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viernes, 5 de diciembre de 2025

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Segunda parte

LOS POETAS FELICES

Fuerza, prestigio; la gran flota y esos buques mercantes que surcan todos los mares; el Banco de Francia; la Constitución; un poder industrial y comercial sólidamente establecido; riqueza, lujo sereno, orden, dignidad, moralidad, decencia, religión; la certeza de que el cielo justo sabe discernir los méritos de una nación y recompensar sus virtudes; una satisfacción de sí misma que sigue siendo discreta, pero es inquebrantable: así es la Inglaterra de la sapientísima y gloriosísima reina Victoria.

Para los escritores, ya no se trataba de ser desenfrenados, incrédulos, anárquicos: habían entrado en razón. El gran poeta era Tennyson: ¿hubo alguna vez una vida más feliz? Evoquémoslo en su ambiente de la isla de Wight: al fondo, un castillo que domina el mar; bosques; un gran parque, caballos, galgos; en primer plano, el poeta que se pasea por la orilla, pidiéndoles a las tranquilas olas que le revelen el secreto de sus armonías. En él, todo es nobleza y serenidad. Domina la naturaleza, que no es ni la fuerza inmensa que escapa a nuestro control y permanece indiferente a nuestras desdichas, ni el ser universal en el que el individuo quiere disolverse. El amor, que a veces hace sufrir, no tiene sin embargo derecho a convertirse en la pasión salvaje que se rebela contra las leyes de la sociedad. Enoch Arden, al regresar a su casa tras una ausencia tan larga que se lo creyó muerto, y al encontrar a su esposa Annie casada con su antiguo rival, comprenderá lo que debe hacer: aceptar, callar, desaparecer; tan sólo después de su muerte, Annie sabrá que él siempre la amó. Así, todos los temas líricos se tratan con belleza y grandeza. La historia, si se entiende bien, es el símbolo de la lucha entre el vicio y la virtud, y la virtud siempre acaba imponiéndose. La muerte no tiene nada de horrendo: el justo se duerme en paz en los brazos del Señor.

Era hermoso y serio, digno y piadoso. Pero lo más admirable en su caso es su perfecta armonía, su armonía ideal, con su época, su entorno, su país: su noble país, tan hermoso, tan grande y, sin comparación posible, el primero de todos. Su celebridad no proviene de ninguna novedad audaz, sino más bien de la excelencia de su conformismo, adornado con la dulzura virgiliana de sus versos. Si les canta a los héroes de su patria, Nelson, Wellington, no es para obedecer a ningún pedido, sino al impulso espontáneo de su alma; se diría que nació poeta laureado. Profesa por la reina una admiración matizada de respeto y ternura; él le escribe, ella le responde: ella es la nación, él es el ornamento de la nación. Se lo colma de honores oficiales; cuando muere, “la reina llora con profundo dolor a su noble poeta laureado”; el pueblo acude en masa a su funeral y desfila ante su tumba, en Westminster. Ningún poeta, escribió Wyzeva, podría esperar un destino semejante, jamás.

Tal destino no lo tuvo Elizabeth Barrett, su contemporánea; pero no sé si no obtuvo de los dioses un favor más precioso. Las imaginaciones de los adolescentes, que creen que la vida de los poetas es completamente romántica y completamente hermosa, un sueño de un día de primavera, quedan en su caso superadas. Yacía en su chaise longue, en su cama; tan enfermiza y frágil que no podía salir, que se escondía del viento, del aire, del sol; ya ni siquiera veía la luz del día. No es que se hubiera rendido por completo; tenía la mente lúcida y el alma ardiente; escribía versos. Pero todos los días creía que iba a morir. Entonces, un poeta, Robert Browning, al regresar de un viaje y hojear los libros que lo esperaban en su casa, encuentra su nombre en una recopilación que le ha enviado Elizabeth Barrett. Él le escribe para darle las gracias; ella le responde; él la visita; se enamoran. Se casan en secreto; y luego Robert Browning rapta a Elizabeth Barrett.

Todo el mundo conoce esta novela, que incluso se ha popularizado gracias al cine: la tiranía de un padre demasiado obstinado; la primera salida de la joven y su éxtasis al volver a ver los árboles y el cielo; la boda furtiva; la partida hacia Italia. Pero pensemos en este otro milagro: la vida perdonó a Elizabeth esa provocación; esa felicidad no se destruyó apenas se saboreó; ni la enfermedad, ni la maternidad, ni la convivencia cotidiana, ni los celos profesionales, ni las rivalidades de la vanidad, ni la gloria lograron disminuir ese gran amor. Se siente un temor retrospectivo al leer las admirables elevaciones que ella dio en 1847 bajo el título de Sonetos portugueses: ¿es posible que semejante bienaventuranza sea duradera? Imprudente es la mujer que se atreve a despertar así los poderes celosos que les prohíben a los mortales ser felices. Ella expresa la sorpresa que sintió cuando un ser misterioso apareció en su vida como un conquistador: creía que era la muerte, y era el amor. Expresa su dicha, su gratitud: su corazón, cargado de pena, se aligeró; yacía en el lecho del dolor, se levantó: ¿cómo podría darle las gracias a quien la ha transfigurado con la felicidad? Débiles serían sus ofrendas —sus versos, su vida, su alma— si no pudiera ofrecerle la llama que él mismo encendió. Ahora están unidos, él y ella; ni el océano ni las montañas lograrían separarlos: “nuestras manos sabrían como encontrarse en el infinito”...

