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miércoles, 11 de febrero de 2026

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Tercera parte

Grandes dolores en pequeñas canciones...

 

Tenía un vecino al que conocía; incluso había utilizado algunas veces sus versos.

Éste comprendía mejor el profundo problema de nuestra vida, ya que él mismo representaba al homo duplex, la criatura contradictoria que se disputan poderes enemigos. Heinrich Heine era romántico, y dejaba que se abriese la pequeña flor azul de su corazón; y antirromántico, por lo que detestaba lo impreciso y lo incierto, las grandes peroratas y la elocuencia, los aires trágicos, las poses de actor: no era él quien hubiera consentido en interpretar, secretamente alborozado, el papel del gladiador moribundo. Era sentimental, hasta el punto de enamorarse de su prima y luego de su otra prima, como los colegiales: primas ricas, que se habían reído mucho de ese pretendiente. Al mismo tiempo, era tan perspicaz y tan agudo, leía con tanta claridad en las almas, que destruía todas las ilusiones, incluso las suyas propias; no había terminado de amar cuando ya veía que su amada no tenía corazón: sobre los hermosos ojos de mi amada, compuse las más bellas canciones; sobre la boca encantadora de mi amada, hice exquisitos tercetos; sobre las delicadas mejillas de mi amada, cincelé magníficas estrofas; y si mi amada tuviera corazón, escribiría sobre ese corazón un bonito soneto. Lograba la paradoja de ser a la vez tierno y voltairiano. Los bosques de abetos, ese manto verde y oscuro de las colinas; el mar gris que sufre eternamente y se lamenta; el sol que cada tarde renueva la fiesta resplandeciente de su adiós, le eran caros: a menos que prefiriera el tumulto de las ciudades, los salones, los cafés y hasta el polvo del bulevar. Alemania lo había ignorado, maltratado, expulsado; Francia lo había acogido, y París se había convertido no sólo en su lugar de residencia sino en la patria de su espíritu. Por eso sentía por la primera una antipatía entremezclada de amor, y por la segunda, un afecto colmado de ironía.

Republicano, demócrata y revolucionario, confiaba en que alguna vez nacería —y estaba próximo— el día en que el sol de la libertad iluminase el mundo y expulsara del cielo la aristocracia de las estrellas. El final de la lucha gigantesca que enfrentaba a los que no poseían nada y a los que lo poseían todo no dejaba lugar a dudas: pronto sólo habría una patria, la tierra, y una única creencia, la felicidad en este mundo. No habría más fronteras ni tiranos; los hombres ya no depositarían su confianza en un más allá cuya vana espera los privaba del único bien que estaba a su alcance: serían felices de inmediato, hoy mismo. Sólo que no estaba del todo seguro de no ser él mismo un aristócrata; de no sentir cierta indulgencia por los príncipes, que honran a los poetas y les proporcionan una pensión; lo que no ignoraba era que los compañeros proletarios bebían, fumaban, olían mal, eran sucios; y no podía evitar decir que si el pueblo le estrechaba la mano, él se la iría a lavar.

Por desgracia no era un Régulo, y se sentía poco inclinado a que lo meciesen en un tonel lleno de puntas de hierro; no era un Bruto, y se estremecía ante la idea de hundir un puñal en su pobre vientre. Pero lo peor de su condición era quizás esto: pensaba que la humanidad se dividía en dos razas: los helenos, a los que hubiera querido pertenecer, y los nazarenos, a los que pertenecía.

Aunque esas complejidades, esos contrastes, esas luchas y también esa enfermedad, que durante años lo convirtió en un paralítico quejumbroso, pudieron haberle dado a Baudelaire puntos de contacto y semejanzas reconocidas, este no encontró en Heinrich Heine un alma fraterna. El tal Heinrich Heine, en cuanto tomaba la pluma, se hubiera dicho que se esforzaba por no ser profundo; era su estilo, sólo quería quedarse en la superficie. En el momento en que uno creía que iba a expresar su dolor esencial, abandonaba la partida, apartaba la cabeza y se ponía a sonreír. Una lágrima sobre un campo de risas, ese es el escudo de armas de mi humor. Se burlaba de todo; ironizaba sin cesar. Y, ciertamente, eran hermosos sus versos, con sus confesiones contenidas, sus tristezas reprimidas, su acento tan tierno, tan burlón y tan triste. Pero, aún reconociéndoles una originalidad poco común, incluso una cualidad única, también hay que admitir que los de Baudelaire poseen fuerza superior. El estilo de Baudelaire no posee ni esa humildad, ni ese rechazo a adentrarse en las profundidades del alma, ni ese acompañamiento en sordina, contradictorio y burlón, ni ese escepticismo, ni ese humor y sus caprichos, ni esa forma de “poner grandes dolores en pequeñas canciones”, ni esa vena popular del lied, ni esa música en tono menor. La voz de Baudelaire es tan extrañamente patética que parece añadirle a la palabra humana vibraciones procedentes del más allá.

El deseo de lo desconocido, la ardiente necesidad de oír lo que nuestros oídos nunca han captado, de ver lo que nuestros ojos nunca han adivinado y tocar lo impalpable: tal es el sentimiento por el que reconocemos la poesía moderna, su tormento, su locura, su grandeza. Heinrich Heine no está poseído por la sed que empuja a los poetas hacia los reinos prohibidos, hacia las regiones oscuras en que la conciencia apenas aparece; las penas de nuestros días y nuestras noches le bastan a su inspiración; no busca nuevas luces o nuevas tinieblas. Lo nuevo; encontrar lo nuevo; salir de nuestras prisiones, salir de nuestro ser, alcanzar por fin lo inaccesible: tal es, por el contrario, la pasión que exalta a Baudelaire. La verdadera semejanza hubiera exigido una misma disposición de las almas y, además, una partida común hacia lo desconocido. Pero para llegar a ser un vidente; para crear un mundo de fantasmagorías y espejismos; para encontrar las palabras mágicas que iluminan, mostrando de repente, más allá de las apariencias, las realidades sustanciales; para revivir las vidas anteriores, proyectarse a las vidas futuras, dejarse mecer por la armonía de las correspondencias universales que los iniciados llegan a percibir; para exasperar los sentidos hasta la locura reveladora; para intentar finalmente las operaciones sobrehumanas que él creía reservadas a los poetas, Baudelaire estaba solo.

 

Baudelaire y Edgar Allan Poe

 

A su semejante, a su hermano, no debemos buscarlo en Europa, sino en el Nuevo Mundo.

Porque allá, en América, hubo un hombre que fue su prefiguración. Un rebelde, un maldito, tan diferente de los de su raza y su entorno, que fue objeto de escándalo en todas las épocas de su vida, y hasta en las circunstancias de su muerte. Un habitante de los paraísos artificiales; un huésped de Dreamland, de Tule, donde hay montañas vertiginosas que caen a pico en mares sin playas, donde hay almas doloridas que vagan alrededor de los lagos de aguas negras, donde los árboles de los bosques tienen apariencia de titanes, donde los ojos de las mujeres amadas que la muerte se ha llevado brillan eternamente. Un espíritu analítico, una razón lúcida, para los que son un juego de niños los problemas y los enigmas; un soñador, un obseso, un alucinado. Y un genio. No era tan sólo el teórico de la poesía; y no era tan sólo el artesano prodigiosamente hábil que conoce todos los recursos de su arte, que utiliza todos sus procedimientos, desde los más simples hasta los más sutiles: sino el que comprende su esencia. La poesía no es, decía, una simple repetición, una imitación más o menos burda de las bellezas formales que se nos presentan ante los ojos. Es una lucha por aprehender las bellezas supraterrenales que intuimos a intervalos; es un impulso hacia lo infinito, hacia lo eterno. Y si, cuando oímos recitar versos hermosos, llegamos a veces a estremecernos y hasta a llorar, no es por la emoción que nos produce algo muy bien logrado, sino que son, mas bien, lágrimas de dolor; sufrimos por sentirnos tan cerca de las armonías celestiales y por ser incapaces de retenerlas en su plenitud. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone“Empleando múltiples combinaciones, nos esforzamos, en medio de las cosas y los pensamientos que pertenecen al orden del tiempo, por alcanzar una parte de esa Belleza cuyos elementos verdaderos sólo pertenecen, tal vez, a la eternidad…”.

