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jueves, 10 de enero de 2019

Centenario de la muerte de Jacques Vaché

CENTENARIO DE LA MUERTE DE JACQUES VACHÉ

LA breve vida de Jacques Vaché escapa a las dos fechas fatales que necesariamente la delimitan; escapa, sobre todo, a la segunda de estas fechas, que, en su caso, significó el inicio, y no la conclusión, de su carrera literaria. Precursor, por voluntad ajena, de uno de los principales movimientos artísticos del siglo XX, autor virtualmente sin obra, figura brumosa y casi legendaria (a tal punto que hubo quien llegó a dudar de su existencia), ejerció, merced a su transfiguración en la vasta corriente del surrealismo, una considerable influencia que se extendió a lo largo de todo un siglo de guerras y revoluciones políticas, morales y artísticas.
  Nacido en Lorient el 7 de septiembre de 1895, Jacques Vaché vivió de los cinco a los trece años de edad en Indochina, a donde su padre había sido enviado como militar. En 1910, de regreso a Francia, ingresó al Grand Lycée de Nantes, donde formó con Eugène Hublet, Pierre Bissérié y Jean Bellemère (más conocido posteriormente como Jean Sarment) la ruidosa e irreverente cofradía que escandalizaría a la ciudad: el “Grupo de Nantes”, encarnación de un espíritu poético y excéntrico que se manifestaría en dos revistas de corta existencia (En route mauvaise troupe y Le canard sauvage) y en experiencias de escritura colectiva en las que es posible ver, retrospectivamente, un esbozo de la futura escritura automática de los surrealistas. En 1913, ya obtenido el bachillerato, se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de Nantes. El estallido de la guerra lo sorprendió en Londres. Regresó a Francia para incorporarse, en diciembre de 1914, al Regimiento décimo noveno de Infantería. En septiembre de 1915, tras haber sido herido en el frente, fue llevado como convaleciente al Hospital de Nantes (el mismo colegio, en realidad, en el que había estudiado, convertido en hospital por las necesidades de la guerra). Allí permanecería hasta su reincorporación al ejército en mayo del año siguiente, y allí fue donde se produjo, a principios de 1916, “el encuentro fortuito, en una mesa de disección, de una máquina de coser y de un paraguas” —más prosaicamente, el encuentro entre Jacques Vaché y y un joven enfermero llamado André Breton (Théodore Fraenkel también estaba allí, pero Breton se encargaría de omitirlo cuidadosamente en sus recuerdos). Tres años más tarde, el 6 de enero de 1919, Jacques Vaché encontraría la muerte en esa misma ciudad, a los veintitrés años, en una cama del Hotel de France, víctima del opio, junto a su amigo Paul Bonnet.
  Los pocos datos precedentes agotan, casi, su biografía. La aventura fue breve y los textos escasos y fragmentarios: dos prosas poéticas en En route mauvaise troupe, cinco crónicas literarias y un cuento, Gilles, en Le canard sauvage... Muy poco, casi nada, pero Breton estaba allí; seis meses después de la desaparición de su amigo, publicó, en tres entregas sucesivas de la recién nacida revista Littérature, las cartas que Vaché le había escrito, junto con las recibidas por Fraenkel y Aragon y un poema en prosa; simultáneamente, las editó en forma de libro, añadiéndoles un prólogo; Aragon publicó la reseña de ese libro en el número ocho de la revista. La muerte de Vaché había precipitado su nacimiento para la historia de la literatura.
  Durante siete décadas, de 1919 a 1989, Jacques Vaché fue apenas el autor de esas catorce cartas de guerra. La publicación de otras, enviadas desde el frente a sus padres y a su madrina de guerra, elevaron luego tan exiguo número al de unas ciento cincuenta, que permiten completar la figura de su autor y devolverle un rostro que no siempre coincide con el que Breton nos transmitió.
  Por lo que sabemos, fuera de su pasión por Jarry (al que, muy probablemente, Vaché conoció sobre todo gracias a Théodore Fraenkel, si bien no faltan indicios de que antes de su encuentro con éste no era para él un desconocido), los escasos textos escritos por Vaché, al margen de sus cartas, eran de inspiración parnasiana y simbolista, y sus preferencias literarias tenían muy poco de modernas: detestaba a Rimbaud, no apreciaba a Apollinaire, y entre sus autores predilectos, muchos de los cuales compartía con sus cofrades nanteses, se contaban Alfred de Musset, Maurice Barrès, Henri de Régnier, Balzac, Alphonse Daudet, Paul Claudel, Lammenais, Stendhal, Tolstoy, Anatole France... Materia poco apropiada para cimentar en ella una revolución que se propondría “la destrucción sistemática del arte clásico y de la literatura”.
