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martes, 15 de julio de 2025

Rainer Maria Rilke: Cartas sobre la muerte a Catherine Pozzi y Jules Supervielle


À CATHERINE POZZI

21 août 1924

Château de Muzot s/Sierre

Chère et honorable amie,

Les expériences les plus essentielles de ma vie convergent toutes pour me faire reconnaître la mort comme une autre partie de cette trajectoire dont nous suivons la courbe vertigineuse sans pouvoir faire halte un seul instant. Je me sens de plus en plus incité, pour le moment, à être en harmonie avec ce Tout où la vie et la mort se pénètrent et s’unissent, inlassablement. L’Ange dont j’affirme la présence (L’Ange qui dit oui), offre un visage radieux à la mort. Bien que la vie demande bien autre chose, c’est la mort, par-dessus tout, la mort elle-même, sur laquelle pèsent tant de suspicions, que j’aimerais réhabiliter en la replaçant au centre de tout, un lieu qu’elle n’a jamais quitté mais duquel nous avons détourné notre regard. Je sens que c’est ma mission de démontrer que c’est l’un des plus grands trésors de ce formidable Tout dans lequel la vie n’a peut-être que la plus petite part, même si elle est déjà si riche en elle-même qu’elle nous est inaccessible, hors d’atteinte.

Rilke

 

(La dernière lettre de Rilke, neuf jours avant sa mort.)

À JULES SUPERVIELLE

Clinique de Valmont s/Territet. p. Glion (Vaud),

ce 21 décembre 1926

Mon cher cher Supervielle,

Gravement malade, douloureusement, misérablement, humblement malade, je me retrouve un instant dans la douce conscience d’avoir pu être rejoint, même là, sur ce plan insituable et si peu humain, par votre envoi et par toutes les influences qu’il m’apporte.

Je pense à vous, poète, ami et, faisant cela, je pense encore le monde, pauvre débris d’un vase qui se souvient d’être de la terre. (Mais cet abus de nos sens et de leur “dictionnaire” par la douleur qui le feuillette !)

R.

 

A CATHERINE POZZI

21 de agosto de 1924

Castillo de Muzot en Sierre

 

Querida y digna amiga,

Las experiencias más esenciales de mi vida convergen, todas, para hacerme reconocer la muerte como una parte más de esta trayectoria cuya vertiginosa curva seguimos sin poder detenernos un solo instante. Me siento cada vez más incitado, por el momento, a estar en armonía con ese Todo en que la vida y la muerte se interpenetran y se unen, incansablemente. El Ángel cuya presencia afirmo (el Ángel que dice sí), le muestra un rostro radiante a la muerte. Aunque la vida exige algo muy diferente, es la muerte, en primer lugar, la muerte misma, que nos inspira tantas sospechas, la que quisiera rehabilitar volviéndola a poner en el centro de todo, un lugar que nunca ha abandonado pero del que hemos apartado la mirada. Siento que mi misión consiste en demostrar que es uno de los mayores tesoros de ese formidable Todo en el que la vida quizás posea tan sólo la parte más pequeña, aunque ya sea tan rica en sí misma que nos resulta inaccesible, fuera de alcance.

Rilke.

 

(Última carta de Rilke, nueve días antes de su muerte.)

A JULES SUPERVIELLE

Clínica de Valmont enTerritet, en las cercanías de Glion (Vaud),

este 21 de diciembre de 1926.

 

Mi querido Supervielle,

Gravemente enfermo, dolorosa, miserable, humildemente enfermo, vuelvo a ser yo mismo por un momento gracias a la dulce conciencia de que me hayan podido llegar, incluso aquí, en este plano imposible de situar y tan poco humano, su carta y todas las influencias que me trae.

Pienso en usted, poeta, amigo, y, al hacerlo, pienso nuevamente en el mundo, pobre fragmento de un jarrón que recuerda que está hecho de tierra. (¡Pero este abuso de nuestros sentidos y de su «diccionario» por parte del dolor que lo hojea!)

R.

martes, 5 de diciembre de 2023

Gustave Thibon: Nietzsche y San Juan de la Cruz, I

NIETZSCHE Y SAN JUAN DE LA CRUZ

I

“Amo a los que mucho desprecian porque son los que mucho veneran y son las flechas del deseo hacia la otra orilla...

“Amo a aquel cuya alma está demasiado llena: así se olvida de sí mismo, y todas las cosas están en él, y todas las cosas se convierten en su decadencia...

“Amo a los que no quieren conservarse: a los que se hunden, los amo con todo mi corazón, porque se van al otro lado...”, cantaba Nietzsche. Escuchemos ahora a Juan de la Cruz:

“El corazón generoso

nunca cura de parar

donde se puede pasar,

si no en más dificultoso…”

 

“Sin arrimo y con arrimo,

sin luz y ascuras viviendo

todo me voy consumiendo”. 

Ambos tuvieron alma de grandes adoradores; una savia esencialmente religiosa alimentaba el follaje de su pensamiento; tuvieron sed hasta la muerte de una plenitud sobrehumana.

El polo negativo de toda búsqueda de lo absoluto reside en la desnudez, en el odio y la expulsión de las impurezas y las mentiras que velan los ojos y atan las manos del hombre caído. En este mundo miserable, donde toda luz “supone una mitad de sombra triste”, como dice el poeta, los adoradores de la luz sin mancha son necesariamente los detractores de las tinieblas. Perseguir lo sobrehumano requiere la estigmatización de lo “demasiado humano”. Su deseo de pureza los convirtió a ambos en barrenderos de máscaras y de ilusiones.

