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miércoles, 12 de febrero de 2025

Walt Whitman y Ricardo Baeza: Para ti

FOR YOU 

Whoever you are, I fear you are walking the walks of dreams,

I fear these supposed realities are to melt from under your feet and hands

Even now your features, joys, speech, house, trade, manners, troubles, follies, costume, crimes, dissipate away from you,

Your true soul and body appear before me,

They stand forth out of affairs, out of commerce, shops, work, farms, clothes, the house, buying, selling, eating, drinking, suffering, dying.

Whoever you are, now I place my hand upon you, that you be my poem,

I whisper with my lips close to your ear,

I have loved many women and men, but I love none better than you.

O I have been dilatory and dumb,

I should have made my way straight to you long ago,

I should have blabb'd nothing but you, I should have chanted nothing but you.

I will leave all and come and make the hymns of you,

None has understood you, but I understand you,

None has done justice to you, you have not done justice to yourself

None but has found you imperfect, I only find no imperfection in you,

None but would subordinate you, I only am he who will never consent to subordinate you,

I only am he who places over you no master, owner, better, God, beyond what waits intrinsically in yourself.

Painters have painted their swarming groups and the centre-figure of all,

From the head of the centre-figure spreading a nimbus of gold-color'd light,

But I paint myriads of heads, but paint no head without its nimbus of gold-color'd light,

From my hand from the brain of every man and woman it streams, effulgently flowing forever.

O I could sing such grandeurs and glories about you!

You have not known what you are, you have slumber'd upon yourself all your life,

Your eyelids have been the same as closed most of the time,

What you have done returns already in mockeries,

Your thrift, knowledge, prayers, if they do not return in mockeries, what is their return?)

The mockeries are not you,

Underneath them and within them I see you lurk,

I pursue you where none else has pursued you,

Silence, the desk, the flippant expression, the night, the accustom'd routine, if these conceal you from others or from yourself, they do not conceal you from me,

The shaved face, the unsteady eye, the impure complexion, if these balk others they do not balk me,

The pert apparel, the deform'd attitude, drunkenness, greed, premature death, all these I part aside

There is no endowment in man or woman that is not tallied in you,

There is no virtue, no beauty in man or woman, but as good is in you,

No pluck, no endurance in others, but as good is in you,

No pleasure waiting for others, but an equal pleasure waits for you.

As for me, I give nothing to any one except I give the like carefully to you,

I sing the songs of the glory of none, not God, sooner than I sing the songs of the glory of you.

Whoever you are! claim your own at any hazard!

These shows of the East and West are tame compared to you,

These immense meadows, these interminable rivers, you are immense and interminable as they,

These furies, elements, storms, motions of Nature, throes of apparent dissolution, you are he or she who is master or mistress over them,

Master or mistress in your own right over Nature, elements, pain, passion, dissolution.

The hopples fall from your ankles, you find an unfailing sufficiency,

Old or young, male or female, rude, low, rejected by the rest, whatever you are promulges itself,

Through birth, life, death, burial, the means are provided, nothing is scanted,

Through angers, losses, ambition, ignorance, ennui, what you are picks its way.

WALT WHITMAN

A TI

   Quienquiera que seas, temo estés vagando por los caminos de los sueños,

   Temo que esas realidades ficticias acaben disolviéndose bajo tus pies y tus manos.

   Aun ahora, tus facciones, tus alegrías, tus palabras, tu casa, tu oficio, tus modales, tus preocupaciones, tus locuras, tus hábitos, tus crímenes, se desvanecen en ti,

   Tu verdadera alma y cuerpo se yerguen ante mí,

   Desprendidos del negocio, del comercio, de tiendas, trabajos, la granja, las ropas, la casa, el comprar y el vender, el comer y el beber, el penar y el morir.

   Quienquiera que seas, yo pongo mi mano sobre ti, que eres mi poema;

   A tu oído mis labios susurran;

   Muchos hombres y mujeres he querido, pero a ninguno más que a ti.

   ¡Ah!, mucho he tardado y permanecido en silencio;

   Hace tiempo que debería de haber ido a tu encuentro;

   Sólo contigo debería de haber platicado, sólo a ti debí de cantar.

   Pero ahora lo dejaré todo y cantaré tus himnos;

   Nadie te ha comprendido, pero yo sí te comprendo;

   Nadie te hizo justicia: ni tú mismo te hiciste justicia;

   Nadie que no te hallara imperfecto; yo soy el único que no halla en ti imperfección alguna;

   Nadie que no te supeditara: yo soy el único que jamás consentirá en supeditarte;

   El único que no pone sobre ti un amo, un propietario, un superior, un Dios por encima de lo que aguarda intrínsecamente en ti.

   Los pintores pintaron sus enjambres de figuras y una figura en el centro,

   La cabeza nimbada de un halo de luz resplandeciente;

   Yo pinto, en cambio, miríadas de cabezas, mas ninguna sin su halo de luz resplandeciente,

   Ninguna de cuya frente, hombre o mujer, no haga brotar mi mano raudales de luz refulgente y perenne.

   ¡Ah, qué esplendores y grandezas no podría cantar yo de ti!

   Tú nunca supiste lo que eres; tú no te viste jamás;

   Tus párpados estuvieron como cerrados la mayor parte del tiempo;

   Sólo burlas y escarnio te produjo cuanto hiciste

   (Y ¿qué otra cosa habrían podido producirte tu ahorrar, tu saber, tus oraciones?)

   Pero las burlas no eres tú;

   En ellas y bajo ellas yo te veo agazapado;

   Yo te busco donde a nadie aún se le ocurrió buscarte.

   El silencio, el mostrador, la expresión petulante, la noche, la rutina cotidiana; si todas estas cosas te ocultan a los demás, a mí no te ocultan;

   El rostro afeitado, la mirada insegura, la tez ruda: si esto repele a los demás, a mí no me repele;

   El traje desaliñado, el ademán grosero, la embriaguez, la gula, la muerte prematura: nada de ello me importa.

   No hay gracia ni don en hombre o mujer que no pueda ser tuyo;

   No hay virtud ni belleza, en hombre o mujer, que no exista en ti;

   Ni valor ni constancia que tú no tengas;

   Ni a ninguno aguarda placer o alegría que no te aguarde igualmente a ti.

   En cuanto a mí, a ninguno doy nada cuyo equivalente no te dé también a ti;

   Ni canto himno alguno en loor de nadie, ni aun de Dios mismo, que no esté dispuesto a cantar en loor de ti.

   Quienquiera que seas: ¡reclama al fin lo que es tuyo!

   Esas pompas de la aurora y del poniente son pálidas comparadas contigo;

   Esas inmensas praderas, esos ríos interminables, no son más inmensos ni interminables que tú;

   Esas furias, esos elementos, borrascas y sobresaltos de la Naturaleza, convulsiones aparentes de muerte, tú, hombre o mujer eres amo y señor de ellos,

   Señor por derecho propio de la Naturaleza, los elementos, el dolor, el amor y la muerte.

   Las trabas caen de tus tobillos: libre y dueño de ti eres.

   Joven o viejo, macho o hembra, tosco, vil, rechazado por los demás: lo que hay en ti se proclama a sí mismo;

   El nacimiento, la vida, la muerte, el sepulcro te ofrecen sus riquezas, nada te es regateado;

   A través de la ira, el desaliento, la ambición, la ignorancia, el hastío, lo que hay en ti se va abriendo camino.

Traducción de RICARDO BAEZA




martes, 7 de junio de 2016

Jorge Luis Borges: Walt Whitman





WALT WHITMAN

Quienes pasan del deslumbramiento y del vértigo de Hojas de hierba a la laboriosa lectura de las piadosas biografías del escritor, se sienten siempre defraudados. En las grisáceas y mediocres páginas que he mencionado, buscan al vagabundo semidivino que les revelaron los versos y les asombra no encontrarlo. Tal, por lo menos, ha sido mi experiencia personal y la de todos mis amigos. Uno de los propósitos de este prólogo es explicar, o intentar una explicación, de esa desconcertante discordia.

  Dos libros memorables aparecieron en Nueva York el año 1855, ambos de índole experimental, ambos muy distintos. El primero, inmediatamente famoso y ahora relegado a las antologías escolares o a la curiosidad de los eruditos y de los niños, fue el Hiawatha de Longfellow. Este quiso donar a los pieles rojas que habían habitado New England una epopeya profética y mitológica en lengua inglesa. En pos de un metro que no recordara los habituales y que pudiera parecer aborigen, recurrió al Kalevala finlandés que había forjado —o reconstruido— Elías Lönnrot. El otro libro, entonces ignorado y ahora inmortalizado, fue Hojas de hierba.

  He escrito que los dos eran distintos. Innegablemente lo son. Hiawatha es la obra meditada de un buen poeta que ha explorado las bibliotecas y que no carece de imaginación y de oído; Hojas de hierba, la inaudita revelación de un hombre de genio. Las diferencias son tan notorias que resulta increíble que ambos volúmenes fueran contemporáneos. Un hecho, sin embargo, los une: los dos son epopeyas americanas.

América era entonces el símbolo famoso de un ideal, ahora un tanto gastado por el abuso de las urnas electorales y por los elocuentes excesos de la retórica, aunque millones de hombres le hayan dado, y sigan dándole, su sangre. El orbe entero tenía puestos los ojos en América y en su «atlética democracia». Entre los testimonios innumerables, básteme ahora recordar al lector uno de los epígrafes de Goethe (Amerika, du hast es besser…). Bajo el influjo de Emerson, que de algún modo siempre fue su maestro, Whitman se impuso la escritura de una epopeya de ese acontecimiento histórico nuevo: la democracia americana. No olvidemos que la primera de las revoluciones de nuestro tiempo, la que inspiró la revolución francesa y las nuestras, fue la de América y que la democracia fue su doctrina.

  ¡Cómo cantar de un modo condigno esa nueva fe de los hombres! Había una respuesta evidente; la que hubiera elegido, tentado por las facilidades de la retórica o por la mera inercia, casi cualquier otro escritor. Urdir laboriosamente una oda o tal vez una alegoría, no desprovista de interjecciones vocativas y de letras mayúsculas. Whitman, felizmente, la rechazó.

  Pensó que la democracia era un hecho nuevo y que su exaltación requería un procedimiento no menos nuevo.

  He hablado de epopeya. En cada uno de los modelos ilustres que el joven Whitman conocía y que llamó feudales, hay un personaje central —Aquiles, Ulises, Eneas, Rolando, El Cid, Sigfrido, Cristo— cuya estatura resulta superior a la de los otros, que están supeditados a él. Esta primacía, se dijo Whitman, corresponde a un mundo abolido o que aspiramos a abolir, el de la aristocracia. Mi epopeya no puede ser así; tiene que ser plural, tiene que declarar o presuponer la incomparable y absoluta igualdad de todos los hombres. Semejante necesidad parece conducir fatalmente a un mero fárrago de la acumulación y del caos; Whitman, que era un hombre de genio, sorteó prodigiosamente ese riesgo. Ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra.

Hablar de experimentos literarios es hablar de ejercicios que han fracasado de una manera más o menos brillante, como las Soledades de Góngora o la obra de Joyce. El experimento de Whitman salió tan bien que propendemos a olvidar que fue un experimento.

  En algún verso de su libro, Whitman recuerda telas medievales con muchos personajes, algunos aureolados y preeminentes, y declara que se propone pintar una tela infinita, poblada de infinitos personajes, todos con sus aureolas. ¿Cómo ejecutar semejante hazaña? Whitman, increíblemente, lo hizo.

  Necesitaba, como Byron, un héroe, pero el suyo, símbolo de la populosa democracia, tenía que ser innumerable y ubicuo, como el disperso dios de los panteístas. Elaboró una extraña criatura que no hemos acabado de entender y le dio el nombre de Walt Whitman. Esa criatura es de naturaleza biforme; es el modesto periodista Walter Whitman, oriundo de Long Island, que algún amigo apresurado saludaría en las aceras de Manhattan, y es, asimismo, el otro que el primero quería ser y no fue, un hombre de aventura y de amor, indolente, animoso, despreocupado, recorredor de América. Así, en alguna página de la obra, Whitman nace en Long Island; en otras en el Sur. Así, en una de las piezas más auténticas del Canto de mí mismo, refiere un episodio heroico de la guerra de México y dice haberlo oído contar en Texas, donde no estuvo nunca. Así, declara haber sido testigo de la ejecución del abolicionista John Brown. Los ejemplos podrían multiplicarse abrumadoramente; casi no hay página en que no se confundan el Whitman de su mera biografía y el Whitman que anhelaba ser y que ahora es, en la imaginación y en el afecto de las generaciones humanas.

  Whitman ya era plural; el autor resolvió que fuera infinito. Hizo del héroe de Hojas de hierba una trinidad; le sumó un tercer personaje, el lector, el cambiante y sucesivo lector. Este ha tendido siempre a identificarse con el protagonista de la obra; leer Macbeth es de algún modo ser Macbeth. Walt Whitman, que sepamos, fue el primero en aprovechar hasta el fin, hasta el interminable y complejo fin, esa identificación momentánea. Al principio recurrió al diálogo; el lector conversa con el poeta y le pregunta qué oye y qué ve o le confía la tristeza que siente por no haberlo conocido y querido. Whitman responde a sus preguntas:
 
    «Veo al gaucho que cruza la llanura, veo al incomparable jinete de caballos con el lazo en la mano, veo sobre las pampas la persecución de la hacienda brava.»
 
  Y también:
 
    «Estos son en verdad los pensamientos de todos los hombres en todas las épocas y países; no son originales míos.

    Si no son tan tuyos como míos, son nada o casi nada,

    Si no son el enigma y la solución del enigma, son nada,

    Si no son tan cercanos como lejanos, son nada.

    Esta es la hierba que crece donde hay tierra y hay agua,

    Este es el aire común que baña el planeta
».

  Innumerables son los que han imitado, con éxito diverso, la entonación de Whitman: Sandburg, Lee Masters, Maiakovski, Neruda… Nadie, salvo el autor del inextricable y ciertamente ilegible Finnegans Wake, ha vuelto a acometer la creación de un personaje múltiple. Whitman, insisto, es el modesto hombre que fue desde 1819 hasta 1892 y el que hubiera querido ser y no acabó de ser y también cada uno de nosotros y de quienes poblarán el planeta.

  Mi conjetura de un triple Whitman, héroe de su epopeya, no se propone insensatamente anular, o de algún modo disminuir, lo prodigioso de sus páginas. Antes bien, se propone su exaltación. Tramar un personaje doble y triple y a la larga infinito, pudo haber sido la ambición de un hombre de letras meramente ingenioso; llevar a feliz término ese propósito es la proeza no igualada de Whitman. En una polémica de café sobre la genealogía del arte, sobre los diversos influjos de la educación, de la raza y del medio ambiente, el pintor Whistler se limitó a decir: Art happens (El arte sucede), lo cual equivale a admitir que el hecho estético es, por esencia, inexplicable. Así lo comprendieron los hebreos, que hablaban del Espíritu; así los griegos, que invocaban la musa.

En cuanto a mi traducción… Paul Valéry ha dejado escrito que nadie como el ejecutor de una obra conoce a fondo sus deficiencias; pese a la superstición comercial de que el traductor más reciente siempre ha dejado muy atrás a sus ineptos predecesores, no me atreveré a declarar que mi traducción aventaje a las otras. No las he descuidado, por lo demás; he consultado con provecho la de Francisco Alexander (Quito, 1956), que sigue pareciéndome la mejor, aunque suele incurrir en excesos de literalidad, que podemos atribuir a la reverencia o tal vez a un abuso del diccionario inglés-español.

  El idioma de Whitman es un idioma contemporáneo; centenares de años pasarán antes que sea una lengua muerta. Entonces podremos traducirlo y recrearlo con plena libertad, como Jáuregui lo hizo con la Farsalia, o Chapman, Pope y Lawrence con la Odisea. Mientras tanto, no entreveo otra posibilidad que la de una versión como la mía, que oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado.

  Un hecho me conforta. Recuerdo haber asistido hace muchos años a una representación de Macbeth; la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, pero salí a la calle deshecho de pasión trágica. Shakespeare se había abierto camino; Whitman también lo hará.

Buenos Aires, 19 de junio de 1969.
http://delamirandola.com/

jueves, 2 de junio de 2016

Walt Whitman y Jorge Luis Borges

http://www.metmuseum.org/art/collection/search/10068


¡ADIÓS!

1
Para concluir, anuncio lo que vendrá después.
Recuerdo que dije antes de que brotaran mis hojas,
Que alcanzaría mi voz jocunda y fuerte para honrar las consumaciones.

Cuando América ejecute lo prometido,
Cuando recorran estos Estados cien millones de personas espléndidas,
Cuando los otros se abran para dar paso a los mejores y colaboren con ellos,
 Cuando los hijos de las madres más perfectas sean el signo de América,
 Entonces para mí y para los míos, nuestra fruición cabal.

Me he adelantado por derecho propio,
He cantado el cuerpo y el alma, la guerra y la paz, he cantado las canciones de la vida y la muerte,
Y las canciones del nacimiento, y he probado que hay muchos nacimientos.
He ofrecido mi estilo a cada cual, he viajado con paso firme;
En esta plenitud de mi alegría, yo susurro: ¡Hasta luego!
Y por última vez estrecho la mano de la muchacha y del muchacho.

2
Anuncio el advenimiento de personas elementales,
Anuncio a la justicia triunfante,
Anuncio intransigentes igualdades y libertades,
Anuncio la justificación de la sinceridad y la justificación del orgullo.

Anuncio que la unidad de estos Estados es una sola unidad,
Anuncio que la Unión será indisoluble y compacta,
Anuncio majestades y esplendores que harán palidecer a todas las políticas de la tierra.

Anuncio afinidades, declaro que serán firmes, ilimitadas,
Digo que encontrarás al amigo que buscas.

Anuncio que un hombre o una mujer vendrán; tal vez eres tú (|hasta luego!).
Anuncio al gran individuo, fluido como la Naturaleza, casto, afectuoso, compasivo, armado plenamente.
Anuncio una abundante vida, vehemente, espiritual, audaz,
Anuncio un fin que aceptará serena y alegremente su transición.
Anuncio miles de muchachos, hermosos, gigantescos, de dulce sangre,
Anuncio una raza de ancianos espléndidos y salvajes.

3
Ya se apresuran y se agolpan (¡hasta luego!),
Ya se amontonan sobre mí,
Preveo demasiado, es más de lo que yo esperaba,
Siento que estoy muriéndome.

Apresúrate, garganta, canta por última vez,
Salúdame, saluda una vez más a los días. Lanza el antiguo grito una vez más.

Doy eléctricos gritos, uso la atmósfera,
Miro al azar, absorbo cada cosa que veo,
Avanzo velozmente pero me detengo un instante,
Entrego extraños y secretos mensajes,
Dejo caer en el barro chispas ardientes y semillas etéreas,
Sin saberlo, fiel a un mandato, sin atreverme a discutirlo jamás,
Que los siglos de los siglos se encarguen de la germinación de las simientes,
Promulgo las anunciadas tareas a las tropas que vuelven de la guerra,
A las mujeres dejo como herencia ciertos secretos íntimos; su afecto hace que yo me entienda mejor,
Ofrezco mis problemas a los muchachos —no me demoro—, pongo a prueba la fuerza de su cerebro,
Así paso: durante un breve tiempo soy locuaz, visible, contradictorio.
Después un eco melodioso que recogerá con pasión (la muerte me hace verdaderamente inmortal),
Lo mejor de mí quedará cuando yo no sea visible; para ese fin me he preparado sin tregua.

¿Qué más hay que me demoro y me detengo y me agazapo con la boca abierta?
 ¿Hay acaso un adiós definitivo?

4
Mis cantos han cesado, los abandono,
Desde la mampara que me ocultó, me acerco a ti, sólo a ti.

Camarada, esto no es un libro,
El que lo toca, toca a un hombre,
 (¿Es de noche? ¿Estamos solos los dos?)
Me tienes a mí y yo te tengo, me sujetas y te sujeto,
Salto desde las páginas a tus brazos, la muerte me llama.

Oh, cómo me adormecen tus dedos,
Tu aliento me llega como un rocío, tu pulso arrulla el tímpano de mi oído,
Me inunda de pies a cabeza,
Es delicioso; basta.

Basta, oh acto imprevisto y secreto,
Basta, oh presente que me dejas, basta, oh tiempo rescatado.

5
Querido amigo, quienquiera que seas acepta este beso,
Especialmente te lo doy. No me olvides,
Me siento como aquel que ha terminado la tarea del día y se retira a descansar,
Vuelvo a recibir uno de mis innumerables tránsitos, asciendo de mis avatares; mas otros indudablemente me esperan, otros esperan por mí.
Una esfera desconocida y más real que la que soñé, más directa, arroja sobre mí dardos que me despiertan. ¡Hasta luego!
Recuerda mis palabras, tal vez yo vuelva,
Te amo, abandono lo material,
Soy como algo incorpóreo, triunfante, muerto.
Traducción de  JORGE LUIS BORGES.



SO LONG

1
To conclude—I announce what comes after me;  
I announce mightier offspring, orators, days, and then, for the present, depart.
  
I remember I said, before my leaves sprang at all,  
I would raise my voice jocund and strong, with reference to consummations.  
  
When America does what was promis’d,
When there are plentiful athletic bards, inland and seaboard,  
When through These States walk a hundred millions of superb persons,  
When the rest part away for superb persons, and contribute to them,  
When breeds of the most perfect mothers denote America,  
Then to me and mine our due fruition.
  
I have press’d through in my own right,  
I have sung the Body and the Soul—War and Peace have I sung,  
And the songs of Life and of Birth—and shown that there are many births:  
I have offer’d my style to everyone—I have journey’d with confident step;  
While my pleasure is yet at the full, I whisper, So long!
And take the young woman’s hand, and the young man’s hand, for the last time.  
    

2
I announce natural persons to arise;  
I announce justice triumphant;  
I announce uncompromising liberty and equality;  
I announce the justification of candor, and the justification of pride.
  
I announce that the identity of These States is a single identity only;  
I announce the Union more and more compact, indissoluble;  
I announce splendors and majesties to make all the previous politics of the earth  insignificant.  
  
I announce adhesiveness—I say it shall be limitless, unloosen’d;  
I say you shall yet find the friend you were looking for.
  
I announce a man or woman coming—perhaps you are the one, (So long!)  
I announce the great individual, fluid as Nature, chaste, affectionate,  compassionate, fully armed.  
  
I announce a life that shall be copious, vehement, spiritual, bold;  
I announce an end that shall lightly and joyfully meet its translation;  
I announce myriads of youths, beautiful, gigantic, sweet-blooded;
I announce a race of splendid and savage old men.  
  

3
O thicker and faster! (So long!)  
O crowding too close upon me;  
I foresee too much—it means more than I thought;  
It appears to me I am dying.
  
Hasten throat, and sound your last!  
Salute me—salute the days once more. Peal the old cry once more.  
  
Screaming electric, the atmosphere using,  
At random glancing, each as I notice absorbing,  
Swiftly on, but a little while alighting,
Curious envelop’d messages delivering,  
Sparkles hot, seed ethereal, down in the dirt dropping,  
Myself unknowing, my commission obeying, to question it never daring,  
To ages, and ages yet, the growth of the seed leaving,  
To troops out of me, out of the army, the war arising—they the tasks I have  set promulging, 
To women certain whispers of myself bequeathing—their affection me more clearly explaining, 
To young men my problems offering—no dallier I—I the muscle of their  brains trying,  
So I pass—a little time vocal, visible, contrary;  
Afterward, a melodious echo, passionately bent for—(death making me really    undying;)  
The best of me then when no longer visible—for toward that I have been    incessantly preparing.
  
What is there more, that I lag and pause, and crouch extended with unshut mouth?  
Is there a single final farewell?  
  

4

My songs cease—I abandon them;  
From behind the screen where I hid I advance personally, solely to you.  
  
Camerado! This is no book;
Who touches this, touches a man;  
(Is it night? Are we here alone?)  
It is I you hold, and who holds you;  
I spring from the pages into your arms—decease calls me forth.  
  
O how your fingers drowse me!
Your breath falls around me like dew—your pulse lulls the tympans of my ears;  
I feel immerged from head to foot;  
Delicious—enough.  
  
Enough, O deed impromptu and secret!  
Enough, O gliding present! Enough, O summ’d-up past!
  

5

Dear friend, whoever you are, take this kiss,  
I give it especially to you—Do not forget me;  
I feel like one who has done work for the day, to retire awhile;  
I receive now again of my many translations—from my avataras ascending—while others doubtless await me;  
An unknown sphere, more real than I dream’d, more direct, darts awakening rays about me—So long!
Remember my words—I may again return,  
I love you—I depart from materials;  
I am as one disembodied, triumphant, dead. 

https://delamirandola.wordpress.com/