¡Cómo podríamos soñar, si pudiéramos librarnos de la consideración del espacio y el tiempo, soñar con el encuentro ideal entre Edgar Allan Poe y Baudelaire! —Nunca se conocieron; nunca se vieron. Poe nunca supo que tenía, tan lejos, allá, en Francia, un admirador fanático. Baudelaire sintió como el choque de una revelación; se dio cuenta, horrorizado y encantado, de que había imaginado temas que Poe había imaginado veinticinco años antes, de que había escrito frases que Poe había escrito veinticinco años antes: y por lo tanto era, en cierto sentido, el doble de Edgar Allan Poe. Así que se convirtió en el heraldo de su gloria. Le hacía el elogio de sus obras a todo el mundo; escribía a los críticos para pedirles que lo ayudaran a dar a conocer al público francés las obras de aquel genio; se ponía nuevamente a estudiar el inglés para traducirlo; escribía su biografía apasionada. Estaba de acuerdo con él en su rechazo al progreso, “esa gran herejía de la decrepitud”; en su rechazo a la invasión del materialismo, ya que toda certeza se encuentra en los sueños; en el valor de la imaginación, “facultad casi divina que es la primera en percibir, por fuera de los métodos filosóficos, las relaciones íntimas y secretas de las cosas, las correspondencias y las analogías”. Nada le parecía más justo y más bello que sus definiciones de la poesía, “un rapto del alma”, “un acento de inmortalidad”.

Pero cuando comenzó a leerlo, hacia 1846, Poe estaba tan lejos que lo veía como una figura irreal; y cuando comenzó a penetrar en la intimidad de su obra, Poe había muerto.

 

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937.

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

El ensayo completo puede descargarse en Internet Archive

 

De grandes douleurs dans de petites chansons…

 

Il avait un voisin, qu’il connaissait; et même il s’était servi quelquefois de ses vers.

Celui-ci comprenait mieux le problème profond de notre vie, puisqu’il représentait lui-même l’homo duplex, la créature contradictoire que se disputent des puissances ennemies. Henri Heine était romantique, et laissait doucement s’épanouir la petite fleur bleue de son cœur: et anti-romantique, détestant le flou et l’indécis, les grandes tirades et l'éloquence, les airs tragiques, les poses d’acteur: ce n’est pas lui qui aurait consenti à jouer, secrètement joyeux, le rôle du gladiateur mourant. Il était sentimental, au point de s’être épris de sa cousine, et puis de son autre cousine, comme les collégiens: des cousines riches, qui avaient bien ri de ce soupirant. En même temps, il était si perspicace et si fin, il lisait si clairement dans les âmes, qu’il détruisait toutes les illusions, même les siennes; il n’avait pas fini d’aimer qu’il voyait déjà que sa mie n’avait pas de cœur: sur les beaux yeux de ma mie, j’ai composé les plus belles chansons; sur la bouche mignonne de ma mie, j’ai fait d'exquis tercets; sur les joues délicates de ma mie, j’ai ciselé des stances superbes; et si ma mie avait un cœur, je ferais sur ce cœur un gentil sonnet. Il réussissait ce paradoxe, d’être à la fois tendre et voltairien. Les forêts de sapins, vert et sombre manteau des collines; la mer grise qui souffre éternellement, et qui se plaint; le soleil qui renouvelle chaque soir la fête éclatante de ses adieux, lui étaient chers: à moins qu’il ne préférât le tumulte des villes, les salons, les cafés, et même la poussière du boulevard. L’Allemagne l’avait méconnu, houspillé, chassé; la France l’avait reçu, et Paris était devenu non seulement son séjour, mais la patrie de son esprit. Aussi éprouvait-il pour la première une antipathie toute mêlée d’amour; et pour la seconde, une affection toute pleine d’ironie.

Républicain, démocrate, et révolutionnaire, il espérait qu’un jour se lèverait, et ce jour était proche, où le soleil de la liberté réchaufferait le monde, et chasserait du ciel l’aristocratie des étoiles. L’issue du combat gigantesque qui mettait aux prises ceux qui ne possédaient rien et ceux qui possédaient tout n’était pas douteuse: bientôt il n’y aurait plus qu’une seule patrie, la terre; et qu’une seule croyance, le bonheur ici-bas. Plus de frontières, plus de tyrans; les hommes ne mettraient plus leur confiance dans un au-delà dont la vaine attente les privait du seul bien qui fût à leur portée: ils seraient heureux tout de suite, aujourd’hui. Seulement, il n’était pas tout à fait sûr de n’être pas lui même un aristocrate; de n’avoir pas une certaine indulgence pour les princes, qui honorent les poètes et qui leur fournissent une pension; ce qu’il ne savait que trop, c’est que les camarades prolétaires buvaient, fumaient, sentaient mauvais, étaient sales; et il ne pouvait pas s’empêcher de dire que si le peuple lui serrait la main, il irait la laver.

Hélas! il n’était pas un Régulus, et se sentait peu de goût pour être bercé dans un tonneau lardé de pointes; il n’était pas un Brutus, et frissonnait à l’idée d’enfoncer un poignard dans son pauvre ventre. Mais le pire de sa condition était peut-être ceci: il pensait que l’humanité se partageait en deux races, les Hellènes, dont il aurait voulu être, et les Nazaréens, dont il était.

Bien que ces complexités, ces contrastes, ces luttes, et cette maladie aussi, qui pendant des années a fait de lui un paralytique gémissant, eussent pu offrir à Baudelaire des points de contact et des ressemblances reconnues, celui-ci n’a pas trouvé chez Henri Heine une âme fraternelle. Ce Henri Heine, dès qu'il prenait la plume, on aurait dit qu'il s’efforçait de n’être pas profond; c’était sa manière, il ne voulait rester qu’en surface. Au moment où l’on croyait qu’il allait exprimer sa peine essentielle, il quittait la partie, détournait la tête, et se mettait à sourire. Une larme sur un champ de rire, c'est le blason que porte mon humour. Il raillait tout; il ironisait sans cesse. Et certes, ils étaient beaux, ses vers, avec leurs aveux retenus, leurs tristesses refoulées, leur accent si tendre, si gouailleur, et si triste. Mais tout en leur accordant une originalité rare, voire même une qualité unique, il faut bien avouer aussi que ceux de Baudelaire sont d’une autre puissance. La manière de Baudelaire ne comporte ni cette humilité, ni ce refus d’aller jusqu’aux profondeurs des âmes, ni cet accompagnement en sourdine, contradictoire et moqueur, ni ce scepticisme, ni cet humour et ses caprices, ni cette façon de «mettre de grandes douleurs dans de petites chansons», ni cette veine populaire du lied, ni cette musique en ton mineur. La voix de Baudelaire est si étrangement pathétique, qu’elle semble ajouter à la parole humaine des vibrations venues de l’au-delà.

