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jueves, 28 de febrero de 2019

Luís de Camões y Fernando Maristany y Guasch: Canción XI


CANCIÓN XI

¡Ven acá, mi seguro secretario
De las quejas que siempre estoy haciendo!
¡Oh papel, al que mi alma entera entrego!
La sinrazón digamos que viviendo
Me hace el inexorable y el contrario
Destino, sordo al llanto y sordo al ruego.
¡Lancemos agua poca en mucho fuego!
Enardézcase en gritos un tormento
Que a todas las memorias sea extraño.
Digamos mal tamaño
A Dios, al mundo, al hombre, en fin, al viento,
A quien ya muchas veces lo conté.
¡Y siempre tan en balde como ahora!
Bien sé que para errores fui nacido,
Bien sé que habré de errar; tan solo pido,
Puesto que de acertar estoy tan fuera,
No me culpen si aún esta vez erré.
Siquiera ese consuelo lograré
De hablar y errar sin daño y sin afrenta.
¡Triste de aquel al que esto le contenta!

Por experiencia sé que con quejarme
No halla mi mal remedio, mas quien pena
Debe gritar, si su dolor es grande.
Gritaré; pero ¡ay! qué débil suena
Mi voz para que pueda así aliviarme.
¡Difícil, es que mi dolor se ablande!
Mas ¿quién me impedirá que afuera mande
Lágrimas y suspiros infinitos,
Como ese daño al cual mi ánima cede?
¿Y quién es el que puede
Medir el mal con lágrimas y gritos?
Aquello diré, en fin, a que me inclinan
La ira, el dolor, y a más su remembranza,
Que es un dolor por si más duro y firme.
¡Llegad, desesperados para oírme!
Mas huyan los que viven de esperanza,
O aquellos que tenerla se imaginan,
Porque Amor y Fortuna determinan
Otorgarles poder para que sientan,
Según los males que les atormentan.

Al dejar la materna sepultura
Por el mundo exterior, pronto dejome
Mi desgraciada estrella sujetado,
Que mi propio albedrío ni aun quedome;
Pues conocí de la fugaz ventura
Lo mejor, y seguí lo peor, forzado.
Y para que el tormento conformado
Me dieren con la edad, en cuanto abriera,
Aún pequeño, los ojos blandamente,
Mándanme a un diligente
Niño ciego y alado que me hiera.
Mis infantiles lágrimas manaban
Como una triste queja enamorada;
El son de aquellas que en la cuna daba
Ya como de suspiros me sonaba.
Con el hado mi edad iba acordada,
Porque cuando por caso me cunaban,
Si de amor versos tristes me cantaban,
Se adormecía mi naturaleza,
Que siempre se acordó con la tristeza.

Fue mi dueño una fiera, que el Destino
No quiso hacer mujer a quien tuviese
Tal nombre para mí, ¡Triste ironía!
Así criado fui porque bebiese
El Veneno amoroso desde niño,
Que en otra edad debía de apurar.
—La costumbre mi muerte evitaría—
Luego la imagen vi y la semejanza
De aquella humana fiera tan hermosa,
Süave y venenosa,
Que al pecho me crió de la esperanza;
De quien más tarde vi el original
Que de todos los grandes desatinos
La culpa torna altiva y soberana.
Parecía tener la forma humana,
Mas detallaba espíritus divinos.
Tenia una presencia y porte tal
Que se vanagloriaba todo el mal
Al mirarla, y su sombra, en gentileza,
Sobrepujaba a la naturaleza.

¡Qué género tan nuevo de tormento
Tuvo Amor, con lo haber, no solamente
Probado todo en mí, mas realizado!
Implacables durezas que al ferviente
Deseo que da fuerza al pensamiento
Tenían de propósito, agitado,
Y corrido, de verse así injuriado.
Aquí sombras fantásticas venidas
De algunas temerarias esperanzas;
Las bienaventuranzas
También en las fundadas y fingidas.
Mas el dolor del pago recibido
Que con fantasear desatinaba
Esos engaños puso en desconcierto;
Aquí el adivinar o el creer cierto
Que eran verdades cuanto adivinaba;
Y luego el desdecirme de corrido,
Dar a cuanto veía otro sentido,
Y para todo, en fin, hallar razones,
—Aun siendo muchas más las sinrazones—.

No sé cómo sabía estar robando
Las entrañas del alma que fluían
Para ella por los ojos sutilmente:
Poco a poco invisibles se me hacían
Como del velo húmedo exhalando
Está el sutil humor el sol ardiente.
El gesto puro, en fin y transparente
(Para quien quedan faltos de valía
Estos nombres de bello o de precioso),
El dulce y el piadoso
Mirar con que las almas suspendía,
Fueron las hierbas mágicas que el cielo
Me hizo beber; las que por largos años
En otro ser me hubieron transformado,
Y tanto me alegraba estar trocado
Que la pena engañaba con engaños;
Y ante los ojos me ceñía el velo
Que me encubriera el mal que así creció;
Como quien con halagos se criaba
De aquél para quien él criado estaba.

Pues ¿quién puede pintar la vida ausente,
Con un desconcertarme cuanto vía?
¿Y aquel no estar jamás en donde estaba?
¿Y el hablar sin saber lo que decía?
¿Y el andar sin ver dónde, y juntamente
Suspirar, sin saber que suspiraba?
¿Y aquel dolor agudo que me hablaba
Del mal que de las aguas del infierno
Surgió al mundo y que más que todos duele;
Que tantas veces suele
En ira transformar el “ay” más tierno?
¿Y ahora con el furor del mal airado
Querer y no querer dejar de amar?
¿Y mudar a otra parte, por venganza,
El deseo, privado de esperanza,
Que tan mal se podía ya mudar?
¿Y ahora la añoranza del pasado
Tormento, puro, dulce y angustiado,
Que convertir hacía esos furores
En angustiadas lágrimas de amores?

¡Qué disculpas conmigo así buscaba
Cuando el amor süave no admitía
Culpa en la cosa amada —y tan amada—!
Eran en fin remedios que fingía
El temor del tormento, que enseñaba
A la vida a quedar siempre engañada.
En esto parte de ella fue pasada.
Mientras, si tuve algún contentamiento
Breve, imperfecto, tímido, incipiente,
Fue tan sólo simiente
De un largo y amarguísimo tormento.
Este curso continuo de tristeza.
Esos pasos tan poco juïciosos,
Me fueron apagando el goce ardiente
(Que a mi alma llevé prudentemente)
De aquellos pensamientos amorosos
Con que cantaba a la naturaleza.
Que el hábito de estar en la aspereza
—Contra el cual fuerza humana no resiste
Se convirtió en el goce de estar triste.

