CARTA AL CARDENAL FORNARI
Eminentísimo señor:
Antes de someter a la alta penetración
de vuestra eminentísima las breves indicaciones que se sirvió pedirme por su
carta de mayo último, me parece conveniente señalar aquí los limites que yo
mismo me he impuesto en la redacción de estas indicaciones.
Entre los errares contemporáneos
no hay ninguno que no se resuelva en una herejía; y entre las herejías
contemporáneas no hay ninguna que no se resuelva en otra, condenada de antiguo
por la Iglesia. En los errores pasados, la Iglesia ha condenado los errores
presentes y los errores futuros. Idénticos entre sí cuando se les considera
desde el punto de vista de su naturaleza y de su origen, los errores ofrecen,
sin embargo, el espectáculo de una variedad portentosa cuando se les considera
desde el punto de vista de sus aplicaciones. Mi propósito hoy es considerarlos
más bien por el lado de sus aplicaciones que por el de su naturaleza y origen;
más bien por lo que tienen de político y social que por lo que tienen de
puramente religioso; más bien por lo que tienen de vario que por lo que tienen de
idéntico; más bien por lo que tienen de mudable que por lo que tienen de
absoluto.
Dos poderosas consideraciones, de
las cuales la una está tomada de mis circunstancias personales y la otra de la
índole propia del siglo en que vivimos, me han inclinado a echar por este
camino. Por lo que hace a mí, he creído que mi calidad de lego y de hombre
público me imponía la obligación de recusar yo mismo mi propia competencia para
resolver las temerosas cuestiones que versan sobre los puntos de nuestra fe y
sobre las materias del dogma. Por lo que hace al siglo en que estamos no hay
sino mirarle para conocer que lo que le hace tristemente famoso entre todos los
siglos no es precisamente la arrogancia en proclamar teóricamente sus herejías
y sus errores, sino más bien la audacia satánica que pone en la aplicación a la
sociedad presente de las herejías y de los errores en que cayeron los siglos
pasados.
Hubo un tiempo en que la razón
humana, complaciéndose en locas especulaciones, se mostraba satisfecha de sí
cuando había logrado oponer una negación a una afirmación en las esferas
intelectuales; un error a una verdad en las ideas metafísicas; una herejía a un
dogma en las esferas religiosas. Hoy día esa misma razón no queda satisfecha si
no desciende a las esferas políticas y sociales para conturbarlo todo, haciendo
salir, como por encanto, de cada error un conflicto, de cada herejía una
revolución, y una catástrofe gigantesca de cada una de sus soberbias
negaciones.
El árbol del error parece llegado
hoy a su madurez providencial; plantado por la primera generación de audaces
heresiarcas, regado después por otras y otras generaciones, se vistió de hojas
en tiempos de nuestros abuelos, de flores en tiempos de nuestros padres, y hoy
está, delante de nosotros y al alcance de nuestra mano, cargado de frutos. Sus
frutos deben ser malditos con una maldición especial, como lo fueron en los
tiempos antiguos las flores con que se perfumó, las hojas que le cubrieron, el
tronco que las sostuvo y los hombres que le plantaron.
No quiero decir con esto que lo
que ha sido condenado una vez no deba serlo nuevamente; quiero decir tan sólo
que una condenación especial, análoga a la especial transformación
por la que van pasando a nuestra vista los antiguos errores en el siglo
presente, me parece de todo punto necesaria; y que en todo caso este punto de
vista de la cuestión es el único para el que reconozco en mí cierto género de
competencia.
Descartadas así las cuestiones
puramente teológicas, he puesto mi atención en aquellas otras que, siendo
teológicas en su origen y en su esencia, han venido a convertirse, sin embargo,
en virtud de transformaciones lentas y sucesivas, en cuestiones políticas y
sociales. Aun entre estas mismas me he visto en la necesidad de descartar, por
sobra de ocupaciones y falta de tiempo, las que me han parecido de menos grave
trascendencia, si bien he creído de mi deber tocar algunos puntos sobre los que
no he sido consultado.
Por los mismos motivos de
ocupaciones y de premura, me he visto en la imposibilidad de volver a leer los
libros de los heresiarcas modernos para señalar en ellos las proposiciones que
deben ser combatidas o condenadas. Meditando atentamente, sin embargo, sobre
este particular he llegado a convencerme de que en los tiempos pasados era esto
más necesario que en los presentes, habiendo entre ellos, si bien se mira, esta
diferencia notable: que en los pasados, de tal manera estaban en los libros los
errores que, no buscándolos en los libros, no podían encontrarse en parte
ninguna; mientras que en los tiempos que alcanzamos, el error está en ellos y
fuera de ellos, porque está en ellos y en todas partes: está en los libros, en
las instituciones, en las le yes, en los periódicos, en los discursos, en las
conversaciones, en las aulas, en los clubs, en el hogar, en el foro, en lo que
se dice y en lo que se calla. Apremiado por el tiempo he preguntado a lo que
está más cerca de mí, y me ha respondido la atmósfera.
Los errores contemporáneos son
infinitos; pero todos ellos, si bien se mira, tienen su origen y van a morir en
dos negaciones supremas: una, relativa a Dios, y otra, relativa al hombre. La
sociedad niega de Dios que tenga cuidado de sus criaturas, y del hombre que sea
concebido en pecado. Su orgullo ha dicho al hombre de estos tiempos dos cosas,
y ambas se las ha creído: que no tiene lunar y que no necesita de Dios; que es
fuerte y que es hermoso; por eso le vemos engreído con su poder y enamorado de
su hermosura.
Supuesta la negación del pecado,
se niegan, entre otras muchas, las cosas siguientes: que la vida temporal sea
una vida de expiación y que el mundo en que se pasa esta vida deba ser un valle
de lágrimas; que la luz de la razón sea flaca y vacilante; que la voluntad del
hombre esté enferma; que el placer nos haya sido dado en calidad de tentación
para que nos libremos de su atractivo; que el dolor sea un bien aceptado por un
motivo sobrenatural, con una aceptación voluntaria; que el tiempo nos haya sido
dado para nuestra santificación; que el hombre necesite ser santificado.
Supuestas estas negaciones, se
afirman, entre otras muchas, las cosas siguientes: que la vida temporal nos ha
sido dada para elevarnos por nuestros propios esfuerzos y por medio de un
progreso indefinido a las más altas perfecciones; que el lugar en que esta vida
se pasa puede y debe ser radicalmente transformado por el hombre; que siendo
sana la razón del hombre no hay verdad ninguna a que no pueda alcanzar; y que
no es verdad aquélla a que su razón no alcanza; que no hay otro mal sino aquél
que la razón entiende que es el mal, ni otro pecado que aquél que la razón nos
dice que es pecado; es decir, que no hay otro mal ni otro pecado sino el mal y
el pecado filosófico; que siendo recta de suyo, no necesita ser rectificada la
voluntad del hombre; que debemos huir el dolor y buscar el placer; que el
tiempo nos ha sido dado para gozar del tiempo, y que el hombre es bueno y sano
de suyo.
Estas negaciones y estas
afirmaciones con respecto al hombre conducen a otras negaciones y a otras
afirmaciones análogas con respecto a Dios. En la suposición de que el hombre no
ha caído, procede negar, y se niega, que el hombre haya sido restaurado. En la
suposición de que el hombre no haya sido restaurado, procede negar, y se niega,
el misterio de la Redención y el de la Encarnación, el dogma de la personalidad
exterior del Verbo y el Verbo mismo. Supuesta la integridad natural de la
voluntad humana, por una parte, y no reconociendo, por otra, la existencia de
otro mal y de otro pecado sino del mal y del pecado filosófico, procede negar,
y se niega, la acción santificadora de Dios sobre el hombre, y con ella el
dogma de la personalidad del Espíritu Santo. De todas estas negaciones resulta
la negación del dogma soberano de la Santísima Trinidad, piedra angular de
nuestra fe y fundamento de todos los dogmas católicos.
De aquí nace y aquí tiene su
origen un vasto sistema de naturalismo, que es la contradicción radical,
universal, absoluta de todas nuestras creencias. Los católicos creemos y
profesamos que el hombre pecador está perpetuamente necesitado de socorro y que
Dios le otorga ese socorro perpetuamente por medio de una asistencia
sobrenatural, obra maravillosa de su infinito amor y de su misericordia
infinita. Para nosotros, lo sobrenatural es la atmósfera de lo natural; es
decir, aquello que sin hacerse sentir lo envuelve a un mismo tiempo y lo
sustenta.
Entre Dios y el hombre había un
abismo insondable: el Hijo de Dios se hizo hombre; y juntas en El ambas
naturalezas, el abismo fue colmado. Entre el Verbo Divino, Dios y hombre a un
mismo tiempo, y el hombre pecador había todavía una inmensa distancia; para
acortar esa distancia inmensa, Dios puso entre su Hija y su criatura a la Madre
de su Hijo, a la Santísima Virgen, a la mujer sin pecado. Entre la mujer sin
pecado y el hombre pecador la distancia era todavía grande, y Dios, en su
misericordia infinita, puso entre la Virgen Santísima y el hombre pecador a los
santos pecadores.
¡Quién no admirará tan grande, y
tan soberano, y tan maravilloso, y tan perfecto artificio! El más grande
pecador no necesita de más sino de alargar su mano pecadora para encontrar
quien le ayude a remontarse de escalón en escalón hasta las cumbres del cielo
desde el abismo de su pecado.
Y todo esto no es otra cosa sino
la forma visible y exterior, y como exterior y visible, hasta cierto punto
imperfecta, de los efectos maravillosos de aquel socorro sobrenatural con que
Dios acude al hombre para que transite con pie firme por el áspero sendero de
la vida. Para formarse una idea de este sobrenaturalismo maravilloso es
necesario penetrar con los ojos de la fe en más altas y más recónditas
regiones; es menester poner los ojos en la Iglesia, movida perpetuamente por la
acción secretísima del Espíritu Santo; es menester penetrar en el secretísimo
santuario de las almas y ver allí cómo la gracia de Dios las solicita y las
busca, y cómo el alma del hombre cierra o abre su oído a aquel divino reclamo,
y de qué manera se entabla y se prosigue continuamente entre la criatura y su
Criador un callada coloquio; es menester ver, por otro lado, lo que hace allí,
y lo que dice allí, y lo que allí busca el espíritu de las tinieblas; y cómo el
alma del hombre va y viene y se agita y se afana entre dos eternidades para
abismarse al fin, según el espíritu a quien sigue, en las regiones de la luz o
en las regiones tenebrosas.
Es menester mirar y ver a nuestro
lado al ángel de nuestra guarda, y cómo va ojeando con un soplo sutil para que
no nos molesten los pensamientos importunos, y cómo pone sus manos debajo de
nuestros pies para que no tropecemos. Es menester poner los ojos en la Historia
y ver la maravillosa manera con que Dios dispone los acontecimientos humanos,
para su gloria propia y para el bien de sus elegidos, sin que porque El sea
dueño de los acontecimientos, el hombre deje de serlo de sus acciones. Es
menester ver cómo suscita en tiempo oportuno los conquistadores y las
conquistas, los capitanes y las guerras, y cómo lo restaura y lo apacigua todo
en un punto, derribando a los guerreros y domando el orgullo de los
conquistadores; cómo permite que se levanten tiranos contra un pueblo pecador y
cómo, consiente que los pueblos rebeldes sean alguna vez el azote de los
tiranos; cómo reúne las tribus y separa las castas o dispersa las gentes; cómo
da y quita a su antojo los imperios de la tierra; cómo los derriba por el suelo
y cómo los levanta hasta las nubes. Es menester ver, por último, cómo los
hombres andan perdidos y ciegos por este laberinto de la Historia, que van
construyendo las generaciones humanas sin que ninguna sepa decir ni cuál es su
estructura, ni dónde está su entrada, ni cuál es su salida.