  La modernidad, sin embargo (esa modernidad que Breton anhelaba fervientemente, ante los irónicos reproches de su amigo), Vaché la manifestaba en su vida, en sus actitudes, más que en sus escritos o en sus preferencias literarias. Sus desplantes, su irreverencia, su histrionismo, su gusto por la mistificación, su impredictibilidad, su agudo sentido de la “inutilidad teatral de todas las cosas”, fueron, para Breton, la expresión natural de ese espíritu moderno que él mismo andaba necesitando para poder librarse, de una vez por todas, de ciertos pesados elementos de su herencia cultural.
  “A Harry James uno lo admira porque no sabe bien si al día siguiente se matará, sin razón, o si cometerá un hermoso crimen; es posible reconocer en él una fuerza indisciplinada, el verdadero hombre moderno, al que no se podría reducir a ser un mero espectador”, dice Baptiste Ajamais (André Breton en la vida real) en Anicet ou le panorama, la novela de 1921 en que Aragon narra en clave la aventura de esos jóvenes poetas cuyo mayor anhelo es el de conquistar a la hermosa Mirabelle, emblema de la modernidad. Harry James es, naturalmente, Jacques Vaché. Baptiste sigue explicándonos: “En nada se asemeja al artista, al especulador: antes que nada, vive. Busca ardientemente los placeres más violentos y todo lo somete a su fantasía. Lejos de acordar las circunstancias con un sistema poético, domina las contingencias y actúa con tal intensidad, con tal rapidez, que parece no reflexionar ni obedecer a ningún plan. [...] Parece estar a la merced de cuanto lo rodea, precisamente por la razón de que escapa a ello, se libera de las leyes comunes de la acción, no sufre la influencia de ninguna realidad exterior y visible, no le da tiempo a nadie de ver los motivos reales y enteramente íntimos de sus gestos y palabras.” Poco deben diferir estas palabras, testimonio de un Breton fascinado, de las que tantas veces habría oído Aragon. “Harry James le había hecho entrever a Mirabelle y él se había enamorado teóricamente de ella”
En el espíritu de Breton, Vaché fue el catalizador de una alquimia que no había encontrado aún la fórmula capaz de realizar la síntesis de sus búsquedas, la calibración de sus experiencias personales, la conciliación de las distintas influencias recibidas a través de Mallarmé, de Apollinaire, de Valéry... Su influencia, su magnetismo, le permitieron hacer una estricta selección de todos esos elementos, descartar lo inútil y combinar en forma novedosa lo demás. El resultado fue el surrealismo.
  El umor (así, sin h, con esa libertad patafísica con la que Vaché se complacía en alterar la ortografía de ciertas palabras, desacralizándolas y otorgándoles connotaciones oblicuas: umor, hamistoso, obcesión, poheta —como burlonamente solía llamar a Breton) era la llave maestra que Vaché empleaba de forma espontánea, como actitud de vida que no requería, y de hecho rechazaba, programas y sistematizaciones, definiciones formales que Breton le reclamaba en sus cartas y que Vaché entregaba con parsimonia y a regañadientes, repitiendo, al hacerlo, conceptos del grupo de Nantes —porque dar una definición del umor ya era, para él, traicionar el umor.
  Rasgo esencial de un dandismo aristocrático, expresión de una desdeñosa distancia con todas las cosas “serias” del mundo, privilegio distintivo de las más altas categorías del orden jerárquico que el Grupo de Nantes había establecido para la humanidad, el umor de Vaché, teñido de esnobismo anglófilo, caracterizado por un desembozado y extravagante culto de sí mismo, era, en la interpretación de Breton, una forma de insumisión que su cultor proponía para los empos de guerra, especie de “deserción hacia el interior de uno mismo” que contrastaba con la “deserción hacia el exterior”.
  Las Cartas de guerra, con su prosa entrecortada, alusiva y elusiva, con los dibujos que completan lo que las palabras no alcanzan a expresar, nos quedan como la huella de ese umor omnipresente; y, en su exigüidad, contienen la esencia de ese Vaché que Breton le impuso a la posteridad.
  Había otro Vaché, sin embargo; el que revelan las cartas dirigidas a su familia, atento a afectos y a cuestiones prácticas; el que no dudaba en decirle a su padre “puedes creer que no miro con ninguna ironía la posguerra, puedes creerlo — y me doy cuenta muy bien de que el dinero, actualmente, es un género más que nunca indispensable...”, o “y además mi conducta parece tan contradictoria con mi carácter real que me faltan por completo las palabras para explicarla. — Te pido que no creas en las apariencias”; el que, a pesar de su irónico desapego por las cosas del mundo, fue capaz de actos de arrojo, en el frente de batalla, que le ganaron una condecoración.
  El Vaché que Breton legó a la historia de la literatura es, en buena medida, el personaje que el soldado Jacques Vaché interpretó para él; el que altaneramente insistía en su aristocrático rechazo por el arte (“el arte es una tontería”), el que se negaba a crear (“apuntar tan concienzudamente para errar el blanco”) y sólo accedía a hacerlo cuando su público se lo reclamaba: fragmentariamente, desdeñosamente.
Evocando a su amigo de adolescencia, Jean Sarment escribió: “Sí. Había un Vaché cuyo humor no se tomaba en serio las cosas, pero también otro Vaché considerado y que no se tomaba en serio la costumbre del sarcasmo frío. En los tiempos en que escribía esas cartas yo recibía otras —otras mucho más sencillas, escritas por un muchachito inquieto que yo había conocido bien en él.”
  (Un día, imaginando una madurez ya alejada de las aventuras literarias de su juventud, Vaché le dijo a Breton, según éste cuenta en “La confesión desdeñosa”: “Usted creerá que he desaparecido, que he muerto, y un día — todo llega — se enterará de que un tal Jacques Vaché vive retirado en un rincón de Normandía... Sólo algunos libros —muy pocos, ¿eh?—, cuidadosamente encerrados en el piso superior, certificarán que algo sucedió.”)
  Breton necesitaba a Vaché (a cierto Vaché, a su Vaché); lo rodeó, lo aisló, lo destiló y, con la materia eucarística de su recuerdo, de sus cartas y de su muerte inesperada, elaboró la presencia mística que inspiraría el naciente movimiento surrealista. Lo que Vaché no tenía, el propio Breton lo inventó. Nunca sabremos con certeza, por ejemplo, si Vaché realmente protagonizó, en el estreno de “Las tetas de Tiresias”, el escándalo que Breton nos refiere; si realmente desenfundó el revólver y amenazó con disparar sobre el público. No hay otros testimonios realmente confiables que confirmen el de Breton. Pero, ciertamente, un precursor escandaloso tiene que dejar algún escándalo inscrito en la leyenda, y Breton evangelista no descuidó el detalle (después de todo, ¿no había sido capaz Arthur Cravan de iniciar una conferencia disparando al aire en el teatro para luego hablar de cualquier otra cosa?, ¿no escribiría Breton, poco más tarde, que acaso el acto surrealista más genuino consiste en disparar al azar sobre una multitud?)
  La muerte de Vaché era algo que Breton también debía corregir. Todos los testimonios indican que fue un accidente, debido a la inexperiencia de los jóvenes en el consumo de la droga. Otro elemento contribuía a enturbiar el cuadro: la presencia en la habitación del drama de un cuarto participante, el joven André Caron, cuyas preferencias sexuales eran bien conocidas. La existencia de ese molesto actor fue cuidadosamente ocultada; podemos comprender que, en la época, las familias de las víctimas actuasen así, si imaginamos el efecto que podía tener sobre su reputación el que se supiese que ese individuo había tomado parte en la reunión en que Vaché y su amigo Bonnet habían muerto, intoxicados con opio, mientras yacían enteramente desnudos en la misma cama, uno junto al otro.
  Pero también Breton ignoró, omitió, negó los aspectos más equívocos de esa muerte. Cosa previsible en alguien que, en paradójica contradicción con su rechazo por los valores tradicionales de la sociedad, jamás ocultó su inquina, su repugnancia por la homosexualidad. Según André Masson, Breton afirmaba perentoriamente que “las personas adictas a esa clase de amor no pueden ser poetas”. Es interesante constatar, sin embargo, que este rechazo comenzó a hacerse manifiesto, sobre todo, después de la muerte de Vaché; no nos está vedado conjeturar que, con ese rechazo, Breton estuviese exorcizando, de algún modo, ciertos molestos fantasmas íntimos...
Por esto, y porque la muerte por torpeza no les sienta a los profetas, Breton no tardó mucho en sugerir, en formular, en imponer la idea de que había sido un suicidio. Un suicidio, además, con ribetes turbios, ya que Vaché, deseoso de morir acompañado, como lo había expresado alguna vez con una frase dictada, como tantas, tal vez, por su amor por la superchería, habría arrastrado a la muerte a su amigo Paul Bonnet. Suicidio-crimen a los veintitrés años que completa la figura de un profeta surrealista, expresión sublime de un desdén altivo por las cosas de este bajo mundo, máxima pirueta “umorística” de un soldado que abandona el escenario de lo “teatralmente inútil” en el momento mismo en que vuelve a la vida civil para encarar los proyectos fabulosos a los que aludía en sus últimas cartas... Así lo quería Breton, así tenía que ser. Y Aragon se apresuró a sustentar la tesis del suicidio en su reseña de las Cartas de guerra, en el número ocho de Littérature.
