que ocurrió seis meses antes y alarmó a Elena, ésta insistió con tanta energía para mudar de casa que la señora parecía dispuesta a ceder y prometía siempre trasladarse en breve a otro barrio más central.
Tal fue, en compendio, la relación de la interesante Elena, que fue confirmada por la cocinera. En cuanto al drama presente, la muchacha lo explicaba del siguiente modo, y las indagaciones ulteriores parecieron corroborarlo en todas sus partes. Con todo, debo decir que uno o dos puntos obscuros no dejaron de despertar en mí una vaga desconfianza, teniendo alerta mi instinto olfateador de sabueso policial. Pero aquello fue muy pasajero, y luego todas mis sospechas se desvanecieron —o adormecieron.
La víspera, a las diez de la noche, después de los rezos en común, según la invariable costumbre, Elena dejó a la señora de C. en su dormitorio, y ganó el suyo que no era contiguo sino separado por el comedor, y con ventana a los fondos de la casa.
Elena no estaba acostada aún, habiéndose quedado entretenida hasta muy tarde con la lectura de una novela. Había comenzado a desnudarse, cuando un grito de mujer, prolongado y desgarrador —un clamor que no tenía nada de humano y parecía el aullido de una fiera en agonía—,  rasgó el lúgubre silencio de la noche... «Di un salto, herida por un choque eléctrico, mas quedé al pronto inmóvil, como petrificada por el terror. Me era imposible dar un paso adelante, aunque hacía para ello el más intenso esfuerzo de voluntad... Aquello duró unos segundos... Retumbó entonces una detonación; —percibí otro grito ahogado... un tropel de gente que lucha; el sordo desplome de un cuerpo en el suelo, y, en seguida, un lamento lastimero que fue apagándose por grados, concluyéndose en arrastrado estertor. Al fin, pude sacudir la capa de hielo que me paralizaba... Corrí al dormitorio, cuya puerta estaba abierta, así como la ventana que daba a la galería exterior... Mi madre, tendida al pie de la cama, en las últimas convulsiones de la agonía, no pudo sino reconocerme en una larga mirada, desesperada, extraviada, que la muerte empañó rápidamente».
Algunos vecinos acudieron, encontrando en el vestíbulo el cadáver del presunto asesino; un médico, llamado a escape, no pudo sino hacer constar la doble muerte, producida por bala de revólver la del hombre, por arma cortante la de la mujer. Entretanto, con el relato de Elena y el minucioso examen del escenario, yo procuraba reconstruir la tragedia reciente. Los asesinos —pues eran dos, según lo demostraban las pisadas en el jardín, todavía discernibles a pesar de las idas y venidas de los vecinos— habían quedado acechando la hora propicia en un ángulo obscuro de la casa. Entre las dos y las tres de la mañana, uno de ellos había penetrado en las habitaciones con ganzúa, mientras el otro permanecía en observación. La víctima, que dormía siempre con una lamparilla encendida y su revólver bajo la almohada, se había despertado sobresaltada al sentir la garra feroz que le tapaba la boca, y, en el instante mismo en que el acero le abría la garganta, ella hacía fuego sobre su matador, a quema ropa... En este punto de mi escena mental, mi mirada cayó en el revólver de la alfombra; lo tomé y examiné: era un arma suiza común, de calibre 9. Tuve un sacudimiento de sorpresa: ¡el revólver estaba cargado con sus seis cartuchos intactos! ¡Patatrás! Era el ruido de mi laboriosa hipótesis que se venía al suelo...
La señora de C. no había disparado el tiro cuya bala mató al desconocido (ya no me atrevía a calificar el cadáver que yacía a pocos pasos): ello aparecía claro como la luz; pero ahora el obscuro problema se planteaba más extraño y enigmático que antes. La realidad estaba allí: el cadáver de una mujer asesinada en su cuarto, otro cadáver de un extraño, cuyo aspecto sórdido revelaba claramente sus intenciones al penetrar en lugar habitado —y, como único lazo entre los dos actos violentos, el espectáculo de los muebles abiertos y las puertas forzadas. No era dudoso que el asesino, después del crimen, había robado o pretendido robar a mansalva; habíase luego escapado por la ventana; pero, ¿quién le había detenido en su fuga, quién había muerto al matador? Era inverosímil y casi inadmisible la hipótesis de una riña instantánea entre los dos cómplices, rematando en un balazo mortal. Así no proceden los criminales de oficio... Perdido en conjeturas que mi experiencia desechaba apenas formadas, recorría los cuartos y galerías, bajaba al jardín y volvía a subir, sin poder dar con la solución probable del problema ni abandonar su enervante prosecución. —Mientras vagaba así alrededor de la casa, un detalle extraño despertó nuevamente mi sorpresa: el rastro de un hombre llegaba hasta la ventana del cuarto de Elena, y hasta parecía que hubiera saltado de su borde al jardín. La huérfana confesó que en cierto momento había oído un ruido ligero, pero, como estaban cerrados los postigos, no pudo ver nada y no se atrevió a abrir.
La explicación me pareció satisfactoria. Por otra parte, ¿quién podía abrigar sospecha y pensar un instante en establecer correlación alguna entre el abominable crimen y esta fresca muchacha que sollozaba al recordar a su madre adoptiva, revelaba todos los detalles de su pasado y desarrollaba ante nosotros con imperturbable tranquilidad la trama gris de su monótona existencia?
El asesino había saqueado el cuarto. El ropero, la cómoda, el baúl habían sido fracturados: vestidos, ropa blanca y cien objetos menudos yacían en desorden por la alfombra. Sin embargo, en un pequeño cajón de doble fondo de la cómoda, se encontró un testamento ológrafo que instituía a Elena heredera universal. Una sola cláusula descubría el espíritu algo extraviado de la víctima: «Y recomiendo a mi amada Elena que no se separe nunca del medallón en forma de candado de oro que llevo en el cuello: allí está mi verdadera fortuna, si ella la sabe encontrar».
Ese medallón no fue hallado, por más que Elena demostrara vivísimo interés por él. Sin duda lo había arrancado el asesino con violencia, pues se notaba en el cuello de la muerta una línea lívida con una ligera escoriación. Tampoco se encontraron valores: el robo, evidentemente, era el único móvil del crimen.
La instrucción no dio más resultados. El matador y probable cómplice del asesino pudo escapar a todas las pesquisas. Pocas semanas después tuve que ausentarme por un par de meses, y a mi vuelta nadie hablaba ya de la sangrienta tragedia, que para todos quedó como un crimen vulgar, perfectamente explicable, si bien para mí era un problema tenebroso cuya solución no había sido descifrada todavía ni al parecer lo sería jamás. Supe vagamente que Elena había anunciado la venta de la casita, pero que mientras tanto vivía en ella con una sirvienta extranjera.
Los múltiples asuntos de mi cargo se sobrepusieron poco a poco a la honda impresión recibida aquella noche, y esta se hallaba casi del todo borrada en mí, cuando resurgió una mañana al leer en un diario el siguiente aviso:
Se ha perdido un candadito de oro labrado, para medallón; representa escaso valor y sólo lo tiene para su dueño por ser un recuerdo de familia. Se pagará mil pesos fuertes a la persona que pueda devolverlo. Dirigirse a Concepción Lisagaray. Poste restante.
Lo insólito del aviso, a pesar de su forma trivial, llamó mi atención. No conocía, por supuesto, el nombre indicado. Pero la suma ofrecida por esa prenda era tan superior a su valor probable, que tuve el instinto de hallarme en la pista de algún misterio. Estuve perplejo y caviloso durante todo ese día, cuando, de repente, un rayo de luz cruzó por mi cerebro: ¡El candado de oro! ¡El crimen de la Recoleta!

