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sábado, 21 de noviembre de 2009

Arnaud d'Andilly y Teresa de Jesús 4



ROBERT ARNAULD D´ANDILLY

Libro de la Vida CAPÍTULO IV

Dice cómo la ayudó el Señor para forzarse a sí mesma para tomar hábito, y las muchas enfermedades que Su Majestad la comenzó a dar.

En estos días que andava con estas determinaciones, havía persuadido a un hermano mío a que se metiese fraile, diciéndole la vanidad del mundo; y concertamos entramos de irnos un día muy de mañana al monesterio adonde estava aquella mi amiga, que era al que yo tenía mucha afición, puesto que ya en esta postrera determinación ya yo estaba de suerte, que a cualquiera que pensara servir más a Dios u mi padre quisiera, fuera; que más miraba ya el remedio de mi alma, que del descanso ningún caso hacía de él. Acuérdaseme, a todo mi parecer y con verdad, que cuando salí de casa de mi padre no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartava por sí, que, como no havía amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra.

En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los que se hacen fuerza para servirle, la cual nadie no entendía de mí, sino grandísima voluntad. A la hora me dio un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó hasta hoy, y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura. Dávanme deleite todas las cosas de la relisión, y es verdad que andava algunas veces barriendo en horas que yo solía ocupar en mi regalo y gala, y acordándoseme que estava libre de aquello, me dava un nuevo gozo, que yo me espantava y no podía entender por dónde venía.

Cuando de esto me acuerdo, no hay cosa que delante se me pusiese, por grave que fuese, que dudase de acometerla; porque ya tengo espiriencia en muchas que, si me ayudo al principio a determinarme a hacerlo (que, siendo sólo por Dios, hasta encomenzarlo quiere —para que más merezcamos— que el alma sienta aquel espanto, y mientra mayor, si sale con ello, mayor premio y más sabroso se hace después), an en esta vida lo paga Su Majestad por unas vías que sólo quien goza de ello lo entiende.

Esto tengo por espiriencia, como he dicho, en muchas cosas harto graves; y ansí jamás aconsejaría —si fuera persona que huviera de dar parecer— que, cuando una buena inspiración acomete muchas veces, se deje por miedo de poner por obra; que si va desnudamente por sólo Dios, no hay que temer sucederá mal, que poderoso es para todo. Sea bendito por siempre, amén.

Bastara, ¡oh sumo Bien y descanso mío!, las mercedes que me havíades hecho hasta aquí, de traerme por tantos rodeos vuestra piadad y grandeza a estado tan siguro y a casa adonde havía muchas siervas de Dios, de quien yo pudiera tomar, para ir creciendo en su servicio. No sé cómo he de pasar de aquí, cuando me acuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos. Esto no lo puedo decir sin lágrimas, y havían de ser de sangre y quebrárseme el corazón, y no era mucho sentimiento para lo que después os ofendí. Paréceme ahora que tenía razón de no querer tan gran dinidad, pues tan mal havía de usar de ella. Mas Vos, Señor mío, quisistes ser —casi veinte años que usé mal de esta merced— ser el agraviado, porque yo fuese mijorada. No parece, Dios mío, sino que prometí no guardar cosa de lo que os havía prometido, anque entonces no era esa mi intención. Mas veo tales mis obras después, que no sé qué intención tenía, para que más se vea quién Vos sois, Esposo mío, y quién soy yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me tiempla el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias.

¿En quién, Señor, pueden ansí resplandecer como en mí, que tanto he escurecido con mis malas obras las grandes mercedes que me comenzastes a hacer? ¡Ay de mí, Criador mío, que si quiero dar disculpa, ninguna tengo, ni tiene nadie la culpa sino yo! Porque si os pagara algo del amor que me comenzastes a mostrar, no le pudiera yo emplear en nadie sino en Vos, y con esto se remediava todo. Pues no lo merecí ni tuve tanta ventura, válgame ahora, Señor, vuestra misericordia.

La mudanza de la vida y de los manjares me hizo daño a la salud; que, aunque el contento era mucho, no bastó. Comenzáronme a crecer los desmayos y diome un mal de corazón tan grandísimo, que ponía espanto a quien le veía, y otros muchos males juntos. Y ansí pasé el primer año con harta mala salud, aunque no me parece ofendí a Dios en él mucho. Y como era el mal tan grave que casi me privava el sentido siempre —y algunas veces del todo quedava sin él—, era grande la diligencia que traía mi padre para buscar remedio; y como no le dieron los médicos de aquí, procuró llevarme a un lugar adonde havía mucha fama de que sanaban allí otras enfermedades, y ansí dijeron harían la mía. Fue conmigo esta amiga que he dicho que tenía en casa, que era antigua. En la casa que era monja no se prometía clausura.

Estuve casi un año por allá, y los tres meses de él padeciendo tan grandísimo tormento en las curas que me hicieron tan recias, que yo no sé cómo las pude sufrir; y en fin, aunque las sufrí, no las pudo sufrir mi sujeto, como diré.

Havía de comenzarse la cura en el principio del verano, y yo fui en el principio del invierno. Todo este tiempo estuve en casa de la hermana que he dicho que estava en el aldea, esperando el mes de abril, porque estava cerca, y no andar yendo y viniendo.

Cuando iva, me dio aquel tío mío —que tengo dicho que estava en el camino—, un libro; llámase "Tercer Abecedario", que trata de enseñar oración de recogimiento; y puesto que este primer año havía leído buenos libros (que no quise más usar de otros, porque.ya entendía el daño que me havían hecho), no sabía cómo proceder en oración ni cómo recogerme, y ansí holguéme mucho con él y determinéme a seguir aquel camino con todas mis fuerzas. Y como ya el Señor me havía dado don de lágrimas y gustaba de leer, comencé a tener ratos de soledad y a confesarme a menudo y comenzar aquel camino, tiniendo a aquel libro por maestro; porque yo no hallé maestro —digo confesor— que me entendiese, aunque le busqué, en veinte años después de esto que digo, que me hizo harto daño para tornar muchas veces atrás y aun para del todo perderme, porque todavía me ayudara a salir de las ocasiones que tuve para ofender a Dios.

Comenzóme Su Majestad a hacer tantas mercedes en los principios, que al fin de este tiempo que estuve aquí (que era casi nueve meses en esta soledad, aunque no tan libre de ofender a Dios como el libro me decía, mas por esto pasaba yo; parecíame casi imposible tanta guarda; teníala de no hacer pecado mortal, y pluguiera a Dios la tuviera siempre; de los veniales hacía poco caso, y esto fue lo que me destruyó), comenzó el Señor a regalarme tanto por este camino, que me hacía merced de darme oración de quietud, y alguna vez llegaba a unión, aunque yo no entendía qué era lo uno ni lo otro, y lo mucho que era de preciar, que creo me fuera gran bien entenderlo. Verdad es que durava tan poco esto de unión, que no sé si era Avemaría; mas quedava con unos efetos tan grandes que, con no haver en este tiempo veinte años, me parece traía el mundo debajo de los pies, y así me acuerdo que havía lástima a los que le siguían, anque fuese en cosas lícitas.

Procurava lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de mí presente, y ésta era mi manera de oración: si pensava en algún paso, le representava en lo interior, anque lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios talento de discurrir con el entendimiento ni de aprovecharme con la imaginación, que la tengo tan torpe, que an para pensar y representar en mí —como lo procuraba traer— la Humanidad del Señor, nunca acabava. Y anque por esta vía de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la contemplación si perseveran, es muy travajoso y penoso; porque si falta la ocupación de la voluntad y el haver en qué se ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísimo combate los pensamientos.

A personas que tienen esta dispusición les conviene más pureza de conciencia que a las que con el entendimiento pueden obrar; porque quien va discurriendo en lo que es el mundo y en lo que deve a Dios y en lo mucho que sufrió y lo poco que le sirve y lo que da a quien le ama, saca dotrina para defenderse de los pensamientos y de las ocasiones y peligros; pero quien no se puede aprovechar de esto, tiénele mayor y conviénele ocuparse mucho en lición, pues de su parte no puede sacar ninguna. Es tan penosísima esta manera de proceder, que si el maestro que enseña aprieta en que sin lición, que ayuda mucho para recoger —a quien de esta manera procede le es necesario, anque sea poco lo que lea, sino en lugar de la oración mental que no puede tener—; digo que si sin esta ayuda le hacen estar mucho rato en la oración, que será imposible durar mucho en ella y le hará daño a la salud si porfía, porque es muy penosa cosa.

Ahora me parece que proveyó el Señor que yo no hallase quien me enseñase, porque fuera imposible —me parece—, perseverar dieciocho años que pasé este travajo, y en éstos grandes sequedades, por no poder, como digo, discurrir. En todos éstos, si no era acabando de comulgar, jamás osava comenzar a tener oración sin un libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como una compañía u escudo en que havía de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada. Porque la sequedad no era lo ordinario, mas era siempre cuando me faltava libro, que era luego disbaratada el alma, y los pensamientos perdidos: con esto los comenzava a recoger y como por halago llevava el alma. Y muchas veces, en abriendo el libro, no era menester más; otras leía poco, otras mucho, conforme a la merced que el Señor me hacía.

Parecíame a mí, en este principio que digo, que tiniendo yo libros y cómo tener soledad, que no havría peligro que me sacase de tanto bien; y creo con el favor de Dios fuera ansí, si tuviera maestro u persona que me avisara de huir las ocasiones en los principios y me hiciera salir de ellas, si entrara, con brevedad. Y si el demonio me acometiera entonces descubiertamente, parecíame en ninguna manera tornara gravemente a pecar; mas fue tan sutil y yo tan ruin, que todas mis determinaciones me aprovecharon poco, anque muy mucho los días que serví a Dios, para poder sufrir las terribles.enfermedades que tuve, con tan gran paciencia como Su Majestad me dio.

Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios, y regaládose mi alma de ver su gran manificencia y misericordia. Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin pagarme, an en esta vida, ningún deseo bueno. Por ruines y imperfetas que fuesen mis obras, este Señor mío las iva mijorando y perficionando y dando valor, y los males y pecados luego los ascondía; an en los ojos de quien los ha visto, permite Su Majestad se cieguen y los quita de su memoria. Dora las culpas; hace que resplandezca una virtud que el mesmo Señor pone en mí casi haciéndome fuerza para que la tenga.

Quiero tornar a lo que me han mandado. Digo que, si huviera de decir por menudo de la manera que el Señor se havía conmigo en estos principios, que fuera menester otro entendimiento que el mío para saber encarecer lo que en este caso le devo y mi gran ingratitud y maldad, pues todo esto olvidé. Sea por siempre bendito, que tanto me ha sufrido. Amén.

Portal de SANTA TERESA DE JESÚS en la Biblioteca Virtual Cervantes

Libro de la Vida — Capítulo IV (LibriVox)



Livre de la Vie. CHAPITRE IV

La Sainte prend l’habit de religieuse et sens, en même temps, un très grand changement en elle. Elle retombe dans une si grande maladie que son père est obligé de la faire sortit du monastère pour la faire traiter. Celui de ses oncles dont il a été ci-devant parlé lui donne un livre qui lui sert beaucoup pour lui apprendre à faire oraison, et elle commence à entrer dans l’oraison de quiétude et même d’union, mais sans le connaître. Besoin qu’elle eut durant plusieurs années d’avoir un livre pour se pouvoir recueillir dans l’oraison.


Lors que j’étais dans ces pensées, je persuadai à l’un de mes frères de se faire religieux, en lui représentant qu’il n’y a que vanité dans le monde, et nous nous résolûmes ensemble d’aller de grand matin au monastère où était cette amie qui m’était si chère. Mais quelque affection que j’eusse pour elle, j’étais dans une telle disposition que je serais entrée sans difficulté en quelque autre monastère que ce fût où j’aurais crû pouvoir mieux servir Dieu, et qui aurait été plus agréable à mon père, parce que n’ayant alors devant les yeux que mon salut, je ne pensais plus à chercher ma satisfaction particulière. Je crois pouvoir dire avec vérité que quand j’aurais été prête à rendre l’esprit je n’aurais pas souffert davantage que je fis au sortir de la maison de mon père. Il me semblait que tous mes os se détachaient les uns des autres, parce que mon amour pour Dieu n’étais pas assez fort pour surmonter entièrement celui que j’avais pour mon père et pour mes proches, et il était si violent que si Notre Seigneur ne m’eût assistée je n’aurais jamais pu continuer dans ma résolution ; mais il me donna la force de me surmonter moi-même, et ainsi je l’exécutai.

Dans le moment que je pris l’habit, j’éprouvai de quelle sorte Dieu favorise ceux qui se font violence pour le servir. Personne ne s’aperçut de celle qui se passait dans mon cœur, mais chacun criait, au contraire, que je faisais cette action avec grande joie. Il ne se peut rien ajouter à celle que j’eus de me voir revêtue de ce saint habit, et elle a toujours continué jusques à cette heure. Dieu changea en une très grande tendresse la sécheresse de mon âme ; je ne trouvais rien que d’agréable dans tous les exercices de la religion ; je balayais quelquefois la maison dans les heures que je donnais auparavant à mon divertissement et à ma vanité, et j’avais tant de plaisir à penser que j’étais délivrée de ces vains amusements et de cette folie que je ne pouvais assez m’en étonner, ni comprendre comment un tel changement s’était pu faire.

Ce souvenir fait encore maintenant une si forte impression sur mon esprit qu’il n’y a rien, quelque difficile qu’il fût, que je craignisse d’entreprendre pour le service de Dieu. Car je sais, par diverses expériences, que quand c’est son seul amour qui nous y engage, il ne se contente pas de nous aider à prendre de saintes résolutions mais il veut, pour augmenter notre mérite, que les difficultés nos étonnent, afin de rendre notre joie et notre récompense d’autant plus grandes que nous aurons eu plus à combattre, et il nous fait même goûter ce plaisir dès cette vie par des douceurs et des consolations qui ne sont connues que de ceux qui les éprouvent.

Je l’ai, comme je viens de le dire, expérimenté diverses fois en des occasions fort importantes. C’est pourquoi j’étais capable de donner conseil, je ne serais jamais d’avis lorsque Dieu nous inspire diverses fois de manquer à l’entreprendre par la crainte de ne la pouvoir exécuter puisque, si c’est seulement pour son amour que l’on si porte, elle ne saurait ne pas réussir par son assistance, rien ne lui étant impossible. Qu’il soit béni à jamais. Ainsi soit-il.

Ô mon souverain bien et mon souverain repos, la grâce que votre infinie bonté m’avait faite de me conduire, partant de divers détours, à un état aussi assuré qu’est celui de la vie religieuse, et dans une maison où vous aviez un si grand nombre de servantes de qui je pouvais apprendre à m’avancer dans vôtre service, ne devait-elle pas me suffire ? Comment puis-je passer outre dans la suite de ce discours lorsque je pense à la manière dont je fis profession, à l’incroyable contentement que je ressentis de me voir honorée de la qualité de votre épouse, et à la résolution dans laquelle j’étais de m’efforcer de tout mon pouvoir de vous plaire. Je ne puis parler sans verser des larmes, mais ce devraient être des larmes de sang, et mon cœur devrait se fendre de douleur lorsque je vois que quelque grands que parussent ces bons sentiments ils étaient bien faibles puisque je vous ai offensé depuis. Je trouve maintenant que j’avais raison de craindre de m’engager dans un état si relevé quand je considère le mauvais usage que j’en ai fait, mais vous avez voulu, mon Dieu, pour me rendre meilleure et me corriger, souffrir que je vous aie offensé durant vingt ans en employant aussi mal que j´ai fait une telle grâce. Il semble, mon Sauveur, vu la manière dont j’ai vécu, que j’eusse résolu de ne rien tenir de ce que je vous promettais. Ce n’était pas avec mauvaise intention, mais repassant par mon esprit de quelle force j’ai agi depuis, je ne sais quelle elle pouvait être. La seule chose dont je suis assurée c’est que cela fait bien connaître, ô Jésus-Christ mon saint époux, quel vous êtes et quelle je suis. Et je puis dire avec vérité que ma douleur de vous tant offenser est souvent modérée par la joie que je ressens de ce que la patience avec laquelle vous me souffrez fait voir la grandeur de votre miséricorde.

Car en qui, Seigneur, a-t-elle jamais plus paru qu’en moi qui me suis rendue si indigne des grâces que vous m’avez faites ? Hélas ! mon Créateur, j’avoue qu’il ne me reste point d’excuse. Je suis seule coupable de toutes les fautes que j’ai commises, et je n’avais pour les éviter qu’à répondre par mon amour pour vous à celui dont vous me donniez tant de preuves. Mais n’ayant pas alors été assez heureuse pour m’acquitter d’un devoir qui m’était si avantageux, que puis-je faire maintenant que d’avoir recours à votre bonté infinie ?

Le changement de vie et de nourriture altéra ma santé, quoique j’en fusse fort contente ; mes défaillances augmentèrent, et mes maux de cœur étaient si grands que se trouvant joints à d’autres maux on ne pouvait les voir sans étonnement. Je passai ainsi la première année, et il me semble qu’en cet état je n’offensait pas beaucoup Dieu. Le mal était si grand que je n’avais presque toujours que fort peu de connaissance, et je la perdais quelquefois entièrement. Il ne se pouvait rien ajouter aux soins que mon père prenait de moi ; et parce que les médecins de ce lieu ne réussissaient point à me traiter, il me fit transporter en un autre o`il y en avait que l’on disait être fort habiles, et que l’on espérait qui me guériraient. Comme l’on ne faisait point vœu de clôture dans le monastère d’où je sortais, la religieuse que j’ai dit m’avoir prise en grande affection et qui était déjà ancienne m’accompagna.

Je demeurai presque un an dans ce lieu où l’on me mena, et la quantité de rem`des que l’on employa durant trois mois me fit tant souffrir que je ne sais comment je pus les supporter.

Étant partie à l’entrée de l’hiver, je demeurai jusques au mois d’avril en la maison de ma sœur, parce qu’elle était proche du lieu où l’on devait commencer au printemps à me traiter.

J’avais passé en y allant chez celui de mes oncles dont j’ai parlé, et il me donna un livre qui porte pour titre « Le troisième abécédaire », lequel enseigne la manière de faire oraison de recueillement. Comme j’avais renoncé à lire de mauvais livres depuis avoir reconnu combien ils sont dangereux et qu’il y avait un an que je n’en lisais plus que de bons, je reçus celui-là avec grande joie et me résolus de faire tout ce que je pourrais pour en profiter. Car je ne savais encore comment il fallait faire oraison et me recueillir, mais Notre Seigneur m’avait favorisée du don des larmes. Cette lecture me toucha fort, je commençai à me retirer quelquefois dans la solitude, à me confesser souvent, et à marcher dans le chemin qui me montrait ce livre qui me servait de directeur. Car je n’ai point eu durant vingt ans ni de confesseur qui m’entendit, quoique j’en ai toujours cherché, ce qui m’a fait beaucoup de tort et a été cause que souvent je suis retournée en arrière, et que j’ai même couru fortune de me perdre entièrement, au lieu qu’un directeur m’aurait aidée au moins à éviter les occasions d’offenser Dieu.

Sa souveraine Majesté me fit dès lors beaucoup de grâces, et sur la fin des neuf mois que je passai dans cette solitude, quoique je ne fusse pas si soigneuse de ne pas l’offenser que ce livre m’enseignait, et que je passasse par-dessus beaucoup de choses que j’aurais dû pratiquer parce qu’il me paraissait impossible d’agir avec tant d’exactitude, je prenais garde néanmoins de ne point tomber dans quelque péché mortel. Plût à Dieu que j’eusse toujours usé d’une semblable vigilance, mais quant aux péchés véniels je n’en tenait pas grand’compte, et ce fut là mon grand mal. Marchant dans ce chemin, il plut à Notre Seigneur de me donner l’oraison de quiétude, et quelquefois cette oraison d’union, encore que je ne comprisse rien ni à l’une ni à l’autre, et que j’ignorasse le prix de cette faveur que je crois qu’il m’aurait été fort avantageux de connaître. Cette oraison d’union durait très peu, et moins, à ce que je crois, qu’un Ave Maria. Mais elle produisait un tel effet dans mon âme que, bien que je n’eusse encore vingt ans, je me trouvais dans un si grand mépris du monde qu’il me semblait que je le voyais sous mes pieds et avait compassion de ceux qui s’y trouvaient engagés, quoiqu’ils ne s’occupassent qu’à des choses permises.

Ma manière d’oraison était de tâcher, autant que je le pouvais, d’avoir toujours Notre Seigneur Jésus-Christ présent au dedans de moi, et lorsque je considérais quelqu’une des actions de sa vie je me la représentais dans le fond de mon cœur. Mais j’employais la plupart de mon temps à lire de bons livres, et c’était là tout mon plaisir, parce que Dieu ne m’a pas donné le talent de discourir avec l’entendement et de me servir de l’imagination. J’étais si grossière que quelque peine que je prisse je ne pouvais me représenter au-dedans de moi l’humanité de Jésus-Christ. Encore par cette voie de ne pouvoir agir par l’entendement, on arrive plutôt à la contemplation pourvu que l’on persévère ; elle est extrêmement pénible à cause que la volonté n’ayant point de quoi s’occuper, ni l’amour d’objet présent qui l’arrête, l’âme demeure comme sans appui et sans exercice dans une sécheresse et une solitude difficile à supporter. D’où il arrive qu’elle se trouve combattue par les diverses pensées qui lui viennent.

Ceux qui sont dans cette disposition ont besoin d’une plus grande pureté de cœur que ceux qui peuvent agir par l’entendement, à cause que ces derniers se représentant le néant du monde, ce que nous devons à Jésus-Christ, ce qu’il a souffert pour nous, le peu de service que nous lui rendons, et les grâces qu’il fait à ceux qu’il aime, en tirent des instructions pour se défendre des mauvaises pensées, et fuir les occasions qui pourraient les faire tomber dans le péché. Ainsi comme ceux qui sont privés de cet avantage sont en plus grand péril, ils doivent beaucoup s’occuper à de saintes lectures pour en tirer le secours qu’ils ne peuvent trouver dans eux-mêmes. Cette manière de prier sans que l’entendement agisse est si pénible, et la lecture quelque brève qu’elle soit est si nécessaire pour se recueillir et suppléer à l’oraison mentale, que si le directeur ordonne sans cette aide de demeurer longtemps en oraison, il sera impossible de lui obéir, et la santé des personnes qu’il conduira de la sorte se trouvera altérée par une aussi grande peine que sera celle qu’elles souffriront.

J’ai maintenant, ce me semble, sujet de croire que ç’a été par une conduite particulière de Dieu que durant dix-huit ans je demeurai dans de si grandes sécheresses manque de savoir méditer ; je ne trouvai personne qui m’enseignât cette manière d’oraison, parce qu’il m’aurait impossible, à mon avis, de la pratiquer. Ainsi excepté, lorsque je venais de communier je n’osais jamais m’engager à prier que je n’eusse un livre, et je n’appréhendais pas moins de demeurer en oraison sans cette assistance, qu’un homme craindrait de s’engager à combattre seul contre plusieurs. Ce livre m’était comme un second ou un bouclier pour me défendre de la distraction que tant de diverses pensées pouvaient me donner, et il m’assurait et me consolait parce qu’il faisait que ces sécheresses ne m’arrivaient guère, au lieu que je ne manquais jamais d’y tomber quand je n’avais point de livre, et mon âme s’égarait dans ses pensées. Mais je n’avais pas plutôt pris un livre qu’elle se recueillait, et mon esprit comme attiré doucement par ce moyen devenait calme et tranquille. Quelquefois même il me suffisait d’ouvrir le livre sans avoir besoin de parler outre ; d’autres fois, je lisais un peu ; et d’autres fois je lisais beaucoup, selon la grâce que Notre Seigneur me faisait.

Il me paraissait alors qu’avec des livres et de la solitude je n’avais rien à appréhender ; et je ne crois qu’étant assistée de Dieu cela se serait trouvé véritable si un directeur ou quelque autre personne m’eût avertie de fuir les occasions, et m’eût aidée à ne point différer d’en sortit lorsque j’y serais tombée. Que si le démon m’eût en ce temps-là attaquée ouvertement, il me semble que je ne me serais jamais laissée aller à commettre encore de grands péchés ; mais il était si artificieux, et moi si mauvaise, que je profitais peu de mes bonnes résolutions, quoiqu’elles me servissent beaucoup pour pouvoir souffrir avec autant de patience qu’il a plût à Notre Seigneur de m’en donner en d’aussi grands maux que furent ceux que j’endurai dans ces terribles maladies.

J’ai sur cela pensé cent fois avec étonnement quelle est l’infinie bonté de Dieu, et je ne saurais, sans en ressentir beaucoup de joie, considérer la grandeur de ses miséricordes. Qu’il soit béni à jamais de m’avoir fait voir si clairement que je n’ai point eu de bon dessein dont il ne m’ait récompensée même dès cette vie. Quelque imparfaites et mauvaises que fussent mes œuvres mon divin Sauveur les perfectionnait et les rendait bonnes ; il cachait mes défauts et mes péchés ; obscurcissait les yeux de ceux qui les voyaient pour les empêcher de les apercevoir, et s’il arrivait qu’ils les remarquassent il les effaçait de leur mémoire. Ainsi je puis dire qu’il couvre mes fautes pour les rendre imperceptibles, et qu’il fait éclater la vertu qu’il met en moi comme malgré moi.

Mais il faut revenir à mon sujet pour obéir à ce que l’on m’a commandé, sur quoi je me contenterais de dire que si je m’engageais à rapporter particulièrement la conduite que Dieu a tenu envers moi dans ces commencements, j’aurais besoin de beaucoup plus d’esprit que je n’en ai pour pouvoir faire connaître les infinies obligations dont je lui suis redevable, et quelle a été mon extrême ingratitude qui me les a fait oublier. Qu’il soit à jamais béni de l’avoir soufferte. Ainsi soit-il.


martes, 30 de junio de 2009

Arnaud d´Andilly y Teresa de Jesús 3



ROBERT ARNAULD D´ANDILLY

Libro de la Vida. Capítulo III.

En que trata cómo fue parte la buena compañía para tornar a despertar sus deseos, y por qué manera comenzó el Señor a darla alguna luz del engaño que havía traído.

Pues comenzando a gustar de la buena y santa conversación de esta monja, holgávame de oírla cuán bien hablava de Dios, porque era muy discreta y santa. Esto, a mi parecer, en ningún tiempo dejé de holgarme de oírlo. Comenzóme a contar cómo ella había venido a ser monja por solo leer lo que dice el Evangelio: "Muchos son los llamados, y pocos los escogidos". Decíame el premio que daba el Señor a los que todo lo dejan por él.

Comenzóme esta buena compañía a desterrar las costumbres que había hecho la mala y a tornar a poner en mi pensamiento deseos de las cosas eternas y a quitar algo la gran enemistad que tenía con ser monja, que se me havía puesto grandísima. Y si vía alguna tener lágrimas cuando rezava, u otras virtudes, havíala mucha envidia; porque era tan recio mi corazón en este caso que, si leyera toda la Pasión, no llorara una lágrima. Esto me causava pena.

Estuve año y medio en este monesterio harto mijorada. Comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con todas me encomendasen a Dios, que me diese el estado en que le havía de servir; mas todavía deseava no fuese monja, que éste no fuese Dios servido de dármele, anque también temía el casarme.

A cabo de este, tiempo que estuve aquí, ya tenía más amistad de ser monja, anque no en aquella casa, por las cosas más virtuosas que después entendí tenían, que me parecían estremos demasiados. Y havía algunas de las más mozas que me ayudavan en esto, que si todas fueran de un parecer, mucho me aprovechara. También tenía yo una grande amiga en otro monesterio, y esto me era parte para no ser monja si lo huviese de ser, sino a donde ella estava. Mirava más el gusto de mi sensualidad y vanidad que lo bien que me estava a mi alma.

Estos buenos pensamientos de ser monja me venían algunas veces, y luego se quitavan, y no podía persuadirme a serlo.

En este tiempo, anque yo no andava descuidada de mi remedio, andava más ganoso el Señor de disponerme para el estado que me estava mijor. Diome una gran enfermedad, que huve de tornar en casa de mi padre.

En estando buena lleváronme en casa de mi hermana, que residía en una aldea, para verla, que era estremo el amor que me tenía y, a su querer, no saliera yo de con ella; y su marido también me amava mucho —al menos mostrávame todo regalo—, que an esto devo más al Señor, que en todas partes siempre le he tenido, y todo se lo servía como la que soy.

Estava en el camino un hermano de mi padre, muy avisado, y de grandes virtudes, viudo, a quien también andaba el Señor dispuniendo para Sí, que en su mayor edad dejó todo lo que tenía y fue fraile, y acabó de suerte que creo goza de Dios. Quiso me estuviese con él unos días. Su ejercicio era buenos libros de romance, y su hablar era —lo más ordinario— de Dios y de la vanidad del mundo. Hacíame le leyese, y anque no era amiga de ellos, mostrava que sí; porque en esto de dar contento a otros he tenido estremo, anque a mí me hiciese pesar; tanto, que en otras fuera virtud y en mí ha sido gran falta, porque iva muchas veces muy sin discreción.

¡Oh válame Dios, por qué términos me andava Su Majestad dispuniendo para el estado en que se quiso servir de mí, que, sin quererlo yo, me forzó a que me hiciese fuerza! Sea bendito por siempre, amén.

Anque fueron los días que estuve pocos, con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, ansí leídas, como oídas, y la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña, de que no era todo nada, y la vanidad del mundo, y como acabava en breve, y a temer, si me huviera muerto, cómo me iba a el infierno. Y anque no acabava mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi era mijor y más seguro estado; y ansí poco a poco me determiné a forzarme para tomarle.

En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí mesma con esta razón: que los travajos y pena de ser monja no podía ser mayor que la del purgatorio, y que yo havía bien merecido el infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en purgatorio, y que después me iría derecha a el cielo, que éste era mi deseo.

Y en este movimiento de tomar estado, más me parece me movía un temor servil que amor. Poníame el demonio, que no podría sufrir los travajos de la relisión, por ser tan regalada. A esto me defendía con los travajos que pasó Cristo, por que no era mucho yo pasase algunos por Él; que Él me ayudaría a llevarlos —devía pensar— que esto postrero no me acuerdo. Pasé hartas tentaciones estos días.

Havíanme dado, con unas calenturas, unos grandes desmayos; que siempre tenía bien poca salud. Diome la vida haver quedado ya amiga de buenos libros. Leía en las Epístolas de san Jerónimo, que me animavan de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que casi era como a tomar el hábito; porque era tan honrosa, que me parece, no tornara atrás por ninguna manera, haviéndolo dicho una vez. Era tanto lo que me quería, que en ninguna manera lo pude acabar con él, ni bastaron ruegos de personas, que procuré le hablasen. Lo que más se pudo acabar con él fue que después de sus días haría lo que quisiese. Yo ya me temía a mí y a mi flaqueza no tornase atrás, y ansí no me pareció me convenía esto, y procurelo por otra vía, como ahora diré.

Libro de la Vida. Capítulo II.


Livre de la Vie. Chapitre III.

Grands avantages que tira la Sainte des entretiens d´une excellente religieuse sous la conduite de laquelle elle était avec les autres pensionnaires. Elle commence à concevoir un faible désir d´être religieuse. Une grande maladie la contraint de retourner chez son père. Elle passe chez un de ses oncles qui était très vertueux, et ensuite du peu de séjour qu´elle y fit elle se résout à être religieuse.

Comme cette bonne religieuse était fort discrète et fort sainte, je commençai à profiter de ses sages entretiens. Je prenais plaisir à l´entendre si bien parler de Dieu, et il me semble qu´il n´y a point eu de temps auquel je n´y en ai pris. Elle me raconta comme cette seule parole qu´elle avait lue dans l´Évangile : plusieurs sont appelés mais peu sont élus, l´avait portée à se faire religieuse, et me représentait les récompenses que Dieu donne à ceux qui quittent tout pour l´amour de lui.

De si saints entretiens commencèrent à bannir de mon esprit mes mauvaises habitudes, à y rappeler le désir des biens éternels, et à m´ôter l´extrême aversion que j´avais d´être religieuse. Je ne pouvais voir quelqu´une des sœurs pleurer en priant Dieu, ou faire quelques autres actions de piété sans lui en porter envie, parce que j´avais en cela le cœur si dur que j´aurais pu entendre lire toute la passion de Notre Seigneur dans jeter une seule larme, et j´en souffrais beaucoup de peine.

Je demeurai un an et demi dans ce monastère et y profitai beaucoup. Je faisais plusieurs oraisons vocales, et priais toutes les sœurs de me recommander à Dieu afin qu´il lui plût de me faire connaître en quelle manière il voulait que je le servisse. Mais j´aurais désiré que sa volonté ne fût pas de m´appeler à la religion, quoique d´une autre part j´appréhendasse le mariage.

Au bout de ce temps, je me sentis plus portée à être religieuse, mais non pas dans cette maison parce que les austérités que j´appris ensuite qu´elles pratiquaient me paraissaient excessives, et que quelques-unes des plus jeunes religieuses me fortifiaient dans cette pensée, au lieu que si toutes se fussent rencontrées dans une même disposition cela m´aurait beaucoup servi. Ce qui me confirmait encore dans ce sentiment c´est que j´avais une intime amie dans un autre monastère, et que si j´avais à me rendre religieuse j´aurais voulu être avec elle, considérant ainsi davantage ce qui flattait mon inclination que mon véritable bien.

Mais ces bonnes pensées de me donner entièrement à Dieu dans la vie religieuse s´effaçaient bientôt de mon esprit et n´avaient pas la force de me persuader d´en venir à l´exécution.

Quoique je ne négligeasse pas entièrement alors ce qui regardait mon salut, Notre Seigneur veillait beaucoup plus que moi pour me disposer à embrasser la profession qui m´était la plus avantageuse. Il m´envoya une grande maladie qui me contraignit de retourner chez mon père.

Quand je fus guérie on me mena voir ma sœur qui demeurait à la campagne, et qui avait tant d´affection et de tendresse pour moi qu´elle aurait désiré de tout son cœur que je demeurasse toujours avec elle. Son mari me témoignait aussi beaucoup d´amitié ; et j´ai l´obligation à Notre Seigneur que je n´ai jamais été en lieu où l´on ne m´en ait fait paraître, quoique je ne méritasse pas étant aussi imparfaite que je le suis.

Je m´arrêtai en chemin en la maison d´un de mes oncles, frère de mon père et était veuf. C´était un homme fort sage et très vertueux ; et Dieu le disposait à la vocation à laquelle il l´appelait, car quelques années après il abandonna tout pour se faire religieux, et finit sa vie de telle sorte que j´ai sujet de croire qu´il est maintenant dans la gloire. Il me retint durant quelques jours auprès de lui. Son principal exercice était de lire de bons livres en langue vulgaire, et son entretien ordinaire de parler des choses de Dieu et de la vanité de celles du monde. Il m´engagea de prendre part à sa lecture, et quoique je n´y trouvasse pas grand goût je ne le lui témoignait point, car il ne se pouvait rien ajouter à ma complaisance quelque peine qu´elle me donnât, elle était même si excessive que ce que l´on aurait dû considérer en d´autres comme une vertu était en moi un grand défaut.

Ô mon Dieu, par quelles voies votre Majesté me disposait-elle à l´état auquel vous m´appeliez, en me contraignant contre ma propre volonté de me faire violence ? Vous soyez béni éternellement. Amen.

Quoique je n´eusse demeuré que peu de jours auprès de mon oncle, ce que j´avais lu et entendu dire de la parole de Dieu, joint à l´avantage de converser avec des personnes vertueuses fit une telle impression dans mon cœur, qu´elle m´ouvrit les yeux pour considérer ce que j´avais compris dès mon enfance : que tout ce que nous voyons ici-bas n´est rien, que le monde n´est que vanité et qu´il passe comme un éclair. J´entrai dans la peur d´être damnée si je venais à mourir en l´état où j´étais, et quoique je ne me déterminasse pas entièrement à être religieuse, je demeurai persuadée que c´était pour moi la condition la plus assurée, et ainsi, peu à peu, je me résolus à me faire violence pour l´embrasser.

Ce combat qui se passait en moi-même dura trois mois, et pour vaincre mes répugnances je considérais que les travaux de la religion ne sauraient être plus grands que les labeurs que l´on souffre dans le purgatoire, et qu´ayant mérité l´enfer je n´aurais pas sujet de me plaindre d´endurer en cette vie autant que je ferais dans le purgatoire, pour aller après dans le ciel où tendaient tous mes désirs, tant il me semble que j´agissais en cela plutôt par une crainte servile que par un mouvement d´amour.

Le démon pour me détourner d´un si bon dessein me représentait que j´étais trop délicate pour porter les austérités de la religion. À quoi je répondais que Jésus-Christ ayant autant souffert pour moi il était bien juste que je souffrisse quelque chose pour lui, et que j´avais sujet de croire qu´il m´aiderait à le supporter. Je ne me souviens pas bien toutefois si j´avais dans l´esprit cette dernière pensée, et je fus assez tentée durant ce temps.

Ma santé continuait d´être fort mauvaise et j´avais, outre la fièvre, de grandes faiblesses ; mais le plaisir que je prenais à lire de bons livres me soutenait ; et les épîtres de saint Jérôme m´encouragèrent tellement que je me résolus de déclarer mon dessein à mon père, ce qui était presque comme prendre l´habit de religieuse, parce que j´étais si attachée à tout ce qui regarde l´honneur que rien ne me paraissait capable de me faire manquer à ce que je m´étais une fois engagée. Comme mon père avait une affection toute extraordinaire pour moi, il me fut impossible d´obtenir de lui la permission que je lui demandais, quelque instance que je le en fisse et quelques personnes que j´employasse auprès de lui pour tâcher de le fléchir. Tout ce que je pus tirer de lui fut que ferais après sa mort ce que je voudrais. La connaissance que j´avais de ma faiblesse me faisant voir combien ce retardement me pouvait être préjudiciable, je tentai une autre voie pour venir à bout de mon dessein comme on le verra dans la suite.

viernes, 15 de mayo de 2009

Arnauld d´Andilly y Teresa de Jesús 2



ROBERT ARNAULD D´ANDILLY

Libro de la Vida. Capítulo II.

Trata cómo fue perdiendo estas virtudes, y lo que importa en la niñez tratar con personas virtuosas.

Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora diré. Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras; porque con serlo tanto mi madre, como he dicho, de lo bueno no tomé tanto en llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo malo me dañó mucho. Era aficionada a libros de cavallerías y no tan mal tomava este pasatiempo como yo le tomé para mí; porque no perdía su lavor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos. Y por ventura lo hacía para no pensar en grandes travajos que tenía, y ocupar sus hijos que no anduviesen en otras cosas perdidos. De esto le pesava tanto a mi padre, que se havía de tener aviso a que no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas de el día y de la noche en tan vano ejercicio, anque ascondida de mi padre. Era tan en estremo lo que en esto me embevía, que si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento.

Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cavello, y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas por ser muy curiosa. No tenía mala intención, porque no quisiera yo que nadie ofendiera a Dios por mí. Durome mucha curiosidad de limpieza demasiada, y cosas que me parecía a mí no eran ningún pecado, muchos años. Ahora veo cuán malo devía ser.

Tenía primos hermanos algunos, que en casa de mi padre no tenían otros cabida para entrar, que era muy recatado, y pluguiera a Dios que lo fuera de éstos también; porque ahora veo el peligro que es tratar, en la edad que se han de comenzar a criar virtudes, con personas que no conocen la vanidad de el mundo, sino que antes despiertan para meterse en él. Eran casi de mi edad, poco mayores que yo. Andávamos siempre juntos; teníanme gran amor, y en todas las cosas que les dava contento los sustentaba plática, y oía sucesos de sus aficiones y niñerías nonada buenas; y lo que peor fue, mostrarse el alma a lo que fue causa de todo su mal.

Si yo huviera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos; porque aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor, que a lo mijor. Ansí me acaeció a mí, que tenía una hermana de mucha más edad que yo, de cuya honestidad y bondad, que tenía mucha, de ésta no tomava nada, y tomé todo el daño de una parienta que tratava mucho en casa. Era de tan livianos tratos, que mi madre la había mucho procurado desviar que tratase en casa (parece que adevinaba el mal que por ella me havía de venir), y era tanta la ocasión que havía para entrar, que no havía podido.

A esta que digo, me aficioné a tratar. Con ella era mi conversación, y pláticas, porque me ayudava a todas las cosas de pasatiempo que yo quería, y an me ponía en ellas y dava parte de sus conversaciones, y vanidades. Hasta que traté con ella, que fue de edad de catorce años, y creo que más (para tener amistad conmigo, digo, y darme parte de sus cosas), no me parece había dejado a Dios por culpa mortal ni perdido el temor de Dios, anque le tenía mayor de la honra. Éste tuvo fuerza para no la perder del todo; ni me parece por ninguna cosa del mundo en esto me podía mudar, ni había amor de persona dél, que a esto me hiciese rendir. Ansí tuviera fortaleza en no ir contra la honra de Dios, como me la daba mi natural, para no perder en lo que me parecía a mí está la honra del mundo; y no miraba que la perdía por otras muchas vías. En querer esta vanamente, tenía extremo; los medios que eran menester para guardarla, no ponía ninguno; solo para no perderme del todo, tenía gran miramiento.

Mi padre, y hermana sentían mucho esta amistad, reprendíanmela muchas veces; como no podían quitar la ocasión de entrar ella en casa, no les aprovechaban sus diligencias; porque mi sagacidad para cualquier cosa mala era mucha.

Espántame algunas veces el daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello, no lo pudiera creer, en especial en tiempo de mocedad debe ser mayor el mal que hace: querría escarmentasen en mí los padres, para mirar mucho en esto. Y es ansí, que de tal manera me mudó esta conversación, que de natural, y alma virtuosos, no me dejó casi ninguno: y me parece me imprimía sus condiciones ella, y otra que tenía la misma manera de pasatiempos.

Por aquí entiendo el gran provecho que hace la buena compañía: y tengo por cierto, que si tratara en aquella edad con personas virtuosas, que estuviera entera en la virtud; porque si en esta edad tuviera quien me enseñara a temer a Dios, fuera tomando fuerzas el alma para no caer. Después quitado este temor del todo, quedome solo el de la honra, que en todo lo que hacía, me traía atormentada. Con pensar que no se había de saber, me atrevía a muchas cosas bien contra ella, y contra Dios.

Al principio dañáronme las cosas dichas, a lo que me parece, y no debía ser suya la culpa, sino mía; porque después mi malicia para el mal bastaba, junto con tener criadas, que para todo mal hallaba en ellas buen aparejo: que si alguna fuera en aconsejarme bien, por ventura me aprovechara; mas el interés las cegaba, como a mí la afición. Y pues nunca era inclinada a mucho mal, porque cosas deshonestas naturalmente las aborrecía, sino a pasatiempos de buena conversación; mas puesta en la ocasión, estaba en la mano el peligro, y ponía en él a mi padre, y hermanos; de los cuales me libró Dios, de manera que se parece bien procuraba ser tan secreto, que no hubiese harta quiebra de mi honra, y, sospecha en mi padre. Porque no me parece había tres meses que andaba en estas vanidades, cuando me llevaron a un monasterio que había en este lugar, a donde se criaban personas semejantes, aunque no tan ruines en costumbres como yo: y esto con tan gran disimulación, que sola yo, y algún deudo lo supo; porque aguardaron a coyuntura que no pareciese novedad; porque haberse mi hermana casado, y quedar sola sin madre, no era bien.

Era tan demasiado el amor que mi padre, me tenía, y la mucha disimulación mía, que no había creer tanto mal de mí, y ansí no quedó en desgracia conmigo. Como fue breve el tiempo, aunque se entendiese algo, no debía ser dicho con certinidad; porque como yo tenía tanto la honra, todas mis diligencias eran en que fuese secreto, y no miraba que no podía serlo, a quien todo lo ve. ¡Oh Dios mío, qué daño hace en el mundo tener esto en poco, y pensar que ha de haber cosa secreta, que sea contra vos! Tengo por cierto, que se excusarían grandes males, si entendiésemos, que no está el negocio en guardarnos de los hombres, sino en no nos guardar de descontentaros a vos.

Los primeros ocho días sentí mucho, y más la sospecha que tuve se había entendido la vanidad mía, que no de estar allí; porque, ya no andaba cansada, y no dejaba de tener gran temor de Dios cuando le ofendía y procuraba confesarme con brevedad.

Traía un desasosiego, que en ocho días, y aun creo en menos, estaba muy más contenta que en casa de mi padre. Todas lo estaban conmigo, porque en esto me daba el Señor gracia, en dar contento a donde quiera que estuviese, y ansí era muy querida; y puesto que yo estaba entonces ya enemiguísima de ser monja, holgábame de ver tan buenas monjas, que lo eran mucho las de aquella casa, y de gran honestidad, y religión, y recatamiento.

An con todo esto no me dejaba el demonio de tentar, y buscar los de fuera como me desasosegar con recaudos. Como no había lugar, presto se acabó, y comenzó mi alma a tornarse a acostumbrar en el bien de mi primera edad, y vi la gran merced que hace Dios a quien pone en compañía de buenos. Paréceme andaba su Majestad mirando, y remirando por donde me podía tornar a sí. Bendito seáis vos, Señor, que tanto me habéis sufrido. Amén.

Una cosa tenía, que parece me podía ser alguna disculpa, si no tuviera tantas culpas; y es, que era el trato con quien por vía de casamiento me parecía podía acabar en bien, e informada de con quien me confesaba, y de otras personas, en muchas cosas me decían no iba contra Dios.

Dormía una monja con las que estábamos seglares, que por medio suyo parece quiso el Señor comenzar a darme luz, como ahora diré.

Libro de la Vida. Capítulo I.

TERESA DE AHUMADA Y CEPEDA, por Federico Jiménez Losantos y Ayanta Barilli.



Livre de la Vie. Chapitre II.

Préjudice que reçut la Sainte de la conversation d´une des ses parentes. Combien il importe de ne fréquenter que des personnes vertueuses. On la met en pension dans un monastère.

Il me semble que ce que je vais rapporter me nuisit beaucoup, et il me fait quelquefois considérer combien grande est la faute des pères et des mères qui ne prennent pas soin d´empêcher leurs enfants de rien voir qui ne les puisse porter à la vertu. Car ma mère étant telle que je l´ai dit, tant de bonnes qualités que je voyais en elle firent peu d´impression sur mon esprit lors que je commençai à devenir raisonnable, et ce qu´elle avait de défectueux me fit grand tort. Elle prenait plaisir à lire des romans ; et ce divertissement ne lui faisait pas tant de mal qu´à moi. Car elle ne laissait pas de prendre tout le soin qu´elle devait avoir de sa famille ; et peut-être ne le faisait-elle que pour occuper ses enfants, afin de les empêcher de penser à d´autres choses qui auraient été capables de les perdre. Mais nous oubliions nos autres devoirs pour ne penser qu´à cela seul. Mon père le trouvait si mauvais qu´il fallait bien prendre garde qu´il ne s´en aperçut pas. Je m´appliquai donc entièrement à une si dangereuse lecture ; et cette faute que l´exemple de ma mère me fit faire causa tant de refroidissement dans mes bons désirs qu´elle m´en fit commettre beaucoup d´autres. Il me semblait qu´il n´y avait point de mal à employer plusieurs heures du jour et de la nuit à une occupation si vaine sans que mon père la sue, et ma passion pour cela était si grande que je ne trouvais de contentement qu´à lire quelqu´un de ces livres que je n´eusse point encore vu.

Je commençai de prendre plaisir à m’ajuster et à désirer de paraître bien ; j’avais un grand soin de mes mains et de ma coiffure ; j’aimais les parfums et toutes les autres vanités, et comme j’étais fort curieuse je n’en manquais pas. Mon intention n’était pas mauvaise ; et je n’aurais pas voulu être cause que quelqu’un offensât Dieu pour l’amour de moi. Je demeurai durant plusieurs années dans cette excessive curiosité sans comprendre qu’il y eut du péché, mais je vois bien maintenant qu’il était fort grand.

Comme mon père était extrêmement prudent, il ne permettait l’entrée de la maison qu’à ses neveux, mes cousins germains ; et plût à Dieu qu’il la leur eût refusée aussi bien qu’aux autres. Car je connais maintenant quel est le péril, dans un âge où l’on doit commencer à se former à la vertu, de converser avec des personnes qui non seulement ne connaissent point combien la vanité du monde est méprisable mais qui portent les autres à l’aimer. Ces parents dont je parle n’étaient qu’un peu plus âgés que moi ; nous étions toujours ensemble, ils m’aimaient extrêmement, mon entretient leur était très agréable, ils me parlaient du succès de leurs inclinations et de leurs folies, et qui pis est j’y prenais plaisir, ce qui fut la cause de tout mon mal.

Que si j’avais à donner conseil aux pères et aux mères, je les exhorterais de prendre bien garde de ne laisser voir à leurs enfants à cet âge que ceux dont la compagnie peut leur être utile ; rien n’étant plus important à cause que notre naturel nous porte plutôt au mal qu’au bien. Je le sais par ma propre expérience. Car ayant une sœur plus âgée que moi, fort sage et fort vertueuse, je ne profitai point de son exemple, et je reçu un grand préjudice des mauvaises qualités d’une de mes parentes qui venait souvent nous voir. Comme si ma mère qui connaissait la légèreté de mon esprit eût prévu le dommage qu’elle me devait causer, il n’y avait rien qu’elle n’eût fait pour lui fermer l’entrée de sa maison, mais elle ne le put à cause du prétexte qu’elle avait d’y venir.

Je m’affectionnai extrêmement à elle, et ne me lassais point de l’entretenir parce qu’elle contribuait à mes divertissements et me rendait compte de toutes les occupations que lui donnait la vanité. Je veux croire qu’elle n’avait point d’autre dessein dans nôtre amitié que de satisfaire son inclination pour moi et le plaisir qu’elle prenait à me parler des choses qui la touchaient. J’arrivai enfin à ma quatorzième année ; et il me semble que durant ce temps je n’offensai point Dieu mortellement, ni ne perdis point la crainte, mais j’en avais davantage de manquer à ce que l’honneur du monde oblige. Cette crainte était si forte en moi qu’il me paraît que rien n’aurait été capable de me la faire perdre. Que j’aurais été heureuse si j’avais toujours eu une aussi ferme résolution de ne faire jamais rien de contraire à l’honneur de Dieu ! Mais je ne prenais pas garde que je perdais par plusieurs autres voies cet honneur que j’avais tant de passion de conserver, parce qu’au lieu de me servir des moyens nécessaires pour cela, j’avais seulement un extrême soin de ne rien faire contre ce qui peut ternir la réputation d’une personne de mon sexe.

Mon père et ma sœur voyaient avec un sensible déplaisir l’amitié que j’avais pour cette parente, et me témoignaient souvent de la point approuver. Mais comme ils ne pouvaient lui défendre l’entrée de la maison leurs sages remontrances m’étaient inutiles, et il ne se pouvait rien ajouter à mon adresse pour réussir dans les choses où je m’engageais si imprudemment.

Je ne saurais penser sans étonnement au préjudice qu’apporte une mauvaise compagnie, et je ne le pourrais croire si je ne l’avais éprouvé, principalement, dans une si grande jeunesse. Je souhaiterais que mon exemple pût servir aux pères et aux mères pour leur faire veiller attentivement sur leurs enfants, car il est vrai que la conversation de cette parente me changea de telle sorte que l’on ne reconnaissait plus en moi aucune marque des inclinations vertueuses que mon naturel me donnait, et qu’elle et une autre qui était de son humeur m’inspirèrent les mauvaises idées qu’elles avaient.

C’est ce qui me fait connaître combien il importe de n’être qu’en bonne compagnie, et je ne doute point que si j’en eusse rencontré à cet âge une telle qu’il eût été à désirer et que l’on m’eût instruite dans la crainte de Dieu je me serais entièrement portée à la vertu, et fortifiée contre les faiblesses dans lesquelles je suis tombée. Ayant ensuite entièrement perdu cette crainte de Dieu, il me resta seulement celle de manquer à ce qui regardait mon honneur, et elle me donnait des peines continuelles. Mais me flattant de la créance que l’on n’avait point de connaissance de mes actions, je faisais plusieurs choses contraires à l’honneur de Dieu, et même à celui du monde pour lequel j’avais tant de passion.

Ce que je viens de raconter fut donc à ce qui m’en paraît le commencement de mon mal, et je ne dois pas peut-être en attribuer la cause aux personnes dont j’ai parlé mais à moi-même, puisque ma seule malice suffisait pour me faire commettre tant de fautes, joint que j’avais auprès de moi des filles toujours disposées à me fortifier dans mes manquements, et s’il y en eût eu quelqu’une qui m’eût donné de bons conseils je les aurais peut-être suivis ; mais leur intérêt les aveuglait de même que j’étais aveuglée par mon affection à suivre mes sentiments. Néanmoins comme j’ai naturellement de l’horreur pour les choses déshonnêtes, j’ai toujours été très éloignée de ce qui peut blesser l’honneur, et je me plaisais seulement dans les divertissements et les conversations agréables. Mais parce qu’en ne fuyant pas les occasions on s’expose à un péril évident, je me mettais au hasard de me perdre et d’attirer sur moi la juste fureur de mon père et de mes frères. Dieu m’en garantit par son assistance, quoique ces conversations dangereuses ne purent être si secrètes qu’elles ne donnassent quelque atteinte à ma réputation et que mon père n’en soupçonnât quelque chose. Trois mois ou environ s’étaient passés de la sorte lorsque l’on me mit dans un monastère de la ville où j’étais et où l’on élevait des filles de ma condition, mais plus vertueuses que moi. Cela se fit avec tant de secret qu’il n’y eut qu’un de mes parents qui le sût. On prit pour prétexte le mariage de ma sœur et ce que n’ayant plus de mère je serais demeurée seule dans la maison.

L’affection que mon père avait pour moi était si extraordinaire, et ma dissimulation si grande, qu’il ne me pouvait croire aussi mauvaise que je l’étais. Ainsi je ne tombai point en sa disgrâce, et bien qu’il se répandit quelque bruit de ces entretiens trop libres que j’avais eus on n’en pouvait parler avec certitude, tant parce qu’ils durèrent peu qu’à cause que ma passion pour l’honneur faisait qu’il n’y avait point de soin que je ne prisse pour les cacher, sans considérer, mon Dieu, qu’ils ne pouvaient être cachés à vos yeux qui pénètrent toutes choses. Quel mal, ô mon Sauveur, n’arrive-t-il point de ne se pas représenter cette vérité, et de s’imaginer qu’il puisse y avoir quelque chose de secret de ce qui se fait contre votre volonté ! Pour moi, je suis persuadée que l’on éviterait beaucoup de maux si l’on se mettait fortement dans l’esprit que ce qui nous importe n’est pas de cacher nos fautes aux hommes, mais de prendre garde à ne rien faire qui vous soit désagréable.

Les huit premiers jours que je passai dans cette maison me furent fort pénibles, non pas tant par le déplaisir d’y être que par l’appréhension que l’on eût connaissance de la mauvaise conduite que j’avais eue.

Car j’en étais déjà lasse et, parmi tous ces entretiens si vains et si dangereux, je craignais beaucoup d’offenser Dieu et me confessais fort souvent. Au bout de ce temps, et encore plutôt ce me semble, cette inquiétude se passa, et je me trouvais mieux que dans la maison de mon père. Les religieuses étaient fort satisfaites de moi et me témoignaient beaucoup d’affection, parce que Dieu me faisait la grâce de contenter toutes les personnes avec qui je me trouvais. J’étais alors très éloignée de vouloir être religieuse, mais j’avais de la joie de me voir avec de si bonnes filles, car celles de cette maison avaient beaucoup de vertu, de piété et de régularité.

Le démon ne laissa pas néanmoins, pour me tenter, de pousser des personnes du dehors à tâcher de troubler le repos dont je jouissais mais, comme il n’était pas facile d’entretenir un tel commerce, il céda bientôt. Je commençai à rentrer dans les bons sentiments que Dieu m’avaient donnés dès mon enfance, je connus combien grande est la grâce qu’il fait à ceux qu’il met en la compagnie des gens de bien, et il me semble qu’il n’y avait point de moyen dont son infinie bonté ne se servit pour me faire retourner à lui. Que soyez-vous, mon Sauveur, à jamais béni de m’avoir soufferte si longtemps. Amen.

La seule chose qui me parait me pouvoir excuser dans ma conduite précédente si je n’avais commis tant de fautes, c’est que tout ce commerce que j’avais eu se pouvait terminer avec honneur par un mariage, et que mon confesseur et d’autres personnes dont je prenais conseil en diverses choses me disaient que je n’offensais point Dieu en cela.

Une des religieuses du monastère couchait dans la chambre où j’étais avec les autres pensionnaires, et il me semble que Dieu commença par son moyen à m’ouvrir les yeux ainsi que je le dirai par la suite.

Livre de la Vie. Chapitre I.





domingo, 26 de abril de 2009

Robert Arnauld d´Andilly y Teresa de Jesús 1


Robert Arnauld d´Andilly (1589-1674) fue el mayor de los veinte hijos de Antoine Arnauld, consejero de Estado de Enrique IV de Francia, y de Catherine Millot. Entre sus hermanas figuran las célebres Madres Angélique y Agnès del monasterio de Port-Royal des Champs. Su hermano, Antoine Arnauld d´Andilly, fue, junto con Pascal, la pluma más brillante, acerada y temida del jansenismo. La hija de Robert Arnauld d´Andilly también profesó en el famoso monasterio con el nombre de Angélique de Saint-Jean. De ella nos queda un estupendo Relato de cautiverio, que ha inspirado el Port-Royal de Montherlant.

Sin la “elocuente familia”, como se conoce a los Arnauld desde hace más de tres siglos, muchos aspectos del siglo XVII francés habrían sido radicalmente diferentes.

Robert Arnauld d´Andilly recibió la educación humanista de su tiempo, y al perfecto conocimiento de las lenguas clásicas aunó el dominio del castellano. No era poco común hablar español en el París del siglo XVII: Luis XIV lo hablaba desde su infancia y esa era, a menudo, la lengua que usaba delante de los cortesanos para conversar con su españolísima madre. ¿No escribió, acaso, Cervantes en su "Persiles y Sigismunda": en Francia, ni varón ni mujer dejan de aprender la lengua castellana?

Como su padre, Robert Arnauld d´Andilly fue consejero de Estado y llegó a ser experto en cuestiones financieras.

Los avatares de la política le depararon varios alejamientos de los asuntos de Estado. Fue durante esos períodos cuando se dedicó, con pasión y virtuosismo iguales, a la poesía, a la traducción y a la horticultura.

Dos veces rechazó entrar en la Academia Francesa. Caso, si no único, en extremo inusual.

Fue uno de los hombres más cabales de su tiempo, en un siglo que no fue avaro de ellos: cortesano y anacoreta, traductor admirable, hombre político, poeta refinado y experto jardinero —son célebres sus más de trescientas variedades de peras, por más que Tallemant de Réaux, esa lengua viperina, dijese que la mayoría de esos frutos eran incomibles...

Traductor de San Agustín, de Flavio Josefo, de los padres del desierto, Robert Arnauld d´Andilly llevó la obra completa de Teresa de Ahumada y Cepeda a la lengua admirable del Gran Siglo francés.

Hay que decir que desde Arnauld d´Andilly, pasando por Cyprien de la Nativité de la Vierge, hasta Marcelle Auclair, la obra genial de la carmelita de Ávila ha tenido la suerte de contar con los mejores traductores franceses de cada época.

Si la traducción de las Confesiones de San Agustín es un clásico que sigue estando disponible para el lector francés de hoy en día, no ocurre lo mismo con la de las obras de la Santa, solamente accesible para los especialistas en las ediciones del siglo XVII.

En la presente transcripción del texto francés se ha modernizado la ortografía y la puntuación pero se han respetado algunas particularidades como el uso de las mayúsculas.

Miguel Frontán Alfonso.




Libro de la Vida

Quisiera yo, que como me han mandado, y dado larga licencia, para que escriba el modo de Oración y las mercedes que el Señor me ha hecho, me la dieran, para que muy por menudo y con claridad dijera mis grandes pecados y ruin vida. Diérame gran consuelo; mas no han querido, antes atádome mucho en este caso.

Y por esto pido por amor del Señor, tenga delante de los ojos, quien este discurso de mi vida leyere, que ha sido tan ruin que no he hallado santo, de los que se tornaron a Dios, con quien me consolar. Porque considero, que después que el Señor los llamaba, no le tornaban a ofender. Yo no sólo tornaba a ser peor sino que parece traía estudio a resistir las mercedes que su Majestad me hacía, como quien se vía obligar a servir más, y entendía de sí no podía pagar lo menos de lo que devía.

Sea bendito por siempre, que tanto me esperó. A quien con todo mi corazón suplico, me dé gracia, para que con toda claridad y verdad yo haga esta relación que mis confesores me mandan; y aun el Señor sé yo lo quiere muchos días ha, sino que yo no me he atrevido; y que sea para gloria y alabanza suya, y para que de aquí adelante, conociéndome ellos mijor, ayuden a mi flaqueza, para que pueda servir algo de lo que devo a el Señor, a quien siempre alaben todas las cosas, amén.

Avant-propos de la Sainte.

Je souhaiterais que comme l´on m´a ordonné d´écrire très particulièrement la manière de mon oraison et les grâces que j´ai reçues de Dieu, on m´eût permis de faire connaître avec la même exactitude la grandeur de mes péchés et la vie imparfaite que j´ai menée. Ce me serait beaucoup de consolation. Mais au lieu de me l´accorder on m´a lié les mains sur ce sujet.

Ainsi il ne me reste qu´à conjurer au nom de Dieu ceux qui liront ce discours de ma vie de se souvenir toujours que j´ai été si méchante, que je ne remarque un seul de tous les Saints qui se sont convertis à Dieu dont l´exemple puisse me consoler. Car je vois que depuis qu´il lui a plu de les toucher ils n´ont point continué à l´offenser ; au lieu que non seulement je devenais toujours plus mauvaise, mais il semblait que je prisse plaisir à résister aux grâces que Notre Seigneur me faisait, quoique je comprisse assez qu´elles m´obligeaient à le mieux servir et que je ne les pouvais trop reconnaître.

Qu´il soit béni à jamais de m´avoir attendue avec tant de patience ; je ne saurais trop le remercier, et j´implore de tout mon cœur son secours pour pouvoir écrire avec autant de clarté que de vérité cette relation que mes confesseurs m´ont ordonné de faire, et que je n´avais jusques ici osé entreprendre, quoique Dieu m´eût il y a longtemps donné la pensée d´y travailler. Je souhaite qu´elle réussisse à sa gloire, et que me faisant encore mieux connaître à ceux qui m´y ont engagée ils me fortifient dans ma faiblesse, afin que je puisse faire un bon usage des grâces que j´ai reçues de Dieu à qui toutes les créatures doivent donner de continuelles louanges.

Capítulo primero

En que trata cómo comenzó el Señor a despertar esta alma en su niñez a cosas virtuosas, y la ayuda, que es para esto, serlo los padres.

El tener padres virtuosos y temeroso de Dios, me bastará, si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía para ser buena. Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y ansí los tenía de romance, para que leyesen sus hijos. Esto, con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de Nuestra Señora y de algunos Santos, comenzó a despertarme de edad (a mi parecer) de seis, u siete años.

Ayudávame no ver en mis padres favor sino para la virtud. Tenían muchas. Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres, y piadad con los enfermos, y aún con los criados; tanta, que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piadad; y estando una vez en casa una de un su hermano, la regalaba como a sus hijos. Decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piadad. Era de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar, ni murmurar. Muy honesto en gran manera.

Mi madre también tenía muchas virtudes y pasó la vida con grandes enfermedades. Grandísima honestidad. Con ser de harta hermosura, jamás se entendió que diese ocasión a que ella hacía caso de ella; porque con morir de treinta y tres años, ya su traje era como de persona de mucha edad. Muy apacible y de harto entendimiento. Fueron grandes los trabajos que pasaron el tiempo que vivió. Murió muy cristianamente.

Eramos tres hermanas, y nueve hermanos. Todos parecieron a sus padres (por la bondad de Dios) en ser virtuosos, sino fui yo, anque era la más querida de mi padre. Y antes que comenzase a ofender a Dios, parece tenía alguna razón; porque, yo he lástima, cuando me acuerdo las buenas inclinaciones que el Señor me había dado y cuán mal me supe aprovechar dellas.

Pues mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a Dios. Tenía uno casi de mi edad (juntábamonos entramos a leer vidas de Santos), que era el que yo más quería, anque a todos tenía gran amor y ellos a mí. Como veía los martirios que por Dios las santas pasavan, parecíame compravan muy barato el ir a gozar de Dios, y deseava yo mucho morir ansí, no por amor que yo entendiese tenerle, sino por gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haver en el cielo, y juntábame con este mi hermano a tratar qué medio havría para esto. Concertábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen; y paréceme, que nos daba el Señor ánimo en tan tierna edad, si viéramos algún medio, sino que el tener padres, nos parecía el mayor embarazo. Espantávanos mucho el decir que pena y gloria era para siempre, en lo que leíamos. Acaecíanos estar muchos ratos tratando desto y gustávamos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido e camino de la verdad.

De que vi, que era imposible ir a donde me matasen por Dios, ordenávamos ser ermitaños; y en una huerta que havía en casa procurávamos, como podíamos, hacer ermitas, puniendo unas pedrecillas, que luego se nos caían, y ansí no hallávamos remedio en nada para nuestro deseo; que ahora me pone devoción ver como me dava Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa. Hacía limosna como podía, y podía poco. Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario, de que mi madre era muy devota, y ansí nos hacía serlo. Gustaba mucho, cuando jugava con otras niñas, hacer monesterios, como que éramos monjas; y yo me parece deseava serlo, anque no tanto como las cosas que he dicho.

Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce años, poco menos. Como yo comencé a entender lo que havía perdido, afligida fuime a una imagen de Nuestra Señora y supliquela fuese mi madre, con muchas lágrimas. Paréceme que, anque se hizo con simpleza, que me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a ella, y en fin, me ha tornado a sí. Fatígame ahora ver y pensar en qué estuvo el no haver estado yo entera en los buenos deseos que comencé.

¡Oh Señor mío! Pues parece tenéis determinado que me salve, plega a vuestra Majestad sea ansí; y de hacerme tantas mercedes como me havéis hecho, ¿no tuviérades por bien, no por mi ganancia, sino por vuestro acatamiento, que no se ensuciara tanto posada adonde tan contino havíades de morar? Fatígame, Señor, an decir esto, porque sé que fue mía toda la culpa, porque no me parece os quedó a Vos nada por hacer, para que desde esta edad no fuera toda vuestra. Cuando voy a quejarme de mis padres, tampoco puedo; porque no vía en ellos sino todo bien y cuidado de mi bien.

Pues pasando de esta edad, que comencé a entender las gracias de naturaleza que el Señor me había dado (que sigún decían eran muchas) cuando por ellas le havía de dar gracias, de todas me comencé a ayudar para ofenderle, como ahora diré.

Chapitre premier.

Vertus du père et de la mère de la Sainte. Soin qu´ils prenaient de l´éducation de leurs enfants. La Sainte n´étant âgée que de six ou sept ans entre avec un de ses frères dans le désir de souffrir le martyre.

Les faveurs que j´ai reçues de Dieu et la manière dont j´ai été élevée auraient dû suffire pour me rendre bonne si ma malice n´y eût point apporté d´obstacle. Mon père était fort affectionné à la lecture des bons livres, et en avait plusieurs en langue vulgaire afin que ses enfant les pussent entendre. Ma mère secondait ses bonnes intentions pour nous, et le soin qu´elle prenait de nous faire prier Dieu et de nous porter à concevoir de la dévotion pour la Sainte Vierge et pour quelques Saints, commença à m´y exciter à l´âge de six ou sept ans.

J´y étais, aussi, poussée parce que je ne voyais en mon père et en ma mère que des exemples de vertu. Mon père était très charitable envers les pauvres et les malades, et avait une si grande bonté pour les serviteurs qu´il ne put jamais se résoudre d´avoir des esclaves, tant ils lui faisaient de compassion. Ainsi ayant eu, durant quelques jours chez lui, une esclave qui appartenait à l´un de ses frères, il la traitait comme si elle eût été sa propre fille, et disait qu´il ne pouvait sans douleur voir qu´elle ne fût pas libre. Il était très véritable dans ses paroles : on ne l´entendit jamais jurer ni médire de personne, et li n´y avait rien dans toute sa conduite que fort honnête et fort louable.

Ma mère était aussi très vertueuse, et son peu de santé la fit tomber dans de grandes infirmités. Quoiqu´elle fut extrêmement belle, elle faisait si peu de cas de cet avantage qu´elle avait reçu de la nature, qu´encore qu´elle n´eût que trente-trois ans lors de qu´elle mourut, une personne fort âgée n´aurait pu vivre d´une autre manière qu´elle faisait. Son humeur était extrêmement douce ; elle avait beaucoup d´esprit ; sa vie fut traversée de par de grandes peines, et elle la finit très chrétiennement.


Nous étions douze enfants, neuf fils et trois filles ; et tous par la miséricorde de Dieu ont imité les vertus de mon père, excepté moi, quoique je fusse celle de tous ses enfants qu´il aimait le mieux. Je paraissais, avant que d´avoir offensé Dieu, avoir de l´esprit ; et je ne saurais me souvenir qu´avec douleur du mauvais usage que j´ai fait de bonnes inclinations que Notre Seigneur m´avait données.

J´étais en cela d´autant plus coupable que je ne voyais rien faire à mes frères qui m´empêchât d´en profiter. Quoique je les aimasse tous extrêmement, et que j´en fusse fort aimée, il y en avait un pour qui j´avais une affection encore plus particulière. Il était environ de mon âge et nous lisions ensemble les vies des Saints. Il me parut en voyant le martyre que quelques-uns d´eux ont souffert pour l´amour de Dieu qu´ils avaient acheté à bon marché le bonheur de jouir éternellement de sa présence ; et il me prit un grand désir de mourir de la même sorte, non par un violent mouvement d´amour que je me sentisse avoir pour lui, mais afin de ne point différer à jouir d´une aussi grande félicité que celle que je lisais que l´on possède dans le ciel. Mon frère entra dans le même sentiment, et nous délibérions ensemble du moyen que nous pourrions tenir pour venir à bout de notre dessein. Nous proposâmes de passer dans le pays occupé par les Maures, en demandant l´aumône, afin d´y mourir par leurs mains. Et quoi que nous ne fussions encore que des enfants, il me semble qu´il nous donnait assez de courage pour exécuter cette résolution si nous en pouvions trouver le moyen ; et ce que nous étions sous la puissance d´un père et d´une mère était la plus grande difficulté que nous y voyions. Cette éternité de gloire et de peines que ces livres nous faisaient connaître frapait notre esprit d´un étrange étonnement ; nous répétions sans cesse : Quoi ! pour toujours !, toujours !, toujours ! Et bien que je fusse dans une aussi grande jeunesse Dieu me faisait la grâce en prononçant ces paroles qu´elles imprimaient dans mon cœur le désir d´entrer et de marcher dans le chemin de la vérité.

Lorsque nous vîmes, mon frère et moi, qu´il nous serait impossible de réussir dans notre desseins de souffrir le martyre, nous résolûmes de vivre comme des ermites ; et nous travaillâmes ensuite à faire des ermitages dans le jardin, mais les pierres que nous mettions pour cela, les unes sur les autres, venant à tomber parce qu´elles n´avaient point de liaison, nous ne pûmes en venir à bout. Je ne saurais encore maintenant penser sans en être beaucoup touchée que Dieu me faisait dès lors des grâces dont j´ai si peu profité. Je donnais l´aumône autant que je le pouvais, et mon pouvoir était petit. Je me retirais en solitude pour faire mes prières qui étaient en grand nombre, avec le rosaire pour lequel ma mère avait une grande dévotion et nous l’avait inspirée. Lors que je me jouais avec les petites filles de mon âge mon grand plaisir était de faire des monastères et d’imiter les religieuses ; et il me semble que désirais de l’être, quoique non pas avec tant d’ardeur que les autres choses dont j’ai parlé.

J’avais environs douze ans quand ma mère mourut, et connaissant la perte que j’avais faite je me jetai toute fondante en larmes aux pieds d’une image de la Sainte Vierge et la suppliai de vouloir être ma mère. Quoique je fisse cette action avec une grande simplicité il m’a paru qu’elle me fut fort avantageuse. Car j’ai reconnu manifestement que je ne me suis jamais recommandée à cette bienheureuse Mère de Dieu qu’elle ne m’ait assistée. Elle m’a, enfin, appelée à son service, et je ne puis penser qu’avec douleur que je ne persévérai pas aussi fidèlement que je devais dans les bons désirs que j’avais alors.

Seigneur mon Dieu, puisque j’ai sujet de croire que me faisant tant de grâces vous aviez dessein de me sauver, n’aurait-il pas fallu qui par le respect qui vous est dû encore plus que pour mon intérêt, mon âme dans laquelle vous vouliez habiter n’eût point été profanée par tant de péchés ? Je ne saurais en parler sans en être vivement touchée parce que je n’en puis attribuer la cause qu’à moi seule, étant obligée de reconnaître qu’il n’y a rien que vous n’ayez fait pour me porter dès cet âge à être absolument toute à vous, et que mon père et ma mère ont pris tant de soin de m’élever dans la vertu et m’ont donné de si bons exemples, qu’au lieu de me pouvoir plaindre d’eux j’ai tous les sujets du monde de m’en louer.

Lorsque je fus un peu plus avancée en âge, je commençai à connaître les dons de la nature dont Dieu m’avait favorisée et que l’on disait être grands. Mais au lieu d’en rendre grâces à Dieu je m’en servis pour l’offenser, ainsi que je le dirai par la suite.