  “Jacques Vaché es surrealista en mí”, escribió Breton en el Primer Manifiesto del Surrealismo. Con esa frase dijo mucho y dijo aún más de lo que creía decir. Es una de una lista en que Breton destaca los rasgos surrealistas característicos de aquellos a quienes incluye en su santoral de precursores. Así, “Swift es surrealista en la maldad, Chateaubriand es surrealista en el exotismo, Poe es surrealista en la aventura, Baudelaire es surrealista en la moral, Rimbaud es surrealista en la práctica de la vida y más allá...” Salvo Vaché. Vaché no fue surrealista ni siquiera en la práctica de la vida, eso era para Rimbaud. Vaché sólo fue surrealista porque Breton lo quiso así, en él y por él; porque Breton lo hizo suyo, porque Breton se apoderó de su amigo, borrando en el recuerdo la presencia a su lado de otros que también lo conocieron e introduciéndolo en su círculo con el fervor de su evocación (Aragon, que se refería a Vaché llamándolo “mi legendario amigo”, nunca lo conoció personalmente). Breton, fascinado por las facetas más deslumbrantes de una personalidad en las que cometió el metonímico exceso de ver una totalidad (Jean Sarment, escéptico, escribiría mucho después: “[Vaché] se arrojó de cuerpo entero en nuestro sârismo ingenuo. Me avergüenza un poco decir que esas arlequinadas verbales influyeron en un poeta que ocupó un lugar en los luminosos primeros días del surrealismo”), extrajo de esa vida, mientras duró, todo lo que pudo. La muerte temprana de Vaché, cruel es decirlo, le resultó cómoda para su proyecto; Vaché ya no podía resistir; Breton haría de él, hizo de él, el precursor luminoso que no podría desmentirlo.
  En “Un cadáver”, el célebre panfleto contra Breton al que aportaron sus diatribas algunos surrealistas recientemente expulsados del movimiento, Michel Leiris y Robert Desnos no dejaron de reprocharle la utilización que hizo de, entre otras, la muerte de Vaché: “El cadáver de André Breton”, escribe Leiris en El ramo sin flores, “me repugna porque es el cadáver de alguien que siempre vivió, él mismo, de cadáveres. La muerte accidental de Vaché (disfrazada de homicidio 'voluntario' para darle a este episodio, muy simple y por esto mucho más impactante, un aura romántica de la que la literatura pudiese sacar provecho), el suicidio reciente de Rigaut (empleado exclusivamente a fines de insulsa polémica contra Drieu La Rochelle, et como si, por otra parte, todo el mundo ignorase lo que Rigaut pensaba de Breton!), la internación de Nadja en una casa de locos (mientras que el que en principio debería haberla defendido saborea tranquilamente un aperitivo en un café cualquiera), otros tantos dramas que el esteta del 42 Rue Fontaine habrá sabido aprovechar para infundirse a sí mismo una vitalidad que sin duda había poseído muy transitoriamente.” Y Desnos le hace decir al sumo pontífice del surrealismo, en Tomás el impostor: “Me harté de carne de cadáveres: Vaché, Rigaut, Nadja, a los que dije que amaba...” Pero Breton logró su cometido.
  A cien años de su muerte, Jacques Vaché se nos presenta como un auténtico dandi atrapado en el fragor de esa guerra civil europea cuyas ramificaciones alcanzaron el mundo entero y que fue llamada la Gran Guerra; un paradójico hermano espiritual de Baudelaire y de Barbey d’Aurevilly, más desencantado y escéptico todavía; un Rimbaud que, por lucidez y pesimismo, hubiera renunciado a su obra ya desde antes de crearla. Vaché desdeñaba dejar obra, desdeñaba “producir” (el verdadero dandi no produce). Los años de su corta existencia terrena los dedicó a jugar: jugó a ser poeta y dibujante con sus amigos del Grupo de Nantes; jugó a ser muchos otros (firmó siempre con los más variados seudónimos los pocos textos que escribió, y aun sus cartas; y era bien conocida su afición por los disfraces: una foto nos lo muestra vestido de enfermera, rodeado por auténticas enfermeras); convirtió en juego el horror mismo de la guerra; y por último murió en una cama de hotel jugando a ser De Quincey, el comedor de opio. Pasada la juventud, hubiera abandonado probablemente todos esos juegos. Pero a principios de 1916 conoció a alguien, sedujo a alguien, que no sabía jugar; y también jugó a ser para él un personaje de su galería; y ese admirador inesperado le robó esa máscara y la legó a la historia de la literatura.