Le désir de l’inconnu, l’ardent besoin d’entendre ce que nos oreilles n’ont jamais recueilli, de voir ce que nos yeux n’ont jamais deviné, et de toucher l’impalpable: tel est le sentiment à quoi l’on reconnaît la poésie moderne, son tourment, sa folie, sa grandeur. De la soif qui pousse les poètes vers les royaumes interdits, vers les régions obscures où la conscience apparaît à peine, Henri Heine n’est pas possédé; les peines de nos jours et de nos nuits suffisent à son inspiration; il ne cherche pas de nouvelles lumières ou de nouvelles ténèbres. Du nouveau; trouver du nouveau; sortir de nos prisons, sortir de notre être, atteindre enfin l’inaccessible: telle est au contraire la passion qui exalte Baudelaire. La parenté véritable aurait exigé une même disposition des âmes, et puis un commun départ vers l’inconnu. Mais pour devenir un voyant; pour créer un monde de fantasmagories et de mirages; pour trouver les mots magiques qui illuminent, montrant tout d’un coup, au delà des apparences, les réalités substantielles; pour revivre les vies antérieures, se projeter dans les vies futures, se laisser bercer par l’harmonie des correspondances universelles que les initiés arrivent à percevoir; pour exaspérer les sens jusqu’aux folies révélatrices; pour tenter enfin les opérations surhumaines qu’il croyait réservées aux poètes, Baudelaire restait seul.


Baudelaire et Edgar Poe

 

Son semblable, son frère, ce n’est pas en Europe que nous devons le chercher, mais dans le Nouveau Monde.

Car il y avait, là-bas, en Amérique, un homme qui avait été sa préfiguration. Un rebelle, un maudit, si différent de ceux de sa race et de son milieu, qu’il avait été un objet de scandale à toutes les époques de sa vie, et jusque dans les circonstances de sa mort. Un habitant des paradis artificiels; un hôte de Dreamland, de Thulé, où des montagnes vertigineuses tombent à pic dans des mers sans grèves, où des âmes douloureuses errent autour des lacs noirs, où les arbres des forêts prennent figure de Titans, où les yeux des femmes aimées que la mort a ravies brillent éternellement. Un esprit analytique, une raison lucide, se jouant des problèmes et des énigmes; un rêveur, un obsédé, un halluciné. Et un génie. Il n’était pas seulement le théoricien de la poésie; et non seulement l’ouvrier prodigieusement habile qui connaît toutes les ressources de son art, qui en utilise tous les procédés, depuis les plus simples jusqu’aux plus subtils: mais celui qui en comprend l’essence. La poésie n’est pas, disait-il, une simple répétition, une imitation plus ou moins grossière des beautés formelles qui tombent sous nos yeux. Elle est une lutte pour appréhender les beautés supraterrestres que nous devinons par intervalles; elle est un élan vers l’infini, vers l’éternel. Et si, lorsque nous entendons de beaux vers, il nous arrive de frissonner et de pleurer même, ce n’est pas à cause de l’émotion que nous donne une heureuse réussite: mais ce sont, bien plutôt, larmes de douleur; nous souffrons de nous sentir si près des harmonies célestes, et de rester incapables de les retenir dans leur plénitude. We struggle by multiform combinations among the things and thoughts of time, to attain a portion of that Loveliness whose very elements perhaps appertain to eternity alone«Par des combinaisons multiples, nous luttons au milieu des choses et des pensées qui sont de l’ordre du temps, pour atteindre une portion de cette Beauté dont les éléments véritables appartiennent peut-être à la seule éternité...»

Comme on pourrait rêver, si on était délivré de la considération de l’espace et de la durée, rêver à la rencontre idéale d’Edgar Poe et de Baudelaire!— Ils ne se sont jamais rencontrés; ils ne se sont jamais vus. Poe n’a jamais su qu’il avait, si loin, là-bas, en France, un admirateur fanatique. Baudelaire a été frappé comme par une révélation; il s’est aperçu, épouvanté et ravi, qu’il avait imaginé des sujets que Poe avait imaginés vingt-cinq ans auparavant, qu’il avait écrit des phrases que Poe avait écrites vingt- cinq ans auparavant: et donc il était, dans un certain sens, le double d’Edgar Poe. Aussi s’est-il fait le héraut de sa gloire. Il allait vantant ses œuvres à tout venant; il écrivait aux critiques pour leur demander de l’aider à faire connaître au public français les œuvres de ce génie; il se remettait à l’anglais pour le traduire; il écrivait sa biographie passionnée. Il était d’accord avec lui contre le progrès, «cette grande hérésie de la décrépitude»; contre l’envahissement du matérialisme, toute certitude étant dans les rêves; sur la valeur de l’imagination, «faculté quasi divine qui perçoit tout d’abord, en dehors des méthodes philosophiques, les rapports intimes et secrets des choses, les correspondances et les analogies.» Rien ne lui semblait plus juste et plus beau que ses définitions de la poésie, «un enlèvement de l’âme», «un accent d’immortalité».

         Mais quand il commença de le lire, vers 1846, Poe était si lointain qu’il lui apparaissait comme une figure irréelle; et quand il commença de pénétrer dans l’intimité de son œuvre, Poe était mort.

lunes, 5 de enero de 2026

Charles Baudelaire, Willis Barnstone y Manuel Santayana: Recogimiento

RECUEILLEMENT

 

Sois sage, ô ma Douleur, et tiens-toi plus tranquille.

Tu réclamais le Soir; il descend; le voici:

Une atmosphère obscure enveloppe la ville,

Aux uns portant la paix, aux autres le souci.

 

Pendant que des mortels la multitude vile,

Sous le fouet du Plaisir, ce bourreau sans merci,

Va cueillir des remords dans la fête servile,

Ma Douleur, donne-moi la main; viens par ici,

 

Loin d'eux. Vois se pencher les défuntes Années,

Sur les balcons du ciel, en robes surannées;

Surgir du fond des eaux le Regret souriant;

 

Le soleil moribond s'endormir sous une arche,

Et, comme un long linceul traînant à l'Orient,

Entends, ma chère, entends la douce Nuit qui marche.

CHARLES BAUDELAIRE


RECOGIMIENTO

 

Se juiciosa, oh mi pena, y a la calma ya vuelve.

Pedías el Ocaso; ya desciende, aquí llega;

una atmósfera oscura a la ciudad envuelve,

y a unos trae la paz que a los otros les niega.

 

Mientras de los mortales una multitud vil

que flagela el verdugo Placer, con frenesí,

y acumula pesares en la orgía servil,

Pena mía, dame la mano, ven por aquí,

 

lejos de ellos. Mira los años ya finados

asomarse a los Cielos en trajes anticuados;

mira surgir del agua, la sonriente Añoranza;

 

el sol que bajo un arco se muere lentamente,

y, como un gran sudario que se arrastra al Oriente,

oye, amada, la noche, que suave y lenta avanza.

Traducción de Manuel Santayana Ruiz

 

 

MEDITATION

 

Be sage, O my Sorrow, and please keep calm.

You call for Evening. It descends somewhere.

A dark mood envelops the city qualm,

Bringing peace to some. And to others care.

 

While rough humanity, a multitude vile

Below the whip of Pleasure, a merciless thug,

Gathers remorse in holidays now servile,

Agony, give me your hand. Come, let’s hug

 

Far from the mob. See dead years rise upset

On the sky’s balconies in dull garment.

Out of deep waters, looms laughing Regret.

 

The glum sun leans asleep below an arch.

Like a long shroud dragging in from the Orient,

Hear, my dear, hear the sweet Night walker’s march.

Translated by Willis Barnstone


viernes, 5 de diciembre de 2025

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Segunda parte

LOS POETAS FELICES

Fuerza, prestigio; la gran flota y esos buques mercantes que surcan todos los mares; el Banco de Francia; la Constitución; un poder industrial y comercial sólidamente establecido; riqueza, lujo sereno, orden, dignidad, moralidad, decencia, religión; la certeza de que el cielo justo sabe discernir los méritos de una nación y recompensar sus virtudes; una satisfacción de sí misma que sigue siendo discreta, pero es inquebrantable: así es la Inglaterra de la sapientísima y gloriosísima reina Victoria.

Para los escritores, ya no se trataba de ser desenfrenados, incrédulos, anárquicos: habían entrado en razón. El gran poeta era Tennyson: ¿hubo alguna vez una vida más feliz? Evoquémoslo en su ambiente de la isla de Wight: al fondo, un castillo que domina el mar; bosques; un gran parque, caballos, galgos; en primer plano, el poeta que se pasea por la orilla, pidiéndoles a las tranquilas olas que le revelen el secreto de sus armonías. En él, todo es nobleza y serenidad. Domina la naturaleza, que no es ni la fuerza inmensa que escapa a nuestro control y permanece indiferente a nuestras desdichas, ni el ser universal en el que el individuo quiere disolverse. El amor, que a veces hace sufrir, no tiene sin embargo derecho a convertirse en la pasión salvaje que se rebela contra las leyes de la sociedad. Enoch Arden, al regresar a su casa tras una ausencia tan larga que se lo creyó muerto, y al encontrar a su esposa Annie casada con su antiguo rival, comprenderá lo que debe hacer: aceptar, callar, desaparecer; tan sólo después de su muerte, Annie sabrá que él siempre la amó. Así, todos los temas líricos se tratan con belleza y grandeza. La historia, si se entiende bien, es el símbolo de la lucha entre el vicio y la virtud, y la virtud siempre acaba imponiéndose. La muerte no tiene nada de horrendo: el justo se duerme en paz en los brazos del Señor.

Era hermoso y serio, digno y piadoso. Pero lo más admirable en su caso es su perfecta armonía, su armonía ideal, con su época, su entorno, su país: su noble país, tan hermoso, tan grande y, sin comparación posible, el primero de todos. Su celebridad no proviene de ninguna novedad audaz, sino más bien de la excelencia de su conformismo, adornado con la dulzura virgiliana de sus versos. Si les canta a los héroes de su patria, Nelson, Wellington, no es para obedecer a ningún pedido, sino al impulso espontáneo de su alma; se diría que nació poeta laureado. Profesa por la reina una admiración matizada de respeto y ternura; él le escribe, ella le responde: ella es la nación, él es el ornamento de la nación. Se lo colma de honores oficiales; cuando muere, “la reina llora con profundo dolor a su noble poeta laureado”; el pueblo acude en masa a su funeral y desfila ante su tumba, en Westminster. Ningún poeta, escribió Wyzeva, podría esperar un destino semejante, jamás.

Tal destino no lo tuvo Elizabeth Barrett, su contemporánea; pero no sé si no obtuvo de los dioses un favor más precioso. Las imaginaciones de los adolescentes, que creen que la vida de los poetas es completamente romántica y completamente hermosa, un sueño de un día de primavera, quedan en su caso superadas. Yacía en su chaise longue, en su cama; tan enfermiza y frágil que no podía salir, que se escondía del viento, del aire, del sol; ya ni siquiera veía la luz del día. No es que se hubiera rendido por completo; tenía la mente lúcida y el alma ardiente; escribía versos. Pero todos los días creía que iba a morir. Entonces, un poeta, Robert Browning, al regresar de un viaje y hojear los libros que lo esperaban en su casa, encuentra su nombre en una recopilación que le ha enviado Elizabeth Barrett. Él le escribe para darle las gracias; ella le responde; él la visita; se enamoran. Se casan en secreto; y luego Robert Browning rapta a Elizabeth Barrett.

Todo el mundo conoce esta novela, que incluso se ha popularizado gracias al cine: la tiranía de un padre demasiado obstinado; la primera salida de la joven y su éxtasis al volver a ver los árboles y el cielo; la boda furtiva; la partida hacia Italia. Pero pensemos en este otro milagro: la vida perdonó a Elizabeth esa provocación; esa felicidad no se destruyó apenas se saboreó; ni la enfermedad, ni la maternidad, ni la convivencia cotidiana, ni los celos profesionales, ni las rivalidades de la vanidad, ni la gloria lograron disminuir ese gran amor. Se siente un temor retrospectivo al leer las admirables elevaciones que ella dio en 1847 bajo el título de Sonetos portugueses: ¿es posible que semejante bienaventuranza sea duradera? Imprudente es la mujer que se atreve a despertar así los poderes celosos que les prohíben a los mortales ser felices. Ella expresa la sorpresa que sintió cuando un ser misterioso apareció en su vida como un conquistador: creía que era la muerte, y era el amor. Expresa su dicha, su gratitud: su corazón, cargado de pena, se aligeró; yacía en el lecho del dolor, se levantó: ¿cómo podría darle las gracias a quien la ha transfigurado con la felicidad? Débiles serían sus ofrendas —sus versos, su vida, su alma— si no pudiera ofrecerle la llama que él mismo encendió. Ahora están unidos, él y ella; ni el océano ni las montañas lograrían separarlos: “nuestras manos sabrían como encontrarse en el infinito”...

Así, ella pudo elevarse hasta lo sublime, sin que nada obstaculizara su vuelo; sus días carecieron de nubes y sus años de invierno; conservó el privilegio de un amor que nada alteró y que siguió siendo lo que había sido el primer día, tan confiado, tan intenso y tan puro.

En cuanto a él, si alguna vez ese gran aficionado a las almas se sorprendía al discernir en Elizabeth un corazón tan profundamente abnegado y un espíritu tan libre y tan diferente al suyo; si se irritaba al verla preguntarles a las sombras lo que los vivos no pueden saber; si sentía que su propio carácter era más brusco y menos tierno; si a veces pensaba en la muerte, que no llama al mismo tiempo a los que se aman, se tranquilizaba rápidamente, porque llevaba en sí mismo una convicción capaz de apaciguar todas las inquietudes y calmar todas las penas. No dudaba ni por un instante de que la vida que llevamos en esta tierra no es más que un ensayo; las almas acceden a una vida superior que completa su sueño. Todo lo que, por improbable que fuera, le faltara para alcanzar la perfección de su felicidad, lo obtendría en ese segundo nacimiento. Y en base a eso ya no temía nada, ni siquiera a la muerte. “Siempre he sido un luchador. ¡Una lucha más, la mejor y la última! Odiaría una muerte que me vendara los ojos, que me tratara con contemplaciones, que me pidiera que pasara arrastrándome. No, yo quiero saborearla por entero, comportarme como mis pares, los héroes de antaño, soportar el golpe y, en un minuto, pagar las deudas atrasadas que mi vida feliz tiene en dolor, tinieblas y frío. Porque, de repente, lo peor se convierte en lo mejor para el valiente; el minuto negro ha terminado, y la furia de los elementos, las voces delirantes de los demonios va a debilitarse, a fundirse, a cambiar, primero se transformarán en paz sin sufrimiento, luego en luz, luego  en tu seno, oh alma de mi alma. ¡Te abrazaré de nuevo! El resto queda en manos de Dios”.

