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miércoles, 28 de marzo de 2012

Azorín: Théophile Gautier



THÉOPHILE GAUTIER

El nombre de Gautier debe ser dilecto para todo español amante de España y de las letras. Difiere esencialmente el españolismo de Gautier del de Mérimée, del de Stendhal, del de Hugo y del de Musset. Gautier es el color, el esplendente espectáculo de las catedrales, la visión de las ciudades viejas. Théophile Gautier expresó su amor a España en un libro de viajes, en una colección de poesías y en una novela. Lo conocido del público español —en general— es la primera de las obras citadas. Las poesías lo son menos; de la novela acaba de hacer una edición popular la casa editora Nelson. Tiene Théophile Gautier un lugar en la historia —y aun se podría decir que en la evolución— literaria de su país; pero representa también no poco en cierta fase de las letras españolas.
Conocidos son los detalles del viaje de Gautier a nuestra Patria. Por los años en que Gautier vino a España vinieron otras grandes personalidades francesas de la literatura y algunos distinguidos pintores. Dumas, Gautier, Mérimée figuran entre las personalidades eminentes que en aquellos años de la primera mitad del siglo XIX fueron nuestros huéspedes: Cuvillier-Fleury —redactor del Diario de los Debates—, Roger de Beauvoir, Amadée Uchard, son escritores discretos, estimables, que también entonces hicieron tal viaje. España para todos era el país de lo desconocido; la pasión romántica, dominante a la sazón, ponía un atractivo de misterio, de peligro, de fantasía desvariada, en la tierra española. Y unos, como Mérimée, veían, más concretamente, el carácter indomable y trágico; otros, como Stendhal, el honor caballeresco y desdeñoso del detalle prosaico; y unos terceros, como Gautier y Hugo, el color, lo exótico, el panorama de ciudades y campos.
Pero en este último grupo cabría hacer una distinción entre Gautier y Víctor Hugo; en el autor de Hernani hay algo más, en su españolismo, que el ansia y la dilección por la descripción. Ya lo veremos cuando tratemos de su obra. En Théophile Gautier sí que todo está subordinado a la visión del mundo exterior. La España de Gautier es una España sin hombres, sin habitantes. Recorred su famoso Viaje y no encontraréis ni figuras, ni multitudes. Los españoles, la vida social de España no le interesan a Gautier. Nada de política, de historia, de movimientos y aspectos de la vida humana. Todo son paisajes y descripciones de ciudades. Se cuenta que la señora de una de las casas en que se reunían literatos y artistas en París  creemos que la princesa Matilde— como leyera la relación de Gautier, le preguntó a éste, al ver que en su libro no había rastro de seres humanos: «Pero, Gautier, en España, ¿no hay habitantes?»
Gautier compone un libro pura y exclusivamente descriptivo. La posición de nuestro autor es en absoluto la contraria de Mérimée: para uno no hay en España más que pintura de cosas, y para el otro más que pintura de caracteres. Gautier, en la historia de la literatura francesa, no llega a ser una personalidad de primer orden; figura, ciertamente, entre los insignes; mas le falta la hondura, la genialidad, el estro que marca a los grandes creadores. A nuestro entender, el beneficio que este escritor aporta a las letras francesas estriba en el elemento de exotismo y de novedad que, gracias a su obra, se introduce e infiltra en el espíritu francés. Gautier, viajero, autor de libros descriptivos sobre países como España, Rusia, Turquía (aparte de su novela de asunto egipcio), hace que Francia, al ensanchar su visión estética del mundo, se afirme en su papel de divulgadora de todas las novedades y bizarrías del pensamiento. En una palabra, Gautier ha contribuido poderosamente a que la atención del mundo haya ido convergiendo hacia Francia.
Esto en cuanto al lugar de nuestro autor en la literatura de su Patria. ¿Y en lo que respecta a España? Durante mucho tiempo ha sido tratado desdeñosamente el libro de Gautier; aun se ha llegado a creer que tal obra era depresiva para España. Se ha necesitado para deshacer este error, primero, de las palabras entusiastas que a dicho Viaje dedica Menéndez Pelayo en su Historia de las ideas estéticas; luego, del entusiasmo que por esta obra sintiera el núcleo de escritores que nace a la vida de las letras en 1898. No somos partidarios de que se empleen cierto género de denominaciones para designar estos o los otros literatos; no acaba de gustarnos esto de la generación de 1898. Diríase que hay cierta impertinencia (cuando no pedantería) en esta manera de designar. No parece sino que, por arte mágico, inopinadamente, ha surgido en la marcha de nuestras letras un grupo de escritores que han hecho lo que los demás no han realizado: los demás, tanto los anteriores como los subsiguientes. Pero, en fin, pase, como recurso de comodidad, la denominación. El Viaje de Gautier fue para los escritores de 1898 una revelación; fue la revelación de España, de sus ciudades viejas, de sus monumentos, de sus campiñas. ¡Cómo en las excursiones a Toledo se leían fervorosamente las páginas de Gautier dedicadas a la gloriosa ciudad! La generación del 98 trajo al arte el sentido, hondo y entusiasta, del paisaje y de las ciudades españolas. Pero ¿es que no había antecedentes serios y continuados de este sentir? Los había ; existía toda una tradición.
Una cosa interesantísima sería el hacer ver de qué manera Toledo ha sido, en estética, como el nexo espiritual de la España literaria; de qué modo Toledo sirve como de hilo conductor —a través de las generaciones— para hacer que el sentido de España, el amor a España, la dilección por la historia y las tradiciones españolas, vayan transmitiéndose y perdurando. Toledo juega un papel importante en el movimiento romántico (recuérdese las célebres poesías de Zorrilla), y Toledo sirve de iniciación en el conocimiento de España a los escritores de 1898. Los escritores de esa generación han traído al arte el paisaje y las ciudades de España; su visión y su amor han sido más intensos que los de las generaciones anteriores (que han traído al arte otras cosas, tan considerables como esta, pero de otro género) ; mas la tradición no se había interrumpido. Habría que estudiar detenidamente esos esfuerzos que se venían realizando. Hemos citado a Zorrilla; tendríamos que señalar también la influencia de un pintor, no de primera línea, aunque estimadísimo, don Jenaro Villamil, que consagró sus pinceles a pintar la España vieja; en el mismo sentido, popular y castizo, pintó también Valeriano Bécquer, el hermano del poeta. En literatura, aunque refiriéndonos a tiempos más cercanos a los nuestros, ¿no es de 1891 el segundo volumen de Ángel Guerra, de Galdós, volumen dedicado precisamente a Toledo, descripción soberbia, maravillosa de la España castiza?