II

No puedo decir que formé mi plan, pues muy evidente está que necesitaba dirigirme a tientas, o, mejor dicho, dejarme llevar por los acontecimientos; pero desde ese momento tuve la vaga intuición de estar en la pista de una solución extraordinaria, inesperada, del suceso antes referido. Confieso que al interés profesional se agregaba ahora un vehemente deseo, hecho de curiosidad desinteresada, por descubrir la verdad a toda costa, para mí solo, y sin poner en juego los resortes oficiales. Felizmente, mi amistad personal con un alto empleado del Correo me permitía practicar ciertas averiguaciones sin que interviniera directamente el departamento central de policía, cuyo auxilio reservaba para un caso supremo.
No tenía sino dos jalones, pero bastaban para fijar la dirección que había de llevar: debía desde luego establecer que el aviso del diario había sido publicado por Elena C., bajo el nombre de alguna persona muy allegada; en seguida, descubrir al poseedor de la prenda perdida, si llegaba a presentarse. Era cosa evidente que Elena no creía en un hallazgo fortuito: para ella, como para mí, el actual poseedor del relicario era el ladrón, o más probablemente un encubridor y cómplice. De todos modos, ahí estaba el nudo de la cuestión. El detalle que más enardecía mi curiosidad era la suma enorme ofrecida por esa prenda. Y entonces la extraña cláusula del testamento de la anciana señora me volvió a la memoria: allí está mi verdadera fortuna, si la sabe encontrar.
Entre mis agentes, había un belga, antiguo empleado de la Prefectura de Bruselas, discretísimo y atrevido, —un sabueso capaz de rastrear en el agua. Le di el encargo de averiguar sigilosamente el método de vida de Elena, procurando descubrir si entre sus amigas había alguna llamada Concepción Lisagaray. El resultado fue mucho más rápido de lo que era dado esperar.
Al día siguiente —recuerdo que era el 24 de diciembre, víspera de Navidad— se presentó temprano a mi despacho mi fiel agente Hymans, y allí, con su flema habitual y admirable economía de palabras, me dijo sencillamente, después de saludarme:
— Elena C. tiene una sirvienta vasca, llamada Concepción Lisagaray; viven solas, sin visitas. Hace dos meses que Elena está en posesión de su herencia, y desde entonces ha dejado de visitarla su apoderado, el único hombre que pisaba la casa. ¿Qué manda ahora el señor Comisario?
Conocía a mi hombre: no malgasté el tiempo en felicitaciones. Le ofrecí una taza de café, que rehusó, y un cigarro habano, que aceptó.
—Ahora, díjele, se trata de no perderle pisada a la tal Concepción o a la misma Elena si saliera. Y cuando una de las dos se dirija al correo o algún buzón, probablemente al de Cinco Esquinas, me avisa Ud. a escape. Gastos discrecionales.
Se retiró y fui al correo: tenía, como dije, relación con el jefe de la sección Poste Restante y no hubo necesidad de recabar autorización superior.
—¿Recuerda Ud. haber entregado en estos días alguna carta dirigida a Concepción Lisagaray?
El empleado no vaciló: la víspera, una mujer, joven aún, vestida como sirvienta y de aspecto extranjero, había retirado una carta, exhibiendo un pasaporte español a su mismo nombre. Tuve un brusco ademán de contrariedad, pero me contuve y agregué:
—Comprenda Ud. de qué se trata... La policía sigue una pista: necesito que si el caso se renueva dé Ud. algún pretexto para retener la carta demorando a la interesada y dándome aviso inmediatamente. Le encargo la discreción.
Me retiré a mi casa, lentamente, absorto en mis reflexiones. Indudablemente había perdido la oportunidad de dar un paso definitivo. Elena había recibido contestación. ¿Quién me respondía de que esa contestación no pusiera punto final a las negociaciones? A  estar yo presente, hubiera seguido a la sirvienta, y, de grado o por fuerza, habría sabido el nombre del corresponsal... Pero no abandonaba la partida; al cabo el famoso candado no iba en la carta, y si se indicaba alguna cita para la devolución, lo sabría por mi agente Hymans.
Me senté a comer, esforzándome para conservar mi calma entera y no excitar mis nervios con inútiles cavilaciones. Pero el Candado de oro, como una fórmula de hechizamiento, zumbaba en mis oídos, relumbraba en la pared, me perseguía, me acosaba sin cesar, a manera de esas obsesiones enfermizas de la alucinación.
Eran las ocho y ya me levantaba para salir, cuando Hymans se presentó, deteniéndose en la puerta para esperar mis preguntas. Primero interrogué su fisionomía: estaba fría, impenetrable como siempre.
—¿Nada? grité con ansiedad... Dio un paso hacia adelante:
—¡Hay algo!
No pude contener un grito que, lo confieso, daba una pobre idea de mis aptitudes profesionales, en cuanto a dominio propio e impasibilidad.
—Señor, hace una hora que la tal Concepción fue a dejar una carta en el buzón de Cinco Esquinas. Luego...
—Pero, ¿cómo no ha procurado Ud. averiguar el nombre, la dirección? ¡Ah!, ¡ira de Dios!...
Ya me lanzaba a las recriminaciones, furioso y ciego como el jabalí por entre el monte. Hymans me detuvo con un ademán y pronunció estas palabras con su calma acostumbrada:
—La carta llevaba esta dirección: Señor don Cipriano Vera, calle de la Victoria, número 158...
¡Ah!, ¡sangre meridional!, me abalancé sobre Hymans, lo abracé, lo arrojé sobre un sofá y tutéandolo por primera vez, le grité con una carcajada: ¡Bien, hijo mío: cuéntamelo todo!
El relato era corto, sobre todo en boca de aquel diablo de flamenco que hubiera despachado en tres minutos la historia del sitio de Troya.
En substancia supe lo siguiente: hacía dos días que el muy bellaco enamoraba a la sirvienta, prodigándole finos requiebros, acompañamientos al mercado, regalos de confites y otros galanteos de alto estilo. Omito muchos detalles sabrosos y pruebas de su maquiavelismo un tanto primitivo. Lo cierto es que no había tenido mucha dificultad para conseguir su propósito —me refiero al dato buscado. Aquella misma tarde, al saber que Concepción llevaba una carta, se empeñó en ahorrarle el trabajo de echarla al buzón, haciéndolo él mismo con exquisita galantería; así pudo leer rápidamente la dirección y grabarla en su memoria infalible.
Concluido el interrogatorio y apuntadas las señas que me dictó, cargué cuidadosamente mi revólver de bolsillo, y saliendo con Hymans hasta la puerta de la calle, le despedí con estas palabras:
—Yo voy allá, al Once de Septiembre: siga Ud. en acecho y deme aviso en la Comisaría si algo ocurre; esperaré hasta las dos... Pero, amigo ¡cuidado con el fuego!, no vaya a salir cierto el cuento...
—¡No hay peligro, señor!

III

Me dirigía resueltamente al Once de Septiembre, o sea al número 158... de la calle Victoria, que era el de la casa indicada. Así lo había combinado y deliberado de antemano. Llegado que hube a la plaza Lorea, tomé un coche con esa intención. Repentinamente, en el momento de dar las señas al cochero, grité: ¡calle Larga de la Recoleta!
Yo creo firmemente que hay en nuestro ser mental una especie de segundo yo instintivo y vergonzante, que habitualmente cede el lugar al primero, — al yo inteligente y responsable que procede por lógica y razón demostrativa. Pero en ciertos instantes, raros para nosotros, gente vulgar, y frecuentes para el hombre de genio, el antiguo instinto desheredado, esa como conscientia spuria, que diría Schopenhauer, se lanza a la cabeza del batallón de las facultades y manda imperiosamente la maniobra.
Así pensaba yo, mientras el coche me arrastraba hacia el norte de la ciudad. Eran las nueve de la noche, y hasta en los barrios más apartados notábase cierto bullicio e inusitada algazara: recordé que era Noche Buena. Repito que no hubiera podido analizar el móvil exacto de mi cambio de resolución; pero iba ahora instintivamente a casa de Elena, persuadido, convencido de que allí se iba a decidir la cuestión aquella misma noche.
Despedí el coche en Cinco Esquinas, y continué mi camino a pie. Era una pesada noche de verano; soplaba una virazón de tormenta que amontonaba ya los nubarrones por el sudeste. Estaba llegando yo a la casa-quinta de Elena, cuando un bulto negro se desprendió de la pared y vino hacia mí. Era Hymans. Nada había ocurrido, pero sabía que Concepción tenía licencia para asistir a la «misa del gallo». Comprendí al punto que Elena necesitaba estar sola esa noche. Di mis instrucciones a Hymans, para que en caso de acompañar a la sirvienta se hiciera substituir allí por otro agente de confianza, y llamé a la puerta.
El jardín estaba en tinieblas, y una sola luz se vislumbraba por la bajadas celosías de una habitación. Pasaron algunos segundos, percibí un movimiento seco en la ventana, como si alguien inclinara la celosía para mirar. Volví a llamar con más fuerza, oí un ruido de pasos sordos en la arena, con un frú-frú de vestido, y una voz de mujer, a dos pasos de la reja, preguntó con acento vasco: ¿Quién ha llamado? — Cipriano Vera, contesté en voz baja.
La puerta se abrió, y entré sin agregar una palabra.


IV

Noté que la sirvienta se quedaba fuera, después devolver a cerrar la puerta, como si empezara su licencia con haber introducido a un visitante esperado en la casa. Al igual del jardín, el pequeño vestíbulo, precedido de unas gradas, estaba en completa obscuridad.
En la ventana de la salita de recibo vagamente alumbrada, se divisaba la silueta negra de una mujer, espiando sin duda mi entrada. Di resueltamente unos veinte pasos por la calle enarenada, y subí la gradería del vestíbulo; entonces, en el marco de luz de la puerta entreabierta, Elena apareció murmurando con una voz que me pareció trémula de emoción:
—¿Ya estás aquí, Cipriano? no te esperaba aún...
Y se adelantó vivamente hacia mí con los brazos abiertos... De repente arrojó un grito de sorpresa y pavor, y dio un paso atrás, en tanto que yo mismo, no menos sorprendido por lo inesperado de la situación, balbuceaba algunas palabras de saludo y confusa disculpa.
Reconociome al punto, y, con un suspiro de tristeza, entró en la salita donde la seguí. Me senté en una silla muy cerca de ella, de manera que, al ocupar el sofá, Elena recibiese de frente la luz de una lámpara puesta en la mesa central. Pareciome enflaquecida y algo marchita; vestía de luto con severa sencillez, y la larga trenza de oro que yo conocía oscilaba en su espalda con cada movimiento suyo. Quedó un rato silenciosa y con los ojos bajos; yo podía contemplar sin sonrojarla la gracia esbelta de su persona que despedía como un perfume de distinción.
Al fin hablé, buscando los términos menos hirientes para sus oídos de mujer joven y huérfana. Su exclamación reciente acababa de levantar para mí una punta del velo misterioso; pero era tan extraño lo que creía entrever, tal contraste formaba con el aspecto noble de esta desgracia, que mi voz casi temblaba al interrogarla.
—Usted esperaba a Cipriano Vera ¿no es verdad?
Me contestó con la cabeza y sin alzar la mirada.
—Elena, quisiera persuadirla de que mis palabras nacen de un interés sincero por su situación. —Ese hombre posee una prenda de gran valor para usted. ¿Cómo la tiene? He comprendido que es muy amigo suyo... ¿Por qué necesita usted valerse de la publicidad para recuperarla?
Me contestó, sin que variara su actitud:
—Cipriano tomó la prenda aquí, en la noche del crimen...
Tuve un ligero estremecimiento, y casi sin atreverme a formular mi pensamiento:
—Entonces... ¿ha sido cómplice?
Levantose bruscamente, juntó las manos y alzando los ojos por vez primera, me miró de frente y exclamó con acento vibrante :
—¡Cipriano! ¿Ha creído usted que él era un asesino?...
Se detuvo; y como sin contestarle seguía mirándola fijamente, comprendió, sin duda, la pregunta delicada que yo callaba; entonces bajó nuevamente los ojos, al tiempo que un tinte rosado subía a sus mejillas pálidas, y murmuró con acento resignado:
—Y bien, sí; la realidad es menos atroz que su sospecha. Cipriano estaba en mi cuarto, esa noche, en esa hora terrible... Voy a confesarle toda la verdad. Tal vez con sonrojarme ante usted, logre evitar la pública vergüenza...


V

Era la vieja historia, el fresco idilio que remata en drama lastimero, como en el gran poema humano de nuestro siglo. Un día él la vio salir de una iglesia y la siguió. Se cruzaron las miradas, luego se rozaron las manos trémulas después de los primeros saludos, de las primeras palabras triviales y fingidamente alegres, balbuceadas con todo el corazón estremecido y los labios secos... En fin, como siempre sucede, se amaron antes de conocerse, y cuando se conocieron parecioles que habían nacido para amarse eternamente.
Cipriano vivía con una madre pobre a quien sostenía con su trabajo: era empleado y tenía veintiséis años. Ella, huérfana, y criada sin esos besos maternos que siembran rosas en las mejillas infantiles, crecida como yedra en pared que mira al sud y no conoce al sol, dejose arrastrar por la pendiente fascinadora. Quiso confiar a sus padres adoptivos la gran aventura que caía en su vida: pero éstos, que eran egoístas y la querían para sí, helaron en sus labios el primer asomo de confesión. Y entonces, fatalmente, sucedió al poema virginal bajo la luz del cielo, el enredo cada día más encubierto de las citas clandestinas, en la plaza desierta, en la reja del jardín, y últimamente, después de la muerte, del padre, en el cuarto de la joven... Cuando todas las luces de la casa se apagaban, Cipriano entraba como un ladrón por el jardín obscuro, pues la anciana señora no confiaba ni a su pupila la llave de la puerta; y una noche el amante furtivo había oído silbar a pocas pulgadas de su cabeza la bala de un revólver. Él era el presunto ladrón a quien la viuda hiciera fuego.
La noche del drama, Cipriano entró como siempre escalando la reja de la calle, y luego dirigiose al cuarto de Elena, rodeando la casa y penetrando al interior por la ventana abierta.
Por centésima vez, se repetían en voz baja las protestas y juramentos de un amor sincero. Cipriano ya tenía el consentimiento de su madre, y no esperaba sino un anunciado y merecido ascenso en su carrera administrativa para realizar al fin su compromiso leal. Elena hablaría clara y honradamente a su madre adoptiva: y si ésta negaba su consentimiento... y bien : al cabo, ¡Elena tenía veinte años!...
Acababan de dar las dos en el reloj del comedor; de repente Elena tuvo un sobresalto; poniendo su mano en la boca de Cipriano, prestó el oído hacia el cuarto vecino: parecíale que un ruido insólito se había dejado sentir por el vestíbulo. Así quedó un instante, con la boca abierta y los ojos dilatados, sin percibir otro rumor que el viento en los follajes. El joven, risueño y confiado, la serenaba enlazándola en sus brazos, y volvía a seguir el tierno diálogo, cuando el estridente clamor de la víctima herida retumbó espantosamente en el silencio nocturno. Elena se precipitó hacia dentro, sin reparar en el peligro, mientras Cipriano, saltando por la ventana con revólver en mano, rodeaba la casa para entrar por el frente, como llamado de la calle al grito de auxilio. Al trepar la galería tropezó con un hombre que huía, y junto con el choque sintió un dolor agudo en el hombro izquierdo; hizo fuego a quema ropa y el hombre cayó. Un objeto metálico rodó a los pies de Cipriano que instintivamente lo recogió.
Al colocarlo en su bolsillo, pareciole que su mano estaba mojada como por agua tibia. Entonces comprendió que la tragedia había concluido, y que el mayor peligro para Elena resultaba de su presencia en el sitio; huyó, cubierto de sangre, procurando comprimir la que salía por la herida. Felizmente el frío de la noche contribuyó a contenerla, y pudo tomar un coche que volvía vacío y lo dejó en su casa, casi desmayado...
Todos estos detalles no se supieron sino después. En cuanto a Elena, sola con su madre expirante, tuvo la atroz energía de componer el lugar de la catástrofe, volver a cerrar su ventana, y discurrir de antemano la explicación que pudiese salvar siquiera su honra y la de su cómplice inocente...


VI

Escuché con emoción profunda el relato de Elena. No podía ya dudar de la verdad: su explicación era limpia como sus lágrimas, convincente y clara como la luz del sol. Después de concluir había quedado pensativa. Hubo un gran silencio, y sólo entonces reparamos en el viento que arreciaba y los truenos violentos que anunciaban la próxima tempestad.
Una reflexión postrera me asaltó, y dirigile nuevamente esta pregunta:
—Todo lo veo y comprendo; pero no se ha encontrado valor alguno en los bolsillos del asesino; fuera del medallón, no tuvo tiempo de robar nada, ¿dónde estará la fortuna de la señora?
Parecía como que mi voz la despertara de un pesado letargo; y me contestó después de breve pausa:
—Mi madre, cediendo a su manía, había ocultado sin duda su dinero en un punto de esta casa. Ignoro donde; pero creo, estoy segura que el candado de oro nos lo revelará. Ahora sé que Cipriano lo tiene. ¡Cuánto he padecido en estos meses sin explicarme su prolongado silencio, su abandono aparente! Una carta de él, que recibí ayer, me ha revelado la verdad. Su herida tomó un aspecto alarmante: durante varios días, el médico creyó que el puñal del asesino había atravesado el pulmón. Cuando la herida empezó a cicatrizarse después de algunas semanas, no supo sino vagamente los resultados de la instrucción criminal. No podía confiar a extraños sus ansiedades. Temía por mí, recelaba de su madre, quien, ante el escándalo de la causa, me hubiera rechazado para siempre. Además, él mismo juzgó incurable su mal. A principios de la primavera tuvo un vómito de sangre; y cuando por orden del médico fue llevado a Mendoza, tuvo la persuasión de que allí iba a morir. Y entonces, ¿para qué causar a la mujer que amaba y que tanto había sufrido por él este dolor supremo?... Al fin, restablecido, y preparándose para volver, había leído en un diario el aviso de Elena, y le había escrito explicándoselo todo y fijándole para esta misma noche su primera entrevista después del largo padecer...
En este momento oyose llamar con fuerza a la puerta de calle. Nos levantamos a un tiempo: Elena me tomó la mano murmurando: ¡es Cipriano! Y su mirada suplicante me dirigía una muda interrogación:
—Ábrale, Elena, contesté suavemente: llegamos al término.
Salió y volvió pocos momentos después, precediendo a un joven de aspecto enérgico y atrayente. Aunque pálido y delgado todavía, traía en su mirada brillante la revelación del triunfo definitivo de la juventud. Me saludó, escuchó de boca de Elena algunas palabras explicativas, y tomándola de la mano cariñosamente, le dijo con una sonrisa:
—Albricias, Elena: no sólo te traigo el famoso candado sino el secreto que encierra.
Sacó de su bolsillo un medallón de oro y se lo entregó. Era un candadito redondo y liso, de oro bruñido, sin más adorno que una roseta de brillantes en su centro. La prenda valdría unos cincuenta duros, y me parecía incomprensible el alto significado que ambos le daban. Entonces volvió Cipriano a tomarlo en su mano, apoyó tres veces con fuerza en la cabeza central y el candado se abrió como un relicario. Nos aproximamos a la luz, y leímos estas palabras grabadas en la tapa interior:

TRAS DE MI CÓMODA
E. L. E. N. A.

La joven dio un grito de alegría.
—¡Ya sé el secreto de la cerradura: son las cinco letras que no podía adivinar!
Rápidamente nos llevó a la pequeña cómoda del dormitorio, retirámosla sin gran trabajo y apareció la puerta de una caja de hierro, incrustada en la pared. De construcción especial, no tenía cerradura visible, sino cinco botones de acero con ancha cabeza giratoria y las letras del alfabeto en contorno.
Hacía una semana que Elena, arreglando lo muebles con la sirvienta, había descubierto el singular escondrijo. Pero, desconfiando de toda intervención extraña, había preferido seguir su instinto de mujer, que le señalaba el candado de oro como la clave del enigma.
En efecto, Cipriano colocó las letras en el orden indicado, y con el primer movimiento de tracción, la puerta se abrió. Una enorme cartera de cuero de Rusia ocupaba el único estante de la caja. Contenía cuarenta mil pesos fuertes en billetes de banco.
Un mes después Cipriano y Elena se casaron y fui yo mismo...

— Manda decir el señor comandante que tengan ustedes la bondad de hacer silencio...
Era un atento marinero que interrumpía al narrador engolfado en la preparación de su final. El simpático dictador del Orénoque, persuadido de que el fin primordial de las travesías es el bienestar de los comandantes nerviosos, hacía cumplir religiosamente la inviolable consigna.

Enrique M. esperó vanamente una protesta de su auditorio: en sus sillones de hamaca, al resplandor de la luna que derramaba su plata líquida sobre las olas quietas, todos dormían profundamente.


jueves, 16 de noviembre de 2017

Paul Groussac: Génesis del héroe

GÉNESIS DEL HÉROE

En los primeros capítulos de la presente obra[1], huyendo de la vaguedad y del equívoco, que son los peores enemigos de las ciencias históricas, me esforcé por separar netamente al hombre de genio, propiamente dicho, de esas colosales personificaciones populares, —fundadores, profetas, conquistadores—, a quienes el epíteto flotante de “grandes hombres” se adhiere comúnmente. Si pudiera despojarse de todo viso pretencioso una aproximación que, en este caso, no implica sino deferencia respetuosa y admiración, me atrevería a confesar que he procurado aplicar a esta vasta cuestión de psicología histórica el método científico, de que el ilustre Lyell ha dado el ejemplo y el modelo más acabado en sus Principios de geología[2]: la hipótesis fecunda de las causas actuales, cuyas conclusiones podrán ser discutidas, tachadas de excesivas, como todas las del transformismo, sin que se amengüe el valor duradero de una doctrina general, cuya potencia eficaz se revela precisamente con adaptarse a materias distintas de las que apuntaran sus autores.
Se ha llegado así, por el estudio sólido y relativamente fácil del hombre de genio contemporáneo y de sus obras maestras, a un concepto no ya retórico y arbitrario, sino analógico y estrictamente inductivo de sus grandes antecesores.
El análisis exacto de la naturaleza y modo de acción de esas individualidades sobresalientes, a la luz de la biografía casi actual y en sus manifestaciones menos discutibles, —como acontece, por ejemplo, con Hugo, Wagner, Darwin, a quienes se ha podido estudiar casi de visa y desnudos de la engañosa refracción de la distancia—, no suministra únicamente un marco positivo, una medida precisa de lo que fueron sus congéneres pasados —Shakespeare o Dante, Beethoven o Bach, Cuvier o Aristóteles—; permite determinar en general la naturaleza y acción del genio en la ciencia y en el arte. De suerte que, con ser representativas de estos grupos selectos, las monografías razonadas ascienden del rango de documentos históricos a la categoría de hechos filosóficos.
Merced a ese criterio prudente y que reputo exacto —si se maneja con las precauciones requeridas—, ha podido comprobarse que el genio no es necesariamente un indicio absoluto de superioridad intelectual, sino una “facultad”, un poder aislado y exclusivo; localizado no pocas veces y dotado de extraordinaria energía: verdadera llamada o vocación, cuyas manifestaciones e impulsos casi instintivos e irresistibles se apartan singularmente de los del talento habitual. El talento es la resultante normal y armónica de todas las influencias convergentes de la raza, de la familia y de la educación, en el sentido lato de la palabra, o sea del medio ambiente. Puede admitirse la hipótesis de un estado de civilización, tan adecuado a la “especie” humana, que produjera el talento en la mayoría, como produce en las otras especies la robustez y la salud. Hasta podría decirse que ello se ha realizado parcial y pasajeramente en la historia: todos los pintores italianos del siglo XVI revelan habilidad de dibujo y colorido; todos los escritores españoles del siglo XVII tenían estilo; todos los artistas franceses del siglo pasado poseyeron el gusto y la gracia ligera. Pero, ningún estado de civilización bastará para elaborar un hombre de genio. Sería tan ilusorio esperarlo como creer que los progresos de la metalurgia realicen la creación de un gramo de oro. Cuando más, podrá lograrse que un mayor número de genios virtuales sean electivos, y salgan a la luz algunos que yacen en la obscuridad.
El proceso contrario es el más probable. La democracia[3] conquistará la alta civilización, como los Hunos el mundo latino: teste David cum Sibylla. Posee el sufragio universal que es su fórmula, la instrucción gratuita y obligatoria que es su molde, la prensa que es su órgano. Su triunfo es inevitable. Será el más completo y pesado de los despotismos: el despotismo de la mediocridad. La forma de su instrumento omnipotente tiene toda la belleza de un símbolo: es un laminador, la máquina que aplasta para mejor uniformar, y realiza el ideal de la igualdad por el perfecto achatamiento. —De esos cilindros de acero se escapa en hojas sueltas, toma su vuelo gris a las aceras polvorientas o fangosas, la biblia de los tiempos nuevos que nadie se ocupará en encuadernar: es la curiosidad instantánea, superficial, inconsistente, que alumbra con humo y llena con oquedad; la actividad en el vacío; la información pasiva sin el esfuerzo de la investigación; el sucedáneo moderno de la anticuada sabiduría; la moneda falsa de la verdad esterlina; el asignado que dice: valgo, y no tiene valor; el derecho a no meditar; la coartada de este delito: ¡pensar por cuenta propia! —Santa Teresa, no Malebranche, llamaba a la imaginación: la loca de la casa. Esa loca ya no está en casa: está en la calle, en el paseo, en la bolsa, en el tranvía, engullendo su escudilla de rancho “igualitario”, su ración de sopa boba intelectual. ¡Salud al gran educador de la democracia! Su Majestad el Diario, — en latín, Ephemeris. Nace, circula y muere en un mismo día; lo recogen a la tarde las barrenderas mecánicas, en una nube de polvo que simboliza la mentira, la ignorancia, la fatuidad. Pero renacerá de sus barreduras, a manera del fénix aquél. Es infatigable, inacabable, innumerable, como el microbio. No dudéis que la democracia agradecida le levante un grandioso monumento, allá por 1940, izando encima el birrete de ese pobre Gutenberg, —tan inocente del “periodismo” como este Colón del “Colombismo”. Después del centenario internacional de la simpleza, nuestros hijos alcanzarán el jubileo universal de la vulgaridad. —¡Está, pues, muy evidente que la civilización actual viene incubando hombres de genio!...
La conclusión necesaria de ser el genio una propiedad, distinta y una verdadera “forma” intelectual —en el sentido escolástico—, ha permitido clasificar por familias esos grupos privilegiados, de manera que cada una — matemáticos, filósofos, inventores, pintores, poetas, músicos, etc.—, no tuviera con las vecinas más elemento común e irreducible que ese quid divinum primitivo e impulsor. El genio entraña quizá la ley secreta de la vida —la voluntad de Schopenhauer—: pues es él quien crea sin descanso y encuentra en la obra maestra realizada su sanción inmortal. —Todas las otras cualidades pueden ser diferentes o semejantes: no influyen en la clasificación, son accesorias.
Por fin, hemos podido convencernos de que semejante clasificación no es arbitraria ni superficial, pues se apoya, como las clasificaciones naturales, en un hecho permanente y profundo, en un modo de ser que la raza o la educación puede alterar sin destruirlo; en una aptitud constitucional bien definida y circunscrita que debe arrancar, en último análisis, de cierta conformación especial de los órganos de los sentidos, de cierto desarrollo insólito de una región o circunvolución cerebral.
Pero, si es legítimo tener el genio por un accidente sublime en el desarrollo normal de la especie, hemos hecho justicia de la tesis psiquiátrica que se limita a renovar con pretensiones científicas la añeja teoría burguesa del gran artista “desorbitado” y extravagante. La asimilación de la “inspiración” a un delirio real es un concepto romántico, más que determinista, de Moreau de Tours, en el que se ha ingerido gratuitamente la “degeneración hereditaria” de Morel.
Los sucesores, como era de temerse, han acentuado la conclusión: la degeneración hereditaria se ha convertido para ellos en una entidad mórbida, entre cuyas evoluciones propias y necesarias figuran las varias neurosis, ¡“desde el genio hasta el idiotismo”! Hemos visto que, respecto de la psicosis, el genio no constituye ni una susceptibilidad ni una inmunidad; que las inferencias antropológicas carecen de base para asentar sólidas inducciones; y que, por fin, no siendo en general exactos ni probantes los ejemplos históricos coleccionados por los alienistas, la ruidosa tesis psicopatológica se reduce a la publicación de tres o cuatro volúmenes ligeros de doctrina y pesados de estilo, sobre cuya ligereza y pesadez L’Uomo di genio, del profesor Lombroso, ocupa el primer puesto.
Tal es, en resumen, el procedimiento que se ha ensayado en una materia que, al parecer, lo rechazaba. Creo que el procedimiento contrario, el que partiera del pasado para llegar al presente, no podía conducir a resultados generales ni suministrar una conclusión sólida. Por lo menos, nunca la ha dado, a pesar del inmenso talento personal que alguna vez se desplegara en la empresa. Explicar una realidad siempre idéntica y siempre presente, apoyándonos en la sola conjetura histórica, equivalía, bajo pretexto de lógica deductiva, a hacer preceder el estudio de los organismos vivientes por el de los fragmentarios y dudosos organismos primitivos, y comenzar la historia natural por la paleontología.


II

Pero, al lado del hombre de genio, cuya obra inmutable e imperecedera, con su valor propio y personal, queda siempre accesible, extendiendo a nuestro examen ese diploma de identidad y superioridad: se alza esa otra grandiosa y vaga personificación histórica, humana o nacional, que suele llamarse “el grande hombre”. Algunos están flotando por entero en la leyenda, como Eneas o Moisés; otros emergen de la nube con su aureola tan deslumbrante, que impide distinguir lo real de lo ficticio en su cambiante personalidad: así Mahoma o Carlomagno. Por fin, los más circunscritos o recientes, como Gutenberg o Cristóbal Colón, se nos presentan tallados en el firme granito de la historia: pero el océano ilimitado baña sus plantas invisibles y cubre su pedestal, dificultando su acceso y apreciación exacta… Son aquellos los “héroes” del idealista Carlyle, cuya existencia grandiosa condensa la de la humanidad[4]. —En todo caso, son los nombres inmensos y fulgurantes de la historia y de la poesía; y, al pronunciarlos, las metáforas enormes y cósmicas acuden inevitables a la imaginación. Los unos nos aparecen desmedidos y lejanos, imposibles de precisar y resolver aun con la más amplia conjetura, semejantes a esos cometas que no poseen consistencia distinta de su propia atmósfera inflamada. Los otros, más cercanos a la humanidad, conservan sin duda un núcleo de realidad sólida y resistente; pero sospechamos que todo su brillo es reflejado, como el de los planetas, tanto más resplandecientes cuanto más próximos al sol en cuya luz se envuelven, —a igual de esa Venus ínfima que deslumbra nuestra ignorancia más que las estrellas de primera magnitud…
Se comprende, desde luego, que nuestro camino abierto y recto se acabe aquí, y no pueda prolongarse más que como senda ondulante y estrecha. En lugar del suelo firme, sentimos bajo nuestras plantas el pantano engañoso o la costra grietada y frágil de los geisers de Islandia. Nos falta ya el testimonio concreto e irrecusable de la obra maestra, que podría reemplazar la biografía personal y la historia contemporánea del hombre de genio. —El retrato de una deliciosa andaluza radiante de júbilo vital como una flor abierta, con este comentario, Murillo pinxit[5]: ¿qué más explícito documento para el estudio del arte hispalense? El hombre de genio está en lo absoluto y definitivo: no hay evolución humana —en los límites actuales de nuestro entendimiento— que pueda reducir a un Galileo o Newton a la estatura común. En el mundo fugaz de los sonidos, cuya íntima vibración con el alma humana parece un obscuro y eterno recuerdo de la vida elemental, no es admisible, sin atrofia del órgano preciso, que pierda su virtud sublime la Sinfonía patoral o el preludio de Lohengrin. Mientras exista la poesía escrita, la intensa visión del mundo externo y el don prodigioso de la expresión verbal formarán parte esencial de la belleza literaria: ¿cómo prever, entonces, que nazca jamás algún poeta, al lado de cuyas producciones la Leyenda de los Siglos sea pequeña?
Por el contrario, la grandeza representativa de los “héroes” es del todo extrínseca y convencional. Su gloria es obra entera nuestra, es decir de la opinión colectiva de las generaciones, prolongada y desbordante. Es de aquella fama secular, que pudiera decirse propiamente: ¡vires acquirit eundo! La proposición de Carlyle es cierta, en el sentido recíproco: es decir, que la historia o la leyenda del gran hombre es la de la humanidad en un momento de su evolución. —Por otra causa tiene también que fallar aquí el método empleado. No podemos ya remontarnos directamente de lo presente a lo pasado. El factor principal es siempre el tiempo, pero, esta vez, sería el tiempo futuro. Los grandes hombres contemporáneos, no los conocemos, puesto que no son tales por su obra personal y tangible, sino por lo que ella venga a ser más tarde, merced a la colaboración anónima y al culto incesante de la posteridad:

Qui de nous va devenir un Dieu ? [6]

Estamos clavados en el momento actual, que no es sino un punto de la curva infinita; seguimos la rama ascendente de la parábola que sube hasta perderse en la nube, y conjeturamos que le es idéntica la rama inferior que se hunde en el mar. Entre dos abismos de ignorancia casi completa, de tinieblas casi igualmente espesas, pasado un estrecho límite, no nos es dado sino alzar los ojos hacia ayer. Pero, en el pasado más reciente, la frondosa vegetación de la leyenda, las mil lianas trepadoras de la imaginación popular han envuelto y ocultado de tal modo el tronco primitivo, que, si existe, para el espectador es como si no existiera —y que la evolución de un mito puro como Eneas y Jasón, no es mucho más conjetural y aventurado que la tradición histórica de Alejandro o Jesús, cuyo existencia real no puede ponerse en duda.
Con todo, la diferencia es esencial. Ser o no ser: la palabra de Hamlet es el santo y seña de la historia. Lo que la humanidad creara de la nada, por simple emisión imaginativa, puede llenar por siglos los inania regna de la poesía y la superstición: no llegará jamás al ser completo. Desde el origen, no hay un átomo perdido o agregado en el conjunto de la creación: es siempre la Isis inmensa, que contiene cuanto fue y será. Y tal es, en suma, la señal indeleble que diferencia a los héroes materiales, de aquellos otros entes simbólicos y vacíos de substancia, con que satisface la humanidad sus irresistibles tendencias al antropomorfismo. Los segundos se parecen a los primeros hasta confundirse con ellos: pero son vanas apariencias, sombra o imagen de la realidad. En todo lo demás la analogía subsiste; y la exageración legendaria se adhiere a los unos y los otros con igual tenacidad, como que en ambos casos entra en actividad normal la misma facultad imaginativa. Imaginar es elaborar imágenes; ahora bien, estas imágenes internas se forman idénticamente en nuestro espejo cerebral, siempre aberrante y cromático, ya se trate de reflejar un fragmento del universo, ya de fijar un vago concepto mental, el “sueño de una sombra” según la m-lancólica expresión de Píndaro[7].
Constituyendo ese poder y esa necesidad de la imaginación su funcionamiento incesante y normal, compréndese cómo, desde el principio hasta hoy, cuanto ha dominado y sigue dominando la vida humana —religión, arte, pasiones— fluctúe en el mundo elíseo de la ficción. —La pobre humanidad, efímera cadena de generaciones que se renuevan y suceden sin que ninguna llegue a la madurez, no puede soportar la verdad desnuda: procura inventar alegorías que mezan y engañen sus tristezas[8]. Sobre lodo, necesita adorar, tributar culto religioso a las fuerzas ambientes, benignas o nefastas, que supone conscientes y vigilantes de su ínfimo destino. Y como toda idea es imagen, y la imaginación no procede sino por analogía, las fuerzas naturales e influencias colectivas se condensan en personificaciones antropomórficas, en entes gigantescos que la humanidad atavía —cual hace el niño con su juguete—,  con la figura, los móviles y las pasiones de la humanidad. Del propio modo, pues, que personificara la aurora y la tempestad, el mar y la montaña, el volcán terrible y el sol fecundador: inmortaliza en algunos tipos sobrehumanos de conquistadores o profetas, sus propias luchas seculares con la tierra madrastra, su largo esfuerzo civilizador, su doloroso deletreo del enigma universal, la expansión de su propio heroísmo y de su genio colectivo. Y es así cómo, en los tiempos modernos, ha creado con su propia substancia a Rolando y Guillermo Tell, o transformado gloriosamente al Cid y Carlomagno, usando el mismo procedimiento simbolizador con que en los siglos mitológicos “humanizara” a Júpiter y Neptuno, o prestara atributos divinos a Teseo y Hércules.
De esa doble e imperiosa tendencia humana al antropomorfismo y a la adoración, han brotado en vegetación magnífica y exuberante las teogonías, los cultos, los ciclos poéticos, las aureas legendas, —tan íntimamente vinculados los unos a los otros, como el sabor del fruto maduro a su fragancia y color. —No puede, por ejemplo, existir culto de latría sin prácticas supersticiosas e intervención de lo sobrenatural. La superstición es el humo de la religión, —fuego por siempre inextinguible en el corazón del hombre. —Y ello acaso daría la clave de la dolorosa expectativa en que se agitan algunos de los más nobles espíritus modernos[9]. Se busca un culto nuevo y no se lo puede encontrar. —El catolicismo no es ya sino la corteza del cristianismo; la savia no circula por el tronco ahuecado; no se renueva: Janssen será su último defensor de gran talento. Y un árbol que no resucita incesantemente por el retoño y la floración, está maduro para la suprema cosecha que el Evangelio señaló: excidetur, et in ignem mittetur[10]. El protestantismo nunca tuvo de verdadera religión más que su parte común con el catolicismo. Como lo dice su nombre, ha sido una protesta contra el romanismo descreído y pagano. Realizada en la Iglesia la reforma interna, la reforma externa perdía su razón de ser. Por eso es que, pasada la lucha, esa vasta asociación de entristecimiento mutuo —sin culto ni ritos, sin misterios ni ceremonias simbólicas— ha quedado estacionaria. Se ramifica en sectas sucesivas como el enfermo incurable que ensaya todas las terapéuticas: —El liberalismo masónico, con sus mandiles, y el espiritismo con sus mesitas, son igualmente grotescos. —La filosofía, por fin, es una ciencia, lo contrario de una creencia...
La inmensa dificultad para fundar una religión verdadera y viable —que no sea una fría sociedad de beneficencia o una mera elegancia social— arranca de la misma distinción intelectual de sus fundadores. La lucha está empeñada entre el corazón que necesita el misterio, y la cabeza que no lo puede admitir[11]. La religión futura sólo podrá surgir de la violencia, después de algún cataclismo anárquico —cuando un puñado de apóstoles ignorantes y fanáticos se arrojen a batallar por una gran ilusión ingerida en todas las fibras del alma humana, rodeada de misterio y exigente de sacrificio, cuyas flores de martirio esparzan por el mundo una inmensa redención— semejante a la que fue la vía, la verdad y la vida de la humanidad por cerca de diez y nueve siglos. ¡Que venga pronto, puesto que las otras han perdido su virtud! ¡Que venga pronto y sea bendecida, si ha de devolvernos el ideal, y barrer al olvido esa vulgar y repleta democracia que creyó perpetuar su imperio de medio siglo, haciendo dirimir por el vientre el angustioso conflicto de la cabeza y del corazón!

III

Las dificultades, empero, con que se tropieza, al pretender determinar el esfumado contorno de los héroes que han existido, se acrecientan en razón misma de esa pasada existencia terrenal. El mito puro y el hombre de genio son entidades filosóficamente simples. El primero es una creación total de la nación o de la raza: conocidos los elementos fundamentales del grupo étnico a que pertenece, se induce el tipo heroico, como de los rasgos característicos de una especie vegetal se induce la flor. El segundo nos pertenece sin intermediarios por su obra subsistente que podemos abarcar. Pero el héroe histórico es generalmente mixto; podría definírsele: un fragmento de historia combinado con la leyenda. ¿Cómo prescindir de su existencia material? Y, por otra parte, ¿cómo reducirle a las estrechas proporciones de su existencia material?
Nadie, que yo sepa, ha hecho esta observación que arroja viva luz sobre el proceso germinativo de las entidades simbólicas: y es que los organismos colectivos obedecen espontáneamente a las mismas leyes que los individuales, en los dos casos distintos que tengo señalados. En términos más claros: un pueblo, durante un siglo, elabora un mito puro o transforma a un ser real, obedeciendo a las mismas leyes que presiden, en el cerebro excitado durante una hora, al desarrollo anómalo de la alucinación y de la ilusión. Estúdiese en los tratados especiales[12] la formación cerebral de esa imagen prolongada y persistente, sin causa externa que la provoque. como es la alucinación, y se verá empleado un procedimiento análogo al de todo un pueblo que crea ex nihilo a un héroe nacional, con todas las circunstancias y rasgos de la realidad —cual ha sucedido, por ejemplo, al pueblo suizo con Guillermo Tell, personificación ideal de su independencia[13]. Lo propio sucede, con la ilusión —esa modificación profunda de una sensación real debida a un funcionamiento mórbido del organismo; la imaginación individual que elabora ilusiones y ofrece este espectáculo interno a la conciencia, sigue un proceso idéntico al de la imaginación colectiva que adopta a un bandido desalmado y feroz, a un “perro de Galicia llamado Rodrigo”, como se expresan las crónicas contemporáneas; a un aventurero sin fe ni ley que pasó la mitad de su vida sirviendo a los moros contra los cristianos —y la otra mitad viceversa— e hizo quemar vivo a centenares de valencianos prisioneros (¿sería por eso que su espada se llamó Tizona?): y entonces, de esa misteriosa incubación de la leyenda sale el héroe cristiano y español, el ideal caballeresco de la Reconquista, tipo del honor y de la lealtad feudal, el vengador de su padre y el amante de Jimena —¡el glorioso Cid Campeador![14]
La dificultad, lo repito, para el historiador, no está en analizar científicamente el proceso alucinatorio que crea un símbolo puro, como el rey Arturo, Rolando, Lohengrin o el mito suizo que he citado; ni tampoco en estudiar, con o sin documentos personales, a hombres de genio como Dante o Shakespeare, de quienes tan poco se sabe exactamente, pero cuyas obras contienen la mejor biografía filosófica: sino en extraer de una leyenda heroica la parte de realidad que contenga, y depurar el núcleo de historia de la ganga de ficción en que se envuelve. Tal sucede con los grandes héroes de la acción, —cuya obra colosal se ha confundido con la de su siglo—, con los conquistadores como Alejandro o Carlomagno, con los fundadores como Mahoma o Lutero, con los inventores como Gutenberg o Colón[15].
Carlomago ha existido, ha reinado; pero ¿qué quedaba de su existencia real, cien años ha, después de diez siglos de poemas y libros de caballerías? Hasta su efigie profundamente germana se había borrado, de suerte que su mismo nombre es una falsificación[16]. De tal modo habían el arte y la tradición envuelto su personalidad en sus mantillas multicolores y bordadas, que han sido necesarios todos los recursos de la ciencia moderna para desarrollar las bandeletas de la momia y encontrar al esqueleto bajo el fetiche. Y eso mismo ha sucedido y sigue sucediendo con todas las grandes figuras históricas, hasta las más recientes y que han evolucionado bajo los mil objetivos fotográficos de los contemporáneos, que consignaban en el papel sus impresiones. Napoleón es un hombre de genio, sin duda alguna; pero, a despecho de las historias y memorias, asistimos a su transformación gradual, a su apoteosis secular y definitiva. Nunca ha sido vencido; él solo ganaba las batallas, hasta las que no podía prever ni dirigir. Ha discutido y dictado el Código Civil; ha reconstruido la Francia y la Europa con su mano potente y sus ideas propagadoras; —no descendamos a las creencias populares y a las anécdotas de los grognards para no tropezar con el altar de las divinidades.
¿Queréis presenciar otra invencible apoteosis de un héroe, en un ejemplo más reciente aún —y de núcleo real mucho menos resistente, por cierto: — recordad lo que, hace algunos años, se decía y creía de Garibaldi, en Nápoles y toda la Sicilia (cierto es que se trata del pueblo más impresionable que existiera jamás). El soldado de Marsala era invulnerable; las balas se amontonaban en los pliegues de su camiseta roja, y, después de la batalla, él las sacudía como granos de maíz; tomaba las escuadras, solo, a nado y por abordaje; en Velletri le bastó aparecer en su caballo blanco para poner en fuga al rey Fernando y a los suizos; con su goleta, se había apoderado de toda la flota real en pleno puerto de Nápoles... “¿Por qué no?” exclamaba un libre pensador (hoy diputado al Parlamento) delante de Marc-Monnier[17], “¡es capaz de desembarcar en la cumbre del Vesuvio!” —Dentro de cincuenta años, todo ello será tan auténtico como los milagros de San Genaro.
Aún hoy, todos los grandes hombres soportan los agregados y colgajos de la leyenda. Los mismos hombres de genio casi contemporáneos no están preservados por sus obras compactas y sus múltiples biografías. —Para satisfacer las aspiraciones del ingenuo idealismo popular, es necesario que Byron sea el Lucifer de la poesía y que, grande en el bien como en el mal, haya “caído como héroe en Missolonghi”[18]. El fin burgués de Goethe es más difícil de transfigurar; con todo, no podrá en sus últimas horas, delante de diez testigos, decir a su criada que acerque la vela —Das licht näher!— sin que ello se traduzca por un grito de lirismo sublime: ¡Luz! más luz! —Sabido, es por fin, que no han bastado tres volúmenes para rectificar la leyenda de Hugo, durante su vida. Rectificarla, muchos lo intentarán; destruirla, nadie lo logrará[19].
Ha podido creerse que el advenimiento del libro y de la prensa, la circulación creciente del relato cristalizado detendría el vuelo de la ficción. Lejos de detenerlo, le presta fuerzas nuevas, como el torrente acrecienta su ímpetu con todos los cuerpos sólidos que caen en su corriente. El reinado de la prensa es la eternización del engaño y del error. Ayer el artículo del diario mataba el capítulo del libro; he aquí ahora al despacho y la interview telegráfica que matan al artículo, el cual siquiera algunas veces tenía firma, es decir una apariencia de responsabilidad. En lugar, lo repito, de obstar al pululamiento del error, la letra impresa le prestará su formidable contingente. Toda la historia contemporánea —ese vasto y contradictorio reportage— está nadando en pleno sueño engañador. Y, para tomar un ejemplo muy reciente, podría demostrarse con cifras que, de dos años a esta parte, la prensa de ambos mundos tiene agregadas al pedestal mitológico de Cristóbal Colón más hileras de errores ditirámbicos y de fantásticos pormenores, que los cuatro siglos de historias y crónicas, transcurridos desde que la carabela de Pinzón señaló la isla de Guanahaní.

La Biblioteca, Año II, Tomo III, Buenos Aires, 1897.

NOTAS:
[1] El Problema del genio en la ciencia y en la historia. (En preparación).
[2] Lyell, Principes de géologie. I, capítulo V.
[3] Claro está que aquí se trata de una estructura social, no de una forma política.
[4] Carlyle, Heroes and Hero-Worship, Lectura I. “Universal history is at bottom the history of the great men who have worked here”.
[5] La Concepción del Louvre.
[6] Alfred de Musset, Rolla, I.
[7] Píndaro, Pyth. VIII. —Es el final de la oda, en morendo, de una tristeza profunda y velada que recuerda lo últimos compases del Adagio de Beethoven.
[8] En la muchedumbre, como en el individuo, el espíritu de credulidad pasiva está unido al de la fabulación activa en dosis iguales. La mentira es tan inherente al espíritu humano, que la misma palabra mentiri sólo significa “ejercitar la mente”. —También en quichua, yuyani significa “pensar” y “mentir”.
[9] De Vogüè, Desjardins, Brunetière, el grupo inglés de Rossetti, ele. Son displicentes las ironías de Lemaître y France contra este movimiento de inquietud sincera. —Homais las aplaudiría.
[10] Matth., VII, 19.
[11] Il faudrait d'abord vous abêtir, decía Pascal. El mismo, que solía contradecirse porque era sincero, quería “desprender la piedad de la superstición” (Pensées, II, VI). ¡Sería tan lógico como purificar la sal marina, desprendiendo el cloro!
[12] James Sully, Les illusions des sens et de l’esprit, III; Brière de Boismont, Des hallucinations, III, XII, XIII ; sobre todo: Taine, De l'Intelligence, Première partie, II.
[13] Sobre el mito de Guillermo Tell y su propagación por el “Libro Blanco” y el Tellenlied, basta su cristalización en el drama de Schiller: véase Albert Rilliet, Les origines de la Confédération suisse.
[14] Crónica general de Alonso el Sabio. Véase  Lozy, Recherches sur l’histoire politique et littéraire de l’Espagne durant le Moyen-Âge. Allí se encuentra la despiadada “ejecución” del famoso José Conde, el “arabizante” clásico que deletreaba escasamente el árabe.
[15] Del propio modo, pues, que se ha definido la realidad, diciendo que es “una alucinación cierta” (Taine, De l’Intelligence), podría decirse del hombre de genio que es un grande hombre real —cuya obra es “adecuada” al nombre de su autor.
[16] “Carlomagno” no es la traducción de Carolus Magnus, sino la corrupción de “Karl Mann” el “hombre fuerte”. V. Michelet, Histoire de France, I, II.
[17] Marc-Monnier, profesor en la Universidad do Ginebra, había nacido en Florencia.
[18] Byron murió de un catarro mal cuidado, y sobre todo de quince años de mal régimen.
[19] Ed. Biré, Victor Hugo, avant 1830, et après 1852. Tres volúmenes de una exactitud encarnizada y enervante.