Así la vida en otra fui trocando
—¡Yo no, que fue el Destino, fiero, airado,
Que yo ni así por otra la trocara!—
Me hizo dejar el patrio nido amado
Pasando el amplio mar que amenazando
Me estuvo veces cien la vida cara:
Ora experimentando la ira rara
De Marte, que en los ojos quiso luego
Viese y tocase el fruto acerbo y rudo;
—Y en aqueste mi escudo
Veréis la imagen del infesto fuego—,
Y ahora, peregrino, vago errante,
Viendo pueblos, costumbres, maravillas,
Cielos varios y costas diferentes,
Por seguirte con pasos diligentes,
Fortuna injusta, a ti; a ti que humillas
Las edades, poniéndoles delante
Esperanzas de aspecto de diamante,
¡Mas que si en tierra caen acontece
Que vidrios son aquello que aparece!

La humana piedad misma me faltaba,
Los amigos en contra ya veía
En el primer peligro. En el segundo
Bajo mis pies la tierra se movía,
Aire que respirar se me negaba,
¡Y fallábanme, en fin, el tiempo, el mundo!
¡Qué secreto tan arduo y tan profundo:
Nacer para vivir, y en esta vida
Faltarme cuanto el mundo ha para ella!
¡Y no poder perdella
Dándola tantas veces por perdida!
Y en fin, que no hubo trance de fortuna
Ni peligros, ni casos enojosos,
Injusticias de aquellas que el confuso
Régimen de este mundo (eterno abuso)
Hace a los otros hombres poderosos,
Que no pasase, atado a la coluna
De mi mudo sufrir, que la importuna
Persecución de males, en pedazos
Mil veces hace usando de sus brazos.

No cuento tantos males como aquel
Que tras de la tormenta procelosa
Cuenta los casos de ella en puerto ledo,
Que aun hora la Fortuna fluctuosa
Me muestra de las penas el tropel
Y hasta de dar un paso tengo miedo.
Bien que el mal por venir temer no puedo,
Ni el bien, —que ha de faltarme—ya pretendo;
No vale para mi la astucia humana.
Ya de la fuerza arcana,
La Providencia, en fin, solo dependo.
Esto que pienso y veo a veces tomo
Como consuelo de mis muchos daños,
Mas la flaqueza humana cuando lanza
La vista a lo que corre, sólo alcanza
La fiel memoria de los viejos años;
La agua que entonces bebo, el pan que como,
Lágrimas tristes son que sólo domo
Con fabricar mi pobre fantasía
Fantásticas pinturas de alegría.

Que si fuera posible que tornase
El tiempo atrás, igual que la memoria,
Por los vestigios de la muerta edad,
Y tejiendo otra vez la antigua historia
De mis dulces errores, me llevase
A las flores que vi en la mocedad;
El recuerdo de aquella novedad
Fuera entonces mayor contentamiento,
Viendo aquel conversar ledo y suave
Donde una y otra clave
Tenía de mi nuevo pensamiento,
Los senderos, el campo, el prado, el monte,
El rocío, la rosa y la hermosura,
La gracia, la bondad, la cortesía
Y la amistad sencilla que desvía
 Toda baja intención terrena e impura,
Cual no cruzó jamás por mi horizonte.
¡Vanas memorias del pasado! Ponte
Tranquilo, débil corazón... ¡Bien veo,
Que nunca saciarás este deseo!

No más, Canción, no más que iría hablando
Sin sentirlo mil años, y si acaso
Te culparan de larga y de pesada,
Dirás que estar no puede limitada
La agua del mar en tan pequeño vaso.
Ni yo delicadezas voy contando
En busca del loor, mas explicando
Verdades ocurridas y pasadas.
¡Ojalá fueran fábulas soñadas!



Vinde cá, meu tão certo secretário
dos queixumes que sempre ando fazendo,
papel, com que a pena desafogo!
As sem-razões digamos que, vivendo,
me faz o inexorável e contrário
Destino, surdo a lágrimas e a rogo.
Deitemos água pouca em muito fogo;
acenda-se com gritos um tormento
que a todas as memórias seja estranho.
Digamos mal tamanho
a Deus, ao mundo, à gente e, enfim, ao vento,
a quem já muitas vezes o contei,
tanto debalde como o conto agora;
mas, já que para errores fui nascido,
vir este a ser um deles não duvido.
Que, pois já de acertar estou tão fora,
não me culpem também, se nisto errei.
Sequer este refúgio só terei:
falar e errar sem culpa, livremente.
Triste quem de tão pouco está contente!
Já me desenganei que de queixar-me
não se alcança remédio; mas, quem pena,
forçado lhe é gritar, se a dor é grande.
Gritarei; mas é débil e pequena
a voz para poder desabafar-me,
porque nem com gritar a dor se abrande.
Quem me dará sequer que fora mande
lágrimas e suspiros infinitos
iguais ao mal que dentro n'alma mora?
Mas quem pode algu'hora
medir o mal com lágrimas ou gritos?
Enfim, direi aquilo que me ensinam
a ira, a mágoa, e delas a lembrança,
que é outra dor por si, mais dura e firme.
Chegai, desesperados, para ouvir-me,
e fujam os que vivem de esperança
ou aqueles que nela se imaginam,
porque Amor e Fortuna determinam
de lhe darem poder para entenderem,
à medida dos males que tiverem.
{Quando vim da materna sepultura
de novo ao mundo, logo me fizeram
Estrelas infelices obrigado;
com ter livre alvedrio, mo não deram,
que eu conheci mil vezes na ventura
o milhor, e pior segui, forçado.
E, para que o tormento conformado
me dessem com a idade, quando abrisse
inda minino, os olhos, brandamente,
mandam que, diligente,
um Minino sem olhos me ferisse.
As lágrimas da infância já manavam
com ũa saudade namorada;
o som dos gritos, que no berço dava,
já como de suspiros me soava.
Co a idade e Fado estava concertado;
porque quando, por caso, me embalavam,
se versos de Amor tristes me cantavam,
logo m'adormecia a natureza,
que tão conforme estava co a tristeza}
Foi minha ama ua fera, que o destino
não quis que mulher fosse a que tivesse
tal nome para mim; nem a haveria.
Assi criado fui, porque bebesse
o veneno amoroso, de minino,
que na maior idade beberia,
e, por costume, não me mataria.
Logo então vi a imagem e semelhança
daquela humana fera tão fermosa,
suave e venenosa,
que me criou aos peitos da esperança;
de que eu vi despois o original,
que de todos os grandes desatinos
faz a culpa soberba e soberana.
Parece-me que tinha forma humana,
mas cintilava espíritos divinos.
Um meneio e presença tinha tal
que se vangloriava todo o mal
na vista dela; a sombra, co a viveza,
excedia o poder da Natureza.
Que género tão novo de tormento
teve Amor, que não fosse, não somente
provado em mim, mas todo executado?
Implacáveis durezas, que o fervente
desejo, que dá força ao pensamento,
tinham de seu propósito abalado,
e de se ver, corrido e injuriado; a
qui, sombras fantásticas, trazidas
de algũas temerárias esperanças;
as bem-aventuranças
nelas também pintadas e fingidas;
mas a dor do desprezo recebido,
que a fantasia me desatinava,
estes enganos punha em desconcerto;
aqui, o adevinhar e o ter por certo
que era verdade quanto adevinhava,
e logo o desdizer-me, de corrido;
dar às cousas que via outro sentido,
e para tudo, enfim, buscar razões;
mas eram muitas mais as sem-razões.
Não sei como sabia estar roubando
cos raios as entranhas, que fugiam
por ela, pelos olhos sutilmente!
Pouco a pouco invencíveis me saiam,
bem como do véu húmido exalando
está o sutil humor o Sol ardente.
Enfim, o gesto puro e transparente,
para quem fica baixo e sem valia
este nome de belo e de fermoso;
o doce e piadoso
mover de olhos, que as almas suspendia
foram as ervas mágicas, que o Céu
me fez beber; as quais, por longos anos,
noutro ser me tiveram transformado,
e tão contente de me ver trocado
que as mágoas enganava cos enganos;
e diante dos olhos punha o véu
que me encobrisse o mal, que assi creceu,
como quem com afagos se criava
daquele para quem crecido estava].
Pois quem pode pintar a vida ausente, c
om um descontentar-me quanto via,
e aquele estar tão longe donde estava,
o falar, sem saber o que dezia,
andar, sem ver por onde, e juntamente
suspirar sem saber que suspirava?
Pois quando aquele mal me atormentava
e aquela dor que das tartáreas águas
saiu ao mundo, e mais que todas dói,
que tantas vezes sói
duas iras tornar em brandas mágoas;
agora, co furor da mágoa irado,
querer e não querer deixar de amar,
e mudar noutra parte por vingança
o desejo privado de esperança,
que tão mal se podia já mudar;
agora, a saudade do passado
tormento, puro, doce e magoado,
fazia converter estes furores
em magoadas lágrimas de amores.
Que desculpas comigo que buscava
quando o suave Amor me não sofria
culpa na cousa amada, e tão amada!
enfim, eram remédios que fingia
o medo do tormento que ensinava
a vida a sustentar-se, de enganada.
Nisto ua parte dela foi passada,
na qual se tive algum contentamento
breve, imperfeito, tímido, indecente,
não foi senão semente
de longo e amaríssimo tormento.
Este curso contino de tristeza,
estes passos tão vãmente espalhados,
me foram apagando o ardente gosto,
que tão de siso n'alma tinha posto,
daqueles pensamentos namorados
em que eu criei a tenta natureza,
que do longo costume da aspereza,
contra quem força humana não resiste,
se converteu no gosto de ser triste.
Dest'arte a vida noutra fui trocando;
eu não, mas o destino fero, irado,
que eu ainda assi por outra não trocara.
Fez-me deixar o pátrio ninho amado,
passando o longo mar, que ameaçando
tantas vezes me esteve a vida cara.
Agora, exprimentando a fúria rara
de Marte, que cos olhos quis que logo
visse e tocasse o acerbo fruto seu
(e neste escudo meu
a pintura verão do infesto fogo);
agora, peregrino vago e errante,
vendo nações, linguages e costumes,
Céus vários, qualidades diferentes,
só por seguir com passos diligentes
a ti, Fortuna injusta, que consumes
as idades, levando-lhe diante
ũa esperança em vista de diamante,
mas quando das mãos cai se conhece
que é frágil vidro aquilo que aparece.
A piadade humana me faltava,
a gente amiga já contrária via,
no primeiro perigo; e no segundo,
terra em que pôr os pés me falecia,
ar para respirar se me negava,
e faltavam-me, enfim, o tempo e o mundo.
Que segredo tão árduo e tão profundo:
nascer para viver, e para a vida
faltar-me quanto o mundo tem para ela!
E não poder perdê-la,
estando tantas vezes já perdida!
Enfim, não houve transe de fortuna,
nem perigos, nem casos duvidosos,
injustiças daqueles, que o confuso
regimento do mundo, antigo abuso,
faz sobre os outros homens poderosos,
que eu não passasse, atado à grã coluna
do sofrimento meu, que a importuna
perseguição de males em pedaços
mil vezes fez, à força de seus braços.
Não conto tantos males como aquele
que, despois da tormenta procelosa,
os casos dela conta em porto ledo;
que ainda agora a Fortuna flutuosa
a tamanhas misérias me compele,
que de dar um só passo tenho medo.
Já de mal que me venha não me arredo,
nem bem que me faleça já pretendo,
que para mim não val astúcia humana;
de força soberana,
la Providência, enfim, divina pendo.
Isto que cuido e vejo, às vezes tomo
para consolação de tantos danos.
Mas a fraqueza humana, quando lança
os olhos no que corre, e não alcança
senão memória dos passados anos,
as águas que então bebo, e o pão que como,
lágrimas tristes são, que eu nunca domo
senão com fabricar na fantasia
fantásticas pinturas de alegria.
Que se possível fosse, que tornasse
o tempo para trás, como a memória,
pelos vestígios da primeira idade,
e de novo tecendo a antiga história
de meus doces errores, me levasse
pelas flores que vi da mocidade;
e a lembrança da longa saudade
então fosse maior contentamento,
vendo a conversação leda e suave,
onde ũa e outra chave esteve
de meu novo pensamento,
os campos, as passadas, os sinais,
a fermosura, os olhos, a brandura,
a graça, a mansidão, a cortesia,
a sincera amizade, que desvia
toda a baixa tenção, terrena, impura,
como a qual outra algũa não vi mais...
Ah! vês memórias, onde me levais
o fraco coração, que ainda não posso
domar este tão vão desejo vosso?
Nô mais, Canção, nô mais; que irei falando,
sem o sentir, mil anos. E se acaso
te culparem de larga e de pesada,
não pode ser (lhe dize) limitada
a água do mar em tão pequeno vaso.
Nem eu delicadezas vou cantando
co gosto do louvor, mas explicando
puras verdades já por mim passadas.
Oxalá foram fábulas sonhadas!

jueves, 1 de junio de 2017

Luís de Camões y Luis Gómez de Tapia: Los Lusíadas, Canto I

LOS LUSÍADAS
POEMA ÉPICO EN DIEZ CANTOS TRADUCIDO EN VERSO CASTELLANO DEL PORTUGUÉS
POR
LUIS GÓMEZ DE TAPIA
(1580)

CANTO PRIMERO

Las armas y varones señalados
que de la playa occidua lusitana
pasaron por caminos nunca usados
el no surcado mar de Taprobana,
en peligros y guerras levantados
sobre el valor de toda fuerza humana,
que entre gente remota edificaron
reino, con que su nombre eternizaron:

Las memorias de príncipes, gloriosas,
que la Fe santa y su poder mostrando,
fueron con sus empresas milagrosas
las tierras de Asia y Libia conquistando:
aquellos que con obras hazañosas
de la muerte se fueron libertando,
mi verso cantará por cualquier parte,
si a tanto me ayudare ingenio y arte.

Cesen del sabio griego y del troyano
las prolijas derrotas que siguieron;
cállese de Alejandro y de Trajano
la fama de victorias que tuvieron:
pues canto el pecho ilustre lusitano
a quien Neptuno y Marte obedecieron;
cese lo que la Musa antigua canta,
que otro valor más alto se levanta.

Vosotras, mis Tagides, que criado
habéis en mí un ingenio nuevo ardiente:
si siempre en verso humilde celebrado
fue de mí vuestro río alegremente,
dadme un son apolíneo sublimado,
un estilo grandílocuo y corriente:
así las nuestras aguas Febo ordene
no envidien las que corren de Hipocrene.

Dadme una fuerza grande sonorosa,
no de silvestre avena, o flauta ruda,
mas de terrible trompa belicosa
que el pecho inflama y la color demuda:
dadme alabanza igual a la famosa gente,
que el Marte tiene por su ayuda;
que resuene por todo el universo,
si tan sublime precio cabe en verso.

Y vos, oh bien nacida confianza
de la libertad santa lusitana,
y no menos certísima esperanza
del aumento de ley y fe cristiana,
nuevo temor de la turquesca lanza,
maravilla fatal de edad temprana,
a quien el mundo todo Dios reparte,
porque del mundo a Dios le dé gran parte:

Vos, tierno y nuevo ramo floreciente
de la árbol que de Cristo es más amada
de cuantas han nacido al Occidente,
Cesárea o Cristianísima llamada,
miradlo en vuestro escudo, que presente
os muestra la victoria ya pasada
en que por armas, como a regalado,
os dio las que en la Cruz él ha tomado.

Vos, poderoso Rey cuyo alto imperio,
luego que nace el sol, lo ve primero,
y del medio lo ve de su hemisferio,
y al trasmontar lo deja por postrero:
vos que seréis el yugo y vituperio
del ismaelita torpe caballero,
del enemigo turco y bruta gente
que aun bebe del río sacro la corriente:

Inclinad por un poco la realeza
que en vuestro tierno rostro yo contemplo,
indicio claro de la suma alteza
que tendréis cuando vais al sacro templo:
Los ojos abajad de la grandeza
de vuestro ser: veréis un claro ejemplo
de amor, de patrios hechos valerosos,
en versos celebrado numerosos.

Veréis amor de patria, no movido
por premio vil, mas alto y casi eterno,
pues que no es premio vil ser conocido
por pregón de su nido, aunque paterno.
Oíd; veréis el nombre engrandecido
de aquellos de quien es vuestro el gobierno,
y juzgaréis cuál es más excelente,
el ser señor del mundo, o de esta gente.

Atended y veréis, no con hazañas
fantásticas, fingidas, mentirosas,
los vuestros alabar, ni con extrañas
musas, de engrandecerse deseosas.
Las verdaderas vuestras son tamañas
que vencen las soñadas fabulosas
de Orlando, de Rugero y Bradamante,
aunque cante verdad quien de ellos cante.

Por éstos a don Ñuño os daré, el fiero,
que hizo al Rey y Reino tal servicio;
un Fuas y un Egas, para quien de Homero
la sonorosa cítara codicio:
pues por los doce Pares daros quiero
los doce de Inglaterra con Magricio,
el valeroso, sabio, ilustre Gama,
que para sí tomó de Eneas la fama.

Y si a trueco de Carlo, o la pujanza
del gran César, queréis igual memoria,
ved al primer Alfonso, cuya lanza
obscurece cualquiera extraña gloria:
y aquel que dio a su reino gran bonanza
con la famosa y próspera victoria,
o al otro Juan, invicto caballero,
el quinto, el cuarto Alfonsos, o el tercero.

No dejarán mis versos olvidados
aquellos que en los reinos de la Aurora
se hicieron por armas sañalados
con la bandera vuestra vencedora;
un Pacheco feroz, y los amados
Almeidas, por quien siempre el Tajo llora;
Alburquerque terrible; Castro fuerte
y otros a quien rendir no osó la muerte.

Y en cuanto de éstos canto (pues no puedo
cantar de vos, pues no me atrevo a tanto),
los vuestros gobernad con tal denuedo
que deis al reino paz, materia al canto:
sientan vuestro valor y tengan miedo
(que por el mundo todo cause espanto)
de ejércitos y hechos singulares
tierras en Libia y en Oriente mares.

En vos los ojos tiene el Moro frío
por ver ya su remate figurado;
con veros pierde el Bárbaro su brío;
y rinde al yugo el cuello no domado:
Tetis todo el cerúleo señorío
para vos tiene en dote reservado,
que, presa de ese rostro bello y tierno,
desea ya compraros para yerno.

En vos de la seráfica morada
de vuestros dos abuelos las famosas
almas se ven; la una a la paz dada,
la otra a las batallas sanguinosas:
esperan que por vos sea renovada
su memoria con obras valerosas
y os guardan para el fin de vuestros días
asiento en las eternas jerarquías.

Mas en cuanto va el tiempo vagaroso
gobernad vuestros pueblos que os desean,
dad favor a mi pecho temeroso
para que estos mis versos vuestros sean,
y ved cuál van cortando el mar furioso
los vuestros Argonautas; porque vean
que vos los veis, y ya en el mar airado
acostumbraos, señor, ser invocado.

Ya el Océano largo navegaban,
las inquietas ondas apartando;
los vientos blandamente respiraban
las altas velas de las naos hinchando;
de blanca espuma llenos se mostraban
los mares, do las proas van cortando
las marítimas aguas consagradas
que del proteo ganado son holladas.

Cuando los dioses en el cielo hermoso
de quien pende el gobierno de la gente,
se ayuntan en concilio glorioso
sobre el caso futuro del Oriente,
pisando el firmamento luminoso
vienen por la vía láctea juntamente,
convocados de parte del Tonante
por el nieto gentil del viejo Atlante.

Y de los cielos siete el regimiento
dejaban del poder más alto dado
(alto poder que con el pensamiento
gobierna cielo, tierra y mar airado):
allí se ayuntan todos al momento
los que el Arturo habitan congelado,
y los que el Austro tiene, y partes donde
nace la Aurora, el claro Sol se esconde.

Con claro resplandor cual de oro fino
el que los rayos vibra de Vulcano
en su asiento se pone cristalino
con un severo rostro soberano:
del cual respira un aire tan divino
que en divino volviera un cuerpo humano
con su corona y cetro rutilante
de piedra muy más clara que diamante.

En lucidos asientos claveteados
de perlas y oro más abajo estaban
los otros dioses todos asentados
cual orden y razón los concertaban:
preceden los antiguos más honrados,
abajo los menores se asentaban,
cuando el Júpiter alto así diciendo
con un tono comienza grave, horrendo:

«Eternos moradores del luciente
estelífero Polo y claro asiento:
si del valor supremo de esta gente
del Luso no perdéis el pensamiento,
ya sabéis, y sabréis más juntamente,
que ha sido de los hados cierto intento
que por ella se olviden los humanos
de asirios, persas, griegos y romanos.

»Ya le fué, bien lo visteis, concedido,
con pequeño poder, al Sarraceno
que en sus tierras estaba guarnecido
ganarle cuanto riega el Tajo ameno,
pues contra el Castellano tan temido
el cielo se les dio blando y sereno,
así que siempre tuvo en fama y gloria
pendientes los trofeos de victoria.

»Dejo la fama antigua y nombre claro
que con gente de Rómulo alcanzaron
cuando con Viriato invicto y raro
en la romana guerra se afamaron,
a que os obliga el hecho tan preclaro,
pues que por su caudillo levantaron
al de la cierva blanca peregrino,
que Oráculo la hizo ser divino.

»Ahora lo veis bien, que, cometiendo
el peligroso mar en un madero,
por caminos no vistos van sufriendo
del Áfrico y del Noto el soplo fiero,
que no los sufre el pecho conociendo
haber tierras debajo otro hemisfero
sin inclinar su ánimo y porfía
a ver las partes donde nace el día.

»Prometido le está del hado eterno,
cuya alta ley no puede ser quebrada,
que tengan largos tiempos el gobierno
del mar que ve del Sol la roja entrada:
sobre aguas han pasado el duro invierno,
la gente está perdida y trabajada,
ya parece bien hecho que le sea
descubierta la tierra que desea.

»Y porque en largo mar tienen pasados
mil trances, de que sois todos testigos;
tienen climas y cielos mil probados,
mil vientos adversarios enemigos,
determino que sean hospedados
en la costa africana como amigos,
que, rehecha su tan desecha flota,
proseguirá con vientos su derrota.»

Tales palabras Júpiter decía,
y los dioses por orden respondiendo,
un parecer del otro difería,
varias razones dando y recibiendo.
El Tioneo en nada consentía
de lo que era propuesto, conociendo
que olvidará sus hechos el Oriente
si allá deja pasar la Lusa gente.

Que por tiempo vendría, oyó a los hados,
una gente fortísima de España,
que con virtud y brazos señalados
venciese cuanto Doris riega y baña:
con fama de sus hechos sublimados
la suya eclipsará, aunque más extraña,
y duélele perder la antigua gloria
de que Nisa celebra su memoria.

Ve que ya tuvo el Indo sojuzgado
y nunca le quitó fortuna o caso
por vencedor del Indo ser contado
de cuantos beben agua del Parnaso.
Teme ahora que sea sepultado
su tan célebre nombre en negro vaso
del agua del olvido, si allá llegan
los fuertes portugueses que navegan.

Levántase contra él la Venus bella,
inclinada a la gente Lusitana,
porque mil cualidades halla en ella
conformes a su antigua la Romana:
corazones feroces, grande estrella
que en la tierra mostraron Tingitana,
y la lengua, en la cual cuando imagina,
con poca corrupción cree es latina.

Esto era lo que a Ciprio le movía,
y más que de las Parcas claro entiende
que su fama y loor se extendería
do la gente belígera se extiende,
pues Baco, por la infamia que temía,
y Venus, por las honras que pretende,
debaten, y en debate permanecen,
y a cada cual sus partes favorecen.

Cual Bóreas o Austro fiero en la espesura
de silvestre arboleda condensada
los ramos rompen de la selva obscura
con ímpetu y braveza nunca usada:
retumba la montaña, el son murmura
de las hojas con lucha tan trabada,
de esta suerte los dioses han tenido
un murmullo confuso no entendido.

Marte, que de la diosa sustentaba,
entre todos, las partes con porfía,
o porque el amor viejo le obligaba,
o porque la razón le compelía,
sañudo entre los más se levantaba,
lleno el semblante de melancolía,
y el escudo, que al cuello trae colgado,
lo arroja atrás con ceño y rostro airado.

La visera del yelmo de diamante
levantándola un poco, muy seguro,
para decir su dicho fue delante
de Júpiter, armado, fuerte y duro:
un golpe con el cuento penetrante
del herrado bastón dio al solio puro,
con que el cielo tembló, y el sol, turbado,
por un poco de luz quedó eclipsado.

Y dice: «Oh Padre eterno, a cuyo imperio
todo aquello obedece que criaste,
si esta gente que busca otro hemisferio,
cuyo valor y pecho tanto amaste,
no quieres que padezca vituperio
como ya tiempo ha que lo ordenaste,
no oigas más, pues eres juez derecho,
razones de quien tiene airado el pecho.

»Que si aquí la razón no se mostrase
vencida de temor demasïado,
justo fuera que Baco sustentase
la gente que es de Luso su crïado;
mas esta su intención ahora pase,
que al fin nace de estómago dañado,
y nunca estorbará la envidia ajena
el merecido bien que el cielo ordena.

»Y tú, Padre de grande fortaleza,
de la resolución que está tomada
no te vuelvas atrás; porque es flaqueza
desistir de la cosa comenzada,
y pues Cileno vence en ligereza
al viento y la saeta de arco echada,
enséñale la tierra do se informe
de la India, y la gente se reforme.»

Como esto dijo, el padre poderoso
inclinó su cabeza, y consintió
con el dicho de Marte valeroso,
y néctar sobre todos esparció.
Por el camino lácteo glorioso
cada cual de los dioses se partió,
haciendo su debido acatamiento,
al conocido puesto y aposento.
En cuanto esto pasaba en la hermosa
sala del sacro Olimpo omnipotente
cortaba el mar la gente belicosa
ya la banda del Austro, ya de Oriente:
entre etiopisa costa, y la famosa
isla de San Lorenzo, do el ferviente
Febo quema los dioses que Tifeo
con miedo hizo peces de Nereo.

Los vientos blandamente los llevaban
como a quien por amigo tiene el cielo;
sereno el aire y tiempos se mostraban
sin de nuevo peligro haber recelo,
en la Costa Guinea atrás dejaban
el Promontorio Praso con gran vuelo,
cuando el mar descubriendo les mostraba
nuevas islas que en torno cerca y lava.

Mas el capitán Gama, valeroso,
que su pecho a tan alta empresa ofrece
de corazón altivo y generoso,
a quien fortuna siempre favorece,
no quiere aquí tomar algún reposo,
que inhabitada tierra le parece:
adelante pasar determinaba,
mas no le sucedió como pensaba.

Porque le cercan luego en compañía
mil esquifes de una isla señalada,
que más llegada a tierra parecía,
cortando el largo mar con vela hinchada:
los nuestros se alborotan de alegría
con ver aquesta gente no pensada:
«¿qué nación será aquesta?, en sí decían,
¿qué costumbres, qué ley, qué rey tendrían?»

Las barcas eran hechas de manera
que muestran ser ligeras aunque estrechas;
las velas que traían son de estera,
de las hojas de verde palma hechas;
la color de la gente es la que diera
el loco de Faetón con las cosechas
de su atrevido intento, y mal paciente,
que Lampetusa llora y el Po siente.

Con paños de algodón vienen vestidos
de diversos colores listeados:
unos alrededor los traen ceñidos,
otros con modo airoso rebozados;
todos del medio arriba sin vestidos;
por armas traen adargas y terciados;
tocas en la cabeza: y navegando,
añafiles y flautas van tocando.

Con paños y con manos señalaban
a nuestros Lusitanos que esperasen;
ya las proas ligeras se inclinaban
ara que junto de ellas amainasen;
la gente y marineros trabajaban,
como si aquí sus males se acabasen,
en recoger del mástil la vela alta;
y al soltar de la amarra, el mar la asalta.

Aun no habían ancorado, y ya la gente
extraña por las cuerdas se subía:
vienen con rostro alegre, y blandamente
el sabio capitán los recibía:
las tablas poner manda en continente,
y del licor que el dulce Baco cría
hinchen vasos de vidrio, y no desechan
los quemados del sol cuanto les echan.

Comiendo alegremente preguntaban
por la arábiga lengua, dó venían,
quién eran, de qué tierra, qué buscaban,
o qué partes del mar corrido habían:
a todo los del Luso les tornaban
las respuestas que entonces convenían:
«Los portugueses somos de Occidente,
que las tierras buscamos del Oriente.

»Del mar hemos corrido y navegado
la parte del Antártico y Calisto
toda la costa libia rodeado,
cielos y tierras varias hemos visto:
de un rey súbditos somos tan amado,
tan querido de todos y bien quisto,
que por él de la mar nada tememos
y hasta el Aqueronte abajaremos.

»Por mandado del cual a buscar vamos
la región oriental que el Indo riega;
por ella el mar remoto navegamos
que sólo de las focas se navega;
mas ya razón parece que sepamos,
si la cierta verdad no se me niega,
quién sois, qué tierra es ésta,
y si hay señales de las partes do vamos orientales.»

«Somos, luego un isleño respondiera,
en la tierra extranjeros y en la ley,
porque a los naturales los pusiera
Naturaleza aquí sin ley ni rey;
mas nosotros seguimos la que diera
el Profeta sagrado y gran Muley,
que no hay parte del mundo do no cuadre
hijo de madre hebrea y gentil padre.

»Aquesta isla pequeña que habitamos
es de toda la costa cierta escala
para los que los mares navegamos
de Quiloa, Mombaza y de Zofala;
que por ser necesaria procuramos
vivirla aunque entre gente bruta y mala,
y porque todo al fin se os notifique,
el nombre de la isla es Mozambique.

»Y ya que de tan lejos navegando
buscáis el indo Idaspe y tierra ardiente,
no faltarán pilotos que guiand
 vayan allá la flota sabiamente:
justo será que, un poco reposando,
toméis algún refresco; y que el regente
que gobierna la isla luego os vea
y de mantenimientos os provea.»

En acabando aquesto se tornara
a sus barcas el Moro y compañía:
del capitán y gentes se apartara
con muestras de debida cortesía.
Luego Febo en las aguas encerrara
con cristalino carro el claro día,
dando cargo a su hermana que alumbrase
el largo mundo mientras reposase.

La noche se pasó dentro en la flota
con extraña alegría no pensada
por hallar en la tierra tan remota
nueva de tanto tiempo deseada.
Entre sí cada cual discurre y nota
la manera, y la gente acá apartada,
y cómo los que en tal secta creyeron
tanto por todo el mundo se extendieron.

Los rayos de la Cintia se mostraban
en las aguas del mar manso seguras
 las estrellas sus orbes adornaban
cual campo revestido de frescuras;
los furiosos vientos reposaban
por las concavidades más obscuras,
mas la gente del mar toda velaba,
como de tiempo atrás lo acostumbraba.

Y luego que la Aurora sonrosada
los rayos esparció de sus cabellos
en el sereno cielo, dando entrada
al Sol, que despertó por sólo vellos,
comienza a embanderarse nuestra armada
con gallardetes mil de seda bellos,
por recibir con fiestas y alegría
al regidor que a verla se partía.

Venía con su gente navegando
a ver las naos ligeras lusitanas,
trayéndoles refresco: en sí pensando
si son aquellas gentes inhumanas
que, las montañas Caspias habitando,
a conquistar las gentes asïanas
vinieron, y por orden del destino
ganaron el Imperio a Constantino.

Recibió el capitán alegremente
al Moro con su grande compañía;
dale de ricas piezas un presente
que para aqueste efecto lo traía;
dale conservas dulces, y el ardiente
y no usado licor que da alegría:
el Moro lo recibe con contento
y el comer y beber tomó de asiento.

La marítima gente del gran Luso,
subida por la jarcia, está admirada
notando el extranjero modo y uso,
la habla tan confusa y enredada;
también el Moro astuto está confuso
mirando la color, traje y armada;
y preguntando al Gama, le decía
si venían acaso de Turquía.

Decíale también que ver desea
los libros de su ley, precepto y fe,
por ver si cual la suya aquélla sea,
o si cristianos son, como él lo crée;
y porque más lo note todo y vea,
al capitán le pide que le dé
la muestra de las armas de que usaban
cuando con enemigos peleaban.

El capitán responde valeroso,
por lengua que el arábigo entendía:
«Yo te descubriré no perezoso
quién soy, cuál es mi ley, qué armas traía.
Nunca en el Caspio tuve mi reposo,
ni de la gente vengo de Turquía:
soy de tierra de Europa belicosa,
busco la oriental parte tan famosa.

»La ley tengo de Aquel a cuyo imperio
obedece visible e invisible;
Aquel que crió todo el hemisferio,
todo lo que es sensible o insensible;
que padeció deshonra y vituperio
haciéndose de Dios hombre pasible,
y por nos abajó del cielo al suelo
por podernos subir del suelo al cielo.

»De aqueste Dios y hombre, alto, infinito,
los libros que me pides no los trayo,
que lo que está en el alma firme escrito
escribirlo en papel viene a soslayo:
si quieres ver las armas, tu apetito
se cumplirá, haciendo aquí un ensayo:
veráslas como amigo, y más me obligo
que no las quieras ver como enemigo.»

A los ministros manda diligentes
del almacén sacar las armaduras,
los arneses y petos relucientes,
los arcos, las pelotas, las aljabas,
partesanas agudas, chuzas bravas.

Y del fuego las bombas, juntamente
de pólvora las ollas tan dañosas;
mas a los artilleros no consiente
dar fuego a las bombardas espantosas:
que el generoso ánimo excelente,
entre gentes tan pocas y medrosas,
no muestra cuanto puede, y con razón;
que es flaqueza entre ovejas ser león.

Todo lo nota y mira el sarraceno,
y aunque de fuera muestra algún contento,
un odio se le fragua allá en el seno,
un dañado rencor y pensamiento:
encúbrelo con rostro, al ver, sereno;
disimula con risa el fingimiento;
tratarlos blandamente determina
hasta poder mostrar lo que imagina.

Pilotos le demanda el fuerte Gama
por quien pueda a la India ser llevado,
aprometiendo premio y grande fama
al que por él tomare este cuidado:
el Moro los promete, y se derrama
en su pecho un veneno tan dañado,
que muerte, si pudiese, en este día,
en lugar de pilotos le daría.

Fue la voluntad tal y el odio insano
que concibió contra estos pasajeros
porque siguen la ley del Soberano,
que cual lobo se arroja a los corderos:
secretos de la eterna y sacra mano
do los juicios quedan tan rateros,
que no falte Majencio que persiga
al que la ley de Dios abrace y siga.

Con esto se partió, y su compañía,
el Moro, de las naves despedido,
con engañosa y grande cortesía,
con alegre semblante aunque fingido.
Los esquifes navegan por la vía
más breve de Neptuno, y recibido
en tierra de un ilustre ayuntamiento,
el regidor camina a su aposento.

Mas viendo desde el cielo el gran Tebano,
de la paterna corva renacido,
aqueste bando nuestro Lusitano
ser del moro envidioso aborrecido,
un engaño revuelve falso, insano,
con que de todo quede destruido,
y en cuanto allá en el pecho el hecho urdía,
esto consigo a sí, sin sí, decía:

«¿Está del hado ya determinado
que victorias tan grandes y famosas
hayan los Portugueses alcanzado
de las gentes del Indo belicosas,
y yo, hijo del padre sublimado,
con tantas cualidades generosas,
he de sufrir que el hado favorezca
otro por quien mi nombre se obscurezca?

»Ya quisieran los dioses que tuviera
el hijo de Felipe en esta parte
tanto poder que al yugo la rindiera
con sangrienta batalla y fiero Marte.
¿Mas hase de sufrir que el hado quiera
a tan poquitos dar tal fuerza y arte
que con el Macedonio y el Romano
tenga lugar el nombre Lusitano?

»No será así, porque antes que llegado
el capitán se vea, astutamente
le tendré tanto engaño fabricado
que no pase a las partes del Oriente:
a tierra bajaré, y el indignado
pecho revolveré de aquesta gente:
que aquel sigue la vía más derecha
que del tiempo oportuno se aprovecha.»

En diciendo esto, con la rabia y saña
a la africana tierra se apresura,
y vestido de traje y forma extraña,
hacia el Praso se encierra en la espesura;
para mejor trabar esta maraña,
se transforma y emboza en la figura
de un moro en Mozambique conocido,
viejo, sabio, del jeque muy querido.

Y entrándole a hablar a tiempo y horas
para su falsedad acomodadas,
le dijo que eran gentes robadoras
las que de nuevo al puerto son llegadas,
y cómo las naciones moradoras
de toda aquella costa son robadas
por ellos desde el punto que pasaron
y con fingida paz allí ancoraron.

«Y sabe más, le dijo: que entendido
de aquéstos tengo ser sanguinolentos,
que con robos el mar han destruido,
con incendios y asaltos truculentos;
y algún engaño traen de atrás urdido
contra nosotros, porque sus intentos
no son sino robarnos y matarnos,
las mujeres e hijos cautivarnos.

»También sé cómo está determinado
de mañana saltar por agua en tierra
el capitán, de gente acompañado,
que do hay mala intención el miedo afierra:
tú debes de llevar tu campo armado
y en celada ponerle oculta guerra,
que saliendo su gente descuidada
caerá sobre seguro en la celada.

»Y cuando no quedaren de este hecho
o perdidos o muertos totalmente,
yo tengo ya tramado acá en mi pecho
un engaño y ardid que te contente:
piloto le darás que a algún estrecho
o peligro los lleve tan patente,
que, sin poder valerse, sean metidos
do queden rotos, muertos o perdidos.»

Luego como acabó el razonamiento,
el Moro, en tales casos sabio y viejo,
los brazos le echa al cuello con contento,
agradeciendo mucho aquel consejo,
y manda que se apreste en un momento
para la guerra el bélico aparejo,
porque así al Portugués se le tornase
en sangre roja el agua que buscase.

Y más para el engaño maquinado,
un moro por piloto le buscaba,
sagaz, astuto, diestro, sabio, osado,
de quien pueda fiar lo que pensaba:
avísale que esté muy recatado
de que la flota lleve a mar tan brava
de que, si aquí escapare, allá adelante
vaya a caer do nunca se levante.

Ya el apolíneo rayo visitaba
los Nabateos montes encendido,
cuando el Gama saltar determinaba
en la tierra, por agua apercibido:
la gente en los bateles se aprestaba,
cual si el engaño fuera ya sabido,
mas puede sospecharse fácilmente,
que el corazón fïel a pocos miente.

Y más porque enviado había a la tierra
antes por el piloto necesario
y le fue respondido en son de guerra,
de lo que imaginaba muy contrario:
por esto, y porque sabe cuánto yerra
el capitán que popa a su adversario,
apercibido va como podía
en solos tres bateles que tenía.

De los moros que andaban por la playa,
por defender el agua deseada,
cuál con escudo viene y azagaya,
cuál con arco y saeta enarbolada:
esperan que la gente a tierra vaya
otros muchos ya puestos en celada,
y por poder mejor coger la caza,
unos muy pocos sirven de añagaza.

Por la ribera andaban arenosa
aquellos pocos moros blandeando
el adarga y la lanza sanguinosa,
los fuertes Portugueses provocando;
mas no sufre la gente belicosa
que los perros les anden más ladrando:
cada cual salta a tierra tan ligero
que no se conoció cuál fue el primero.

Cual en el coso estando el firme amante,
a vista de su dama deseada,
el toro busca, y puesto ya delante,
lo burla, corre y salta y da palmada;
mas el fiero animal en ese instante,
con la frente cornígera inclinada,
corre, y aunque al correr los ojos cierra,
mata al que topa, hiere y bate en tierra:

Ya en los bateles fuego se levanta
de fogosa y ardiente artillería,
la pelota derriba, el ruido espanta,
el aire con el humo se cubría,
el corazón del moro se quebranta,
la sangre un temor grande le resfría,
escapa el escondido por ligero
y muere el descubierto aventurero.

Con esto nuestra gente no pagada,
siguiendo la victoria, hiere y mata:
la población sin muro no guardada
con el fuego la tala y desbarata;
el jeque llora ya la cabalgada,
que bien pensó comprarla más barata:
blasfema de la guerra, y maldecía
al viejo flaco y la que el hijo cría.

Huyendo el moro, el arco va flechando
sin fuerza, de cobarde, y presuroso
la piedra y cuanto topa atrás echando,
que el furor arma a veces al medroso:
la isla toda van desamparando
con paso en el huir no vagaroso,
cortando otros del mar un paso estrecho,
que el serlo les fue harto de provecho.

Unos van en las barcas bien cargadas,
otro lo pasa a nado diligente,
cuál se ahoga en las ondas levantadas,
cuál bebe el mar y lo echa juntamente;
aniegan las menudas bombardadas
las llenas barcas de esta bruta gente:
de esta arte el Portugués al fin castiga
la gente de virtud y fe enemiga.

Victorïosos vuelven a la armada
con despojo de guerra y muy temidos;
salen a su placer a hacer aguada
sin hallar resistencia en los huidos;
queda la perra gente lastimada
y en odio antiguo todos encendidos:
para tomar venganza de este daño
quieren luego intentar esotro engaño.

Paces envía a pedir arrepentido
el regidor de aquella falsa tierra,
y sin poder de nadie ser sentido,
en son de paz el moro le envía guerra,
porque el falso piloto ha prometido,
cuyo pecho el forjado engaño encierra,
para darnos la muerte lo enviaba
como en señal que paces procuraba.

El capitán, que ve cuánto conviene
proseguir el camino comenzado,
que tiempo bueno y viento blando tiene
para buscar el Indo deseado,
el piloto recibe que le viene
mostrándose del odio ya olvidado:
despide al mensajero con contento
y manda luego dar velas al viento.

Partida de la costa nuestra armada,
las ondas de Anfitrite dividía,
de las hijas de Néreo acompañada,
fiel, alegre y dulce compañía:
el diestro capitán, que la tramada
tela del falso moro no entendía,
del mañoso piloto se informaba
de los mares y puertos que pasaba.

Mas el moro, instruido en los engaños
que el malévolo Baco le enseñara,
de muerte o cautiverio graves daños,
antes de ir a la India, le prepara:
del indiano puerto ha muchos años
que tenía noticia, le declara;
creyendo ser verdad lo que decía,
de nada el fuerte Gama se temía.

Dícele más, con falso pensamiento
con que Sinón engaña a los troyanos,
que había cerca una isla cuyo asiento
fuera siempre habitado de cristianos:
el capitán, que con su sano intento
no ve ser dichos locos y livianos,
con dádivas muy grandes le rogaba
lo guíe (donde el moro lo guiaba).

Lo mismo el falso moro determina
que el seguro cristiano le demanda,
que en la isla que dice estar vecina
vive gente de secta cruel, nefanda:
aquí el engaño y muerte le imagina
porque en fuerza a su isla esta isla manda,
que es mayor en poder: la cual se llama
Quiloa, conocida por la fama.

Inclinábase allá la alegre flota;
mas la diosa de Pafos celebrada,
viendo cómo dejaba su derrota
por buscar a la muerte no pensada,
no consiente que en tierra tan remota
perezca gente de ella tanto amada
y con contrarios vientos la desvía
de do el piloto falso la metía.

Mas el malvado moro, no pudiendo
llevar este propósito adelante,
otra maldad y engaño revolviendo
en su resolución mala constante,
dícele que en las aguas discurriendo
lo llevará por fuerza allá delante
donde hay una isla cerca cuya gente
son cristianos y moros juntamente.

También en esto el moro le mentía
cual por aviso y orden lo llevaba,
que aquí gente de Cristo no vivía,
mas la que el Mahometa celebraba;
el capitán, que en todo le creía,
las velas vuelve, la isla demandaba:
mas no queriendo Venus, no tomaron
la isla: en el mar alto se ancoraron.

A tierra está la isla tan llegada
que sólo la divide un breve estrecho:
una ciudad en ella situada,
que a la orilla del mar hace repecho,
de nobles edificios fabricada,
un muro al derredor muy fuerte hecho:
isla y ciudad se llaman de una suerte:
Mombaza; el rey que tiene es viejo y fuerte.

Pues siendo el capitán aquí llegado,
extrañamente alegre porque espera
poder gozar del pueblo bautizado,
como el falso piloto le dijera;
de tierra esquifes vienen, y un recado
del rey, que ya sabía qué gente era,
que Baco muy más antes le avisara
en forma de otro moro que tomara.

El recado que traen era de amigos,
mas debajo el veneno está encubierto,
que eran los pensamientos de enemigos
cual lo mostró el engaño descubierto.
¡Oh cuán ciertos son, Muerte, tus postigos!
¡Oh camino de vida nunca cierto,
que do la gente pone su esperanza
la vida tiene menos confïanza!

Tanta tormenta en mar y tanto daño,
tantas veces la muerte apercibida,
tantas guerras en tierra y tanto engaño,
tanta necesidad aborrecida:
¿dónde se acogerá de mal tamaño,
dónde estará segura nuestra vida,
si contra un gusanillo vil del suelo
se indigna, se levanta, se arma el cielo?