Y ambos sintieron también la necesidad de la superación y de la pérdida del yo: la obsesión por la orilla transhumana del destino siempre pesó en sus corazones. —“¿Qué importamos yo y lo mío? Así habló la boca adoradora”. La posesión de lo absoluto exige la alienación de todo nuestro ser. Ambos siguieron la tracción de su declive. Pero uno se hundió en la luz trascendente, el otro quiso caer en sí mismo; uno dijo: Dios y mi Dios y floreció en la unidad; el otro: Dios, mi profundidad desconocida, y murió de la interiorización devoradora de Saturno y de Narciso.

Tracemos la curva resumida de estos dos grandes declives del espíritu.

El orgullo de Nietzsche fue el orgullo de una inteligencia más que el orgullo de un individuo. La ebriedad de sí mismo de un Napoleón o de un César se apoya en un bloque coherente de tendencias convergentes; abarca a todo el hombre, ningún motivo antagónico la amenaza seriamente. El orgullo diviniza aquí a una persona sin apelación; de ahí la armonía (psicológica, si no moral) de la existencia y la acción de esos grandes hombres imbuídos de sí mismos. Nietzsche, en cambio, no puede hacer de su persona un centro absoluto: une en su alma dos tendencias cuya oposición fundamental lo quebró: la sed de verdad absoluta y el culto al yo. Al final del conflicto entre un ideal extrapersonal y las exigencias desmesuradas de una persona, su mente estalló. La voluntad de verdad no puede ser devorada impunemente por la voluntad de poder.

Sed de verdad, de pureza, de absoluto: las aspiraciones más realistas de su gran alma se desplegaban en este deseo, pero la búsqueda insaciable del yo lo impulsaba simultáneamente al desprecio del objeto. Alcanzó un compromiso —siempre inestable, siempre doloroso—: miró el mundo a través de sí mismo.

Es imposible encontrar un pensador más subjetivo. Su mente no fue el espejo del universo, el universo fue el espejo de su mente. Se burló del “conocimiento inmaculado”, del conocimiento virgen que no contamina ningún átomo de deseo. Fue un mártir del conocimiento, pero de su conocimiento: en cada una de sus sentencias palpita un sueño, una llamada o una rebelión de su yo. Se miró en todas las cosas...

       Podría haberse encontrado —como tantos otros hombres— y podría haberse dormido en esa contemplación impura. Pero una parcela de relativo ahogado en un mar de ilusiones no era una presa digna de su esfuerzo. Los espejismos, las medias tintas, los maquillajes de una civilización obsoleta —todos los oripeles con los que esa cortesana de Goya reviste su senilidad— no bastaban para polarizar sus entusiasmos. Su mirada fue más allá; su hambre exigía otro alimento. La falsedad de los ideales de su siglo hinchó de amargura e invectivas un espíritu que tendía a la pureza de las últimas cumbres: un furioso torrente de negaciones brotó de ese divorcio entre la profundidad de su llamado y la vacuidad de la respuesta de los ídolos del momento. Nietzsche trató de arrancar todas las máscaras de héroes y dioses colocadas en el rostro degenerado del hombre; la alegría de sus manos fue arrancar el revoque lisonjero con el que se adornan las paredes agrietadas del alma.

       Este viejo mundo, ebrio de su “progreso”, se parece los establos de Augías. Si Nietzsche hubiera hablado en nombre de una realidad inmutable y trascendente, quizás habría sido el Hércules que Dios quería para una inmensa limpieza espiritual. Habría purificado, no aniquilado; el río Alfeo habría barrido el estiércol, no los edificios. Pero una misión semejante habría requerido el reconocimiento de la primacía incondicional del objeto. Y el subjetivismo de Nietzsche nunca pudo aceptar la regulación soberana del no-yo. Admitir un orden, las leyes del ser: mutilación insoportable para un pensamiento encerrado en un espejismo de autosuficiencia. ¡Antes la nada que la inteligibilidad! Nietzsche fue destructor hasta el final. Su psicología purificadora se convirtió en una metafísica devastadora; quería trastornar el mundo inmóvil de las esencias —ese orden implacable del que él no era el creador. En lugar de plegarse a las necesidades del ser, proclamó implícitamente: mi alimento es mi hambre. Todos los impulsos liberadores de su corazón y de su mente se inclinaron así mezquinamente hacia su centro divinizado. La relación del sujeto humano con lo absoluto se resorbió en su término contingente: el esse ad se transmutó en esse subsistente, y la plenitud de la meta se hundió en la pobreza de la tendencia. De ahí provienen las deslumbrantes contradicciones de la obra de Nietzsche: las antinomias que se armonizan en Dios despedazan hasta substancia al ser y al pensamiento creados.

       Juicio del hombre, juicio del mundo, llevados hasta sentencias mortales —Nietzsche supo llevar a cabo estas dos tareas simultáneamente. Quería ahogar todas las cosas bajo cataratas de negación, y el arca de su pensamiento flotaba sola en ese diluvio. Su “razón puesta de pie”, como él decía, su razón-represa que cortaba el curso del río de los milenios, se reservaba la posibilidad de sentar las bases de un nuevo orden. Es lícito ser un asesino cuando se puede sentir en el propio corazón el hálito capaz de resucitar. Pero la tercera fase del drama comienza a aparecer. Una voz secreta, surgida de la última oleada hacia la verdad del pensamiento torturado, susurraba a los oídos del desenmascarador: esta pobreza, estos maquillajes, estas muecas del hombre y esta indeterminación de un mundo que pulula bajo el velo ilusorio de las leyes y las causas, todo eso ¿no es lo que descubriste en tu espejo, no es tu propio reflejo, no eres tú mismo? ¿Y no quiere tu lealtad que corones tus asesinatos —con tu suicidio? ¿Qué importa lo que ocurra contigo? Rompe tu espejo, rompe tu negación. —Y Nietzsche, atormentado por esta introversión autofágica de la verdad, intentó superarse a sí mismo —hundiéndose en su centro. Rompió el espejo de su conciencia, cuyos reflejos lo vinculaban al orden universal; se desplomó en un abismo interior donde ya no llega el rayo de la evidencia objetiva. El secreto de la locura de Nietzsche se resume en estas palabras: mi pensamiento está todavía demasiado cerca del pensamiento. Entonces, ¡vamos más allá! —Y ésa fue la caída, no en la unidad de la luz, sino en la confusión de la noche. La curva del subjetivismo se consumó con una lealtad soberana: Zaratustra vivió su declive.

