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lunes, 7 de septiembre de 2020

María Zambrano: Adsum



ADSUM

Porque el delito peor
del hombre es haber nacido”.
Calderón.

Había querido morir, no al modo en que se quiere cuando se está lejos de la muerte, sino yendo hacia ella. No la había llamado, simplemente debió de ponerse en marcha, por el camino que a ella lleva o quizá equivocarse; quizá fue que cayó en una trampa o que se fio de un espejismo; un error. Y el error se paga con la muerte; por eso es inexorable morir para todos. También porque nunca se ha estado vivo del todo, y, porque no es posible estarlo enteramente; cuando el alguien aprisionado y ávido que va en nosotros sale a la luz, no encuentra aquello que lo hizo salir. Al salir de sí, nadie parece; aquello amado se ha ido y sólo encontramos el vacío, la negación. El “NO”, cualquier no, sabemos lo que significa sólo cuando hemos pasado por esta experiencia de lo negativo.
Sabemos que ello, lo esperado, no está ahí, ni cerca ni lejos. Y entonces nos damos cuenta de que vivimos enteramente solos. Y vivir a solas, es vivir a medias, es estar recluido, condenado, cegado también; es estar en reserva y a la defensiva.
Se puede morir aun estando vivo; se muere de muchas maneras en ciertos padeceres sin nombre, en la muerte del prójimo, y más en la muerte de lo que se ama y en la soledad que produce la total incomprensión, la ausencia de posibilidad de comunicarse; cuando a nadie le podemos contar nuestra historia. Eso es muerte; muerte por juicio. El juicio de quien debía de oír y entrar sin más en el interior de nuestra vida es la muerte. “Vivir es convivir”, ha dicho Ortega y cuando la convivencia se hace imposible porque el que convive interpone y arroja su juicio sobre la persona, sobre aquello que nace solamente cuando se comparte, es la muerte. Se muere juzgado, sentenciado a aislamiento por “el otro”.
Y entonces se acude al ancho espacio de la conciencia divina. Y como intermediario el pensamiento, la poesía de algunos hombres que llegaron a abrir su conciencia de modo tal que todo secreto pueda ser acogido; son los autores trágicos: Sófocles, Cervantes. Es el saber trágico el que ha descubierto que la “vida es sueño” y Píndaro lo dice aún mejor: “Somos sombras de sueño” o “¿Sombras de sueño?”
Sombras del sueño de Dios. Mi vida no es mi sueño, y si la sueño es porque yo que la sueño, soy soñado. Dios nos sueña y entonces hay que hacer que su sueño sea lo más transparente posible, reducir la sombra a lo menos, adelgazarla.
¿Dios me sueña? ¿Será posible realizar su sueño? o por el contrario ¿desnacer? Si lo primero, afronto el juicio, su juicio; el proyecto de mi ser queda sometido a su justicia y ha de pasar por ella, ante ella. Y si quiero sólo desnacer puedo traicionarle, puedo borrar lo que él quiso que fuera.
Somos hijos del sueño, nacemos de un sueño, del sueño de nuestros padres, del sueño de la naturaleza toda, del sueño de Dios. La tragedia de Edipo, el “complejo”, no es la exposición de un suceso real, sino tan sólo de una posibilidad esencial de la condición humana; de la tragedia original que es haber nacido. Y de ese conflicto inicial que siempre amenaza presentarse, que es no conocer al Padre.
La Tragedia única es haber nacido. Pues nacer es pretender hacer real el sueño. Nacer es realizar o pretender realizar el sueño de nuestros padres; el sueño de Dios inicialmente. Quizá Dios soñó con una criatura, su predilecta; quizá el Universo nos sueña como su cumplimiento y estamos ya soñados, pre-soñados en la flor y en el árbol que se yergue, en la misma materia extensa, soñada también, ella que aspira a la realidad y la sirve incansablemente como la criada que es del Universo, la sierva, la madre que sirve hasta ver erguido sobre sí aplastándola, al hijo que la olvida. Porque la extensión, puro ensueño primero de Dios, esbozo del ser, su sombra, tiene que ir haciéndose real. Y todo lo que la sobrepasa, la rompe.
Nacer es proyectarse en un ser que aspira a la posesión del universo. Si no hubiera esta toma de posesión inicial no sería el peor delito el haber nacido y seríamos inocentes. La posesión que está ya al principio es el delito, el robo. Anaximandro vio claro cuando habló de la injusticia del Ser, injusticia transitoria, porque todo ser es efímero. Sólo la armonía final, equivalente de la extensión, de la indiferencia originaria, permanece.
Y ahora ella, al no haber podido morir sentía que tenía que nacer por sí misma. Del primer nacimiento nadie recuerda nada. No hay conciencia que recoja ese temblor del ser arrojado afuera, expuesto repentinamente a la intemperie, sin asidero. La conciencia, ésta que ahora envolvía su soledad, debió de empezar a formarse entonces, en ese instante terrible en que hubo que abrir los ojos y respirar. ¡Qué diferencia pudo medir, ella y todos, entre el abrigo de la caverna maternal, donde ningún esfuerzo era necesario ni posible y eso que adviene de pronto: imágenes quietas, fijas sobre un negro vacío; lo puramente irreconocible.
Y el despertar: un ímpetu del mirar; después se aprende a retroceder, anhelar la avidez, el apetito desde lo más hondo, el hambre originaria. Hambre de todo, hambre indiferenciada. Quizás haya minúsculos animales, quizás los haya habido, que nazcan devorando el cuerpo de la madre que los alberga, por devorar la propia envoltura. Ahora, en el ser humano, la envoltura es la conciencia, algo incorpóreo, invisible, donde todo lo que llega se refleja y aparece así como a distancia, rodeándonos. ¿Cómo será el mundo mirado desde más adentro de la conciencia? Pero desde allí no se mira... Para mirar hay que dejarse algo invisible adentro, encerrado, y salir hasta la superficie, hasta (el límite) donde es imposible avanzar más; es el primer ímpetu del mirar; después se aprende a retroceder, para poder ver mejor. Se descubre la distancia inexorable que nos ha de separar siempre de todo; hasta de nosotros mismos. Pues ese punto donde nos quedamos —hambrientos de ver— es un centro intermedio entre las dos realidades, la propia y la total. Es irreal por tanto, punto matemático que señala un abismo y lo ahonda. Pues a fuerza de mirar todo se vuelve más y más distante, y “eso”, ese alguien que alienta dentro, que querría salir a ser visto, y a respirar también, va hundiéndose, retrocediendo a esa tiniebla, más allá quizá de donde estaba cuando no había mirado nunca. La mirada empuja hacia atrás a algo que querría manifestarse, pero el mirar le hace retroceder primero. Al mirar prescindimos de lo más hondo de nosotros mismos, de ese alguien innominado; la víctima, sacrificado a la luz.
¿Nacer es un sacrificio a luz? Y por eso Edipo se arrancó los ojos por haber vuelto al lugar del nacimiento, en vez de seguir naciendo, aceptando el sacrificio de sentirse cada vez más lejos del de la Tiniebla maternal y más hundido en las propias tinieblas.
Y cada vez que se nace o renace, y aun en el ir naciendo de cada día hay que aceptar esa herida en el ser, esta escisión entre el que mira, que puede identificarse con lo mirado —y así va naciendo— y el otro; el que siente a obscuras y en silencio, entre la noche del sentido, condenado a no nacer ahora, a no nacer todavía. Y hay que aprender a soportarlo... Después de haberlo padecido mucho, comienza a nacer la esperanza de que el condenado por la luz también nazca... en otra luz.
La noche; siempre la había esperado; desde niña le pasaba así. Se despertaba lenta, trabajosamente, siempre sentía que no podía con el día que llegaba y violentamente como cuchilladas se le iban entrando en el cerebro algunos esfuerzos de los que la esperaban; tendría que comer, tendría que hacerse mil veces la lazada de las cintas de los zapatos, y pasar delante de aquella niña hambrienta a la que no podía traer a su casa y a la tarde jugar con “ellas” en medio de un aire frío que corría, aburrido él también por la Plaza de Oriente o en la de la Armería, aplastada por la piedra gris de aquel Palacio impenetrable y árido; de vez en cuando, un coche bonito pasaba corriendo, regresaban los Reyes, decían, de alguna parte y casi los compadecía por tener que entrar allí. La Escuela era lo mejor, en ella no tenía frío; estaba cerca del Palacio, y se abría el sol, un patio donde andaba entre sus compañeras; un calorcillo le ablandaba el alma también y las miraba sin la hostilidad que a las otras, a las señoritas con las que iba a jugar. Sabían más que ella, andaban con libros y algunas hasta escribían ya y todo eso era atrayente, cálido; ella también entraría en aquel secreto abierto de las letras y en el misterio de los números que había que cantar. La maestra era bonita, morena y sonriente; su voz le daba ánimo. Y a la salida, la madre joven con un ramo de violetas casi siempre en el manguito, con el velillo moteado recogido tras del sombrero, la llevaba dándole calor con su mano de la que no la aislaban los guantes suaves. Y así, andaba sobre el asfalto duro, pasaba sobre el Viaducto, subía el rumor de la calle de Segovia, un árbol tendía sus ramas que casi podía tocar y podía hundir los ojos que siempre se le iban, en aquella lejanía azulada, casi blanca algunas tardes, franjeada del verde obscuro de la Casa de Campo: el horizonte; eso, el horizonte lleno de luz quería detenerse, pararse a beberla, como el mejor alimento, el ansiado; se embebía un instante. Y alguna china se le clavaba en la planta del pie, a través del zapato, algo inoportuno, hiriente, o se soltaba los lazos, o alguien empujaba su hombro... y volvía a sentir que era débil. Pero no iba sola. Y si no había qué jugar, en el invierno, una confitería con las luces ya encendidas aguardaba. Y en seguida la casa, con el fuego encendido, y afuera la noche.
Y ya el sobresalto del día había desaparecido. La noche era el silencio, la ilusión de entrar en un lugar secreto de donde bruscamente nos habían despertado en algún momento, de escapar de la violencia que la obligaba a estar presente, allí, aquí, aquí, ante todos, siendo vista, sintiéndose juzgada. Pues todas las cosas, especialmente algunas, ciertos edificios y la mirada escrutadora de la gente y las distraídas de quien querríamos ser mirados, acariciados, hacen sentir el juicio implacable que ya en la luz de la mañana se siente. Todos los días despertamos a ser juzgados, a enfrentarnos con una ley desconocida y que sigue siéndolo por mucho que nos la formulen, nos la aclaren, y aun nos la justifiquen. Sabemos de antemano que hemos faltado a ella alguna vez... Pero es inútil hacer memoria; nunca lograba recordarlo. Los recuerdos, se hundían entonces en la primera infancia, en un fondo obscuro, fluido, de donde luchaban por aparecer. Pero entonces, y siempre, la memoria aparece como viniendo de un olvido, de un obscuro fondo que ofrece una resistencia, inexpugnable. Y somos así, opacos a nosotros mismos en esa primera, espontánea forma de conocimiento en que ni siquiera pretendemos conocernos, que es la memoria. La memoria, primera revelación, ineludible, de la persona... ¿por qué este tener presente nuestra vida pasada, aunque los recuerdos concretos desaparezcan? La memoria está siempre ahí, viviente; no descansa. Y si fuera posible que en algún instante ningún recuerdo pasara por la mente, está ahí continua la referencia al pasado, la imposibilidad de acoger ningún suceso por esperado que sea, ninguna persona por mucho amor que nos traiga desde un alma limpia y desprovista de inscripciones, de huellas, de sombras.
Haber vivido ya; comenzar la vida desde algo... siempre lo había sentido, lamentándolo y ahora comprendía el sentido —un fragmento del sentido— de aquella cita en la noche hacia la que corría desde niña y más de niña; porque la noche es pura y tan larga. Quería deshacer lo vivido, lo visto, lo acumulado en el día, caído sobre ella intempestivamente, como la vida misma. Quería deshacer el hecho de haber nacido, de estar ahí, aquí.
Y estaba aquí de nuevo, después de haberse alejado de todos, de todo, hasta que se vio a sí misma. Vivos vemos a los otros, estamos en comercio continuo con la realidad o con sus sombras, llenos de ideas, imágenes, anhelos. La muerte ¿será verse enteramente a sí mismo?
Y ahora, ya conocía aquel desierto, aquella blancura sin fronteras que no es todavía el morir. A lo primero era trabajo el subir aquella cuesta, y luego cesó el trabajo; sólo algo llamado “sí misma”, “yo”, algo que no era; todo había ido cayendo; la que se creía ser; su “ser”... ya sabía que no era, que aquello, no era apenas nada. Allá, una claridad sin foco, sin semejanza a ninguna otra, se extendía sin límite; no era el horizonte o quizá era sólo horizonte. Y no había podido... una invisible resistencia la rechazó.
Y ahora estaba aquí; ahora y aquí, resentida como cuando nació; sabía sí, que era eso lo primero: el resentimiento de estar aquí; la desnudez muda del “ser” en la que nada puede valernos; estar sin valimiento, como si sólo estuviésemos en la vida, aquí, por haber sido despedidos y aún rechazados; porque “él”, “ello”, ¿quién?, no nos quiere.
El horror del nacimiento: Job pidiendo cuentas a su autor. Y aquellos otros personajes de tragedia, en busca de su autor para que ponga en orden su fábula, un horror... ¡que nadie nace inocente! Nacer sin pasado, sin nada previo a qué referirse, y poder entonces verlo todo, sentirlo, como deben sentir la aurora las hojas que reciben el rocío; abrir los ojos a la luz sonriendo; bendecir la mañana, el alma, la vida recibida, la vida ¡qué hermosura! No siendo nada o apenas nada, ¿por qué no sonreír al universo, al día que avanza, aceptar el tiempo como un regalo espléndido, un regalo de un Dios que nos sabe, que sabe nuestro secreto, —nuestra inanidad— y no le importa, que no nos guarda rencor por no ser...?
...Y como estoy libre de ese ser, que creía tener, viviré simplemente, soltaré esa imagen que tenía de mí misma, puesto que a nada corresponde y todas, cualquier obligación, de las que vienen de ser yo, ¡o del querer serlo!
Y ya sé que “el otro”, el prójimo, está solo en su fondo como yo, y tampoco puede valerse. Todos están solos, cada uno está solo. No tendré pues enemigo, ni creeré que nadie me ama especialmente, ni menos lo desearé, que antes me devoraba este anhelo de que me quisieran, de ser amada. ¿Y no era esto una barrera? ¿y hasta una trampa?
Ir hacia el otro sin gesto y sin ofrenda; tan sólo manteniéndose en la simple verdad de estar aquí, sabiéndose tan poca cosa, habiéndose visto, desde la falta de recursos ante “eso”, ¿cómo llamarlo? la máxima resistencia que encierra vida y muerte; lo que nos hizo nacer y nos mantiene aquí haciéndonos nacer cuantas veces haga falta, lo que nos dejará un día morir; a todos, a cada uno le pasa también eso, hermanos en la verdad de estar aquí, en la realidad primera. Hubiera estado mal marcharse sin saberlo, sin haberlo aceptado, más allá del gozo de vivir que a veces había sentido y de la embriaguez de la esperanza, y del dolor, más allá de todos los sentimientos, estados y situaciones que pueden enumerarse, sin saberse aquí, sin haberlo aceptado, simplemente, al modo de una brizna de ser, de un poco de polvo, ávido de entrar en la luz y de recibirla, en su pobreza; de vibrar de acuerdo aún, a costa de un largo trabajo; de nacer innumerables días. Había pensado deshacerse de los libros de Filosofía, darlos, no verlos más, y ahora se le venía a la memoria de nuevo —ya estaba en la vida— le vino a la memoria: “Ordo et conexio rerum idem esse ac ordo et conexio idearum”. Y comenzando a vivir simplemente, sin pretensión ni proyecto, sin esperanza ni temor, podría ser así, viviendo desde la verdad, de no ser, de no ser apenas nada. A fuerza de aceptar su no ser, ¿llegaría a formar parte de las matemáticas del Universo?
...Desde la verdad; esto es, ser pobre. No pretender que nada nos cubra de esplendor, ni aparecer de ninguna manera ante nadie, apreciar sólo lo necesario sin darle importancia; ir rectamente hacia el corazón de las cosas; tratar al prójimo sin temor, ni vanidad, porque ya lo había visto, eran eso: el prójimo sí, el hermano. Pobres y solos, todos, sin saberlo aunque algunos lo sabrían, no habían debido saber antes que ella. Y algunos, muchos, no sólo pobres en su falta de ser, sino heridos por la pobreza, heridos... por tantas cosas... Porque tenemos el ser suficiente para que en él se abran heridas, ¿era ella acaso otra cosa hasta hace poco? una herida. Había llorado tanto por querer lo que no querían darle, por querer a quien no la quería, y porque sí, había llorado desde niña reprochándole a la vida, envolviéndolo todo en su reproche, y todo había nacido de sí misma, por haber sido demasiado rica y colmada de ternura y amor; de los padres, de otras gentes; por haber vivido en aquellos jardines maravillosos con la nostalgia, siempre de otro lugar más encantado, su Andalucía natal quizá, dejada atrás tan pronto; por nostalgia de una felicidad perdida y de la que sólo recordaba el perderla, el estarla perdiendo siempre, por horror de ser juzgada. Y sólo encontraba la calma, cuando a solas en su cuarto o en el jardín o entre la gente, sentía aquella presencia de no sabía qué; se sentía mirada, vista desde lo alto, esto es lo más cerca a la verdad, más libre de interpretación. La Filosofía le había dado muchas cosas; pero la principal, la que nunca podría pagar era todo lo que le había enseñado a rechazar, a mantener en suspenso, como si no fuera, y hasta a destruir todas las posibilidades de su vida; eso que algunos de los que la querían más lamentaban; había podido, hubiera podido hacer varias cosas, a qué enumerarlas, si al fin eran ya ilusorias y formaban parte de aquella imagen que como todas las que las gentes se hacen de sí mismas, está formada por los “habría” los “hubiese”, los si “no fuera por”... Si no fuera por la Filosofía, por aquella tonta ambición, ella —pensaban algunos que la querían— hubiera sido o hecho esto, aquello, lo otro, estaría casada por lo menos y eso, podía ser verdad... Sí, esto que no había dependido enteramente de ella, como el hacer o el ser. Pero... estaba bien, todo había pasado y ahora sólo le quedaba esta ansia de verdad y de justicia, de vivir adecuadamente a su pobreza íntima, de no sobrepasarse... Pero, esto, irrumpía con toda su fuerza la verdad, esto tampoco era suyo, ni nacido ahora, eso... estaba ahí. Entraba su padre en la habitación clara, por la luz de la mañana, de un día de invierno, de claro invierno madrileño, de esa luz que parece venir de la nieve de la sierra, con el olor de los pinos, del tomillo siempre verde, de la sierra pobre, desnuda, bajo la luz azul...
Y sintió entonces el crimen de haberse ido sola tan lejos hacia aquella claridad sin sombras, sola y sin haber todavía nacido. Por eso, no pudo... Porque no había nacido del todo, por eso, la habían rechazado. Como velos opacos, como pálidas membranas había visto desprenderse de su ser lo que creía ser, de lo que estaba imbuida. Y había quedado aquello insignificante, desvalido e impotente ante la luz, ante la claridad sin fronteras más bien, pues no se sentía el foco, ni vibración de ninguna clase, y el frío era absoluto. No tenía derecho, no había podido. Por una vez la legitimidad, lo debido se cumplía inexorable, simplemente, se cumplía sin dar señal siquiera de que se estaba cumpliendo; de tal modo era simple. La pura simplicidad que para los que de verdad han nacido debe de ser, el ser; del todo y para siempre y para ella, escapada del tiempo y de la paciencia —también de la humildad— era la simple negación, el no que de tan cierto no se dice, pues ya no hay palabras por allí.
Y ahora mientras el padre venía hacia ella, subía un recuerdo desde esa oscura resistencia, desde ese no; un recuerdo que era como un que se insinuaba.
Se veía de muy niña en el suelo que era su sitio, lo que estaba para ella, y para el gato, por donde andaba sin acabar de erguirse, donde siempre volvía a caer. Y él la alzaba, la levantaba en alto y se encontraba al lado de su cabeza, que se atrevía a tocar y a fuerza de ser levantada y puesta a la altura de su frente y de atreverse a tocarla, debió de ir aprendiendo que qué era eso: Padre; y en aquellos viajes desde el suelo hasta tan alto, debió de aprender también la distancia, y el estar arriba, ver el suelo desde arriba, mirar desde lo alto sobre la cabeza de su padre, las cosas, las paredes que se movían, iban cambiando, y eso; atender a lo que cambia, ver el cambio y ver mientras nos movemos, es el comienzo del mirar de verdad; del mirar que es vida.
Y ahora era ella la que se alzaba hacia su frente, levantando trabajosamente los débiles hombros que tiraban de aquella herida de dentro, que se abría al respirar... a mitad del viaje encontró la frente guardadora del secreto, la frente cuyo sueño la había engendrado; su origen del que había huido y también la ley, la verdad, no sólo porque estaba en él, en el padre, sino porque le había enseñado desde siempre a amarla, a deponerlo todo ante ella, a buscarla sabiéndola invisible, porque todo podía ser perdonado allá en los años de la infancia, disimulado en la adolescencia acabada de pasar, todo, menos la mentira, el engaño. “—¿Dices la verdad?” Y ahora, por eso no le preguntaba nada; le ayudaba a reclinarse, a hundirse más bien, a quedarse pegada, fija en el lecho blanco. Pero ella se dijo simplemente la verdad a sí misma, la verdad acabada de descubrir: “sí; estoy aquí”. “¡Quiero ser tu hija, nacida de tu sueño!”
Comenzaba a darse cuenta de todo lo que eso significaba; entrar en la vida. Y desde esta situación en la que toda convivencia era imposible, situada al margen de la vida y por mucho tiempo; el veredicto, era claro; más de un año de quietud, de “reposo”; por lo demás nada o casi nada; reposo total; nada más. “Tú tienes que elegir entre tres años de reposo y tres meses de vida”, la había dicho ex-abrupto la voz ya fraternal de un muchacho de su “generación” — Carlos que así entraba a ser también su médico, el guardián, inexorable, que se había encontrado en la frontera. Entraba ahora con su sonrisa llena de vida, animándola burlonamente. “Ahora ya no te nos vas, te han cogido en la esquina, no vuelvas a escaparte más del “colegio”, mira, qué hermosa mañana, tiene toda la vida”; sí, toda la vida...; pero ¿podré?”. Y ahora sonríete, que viene tu hermana.
Algo le impedía decir que no, que no viniera, que estuviera siempre lejos, ella que tenía, sí, toda la vida, tan llena de hermosura.
Toda la vida. Reapareció aquella extensión, tendría que irla atravesando y estaría poblada, pero más tarde. Ahora tendría que deslizarse en el silencio de días iguales a sí mismos. Tenía toda la vida, pero no podía empezar a vivirla; estaba aquí, pero “aquí” era un cuarto blanco y desnudo, sin un libro, donde estaban prohibidas las visitas y hasta el moverse en la cama; quieta, mirando hacia arriba o hacia la ventana ladeando un poco la cabeza. Y lo que veía eran las nubes blancas e inmóviles, escritura gigantesca en el cielo de esa vida que se proyectaba a sí misma, que los hombres todos proyectaban y luego, como la veían sobre sus cabezas y descargaba sobre ellas, la llamaban “destino”, y también Historia. El cielo azul de Madrid, estaba lleno de blancas, azuladas y semidoradas nubes; de pronto habían cobrado figura; caballos, reyes antiguos, ejércitos, peleas de monstruos, allá abajo a ras del horizonte, una guirnalda de gloria, una promesa que parecía enmarcarlo todo, sujetar cielo y tierra, comenzaba también a moverse a ir cobrando forma a entrar en lo alto del cielo cóncavo donde se movían sus mayores. Era la historia de España que se despertaba en aquella hora precisa, que se ponía en movimiento, desde el corazón y el ánimo esperanzado y enigmático, se proyectaba sobre el cielo implacablemente azul de Madrid, 1929. Sí, toda la vida, y también la historia parecía aguardarla. Le daba tiempo, le darían tiempo, para todo: “sí; estoy aquí”.
Fragmento del capítulo I del libro Delirio y Destino. 
Revista Entregas de la Licorne 5-6, Montevideo, septiembre de 1955
https://edicionesdelamirandola.blogspot.com/

miércoles, 12 de agosto de 2020

Cristina Campo y María Zambrano: Atención y poesía

ATENCIÓN Y POESÍA

En algunos viejos libros se le ha dado al justo el celeste nombre de mediador. Mediador entre el hombre y Dios, entre el hombre y otro hombre, entre el hombre y las leyes secretas de la naturaleza. Al justo, y al justo solo, se le concede el oficio de mediador porque ninguna atadura imaginaria, pasional, puede coartar o deformar en él la facultad de lectura. « Et chaque être humain (y se podría añadir: et chaque chose) crie en silence pour être lu autrement ».
De aquí la importancia de la libertad del corazón que todas las iglesias recomiendan como higiene espiritual: vigilia de las turbaciones, mantenerse en disponibilidad para la revelación divina. Pero ninguna iglesia ha dicho nunca explícitamente: manteneos puros en las obras y en los pensamientos para concertar a los hombres y las cosas según esta mirada sin sombras. En este plano aparecen como equivalentes: justicia, poesía y crítica: son tres formas de mediación.
Pues, ¿qué puede ser la mediación sino una facultad para atender enteramente limpia? Contra ella actúa lo que muy impropiamente llamamos la pasión, o sea: la imaginación febril, la ilusión fantástica. De modo que se podría decir que justicia e imaginación son términos antitéticos. La imaginación pasional, una de las formas más incontrolables de la opinión (ese sueño en que todos nos movemos) no puede servir sino a una justicia imaginaria. Y ésta parece ser la diferencia esencial entre la justicia pasional de Electra y la justicia espiritual de Antígona: que la primera imagina poder restituir culpa por culpa, trasfiriendo el peso de uno a otro eslabón de una cadena inquebrantable, mientras la segunda se mueve en un plano donde la ley de la necesidad no tiene ya curso.
Al justo, contrariamente a cuanto suele pedírsele, no le es necesaria la imaginación sino la atención. Solicitamos del juez una cosa justa usando un término equivocado, cuando solicitamos de él que use “de la imaginación”. ¿Qué sería, en este caso, la imaginación sino arbitrariedad inevitable, violencia a la realidad de las cosas? Justicia es una atención ferviente, enteramente no-violenta, igualmente distante de la apariencia y del mito.
“Justicia, ojo de oro, mira”. Imagen de perfecta inmovilidad, perfectamente atenta.

También la poesía es atención: lectura en múltiples planos de la realidad circundante, que es verdad en figuras. Y el poeta, que disuelve y recompone estas figuras, es así también un mediador: entre el hombre y Dios, entre el hombre y otro hombre, entre el hombre y las leyes secretas de la naturaleza.
Los griegos fueron seres desdeñosos de la imaginación: la fantasmagoría no encontró lugar en su espíritu: su atención heroica, inconmovible (de la que el ejemplo más cumplido es quizás Sófocles), establecía de continuo relaciones, separaba y unía de continuo, en un esfuerzo incesante por descifrar la realidad y también el misterio. Los chinos actuaron de la misma manera en el maravilloso “Libro de las Mutaciones”. Dante no es, por extraño que pueda sonar, un poeta de la imaginación sino de la atención: ver almas retorciéndose en el fuego o en el olivo —para no recordar sino la imagen más inmediata— es una suprema forma de atención que deja puros e incontaminados los elementos de la idea. El arte de hoy es en grandísima parte imaginación, o sea: contaminación caótica de elementos y de planos. Todo ello se opone a la justicia (que por supuesto, no interesa al arte de hoy).
Pues si la atención es espera, aceptación ferviente, valerosa de lo real, la imaginación es impaciencia, fuga en lo arbitrario: eterno laberinto sin hilo de Ariadna. Por ello el arte antiguo es sintético; el arte moderno, analítico: un arte que opera por pura descomposición, como conviene a un tiempo nutrido de terror. Porque la verdadera atención no conduce, como podría parecer, al análisis, sino a la síntesis que la resuelve, al símbolo y a la figura, en una palabra: al destino. El análisis se convierte en destino cuando la atención, cumpliendo una superposición perfecta de tiempos y de espacios, los recompone paso a paso, en belleza, en figura. Es la atención de la memoria en Marcel Proust.

La atención es el único camino de lo inexpresable, la sola vía del misterio, ya que está inmediatamente vinculada con lo real: y sólo por alusiones emboscadas en lo real se manifiesta el misterio. Los símbolos contenidos en las historias sagradas, en los mitos y en las fábulas que durante milenios han alimentado y consagrado la vida, se revisten de las formas más concretas de esta tierra: de la Zarza Ardiente hasta el Grillo Parlante (del Fruto del Conocimiento hasta la calabaza de la Cenicienta).
Ante la realidad, la imaginación retrocede. La atención la penetra, directamente y como símbolo. (Pensemos en los cielos de Dante, divina y minuciosa traducción de una liturgia.) Es esa, al fin, la forma más legítima, absoluta de la imaginación: la misma a que se refiere sin duda el viejo texto de Alquimia cuando recomienda dedicar a la obra la verdadera imaginación y no la fantástica: Significando así claramente por ella la atención —en la que está contenida la imaginación, sublimada, como el veneno en la medicina. Por uno de los tantos equívocos del lenguaje, se la llama comúnmente “fantasía creadora”.
Poco importa si a ese momento, en que se cumple la alquimia de la perfecta atención, conducen largas y dolorosas peregrinaciones o si aparece como una fulguración. Tales relámpagos no son sino aquella chispa, de origen y naturaleza cada vez más misteriosa, en la medida en que se le ofrece la clave de todo, que la atención solicita y prepara —como el pararrayos al rayo, como la plegaria al milagro, como la búsqueda de la rima a la inspiración que puede brotar de esa rima. A veces, se trata de la atención de toda una estirpe, de toda una genealogía, que se enciende de improviso en la centella de un dios: “Io posi li piedi in quella parte della vita di là dalla quale non si puote ire più per desiderio di ritornare”.
Y a ese individuo dotado de una atención que así concluye y rapta, el mundo lo define —con una bella síntesis— como un genio, para señalar al que está habitado por un “daimon”; que encarna la manifestación de un espíritu ignoto.

Como el genio de la botella, la atención de la imagen libera la idea y de la idea recoge la imagen, también a semejanza de los alquimistas que trataban la sal disolviéndola en un líquido y estudiando luego cómo se adensaban y rehacían las figuras así formadas. Opera una descomposición y recomposición del mundo en dos planos diversos, igualmente reales. Cumple así la justicia, el destino: esa dramática disolución y recomposición de una forma.
La expresión, la poesía así nacida no puede ser, evidentemente, sino jeroglífica, como una nueva naturaleza; y sólo una nueva atención, un nuevo destino la puede descifrar. Pero la palabra revela al instante de qué potencia de atención han nacido. Lo revela con la integridad de su peso, terrestre y ultraterrestre, tanto más respetado, tanto más circundado de silencio y de espacio, cuanto más intenso haya sido el tiempo de la atención.
Toda palabra se da según la multiplicidad de sus secretos significados, semejantes a los estratos de una columna geológica, cada uno coloreado y poblado diversamente; multiplicidad que está en relación directa con la del espíritu —el destino— que la acoge y descifra. Mas, para todos, cuando es pura, es portadora de un don colmado, parcial y total a la vez: belleza y significación, independientes y al mismo tiempo inseparables, como en una comunión. Como en aquella primera que fue la multiplicación de los panes y de los peces. La palabra del maestro, dice un cuento hebraico, se le aparecía a cada uno como un secreto destinado a su oído y a ningún otro, y así cada cual oía como suya y completa la historia que él narraba en las plazas y de la que el recién llegado no escuchaba más que un fragmento.

Todo ello, de una parte y de otra, significa sufrimiento y amor. « Souffrir pour quelque chose c’est lui avoir accordé une attention extrême. » (Homero sufre por los troyanos, contempla la muerte de Héctor. El maestro de espada japonés no distingue entre su propia muerte y la de su adversario.) Y haber acordado a una cosa una atención extrema es haber aceptado sufrirla hasta el fin. Y no sólo sufrirla a ella, sino sufrir por ella, colocándose como una pantalla entre ella y todo lo que pueda amenazar su significado, en nosotros y fuera de nosotros: haber asumido valerosamente el peso de estas oscuras e incesantes amenazas.
En este punto la atención alcanza quizás su forma más pura, su nombre más exacto: la responsabilidad, la capacidad de responder por algo o alguien que nutre en igual medida el entendimiento entre los seres, el nacimiento de la poesía y la oposición al mal. Pues, en verdad, todo error humano, poético y espiritual, no es, en esencia, sino desatención.
Pedirle a un ser humano que no se distraiga en ningún momento, que se sustraiga sin descanso al equívoco de la imaginación, a la inercia de la costumbre, al hipnotismo del hábito su facultad de atender, es pedirle que actualice al máximo su forma.
Es pedirle algo que se acerca a la santidad, en una época que parece perseguir solamente —con ciega furia y escalofriante éxito— el divorcio total de la mente humana de su propia facultad de atender.
Traducción de MARÍA ZAMBRANO
Revista Sur nº 271, julio y agosto de 1961

ATTENZIONE E POESIA

La verità non può venire al mondo nuda anzi è venuta nei simboli e nelle figure. C’è una rinascita, e c’è una rinascita in figure. In verità essi dovranno rinascere in grazia della figura.
Vangelo di Filippo

Nei vecchi libri è dato spesso all’uomo giusto il celeste nome di mediatore. Mediatore fra l’uomo e il dio, fra l’uomo e l’altro uomo, fra l’uomo e le regole segrete della natura. Al giusto, e solo al giusto, si concedeva l’ufficio di mediatore perché nessun vincolo immaginario, passionale, poteva costringere o deformare in lui la facoltà di lettura. «Et chaque être humain (e si potrebbe aggiungere: et chaque chose) crie en silence pour être lu autrement».
Per questo appare così importante la libertà del cuore. Tutte le chiese la raccomandano come igiene spirituale: vigilanza contro i turbamenti, disponibilità alla rivelazione divina. Nessuna chiesa però disse mai esplicitamente: mantenetevi puri nelle opere e nei pensieri per conciliare gli uomini e le cose secondo uno sguardo senz’ombre. Qui poesia, giustizia e critica convergono: sono tre forme di mediazione.
Che cosa è dunque mediazione se non una facoltà del tutto libera di attenzione? Contro di essa agisce quella che noi, del tutto impropriamente, chiamiamo la passione; ossia l’immaginazione febbrile, l’illusione fantastica.
Si potrebbe dire a questo punto che giustizia e immaginazione sono termini antitetici. L’immaginazione passionale, che è una delle forme più incontrollabili dell’opinione – questo sogno in cui tutti ci muoviamo – non può servire in realtà che a una giustizia immaginaria. È questa, per esempio, la differenza essenziale fra la giustizia passionale di Elettra e la giustizia spirituale di Antigone. L’una immagina di poter avanzare colpa per colpa, spostando il peso della forza dall’uno all’altro anello di una catena infrangibile. L’altra si muove in un regno dove la legge di necessità non ha più corso.
Al giusto, infatti, contrariamente a quanto di solito si richiede da lui, non occorre immaginazione ma attenzione. Noi chiediamo al giudice una cosa giusta chiamandola con un nome sbagliato quando sollecitiamo da lui «dell’immaginazione». Che cosa mai sarebbe in questo caso l’immaginazione del giudice se non arbitrio inevitabile, violenza alla realtà delle cose? Giustizia è un’attenzione fervente, del tutto non violenta, ugualmente distante dall’apparenza e dal mito.
«Giustizia, occhio d’oro, guarda». Immagine di perfetta immobilità, perfettamente attenta.

Poesia è anch’essa attenzione, cioè lettura su molteplici piani della realtà intorno a noi, che è verità in figure. E il poeta, che scioglie e ricompone quelle figure, è anch’egli un mediatore: tra l’uomo e il dio, tra l’uomo e l’altro uomo, tra l’uomo e le regole segrete della natura.
I Greci furono esseri sdegnosi di immaginazione: la fantasticheria non trovò posto nel loro spirito. La loro attenzione eroica, irremovibile (di cui l’esempio estremo è forse Sofocle) di continuo stabiliva rapporti, di continuo separava ed univa, in uno sforzo incessante di decifrazione così della realtà come del mistero. I Cinesi meditarono per millenni allo stesso modo, intorno al meraviglioso Libro delle Mutazioni. Dante non è, per quanto scandaloso possa suonare, un poeta dell’immaginazione, ma dell’attenzione: vedere anime torcersi nel fuoco e nell’olivo, ravvisare nell’orgoglio un manto di piombo, è una suprema forma di attenzione, che lascia puri e incontaminati gli elementi dell’idea.
L’arte d’oggi è in grandissima parte immaginazione, cioè contaminazione caotica di elementi e di piani. Tutto questo, naturalmente, si oppone alla giustizia (che infatti non interessa all’arte d’oggi).
Se dunque l’attenzione è attesa, accettazione fervente, impavida del reale, l’immaginazione è impazienza, fuga nell’arbitrario: eterno labirinto senza filo di Arianna. Per questo l’arte antica è sintetica, l’arte moderna analitica; un’arte in gran parte di pura scomposizione, come si conviene ad un tempo nutrito di terrore. Poiché la vera attenzione non conduce, come potrebbe sembrare, all’analisi, ma alla sintesi che la risolve, al simbolo e alla figura – in una parola, al destino.
L’analisi può diventare destino quando l’attenzione, riuscendo a compiere una sovrapposizione perfetta di tempi e di spazi, li sappia ricomporre, volta per volta, nella pura bellezza della figura. È l’attenzione di Marcel Proust.

L’attenzione è il solo cammino verso l’inesprimibile, la sola strada al mistero. Infatti è solidamente ancorata nel reale, e soltanto per allusioni celate nel reale si manifesta il mistero. I simboli delle sacre scritture, dei miti, delle fiabe, che per millenni hanno nutrito e consacrato la vita, si vestono delle forme più concrete di questa terra: dal Cespuglio Ardente al Grillo Parlante, dal Pomo della Conoscenza alle Zucche di Cenerentola.
Davanti alla realtà l’immaginazione indietreggia. L’attenzione la penetra invece, direttamente e come simbolo (pensiamo ai cieli di Dante, divina e minuziosa traduzione di una liturgia). Essa è dunque, alla fine, la forma più legittima, assoluta d’immaginazione. Quella a cui allude senza dubbio l’antico testo di alchimia là dove raccomanda di dedicare all’opera «la vera immaginazione e non quella fantastica».
Intendendo con ciò, chiaramente, l’attenzione, in cui l’immaginazione è presente, sublimata, come il veleno nella medicina. Per uno dei tanti equivoci del linguaggio, comunemente la si chiama «fantasia creatrice».
Importa poco se a questo attimo creatore, nel quale si compie l’alchimia della perfetta attenzione, conducano lunghi e dolorosi pellegrinaggi, o se scaturisca da un’illuminazione. Tali lampi non sono se non quella scintilla (di origine e natura sempre più misteriose via via che per ogni cosa ci viene fornita una chiave) che l’attenzione sollecita e prepara: come il parafulmine il fulmine, come la preghiera il miracolo, come la ricerca di una rima l’ispirazione che proprio da quella rima potrà sgorgare.
A volte è l’attenzione di un’intera stirpe, di tutta una genealogia, che avvampa improvvisamente alla scintilla di un dio: «Io posi li piedi in quella parte della vita di là della quale non si puote ire più per desiderio di ritornare...».
Questo individuo dall’attenzione conclusiva, rapinatrice, il mondo lo definisce, con un’abbreviazione molto bella, un genio, significando colui che è abitato da un demone, che incarna il manifestarsi di uno spirito sconosciuto.

Come il gigante dalla bottiglia, dall’immagine l’attenzione libera l’idea, poi di nuovo raccoglie l’idea dentro l’immagine: a somiglianza, ancora una volta, degli alchimisti che prima scioglievano il sale in un liquido e poi studiavano in quale modo si riaddensasse in figure. Essa opera una scomposizione e una ricomposizione del mondo in due momenti diversi e ugualmente reali. Compie così la giustizia, il destino: questa drammatica scomposizione e ricomposizione di una forma.
L’espressione, la poesia che ne nasce, non potrà essere, evidentemente, che una poesia geroglifica: simile ad una nuova natura. Tale che solo una nuova attenzione, un nuovo destino, la potrà decifrare. Ma la parola svela istantaneamente a quale grado di attenzione sia nata. Lo svela col suo peso, terrestre e sopraterrestre: tanto più rispettato, tanto più circondato di silenzio e di spazio quanto più intenso è stato il tempo dell’attenzione.
Ogni parola si offre nei suoi multipli significati, simili alle faglie di una colonna geologica: ciascuna diversamente colorata e abitata, ciascuna riservata al grado di attenzione di chi la dovrà accogliere e decifrare. Ma per tutti, quando sia pura, ha un colmo dono, che è totale e parziale insieme: bellezza e significato, indipendenti e tuttavia inseparabili, come in una comunione. Come in quella prima comunione che fu la moltiplicazione dei pani e dei pesci.
La parola del maestro, dice un racconto ebraico, appariva a ciascuno un segreto destinato all’orecchio suo e a nessun altro: sicché ciascuno sentiva come sua, e completa, la storia meravigliosa che egli narrava nelle piazze e di cui ogni nuovo venuto non udiva che un frammento.

«Souffrir pour quelque chose c’est lui avoir accordé une attention extrême». (Così Omero soffre per i Troiani, contempla la morte di Ettore; così il maestro di spada giapponese non distingue tra la sua morte e quella dell’avversario). E avere accordato a qualcosa un’attenzione estrema è avere accettato di soffrirla fino alla fine, e non soltanto di soffrirla ma di soffrire per essa, di porsi come uno schermo tra essa e tutto quanto può minacciarla, in noi e al di fuori di noi. E avere assunto sopra se stessi il peso di quelle oscure, incessanti minacce, che sono la condizione stessa della gioia.

Qui l’attenzione raggiunge forse la sua più pura forma, il suo nome più esatto: è la responsabilità, la capacità di rispondere per qualcosa o qualcuno, che nutre in misura uguale la poesia, l’intesa fra gli esseri, l’opposizione al male.
Perché veramente ogni errore umano, poetico, spirituale, non è, in essenza, se non disattenzione.
Chiedere a un uomo di non distrarsi mai, di sottrarre senza riposo all’equivoco dell’immaginazione, alla pigrizia dell’abitudine, all’ipnosi del costume, la sua facoltà di attenzione, è chiedergli di attuare la sua massima forma.
È chiedergli qualcosa di molto prossimo alla santità in un tempo che sembra perseguire soltanto, con cieca furia e agghiacciante successo, il divorzio totale della mente umana dalla propria facoltà di attenzione.

martes, 7 de mayo de 2019

María Zambrano: La ambigüedad de Cervantes

LA AMBIGÜEDAD DE CERVANTES

No podríamos dudar los españoles de que la figura de Don Quijote de la Mancha sea nuestro más claro mito, algo muy cercano a una imagen sagrada. Lo tiene todo: fortuna poética, forma plástica —de tan estilizada parece un signo totémico—, ha nacido en la Mancha, esa tierra que entre todas las que forman la “piel de toro” presenta más el estigma de lo sagrado. Es nuestra cifra y, sin embargo, no la leemos en el lenguaje directo de la Épica, ni la vemos escrita con los caracteres de la Tragedia. Ha llegado a nosotros hecha carne en un personaje de novela y envuelta por tanto en esa luz difusa propia del género novelesco.
La luz de la novela, y en especial de la cervantina, es difusa, de foco lejano e invisible; el protagonista no aparece envuelto en ningún halo; ninguna atmósfera especial lo rodea, contrariamente a la forma de iluminación que encontramos en los misterios: en la Tragedia, en la Liturgia. Y así, por ser tan clara y homogénea esta luz, viene a ser ambigua, pues se extiende por igual al protagonista y a la más modesta de las criaturas, al más insignificante suceso de los que forman la trama del libro. Es la constante ironía, más decisiva e hiriente que la burla. ¿Y cómo, nos preguntamos, ha venido a revelarse nuestra imagen ejemplar, nuestra cifra sagrada, en esta forma ambigua entre todas? ¿Cómo ha descendido al mundo para llevar vida novelesca, para encarnarse como ejemplo de novelería?
Ortega y Gasset en las Meditaciones del Quijote descubre la ambigüedad del libro cervantino, al mismo tiempo que temblorosamente señala la extremada rareza de lo español “puro”, algo tan difícil de encontrar como las pocas gotas de sangre helénica que quedan en el mundo, dice: “Tenemos una piedra, el Escorial, y un libro, el Quijote, como signos de nuestra historia verídica, de nuestro ser verdadero.” Y situado a la sombra del Monasterio, se dispone a sorprender el secreto del libro ambiguo entre todos, indirectamente, dando siete vueltas como los judíos a Jericó.
Unamuno, sin reparar en la ambigüedad o desdeñándola, procede de modo más directo: irrumpe en el libro para rescatar a Don Quijote del cautiverio de la novela cervantina, repitiendo el “Para mi nació Don Quijote y yo para él”. Y el equívoco bien pronto desaparece en este nuevo evangelio quijotil, pues Unamuno lo convierte en personaje de Tragedia; arremete denodadamente contra el encanto en que el personaje genial está prisionero. Mas ¿nos estará permitido realizar esta liberación? Si Don Quijote nos ha sido revelado por el primero que lo vio en forma novelesca, ¿podemos desdeñar la forma, es decir, el lugar de la revelación, para quedarnos solamente con su figura y la de su sombra? ¿No residirá acaso en la forma novelesca algo muy sutil del secreto, si no el secreto mismo?
Tal divergencia en la interpretación del Quijote —la de Ortega y la de Unamuno—, dirigiéndose la una al libro, y tras de ella al autor, la otra al personaje, confirma la ambigüedad de la imagen y plantea el conflicto que entraña el ser español. Los dos libros: Las Meditaciones del Quijote y La Vida de Don Quijote y Sancho vienen a ser una especie de Guía para salir de ese conflicto. Ortega nos propone el conocimiento amoroso, “razones de amor”, lo cual quizá se avenga mas con el espíritu de Cervantes que la fe voluntariosa de Unamuno, pues el Quijote es ante todo un libro de conocimiento, una mirada reflexiva —refleja— y un tanto irónica, como conviene al ser que intenta conocerse: el hombre.
El comentario de Unamuno es una contradicción al espíritu cervantino, un intento de rescatar de su ironía la fe pura y simple, un desdén de la historia en un arrebato de esperanza; en realidad, continúa a Don Quijote, el personaje. Ortega continúa al autor, a Cervantes. ¿Queremos los españoles perseguir lo uno o lo otro? ¿Queremos seguir representando en el mundo nuestro personaje, seguir obedeciendo ciegamente a nuestro ensueño ancestral, o queremos mirarnos, conocernos, es decir, disolver nuestro ensueño en la luz del conocimiento, bien que amoroso? Pues no otra cosa significa el conocimiento de sí: disolver en la luz de la conciencia todos los ensueños y figuraciones. ¿Cabría acaso un tercer camino que comportara a la vez ensueño y conocimiento, que no fuera disolución del ensueño ancestral sino su afirmación sin ambigüedad y sin tragedia? ¿Y no tendría para ello que cambiar el mundo, el horizonte del conocimiento y la realidad social en que nos movemos? ¿No tendría que ser otra la Historia?
A tales postrimerías de la vida y del conocimiento nos conduce la primera consideración de la ambigüedad de nuestro libro: tales problemas comporta el conflicto de ser español. Unamuno lo supo al desdeñar precipitadamente la Historia en nombre de la fe. Ortega no ha hecho sino saberlo, al dedicar el esfuerzo de su pensamiento filosófico al esclarecimiento último de la Historia, de la vida humana como historia, al querer descubrirnos a los españoles un horizonte de conocimiento donde nuestro ser íntegramente sea visible e inteligible. No es un azar que el apasionado comentario de Unamuno y la amorosa meditación de Ortega estén en la raíz misma de la Filosofía del momento actual, pues si hay un género literario donde la condición humana se exprese es la Novela. Y en la más perfecta que conocernos, se ofrece no ya el conflicto de ser español sino el conflicto de ser hombre.
La ambigüedad de la novela es el espejo de la ambigüedad de la humana condición llevada al extremo en la cultura occidental, en esta época moderna que nos toca apurar hasta el límite. De ahí que la obra de Cervantes sea tremendamente actual, como documento de nuestros días, resumen de nuestra experiencia histórica. No es ambiguo el Quijote por español, sino por ser la novela ejemplar entre todas, la máxima realización del género. ¿Por qué esta esencial ambigüedad? ¿De que planos está formada? ¿Qué último conflicto lleva encerrado, celado en su clara superficie?

La ambigüedad de la novela

¿Por qué resulta tan ambigua una novela? Rara vez vemos claramente qué ha querido decirnos un novelista, un verdadero novelista de los que ahogan sus relatos en el patrón “moral” previamente elegido. Mientras dura la lectura de una gran novela, nos sentimos dentro de su mundo al igual que en la realidad que nos rodea. Mas, al acabarla, no sabemos con certeza dónde situar su relato y hasta su tiempo. Justamente porque no nos hace traspasar el tiempo de la vida diaria y porque su medida es la medida humana[1]. Cuando la poesía trágica nos arrebata, nos lleva “a otro mundo”; mientras, la novela nos mantiene en éste, tanto que puede confundirse en nuestra memoria con escenas que hemos realmente vivido. ¿Algunos personajes reales, no se han escapado de una novela? ¿Algunos sucesos y paisajes los hemos visto en verdad, o surgen de nuestra memoria, donde fueron depositados por alguna lejana lectura olvidada? ¿Nuestra propia vida, no nos parece en ocasiones sernos contada más que vivida? Y los mismos conflictos novelescos aparecen muy a menudo suavizados, disimulados como nuestro propio conflicto, que rara vez se nos hace por completo visible. Las figuras del Mito y de la Tragedia se nos aparecen en un espacio diferente y en un tiempo que ni apenas roza con el que nos toca vivir; es imposible confundirse con ellos y a pocos enajenados se les ocurren trastrocar su identidad personal con la de ellos. Sólo algunos raros poetas han podido acudir a Orfeo como a una figura aclaradora —inspiradora— de su vida. Pues hace ya tiempo que la vida de los hombres, de cada hombre, se ha emancipado de la servidumbre a los dioses y semidioses. Solo lo humano nos mide.
La ambigüedad de la novela procede, al parecer, de que está hecha al nivel del hombre, de que la conciencia creadora de su autor en nada sobrepasa a la conciencia que define a nuestra época, a nuestro mundo, emancipado de lo divino. Y en consecuencia, sus conflictos, sus personajes son humanos, perfectamente humanos.
Nos ha parecido tan obvio y natural. Y sin embargo, de ahí procede la condenación de ciertas criaturas, quizá de nosotros mismos. El horizonte se ha estrechado al humanizarse, y acciones antes heroicas han venido a ser ambiguas. ¿Pues qué es lo ambiguo sino el resultado de una falta de anchura en el horizonte para contener ciertas acciones, ciertas criaturas; la incapacidad de la conciencia para albergar enteras a ciertas realidades que en otro espacio más amplio serían puras, inequívocas, perfectamente inocentes?
¿Sucederá tal vez que lo humano no es la mejor medida para lo humano? ¿No estamos frente a un conflicto, el más hondo de nuestra época humanista? Conciencia y piedad han venido disputándose el mundo. Nuestra historia de occidentales no es en substancia otra cosa que el largo y angustioso padecer de este conflicto, con sus raros instantes de armonía y concordia. La novela, género moderno por excelencia (occidental a pesar de su lejanísimo origen en el cuento oriental), muestra mejor que ningún otro producto de nuestra cultura ese conflicto en el que va nuestra condición humana, nuestra definición. ¿Podemos definirnos, como es nuestro más obstinado intento, solamente en relación con lo “humano”? Pero ¿acaso pudimos permanecer en la dependencia de los dioses? ¿No han sido algunos de ellos quienes nos animaron a lanzarnos a la conquista de nuestra independencia? ¿Cuál fue el primer conflicto, antes de que hubiera novela? ¿Qué fueron en otro tiempo los personajes novelescos?

El conflicto de ser hombre: Tragedia y Filosofía

En el principio era el Mito, el cuento prodigioso donde todo era posible. Es lo primero que el hombre cree y no solo cree, sino que necesita; es su primer alimento. Las culturas primitivas están formadas exclusivamente por esos grandes cuentos que son los Mitos en que los dioses andan mezclados con el hombre.
Es que el hombre no existe todavía; no ha nacido. Y tiene en cambio de su no existencia, la anchura del mundo sin límite alguno. Como todavía no es, puede serlo todo; no se ha definido a sí mismo; carece de experiencia para saber adónde llegan sus límites. Inocente de toda inocencia, atribuye a un pájaro sagrado, a la semilla de un árbol, a una sombra eso que después será su máximo orgullo: el poder de engendrar hijos, y cree en cambio poder alcanzar las nubes o detener el sol. Es el reino de la pura democracia, en que un árbol es la sede de un dios y un pájaro el vehículo de la acción vivificante. Lo divino reside en todas las cosas o ha elegido, por no se sabe qué motivos, los lugares más dispares. El hombre no tiene lugar fijo, vive en la adoración y no se le ocurre preguntar sobre sí mismo.
Mucho tardará esta pregunta en aparecer; primero nacerá la atrevida pregunta por las cosas, lo cual quiere decir que ya se siente separado de ellas y que siente que las hay. Cuando el primer filósofo confesó en voz alta su audaz pretensión ya el mundo se había quedado vacío. Debió de existir un instante de máxima perplejidad y soledad, que revivimos en nuestra vida diaria involuntariamente; se presentan sin saber por qué en una tarde llena de sol en que todo de repente se queda vacío y lo que nos rodea aparece como desposeído de su fuerza vital, de su conexión con nosotros. Se quiebra, sin que sepamos por qué causa, esa especie de magia que nos mantiene encadenados a nuestro contorno, y nos sentimos solos “frente” a un mundo solidificado, lleno de cosas. Porque las cosas son la decadencia de lo sagrado, de las fuerzas mágicas que nos hablan y miran, nos amenazan o protegen.
Pero este instante de soledad que da nacimiento a la Filosofía dio también nacimiento a la Tragedia. Es la soledad del hombre que se siente confundido frente a su destino. Los dioses le hablan claramente, pero le piden cosas ininteligibles. La piedad, es decir la relación con los dioses, se hace contraria a las leyes del estado, como en Antígona, o manifiesta una absurda sentencia que contraría lo más sagrado de la ley natural, como en Edipo. Los dioses de quienes emanan las leyes enredan en su trama al individuo elegido, le inspiran delirios como a Áyax, mandatos como a Orestes, y dejan luego suelta la justicia de las Erinnias o la cólera de la misma divinidad. ¿Cómo entenderlo?
Es la ley del sufrimiento humano, su condena que es al mismo tiempo su esperanza. Obedecer a los dioses aun en el absurdo, es el único camino de rescatarse un día, y entonces el héroe de la tragedia alcanza como suyo eso que al principio en el Mito era solo su reflejo: la santidad, o al menos la inmortalidad de la fama.
Si por el camino de la Filosofía, es decir, de la soledad llena de trabajo, el hombre llega a apropiarse un poco del conocimiento que solo al Dios pertenece, por el padecer sin medida se apropia algo de su santidad, de su inmortalidad. Es el doble camino en que la criatura extraña arriba a tener un ser.
Es el nacimiento del hombre, su aislamiento de la mezcla primaria en que andaba con dioses, animales y plantas de la tierra, su entrada en el reino singular que más tarde y tan obviamente —con tan poca memoria— se llamará de “lo humano”.
La Filosofía trazará de lo humano un esquema, promesa de seguridad, como si nos dijera: si te atienes a esto, si reduces tu vida a este ser, claro, seguro, idéntico a sí mismo, estás salvado; fuerza alguna ni siquiera de los dioses te podrá arrebatar tu condición.
Pero el hombre prosigue su vida, su historia. Porque, además de la llamada “naturaleza racional”, conserva algo de la primitiva mezcla sagrada, de la participación misteriosa y primaria con la realidad toda, algo del mundo del Mito y de la fábula; tiene un ensueño.
Quiere ser, y excepto los llamados filósofos, confía su ser no a la realidad racional, sino a un obscuro e indefinible anhelo: anhelo obscuro más fuerte que nada y que lo hace lanzarse sin ver, porque teme no tener tiempo, o porque teme despertar si mira. Mientras los filósofos desde siempre le llaman a la vigilia, él se obstina en su vida sonambúlica, tan parecida a la que llevó en la caverna maternal. Se siente en el mundo, en medio de las cosas que son, como una larva que ha de crecer y formarse y no puede detenerse a mirar.
Mas la conciencia por su parte avanza. Cada vez es más amplio el territorio en que domina su luz, cernida; cada vez es más amplia su revelación y se agudizará el conflicto entre los dos forzosamente: entre la historia —la fábula— y la claridad de la conciencia.
Si la tragedia es hija del conflicto entre los dioses y las leyes naturales, la novela será hija del conflicto entre la conciencia y el cuento ya puramente humano.
Porque no ha abandonado el hombre sus pretensiones. Y aquello que era vida inocente en el mundo primario del mito, su vecindad y aun mezcla con los dioses queda como pretensión y ensueño. Ante el mundo de la conciencia y sus leyes se produce la primera gigantesca “inhibición”. La inhibición que prohíbe al hombre manifestar sus pretensiones de ser un Dios o de ser como un Dios.
Pues de ahí viene la Historia. Es muy curioso que Freud, sabio judío que tuvo la innegable genialidad de ver el fenómeno de la inhibición y sus consecuencias en la psique humana, lo haya atribuido a algo como la “líbido”, que aun situada en la zona más profunda de la vida, no llega a aclarar su última profundidad, su ilimitado deseo, su enormidad. Su discípulo Adler tuvo que recurrir a la voluntad de poderío, cuando para el maestro Freud hubiera sido tan sencillo acordarse del primer conflicto, aquel que arroja al hombre del Paraíso y le hace habitar la tierra como hombre; la condena que sigue a la primera aspiración que le susurra la serpiente: “Seréis como Dioses”. ¿No procede de ahí la primera y permanente inhibición?; la experiencia definitiva que arroja al hombre a la tierra como su rey, si quiere, pero encerrándolo en unos límites inexorables. Bajo diversas formas, “lo inhibido” aparecerá una y otra vez. Y así lo humano no podrá quedar encerrado nunca en los límites razonables trazados por la Filosofía, hija avisada del desengaño, sino que se manifestará en ensueños esperanzados o en tremendas pesadillas: se llamará amor, anhelo de vida eterna, resurrección, afán de justicia, y hasta en la Filosofía llegará a albergarse con el nombre de “Saber absoluto”. Y siempre será la misma infatigable reclamación de la criatura que no se resigna a haber perdido su parte en lo divino.

La novela, expresión de lo humano

Es el género humano entre todos, el que nace en la plenitud del mundo de la conciencia, en su afán de claridad. Cervantes nos presenta la máxima novela ejemplar, la perfección del género, justamente en el momento en que la conciencia se va a revelar con mayor claridad que nunca. Si el novelista español no conoció a Descartes —quizá nunca le hubiera conocido—, le precede con su historia. La historia de Don Quijote sólo se hace inteligible desde el cartesiano mundo de la conciencia: “¿Qué soy yo? Una cosa que piensa.” Y ante esto la criatura llamada hombre no puede resignarse. En todo caso parte de su pensar para su acción y entonces se piensa a si mismo, se inventa, es decir, se sueña y al soñarse se da un ser.
Y aquella categoría heroica, que tenía el hombre en la edad del Mito pasa ahora a ser pretensión loca. La novela es el genero de la ambigüedad porque recoge simplemente la ambigüedad del hombre, la ambigüedad de lo humano.
Pues nada hay más ambiguo que el ser hombre. Alumbrado por la conciencia que le da el saber de sus límites, la medida inexorable de su poder —de su no poder— y que le señala el círculo de su acción, prosigue con su ancestral ensueño. Si los filósofos hubieran conseguido imponer a los hombres todos la ley de la llamada “naturaleza humana”, el hombre se habría convertido ciertamente en un ser sin historia: ya no le pasaría nada, ni creería que le pasaba: no tendría su “acento”.
Pero al proseguir su cuento, en el mundo de la conciencia, ya no podría aparecer con la inocente fe de los héroes por mandato o condenación divina. Si en el mundo moderno de la conciencia se siguen de vez en cuando fabricando tragedias, siempre se situarán en un espacio aparte, en una especie de farsa sin convicción. ¿Serán simplemente, como en muchas tragedias shakespearianas, el juego de las pasiones; es decir, el cuento de un personaje, límite de lo humano que muestra aleccionadoramente adónde puede llevar el desenfreno de la humana naturaleza no corregida por la Filosofía?
Y así la máxima ambigüedad humana estará recogida por la novela y no vista por la Filosofía; esta acción de inventarse a sí mismo. Lo que antes era mandato o fatalidad de los dioses, en el mundo de la conciencia es propia invención del individuo que ha pasado de su pretensión a las vías de hecho, que se ha tomado, humanamente, la justicia por su mano.
Y al llegar a confundirse con su ensueño, anulando la conciencia de su realidad con su pretensión, querrá también ser como un Dios; no recibir la comunión sino darla, hacer su ser tan universal y omnipresente que los hombres todos comulguen en él. Pues no otra cosa pretende el que se hace a sí mismo protagonista de su novela; darse, entregarse para ser transfundido en los hombres todos: darse a conocer.
Parece imposible el superar la perfección cervantina en la ambigüedad. ¿Acaso Don Quijote esta convencido de la realidad de su ser inventado? ¿No entrevee, en medio de su delirio no inspirado por los dioses, como los brillantes ejércitos no son sino modestos carneros y que los molinos están allí, detrás de los gigantes, como un artificio fotográfico podría hoy realizar? ¿Cree en la realidad corpórea de Dulcinea? ¿No elude acaso el ver cara a cara su presencia? ¿No le pone como condición, en un extremado platonismo, el que se mantenga ausente?
Es lo que debe a su condición de personaje de novela. Su condenación por haber nacido después del mundo del Mito. Pero ¿acaso no nació en el mundo del Mito y se llamo Hércules, Aquiles y quizá Prometeo? Es su penitencia; al aparecer en el mundo humano, los héroes míticos tienen que recorrer el mundo decaídos, haciendo la máxima penitencia que puede serle impuesta a un héroe: servir de burla.
Y aún más: a la conciencia corresponde un tiempo humano que es el tiempo del “pasado, presente y porvenir”. La cinematográfica cinta que se desliza y que no podemos sobrepasar. Mientras en el mundo fabuloso el hombre interviene en un tiempo, actúa en un tiempo que esta mas allá. Lo más sutil de la condena del hombre al bajar a la tierra y habitarla conscientemente es que ya no puede actuar sino en el tiempo regular de un solo plano. Ya tiene que renunciar a adivinar y a mezclar pasado y futuro, a moverse en ese tiempo que podríamos llamar de la “evolución creadora”, donde sin embargo habitan íntimamente. Es el descubrimiento, que el existencialismo actual olvida ingratamente, de la intuición bergsoniana. El tiempo de la creación, íntimo, por el cual participamos de la vida misma en su último misterio. En ese tiempo tienen lugar los ensueños, de él nacen las mentiras que forman los Mitos, esos delirios en que el hombre se inventa a sí mismo. En los sueños somos el que no fuimos, y el que será aparece como el último aliento ancestral. Así en los mitos, quizá lo que llegue el hombre a ser le ha sido ofrecido como su ancestro primero, su ensueño originario.
El héroe de novela se encuentra encerrado en el tiempo de la conciencia, prisionero de ella. Nuestro Don Quijote siente la camaradería, la coetaneidad con los héroes todos, con los protagonistas del esfuerzo de todas las edades, y sabe, sin embargo, que no es ya así. Y por eso deja brotar de lo más hondo de su inspiración el nostálgico discurso, interpretado por los críticos como una lección de retórica cervantina: el discurso de las letras y de las armas, la evocación de la perdida Edad de Oro.
La Edad de Oro no es invención de Don Quijote, no es sino su filiación, la repetición ejemplar y diríamos canónica del héroe en cuanto tiene conciencia de sí. En cuanto al héroe adquiere conciencia, en cualquier momento de los tiempos históricos en que viva, es advertido de su inactualidad y echa de menos la Edad de Oro, pues él no es de “este mundo”.
Y por este mundo es íntegramente juzgado Don Quijote, y su condena es convertirse, ver convertida su integridad de héroe mítico en ambiguo personaje de novela, con todas sus consecuencias.
El novelista realiza la ambigua acción de recoger las novelerías de su personaje, es decir, de expresarla, de hacerla existir y al mismo tiempo de desvalorizar la acción del personaje de inventarse a sí mismo. Inventarse a sí mismo que es identificarse con su ensueño.
Y así Don Quijote se ve enajenado, loco, por querer ser sí mismo, ambigüedad extrema de lo humano. ¿Para ser sí mismo habrá que ser como todos, realizar ejemplarmente la naturaleza humana moldeada en la forma aceptada de una mentalidad, de una clase social? No querer traspasar los tiempos en el doble sentido de la época histórica y del tiempo plano del “pasado, presente y porvenir”, el tiempo de la conciencia. Es decir, desobedecer la inspiración, la voz de los Dioses, el mandato de la pesadilla ancestral.
¿No podrá existir Don Quijote sino como personaje de novela? Cervantes con su ambigüedad muestra a los españoles la tragedia reflejada en el espejo de nuestra locura; ha querido curarnos mostrándonos en el turbio cristal de la novela a nuestra figura sagrada haciendo penitencia de su osadía.
La conciencia castiga tan implacablemente como los Dioses rencorosos, como el Zeus de Prometeo, pero lleva consigo un refinamiento y una mezquindad que le viene de “lo humano”: convertir en seres ambiguos a los héroes. El mito, y su heredera la Tragedia, conserva la integridad del héroe en su inocencia; ellos obedecen a su delirio, viven íntegramente su pesadilla y, al final, una mediación interviene. Los conflictos directos entre los Dioses y los hombres parecen resolverse con el sufrimiento. Los Dioses se aplacan una vez que se ha cumplido su inocente venganza. Inocente venganza, nos parece, porque no deforman al héroe, no lo “encantan”. Lo aniquilan en, su vida, pero no falsifican su destino.
A Don Quijote ya sabemos lo que le pasó, lo más grave que le pasó y en lo cual, él sí, enteramente creía: que el mundo estaba encantado. Poco importaba que fueran rebaños o ejércitos, gigantes o molinos de viento sus obstáculos. Es igual, nosotros, españoles —¿y por qué solamente nosotros?— sabemos que el maleficio actúa igual aunque la visión sea objetivamente justa. No es una visión inadecuada la que produce la locura del “Caballero de la Mancha”. Más bien constituye una defensa que él se inventa para sostener su acción. El conflicto está en el encanto del mundo, en esa magia impenetrable en que el mundo todo se envuelve y enmascara ante un ensueño heroico, ante la esperanza del que obedece un sueño ancestral. Los Dioses, es cierto, eran aficionados a la metamorfosis, pero siempre respetaron la integridad del héroe, cuya vocación salía triunfante aun en las ninfas perseguidas por los amores de Apolo. ¿No se convirtió Dafne en el laurel símbolo del amor casto e inmortal?
Mas la conciencia humana estrecha los limites de la existencia igualmente humana. Y en ella el héroe es un novelero, alguien que se atreve enajenado a querer ser más de lo que le estaba concedido. Su caridad se confunde con la vanidad. Porque cuando el hombre se inventa a sí mismo se distiende, y así el mismo Don Quijote arrastra consigo una carga de vacío, una cierta levedad y falta de peso; vilano privado de parte de su substancia, de esa substancia que en el mundo moderno sólo conserva íntegra, el que se inhibe sabiamente sin dejar aparecer su ensueño.
Tal parece ser la lección profetizada por Cervantes: ver convertida en vida novelesca, en liviana novelería, la Tragedia que proviene de la integridad de obedecer a un ensueño ancestral, a un Dios desconocido que nos manda, para dejarnos luego en el abandono. Pero eso nada sería. El Hijo de Dios por su obediencia al mandato del Padre probó el desamparo, el silencio paternal mil veces peor que su cólera. Pero aun cubierto de la ambigua púrpura real no fue convertido en personaje de novela; su realeza, su realidad, pudo atravesar la burla. No así nuestro Don Quijote, llamado por no sabemos qué pesadilla ancestral a implantar la justicia, es decir, la caridad en el mundo. ¿Es posible resignarse?
Podríamos esperar a nuestro Esquilo, a nuestro Sófocles más bien, que rescatara al personaje de la Novela y lo devuelva a su Tragedia; quizá lo hemos ya hecho escribiendo la Tragedia —un acto más— con sangre y no con palabras. Pero el mundo actual es el mundo de lo humano, donde ningún ensueño mítico puede vivir sin tornarse equívoco y sin servir de burla.
La conciencia actual obstinadamente embebida en los límites de lo humano, no puede acoger a un ensueño tan “enorme”. Vivimos el acto de la Historia en que la conciencia es más impermeable a la Piedad, a la inspiración. La Filosofía: personalismo, razón vital, existencialismo, intenta ensanchar el horizonte de la conciencia y del pensamiento para dar cabida a la integridad del hombre, que se piensa e inventa a sí mismo. Si se logra, la Novela no comportará una condenación, será el punto en que coincidan Filosofía y Poesía. El tiempo creador donde nace el ensueño personal se abrirá paso en la claridad de la conciencia. Y si a tal situación de la mente corresponde una situación de la sociedad, una “sociedad abierta”, entonces dejaría nuestro señor Don Quijote de hacer penitencia sirviendo de burla y nosotros, los espanoles, comenzaríamos a entendernos a nosotros mismos.

París, 27 de septiembre de 1947.
Revista Sur, año XVI, diciembre de 1947.

NOTA:
[1] Sin duda alguna que el tiempo de las novelas de Proust y de Virginia Woolf nos llevan a “otro tiempo”, liberación final de la Historia.