Baudelaire no conocía la felicidad; no conocía nada que no tuviera alguna mancha de confusión y de impureza. Entre su vida y la de esos señores de las letras no había ninguna medida en común, ningún punto de comparación. Era pobre y no siempre conseguía colocar sus escritos; el dinero que había tenido en otro tiempo lo había gastado tan rápidamente que le parecía no haberlo tenido nunca. Estaba enfermo y se sentía derrotado. El amor no era para él más que una búsqueda ansiosa, siempre frustrada; su compañera habitual era Jeanne Duval, la mulata que había conocido por casualidad, la mujer perdida. Un poeta maldito: era un poeta maldito, nada más. Los castillos y los parques, los palacios a orillas del Arno, las cabalgatas por las suaves colinas toscanas, los honores, la gloria: ¡qué ironía! Sus nervios exasperados lo convertían todo en sufrimiento, incluso la alegría de escribir. Ignoraba las efusiones del corazón, los impulsos y esos momentos magníficos en los que el poeta solo tiene que dejar que su pluma sea guiada por su demonio interior. Por el contrario, se esforzaba, corregía, retocaba, para conseguir darles a sus versos la calidad única que Théophile Gautier reconocía en ellos: punzantes como las nieblas de Inglaterra y sólidos como el mármol. La facilidad verbosa de Aurora Leigh, que apareció el mismo año que Las flores del mal, en 1857, la oscuridad en la que se complacía Robert Browning, semidiós fulgurante entre las nubes, le habrían parecido crímenes contra el arte y contra el espíritu. Su pueblo, amigo del sentido común y la razón, no lo entendía; los tribunales franceses lo habían condenado. Cuando se marchó a Bélgica para reunir lo necesario para ganarse la vida, no hizo más que sentir más cruelmente su miseria; y ya no figuraba entre los vivos. ¿Cómo podría, al fin y al cabo, refugiarse en la fe? ¿Era cristiano? Para serlo, no basta con el sentimiento del pecado —pesada carga—, las aspiraciones, las nostalgias, el deseo de lo infinito. También es preciso adoptar una regla de vida, una moral; abandonar el mundo de la carne. Para encontrar el puerto tranquilo donde ya no llegan los vientos malignos, también es preciso, en primer lugar, quererlo y después merecerlo.

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Revue Des Deux Mondes, 15 de febrero de 1937

(continuará)

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán


LES POÈTES HEUREUX

DE la force, du prestige; la grande flotte, et ces vaisseaux marchands qui sillonnent toutes les mers; la Banque; la Constitution; une puissance industrielle et commerciale solidement établie; de la richesse, du luxe paisible, de l’ordre, de la dignité, de la moralité, de la décence, de la religion; la certitude que le juste ciel sait discerner les mérites d’une nation et récompenser ses vertus; un contentement de soi qui reste discret, mais inébranlable: c’est l’Angleterre de la très sage et très glorieuse reine Victoria.

Il ne s’agissait plus, pour les gens de lettres, d’être débridés, incroyants, anarchiques: ils s’étaient mis à la raison. Le grand poète était Tennyson: fut-il jamais plus heureuse vie? Évoquons-le dans son décor de l’île de Wight: au fond, un château qui domine la mer; des bois; un grand parc, des chevaux, des lévriers; au premier plan, le poète qui se promène sur la grève, en demandant aux flots paisibles de lui dire le secret de leurs harmonies. En lui, tout est noblesse et sérénité. Il domine la nature, qui n’est ni la force immense qui échappe à nos prises et reste indifférente à nos malheurs, ni l’être universel dans lequel l’individu veut se dissoudre. L’amour, qui fait quelquefois souffrir, n’a pourtant pas le droit de devenir la passion sauvage qui se rebelle aux lois de la société. Enoch Arden, revenant au logis après une absence si longue qu’on l’a cru mort, et retrouvant sa femme Annie mariée à son ancien rival, comprendra ce qu’il convient de faire: accepter, se taire, disparaître; après sa mort seulement, Annie saura qu’il l’a toujours aimée. Ainsi tous les thèmes lyriques se traitent en beauté, en grandeur. L’histoire, à la bien comprendre, est le symbole de la lutte entre le vice et la vertu, la vertu finissant toujours par l’emporter. La mort n’a rien d’affreux: le juste s’endort en paix dans les bras du Seigneur.

Il était beau et grave, il était digne et pieux. Mais le plus admirable dans son cas est son accord parfait, son accord idéal, avec son temps, son milieu, son pays: son noble pays, si beau, si grand, et sans comparaison possible le premier de tous. Sa célébrité ne vient pas de quelque nouveauté audacieuse, mais bien plutôt de l’excellence de son conformisme, paré de la douceur virgilienne de ses vers. S’il chante les héros de sa patrie, Nelson, Wellington, ce n’est pas pour obéir à quelque commande, mais à l’élan spontané de son âme; on dirait qu’il est né poète lauréat. Il professe pour la reine une admiration nuancée de respect et de tendresse; il lui écrit, elle lui répond: elle est la nation, il est la parure de la nation. On le charge d’honneurs officiels; quand il meurt, «la reine pleure avec une profonde douleur son noble poète lauréat»; le peuple se presse à son service funèbre, et défile devant sa tombe, à Westminster. Aucun poète, a écrit Wyzeva, ne saurait espérer pareille fortune, jamais.

Pareille fortune, Elizabeth Barrett, sa contemporaine, ne l’a pas eue; mais je ne sais si elle n’a pas obtenu des dieux une plus précieuse faveur. Les imaginations des adolescents, qui croient que la vie des poètes est toute romanesque et toute belle, songe d’un jour de printemps, sont ici dépassées. Elle gisait sur sa chaise longue, sur son lit; si maladive et si frêle, qu’elle ne pouvait sortir, qu’elle se dérobait au vent, à l’air, au soleil; elle ne voyait même plus la lumière du jour. Ce n’est pas qu’elle s’abandonnât tout à fait; elle avait l’esprit lucide et l’âme ardente; elle écrivait des vers. Mais tous les jours elle croyait mourir. Or, un poète, Robert Browning, rentrant de voyage et feuilletant les livres qui l’attendaient au logis, trouve son nom dans un recueil que lui a envoyé Elizabeth Barrett. Il lui écrit pour la remercier; elle lui répond: il lui rend visite; ils s’aiment. Secrètement ils se marient; et puis Robert Browning enlève Elizabeth Barrett.

Ce roman-là, tout le monde le connaît et le cinéma même l’a rendu populaire: la tyrannie d’un père trop obstiné; la première sortie de la jeune fille, et son ravissement de revoir les arbres et le ciel; le mariage furtif; le départ pour l’Italie. Mais songez à cet autre miracle: la vie a pardonné à Elizabeth cette provocation; ce bonheur n’a pas été détruit à peine goûté; ni la maladie, ni la maternité, ni le contact quotidien, ni les jalousies de métier, ni les concurrences de vanité, ni la gloire, n’ont réussi à amoindrir ce grand amour. On éprouve une crainte rétrospective, en lisant les admirables élévations qu’elle donna en 1847 sous le titre de Sonnets du Portugais: est-il possible qu’une telle béatitude soit durable? Imprudente, la femme qui ose réveiller ainsi les puissances jalouses qui défendent aux mortels d’être heureux. Elle exprime la surprise qu’elle éprouva, lorsqu’un être mystérieux apparut dans son existence en conquérant: elle croyait que c’était la mort, et c’était l'amour. Elle dit sa joie, sa reconnaissance: son cœur, lourd de chagrin, s’est allégé; elle gisait, elle s’est relevée: comment pourrait-elle rendre grâces à celui qui l’a transfigurée par le bonheur? Faibles seraient ses dons, —ses vers, sa vie, son âme, —si elle ne pouvait lui offrir la flamme qu’il a lui-même allumée. Maintenant ils sont unis, lui et elle; ni l’océan, ni les montagnes ne réussiraient à les séparer: «nos mains dans l’infini sauraient se rencontrer»…

Or, elle put s’élever ainsi jusqu’au sublime, sans que son vol fût entravé; ses jours furent sans nuages, et ses années sans hiver; elle garda le privilège d’un amour que rien ne vint altérer, et qui resta ce qu’il avait été au premier jour, aussi confiant, aussi intense, et aussi pur.

Pour lui, s’il arrivait que ce grand amateur d’âmes s’étonnât quelquefois de distinguer chez Elizabeth un cœur si profondément dévoué, et un esprit si libre et si différent du sien; s'il s’irritait de la voir demander aux ombres ce que les vivants ne peuvent savoir; s’il se sentait de caractère plus brusque et moins attendri; s’il songeait quelquefois à la mort, qui n’appelle pas au même moment ceux qui s’aiment, il se rassurait vite; car il portait en lui une conviction capable d’apaiser toutes les inquiétudes et de calmer tous les chagrins. La vie que nous menons sur cette terre, il n’en doutait pas un seul instant, n’est qu’un essai; les âmes accèdent à une vie supérieure qui complète leur rêve. Tout ce qui, par impossible, manquerait à la perfection de son bonheur, il l’obtiendrait lors de cette seconde naissance. Et dès lors il ne craignait plus rien, pas même la mort. «J’ai toujours été un lutteur. Une lutte de plus, la meilleure et la dernière! Je haïrais une mort qui me banderait les yeux, qui m’épargnerait, qui me demanderait de passer en rampant. Non, je veux la goûter tout entière, me comporter comme mes pairs, les héros de jadis, supporter le choc, et en une minute payer ce que doit ma vie heureuse en arrérages de douleur, de ténèbres et de froid. Car tout d’un coup, le pire devient le meilleur pour le brave; la minute noire est terminée, et la rage des éléments, les voix délirantes des démons vont s’affaiblir, se fondre, changer, devenir d’abord la paix exempte de souffrance, puis une lumière, puis ton sein, ô âme de mon âme. Je t’étreindrai de nouveau! Le reste, à la garde de Dieu.»

Le bonheur, Baudelaire ne le connaissait pas; il ne connaissait rien qui ne fût entaché de trouble et d’impureté. Entre sa vie, et celle de ces seigneurs des lettres, il n’y avait aucune mesure, aucun point de comparaison. Il était pauvre, et ne parvenait pas toujours à placer sa copie; l’argent qu’il avait eu jadis, il l’avait gaspillé si vite qu’il lui semblait n’en avoir jamais eu. Il était malade et déchu. L’amour n’était pour lui qu’une recherche anxieuse, toujours trompée; sa compagne familière était Jeanne Duval, la mulâtresse rencontrée d’aventure, la femme perdue. Un poète maudit: il était un poète maudit, rien d’autre. Les châteaux et les parcs, les palais aux bords de l’Arno, les chevauchées au milieu des douces collines toscanes, les honneurs, la gloire: quelle ironie! Ses nerfs exaspérés transformaient tout en souffrance, même la joie d’écrire. Il ignorait les effusions du cœur, les élans, et ces moments magnifiques où le poète n’a plus qu’à laisser conduire sa plume par son démon intérieur. Au contraire, il peinait, corrigeait, retouchait, pour arriver à donner à ses vers la qualité unique que Théophile Gautier reconnaissait en eux: pénétrants comme les brouillards d’Angleterre et solides comme du marbre. La facilité verbeuse d’Aurora Leigh, qui paraît la même année que les Fleurs du mal, en 1857; l’obscurité où se complaisait Robert Browning, demi-dieu fulgurant parmi les nuages, lui auraient paru des crimes contre l’art et contre l’esprit. Son peuple, ami du bon sens et de la raison, ne le comprenait pas; les tribunaux français l’avaient condamné. Lorsqu’il était parti pour la Belgique, afin d’y récolter de quoi vivre, il n’avait fait que sentir plus cruellement sa misère; et déjà il n'était plus au nombre des vivants. Comment eût-il pu, enfin, se réfugier dans la croyance? Etait-il chrétien? Pour l’être, il ne suffit pas du sentiment du péché, lourd fardeau; des aspirations, des nostalgies; du désir de l’infini. Encore faut-il qu’on adopte une règle de vie, une morale; qu’on abandonne le monde de la chair. Encore faut-il, pour trouver le port paisible où n’arrivent plus les vents mauvais, le vouloir d’abord; et ensuite, le mériter.




jueves, 20 de noviembre de 2025

Paul Hazard: La soledad de Baudelaire. Primera parte

LA SOLEDAD DE BAUDELAIRE 

LOS POETAS EN LA BATALLA

“Somos los poetas, decían con su voz grandilocuente; somos los conductores de los pueblos. Nuestros pueblos están dormidos, lograremos despertarlos: recuperarán la conciencia de su fuerza, correrán a las armas y expulsarán a sus tiranos: nos corresponde a nosotros guiarlos hacia la nueva cruzada, la cruzada de la libertad”.

Así, en todos los países de Europa que se preparaban para las grandes resurrecciones, no había más que gritos de alerta, exhortaciones, reproches, palabras de aliento, sátiras, cantos guerreros. En 1848, al enterarse de la Revolución, Petöfi se apresura a ir a Budapest, se pone al frente del movimiento nacional y, ante la multitud reunida, entona su canto heroico: ¡La patria os llama, oh húngaros! ¡De pie! ¡Ahora o nunca! Ser esclavos o libres, esa es la cuestión: ¡elegid! — ¡Por el nombre del Dios de los húngaros,  juramos que no seremos más esclavos! Al año siguiente, muere luchando. Para recopilar los himnos populares que los poetas italianos componían por aquella época, se necesitarían volúmenes enteros. Ardientes, exasperados, despreocupados por los refinamientos de la forma y pensando solo en la acción, improvisaban versos que se repetían de boca en boca, se recitaban, se cantaban en las calles, en los teatros, incluso en las iglesias: y también en los campos de batalla. ¡Uníos, hermanos italianos! El tiempo de las humillaciones ha pasado: ¡demostrad a los extranjeros, a esos bárbaros, que vuestro país no es la tierra de los muertos y que no se puede insultar u oprimir impunemente! ¡A las armas! Mientras un rincón de vuestra tierra siga esclavizado, mientras Italia no sea una, desde los Alpes hasta el mar, vuestra tarea no habrá terminado. Luchad, el triunfo está cerca: Italia recuperará su glorioso lugar entre las naciones... Esto es lo que decían todos: Alessandro Poerio, Goffredo Mameli, que ese mismo año 1849 murieron por la unidad de su patria; Giuseppe Giusti y sus sucesores, Aleardo Aleardi, Giovanni Prati; y tantos otros: tantos poetas como héroes que fueron necesarios para que al final resonara en el Capitolio conquistado el himno triunfal de Roma.

Miguel, ¿por qué lloras, lloras tanto? —Porque estoy cargado de mil ataduras y dividido entre treinta y seis Estados. —Por eso lloro, lloro tanto. Las cosas no podían seguir así, y Miguel acabaría liberándose de su mordaza. —¡Qué vida! —¡Qué luchas por la verdad y por el derecho en las mesas de la cervecería! No, nuestras costumbres actuales —no son realmente malas —en las mesas de la cervecería. Era otra cosa que no podía seguir así; esa elocuencia vana, esas diatribas alrededor de las jarras de cerveza, esos discursos que se olvidaban nada más salir de los bancos de la cervecería, eran ridículos: si los germanos querían realmente ganarse su libertad con su unidad, era importante actuar. En cuanto a arrastrar su tedio, contarle a todo el mundo sus penas de amor, gemir por sus amores desdichados, llorar en los bosques o a orillas de los lagos, maldecir la vida, aspirar a la nada, —solo los rezagados podían llenar sus versos con esos sentimientos débiles y cobardes. Los poetas animados por el nuevo espíritu debían cantarle a Alemania, como había hecho Hoffmann von Fallersleben en 1841:

Deutschland, Deutschland über alles,

Über alles in der Welt...

Georg Herwegh, amigo del pueblo y enemigo de los reyes, reprochaba a Freiligrath que empleara su talento en imitar a Byron, un romántico pasado de moda, y a Victor Hugo y su orientalismo de pacotilla. Y Freiligrath, una vez convertido, se volvió a su vez el poeta del liberalismo y la revolución. ¡Adiós, Hamlet! Ha permanecido sentado demasiado tiempo, —acostado demasiado tiempo, y ha leído demasiado en su cama. —la sangre se le ha coagulado,— y ahora le falta el aliento y está demasiado gordo. —Ha urdido demasiadas tramas eruditas. Su acción más hermosa es precisamente la de pensar. Se ha desgastado en Wittenberg, en los bancos de las aulas y en las tabernas... A ese Hamlet jadeante le faltaba coraje; se entregaba a innumerables monólogos, ponía su ira en versos, fingía locura: adiós, Hamlet.