Théophile Gautier, con su Viaje, y muchos años después de publicado, aviva poderosamente en un grupo de escritores españoles el amor a su Patria y el ansia de conocer su Patria. Una corriente iniciada por el romanticismo (en literatura y en pintura) es reforzada con ahínco por el libro de Gautier. Un literato francés ha operado tal obra bienhechora y patriótica. España se ha conocido mejor a sí misma. Y esto es lo que a Francia deberemos siempre, entre otras cosas, los españoles.

Entre España y Francia. Hispanistas.

lunes, 12 de marzo de 2012

Azorín: Stendhal



STENDHAL


¿Podemos considerar a Stendhal como un hispanista? Si por hispanista entendemos hombre que hace profesión de estudiar a España por modo grave, magistral y dogmático, seguramente que Stendhal no es un hispanista. Tampoco lo sería Mérimée, aunque tiene estudios serios y graves sobre España. Pero Stendhal es hispanista en el sentido amplio de escritor que ama a España y —lo que es más— que cree, al igual que Víctor Hugo, llevar en sus venas sangre española y encarnar en su espíritu el aliento español. Y habrá muchos lectores que pregunten: ¿Cómo se podría tener una idea de Stendhal? ¿Qué hizo este escritor y quién fue? Henri Beyle fue un escritor que vivió obscuramente y que durante su vida no gozó de renombre ni de consideración literaria. Escribió mucho; la causa de su infeliz suceso estriba, principalmente, en haber escrito de cosas literarias, de imaginación, como quien escribe de álgebra; él mismo decía que todas las mañanas repasaba, antes de ponerse a escribir, unos cuantos artículos del Código civil para ponerse a tono.

Si se tiene en cuenta que la época en que Stendhal escribía era la del florecimiento romántico, se comprenderá como este autor, que componía novelas en estilo de Código, no había de gustar a un público que se extasiaba con la profusión verbal y los esplendores líricos de los románticos : de un Hugo o de un Chateaubriand. Beyle lo comprendía, y, teniendo fe en su propia obra, auguró —en 1830— que allá para 1880 sería apreciada su labor. Comenzó, en efecto, a leerse, a estudiarse, a propagarse la obra de Beyle por la fecha indicada; escritores de diversa índole proclamaban la exquisitez y meollo de este peregrino autor.

Interrumpamos el proceso de la nombradía de Beyle para hablar de su españolismo. Se nos antoja que la doctrina españolista del agudo psicólogo no difiere, esencialmente, del españolismo de un Hugo o un Mérimée; mas en Stendhal se halla más cabal y rigurosamente expresada. Todos parten de la base de caballerosidad española; todos aceptan —o crean ellos— un concepto de fiereza o de rigidez como innatos en el español. Pero hay en Stendhal un matiz importantísimo que conviene señalar: Beyle pone en el españolismo una nota de ingenuidad que acredita en este autor su profunda intuición psicológica. El español es fiero, es altivo, es digno; pero, sobre todo, el español antes que descender de su elevado concepto de la caballerosidad se dejará engañar y saquear; mejor dicho, esta misma idea del honor que el español tiene le hace ingenuo, confiado y sencillo frente al mundo y sus tráfagos y engaños. Hay, en el sentir de Stendhal, un cierto desdoro, un cierto menoscabo de la propia personalidad en descender a un plano de realidades y detalles prosaicos. En la autobiografía del autor titulada Henry Brulard es donde Beyle explica su españolismo. Stendhal pisó tierra española; veinticuatro horas estuvo en Barcelona (1837); de ello habla el autor en sus Memorias de un turista. Dos años antes, en 1835, en una carta dirigida desde Italia, al Duque de Broglie (puede verse la Correspondencia del autor) Beyle, a la sazón cónsul, expresa el deseo de que, por motivos de salud, se le destine a «un consulado de España, en las orillas del Mediterráneo».

La doctrina le fue infundida a Stendhal por una parienta suya que sobre él ejerció gran influencia. «Mi tía Isabel — escribe el autor — tenía el alma española; su carácter era la quinta esencia del honor; ella me comunicó esta manera de sentir, y de ahí la serie ridícula de mis tonterías cometidas por delicadeza y vastedad de alma.» Léase bien este texto: tonterías ridículas, porque siendo el autor, o queriendo ser, un realista , un discípulo de filósofos, materialistas, un hombre, en fin, que está de vuelta de todo, enterado y práctico, su españolismo le hace a cada paso, o de cuando en cuando, encontrarse con que es ingenuo, candoroso, ante un lance de la vida o un aspecto del mundo, y que procede como un Quijote ambicionando ser un Sansón Carrasco. Cuando, en una conversación, uno de los conversadores hace una observación ingenua y noble y se le replica cariñosament : «¡ Qué tonto es este hombre!», ¿no advertimos bien claramente la diversidad de atmósfera moral y psicológica en que uno y otro interlocutor están, en este instante, colocados? ¿No se sonrojará un poco de su inocencia el reprendido? Pues este sonrojo — causado por su españolismo — es el que no quería tener Stendhal. Y, sin embargo, ¡qué enaltecedor sonrojo! Pero, por otra parte, ¡qué peligroso el marchar por la vida con esa ingenuidad y con ese candor!

«Me falta habilidad —escribe también Stendhal—; todos los días, por españolismo, me engañan en un franco o dos cuando hago compras.» El españolismo tiene también para Beyle otras dos consecuencias: «Primera, yo aparto la mirada de todo lo que es bajo. Segunda, yo simpatizo, como cuando tenía diez años y leía a Ariosto, con todo lo que son cuentos de amor, de bosques (las selvas y su vasto silencio), de generosidad.» ¿Queda bien definida la característica del españolismo de Stendhal? Su españolismo es candor; su españolismo es el mismo Don Quijote; Beyle nos cuenta que leyó extasiado en su niñez el gran libro.

El prestigio de Henri Beyle se ha ido consolidando. Existe —como respecto de Montaigne, de Shakespeare, de Rabelais y de otros— una sociedad de amigos de Beyle : el Stendhal Club. Un editor, Champion, ha editado recientemente una monumental, primorosísima, edición de las obras de este autor. Stendhal no es lo que quieren sus exaltados panegiristas; con él ha acontecido como con el Greco en España. Un apaciguamiento del entusiasmo ha venido a colocar a los dos artistas en el lugar que, en estricta justicia, les corresponde. No es un cincelador del estilo Henri Beyle; desdeña el primor de la prosa; cuesta trabajo el leerle, y a veces estas dificultades llegan a tártagos y enojos. El encarecimiento que hacía Taine era exagerado. Pero Stendhal será leído siempre como profundo pintor de caracteres, monografista de pasiones, psicólogo escueto, seco y preciso. Los españoles le debemos el que haya adivinado con intuición maravillosa uno de los rasgos fundamentales de nuestro carácter.

AZORÍN (Entre España y Fancia. Hispanistas.)

jueves, 8 de marzo de 2012

Azorín: Víctor Hugo




VICTOR HUGO

No necesitamos volver a decir en qué sentido tomamos, en estos artículos, el vocablo hispanista. Víctor Hugo era un amador de España; pasó aquí los primeros años de su vida; estuvo luego, ya hombre, una larga temporada en Pasajes; él mismo nos ha contado su estancia en las montañas vascas y sus correrías hasta Pamplona. El gran poeta ha expresado su españolismo en varias de sus obras; recordemos los dramas Hernani, Ruy Blas y Torquemada. En La leyenda de los siglos hay también páginas dedicadas al Cid. En las Canciones de las calles y de los bosques figuran unas lindas poesías dedicadas a una española ideal (ideal como la marquesa de Amaegui en las poesías de Musset), llamada, si no recordamos mal, doña Rosa Rosita.

¿Cómo podríamos caracterizar el españolismo de Víctor Hugo? El gran poeta toma el elemento español, es decir, España, como una corroboración de su total concepción poética; el mismo aprovechamiento podemos observar, más tarde, en Leconte de Lisle respecto de la antigüedad pagana. Hugo, humanitario, ardiente partidario del progreso, debelador de toda tiranía y de toda superstición, ve en la historia y en el ambiente de España una cantera de donde sacar materiales para sus temas grandilocuentes, para el fortalecimiento de sus tesis. No ve sólo el color en España (y al escribir esto nos acordamos de las Orientales, que antes habíamos olvidado); ve también —y sobre todo— la humanidad, un fragmento interesante de humanidad, en un determinado medio y en un cierto período de su evolución. Y mostrando a sus lectores, al mundo, diremos, tratándose de tan elevado poeta; mostrando al mundo esa parte de humanidad, le expone el poder y la influencia de instituciones y de sentimientos diversos, y le dice lo que ha sido y lo que puede ser el hombre.

Como se ve, en el españolismo de Hugo existe una trascendencia, un magisterio, una tendencia que no hay en Mérimée, en Gautier o en Stendhal. Recordemos un verso del drama Torquemada. L'Espagne, pierre à pierre et pas à pas, se fonde, dice un personaje (el Rey). España, piedra a piedra y paso a paso, se funda. Sí; España, la nación española, va fundándose, consolidándose poco a poco, a pesar de corruptelas, trabas, abusos, obstáculos, desórdenes, confusiones. España va marchando lentamente, pero marchando, al fin, en lucha con el error y con la obstinación. Y Víctor Hugo, que tan espléndidamente muestra la España vieja y carcomida, abre su magnánimo corazón a la esperanza, y él — grande de España de primera clase — envuelve en su amor de altísimo poeta a esta tierra de espléndidos paisajes.

Se ha discutido, desde el punto de vista histórico, el españolismo de Hugo. Sabios dictámenes existen —hechos por los mismos franceses— sobre la veracidad en el Ruy Blas, por ejemplo. Pero en las obras de Hugo, como en las obras de todos los grandes artistas, por encima de los detalles, se cierne el espíritu que da verdadero tono a la creación. ¡Qué importa el anacronismo, el error, la falsedad en los pormenores! La substancia de la obra es lo que hemos de considerar, y la substancia, en Víctor Hugo, es española, profundamente española. ¿Se quiere un ejemplo? Tomemos el Consejo de ministros que se celebra en Ruy Blas. ¿Es falso todo aquello? ¿Es fantástico? ¿Es anacrónico? Pues luego de leer esa famosa escena repasemos los escritos de nuestros viejos economistas; veamos las lamentaciones y plañidos que se exhalaban con motivo de nuestras corruptelas y disipaciones; traigamos a la memoria los célebres versos de Quevedo que a éste valieran cruel destierro y prisión; hojeemos, finalmente, los libros de nuestros modernos historiadores sobre la decadencia española (el de Cánovas, por ejemplo). Y, después de haber hecho todo esto, digamos si el Consejo de ministros que Hugo nos presenta en su drama no es una síntesis maravillosa, admirable, profundísima, de la historia de España.

¿Qué influencia ha tenido Víctor Hugo sobre nuestros poetas? Víctor Hugo ha sido gustado y traducido en España desde primera hora. Hay en Espronceda poco de Hugo; algo más podríamos ver en el Duque de Rivas; mucho más notaremos en Zorrilla. Zorrilla, con todos sus defectos, es nuestro más gran poeta del siglo XIX. Sobre Zorrilla, Víctor Hugo ha impreso su sello. En Zorrilla —y esto hace su grandeza— hay lo que no encontramos sino de raro en raro en los demás poetas españoles: un elemento de vaguedad, de misterio, de idealidad. Esa idealidad de Zorrilla la encontramos, por ejemplo, en una de las primeras poesías de Ángel Saavedra, en la titulada A las estrellas; la encontramos en alguna otra composición de Espronceda; mas en Zorrilla es permanente y constituye la esencia de su estro. ¡Cuántos prejuicios se han amontonado alrededor de este maravilloso poeta y cuán torcidamente ha sido juzgado! Del estudio dedicado al poeta por don Manuel de la Revilla se nos antoja que arranca el prejuicio con que han visto a Zorrilla las nuevas generaciones. Zorrilla, a trozos, puede ponerse a par de Hugo. Léanse sus poesías La torre de Fuensaldaña, La luna de enero y El Reló...

Pero nuestro propósito no era ahora hacer un estudio de nuestro glorioso poeta. Hemos querido señalar la sugestión ejercida sobre su numen por Víctor Hugo. Y hemos querido, principalmente poner de manifiesto el carácter trascendental del españolismo del autor de Hernani.


AZORÍN (Entre España y Francia. Hispanistas.)


martes, 8 de noviembre de 2011

Azorín: Prosper Mérimée


¿Qué franceses ilustres se han distinguido más en su estudio, en su amor de las cosas de España? Como entre nosotros hay muchos prejuicios respecto a lo que los hispanistas franceses han dicho de España, bueno será dedicar unas palabras a estudiar las figuras —las figuras y los dichos y hechos— de estos eminentes amadores de nuestras cosas. El primero de todos ellos es Prosper Mérimée: primero cronológicamente y primero en importancia. Mérimée comenzó sintiendo instintivamente los hombres y el paisaje de España. Le inclinaba a ello su propio carácter. Mérimée vino a nuestro país en 1830; hizo luego varios otros viajes. Pero Mérimée, antes de venir a España por primera vez, había ya publicado su Teatro de Clara Gazul, libro en que hay relatos, episodios y figuras referentes a España. ¿Cuál era el carácter de Mérimée? ¿Cómo podremos definir su modalidad espiritual? Mérimée era un impasible; se cuenta que, siendo niño, como sus padres le riñeran por una travesura, Mérimée rompió en llanto. Al salir de la estancia paróse un poco a la puerta y oyó que sus padres decían, riéndose de su exagerada sensibilidad: «¡Qué tonto es este chico!» Referimos la anécdota en su substancia. Acaso los detalles sean otros. Pero lo cierto es que Mérimée, desde aquel punto, se prometió a sí mismo no ponerse nunca en el trance de parecer ridículo por exceso de sentimentalidad, no parecer nunca que no estaba enterado del mundo a causa de su exceso de candor y de inocencia. Y durante toda su vida este autor fue un modelo de sobriedad, de corrección, de impersonalidad. Siendo esta la característica de Mérimée, ¿se sintió atraído desde el primer momento por España? España atraía allá por 1830 a los grandes románticos franceses. Pero ¿qué era España para los románticos franceses? Había una España de color, de lo pintoresco, la España de los Orientales, de Víctor Hugo; mas, en el aspecto psicológico, existía otra España: la de los caracteres, la de una psicología recia, inflexible, caballeresca. Escribimos este artículo sin libros ni datos a la vista; se trata de una impresión periodística y no de un estudio erudito (cosa que sería inoportuna en un periódico). Cuando Mérimée publicó su primer libro español, el citado Teatro de Clara Gazul, ¿había publicado ya Alfred de Vigny su poema Dolorida, un poema de asunto español, un poema terriblemente trágico, que debía encantar a Mérimée? Aun teniendo las fechas a la vista, sería preciso tener en cuenta que Vigny alteró las puestas al pie de sus poesías (y sobre ello ha habido discusiones y polémicas). Pero existía otro españolista que ejerció una profunda influencia sobre Mérimée, y ese autor no es otro que Stendhal, autor nada menos que de toda una teoría del españolismo. En Stendhal, desde luego, debemos buscar un antecedente del amor de Mérimée a España. Y Stendhal —lo veremos en otra ocasión— es quien ha dado mejor que ninguno de sus compatriotas una expresión más acabada, honda, científica, diríamos, del carácter español; es decir, de la caballerosidad, de la rigidez y de la fiereza española. Prosper Mérimée estuvo varias veces en España. La primera vez que vino a nuestro país hizo amistad, en la diligencia que le traía, con el conde de Teba. Frecuentó luego (no recordamos si paraba allí) el palacio de la plaza del Ángel. Asistió a los espléndidos saraos que los rumbosos aristócratas daban en su quinta de Carabanchel. Cuando Eugenia Montijo se casó con el príncipe Luis Napoleón y este llegó a ser Emperador de los franceses, Mérimée fue nombrado secretario del Emperador; éste le señaló una pensión, le nombró inspector de Bellas Artes y le agració con una senaduría vitalicia. Todos estos son detalles biográficos que no nos interesan sino secundariamente. Lo que importa es ver cómo el paisaje moral de España se acoplaba perfectamente al temperamento de Mérimée. El estilo de Mérimée es sobrio, rígido, sin sentimentalidad. Ved la rigidez, la austera nobleza del panorama de Castilla; ved los caracteres fundamentales de nuestra novela y de nuestro teatro. Otra de las características en Mérimée es su pasión por lo pintoresco. En tierra tan varia, tan contradictoria, tan opuesta a la simetría de un Descartes o un Le Nôtre, cual es la española, ¿cómo no debía sentirse extasiado Mérimée? Un hombre hubo con quien se ligó íntimamente Mérimée durante sus estancias en España: Estébanez Calderón. Se ha hablado de la influencia que Estébanez pudo ejercer sobre Mérimée; pero no se ha dicho como la sobriedad y la limpidez de Estébanez en sus Escenas andaluzas proceden evidentemente del autor francés. Raro, rarísimo es que Cánovas, en su libro El Solitario y su tiempo, no haya abordado este problema de historia literaria. Estébanez, gran ingenio, un poco olvidado hoy —injustamente—, gustaba, como Mérimée de los espectáculos y personajes populares de España: el color, la pasión, lo espontáneo y libre se halla en esos aspectos de la vida nacional. Por encima de todo eso ya comienza lo artificioso y lo retórico. Y esta amalgama entre el amor a lo popular y el espíritu contenido, impersonal, sobrio, es lo que constituye la modalidad de nuestro autor. Mérimée, podemos decir en dos palabras, es un espíritu profundamente aristocrático, enamorado del color y de las pasiones del pueblo. Su España, la España que Prosper Mérimée ha pintado, tiene los más hondos trazos de verdad; es la España de Quevedo y de Lope; pero es, sobre todo, la España —y la humanidad— de doña María de Zayas, en sus novelas realistas, stendhalianas, desprovistas de retórica, sin reflexiones morales, impersonales y objetivas.

AZORÍN (Entre España y Francia. Hispanistas.)

miércoles, 5 de octubre de 2011

Azorín: Llegada a París y Primera tarde


I Llegada a París.

TODO se ha desenvuelto como en un sueño. Casi no puedo explicarme lo que ha sucedido. Y perdone el lector que hable de mí. En una relación de viajes, ¿qué será lo interesante: las observaciones filosóficas que pueda hacer el viajero —sin más que con una conexión lejana con la realidad—, las generalizaciones abstractas, las divagaciones literarias, o lo que simple y puramente se ve, se presencia y se atisba? «Yo estaba allí y lo vi», dice La Fontaine en una conocida y muy citada frase. Diré yo —dentro de mi modestia— lo que vaya viendo. De España, como postrer recuerdo, guardo el sonido lejano de unas campanas en la mañana de la Ascensión. Campanas que, a mil y tantos kilómetros de distancia, todavía están sonando en mis oídos... ahora acaso más distintamente que antes; campanitas que me hablaban de viejas ciudades, de callejuelas silenciosas, de caserones señoriles, de catedrales, de conventitos con patios de cipreses. Pasado el día, por la noche, a las diez, me metí en un largo tren atiborrado de viajeros. No había más tren rápido que ese para llegar a la frontera. En mi departamento, unas señoras enlutadas y un anciano menudo, vivaracho, limpiamente afeitado. Pasan lentas y molestas las horas de la noche. Cuando clarea el día aparecen los campos apacibles de Burgos. Entonces el viejecito —con la voz entrecortada por una tos pertinaz— comienza a nombrar todos los lugares por donde pasamos; él sabe los montes, vericuetos, barrancos y llanuras por donde discurre el tren. De cuando en cuando, ante una pequeña contrariedad (el no poder abrir la maleta, el no encontrar un periódico que había dejado sobre el asiento), se desazona y regaña malhumorado. En estos casos, una dama alta, esbelta, vestida de negro, sonríe, pronuncia una palabra de sosiego, nada más que una palabra, y el viejecito torna a calmarse. ¡Qué dignidad, que nobleza, que ánimo imperativo y bondadoso a la vez hay en esta señorial Castilla, la gran Castilla, fuerte, dueña de sí misma y señorial, está representada en esta dama. En una estación de enlace desaparecen el viejecito y la señora. El departamento queda solo; más allá entran en el coche un obispo y su familiar. Se quita el prelado su sombrero con el pintoresco borlón verde-blanco y comienza a leer en un librito. Luego, al cabo de la lectura y la meditación, coge un periódico, lee en voz alta algunas líneas y ríe al comentarlas. Yo callo, sentado en un extremo. Nada hay en este obispo de hosquedad, de excesivo y tétrico recogimiento, de tiesura. Su carácter es franco, llano, jovial. Santa Teresa, en sus Constituciones, recomienda a sus religiosas que hermanen la piedad y el fervor con la franqueza y la jovial comunicación. El tren avanza: ya ha quedado lejos el buen prelado. Músicas y comisiones le han recibido en una estación. Doy unas vueltas por el andén, en San Sebastián, y charlo un momento con un amigo. El tren vuelve a ponerse en marcha. Ya estamos en Irún. Ya hemos cruzado el Bidasoa. ¡Francia! ¡Noble y dulce país de Francia! No ha habido para nosotros ni el menor obstáculo al cruzar la frontera. No los hay para nadie que sincera y honradamente quiera cruzaría. Los empleados encargados de revisar los documentos desempeñan delicada y escrupulosamente su cometido. Gracias rendidas doy al comisario de Policía, que me ha abrumado de atenciones y deferencias. Su cortesía es irreprochable. En la estación de Hendaya, al atravesar su zaguán, he visto la viejecita enlutada a quien tantos libros y periódicos he comprado durante muchos veranos. Echo un vistazo a su pequeña librería, y luego, como en volandas, vertiginosamente, un magnífico automóvil me lleva a un hotel de la playa de Hendaya. Estoy sentado en una mesita, frente al mar. Es la una de la tarde. Allá en la lejanía del horizonte se divisa casi imperceptible el humo de un barco que cruza. La comida es delicada y suculenta. Sólo a los postres y a la hora del café he notado la falta de azúcar y de golosinas azucaradas. Tras la comida, en el vasto y claro vestíbulo del hotel, dormito un momento sentado en un ligero sillón de mimbres. El silencio es perfecto, maravilloso: maravilloso como el silencio de que Cervantes habla en varios pasajes de sus libros. Ni servidores ni huéspedes hablan en voz alta, ni mueven violentamente los muebles, ni dejan caer estrepitosamente objetos. La sensación de quietud y sedancia es admirable. Por los anchos ventanales se columbra la inmensidad azul del mar. A las cinco, otra vez al tren. Es un tren larguísimo, interminable. En San Juan de Luz, en Biarritz, en Bayona suben compactos grupos de viajeros. Van llenos, rebosantes, departamentos y pasillos. Hasta París vendrá toda esta muchedumbre trashumante; muchos viajeros pasarán la noche en los corredores, sentados sobre sus maletas. Hay a la hora de comer un vaivén continuo de los departamentos hacia el comedor, y del comedor hacia los departamentos. En cuatro series se ha organizado la comida. Cae una lluvia torrencial que golpea los vidrios, y comienza a entreverse, al través de la cortina de agua, el paisaje de las landas bordolesas. La noche cierra. Horas de profundo sueño. Cuando despierto al día siguiente, a las siete, creo estar soñando. Restriego el empañado cristal y contemplo un panorama de tierras labrantías, raso, cubierto del verde de las sembraduras, sin árboles, de ilimitados horizontes. ¿Estoy camino de París, o en marcha hacia Madrid? ¿Son éstos los campos franceses o los términos de Pinto, de Getafe o de Villaverde? La similitud con el paisaje manchego madrileño no puede ser más sorprendente. Pero pronto comienzan a surgir macizos de árboles, florestas, bosquecillos. El panorama ha cambiado. Nos vamos acercando a París. Surgen anchas edificaciones de fábricas con sus chimeneas humeantes. Ya el campo verde casi desaparece. A un lado y a otro de la vía no se ven más que fábricas, depósitos, talleres. Multitud de rieles cruzan en todos los sentidos. Van y vienen trenes vertiginosos. Pasamos bajo la ancha y negra bóveda de una estación —Austerlitz—, y se cuela el tren en un túnel. Se detiene de pronto: hemos llegado. Estamos en París. El cielo, gris, ceniciento, es de una dulzura y una suavidad incomparables. Sobre ese elegante gris, en las grandes avenidas, destaca, con maravillosa armonía, el verde primaveral de los árboles. Las calles están limpias, cuidadas en su terso asfalto. La muchedumbre de viandantes camina tranquilamente, y los automóviles, incesantes, desfilan raudos. ¡Profunda sensación de sosiego, de tranquilidad y de paz! Ahora escribo estas líneas en un cuarto ancho, claro y limpio de un hotel. He almorzado hace un momento; la comida ha sido también, como en Hendaya, delicada y selecta. El azúcar ha sido sustituida con sacarina, sacarina líquida, incolora, en grandes frascos de cristal, o sacarina en diminutos comprimidos blancos, envueltos cada uno en un papelito de seda. Nada turba el silencio de este cuarto; la luz, finamente gris de esta mañana —luz que nos hace comprender al gran pintor Corot —se hace todavía más suave al pasar tamizada por unos sutiles visillos.

II Primera tarde en París.

Terminé ayer mis notas diciendo que las escribía en un cuarto claro, limpio y blanco de un ancho hotel. Por la ventana se veía —y se sigue viendo hoy— un cielo gris, ceniciento, de una suave entonación. Todo reposa y calla en esta morada. La ventana da a un patio, como todo el edificio, de un puro y castizo estilo francés. Está hecha la construcción de sillares bien labrados, con los balconajes de piedra y las techumbres de negra y escurridiza pizarra. Se puede aquí leer, a esta luz fina y cenicienta, en este edificio clásico, rodeado de tal silencio y cuidado; se puede aquí leer con el más profundo goce espiritual a Montaigne, a Pascal, a Molière, a Sainte-Beuve... Acabé de escribir mis primeras notas y salí a la calle. Siempre que ando algunos pasos y me alejo del hotel, lo primero que veo, perfilándose imponente en la suave luminosidad del cielo, es el grande y monumental arco de la Estrella. Al caminar despacio por la ancha plaza, por entre tupidos árboles, unos gorriones me ofrecen la impresión primera, la impresión gratísima que ayer mañana tuve a mi entrada en París, al salir de la estación y desparramar la vista por el panorama de la calle y por el cielo. Había en la acera unos gorriones; iba yo marchando hacia ellos, y ellos no se apartaban ni sobresaltaban. Tuve que oxearlos con la mano —cariñosamente— para que alzaran un corto vuelo y fueran a posarse un poco más lejos. He salido del hotel, por primera vez, a la tarde, después de escribir mi artículo. Ya sabía dónde tenía que ir; el deseo de visitar las librerías me impulsaba vehementemente. ¿Habrá hombre sin una pasión, sin una tendencia, sin una preocupación? La mía son los libros; he de llevar al tanto todo cuanto se publica en Francia y en España. No hay mayor gusto, no hay mayor fullería para el espíritu —decía nuestro Gracián— que «un libro nuevo cada día». Pensando en este aforismo, impelido instintivamente, he tomado un automóvil público. Las calles están animadas. Cuando se viene de Madrid, lo primero que sorprende son la anchura de las grandes avenidas, los vastos espacios libres y el ruido especial del tráfago continuo de los automóviles. El piso es llano todo él y asfaltado. Muchedumbre de automóviles van y vienen, como una enorme madeja que se moviera vertiginosamente. Y el ruido que producen no es el tableteo y el estrépito seco y violento de los vehículos de Madrid, sino algo así como el ruido de una serrería y de una cascada a la vez. Como el movimiento es tan intenso, el ruido sordo de los automóviles es una cosa continua, regular, uniforme, que no molesta ni desazona. Corría velozmente el auto en que yo iba hacia mis librerías. Diez o doce kilómetros he recorrido por las calles de la ciudad. Yo miraba atentamente las casas, sus muros, sus techumbres. Quería ver si descubría alguna señal de desquiciamiento, de ruinas, producidos por los bombardeos. Al cruzar una plaza he columbrado la parte alta de una casa toda derruida, con andamios. En algunos monumentos públicos, grupos de obreros se ocupan en cubrir con sacos de arena y con tierra los bajo-relieves y las partes delicadas de la obra artística. Al pasar por las avenidas, por los jardines, veía a la gente sentada en los bancos y en las sillas charlando reposadamente. Aquí hay un provecto señor de blancas barbas, en compañía de dos señoras enlutadas; más allá veo un caballero con una barbita puntiaguda —tipo Montaigne y Anatole France— que habla con un niño; aparte de todo el grupo, solitaria, contemplo, un instante, una linda muchacha que mira como extasiada a los arboles y tiene sobre las rodillas un libro. (¿Será un libro de versos?) Yo quisiera haber hecho parar el coche; haber bajado; haberme acercado lentamente a esta joven soñadora, y haberla dicho, con el sombrero en la mano: «Señorita, ¿quiere usted que hablemos un poco?» Pero el auto corre vertiginosamente. Hemos cruzado el Sena; hemos atravesado una ancha plaza; de pronto, nos detenemos. Veo escaparates repletos de libros, y libros de todas clases, chicos y grandes, con cubiertas de todos los colores, colocados en anaqueles y muestrarios al alcance de la mano. La librería es como un pequeño porche, un lugar abierto en que los transeúntes entran y salen a su placer, sin saludar, sin decir nada, sin pedir permiso a nadie. La gente circula por entre los montones de libros; toma unos; deja otros; lee un rato; curiosea a su sabor. ¡Qué encanto el de estas librerías francesas tan fáciles y libres para todo aficionado a las novedades bibliográficas! Experimento al entrar en ésta una profunda emoción; el alcohólico, ávido de alcohol, y a quien se le introdujera en una espléndida botillería, no sentiría cosa diversa. Aquí están, al alcance de mi mano, las bellas ediciones en tiradas limitadísimas, estampadas en ricos papeles, que no llegan a Madrid. Voy de una parte a otra; tomo y dejo precipitada y nerviosamente los exquisitos y primorosos volúmenes; parece que me va a faltar el tiempo para verlos todos, o que se los van a llevar todos antes de que yo los vea. Las encargadas de la tienda, lindas muchachas, sonríen viendo mi precipitación y mi ansiedad. La primera fuerza de Francia, la más pujante, la más universalizadora, es la literatura. La Prensa, que había descuidado un tanto la crítica literaria y la revista bibliográfica, lo ha comprendido así, y ahora son ya muchos los periódicos que dan cuenta diariamente de los libros nuevos. Francia es grande en el mundo por sus escritores. Los clásicos han formado un ambiente espiritual, intenso, ambiente de finura, de penetración, de delicadeza y de humanidad —sobre todo de humanidad—, que constituye la tradición francesa. Y esa tradición ha dado como productos, entre otras cosas, la mujer y la familia. No habrá en ningún país mujer más fina y comprensora que la mujer francesa, ni familia más estrecha, más amorosa, más sólida que la familia francesa. ¡Con qué continuidad y qué fervor se guarda en la familia francesa el ambiente espiritual de los antepasados! Para la madre francesa, dechado de madres, su hijo siempre es un niño. Su solicitud para con el hijo, sus cuidados, sus ansias, no tienen nunca término a lo largo de la vida, ni decaen nunca. Yo, a través de la literatura moderna y de la clásica, veo siempre a la madre francesa como una mujer en cuyo rostro —mientras piensa en el hijo— hay, en todo momento, una sonrisa de bondad y un ligero ceño de preocupación... Pero la tarde ha ido cayendo; he revuelto y escudriñado todos los volúmenes de la librería. He comprado un grueso paquete de volúmenes. A la noche, en mi silencioso cuarto del hotel, les iré cortando las hojas, e iré, de primera intención, leyendo acá y allá. El auto torna a correr vertiginosamente por las largas avenidas. Ya veo el monumental arco perfilándose en el cielo del crepúsculo. Ya estoy en el hotel.
 (París, bombardeado y Madrid, sentimental. Mayo y junio de 1918.)