Todo este vasto y espléndido
sistema de sobrenaturalismo, clave universal y universal explicación de las
cosas humanas, está negado implícita o explícitamente por los que afirman la
concepción inmaculada del hombre, y los que esto afirman hoy no son algunos
filósofos solamente, son los gobernadores de los pueblos, las clases
influyentes de la sociedad y aun la sociedad misma, envenenada con el veneno de
esta herejía perturbadora.
Aquí está la explicación de todo
lo que vemos y de todo lo que tocamos, a cuyo estado hemos venido a parar por
esta serie de argumentos. Si la luz de nuestra razón no ha sido oscurecida, esa
luz es bastante, sin el auxilio de la fe, para descubrir la verdad. Si la fe no
es necesaria, la razón es soberana e independiente. Los progresos de la verdad
dependen de los progresos de la razón; los progresos de la razón dependen de su
ejercicio; su ejercicio consiste en la discusión; por eso la discusión es la
verdadera ley fundamental de las sociedades modernas y el único crisol en donde
se separan, después de fundidas, las verdades de los errores. En este principio
tienen su origen la libertad de la imprenta, la inviolabilidad de la tribuna y
la soberanía real de las asambleas deliberantes. Si la voluntad del hombre no
está enferma, le basta el atractivo del bien para seguir el bien sin el auxilio
sobrenatural de la gracia; si el hombre no necesita de ese auxilio, tampoco
necesita de los sacramentos que se lo dan ni de las oraciones que se lo
procuran; si la oración no es necesaria, es ociosa; si es ociosa, es ociosa e
inútil la vida contemplativa; si la vida contemplativa es ociosa e inútil, lo
son la mayor parte de las comunidades religiosas. Esto sirve para explicar por
qué en dondequiera que han penetrado estas ideas han sido extinguidas aquellas
comunidades. Si el hombre no necesita de sacramentos, no necesita tampoco de quien
se los administre; y sí no necesita de Dios, tampoco necesita de mediadores. De
aquí el desprecio o la proscripción del sacerdocio en donde esas ideas han
echado raíces. El desprecio del sacerdocio se resuelve en todas partes en el
desprecio de la Iglesia, y el desprecio de la Iglesia es igual al desprecio de
Dios en todas partes.
Negada la acción de Dios sobre el
hombre y abierto otra vez (en cuanto esto es posible) entre el Criador y su
criatura un abismo insondable, luego al punto la sociedad se aparta
instintivamente de la Iglesia a esa misma distancia; por eso, allí donde Dios
está relegado en el cielo, la Iglesia está relegada en el santuario.; y, al
revés, allí donde el hombre vive sujeto al dominio de Dios, se sujeta también
natural e instintivamente al dominio de su Iglesia. Los siglos todos atestiguan
esta verdad, y lo mismo la da testimonio el presente que los pasados.
Descartado así todo lo que es
sobrenatural y convertida la religión en un vago deísmo, el hombre que no
necesita de la Iglesia, escondida en su santuario, ni de Dios, atado a su cielo
como Encelado a su roca, convierte sus ojos hacia la fierra y se consagra
exclusivamente al culto de los intereses materiales. Esta es la época de los
sistemas utilitarios, de las grandes expansiones del comercio, de las fiebres
de la industria, de las insolencias de los ricos y de las impaciencias de los
pobres. Este estado de riqueza material y de indigencia religiosa es seguido
siempre de una de aquellas catástrofes gigantescas que la tradición y la historia
graban perpetuamente en la memoria de los hombres. Para conjurarlas se reúnen
en consejo los prudentes y los hábiles; el huracán, que viene rebramando, pone
en súbita dispersión a su consejo y se los lleva juntamente con sus conjuros.
Consiste esto en que es imposible
de toda imposibilidad impedir la invasión de las revoluciones y el advenimiento
de las tiranías, cuyo advenimiento y cuya invasión son una misma cosa; como que
ambas se resuelven en la dominación de la fuerza, cuando se ha relegado a la
Iglesia en el santuario y a Dios en el cielo. El intento de llenar el gran
vacío que en la sociedad deja su ausencia con cierta manera de distribución
artificial y equilibrada de los Poderes públicos, es loca presunción e intento
vano; semejante al de aquél que en la ausencia de los espíritus vitales
quisiera reproducir a fuerza de industria y por medios puramente mecánicos los
fenómenos de la vida. Por lo mismo que ni la Iglesia ni Dios son una forma, no
hay forma ninguna que pueda ocupar el gran vacío que dejan cuando se retiran de
las sociedades humanas. Y al revés, no hay manera ninguna de gobernación que
sea esencialmente peligrosa cuando Dios y su Iglesia se mueven libremente, si
por otro lado la son amigas las costumbres y favorables los tiempos.
No hay acusación ninguna más
singular y más extraña que la que consiste en afirmar, por una parte, con
ciertas escuelas, que el catolicismo es favorable al gobierno de las
muchedumbres, y por otra, con otros sectarios, que impide al advenimiento de la
libertad que favorece la expansión de las grandes tiranías. ¿Dónde hay absurdo
mayor que acusar de lo primero al catolicismo, ocupado perpetuamente en
condenar las rebeldías y en santificar la obediencia como la obligación común a
todos los hombres? ¿Dónde hay absurdo mayor que acusar de lo segundo a la única
religión de la tierra que ha enseñado a las gentes que ningún hombre tiene
derecho sobre el hombre, porque toda autoridad viene de Dios; que ninguno que
no sea pequeño a sus propios ojos será grande; que las potestades son
instituidas para el bien; que mandar es servir y que el principado es un
ministerio y, por consiguiente, un sacrificio? Estos principios, revelados por
Dios y mantenidos en toda su integridad por su santísima Iglesia, constituyen
el Derecho público de todas las naciones cristianas. Ese Derecho público es la
afirmación perpetua de la verdadera libertad, porque es la perpetua negación,
la condenación perpetua, por un lado, del derecho en los pueblos de dejar la
obediencia por la rebelión, y por otro, del derecho en los príncipes de
convertir su potestad en tiranía. La libertad consiste precisamente en la
negación de esos derechos, y de tal manera consiste en esa negación que con
ella la libertad es inevitable; sin ella la libertad es imposible. La
afirmación de la libertad y la negación de esos derechos son, si bien se mira,
una misma cosa, expresada en términos diferentes y de diferente manera. De
donde se sigue no sólo que el catolicismo no es amigo de las
tiranías ni de las revoluciones, sino que sólo él las ha negado; no sólo que no
es enemigo de la libertad, sino que sólo él ha descubierto en esa misma
negación la índole propia de la libertad verdadera.
Ni es menos absurdo suponer, como
suponen algunos, que la religión santa que profesamos y la Iglesia que la
contiene y la predica, o detienen o miran con desvío la libre expansión de la
riqueza pública, la buena solución de las cuestiones económicas y el
crecimiento de los intereses materiales, porque si bien es cierto que la
religión no se propone hacer a los pueblos potentes, sino dichosos; ni hacer a
los hombres ricos, sino santos, no lo es menos que una de sus nobles y grandes
enseñanzas consiste en haber revelado al hombre su encarga providencial de
transformar la Naturaleza toda y de ponerla a su servicio por medio de su
trabajo. Lo que la Iglesia busca es un cierto equilibrio entre los intereses
materiales y los morales y religiosos; lo que en ese equilibrio busca es que
cada cosa esté en su lugar y que haya lugar para todas las cosas; lo que busca,
por último, es que el primer lugar sea ocupado por los intereses morales y
religiosos y que los materiales vengan después. Y esto no sólo porque así lo
exigen las nociones más elementales del orden, sino también porque la razón nos
dice y la Historia nos enseña que esa preponderancia, condición necesaria de
aquel equilibrio, es la única que puede conjurar y que conjura ciertamente las
grandes catástrofes, prontas siempre a surgir allí donde la preponderancia o el
crecimiento exclusivo de las intereses materiales pone en fermentación las
grandes concupiscencias.
Otros hay que persuadidos, por un
lado, de la necesidad en que está el mundo para no perecer, del auxilio de
nuestra santa religión y de nuestra Iglesia santa, pero pesarosos, por otro lado,
de someterse a su yugo, que si es suave para la humildad es gravísimo para el
orgullo humano, buscan su salida en una transacción, aceptando de la religión y
de la Iglesia ciertas cosas y desechando otras que estiman exageradas. Estos
tales son tanto más peligrosos cuanto que toman cierto semblante de
imparcialidad propio para engañar y seducir a las gentes; con esto se hacen
jueces del campo, obligan a comparecer delante de sí al error y a la verdad, y
con falsa moderación buscan entre los dos no sé qué medio imposible. La verdad,
esto es cierto, suele encontrarse y se encuentra en medio de los errores; pero
entre la verdad y el error no hay medio ninguno; entre esos dos polos
contrarios no hay nada sino un inmenso vacío; tan lejos está de la verdad el que
se pone en el vacío como el que se pone en el error; en la verdad no está sino
el que se abraza con ella.
Estos son los principales errores
de los hombres y de las clases a quienes ha cabido en estos tiempos el triste
privilegio de la gobernación de las naciones. Volviendo los ojos a otro lado, y
poniéndolos en los que se adelantan reclamando la grande herencia de la
gobernación, la razón se turba y la imaginación se confunde al hallarse en
presencia de errores todavía más perniciosos y abominables. Es una cosa digna
de observarse, sin embargo, que estos errores, perniciosísimos y
abominabilísimos como son, no son más que las consecuencias lógicas, y, como
lógicas, inevitables de los errores arriba mencionados.
Supuesta la inmaculada concepción
del hombre, y con ella la belleza integral de la naturaleza humana, algunos se
han preguntado a sí propios: ¿por qué si nuestra razón es luminosa y nuestra
voluntad recta y excelente, nuestras pasiones, que están en nosotros como
nuestra voluntad y nuestra razón, no han de ser excelentísimas? Otros se
preguntan: ¿por qué si la discusión es buena como medio de llegar a la verdad,
ha de haber cosas sustraídas a su jurisdicción soberana? Otros no atinan con la
razón de por qué en los anteriores supuestos la libertad de pensar, de querer y
de obrar no ha de ser, absoluta. Los dados a las controversias religiosas se
proponen la cuestión que consiste en averiguar por qué si Dios no es bueno en
la sociedad se le consiente en el cielo, y por qué si la Iglesia no sirve para
nada se la ha de consentir en el santuario. Otros se preguntan por qué siendo
indefinido el progreso hacia el bien no se ha de acometer la hazaña de levantar
los goces a la altura de las concupiscencias y de trocar este valle lacrimoso
en un jardín de deleites. Los filántropos se muestran escandalizados al
encontrar un pobre por las calles, no acertando a comprender cómo un pobre
siendo tan feo puede ser hombre, ni cómo el hombre siendo tan hermoso puede ser
pobre. En lo que convienen todos, sin que discrepe ninguna, es en la necesidad
imperiosa de subvertir la sociedad, de suprimir los Gobiernos, de trasegar las
riquezas y de acabar de un golpe con todas las instituciones humanas y divinas.
Hay todavía, aunque la cosa
parezca imposible, un error que, no siendo ni con mucho tan detestable,
considerado en sí es, sin embargo, más trascendental por sus consecuencias que
todos estos: el error de los que creen que éstos no nacen necesaria e
inevitablemente de los otros. Si la sociedad no sale prontamente de este error,
y si saliendo de él no condena a los unos como consecuencia y a los otros como
premisas, con una condenación radical y soberana, la sociedad, humanamente
hablando, está perdida.
El que lea el imperfectísimo
catálogo que acabo de hacer de esos errores atroces observará que de ellos unos
van a parar a una confusión absoluta y a una absoluta anarquía, mientras que
otros hacen necesario para su realización un despotismo de proporciones
inauditas y gigantescas; corresponden a la primera categoría los que se
refieren a la exaltación de la libertad individual y a la violentísima
destrucción de todas las instituciones; corresponden a la segunda aquellos
otros que suponen una ambición organizadora. En el dialecto de la escuela se
llaman socialistas en general los sectarios que difunden los primeros, y
comunistas los que difunden los segundos; lo que aquéllos buscan, sobre todo,
es la expansión indeterminada de la libertad individual, a expensas de la
autoridad pública suprimida; y, al revés, a lo que se dirigen los segundos es a
la completa supresión de la libertad humana y a la expansión gigantesca de la
autoridad del Estado. La fórmula más completa de la primera de estas doctrinas
se halla en los escritos de M. Girardin y en el último libro de M. Proudhon. El
primero ha descubierto la fuerza centrífuga, y el segundo, la fuerza centrípeta
de la sociedad futura, gobernada por las ideas socialistas, la cual obedecerá a
dos contrarios movimientos: a uno de repulsión, producido por la libertad
absoluta, y a otro de atracción, producido por un torbellino de contratos. La
esencia del comunismo consiste en la confiscación de todas las libertades y de
todas las cosas en provecho del Estado.
Lo estupendo y monstruoso de
todos estos errores sociales proviene de lo estupendo de los errores religiosos
en que tienen su explicación y su origen. Los socialistas no se contentan con
relegar a Dios en el cielo, sino que pasando más allá hacen profesión pública de
ateísmo y le niegan en todas partes. Supuesta la negación de Dios, fuente y
origen de toda autoridad, la lógica exige la negación de la autoridad misma con
una negación absoluta; la negación de la paternidad universal lleva consigo la
negación de la paternidad doméstica; la negación de la autoridad religiosa
lleva consigo la negación de la autoridad política. Cuando el hombre se queda
sin Dios, luego, al punto, el súbdito se queda sin rey y el hijo se queda sin
padre.
Por lo que hace al comunismo, me
parece evidente su procedencia de las herejías panteístas y de todas las otras
con ellas emparentadas. Cuando todo es Dios y Dios es todo, Dios es, sobre
todo, democracia y muchedumbre; los individuos, átomos divinos y nada más,
salen del todo, que perpetuamente los engendra, para volver al todo, que
perpetuamente lo absorbe. En este sistema, lo que no es el todo no es Dios,
aunque participe de la divinidad; y la que no es Dios no es nada, porque nada
hay fuera de Dios, que es todo. De aquí ese soberbio desprecio de los
comunistas por el hombre y esa negación insolente de la libertad humana. De
aquí esas aspiraciones inmensas a una dominación universal por medio de la
futura demagogia, que ha de extenderse por todos los continentes y ha de tocar
a los últimos confines de la tierra. De aquí esa furia insensata con que se
propone confundir y triturar todas las familias, todas las clases, todos los
pueblos, todas las razas de las gentes en el gran mortero de sus trituraciones.
De ese oscurísimo y sangrientísimo caos debe salir un día el Dios único,
vencedor de todo lo, que es vario; el Dios universal, vencedor de todo lo que
es particular; el Dios eterno, sin principio ni fin, vencedor de todo lo que
nace y pasa; ese Dios es la demagogia, la anunciada por los últimos profetas,
el único sol del futuro firmamento, la que ha de venir traída por la tempestad,
coronada de rayos y servida por los huracanes. Ese es el verdadero todo, Dios
verdadero, armado con un solo atributo, la omnipotencia, y vencedor de las tres
grandes debilidades del Dios católico: la bondad, el amor y la misericordia.
¿Quién no reconocerá en ese Dios a Luzbel, dios del orgullo?
Cuando se consideran atentamente
estas abominables doctrinas es imposible no echar de ver en ellas el signo
misterioso, pero visible, que los errores han de llevar en los tiempos
apocalípticos. Si un pavor religioso no me impidiera poner los ojos en esos
tiempos formidables, no me sería difícil apoyar en poderosas razones de
analogía la opinión de que el gran imperio anticristiano será un colosal
imperio demagógico, regido por un plebeyo de satánica grandeza, que será el
hombre de pecado.
Después de haber considerado en
general los principales errores de estos tiempos, y después de haber demostrado
cumplidamente que todos ellos tienen su origen en algún error religioso, me
parece no sólo conveniente, sino también necesario, descender a algunas
aplicaciones que han de poner más en claro todavía esa dependencia en que están
de los errores religiosos todos los errores políticos y sociales. Así, por
ejemplo, me parece una cosa puesta fuera de toda duda que todo lo que afecta al
gobierno de Dios sobre el hombre afecta en el mismo grado y del mismo modo a
los Gobiernos instituidos en las sociedades civiles. El primer error religioso
en estos últimos tiempos fue el principio de la independencia y de la soberanía
de la razón humana; a este error en el orden religioso corresponde en el
político el que consiste en afirmar la soberanía de la inteligencia; por eso la
soberanía de la inteligencia ha sido el fundamento universal del Derecho
público en las sociedades combatidas por las primeras revoluciones. En él
tienen su origen las Monarquías parlamentarias, con su censo electoral, su
división de poderes, su imprenta libre y su tribuna inviolable.
El segundo error es relativo a la
voluntad, y consiste, por lo que hace al orden religioso, en afirmar que la
voluntad, recta de suyo, no necesita para inclinarse al bien del llamamiento ni
del impulso de la gracia; a este error en el orden religioso corresponde en el
político el que consiste en afirmar que no habiendo voluntad que no sea recta,
no debe haber ninguna que sea dirigida y que no sea directora. En este
principio se funda el sufragio universal y en él tiene su origen el sistema
republicano.
El tercer error se refiere a los
apetitos, y consiste en afirmar, por lo que hace al orden religiosa, que
supuesta la inmaculada concepción del hombre, sus apetitos son excelentes; a
este error en el orden religioso corresponde en el político el que consiste en
afirmar que los Gobiernos todos deben ordenarse a un solo fin: a la
satisfacción de todas las concupiscencias; en este principio están fundados
todos los sistemas socialistas y demagógicos que pugnan hoy por la dominación y
que, siguiendo las cosas su curso natural por la pendiente que llevan, la
alcanzarían más adelante.
De esta manera la perturbadora
herejía, que consiste, por un lado, en negar el pecado original, y por otro, en
negar que el hombre está necesitado de una dirección divina, conduce primero a
la afirmación de la soberanía de la inteligencia y luego a la afirmación de la
soberanía de la voluntad, y, por último, a la afirmación de la soberanía de las
pasiones; es decir, a tres soberanías perturbadoras.
No hay como saber lo que se afirma
o se niega de Dios en las regiones religiosas para saber lo que se afirma o se
niega del Gobierno en las regiones políticas; cuando en las primeras prevalece
un vago deísmo, se afirma de Dios que reina sobre todo lo criado y se niega
que lo gobierne. En estos casos prevalece en las regiones políticas la máxima
parlamentaria de que el rey reina y no gobierna.
Cuando se niega la existencia de
Dios se niega todo del Gobierno, hasta la existencia. En estas épocas de
maldición surgen y se propagan con espantable rapidez las ideas anárquicas de
las escuelas socialistas.
Por último, cuando la idea de la
divinidad y la de la creación se confunden hasta el punto de afirmar que las
cosas criadas son Dios, y que Dios es la universalidad de las cosas criadas,
entonces el comunismo prevalece en las regiones políticas, como el panteísmo en
las religiosas; y Dios, cansado de sufrir, entrega al hombre a la merced de
abyectos y abominables tiranos.
Volviendo ahora Las ojos hacia la
Iglesia, me será fácil demostrar que ha sido objeto de los mismos errores, los
cuales conservan siempre su identidad indestructible, ora se apliquen a Dios,
ora conturben su Iglesia, ora trastornen las sociedades civiles.
La Iglesia puede ser considerada
de dos maneras diferentes: en sí misma, como una sociedad independiente y
perfecta, que tiene en sí cuanto necesita para obrar con desembarazo y para
moverse con anchura, y en su relación con las sociedades civiles y con los
Gobiernos de la tierra.
Considerada desde el punto de
vista de su organismo interior, la Iglesia se ha visto en la necesidad de
resistir la grande avenida de perniciosísimos errores, siendo digno de
advertirse que entre ellos los más perniciosos son los que se dirigen contra lo
que su unidad tiene de maravillosa y perfecta; es decir, contra el Pontificado,
piedra fundamental del prodigioso edificio. En el número de estos errores está
aquel en virtud del cual se niega al Vicario de Jesucristo en la tierra la
sucesión única e indivisa del poder apostólico en lo que tuvo de universal, suponiendo
que los Obispos han sido sus coherederos. Este error, si pudiera prevalecer,
introduciría la confusión y el desconcierto en la Iglesia del Señor,
convirtiéndola, por la multiplicación del Pontificado, que es la autoridad
esencial, la autoridad indivisible, la autoridad incomunicable, en una
aristocracia turbulentísima. Dejándole el honor de una vana presidencia y
quitándole la jurisdicción real y el gobierno efectivo, el Sumo Pontífice, bajo
el imperio, de este error, queda relegado inútilmente en el Vaticano, como
Dios, bajo el imperio del error deísta, queda relegado inútilmente en el cielo,
y como el rey, bajo el imperio del error parlamentario, queda relegado
inútilmente en su trono.
Los que mal avenidos con el
imperio de la razón, de suyo aristocrática, le prefieren al de la voluntad,
democrática de suyo, van a caer en el presbiterianismo, que es la República en
la Iglesia, como caen en el sufragio universal, que es la República en las
sociedades civiles.
Los que enamorados de la libertad
individual la exageran hasta el punto de proclamar su omnímoda soberanía y la
destrucción de todas las instituciones reprimentes, van a caer, por lo que hace
al orden civil, en la sociedad contractual de Proudhon, y por lo que hace al
religioso, a la inspiración individual, proclamada como un dogma por algunos
fanáticos sectarios en las guerras religiosas de Inglaterra y de Alemania.
Por último, los seducidos por los
errores panteístas van a parar, en el orden eclesiástico, a la soberanía
indivisa de la muchedumbre de los fieles, como en el orden divino a la
deificación de todas las cosas, como en el orden civil a la constitución de la
soberanía universal y absorbente de las falanges.
Todos estos errores relativos al
orden jerárquico establecido por el mismo Dios en su Iglesia, importantísimos
como son en la región de las especulaciones, pierden grandemente de su
importancia en los dominios de los hechos, por ser imposible de toda
imposibilidad que lleguen a prevalecer en una sociedad que las divinas promesas
ponen a cubierto de sus estragos. Lo contrario sucede con aquellos otros
errores que conciernen a las relaciones entre la Iglesia y la sociedad civil,
entre el sacerdocio y el Imperio, los cuales fueron poderosos en otros siglos
para turbar la paz de las gentes, y aún lo son hoy día, ya que no para impedir
la expansión irresistible de la Iglesia por el mundo, para ponerle obstáculos y
trabas y para retardar el día en que sus confines han de ser
los confines mismos de la tierra.
Estos errores son de varias especies,
según que se afirma de la Iglesia o que es igual al Estado, o que es inferior
al Estado, o que nada tiene que ver con el Estado, o que la Iglesia no sirve
para nada. La primera es la afirmación propia de los más templados regalistas;
la segunda, de los regalistas más ardientes; la tercera, de los
revolucionarios, que proponen como primera premisa de sus argumentos la última
consecuencia del regalismo; la última, de los socialistas y comunistas, es
decir, de todas las escuelas radicales, las cuales toman por premisa de su
argumento la última consecuencia en que se detiene la escuela revolucionaria.
La teoría de la igualdad entre la
Iglesia y el Estado da ocasión a los más templados regalistas para proclamar
como de naturaleza laical lo que es de naturaleza mixta, y como de naturaleza
mixta lo que es de naturaleza eclesiástica, siéndoles forzoso acudir a estas
usurpaciones para componer con ellas la dote o el patrimonio que el Estado
aporta en esta sociedad igualitaria. En este sistema, casi todos los puntos son
controvertibles, y todo lo que es controvertible se resuelve por avenencias y
concordias; en él es de Derecho común el pase de las bulas y de los breves
apostólicos, así como la vigilancia, la inspección y la censura, ejercida sobre
la Iglesia en nombre del Estado.
La teoría de la inferioridad de
la Iglesia con respecto al Estado da ocasión a los regalistas ardientes para
proclamar el principio de las iglesias nacionales, el derecho de la potestad
civil de revocar las concordias ajustadas con el Sumo Pontífice, de disponer
por si de los bienes de la Iglesia y, por último, el de gobernar la Iglesia por
decretos o por leyes hechos en las asambleas deliberantes.
La teoría que consiste en afirmar
que la Iglesia nada tiene que ver con el Estado da ocasión a la escuela
revolucionaria para proclamar la separación absoluta entre el Estado y la
Iglesia, y como consecuencia forzosa de esta separación, el principio de que la
manutención del clero y la conservación del culto deben correr por cuenta
exclusiva de los fieles.
El error que consiste en afirmar
que la Iglesia no sirve para nada, siendo la negación de la Iglesia misma, da
por resultado la supresión violenta del orden sacerdotal por medio de un
decreto, que encuentra su sanción naturalmente en una persecución religiosa.
Por lo dicho se ve que estos
errores no son sino la reproducción de los que vimos ya en otras esferas; como
quiera que a las mismas afirmaciones y negaciones erróneas a que da lugar la
coexistencia de la Iglesia y del Estado da lugar, en el orden político, la
coexistencia de la libertad individual y de la autoridad pública; en el orden
moral, la coexistencia del libre albedrío y la gracia; en el intelectual, la
coexistencia de la razón y la fe; en el histórico, la coexistencia de la
Providencia divina y de la libertad humana; y en las más altas esferas de la
especulación, con la coexistencia del orden natural y del sobrenatural, la
coexistencia de dos mundos.
Todos estos errores, en sus
naturales idénticos, aunque en sus aplicaciones varios, producen por lo funestos
los mismos resultados en todas sus aplicaciones. Cuándo se aplican a la
coexistencia de la libertad individual y de la autoridad pública producen la
guerra, la anarquía y las revoluciones en el Estado; cuando tienen por objeto
el libre albedrío y la gracia, producen primero la división y la guerra
interior, después la exaltación anárquica del libre albedrío y luego la tiranía
de las concupiscencias en el pecho del hombre. Cuando se aplican a la razón y a
la fe producen primero la guerra entre las dos, después el desorden, la
anarquía y el vértigo en las regiones de la inteligencia humana. Cuando se
aplican a la inteligencia del hambre y a la Providencia de Dios producen todas
las catástrofes de que están sembrados los campos de la Historia. Cuando se
aplican, por último, a la coexistencia del orden natural y del sobrenatural, la
anarquía, la confusión y la guerra se dilatan por todas las esferas y están en
todas las regiones.
Por lo dicho se ve que en el
último análisis y en el último resultado todos estos errores, en su variedad
casi infinita, se resuelven en uno sólo, el cual consiste en haber desconocida
o falseado el orden jerárquico, inmutable de suyo, que Dios ha puesto en las
cosas. Ese orden consiste en la superioridad jerárquica de todo lo que es
sobrenatural sobre todo lo que es natural, y, por consiguiente, en la
superioridad jerárquica de la fe sobre la razón, de la gracia sobre el libre
albedrío, de la Providencia divina sobre la libertad humana y de la Iglesia
sobre el Estado; y, para decirlo todo de una vez y en una sola frase, en la
superioridad de Dios sobre el hombre.
El derecho reclamado por la fe de
alumbrar a la razón y de guiarla no es una usurpación, es una prerrogativa
conforme a su naturaleza excelente; y al revés, la prerrogativa proclamada por
la razón de señalar a la fe sus límites y sus dominios no es un derecho, sino
una pretensión ambiciosa que no está conforme con su naturaleza inferior y
subordinada. La sumisión a las inspiraciones secretas de la gracia es conforme
al orden universal, porque no es otra cosa sino la sumisión a las
solicitaciones divinas y a los divinos llamamientos; y al revés, su desprecio,
su negación o la rebeldía contra ella constituyen al libre albedrío en un
estado interior de indigencia y en un estado exterior de rebelión contra el
Espíritu Santo. El señorío absoluto de Dios sobre los grandes acontecimientos
históricos que El obra y que El permite es su prerrogativa incomunicable, como
quiera que la Historia es como el espejo en que Dios mira exteriormente sus
designios; y al revés, la pretensión del hombre cuando afirma que él hace los
acontecimientos y que él teje la trama maravillosa de la Historia, es una
pretensión insostenible, como quiera que él no hace otra cosa sino tejer por sí
solo la trama de aquellas de sus acciones que son contrarias a los divinos
mandamientos y ayudar a tejer la trama de aquellas otras que son conformes a la
voluntad divina. La superioridad de la Iglesia sobre las sociedades civiles es
una cosa conforme a la recta razón, la cual nos enseña que lo sobrenatural es sobre
lo natural y lo divino sobre lo humano; y al revés, toda aspiración
por parte del Estado a absorber la Iglesia, o a separarse de la Iglesia, o a
prevalecer sobre la Iglesia, o a igualarse con la Iglesia, es una aspiración
anárquica, preñada de catástrofes y provocadora de conflictos.
De la restauración de estos
principios eternos del orden religioso, del político y del social depende
exclusivamente la salvación de las sociedades humanas. Esos principios, empero,
no pueden ser restaurados sino por quien los conoce, y nadie los conoce sino la
Iglesia católica; su derecho de enseñar a todas las gentes, que le viene de su
fundador y maestro, no se funda sólo en ese origen divino, sino que está
justificado también par aquel principio de la recta razón, según el cual toca
aprender al que ignora y enseñar al que más sabe.
De manera que si la Iglesia no
hubiera recibido del Señor este soberano magisterio todavía estaría autorizada
para ejercerle por el hecho sólo de ser la depositaria de los únicos principios
que tienen la secreta y maravillosa virtud de mantener todas las cosas en orden
y en concierto, y la de poner concierto y orden en todas las cosas. Cuando se
afirma de la Iglesia que tiene el derecho de enseñar, esa afirmación es
legítima y razonable, pero no es completa del todo si no se afirma al mismo
tiempo del mundo, que tiene derecho de ser enseñado por la Iglesia. Sin duda,
las sociedades civiles están en posesión de aquella tremenda potestad, que
consiste en no encumbrar los altísimos montes de las verdades eternas y en
deslizarse blandamente hasta caer en el abismo por las rápidas pendientes de
los errores; la cuestión consiste en averiguar si puede decirse que ejercita un
derecho aquel que, perdida la razón, comete un acto de locura; o, para decirlo
de una vez y con una sola palabra, si ejerce un derecho el que renuncia a todos
los derechos por medio del suicidio.
La cuestión de la enseñanza,
agitada en estos últimos tiempos entre los universitarios y los católicos
franceses, no ha sido planteada por los últimos en sus verdaderos términos, y
la Iglesia universal no puede aceptarla en los términos en que viene
planteándose. Supuesta, por un lado, la libertad de cultos, y supuestas, por
otro, las circunstancias especialísimas de la nación francesa, es cosa clara a
todas luces que los católicos franceses no estaban en estado de reclamar otra
cosa para la Iglesia sino la libertad que es aquí derecho común, y que por
serlo podía servir a la verdad católica de amparo y de refugio. El principio,
empero, de la libertad de la enseñanza, considerado en sí mismo y hecha
abstracción de las circunstancias especiales en que ha sido proclamado, es un
principio falso y de imposible aceptación para la Iglesia católica. La libertad
de la enseñanza no puede ser aceptada por ella sin ponerse en abierta
contradicción con todas sus doctrinas. En efecto, proclamar que la enseñanza
debe ser libre no viene a ser otra cosa sino proclamar que no hay una verdad ya
conocida que deba ser enseñada, y que la verdad es cosa que no se ha encontrado
y que se busca por medio de la discusión amplia de todas las opiniones;
proclamar que la enseñanza debe ser libre es proclamar que la verdad y el error
tienen derechos iguales. Ahora bien: la Iglesia profesa, por un lado, el
principio de que la verdad existe sin necesidad de buscarla, y por otro, el
principio de que el error nace sin derechos, vive sin derechos y muere sin
derechos, y que la verdad está en posesión del derecho absoluto. La Iglesia,
pues, sin dejar de aceptar la libertad allí donde otra cosa es de todo punto
imposible, no puede recibirla como término de sus deseos ni saludarla como el
único blanco de sus aspiraciones.
Tales son las indicaciones que
creo de mi deber hacer sobre los más perniciosos entre los errores
contemporáneos; de su imparcial examen resultan, a mi entender, demostradas
estas dos cosas: la primera, que todos los errores tienen un mismo origen y un
mismo centro; la segunda, que considerados en su centro y en su origen, todos
son religiosos. Tan cierto es, que la negación de uno solo de los atributos
divinos lleva el desorden a todas las esferas y pone en trance de muerte a las
sociedades humanas.
Si yo tuviera la dicha de que
estas indicaciones no parecieran a vuestra eminentísima enteramente ociosas, me
atrevería a rogarle que las pusiera a los pies de Su Santidad juntamente con el
rendido homenaje de profundísima veneración y de altísimo respeto que profeso
como católico hacia su sagrada persona, hacia sus juicios infalibles y hacia
sus fallos inapelables.
Dios guarde a vuestra
eminentísima muchos años.
París, 19 de junio de 1852.—Eminentísimo
señor.—Besa la mano de vuestra eminentísima su atento seguro servidor.
EL MARQUÉS DE VALDEGAMAS
LETTRE AU CARDINAL FORNARI
Éminentissime seigneur,
Avant de soumettre à la
haute pénétration de Votre Éminence les indications sommaires qu’elle m’a
demandées par sa lettre du mois de mai dernier, il me paraît convenable
d’indiquer ici les limites que je me suis tracées à moi-même dans la rédaction
de ces renseignements.
Il n’est pas une des erreurs
contemporaines qui n’aboutisse à une hérésie, et il n’est pas une hérésie
contemporaine qui n’aboutisse à une autre depuis longtemps condamnée par
l’Église. Dans les erreurs passées l’Église a condamné les erreurs présentes et
les erreurs futures. Identiques entre elles quand on les considère sous le
point de vue de leur nature et de leur origine, les erreurs offrent cependant
le spectacle d’une variété prodigieuse, quand on les considère sous le point de
vue de leur application. Mon intention est de les considérer aujourd’hui plutôt
par le côté de leur application que par celui de leur nature et de leur
origine, plutôt par ce qu’elles ont de politique et de social que par ce
qu’elles ont de purement religieux, par ce qu’elles ont de divers plutôt que
par ce qu’elles ont d’identique, par ce qu’elles ont de changeant plutôt que
par ce qu’elles ont d’absolu.
Deux puissantes
considérations, tirées, l’une de ma position personnelle, l’autre du caractère
propre du siècle où nous vivons, m’ont incliné vers cette voie. Pour ce qui me
regarde, j’ai cru que ma qualité de laïque et d’homme public m’imposait
l’obligation de récuser moi-même ma propre compétence dans la solution des
redoutables questions qui sont relatives aux points de notre foi et aux
matières du dogme. Quant au siècle où nous sommes, il n’y a qu’à ouvrir les
yeux pour se convaincre que ce qui le rendra tristement fameux entre tous les
siècles, ce n’est pas précisément l’arrogance à proclamer théoriquement ses
hérésies et ses erreurs, mais l’audace satanique avec laquelle il applique à la
société présente les hérésies et les erreurs où sont tombés les siècles passés.
Il y eut un temps où la
raison humaine, se complaisant en de folles spéculations, se montrait satisfaite
d’elle-même quand elle était parvenue à opposer une négation à une affirmation
dans les sphères intellectuelles, une erreur à une vérité dans les sphères
métaphysiques, une hérésie à un dogme dans les sphères religieuses :
aujourd’hui elle n’est contente que lorsqu’elle a pu descendre dans les sphères
politiques et sociales pour y jeter le désordre et le trouble ; faisant sortir
comme par enchantement de chaque erreur un conflit, de chaque hérésie une
révolution, et une catastrophe gigantesque de chacune de ses orgueilleuses
négations.
L’arbre de l’erreur paraît
aujourd’hui arrivé à sa maturité providentielle : planté par la première
génération des audacieux hérésiarques, arrosé par une suite d’autres
générations, il se couvrit de feuilles au temps de nos aïeux, de fleurs au
temps de nos pères, et aujourd’hui il est devant nous et à la portée de notre
main, chargé de fruits. Ses fruits doivent être maudits d’une malédiction
spéciale, comme l’ont été, dans les temps anciens, les fleurs dont il s’est parfumé,
les feuilles dont il s’est couvert, le tronc qui les a supportées, et les
hommes qui l’ont planté.
Je ne veux pas dire par là
que ce qui a été condamné une fois ne doit pas l’être de nouveau ; je dis
seulement qu’une condamnation spéciale, analogue à la
transformationspéciale par laquelle passent sous nos yeux les
anciennes erreurs dans le siècle présent, me paraît de tout point nécessaire,
et qu’en tout cas ce point de vue de la question est le seul pour lequel je
reconnaisse en moi une sorte de compétence.
Les questions purement
théologiques étant ainsi écartées, j’ai porté mon attention sur ces autres
questions qui, théologiques dans leur origine et dans leur essence, sont
devenues néanmoins, par suite de transformations lentes et successives, des
questions politiques et sociales. De celles-ci encore la multiplicité de mes
occupations et le manque de temps m’ont obligé d’écarter celles qui m’ont paru
de moindre importance ; mais, d’un autre coté, j’ai cru de mon devoir de
toucher quelques points sur lesquels je n’ai pas été consulté.
Les mêmes raisons,
c’est-à-dire la multiplicité de mes occupations et le manque de temps, m’ont
mis dans l’impossibilité d’examiner les livres des hérésiarques modernes, pour
y signaler les propositions qui doivent être combattues ou condamnées. Mais, en
réfléchissant attentivement sur ce sujet, je suis arrivé à me convaincre qu’aux
temps passés ces sortes de condamnations étaient plus nécessaires que de nos
jours. Entre ces temps et le nôtre, on remarque en effet cette différence
notable, qu’autrefois les erreurs étaient renfermées dans les livres de telle
sorte, que, lorsqu’on n’allait point les y chercher, on ne les trouvait pas
ailleurs, tandis qu’aujourd’hui l’erreur est dans les livres et hors des livres
; elle y est et elle est partout. Elle est dans les livres, dans les
institutions, dans les lois, dans les journaux, dans les discours, dans les
conversations, dans les salons, dans les clubs, au foyer domestique, sur la
place publique, dans ce qu’on dit et dans ce qu’on tait. Pressé par le temps,
j’ai questionné ce qui m’entoure de plus près, et l’atmosphère m’a répondu.
Les erreurs contemporaines
sont infinies : mais toutes, si l’on veut bien y faire attention, prennent leur
origine et se résolvent dans deux négations suprêmes, l’une relative à Dieu,
l’autre relative à l’homme. La société nie de Dieu qu’il ait aucun souci de ses
créatures ; elle nie de l’homme qu’il soit conçu dans le péché. Son orgueil a
dit deux choses à l’homme de nos jours, qui les a crues toutes deux, à savoir,
qu’il est sans souillure et qu’il n’a pas besoin de Dieu ; qu’il est fort et
qu’il est beau : c’est pourquoi nous le voyons enflé de son pouvoir et épris de
sa beauté.
La négation du péché étant
supposée, parmi beaucoup d’autres choses on nie les suivantes : — que la vie
temporelle soit une vie d’expiation, et que le monde où elle se passe doive
être une vallée de larmes ; — que la lumière de la raison soit faible et
vacillante ; — que la volonté de l’homme soit infirme et malade ; — que le
plaisir nous ait été offert plutôt comme une tentation que pour nous inviter à
nous livrer à ses attraits ; — que la douleur soit un bien, lorsqu’elle est
acceptée par un motif surnaturel, d’une acceptation volontaire ; — que le temps
nous ait été donné pour notre sanctification ; — que l’homme ait besoin d’être
sanctifié.
Ces négations étant
supposées, on affirme, entre beaucoup d’autres choses : – que la vie temporelle
nous a été donnée pour nous élever par nos propres efforts, et au moyen d’un
progrès indéfini, aux plus hautes perfections ; – que le lieu où cette vie se
passe peut et doit être radicalement transformé pour l’homme ; – que, la raison
de l’homme étant saine, il n’y a pas de vérité à laquelle elle ne puisse
atteindre, et que, hors de sa portée, il ne peut pas y avoir de vérité ; –
qu’il n’y a pas d’autre mal que celui que la raison entend être mal, ni d’autre
péché que celui que la raison dit être péché, c’est-à-dire qu’il n’y a pas
d’autre mal ni d’autre péché que le mal et le péché philosophiques ; que la
raison de l’homme, étant droite de soi, n’a pas besoin d’être rectifiée ; que
nous devons fuir la douleur et rechercher le plaisir ; que le temps nous a été
donné pour jouir du temps, et que l’homme est bon et sain de soi.
Ces négations et ces
affirmations relatives à l’homme conduisent à des négations et affirmations
analogues relatives à Dieu. De la supposition que l’homme n’est pas tombé, on
arrive à nier et on nie qu’il ait été relevé ; de la supposition que l’homme
n’a pas été relevé, on arrive à nier et on nie le mystère de la Rédemption et
celui de l’Incarnation, le dogme de la personnalité extérieure du Verbe et le
Verbe lui-même. En supposant, d’une part, l’intégrité naturelle de la volonté
humaine, et en refusant, d’autre part, de reconnaître l’existence d’un autre
mal et d’un autre péché que le mal et le péché philosophiques, on est conduit à
nier et on nie l’action sanctifiante de Dieu sur l’homme, et avec elle le dogme
de la personnalité de l’Esprit-Saint. De toutes ces négations résulte la
négation du dogme souverain de la très sainte Trinité, pierre angulaire de
notre foi et fondement de tous les dogmes catholiques.
De là naît, de là tire son
origine un vaste système de naturalisme qui est la contradiction radicale, universelle,
absolue, de toutes nos croyances. Nous, catholiques, nous croyons et professons
que l’homme pécheur a perpétuellement besoin de secours, et que Dieu lui
octroie perpétuellement ce secours par le moyen d’une assistance surnaturelle,
œuvre merveilleuse de son amour infini et de son infinie miséricorde. Pour
nous, le surnaturel est l’atmosphère du naturel, c’est-à-dire ce qui, sans se
faire sentir, l’enveloppe et en même temps le soutient. Entre Dieu et l’homme
il y avait un abîme insondable ; le Fils de Dieu s’est fait homme, et,
réunissant en lui les deux natures, l’abîme fut comblé. Entre le Verbe divin,
Dieu et homme en même temps, et l’homme pécheur, il y avait encore une immense
distance ; pour la diminuer, Dieu mit entre son Fils et sa créature la mère de
son Fils, la très sainte Vierge, la femme sans péché. Entre la femme sans péché
et l’homme pécheur, la distance était encore grande, et Dieu, dans sa
miséricorde infinie, mit entre la Vierge très sainte et l’homme pécheur les
saints pécheurs. Qui n’admirera un si grand, si souverain, si merveilleux et si
parfait artifice ? Le plus grand pécheur n’a besoin que d’étendre sa main
pécheresse pour rencontrer qui l’aide à s’élever, de degré en degré, de l’abîme
de son péché au plus haut des deux.
Et tout cela n’est que la
forme visible et extérieure, et jusqu’à un certain point imparfaite, des effets
merveilleux de ce secours surnaturel que Dieu donne à l’homme pour qu’il marche
d’un pied ferme dans le rude sentier de la vie. Pour se faire une idée de ce
surnaturalisme merveilleux, il faut pénétrer avec les yeux de la foi dans les
régions les plus hautes et les plus reculées ; il faut regarder l’Église, mue
perpétuellement par l’action très secrète de l’Esprit-Saint ; il faut pénétrer
dans le sanctuaire retiré des âmes, et y voir comment la grâce de Dieu les
sollicite et les recherche, comment l’âme de l’homme ouvre ou ferme son oreille
à ce divin appel, et comment s’établit et se poursuit continuellement, entre la
créature et son créateur, un silencieux entretien. Il faut voir, d’un autre
côté, ce qu’y fait, ce qu’y dit, ce qu’y cherche l’esprit des ténèbres, et
comment l’âme de l’homme va et vient, et s’agite et se fatigue entre deux
éternités pour s’abîmer enfin, selon l’esprit qu’elle suit, dans les régions de
la lumière ou dans celles des ténèbres. Il faut regarder et voir à notre côté
notre ange gardien veillant attentivement pour que les pensées importunes ne
nous tourmentent pas, mettant ses mains devant nos pieds pour que nous
n’allions pas heurter contre quelque pierre. Il faut ouvrir l’histoire et y
lire la manière merveilleuse dont Dieu dispose les événements humains pour sa
propre gloire et pour le bien de ses élus, événements dont il est maître, sans
que pour cela l’homme cesse d’être maître de ses actions. Il faut voir comment
il suscite, en temps opportun, les conquérants et les conquêtes, les généraux
et les guerres, et comment il rétablit et pacifie tout en un instant,
renversant les guerriers et domptant l’orgueil des conquérants ; comment il
permet que des tyrans se lèvent contre un peuple pécheur, et comment il permet
que les peuples rebelles soient parfois le châtiment des tyrans ; comment il
réunit les tribus et sépare les castes ou disperse les nations ; comment il
donne et ôte à son gré les empires, comment il les couche à terre et comment il
les élève jusqu’aux nues ; il faut voir enfin comment les hommes marchent,
perdus et aveugles, dans ce labyrinthe de l’histoire, construisant les nations
humaines sans qu’aucune sache dire quelle est sa structure, ni où est son
entrée ni quelle est son issue.
Tout ce vaste et splendide
système de surnaturalisme, clef universelle et universelle explication des
choses humaines, est nié implicitement ou explicitement par ceux qui affirment
la conception immaculée de l’homme. Et ceux qui affirment cela aujourd’hui ne
sont pas quelques philosophes seulement ; ce sont les gouverneurs des peuples,
les classes influentes de la société et la société elle-même, empoisonnée du
venin de cette hérésie perturbatrice.
Là est l’explication de tout
ce que nous voyons et de tout ce que nous touchons dans l’état où nous sommes
tombés, entraînés par la logique de l’erreur. En premier lieu, si la lumière de
notre raison n’a pas été obscurcie, cette lumière est suffisante, sans le
secours de la foi, pour découvrir la vérité. Si la foi n’est pas nécessaire, la
raison est souveraine et indépendante. Les progrès de la vérité dépendent des
progrès de la raison ; les progrès de la raison dépendent de son exercice ; son
exercice consiste dans la discussion ; la discussion est donc la vraie loi
fondamentale des sociétés humaines et l’unique creuset où, après la fusion, la
vérité, dégagée de tout alliage d’erreur, apparaisse dans sa pureté. De ce
principe sortent la liberté de la presse, l’inviolabilité de la tribune et la
souveraineté réelle des assemblées délibérantes. En second lieu, si la volonté
de l’homme n’est pas malade, l’attrait du bien lui suffit pour suivre le bien
sans le secours surnaturel de la grâce. Si l’homme n’a pas besoin de ce
secours, il n’a pas besoin non plus des sacrements qui le lui donnent ni des
prières qui le lui procurent : si la prière n’est pas nécessaire, elle est
inutile, et la vie contemplative est une pure oisiveté. Si la vie contemplative
n’est qu’oisiveté, la plupart des communautés religieuses n’ont aucune raison
d’être : aussi, partout où ont pénétré ces idées, ces communautés ont-elles été
détruites. Si l’homme n’a pas besoin des sacrements, il n’a pas besoin non plus
de ceux qui les administrent, et, s’il n’a pas besoin de Dieu, il n’a pas
besoin de médiateurs : de là le mépris ou la proscription du sacerdoce partout
où ces idées ont jeté des racines. Le mépris du sacerdoce se résout partout
dans le mépris de l’Église, et le mépris de l’Église se mesure au mépris de
Dieu. L’action de Dieu sur l’homme étant niée, et un abîme insondable étant de
nouveau ouvert (autant qu’il est possible) entre le créateur et sa créature,
immédiatement la société s’écarte instinctivement de l’Église à une distance
égale ; de sorte que, partout où Dieu est relégué dans le ciel, l’Église est
reléguée dans le sanctuaire ; tandis qu’au contraire partout où l’homme vit
assujetti à la domination de Dieu, il s’assujettit naturellement et
instinctivement à la domination de son Église. Tous les siècles attestent cette
vérité, et le siècle présent lui rend le même témoignage que les siècles
passés.
Tout ce qui est surnaturel
étant ainsi écarté, et la religion étant convertie en un déisme vague, l’homme,
qui n’a pas besoin de l’Église, enfermée dans son sanctuaire, ni de Dieu,
prisonnier dans son ciel comme Encelade sous son rocher, tourne ses yeux vers
la terre et se consacre exclusivement au culte des intérêts matériels : c’est
l’époque des systèmes utilitaires, des grands développements du commerce, des
fièvres de l’industrie, des insolences des riches et des impatiences des
pauvres. Cet état de richesse matérielle et d’indigence religieuse est toujours
suivi d’une de ces catastrophes gigantesques que la tradition et l’histoire gravent
perpétuellement dans la mémoire des hommes. Les prudents et les habiles se
réunissent en conseil pour les conjurer ; mais la tempête arrive en grondant,
met en déroute leur conseil et les emporte avec leurs conjurations.
De là une impossibilité
absolue d’empêcher l’invasion des révolutions et l’avènement des tyrannies, qui
ne sont au fond qu’une même chose, puisque révolutions et tyrannies se résument
également dans la domination de la force, qui seule peut régner lorsqu’on a
relégué Dieu dans le ciel et l’Église dans le sanctuaire. Tenter de combler le
vide que leur absence laisse dans la société par une sorte de distribution
artificielle et équilibrée des pouvoirs publics n’est qu’une folle présomption,
une tentative semblable à celle d’un homme qui, en l’absence des esprits
vitaux, voudrait reproduire, à force d’industrie et par des moyens purement
mécaniques, les phénomènes de la vie. Dieu, l’Église, ne sont pas des formes,
aussi n’y a-t-il aucune forme qui puisse remplir le grand vide qu’ils laissent
quand ils se retirent des sociétés humaines. Au contraire, il n’y a aucune
forme de gouvernement qui soit essentiellement dangereuse lorsque Dieu et son
Église se meuvent librement, si, d’un autre côté, les mœurs lui sont amies et
les temps favorables.
Il n’y a pas d’accusation
plus singulière et plus étrange que celle qui consiste à affirmer, d’une part,
avec certaines écoles, que le catholicisme est favorable au gouvernement des
masses, et, de l’autre, avec d’autres sectaires, qu’il empêche le développement
de la liberté, qu’il favorise l’expansion des grandes tyrannies. Y a-t-il
absurdité plus grande que d’accuser du premier fait le catholicisme,
continuellement occupé à condamner les révoltes et à sanctifier l’obéissance
comme une obligation commune à tous les hommes ? Y a-t-il absurdité plus grande
que d’accuser du second fait la seule religion de la terre qui enseigne aux
peuples que nul homme n’a droit sur l’homme, parce que toute autorité vient de
Dieu, que nul ne sera grand s’il n’est petit à ses propres yeux, que les
pouvoirs sont institués pour le bien, que commander c’est servir, et que la
souveraineté est un ministère, et par conséquent un sacrifice ? Ces principes
révélés de Dieu, et maintenus dans toute leur intégrité par sa sainte Église, constituent
le droit public de toutes les nations chrétiennes. Ce droit public est
l’affirmation perpétuelle de la vraie liberté, parce qu’elle est la perpétuelle
négation, la condamnation permanente, d’un côté, du droit des peuples de
laisser les voies de l’obéissance pour celles de la révolte, et, d’un autre
côté, du droit des princes de convertir leur pouvoir en tyrannie. La liberté
consiste précisément dans la double négation de ce droit de tyrannie et de ce
droit de révolte, et cela est tellement vrai, que, cette négation acceptée, la
liberté est inévitable, tandis que, si on la rejette, la liberté est impossible
: l’affirmation de la liberté et la négation de ces droits ne sont, à y bien
regarder, que deux expressions différentes d’une seule et même chose. D’où il
suit non seulement que le catholicisme n’est l’ami ni des tyrannies ni des
révolutions, mais encore que lui seul les nie et les repousse véritablement :
non seulement qu’il n’est pas l’ennemi de la liberté, mais encore que lui seul
a découvert, par sa double négation de la tyrannie et de la révolte, le
caractère propre de la vraie liberté.
Il n’est pas moins absurde
de supposer, comme le font quelques-uns, que la sainte religion que nous
professons, et l’Église qui la contient et la prêche, ou arrêtent ou regardent
avec regret le libre développement de la richesse publique, la bonne solution
des questions économiques et l’accroissement des intérêts matériels ; s’il est
certain que la religion se propose, non pas de rendre les peuples puissants, mais
heureux, non pas de rendre les hommes riches, mais saints, il ne l’est pas
moins qu’un de ses nobles et grands enseignements impose à l’homme la mission
de transformer la nature entière, et de la mettre à son service par le travail.
Ce que l’Église cherche, c’est un certain équilibre entre les intérêts
matériels et les intérêts moraux et religieux ; ce qu’elle cherche dans cet
équilibre, c’est que chaque chose soit à sa place, et qu’il y ait place pour
toutes choses ; ce qu’elle cherche enfin, c’est que la première place soit
occupée par les intérêts moraux et religieux, et que les intérêts matériels ne
viennent qu’après ; et cela, non seulement parce que les notions les plus
élémentaires de l’ordre l’exigent, mais encore parce que la raison nous dit et l’histoire
nous enseigne que cette prépondérance, condition nécessaire de cet équilibre,
peut seule conjurer et qu’elle conjure infailliblement les grandes
catastrophes, toujours prêtes à surgir partout où le développement exclusif des
intérêts matériels met en fermentation les grandes concupiscences.
Certains hommes, de nos
jours, se montrent persuadés de la nécessité où est le monde, pour ne pas
périr, d’avoir l’appui et le secours de notre religion sainte et de la sainte
Église ; mais, craignant de se soumettre à son joug, qui, s’il est doux pour
les humbles, est lourd pour l’orgueil humain, ils cherchent une issue dans une
transaction, acceptant de l’Église et de la religion certaines choses et en
repoussant d’autres qu’ils estiment exagérées. Ces hommes sont d’autant plus
dangereux, qu’ils prennent un certain air d’impartialité très propre à tromper
et à séduire les peuples, et au moyen duquel ils se font juges du camp,
obligeant l’erreur et la vérité à comparaître devant eux, et cherchant avec une
fausse modération je ne sais quel milieu impossible entre elles. La vérité,
cela est certain, se trouve entre les erreurs opposées et extrêmes ; mais entre
la vérité et l’erreur il n’y a point de milieu : entre ces deux pôles
contraires il n’y a rien qu’un vide immense ; celui qui se place dans ce vide
est aussi loin de la vérité que celui qui se place dans l’erreur : on n’est
dans la vérité que lorsqu’on est complètement en union avec elle.
Telles sont les principales
erreurs des hommes et des classes à qui est échu de notre temps le triste
privilège de gouverner les nations. Mais lorsque, tournant les yeux d’un autre
côté, le regard s’arrête sur ceux qui se présentent pour réclamer le grand
héritage du gouvernement, la raison est troublée et l’imagination confondue de
se trouver en présence d’erreurs plus pernicieuses encore et plus abominables.
C’est une chose digne de remarque pourtant que, si pernicieuses et abominables
qu’elles soient, elles sortent logiquement, comme autant de conséquences
rigoureuses et inévitables, des erreurs que je signalais tout à l’heure.
L’immaculée conception de
l’homme et la beauté intégrale de la nature humaine étant supposées, voyons
quelles questions se présentent naturellement à l’esprit. Les uns se disent : «
Si notre raison est lumineuse et notre volonté droite et excellente, pourquoi
nos passions, qui sont de nous et en nous, aussi bien que notre raison et notre
volonté, ne seraient-elles pas également bonnes et excellentes ? » D’autres se
demandent : « Si la discussion est bonne en soi, si elle est le moyen d’arriver
à la vérité, comment peut-il y avoir des choses soustraites à sa juridiction
souveraine ? » D’autres ne conçoivent pas pourquoi, en partant des prémisses
acceptées, on n’arrive pas à cette conclusion : « La liberté de penser, de
vouloir et d’agir, doit être absolue. » Ceux qui se livrent aux controverses
religieuses sont conduits à poser cette question : « Si Dieu n’est pas bon dans
la société, pourquoi le reconnaîtrait-on dans le ciel, et pourquoi, si l’Église
ne sert de rien, l’admettrait-on dans le sanctuaire ? » Un plus grand nombre
encore fait celle-ci : « Puisque le progrès vers le bien est indéfini, pourquoi
ne pas tenter l’héroïque entreprise d’élever les jouissances à la hauteur des
concupiscences, et de changer cette vallée de larmes en un jardin de délices ?
» Les philanthropes se montrent scandalisés lorsqu’ils rencontrent un pauvre
dans les rues, ils ne peuvent comprendre que le pauvre, étant si laid, soit
réellement un homme, ni que l’homme, étant si beau, puisse être pauvre. Et ces
questions, ces raisonnements, aboutissent à cette conclusion dernière, que,
sous une forme ou sous une autre, tous proclament unanimement : « Il y a
nécessité, nécessité impérieuse, de bouleverser la société, de supprimer les gouvernements,
de partager les richesses et d’en finir d’un coup avec toutes les institutions
humaines et divines. »
Il est encore, quoique la
chose paraisse impossible, il est une erreur qui, n’étant pas à beaucoup près
aussi détestable, considérée en elle-même, a néanmoins, par ses conséquences,
une portée plus haute que toutes ces erreurs ; je veux parler de l’aveuglement
de ceux qui ne voient aucun lien entre ces erreurs et les erreurs mères que
j’ai d’abord signalées, de ceux qui refusent de croire que celles-là naissent
nécessairement et inévitablement de celles-ci. Si la société ne sort pas
bientôt de cette erreur pour condamner d’une condamnation radicale et
souveraine toutes ces erreurs, les unes comme conséquences et les autres comme
prémisses, la société, humainement parlant, est perdue.
En parcourant l’énumération
incomplète que je viens de faire des erreurs monstrueuses de notre temps, on
remarque que les unes aboutissent à la confusion absolue, à l’anarchie absolue,
tandis que les autres rendent nécessaire, pour leur réalisation, un despotisme
de proportions inouïes et gigantesques. La première catégorie comprend celles
qui se rapportent à l’exaltation de la liberté individuelle et à la violente
destruction de toutes les institutions ; la seconde, celles qui supposent une
ambition organisatrice. Dans le dialecte de l’école, on appelle socialistes en
général les sectaires qui répandent les premières, et communistes ceux qui
sèment les secondes. Ce que ceux-là cherchent surtout, c’est l’expansion indéterminée
de la liberté individuelle aux dépens de l’autorité publique supprimée ; les
autres, au contraire, tendent à l’entière suppression de la liberté humaine et
à un développement gigantesque de l’autorité de l’État. La formule la plus
complète de la première de ces doctrines se trouve dans les écrits de M. Émile
de Girardin et dans le dernier livre de M. Proudhon. Celui-là a découvert la
force centrifuge, celui-ci la force centripète de la société future que
gouverneront les idées socialistes, et qui obéira à deux mouvements contraires,
l’un de répulsion, produit par la liberté absolue, l’autre d’attraction,
produit par un tourbillon de contrats. Quant au communisme, son essence
consiste dans la confiscation de toutes les libertés et de toutes choses au
profit de l’État.
Ce que toutes ces erreurs
sociales ont de monstrueux tient à la profondeur des erreurs religieuses, où
elles ont leur explication et leur origine. Les socialistes ne se contentent
pas de reléguer Dieu dans le ciel ; ils vont plus loin, ils font profession
publique d’athéisme, ils nient Dieu en tout. La négation de Dieu, source et
origine de toute autorité, étant admise, la logique exige la négation absolue
de l’autorité même : la négation de la paternité universelle entraîne la
négation de la paternité domestique ; la négation de l’autorité religieuse
entraîne la négation de l’autorité politique. Quand l’homme se trouve sans
Dieu, aussitôt le sujet se trouve sans roi et le fils sans père.
Il me semble évident que le
communisme, de son côté, procède des hérésies panthéistes et de celles qui leur
sont parentes. Lorsque tout est Dieu et que Dieu est tout, Dieu est surtout
démocratie et multitude : les individus, atomes divins et rien de plus, sortent
du tout qui les engendre perpétuellement pour rentrer dans le tout qui
perpétuellement les absorbe. Dans ce système, ce qui n’est pas le tout n’est
pas Dieu, quoique participant de la Divinité, et ce qui n’est pas Dieu n’est
rien, parce qu’il n’y a rien hors de Dieu, qui est tout. De là le superbe
mépris des communistes pour l’homme et leur négation insolente de la liberté
humaine ; de là ces aspirations immenses à la domination universelle par la
future démagogie, qui s’étendra sur tous les continents et jusqu’aux dernières
limites de la terre ; de là ces projets d’une folie furieuse, qui prétend mêler
et confondre toutes les familles, toutes les classes, tous les peuples, toutes
les races d’hommes, pour les broyer ensemble dans le grand mortier de la
révolution, afin que de ce sombre et sanglant chaos sorte un jour le Dieu
unique, vainqueur de tout ce qui est divers ; le Dieu universel, vainqueur de
tout ce qui est particulier ; le Dieu éternel, sans commencement ni fin,
vainqueur de tout ce qui naît et passe ; le Dieu-Démagogie annoncé par les derniers
prophètes, astre unique du firmament futur, qui apparaîtra porté par la
tempête, couronné d’éclairs et servi par les ouragans. La démagogie est le
grand Tout, le vrai Dieu, Dieu armé d’un seul attribut, l’omnipotence, et
affranchi de la bonté, de la miséricorde, de l’amour, ces trois grandes
faiblesses du Dieu catholique. À ces traits, qui ne reconnaîtrait le Dieu
d’orgueil, Lucifer ?
Quand on considère
attentivement ces abominables doctrines, il semble impossible de ne pas y voir
quelque chose du signe mystérieux, mais visible, dont l’erreur sera marquée aux
temps annoncés par l’Apocalypse. Si une crainte religieuse ne m’empêchait pas
de chercher à soulever le voile qui couvre ces temps redoutables, je pourrais
peut-être appuyer sur de puissantes raisons d’analogie cette opinion : que le
grand empire antichrétien sera un empire démagogique colossal, gouverné par un
plébéien de grandeur satanique, l’homme de péché.
Après avoir considéré en
général les principales erreurs du temps et démontré que toutes ont leur
origine dans quelque erreur religieuse, il me semble convenable et même
nécessaire de m’arrêter à quelques applications qui mettront dans tout son jour
cette vérité.
Ainsi, par exemple, il me
paraît hors de doute que tout ce qui altère la notion du gouvernement de Dieu
sur l’homme affecte au même degré et de la même manière les gouvernements
institués dans les sociétés civiles. La première erreur religieuse des temps
modernes a été le principe de l’indépendance et de la souveraineté de la raison
humaine. À cette erreur dans l’ordre religieux correspond, dans l’ordre
politique, celle qui consiste à affirmer la souveraineté de l’intelligence. Et
de là vient que la souveraineté de l’intelligence a été le fondement universel
du droit public dans les sociétés combattues par les premières révolutions.
Telle est l’origine des monarchies parlementaires avec leur cens électoral,
leur division des pouvoirs, leur presse libre et leur tribune inviolable.
La seconde erreur est
relative à la volonté, et consiste, quant à l’ordre religieux, à affirmer que
la volonté, droite de soi, n’a jamais besoin, pour se porter au bien, de la
sollicitation ni de l’impulsion de la grâce. À cette erreur correspond, dans
l’ordre politique, celle qui consiste à affirmer que, toute volonté étant de
soi droite, il ne doit y en avoir aucune qui soit dirigée et aucune qui ne soit
directrice. Ce principe est la base du suffrage universel, et c’est là
l’origine du système républicain.
La troisième erreur se
rapporte aux appétits et consiste à affirmer, dans l’ordre religieux,
l’immaculée conception de l’homme étant supposée, que ses appétits sont tous et
toujours légitimes. À cette erreur correspond, dans l’ordre politique, celle
qui demande aux gouvernements de s’ordonner pour une seule fin : la
satisfaction de toutes les concupiscences. Ce principe est la base de tous ces
systèmes socialistes, dont les partisans combattent aujourd’hui pour la
domination, et qui, les choses suivant leur cours naturel sur la pente où nous
sommes, finiront par la conquérir.
On le voit donc : l’hérésie
perturbatrice, qui, d’un côté, nie le péché originel, affirmant, de l’autre,
que l’homme n’a pas besoin d’une direction divine, cette hérésie conduit
d’abord à affirmer la souveraineté de l’intelligence, ensuite à affirmer la
souveraineté de la volonté, et enfin à affirmer la souveraineté des passions,
trois souverainetés perturbatrices.
Il n’y a qu’à savoir ce qui
s’affirme ou se nie de Dieu dans les régions religieuses, pour savoir ce qui
s’affirme ou se nie du gouvernement dans les régions politiques. Lorsqu’un
vague déisme prévaut dans les premières, tout en reconnaissant que Dieu règne
sur toute la création, on nie qu’il la gouverne. Alors, dans les régions
politiques prévaut la maxime parlementaire : Le roi règne et ne
gouverne pas.
Lorsqu’on nie l’existence de
Dieu, on nie tout du gouvernement, et on lui refuse jusqu’au droit d’exister. À
ces époques de malédiction surgissent et se propagent avec une épouvantable
rapidité les idées anarchiques des écoles socialistes.
Enfin, lorsque l’idée de la
Divinité et celle de la création se confondent dans cette affirmation que les
choses créées sont Dieu, et que Dieu est l’universalité des choses créées,
alors le communisme prévaut dans les régions politiques, comme le panthéisme
dans les régions religieuses, et la justice de Dieu met l’homme à la merci
d’abjects et abominables tyrans.
Ramenant les yeux vers
l’Église, il me sera facile de démontrer qu’elle a été l’objet des mêmes
erreurs, qui conservent toujours leur indestructible identité, soit qu’elles
s’appliquent à Dieu, soit qu’elles troublent son Église, soit qu’elles
bouleversent les sociétés civiles.
L’Église peut être
considérée de deux manières différentes : ou en elle-même, comme une société
indépendante et parfaite qui a en soi tout ce qu’il lui faut pour agir
librement et pour se mouvoir largement ; ou dans ses rapports avec les sociétés
civiles et les gouvernements de la terre.
Considérée sous le point de
vue de son organisme intérieur, l’Église s’est vue dans la nécessité de
contenir et de repousser un vaste débordement de pernicieuses erreurs, et il
est digne de remarque que, parmi ces erreurs, les plus pernicieuses sont celles
qui attaquent son unité dans ce qu’elle a de plus merveilleux et de plus parfait,
le pontificat, pierre fondamentale du divin édifice. Au nombre de ces erreurs
est celle qui refuse au vicaire de Jésus-Christ sur la terre la succession
unique et indivise du pouvoir apostolique en ce qu’il a d’universel, et qui,
partageant cette succession, fait des évêques ses cohéritiers. Si cette erreur
pouvait prévaloir, elle introduirait la confusion et le désordre dans l’Eglise
du Seigneur, et la convertirait par la multiplication du souverain pontificat,
qui est l’autorité essentielle, l’autorité indivisible, l’autorité
incommunicable, en une aristocratie des plus turbulentes. Conservant l’honneur
d’une vaine présidence, mais dépouillé de la juridiction réelle et du
gouvernement effectif, le Souverain Pontife, sous l’empire de cette erreur,
vit, inutile, au Vatican, comme Dieu, sous l’empire de l’erreur déiste, vit,
inutile, dans le ciel, et comme le roi, sous l’empire de l’erreur
parlementaire, vit, inutile, sur le trône.
Ceux qui, s’accommodant mal
de l’empire de la raison, de soi aristocratique, lui préfèrent celui de la
volonté, de soi démocratique, tombent dans le presbytérianisme, qui est la
république dans l’Église, comme ils tombent dans le suffrage universel, qui est
la république dans les sociétés civiles.
Ceux qui, épris de la
liberté individuelle, l’exagèrent jusqu’au point de lui reconnaître une
souveraineté sans bornes et de demander la destruction de toutes les
institutions répressives, ceux-là tombent, quant à l’ordre civil, dans la
société contractuelle de Proudhon, et, quant à l’ordre religieux, dans ce
système de l’inspiration individuelle que professèrent de fanatiques sectaires
durant les guerres religieuses de l’Angleterre et de l’Allemagne.
Enfin, ceux qui sont séduits
par les erreurs panthéistes aboutissent, dans l’ordre ecclésiastique, à la
souveraineté indivise de la multitude des fidèles, comme dans l’ordre divin, à
la déification de toutes choses, comme dans l’ordre civil, à la constitution de
la souveraineté universelle et absorbante de l’État communiste.
Toutes ces erreurs relatives
à l’ordre hiérarchique établi de Dieu dans son Église, si graves qu’elles
soient dans la région des spéculations, perdent grandement de leur importance
dans le domaine des faits, parce qu’il est absolument impossible qu’elles puissent
prévaloir dans une société que les promesses divines mettent à l’abri de leurs
ravages. Mais il n’en est pas de même des erreurs qui touchent aux rapports
entre l’Église et la société civile, entre le sacerdoce et l’empire. Celles-ci
ont eu, en d’autres siècles, la puissance de troubler la paix des peuples, et
cette puissance, elles l’ont encore ; non pas qu’il leur soit donné d’empêcher
l’expansion irrésistible de l’Église dans le monde, mais elles mettent à cette
expansion des obstacles et des entraves et retardent ainsi le jour où son
empire n’aura d’autres limites que les limites mêmes de la terre.
Ces erreurs sont de diverses
espèces, selon qu’on affirme de l’Église ou qu’elle est égale à l’État, ou
qu’elle lui est inférieure, ou qu’elle ne doit avoir aucun rapport avec l’État,
ou qu’elle est de tout point inutile. La première est l’affirmation des régalistes modérés
; la seconde, celle des régalistes conséquents ; la troisième, celle des
révolutionnaires qui proposent pour première prémisse de leurs arguments la
dernière conséquence du régalisme ; la dernière est celle des socialistes et
des communistes, c’est-à-dire de toutes les écoles radicales, lesquelles
prennent pour prémisses de leur argument la dernière conséquence où s’arrête
l’école révolutionnaire.
La théorie de l’égalité
entre l’Église et l’État conduit les régalistes modérés à représenter comme
étant de nature laïque ce qui est de nature mixte, et comme étant de nature
mixte ce qui est de nature ecclésiastique. Ils sont forcés de recourir à ces
usurpations pour en former la dot ou le patrimoine que l’État apporte dans
cette société égalitaire. D’après cette théorie entre l’Église et l’État,
presque tous les points sont controversables, et tout ce qui est controversable
doit se résoudre par des arrangements amiables et des transactions : du reste
le placet pour les bulles, les brefs apostoliques et tous les actes de
l’autorité ecclésiastique, est de rigueur, de même que la surveillance,
l’inspection et la censure exercée sur l’Église au nom de l’État.
La théorie de l’infériorité
de l’Église vis-à-vis de l’État conduit les régalistes conséquents à proclamer
le principe des églises nationales, le droit du pouvoir civil de révoquer les
accords conclus avec le Souverain Pontife, de disposer à son gré des biens de
l’Église, et enfin le droit de gouverner l’Église par des décrets ou des lois,
œuvre des assemblées délibérantes.
La théorie qui consiste à
affirmer que l’Église n’a rien de commun avec l’État conduit l’école
révolutionnaire à proclamer la séparation absolue entre l’État et l’Église, et,
comme conséquence forcée, ce principe que l’entretien du clergé et la
conservation du culte doivent être à la charge exclusive des fidèles.
L’erreur qui consiste à
affirmer que l’Église n’est ici-bas d’aucune utilité, étant la négation de
l’Église même, donne pour résultat la suppression violente de l’ordre
sacerdotal par un décret qui trouve naturellement sa sanction dans une
persécution religieuse.
Ces erreurs, on le voit, ne
sont que la reproduction de celles que nous avons déjà constatées dans les
autres sphères : dans l’ordre politique, la coexistence de la liberté
individuelle et de l’autorité publique ; dans l’ordre moral, la coexistence du
libre arbitre et de la grâce ; dans l’ordre intellectuel, la coexistence de la
raison et de la foi ; dans l’ordre historique, la coexistence de la providence
divine et de la liberté humaine ; dans les sphères les plus élevées de la
spéculation, la coexistence de deux mondes, par la coexistence de l’ordre naturel
et de l’ordre surnaturel, donnent lieu aux mêmes affirmations et négations
erronées que la coexistence de l’Église et de l’État.
Toutes ces erreurs,
identiques dans leur nature, bien que diverses dans leurs applications,
produisent dans toutes ces applications les mêmes résultats funestes. Quand
elles s’appliquent à la coexistence de la liberté individuelle et de l’autorité
publique, elles produisent la guerre, l’anarchie et les révolutions dans l’État
; quand elles ont pour objet le libre arbitre et la grâce, elles produisent
d’abord la division et la guerre intérieure, puis l’exaltation anarchique du
libre arbitre, et enfin la tyrannie des concupiscences dans le cœur de l’homme
; quand elles s’appliquent à la raison et à la foi, elles produisent d’abord la
révolte de la raison contre la foi, ensuite le désordre, l’anarchie et le
vertige dans les régions de l’intelligence humaine ; quand elles s’appliquent à
l’intelligence de l’homme et à la providence de Dieu, elles produisent les
catastrophes dont est semé le champ de l’histoire ; quand elles s’appliquent
enfin à la coexistence de l’ordre naturel et de l’ordre surnaturel, l’anarchie,
la confusion et la guerre se dilatent dans toutes les sphères et sont dans
toutes les régions.
On voit par là qu’en
dernière analyse et en dernier résultat toutes ces erreurs, dans leur variété
presque infinie, se résolvent en une seule, laquelle consiste en ce qu’on a
méconnu ou faussé l’ordre hiérarchique, immuable de soi, que Dieu a mis dans
les choses. Cet ordre établit la supériorité hiérarchique de tout ce qui est
surnaturel sur tout ce qui est naturel, et, par conséquent, la supériorité
hiérarchique de la foi sur la raison, de la grâce sur le libre arbitre, de la
providence divine sur la liberté humaine, de l’Église sur l’État, et, pour tout
dire à la fois et en un seul mot la supériorité de Dieu sur l’homme.
Le droit réclamé par la foi
d’éclairer la raison et de la guider n’est pas une usurpation, c’est une
prérogative conforme à l’excellence de sa nature ; au contraire, la prérogative
réclamée par la raison d’assigner à la foi ses limites et son domaine n’est pas
un droit, mais une prétention ambitieuse que condamne sa nature inférieure et
subordonnée. La soumission aux inspirations secrètes de la grâce est conforme à
l’ordre universel, parce que ce n’est autre chose que la soumission aux
sollicitations divines et aux appels divins ; au contraire, le mépris de la
grâce, la négation de la grâce, la révolte contre la grâce, constituent le
libre arbitre dans un état intérieur d’indigence et dans un état extérieur de
rébellion contre l’Esprit-Saint. L’empire absolu de Dieu sur les grands
événements historiques qu’il opère et qu’il permet est sa prérogative
incommunicable : l’histoire est comme le miroir où Dieu regarde extérieurement
ses desseins ; quand l’homme affirme que c’est lui qui fait les événements et
qui tisse la trame merveilleuse de l’histoire, sa prétention est donc insensée
: tout ce qu’il peut faire est de tisser pour lui seul la trame de celles de
ses actions qui sont contraires aux divins commandements, et d’aider à tisser
la trame de celles qui sont conformes à la volonté divine. De même, la
supériorité de l’Église sur les sociétés civiles est conforme à la droite
raison, car la raison nous dit que le surnaturel est au-dessus du naturel, le
divin au-dessus de l’humain ; et c’est pourquoi toute tentative de l’État pour
absorber l’Église, se séparer de l’Église, prévaloir sur l’Église, ou seulement
s’égaler à l’Église, est une tentative anarchique, provocatrice de conflits et
grosse de catastrophes.
De la restauration de ces
principes éternels de l’ordre religieux, de l’ordre politique et social, dépend
exclusivement le salut des sociétés humaines. Mais, pour les rétablir dans les
intelligences, il faut les connaître, et l’Église catholique seule les connaît.
Son droit d’enseigner toutes les nations, qui lui vient de son fondateur et
maître, ne se base donc pas seulement sur cette origine divine, il est encore
justifié par ce principe de la droite raison : que celui qui ignore doit
recevoir l’enseignement de celui qui sait.
Oui, quand même l’Église
n’aurait pas reçu du Seigneur le droit souverain d’enseignement, elle serait
encore autorisée à l’exercer, par cela seul qu’elle est dépositaire des seuls
principes qui aient la vertu de maintenir toutes choses en ordre et en
harmonie, et de mettre l’harmonie et l’ordre en toutes choses. Quand on affirme
de l’Église qu’elle a le droit d’enseigner, cette affirmation, si légitime et
si conforme à la raison, n’est pourtant pas l’expression complète de la vérité
: il faut affirmer en même temps que le devoir des sociétés civiles est de
recevoir l’enseignement de l’Église. Sans doute les sociétés civiles possèdent
la redoutable faculté de ne pas gravir les montagnes élevées des vérités
éternelles et de se laisser mollement entraîner, sur les pentes rapides de
l’erreur, jusqu’au fond des abîmes : la question est de savoir si on peut dire
que celui-là exerce un droit, qui, ayant perdu la raison, commet un acte de
folie, si celui-là exerce un droit, qui renonce à tous les droits par le
suicide.
La question de
l’enseignement, agitée dans ces derniers temps entre les universitaires et les
catholiques français, n’a pas été posée par ceux-ci dans ses véritables termes
: et l’Église universelle ne peut l’accepter dans les termes où elle se pose.
Étant données, d’un côté la liberté des cultes, et de l’autre les circonstances
toutes particulières où se trouve aujourd’hui la nation française, il est
évident que les catholiques de France n’étaient pas en état de réclamer pour
l’Église, en fait d’enseignement, autre chose que la liberté, et que cette
liberté, étant dans ce pays de droit commun, pouvait pour cette raison y servir
comme de bouclier et de refuge à la vérité catholique. Mais le principe de la
liberté d’enseignement, considéré en lui-même, et abstraction faite des
circonstances spéciales où il a été proclamé, est un principe faux que l’Église
catholique ne peut accepter. L’Église, en l’acceptant, se mettrait
manifestement en contradiction avec toutes ses doctrines : proclamer que
l’enseignement doit être libre, c’est proclamer, d’une part, qu’il n’existe pas
une vérité déjà connue qui doive être enseignée ; ou, en d’autres termes, que
la vérité est une chose qu’on ne possède pas, que l’on cherche encore et qu’on
n’espère trouver que par la discussion approfondie de toutes les opinions ;
c’est proclamer, d’autre part, que la vérité et l’erreur ont des droits égaux.
Or l’Église affirme que la vérité existe, qu’elle est connue et que, pour la
trouver avec certitude, on n’a qu’à la recevoir d’elle, sans qu’il soit besoin
de la chercher par la discussion ; elle affirme également que l’erreur naît,
vit et meurt sans avoir jamais aucun droit, tandis que la vérité demeure
toujours en possession du droit absolu. L’Église donc, tout en acceptant la
liberté là où de fait rien de plus n’est possible, ne peut la recevoir comme
terme de ses désirs, ni la saluer comme l’unique but de ses aspirations.
Telles sont les indications
que je crois devoir soumettre à Votre Éminence sur les plus pernicieuses
erreurs du temps. De cet examen impartial il résulte, ce me semble, que deux
points sont démontrés : le premier, que toutes les erreurs ont une même origine
et un même centre ; le second, que, considérées dans leur centre et dans leur
origine, elles sont toutes des erreurs religieuses. Tant il est vrai que la
négation d’un seul des attributs divins entraîne le désordre dans toutes les
sphères et met en danger de mort les sociétés humaines.
Si j’étais assez heureux
pour que ce travail ne parut pas à Votre Éminence tout à fait inutile,
j’oserais la prier de le mettre aux pieds de Sa Sainteté avec l’hommage du
profond respect que je professe comme catholique pour sa personne sacrée, pour
ses jugements infaillibles et ses décisions sans appel.
Je suis de Votre Éminence, etc.
Paris, le 19 juin 1852.
Traduction de MELCHIOR DU LAC