Prólogo a Cartas de Guerra de Jacques Vaché.
Traducción, prólogo y notas de    
ISBN 978-987-28010-0-7



  

sábado, 8 de diciembre de 2012

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jueves, 3 de mayo de 2012

André Breton y Jacques Vaché: prólogo a Cartas de Guerra



Con motivo de la publicación en EDICIONES DE LA MIRÁNDOLA de las CARTAS DE GUERRA de JACQUES VACHÉ, en una nueva traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán, publicamos hoy en Literatura & Traducciones la célebre introducción escrita por André Breton para la edición original de 1919.


INTRODUCTION

À T. Fraenkel.

Les siècles boules de neige n'amassent en roulant que de petits pas d'hommes. On n'arrive à se faire une place au soleil que pour étouffer sous une peau de bête. Le feu dans la campagne d'hiver attire tout au plus les loups. On est mal fixé sur la valeur des pressentiments si ces coups de bourse au ciel, les orages dont parle Baudelaire, de loin en loin font apparaître un ange au judas.

C'est ainsi qu'en 1916 ce pauvre employé qui veillait permit à un papillon de demeurer sous l'appareil réflecteur dans son bureau. En dépit de sa jolie visière, — on était dans l'Ouest — il semblait n'avoir dans la tête qu'un alphabet morse. Il passait son temps à se souvenir des falaises d'Étretat et de parties de saute-mouton avec les nuages. Aussi accueillit-il avec empressement l'officier aviateur. A vrai dire, on ne sut jamais dans quelle arme Jacques servait. Je l'ai vu couvert d'une cuirasse, couvert n'est pas le mot, c'était le ciel pur. Il rayonnait avec celle rivière au cou, l'Amazone, je crois, qui arrose encore le Pérou. Il avait incendié de grandes parties de forêt-vierge, on le voyait à ses cheveux et à tous les beaux animaux qui s'étaient réfugiés en lui. Ce n'est pas le serpent à sonnettes qui m'empêcha jamais de lui donner la main. Il redoutait plus que tout certaines expériences sur la dilatation des corps. Si cela, disait-il, n'entraînait que des déraillements ! La barre qu'on chauffe à blanc dans Michel Strogoff n'était donc pas faite pour l'aveugler. Je l'ai vu souvent prendre à parti le Maître de Forges qu'il n'avait pas lu.

« Le feu du rasoir se communique à deux ou trois chambrettes en forme d'œufs dans un nid. Vous ferez bien de repasser. Le fer à cheval est une jolie invention à l'usage des gens sédentaires et s'explique par les vers d'Alfred de Musset. — Du temps des Grecs, le vase de Soissons (il montre sa tête, la garniture de cheminée) ; ainsi de suite.

Les élégances masculines sortent de l'ordinaire. La couverture du Miroir des Modes est couleur de l'eau qui baigne le gratte-ciel où on l'imprime. Les ventres humains, bâtis sur pilotis, sont par ailleurs d'excellents parachutes. La fumée qui s'échappe de ces chapeaux hauts de forme encadre de noir le diplôme d'honneur que nous voulions montrer aux amis et connaissances. Un jour les décorations nous grimperont après comme de petits chats.

Si nous nous mettons encore à genoux devant la femme, c'est pour lacer son soulier. Dans les retours sur soi, mieux vaut emprunter les routes carrossables. La voiture de madame est avancée puisque les chevaux tombent à la mer. Aimer et être aimé se poursuivent sur la jetée, c'est dangereux. Soyez sûrs que nous jouons plus que notre fortune dans les casinos. Surtout, ne pas tricher. Tu sais, Jacques, le joli mouvement des maîtresses sur l'écran, lorsqu'enfin on a tout perdu ? Fais voir les mains, sous lesquelles l'air est ce grand instrument de musique : trop de chance, tu as trop de chance. Pourquoi aimes-tu faire affluer le sang bleu aux joues de cette petite ? J'ai connu un appartement qui était une merveilleuse toile d'araignée.

Il y avait au centre de la pièce une cloche assez grosse qui rendait un son vexant tous les ans ou tous les quarts d'heure. À l'en croire la guerre n'aurait pas toujours existé, on n'aurait jamais su par ce temps ce qui pouvait arriver, etc. Il y avait bien entendu de quoi rire. Le débardeur d'alors n'y manquait pas, son amie lui faisait de jolies dettes comme de la dentelle. L'ancien élève de M. Luc Olivier Merson savait sans doute qu'en France l'émission de fausse-monnaie est sévèrement punie. Que voulez-vous que nous fassions ? La belle affiche : Ils reviennent. — Qui ? — Les Vampires, et dans la salle éteinte les lettres rouges de Ce soir-là. Tu sais, je n'ai plus besoin de prendre la rampe pour descendre, et sous des semelles de peluche, l'escalier cesse d'être un accordéon.

Nous fûmes ces gais terroristes, sentimentaux à peine plus qu'il était de saison, des garnements qui promettent. Tout ou rien nous sourit. L'avenir est une belle feuille nervée qui prend les colorants et montre de remarquables lacunes. Il ne tient qu'à nous de puiser à pleines mains dans les chevelures échouées. Le repas futur est servi sur une nappe de pétrole. L'ingénieur des usines et le fermier général ont vieilli. Nos pays chauds, ce sont les cœurs. « Nous avons mené la vie tambour battant. — Mon cher André, les épures vous laissent froid. J'ai fait venir ce rhum de la Jamaïque. L'élevage, voyez-vous, raidit l'herbe des prés ; d'un autre côté je compte sur le sommeil pour tondre mes troupeaux. L'alouette du matin, c'est encore une de vos paraboles. »

Les équilibres sont rares. La terre qui tourne sur elle même en vingt-quatre heures n'est pas le seul pôle d'attraction. Dans le Colorado brillant les filles montent à cheval et ravagent superbement notre désir. Les blouses étoilées des porteurs d'eau, ce sont nos calculs approchants. Les croisés s'arrêtaient à des puits empoisonnés pour boire.

Le célèbre baptême du feu rentre dans la nuit des superstitions adorables où figurent pour moi ces deux poissons attachés par une corde. C'est à elle que je t'abandonne. Des fruits moisissent sur l'arbre dans le feuillage noir. Je ne sais pas si l'on bat le grain ou s'il faut chercher une ruche tout près. Je pense à une noce juive. Un intérieur hollandais est ce qu'il y a de plus loin. Je te vois, Jacques, comme un berger des Landes : tu as de grosses échasses de craie. Le boisseau de sentiments n'est pas cher cette année. Il faut bien faire quelque chose pour vivre et la jolie relève à la capote souillée est une laitière dans le brouillard. Tu méritais mieux, le bagne par exemple. Je pensais t'y trouver avec moi en voyant le premier épisode de La Nouvelle Aurore, — mon cher Palas. Pardon. Ah ! nous sommes morts tous deux.

C'est vrai que le monde réussit à bloquer toutes les machines infernales. Il n'y a pas de temps perdu ? De temps, on veut dire les bottes de sept lieues. Les boîtes d'aquarelles se détériorent. Les seize printemps de William. R. G. Eddie... gardons cela pour nous.

J'ai connu un homme plus beau qu'un mirliton. Il écrivait des lettres aussi sérieuses que les Gaulois. Nous sommes au vingtième siècle (de l'ère chrétienne) et les amorces partent sous les talons d'enfants. Il y a des fleurs qui éclosent spécialement pour les articles nécrologiques dans les encriers. Cet homme fut mon ami.






INTRODUCCIÓN A LAS CARTAS DE GUERRA

Los siglos bolas de nieve sólo juntan, al rodar, pasitos de hombres. Únicamente logramos hacernos un lugar al sol para asfixiarnos bajo una piel de animal. El fuego en el campo de invierno atrae a lo sumo a los lobos. Entendemos mal el valor de los presentimientos, si esos bolsazos en el cielo, las tormentas de las que habla Baudelaire, hacen aparecer de tanto en tanto un ángel en la mirilla.

Fue así como, una noche de 1916, aquel pobre empleado de guardia le permitió a una mariposa quedarse bajo la lámpara de su escritorio. A pesar de su bonita visera —estaba en el oeste—, parecía no tener otra cosa en la cabeza que un alfabeto morse. Se pasaba el tiempo recordando los acantilados de Étretat y las partidas de salto de burro con las nubes. Por eso recibió con entusiasmo al oficial de la aviación. Para decir la verdad, nunca se supo en qué arma servía Jacques. Yo lo vi revestido con una coraza, revestido no es la palabra exacta, era el cielo puro. Resplandecía con ese río al cuello, el Amazonas, creo, que riega hasta el Perú. Había incendiado grandes zonas de selva virgen, era algo que se veía en sus cabellos y en todos los hermosos animales que se habían refugiado en él. Jamás la serpiente de cascabel me impidió darle la mano. Lo que más temía eran ciertos experimentos sobre la dilatación de los cuerpos. ¡Si eso al menos, decía, sólo provocase descarrilamientos! La barra que calientan al rojo vivo en  Michel Strogoff no estaba hecha, pues, para cegarlo. A menudo lo vi criticar violentamente al  “Dueño de las herrerías”, que no había leído.

El fuego de la navaja se comunica a dos o tres camaritas en forma de huevos que están en un nido. Ustedes harían bien en volver a pasar. La herradura es un lindo invento para uso de gente sedentaria que explican los versos de Alfred de Musset. —En tiempos de los griegos, el jarrón de Soissons (muestra su cabeza, los adornos de la chimenea); y así sucesivamente.

Las elegancias masculinas salen de lo común. La portada del “Espejo de las modas” tiene el color del agua que baña el rascacielos donde se lo imprime. Los vientres humanos, construidos sobre pilotes, son, por otra parte, excelentes paracaídas. El humo que sale de esos sombreros de copa le pone un marco negro al diploma de honor que queríamos enseñarles a los amigos y conocidos. Un día las condecoraciones se nos subirán encima como gatitos.

Si todavía nos arrodillamos ante la mujer, es para atarle los zapatos. En la vuelta hacia uno mismo, mejor es tomar los caminos transitables. El coche de la señora ya está listo, puesto que los caballos caen al mar. Amar y ser amado se persiguen por el espigón, es peligroso. Tengan la seguridad de que en los casinos nos jugamos algo más que la fortuna. Ante todo, no hay que hacer trampas. ¿Sabes, Jacques, lo bonito que es el movimiento de las amantes en la pantalla cuando, por fin, lo hemos perdido todo? Déjame ver tus manos, bajos las cuales el aire es un gran instrumento musical: demasiada suerte, tienes demasiada suerte. ¿Por qué te gusta hacer que suba la sangre azul a las mejillas de esta pequeña? He conocido un apartamento que era una maravillosa tela de araña.

En el centro de la habitación había una campana bastante grande que producía un sonido molesto cada año o cada cuarto de hora. Si uno le creía, la guerra no siempre había existido, en aquella época era totalmente imposible saber lo que podía llegar a ocurrir, etc. Por cierto que había de qué reírse. El descargador de aquel entonces no dejaba de hacerlo, su amiga lo endeudaba de lo lindo. El ex alumno del señor Luc-Olivier Merson sabía sin duda que en Francia la emisión de moneda falsa se castiga severamente. ¿Qué querían ustedes que hiciésemos? El bonito cartel: Vuelven —¿Quiénes? —Los vampiros, y en la sala a oscuras, las letras rojas de Aquella noche. ¿Sabes? Ya no necesito tomarme de la barandilla para bajar, y, bajo suelas de felpa, la escalera deja de ser un acordeón.

Fuimos aquellos alegres terroristas, apenas más sentimentales de lo conveniente, pilluelos con futuro. Todo o nada nos es favorable. El porvenir es una bella hoja con nervaduras que absorbe los colorantes y muestra notables lagunas. Sólo depende de nosotros hundir las manos en las cabelleras encalladas. La comida futura se sirve sobre una capa de petróleo. El ingeniero de las fábricas y el recaudador de impuestos han envejecido. «Nuestros países cálidos son los corazones. Hemos vivido a todo trapo. —Mi querido André, los bosquejos lo dejan a usted frío. He mandado traer este ron de Jamaica. La ganadería, ya lo ve, endurece la hierba de los prados; por otra parte, confío en el sueño para esquilar mis rebaños. La alondra de la mañana es otra de sus parábolas.»

Los equilibrios son infrecuentes. La tierra que gira alrededor de sí misma en veinticuatro horas no es el único polo de atracción. En el Colorado brillante las muchachas montan a caballo y devastan soberbiamente nuestro deseo. Las batas rasgadas de los aguateros son nuestros cálculos aproximados. Los cruzados se detenían a beber en pozos envenenados.

El célebre bautismo de fuego entra en la noche de las supersticiones adorables en la que figuran para mí esos dos peces atados con una cuerda. A ella te entrego. En el follaje negro del árbol hay frutos que se echan a perder. No sé si están trillando o si hay que buscar una colmena muy cerca de aquí. Pienso en una boda judía. Un interior holandés es lo que está más lejos. Te veo, Jacques, como un pastor de las landas: llevas grandes zancos de tiza. El celemín de sentimientos no está caro este año. Ciertamente hay que algo hacer para vivir y la bonita joven del capote manchado que hace el relevo es una lechera en la niebla. Merecías algo mejor, el presidio, por ejemplo. Pensaba, al ver el primer episodio de La Nueva Aurora, que nos encontraríamos juntos allí —mi querido Palas. Perdón. ¡Ah!, los dos estamos muertos.

Es verdad que el mundo logra bloquear todas las máquinas infernales. ¿No hay tiempo perdido? Tiempo, es decir las botas de siete leguas. Las cajas de acuarelas se deterioran. Las dieciséis primaveras de William R. G. Eddie... dejemos eso para nosotros.

Conocí a un hombre más bello que una flauta de caña. Escribía cartas tan serias como los galos. Estamos en el siglo XX (de la era cristiana) y los fulminantes estallan bajo los tacos de los niños. Hay flores que se abren especialmente para los artículos necrológicos en los tinteros. Aquel hombre fue mi amigo.
Traducción para Literatura & Traducciones de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán.