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domingo, 25 de octubre de 2020

Roger Caillois y Victoria Ocampo: El agua en la piedra

 

EL AGUA EN LA PIEDRA 

A veces un nódulo de ágata de dimensiones modestas, sopesado, parece anormalmente liviano. Se sabe entonces que es hueco y tapizado de cristales. Si lo sacudimos cerca de la oreja, sucede, pero rara vez, que deja oír un ruido de líquido batiendo las paredes. Sin duda una agua lo habita; quedó prisionera de esa cárcel de piedra desde el principio del planeta. Nace el deseo de divisar esa agua anterior.

Es preciso bruñir lentamente la superficie rugosa, la corteza de la geoda y luego, aún con mayor precaución, la calcedonia interna hasta el momento en que, detrás del tabique traslúcido, una mancha oscura se mueve. Tiembla con la mano que sostiene la piedra y su nivel permanece obstinadamente horizontal, sea cual fuere la inclinación que se le dé. Es agua, o por lo menos, un fluido de antes del agua, conservado desde épocas tan remotas que no conocían sin duda manantiales, ni lluvias, ni ríos, ni océanos. Nada líquido entonces excepto los metales en fusión, pronto solidificados; quizá, en algunas cavidades perdidas, el veloz y paradojal mercurio, espejo fugitivo, líquido y frío, el único metal que necesita para helarse una severa temperatura que el planeta entibiado no está aún cerca de alcanzar, en fin, esa agua secreta que seguramente del agua jamás tuvo sino la apariencia.

A la más leve fisura, al primer agujerito, así fuese más fino que un pelo, se volatiliza en menos tiempo del que toma decirlo. Sólo una presión extraordinaria la mantiene líquida. La más mínima salida le basta para desaparecer inmediatamente, evaporada en un santiamén después de la larga reclusión.

Por lo tanto, no se encuentra esa agua cautiva sino en las substancias menos porosas, como el cuarzo o la calcedonia que vedan, o poco falta, toda ósmosis, toda transpiración. Aunque la calcedonia no es una prisión del todo segura, puesto que hábiles artesanos, entre Eiffel y el Hunsrück, consiguen infiltrarle colores. El cristal de roca, solo, es refractario a toda fuga. El líquido queda en los vacíos paralelos que separan las capas superpuestas de ciertas agujas. Éstas parecen haberse desarrollado en brincos sucesivos. Entre cada nuevo estirón, como entre las ventanas dobles, un líquido no menos transparente que los tabiques que lo retienen se ha instalado desde el comienzo de las edades, a la vez entrampado y evadido de terribles emociones. Desde entonces las burbujas esféricas o alargadas vagan sin fin en un laberinto de enredos invisibles. Según se coloque el cristal, en un sentido o en otro, esas burbujas suben, bajan, se mueven oblicuamente, se internan en un surco imprevisto sin encontrarse jamás. Cada una en su dédalo, de tamaño, de talla diversa y sin tregua deformadas por los obstáculos que sortean, perpetúan absurdamente las figuras invariables y cambiantes de una contradanza, de un carrusel sin desenlace.

En el cuarzo, el agua está generalmente repartida en varias células que casi enteramente ocupa. En la calcedonia, está recogida en un solo bolso; el espacio que la cubre es tan alto y tan vasto que se diría el cielo sobre algún estanque embrujado. Los remansos del líquido agregan en filigrana ese lago sonoro e indistinto, achicado hasta caber en el interior de una piedra, como el misterio de un paisaje espectral, brumoso, y sin embargo más real y pesado que los paisajes evasivos que la imaginación, al primer llamado, se apresura a proyectar en los dibujos del ágata.

Sobre ésta, circular y combada, gruesos copos amarillos de un cielo de nieve presionan hacia el centro una ventana irregular de amatista cuyos prismas soldados dibujan una vidriera de minúsculos elementos hexagonales. Los del centro son casi incoloros y parecen existir únicamente como apertura más íntima practicada en pleno vitral.

Cuando uno inclina la geoda la línea oscura del agua sube y baja detrás del hueco y es como un parpadeo lento; o la noche que cae y se levanta como respiración de lava en el cráter de los volcanes; o, perceptible por ese ojo de buey únicamente, el flujo y reflujo inexplicable de un mar inmenso y solitario, sin luna ni riberas.

