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sábado, 8 de mayo de 2021

Albert Camus y Julio Cortázar: El artista es el testigo de la libertad

EL ARTISTA ES EL TESTIGO DE LA LIBERTAD

Alocución pronunciada en la sala Pleyel, en noviembre de 1948, durante una reunión internacional de escritores. 

Estamos en un tiempo en que los hombres, empujados por mediocres y feroces ideologías, se acostumbran a tener vergüenza de todo. Vergüenza de sí mismos, vergüenza de ser felices, de amar o de crear. Un tiempo en el que Racine se sonrojaría de Berenice mientras Rembrandt, para hacerse perdonar el haber pintado La Ronda Nocturna, correría a inscribirse en el comité de la esquina. Los escritores y los artistas actuales tienen enfermiza la conciencia, y entre nosotros está de moda hacer que se excuse nuestro oficio. Por cierto que se pone bastante celo en ayudarnos. De todos los ángulos de nuestra sociedad política se alza un clamor que nos concierne y que nos conmina a justificamos. Es preciso que nos justifiquemos de ser inútiles a la vez que de servir, por nuestra misma inutilidad, a malas causas. Y cuando contestamos que es muy difícil descargarse de acusaciones tan contradictorias, se nos dice que es imposible justificarse a ojos de todos, pero que podemos lograr el generoso perdón de algunos tomando su partido, que si va uno a creerles es por lo demás el único verdadero. Cuando este tipo de argumento fracasa, se dice entonces al artista: "Vea la miseria del mundo. ¿Qué hace usted por ella?” Ante esta cínica extorsión, el artista podría contestar: ‘‘¿La miseria del mundo? No le agrego nada. ¿Quién de entre ustedes puede decir lo mismo?” Pero no es menos cierto que ninguno de nosotros, si tiene alguna exigencia, puede permanecer indiferente al llamado que asciende de una humanidad desesperada. Es preciso, pues, sentirse culpable a todo trance. Henos aquí arrastrados al confesonario laico, el peor de todos.

Y sin embargo, la cosa no es tan sencilla. La elección que nos piden no depende de ella misma; está determinada por otras elecciones hechas anteriormente. Y la primera elección que hace un artista es precisamente la de ser un artista. Y si ha elegido ser un artista, lo ha hecho en consideración a lo que él mismo es, y a causa de una cierta idea que se hace del arte. Y si tales razones le han parecido bastante buenas para justificar su elección, hay posibilidades de que continúen siendo lo bastante buenas para ayudarlo a definir su posición frente a la historia. Por lo menos es lo que yo pienso; y esta noche quisiera singularizarme un tanto poniendo el acento —puesto que hablamos aquí libremente y a título individual—, no sobre una conciencia culpable que no tengo, sino sobre los dos sentimientos que frente a la miseria del mundo, y a causa de ella precisamente, experimento con relación a nuestro oficio: quiero decir la gratitud y el orgullo. Ya que es preciso justificarse, quisiera decir por qué se está justificado al ejercer, dentro de los límites de nuestras fuerzas y nuestros talentos, un oficio que, en medio de un mundo reseco por el odio, nos permite a cada uno decir tranquilamente que no es el enemigo mortal de nadie. Pero esto pide ser explicado y yo no puedo hacerlo sin hablar un poco del mundo en que vivimos, y de aquello que nosotros, artistas y escritores, estamos consagrados a hacer en él.

El mundo que nos circunda está sumido en la desgracia, y se nos pide que hagamos algo por cambiarlo. Pero ¿cuál es esa desgracia? A primera vista se define sencillamente: se ha matado mucho en el mundo durante los últimos años, y algunos prevén que se volverá a matar. Un número tan grande de muertos acaba por tornar pesada la atmósfera. Naturalmente, no es cosa nueva. La historia oficial fue siempre la historia de los grandes asesinos. Y no es de hoy que Caín mata a Abel. Pero sí es de hoy que Caín mata a Abel en nombre de la lógica, y reclama luego la Legión de Honor. Tomaré un ejemplo para que se me comprenda mejor.

Durante las grandes huelgas de noviembre de 1947, los diarios anunciaron que el verdugo de París, M. Desfourneau, suspendería también su trabajo. A mi entender, no se reparó suficientemente en esta decisión de nuestro compatriota. Sus reivindicaciones eran precisas. Exigía, naturalmente, una prima por cada ejecución, lo que es natural en todo convenio. Pero sobre todo reclamaba enérgicamente la categoría de jefe administrativo. En efecto, quería recibir del Estado, a quien tenía conciencia de servir bien, la única consagración, el único honor tangible que una nación moderna puede ofrecer a sus buenos servidores; quiero decir, una categoría administrativa. Así se extinguía, bajo el peso de la historia, una de nuestras últimas profesiones liberales. Se apagaba, lo repito, bajo el peso de la historia. En los tiempos bárbaros, una aureola terrible mantenía al verdugo apartado del mundo. Su oficio lo hacía aquel que atenta contra el misterio de la vida y de la carne. Era y se sabía un objeto de horror. Y ese horror consagraba al mismo tiempo el precio de la vida humana. Hoy, el verdugo es tan sólo un objeto de pudor. Y en estas condiciones encuentro que tiene razón en no querer seguir siendo el pariente pobre al que se deja en la cocina porque no tiene las uñas limpias. En una civilización donde el asesinato y la violencia son ya doctrinas y están en camino de convertirse en instituciones, los verdugos tienen pleno derecho a entrar en los cuadros administrativos. A decir verdad, los franceses vivimos un poco retrasados. Aquí y allá en el mundo, los ejecutores están ya instalados en los sillones ministeriales. Solamente que han reemplazado el hacha por el sello de goma.

Cuando la muerte llega a ser asunto de estadísticas y administración, es que en verdad los asuntos del mundo no caminan. Pero si la muerte llega a ser abstracta, es que la vida lo es también. Y la vida de cada uno no puede ser sino abstracta a partir del momento en que se osa plegarla a una ideología. La desgracia es que estamos en el tiempo de las ideologías y de las ideologías totalitarias, es decir lo bastante seguras de sí mismas, de su razón imbécil o de su pequeña verdad, para no ver la salvación del mundo más que en su propia dominación. Y querer dominar a alguien o alguna cosa es desear la esterilidad, el silencio o la muerte de ese alguien. Basta, para comprobarlo, mirar en torno nuestro.

No hay vida sin diálogo. Y el diálogo ha sido reemplazado hoy por la polémica en la mayor parte del mundo. El siglo XX es el siglo de la polémica y el insulto. Entre las naciones y los individuos, al nivel mismo de las disciplinas antaño desinteresadas, ocupan el lugar que tenía tradicionalmente el diálogo reflexivo. Millares de voces, día y noche, prosiguiendo cada una por su lado un tumultuoso monólogo, vuelcan sobre los pueblos un torrente de palabras mistificadoras, ataques, defensas, exaltaciones. Pero ¿cuál es el mecanismo de la polémica? Consiste en considerar al adversario como enemigo, y por consiguiente simplificarlo y rehusarse a verlo. Cuando insulto a alguien, no sé ya el color de sus ojos, ni si se pone a sonreír, ni cómo lo hace. Vueltos casi ciegos por obra de la polémica, ya no vivimos entre hombres sino en un mundo de siluetas.

No hay vida sin persuasión. Y la historia actual sólo conoce la intimidación. Los hombres viven y sólo pueden vivir basándose en la idea de que tienen algo en común donde es siempre posible encontrarse. Pero hemos descubierto esto: hay hombres a quienes no se persuade. A una víctima de los campos de concentración le era y le es imposible explicar a quienes la envilecen que no deben hacerlo. Porque estos últimos no representan ya a los hombres sino a una idea, alzada a la temperatura de la más inflexible de las voluntades. Quien quiere dominar está sordo. Frente a él hay que batirse o morir. Es por eso que los hombres de hoy viven bajo el terror. En el Libro de los Muertos se lee que para merecer el perdón, el egipcio justo debía poder decir: ‘‘No he causado miedo a nadie”. En estas condiciones y en el día del juicio final, vanamente se buscará a nuestros grandes contemporáneos en la fila de los bienaventurados.

¿Qué hay de asombroso en que estas siluetas, de ahora en adelante sordas y ciegas, aterrorizadas, alimentadas a tickets, y cuya entera vida se resume en una ficha policial, puedan ser luego tratadas como abstracciones anónimas? Resulta interesante comprobar que los regímenes surgidos de estas ideologías son precisamente aquellos que, por sistema, proceden al desarraigamiento de las poblaciones, paseándolas por la superficie de Europa como símbolos exangües que sólo adquieren vida irrisoria en las cifras de las estadísticas. Desde que estas hermosas filosofías entraron en la historia, enormes masas de hombres, en las que sin embargo cada uno tenía antaño una manera de dar la mano, son sepultadas definitivamente bajo las dos iniciales de las personas desplazadas, que un mundo sumamente lógico ha inventado para ellas.

Sí, todo eso es lógico. Cuando se quiere unificar el mundo entero en nombre de una teoría, no hay otro camino que el de tornar ese mundo tan descarnado, ciego y sordo como la teoría misma. No hay otro camino que el de cortar las raíces que unen al hombre con la vida y la naturaleza. No es por azar que en la gran literatura europea desde Dostoievski no se encuentran paisajes. No es por azar que, en vez de interesarse por los matices del corazón y las verdades del amor, los libros significativos de hoy sólo se apasionan por los jueces, los procesos y la mecánica de las acusaciones: que en vez de abrir las ventanas a la belleza del mundo, se las cierra con cuidado para la angustia de los solitarios. No es por azar que el filósofo que inspira hoy todo el pensamiento europeo es aquel para quien sólo la ciudad moderna permite al espíritu tomar conciencia de sí mismo, y que llegó hasta a decir que la naturaleza es abstracta y sólo la razón concreta. Tal el punto de vista de Hegel, y tal el punto de partida de una inmensa aventura de la inteligencia, aquella que acaba por matarlo todo. En el gran espectáculo de la naturaleza, estos espíritus embriagados ya sólo se ven a sí mismos. Es la ceguera final.

¿Por qué ir más allá? Quienes conocen las ciudades europeas destruidas saben de lo que hablo. Sus ruinas ofrecen la imagen de este mundo descarnado, extenuado de orgullo, donde a lo largo de un monótono apocalipsis vagan fantasmas en busca de una perdida amistad con la naturaleza y con los seres. El gran drama del hombre de Occidente está en que entre él y su devenir histórico no se interponen más las fuerzas de la naturaleza ni las de la amistad. Cortadas sus raíces, resecos sus brazos, se confunde ya con las horcas que le están prometidas. Pero al menos, llegados a ese colmo de extravío, nada debe impedirnos denunciar el engaño de este siglo que finge correr tras el imperio de la razón mientras busca tan sólo las razones de amor que ha perdido. Y nuestros escritores, que lo saben bien, acaban por adherir a ese desventurado y descarnado sucedáneo del amor, que se llama la moral. Los hombres de hoy pueden quizá dominarlo todo en sí mismos, y tal es su grandeza. Pero hay al menos una cosa que la mayoría no podrá volver a encontrar nunca: la fuerza de amor que les ha sido quitada. He ahí por qué tienen vergüenza. Y es bien justo que los artistas compartan esta vergüenza puesto que contribuyen a ella. Pero que al menos sepan decir que tienen vergüenza de sí mismos y no de su oficio.

Porque todo lo que constituye la dignidad del arte se opone a semejante mundo y lo recusa. Por el solo hecho de existir, la obra de arte niega las conquistas de la ideología. Uno de los sentidos de la historia de mañana es la lucha, ya iniciada, entre los conquistadores y los artistas. Ambos, sin embargo, se proponen el mismo fin. La acción política y la creación son las dos caras de una misma rebelión contra los desórdenes del mundo. En ambos casos se quiere dar al mundo su unidad. Y durante mucho tiempo la causa del artista y la del novador político han sido confundidas. La ambición de Bonaparte es la misma que la de Goethe. Pero Bonaparte nos dejó el tambor en los liceos, y Goethe las Elegías Romanas. Y desde que intervinieron las ideologías de la eficacia apoyadas en la técnica, desde que, por un sutil movimiento, el revolucionario llegó a ser conquistador, las dos corrientes de pensamiento divergieron. Pues lo que busca el conquistador de izquierda o derecha no es la unidad, que representa ante todo la armonía de los contrarios, sino la totalidad, que es el aplastamiento de las diferencias. El artista distingue allí donde el conquistador nivela. El artista que vive y crea al nivel de la carne y de la pasión, sabe que nada es simple y que lo otro existe. El conquistador quiere que lo otro no exista; su mundo es un mundo de amos y esclavos, este mismo en que vivimos. El mundo del artista es el del debate vivo, el de la comprensión. No conozco una sola gran obra que se haya edificado solamente sobre el odio, mientras que conocemos los imperios del odio. En un tiempo en que el conquistador, por la lógica misma de su actitud, se convierte en ejecutor y policía, el artista está forzado a ser refractario. Frente a la sociedad política contemporánea, la única actitud coherente del artista —o de lo contrario tiene que renunciar al arte— es la repulsa sin concesión. Aun cuando lo quisiera, no puede ser cómplice de aquellos que emplean el lenguaje o los medios de las ideologías contemporáneas.

He ahí por qué es vano e irrisorio pedirnos justificación y compromiso. El artista es por su función misma el testigo de la libertad, y es ésta una justificación que suele pagar cara. Está comprometido por su función en el más inextricable espesor de la historia, ahí donde se ahoga la carne misma del hombre. Siendo como es el mundo, estamos comprometidos en él, pase lo que pase, y somos por naturaleza los enemigos de los ídolos abstractos que en él triunfan hoy en día, sean nacionales o partidarios. Y no lo somos en nombre de la moral y la virtud, como se busca hacer creer por un engaño suplementario. No somos virtuosos. Con ver el aire antropométrico que toma la virtud en nuestros reformadores, no hay por qué lamentarlo. Es en nombre de la pasión del hombre por aquello que hay de único en el hombre, que rechazaremos siempre esas empresas que se cubren con lo que hay de más miserable en la razón.

Pero esto define al mismo tiempo nuestra solidaridad. Puesto que debemos defender el derecho de cada uno a la soledad, nunca más volveremos a ser solitarios. Estamos uno al lado del otro, no podemos trabajar completamente solos. Tolstoi pudo escribir la más grande novela de todas las literaturas acerca de una guerra que no había hecho. Nuestras guerras no nos dejan tiempo para escribir nada que no sean ellas mismas y, en el mismo momento, matan a Péguy y a millares de jóvenes poetas. He ahí por qué, superando nuestras diferencias que pueden ser grandes, encuentro que la reunión de estos hombres, esta noche, tiene un sentido. Más allá de las fronteras, sin saberlo a veces, trabajan juntos en los mil rostros de una misma obra que se levantará frente a la creación totalitaria. Juntos, sí, y con ellos esos millares de hombres que intentan alzar las formas silenciosas de sus creaciones en el tumulto de las ciudades. Y con ellos, también, los que no están aquí y que por la fuerza de las cosas se nos reunirán un día. Y aquellos otros que creen poder trabajar para la ideología totalitaria con los medios de su arte, siendo que en el seno mismo de su obra la potencia del arte hace estallar la propaganda, reivindica esa unidad de la que son los verdaderos servidores, y los señala a nuestra fraternidad forzosa a la vez que a la desconfianza de aquellos que los emplean provisoriamente.

Los verdaderos artistas no hacen buenos vencedores políticos, puesto que son incapaces de aceptar con ligereza la muerte del adversario. Están del lado de la vida, no del de la muerte. Son los testigos de la carne, no los de la ley. Su vocación los condena a abarcar aquello mismo que les es enemigo. Esto no significa, muy por el contrario, que sean incapaces de juzgar del bien y del mal. Mas su aptitud para vivir la vida ajena les permite reconocer, frente al peor criminal, la constante justificación de los hombres, que es el dolor. He ahí lo que nos impedirá siempre pronunciar la sentencia absoluta y, por consiguiente, ratificar el castigo absoluto. En el mundo de la condena de muerte, los artistas dan testimonio de aquello que se rehúsa a morir en el hombre. ¡Enemigo de nadie, salvo de los verdugos! Y es esto lo que los señalará siempre, eternos Girondinos, a las amenazas y a los golpes de nuestros Montañeses con mangas de lustrina. Después de todo, y por su incomodidad misma, esta mala posición constituye su grandeza. Un día vendrá en que todos lo reconocerán y, respetuosos de nuestras diferencias, los más legítimos de entre los nuestros dejarán de desgarrarse como lo hacen. Reconocerán que su más profunda vocación es la de defender hasta el límite el derecho de sus adversarios a no estar de acuerdo con ellos. Proclamarán, según su condición, que más vale equivocarse sin asesinar a nadie y dejando hablar a los otros, que tener razón en medio del silencio y los cadáveres. Tratarán de demostrar que si las revoluciones pueden triunfar por la violencia, sólo pueden mantenerse por el diálogo. V sabrán entonces que esta singular vocación les crea la más conmovedora de las fraternidades, la de los combates dudosos y las grandezas amenazadas, la que, a través de todas las edades de la inteligencia, no ha cesado jamás de combatir para afirmar contra las abstracciones de la historia aquello que excede toda historia, y que es la carne, sea sufriente o sea dichosa. Toda la Europa de hoy, alzada en su soberbia, les grita que esta empresa es irrisoria y vana. Pero todos nosotros estamos en el mundo para demostrar lo contrario. 

ALBERT CAMUS

Traducción de JULIO CORTÁZAR

Revista Sur nº 178. Buenos Aires, agosto de 1949 


L'ARTISTE EST LE TÉMOIN DE LA LIBERTÉ 

Nous sommes dans un temps où les hommes, poussés par de médiocres et féroces idéologies, s’habituent à avoir honte de tout. Honte d’eux-mêmes, honte d’être heureux, d’aimer ou de créer. Un temps où Racine rougirait deBérénice et où Rembrandt, pour se faire pardonner d’avoir peint la Ronde de nuit, courrait s’inscrire à la permanence du coin. Les écrivains et les artistes d’aujourd’hui ont ainsi la conscience souffreteuse et il est de mode parmi nous de faire excuser notre métier. À la vérité, on met quelque zèle à nous y aider. De tous les coins de notre société politique, un grand cri s’élève à notre adresse et qui nous enjoint de nous justifier. Il faut nous justifier d’être inutiles en même temps que de servir, par notre inutilité même, de vilaines causes. Et quand nous répondons qu’il est bien difficile de se laver d’accusations aussi contradictoires, on nous dit qu’il n’est pas possible de se justifier aux yeux de tous, mais que nous pouvons obtenir le généreux pardon de quelques-uns, en prenant leur parti, qui est le seul vrai d’ailleurs si on les en croit. Si ce genre d’argument fait long feu, on dit encore à l’artiste : « Voyez la misère du monde. Que faites-vous pour elle ? » À ce chantage cynique, l’artiste pourrait répondre : « La misère du monde ? Je n’y ajoute pas. Qui parmi vous peut en dire autant ? » Mais il n’en reste pas moins vrai qu’aucun d’entre nous, s’il a de l’exigence, ne peut rester indifférent à l’appel qui monte d’une humanité désespérée. Il faut donc se sentir coupable, à toute force. Nous voilà traînés au confessionnal laïque, le pire de tous.

Et pourtant ce n’est pas si simple. Le choix qu’on nous demande de faire ne va pas de lui-même ; il est déterminé par d’autres choix, faits antérieurement. Et le premier choix que fait un artiste, c’est précisément d’être un artiste. Et s’il a choisi d’être un artiste, c’est en considération de ce qu’il est lui-même et à cause d’une certaine idée qu’il se fait de l’art. Et si ces raisons lui ont paru assez bonnes pour justifier son choix, il y a des chances pour qu’elles continuent d’être assez bonnes pour l’aider à définir sa position vis-à-vis de l’histoire. C’est là du moins ce que je pense et je voudrais me singulariser un peu, ce soir, en mettant l’accent, puisque nous parlons ici librement, à titre individuel, non sur une mauvaise conscience, que je n’éprouve pas, mais sur les deux sentiments qu’en face et à cause même de la misère du monde, je nourris à l’égard de notre métier, c’est-à-dire la reconnaissance et la fierté. Puisqu’il faut se justifier, je voudrais dire pourquoi il y a une justification à exercer, dans les limites de nos forces et de nos talents, un métier qui, au milieu d’un monde desséché par la haine, permet à chacun de nous de dire tranquillement qu’il n’est l’ennemi mortel de personne. Mais ceci demande à être expliqué et je ne puis le faire qu’en parlant un peu du monde où nous vivons, et de ce que nous autres, artistes et écrivains, sommes voués à y faire.

 

Le monde autour de nous est dans le malheur et on nous demande de faire quelque chose pour le changer. Mais quel est ce malheur ? À première vue, il se définit simplement : on a beaucoup tué dans le monde ces dernières années et quelques-uns prévoient qu’on tuera encore. Un si grand nombre de morts, ça finit par alourdir l’atmosphère. Naturellement, ce n’est pas nouveau. L’histoire officielle a toujours été l’histoire des grands meurtriers. Et ce n’est pas d’aujourd’hui que Caïn tue Abel. Mais c’est aujourd’hui que Caïn tue Abel au nom de la logique et réclame ensuite la Légion d’honneur. Je prendrai un exemple pour me faire mieux comprendre.

Pendant les grandes grèves de novembre 1947, les journaux annoncèrent que le bourreau de Paris cesserait aussi son travail. On n’a pas assez remarqué, à mon sens, cette décision de notre compatriote. Ses revendications étaient nettes. Il demandait naturellement une prime pour chaque exécution, ce qui est dans la règle de toute entreprise. Mais, surtout, il réclamait avec force le statut de chef de bureau. Il voulait en effet recevoir de l’État, qu’il avait conscience de bien servir, la seule consécration, le seul honneur tangible, qu’une nation moderne puisse offrir à ses bons serviteurs, je veux dire un statut administratif. Ainsi s’éteignait, sous le poids de l’histoire, une de nos dernières professions libérales. Car c’est bien sous le poids de l’histoire, en effet. Dans les temps barbares, une auréole terrible tenait à l’écart du monde le bourreau. Il était celui qui, par métier, attente au mystère de la vie et de la chair. Il était et il se savait un objet d’horreur. Et cette horreur consacrait en même temps le prix de la vie humaine. Aujourd’hui, il est seulement un objet de pudeur. Et je trouve dans ces conditions qu’il a raison de ne plus vouloir être le parent pauvre qu’on garde à la cuisine parce qu’il n’a pas les ongles nets. Dans une civilisation où le meurtre et la violence sont déjà des doctrines et sont en passe de devenir des institutions, les bourreaux ont tout à fait le droit d’entrer dans les cadres administratifs. À vrai dire, nous autres Français sommes un peu en retard. Un peu partout dans le monde, les exécuteurs sont déjà installés dans les fauteuils ministériels. Ils ont seulement remplacé la hache par le tampon à encre.

Quand la mort devient affaire de statistiques et d’administration, c’est en effet que les affaires du monde ne vont pas. Mais si la mort devient abstraite, c’est que la vie l’est aussi. Et la vie de chacun ne peut pas être autrement qu’abstraite à partir du moment où on s’avise de la plier à une idéologie. Le malheur est que nous sommes au temps des idéologies et des idéologies totalitaires, c’est-à-dire assez sûres d’elles-mêmes, de leur raison imbécile ou de leur courte vérité, pour ne voir le salut du monde que dans leur propre domination. Et vouloir dominer quelqu’un ou quelque chose, c’est souhaiter la stérilité, le silence ou la mort de ce quelqu’un. Il suffit, pour le constater, de regarder autour de nous.

Il n’y a pas de vie sans dialogue. Et sur la plus grande partie du monde, le dialogue est remplacé aujourd’hui par la polémique. Le XXe siècle est le siècle de la polémique et de l’insulte. Elle tient, entre les nations et les individus, et au niveau même des disciplines autrefois désintéressées, la place que tenait traditionnellement le dialogue réfléchi. Des milliers de voix, jour et nuit, poursuivant chacune de son côté un tumultueux monologue, déversent sur les peuples un torrent de paroles mystificatrices, attaques, défenses, exaltations. Mais quel est le mécanisme de la polémique ? Elle consiste à considérer l’adversaire en ennemi, à le simplifier par conséquent et à refuser de le voir. Celui que j’insulte, je ne connais plus la couleur de son regard, ni s’il lui arrive de sourire et de quelle manière. Devenus aux trois quarts aveugles par la grâce de la polémique, nous ne vivons plus parmi des hommes, mais dans un monde de silhouettes.

Il n’y a pas de vie sans persuasion. Et l’histoire d’aujourd’hui ne connaît que l’intimidation. Les hommes vivent et ne peuvent vivre que sur l’idée qu’ils ont quelque chose en commun où ils peuvent toujours se retrouver. Mais nous avons découvert ceci : il y a des hommes qu’on ne persuade pas. Il était et il est impossible à une victime des camps de concentration d’expliquer à ceux qui l’avilissent qu’ils ne doivent pas le faire. C’est que ces derniers ne représentent plus des hommes, mais une idée, portée à la température de la plus inflexible des volontés. Celui qui veut dominer est sourd. En face de lui, il faut se battre ou mourir. C’est pourquoi les hommes d’aujourd’hui vivent dans la terreur. Dans le Livre des morts, on lit que le juste égyptien pour mériter son pardon devait pouvoir dire : « Je n’ai causé de peur à personne. » Dans ces conditions, on cherchera en vain nos grands contemporains, le jour du jugement dernier, dans la file des bienheureux.

Quoi d’étonnant à ce que ces silhouettes, désormais sourdes et aveugles, terrorisées, nourries de tickets, et dont la vie entière se résume dans une fiche de police, puissent être ensuite traitées comme des abstractions anonymes. Il est intéressant de constater que les régimes qui sont issus de ces idéologies sont précisément ceux qui, par système, procèdent au déracinement des populations, les promenant à la surface de l’Europe comme des symboles exsangues qui ne prennent une vie dérisoire que dans les chiffres des statistiques. Depuis que ces belles philosophies sont entrées dans l’histoire, d’énormes masses d’hommes, dont chacun pourtant avait autrefois une manière de serrer la main, sont définitivement ensevelies sous les deux initiales des personnes déplacées, qu’un monde très logique a inventées pour elles.

Oui, tout cela est logique. Quand on veut unifier le monde entier au nom d’une théorie, il n’est pas d’autres voies que de rendre ce monde aussi décharné, aveugle et sourd que la théorie elle-même. Il n’est pas d’autres voies que de couper les racines mêmes qui attachent l’homme à la vie et à la nature. Et ce n’est pas un hasard si l’on ne trouve pas de paysages dans la grande littérature européenne depuis Dostoïevski. Ce n’est pas un hasard si les livres significatifs d’aujourd’hui, au lieu de s’intéresser aux nuances du cœur et aux vérités de l’amour, ne se passionnent que pour les juges, les procès et la mécanique des accusations, si au lieu d’ouvrir les fenêtres sur la beauté du monde, on les y referme avec soin sur l’angoisse des solitaires. Ce n’est pas un hasard si le philosophe qui inspire aujourd’hui toute la pensée européenne est celui qui a écrit que seule la ville moderne permet à l’esprit de prendre conscience de lui-même et qui est allé jusqu’à dire que la nature est abstraite et que la raison seule est concrète. C’est le point de vue de Hegel, en effet, et c’est le point de départ d’une immense aventure de l’intelligence, celle qui finit par tuer toutes choses. Dans le grand spectacle de la nature, ces esprits ivres ne voient plus rien qu’eux-mêmes. C’est l’aveuglement dernier.

Pourquoi aller plus loin ? Ceux qui connaissent les villes détruites de l’Europe savent ce dont je parle. Elles offrent l’image de ce monde décharné, efflanqué d’orgueil, où le long d’une monotone apocalypse, des fantômes errent à la recherche d’une amitié perdue, avec la nature et avec les êtres. Le grand drame de l’homme d’Occident, c’est qu’entre lui et son devenir historique, ne s’interposent plus ni les forces de la nature ni celles de l’amitié. Ses racines coupées, ses bras desséchés, il se confond déjà avec les potences qui lui sont promises. Mais du moins, arrivé à ce comble de déraison, rien ne doit nous empêcher de dénoncer la duperie de ce siècle qui fait mine de courir après l’empire de la raison, alors qu’il ne cherche que les raisons d’aimer qu’il a perdues. Et nos écrivains le savent bien qui finissent tous par se réclamer de ce succédané malheureux et décharné de l’amour, qui s’appelle la morale. Les hommes d’aujourd’hui peuvent peut-être tout maîtriser en eux, et c’est leur grandeur. Mais il est au moins une chose que la plupart d’entre eux ne pourront jamais retrouver, c’est la force d’amour qui leur a été enlevée. Voilà pourquoi ils ont honte, en effet. Et il est bien juste que les artistes partagent cette honte puisqu’ils y ont contribué. Mais qu’ils sachent dire au moins qu’ils ont honte d’eux-mêmes et non pas de leur métier.

 

Car tout ce qui fait la dignité de l’art s’oppose à un tel monde et le récuse. L’œuvre d’art, par le seul fait qu’elle existe, nie les conquêtes de l’idéologie. Un des sens de l’histoire de demain est la lutte, déjà commencée, entre les conquérants et les artistes. Tous deux se proposent pourtant la même fin. L’action politique et la création sont les deux faces d’une même révolte contre les désordres du monde. Dans les deux cas, on veut donner au monde son unité. Et longtemps la cause de l’artiste et celle du novateur politique ont été confondues. L’ambition de Bonaparte est la même que celle de Goethe. Mais Bonaparte nous a laissé le tambour dans les lycées et Goethe les Élégies romaines. Mais depuis que les idéologies de l’efficacité, appuyées sur la technique, sont intervenues, depuis que par un subtil mouvement, le révolutionnaire est devenu conquérant, les deux courants de pensée divergent. Car ce que cherche le conquérant de droite ou de gauche, ce n’est pas l’unité qui est avant tout l’harmonie des contraires, c’est la totalité, qui est l’écrasement des différences. L’artiste distingue là où le conquérant nivelle. L’artiste qui vit et crée au niveau de la chair et de la passion, sait que rien n’est simple et que l’autre existe. Le conquérant veut que l’autre n’existe pas, son monde est un monde de maîtres et d’esclaves, celui-là même où nous vivons. Le monde de l’artiste est celui de la contestation vivante et de la compréhension. Je ne connais pas une seule grande œuvre qui se soit édifiée sur la seule haine, alors que nous connaissons les empires de la haine. Dans un temps où le conquérant, par la logique même de son attitude, devient exécuteur et policier, l’artiste est forcé d’être réfractaire. En face de la société politique contemporaine, la seule attitude cohérente de l’artiste, ou alors il lui faut renoncer à l’art, c’est le refus sans concession. Il ne peut être, quand même il le voudrait, complice de ceux qui emploient le langage ou les moyens des idéologies contemporaines.

Voilà pourquoi il est vain et dérisoire de nous demander justification et engagement. Engagés, nous le sommes, quoique involontairement. Et, pour finir, ce n’est pas le combat qui fait de nous des artistes, mais l’art qui nous contraint à être des combattants. Par sa fonction même, l’artiste est le témoin de la liberté, et c’est une justification qu’il lui arrive de payer cher. Par sa fonction même, il est engagé dans la plus inextricable épaisseur de l’histoire, celle où étouffe la chair même de l’homme. Le monde étant ce qu’il est, nous y sommes engagés quoi que nous en ayons, et nous sommes par nature les ennemis des idoles abstraites qui y triomphent aujourd’hui, qu’elles soient nationales ou partisanes. Non pas au nom de la morale et de la vertu, comme on essaie de le faire croire, par une duperie supplémentaire. Nous ne sommes pas des vertueux. Et à voir l’air anthropométrique que prend la vertu chez nos réformateurs, il n’y a pas à le regretter. C’est au nom de la passion de l’homme pour ce qu’il y a d’unique en l’homme, que nous refuserons toujours ces entreprises qui se couvrent de ce qu’il y a de plus misérable dans la raison.

Mais ceci définit en même temps notre solidarité à tous. C’est parce que nous avons à défendre le droit à la solitude de chacun que nous ne serons plus jamais des solitaires. Nous sommes pressés, nous ne pouvons pas œuvrer tout seuls. Tolstoï a pu écrire, lui, sur une guerre qu’il n’avait pas faite, le plus grand roman de toutes les littératures. Nos guerres à nous ne nous laissent le temps d’écrire sur rien d’autre que sur elles-mêmes et, dans le même moment, elles tuent Péguy et des milliers de jeunes poètes. Voilà pourquoi je trouve, par-dessus nos différences qui peuvent être grandes, que la réunion de ces hommes, ce soir, a du sens. Au-delà des frontières, quelquefois sans le savoir, ils travaillent ensemble aux mille visages d’une même œuvre qui s’élèvera face à la création totalitaire. Tous ensemble, oui, et avec eux, ces milliers d’hommes qui tentent de dresser les formes silencieuses de leurs créations dans le tumulte des cités. Et avec eux, ceux-là mêmes qui ne sont pas ici et qui par la force des choses nous rejoindront un jour. Et ces autres aussi qui croient pouvoir travailler pour l’idéologie totalitaire par les moyens de leur art, alors que dans le sein même de leur œuvre la puissance de l’art fait éclater la propagande, revendique l’unité dont ils sont les vrais serviteurs, et les désigne à notre fraternité forcée en même temps qu’à la méfiance de ceux qui les emploient provisoirement.

Les vrais artistes ne font pas de bons vainqueurs politiques, car ils sont incapables d’accepter légèrement, ah, je le sais bien, la mort de l’adversaire ! Ils sont du côté de la vie, non de la mort. Ils sont les témoins de la chair, non de la loi. Par leur vocation, ils sont condamnés à la compréhension de cela même qui leur est ennemi. Cela ne signifie pas, au contraire, qu’ils soient incapables de juger du bien et du mal. Mais, chez le pire criminel, leur aptitude à vivre la vie d’autrui leur permet de reconnaître la constante justification des hommes, qui est la douleur. Voilà ce qui nous empêchera toujours de prononcer le jugement absolu et, par conséquent, de ratifier le châtiment absolu. Dans le monde de la condamnation à mort qui est le nôtre, les artistes témoignent pour ce qui dans l’homme refuse de mourir. Ennemis de personne, sinon des bourreaux ! Et c’est ce qui les désignera toujours, éternels girondins, aux menaces et aux coups de nos montagnards en manchettes de lustrine. Après tout, cette mauvaise position, par son incommodité même, fait leur grandeur. Un jour viendra où tous le reconnaîtront, et, respectueux de nos différences, les plus valables d’entre nous cesseront alors de se déchirer comme ils le font. Ils reconnaîtront que leur vocation la plus profonde est de défendre jusqu’au bout le droit de leurs adversaires à n’être pas de leur avis. Ils proclameront, selon leur état, qu’il vaut mieux se tromper sans assassiner personne et en laissant parler les autres que d’avoir raison au milieu du silence et des charniers. Ils essaieront de démontrer que si les révolutions peuvent réussir par la violence, elles ne peuvent se maintenir que par le dialogue. Et ils sauront alors que cette singulière vocation leur crée la plus bouleversante des fraternités, celle des combats douteux et des grandeurs menacées, celle qui, à travers tous les âges de l’intelligence, n’a jamais cessé de lutter pour affirmer contre les abstractions de l’histoire ce qui dépasse toute histoire, et qui est la chair, qu’elle soit souffrante ou qu’elle soit heureuse. Toute l’Europe d’aujourd’hui, dressée dans sa superbe, leur crie que cette entreprise est dérisoire et vaine. Mais nous sommes tous au monde pour démontrer le contraire.

 

Fin 1947, David Rousset, Jean-Paul Sartre et Georges Altman, entre autres, créent le Rassemblement démocratique révolutionnaire (RDR), mouvement politique proposant une troisième voie alternative à la division de la gauche entre le bloc atlantiste et le bloc soviétique. Sans en être membre, Camus est un sympathisant du RDR et de sa revue La Gauche dans laquelle il publie deux textes au cours de l’année 1948. Le 13 décembre, Camus s’exprime à la Salle Pleyel (Paris) devant plus de 4.000 personnes à l’occasion d’un meeting du RDR auquel participent également André Breton, Jean-Paul Sartre, Richard Wright ou encore Carlo Levi. Le texte de l’allocution d’Albert Camus sera publié dans le dixième numéro de La Gauche du 20 décembre 1948 puis dans le premier numéro de la revue Empédocle (avril 1949).


 

 

 

sábado, 20 de junio de 2020

Albert Camus y Aurora Bernárdez: El marqués de Sade

EL MARQUÉS DE SADE

Veintisiete años de prisión no hacen una inteligencia conciliadora. Tan largo enclaustramiento puede engendrar sirvientes o asesinos, y a veces, en un mismo hombre, los dos. Si el alma es bastante fuerte para construir, en el corazón del presidio, una moral que no sea la de la sumisión, la mayor parte del tiempo será una moral de dominación. Toda ética de la soledad diviniza el poder. En este sentido, en la medida en que tratado atrozmente por la sociedad le respondió atrozmente, Sade es ejemplar. El escritor, a pesar de algunos gritos felices y de las alabanzas imprudentes de nuestros contemporáneos, sigue siendo secundario. Pero hoy es admirado, con tanta ingenuidad, por razones en las que la literatura nada tiene que ver. Esas razones, precisamente, nos interesan.
Se exalta en él al filósofo con grilletes y al primer teórico de la rebelión absoluta. Podía serlo, en efecto. En el fondo de las prisiones el sueño no tiene límites, la realidad no frena nada. La inteligencia encadenada pierde en lucidez lo que gana en furor. Sade sólo conoció una lógica: la de los sentimientos. No fundó una filosofía pero persiguió el sueño monstruoso de un perseguido. Lo que ocurre es que ese sueño es profético. La reivindicación exasperada de la libertad condujo a Sade al imperio de la servidumbre. Su sed desmesurada de una vida en lo sucesivo vedada, se sacia, de furor en furor, en sueño de destrucción universal. Por sus contradicciones al menos, Sade es nuestro contemporáneo. Sigámoslo en sus negaciones sucesivas.

¿Es ateo Sade? Él lo dice, y se le cree, antes de la prisión, en el Dialogue du prêtre et du moribond; después, ante su furor sacrílego, viene la vacilación. Uno de sus personajes más crueles, Saint-Fond, en modo alguno niega a Dios. Se limita a desarrollar una teoría gnóstica del demiurgo malvado y a sacar las consecuencias pertinentes. Saint-Fond, se dice, no es Sade. No, sin duda. Un personaje nunca es el novelista que lo ha creado. Sin embargo hay posibilidades de que el novelista sea todos sus personajes a la vez. Ahora bien; todos los ateos de Sade suponen la inexistencia de Dios por la clara razón de que su existencia supondría en él indiferencia, maldad o crueldad. La obra más grande de Sade termina con una demostración de la estupidez y del odio divinos. La inocente Justina corre bajo la tormenta y el criminal Noirceuil jura que se convertirá si el rayo celeste no la toca. El rayo fulmina a Justina. Noirceuil triunfa y el crimen del hombre continuará respondiendo al crimen divino. Hay, pues, una apuesta libertina que es la inversa de la apuesta pascaliana.
La idea, por lo menos, que Sade se hace de Dios es la de una divinidad criminal que aplasta al hombre y lo niega. Que el crimen es un atributo divino se ve de sobra, según él, en la historia de las religiones. Entonces, ¿por qué habría de ser virtuoso el hombre? El primer movimiento del prisionero es saltar a la consecuencia extrema. Si Dios mata y niega al hombre nada puede prohibir que se niegue y mate a los semejantes. Ese desafío crispado en nada se parece a la negación tranquila que se encuentra todavía en el diálogo de 1782. Ni tranquilo ni feliz es aquel que exclama: “Nada me pertenece, nada me pertenece”, y que concluye: “No, no, y la virtud y el vicio, todo se confunde en el ataúd”. La idea de Dios es, según él, la única cosa “que no puede perdonar al hombre”. Ya es singular la palabra perdonar en este profesor de torturas. Pero a sí mismo es a quien no puede perdonar una idea que su visión desesperada del mundo y su condición de prisionero refutan de modo absoluto. En adelante una doble rebeldía guiará el razonamiento de Sade: contra el orden del mundo y contra sí mismo. Como esas dos rebeldías son contradictorias en todo lugar que no sea el corazón conturbado de un perseguido, su razonamiento nunca cesa de ser ambiguo o legítimo, según se estudie a la luz de la lógica o a la de la compasión humana.
Negará al hombre y su moral puesto que Dios los niega. Pero negará a Dios al mismo tiempo que le servía de caución y de cómplice hasta aquí. ¿En nombre de qué? En nombre del instinto más fuerte en aquél a quien el odio de los hombres obligó a vivir entre los muros de una cárcel: el instinto sexual. ¿Qué es este instinto? Por una parte, el grito mismo de la naturaleza [1], y por otra, el ímpetu ciego que exige la posesión total de los seres, aun al precio de su destrucción. Sade negará a Dios en nombre de la naturaleza —y el material ideológico de su tiempo lo provee de discursos mecaniscistas—, y hará de la naturaleza un poder de destrucción. Para él la naturaleza es el sexo; su lógica lo conduce a un universo sin ley cuyo único amo será la energía desmesurada del deseo. Allí está su reino afiebrado, donde encuentra los gritos más bellos: “¡Qué son todas las criaturas de la tierra frente a uno solo de nuestros deseos!”
El siglo XVIII se manifiesta en ese “nosotros” y el romanticismo, más fiel a Sade que el mismo Sade, sólo cambiará en ese grito la persona del pronombre. Los largos razonamientos donde los héroes de Sade demuestran que la naturaleza necesita del crimen, que le es preciso destruir para crear, que por tanto se la ayuda a crear desde el instante en que uno se destruye a sí mismo, apuntan a fundar la libertad absoluta del prisionero Sade, harto injustamente comprimido para no desear la explosión que hará saltar todo. En esto se opone a su tiempo: la libertad que reclama no es la de los principios sino la de los instintos.
Sade ha soñado sin duda con una república universal cuyo plan nos expone por boca de un sabio reformador, Zalmé. Pero todo en él contradice este sueño piadoso. No es amigo del género humano, odia a los filántropos. La igualdad de la que habla a veces es una noción matemática: la equivalencia de los objetos que son los hombres, la terrible igualdad de las víctimas. Aquel que lleva su deseo hasta el fin, necesita dominarlo todo, su verdadera realización está en el odio. La república de Sade no elige la libertad por principio, sino el libertinaje. “La justicia —escribe este singular demócrata— no tiene existencia real. Es la divinidad de todas las pasiones”.
Nada más revelador, a este respecto, que el famoso libelo, leído por Dolmancé en la Philosophie du Boudoir, y que lleva un título curioso: Franceses, otro esfuerzo más para ser republicanos. Pierre Klossowski [2] tiene razón en subrayarlo; en este libelo se trata de demostrar a los revolucionarios que la república reposa en el asesinato del monarca de derecho divino y que, guillotinando a Dios y al rey, se han vedado para siempre la proscripción del crimen y la censura de los instintos dañinos. La Monarquía, al mismo tiempo que un principio temporal, mantenía la idea de Dios, que fundaba las leyes. La República, por su parte, se tiene en pie por sí sola, y sus costumbres no deben ser mandatos. Sin embargo es dudoso que Sade, como lo quiere Klossowski, haya tenido el sentimiento profundo de un sacrilegio y que este horror casi religioso lo haya conducido a las consecuencias que enuncia. Más bien poseía las consecuencias de antemano y descubrió después el argumento adecuado para justificar la licencia absoluta de las costumbres que quería pedir al gobierno de su tiempo. La lógica de las pasiones trastrueca el orden tradicional del razonamiento y pone la conclusión antes de las premisas. Para convencerse basta apreciar la admirable sucesión de sofismas mediante los cuales, en este texto, Sade justifica la calumnia, el robo y el homicidio, y pide que sean tolerados en la ciudad nueva.
Sin embargo, es entonces cuando su pensamiento es más profundo. Rechaza con una clarividencia excepcional en su tiempo, la alianza presuntuosa de la libertad y la virtud. La libertad, sobre todo cuando es el sueño de un prisionero, no puede soportar límites. O es el crimen o ya no es la libertad. La inocencia no puede sublevarse sin dejar de ser inocencia. En este punto esencial, Sade jamás varió. Este hombre que sólo predicó contradicciones, únicamente encuentra coherencia, y la más absoluta, en lo que concierne a la pena capital. Aficionado a las ejecuciones refinadas, teórico del crimen sexual, nunca pudo soportar el crimen legal. “Mi detención, la guillotina bajo los ojos, me hizo cien veces más daño del que me hubieran causado todas las Bastillas imaginables”. De este horror sacó el coraje para ser públicamente moderado durante el Terror e intervenir generosamente a favor de una suegra que sin embargo lo había hecho meter en la Bastilla. Unos años más tarde, Nodier debía resumir claramente, sin saberlo quizá, la posición obstinadamente defendida por Sade: “Matar a un hombre en el paroxismo de una pasión, es cosa que se comprende. Hacerlo matar por otro, en la calma de una meditación seria y con el pretexto de un ministerio honorable, no se comprende”. Encontramos aquí el germen de una idea que todavía será desarrollada por Sade: el que mata debe pagar con su persona. Sade, ya se ve, es más moral que nuestros contemporáneos.
Pero el odio a la pena de muerte es ante todo odio a los hombres que creen lo bastante en sus propias virtudes, o en la de su causa, para atreverse a castigar cuando ellos mismos son criminales. No se puede elegir al mismo tiempo el crimen para uno y el castigo para los demás. Hay que abrir las prisiones o someter a prueba, imposible, la propia virtud. A partir del momento en que se acepta el asesinato, aunque sea una sola vez, es preciso admitirlo universalmente. El criminal, que obra según la naturaleza, no puede, sin felonía, ponerse del lado de la ley. “Otro esfuerzo más para ser republicanos” quiere decir: “aceptad la libertad del crimen, la única razonable, y entrad para siempre en la insurrección como se entra en la gracia”. La sumisión total al Mal desemboca entonces en una horrible ascesis que debía espantar a la república de las luces y de la bondad natural. Ésta, cuya primer asonada, por una coincidencia significativa, había quemado el manuscrito de las Cent-vingt journées de Sodome, no podía dejar de denunciar esa libertad herética y encerrar de nuevo entre cuatro paredes a un partidario tan comprometedor. Al mismo tiempo le daba la horrible ocasión de llevar más lejos su lógica insurrecta.
La república universal pudo ser un sueño para Sade, nunca una tentación. En política su verdadera posición es el cinismo. En su Sociedad de Amigos del Crimen, los miembros se declaran ostensiblemente por el gobierno y sus leyes, que sin embargo se disponen a violar. Así, los rufianes votan por el diputado conservador. El proyecto que Sade medita supone la neutralidad benévola de la autoridad. La república del crimen no puede ser, provisionalmente al menos, universal. Debe fingir obedecer a la ley. En un mundo sin otra regla que la del homicidio, bajo el cielo del crimen, en la tierra del crimen, en nombre de una naturaleza criminal, Sade sólo obedece, en realidad, a la ley infatigable del deseo. Pero desear sin límites conduce también a aceptar ser deseado sin límites. La licencia de destruir supone que uno mismo puede ser destruido. En consecuencia habrá que luchar y dominar. La ley de este mundo no es nada más que la de la fuerza; su motor, la voluntad de poder.
El amigo del crimen respetará dos clases de poder: aquel fundado en el azar del nacimiento, que encuentra en su sociedad, y el otro donde se empina el oprimido cuando a fuerza de perfidia logra igualar a los grandes seres libertinos de quienes hace Sade sus héroes habituales. Ese pequeño grupo de poderosos, esos iniciados, saben que tienen todos los derechos. El que duda, siquiera un segundo, de ese terrible privilegio es expulsado de inmediato de la grey, es decir, vuelve a convertirse en víctima. Hay aquí una especie de “blanquismo” moral donde un pequeño grupo de hombres y mujeres, por el hecho de detentar un extraño saber, se sitúan decididamente sobre una casta de esclavos.
El único problema para ellos consiste en organizarse para ejercer en su plenitud derechos que tienen el alcance aterrador del deseo.
No pueden esperar imponerse a todo el universo mientras el universo no haya aceptado la ley del crimen. Sade jamás creyó que su nación consentiría siquiera en el esfuerzo suplementario que la haría realmente “republicana” Pero si el crimen y el deseo no son la ley de todo el universo, si no reinan por lo menos en un territorio definido, ya no son principio de unidad sino fermento de conflictos. Ya no son la ley, y el hombre queda librado a la dispersión y al azar. Es preciso, pues, crear en todas sus partes un mundo a la exacta medida de la nueva ley. La exigencia de unidad, burlada por la creación, se satisface a la fuerza en un microcosmos. La ley del poder nunca ha tenido la paciencia de aguardar el imperio del mundo. Necesita demarcar sin tardanza el terreno donde se ejerce y dar su función metafísica al alambre de púa y a los atalayas. De esta manera la rebelión es creadora.
En Sade crea recintos cerrados, castillos con siete murallas de donde es imposible evadirse, donde la sociedad del deseo y del crimen funciona sin tropiezos, según un reglamento implacable. La rebelión más desatada, la reivindicación total de la libertad termina en la servidumbre. La emancipación del hombre se consuma para Sade en esas casamatas del desenfreno donde una especie de oficina política del vicio reglamenta la vida y la muerte de hombres y mujeres que han entrado para siempre en el infierno de la necesidad. Su obra abunda en descripciones de esos lugares privilegiados donde cada vez que los libertinos feudales demuestran a sus víctimas reunidas su poder y su servidumbre absolutas, repiten el discurso del duque de Blangis al pueblo de las Cent-vingt journées de Sodome: “Estáis ya muertos en el mundo”.
Sade habitaba del mismo modo la Torre de la Libertad, pero en la Bastilla. La rebelión absoluta se entierra con él en una fortaleza horrible de donde nadie, ni perseguidos ni perseguidores, puede salir. Para fundar su libertad, se ve obligado a organizar la necesidad absoluta. La libertad ilimitada del deseo es la negación del otro y la supresión de la piedad. Hay que matar el corazón, esa “debilidad del espíritu”; el lugar cerrado y el reglamento darán los medios. El reglamento, que desempeña un papel capital en los castillos fabulosos de Sade, consagra un universo de desconfianza. Ayuda a preverlo todo de manera que una ternura o una piedad imprevista no vengan a estorbar los planes del buen placer. Curioso placer, sin duda, que se ejerce bajo orden: “¡Habrá que levantarse todos los días a las diez de la mañana!” Pero es preciso impedir que el goce degenere en afecto, es preciso ponerlo entre paréntesis y endurecerlo. Además los objetos de goce nunca han de presentarse como personas. Si el hombre es “una especie de planta absolutamente material”, no puede ser tratada sino como objeto, y como objeto de experiencia. En la república con alambre de púa de Sade sólo hay mecanismos y mecánicos. El reglamento, modo de empleo de la máquina, da a cada cosa su lugar. Esos conventos infames tienen su regla, significativamente copiada, a veces, de la de las comunidades religiosas. El libertino se entregará también a la confesión pública. Pero el signo cambia: “Si su conducta es pura, es vituperado”.
Se ve que Sade, como es costumbre en su tiempo, construye también sociedades ideales. Pero a la inversa de su tiempo, codifica la maldad natural del hombre. Construye minuciosamente la ciudad del poder y del odio, hasta reducir a números la libertad que ha conquistado. Resume entonces su filosofía en la fría contabilidad del crimen: “Matados antes del primero de marzo: 10. Después del primero de marzo: 20. Total: 30”. Precursor, sin duda, pero todavía modesto, ya se ve.
El ogro Mirski, retrato ideal del hombre libre y natural, vive así en una isla, enclaustrado, según el reglamento, en un castillo bajo llave. Así hay que estar para vivir libremente y según la naturaleza. Si todo se detuviera aquí, Sade sólo merecería el interés que se concede a los precursores desconocidos. Pero una vez levantado el puente levadizo, falta vivir en el castillo. Por minucioso que sea el reglamento, no llega a preverlo todo. Puede destruir, no crear. Los amos de esas comunidades torturadas no encontrarán en ellas la satisfacción que codician. Sade evoca a menudo “el dulce hábito del crimen”. Aquí, nada se asemeja, sin embargo, a la dulzura, sino más bien a la rabia del hombre encadenado. En efecto, se trata de gozar. Y el máximo de goce coincide con el máximo de destrucción. Poseer lo que se mata, copular con el sufrimiento, ése es el instante de la libertad total hacia el cual se orienta toda la organización de los castillos. Pero ya que el crimen sexual suprime el objeto de voluptuosidad, suprime la voluptuosidad, que sólo existe en el momento preciso de la supresión. Es necesario entonces someter a otro objeto y matarlo de nuevo, y a otro, y después de él la infinitud de todos los objetos posibles. Se obtienen así esas tétricas acumulaciones de escenas eróticas y criminales cuyo aspecto estático, en las novelas de Sade, deja al lector, paradójicamente, el recuerdo de una suerte de castidad horrible.
¿Qué vendría a hacer, en ese universo, el goce, la gran alegría florecida de los cuerpos consentidores y cómplices? Es una búsqueda imposible para escapar a la desesperación que termina sin embargo en desesperación, de un tránsito de la servidumbre a la servidumbre, y de la prisión a la prisión. Si sólo la naturaleza es verdadera; si en la naturaleza sólo el deseo y la destrucción son verdaderos, entonces de destrucción en destrucción, no bastando ya el mismo reino humano a la sed de sangre, hay que correr al aniquilamiento universal. Es preciso constituirse, según la fórmula de Sade, en verdugo de la naturaleza. Pero aun esto no se obtiene tan fácilmente. Cuando la contabilidad se cierra, cuando todas las víctimas han sido asesinadas, los verdugos se quedan frente a frente en el castillo solitario. Algo les falta todavía. Los cuerpos torturados retornan, por sus elementos, a la naturaleza de donde renacerá la vida. El mismo homicidio no ha concluido: “El homicidio sólo quita la primera vida al individuo a quien herimos; sería preciso poder arrancarle la segunda...” Sade medita el atentado contra la creación. “Aborrezco la naturaleza. Quisiera estorbar sus planes, oponerme a su marcha, detener la rueda de los astros, desordenar los globos que flotan en el espacio, destruir aquello que la sirve, proteger aquello que la perjudica, en una palabra, insultarla en sus obras, y no puedo lograrlo”. En vano imagina un mecánico que pueda pulverizar el universo; sabe que en el polvo de los globos la vida continuará. El atentado contra la creación es imposible. No se puede destruirlo todo, siempre hay un resto. “No puedo lograrlo...”; ese universo implacable y helado se afloja de improviso en la atroz melancolía con la cual, al fin, Sade nos conmueve cuando no lo quisiera. “Cuando el crimen del amor ya no está a la altura de nuestra intensidad, podríamos tal vez atacar al sol, quitárselo al universo o abrasarlo con él, ésos serían crímenes...” Sí, serían crímenes, pero no el crimen definitivo. Hay que seguir marchando; los verdugos se miden con la mirada.
Están solos y una sola ley los rige: el poder. Ya que la aceptaron cuando eran los amos, no pueden recusarla si se vuelve contra ellos. Todo poder tiende a ser único y solitario; aun es preciso matar. A su vez los amos se destrozarán. Sade advierte esta consecuencia y no retrocede. Un curioso estoicismo del vicio viene a iluminar un poco esas hondonadas de la rebeldía. No tratará de llegar al mundo de la ternura y el compromiso. No se bajará el puente levadizo; aceptará el aniquilamiento personal. La fuerza desencadenada de la negativa se une por su extremo a una aceptación incondicional que no carece de grandeza. Él acepta a su vez ser esclavo, y quizá lo desea. “También el cadalso sería para mí el trono de las voluptuosidades”.
La destrucción mayor coincide entonces con la mayor afirmación. Los amos se lanzan unos sobre otros y esta obra erigida para gloria del libertinaje se encuentra “sembrada de cadáveres de libertinos heridos en la cima de su genio” [3]. El más poderoso, que sobrevivirá, será el solitario, el “Único”, cuya glorificación ha emprendido Sade, él mismo en definitiva. Reina por fin, amo y dios. Pero en el instante de su victoria más alta, el sueño se disipa. El Único se vuelve hacia el prisionero cuyas imaginaciones desmesuradas le dieron nacimiento; se confunde con él. Está solo, en efecto, prisionero en una Bastilla ensangrentada, construida en torno a un poder aun no apaciguado, pero en adelante sin objeto. Sólo ha triunfado en sueños y esas docenas de volúmenes atiborrados de atrocidades y de filosofía resumen una ascesis desdichada, una tentativa puramente espiritual de matar el alma, una marcha alucinante desde el no total hasta el sí absoluto, un consentimiento a la muerte que transfigura el asesinato de todo y de todos en suicidio colectivo.
Sade fue ejecutado en efigie; se mató a sí mismo en imaginación. Prometeo termina en Onán. Concluirá su vida siempre prisionero, pero esta vez en un asilo, representando piezas en un tablado improvisado, entre alucinados. El sueño y la creación le brindaron un equivalente irrisorio de la satisfacción que el orden del mundo no le daba. El escritor no tiene nada que negarse. Para él, al menos, los límites desaparecen y el deseo puede llegar hasta el fin. En esto Sade es el hombre de letras perfecto. Puso por encima de todo “el crimen moral al cual se llega por escrito”. Su mérito, incontestable, está en haber ilustrado de entrada, con la infeliz clarividencia de la rabia acumulada, las consecuencias extremas de su rebeldía: la totalidad cerrada, el crimen universal, la aristocracia del cinismo y la voluntad de apocalipsis. Estas conquistas se harán muchos años después de él. Pero por haberlas codiciado realmente, parece haberse ahogado en sus propios callejones sin salida, liberándose tan sólo en la literatura. De un modo curioso, fue Sade quien orientó la rebelión por los caminos del arte, donde el romanticismo volverá a empeñarla más adelante. Será de esos escritores de quienes dice que “la corrupción es tan peligrosa, tan activa, que el único objetivo que persiguen al imprimir sus horribles sistemas es extender más allá de sus vidas la suma de sus crímenes; ellos no pueden seguir cometiéndolos, pero sus obras malditas los harán cometer y esta dulce idea que se llevan a la tumba los consuela de la obligación en que los pone la muerte de renunciar a lo que es”. De este modo su obra rebelde es testimonio de su sed de supervivencia. Aunque la inmortalidad que codicia sea la de Caín, por lo menos la codicia, y a pesar suyo es testimonio de lo más puro de la rebelión metafísica.
Por lo demás su misma posteridad obliga a rendirle homenaje. Sus herederos no son todos escritores. Seguramente sufrió y murió para caldear la imaginación de los círculos distinguidos y de los cafés literarios. Pero eso no es todo. El éxito de Sade en nuestra época no se explica de otra manera que por un sueño que le es común con la sensibilidad contemporánea: la reivindicación de la libertad total y la deshumanización operada en frío por la inteligencia. La reducción del hombre a objeto de experiencia, el reglamento que opera esta reducción y define las relaciones de la voluntad de poder y del hombre objeto, el campo cerrado de esta monstruosa experiencia, son lecciones que los teóricos del poder encontrarán cuando tengan que organizar el tiempo de los esclavos.
Con dos siglos de anticipación y en escala reducida, Sade exaltó las sociedades totalitarias en nombre de la libertad total. Con él comienzan realmente la historia y la tragedia contemporánea. Tan sólo creyó que una sociedad basada en la libertad del crimen debía marchar con la libertad de las costumbres, como si la servidumbre tuviera sus límites. Nuestro tiempo se ha limitado a fundir curiosamente su sueño de república universal y su técnica de envilecimiento. En fin, lo que más odiaba, el asesinato legal, ha tomado por su cuenta los descubrimientos que quería poner al servicio del asesinato instintivo. El crimen, que él deseaba como fruto excepcional y delicioso del vicio desencadenado, es hoy la sombría costumbre de una virtud que se ha vuelto policial. Estas son las sorpresas de la literatura.

L’homme révolté
Traducción de AURORA BERNÁRDEZ
Revista Sur, número 205, noviembre de 1951.

NOTAS
1- Los grandes criminales de Sade justifican sus crímenes alegando que tienen apetitos sexuales desmesurados, contra los que nada pueden.
2- Sade, mon prochain.
3- Maurice Blanchot, Lautréamont et Sade.



Vingt-sept années de prison ne font pas en effet une intelligence conciliante. Une si longue claustration engendre des valets ou des tueurs et parfois, dans le même homme, les deux. Si l'âme est assez forte pour édifier, au cœur du bagne, une morale qui ne soit pas celle de la soumission, il s'agira, la plupart du temps, d'une morale de domination. Toute éthique de la solitude suppose la puissance. À ce titre, dans la mesure où traité de façon atroce par la société, il y répondit d'atroce façon, Sade est exemplaire. L'écrivain, malgré quelques cris heureux, et les louanges inconsidérées de nos contemporains, est secondaire. Il est admiré aujourd'hui, avec tant d'ingénuité, pour des raisons où la littérature n'a rien à voir.
On exalte en lui le philosophe aux fers, et le premier théoricien de la révolte absolue. Il pouvait l'être en effet. Au fond des prisons, le rêve est sans limites, la réalité ne freine rien. L'intelligence dans les chaînes perd en lucidité ce qu'elle gagne en fureur. Sade n'a connu qu'une logique, celle des sentiments. Il n'a pas fondé une philosophie, mais poursuivi le rêve monstrueux d'un persécuté. Il se trouve seulement que ce rêve est prophétique. La revendication exaspérée de la liberté a mené Sade dans l'empire de la servitude ; sa soif démesurée d'une vie désormais interdite s'est assouvie, de fureur en fureur, dans un rêve de destruction universelle. En ceci au moins, Sade est notre contemporain. Suivons-le dans ses négations successives.

Sade est-il athée ? Il le dit, on le croit, avant la prison, dans le Dialogue entre un prêtre et un moribond ; on hésite ensuite devant sa fureur de sacrilège. L'un de ses plus cruels personnages, Saint-Fond, ne nie nullement Dieu. Il se borne à développer une théorie gnostique du méchant démiurge et à en tirer les conséquences qui conviennent. Saint-Fond, dit-on, n'est pas Sade. Non, sans doute. Un personnage n'est jamais le romancier qui l'a créé. Il y a des chances, cependant, pour que le romancier soit tous ses personnages à la fois. Or, tous les athées de Sade posent en principe l'inexistence de Dieu pour cette raison claire que son existence supposerait chez lui indifférence, méchanceté ou cruauté. La plus grande œuvre de Sade se termine sur une démonstration de la stupidité et de la haine divines. L'innocente Justine court sous l'orage et le criminel Noirceuil jure qu'il se convertira si elle est épargnée par la foudre céleste. La foudre poignarde Justine, Noirceuil triomphe, et le crime de l'homme continuera de répondre au crime divin. Il y a ainsi un pari libertin qui est la réplique du pari pascalien.
L'idée, au moins, que Sade se fait de Dieu est donc celle d'une divinité criminelle qui écrase l'homme et le nie. Que le meurtre soit un attribut divin se voit assez, selon Sade, dans l'histoire des religions. Pourquoi l'homme serait-il alors vertueux ? Le premier mouvement du prisonnier est de sauter dans la conséquence extrême. Si Dieu tue et nie l'homme, rien ne peut interdire qu'on nie et tue ses semblables. Ce défi crispé ne ressemble en rien à la négation tranquille qu'on trouve encore dans le Dialogue de 1782. Il n'est ni tranquille, ni heureux, celui qui s'écrie : « Rien n'est à moi, rien n'est de moi » et qui conclut : « Non, non, et la vertu et le vice, tout se confond dans le cercueil. » L'idée de Dieu est selon lui la seule chose « qu'il ne puisse pardonner à l'homme ». Le mot pardonner est déjà singulier chez ce professeur de tortures. Mais c'est à lui-même qu'il ne peut pardonner une idée que sa vue désespérée du monde, et sa condition de prisonnier, réfutent absolument. Une double révolte va désormais conduire le raisonnement de Sade : contre l'ordre du monde et contre lui-même. Comme ces deux révoltes sont contradictoires partout ailleurs que dans le cœur bouleversé d'un persécuté, son raisonnement ne cesse jamais d'être ambigu ou légitime, selon qu'on l'étudie dans la lumière de la logique ou dans l'effort de la compassion.
Il niera donc l'homme et sa morale puisque Dieu les nie. Mais il niera Dieu en même temps qui lui servait de caution et de complice jusqu'ici. Au nom de quoi ? Au nom de l'instinct le plus fort chez celui que la haine des hommes fait vivre entre les murs d'une prison : l'instinct sexuel. Qu'est cet instinct ? Il est, d'une part, le cri même de la nature [1], et, d'autre part, l'élan aveugle qui exige la possession totale des êtres, au prix même de leur destruction. Sade niera Dieu au nom de la nature - le matériel idéologique de son temps le fournit alors en discours mécanistes - et il fera de la nature une puissance de destruction. La nature, pour lui, c'est le sexe ; sa logique le conduit dans un univers sans loi où le seul maître sera l'énergie démesurée du désir. Là est son royaume enfiévré, où il trouve ses plus beaux cris : « Que sont toutes les créatures de la terre vis-à-vis d'un seul de nos désirs ! » Les longs raisonnements où les héros de Sade démontrent que la nature a besoin du crime, qu'il lui faut détruire pour créer, qu'on l'aide donc à créer dès l'instant où l'on détruit soi-même, ne visent qu'à fonder la liberté absolue du prisonnier Sade, trop injustement comprimé pour ne pas désirer l'explosion qui fera tout sauter. En cela, il s'oppose à son temps : la liberté qu'il réclame n'est pas celle des principes, niais des instincts.
Sade a rêvé sans doute d'une république universelle dont il nous fait exposer le plan par un sage réformateur, Zamé. Il nous montre ainsi qu'une des directions de la révolte dans la mesure où, son mouvement s'accélérant, elle supporte de moins en moins de limites, est la libération du monde entier. Mais tout en lui contredit ce rêve pieux. Il n'est pas l'ami du genre humain, il hait les philanthropes. L'égalité dont il parle parfois est une notion mathématique : l'équivalence des objets que sont les hommes, l'abjecte égalité des victimes. Celui qui pousse son désir jusqu'au bout, il lui faut tout dominer, son véritable accomplissement est dans la haine. La république de Sade n'a pas la liberté pour principe, mais le libertinage. « La justice, écrit ce singulier démocrate, n'a pas d'existence réelle. Elle est la divinité de toutes les passions. »
Rien de plus révélateur à cet égard que le fameux libelle, lu par Dolmancé dans la Philosophie du Boudoir, et qui porte un titre curieux : Français, encore un effort si vous voulez être républicains. Pierre Klossowski [2] a raison de le souligner, ce libelle démontre aux révolutionnaires que leur république repose sur le meurtre du roi de droit divin et qu'en guillotinant Dieu le 21 janvier 1793, ils se sont interdit à jamais la proscription du crime et la censure des instincts malfaisants. La monarchie, en même temps qu'elle-même, maintenait l'idée de Dieu qui fondait les lois. La République, elle, se tient debout toute seule et les mœurs doivent y être sans commandements. Il est pourtant douteux que Sade, comme le veut Klossowski, ait eu le sentiment profond d'un sacrilège et que cette horreur quasi religieuse l'ait conduit aux conséquences qu'il énonce. Bien plutôt tenait-il ses conséquences d'abord et a-t-il aperçu ensuite l'argument propre à justifier la licence absolue des mœurs qu'il voulait demander au gouvernement de son temps. La logique des passions renverse l'ordre traditionnel du raisonnement et place la conclusion avant les prémisses. Il suffit pour s'en convaincre d'apprécier l'admirable succession de sophismes par lesquels Sade, dans ce texte, justifie la calomnie, le vol et le meurtre, et demande qu'ils soient tolérés dans la cité nouvelle.
Pourtant, c'est alors que sa pensée est le plus profonde. Il refuse, avec une clairvoyance exceptionnelle en son temps, l'alliance présomptueuse de la liberté et de la vertu. La liberté, surtout quand elle est le rêve du prisonnier, ne peut supporter de limites. Elle est le crime ou elle n'est plus la liberté. Sur ce point essentiel, Sade n'a jamais varié. Cet homme qui n'a prêché que des contradictions ne retrouve une cohérence, et la plus absolue, qu'en ce qui concerne la peine capitale. Amateur d'exécutions raffinées, théoricien du crime sexuel, il n'a jamais pu supporter le crime légal, « Ma détention nationale, la guillotine sous les yeux, m'a fait cent fois plus de mal que ne m'en avaient fait toutes les Bastilles imaginables. » Dans cette horreur, il a puisé le courage d'être publiquement modéré pendant la Terreur et d'intervenir généreusement en faveur d'une belle-mère qui pourtant l'avait fait embastiller. Quelques années plus tard, Nodier devait résumer clairement, sans le savoir peut-être, la position obstinément défendue par Sade : « Tuer un homme dans le paroxysme d'une passion, cela se comprend. Le faire tuer par un autre dans le calme d'une méditation sérieuse, et sous le prétexte d'un ministère honorable, cela ne se comprend pas. » On trouve ici l'amorce d'une idée qui sera développée encore par Sade : celui qui tue doit payer de sa personne. Sade, on le voit, est plus moral que nos contemporains.
Mais sa haine pour la peine de mort n'est d'abord que la haine d'hommes qui croient assez à leur vertu ou à celle de leur cause, pour oser punir, et définitivement, alors qu'ils sont eux-mêmes criminels. On ne peut à la fois choisir le crime pour soi et le châtiment pour les autres. Il faut ouvrir les prisons ou faire la preuve, impossible, de sa vertu. À partir du moment où l'on accepte le meurtre, serait-ce une seule fois, il faut l'admettre universellement. Le criminel qui agit selon la nature ne peut, sans forfaiture, se mettre du côté de la loi. « Encore un effort si vous voulez être républicains » veut dire : « Acceptez la liberté du crime, seule raisonnable, et entrez pour toujours en insurrection comme on entre dans la grâce. » La soumission totale au mal débouche alors dans une horrible ascèse qui devait épouvanter la république des lumières et de la bonté naturelle. Celle-ci, dont la première émeute, par une coïncidence significative, avait brûlé le manuscrit des Cent vingt journées de Sodome, ne pouvait manquer de dénoncer cette liberté hérétique et jeter à nouveau entre quatre murs un partisan si compromettant. Elle lui donnait, du même coup, l'affreuse occasion de pousser plus loin sa logique révoltée.
La république universelle a pu être un rêve pour Sade, jamais une tentation. En politique, sa vraie position est le cynisme. Dans sa Société des Amis du crime, on se déclare ostensiblement pour le gouvernement et ses lois, qu'on se dispose pourtant à violer. Ainsi, les souteneurs votent pour le député conservateur. Le projet que Sade médite suppose la neutralité bienveillante de l'autorité. La république du crime ne peut être, provisoirement du moins, universelle. Elle doit faire mine d'obéir à la loi. Pourtant, dans un monde sans autre règle que celle du meurtre, sous le ciel du crime, au nom d'une criminelle nature, Sade n'obéit en réalité qu'à la loi inlassable du désir. Mais désirer sans limites revient aussi à accepter d'être désiré sans limites. La licence de détruire suppose qu'on puisse être soi-même détruit. Il faudra donc lutter et dominer. La loi de ce monde n'est rien d'autre que celle de la force ; son moteur, la volonté de puissance.
L'ami du crime ne respecte réellement que deux sortes de puissances, celle, fondée sur le hasard de la naissance, qu'il trouve dans sa société, et celle où se hisse l'opprimé, quand, à force de scélératesse, il parvient à égaler les grands seigneurs libertins dont Sade fait ses héros ordinaires. Ce petit groupe de puissants, ces initiés, savent qu'ils ont tous les droits. Qui doute, même une seconde, de ce redoutable privilège est aussitôt rejeté du troupeau, et redevient victime. On aboutit alors à une sorte de blanquisme moral où un petit groupe d'hommes et de femmes, parce qu'ils détiennent un étrange savoir, se placent résolument au-dessus d'une caste d'esclaves. Le seul problème, pour eux, consiste à s'organiser pour exercer, dans leur plénitude, des droits qui ont l'étendue terrifiante du désir.
Ils ne peuvent espérer s'imposer à tout l'univers tant que l'univers n'aura pas accepté la loi du crime. Sade n'a même jamais cru que sa nation consentirait l'effort supplémentaire qui la ferait « républicaine ». Mais si le crime et le désir ne sont pas la loi de tout l'univers, s'ils ne règnent pas au moins sur un territoire défini, ils ne sont plus principes d'unité, mais ferments de conflit. Ils ne sont plus la loi et l'homme retourne à la dispersion et au hasard. Il faut donc créer de toutes pièces un monde qui soit à la mesure exacte de la nouvelle loi. L'exigence d'unité, déçue par la Création, se satisfait à toute force dans un microcosme. La loi de la puissance n'a jamais la patience d'atteindre l'empire du monde. Il lui faut délimiter sans tarder le terrain où elle s'exerce, même s'il faut l'entourer de barbelés et de miradors.
Chez Sade, elle crée des lieux clos, des châteaux à septuple enceinte, dont il est impossible de s'évader, et où la société du désir et du crime fonctionne sans heurts, selon un règlement implacable. La révolte la plus débridée, la revendication totale de la liberté aboutit à l'asservissement de la majorité. L'émancipation de l'homme s'achève, pour Sade, dans ces casemates de la débauche où une sorte de bureau politique du vice règle la vie et la mort d'hommes et de femmes entrés à tout jamais dans l'enfer de la nécessité. Son œuvre abonde en descriptions de ces lieux privilégiés où, chaque fois, les libertins féodaux, démontrant aux victimes assemblées leur impuissance et leur servitude absolues, reprennent le discours du duc de Blangis au petit peuple des Cent vingt journées de Sodome : « Vous êtes déjà mortes au monde. »
Sade habitait de même la tour de la Liberté, mais dans la Bastille. La révolte absolue s'enfouit avec lui dans une forteresse sordide d'où personne, persécutés ni persécuteurs, ne peut sortir. Pour fonder sa liberté, il est obligé d'organiser la nécessité absolue. La liberté illimitée du désir signifie la négation de l'autre, et la suppression de la pitié. Il faut tuer le cœur, cette « faiblesse de l'esprit » ; le lieu clos et le règlement y pourvoiront. Le règlement, qui joue un rôle capital dans les châteaux fabuleux de Sade, consacre un univers de méfiance. Il aide à tout prévoir afin qu'une tendresse ou une pitié imprévue ne viennent déranger les plans du bon plaisir. Curieux plaisir, sans doute, qui s'exerce au commandement. « On se lèvera tous les jours à dix heures du matin... » ! Mais il faut empêcher que la jouissance dégénère en attachement, il faut la mettre entre parenthèses et la durcir. Il faut encore que les objets de jouissance n'apparaissent jamais comme des personnes. Si l'homme est « une espèce de plante absolument matérielle », il ne peut être traité qu'en objet, et en objet d'expérience. Dans la république barbelée de Sade, il n'y a que des mécaniques et des mécaniciens. Le règlement, mode d'emploi de la mécanique, donne sa place à tout. Ces couvents infâmes ont leur règle, significativement copiée sur celle des communautés religieuses. Le libertin se livrera ainsi à la confession publique. Mais l'indice change : « Si sa conduite est pure, il est blâmé. »
Sade, comme il est d'usage en son temps, bâtit ainsi des sociétés idéales. Mais à l'inverse de son temps, il codifie la méchanceté naturelle de l'homme. Il construit méticuleusement la cité de la puissance et de la haine, en précurseur qu'il est, jusqu'à mettre en chiffres la liberté qu'il a conquise. Il résume alors sa philosophie dans la froide comptabilité du crime : « Massacrés avant le 1er mars : 10. Depuis le 1er mars : 20. S'en retournent : 16. Total : 46. » Précurseur sans doute, mais encore modeste, on le voit.
Si tout s'arrêtait là, Sade ne mériterait que l'intérêt qui s'attache aux précurseurs méconnus. Mais une fois tiré le pont-levis, il faut vivre dans le château. Aussi méticuleux que soit le règlement, il ne parvient à tout prévoir. Il peut détruire, non créer. Les maîtres de ces communautés torturées n'y trouveront pas la satisfaction qu'ils convoitent. Sade évoque souvent la « douce habitude du crime ». Rien ici, pourtant qui ressemble à la douceur ; plutôt une rage d'homme dans les fers. Il s'agit en effet de jouir, et le maximum de jouissance coïncide avec le maximum de destruction. Posséder ce qu'on tue, s'accoupler avec la souffrance, voilà l'instant de la liberté totale vers lequel s'oriente toute l'organisation des châteaux. Mais dès l'instant où le crime sexuel supprime l'objet de volupté, il supprime la volupté qui n'existe qu'au moment précis de la suppression. Il faut alors se soumettre un autre objet et le tuer à nouveau, un autre encore, et après lui l'infinité de tous les objets possibles. On obtient ainsi ces mornes accumulations de scènes érotiques et criminelles dont l'aspect figé, dans les romans de Sade, laisse paradoxalement au lecteur le souvenir d'une hideuse chasteté.
Que viendrait faire, dans cet univers, la jouissance, la grande joie fleurie des corps consentants et complices ? Il s'agit d'une quête impossible pour échapper au désespoir et qui finit pourtant en désespoir, d'une course de la servitude à la servitude, et de la prison à la prison. Si la nature seule est vraie, si, dans la nature, seuls le désir et la destruction sont légitimes, alors de destruction en destruction, le règne humain lui-même ne suffisant plus à la soif du sang, il faut courir à l'anéantissement universel. Il faut se faire, selon la formule de Sade, le bourreau de la nature. Mais cela même ne s'obtient pas si facilement. Quand la comptabilité est close, quand toutes les victimes ont été massacrées, les bourreaux restent face à face, dans le château solitaire. Quelque chose leur manque encore. Les corps torturés retournent par leurs éléments à la nature d'où renaîtra la vie. Le meurtre lui-même n'est pas achevé : « Le meurtre n'ôte que la première vie à l'individu que nous frappons ; il faudrait pouvoir lui arracher la seconde... » Sade médite l'attentat contre la création : « J'abhorre la nature... Je voudrais déranger ses plans, contrecarrer sa marche, arrêter la roue des astres, bouleverser les globes qui flottent dans l’espace, détruire ce qui la sert, protéger ce qui lui nuit, l'insulter en un mot dans ses œuvres, et je n'y puis réussir. » Il a beau imaginer un mécanicien qui puisse pulvériser l'univers, il sait que, dans la poussière des globes, la vie continuera. L'attentat contre la création est impossible. On ne peut tout détruire, il y a toujours un reste. « Je n'y puis réussir... », cet univers implacable et glacé se détend soudain dans l'atroce mélancolie par laquelle, enfin, Sade nous touche quand il ne le voudrait pas. « Nous pourrions peut-être attaquer le soleil, en priver l'univers ou nous en servir pour embraser le monde, ce serait des crimes, cela... » Oui, ce serait des crimes, mais non le crime définitif. Il faut marcher encore ; les bourreaux se mesurent du regard.
Ils sont seuls, et une seule loi les régit, celle de la puissance. Puisqu'ils l'ont acceptée alors qu'ils étaient les maîtres, ils ne peuvent plus la récuser si elle se retourne contre eux. Toute puissance tend à être unique et solitaire. Il faut encore tuer : à leur tour, les maîtres se déchireront. Sade aperçoit cette conséquence et ne recule pas. Un curieux stoïcisme du vice vient éclairer un peu ces bas-fonds de la révolte. Il ne cherchera pas à rejoindre le monde de la tendresse et du compromis. Le pont-levis ne sera pas baissé, il acceptera l'anéantissement personnel. La force déchaînée du refus rejoint à son extrémité une acceptation inconditionnelle qui n'est pas sans grandeur. Le maître accepte d'être à son tour esclave et peut-être même le désire. « L'échafaud aussi serait pour moi le trône des voluptés. »
La plus grande destruction coïncide alors avec la plus grande affirmation. Les maîtres se jettent les uns sur les autres et cette œuvre érigée à la gloire du libertinage se trouve « parsemée de cadavres de libertins frappés au sommet de leur génie [3]  ». Le plus puissant, qui survivra, sera le solitaire, l'Unique, dont Sade a entrepris la glorification, lui-même en définitive. Le voilà qui règne enfin, maître et Dieu. Mais à l'instant de sa plus haute victoire, le rêve se dissipe. L'Unique se retourne vers le prisonnier dont les imaginations démesurées lui ont donné naissance ; il se confond avec lui. Il est seul en effet, emprisonné dans une Bastille ensanglantée, tout entière bâtie autour d'une jouissance encore inapaisée, mais désormais sans objet. Il n'a triomphé qu'en rêve et ces dizaines de volumes, bourrés d'atrocités et de philosophie, résument une ascèse malheureuse, une marche hallucinante du non total au oui absolu, un consentement à la mort enfin, qui transfigure le meurtre de tout et de tous en suicide collectif.
On a exécuté Sade en effigie ; il n'a tué de même qu'en imagination. Prométhée finit dans Onan. Il achèvera sa vie, toujours prisonnier, mais cette fois dans un asile, jouant des pièces sur une estrade de fortune, au milieu d'hallucinés. La satisfaction que l'ordre du monde ne lui donnait pas, le rêve et la création lui en ont fourni un équivalent dérisoire. L'écrivain, bien entendu, n'a rien à se refuser. Pour lui, du moins, les limites s'écroulent et le désir peut aller jusqu'au bout. En ceci, Sade est l'homme de lettres parfait. Il a bâti une fiction pour se donner l'illusion d'être. Il a mis au-dessus de tout « le crime moral auquel on parvient par écrit ». Son mérite, incontestable, est d'avoir illustré du premier coup, dans la clairvoyance malheureuse d'une rage accumulée, les conséquences extrêmes d'une logique révoltée, quand elle oublie du moins, la vérité de ses origines. Ces conséquences sont la totalité close, le crime universel, l'aristocratie du cynisme et la volonté d'apocalypse. Elles se retrouveront bien des années après lui. Mais les ayant savourées, il semble qu'il ait étouffé dans ses propres impasses, et qu'il se soit seulement délivré dans la littérature. Curieusement, c'est Sade qui a orienté la révolte sur les chemins de l'art où le romantisme l'engagera encore plus avant. Il sera de ces écrivains dont il dit que « la corruption est si dangereuse, si active, qu'ils n'ont pour but en imprimant leur affreux système que d'étendre au-delà de leurs vies l'a somme de leurs crimes ; ils n'en peuvent plus faire, mais leurs maudits, écrits en feront commettre, et cette douce idée qu'ils emportent au tombeau les console de l'obligation où les met la mort de renoncer à ce qui est ». Son œuvre révoltée témoigne ainsi de sa soif de survie. Même si l'immortalité qu'il convoite est celle de Caïn, il la convoite au moins, et témoigne malgré lui pour le plus vrai de la révolte métaphysique.
Au reste, sa postérité même oblige à lui rendre hommage. Ses héritiers ne sont pas tous écrivains. Assurément, il a souffert et il est mort pour échauffer l'imagination des beaux quartiers et des cafés littéraires. Mais ce n'est pas tout. Le succès de Sade à notre époque s'explique par un rêve qui lui est commun avec la sensibilité contemporaine : la revendication de la liberté totale, et la déshumanisation opérée à froid par l'intelligence. La réduction de l'homme en objet d'expérience, le règlement qui précise les rapports de la volonté de puissance et de l'homme objet, le champ clos de cette monstrueuse expérience, sont des leçons que les théoriciens de la puissance retrouveront, lorsqu'ils auront à organiser le temps des esclaves.
Deux siècles à l'avance, sur une échelle réduite, Sade a exalté les sociétés totalitaires au nom de la liberté frénétique que la révolte en réalité ne réclame pas. Avec lui commencent réellement l'histoire et la tragédie contemporaines. Il a seulement cru qu'une société basée sur la liberté du crime devait aller avec la liberté des mœurs, comme si la servitude avait ses limites. Notre temps s'est borné à fondre curieusement son rêve de république universelle et sa technique d'avilissement. Finalement ce qu'il haïssait le plus, le meurtre légal, a pris à son compte les découvertes qu'il voulait mettre au service du meurtre d'instinct. Le crime, dont il voulait qu'il fût le fruit exceptionnel et délicieux du vice déchaîné, n'est plus aujourd'hui que la morne habitude d'une vertu devenue policière. Ce sont les surprises de la littérature.

[1] Les grands criminels de Sade s'excusent de leurs crimes sur ce qu'ils sont pourvus d'appétits sexuels démesurés contre lesquels ils ne peuvent rien.
[2] Sade, mon prochain. Éditions du Seuil.
[3] Maurice Blanchot, Lautréamont et Sade. Éditions de Minuit.