GUSTAVE THIBON

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán



NIETZSCHE ET SAINT JEAN DE LA CROIX

I 

“J'aime les grands contempteurs parce qu'ils sont les grands vénérateurs et les flèches du désir vers l'autre rive...

“J'aime celui dont l'âme est trop pleine : ainsi il s'oublie lui-même, et toutes choses sont en lui, et toutes choses deviennent son déclin...

“J'aime ceux qui ne veulent point se conserver : ceux qui sombrent, je les aime de tout mon cœur, car ils vont de l'autre côté...” chantait Nietzsche. Écoutons maintenant Jean de la Croix :

Jamais ne s'arrête un cœur généreux, lorsqu'il peut encore passer outre...

... Appuyé sans aucun appui, sans lumière et dans les ténèbres, je vais me consumant tout entier...

Ils eurent, l'un et l'autre, des âmes de grands adorateurs ; une sève essentiellement religieuse nourrit les frondaisons de leur pensée ; ils eurent soif jusqu'à la mort d'une plénitude surhumaine.

Le pôle négatif de toute recherche de l'absolu réside dans la mise à nu, la haine et l'expulsion des impuretés et des mensonges qui voilent les yeux et lient les mains de l'homme déchu. En ce monde misérable, où toute clarté “suppose d'ombre une morne moitié comme dit le poète, les adorateurs de la lumière sans tache sont nécessairement les détracteurs des ténèbres. La poursuite du surhumain exige la stigmatisation du “trop humain”. Leur désir de pureté les transforma tous deux en balayeurs de masques et d'illusions.

Et tous deux sentirent aussi la nécessité du dépassement et de la perte de soi : l'obsession de la rive transhumaine de la destinée pesa toujours sur leur cœur. — “Qu'importent le moi et le mien ? Ainsi parla la bouche adorante.” La possession de l'absolu exige l'aliénation de tout notre être. Tous deux suivirent l'attraction de leur déclin. Mais l'un s'abîma dans la lumière transcendante, l'autre voulut tomber en lui-même ; l'un dit : Dieu et mon Dieu et s'épanouit dans l'unité ; l'autre : Dieu, ma profondeur inconnue, et mourut de l'intériorisation dévorante de Saturne et de Narcisse.

Traçons la courbe sommaire de ces deux grands déclins de l'esprit.

L'orgueil de Nietzsche fut l'orgueil d'une intelligence plutôt que l'orgueil d'un individu. L'ivresse de soi d'un Napoléon ou d'un César repose sur un bloc cohérent de tendances convergentes ; elle étreint tout l'homme, aucun mobile antagoniste ne la menace sérieusement. L'orgueil divinise ici sans appel une personne ; d'où l'harmonie (psychologique, sinon morale) de l'existence et de l'action de ces grands hommes remplis d'eux-mêmes. Nietzsche, lui, ne peut faire de sa personne un centre absolu : il unit dans son âme deux tendances dont l'opposition foncière le brisa : la soif de la vérité absolue et le culte du moi. Au terme du conflit entre un idéal extrapersonnel et les exigences démesurées d'une personne, son esprit éclata. La volonté de vérité ne se laisse pas impunément dévorer par la volonté de puissance.

Soif de vérité, de pureté, d'absolu : les aspirations les plus réalistes de sa grande âme se déployaient dans ce désir, mais l'insatiable recherche de soi le poussait simultanément au mépris de l'objet. Un compromis — toujours instable, toujours douloureux — s'établit : il regarda le monde à travers lui-même.

Il est impossible de trouver un penseur plus subjectif. Son esprit ne fut pas le miroir de l'univers, ce fut l'univers qui fut le miroir de son esprit. Il railla “l'immaculée connaissance”, le savoir vierge que ne contamine aucun atome de désir. Il fut martyr de la connaissance, mais de sa connaissance : dans chacun de ses jugements palpite un rêve, un appel ou une révolte de son moi. Il se regarda en toute chose...

Il eût pu — comme tant d'autres hommes — se retrouver et s'endormir dans cette contemplation impure. Mais une parcelle de relatif noyée dans une mer d'illusions n'était pas une proie digne de son effort. Les mirages, les demi-mesures, les fards d'une civilisation caduque — tous les oripeaux dont cette courtisane de Goya drape sa sénilité — ne suffisaient pas à polariser ses enthousiasmes. Son regard alla plus loin ; sa faim demandait d'autres aliments. La fausseté des idéals de son siècle gonfla d'amertumes et d'invectives un esprit tendu vers la pureté des dernières cimes : un torrent furieux de négations jaillit de ce divorce entre la profondeur de son appel et le vide de la réponse des idoles du moment. Nietzsche tenta d'arracher tous les masques de héros et de dieux posés sur le visage dégénéré de l'homme ; la joie de ses mains fut de creuser le crépissage flatteur dont se parent les murs lézardés de l'âme.

Ce vieux monde ivre de son “progrès ressemble aux écuries d'Augias. Si Nietzsche eût parlé au nom d'une réalité immuable et transcendante, peut-être aurait-il été l'Hercule voulu par Dieu pour quelque immense nettoyage spirituel. Il eût ainsi purifié, non anéanti ; le fleuve Alphée aurait balayé le fumier, non les bâtiments. Mais une telle mission eût exigé la reconnaissance du primat inconditionnel de l'objet. Et le subjectivisme de Nietzsche ne put jamais supporter la régulation souveraine du non-moi. Admettre un ordre, des lois de l'être : insupportable mutilation pour une pensée encerclée dans un mirage d'autosuffisance. Plutôt le néant que l'intelligible ! Nietzsche fut destructeur jusqu'au bout. Sa psychologie purifiante se mua en métaphysique dévastatrice ; il voulut bouleverser le monde immobile des essences — cet ordre implacable dont il n'était pas le créateur. Au lieu de s'incliner devant les nécessités de l'être, il proclama implicitement : mon aliment, c'est ma faim. Tous les élans libérateurs de son cœur et de son esprit furent ainsi avarement recourbés vers son centre divinisé. La relation du sujet humain à l'absolu se résorba dans son terme contingent : l'esse ad fut transmué en esse subsistant, et la plénitude du but s'abîma dans la pauvreté de la tendance. D'où les contradictions éclatantes dont vit l'œuvre de Nietzsche : les antinomies qui s'harmonisent en Dieu déchirent jusqu'à la substance l'être et la pensée créés.

Procès de l'homme, procès du monde poussés jusqu'à des sentences mortelles — Nietzsche sut mener de front ces deux tâches. Il voulut noyer toutes choses sous des cataractes de négation, et l'arche de sa pensée surnageait seule sur ce déluge. Sa “raison remise sur pied”, comme il disait, sa raison-barrage qui coupait le cours du fleuve des millénaires se réservait de poser les bases d'un ordre nouveau. Il est permis d'être assassin quand on sent passer dans son cœur les souffles qui ressuscitent. Mais la troisième phase du drame se dessine. Une voix secrète, issue du dernier sursaut vers la vérité de la pensée torturée, murmurait aux oreilles du démasqueur : cette pauvreté, ces fards, ces grimaces de l'homme, et cette indétermination d'un monde grouillant sous le voile illusoire des lois et des causes — tout cela, n'est-ce pas dans ton miroir que tu l'as découvert, n'est-ce pas ton propre reflet, n'est-ce pas toi-même ? Et ta loyauté ne veut-elle pas que tu couronnes tes meurtres — par ton suicide ? Qu'importe de toi ? Brise ton miroir, brise ta négation. — Et Nietzsche supplicié par cette introversion autophagique de la vérité tenta de se dépasser — en s'enfonçant dans son centre. Il brisa le miroir de sa conscience, dont les reflets le rattachaient à l'ordre universel ; il croula dans un abîme intérieur où n'atteint plus le rayon de l'évidence objective. Le secret de la folie de Nietzsche est condensé dans ces mots : ma pensée est trop voisine encore de la pensée. Donc, au-delà ! — Et ce fut la chute, non pas dans l'unité de la lumière, mais dans la confusion de la nuit. La courbe du subjectivisme s'accomplit avec une loyauté souveraine : Zarathustra vécut son déclin.



sábado, 28 de agosto de 2021

Novalis y Jean Gebser: Fragmentos

ENTRE todas las obras del conde Friedrich von Hardenberg-Novalis son los Fragmentos sus escritos más importantes. Los concibió según cierto plan para que más tarde formasen una biblia científica que sea ejemplo y germen reales e ideales para todos los libros. Sobrevino una muerte temprana (murió el año 1801 a la edad de veintinueve años), de modo que este montón de más de dos mil fragmentos no llegó a formar una obra completa. Nos quedó sólo un conglomerado de apuntes y de frases a veces hasta insignificantes, juveniles, sin formación ni ordenación algunas. Entre aquéllos, sin embargo, se encuentra cierto número que deja entrever rasgos geniales. Digo genial, entendiendo por tal no a un empírico, sino a un hombre capaz de saltar por encima de cualquier experiencia, dando con resultados y hechos, anticipándolos, adivinándolos de un modo certero. No hay duda de que esto sucedió en Novalis. Aparte de su profunda religiosidad, de la cual brotaron unas Canciones religiosas de gran intensidad y belleza, aparte de que él, sosteniéndose en esta religiosidad, concibió el mundo como un ente total, rompiendo con toda herencia filosófica, más que milenaria, es Novalis, con Schelling y Hölderlin, el primero en fraguar los cimientos de un concepto nuevo del mundo, que hoy día, corroborado por experiencias, va cundiendo cada vez más.

A menudo se suele oponer Hölderlin a Novalis. Los que así proceden se fundan en el ambiente aparentemente pagano de la obra del autor de Hiperión. Olvidan que este ambiente no tiene importancia alguna para el aprecio del valor esencial de Hölderlin, como tampoco el escenario medieval del Heinrich von Ofterdingen puede influir en el enjuiciamiento verdadero de Novalis. En ambos poetas este acto de crear un ambiente extraño al de su tiempo es un expediente puramente romántico: la trasplantación de los sucesos exteriores a un nivel que mejor corresponda o menos estorbe la manifestación de un nuevo sentimiento de vida que por medio de ellos querría exteriorizarse. Es cierto que este sentimiento, presentido ya en parte por Leibniz y Goethe, se manifestó lo mismo en Novalis que en Hölderlin, pero en ambos sólo de una manera poco consciente. Novalis se limitó a unas afirmaciones más o menos abstractas e intelectuales: sus Fragmentos. Le falta cierta intensidad humana, aunque no carezca de sensibilidad y religiosidad iguales a las de Hölderlin. Pero éste, sobrellevando una muerte casi el mismo año que Novalis se entregó a la suya, llega a humanizar, ya estando tras ella, un concepto del mundo que no reconoce límites intermedios, mientras que Novalis lo adivinó de una manera puramente cerebral. Si Hölderlin en una de las poesías de sus últimos tiempos dice:

Und herrlich ist die Luft in offenen Räumen.

Das weite Tal ist in die Welt gedehnet,

Und Turm und Hang an Hügeln angelehnet

(y es magnífico el aire en los espacios abiertos;

el ancho valle está dilatado en el mundo

y torre y ladera en las colinas se reclinan),

no indican estos versos otra cosa que la expresión de un sentimiento absolutamente nuevo del mundo, que le sitúa a gran distancia de los llamados clásicos, acercándole, emparentándole con Novalis. De la amplitud de aquellas palabras no hay más que un solo paso para llegar a la frase: Leben ist Tod, und Tod ist auch ein Leben. (La vida es muerte, y la muerte también es una vida). Esta sentencia de Hölderlin bien puede considerarse como variación de un tema calderoniano, variación que Novalis inició y que sigue hasta el día.

Estriba la diferencia entre Novalis y Hölderlin, como acabamos de ver, en sus distintas actitudes. Hölderlin llegó a verificar por medio de su propia vida lo difícil que es la empresa de vivir anticipadamente ideas que todavía no están desarrolladas en los coetáneos. Novalis, en quien todo quedó reducido a lo fragmentario, supo exteriorizar ejemplos y gérmenes que después de más de un siglo están engendrando casi todos los libros que forman los fundamentos del mundo venidero.

La selección siguiente de los Fragmentos abarca unos cuantos que fueron publicados por primera vez pocos años ha. Cuando Novalis murió, se encargaron los hermanos Schlegel de editar sus obras póstumas, de las cuales formaron parte casi todos los fragmentos. (También publicaron la obra de Hölderlin, no obstante que éste vivía todavía en su apartamiento.) Quizá sea significativo que el interés redivivo tanto por Hölderlin como por Novalis date sólo del tercer lustro de nuestro siglo. En esta época estaban recién comprobadas por hechos, experiencias e investigaciones gran número de las ideas y relaciones anticipadas por Novalis, y, por otra parte, se despertó también en Alemania una nueva conciencia, interrumpida, mas no apagada, por la guerra de 1914. Fue entonces cuando se editaron por primera vez los últimos poemas de Hölderlin. Estos volvieron a publicarse en 1923 notablemente aumentados. El mismo año edita L. P. Landsberg su selección de los Fragmentos bajo el título Escritos religiosos, a la cual siguió, en 1929, la edición más completa hasta la fecha, aunque arbitrariamente ordenada.

JEAN GEBSER

Revista Cruz y Raya nº 39.

Madrid, junio de 1936.

 

FRAGMENTOS de esta clase son semillas literarias. Bien puede ser que se encuentre entre ellas algún grano vacío, ¿pero qué importa si una no prende?

Experiencias aisladas son como fragmentos.

Toda ceniza es polen — y su cáliz el cielo.

 

LA filosofía es de raíz anti-histórica. Del porvenir y de lo necesario se vuelve hacia la realidad, siendo ciencia del sentido general de la adivinación. Explica el pasado por medio del futuro, lo que ocurre al revés con la historia. (Observa todo de una manera aislada, en estado natural, sin conexiones.)

El filósofo vive de problemas como el hombre de manjares. Un problema insoluble es un manjar indigesto. Lo que los condimentos son para los manjares, las paradojas para los problemas. Verdaderamente solucionado está un problema cuando se ha destruido como tal. Lo mismo en los manjares. Lo que se sale ganando en ambos casos es la actividad que por ellos se origina. Pero hay problemas nutritivos, como existen manjares nutritivos, cuyos elementos llegan a provocar un acrecentamiento de mi inteligencia. Por el acto de filosofar, siempre que sea una operación absoluta, se mejora continuamente mi inteligencia además de renovarse sin cesar —lo que no tienen lugar en los manjares sino sólo hasta cierto punto. Una mejoría rápida de nuestra inteligencia es tan peligrosa como un fortalecimiento rápido. El ritmo propio de la salud y de la mejoría es lento, aunque haya también aquí, según las diferentes constituciones, grados diversos de velocidad. Así como no comemos para suministrarnos materias extrañas y absolutamente nuevas, tampoco filosofamos para dar con verdades extrañas y absolutamente nuevas. Filosofamos exactamente por el porqué del vivir. Supuesto el caso que se llegase un día a vivir sin alimentos dados, entonces se llegaría también a filosofar sin problemas dados —si es que no han logrado ya algunos este fin.

¿No sería posible que hubiera un cielo en la filosofía, es decir, un caudal infinito de fuerza sistematizadora?, siempre bajo el supuesto de un cuerpo central infinito que no fuese otro que el cielo mismo donde vivimos, oscilamos y estamos.

Las ideas de Platón: habitantes de la fuerza pensante, del cielo interior.

Nada más accesible al espíritu que lo infinito.

El lenguaje significa para la filosofía lo mismo que para la música o para la pintura: de ninguna manera es el medio adecuado de la representación.

Si la insolubilidad constituye el carácter de un problema dado, lo solucionaremos si demostramos su insolubilidad. (Sabemos bastante de a al saber que su predicado es a.)

Toda desesperación es determinista — pero también el determinismo es un elemento del universo o sistema filosófico. La desmembración y la creencia equivocada en la realidad de los elementos es el origen de la mayoría de los errores, si no de todos los que hasta el día surgieron.

 

NUESTRA vida no es sueño, pero tiene que volverse sueño y quizás llegará a serlo.

La vida es una enfermedad del espíritu, una acción apasionada.

Quien conciba la vida de otra manera que como una ilusión que se aniquila a sí misma, es aún prisionero de la vida.

Caso de que existiese una esfera más sublime, sería la que está entre el Ser y el No-ser, sería un estar entre los dos —algo inefable; aquí tenemos la noción: la vida.

La vida es principio de la muerte. La vida es por la muerte. La muerte es al mismo tiempo final y comienzo, separación y unión, más íntima, consigo mismo. Con la muerte se acaba la limitación.

Morir es una actitud genuinamente filosófica.

La muerte es una victoria sobre sí mismo —la cual, como todo vencimiento de sí mismo, proporciona una nueva existencia más fácil.

Como seres terrestres aspiramos al perfeccionamiento espiritual, hacia el cuerpo. Como seres no terrestres, sino espirituales, aspiramos al perfeccionamiento terrestre, hacia el cuerpo. Solamente por medio de la moral logramos los dos fines. Un demonio que pueda aparecer, efectivamente aparecer, tiene que ser un espíritu bueno. Tiene que ser lo mismo que el hombre que sabe efectuar maravillas verdaderas, y que verdaderamente sepa tratar con los espíritus. Un hombre que se vuelve espíritu es al mismo tiempo espíritu que se vuelve cuerpo. Esta especie más sublime de la muerte —si se me permite hablar de este modo— no tiene nada que ver con la muerte común; será algo que podemos llamar transfiguración.

 

LA ocupación del hombre es el ensanchamiento de su existencia hacia lo infinito.

¿Tienen todos los hombres que ser hombres? Bien puede ser que haya seres con estatura humana completamente diferentes de los hombres.

El hecho de pensar con tanto desprecio de nuestros progresos, de nuestro nivel, es una fuerte prueba de lo adelantado que ya estamos.

El hombre: una metáfora.

El hombre es un sol, y sus sentidos son los planetas.

Describir hombres ha sido imposible hasta ahora por no saber lo que el hombre es. Cuando se sepa lo que es, se sabrá también describir genéticamente a los individuos.

Hace falta que no seamos meramente hombres, sino más que hombres. O dicho de otra manera: ser hombre es tanto como ser Universo. No es nada determinado. Tiene y debe ser al mismo tiempo algo determinado e indeterminado.

Soñamos viajes a través del Universo: pero, ¿no está el Universo dentro de nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. —Hacia dentro va el camino misterioso. En ninguna parte, sino dentro de nosotros, está la eternidad con sus mundos, el pasado y el porvenir.

El hombre progresa sucesivamente, más ligero a cada paso, creciendo el espacio a medida de la velocidad adquirida.

La fuerza se deja reemplazar por el equilibrio, y todo hombre tiene que sostenerse en equilibrio por ser éste el estado genuino de la libertad.

Los dolores deben ser soportables por el solo hecho de ser nosotros mismos los que los originamos, pues no sufrimos más que en la medida en que somos activos en el sufrir.

Hay que estar orgulloso del dolor —cada dolor es un recuerdo de nuestro alto rango.

La humanidad es, por así decirlo, el sentido más excelso de nuestro planeta, el ojo que levanta hacia el cielo, el nervio que une este miembro con el mundo superior.

A la humanidad le toca desempeñar un papel humorístico.

Quien busca, duda. Pero el genio dice de una manera franca y certera lo que ve desarrollarse dentro de sí mismo, porque no es captado por la representación de lo que ve, y, por consiguiente, tampoco ésta es cautiva del genio. Al contrario, parecen concordar libremente su contemplación y lo contemplado, uniéndose desembarazadamente para una obra.

 

LO desconocido, lo misterioso, es resultado y comienzo de todo. (Conocemos sólo lo que a sí mismo se conoce.) Lo que no se comprende, se halla en un estado imperfecto y tiene que ser paulatinamente hecho comprensible. La Naturaleza es incomprensible per se.

EL mundo es el resultado de una inteligencia infinita, y nuestra propia pluralidad interior es el fundamento del concepto del mundo.

Toda marcha está en su ritmo: habiendo comprendido la del mundo, se comprende el mundo.

Cada línea es un eje del mundo.

Todo parece que fluye hacia nosotros porque salimos de nosotros. Somos negativos porque queremos. Cuanto más positivos nos volvemos, tanto más negativo se vuelve el mundo que nos rodea, hasta que, por fin, no haya ninguna negación, sino que seamos todo en el todo.

El mundo es la suma del pasado y de lo que se desprendió de nosotros.

El espacio traspasa al tiempo como el cuerpo al alma.

Tiempo es espacio interior. —Espacio es tiempo exterior.

 

BUSCAMOS por todas partes lo no causado y siempre tropezamos con causas o cosas.

Acomodarse a las cosas o que se acomoden las cosas a nosotros, es lo mismo.

 

LA propiedad, según nuestro concepto jurídico, es sólo una noción positiva, es decir, una noción que cesará tan pronto como cese el estado de barbarie. El derecho positivo tiene que tener fundamentos positivos a priori. Propiedad es aquello que nos da la posibilidad de exteriorizar nuestra libertad en el mundo de los sentidos.

 

LA mayoría de los que estudian la revolución, especialmente los inteligentes y nobles, la han declarado enfermedad mortal y contagiosa. Se han parado en los síntomas, interpretándolos y mezclándolos de una manera abundante. Algunos la consideraron sólo como un mal local. Los adversarios más avisados insistieron en su castración. Bien se daban cuenta de que esta supuesta enfermedad no era nada menos que crisis de pubertad.

La hipótesis antigua de que los cometas fueron las antorchas de la revolución del universo, es valedera también para otra clase de cometas que periódicamente revolucionan y rejuvenecen el universo intelectual. El astrónomo espiritual nota desde hace mucho la influencia de un tal cometa sobre una parte considerable del planeta espiritual, parte que llamamos la humanidad. Inundaciones fuertes, cambios de climas, alteraciones del centro de gravedad, tendencia general a fundirse, meteoros singulares son los síntomas de esta incitación aguda cuyas consecuencias decidirán el contenido de una nueva era mundial. Tan necesario como pueda ser poner todo en marcha durante ciertos períodos para crear nuevas mezclas indispensables y facilitar nuevas cristalizaciones más puras, tan imprescindible es, por otra parte, mitigar esta crisis y obstaculizar la fusión total para que quede un trozo, un núcleo al cual se una la nueva materia y forme alrededor de él nuevas formas hermosas. Que lo sólido se contraiga cada vez más sólidamente para que disminuya el calórico superfluo —y tampoco se ahorre esfuerzo alguno para evitar el ablandamiento de los huesos y la descomposición de la fibra típica.

¿No sería un disparate hacer permanente una crisis, creyendo que el estado febril es el verdadero y sano, aquel cuya duración importara mucho al hombre? ¿Quién, por otra parte, osa dudar de su necesidad, de su bienhechora eficacia ?

 

LA república es un estado filosófico. Republicanismo es filosofismo político.

La comunicación más íntima de todos los conocimientos, una república científica, he aquí el fin sublime del sabio.

 

NUESTRO pensar fue hasta el día meramente mecánico, discursivo, atomístico o intuitivo tan sólo, dinámico. Acaso ha llegado ahora la época de la unión.

Pensar es un movimiento muscular.

No sólo la facultad de reflexión funda la teoría. Pensar, sentir y contemplar hacen una sola cosa.

También nuestros pensamientos son factores eficaces del Universo.

Quizá sea el pensar una fuerza demasiado rápida, demasiado inmensa para ser eficaz; o las cosas son buenas conductoras (o no-conductoras) de la fuerza pensante.

 

LA separación entre el poeta y el pensador es sólo aparente y desventajosa para ambos. Es indicio de enfermedad y de constitución enfermiza.

El verdadero poeta es omnisciente; es un mundo verdadero en pequeño.

El poeta comprende la naturaleza mejor que el sabio.

El poeta se sirve de las cosas y palabras cual teclas, y la poesía entera se funda en una asociación activa de ideas, en una azarosa producción automática, intencional e ideal.

El poeta ordena, reúne, escoge, inventa —y a él mismo se le escapa por qué lo hace, exactamente, de ésta y no de otra manera.

La poesía es una parte de la técnica filosófica.

El mundo humano es el órgano común de los dioses. La poesía les une con nosotros.

Cuentos, sin conexión, pero con asociación, como los sueños. Poesías, meramente armoniosas y llenas de palabras bellas, pero también sin sentido ni conexión —a lo más estrofas sueltas inteligibles— como nada más que fragmentos de cosas diversísimas.

Un poema tiene que ser tan absolutamente inagotable, como un hombre o una buena sentencia.

La poesía es el héroe de la filosofía. Ésta la eleva como principio, mostrándonos su valor. La filosofía es la teoría de la poesía que nos enseña lo que la poesía es, a saber: una cosa y todas las cosas.

El pensador sabe hacer, de cada cosa, el todo. El filósofo se vuelve poeta. El poeta representa sólo el grado más sublime del pensador o de aquél que en vez de pensar, siente.

Comprendo que la poesía no tiene que provocar afecciones. Estas son absolutamente algo fatal, como las enfermedades. La retórica misma es un arte falso siempre que no sea metódicamente empleada en la curación de los estados patológicos de un pueblo o de la locura. Las afecciones son medicinas —no hay que jugar con ellas.

La poesía es el gran arte de construir la salud trascendental. El poeta, por consiguiente, es el médico trascendental.

 

LA medicina tiene que llegar a ser algo muy distinto de lo que hoy día es: ciencia del arte de vivir y ciencia natural de la vida.

El aire es también órgano del hombre, como la sangre.

Tan acertadamente como se deducen causas corporales de meteoros espirituales y de los movimientos extraordinarios y violentos, intentando con buen éxito hacer desaparecer el estado patológico por medios corporales, de la misma manera se puede proceder en los males corporales, partiendo del lado psíquico, mitigando y haciendo desaparecer por funciones y efectos psíquicos estos síntomas; la misma influencia que el cuerpo ejerce sobre el alma, ejerce ésta sobre aquél. La mayoría de las enfermedades son complejas y hay que buscar el foco del mal a la vez en el alma y en el cuerpo, tanto en las partes consistentes como en los humores.

 

LAS enfermedades son un objeto sumamente importante para la humanidad, pues es su número tan inmenso y tan grande la lucha que cada hombre tiene que sostener con ellas. Todavía conocemos de una manera muy incompleta el arte de ponerlas a nuestro servicio. Es probable que sean el estímulo y el objeto más interesantes de nuestra reflexión y de nuestra actividad. De seguro se podrán obtener en este terreno frutos infinitos, especialmente, a lo que me parece, en el intelectual, en el moral, en el religioso y en no sé qué campo maravilloso más. ¿Llegaré a ser el profeta de este arte?

¿No sería posible curar enfermedades por medio de enfermedades?

Nuestras enfermedades son todas fenómenos de una sensibilidad más elevada, que quisieran transformarse en fuerzas superiores.

El ser de la enfermedad es tan oscuro como el de la vida.

Tenemos que considerar las enfermedades como locuras orgánicas, o sea, al menos en parte, como ideas fijas.

 

ES extraño que el interior del hombre haya sido observado tan escasamente hasta el día, y que haya sido tratado de una manera tan poco intelectual. La llamada psicología pertenece también a las larvas que ocupan hoy aquellos lugares del santuario donde tendrían que estar las verdaderas imágenes de los dioses. Cuán poco se ha utilizado la física para el alma, cuán poco el alma para el mundo exterior. Inteligencia, fantasía, razón, éstos son los pobres armazones del Universo dentro de nosotros. De sus fusiones maravillosas, de sus formaciones y de sus transiciones, ni una palabra. A nadie se le ocurre buscar fuerzas nuevas, nunca mentadas, ni escudriñar sus intrincamientos. Quién sabe qué clase de uniones y generaciones maravillosas están por llegar aún en nuestro interior.

 

LOS sueños son de gran importancia para los psicólogos —también para los historiadores de la humanidad. Los sueños contribuyeron muchísimo a su civilización y educación. Por eso el gran aprecio que los antiguos hicieron de los sueños.

Parece ser el sueño una perturbación del mundo orgánico por el inorgánico.

El sueño es un estado mixto del cuerpo y del alma. En él están ambos químicamente ligados; esparcida el alma homogéneamente por el cuerpo todo, el hombre se halla neutralizado. La vigilia es un estado de escisión, un estado extremo, en el que el alma se halla cercada, localizada.

El sueño es digestión del alma: el cuerpo digiere al alma.

Dormir es digerir las impresiones sensitivas. Los sueños son excreciones; se originan por el movimiento peristáltico del cerebro.

Quizá se origina ahora la necesidad del sueño por la desproporción entre los sentidos y el resto del cuerpo. El sueño tiene que reparar las consecuencias de una excitación excesiva de los sentidos en beneficio del resto del cuerpo. El sueño lo conocen sólo los habitantes del planeta. Un día el hombre dormirá continuamente al tiempo que vela. La mayor parte de nuestro cuerpo, de nuestra humanidad misma, duerme aún un sueño profundo.

Cuando soñamos que soñamos es que ya nos vamos acercando al despertar.

 

LA ciencia es sólo una mitad. La otra mitad es la fe. —En todo saber hay fe. —Todo saber desde lejos es fe. —Todo saber empieza por la fe y acaba en ella.

La fe es la sensación del saber; la idea es el saber de la sensación. El pensamiento, el pensar, predominan en el saber, como el sentir en la fe.

De la fe depende el Mundo. Fe y prejuicio son una misma cosa. Tal como acojo una cosa, tal es ella para mí.

 

CUANDO nuestra inteligencia y nuestro mundo armonizan, nos igualamos a Dios.

Nos imaginamos a Dios de una manera personal, como también nos figuramos a nosotros mismos de esta manera. Dios es tan absolutamente personal e individual como nosotros —pues lo que llamamos nuestro yo no es verdaderamente nuestro, sino su reflejo.

Dios quiere dioses.

Hay que separar a Dios de la Naturaleza. Dios no tiene nada que ver con ella. Él es la meta de la Naturaleza, aquello con lo cual tendrá un día ésta que armonizarse

Todo lo que llamamos azar proviene de Dios.

Hay que buscar a Dios entre los mortales. El espíritu del cielo se revela del modo más nítido en los sucesos humanos, en nuestros pensamientos y en nuestros sentires.

Comprenderemos el mundo cuando nos comprendamos a nosotros mismos, porque él y nosotros somos mitades integrantes. Somos hijos de Dios, gérmenes divinos. Un día seremos lo que nuestro Padre.

Es extraordinario que los dioses de tantas religiones parezcan amantes de la fealdad.

 

PARA los antiguos la religión era ya hasta cierto punto lo que tendrá que llegar para nosotros: poesía práctica.

Parece que todas nuestras inclinaciones no son otra cosa que religión aplicada. El corazón figura poco más o menos el órgano de la religión. Quizá su producto más sublime no sea otro que el cielo.

Para el verdaderamente religioso nada hay que sea pecado.

Amor absoluto, independientemente del corazón, fundado en la fe, esto es religión.

La llamada religión de los filisteos actúa como una planta opiácea: de una manera excitante, narcótica, aplacadora de dolores que provienen de debilidad.

Todo sentir absoluto es religión.

 

EL cielo es el alma del sistema solar y éste su cuerpo.

Por mediación de un contacto se origina una sustancia cuyo efecto dura tanto tiempo como el contacto mismo. Ésta es la causa de toda modificación sintética del individuo. Hay, sin embargo, contactos unilaterales y contactos recíprocos. Aquéllos motivan a éstos.

Estamos encargados de una misión: la de formar la tierra.

Lo pesado proviene del espíritu.

Todo cuerpo transparente se encuentra en un estado más sublime —parece tener una especie de conciencia.

El bien mayor es la fuerza de imaginación.

No hay duda de que nuestro cuerpo es un río encauzado.

¿Serán los cuerpos del sistema solar petrificaciones?, acaso de ángeles.

Los azares de nuestra vida son materiales con los cuales podemos hacer lo que queramos.

Cada empresa tiene que ser tratada artísticamente, si se quiere que salga bien y de una manera segura, duradera y absolutamente conveniente.

Un inglés es una isla.

Nada más reconfortante que hablar de nuestros deseos cuando ya están realizándose.

Las novelas sentimentales pertenecen a la disciplina médica, es decir: a las historias clínicas.

¿Por qué no tenemos un sentido eléctrico o magnético?

Problema: si la Naturaleza no se habrá modificado esencialmente con la civilización creciente.

¿Qué es una ley sino expresión de la voluntad de una persona querida y valiosa?

Darwin hace la observación que la luz nos ciega menos al despertar si hemos soñado con cosas visibles. ¡Qué bien para aquellos que ya aquí sueñan con ver! Antes podrán soportar la gloria de aquel otro mundo.

Un instinto absoluto de perfección e integridad es una enfermedad tan pronto como se muestre destructor y nocivo para lo que es imperfecto e incompleto.

La verdad es un error total como la salud una enfermedad también total.

Si pregunto por lo que una cosa es, entonces pregunto por su idea y por su aspecto; es decir, pregunto por mí mismo.

Generalmente se comprende mejor lo artificial que lo natural. Hace falta más genio, pero menos talento para lo sencillo que para lo complicado.

La destrucción del aire equivale a la implantación del reino divino.

El sentimiento moral es un sentimiento de la facultad absolutamente creadora, de la libertad productiva, de la personalidad infinita, del microcosmos y de la divinidad propia de dentro de nosotros.