Así, ella pudo elevarse hasta lo sublime, sin que nada obstaculizara su vuelo; sus días carecieron de nubes y sus años de invierno; conservó el privilegio de un amor que nada alteró y que siguió siendo lo que había sido el primer día, tan confiado, tan intenso y tan puro.

En cuanto a él, si alguna vez ese gran aficionado a las almas se sorprendía al discernir en Elizabeth un corazón tan profundamente abnegado y un espíritu tan libre y tan diferente al suyo; si se irritaba al verla preguntarles a las sombras lo que los vivos no pueden saber; si sentía que su propio carácter era más brusco y menos tierno; si a veces pensaba en la muerte, que no llama al mismo tiempo a los que se aman, se tranquilizaba rápidamente, porque llevaba en sí mismo una convicción capaz de apaciguar todas las inquietudes y calmar todas las penas. No dudaba ni por un instante de que la vida que llevamos en esta tierra no es más que un ensayo; las almas acceden a una vida superior que completa su sueño. Todo lo que, por improbable que fuera, le faltara para alcanzar la perfección de su felicidad, lo obtendría en ese segundo nacimiento. Y en base a eso ya no temía nada, ni siquiera a la muerte. “Siempre he sido un luchador. ¡Una lucha más, la mejor y la última! Odiaría una muerte que me vendara los ojos, que me tratara con contemplaciones, que me pidiera que pasara arrastrándome. No, yo quiero saborearla por entero, comportarme como mis pares, los héroes de antaño, soportar el golpe y, en un minuto, pagar las deudas atrasadas que mi vida feliz tiene en dolor, tinieblas y frío. Porque, de repente, lo peor se convierte en lo mejor para el valiente; el minuto negro ha terminado, y la furia de los elementos, las voces delirantes de los demonios va a debilitarse, a fundirse, a cambiar, primero se transformarán en paz sin sufrimiento, luego en luz, luego  en tu seno, oh alma de mi alma. ¡Te abrazaré de nuevo! El resto queda en manos de Dios”.

Baudelaire no conocía la felicidad; no conocía nada que no tuviera alguna mancha de confusión y de impureza. Entre su vida y la de esos señores de las letras no había ninguna medida en común, ningún punto de comparación. Era pobre y no siempre conseguía colocar sus escritos; el dinero que había tenido en otro tiempo lo había gastado tan rápidamente que le parecía no haberlo tenido nunca. Estaba enfermo y se sentía derrotado. El amor no era para él más que una búsqueda ansiosa, siempre frustrada; su compañera habitual era Jeanne Duval, la mulata que había conocido por casualidad, la mujer perdida. Un poeta maldito: era un poeta maldito, nada más. Los castillos y los parques, los palacios a orillas del Arno, las cabalgatas por las suaves colinas toscanas, los honores, la gloria: ¡qué ironía! Sus nervios exasperados lo convertían todo en sufrimiento, incluso la alegría de escribir. Ignoraba las efusiones del corazón, los impulsos y esos momentos magníficos en los que el poeta solo tiene que dejar que su pluma sea guiada por su demonio interior. Por el contrario, se esforzaba, corregía, retocaba, para conseguir darles a sus versos la calidad única que Théophile Gautier reconocía en ellos: punzantes como las nieblas de Inglaterra y sólidos como el mármol. La facilidad verbosa de Aurora Leigh, que apareció el mismo año que Las flores del mal, en 1857, la oscuridad en la que se complacía Robert Browning, semidiós fulgurante entre las nubes, le habrían parecido crímenes contra el arte y contra el espíritu. Su pueblo, amigo del sentido común y la razón, no lo entendía; los tribunales franceses lo habían condenado. Cuando se marchó a Bélgica para reunir lo necesario para ganarse la vida, no hizo más que sentir más cruelmente su miseria; y ya no figuraba entre los vivos. ¿Cómo podría, al fin y al cabo, refugiarse en la fe? ¿Era cristiano? Para serlo, no basta con el sentimiento del pecado —pesada carga—, las aspiraciones, las nostalgias, el deseo de lo infinito. También es preciso adoptar una regla de vida, una moral; abandonar el mundo de la carne. Para encontrar el puerto tranquilo donde ya no llegan los vientos malignos, también es preciso, en primer lugar, quererlo y después merecerlo.

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937

(continuará)

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán


LES POÈTES HEUREUX

DE la force, du prestige; la grande flotte, et ces vaisseaux marchands qui sillonnent toutes les mers; la Banque; la Constitution; une puissance industrielle et commerciale solidement établie; de la richesse, du luxe paisible, de l’ordre, de la dignité, de la moralité, de la décence, de la religion; la certitude que le juste ciel sait discerner les mérites d’une nation et récompenser ses vertus; un contentement de soi qui reste discret, mais inébranlable: c’est l’Angleterre de la très sage et très glorieuse reine Victoria.

Il ne s’agissait plus, pour les gens de lettres, d’être débridés, incroyants, anarchiques: ils s’étaient mis à la raison. Le grand poète était Tennyson: fut-il jamais plus heureuse vie? Évoquons-le dans son décor de l’île de Wight: au fond, un château qui domine la mer; des bois; un grand parc, des chevaux, des lévriers; au premier plan, le poète qui se promène sur la grève, en demandant aux flots paisibles de lui dire le secret de leurs harmonies. En lui, tout est noblesse et sérénité. Il domine la nature, qui n’est ni la force immense qui échappe à nos prises et reste indifférente à nos malheurs, ni l’être universel dans lequel l’individu veut se dissoudre. L’amour, qui fait quelquefois souffrir, n’a pourtant pas le droit de devenir la passion sauvage qui se rebelle aux lois de la société. Enoch Arden, revenant au logis après une absence si longue qu’on l’a cru mort, et retrouvant sa femme Annie mariée à son ancien rival, comprendra ce qu’il convient de faire: accepter, se taire, disparaître; après sa mort seulement, Annie saura qu’il l’a toujours aimée. Ainsi tous les thèmes lyriques se traitent en beauté, en grandeur. L’histoire, à la bien comprendre, est le symbole de la lutte entre le vice et la vertu, la vertu finissant toujours par l’emporter. La mort n’a rien d’affreux: le juste s’endort en paix dans les bras du Seigneur.

Il était beau et grave, il était digne et pieux. Mais le plus admirable dans son cas est son accord parfait, son accord idéal, avec son temps, son milieu, son pays: son noble pays, si beau, si grand, et sans comparaison possible le premier de tous. Sa célébrité ne vient pas de quelque nouveauté audacieuse, mais bien plutôt de l’excellence de son conformisme, paré de la douceur virgilienne de ses vers. S’il chante les héros de sa patrie, Nelson, Wellington, ce n’est pas pour obéir à quelque commande, mais à l’élan spontané de son âme; on dirait qu’il est né poète lauréat. Il professe pour la reine une admiration nuancée de respect et de tendresse; il lui écrit, elle lui répond: elle est la nation, il est la parure de la nation. On le charge d’honneurs officiels; quand il meurt, «la reine pleure avec une profonde douleur son noble poète lauréat»; le peuple se presse à son service funèbre, et défile devant sa tombe, à Westminster. Aucun poète, a écrit Wyzeva, ne saurait espérer pareille fortune, jamais.

Pareille fortune, Elizabeth Barrett, sa contemporaine, ne l’a pas eue; mais je ne sais si elle n’a pas obtenu des dieux une plus précieuse faveur. Les imaginations des adolescents, qui croient que la vie des poètes est toute romanesque et toute belle, songe d’un jour de printemps, sont ici dépassées. Elle gisait sur sa chaise longue, sur son lit; si maladive et si frêle, qu’elle ne pouvait sortir, qu’elle se dérobait au vent, à l’air, au soleil; elle ne voyait même plus la lumière du jour. Ce n’est pas qu’elle s’abandonnât tout à fait; elle avait l’esprit lucide et l’âme ardente; elle écrivait des vers. Mais tous les jours elle croyait mourir. Or, un poète, Robert Browning, rentrant de voyage et feuilletant les livres qui l’attendaient au logis, trouve son nom dans un recueil que lui a envoyé Elizabeth Barrett. Il lui écrit pour la remercier; elle lui répond: il lui rend visite; ils s’aiment. Secrètement ils se marient; et puis Robert Browning enlève Elizabeth Barrett.

Ce roman-là, tout le monde le connaît et le cinéma même l’a rendu populaire: la tyrannie d’un père trop obstiné; la première sortie de la jeune fille, et son ravissement de revoir les arbres et le ciel; le mariage furtif; le départ pour l’Italie. Mais songez à cet autre miracle: la vie a pardonné à Elizabeth cette provocation; ce bonheur n’a pas été détruit à peine goûté; ni la maladie, ni la maternité, ni le contact quotidien, ni les jalousies de métier, ni les concurrences de vanité, ni la gloire, n’ont réussi à amoindrir ce grand amour. On éprouve une crainte rétrospective, en lisant les admirables élévations qu’elle donna en 1847 sous le titre de Sonnets du Portugais: est-il possible qu’une telle béatitude soit durable? Imprudente, la femme qui ose réveiller ainsi les puissances jalouses qui défendent aux mortels d’être heureux. Elle exprime la surprise qu’elle éprouva, lorsqu’un être mystérieux apparut dans son existence en conquérant: elle croyait que c’était la mort, et c’était l'amour. Elle dit sa joie, sa reconnaissance: son cœur, lourd de chagrin, s’est allégé; elle gisait, elle s’est relevée: comment pourrait-elle rendre grâces à celui qui l’a transfigurée par le bonheur? Faibles seraient ses dons, —ses vers, sa vie, son âme, —si elle ne pouvait lui offrir la flamme qu’il a lui-même allumée. Maintenant ils sont unis, lui et elle; ni l’océan, ni les montagnes ne réussiraient à les séparer: «nos mains dans l’infini sauraient se rencontrer»…

Or, elle put s’élever ainsi jusqu’au sublime, sans que son vol fût entravé; ses jours furent sans nuages, et ses années sans hiver; elle garda le privilège d’un amour que rien ne vint altérer, et qui resta ce qu’il avait été au premier jour, aussi confiant, aussi intense, et aussi pur.

Pour lui, s’il arrivait que ce grand amateur d’âmes s’étonnât quelquefois de distinguer chez Elizabeth un cœur si profondément dévoué, et un esprit si libre et si différent du sien; s'il s’irritait de la voir demander aux ombres ce que les vivants ne peuvent savoir; s’il se sentait de caractère plus brusque et moins attendri; s’il songeait quelquefois à la mort, qui n’appelle pas au même moment ceux qui s’aiment, il se rassurait vite; car il portait en lui une conviction capable d’apaiser toutes les inquiétudes et de calmer tous les chagrins. La vie que nous menons sur cette terre, il n’en doutait pas un seul instant, n’est qu’un essai; les âmes accèdent à une vie supérieure qui complète leur rêve. Tout ce qui, par impossible, manquerait à la perfection de son bonheur, il l’obtiendrait lors de cette seconde naissance. Et dès lors il ne craignait plus rien, pas même la mort. «J’ai toujours été un lutteur. Une lutte de plus, la meilleure et la dernière! Je haïrais une mort qui me banderait les yeux, qui m’épargnerait, qui me demanderait de passer en rampant. Non, je veux la goûter tout entière, me comporter comme mes pairs, les héros de jadis, supporter le choc, et en une minute payer ce que doit ma vie heureuse en arrérages de douleur, de ténèbres et de froid. Car tout d’un coup, le pire devient le meilleur pour le brave; la minute noire est terminée, et la rage des éléments, les voix délirantes des démons vont s’affaiblir, se fondre, changer, devenir d’abord la paix exempte de souffrance, puis une lumière, puis ton sein, ô âme de mon âme. Je t’étreindrai de nouveau! Le reste, à la garde de Dieu.»

Le bonheur, Baudelaire ne le connaissait pas; il ne connaissait rien qui ne fût entaché de trouble et d’impureté. Entre sa vie, et celle de ces seigneurs des lettres, il n’y avait aucune mesure, aucun point de comparaison. Il était pauvre, et ne parvenait pas toujours à placer sa copie; l’argent qu’il avait eu jadis, il l’avait gaspillé si vite qu’il lui semblait n’en avoir jamais eu. Il était malade et déchu. L’amour n’était pour lui qu’une recherche anxieuse, toujours trompée; sa compagne familière était Jeanne Duval, la mulâtresse rencontrée d’aventure, la femme perdue. Un poète maudit: il était un poète maudit, rien d’autre. Les châteaux et les parcs, les palais aux bords de l’Arno, les chevauchées au milieu des douces collines toscanes, les honneurs, la gloire: quelle ironie! Ses nerfs exaspérés transformaient tout en souffrance, même la joie d’écrire. Il ignorait les effusions du cœur, les élans, et ces moments magnifiques où le poète n’a plus qu’à laisser conduire sa plume par son démon intérieur. Au contraire, il peinait, corrigeait, retouchait, pour arriver à donner à ses vers la qualité unique que Théophile Gautier reconnaissait en eux: pénétrants comme les brouillards d’Angleterre et solides comme du marbre. La facilité verbeuse d’Aurora Leigh, qui paraît la même année que les Fleurs du mal, en 1857; l’obscurité où se complaisait Robert Browning, demi-dieu fulgurant parmi les nuages, lui auraient paru des crimes contre l’art et contre l’esprit. Son peuple, ami du bon sens et de la raison, ne le comprenait pas; les tribunaux français l’avaient condamné. Lorsqu’il était parti pour la Belgique, afin d’y récolter de quoi vivre, il n’avait fait que sentir plus cruellement sa misère; et déjà il n'était plus au nombre des vivants. Comment eût-il pu, enfin, se réfugier dans la croyance? Etait-il chrétien? Pour l’être, il ne suffit pas du sentiment du péché, lourd fardeau; des aspirations, des nostalgies; du désir de l’infini. Encore faut-il qu’on adopte une règle de vie, une morale; qu’on abandonne le monde de la chair. Encore faut-il, pour trouver le port paisible où n’arrivent plus les vents mauvais, le vouloir d’abord; et ensuite, le mériter.




lunes, 6 de octubre de 2025

Francis Thompson y Carlos A. Sáenz: El lebrel del cielo

THE HOUND OF HEAVEN

 

I fled Him, down the nights and down the days;

   I fled Him, down the arches of the years;

I fled Him, down the labyrinthine ways

   Of my own mind; and in the mist of tears

I hid from Him, and under running laughter.

               Up vistaed hopes, I sped;

               And shot, precipitated

Adown Titanic glooms of chasmed fears,

   From those strong Feet that followed, followed after.

               But with unhurrying chase,

               And unperturbéd pace,

      Deliberate speed, majestic instancy,

               They beat—and a Voice beat

               More instant than the Feet—

      “All things betray thee, who betrayest Me.”

 

               I pleaded, outlaw-wise,

By many a hearted casement, curtained red,

   Trellised with intertwining charities;

(For, though I knew His love Who followéd,

          Yet was I sore adread

Lest, having Him, I must have naught beside)

But, if one little casement parted wide,

   The gust of His approach would clash it to

   Fear wist not to evade, as Love wist to pursue.

Across the margent of the world I fled,

   And troubled the gold gateways of the stars,

   Smiting for shelter on their changèd bars;

               Fretted to dulcet jars

And silvern chatter the pale ports o’ the moon.

I said to dawn: Be sudden—to eve: Be soon;

   With thy young skiey blossoms heap me over

               From this tremendous Lover!

Float thy vague veil about me, lest He see!

   I tempted all His servitors, but to find

My own betrayal in their constancy,

In faith to Him their fickleness to me,

   Their traitorous trueness, and their loyal deceit.

To all swift things for swiftness did I sue;

   Clung to the whistling mane of every wind.

         But whether they swept, smoothly fleet,

      The long savannahs of the blue;

               Or whether, Thunder-driven,

         They clanged his chariot ’thwart a heaven,

Plashy with flying lightnings round the spurn o’ their feet:—

   Fear wist not to evade as Love wist to pursue.

         Still with unhurrying chase,

         And unperturbèd pace,

   Deliberate speed, majestic instancy,

            Came on the following Feet,

            And a Voice above their beat—

      “Naught shelters thee, who wilt not shelter Me.”

 

I sought no more that, after which I strayed,

      In face of man or maid;

But still within the little children’s eyes

      Seems something, something that replies,

They at least are for me, surely for me!

I turned me to them very wistfully;

But just as their young eyes grew sudden fair

      With dawning answers there,

Their angel plucked them from me by the hair.

“Come then, ye other children, Nature’s—share

With me” (said I) “your delicate fellowship;

      Let me greet you lip to lip,

      Let me twine with you caresses,

            Wantoning

      With our Lady-Mother’s vagrant tresses,

            Banqueting

      With her in her wind-walled palace,

      Underneath her azured daïs,

      Quaffing, as your taintless way is,

            From a chalice

Lucent-weeping out of the dayspring.”

            So it was done:

I in their delicate fellowship was one—

Drew the bolt of Nature’s secrecies.

      I knew all the swift importings

      On the wilful face of skies;

      knew how the clouds arise

      Spumèd of the wild sea-snortings;

            All that’s born or dies

      Rose and drooped with—made them shapers

Of mine own moods, or wailful or divine—

      With them joyed and was bereaven.

      I was heavy with the even,

      When she lit her glimmering tapers

      Round the day’s dead sanctities.

      I laughed in the morning’s eyes.

I triumphed and I saddened with all weather,

      Heaven and I wept together,

And its sweet tears were salt with mortal mine;

Against the red throb of its sunset-heart

            I laid my own to beat,

            And share commingling heat;

But not by that, by that, was eased my human smart.

In vain my tears were wet on Heaven’s grey cheek.

For ah! we know not what each other says,

      These things and I; in sound I speak—

Their sound is but their stir, they speak by silences.

Nature, poor stepdame, cannot slake my drouth;

      Let her, if she would owe me,

Drop yon blue bosom-veil of sky, and show me

      The breasts o’ her tenderness:

Never did any milk of hers once bless

               My thirsting mouth.

               Nigh and nigh draws the chase,

               With unperturbèd pace,

      Deliberate speed majestic instancy

               And past those noisèd Feet

               A voice comes yet more fleet—

   “Lo! naught contents thee, who content’st not Me.”

 

Naked I wait Thy love’s uplifted stroke!

My harness piece by piece Thou hast hewn from me,

               And smitten me to my knee;

      I am defenceless utterly,

      I slept, methinks, and woke,

And, slowly gazing, find me stripped in sleep.

In the rash lustihead of my young powers,

      I shook the pillaring hours

And pulled my life upon me; grimed with smears,

I stand amid the dust o’ the mounded years—

My mangled youth lies dead beneath the heap.

My days have crackled and gone up in smoke,

Have puffed and burst as sun-starts on a stream.

      Yea, faileth now even dream

The dreamer, and the lute the lutanist;

Even the linked fantasies, in whose blossomy twist

I swung the earth a trinket at my wrist,

Are yielding; cords of all too weak account

For earth with heavy griefs so overplussed.

      Ah! is Thy love indeed

A weed, albeit an amaranthine weed,

Suffering no flowers except its own to mount?

      Ah! must—

      Designer infinite!—

Ah! must Thou char the wood ere Thou canst limn with it?

My freshness spent its wavering shower I’ the dust;

And now my heart is as a broken fount,

Wherein tear-drippings stagnate, spilt down ever

      From the dank thoughts that shiver

Upon the sighful branches of my mind.

      Such is; what is to be?

The pulp so bitter, how shall taste the rind?

I dimly guess what Time in mists confounds;

Yet ever and anon a trumpet sounds

From the hid battlements of Eternity,

Those shaken mists a space unsettle, then

Round the half-glimpsèd turrets slowly wash again;

      But not ere him who summoneth

      I first have seen, enwound

With grooming robes purpureal, cypress-crowned;

His name I know, and what his trumpet saith.

Whether man’s heart or life it be which yields

      Thee harvest, must Thy harvest fields

      Be dunged with rotten death?

            Now of that long pursuit

            Comes on at hand the bruit;

      That Voice is round me like a bursting sea:

            “And is thy earth so marred,

            Shattered in shard on shard?

      Lo, all things fly thee, for thou fliest Me!

 

      “Strange, piteous, futile thing!

Wherefore should any set thee love apart?

Seeing none but I makes much of naught” (He said),

“And human love needs human meriting:

      How hast thou merited—

Of all man’s clotted clay the dingiest clot?

      Alack, thou knowest not

How little worthy of any love thou art!

Whom wilt thou find to love ignoble thee,

      Save Me, save only Me?

All which I took from thee I did but take,

      Not for thy harms,

But just that thou might’st seek it in My arms.

      All which thy child’s mistake

Fancies as lost, I have stored for thee at home:

      Rise, clasp My hand, and come.”

 

            Halts by me that footfall:

            Is my gloom, after all,

      Shade of His hand, outstretched caressingly?

            “Ah, fondest, blindest, weakest,

            I am He Whom thou seekest!

      Thou dravest love from thee, who dravest Me.”

 

FRANCIS THOMPSON

EL LEBREL DEL CIELO

 

Le huía noche y día

a través de los arcos de los años,

y le huía a porfía

por entre los tortuosos aledaños

de mi alma, y me cubría

con la niebla del llanto

o con la carcajada, como un manto.

 

He escalado esperanzas,

me he hundido en el abismo deleznable,

para huir de los Pasos que me alcanzan:

persecución sin prisa, imperturbable,

inminencia prevista y sin contraste.

Los oigo resonar... y aún más fuerte

una Voz que me advierte:

—“Todo te deja, porque me dejaste”.

 

Golpeaba las ventanas

que ofrecen al proscrito sus encantos

y temblando de espanto

pensaba que el Amor que me persigue,

si al final me consigue,

no dejará brillar más que su llama;

y si alguna ventana se entreabría,

el soplo de su acceso la cerraba.

El miedo no alcanzaba

a huir cuanto el Amor me perseguía.

 

Me evadí de este mundo;

violé la puerta de oro de los cielos,

pidiendo amparo a sus sonoros velos,

y arranqué notas dulces y un profundo

rumor de plata al astro plateado.

Al alba dije “Ven”; “ven”, a la tarde,

“escondedme de aqueste Enamorado

de miedo que me aguarde”.

Tenté a sus servidores,

y sólo hallé traición en su constancia.

Para Él la fe; de mí perseguidores

con falsa rectitud y leal falacia.

 

Pedí volar a todo lo ligero,

asiéndome a las crines del pampero,

y aunque se deslizaba

por la azul lejanía,

y el trueno hacía resonar su carro,

y zapateaba el rayo,

el miedo no alcanzaba

a huir cuanto el Amor me perseguía.

Persecución sin prisa, imperturbable,

majestuosa inminencia. En las veredas

dejan los Pasos que la Voz me hable:

—“Nada te hospedará si no me hospedas”.

 

Ya no busco mi sueño interrogando

un rostro de hombre o de mujer, mas quedan

los ojos de los niños esperando:

hay algo en ellos para mí de veras.

Y cuando mi ansiedad se prometía

el dulce despertar de una respuesta,

los ángeles venían

y los llevaban por la senda opuesta.

“Venid (clamaba), dadme la frescura

de la Naturaleza

que guardan vuestros labios de pureza;

dejadme juguetear en las alturas;

habitar el palacio

azul de vuestra Madre, cuyas trenzas

vagan por el espacio,

y beber como un llanto de ambrosía

el rocío del día”.

 

Y al fin lo conseguí: fui recibido

En su dulce amistad, y abrí el sentido

de los matices de la faz del cielo,

de la nube naciente entre los velos

de la espuma del mar. Nací con ella

para morir con todo lo escondido.

Me conformé a sus huellas.

Supe caer cuando la tarde cae

al encender sus lámparas de duelo,

y reír con la aurora de ojos suaves,

y llorar con la lluvia de los cielos,

y hacer mi corazón del sol gemelo.

 

Pero ¡qué inútilmente!

Imposible entender lo que otro siente.

Las cosas hablan un lenguaje arcano,

incomprensible; es un silencio vano

para mi inteligencia. Aunque pudiera

prenderme de sus pechos como un niño,

seguiría mi sed de otro cariño.

Y noche a noche afuera

oigo los Pasos que me dan alcance

con medida carrera,

deliberado avance,

majestad inminente,

que deja oír la Voz de la otra parte:

—“Nada podrá llegar a contentarte

mientras no me contentes”.

 

Espero el golpe de tu amor, inerme.

Pieza a pieza rompiste mi armadura.

De rodillas estoy, y dudo al verme

despierto y despojado.

La fuerza juvenil de mi locura

sacudió las columnas de las horas,

y mi vida es un templo desplomado;

montón de años, multitud de escombros

el ayer y el ahora.

Los sueños mismos se han evaporado,

y mis días son polvo.

Las fantasías con que ataba el mundo

me abandonan : son cuerdas muy delgadas

para alzar una tierra recargada

por el dolor profundo.

¡ Ay! que tu amor es hierba de dolores

que sólo deja florecer sus flores.

¡Oh imaginero eterno, es suficiente!

Tú quemas el carbón con que dibujas.

Mi juventud es fuga de burbujas;

mi corazón la fuente

quebrada,

donde no queda nada

del llanto de mi mente.

 

¡Sea! mas ¿qué amargura

si la pulpa es amarga, me deparan

las heces? Lo vislumbro en la fisura

del telón de las nubes que rasgara

el sonar de las trompas celestiales.

Aun sin poder reconocer sus reales,

su púrpura, su cetro, su guarida,

le conozco y le entiendo. Se apresura;

quiere mi corazón, quiere mi vida,

quiere mi podredumbre,

quiere mi oscuridad para su lumbre.

 

Ya la persecución está lograda.

Y la Voz como un mar en torno fluye:

—“¿Crees que la tierra gime destrozada?

Todo te huye, porque tú me huyes”.

 

¡Extraña, fútil cosa, miserable!

dime, ¿cómo podrías ser amada?;

¿no he hecho ya demasiado de tu nada

para hacerte sin mérito, aceptable?

Pizca de barro, ¿acaso tú no sabes

cuán poco amor te cabe?

¿Quién hallarás que te ame? Solamente

yo, que cuanto te pido te he quitado,

para que me lo pidas de prestado

y lo dé misericordiosamente.

 

Lo que tú crees perdido está en mi casa

levántate, toma mi mano y pasa.

Los Pasos se han quedado junto al vano.

Acaso ¡oh tú, tiniebla que me ofusca

seas sólo la sombra de Su mano!

—“Oh loco, ciego, enfermo que te abrasas,

pues buscas el amor, a mí me buscas,

y lo rechazas cuando me rechazas”.

Versión de Carlos A. Sáenz


jueves, 28 de agosto de 2025

Dylan Thomas y Elizabeth Azcona Cranwell: Veo a los muchachos del verano

I SEE THE BOYS OF SUMMER

I

 

I see the boys of summer in their ruin

Lay the gold tithings barren,

Setting no store by harvest, freeze the soils;

There in their heat the winter floods

Of frozen loves they fetch their girls,

And drown the cargoed apples in their tides.

 

These boys of light are curdlers in their folly,

Sour the boiling honey;

The jacks of frost they finger in the hives;

There in the sun the frigid threads

Of doubt and dark they feed their nerves;

The signal moon is zero in their voids.

 

I see the summer children in their mothers

Split up the brawned womb’s weathers,

Divide the night and day with fairy thumbs;

There in the deep with quartered shades

Of sun and moon they paint their dams

As sunlight paints the shelling of their heads.

 

I see that from these boys shall men of nothing

Stature by seedy shifting,

Or lame the air with leaping from its hearts;

There from their hearts the dogdayed pulse

Of love and light bursts in their throats.

O see the pulse of summer in the ice.

 

II

 

But seasons must be challenged or they totter

Into a chiming quarter

Where, punctual as death, we ring the stars;

There, in his night, the black-tongued bells

The sleepy man of winter pulls,

Nor blows back moon-and-midnight as she blows.

 

We are the dark deniers, let us summon

Death from a summer woman,

A muscling life from lovers in their cramp,

From the fair dead who flush the sea

The bright-eyed worm on Davy’s lamp,

And from the planted womb the man of straw.

 

We summer boys in this four-winded spinning,

Green of the seaweed’s iron,

Hold up the noisy sea and drop her birds,

Pick the world’s ball of wave and froth

To choke the deserts with her tides,

And comb the county gardens for a wreath.

 

In spring we cross our foreheads with the holly,

Heigh ho the blood and berry,

And nail the merry squires to the trees;

Here love’s damp muscle dries and dies,

Here break a kiss in no love’s quarry.

O see the poles of promise in the boys.

 

III

 

I see the boys of summer in their ruin.

Man in his maggot’s barren.

And boys are full and foreign in the pouch.

I am the man your father was.

We are the sons of flint and pitch.

O see the poles are kissing as they cross.

DYLAN THOMAS

 

VEO A LOS MUCHACHOS DEL VERANO

I

Veo a los muchachos del verano en su ruina

convertir en eriales los dorados rastrojos,

desdeñar las cosechas y congelar los suelos;

y allí, en su ardor, el invernal diluvio

de amores escarchados, persiguen a las niñas,

y echan en sus mareas los sacos de manzanas.

 

Los muchachos de luz en su locura, coagulan lo que tocan,

agrian la miel hirviente;

hurguetean los muñecos de escarcha en las colmenas;

allí en el sol, frígidas hebras

de oscuridad y duda, ellos nutren sus nervios

y el signo de la luna, nada es en sus vacíos.

 

Veo a los muchachos del verano en el vientre materno

rasgar hacia la luz la atmósfera del útero,

dividir noche y día con pulgares de duende;

allí, desde lo hondo, con sombras seccionadas

de sol y luna ellos pintan sus dársenas

mientras les pinta el sol los cascos de la frente.

 

Sé que de estos muchachos han de surgir hombres de nada

hechos por la transformación de las semillas,

o han de lisiar el aire saltando de sus llamas,

desde sus corazones, cuando el pulso candente

del amor y la luz estalle en sus gargantas.

Oh, ved el pulso del verano en el hielo.

 

 

II

Pero las estaciones deben ser desafiadas o se tambalearán

en algún cuarto de hora repicante

donde, como una puntual muerte hacemos tintinear las estrellas;

esa noche en que el invierno soñoliento

les tira de la negra lengua a las campanas

y no se atreven a chistar siquiera

los vientos de la luna y de la medianoche.

 

Somos los oscuros negadores, exorcicemos a la muerte

en la mujer colmada de verano,

arrojemos la vida musculosa de los amantes que se crispan,

y de los muertos limpios que hace fluir el mar

echemos al gusano de ojos brillantes en la linterna de Davy,

y del vientre preñado quitemos el muñeco de paja.

 

Nosotros, muchachos del verano en esta red de cuatro vientos,

verdes por el hierro de las algas,

levantemos al bullicioso mar y arrojemos sus pájaros,

alcemos la bola del mundo llena de olas y espuma

para ahogar los desiertos con sus mareas

y trenzar los jardines del condado.

 

En primavera ornamentamos nuestra frente.

Vivan las bayas y la sangre,

y crucificamos a los alegres señores en los árboles;

Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,

aquí estalla un beso en una cantera sin amor,

Oh ved en los muchachos los polos de la promesa.

 

III

Yo os veo, muchachos del verano, en vuestra ruina.

El hombre en el desierto de su larva.

Y los muchachos son plenos y ajenos en la bolsa.

Soy el hombre que vuestro padre fue.

Somos hijos del pedernal y de la brea.

Oh, ved cómo se besan los polos que se cruzan.

Traducción Elizabeth Azcona Cranwell