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lunes, 2 de agosto de 2021

Drieu La Rochelle y Julio Cortázar: Relato secreto

 

RELATO SECRETO

 

"Aquel que diga: insensato, a su hermano, será sometido a la gehena del fuego".

Mateo 5:22

"La fuerza del discurso de Platón sobre la inmortalidad del alma, impulsó a algunos de sus discípulos a la muerte, para gozar con mayor prontitud de las esperanzas que les daba".

Montaigne, Apologie de Raymond Sebond.

 

"...esta muerte material, temporal, normal y no irregular, por así decirlo esencial y no accidental, regular y no anormal, fisiológica y no mecánica, esta muerte usual del ser, esta muerte habitual, se la alcanza cuando el ser material está colmado de su costumbre, colmado de su memoria, colmado del endurecimiento de su costumbre y de su memoria, cuando todo el ser material está ocupado por la costumbre, la memoria, el endurecimiento, cuando toda la materia del ser está ocupada en la costumbre, en la memoria, en el endurecimiento, cuando no queda ni un átomo de materia para lo nuevo, que es la vida".

Péguy, Note sur M. Descartes.

 

Durante la adolescencia, me prometí guardar fidelidad a la juventud; un día traté de cumplir mi palabra.

Odiaba y temía la vejez; de mis primeros años me había quedado este sentimiento. Los niños conocen a los viejos mejor que los adolescentes y los adultos. Son los que viven más próximos a ellos en la promiscuidad familiar; observan, sienten los efectos más enojosos de la edad. Cuanto mayor cariño tienen a sus abuelos, más sufren de verlos poco a poco disminuidos y minados. Yo quise al abuelo y a la abuela con quienes vivía, mucho más que a mi padre y a mi madre, y asistir al avance de su decrepitud fue una de mis primeras calamidades. Mi resolución se fundó en eso.

Más tarde, cuando fui capaz de aproximar unas a otras mis observaciones y prolongarlas en dilatadas inducciones, concebí que el hombre deseoso de escapar de los inconvenientes de la edad debía decidirse lo bastante pronto para no dejarse atrapar por las primeras insinuaciones de aquélla, que son imperceptibles. Tal es el rasgo terrible del envejecimiento: pronto nos da la alegría de corazón que permite aceptar, como cosa natural, las mermas de los sentidos y del corazón que anteriormente considerábamos monstruosos deterioros. Y cuando este estado espiritual se declara, el desgaste del ser es ya tal que no habría tiempo ni sustancia para interrumpir esta derrota, si sintiera el deseo de hacerlo. Concluía yo entonces que era necesario morir lo bastante pronto para no entrar del todo en la condición de fatiga en que la indulgencia y el abandono pueden germinar temprano; me había puesto en la cabeza que no había de morir después de los cincuenta años.

La fijación de esta época se determinó por un pretexto bastante fortuito. No soy muy supersticioso; sin embarco, lo soy un tanto; pensemos lo que pensemos, todos tenemos una cierta dosis de cálculo místico para desleír en nuestras conjeturas. Es un elemento de la economía íntima, que en nadie falta enteramente: siempre, bajo otros nombres, vuelve a encontrarse este sistema de especulación. Cuando llegué a los dieciocho años, cierta persona, tan ignorante en quiromancia como podía serlo yo, pretendía haber leído en mi mano que me casaría dos veces, no tendría hijos, y moriría a los cincuenta años, rico, teniéndolo todo para ser feliz, pero arrebatado por una espantosa enfermedad. Esta persona era un americano, mucho mayor que yo, quien se había interesado por mi juventud colmándome de beneficios. Por lo que pudiera ser, no olvidé aquella profecía.

Cuando me puse a reflexionar sobre el mejor tiempo para morir, la recordé otra vez, y en ella encontró mi razonamiento un punto de apoyo imaginativo. Máxime cuando uno de los artículos de la predicción se realizó: me casé dos veces. De ahí que me decidiera a complacerme en la credulidad, concediendo valor a una frase lanzada al aire. Me convenía que esa frase cayera parada sobre sus cuatro patas.

Las circunstancias de mi vida parecieron, por otra parte, prestarse cada vez más a mi deseo. Pasados los cuarenta años, germinaban en mí dos o tres graves enfermedades entre las cuales cabría al hado elegir prontamente; cada una de ellas podía fácilmente adquirir el carácter espantoso indicado por la profecía. Junto con eso, y a pesar de no haberme preocupado jamás por el dinero en la forma activa en que lo hacen otros, terminé por tenerlo a pesar mío; aunque fuera poco, llegaba hasta el límite de mis gustos bastante modestos, de modo que podía llamarme rico aun a riesgo de hacer sonreír a tanta gente. En fin, desde hacía mucho me había embarcado en una acción o una especulación política que amenazaba arrastrarme, al menor giro de los acontecimientos, a todos los extremos.

Esta última coyuntura me pareció plenamente probatoria y capaz de eliminar mi última duda, en caso de haberla sentido: evidentemente estaba destinado a morir en la época fatídica, sea de una espantosa enfermedad, sea de una muerte violenta que equivaldría a aquélla. Con el lenguaje de un tiempo pacífico, mi amigo americano no había señalado otra forma para mi muerte.

La aceptación, con todo, no me pareció suficiente, y la espera resultaba incierta. Otras diversas consideraciones se abrieron camino en mí, impulsándome a tomar la delantera y recurrir al suicidio.

Para llegar a la comprensión de una cosa semejante, preciso es seguir otro camino que el que acabo de haceros recorrer.

 

Vuelvo una vez más a la infancia, no por el hecho de que allí se encuentran todas las causas, sino porque el ser está entero en su germen, y porque en todas las edades de la vida se encuentran correspondencias. Nací melancólico, salvaje. Aún antes de ser golpeado y herido por los hombres, o de alimentar el remordimiento de haberlos herido, me ocultaba ya de ellos. Me cerraba sobre mí mismo en los rincones de la casa o del jardín, para gustar allí de algo furtivo y secreto. Adivinaba ya, o sabía, mucho mejor que después, cuando lo mundano me sometió y arrastró, que en mí habitaba algo que no era yo y que era mucho más precioso que yo. Presentía también que aquello podía saborearse más exquisitamente en la muerte que en la vida, y me sucedía jugar, no sólo a “estar perdido”, huido por siempre de los míos, sino también a “estar muerto”. Triste y deliciosa embriaguez de tenderse debajo de una cama, en una silenciosa habitación de la casa, a la hora en que no estaban mis padres y yo podía imaginarme en una tumba. A pesar de mi educación religiosa, y de todo lo que se me repetía sobre el cielo y el infierno, estar muerto no era estar aquí o allá —lugares habitados donde lo veían a uno— sino estar en un sitio tan oscuro, tan desconocido que no era ninguna parte, y donde se podía escuchar la caída, gota a gota, de algo indecible que no era mío ni de otro, sino algo desgajado de todo lo que vivía y que uno veía, v también de todo lo que uno no veía pero que también estaba vivo, viviendo de otra manera infinitamente

Un día supe de un movimiento que a veces tenía lugar entre los hombres y que se llamaba suicidio. Recuerdo muy bien que, después de escuchar una conversación, comprendí que un hombre puede "darse la muerte". No sé, no creo haber establecido una relación precisa entre el juego que he citado, y que me era tan familiar, y la revelación de este acto. El hecho es que su posibilidad inmediata y su extremada facilidad —yo imaginaba el prodigioso resultado, la potencia de irrevocabilidad de ese gesto—, me fascinaron. Tal fascinación me traía la misma calidad de emoción dulce y fina, un poco lancinante y maravillosamente rara que muchas veces había experimentado debajo de la cama. Lo que en ese gesto me placía más allá de todo placer, era que también él fuese solitario, robado a todas las miradas, perpetrado en la sombra y el silencio, y que me dejara perdido fuera de mí mismo para siempre y al infinito, adorablemente entregado a esa potencia que, gota a gota, había oído caer en mí.

Recuerdo el lugar y la hora. Era una mañana de invierno, veo todavía el cielo gris: hacía frío en el comedor. Miraba por la ventana el gris y desconchado muro del fondo de la casa situada al otro lado del pasaje que llevaba a la cité Malesherbes. Abrí suavemente un cajón del aparador; sin hacer ruido, lentamente, tomé un cuchillo. Miraba el cuchillo. Todavía no había mirado nunca un cuchillo. Repentinamente me daba cuenta de todo lo que había en ese acero. Esto era lo que yo utilizaba diariamente, sin saber: esto era lo que mis manos habían empuñado. El soñoliento misterio de los objetos circundantes se revelaba suavemente. La hoja relucía sobre el fondo de fieltro rojo que forraba el cajón. Y no era solamente una, había veinte, treinta, grandes y pequeñas. Alcé un enorme cuchillo de trinchar, pero volví a dejarlo sin que me atrajera. Prefería algo más fino, sutil, delicado. Ese cuchillito de postre tan agudo, que tan prontamente entraba en la carne de una pera o un durazno. Con el dedo probé la punta; la probé y la sentí. Apreté suavemente, apreté más fuerte. Aquello empezaba a doler, y me detenía. Insistí, con un nuevo impulso de curiosidad, de deseo, apreté más fuerte. El dolor cambió súbitamente de carácter, se hizo más concentrado y agudo; brotó una gota de sangre. Boquiabierto, yo miraba: entonces, era posible. Por primera vez miraba mi sangre sin llorar, sin retroceder. No sin miedo, pero aceptaba mi miedo, me adaptaba a él, quería aprisionarlo, identificarlo en mí con otra cosa.

Jugué un momento con mi sangre, haciéndola brotar gota a gota. Entonces se ovó un ruido en el corredor; devolví rápidamente el cuchillo a su alvéolo rojo, el cuchillo que había seguido siendo el mismo, indiferente, enigmático, inefable, y huí a mi habitación. Huir, cómo me gustaba huir. Era como un animalito de los bosques, pulcro y ágil, obstinado, lleno de reserva, ardilla o comadreja, que desaparecía al menor ruido, y que jamás hombre o mujer alguno apresaría.

Debía tener seis o siete años, porque a esta edad dejamos el departamento donde claramente veo que esto sucedía. Por la ventana veo el muro de al lado, con grandes grietas.

Volví a hacerlo. Pero entre tanto me parece que lo había olvidado todo, y que mis sensaciones y reflexiones de aquella mañana se habían perdido instantáneamente en otras sensaciones. Si volví al cajón forrado de fieltro rojo, lo hice por un comienzo de costumbre, porque en el hombre el hábito nace instantáneo igual que en el animal. Esta vez fui más lejos; después de sacar el cuchillito y examinarlo a mi antojo, probando filo y punta, me abrí la chaqueta y la camisa, y apoyé la punta del lado del corazón. No tuve una emoción más punzante el día en que desabotoné mis pantalones para considerar una parte mía como mi sexo. Apreté un poco, no mucho. Apreté, menos que sobre mi dedo, porque me daba cuenta de que aquello era más serio. Tuve, en efecto, un súbito miedo. Miraba con terror el cuchillo que permanecía sujeto por la ropa, y cuya punta sentía. Mi voluntad, posible, se transmitía a él y en él se me escapaba. Se tornaba probable; la fatalidad empezaba a acumularse en ese mango, en esa madera, en ese hierro. Lo retiré, lo traje ante mis ojos mirándolo con una mirada enteramente nueva, con esa mezcla de terror y veneración que el hombre pone en los objetos consagrados por su experiencia, por su fatalidad, objetos misteriosos y familiares, numina. Ídolos, ideas. Volví a apoyar contra mí el objeto, ese objeto que decididamente tenía una forma particular, singular, perversa. Esta vez apreté hasta que me hizo daño, como en el dedo. Pero mi pecho no era mi dedo; se trataba de algo enteramente distinto, y era necesario que fuese en un todo la misma cosa. Me dice daño, mucho más daño: me hacía daño. Él me hacía daño. Ya no fue miedo; me invadió una reacción de descontento, de cólera. El cuchillo y yo éramos dos. Era el cuchillo que me hacía daño, que quería hacerme daño; en él una voluntad, escapada de la mía, se oponía a la mía. El cuchillo era malo, peligroso, aborrecible. Lo tiré violentamente a su cajón, sin ubicarlo en su sitio, y cerré el aparador. Poco rato después ya no pensaba en él. La costumbre se desvaneció. Sin eso, ¿quién sabe?

 

Aquélla había sido la idea del suicidio gratuito, en sí. Desde entonces la idea reapareció frecuentemente, pero sólo para prestarse a las circunstancias. Yo me había embarcado más hondo en la vida; surgían las dificultades, las penas, los vejámenes. Pensé entonces en el suicidio. Pero ya no era en absoluto la misma cosa, ya no eran la fuerza, la exuberancia, la curiosidad las que me excitaban, sino la debilidad y la fatiga.

Y la idea de lo que encontraría más allá del suicidio no era tampoco la misma. La primera vez, el más allá era lo ignoto, tenía algo de perfectamente indeterminado, innominado, indecible. Ahora era la nada. En ésta como en muchas otras cosas, el adolescente y el adulto habían retrocedido con relación al niño. Porque la nada... Iba a decir: la “nada” es una noción “absurda”. Pero ¿pueden chocarse dos palabras misteriosas? ¿Y qué es lo que yo llamaba la nada? ¿No era un lugar muy dulce, es decir todavía la vida, una vida dulce, retardada, algo así como el nacimiento del sueño, algo así como los grises Campos Elíseos de que habla Virgilio?

Me pregunto no obstante si mi idea del suicidio, cuando reaparecía aún en la peor circunstancia de tormento y de opresión, era verdaderamente impura. Y no digo esto por mí en particular. Casi siempre, quizá siempre, hay en el suicida un elemento de pureza. Aun en aquel para quien el suicidio es un acto puramente social, un gesto en un todo encadenado a sus gestos precedentes que pertenecían a la vida y se dirigían hacia la vida, ¿no es necesario que exista una abertura hacia el más allá, por estrecha que sea, para que pueda perpetrar su acto? Es necesario que haya tenido una familiaridad cualquiera, por inconsciente que haya sido —y siendo inconsciente, ha podido ser profunda y constante— con un universo pleno de subyacencias y de secretos y de sorpresa. Ese hombre piensa que cree en la nada, piensa darse a la nada, pero bajo esa palabra negativa, bajo esa palabra aproximativa, bajo esa palabra-límite, algo se le oculta.

Por lo que a mí se refiere, de todos modos, es muy posible que jamás me haya desligado completamente de aquel fantaseo nostálgico, y que tan sólo esperara pretextos para volver a él. Pretextos que podían ser considerables, pero que con todo eran pretextos. ¿No guardaba siempre despiertos el gusto y la necesidad de la soledad? En mi vida no ha habido un solo día —por pleno y feliz que fuera con la presencia de los seres, o de un ser, y con mi rica y exuberante adhesión al mundo inmediato— en que no haya pensado en la soledad, que no me haya arreglado para regalarle algunos minutos —aunque eso sucediera en los excusados, en una cabina telefónica, un baño, un corredor donde me detenía un instante, más de lo que conviene al animal social. Y bien, la soledad es el camino del suicidio; por lo menos es el camino de la muerte. Es verdad que en la soledad se goza más del mundo y de la vida que de toda otra manera; ¿cómo gustar mejor de una flor, un árbol, una nube, los animales, hasta los hombres que pasan a lo lejos, y las mujeres? Pero ya es asimismo la pendiente por la cual uno se pierde del mundo.

En todo momento, además, estaba mi curiosidad. No hablo sólo de la curiosidad del conocimiento; me refiero a una curiosidad audaz, imprudente, que se quiere activa, experimental. Es una curiosidad maga, mágica, que sueña con empresas e infracciones. El suicidio es uno de los medios prohibidos; no es el único, es el último, pero quizá no sea el supremo de entre los medios inventados y ensayados por el hombre para horadar en vida, y de otro modo que con las ideas, de otro modo que con la imaginación, el muro de su cárcel. Por eso Baudelaire, el meditativo, ha incluido en las Letanías a Satán el suicidio en la lista de las audacias más o menos criminales —según la mirada social— que se ofrecen al hombre para moverse, agitarse, protestar y esquivar, junto con las drogas, la lujuria, el alcohol, el robo y el asesinato, la alquimia, el lucro, la ciencia, la rebelión.

Esta curiosidad ha sido magníficamente representada por Dostoievsky en el personaje de Krilov aunque dentro del estrecho ángulo del dilema: cristiano o suicida, creyente o anti-teo (mejor que ateo). Prisionero del horizonte cristiano, Dostoievsky no podía imaginar, fuera del cristiano, más que a un hombre que lo sigue siendo cuando odia paradójicamente al dios que cree no existente, cuando lo provoca, cuando lo persigue hasta su guarida: la muerte.

Contaré brevemente las circunstancias principales en que pensé seriamente en suicidarme, antes de llegar al hecho.

 

No recuerdo haber tenido deseo alguno de suicidio entre los siete y veinte años. Probablemente no se había presentado ninguna ocasión lo bastante seria; la vida ya me había sorprendido, decepcionado, atormentado, pero sin alcanzar a herirme profundamente. Y sin embargo la vida de familia sólo me ofreció experiencias repugnantes. Viví entre un padre y una madre a quienes el adulterio, los celos y los ajetreos de dinero desgarraban. Fuera de ellos tenía camaradas, ante quienes el contragolpe de todos esos pesares me volvía tímido y desconfiado. A los veinte años, después de fracasar en un examen, pensé durante algunos días en desaparecer. ¿No lo había hecho ya anteriormente, cuando contraje una enfermedad venérea menor? Nada que lo ponga a uno más melancólico; pero no me acuerdo con suficiente claridad. Mi fracaso tenía una significación tan grave como la que yo le daba. Había aprobado anteriormente muchos exámenes pero con un buen éxito decreciente. Ahora, este fracaso quería decir que acababa de entrar en una crisis grave. A medida que mi espíritu se desarrollaba, iba tomando el giro de una fantasía más y más apartada, más y más desviada de los usos, el giro de una pereza soñadora, inestable, cambiando con frecuencia de pretexto, el giro de una curiosidad devorante y devorada. Había entrado en un mundo de presentimientos, de tendencias que se destruían como consecuencia de bruscos sobresaltos, de altibajos de la gracia. De ello extraía el angustiado sentimiento de ser presa de una fatalidad oscura. De golpe me di cuenta de las dificultades que mi carácter me creaba para siempre con la sociedad; mi antigua soledad, por lo regular dulce y melancólica, se había vuelto originalidad involuntaria y hasta agresiva, excentricidad que buscaba restringir pero que chocaba. Los hombres empezaban a mirarme mal.

Preciso es decir que en este examen fui aplazado por razones deliberadas de las autoridades, y no a causa de mi insuficiencia. Era a la salida de la Escuela de Ciencias Políticas, y se quiso castigar lo que parecía el desorden peligroso de mi espíritu, cerrándome así la carrera diplomática, lo que en realidad era sensato, pues mi familia estaba arruinada y mi timidez no podría permitirme por mucho tiempo el menor dominio sobre mi sentimiento de inferioridad social. Este fracaso venía además a complicar un drama sentimental, que había pesado asimismo sobre mi estado de ánimo durante los días de examen y que, al privarme de buena parte de mi lucidez, me libró a mis jueces en plena confesión de mi íntima, todavía semi-inconsciente rebelión contra sus rutinas de pensamiento.

En suma, pensé con bastante seriedad en tirarme al Sena. En todo caso, viví largamente un estado espiritual desesperado donde empezaba a experimentar, a gustar esta embriaguez de alejamiento que precede y facilita el suicidio.

Tras eso, tuve idea de plantarlo todo al comienzo de la guerra de 1914, es decir al año siguiente. En esa ocasión reparé en un presentimiento cuya penetración provoca hoy mi sorpresa.