No siempre estaban de acuerdo en los medios, unos defendían la monarquía y otros de república, pero todos defendían la patria. Salían de sus salas de estudio, de sus bibliotecas, de sus universidades; abandonaban sus hogares y se lanzaban a la batalla. Los encarcelaban, los exiliaban; lejos de callar, proseguían con su canto, más áspero y más fuerte. Si vivían hasta llegar a viejos, pese a tantas adversidades, eran recompensados con la alegría más hermosa, la de ver cómo sus ideas se imponían a la vida. Los desterrados regresaban, los perseguidos se convertían en vencedores: veían Sadowa, la Prusia triunfante, la confederación de Alemania del Norte; veían Versalles y el Imperio Germánico. Veían el reino constitucional de Cerdeña, firme esperanza; los Estados dispares que, uno tras otro, se unían a él; y la unidad italiana.

Mientras tanto, Baudelaire, pálido jardinero confinado en la humedad de sus invernaderos, cultivaba sus extrañas flores. No creía que la poesía consistiera en gritar, en vociferar, en adornar con rimas aproximadas versos compuestos a docenas, tan burdos que más tarde, una vez pasado el momento de exaltación, sorprendía que se los hubiera tomado por versos. Detestaba al pueblo, esa zoocracia; negaba el progreso, ese engaño, esa mentira para imbéciles: el verdadero progreso, el único progreso, habría consistido en abolir en nosotros el sentido del pecado, lo cual era imposible para los hijos de los hombres. Imaginar que serían más felices porque cambiarían de escarapela, blanca, roja o tricolor, era un puro absurdo; un error sobre la naturaleza de su ser y sobre su destino. Es cierto que se subió a las barricadas en 1848 y que publicó un periódico democrático para decirle a la multitud que no había nada más hermoso que la república y la libertad. Pero su aberración no duró mucho más que el propio periódico, que dejó de publicarse tras su segundo número. Ahora, sin preocuparse por los problemas secundarios que se derivaban del único problema esencial, era este último el que consideraba, si no para resolverlo, al menos para aclarar sus términos. Quería identificar, analizar, hacer visible a todos los ojos el mal que hay en nuestra conciencia, en nuestra naturaleza, en las profundidades secretas de nuestra alma, indisolublemente mezclado con el bien. ¡Si al menos odiáramos firmemente esa perversidad primigenia! Pero la amamos; nos deleitamos con ella; odiamos y adoramos al mismo tiempo el artificio, la fealdad, incluso el crimen. Esta condición espantosa, esta duplicidad del hombre, que parece aumentar a medida que la vida moderna nos exaspera más los nervios, nos hace arder más la sangre, la razón no puede explicarla; y así como se distrae a los niños de su dolor mostrándoles juguetes, ella distrae nuestra atención con espejismos: la política, el progreso, la felicidad social —juguetes de niños. Pero, por su parte, Baudelaire no quería separarse del único tema que le importaba; y dejándoles a los demás lo que él consideraba meras actividades superficiales, pidiéndole a la poesía las revelaciones, las iluminaciones que las facultades intelectuales son incapaces de darnos, descendía a los abismos interiores donde nadie, ni siquiera Dante, le había precedido.

PAUL HAZARD

Solitude de Baudelaire

Traducción para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

(continuará)

SOLITUDE DE BAUDELAIRE

LES POÈTES DANS LA MÊLÉE

«Nous sommes les poètes, disaient-ils de leur voix grandiloquente; nous sommes les conducteurs des peuples. Nos peuples qui dorment, nous finirons bien par les réveiller: ils reprendront conscience de leur force, ils courront aux armes et chasseront leurs tyrans: à nous de les mener à la nouvelle croisade, la croisade de la liberté.»

Ainsi, dans tous les pays d’Europe qui s’apprêtaient aux grandes résurrections, ce n’étaient que cris d’appel, exhortations, reproches, encouragements, satires, chants guerriers. En 1848, à la nouvelle de la Révolution, Petöfi gagne en hâte Budapest, prend la tête du mouvement national, et devant la foule assemblée lance son chant héroïque: La patrie appelle, ô Hongrois! Debout! À présent ou jamais! Être esclave ou bien libre; voilà la question: choisis! — Par le nom du Dieu des Hongrois, nous jurons que nous ne serons plus esclaves! L’année suivante, il meurt en combattant. Pour recueillir les hymnes populaires que les poètes d’Italie composaient vers le même temps, il faudrait des volumes entiers. Ardents, exaspérés, insoucieux des raffinements de la forme et ne songeant qu’à l’action, ils improvisaient des vers qu’on répétait de bouche en bouche, qu’on déclamait, qu’on chantait dans les rues, dans les théâtres, jusque dans les églises: et sur les champs de bataille, aussi. Unissez-vous, frères italiens! Le temps des humiliations est passé: montrez aux étrangers, ces barbares, que votre pays n’est pas la terre des morts, et qu’on ne peut impunément l’insulter ou l’opprimer! Aux armes! Aussi longtemps qu’un coin de votre sol demeurera esclave, aussi longtemps que l’Italie ne sera pas une, des Alpes à la mer, votre tâche ne sera pas finie. Luttez, le triomphe est proche: l’Italie va reprendre sa place glorieuse au milieu des nations... Voilà ce qu’ils disaient tous: Alessandro Poerio, Goffredo Mameli, qui, cette même année 1849, moururent pour l’unité de leur patrie ; Giuseppe Giusti; et leurs successeurs, Aleardo Aleardi, Giovanni Prati; et tant d’autres: autant de poètes, autant de héros qu’il en fallut pour que retentît à la fin, sur le Capitole conquis, l’hymne triomphal de Rome.

Michel, pourquoi pleures-tu, —pleures-tu si fort? — Parce que je suis chargé de mille liens —et partagé entre trente-six États. —C’est pour cela que je pleure — que je pleure si fort. Les choses ne pouvaient plus durer ainsi, et Michel finirait bien par se débarrasser de sa muselière. —Quelle vie! quelles luttes —pour la vérité et pour le droit —sur les bancs de la brasserie! — Non, nos mœurs actuelles —ne sont vraiment pas mauvaises —sur les bancs de la brasserie. C’était encore une chose qui ne pouvait plus durer; cette éloquence vaine, ces diatribes autour des pots de bière, ces discours qu’on rentrait dès qu’on avait quitté les bancs de la brasserie, étaient ridicules: si les Germains voulaient mériter vraiment leur liberté avec leur unité, il importait d’agir. Traîner son ennui, raconter à tout venant ses peines de cœur, gémir sur ses amours malheureuses, pleurer dans les forêts ou sur le bord des lacs, maudire la vie, aspirer au néant, —seuls des attardés pouvaient remplir leurs vers de ces sentiments faibles et lâches. Les poètes animés de l’esprit nouveau devaient chanter l’Allemagne, comme avait fait, dès 1841, Hoffmann von Fallersleben:

Deutschland, Deutschland über alles,

Über alles in der Welt…

Georg Herwegh, ami du peuple, ennemi des rois, reprochait à Freiligrath d’employer son talent à imiter Byron, romantique démodé; à imiter Victor Hugo et son orientalisme de pacotille. Et Freiligrath, converti, se faisait à son tour le poète du libéralisme et de la révolution. Adieu, Hamlet! Il est resté trop longtemps assis —trop longtemps couché, et il a trop lu dans son lit —Son sang s’est figé —et le voilà court d’haleine et trop gras —Il a tissé trop de trames savantes —Sa plus belle action, c’est précisément de penser. —Il s’est usé, à Wittenberg —sur les bancs des salles de cours et des tavernes… Cet Hamlet poussif manquait de cœur; il se livrait à d’innombrables monologues, mettait son courroux en vers, feignait la folie: adieu, Hamlet.