El azul tormenta de una calcedonia nocturna llena otra vez la superficie de la piedra. Sobre el borde, manchas de púrpura o de bermellón se ensanchan en torno a los velos lívidos cortados netamente por el pulido. Su cola oblicua desaparece pronto en el espesor del mineral, andrajos aprisionados en el hielo. Abajo, estratos lechosos, más claros y más oscuros, dibujan otros tantos horizontes escalonados, o los reflejos de un astro invisible sobre el avance de olas paralelas. Encima, enormes nubarrones se estremecen con mil amenazas oscuras y alguna más explícita; a guisa de postrera intimación, un meteoro consumado en pleno cielo desgarra por su propia caída, trágico, las tinieblas.

Las dos fases del ágata están igualmente bruñidas y son del mismo azul nocturno. Ofrecen un idéntico espejo, cargado de presagios e invectivas. Entre ellas, como garantía de la terrible promesa, se desplaza la sombra del agua oculta de los orígenes, cuyo chapoteo se oye. Creo que nadie puede ser insensible a la emoción que engendra semejante presencia. Ese vaso, el más cerrado, jamás fue abierto. Ni siquiera fue soldado al nacer, como ampolla de vidrio. Un vacío se ahuecó allí, por sí mismo, en el corazón de la masa. Nadie, ninguna fuerza hizo penetrar el fluido incorruptible que contiene y que, desde entonces, permanece impotente para escapar como para secarse.

El viviente que lo mira comprende que no es, por su parte, ni tan durable ni tan firme. Ni tan ágil ni tan puro. Se siente sin alegría en el extremo de otro imperio y súbitamente ajeno al universo: un intruso atontado. Yo adivino demasiado, por obsesión personal, qué meditaciones, por lo menos qué vagos ensueños un pasajero de la tierra puede empezar a devanar a partir de estos guijarros habitados por un líquido: un poco de agua geológica que quedó presa en la cárcel transparente de una piedra hermética.

 

ROGER CAILLOIS

Traducción de VICTORIA OCAMPO

Revista Sur nº 338. Buenos Aires, enero-diciembre de 1976

  

L’EAU DANS LA PIERRE

Parfois un nodule d’agate, de dimensions modestes, soupesé, paraît anormalement léger. On sait alors qu’il est creux et tapissé de cristaux. Si on le secoue près de l’oreille, il arrive, mais très rarement, qu’il fasse entendre un bruit de liquide battant les parois. À coup sur, une eau l’habite, demeurée prisonnière dans une geôle de pierre depuis le début de la planète. Le désir nait d’apercevoir cette eau antérieure.

Il faut polir lentement la surface rugueuse, l’écorce de la géode, puis, avec plus de précautions encore, la calcédoine interne jusqu’au moment où, derrière la cloison translucide, une tache sombre se meut. Elle tremble avec la main qui tient la pierre, et son niveau reste obstinément horizontal, quelque inclinaison qu’on donne à celle-ci. C’est l’eau ou, du moins, un fluide d’avant l’eau, conservé d’époques si lointaines qu’elles ne connaissaient sans doute ni sources ni pluies, ni fleuves ni océans. De liquide, rien alors que des métaux en fusion bientôt solidifiés, peut-être, en quelques cavités perdues, le véloce et paradoxal mercure, miroir fugitif, liquide et froid, seul métal qu’il faille pour geler une sévère température que la planète attiédie n’est pas encore près d’atteindre: enfin cette eau secrète qui assurément de l’eau n’eut jamais que l’apparence.

À la plus légère fissure, à la première percée, fût-elle plus mince que cheveu, elle fuse et se volatilise en moins temps qu’il ne faut pour le dire. Seule une pression extraordinaire la maintenait liquide. La moindre issue luit pour disparaitre sur-le-champ, évaporée en un éclair après la plus longue réclusion.

Aussi ne trouve-t-on cette eau captive que dans les substances les moins poreuses, comme le quartz ou la calcédoine, qui interdisent ou peu s’en faut toute osmose, toute transpiration. Encore la calcédoine n’est-elle pas une prison tout à fait sûre, puisque des artisans habiles, entre l’Eifel et le Hunsrück, parviennent à y infiltrer une couleur. Le cristal de roche, seul, est assez étanche pour qu’aucune fuite ne soit à redouter. Le liquide se tient dans les vides parallèles qui séparent les couches superposées de certaines aiguilles. Celles-ci semblent s’être développées par bonds intermittents. Entre chaque nouvelle poussée, comme entre des doubles fenêtres, un liquide non moins transparent que les cloisons qui le retiennent s’est trouvé, au commencement des âges, à la fois pris au piège et rescapé de terribles émois. Depuis, des libelles sphériques ou allongés errent sans fin dans un labyrinthe de chicanes invisibles. Selon qu’on tourne le cristal dans un sens ou dans l’autre, ces bulles montent, descendent, obliquent, s’engagent dans une rigole imprévue, sans se rencontrer jamais. Chacune dans son dédale, de tailles diverses et sans cesse déformées par les obstacles qu’elles contournent, elles perpétuent absurdement les figures invariables et changeantes d’un chassé-croisé, d’un carrousel sans dénouement.

Dans le quartz, l’eau est à l’ordinaire répartie en plusieurs cellules quelle occupe presque entièrement. Dans la calcédoine, elle est ramassée en une seule poche; l’espace au-dessus d’elle est si haut et si vaste qu’on dirait le ciel recouvrant quelque étang ensorcelé. Les remous du liquide ajoutent en filigrane ce lac sonore et indistinct, rapetissé jusqu’a tenir à l’intérieur d’une pierre, comme le mystère d’un paysage spectral, brumeux, pourtant plus réel et plus lourd que les paysages évasifs que l’imagination, au premier appel, se hâte de projeter dans les dessins des agates.

Sur celle-ci, circulaire et bombée, les gros flocons jaunes d’un ciel de neige pressent vers le centre une fenêtre irrégulière d’améthyste, dont les prismes soudés dessinent une verrière aux minuscules éléments hexagonaux. Ceux du centre sont presque incolores et paraissent n’exister que comme une ouverture seconde pratiquée dans le vitrail plein. Quand on incline la géode, la ligne sombre de l’eau monte et descend derrière la baie et c’est comme une lente paupière ; ou la nuit qui tombe ou qui s’élève telle une respiration de lave aux cratères des volcans ; ou, perceptible par ce hublot seul, le flux et le jusant inexplicables d’une mer immense et seule, sans lime ni rivages.

Le bleu d’orage d’une calcédoine nocturne emplit une autre fois la surface de la pierre. Sur le bord, des taches de pourpre ou de vermillon s’élargissent autour des voiles livides tranchés net par le polissage. Leur traine oblique disparaît vite dans l’épaisseur du minéral, comme guenilles prises par la glace. Tout en bas, des traces laiteuses, plus claires ou plus foncées, dessinent autant d’horizons étagés ou les reflets d’un astre invisible sur l’avancée des vagues parallèles. Au-dessus, d’énormes nuées frémissent de mille menaces obscures et d’une plus explicite : en guise d’ultime semonce, un météore consumé en plein ciel par sa propre chute fait un accroc tragique aux ténèbres.

Les deux faces de l’agate sont également polies et du même bleu nocturne. Elles offrent un miroir identique, chargé de présages et d’invectives. Entre elles, qui semble en garantir la terrible promesse, l’eau cachée des origines dont on voit l’ombre se déplacer et dont l’oreille entend le clapotis. Je crois que nul ne reste insensible à l’émotion qu’engendre pareille présence. Ce vase le plus clos jamais ne fut ouvert. Il ne fut même pas soudé à sa naissance, comme ampoule de verre. Un vide s’y creusa de lui-même au cœur de la masse. Nul ni nulle force n’y fit pénétrer le fluide incorruptible qu’il contient et qui, depuis lors, demeure impuissant à s’en échapper comme à s’y dessécher.

Le vivant qui le regarde comprend qu’il n’est, pour sa part, ni si durable ni si ferme. Ni si agile ni si pur. Il se connait sans joie a l’extrémité d’un autre empire, et soudain si étranger à l’univers : un intrus hébété.  Je ne devine que trop, par obsession personnelle, quelles méditations, du moins quelles rêveries vagues, un passager du monde peut commencer de dévider à partir de ces cailloux hantés d’une liqueur, un peu d’eau géologique restée prisonnière dans la poche transparente d’une pierre hermétique.


 


jueves, 24 de septiembre de 2009

Julio Cortázar y Catherine y Roger Caillois

NUESTRAS NOVEDADES MÁS RECIENTES


Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

JULIO CORTÁZAR.


Continuité des parcs

Il avait commencé à lire le roman quelques jours auparavant. Il l´abandonna à cause d´affaires urgentes et l´ouvrit de nouveau dans le train, en retournant à sa propriété. Il se laissait lentement intéresser par l´intrigue et le caractère des personnages. Ce soir-là, après avoir écrit une lettre à son fondé de pouvoirs et discuté avec l´intendant une question de métayage, il reprit sa lecture dans la tranquillité du studio, d´où la vue s´étendait sur le parc planté de chênes. Installé dans son fauteuil favori, le dos à la porte pour ne pas être gêné par une irritante possibilité de dérangements divers, il laissait sa main gauche caresser de temps en temps le velours vert. Il se mit à lire les derniers chapitres. Sa mémoire retenait sans effort les noms et l´apparence des héros. L´illusion romanesque le prit presque aussitôt. Il jouissait du plaisir presque pervers de s´éloigner petit à petit, ligne après ligne, de ce qui l´entourait, tout en demeurant conscient que sa tête reposait commodément sur le velours du dossier élevé, que les cigarettes restaient à portée de sa main et qu´au-delà des grandes fenêtres le souffle du crépuscule semblait danser sous les chênes. Phrase après phrase, absorbé par la sordide alternative où se débattaient les protagonistes, il se laissait prendre aux images qui s´organisaient et acquéraient progressivement couleur et vie. Il fut ainsi témoin de la dernière rencontre dans la cabane parmi la broussaille. La femme entra la première, méfiante. Puis vint l´homme, le visage griffé par les épines d´une branche. Admirablement, elle étanchait de ses baisers le sang des égratignures. Lui, se dérobait aux caresses. Il n´était pas venu pour répéter le cérémonial d´une passion clandestine protégée par un monde de feuilles sèches et de sentiers furtifs. Le poignard devenait tiède au contact de sa poitrine. Dessous, au rythme du coeur, battait la liberté convoitée. Un dialogue haletant se déroulait au long des pages comme un fleuve de reptiles, et l´on sentait que tout était décidé depuis toujours. Jusqu´à ses caresses qui enveloppaient le corps de l´amant comme pour le retenir et le dissuader, dessinaient abominablement les contours de l´autre corps, qu´il était nécessaire d´abattre. Rien n´avait été oublié: alibis, hasards, erreurs possibles. À partir de cette heure, chaque instant avait son usage minutieusement calculé. La double et implacable répétition était à peine interrompue le temps qu´une main frôle une joue. Il commençait à faire nuit.

Sans se regarder, étroitement liés à la tâche qui les attendaient, ils se séparèrent à la porte de la cabane. Elle devait suivre le sentier qui allait vers le nord. Sur le sentier opposé, il se retourna un instant pour la voir courir, les cheveux dénoués. À son tour, il se mit à courir, se courbant sous les arbres et les haies. À la fin, il distingua dans la brume mauve du crépuscule l´allée qui conduisait à la maison. Les chiens ne devaient pas aboyer et ils n´aboyèrent pas. À cette heure, l´intendant ne devait pas être là et il n´était pas là. Il monta les trois marches du perron et entra. À travers le sang qui bourdonnait dans ses oreilles, lui parvenaient encore les paroles de la femme. D´abord une allée bleue, puis un corridor, puis un escalier avec un tapis. En haut, deux portes. Personne dans la première pièce, personne dans la seconde. La porte du salon, et alors, le poignard en main, les lumières des grandes baies, le dossier élevé du fauteuil de velours vert et, dépassant le fauteuil, la tête de l´homme en train de lire un roman.

ROGER CAILLOIS.