Al partir a la guerra era presa de sentimientos confusos y alternados. Sucesivamente me abandonaba por completo al entusiasmo que se había apoderado de la multitud y quizá hasta del ejército, y volvía a vislumbrar resplandores de escepticismo y desconfianza: me costaba creer que una guerra universal pudiera funcionar, dudaba de las virtudes de mis jefes, de mis camaradas, de mí mismo. Al cabo de algunos días de marchas y contramarchas, bajo la lluvia o el sol canicular, en las cercanías de la Ardenas, entreví claramente una noche que la guerra no era lo que podía creer un estudiante ingenuo y repleto de ficciones literarias; era muy fastidiosa, no pasaba nada o, cuando por encima de mí se componía alguna cosa, todo era como si no pasara nada en ninguna parte; los camaradas y los jefes resultaban sórdidos y opacos como en la paz. Aquella noche, en ese villorrio de las Ardenas, tuve el sentido preciso de cuatro monótonos años de fajinas, velas, enfermedades, heridas, cortados por brevísimos instantes de gran terror y de gran orgullo.

Por otra parte, en el curso de las interminables colas que por millones hacíamos a lo largo de las rutas que llevaban a los campos de batalla demasiado vastos, había recibido por primera vez en mi vida la impresión aplastante, definitiva, de que un hombre está ahogado en la humanidad. Se disipaban todas las apariencias de personalidad, originalidad, reserva, excepción, que pueden multiplicarse en el mundo ilusorio de la paz —que podían multiplicarse en aquellos tiempos tranquilos y serenos anteriores a 1914—, y yo era finalmente una hormiga enteramente sumida en el hormiguero. Carente de miradas que me distinguieran, me volví indistinto para mí mismo. Esto me trajo de un solo golpe a una mística de la soledad, y de la pérdida para mí mismo del solitario en su soledad, y de la extravasación al interior del yo de algo que no es el yo. Ya que estaba perdido, ¿por qué no perderme más? Sólo había un medio de curarme de la pérdida que yo hacía de mí mismo en todo, y de mí y de todo en la nada: era el de perderme absolutamente. La embriaguez subía, y con ella el deseo de beber más, ese deseo que en un momento dado muerde al borracho de alcanzar en el fondo del vaso la gota verdaderamente destructora. Todo se alejaba de mí, cada vez más rápidamente, los que estaban lejos y los que estaban cerca, los intereses de mi vida y los de esas entidades —Francia, Alemania, etc.—. La enorme y obscena presencia de este ejército del que no era sino una parcela más y más inconsciente y abandonada, me volvía ciego a todo: la tierra, el cielo, los árboles. La naturaleza desaparecía ante esta gigantesca intrusión que colmaba el entero campo visual como un monstruo creciendo en una pesadilla. La desaparición de la naturaleza, en la cual tan deliciosamente me había apoyado antaño —antaño— para delicia de mi soledad ornada y provisoria, fue lo que se llevó todo.

Estaba en una granja; no era ya de noche sino la mañana siguiente, y me había quedado solo; los camaradas andaban afuera, ocupados en el jardín. Sabía cómo se mata uno con un fusil; hay que quitarse el zapato y la media; con el caño en la boca, se aprieta el gatillo con el dedo del pie. Había escrito una breve carta a mi padre, locamente tierna; incluso fue en esa ocasión que descubrí que quería a mi padre, tanto más joven que yo, tan gentil, tan indefenso. Después miré el agujerito negro, anillado de acero.

Y tuve miedo. Cómo tuve miedo, no lo sé. El hecho es que al otro día, en el primer combate, no tuve miedo alguno. Sin duda no estaba maduro para la soledad, yo que sin embargo la había practicado tanto. Esta suprema soledad del suicida era todavía demasiado para mí; prefería morir con todo el mundo, abismarme en la muerte con una entera carretada de compañeros, a quienes tanto había desdeñado, despreciado, un momento antes.

Conservo consideración por el personaje que fui en ese momento. Amo a ese tonto delicado que prefiere su charquito personal al gran engolfamiento colectivo, y que entre los cien millones de balas que en adelante silbarán y maullarán en torno suyo, pretende elegir una como una alhaja en su estuche. Así era como agonizaba el individualismo tres años antes de la revolución de octubre.

 

Muchas otras veces, desde entonces, he sentido el deseo del suicidio. No puedo recordarlas todas. Pero sólo en estos últimos años llegó a convertirse en una manía, un reclamo con cualquier pretexto. Este reclamo llegó a ser tan frecuente que poco a poco se fue transformando en un refrán que canturreaba entre dientes, con el que acunaba a mi alma cada vez más fatigada, más gastada —cada vez más viva en su carozo, pero tan abrumada por las repeticiones de lo cotidiano.

Mi deseo más violento surgió en el curso de una historia de amor. La he contado en una de mis novelas, y no siento gran deseo de volver sobre ella. Máxime cuando las historias de amor no interesan ya para nada, tanto las mías como las de los demás. Hela aquí en dos palabras; una mujer me había abandonado. Era la primera vez que me pasaba. En lo hondo de mi corazón, empero, había algo que no estaba bastante atado a ella; justamente ese algo que en mí no era yo, que roía mi yo.

El solo detalle que recuerdo de esta aventura banal, pero que cumplió un papel capital en mi destino, es la exquisita presciencia que me pareció entonces tener de la nada. Ocurría en Lyon, la más inhospitalaria ciudad de Francia, en un cuarto de hotel. De acuerdo con el bien conocido método humano, me curaba de la tierra fabricándome un cielo: lo llamaba la nada. A partir del momento en que me creí seguro de mi resolución, el sufrimiento empezó a disminuir minuto a minuto. Había entrado la idea del suicidio, yo la había introducido para cuidarme, para curarme de aquello mismo que la engendraba. Entonces, cuando el sufrimiento hubo cedido, la idea del suicidio se vino abajo. Ahí tenéis: no fue más difícil que eso.

Tal cosa no me impidió recomenzar a sufrir un poco más adelante, y por la misma mujer. Pero no era ya la primera sorpresa: ahora entraba ahí la resignación.

 

He dicho cómo esta idea de la nada me parece engañosa. En todo caso lo era para mí. Me acuerdo perfectamente que, en Lyon, la nada con que acariciaba mi dolor era algo concreto, sabroso —era dulzura, delicia. Era el sí en el yo.

He querido también interrupirme dos o tres veces a causa de humillaciones harto infantiles. Al repetirse, la idea del suicidio se había poco a poco embotado, y llegó a ser algo banal. No es bueno que nuestros sentimientos se familiaricen, porque se mezclan con lo nuestro más corriente, que es sórdido; llegan a ser de una total trivialidad.

Cuando, después de eso, llegué a conocer mi pasión más violenta, nuevamente volví a pensar en la muerte. No me habían abandonado, salvo que me abandonaban todas las noches. Esas mínimas ausencias de la mujer adúltera que vuelve junto a su marido, me exasperaban, me consumían. Y luego, en el fondo, siempre esa necesidad de huir, de huir de aquello que más se desea, de quedarse solo. Cuando fui abandonado enhorabuena por la primera mujer, en medio de mi insoportable dolor había sentido una punzada de alegría: estaba liberado, estaba libre. En medio de mi segunda gran pasión, aspiraba todavía más a la liberación: tenía cuarenta y cinco años, y no ya veinticinco. Y me había adentrado en ella contra mi voluntad; aunque después pudiera entregarme a ella de todo corazón.

 

PIERRE DRIEU LA ROCHELLE

Traducción de JULIO CORTÁZAR

Revista Sur nº 192-194, octubre-diciembre de 1950.

Nota de la Redacción: Estas páginas inéditas nos fueron entregadas por Jean Paulhan, en París, en el otoño de 1946.


 

 

 

domingo, 23 de junio de 2019

Victoria Ocampo: El caso de Drieu La Rochelle

EL CASO DE DRIEU LA ROCHELLE

He optado siempre por llamar Testimonios a casi todo lo que he escrito. Las páginas que voy a leerles no tienen más pretensión, ni intención, que las de ser un testimonio verídico y necesario. Se trata de la tragedia de un hombre, de un escritor. Y a un público de hombres que también son escritores la traigo, pensando que es el que mejor puede entenderla. Pero antes de comenzar, tengo que hacerles un ruego: concédanme, concédanle al hombre cuyos problemas vitales e íntimos voy a confiarles, su simpatía, aunque sea por un momento. Con la inteligencia sola no se entienden a fondo estos dramas.
Amistad es ante todo elección. No elige uno a sus padres, a sus parientes; tampoco elige uno siempre a su amor, y por amor entiendo, en este caso, la atracción amorosa que arrastra a un hombre hacia una mujer o a una mujer hacia un hombre. Pero uno elige siempre a sus amigos. La amistad, la grande, está hecha, como el gran amor, de una suma de coincidencias dificilísimas de darse. A ella se refiere Montaigne cuando escribe: “Parce que c’était lui, parce que c’était moi”.
Si nada hay más confortante y dulce que esta comunión con el amigo, no hay quizá experiencia más cruel y rica que la de encontrarse, de pronto, en el amigo que estimamos con ideas que no estimamos. Digo que esta experiencia es rica porque nos enseña a dominar nuestras indignaciones, nuestras impaciencias, nuestras cóleras, en suma, todas las reacciones violentas que nacen de mutuas divergencias, mutuos desconocimientos, mutuas irritaciones. Y además nos enseña, también, el respeto del adversario.
Si la mayor dicha que podemos tener en la vida es la de contar con amigos dignos de amor, la mayor suerte es la de luchar contra adversarios dignos de respeto.
El hombre, el escritor de quien me he propuesto hablarles era un adversario digno de respeto. Sus amigos han sufrido mucho por los desacuerdos ideológicos que tenían con él. Y él ha sufrido más que ellos por esa situación.
En la conferencia que Albert Camus debió dar en Buenos Aires decía: “Los verdaderos artistas no son buenos vencedores políticos, pues son incapaces de aceptar con ligereza la muerte del adversario. Son testigos de la carne, no de la ley. Por vocación, están condenados a comprender hasta al enemigo’’. Y terminaba asegurando que la vocación más profunda del artista es la de defender hasta el fin el derecho que tienen sus adversarios a no estar de acuerdo con él. Y que más vale equivocarse sin asesinar a nadie y dejando hablar a los demás, que tener razón en medio del silencio de un osario.
Yo creo que Camus está en lo cierto. Por eso he venido a hablarles del caso de Drieu.

Conocí a Drieu hace veinte años, en casa de Isabel Dato, Avenue de la Bourdonnais, durante uno de esos almuerzos llamados íntimos: cinco o seis personas que no se conocían, en un living-room blanqueado con cal. Alfombra azul, sillones también azules, confortables; mesa de caoba antigua muy lustrada en que brillaban los platos, las copas y los cubiertos; cuadros de Dalí y de Miró colgados en las paredes austeras, sombreros de las mujeres metidos hasta las cejas y cinturones sobre las caderas, todo indicaba que estábamos en 1929, y que la dueña de casa no era tímida en sus gustos. Un enorme ramo de flores ponía todo el esplendor de la Côte d’Azur en el gris taciturno de aquella mañana de invierno parisiense. Cuando entré, un hombre joven, que al principio tomé por un muchacho, examinaba, de pie, los cuadros. Era él. Bien vestido, toda su persona (zapatos, pelo, dientes, pañuelo, raya del pantalón, nitidez de los puños de la camisa) denotaba una pulcritud poco habitual en los escritores franceses. Este refinamiento en la indumentaria suele despreciarse en las altas esferas intelectuales. No sólo a causa de la estrechez económica que este vicio tan castigado, la inteligencia, arrastra consigo, sino también por cierta tendencia al desaliño. En suma, el muchacho tenía más de dandy que de bohemio. Alto, delgado, rubio, de aspecto nórdico, miraba bajando un poco la cabeza con expresión a la vez tímida y burlona. Su frente ancha recordaba un poco la de Rimbaud. Los párpados pesaban sobre los ojos de color celeste tierno. La nariz muy francesa había crecido lo suficiente para no ser respingada. La boca displicente, de labios carnosos, era infantil en la sonrisa; la cara, más bien redonda; las manos largas y finas, parecían hechas para dejar escurrir entre sus dedos la preciosa y huidiza arena de la vida y de las pasiones sin tratar de retenerla. El andar y los ademanes indolentes contrastaban con el espíritu “frondeur” de cuanto decía la boca malhumorada, mientras el cigarrillo, pegado siempre a los labios, enviaba su humo al ojo celeste haciéndolo pestañear. No había caso de que la mano socorriera a la boca. Cuando nos sentamos a almorzar el cigarrillo fue apagado, a Dios gracias, y el fumador se puso a comer y a hablar de política (o del último chisme político, que viene a ser lo mismo) con no sé qué ardor desapegado y qué cándido cinismo. Yo sólo escuchaba a medias, ajena a los problemas que se debatían bajo mis narices y sorprendida del interés que despertaban en ese novelista; pues la dueña de casa me había advertido, al presentarnos, que Pierre Drieu La Rochelle acababa de publicar su segunda novela. El hecho es que antes de esa mañana de enero yo nunca había oído su nombre, ni tenido noticias de sus libros.
Al despedirme de mi amiga curiosa de conocer mis impresiones, le dije que su escritor me parecía bastante exasperante, aunque no desprovisto de atractivo. El título del libro ya publicado, que habían comentado esa mañana, L’homme couvert de femmes, me impresionó por lo presuntuoso, ridículo e imperdonablemente fatuo. Pues el autor debía de reflejarse sin duda en el personaje de la novela, como suele ocurrir con los novelistas. Me prometí hacerle una alusión al respecto, si la ocasión se presentaba. Pronto se presentó. Dos días después Drieu dejaba en mi casa un libro y una tarjeta en que me invitaba a beber un cocktail en un bar de los Champs Elysées. Contesté que nunca bebía cocktails, sino té, y en la rue de Rivoli. Así empezó, en Rumpelmayer, entre dos desconocidos (porque tanto el uno como el otro ignorábamos nuestros antecedentes), una amistad destinada a capear los peores temporales. Una amistad que se desarrolló no sin choques, desde esa primera tarjeta hasta la carta que Drieu me escribió al suicidarse. Esos Champs Elysées, esa rue de Rivoli cuyos nombres están inscritos en los primeros “petits-bleus" que cambiamos, fueron las salas en que más tarde tuvieron lugar nuestras más largas conversaciones, porque nunca nos cansábamos de caminar por París, siendo ambos infatigables peripatéticos. Preferíamos, para discutir, la calle y el movimiento. “Me gustaba conversar con usted en los caminos, en las calles”, me escribía Drieu ese año, después de mi partida de París. Y así es como lo veo, metido en su gran sobretodo, el cigarrillo pegado a los labios, recorriendo a grandes trancos esa ciudad (su ciudad) que adoraba, a la que su vida se prendía con tenacidad de enredadera y contra la cual vociferaba sin cesar, como un amante rencoroso y vengativo. Recuerdo que al principio me sentí muy chocada por su agresividad verbal. Nuestros paseos nos llevaron a menudo a Notre-Dame, a los muelles, a la isla Saint-Louis, donde él vivía y que prefería, creo, a todos los otros barrios de París. El placer aún no agotado de tener bajo mis ojos esos “fragmentos escogidos” de la más conmovedora capital de Europa me reducía a simples exclamaciones. Imaginé, al comienzo, que Drieu se complacía en aguarme la fiesta con sus reflexiones. “Todo esto está podrido —me decía—, ¡Ruinas, sólo ruinas! ¡Ah, qué muertos estamos! La maleza invade ya, para mí, estas calles que a usted la maravillan, y esta catedral, y estos palacios”.
Sólo después de leer los libros de Drieu comprendí hasta qué punto esta actitud formaba parte de su “filosofía”, o más bien de su “way of thinking”, de su “way of life” quizá: escupir sobre lo que quería. Destruirlo de antemano, por temor de asistir pasivamente a su destrucción. Proclamarlo destruido, proclamarse destruido de antemano: “Sólo en las viejas bicocas —escribía— he encontrado ese signo que yo llamo belleza, y esa inicial estaba enlazada con la inicial de la muerte en un monograma cuya marca me ha quedado sobre la frente...”
En la época en que me encontré con Drieu él acababa de publicar su novela Blèche, en la que muy pronto hallé párrafos dignos de subrayarse, por diferentes motivos, tales como: “Notre-Dame parecía un viejo bosque seco, junto a un arroyo de plomo bordeado de tristes factorías: la Municipalidad y la Prefectura. Pensaba en el fin de las civilizaciones cuando las malezas aparecen en filas cerradas en cada bocacalle y los cuarteles vacíos se derrumban”. Eso mismo le había oído repetir durante nuestros paseos. “En mi cuarto de la rue Chanoinesse, en el punto muerto de la Cité, en el flanco de Notre-Dame, en la sombra de una sombra...” A través de Blaquan, el héroe de Blèche, yo oía la voz de Drieu. La rue Chanoinesse era, en realidad, la rue Saint Louis-en l’Isle, calle en que él vivía, en el corazón de la isla Saint Louis. A esta isla y la de la Cité —lugares en que empezó París— unidas por un puente que parte en línea recta de la rue Saint Louis-en-l’Isle, llamaba Drieu su “promenoir” favorito y su claustro. La descripción del cuarto en que vivía el principal personaje de Blèche era también la de uno de los cuartos de Drieu, alquilados en una vieja casona del siglo XVII (creo): “Era perfectamente cuadrado; ese cuadrado estaba proporcionado al gran tamaño de una sola ventana y el techo era bastante alto para recordar el de un majestuoso palacio genovés. El hecho de que esta pieza era única y perfecta hacía nacer en mí una noción de homogeneidad feliz y triunfante... Hice blanquear el techo con cal y cubrí el resto de gris: telas y alfombras. Entre la puerta y la chimenea, entrando a la derecha, puse un diván cubierto de la misma tela que las paredes. Entre el calorífero y la ventana, hice colocar un pupitre en que escribía de pie mis artículos... Entre la chimenea y la ventana tengo que colocar todos mis libros, de manera que sólo guardo los mejores. Nada de cuadros; únicamente, sobre el diván, cuatro almohadones color rojo carmín. Nada de cortinas en la ventana; sobre el vidrio, un tul liso. Nada de asientos, salvo el diván sobre el que duermo envuelto en una hermosa manta...
Así era el cuarto en que Drieu trabajaba, en que me leyó Une femme à sa fenêtre y poemas de su querido Rimbaud. Sus proporciones admirables bastaban para amueblarlo, para hacerlo hospitalario y misteriosamente seductor. La casa en sí estaba muy deteriorada. Pero en su descripción de Blèche, Drieu no ha mencionado una especie de vestíbulo en cuya pared había apoyado, único adorno, junto a los estantes de una biblioteca baja, dos banderas francesa e inglesa. Dos grandes banderas desplegadas, como las que ponemos en las ventanas los días de fiesta nacional. Creo que Drieu me explicó que era por los colores.
¿Era por los colores? ¿No le recordarían esas banderas Verdun, Charleroi, su guerra, la guerra en que había temblado a los veinte años? ¿La guerra en que lo condecoraron?
Drieu, nacido en 1893, y a pesar de ser normando, pasó la mayor parte de su infancia en París. Su primer libro fue un tomo de poemas, Interrogations, publicado por la N. R. F. en 1917. En él encontramos À vous Allemands, poema de corte claudeliano dedicado a sus enemigos con quienes había luchado cuerpo a cuerpo y que lo habían herido en su carne. Me parece que todo lo que ha sucedido más tarde en la vida de este hombre tiene por punto de partida ese poema y puede ser estudiado en él.
Nunca os he odiado”, dice a esos otros muchachos que mató en la batalla. “Os he combatido a muerte, con la recia voluntad de matar a muchos de vosotros”. Y ahora la palabra reveladora: “Pero sois fuertes. Y no he podido odiar en vosotros la Fuerza, madre de las cosas. Me he regocijado de vuestra Fuerza”. La mayúscula es ya significativa. Drieu, todo inteligencia y fineza, hecho ante todo y por encima de todo para los matices, se deja encandilar por lo que menos se le parece: la Fuerza con mayúscula. La Fuerza que siempre quedará unida en él a la imagen que conserva de los alemanes en el campo de batalla. Esa Fuerza cuyo desencadenamiento soportó carnalmente, y que hundió su cuerpo limpio y joven en el barro, la sangre y el dolor. Aquella experiencia le arrancó frente a los alemanes esta declaración: “Car ce que j’aime en vous, c’est ce qui n’est pas moi”.
Desde ese momento decisivo Drieu se enamorará de la fuerza y sentirá horror por la debilidad. En un artículo publicado en La Table Ronde (junio de 1949) Mauriac escribe, refiriéndose a esa actitud: “Es el crimen de las naturalezas hembras: no porque la de nuestro Drieu “couvert de femmes” lo fuera en el sentido abyecto; entiéndase lo que quiero decir: su falta, su pecado lo cometió desde el principio...” En efecto, desde el principio, desde la guerra de 1914, en que luchó tan duramente, Drieu se interna en un callejón sin salida, sin más escape que la muerte. La muerte que él mismo se dio.
Desde la guerra del 14 Drieu quedará horrorizado y fascinado por Verdun y Charleroi. “Je ne renierai pas Charleroi” dice. Y recuerdo haber oído de su boca —y Drieu no era sanguinario— que no conocía momento de exaltación más apasionante que el de una carga a la bayoneta. Encontraremos afirmaciones del mismo orden en más de un libro moderno sobre la guerra. Y últimamente en The naked and the dead, de Norman Mailer, joven norteamericano ya célebre. En su novela, que se desarrolla en el lugar más siniestro de la guerra, las islas del Pacífico, veremos que el teniente Hearn, hombre educado en un medio culto, experimenta una curiosa euforia cuando sale al descampado bajo una lluvia de metralla, al mando de un pelotón.
Drieu llamará ese momento “l’indéniable minute”. El teniente Hearn lo llamará “excitación única”, “éxtasis único”. Tanto da.
Los hombres han nacido para la guerra y las mujeres para los niños, repite Drieu. Yo no podía estar de acuerdo con esas declaraciones cavernícolas. Si las guerras son para los hombres, también tienen que compartir el sufrimiento las mujeres. Si los niños son para las mujeres, también son de y para los hombres. No existen compartimientos estancos en estas cosas. Pero la sola guerra a que las mujeres debieran prestar su ayuda y su pleno consentimiento no es la guerra del hombre contra el hombre. Es la guerra del hombre contra las plagas, contra los elementos, contra las enfermedades del cuerpo y del alma. No es poco programa de guerra. No es poco programa de heroísmo para el que quiera sacrificarse. Algo de esto pensaba también Drieu cuando escribía en su poema a los alemanes: “Ils ne sont point subtils ceux qui n’ont loué que la guerre manifestée”. Sí; son poco sutiles quienes sólo exaltan la guerra manifiesta, la guerra que mata o deja hombres enfermizos y maltrechos. La grande y saludable guerra es la otra. La que se lleva a cabo en cualquier sitio del planeta donde exista un hombre capaz de defender, sin matar al prójimo, ni siquiera amedrentarlo, la justicia y la verdad.
A medida que pasaba el tiempo, el tema de la política volvía con mayor frecuencia en nuestras conversaciones o nuestras cartas. No porque yo lo buscara, sino porque Drieu, continuamente obsesionado por él, lo suscitaba. A mí no me gustaban sus novelas, y él lo sabía. Sus ensayos, llenos de observaciones agudas, me interesaban mucho, aunque rara vez estaba de acuerdo con las tendencias que veía en ellos. En cuanto a la política, cuando él decía blanco yo pensaba negro. Drieu terminaba siempre por echarme en cara que de política yo no entendía nada, pero nada de nada. Y yo por gritarle que la política, tal como la veía practicar, me parecía una cosa rastrera y putrefacta. Una sola política y un solo político me inspiraban admiración y respeto: Gandhi, que no era precisamente un adorador de la fuerza.
En Le jeune Européen Drieu declaraba: “El compromiso en que me marchitaba [se refiere a su indecisión política] desde hacía tanto tiempo me parecía la mediocridad misma; persistía a causa de mi temor, tan pronto vuelto hacia un lado, tan pronto hacia el otro, de la crueldad que siempre debe infligirse un hombre cuando se ha decidido por un modo de vida”.
Estos dos lados a que alude son el fascismo y el comunismo. Su posición se aclara en una carta que me envió en octubre de 1937: “...So pretexto de que no estamos de acuerdo con los unos no debemos prestarnos a medias a los otros. Es necesario rehusarse íntegramente a los unos y a los otros, o darse íntegramente a los unos contra los otros.
La primera actitud tiene su grandeza y la admito perfectamente cuando es entera [se refiere a los que repudian tanto el comunismo como el fascismo]. Esta actitud está llamada a conocer cada vez más la grandeza del martirio en nuestra época, que es la de un duelo a muerte entre dos conceptos primos hermanos, y tanto más enemigos por el parentesco.
Supongo que es la que tú adoptas. En cuanto a mí, en algún momento he sido sensible a esa actitud —y lo recordarás: era cuando me parecía imposible adherir a esto o a esto otro [yo me burlaba de Drieu en aquella crisis diciéndole que por naturaleza no llegaría nunca a adherirse a nada]. Pero no he podido mantenerme en ella cuando los acontecimientos me arrinconaron. La pasión me arrastró de un solo golpe.
Volví a mi primera idea de después de la guerra. Puesto que no soy comunista, puesto que soy anticomunista, soy fascista. Ya que indirectamente ayudo a los fascistas, más vale tomar una posición más neta.
Políticamente creo que sólo se puede ser fascista o comunista —lo demás está pulverizado (democracia, radicalismo, liberalismo, catolicismo, conservadorismo moderado, etc.). No podemos repudiar el fascismo y el comunismo sino poniéndonos en otro plano que el de la política. Es muy difícil. Pero creo que una mujer puede hacerlo mejor que un hombre.
Dicho esto, como las semejanzas entre fascismo y comunismo son grandes, me preguntarás por qué prefiero el uno al otro. Porque los fascistas son los cínicos y los comunistas son los hipócritas. Los fascistas confiesan sus violencias, sus tiranías, mientras que los comunistas niegan descaradamente las suyas. Los fascistas saben que el socialismo es imposible en un cien por ciento. Los comunistas, que ya han renunciado a él en Rusia, lo ocultan tanto como pueden.
Dicho esto, casi no hay fascismo en Francia. Y pertenezco a un grupo que no es verdaderamente fascista —por lo menos en este momento.
La máscara de democracia y patriotismo que toman los comunistas muestra cada vez más que el fascismo está instalado en Moscú. Es un fascismo rojo e hipócrita”.
Esto es lo que pensaba Drieu en la primavera de 1939, víspera de la guerra. En el otoño de 1938, estuve de paso en París mientras las cuatro potencias conferenciaban en Munich y la catástrofe parecía inevitable. Venía de Italia e iba a Londres. Drieu me esperaba en la estación con la cara atormentada. Le pregunté cómo andaban las cosas. Me contestó con el aire de un hombre que teme lo peor.
Desde hacía algún tiempo, hablar de política era para nosotros como caminar sobre brasas. Drieu tenía la impresión de que yo lo juzgaba mal por ignorancia de los problemas políticos de la época, y yo de que él comulgaba con ruedas de molino. A propósito de una declaración publicada en el número 35 de SUR, contestando a un ataque de la revista católica “Criterio”, me escribía, para hacerme notar que no nos quedábamos al margen de la política como pretendíamos: “Desapruebo la declaración porque no es una separación neta con la política. Tomar el partido de la democracia, decir que el cristianismo va con la democracia es una afirmación política. Además, hay en ello una condenación velada del fascismo pero no del comunismo. Sois, pues, demócratas o cristianos del frente popular, esos aliados indirectos del comunismo, que es un enemigo aun más terrible de la democracia que el fascismo porque es más hipócrita”.
Sin embargo, en nuestra declaración de SUR decíamos: ‘‘Estamos contra todas las dictaduras, contra todas las opresiones...” Y también: “Todas las persecuciones sectarias —sean de raza, sean de política, sean injustas persecuciones disimuladas bajo formas codificadas y legales— nos parecen igualmente monstruosas”. Resultaba evidente, por lo menos para mí (que no entiendo nada de política, quizá, pero que tengo ojos para ver y oídos para oír), que tanto la dictadura roja como la dictadura parda y negra eran repudiadas en esa declaración.
El hecho es que poco tiempo después el nombre de Drieu fue borrado a pedido suyo del Comité de Colaboración de SUR.
Esto no impidió a Drieu venir a verme muy a menudo en París, en 1939. El incidente no alteró fundamentalmente nuestra amistad, pero nuestras discusiones eran cada vez más amargas. Por primera vez, después de diez años de amistad, me fui de París, en junio de 1939, sin despedirme de él. Refiriéndose a esto me escribió: “No creo en las ceremonias de despedida y no quería hacer esfuerzos por salir del estado melancólico que me producías en esos días... Veía tan claro lo que iba a ocurrir como una fatalidad de la política europea que no podía soportar hablar de ello con los que no tienen la costumbre de ver las cosas desde el ángulo político y que se sienten heridos por la política”. Esta carta estaba fechada en el mes de septiembre del mismo año. Unas semanas más tarde recibí otra en que me decía: “Escribo un gran ensayo titulado El espíritu del siglo XX. Ah, cómo he sufrido este invierno [hablaba del invierno parisiense de 1939] por no poder comulgar contigo. ¿Cómo tú, que has leído y soñado, que eres la mujer que eres, no admites que este siglo, como los otros, sea complejo, contradictorio y atormentado? Tú, que sientes y comprendes las pasiones, ¿cómo no las admites en sus prolongaciones políticas? Me respondes: “Reprimo mis pasiones.” ¿A beneficio de una de ellas? Eres toda pasión. Mussolini, Hitler y Stalin también. Y en suma Daladier y Chamberlain también. (Pues de otro modo darían o habrían dado colonias a los alemanes como quería toda la gente de izquierda entre 1920 y 1930 —y también tu servidor) ...
Esto no me impide leer a Platón, ni elevar mi alma hacia círculos más amplios. Pero jamás admitiré que los círculos más amplios oculten los pequeños. La razón no estará nunca, para mí, contra la pasión: será tan sólo su sublimación. Lo que amo en el comunismo y en el fascismo es esta pasión que los animaba en sus comienzos, cuando eran jóvenes, pobres y perseguidos. Se están sobreviviendo a sí mismos, como todos nosotros”.
Justamente, lo que yo no admitía era que los pequeños círculos estuviesen en flagrante contradicción con los grandes. Que en los pequeños, el fin justificara los medios, mientras que en los grandes tal principio resultara altamente repudiable. En el caso de Drieu, los medios con los que yo no estaba de acuerdo eran la violencia y la dictadura. Quizá porque gracias a mi naturaleza, infinitamente más próxima de la violencia que la suya, yo había verificado, en mi vida personal, cuán peligroso y dañino resulta ese exceso. Y justamente, lo que me asqueaba en la política era que los mismos vicios que en las vidas privadas, individuales, pasan por intolerables, pasaran en la vida pública, política, por virtudes acrisoladas. El orgullo, por ejemplo, pecado capital (aún para quienes están al margen de las religiones, si se toman el trabajo de observar sus consecuencias y de meditar sobre ellas), se transforma en noble virtud si se le agrega el adjetivo nacional. Virtud que permite y fomenta la ciega sobre-estimación de cuanto poseemos, de cuanto somos, y el jactarse de ello sin pudor; virtud que nos incita a colocarnos eterna y arbitrariamente ‘‘über alles”. Estos desplantes me han repugnado siempre y Drieu estaba esencialmente hecho para compartir mi asco. Pero por efecto de no sé qué traumatismo (que atribuyo a sus años de guerra, sin acertar a determinar cuál fue) vivía, en este plano, en contradicción con su propia naturaleza. Así me explico yo, conociendo muy a fondo su carácter, el conflicto espiritual en que se debatía cuando estalló la conflagración de 1939.
Cuando Drieu hablaba de sí mismo (y lo hacía de continuo en sus novelas y ensayos) se criticaba sin piedad. Jamás lo sorprendí, puedo afirmarlo, en actitud de auto-admiración, en sus escritos o en su vida. Pertenecía a la especie de los Narcisos que se contemplan para detestarse. Pero a fuerza de no ser generoso consigo mismo, acababa por no serlo con los demás. Fue solamente durante los últimos años de su vida (los de la última guerra) cuando comencé a percibir los síntomas de un cambio en su estado de ánimo. A medida que su error político se solidificaba, se agravaba, la tensión en que había vivido se aliviaba. Por lo menos en sus cartas. Ya entonces teníamos el Atlántico de por medio, pero yo notaba la transformación en esas cartas. Poco a poco iban desapareciendo los tics, las muecas nerviosas, las crispaciones. Echaba a Europa y a sus tristes habitantes miradas que no trataban de ocultar su desesperación y su vana ternura. Era como si él creyera que había comprado el derecho de no desconfiar de sí mismo al colocarse en la posición que más podía alejarlo del verdadero sí mismo.
Malentendido es la palabra que me viene a la mente cuando pienso en Drieu. Trágico malentendido. Malentendido en toda la línea. Y éste es un ejemplo de lo que me induce a pensarlo: “Un hecho empieza a definirse —me escribía en 1940— y es que las naciones de menos de cien millones de hombres no pueden ya existir. Francia e Inglaterra no podrán ya separarse a causa de esta nueva ley. Sin duda ustedes mismos lo comprobarán algún día. Este nuevo estado franco-inglés o, más bien, anglo-francés implantará forzosamente el fascismo, porque sólo se puede combatir el mal (para emplear tu vocabulario) con el mal. Esto no me asusta, porque sé que para salvar el tronco hay que cortar las ramas. El tronco salvado puede reverdecer más tarde”. Ese sólo se puede combatir el mal (para emplear tu vocabulario) con el mal daba la clave de nuestras divergencias. En mi vocabulario existía la palabra mal. Y esta vez aplicaba el término al totalitarismo, a la dictadura fascista, nazista (no habría tenido inconveniente en aplicarlo también a la comunista). Combatir el mal con el mal, adoptar, imitar los métodos brutales y despóticos que condenamos en el fascismo y en el comunismo para librarnos de ellos, me parecía el peor desatino, la peor derrota. Si se vuelve uno nazi para vencer a un nazi no hay tal victoria.
En una novela póstuma y aún inédita de Drieu, Les chiens de paille (que me dio Paulhan), he encontrado declaraciones que confirman mi juicio sobre su estado de ánimo. El principal personaje de este libro, Constant, no es Drieu sino una parte de Drieu: la parte a que me estoy refiriendo en este momento. “...Constant sabía —escribe Drieu— que no hay ni bien ni mal y que no puede haber hombres malvados opuestos a hombres buenos. Conocía la bondad de los malvados y la maldad de los buenos. Jesús habla todo el tiempo del bien y del mal, por eso sus palabras no interesaban mucho a Constant, salvo las que San Juan pone en su boca y que tienen vuelo. A pesar de ello admitía que Jesús, en el fondo, no cree que haya hombres malvados ni hombres buenos, puesto que afirma que los hombres buenos o fariseos están casi todos llenos de solapada malicia, y que los hombres malvados pueden volverse buenos en un abrir y cerrar de ojos y son entonces mejores que los buenos”. Ésta es la imagen de los malentendidos que perdían a Drieu. ¿Qué significa los hombres buenos o fariseos? ¿Por qué confundir deliberadamente lo más abyecto, el santurrón, el sepulcro blanqueado, el fariseo, en una palabra, con él hombre bueno o con el que trata de serlo? ¿Con el hombre de buena voluntad? (Pues no creo que fuera de la santidad existan hombres naturalmente o continuamente buenos.) ¿Y qué significa esta declaración: No hay bien ni mal? Demasiado la hemos oído en boca de ciertos intelectuales modernos. Si no hay bien ni mal no nos escandalicemos de las torturas morales y físicas infligidas a hombres indefensos, del empleo sistematizado del alambre de púa y de la amenaza de la bomba atómica. Seamos consecuentes con nosotros mismos. Si no hay bien ni mal ¿por qué no imitar al Calígula de Camus? Seamos Calígula. De otro modo nuestra actitud se tornará no sólo monstruosa sino pueril y risible. Calígula pone sus actos al servicio de su pensamiento, va con sus actos donde lo conducen las palabras, vive de acuerdo con sus principios. En este sentido su actitud responde todavía a una moral.
Pero la condición humana deja de ser humana sin bien ni mal. Por eso convendría que quienes imaginan viable esa supresión lleven su teoría a la práctica hasta el extremo. Así tendrán ocasión de comprobar su error en carne propia. Desgraciadamente, ese lujo es sólo permitido a los poderosos de la tierra, y las multitudes pagan junto con ellos el precio de la experiencia. Lo hemos presenciado últimamente.
¿Quién si no el fariseo mismo ha creado este estado de cosas? El fariseo hace odiar la palabra bondad, la palabra virtud, la palabra moral, de las que ofrece repugnantes falsificaciones. El fariseo es el verdadero Judas de Cristo. Mata a Cristo entre nosotros en todo momento, creando la más abominable confusión. Judas se limita a ser Judas. El fariseo juega a ser Cristo. Un traidor que se confiesa traidor, un asesino que se sabe asesino son pálidas figuras de la corrupción junto a un fariseo.
Por eso ciertos hombres en nuestra época han preferido Calígula a Tartufo; por eso han preferido morir con Calígula que vivir con Tartufo, figurándose en su desconcierto y desamparo interior que no había otra alternativa. En tal disparadero se encontraba Drieu que, roído por el remordimiento y la incertidumbre, tenía tan poca afinidad con Calígula como con Tartufo.
Sartre ha visto muy bien y ha descrito la posición política de Drieu como la de los surrealistas: “Todos partieron en busca de lo absoluto —dice— y como estaban acometidos de todos lados por lo relativo, identificaron lo absoluto con lo imposible. Todos titubearon entre dos papeles: el de anunciadores de un mundo nuevo, y el de liquidadores de un mundo antiguo. Pero como era más fácil discernir en la Europa de post-guerra los signos de la decadencia que los de la renovación, eligieron la liquidación. Y para tranquilizar su conciencia resucitaron el viejo mito heracliteano según el cual la vida nace de la muerte... A todos les fascinaba la violencia, viniera de donde viniere; y por la violencia quisieron liberar al hombre de su condición humana. Por eso se aproximaron a los partidos extremos y les atribuyeron gratuitamente designios apocalípticos. Todos fueron embaucados...”
Drieu no fue sólo un engañado; fue una víctima. “A través de la destrucción literaria del objeto, del amor, a través de veinte años de locura y de amargura, lo que persiguió fue la destrucción de sí mismo —dice Sartre. Por fin el vértigo de la muerte lo atrajo al nacionalsocialismo.”
En una carta del 1º de junio de 1943 encuentro estas líneas: ‘‘Luchamos siempre por problemas que ya hemos dejado atrás. Esto no tiene importancia si por otra parte nos ocupamos de los problemas eternos. He vivido sobre dos planos, muy conscientemente... Leo los Upanishads, el Tao. La muerte me atrae dulcemente. ¿Qué importan diez años más o menos?” Pero vivir sobre dos planos contradictorios que no pueden coincidir es a la vez demasiado fácil y demasiado peligroso. Ahí está el error, a mi juicio. T. E. Lawrence decía a Lionel Curtis, hablando de los soldados, sus compañeros, ansiosos de festejar la Navidad, que veía una incompatibilidad entre la profesión de soldado y la de cristiano; quizá porque prestaba un significado más profundo a esas vocaciones. T. E. no se permitía a sí mismo vivir en dos planos y, a pesar de ser ateo, no comprendía que se hablara de amor al prójimo empuñando un revólver. La profesión de soldado en tiempo de guerra (¿y de qué sirve un soldado en tiempo de paz?) consiste en matar hombres; ¡la de un cristiano verdadero en ofrecer la mejilla izquierda cuando le han abofeteado en la derecha! El soldado y el cristiano sólo pueden vivir en dos planos distintos sin relación uno con otro. Tratar de vivir conjuntamente en dos planos puede llevarnos muy lejos en la práctica. Llevó a Drieu a no poder soportarse.
Terminaba esa misma carta haciendo alusión a las discusiones que habían nublado nuestra amistad y nos habían alejado intermitentemente el uno del otro. “Pienso a menudo en ti, en esta locura de destrucción, en esta necesidad de privarse de todo, en este furor de muerte que nos quema la vida.
En esta necesidad de privarse de todo. El mundo del que T. E. se ausentó a tiempo para no ver una guerra más atroz que la que él conoció, es el que hemos heredado. Es el mundo en que los “unhappy few”, los antifariseos experimentan una necesidad casi delirante de privaciones voluntarias o de claustros sin fe, o de cruzada sin cruz, o de frenesí de autodestrucción que casos tan opuestos como el de un T. E. Lawrence o el de un Drieu ilustran. Pues, como observa Sartre, Drieu, clerc (el clerc de Benda) ante todo, se alía a lo temporal con inocencia y desinterés. Su colaboracionismo no fue nunca, como el de otros, oportunismo o cobardía. Este anunciador de catástrofes en tiempo de vacas gordas aguantó hasta el fin las consecuencias de su equivocación en tiempo de vacas flacas. Incluso el suicidio le falló dos veces. La primera tomó una fuerte dosis de soporífero, pero alguien llegó justo a tiempo para salvarlo. Lo llevaron moribundo a un sanatorio. Cuando lo dieron de alta, la víspera de su salida, durante la noche rompió un vaso, única arma que tenía al alcance de la mano, se fue al cuarto de baño y se abrió las venas. Yo no sé si ustedes imaginan la carnicería que representa una operación de esta clase llevada a cabo con un pedazo de vidrio. Una enfermera encontró su cuerpo en un mar de sangre. A la fuerza lo hicieron revivir con transfusiones e inyecciones. La tercera vez se había refugiado en los alrededores de París, solo, en una casita que pertenecía a C. J. su primera mujer. Ella, que me contó lo que les refiero, había trabajado activamente en la Resistencia, exponiendo la vida. Drieu la había salvado, como a Jean Paulhan y a otras personas, de los nazis. C. J. tenía la esperanza de que, con cuidados materiales y espirituales, él terminaría por reconciliarse con la vida. Drieu le pidió un día que espaciara sus visitas, so pretexto de que temía que la siguieran y descubrieran su paradero. Veinticuatro horas después, tomó un soporífero y abrió la llave del gas. Esta vez no falló. Lo encontraron muerto.
En Le jeune Européen, publicado en 1928, Drieu con claro presentimiento se dirigía a sí mismo esta advertencia: “...sería necesario que no errara mi muerte, yo que habré errado mi vida. Habré sido de los que siempre reclaman lo absoluto, pero en vano habrá nacido en todas partes como una flor modesta bajo mis pies de abstractor distraído. Es el gran crimen, el gran error que sólo puede ser lavado con un chorro de sangre; y de sangre todavía caliente, no cuando la edad ha empezado a enfriarla... ¿Por qué me obstino en creer que lo que me desilusiona es mi época, cuando es algo de la vida que ha afligido siempre a los corazones frágiles y ha enardecido a los corazones valientes?”, Y proféticamente agregaba: “...moriré decepcionado, después de mis seis días de huraña labor, y no me será concedido el séptimo día para descansar”.
Algo de la vida que ha afligido siempre a los corazones frágiles y ha enardecido a los corazones valientes. Drieu había tenido lucidez hasta para ver eso.
Cuando llegué a Nueva York, en 1943, durante la guerra, tuve ocasión de conversar con los escritores franceses exilados. Hablaban de Drieu con un odio que dolía. ¿Qué podía yo contestarles? Me era penoso callar, pero comprendía su agresividad y sus injusticias. Uno de ellos me dijo: ‘‘Queremos la cabeza de Drieu”. Le contesté: “No creo que les dará la ocasión de cortársela. Drieu va derecho al suicidio, todo me lo hace prever.” El escritor, que era Étiemble, sonrió, incrédulo. Que acusaran a Drieu de las defecciones, de las locuras de que yo lo imaginaba muy capaz, conociendo su naturaleza; que esas defecciones y esas locuras pudieran parecer criminales, dadas las circunstancias, lo aceptaba. Lo que no aceptaba era que se lo acusara de entregar voluntariamente a la Gestapo a tal o cual persona, así fuera su peor enemigo (su peor enemigo había sido su amigo más querido y tenía un nombre: Aragon). Oía con horror esas acusaciones. No reconocía a Drieu en ellas. Hubiera apostado mi vida que era fisiológicamente, sentimentalmente, espiritualmente incapaz de entregar a nadie a la Gestapo. Amigos míos que no conocían bien a Drieu creían todo lo que les contaban sobre él y me decían que fuera razonable y aceptara esta desgracia. Pero yo me negaba en absoluto. Étiemble, encarnizado contra Drieu, puede atestiguarlo. Me era tanto más difícil contestar a estos ataques cuanto que no tenía más argumentos para defender al atacado que mi conocimiento de su carácter. Durante mi estada en Nueva York, que duró casi seis meses, mi amargura y mi tristeza por Drieu fueron profundas. Pero en mi fuero interno nunca lo creí culpable de ciertas bajezas de que se lo acusaba. Él nunca habría de saberlo. Pero quizá presintiera que ésa sería mi reacción llegado el momento. En una de sus últimas cartas me decía: ‘‘No te escribo porque tengo demasiadas cosas que decirte y sólo hay una que cuenta: estás presente y hablo contigo sin cesar. No sé nada de lo que haces, pero sé quién eres... Me ocupo de la Nouvelle Revue Française, ya debes de saberlo; esto tampoco me cambia.
Estudio las religiones de Asia más que antes.
He vivido, pensado, escrito, obrado con una paciencia dolorosa desde hace tres años. Soy en suma bastante obstinado —y tan apasionado como tú.
Apasionado en política; y, sin embargo, en mi interior la meditación, cada vez más.
He conocido a gentes, sondeado corazones, y el mío también. He vivido en el corazón del drama, pero siempre en un más allá soñaba con otra cosa, más íntima. ¿Veré el final de todo esto? Pero esto no tiene final y estoy desde hace tiempo en otro final.
Sartre, en Situations II, comenta de la siguiente manera la actuación de Drieu al frente de la Nouvelle Revue Française: “Un herrero se verá dañado en su vida de hombre y no en su oficio por el fascismo; un escritor en lo uno y en lo otro, pero más quizás en su oficio que en su vida. Escritores que antes de la guerra clamaban por el fascismo se quedaron paralizados cuando los nazis los colmaban de honores. Pienso en Drieu la Rochelle: se había equivocado, pero era sincero y lo probó. Había aceptado la dirección de una revista inspirada. Los primeros meses amonestó, sermoneó a sus compatriotas. Nadie le contestó: porque ya nadie podía contestar. Esto lo puso de mal humor, no sentía a sus lectores. Se mostró entonces más apremiante, pero ningún signo le probó que lo entendían. Ningún signo de odio, ni de cólera tampoco: nada. Pareció desorientado, y presa de una gran agitación se quejó amargamente a los alemanes; sus artículos eran soberbios; se tornaron agrios; llegó el momento en que se golpeó el pecho: esto sólo tuvo eco entre los periodistas vendidos que despreciaba. Ofreció su renuncia, la retiró, habló de nuevo, siempre en el desierto. Finalmente enmudeció, amordazado por el silencio de los demás. Había deseado el sometimiento, pero, en su cabeza loca, quería que el sometimiento fuese voluntario y libre; el sometimiento llegó; el hombre, en Drieu, celebró la llegada, pero el escritor no la pudo tolerar. En ese mismo momento, otros, que afortunadamente fueron la mayoría, comprendían que la libertad de escribir implica la libertad del ciudadano. No se escribe para esclavos. El arte de la prosa es solidario del único régimen en que la prosa conserva un sentido: la democracia.
Nuestra correspondencia se había hecho materialmente imposible. Tenía que dirigir mis cartas a un desconocido, en el sur de Francia, y dentro del primer sobre poner otro con el nombre de Gilles (Gilles, el personaje de Drieu que más se le parece). Las cartas llevaban meses en pasar por la censura, por la guerra, por la ocupación, por manos desconocidas. Se sentía uno cohibido para escribir lo que realmente hubiera deseado.
El suicidio de Drieu, como el de Virginia Woolf, me fue anunciado lacónicamente por teléfono una mañana de marzo de 1945. Nada pude saber, fuera del hecho brutal, hasta mucho tiempo después. En 1946 partí para Londres y París, vía Nueva York. Cuando estaba aún en esta ciudad me telefonearon desde Buenos Aires para avisarme que había llegado de París una carta de Drieu escrita en el momento de su suicidio. La noticia me llenó de alivio y de aprensión, pues temía que Drieu hubiera muerto creyendo que yo era su enemiga, y no tan sólo la enemiga de su error. Lettres Françaises, la revista que Caillois dirigía en Buenos Aires durante la guerra y que se hacía en SUR, había publicado una nota muy hiriente de Étiemble contra Drieu. Si por casualidad Drieu lo hubiera sabido habría podido creer que yo compartía las opiniones de Étiemble.
La carta me fue remitida a Londres y allí el British Council me la entregó. Miré largamente antes de abrirlo el sobre azul, la escritura inclinada y perezosa, tan familiares. Recordé que en ese mismo Londres una carta exteriormente idéntica hasta en el color había sido depositada por Drieu en mi hotel. Sola, ahora, en un cuarto anónimo en que nada, salvo el espejo, se ofrecía para señalarme el tránsito de diecisiete años, quedé inmóvil con ese trozo de papel en la mano. Drieu estaba ahí de nuevo, me parecía. Iba a oír su voz, su respiración, su verdad última. La carta no llevaba fecha. Desde la primera línea me hablaba de su muerte, pero como me habría hablado de un viaje. Con su ventana abierta de par en par estaba mirando París antes de irse. Así el nombre de esa querida ciudad volvía de nuevo, nos acompañaba en la despedida. La política, me decía, nada. Entre política y nada había puesto el signo que en aritmética significa igual. Me decía que nunca había odiado a los judíos. Y por uno de esos vuelcos bruscos que formaban parte de su carácter y que lo lanzaban de un extremo a otro, decía que en suma deseaba el triunfo de sus enemigos, circunstancialmente los comunistas. Pero esas agitaciones de superficie no parecían ya conmoverlo. Su último gozo (repetía: joie, joie) era haber descubierto la filosofía hindú y haberse sumergido en ella. Todo esto ocupaba una sola página.
Al llegar a París supe por André Malraux y Jean Paulhan que Drieu no había cometido la clase de traiciones de que lo acusaban los exilados franceses de Nueva York. Que en su triste y terrible error se había conducido como sus verdaderos amigos sabían que era capaz de conducirse: al margen de ciertas bajezas y de ciertas ignominias que sus enemigos le atribuían con fruición. Los testimonios de Malraux y de Paulhan, que habían querido a Drieu a pesar de lo que Drieu trataba de hacer de sí mismo, me dieron la razón. Sé que esta comprensión en Malraux y en Paulhan no debía de ser fácil, empeñados como habían estado en una lucha a muerte contra el monstruo con el cual Drieu se empeñaba en fraternizar. Oyéndolos hablar de Drieu comprendí cómo esos dos escritores eran capaces de vivir y de actuar por encima de los rencores y de los odios de partido. (Malraux en el maquis, Paulhan en París habían luchado sin tregua durante la ocupación.) La admiración que me inspiran por eso es ahora no sólo intelectual, estética, sino moral, espiritual.
El amor de Drieu por París y las reflexiones que este amor le sugiere explican muchas cosas. Escribe en Le jeune Européen: “Había elegido París para pasar el tiempo de mi pereza. París es el fin de todo, es el fin del mundo. En la Plaza de la Concordia sentimos que una civilización en la plena belleza de su madurez es el fruto de la tierra más alimenticio para el alma del hombre, y estamos tan completamente ocupados por esa sensación exquisita que toda la decadencia de este tiempo se hace insoportable. La belleza conocida hasta ahora por los hombres no es más que un recuerdo sin salida. En todos lados signos mal borrados nos hacen presente, en un silencio demasiado punzante, que todo este encanto se acumula sobre una vieja que lleva la onda de la juventud hecha trizas en mil arrugas, cada una de las cuales es una gran derrota que todo lo corrompe hasta el fondo del corazón. Llamo belleza cierto enderezamiento de todas las fuerzas del hombre que los coleccionistas de fragmentos usados no pueden concebir...
Esta Venecia única de las cinco de la tarde [se refiere a París], bajo la lluvia, es el último punto del mundo en que aún se vive según el viejo sentido divino de la creación. En ella se hacen todavía algunos cuadros y algunos vestidos. También por eso este punto es el de la peor podredumbre, de la peor senilidad, del peor estancamiento, de la peor soledad, pues, extraviada por una nostalgia demasiado sutil, engañada por esos últimos movimientos de un arte condenado, aquí se doblega y se vence la única energía de que pueda nutrirse nuestra época: una energía de destrucción.
Destrucción: eres una diosa que me tientas y cuyo rostro no alcanzo a ver.
En el fondo, Drieu, no pudiendo o no queriendo deleitarse en otra belleza que la que París representa, que la que encuentra en París su símbolo más acabado, prefería la destrucción inmediata, que todo lo reduce a cero, al desgaste lento y mortal de las formas que adoraba. No daba su consentimiento a la condición humana, al destino humano, y buscaba refugio en lo inhumano o, más bien, en una no aceptación pueril y desgarradora de las fatalidades que el hombre no inventa pero soporta. Pues

Nos destins ténébreux vont sous des lois inmenses
Que rien ne déconcerte et que rien n’attendrit...

Antes la muerte que las arrugas de la vejez sobre un rostro o sobre una ciudad. Antes la destrucción inmediata que el desgaste lento. Drieu sufría demasiado al pensar que Francia, Inglaterra compartirían algún día la suerte de Elam, Nínive, Babilonia y llegarían a ser, como lo anunciaba Valéry, hermosos nombres vagos para los habitantes del planeta. También las civilizaciones son mortales. Drieu parecía reconocer y negar al mismo tiempo ese algo eternamente actual e ininterrumpido en el corazón mismo de la belleza y que une la antigua con la moderna, así como cada primavera une el tierno esplendor de sus brotes con los de las primaveras pasadas. El punto de junción se le escapaba, o no quería verlo. Pocos seres conservan en las épocas de transición como la que vivimos una feliz naturalidad de movimientos. Los unos se ponen tiesos, los otros fingen, éstos se empacan, aquéllos declaman. Drieu, él mismo lo reconoció, afectaba una tiesura nada de acuerdo con su carácter, y entonces —explicaba— “mis peores defectos aprovechaban mi falta de soltura para echárseme encima.”
¡Por qué no está él aquí presente para decirme en tono burlón, como de costumbre: “Reconozco en tu análisis de mi persona tu moral de institutriz inglesa”!
Yo no había tenido como él la suerte de nacer y de vivir mi vida entera en la más bella capital del mundo. Circunstancias de esta índole, si bien nos restan ventajas enormes, pueden enseñarnos varias cosas. Por ejemplo, que es posible enternecerse ante ciertas fealdades y que todos los enternecimientos no son de orden exclusivamente estético. Tal aprendizaje nos da, también, una capacidad para ver la belleza de París sin por eso negar la de Nueva York, capacidad bastante poco frecuente entre los europeos. Haber nacido en el Nuevo Continente y en esta punta del Nuevo Continente (así como en la punta opuesta) significa carecer de los esplendores del pasado, presente en palacios, templos y catedrales. Pero nuestra desprejuiciada indigencia puede ser fecunda si alcanzamos gracias a ella una visión más amplia del mundo. Y si esta visión no pierde en agudeza lo que gana en amplitud. Ya explicó Keyserling, en uno de sus mejores ensayos, cómo de una insuficiencia puede surgir una riqueza.
Ejemplo típico de esta tendencia del europeo a encastillarse es la respuesta de un joven escritor francés a quien tratábamos de convencer de que aceptara un puesto fuera de París (pues su mala salud reclamaba otro clima). No quería ni oír hablar de América, continente que despreciaba. Váyase entonces a Egipto, le decíamos. Allí encontrará esfinges, pirámides, tumbas, todo lo que se necesita para ser feliz. Él contestaba, muy en serio: “Cómo voy a irme de aquí si todavía no conozco bien Versalles(1).
Drieu, que había escrito: “Le français se refuse à la géographie...” no llegaba a eso, ni mucho menos. Tenía grandes curiosidades de viajero. Pero Drieu era Europa. La vieja, querida y maravillosa Europa que considera con ojos distraídos, desconfiados o reprobadores todo lo que no es ella, aunque de sus entrañas haya salido. América no trae nada nuevo al mundo, insistía Drieu. Está tan podrida como nosotros. Muchas razones tendríamos para creerlo, le decía yo; pero basta una para no creerlo del todo: somos americanos. Lo que sólo ha comenzado a existir no puede ya estar en su fin. Las cosas tienen su tiempo; su comienzo, su plenitud, su decadencia. Un poco de paciencia.
Pero ¿cómo tener paciencia si no vemos en el tartamudeo de los pueblos jóvenes sino barbarie, y en el cansancio de los viejos sino decrepitud, y en todas partes fealdad de un lado y descomposición del otro? ¿Si sólo nos complacemos en una desesperación absoluta, no teniendo a nuestro alcance otra forma de este ídolo: lo absoluto?
Drieu no podía tener paciencia. Iba hacia la muerte a grandes trancos por el más arduo y el más demente de los caminos. Y nadie sabía mejor que él que su naturaleza y sus preferencias no concordaban con las doctrinas fascistas. Indirectamente, lo ha confesado a menudo. Lo ha confesado al escribir: ‘‘Pero cuando nos hemos paseado durante nuestra juventud en París, con las manos desnudas, nos queda entre los dedos una sutil arenilla de gracia que hace que no podamos cerrarlos como un puño bárbaro”. Drieu no habrá aprendido nunca a cerrar sus dedos como un puño bárbaro, aun después de haberse mezclado con la multitud de los que no aflojaron los suyos. Sus manos habrán quedado siempre abiertas blandamente como las del Gilles de Watteau que tanto le gustaba; abiertas y prontas a dejar escurrir, sin tratar de retenerla, la arena preciosa y huidiza de la vida. De su vida.

Conferencia pronunciada en la Sociedad Argentina de Escritores el 16 de septiembre de 1949.
Revista Sur, octubre de 1949, año XVII.

(1) Cierto es que existe también entre nosotros, americanos, por ignorancia desde luego, sentimientos despreciativos similares frente a Europa. Uno de nuestros pasados presidentes declaró al visitar por primera vez ese mismo Versalles que era un potrero. Por poco cuidado que estuviera el parque en ese momento, la comparación no deja de ser sorprendente.