Ils n’étaient pas toujours d’accord sur les moyens, les uns tenant pour la monarchie, et les autres pour la République: mais tous tenaient pour la patrie. Ils sortaient de leurs salles d’études, de leurs bibliothèques, de leurs universités; ils abandonnaient leur foyer, et se jetaient dans la mêlée. On les mettait en prison, on les exilait: loin de se taire, ils reprenaient leur chant, plus âpre et plus fort. S’ils vivaient assez vieux malgré tant de traverses, ils étaient récompensés par la plus belle joie, celle de voir leurs idées s’imposer à la vie. Les bannis rentraient, les persécutés devenaient les vainqueurs: c’était Sadowa, la Prusse triomphante, la confédération de l’Allemagne du Nord; c’était Versailles, et l’Empire germanique. C’était le royaume constitutionnel de Sardaigne, ferme espoir; les États disparates qui, l’un après l’autre, s’agrégeaient à lui; et l’unité italienne.

Cependant Baudelaire, pâle jardinier confiné dans la moiteur de ses serres, cultivait ses fleurs étranges. Il ne croyait pas que la poésie consistât à crier, à hurler, à orner de rimes par à peu près des vers composés à la douzaine, et si grossiers qu’on s'étonnerait plus tard, le moment des exaltations une fois passé, qu’on eût pu les prendre pour des vers. Il détestait le peuple, cette zoocratie; il niait le progrès, cette tromperie, ce mensonge pour imbéciles: le vrai progrès, le seul progrès, eût été d’abolir en nous le sens du péché, ce qui était impossible aux enfants des hommes. S’imaginer qu’ils deviendraient plus heureux parce qu’ils changeraient de cocarde, blanche, rouge, ou tricolore, pure absurdité; erreur sur la nature de leur être et sur leur destin. Il est vrai qu’il était monté sur les barricades, en 1848; et qu’il avait publié un journal démocratique, pour dire à la foule qu’il n’y avait rien de plus beau que la république et la liberté. Mais son aberration n’avait pas duré beaucoup plus longtemps que ce journal lui même, lequel avait cessé de paraître après son deuxième numéro. Maintenant, sans s’inquiéter des problèmes seconds qui dérivaient du seul problème essentiel, c’est celui-là qu’il considérait, sinon pour le résoudre, du moins pour en éclaircir les termes. Il voulait cerner, analyser, rendre visible à tous les regards le mal qui est dans notre conscience, dans notre nature, dans les profondeurs secrètes de notre âme, indissolublement mêlé avec le bien. Si encore nous détestions fermement cette perversité première! Mais nous l’aimons; nous nous délectons d’elle; l’artifice, la laideur, le crime même, nous les haïssons et nous les chérissons. Cette condition effroyable, cette duplicité de l’homme, qui semble s’accroître à mesure que la vie moderne exaspère davantage nos nerfs, brûle davantage notre sang, la raison ne peut pas l’expliquer; et comme on détourne les enfants de leur douleur en leur montrant des jouets, elle divertit notre attention par des mirages, la politique, le progrès, le bonheur social, jouets d’enfants. Mais pour son compte, Baudelaire ne voulait pas se détacher du seul sujet qui importât; et laissant les autres à ce qu’il estimait n’être que des activités de surface, demandant à la poésie les révélations, les illuminations que les facultés intellectuelles sont impuissantes à nous donner, il descendait vers les abîmes intérieurs où personne, pas même Dante, ne l’avait précédé.




martes, 6 de mayo de 2025

Charles Baudelaire: Poemas en prosa XII. Las muchedumbres

 

XII

LES FOULES

 

Il n’est pas donné à chacun de prendre un bain de multitude : jouir de la foule est un art ; et celui-là seul peut faire, aux dépens du genre humain, une ribote de vitalité, à qui une fée a insufflé dans son berceau le goût du travestissement et du masque, la haine du domicile et la passion du voyage.

Multitude, solitude : termes égaux et convertibles pour le poëte actif et fécond. Qui ne sait pas peupler sa solitude, ne sait pas non plus être seul dans une foule affairée.

Le poëte jouit de cet incomparable privilège, qu’il peut à sa guise être lui-même et autrui. Comme ces âmes errantes qui cherchent un corps, il entre, quand il veut, dans le personnage de chacun. Pour lui seul, tout est vacant ; et si de certaines places paraissent lui être fermées, c’est qu’à ses yeux elles ne valent pas la peine d’être visitées.

Le promeneur solitaire et pensif tire une singulière ivresse de cette universelle communion. Celui-là qui épouse facilement la foule connaît des jouissances fiévreuses, dont seront éternellement privés l’égoïste, fermé comme un coffre, et le paresseux, interné comme un mollusque. Il adopte comme siennes toutes les professions, toutes les joies et toutes les misères que la circonstance lui présente.

Ce que les hommes nomment amour est bien petit, bien restreint et bien faible, comparé à cette ineffable orgie, à cette sainte prostitution de l’âme qui se donne tout entière, poésie et charité, à l’imprévu qui se montre, à l’inconnu qui passe.

Il est bon d’apprendre quelquefois aux heureux de ce monde, ne fût-ce que pour humilier un instant leur sot orgueil, qu’il est des bonheurs supérieurs au leur, plus vastes et plus raffinés. Les fondateurs de colonies, les pasteurs de peuples, les prêtres missionnaires exilés au bout du monde, connaissent sans doute quelque chose de ces mystérieuses ivresses ; et, au sein de la vaste famille que leur génie s’est faite, ils doivent rire quelquefois de ceux qui les plaignent pour leur fortune si agitée et pour leur vie si chaste.

 

XII

LAS MUCHEDUMBRES

 

No a todos está dado mezclarse con la multitud: gozar de la muchedumbre es un arte; y el único que puede darse, a costa del género humano, un atracón de vitalidad, es aquel a quien un hada le ha insuflado en la cuna el gusto por el disfraz y la máscara, el odio al domicilio y la pasión por el viaje.

Multitud, soledad: términos iguales e intercambiables para el poeta activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en medio de una muchedumbre atareada.

El poeta goza del incomparable privilegio de poder ser, a su antojo, él mismo y alguien distinto. Como esas almas errantes que buscan un cuerpo, entra, cuando así lo quiere, en el personaje de cualquier otro. Para él, sólo para él, todo lugar está vacante; y si algunos parecen estarle vedados, es porque estima que no vale la pena visitarlos.

El caminante solitario y pensativo encuentra una singular embriaguez en esa comunión universal. El que se une fácilmente a la muchedumbre experimenta deleites febriles, de los que se estarán eternamente privados el egoísta, cerrado como un baúl, y el perezoso, recluido como un molusco. Adopta como suyas todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias le presentan.

Lo que los hombres llaman amor es muy pequeño, muy restringido y muy débil, comparado con esa inefable orgía, con esa santa prostitución del alma que se entrega por entero, poesía y caridad, a lo imprevisto que se muestra, a lo desconocido que pasa.

Está bien enseñarles a veces a los felices de este mundo, aunque más no fuese para humillar por un momento su tonto orgullo, que hay felicidades superiores a la suya, mayores y más refinadas. Los fundadores de colonias, los pastores de pueblos, los sacerdotes misioneros exiliados en los confines de la tierra, conocen sin duda algo de esas misteriosas embriagueces; y, en el seno de la vasta familia que su genio se ha formado, deben reírse a veces de los que se compadecen de ellos por su destino tan agitado y su vida tan casta.

 

CHARLES BAUDELAIRE

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán