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martes, 27 de enero de 2026

Jules Barbey d'Aurevilly: El extraño rostro de Mozart

EL EXTRAÑO ROSTRO DE MOZART

¡Ese extraño rostro de Mozart, tan diferente del rostro de los hombres de su siglo! Los vicios de la época solo le quitaban el maquillaje. Lo que era sencillo, profundo y verdadero era más fuerte que las malas influencias. Después de una sinfonía que había sido uno de sus triunfos, le escribió desde París a su padre, en 1778: «Fui con alegría al Palais-Royal. Tomé un helado. Recé el rosario como había prometido y regresé a casa». » En 1778, ese rosario rezado en el Palais-Royal, ese brillante lugar de mala fama del siglo, en un rincón solitario, después de un helado, por ese ilustre Mozart cuyo nombre estaba en boca de todos, tiene un sabor particular. Le gustaba esa oración de amor, esa repetición de lo mismo que apacigua las almas apasionadas. Al igual que Haydn, su amigo, recurría a su rosario cuando no le venía la idea, «cuando silbaba para que viniera», como dice con tanta gracia este inspirado que va hacia la idea en las alas del sonido: «¡Silba y no viene nadie!». Creía que una decena del rosario la hacía acudir. Hay que leer en la recopilación en cuestión la magnífica carta a su padre (demasiado larga para citarla), cuando su madre, que aún tenía muchas preocupaciones a pesar de la inmensa gloria de su inmenso hijo, murió en sus brazos en París y él tuvo que comunicárselo, con delicadezas de corazón tan conmovedoras, al padre que se había quedado en casa. «Siempre me he resignado a la voluntad de Dios», escribe. La resignación, en efecto, es otra de las expresiones de su fisonomía. La tuvo desde muy pequeño, como su talento inaudito, como la felicidad, como la fama. ¿Y por qué tenía esa resignación, que es una virtud y una tristeza? ¿Era un presentimiento de la muerte que lo visitaría tan pronto? ¿Se resignaba a esa muerte presentida? ¿O se resignaba a esa gloria, que es una desgracia y que los hombres creen que es una dicha? El caso es que, cuando se miran los retratos que se tienen de él de niño, uno piensa involuntariamente en esa estatua del Niño Dios, la obra maestra de Canova, que contempla su cruz apoyándola en su pequeño pecho como una espada —una de las espadas que traspasarán a su Madre, la mujer de las Siete Espadas— y sonríe, con los repletos labios de la infancia, con una sonrisa de hombre tan cruelmente prematura.

JULES BARBEY D'AUREVILLY

Les Œuvres et les hommes, Sensations d'art.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán


L´ÉTRANGE VISAGE DE MOZART

Cet étrange visage de Mozart, si différent du visage des hommes de son siècle ! Les vices de ce temps n'enlevaient que du fard. Ce qui était simple, profond et vrai, était plus fort que les mauvais souffles. Après une symphonie qui avait été un de ses triomphes, il écrivait de Paris à son père, en 1778 : « J'allai dans ma joie au Palais-Royal. J'y pris une glace. Je dis le chapelet comme je l'avais promis, et je rentrai. » En 1778, ce chapelet dit au Palais-Royal, ce brillant mauvais lieu du siècle, dans un coin solitaire, après une glace, par cet illustre Mozart dont le nom était dans toutes les bouches, a du goût. Il aimait cette prière de l'amour, cette répétition de la même chose qui apaise les âmes passionnées. Comme Haydn, son ami, il se jetait à son chapelet quand l'idée ne venait pas « lorsqu'il avait sifflé pour qu'elle vînt » , comme il le dit avec tant de grâce, cet inspiré qui va à l'idée sur les ailes du son : « Il siffle et il ne vient personne ! » Il croyait qu'une dizaine de chapelet la faisait venir. Il faut lire dans le recueil en question la superbe lettre à son père (trop longue pour qu'on puisse la citer), quand cette mère, qui avait bien du souci encore malgré l'immense gloire de son immense fils, lui mourut sur les bras à Paris et qu'il dut l'apprendre, avec des précautions de cœur si pathétiques, au père resté à la maison. « J'ai toujours été résigné à la volonté de Dieu », écrit-il. La résignation, en effet, est encore une des expressions de cette physionomie. Il l'eut tout petit, comme son talent inouï, comme le bonheur, comme la renommée. Et pourquoi l'eut-il, cette résignation, qui est une vertu et une tristesse ? Était-ce un pressentiment de la mort qui devait le visiter de si bonne heure ? S'y résignait-il, à cette mort pressentie ? Ou se résignait-il à cette gloire, qui est un malheur et que les hommes croient une joie ? Toujours est-il que quand on regarde les portraits qu'on a de lui enfant, on pense involontairement à cette statue de l'Enfant-Dieu, le chef-d’œuvre de Canova, qui regarde sa croix en l'appuyant sur sa petite poitrine comme une épée — l'une des épées qui doivent percer sa Mère aux Sept Glaives —, et qui sourit, avec les lèvres rondes de l'enfance, d'un sourire d'homme si cruellement prématuré !"




lunes, 2 de junio de 2025

Léon Bloy: La Medusa Astruc

Léon Bloy escribió La Méduse-Astruc, primero de sus poemas en prosa, inspirándose en el busto de Barbey d'Aurevilly realizado por el escultor Zacharie Astruc, que sería más tarde el modelo de Gacougnol, personaje de su novela La Femme Pauvre (La mujer pobre). Bloy encontraba que dicho busto tenía los ojos de Medusa, lo que explica el título de su texto.

Una vez escrito su poema, se lo envió a Barbey d'Aurevilly, entonces en Valognes, quien le agradeció enviándole una carta elogiosa y llena de igualmente laudatorias notas marginales.

Bloy, halagado, hizo con la carta, las observaciones y su poema, una edición artesanal que repartió entre sus amigos. Es la versión que hemos utilizado para nuestra traducción, en la que omitimos la carta de Barbey y las notas.

El poema, posteriormente, no fue recogido por la viuda de Bloy, Jeanne Molbech, en su edición de los Poemas en prosa de Bloy, por lo que la presente traducción vale como complemento a la edición de dicho libro hecha por Ediciones De LaMirándola.


LA MEDUSA ASTRUC

XII

Durante la última guerra oí, una noche, un grito terrible. Nos estábamos alejando del campo de batalla y la jornada, como de costumbre, no había sido afortunada. Dejábamos a nuestras espaldas a algunos camaradas moribundos que no podíamos llevar con nosotros en la desbandada, y que la muerte, más afortunada que nosotros, debía llevarse en su victoria. La nieve caía al mismo tiempo que la noche y mezclaba la melancolía de su blancura a la negra melancolía del día agonizante. El campo, a lo lejos, estaba lleno de trampas y amenazas, y nosotros avanzábamos, callados y sombríos, a través de un lóbrego bosque sin follaje, alrededor del cual humeaba aún la llanura trágica, ebria, aquella noche, de la sangre de Francia. Una tristeza pesada y negra —como un presentimiento de muerte exhalado por la boca abierta de los muertos— se extendía sobre nosotros y nos envolvía irresistiblemente. ¡Momentos temibles! ¡¡¡Horas pánicas de la Guerra, en las que los más altivos corajes se aflojan y se hunden, después del tumulto y las tormentosas agitaciones de la cólera, en un sordo y latente pensamiento de terror!!! De pronto —cuando ya la noche había acabado de tender sobre nuestras cabezas su más sombrío manto—, un grito, un solo grito, más aterrador que todos los espectros que hubiesen podido aparecérsenos —¡el grito de un Dolor supremo que pare una Muerte desesperada!—, se dejó oír junto a nosotros, en aquellas tinieblas palpables que nuestros ojos desmesuradamente abiertos ya no eran capaces de atravesar. ¡Y el efecto de aquel clamor solitario fue tan terrible y tan repentino que nuestra columna entera recibió instantáneamente su impacto y se dio vuelta!… ¡¡como si la Muerte misma hubiera pasado por allí y como si hubiera sido necesario que escoltásemos hasta el fondo de los infiernos a aquella Reina de los Espantos!! Hoy recuerdo los terrores de aquella noche espantosa y vuelvo a oír aquel grito, ¡aquel grito inolvidable, de una angustia sobrenatural! Está en mí, de ahora en adelante, como la realidad exterior y sensible de los sueños más desgarradores del Dolor, pero también como una expresión acabada de los pensamientos y los sentimientos más elevados, cuando alcanzan una excepcional intensidad y ya no hay palabras terrenales para formularlos. ¡Las tormentas interiores del alma humana —¿quién podría, en efecto, ignorarlo?—, los dolores y las alegrías inmensas, la Admiración, el Amor supremos, todos los sentimientos excesivos —todo lo que nos desarraiga de la tierra para aplastarnos contra las puertas de zafiro de la eterna patria de los cielos—, todo eso es inexpresable en un lenguaje articulado y docto, pero, a falta de todo lenguaje, el grito permanece, el grito supremo, verbo único del corazón, en el que el alma apasionada todavía puede precipitarse, cuando está demasiado conmocionada y ya no es capaz de contenerse!

XIII

El Dolor, que tanto hace gritar a los pobres hombres y que éstos tan poéticamente han tildado de cruel, aun cuando no los agobiaba, el Dolor dispone de un poder tan grande, en su gobierno misericordioso, que es nuestra medida y nuestro peso —nuestro mérito y nuestra única esperanza, en esas sombras formidables que nos llegan en la agonía y nos envuelven cuando empezamos a resistirnos en el sepulcro. El Dolor lo es todo en la vida, y, porque lo es todo, extraemos de él, como del inagotable girón de Dios, todos los tipos de nuestros pensamientos y todas la formas superiores de la Verdad. Por eso, la expresión suprema del Dolor —¡el GRITO!— es también la expresión de la alegría suprema y del amor que ya no tiene medida, ¡ya sea el amor terrenal o el divino Amor, la alegría del cielo o la alegría del infierno! Y cuando los Poetas —esas águilas consumadas en el cielo del amor— se esfuerzan por cantar como la tierra jamás ha cantado, su alma se eleva y se escapa de ellos, como el grito trágico de aquel pobre soldado que agonizaba en las tinieblas, y es entonces cuando son tan sublimes y se adueñan tan despóticamente de nuestros corazones! El viejo Homero gritaba, sumido en las tinieblas de su clarividente ceguera, Esquilo gritaba, y Dante también y tú, gran Shakespeare, ¡¡qué clamores lanzaron ustedes, capaces de hacer caer las inmóviles estrellas de ese cielo ardiente del que apenas descendían sus almas!!… Pero el más altivo de todos, el Grande entre los más grandes, ¡Blaise Pascal, en fin!, ¿qué hizo toda su vida sino gritar y eructar su corazón hacia Dios, con los esfuerzos espantosos de su genio pascaliano en lucha con el infernal genio de la Desesperación?

LÉON BLOY

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán


XII

Pendant la dernière guerre, j’entendis, un soir, un cri terrible. On s’éloignait du champ de bataille et la journée, selon l’ordinaire, n’avait point été heureuse. On laissait derrière soi quelques camarades mourants qu’il n’était pas possible d’emporter dans la déroute et que la mort, plus heureuse que nous, devait emporter dans sa victoire. La neige tombait en même temps que la nuit et mêlait la mélancolie de sa blancheur à la noire mélancolie du jour expirant. La campagne, au loin, était pleine d’embûches et de menaces et nous allions, silencieux et sombres, à travers un morne bois dépouillé, autour duquel fumait encore la plaine tragique, saoûle, ce soir là, du sang de la France. Une tristesse pesante et noire, — comme un pressentiment de mort exhalé de la bouche ouverte des morts, — s’étendait sur nous et nous enveloppait invinciblement. Moments redoutables ! heures paniques de la Guerre où les plus fiers courages se détendent et s’affaissent, après le tumulte et les orageuses agitations de la colère dans une sourde et latente pensée de terreur !!! Tout-à-coup, — la nuit ayant achevé de dérouler sur nos têtes son plus sombre manteau, — un cri, un seul cri, plus effrayant que tous les spectres qui eussent pu nous apparaître, — le cri d’une Douleur suprême accouchant d’une Mort désespérée ! — se fit entendre à côté de nous, dans ces ténèbres palpables que nos yeux démesurément ouverts n’avaient plus la force de pénétrer : Et l’effet de cette clameur solitaire fut si terrible et si soudain que notre colonne toute entière en reçut instantanément la commotion et se retourna !... comme si la Mort elle-même avait passé là et comme s’il avait fallu que nous escortassions jusqu’au fond des enfers, cette Reine des Épouvantements !! — Aujourd’hui, je me souviens des terreurs de cette nuit épouvantable et ce cri, cet inoubliable cri, d’une angoisse presque surnaturelle, je l’entends encore ! Il est en moi désormais, comme la réalité extérieure et sensible des rêves les plus poignants de la Douleur, mais aussi, comme une expression accomplie des pensées et des sentiments les plus hauts, quand ils atteignent à une exceptionnelle intensité et qu’il n’y a plus de paroles terrestres pour les formuler. Les orages intérieurs de l’âme humaine, — qui donc, en effet, pourrait l’ignorer ! — les douleurs et les joies immenses, l’Admiration, l’Amour suprêmes, tous les sentiments excessifs, — tout ce qui nous déracine de la terre pour nous écraser contre les portes de saphir de l’éternelle patrie des cieux, — tout cela est inexprimable en un langage articulé et savant, mais, à défaut de tous les langages, le cri reste toujours, le suprême cri, verbe unique du cœur, où l’âme éperdue peut encore se précipiter, quand elle est par trop bouleversée et qu’elle n’est plus capable de se contenir !

XIII

La Douleur qui fait tant crier les pauvres hommes et qu’ils ont si poétiquement traitée de cruelle alors même qu’elle ne les accablait pas, la Douleur dispose d’un si grand pouvoir, dans son gouvernement miséricordieux, qu’elle est notre mesure et notre poids, — notre mérite et notre seul espoir, dans ces ombres formidables qui nous arrivent à l’agonie et qui nous enveloppent quand nous commençons de broncher dans le tombeau. La Douleur est tout dans la vie, et parce qu’elle est tout, nous puisons en elle comme dans l’inépuisable giron de Dieu, tous les types de nos pensées et toutes les formules supérieures de la Vérité. À cause de cela, l’expression suprême de la Douleur, — le CRI ! — est aussi l’expression de la joie suprême et de l’amour qui n’a plus de mesure, que ce soit l’amour terrestre ou le divin Amour, la joie du ciel ou la joie de l’enfer ! Et lorsque les Poëtes, — ces aigles consumés dans le ciel de l’amour, — s’efforcent de chanter comme la terre n’a jamais chanté, leur âme s’élance et s’échappe d’eux, comme le cri tragique de ce pauvre soldat mourant dans les ténèbres, et c’est alors qu’ils sont si sublimes et qu’ils s’emparent si despotiquement de nos cœurs ! Le vieil Homère criait, dans les ténèbres de sa clairvoyante cécité, Eschyle criait, et le Dante aussi et toi, grand Shakespeare ! ne poussâtes-vous pas des clameurs à faire tomber les immobiles étoiles de ce ciel brûlant d’où vos âmes descendaient à peine !!.. Mais le plus fier de tous, le Grand, parmi les plus grands, Blaise Pascal, enfin ! qu’a-t-il fait toute sa vie, sinon de crier et d’éructer son cœur vers Dieu, dans les efforts épouvantables de son génie pascalien aux prises avec l’infernal génie du Désespoir ?


lunes, 6 de enero de 2025

Barbey d'Aurevilly: Sobre Las Flores del Mal de Baudelaire

SOBRE LAS FLORES DEL MAL DE BAUDELAIRE


Mi querido Baudelaire,

Le envío el artículo que me pidió, que  por una razón de conveniencia, fácil de entender, no ha podido ser publicado en Le Pays, ya que se trataba de usted. Me alegraría mucho, mi querido amigo, que este artículo influyera un poco en el ánimo de quien lo va a defender y en la opinión de quienes serán llamados a juzgarlo.

Suyo,

Jules Barbey d'Aurevilly

24 de julio de 1857

Partes I y II

III

Esta idea, como ya hemos dicho en todo lo que precede, es el pesimismo más completo. La literatura satánica, que viene ya de lejos, pero que tenía un lado romántico y falso, sólo ha producido cuentos para estremecerse o balbuceos de niño, en comparación con estas realidades espantosas y estos poemas claramente articulados donde la erudición del mal en todas las cosas se mezcla con la ciencia de las palabras y del ritmo. Puesto que para Charles Baudelaire, llamar arte a su hábil manera de escribir versos no sería decir lo suficiente. Es casi un artificio. Espíritu de minuciosa investigación, el autor de Las Flores del mal es un taimado en literatura, y su talento, que es innegable, trabajado, elaborado, complicado con la paciencia de un chino, es en sí mismo una flor del mal de los cálidos invernaderos de una Decadencia. Por su lengua y su estilo, Baudelaire, que saluda a Théophile Gautier como su maestro en el comienzo de su colección, pertenece a esa escuela que cree que todo se pierde, incluso el honor, con la primera rima débil, en la poesía más elevada y vigorosa. Es uno de esos materialistas refinados y ambiciosos que apenas conciben otra cosa que la perfección —la perfección material—, y que a veces saben cómo alcanzarla; pero en lo que concierne la inspiración es mucho más profundo que su escuela, y ha descendido tanto a la sensación, de la que esta escuela nunca sale, que terminó por encontrase solo allí, como un león de la originalidad. Sensualista, pero el más profundo de los sensualistas, y furioso por no ser más que eso, el autor de Las Flores de Mal se adentra en la sensación hasta el límite extremo, hasta esa misteriosa puerta del Infinito con la que se topa, pero que no sabe abrir, y, enfurecido, se vuelve contra el lenguaje y derrama en él su furia. Pensemos en ese lenguaje, aún más plástico que poético, manejado y tallado como el bronce y la piedra, y donde la frase tiene volutas y acanaladuras; pensemos en algo del gótico florido o de la arquitectura morisca aplicada a esa sencilla construcción que tiene un sujeto, un régimen y un verbo; luego, en esas volutas y acanaladuras de una frase que adopta las formas más variadas como lo haría un cristal, supongamos todos los pimientos, todos los alcoholes, todos los venenos, minerales, vegetales, animales, y los más ricos y abundantes, si pudiéramos verlos, que se extraen del corazón del hombre, y tendremos la poesía de Baudelaire, esa poesía siniestra y violenta, desgarradora y asesina, que no se parece a las obras más oscuras de esta época que se siente morir. Es algo, en su íntima ferocidad, que posee un tono desconocido en la literatura. Si en algunos lugares, como en la obra La Gigante o en Don Juan en los infiernos —un grupo en mármol blanco y negro— una poesía de piedra, di sasso, como el comendador—, Baudelaire recuerda la forma de Victor Hugo, pero condensada y sobre todo purificada; si en algunos otros, como en Una Carroña, la única poesía espiritualista de la colección, en la que el poeta se venga de la podredumbre aborrecida mediante la inmortalidad de un recuerdo querido:

 

Alors, ô ma beauté ! dites à la vermine

Qui vous mangera de baisers,

Que j’ai gardé la forme et l’essence divine

De mes amours décomposés !

 

¡Decid, hermosa, entonces, al verme que extermina

     y que besará vuestros restos,

     que yo guardé la forma y la esencia divina

     de mis amores descompuestos!

[Versión de Manuel Santayana Ruiz]

 

pensamos en Auguste Barbier, en todas partes el autor de Las Flores del Mal es él mismo y planea altivamente por encima de todos los talentos de su tiempo. Un crítico lo decía el otro día (Edmond Thierry, de Le Moniteur), en una apreciación superior: ¡para encontrar algún parentesco con esta poesía implacable, este verso brutal, condensado y sonoro, este verso de acero que suda sangre, hay que remontarse hasta Dante, Magnus Parens! Es un honor para Charles Baudelaire haber podido evocar, con un espíritu delicado y justo, un recuerdo tan grande.

Hay algo de Dante, en efecto, en el autor de las Flores del mal, pero se trata del Dante de una época caída, de un Dante ateo y moderno, de un Dante que vino después de Voltaire, en una época que no tendrá  a Santo Tomás. El poeta de estas flores, que ulceran el pecho sobre el que se posan, no tiene el aspecto imponente de su majestuoso predecesor, y no es culpa suya. Pertenece a una edad atribulada, escéptica, burlona, nerviosa, que se retuerce en las ridículas esperanzas de transformaciones y metempsicosis; no tiene esa fe del gran poeta católico que le daba la augusta calma de la seguridad en todos los dolores de la vida. El carácter de la poesía de Las Flores del Mal, a excepción de algunos escasos poemas que la desesperación terminó por congelar, es la inquietud, la furia, la mirada convulsa, no la mirada oscuramente clara y límpida del Vidente de Florencia. La musa de Dante contempló el infierno con aire soñador, ¡la musa de Las Flores del Mal lo respira con las fosas nasales crispadas como las de un caballo que olfatea un obús! Una viene del infierno, la otra se dirige allí. Si la primera es más augusta, la otra es quizás más conmovedora. Carece de la épica maravillosa que tanto eleva la imaginación y calma sus terrores en la serenidad con la que los genios verdaderamente excepcionales saben revestir sus obras más apasionadas. Por el contrario, posee horribles realidades que nos son familiares y que son demasiado repugnantes para permitir incluso la abrumadora serenidad del desprecio. Baudelaire no se propuso ser un poeta satírico en sus Flores del Mal, y sin embargo lo es, si no en sus conclusiones y enseñanzas, al menos en la sublevación de su alma, en sus imprecaciones y sus gritos. Es el misántropo de la vida culpable, y a menudo imaginamos, mientras leemos, que si Timón de Atenas hubiera tenido el genio de Arquíloco, ¡habría podido escribir así sobre la naturaleza humana e insultarla mientras la describía!

 

IV

No podemos ni queremos citar nada del poemario en cuestión, y he aquí por qué: un poema citado sólo tendría su valor individual, y no hay que equivocarse, en el libro de Baudelaire, cada poema tiene, más que el acierto de los detalles o la fortuna del pensamiento, un valor de conjunto y de situación muy importante que no debemos hacer que pierda al separarlo de él. Los artistas que ven las líneas bajo el lujo y la eflorescencia del color percibirán muy bien que hay aquí una arquitectura secreta, un plan calculado por el poeta, meditado y deliberado. Las Flores del Mal no se suceden como tantas piezas líricas, dispersas por la inspiración y reunidas en una colección sin otro motivo que el de reunirlas. Son menos poemas que una obra poética de la más fuerte unidad. Desde el punto de vista del arte y de la sensación estética, por lo tanto, perderían mucho si no se leyeran en el orden en que el poeta, que sabe lo que hace, los ha dispuesto. Pero perderían mucho más desde el punto de vista del efecto moral que señalamos al principio de este artículo.

En cuanto a este efecto, sobre el que es muy importante insistir, evitemos cuidadosamente disminuirlo. Lo que impedirá el desastre que podría producir este veneno, servido en esta copa, es su fuerza. Las mentes de los hombres, a las que convertiría en átomos, no son capaces de absorberlo en tales proporciones, sin volverlo a vomitar, y una crispación semejante dada al espíritu de este tiempo, atrofiado y debilitado, puede salvarlo sacándolo de su cobarde debilidad por medio del horror. Los hombres solitarios ponen cráneos a su lado cuando duermen. Aquí tenemos a un Rancé, sin fe, que le ha cortado la cabeza al ídolo material de su vida; que, como Calígula, ha buscado en su interior lo que amaba y que grita desde la nada de todo, ¡contemplándola! ¿Cómo podría no ser esto algo patético y saludable?... Cuando un hombre y su poesía han descendido tanto —cuando se han hundido tan bajo, en la conciencia de la infelicidad incurable que yace en el núcleo de todos los placeres de la existencia—, la poesía y el hombre sólo pueden volver a levantarse. Charles Baudelaire no es uno de esos poetas que tienen un solo libro en la cabeza y no dejan de repetirlo. Pero ya sea porque ha secado su vena poética (cosa que no creemos) expresando y retorciendo el corazón del hombre aun cuando no es más que una esponja podrida, o bien, por el contrario, porque lo ha dejado del todo vacío con una primera espuma, ahora se ve obligado a callar, porque ha dicho las palabras supremas sobre el mal de la vida — o a hablar otro idioma. Después de las Flores del Mal, al poeta que las hizo brotar sólo le quedan dos opciones: ¡pegarse un tiro… o hacerse cristiano!

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán



III

Cette idée, nous l’avons dit déjà par tout ce qui précède c’est le pessimisme le plus achevé. La littérature satanique, qui date d’assez loin déjà, mais qui avait un côté romanesque et faux, n’a produit que des contes pour faire frémir ou des bégayements d’enfançon, en comparaison de ces réalités effrayantes et de ces poésies nettement articulées où l’érudition du mal en toutes choses se mêle à la science des mots et du rhythme. Car pour M. Charles Baudelaire, appeler un art sa savante manière d’écrire en vers ne dirait point assez. C’est presque un artifice. Esprit d’une laborieuse recherche, l’auteur des Fleurs du mal est un retors en littérature, et son talent, qui est incontestable, travaillé, ouvragé, compliqué avec une patience de Chinois, est lui-même une fleur du mal venue dans les serres chaudes d’une Décadence. Par la langue et le faire, M. Baudelaire, qui salue, à la tête de son recueil, M. Théophile Gautier pour son maître, est de cette école qui croit que tout est perdu, et même l’honneur, à la première rime faible, dans la poésie la plus élancée et la plus vigoureuse. C’est un de ces matérialistes raffinés et ambitieux qui ne conçoivent guère qu’une perfection, — la perfection matérielle —, et qui savent parfois la réaliser ; mais par l’inspiration il est bien plus profond que son école, et il est descendu si avant dans la sensation, dont cette école ne sort jamais, qu’il a fini par s’y trouver seul, comme un lion d’originalité. Sensualiste, mais le plus profond des sensualistes, et enragé de n’être que cela, l’auteur des Fleurs du mal va dans la sensation jusqu’à l’extrême limite, jusqu’à cette mystérieuse porte de l’Infini à laquelle il se heurte, mais qu’il ne sait pas ouvrir, et de rage il se replie sur la langue et passe ses fureurs sur elle. Figurez-vous cette langue, plus plastique encore que poétique, maniée et taillée comme le bronze et la pierre, et où la phrase a des enroulements et des cannelures ; figurez-vous quelque chose du gothique fleuri ou de l’architecture moresque appliqué à cette simple construction qui a un sujet, un régime et un verbe ; puis, dans ces enroulements et ces cannelures d’une phrase qui prend les formes les plus variées comme les prendrait un cristal, supposez tous les piments, tous les alcools, tous les poisons, minéraux, végétaux, animaux, et ceux-là les plus riches et les plus abondants, si on pouvait les voir, qui se tirent du cœur de l’homme, et vous avez la poésie de M. Baudelaire, cette poésie sinistre et violente, déchirante et meurtrière dont rien n’approche dans les plus noirs ouvrages de ce temps qui se sent mourir. Cela est, dans sa férocité intime, d’un ton inconnu en littérature. Si à quelques places, comme dans la pièce la Géante ou dans Don Juan aux enfers, — un groupe en marbre blanc et noir, — une poésie de pierre, di sasso, comme le commandeur, — M. Baudelaire rappelle la forme de M. Victor Hugo, mais condensée et surtout purifiée ; si à quelques autres, comme la Charogne, la seule poésie spiritualiste du recueil, dans laquelle le poëte se venge de la pourriture abhorrée par l’immortalité d’un cher souvenir :

Alors, ô ma beauté ! dites à la vermine

Qui vous mangera de baisers,

Que j’ai gardé la forme et l’essence divine

De mes amours décomposés !

 on se souvient de M. Auguste Barbier, partout ailleurs l’auteur des Fleurs du mal est lui-même et tranche fièrement sur tous les talents de ce temps. Un critique le disait l’autre jour (M. Ed. Thierry, du Moniteur), dans une appréciation supérieure : pour trouver quelque parenté à cette poésie implacable, à ce vers brutal, condensé et sonore, ce vers d’airain qui sue du sang, il faut remonter jusqu’au Dante, Magnus Parens ! C’est l’honneur de M. Charles Baudelaire d’avoir pu évoquer, dans un esprit délicat et juste, un si grand souvenir !

Il y a du Dante, en effet, dans l’auteur des Fleurs du mal, mais c’est du Dante d’une époque déchue, c’est du Dante athée et moderne, du Dante venu après Voltaire, dans un temps qui n’aura point de saint Thomas. Le poëte de ces fleurs, qui ulcèrent le sein sur lequel elles reposent, n’a pas la grande mine de son majestueux devancier, et ce n’est pas sa faute. Il appartient à une époque troublée, sceptique, railleuse, nerveuse, qui se tortille dans les ridicules espérances des transformations et des métempsycoses ; il n’a pas la foi du grand poëte catholique qui lui donnait le calme auguste de la sécurité dans toutes les douleurs de la vie. Le caractère de la poésie des Fleurs du mal, à l’exception de quelques rares morceaux que le désespoir a fini par glacer, c’est le trouble, c’est la furie, c’est le regard convulsé, et non pas le regard sombrement clair et limpide du Visionnaire de Florence. La muse du Dante a rêveusement vu l’enfer, celle des Fleurs du mal le respire d’une narine crispée comme celle du cheval qui hume l’obus ! L’une vient de l’enfer, l’autre y va. Si la première est plus auguste, l’autre est peut-être plus émouvante. Elle n’a pas le merveilleux épique qui enlève si haut l’imagination et calme ses terreurs dans la sérénité dont les génies tout à fait exceptionnels savent revêtir leurs œuvres les plus passionnées. Elle a, au contraire, d’horribles réalités que nous connaissons et qui dégoûtent trop pour permettre même l’accablante sérénité du mépris. M. Baudelaire n’a pas voulu être dans son livre des Fleurs du mal un poëte satirique, et il l’est pourtant, sinon de conclusion et d’enseignement, au moins de soulèvement d’âme, d’imprécations et de cris. Il est le misanthrope de la vie coupable, et souvent on s’imagine, en lisant, que si Timon d’Athènes avait eu le génie d’Archiloque, il aurait pu écrire ainsi sur la nature humaine et l’insulter en la racontant !

 

IV

Nous ne pouvons ni ne voulons rien citer du recueil de poésies en question, et voici pourquoi : une pièce citée n’aurait que sa valeur individuelle, et il ne faut pas s’y méprendre, dans le livre de M. Baudelaire, chaque poésie a, de plus que la réussite des détails ou la fortune de la pensée, une valeur très importante d’ensemble et de situation qu’il ne faut pas lui faire perdre en la détachant. Les artistes qui voient les lignes sous le luxe et l’efflorescence de la couleur percevront très bien qu’il y a ici une architecture secrète, un plan calculé par le poëte, méditatif et volontaire. Les Fleurs du mal ne sont pas à la suite les unes des autres comme tant de morceaux lyriques, dispersés par l’inspiration et ramassés dans un recueil sans d’autre raison que de les réunir. Elles sont moins des poésies qu’une œuvre poétique de la plus forte unité. Au point de vue de l’art et de la sensation esthétique, elles perdraient donc beaucoup à n’être pas lues dans l’ordre où le poëte, qui sait ce qu’il fait, les a rangées. Mais elles perdraient bien davantage au point de vue de l’effet moral que nous avons signalé au commencement de cet article.

Cet effet, sur lequel il importe beaucoup de revenir, gardons-nous bien de l’énerver. Ce qui empêchera le désastre de ce poison, servi dans cette coupe, c’est sa force ! L’esprit des hommes, qu’il bouleverserait en atomes, n’est pas capable de l’absorber dans de telles proportions, sans le revomir, et une telle contraction donnée à l’esprit de ce temps, affadi et débilité, peut le sauver en l’arrachant par l’horreur à sa lâche faiblesse. Les solitaires ont auprès d’eux des têtes de mort quand ils dorment. Voici un Rancé, sans la foi, qui a coupé la tête à l’idole matérielle de sa vie ; qui, comme Caligula, a cherché dedans ce qu’il aimait et qui crie du néant de tout, en la regardant ! Croyez-vous donc que ce ne soit pas là quelque chose de pathétique et de salutaire ?… Quand un homme et une poésie en sont descendus jusque-là, — quand ils ont dévalé si bas, dans la conscience de l’incurable malheur qui est au fond de toutes les voluptés de l’existence, poésie et homme ne peuvent plus que remonter. M. Charles Baudelaire n’est pas un de ces poëtes qui n’ont qu’un livre dans le cerveau et qui vont le rabâchant toujours. Mais qu’il ait desséché sa veine poétique (ce que nous ne pensons pas) parce qu’il a exprimé et tordu le cœur de l’homme lorsqu’il n’est plus qu’une éponge pourrie, ou qu’il l’ait, au contraire, survidée d’une première écume, il est tenu de se taire maintenant, car il a dit les mots suprêmes sur le mal de la vie, — ou de parler un autre langage. Après les Fleurs du mal, il n’y a plus que deux partis à prendre pour le poëte qui les fit éclore : ou se brûler la cervelle… ou se faire chrétien !


sábado, 4 de enero de 2025

Léon Bloy: La Medusa-Astruc I


LA MEDUSA ASTRUC

CARTA DE BARBEY D’AUREVILLY A LÉON BLOY

 

Valognes, 18 de septiembre.


 Aquí van mis saetas.

Que lo colmen a usted de valor y, en lugar de muerte y sufrimiento, le den vida...

¡Que le devuelvan el corazón y la fe en sí mismo, como tuve la suerte de devolvérsela a mi querido Maurice de Guérin!

 

J. Barbey d'Aurevilly

I

La otra —la de Minerva y la de Júpiter— petrificaba a los monstruos y transformaba en bloques inertes a los enemigos colosales de los Dioses del Olimpo. Todo lo que se alzaba contra ellos, fueran hombren o animales, podía encontrarse, a medio camino de sus cielos infranqueables, con el chorro exterminador de los ojos muertos y fijos de la Gorgona decapitada [Aquí hay un estilo que Buffon habría calificado, por la forma en que se mueve y camina, de articulaciones de león]. Ese era el tormento de los orgullosos y de los rebeldes a los que espantantaba el rayo, y la Musa velada de esa fabulosa tradición pensó, sin duda, que era digno de la ira de los Dioses de los mortales inmortalizar así —en la insolente estupidez de su desdén y en la amenazadora inmovilidad de su gesto— a esos indómitos Sublevados de la tierra que se medían —¡como siempre!— con su propia insolencia y que los truenos vengadores [Es membrudo y potente, cargado, sí, pero no pesado] podrían haber hecho aún más grandes —¡golpeándolos!

 

II

Pero ésta —esta nueva Medusa que nuestro último escultor ha plantado, para espanto y petrificación de los burgueses de la tierra, sobre la Égida de su joven gloria—, este busto de Medusa, vivo, fulgurante, extraordinario, no tiene otra inmortalidad para comunicar que la que recibió del artista omnipotente que, como Dios, la hizo salir de un montón de barro, y la del hombre aún más asombroso de quien es la imagen. ¡Oh poder misterioso del Arte! cuando tantas almas ya no pueden ser impregnadas por ti —¡bien lo saben ustedes, artistas y poetas desdichados!—, cuando hay tantos corazones tan sobrenaturalmente pesados que nada, nada tuyo puede, por última vez, hacerlos palpitar; ¡oh santo vengador de todas las grandezas despreciadas —empezando por la tuya—, este es pues tu supremo esfuerzo! ¡Ah! esta obra es aún más bella y más fuerte que la Muerte, que el Dolor y que el Desprecio, esa triple diadema de los que hoy buscan la Belleza en la tierra, y si los hombres un día ya no quieren saber nada contigo, oh Facultad divina, puedes, entretanto, humillarlos una vez más y —con el rayo de la MEDUSA-ASTRUC,  atormentar una vez más a tus abyectos atormentadores!

 

III

¿Y cómo puede entonces el odioso, el vil burgués, esa alma baja y sórdida con la que el primer canalla triunfante puede hacer una alfombra para sus pies, ese cobarde y tembloroso proveedor de la envidia humana —de quien los ultrajes son el más bello laurel del genio y las alabanzas el más deshonroso fango donde puede sumergirse la punta de la gran ala azul de las aves del séptimo cielo—, ¿cómo pretender que, en una ocasión semejante, ese vientre social no se sienta humillado, horripilado y profundamente atormentado? ¡Es una obra estatuaria, de una belleza inaudita, aterradora, capaz de hacer bajar del cielo a las catorce Dominaciones que custodiaban al viejo Miguel Ángel! Mis ojos la han contemplado muchas veces, y esa visión aún perdura. En mi memoria se yergue como un sueño de grandeza más que humana, pesadilla de desesperante superioridad que oprime mi corazón con su divino agobio. Ojalá pudiera contársela a ustedes tal como la vi pasar por mi alma. Pero cuando es preciso, con débiles palabras, balbuceadas por hombres más débiles, esculpir exteriormente nuestros entusiasmos y los misteriosos poemas de nuestros recuerdos [Todo esto es muy grande, de un bello giro poético, -y byroniano]; —¡ay Dios mío! nuestros pensamientos se demoran entonces en nuestros pensamientos, nuestra memoria no es más que una ruina llena de tristezas heladas y de ecos fúnebres, y nuestros propios sonidos, más hostiles y más pesados que esos impenetrables cielos extendidos sobre nuestras cabezas ante la frente ofendida de la Majestad divina, nuestros sentidos curiosos y ávidos nos arrojan sobre esta dura tierra impregnada con la amargura de las lágrimas que, desde hace seis mil años, la dolorosa humanidad derrama sobre ella!...

(continuará)
LÉON BLOY
Traducción, para Literatura & Traducciones de Miguel Ángel Frontán

Valognes, 18 septembre.


 Voici mes sagettes.

Qu’elles vous pénètrent de courage et qu’au lieu de la mort et de la souffrance, elles vous donnent la vie…

Que je vous relève le cœur et la foi en vous, comme j’ai eu le bonheur des les relever à mon bien-aimé Maurice de Guérin !

 

J. Barbey d’Aurevilly


LA MÉDUSE-ASTRUC


I 

L’autre, — celle de Minerve et de Jupiter, — pétrifiait les monstres et transformait en blocs inertes les ennemis démesurés des Dieux de l’Olympe. Tout ce qui se dressait contre ceux-ci, hommes ou bêtes, pouvait rencontrer, à moitié chemin de leurs cieux infranchissables, le jaillissement exterminateur des yeux morts et fixes de la Gorgone décapitée [C’est là un style que Buffon aurait appelé pour la manière dont il se meut et marche : des articulations de lion]. C’était là le supplice des orgueilleux et des révoltés que la foudre n’épouvantait pas, et la Muse voilée de cette fabuleuse tradition pensa, sans doute, qu’il était digne de la colère des Dieux des mortels d’immortaliser ainsi, — dans l’insolente stupidité de leur dédain et dans la menaçante immobilité de leur geste, — ces indomptables Soulevés de la terre qui se mesuraient, — comme toujours ! — à leur propre insolence et que les tonnerres vengeurs [C’est membré et puissant de démarche, chargé, oui, mais pas lourd] eussent pu grandir encore — en les frappant !

 

II

Mais celle-ci, –cette nouvelle Méduse que notre dernier sculpteur a plantée, pour l’épouvante et la pétrification des bourgeois de la terre sur l’Égide de sa jeune gloire, — ce buste méduséen, vivant fulgurant, formidable, n’a pas d’autre immortalité à communiquer que celle qu’il a reçue de l’artiste omnipotent qui, comme Dieu, l’a fait sortir d’un tas de boue, et de l’homme plus étonnant encore dont il est l’image. Ô puissance mystérieuse de l’Art ! lorsque tant d’âmes ne peuvent plus être pénétrées par toi, — vous le savez artistes et poëtes infortunés ! — lorsqu’il existe tant de cœurs d’un si surnaturel appesantissement que rien, rien de toi ! ne peut plus les faire, une dernière fois, palpiter ; ô sainte Vengeresse de toutes les grandeurs méprisées, — à commencer par la tienne, — voilà donc ton suprême effort ! Ah ! cette œuvre est encore plus belle et plus forte que la Mort, que la Douleur et que le Mépris, ce triple diadème de ceux qui cherchent aujourd’hui la Beauté sur la terre, et si les hommes, un jour, ne veulent plus de toi, ô Faculté divine, tu peux, en attendant, les humilier encore et, — du coup de foudre de la MÉDUSE-ASTRUC, — désoler une fois de plus tes abjects désolateurs !

 

III

Et comment donc l’odieux, le vil bourgeois, cette âme basse et sordide dont le premier goujat triomphant peut se faire un tapis pour ses pieds, ce lâche et tremblant pourvoyeur de l’envie humaine, — de qui les outrages sont le plus beau laurier du génie et les louanges le plus déshonorant bourbier où puisse tremper l’extrémité de la grande aile bleue des oiseaux du septième ciel ; — comment voudriez-vous qu’en une telle rencontre, ce ventre social ne fût pas humilié, horripilé et désolé profondément ? Il s’agit d’une œuvre de statuaire, d’une beauté inouïe, effrayante, à faire descendre du ciel les quatorze Dominations qui gardaient le vieux Michel-Ange ! Mes yeux l’ont plusieurs fois contemplée et cette vision dure encore. Elle se dresse dans ma mémoire, comme un rêve d’une grandeur plus qu’humaine, cauchemar de désespérante supériorité qui oppresse mon cœur de son divin accablement. Je voudrais pouvoir vous la raconter telle que je l’ai vue passer à travers mon âme. Mais, quand il faut, avec de faibles mots, balbutiés par de plus faibles hommes, sculpter extérieurement nos enthousiasmes et les mystérieuses poésies de nos souvenirs [Tout cela est très grand, d’un beau tour poétique, — et byronien]; — hélas ! mon Dieu ! nos pensées s’appesantissent alors sur nos pensées, notre mémoire n’est plus qu’une ruine pleine de tristesses glacées et d’échos funèbres, et nos propres sons, plus ennemis et plus pesants que ces impénétrables cieux étendus au-dessus de nos têtes devant le front offensé de la Majesté divine, nos sens curieux et avides nous précipitent sur cette dure terre pénétrée de l’amertume des larmes que, depuis six mille ans, la douloureuse humanité répand sur elle !…

miércoles, 3 de abril de 2024

Barbey d'Aurevilly: Sobre Las Flores del Mal de Baudelaire

SOBRE LAS FLORES DEL MAL DE BAUDELAIRE

 

Mi querido Baudelaire,

Le envío el artículo que me pidió, que  por una razón de conveniencia, fácil de entender, no ha podido ser publicado en Le Pays, ya que se trataba de usted. Me alegraría mucho, mi querido amigo, que este artículo influyera un poco en el ánimo de quien lo va a defender y en la opinión de quienes serán llamados a juzgarlo.

Suyo,

Jules Barbey de Aurevilly

24 de julio de 1857.

 

LAS FLORES DEL MAL

I

 

Si sólo hubiera talento en Las Flores del Mal de Charles Baudelaire, ciertamente habría suficiente como para atraer la atención de los críticos y cautivar a los entendidos, pero en ese libro, difícil de caracterizar en primer lugar, y sobre el que nuestro deber es evitar cualquier confusión y cualquier malentendido, hay mucho más que talento para agitar las mentes y cautivarlas...  Charles Baudelaire, el traductor de las obras completas de Edgar Poe, que ya ha dado a conocer a Francia el extraño narrador, y que le dará a conocer pronto el poderoso poeta que acompañaba al narrador; Baudelaire que, en lo que se refiere al genio, parece ser el hermano menor de su querido Edgar Poe, ya había esparcido, por aquí y por allá, algunos de los poemas que recopila y publica. Sabemos la impresión que produjeron en su momento. A la primera aparición, al primer olor de estas Flores del Mal, como él las llama, de estas (hay que decirlo, ya que son las Flores del Mal) horribles flores, de brillo y olor salvajes, la gente gritó por todos lados que se asfixiaba y que el ramo estaba envenenado. La moral delicada decía que iba a matar como las tuberosas matan a las mujeres en el parto, y, efectivamente mata de la misma manera. Es un prejuicio. En una época tan depravada por los libros como la nuestra, Las Flores del Mal no harán mucho mal, nos atrevemos a decir. Y no lo harán, no sólo porque somos los Mitrídates de las espantosas drogas que hemos tragado durante veinticinco años, sino también por una razón mucho más segura, derivada del acento de la profundidad del acento de un libro que, a nuestro juicio, debe producir el efecto absolutamente contrario al que se aparenta temer. Crean ustedes sólo a medias el título. El libro de Baudelaire no es Las Flores del Mal. Es el extracto más violento que se haya hecho de esas flores malditas. ¡Pero la tortura que tiene que producir semejante veneno salva de los peligros de la embriaguez!

 

¡Tal es la moralidad, inesperada, deliberada quizás, pero cierta, que surgirá de este libro cruel y atrevido cuya idea ha capturado la imaginación de un artista! Repugnante como la verdad, la que a menudo lo es, ¡ay! en el mundo de la Caída, este libro será moral a su manera; ¡y no sonrían ustedes!, esa manera es nada menos que la de la propia todopoderosa Providencia, que envía el castigo tras el crimen, la enfermedad tras el exceso, el remordimiento, la tristeza, el aburrimiento, toda la vergüenza y todo el dolor que nos degradan y nos devoran por haber transgredido sus leyes. El poeta de Las Flores del Mal ha expresado, uno tras otro, todos esos hechos divinamente vengativos. Su musa fue a buscarlos en su propio cuerpo entreabierto, y los sacó a la luz con una mano tan despiadadamente implacable como la del romano que se sacó las entrañas. Ciertamente, el autor de Las Flores del Mal no es un Catón. No es ni de Útica ni de Roma. No es ni el Estoico ni el Censor. Pero cuando se trata de desgarrar el alma humana a través de la suya propia, es tan resuelto y tan impasible como el que se desgarró únicamente el cuerpo tras una lectura de Platón. ¡El Poder que castiga la vida es aún más impasible que él! Sus sacerdotes, es cierto, lo predican. Pero él mismo nos lo atestigua sólo con los golpes que nos da. ¡Ahí están sus voces!, como dijo Juana de Arco. Dios es la represalia infinita. Quisimos el mal, y el mal engendra. Nos gustó el venenoso néctar, y lo tomamos en una dosis tan alta que la naturaleza humana se resquebraja y un día se disuelve por completo. Hemos sembrado la semilla amarga, recogemos las flores funestas. Baudelaire, que las juntó y las volvió a juntar, no dijo que esas Flores del Mal fueran hermosas, que oliesen bien, que habría que adornarse la frente con ellas, llenarse las manos con ellas, y que en eso consistía la sabiduría. Por el contrario, al nombrarlas, las reprobó. En una época en la que el sofisma refuerza la cobardía, y en la que cada uno es el doctrinario de sus vicios, Baudelaire no dijo nada en favor de los que moldeó tan enérgicamente en sus versos. No se lo acusará de haberlos hecho amables. Están allí horribles, desnudos, temblando, a medias devorados por ellos mismos, como uno los concibe en el infierno. Éste es, en efecto, el avance de la herencia infernal que toda persona culpable lleva en el pecho durante su vida. El poeta, terrible y aterrorizado, ha querido hacernos respirar la abominación de esa espantosa cesta que lleva, como una pálida canéfora, sobre su cabeza erizada de horror. ¡Es, realmente, un gran espectáculo! Desde el culpable, cosido en un saco y arrojado bajo los puentes húmedos y negros de la Edad Media, al grito de dejar pasar la justicia, no hemos visto nada más trágico que la tristeza de esta poesía culpable, que lleva el peso de sus vicios en su frente lívida. ¡Así que dejémosla pasar también! Podemos tomarla como una justicia, ¡la justicia de Dios!

 

II

Después de haber dicho esto, no seremos nosotros los que afirmemos que la poesía de Las Flores del Mal es poesía personal. Sin duda, siendo lo que somos, todos llevamos (incluso los más fuertes) algún jirón sangrante de nuestro corazón en nuestras obras, y el poeta de Las Flores del Mal está sujeto a esa ley como cada uno de nosotros. Lo único que queremos hacer notar es que, contrariamente a la mayor parte de la lírica actual, tan preocupada por su egoísmo y sus pobres pequeñas impresiones, la poesía de Baudelaire es menos la efusión de un sentimiento individual que una firme concepción de su espíritu. Aunque muy lírico de expresión y de impulso, el poeta de Las Flores del Mal es, en el fondo, un poeta dramático. Éste es su futuro. Su presente libro es un drama anónimo del que es hacedor universal, y por eso no mezquina ni el horror ni el asco, ni cualquier cosa de horrendo que pueda producir la naturaleza humana corrompida. Tampoco Shakespeare y Molière mezquinaron el detalle repugnante de la expresión cuando el primero pintó su Iago, y el segundo su Tartufo. La cuestión para ellos consistía sólo en esto: “¿Hay hombres hipócritas y pérfidos?” Si los hay, entonces tienen que expresarse como hipócritas y pérfidos. Eran malvados los que hablaban; ¡los poetas eran inocentes! Incluso cierto día (la anécdota es conocida), Molière lo recordó al margen de su Tartufo, a propósito de un verso demasiado odioso; y Baudelaire ha tenido la debilidad... o la precaución de Molière.

En este libro, donde todo está en verso hasta el prefacio, encontramos una nota en prosa que no puede dejar ninguna duda no sólo sobre la manera de proceder del autor de Las Flores del Mal, sino también sobre su noción del Arte y de la Poesía; ya que Baudelaire es un artista de la voluntad, de la reflexión y de la combinación sobre todo. “Fiel —dice— a su doloroso programa, el autor de Las Flores del Mal tuvo, como perfecto actor, que amoldar su mente a todos los sofismas así como a todo tipo de corrupción”. Esto es un hecho. Sólo los que no quieren entender, no entenderán. De modo que, como el viejo Goethe, que se hizo comerciante turco de pastillas en su Diván, y nos dio así un libro de poesía —más dramático que lírico también, y que es quizás su obra maestra—, el autor de Las Flores del Mal se hizo canalla, blasfemo, impío, por el pensamiento, de modo idéntico a como Goethe se hizo turco. Ha interpretado una comedia, pero es la comedia sangrienta de la que habla Pascal. Ese profundo soñador que está en el fondo de todo gran poeta se preguntó en Baudelaire qué sería de la poesía al pasar por una cabeza organizada, por ejemplo, como la de Calígula o Heliogábalo, y Las Flores del Mal —esas flores monstruosas— florecieron para instrucción y humillación de todos nosotros; pues no es inútil, ¡claro que no! saber lo que puede florecer en el estiércol del cerebro humano, descompuesto por nuestros vicios. Es una buena lección. Sólo que, por una inconsecuencia que nos concierne y cuya causa conocemos, se mezclan con esos poemas, imperfectos por eso desde el punto de vista absoluto de su autor, los gritos de un alma cristiana, enferma de infinitud, que rompen la unidad de la terrible obra, y que Calígula y Heliogábalo no habrían proferido. El cristianismo ha penetrado tanto en nosotros que distorsiona incluso nuestras concepciones del arte deliberado en las mentes más enérgicas y conscientes. El autor de Las Flores del Mal, un gran poeta que no se cree cristiano y que en su libro, positivamente, no quiere serlo, se llamó autor de Las Flores del Mal —uno no tiene impunemente mil ochocientos años de cristianismo. ¡Es algo más fuerte que el más fuerte de nosotros! Está muy bien ser un artista formidable, desde el punto de vista más fijo, con la voluntad más sostenida, y haber jurado ser ateo como Shelley, loco como Leopardi, impersonal como Shakespeare, indiferente a todo excepto a la belleza, como Goethe, por un tiempo uno va así —miserable y soberbio—,  como un actor que se siente a gusto con la máscara exitosa de sus rasgos maquillados; pero sucede que, de repente, en el fondo de uno de sus poemas más amargamente tranquilos o más cruelmente salvajes, uno se descubre cristiano en un medio tono inesperado, en una última palabra que desentona —pero que desentona para nosotros deliciosamente en el corazón:

 

¡Dame, Señor, la fuerza y  el coraje

De contemplar mi corazón y mi cuerpo sin asco!

 

Sin embargo, tenemos que reconocerlo, esas inconsecuencias, casi fatales, son bastante raras en el libro de Baudelaire. El artista, vigilante y de una perseverancia inaudita en la fija contemplación de su idea, no se dejó vencer en demasía.

(continuará)

JULES BARBEY D’AUREVILLY

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 

Mon cher Baudelaire,

Je vous envoie l’article que vous m’avez demandé et qu’une convenance, facile à comprendre, a empêché Le Pays de faire paraître, puisque vous étiez en cause. Je serais bien heureux, mon cher ami, si cet article avait un peu d’influence sur l’esprit de celui qui va vous défendre et sur l’opinion de ceux qui seront appelés à vous juger.

Tout à vous,

Jules Barbey d’Aurevilly.

24 juillet 1857.

LES FLEURS DU MAL

I

S’il n’y avait que du talent dans les Fleurs du mal de M. Charles Baudelaire, il y en aurait certainement assez pour fixer l’attention de la critique et captiver les connaisseurs, mais dans ce livre difficile à caractériser tout d’abord, et sur lequel notre devoir est d’empêcher toute confusion et toute méprise, il y a bien autre chose que du talent pour remuer les esprits et les passionner… M. Charles Baudelaire, le traducteur des œuvres complètes d’Edgar Poe, qui a déjà fait connaître à la France le bizarre conteur, et qui va incessamment lui faire connaître le puissant poëte dont le conteur était doublé, M. Baudelaire qui, de génie, semble le frère puîné de son cher Edgar Poe, avait déjà éparpillé, çà et là, quelques-unes des poésies qu’il réunit et qu’il publie. On sait l’impression qu’elles produisirent alors. À la première apparition, à la première odeur de ces Fleurs du mal, comme il les nomme, de ces fleurs (il faut bien le dire, puisqu’elles sont les Fleurs du mal) horribles de fauve éclat et de senteur, on cria de tous les côtés à l’asphyxie et que le bouquet était empoisonné ! Les moralités délicates disaient qu’il allait tuer comme les tubéreuses tuent les femmes en couche, et il tue en effet de la même manière. C’est un préjugé. À une époque aussi dépravée par les livres que l‘est la nôtre, les Fleurs du mal n’en feront pas beaucoup, nous osons l’affirmer. Et elles n’en feront pas, non seulement parce que nous sommes les Mithridates des affreuses drogues que nous avons avalées depuis vingt-cinq ans, mais aussi pour une raison beaucoup plus sûre, tirée de l’accent, — de la profondeur d’accent d’un livre qui, selon nous, doit produire l’effet absolument contraire à celui que l’on affecte de redouter. N’en croyez le titre qu’à moitié ! Ce ne sont pas les Fleurs du mal que le livre de M. Baudelaire. C’est le plus violent extrait qu’on ait jamais fait de ces fleurs maudites. Or la torture que doit produire un tel poison sauve des dangers de son ivresse !

Telle est la moralité, inattendue, volontaire peut-être, mais certaine, qui sortira de ce livre cruel et osé dont l’idée a saisi l’imagination d’un artiste ! Révoltant comme la vérité, qui l’est souvent, hélas ! dans le monde de la Chute, ce livre sera moral à sa manière ; et ne souriez pas ! cette manière n’est rien moins que celle de la toute-puissante Providence elle-même, qui envoie le châtiment après le crime, la maladie après l’excès, le remords, la tristesse, l’ennui, toutes les hontes et toutes les douleurs qui nous dégradent et nous dévorent pour avoir transgressé ses lois. Le poëte des Fleurs du mal a exprimé, les uns après les autres, tous ces faits divinement vengeurs. Sa muse est allée les chercher dans son propre corps entr’ouvert, et elle les a tirés à la lumière d’une main aussi impitoyablement acharnée que celle du Romain qui tirait hors de lui ses entrailles. Certes, l’auteur des Fleurs du mal n’est pas un Caton. Il n’est ni d’Utique ni de Rome. Il n’est ni le Stoïque, ni le Censeur. Mais quand il s’agit de déchirer l’âme humaine à travers la sienne, il est aussi résolu et aussi impassible que celui qui ne déchira que son corps, après une lecture de Platon. La Puissance qui punit la vie est encore plus impassible que lui ! Ses prêtres, il est vrai, prêchent pour elle. Mais elle-même ne s’atteste à nous que par les coups dont elle nous frappe. Voilà ses voix ! comme dit Jeanne d’Arc. Dieu, c’est le talion infini. On a voulu le mal, et le mal engendre. On a trouvé bon le vénéneux nectar, et l’on en a pris à si haute dose, que la nature humaine en craque et qu’un jour elle s’en dissout tout à fait ! On a semé la graine amère, on recueille les fleurs funestes. M. Baudelaire, qui les a cueillies et recueillies, n’a pas dit que ces Fleurs du mal étaient belles, qu’elles sentaient bon, qu’il fallait en orner son front, en emplir ses mains, et que c’était là la sagesse. Au contraire, en les nommant, il les a flétries. Dans un temps où le sophisme raffermit la lâcheté et où chacun est le doctrinaire de ses vices, M. Baudelaire n’a rien dit en faveur de ceux qu’il a moulés si énergiquement dans ses vers. On ne l’accusera pas de les avoir rendus aimables. Ils y sont hideux, nus, tremblants, à moitié dévorés par eux-mêmes, comme on les conçoit dans l’enfer. C’est là en effet l’avancement d’hoirie infernale que tout coupable a de son vivant dans la poitrine. Le poëte, terrible et terrifié, a voulu nous faire respirer l’abomination de cette épouvantable corbeille qu’il porte, pâle canéphore, sur sa tête hérissée d’horreur. C’est là réellement un grand spectacle ! Depuis le coupable cousu dans un sac qui déferlait sous les ponts humides et noirs du moyen âge, en criant qu’il fallait laisser passer une justice, on n’a rien vu de plus tragique que la tristesse de cette poésie coupable, qui porte le faix de ses vices sur son front livide. Laissons-la donc passer aussi ! On peut la prendre pour une justice, — la justice de Dieu !

 

II

Après avoir dit cela, ce n’est pas nous qui affirmeront que la poésie des Fleurs du mal est de la poésie personnelle. Sans doute, étant ce que nous sommes, nous portons tous (et même les plus forts) quelque lambeau saignant de notre cœur dans nos œuvres, et le poëte des Fleurs du mal est soumis à cette loi comme chacun de nous. Ce que nous tenons seulement à constater, c’est que, contrairement au plus grand nombre des lyriques actuels, si préoccupés de leur égoïsme et de leurs pauvres petites impressions, la poésie de M. Baudelaire est moins l’épanchement d’un sentiment individuel qu’une ferme conception de son esprit. Quoique très lyrique d’expression et d’élan, le poëte des Fleurs du mal est, au fond, un poëte dramatique. Il en a l’avenir. Son livre actuel est un drame anonyme dont il est facteur universel, et voilà pourquoi il ne chicane ni avec l’horreur, ni avec le dégoût, ni avec rien de ce que peut produire de plus hideux la nature humaine corrompue. Shakespeare et Molière n’ont pas chicané non plus avec le détail révoltant de l’expression quand ils ont peint l’un, son Iago, l’autre, son Tartuffe. Toute la question pour eux était celle-ci : « Y a-t-il des hypocrites et des perfides ? » S’il y en avait, il fallait bien qu’ils s’exprimassent comme des hypocrites et des perfides. C’étaient des scélérats qui parlaient ; les poëtes étaient innocents ! Un jour même (l’anecdote est connue), Molière le rappela à la marge de son Tartuffe, en regard d’un vers par trop odieux, et M. Baudelaire a eu la faiblesse… ou la précaution de Molière.

Dans ce livre, où tout est en vers jusqu’à la préface, on trouve une note en prose qui ne peut laisser aucun doute non seulement sur la manière de procéder de l’auteur des Fleurs du mal, mais encore sur la notion qu’il s’est faite de l’Art et de la Poésie ; car M. Baudelaire est un artiste de volonté, de réflexion et de combinaison avant tout. « Fidèle — dit-il, — à son douloureux programme, l’auteur des Fleurs du mal a dû, en parfait comédien, façonner son esprit à tous les sophismes comme à toutes les corruptions. » Ceci est positif. Il n’y a que ceux qui ne veulent pas comprendre, qui ne comprendront pas. Donc, comme le vieux Gœthe, qui se transforma en marchand de pastilles turc dans son Divan, et nous donna ainsi un livre de poésie, — plus dramatique que lyrique aussi, et qui est peut-être son chef-d’œuvre, — l’auteur des Fleurs du mal s’est fait scélérat, blasphémateur, impie, par la pensée, absolument comme Gœthe s’est fait Turc. Il a joué une comédie, mais c’est la comédie sanglante dont parle Pascal. Ce profond rêveur qui est au fond de tout grand poëte s’est demandé en M. Baudelaire ce que deviendrait la poésie en passant par une tête organisée, par exemple, comme celle de Caligula ou d’Héliogabale, et les Fleurs du mal, — ces monstrueuses, — se sont épanouies pour l’instruction et l’humiliation de nous tous ; car il n’est pas inutile, allez ! de savoir ce qui peut fleurir dans le fumier du cerveau humain, décomposé par nos vices. C’est une bonne leçon. Seulement, par une inconséquence qui nous touche et dont nous connaissons la cause, il se mêle à ces poésies, imparfaites par là au point de vue absolu de leur auteur, des cris d’âme chrétienne, malade d’infini, qui rompent l’unité de l’œuvre terrible, et que Caligula et Héliogabale n’auraient pas poussés. Le christianisme nous a tellement pénétrés, qu’il fausse jusqu’à nos conceptions d’art volontaire, dans les esprits les plus énergiques et les plus préoccupés. S’appelât-on l’auteur des Fleurs du mal, — un grand poëte qui ne se croit pas chrétien et qui dans son livre positivement ne veut pas l’être, — on n’a pas impunément dix-huit cents ans de christianisme derrière soi. Cela est plus fort que le plus fort de nous ! On a beau être un artiste redoutable, au point de vue le plus arrêté, à la volonté la plus soutenue, et s’être juré d’être athée comme Shelley, forcené comme Leopardi, impersonnel comme Shakspeare, indifférent à tout, excepté à la beauté, comme Gœthe, on va quelque temps ainsi, — misérable et superbe —, comédien à l’aise dans le masque réussi de ses traits grimés ; — mais il arrive que, tout à coup, au bas d’une de ses poésies le plus amèrement calmes ou le plus cruellement sauvages, on se retrouve chrétien dans une demi-teinte inattendue, dans un dernier mot qui détonne — mais qui détonne pour nous délicieusement dans le cœur :

Ah ! Seigneur ! donnez-moi la force et le courage

De contempler mon cœur et mon corps sans dégoût !

Cependant, nous devons l’avouer, ces inconséquences, presque fatales, sont assez rares dans le livre de M. Baudelaire. L’artiste, vigilant et d’une persévérance inouïe dans a fixe contemplation de son idée, n’a pas été trop vaincu.