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domingo, 14 de julio de 2024

Louis-Gaston de Ségur: En qué consiste la revolución

EN QUÉ CONSISTE LA REVOLUCIÓN

La Revolución. Lo que no es.

La palabra revolución es una palabra elástica de la que se abusa en cada oportunidad posible para seducir a las mentes.

Una revolución, en general, es un cambio fundamental que se realiza en la moral, en las ciencias, en las artes, en la literatura y, sobre todo, en las leyes y el gobierno de las sociedades. En religión o política, es el desarrollo completo, el triunfo total de un principio que subvierte todo el antiguo orden social. Por lo general, la palabra “revolución” se toma en el sentido equivocado; sin embargo, esta regla no carece de excepciones. Así, decimos: “El cristianismo ha llevado a cabo una gran revolución en el mundo”, y esa revolución ha sido muy feliz. También es verdadero decir: “En tal o cual país ha estallado una revolución que ha trastocado todo a sangre y fuego"; también se trata de una revolución, pero de una revolución mala.

No hay ninguna diferencia esencial entre una revolución y lo que desde hace un siglo se llama LA Revolución. En todas las épocas han habido revoluciones en las sociedades humanas; mientras que la Revolución es un fenómeno muy moderno y muy reciente.

Mucha gente se imagina, porque creen en la prensa que leen, que es a la Revolución a quien la humanidad le debe todo su bienestar desde hace sesenta años; que a ella le debemos todos nuestros progresos en la industria, todo el desarrollo de nuestro comercio, todos los inventos modernos de las artes y las ciencias; que sin ella no tendríamos ferrocarriles, ni telégrafos eléctricos, ni barcos de vapor, ni máquinas, ni ejército, ni educación, ni gloria; en pocas palabras, que sin la Revolución todo estaría perdido y que el mundo volvería a sumirse en las tinieblas.

Nada de eso. La Revolución fue la ocasión para que se hicieran algunos de esos progresos, no su causa. La violenta conmoción que produjo en el mundo entero precipitó, sin duda, ciertos desarrollos de la civilización material; esa misma violencia hizo fracasar muchos otros. El caso es que la Revolución, considerada en sí misma, no fue, estrictamente hablando, el principio de ningún progreso real.

Tampoco fue, como algunos quieren hacernos creer, la emancipación legítima de los oprimidos, la abolición de los abusos del pasado, la mejora y el progreso de la humanidad, la difusión de la ilustración, la realización de todas las aspiraciones generosas de los pueblos, etc. Nos convenceremos de ello conociéndola a fondo.

Tampoco es la Revolución, como querrían hacérnoslo creer, el gran acontecimiento histórico y sangriento que trastornó a Francia e incluso a Europa a finales del siglo pasado. Ese acontecimiento, tanto en su fase moderada como en sus horrendos excesos, no fue más que un fruto, una manifestación de la Revolución, que es una idea, un principio, incluso más que un hecho. Es importante no confundir estas cosas.

¿Qué es, pues, la Revolución?

 

Qué es la Revolución y cómo es una cuestión religiosa, no menos que política y social.

La Revolución no es una cuestión puramente política; es también una cuestión religiosa, y es únicamente desde este punto de vista que hablo de ella aquí. La Revolución no es sólo una cuestión religiosa, sino que es la gran cuestión religiosa de nuestro siglo. Para convencerse de ello, basta con reflexionar y ser precisos.

Tomada en su sentido más general, la Revolución es la revuelta establecida como principio y como derecho. No es sólo el hecho de la revuelta; en todas las épocas hubo revueltas; es el derecho, el principio de la revuelta convertido en norma práctica y fundamento de las sociedades; es la negación sistemática de la autoridad legítima; es la teoría de la revuelta, la apología y el orgullo de la revuelta, la consagración legal del principio mismo de toda revuelta. Tampoco es la revuelta del individuo contra su superior legítimo; esa revuelta se llama simplemente desobediencia; es la revuelta de la sociedad como sociedad; el carácter de la Revolución es esencialmente social y no individual.

La Revolución consta de tres etapas:

1. La destrucción de la Iglesia, como autoridad y sociedad religiosa, protectora de otras autoridades y otras sociedades; en esta primera etapa, que nos concierne directamente, la Revolución es la negación de la Iglesia, establecida como principio y formulada en la ley; la separación de la Iglesia y el Estado con el fin de desnudar al Estado y privarlo de su apoyo fundamental;

2. La destrucción de los tronos y de la autoridad política legítima, consecuencia inevitable de la destrucción de la autoridad católica. Esta destrucción es la última palabra del principio revolucionario de la democracia moderna y de lo que ahora se llama la soberanía del pueblo;

3. La destrucción de la sociedad, es decir, de la organización que recibió de Dios; en otras palabras, la destrucción de los derechos de la familia y de la propiedad, en favor de una abstracción que los doctores revolucionarios denominan Estado. Esto es el socialismo: última palabra de la Revolución perfecta, última revuelta, destrucción del último derecho. En esta etapa, la Revolución consiste, o más bien consistiría, en la destrucción total del orden divino en la tierra, en el reinado perfecto de Satanás en el mundo.

Claramente formulada por primera vez por Jean-Jacques Rousseau, y luego en 1789 y en 1793 por la Revolución Francesa, la Revolución se mostró desde el principio como la enemiga acérrima del cristianismo; hirió a la Iglesia con una furia que recordaba las persecuciones del paganismo; cerró o destruyó los templos, dispersó las órdenes religiosas, arrastró por el fango las cruces y las reliquias de los santos; su furor se extendió por toda Europa; hizo añicos todas las tradiciones y, por un momento, creyó haber destruido el cristianismo, al que despectivamente calificaba de antigua y fanática superstición.

Sobre todas esas ruinas, inauguró un nuevo régimen de leyes ateas, de sociedades sin religión, de pueblos y reyes absolutamente independientes; durante sesenta años, ha crecido y se ha extendido por todo el mundo, destruyendo en todas partes la influencia social de la Iglesia, pervirtiendo las mentes, calumniando al clero y socavando todo el edificio de la fe desde la base.

Desde un punto de vista religioso, se la puede definir como la negación legal del reinado de Jesucristo en la tierra, como la destrucción social de la Iglesia.

Luchar contra la Revolución es, pues, un acto de fe, un deber religioso ante todo. Es también lo propio de  un buen ciudadano y de un hombre honrado, porque significa defender la patria y la familia. Si los partidos políticos honestos la combaten desde su punto de vista, los cristianos debemos combatirla desde un punto de vista muy superior, para defender lo que nos es más querido que la vida.

 

Que la Revolución es hija de la incredulidad.

Para juzgar la Revolución, basta con saber si se cree o no en Jesucristo. Si Cristo es Dios hecho hombre, si el Papa es su Vicario, si la Iglesia es su enviada, es evidente que tanto las sociedades como los individuos deben obedecer las orientaciones de la Iglesia y del Papa, que son las orientaciones de Dios mismo. La Revolución, que postula el principio de la independencia absoluta de las sociedades con respecto a la Iglesia, la separación de la Iglesia y el Estado, declara así su “incredulidad en el Hijo de Dios, y es juzgada de antemano”, según las palabras del Evangelio.

La cuestión revolucionaria es, pues, en última instancia, una cuestión de fe. Todo aquel que cree en Jesucristo y en la misión de su Iglesia no puede, si es lógico, ser revolucionario; y todo incrédulo, todo protestante, si es lógico, debe adoptar el principio apóstata de la Revolución y, bajo su bandera, combatir a la Iglesia. La Iglesia católica, en efecto, si no es divina, usurpa tiránicamente los derechos del hombre.

¿Es Jesucristo Dios? ¿Le pertenece todo el poder en el cielo y en la tierra? Los pastores de la Iglesia, y el Sumo Pontífice a su cabeza, ¿tienen o no tienen, por derecho divino, por orden misma de Cristo, la misión de enseñar a todas las naciones y a todos los hombres lo que hay que hacer y lo que hay que evitar para cumplir la voluntad de Dios? ¿Hay un solo hombre, príncipe o súbdito, hay una sola sociedad, que tenga derecho a rechazar esta enseñanza infalible, a apartarse de esta alta dirección religiosa? ¡En eso consiste todo! Es una cuestión de fe, de catolicismo.

El Estado debe obedecer al Dios vivo, al igual que el individuo y la familia; tanto para el Estado como para el individuo, está en juego la propia vida.

 

Quién fue el verdadero padre de la Revolución y cuándo nació.

Hay un misterio en la Revolución, un misterio de iniquidad que los revolucionarios no pueden comprender, porque sólo la fe puede dar la clave y ellos no tienen fe.

Para comprender la Revolución hay que remontarse al padre de todas las revueltas, el primero que se atrevió a decir, y se atreve a repetir hasta el fin de los siglos: Non serviam, no obedeceré.

Satanás es el padre de la Revolución. La Revolución es su obra, comenzada en el cielo y perpetuada en la humanidad de edad en edad. El pecado original, por el que Adán, nuestro primer padre, se rebeló también contra Dios, introdujo en el mundo, no ya la Revolución, sino el espíritu de orgullo y de revuelta que es su principio; y desde entonces el mal no ha cesado de crecer, hasta la aparición del cristianismo, que lo combatió y lo hizo retroceder.

El Renacimiento pagano, luego Lutero y Calvino, después Voltaire y Rousseau, levantaron el poder maldito de Satanás, su padre; y, favorecido por los excesos del cesarismo, este poder recibió, en los principios de la Revolución Francesa, una especie de consagración, una constitución de la que había carecido hasta entonces y que nos hace decir con justicia que la Revolución nació en Francia en 1789. “La Revolución Francesa —decía el feroz Babeuf en 1793— no es más que la precursora de una revolución mucho más grande y solemne, que será la última”. Esa revolución suprema y universal, que ya está llenando el mundo, es la Revolución. Por primera vez en seis mil años, se ha atrevido a mostrar ante el cielo y la tierra su verdadero y satánico nombre: Revolución, es decir: la gran revuelta.

Su lema, como el del diablo, son las famosas palabras: Non serviam. Es satánica en su esencia; y, cuando derroca a todas las autoridades, su fin último es la destrucción total del reinado de Cristo en la tierra. La Revolución, no lo olvidemos, es ante todo un misterio de orden religioso; es  el anticristianismo. Así lo dijo el Sumo Pontífice Pío IX en su encíclica del 8 de diciembre de 1849: “La Revolución está inspirada por el mismo Satanás. Su objetivo es destruir de arriba abajo el edificio del cristianismo y reconstituir sobre sus ruinas el orden social del paganismo”. Esta solemne advertencia es confirmada al pie de la letra por las confesiones de la propia Revolución: “Nuestro objetivo final”, dice la instrucción secreta de la logia Alta Vendita, “nuestro objetivo final es el de Voltaire y de la Revolución Francesa, la aniquilación para siempre del catolicismo y hasta de la idea cristiana”.

 

¿Quién es el antirrevolucionario por excelencia?

Es Nuestro Señor Jesucristo en el cielo, y en la tierra, el Papa, su Vicario.

La historia del mundo es la historia de la lucha gigantesca de dos jefes de ejército: por una parte, Cristo con su Santa Iglesia; por otra, Satanás con todos los hombres que pervierte y alista bajo la bandera maldita de la revuelta. La batalla ha sido siempre terrible; nosotros vivimos en medio de una de sus fases más peligrosas, la de la seducción de las mentes y la organización social de lo que, ante Dios, es desorden y mentira.

Al borde de la muerte, uno de nuestros más ilustres obispos reveló recientemente el odio y los planes de la Revolución contra el Sumo Pontífice. “El Papa”, escribía con su mano desfalleciente, “el Papa tiene un enemigo: la Revolución. Un enemigo implacable, al que ningún sacrificio puede apaciguar, con el que ningún arreglo es posible. Al principio, sólo se pedían reformas. Hoy, las reformas no bastan. Si se desmiembra la soberanía temporal de la Santa Sede; si se arroja en manos de la Revolución, pieza por pieza, todo el patrimonio de San Pedro; no bastará para satisfacer a la Revolución, no servirá para desarmarla. La ruina de la existencia temporal de la Santa Sede no es tanto una meta como un medio; es un camino hacia una ruina mayor. La existencia divina de la Iglesia es lo que debe ser aniquilado, eso de lo que no debe quedar ningún vestigio. ¿Qué importa, después de todo, que el débil dominio cuya sede está en Roma y el Vaticano se circunscriba dentro de límites más o menos estrechos? ¿Qué importan la propia Roma y el Vaticano? Mientras haya en la tierra o en el subsuelo, en un palacio o en una mazmorra, un hombre ante el cual doscientos millones de hombres se postren como ante el representante de Dios, la Revolución perseguirá a Dios en ese hombre. Y si en esta guerra impía no nos ponemos resueltamente del lado de Dios contra la Revolución, si capitulamos, las medidas de moderación con que las hemos tratado de contener o moderar a la Revolución sólo habrán servido para envalentonar su sacrílega ambición y exaltar sus feroces esperanzas. Fortalecida por nuestra debilidad, contando con nosotros como si fuéramos cómplices, no basta con decirlo así, como si fuéramos esclavos, nos ordenará que la sigamos hasta el fin de sus abominables objetivos. Después de arrancarnos concesiones que horrorizarán al mundo, nos impondrá exigencias que horrorizarán nuestra conciencia.

No exageramos ni un ápice. La Revolución, considerada no desde el punto de vista accidental, sino desde el punto de vista de lo que constituye su esencia, es algo a lo que nada puede compararse en la larga serie de revoluciones por las que se ha visto arrastrada la humanidad desde el principio de los tiempos, y que vemos desarrollarse en la historia del mundo.

La Revolución es la insurrección más sacrílega que haya armado la tierra contra el cielo, el mayor esfuerzo que el hombre haya hecho jamás, no sólo para apartarse de Dios, sino para sustituir a Dios".

Debemos descatolicizar el mundo, escribió uno de los líderes de la logia italiana Alta Vendita, conspiremos sólo contra Roma: la revolución en la Iglesia significa la revolución permanente, es el derrocamiento inevitable de los tronos y las dinastías. La conspiración contra la sede romana no debe confundirse con otros proyectos”.

 

¿Es posible la conciliación entre la Iglesia y la Revolución?

Tanto como entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre la luz y las tinieblas, entre el cielo y el infierno. Escuchen esto más bien:

“La Revolución —dijo una vez una logia italiana de carbonarios en un documento secreto— la Revolución sólo es posible con una condición: el derrocamiento del Papado. Las conspiraciones en el extranjero y las revoluciones en Francia nunca conseguirán más que resultados secundarios mientras Roma siga en pie. Aunque débiles como poder temporal, los papas tienen todavía una inmensa fuerza moral. Es, pues, sobre Roma que deben converger todos los esfuerzos de los amigos de la humanidad. Para destruirla, todos los medios son buenos. Una vez derrocado el Papa, todos los tronos caerán naturalmente”.

Por su parte, Edgard Quinet dijo: “Es necesario que caiga el catolicismo. ¡No hay tregua con lo Injusto! Se trata no sólo de refutar al papismo, sino de extirparlo; no sólo de extirparlo, sino de deshonrarlo; no sólo de deshonrarlo, sino de ahogarlo en el fango”. “En nuestros consejos se ha decidido que ya no queremos cristianos”, se lee en el documento de Alta Vendita. Voltaire había dicho antes: “¡Aplastemos al Infame!”. Y Lutero: “¡Lavémonos las manos con su sangre!”.

La Iglesia proclama los derechos de Dios como principio tutelar de la moral humana y de la salvación de las sociedades; la Revolución sólo habla de los derechos del hombre y establece una sociedad sin Dios. La Iglesia toma como base la fe y el deber cristiano; la Revolución no tiene en cuenta el cristianismo; no cree en Jesucristo, prescinde de la Iglesia y se inventa unos deberes filantrópicos que no tienen más sanción que el orgullo del hombre honrado y el miedo de la policía. La Iglesia enseña y defiende todos los principios de orden, autoridad y justicia en la sociedad; la Revolución los hace añicos y, con el desorden y la arbitrariedad, constituye lo que se atreve a llamar el nuevo derecho de las naciones, la civilización moderna.

El antagonismo es total: sumisión y revuelta, fe e incredulidad. No puede haber acercamiento, ni componendas, ni alianza. Recuerden bien esto: todo lo que la Revolución no ha hecho, lo odia; todo lo que odia, lo destruye. Entréguenle hoy el poder absoluto y, a pesar de sus protestas, mañana será lo que fue ayer, lo que será siempre: la guerra sin cuartel contra la Religión, la sociedad y la familia. Que no diga que se la calumnia: sus palabras están dan testimonio y sus hechos también. Recuerden lo que hizo en 1791 y en 1793, ¡cuando fue dueña y señora!

En esta lucha, una de las dos partes será derrotada tarde o temprano, y ésa será la Revolución. Durante un tiempo, puede parecer que triunfa; puede obtener victorias parciales, en primer lugar porque la sociedad ha cometido, durante los últimos cuatro siglos, en toda Europa, ofensas enormes que exigen castigo; además porque el hombre es siempre libre, y la libertad, incluso cuando se abusa de ella, es un gran poder; pero después del Viernes Santo viene siempre el Domingo de Pascua, y fue el mismo Dios quien, con sus labios infalibles, le dijo a la cabeza visible de su Iglesia: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

LOUIS-GASTON DE SÉGUR

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 

La Révolution. Ce qu’elle n’est pas.

Le mot révolution est une parole élastique dont on abuse  à tout propos pour séduire les esprits.

Une révolution, en général, c’est un changement fondamental qui s’opère dans les mœurs, dans les sciences, dans les arts, dans les lettres, et surtout dans les lois et le gouvernement des sociétés. En religion ou en politique, c’est le développement complet, le complet triomphe d’un principe subversif de tout l’ancien ordre social. Ordinairement le mot « révolution » se prend dans un mauvais sens ; cependant cette  règle n’est pas sans exception. Ainsi l’on dit: « Le christianisme a opéré une grande révolution dans le monde », et cette révolution a été très heureuse. Il est également vrai de dire:  « Dans tel ou tel pays a éclaté une révolution qui a mis tout à feu et à sang »; c’est encore une révolution, mais une révolution mauvaise.

Il n’y a aucune différence essentielle entre une révolution et ce que depuis un siècle on appelle LA Révolution. De tout temps il y a eu des révolutions dans les sociétés humaines ; tandis que la Révolution est un phénomène tout moderne et tout récent.

Bien des gens s’imaginent, sur la foi de leur journal, que c’est à la révolution que depuis soixante ans l’humanité doit  tout son bien-être; que nous lui devons tous nos progrès  dans l’industrie, tout le développement de notre commerce,  toutes les inventions modernes des arts et des sciences; que sans elle nous n’aurions ni chemins de fer, ni télégraphes électriques, ni bateaux à vapeur, ni machines, ni armée, ni  instruction, ni gloire ; en un mot, que sans la Révolution tout  serait perdu et que le monde retomberait dans les ténèbres.

Rien de tout cela. La Révolution a été l’occasion de quelques-uns de ces progrès, elle n’en a pas été la cause. La violente secousse qu’elle a imprimée au monde entier a sans doute précipité certains développements de la civilisation  matérielle; cette même violence en a fait avorter beaucoup d’autres. Toujours est-il que la Révolution, considérée en elle-même, n’a été, à proprement parler, le principe d’aucun progrès réel.

Elle n’est pas non plus, comme on voudrait nous le faire croire, l’affranchissement légitime des opprimés, la suppression des abus du passé, l’amélioration et le progrès de l’humanité, la diffusion des lumières, la réalisation de toutes les aspirations généreuses des peuples, etc. Nous allons nous en convaincre en apprenant à la connaître à fond.

La Révolution n’est pas davantage le grand fait historique et sanglant qui a bouleversé la France et même l’Europe à la fin du siècle dernier. Ce fait, dans sa phase modérée aussi bien que dans ses excès épouvantables, n’a été qu’un fruit, qu’une manifestation de la Révolution, laquelle est une idée, un principe, plus encore qu’un fait. Il est important de ne pas confondre ces choses.

Qu’est-ce donc que la Révolution ?

 

Ce que c’est que la Révolution, et comment c’est une question religieuse, non moins que politique et sociale.

 

La Révolution n’est pas une question purement politique ; c’est aussi une question religieuse, et c’est uniquement à ce point de vue que j’en parle ici. La Révolution n’est pas seulement une question religieuse, mais elle est la grande question religieuse de notre siècle. Pour s’en convaincre, il suffit de réfléchir et de préciser.

Prise dans sons sens le plus général, la Révolution est la révolte érigée en principe et en droit. Ce n’est pas seulement le fait de la révolte ; de tout temps il y a eu des révoltes; c’est le droit, c’est le principe de la révolte devenant la règle pratique et le fondement des sociétés; c’est la négation systématique de l’autorité légitime ; c’est la théorie de la révolte, c’est l’apologie et l’orgueil de la révolte, la consécration légale du principe même de toute révolte. Ce n’est pas non plus la révolte de l’individu contre son supérieur légitime, cette révolte s’appelle tout simplement désobéissance ; c’est la révolte de la société en tant que société ; le caractère de la Révolution est essentiellement social et non pas individuel.

Il y a trois degrés dans la Révolution:

1. La destruction de l’Église, comme autorité et société religieuse, protectrice des autres autorités et des autres sociétés; à ce premier degré, qui nous intéresse directement, la Révolution est la négation de l’Église érigée en principe et formulée en droit; la séparation de l’Église et de l’État dans le but de découvrir l’État et de lui enlever son appui fondamental;

2. La destruction des trônes et de l’autorité politique légitime, conséquence inévitable de la destruction de l’autorité catholique. Cette destruction est le dernier mot du principe révolutionnaire de la démocratie moderne et de ce qu’on appelle aujourd’hui la souveraineté du peuple;

3. La destruction de la société, c’est-à-dire de l’organisation qu’elle a reçue de Dieu; en d’autres termes, la destruction des droits de la famille et de la propriété, au profit d’une abstraction que les docteurs révolutionnaires appellent l’État. C’est le socialisme, dernier mot de la Révolution parfaite, dernière révolte, destruction du dernier droit. A ce degré, la Révolution est, ou plutôt serait la destruction totale de l’ordre divin sur la terre, le règne parfait de Satan dans le monde.

Nettement formulée pour la première fois par Jean- Jacques Rousseau, puis en 1789 et en 1793 par la révolution française, la Révolution s’est montrée dès son origine l’ennemie acharnée du christianisme ; elle a frappé l’Église avec une fureur qui rappelait les persécutions du paganisme; elle a fermé ou détruit les églises, dispersé les Ordres religieux, traîné dans la boue les croix et les reliques des Saints; sa rage s’est étendue dans l’Europe entière ; elle a brisé toutes les traditions, et un moment elle a cru détruit le christianisme, qu’elle appelait avec mépris une vieille et fanatique superstition.

Sur toutes ces ruines, elle a inauguré un régime nouveau de lois athées, de sociétés sans religion, de peuples et de rois absolument indépendants ; depuis soixante ans, elle grandit et s’étend dans le monde entier, détruisant partout l’influence sociale de l’Eglise, pervertissant les intelligences, calomniant le clergé, et sapant par la base tout l’édifice de la foi.

Au point de vue religieux, on peut la définir: la négation légale du règne de Jésus-Christ sur la terre, la destruction sociale de l’Eglise.

Combattre la Révolution est donc un acte de foi, un devoir religieux au premier chef. C’est de plus un acte de bon citoyen et d’honnête homme; car c’est défendre la patrie et la famille. Si les partis politiques honnêtes la combattent à leur point de vue, nous devons, nous autres chrétiens, la combattre à un point de vue bien supérieur, pour défendre ce qui nous est plus cher que la vie.

Que la Révolution est fille de l’incrédulité.

Pour juger la Révolution, il suffit de savoir si l’on croit ou non en Jésus-Christ. Si le Christ est Dieu fait homme, si le Pape est son Vicaire, si l’Église est son envoyée, il est évident que les sociétés comme les individus doivent obéir aux directions de l’Église et du Pape, lesquelles sont les directions de Dieu même. La Révolution, qui pose en principe l’indépendance absolue des sociétés vis-à-vis de l’Église, la séparation de l’Église et de l’État, se déclare par cela seul « incrédule au Fils de Dieu, et est jugée d’avance », selon la parole de l’Évangile.

La question révolutionnaire est donc en définitive une question de foi. Quiconque croit en Jésus-Christ et en la mission de son Église, ne peut être révolutionnaire s’il est logique; et tout incrédule, tout protestant, s’il est logique, doit adopter le principe apostat de la Révolution, et, sous sa bannière, combattre l’Église. L’Église catholique, en effet, si elle n’est divine, usurpe tyranniquement les droits de l’homme.

Jésus-Christ est-il Dieu ? Toute puissance lui appartient-elle au ciel et sur la terre? Les pasteurs de l’Église, et le Souverain Pontife à leur tête, ont-ils ou n’ont-ils pas, de droit divin, par l’ordre même du Christ, la mission d’enseigner à toutes les nations et à tous les hommes ce qu’il faut faire et ce qu’il faut éviter pour accomplir la volonté de Dieu? Y a-t- il un seul homme, prince ou sujet, y a-t-il une seule société, qui ait le droit de repousser cet enseignement infaillible, de se soustraire à cette haute direction religieuse ? Tout est là! C’est une question de foi, de catholicisme.

L’État doit obéir au Dieu vivant, aussi bien que l’individu et la famille; pour l’État comme pour l’individu, il y va de la vie.

 

Quel est le véritable père de la Révolution, et quand elle est née.

Il y a dans la Révolution un mystère, un mystère d’iniquité que les révolutionnaires ne peuvent pas comprendre, parce que la foi seule peut en donner la clef et qu’ils n’ont pas la foi.

Pour comprendre la Révolution, il faut remonter jusqu’au père de toute révolte, qui le premier a osé dire, et oser répéter jusqu’à la fin des siècles : Non serviam, je n’obéirai pas.

Satan est le père de la Révolution. La Révolution est son œuvre, commencée dans le ciel et se perpétuant dans l’humanité d’âge en âge. Le péché originel, par lequel Adam, notre premier père, s’est également révolté contre Dieu, a introduit sur la terre, non pas encore la Révolution, mais l’esprit d’orgueil et de révolte qui en est le principe; et depuis lors le mal a été sans cesse grandissant, jusqu’à l’apparition du christianisme, qui l’a combattu et refoulé en arrière.

La Renaissance païenne, puis Luther et Calvin, puis Voltaire et Rousseau, ont relevé la puissance maudite de Satan, leur père; et, favorisée par les excès du césarisme, cette puissance a reçu, dans les principes de la révolution française, une sorte de consécration, une constitution qu’elle n’avait pas eue jusque là et qui fait dire avec justice que la Révolution est née en France en 1789. « La révolution française, disait en 1793 le féroce Babeuf, n’est que l’avant-courrière d’une révolution bien plus grande, bien plus solennelle, et qui sera la dernière. » Cette révolution suprême et universelle qui remplit déjà le monde, c’est la Révolution. Pour la première fois, depuis six mille ans, elle a osé prendre à la face du ciel et de la terre son nom véritable et satanique: la Révolution, c’est-à-dire : la grande révolte.

Elle a pour devise, comme le démon, la fameuse parole : Non serviam. Elle est satanique dans son essence; et, en renversant toutes les autorités, elle a pour fin dernière la destruction totale du règne du Christ sur la terre. La Révolution, qu’on ne l’oublie pas, est avant tout un mystère de l’ordre religieux; c’est l’antichristianisme. C’est ce que constatait, dans son encyclique du 8 décembre 1849, le Souverain Pontife Pie IX: « La Révolution est inspirée par Satan lui-même. Son but est de détruire de fond en comble l’édifice du Christianisme et de reconstituer sur ses ruines l’ordre social du paganisme. » Avertissement solennel confirmé à la lettre par les aveux de la Révolution elle-même: « Notre but final, dit l’instruction secrète de la Vente suprême, notre but final est celui de Voltaire et de la Révolution française, l’anéantissement à tout jamais du catholicisme et même de l’idée chrétienne. »

 

Quel est l’antirévolutionnaire par excellence ?

C’est Notre-Seigneur Jésus-Christ dans le ciel, et, sur la terre, le Pape, son Vicaire.

L’histoire du monde est l’histoire de la lutte gigantesque des deux chefs d’armée : d’une part, le Christ avec sa sainte Église; de l’autre, Satan avec tous les hommes qu’il pervertit et qu’il enrôle sous la bannière maudite de la révolte. Le combat a de tout temps été terrible; nous vivons au milieu d’une de ses phases les plus dangereuses, celle de la séduction des intelligences et de l’organisation sociale de ce qui, devant Dieu, est désordre et mensonge.

Sur le point de mourir, un de nos plus illustres évêques dévoilait naguère la haine et les projets de la Révolution contre le Souverain Pontife. « Le pape, écrivait-il de sa main défaillante, le pape a un ennemi: la Révolution. Un ennemi implacable, qu’aucun sacrifice ne saurait apaiser, avec lequel il n’y a point de transaction possible. Au début, on ne demandait que des réformes. Aujourd’hui, les réformes ne suffisent pas. Démembrez la souveraineté temporelle du Saint-Siège ; jetez aux mains de la Révolution, morceau par morceau, tout le patrimoine de saint Pierre, vous n’aurez pas satisfait la Révolution, vous ne l’aurez pas désarmée. La ruine de l’existence temporelle du Saint-Siège est moins un but qu’un moyen, c’est un acheminement vers une plus grande ruine. L’existence divine de l’Église, voilà ce qu’il faut anéantir, ce dont il ne doit rester aucun vestige. Qu’importe, après tout, que la faible domination dont le siège est à Rome et au Vatican soit circonscrite dans des limites plus ou moins étroites ? Qu’importent Rome même et le Vatican ? Tant qu’il y aura sur terre ou sous terre, dans un palais ou dans un cachot, un homme devant lequel deux cent millions d’hommes se prosterneront comme devant le représentant de Dieu, la Révolution poursuivra Dieu dans cet homme. Et si, dans cette guerre impie, vous n’avez pas pris résolument contre la Révolution le parti de Dieu, si vous capitulez, les tempéraments par lesquels vous aurez essayé de contenir ou de modérer la Révolution n’auront servi qu’à enhardir son ambition sacrilège et à exalter ses sauvages espérances. Forte de votre faiblesse, comptant sur vous comme sur des complices, je ne dis pas assez, comme sur des esclaves, elle vous sommera de la suivre jusqu’au terme de ses abominables entreprises. Après vous avoir arraché des concessions qui auront consterné le monde, elle aura des exigences qui épouvanteront votre conscience.

Nous n’exagérons rien. La Révolution, considérée, non par le côté accidentel, mais dans ce qui constitue son essence, est quelque chose à quoi rien ne peut être comparé dans la longue suite des révolutions par lesquelles humanité avait été emportée depuis l’origine des temps, et que nous voyons se dérouler dans l’histoire du monde.

La Révolution est l’insurrection la plus sacrilège qui ait armé la terre contre le ciel, le plus grand effort que l’homme ait jamais fait, non pas seulement pour se détacher de Dieu, mais pour se substituer à Dieu. »

« Il faut décatholiciser le monde, écrit un des chefs de la Vente de la Haute-Italie; ne conspirons que contre Rome: la révolution dans l’Eglise, c’est la révolution en permanence, c’est le renversement obligé des trônes et des dynasties. La conspiration contre le siège romain ne devrait pas se confondre avec d’autres projets. »

 

Entre l’Église et la Révolution, la conciliation est-elle possible ?

Pas plus qu’entre le bien et le mal, entre la vie et la mort, entre la lumière et les ténèbres, entre le ciel et l’enfer. Écoutez plutôt :

« La Révolution, disait naguère une loge italienne de carbonari dans un document occulte, la Révolution n’est possible qu’à une condition: le renversement de la Papauté. Les conspirations à l’étranger, les révolutions en France n’aboutiront jamais qu’à des résultats secondaires tant que Rome sera debout. Quoique faibles comme puissance temporelle, les papes ont encore une immense force morale. C’est donc sur Rome que doivent converger tous les efforts des amis de l’humanité. Pour la détruire, tous les moyens sont bons. Une fois le pape renversé, tous les trônes tomberont naturellement. »

« Il faut, dit de son côté Edgard Quinet, il faut que le catholicisme tombe. Point de trêve avec l’Injuste ! Il s’agit non seulement de réfuter le papisme, mais de l’extirper; non seulement de l’extirper, mais de le déshonorer; non seulement de le déshonorer, mais de l’étouffer dans la boue. » — « Il est décidé dans nos conseils que nous ne voulons plus de chrétiens », écrit la Haute Vente. Voltaire avait dit auparavant: «Écrasons l’Infâme ! » Et Luther: « Lavons-nous les mains dans leur sang ! »

L’Église proclame les droits de Dieu comme principe tutélaire de la moralité humaine et du salut des sociétés; la Révolution ne parle que des droits de l’homme et constitue une société sans Dieu. L’Église prend pour base la foi, le devoir chrétien; la Révolution ne tient nul compte du christianisme; elle ne croit pas en Jésus-Christ, elle écarte l’Église et se fabrique à elle-même je ne sais quels devoirs philanthropiques qui n’ont d’autre sanction que l’orgueil de l’honnête homme et la peur des gendarmes. L’Église enseigne et maintient tous les principes d’ordre, d’autorité, de justice dans la société; la Révolution les bat en brèche, et, avec le désordre et l’arbitraire, constitue ce qu’elle ose appeler le droit nouveau des nations, la civilisation moderne.

L’antagonisme est complet: c’est la soumission et la révolte, c’est la foi et l’incrédulité. Nul rapprochement possible, nulle transaction, nulle alliance. Retenez bien ceci: tout ce que la Révolution n’a pas fait, elle le hait; tout ce qu’elle hait, elle le détruit. Donnez-lui aujourd’hui le pouvoir absolu; et, malgré ses protestations, elle sera demain ce qu’elle fut hier, ce qu’elle sera toujours: la guerre à outrance contre la Religion, la société, la famille. Qu’elle ne dise pas qu’on la calomnie: ses paroles sont là et ses actes aussi. Souvenez- vous de ce qu’elle fit en 1791 et en 1793, quand elle fut la maîtresse !

Dans cette lutte, l’un des deux partis tôt ou tard sera vaincu, et ce sera la Révolution. Elle paraîtra peut-être triompher pour un temps; elle pourra remporter des victoires partielles, d’abord parce que la société a commis, depuis quatre siècles, dans toute l’Europe, d’énormes attentats qui appellent des châtiments ; puis parce que l’homme est toujours libre, et que la liberté, même quand il en abuse, constitue une grande puissance ; mais, après le Vendredi-saint vient toujours le dimanche de Pâques, et c’est Dieu lui-même qui, de ses lèvres infaillibles, a dit au chef visible de son Église : « Tu es Pierre, et sur cette pierre je bâtirai mon Église, et les puissances de l’enfer ne prévaudront pas contre elle. »




lunes, 7 de junio de 2021

Louis de Bonald: Sobre la muerte de Joseph de Maistre

 

SOBRE LA MUERTE DE JOSEPH DE MAISTRE

El conde de Maistre, Ministro de Estado del Rey de Cerdeña y caballero de sus órdenes, sucumbió el 26 de febrero a causa de una apoplejía. Nacido en Chambord, de familia senatorial y miembro él mismo del Senado, abandonó su país cuando fue invadido por los ejércitos revolucionarios y se retiró a Rusia, donde su soberano lo nombró su plenipotenciario. De vuelta a Turín, bajo la Restauración, se le encargaron allí, con el título de regente de la cancillería, las eminentes funciones de una dignidad a la que el estado de las finanzas no permitía restituir el título. Otros hablarán del estadista del Piamonte; el autor de este artículo hablará del estadista de Europa, del hombre de genio, del escritor religioso y político cuya amistad lo honró; y, aún más, de la conformidad de sentimientos y principios.

El conde de Maistre publicó, a principios de este siglo, sus Consideraciones sobre Francia. Nunca la sociedad, su constitución, sus doctrinas, sus revoluciones, habían sido consideradas desde un punto de vista más elevado; nunca estos temas, los más importantes que pueden ofrecerse a las meditaciones humanas, habían sido tratados con más profundidad de pensamiento y más originalidad de expresión; nunca se habían presentado de manera más viva y verdadera las causas de las desgracias de la sociedad, esas causas que tantas mentes superficiales han visto sólo en sus efectos.

Otro escrito de Maistre, menos conocido pero igualmente digno de ser conocido, es un Ensayo sobre el principio de las constituciones: el autor sólo lo halla en la naturaleza y no lo espera de las revoluciones que sólo pueden dar resultados desordenados y que siempre dejan a los pueblos en las vísperas, o al día siguiente, de una nueva revolución. En todas partes Maistre se muestra severamente religioso por principio político, y exclusivamente monárquico por principio religioso, igualmente amigo de la religión, de la unidad y de la unidad del poder. La obra Del Papa, una de las más notables de nuestro tiempo, ha puesto el sello a su gloria. Otros habían hecho la historia de los Papas, Maistre ha hecho la historia del Papado, siempre buena y saludable, incluso bajo los peores príncipes, ha mezclado algunas opiniones nacionales más que personales, pero pone admirablemente de relieve los inmensos beneficios de esa gran autoridad de la que Europa era deudora de todo cuanto poseía de verdadera ilustración y felicidad, y que es, para usar una expresión consagrada, una barca frágil en apariencia, y lanzada en medio de las tempestades, que carga con la sociedad y su fortuna. En este momento se está imprimiendo el tercer volumen de esa hermosa obra, junto con otro escrito, Las Veladas de San Petersburgo, de la que Maistre le había hablado a menudo en sus cartas al autor de este artículo, y por la que sentía un cariño especial. No se sabe si habrá podido darle los últimos retoques, pero compuesto, me parece, de piezas sueltas, puede estar completo, aunque no esté terminado.

El conde de Maistre tenía una memoria prodigiosa y una erudición inmensa y muy variada. Su expresión es viva y pintoresca, porque su pensamiento es delicado y sus sentimientos profundos. Su estilo es el hombre mismo, firme y absoluto; es el estilo de un genio que no busca la verdad, sino que la muestra, y al que poco le importa ser correcto, mientras sea auténtico y fuerte. Estos escritos permanecerán, ya sea como piedra de espera de lo que la sociedad puede y debe ser, o como el último monumento de lo que fue. No cerraba voluntariamente los ojos ante los peligros que amenazaban a Europa, pero no podía desesperar de la sociedad. "No tengo ninguna duda", escribió el 4 de diciembre al autor de este artículo, "de que al final prevaleceremos, y de que la victoria será para nuestras doctrinas. Pero sucederán cosas extraordinarias que es imposible divisar con claridad". ¿Y quién, en efecto, habría podido prever que el pueblo que debería levantar estatuas a este poderoso defensor de todas las verdades sociales, no esperaría a que se enfriaran sus cenizas, antes de abrazar ciegamente todos los errores que él había combatido, y lanzarse de lleno a una revolución cuyos terribles azares él mismo había padecido?

Maistre deseaba ante todo, para obtener el triunfo de la verdad, el acuerdo entre las personas de bien, y no temía nada tanto como sus disensiones en materia de religión. "No hay nada", escribió en la misma carta, "tan consolador como un acuerdo semejante; debería ser general, pues la desgracia del partido bueno es el aislamiento. Los lobos saben reunirse, pero el perro guardián siempre está solo. En fin, amigo mío, cuando hayamos hecho lo que podemos, moriremos en paz; pero en la medida en que podamos, pongámonos de acuerdo y trabajemos juntos. El hombre que ha sido capaz de persuadir a dos o tres más, y hacerlos caminar en la misma dirección, es, en mi opinión, muy feliz; ésa es una conquista formal".

Feliz, pues, este excelente hombre en su vida pública, ya que supo dar a la sociedad elevadas lecciones y a sus semejantes grandes ejemplos; más feliz aún por el momento de su muerte, que le evitó el inexpresable dolor de ver al país que gobernaba tan sabiamente, trastornado por la revuelta; y al soberano que le había llamado a su consejo, obligado a bajar del trono que no podía defender y que no quería mancillar.

Felix non tantum claritate vitae, sed etiam opportunitate mortis... non vidit obsessam curiam, clausum armit senatum. – “Feliz no tanto por la brillantez de su vida como por lo oportuno de su muerte; no vio el palacio de sus reyes asediado por la revuelta, ni la autoridad legítima obligada a ceder ante las armas”.  Tácito. Agricolae Vita).

En el momento en que el autor de este artículo rendía un último homenaje a la memoria de un ilustre amigo, la muerte se llevó a otro y apagó otra luz: Monsieur de Fontanes sucumbió a unos días de enfermedad. Primer talento literario de esta época, el mejor y más amable de los hombres, en la vida privada y en la pública amigo constante y sincero de todos los sentimientos generosos, de todos los pensamientos elevados, de todas las buenas doctrinas, pasó por los tiempos del libertinaje sin corromperse y por los de la servidumbre sin ser servil. Era natural que su hermosa y viva imaginación se sintiera impresionada por el gigantesco espectáculo que tenía delante de los ojos, y por el hombre extraordinario que lo protagonizaba; pero nadie mejor que él ha disfrazado elevadas lecciones bajo fórmulas de elogio obligado, nadie como él ha sabido engrandecer, a la vista de ese poder, las instituciones de las que era miembro, e incluso compadecerse de ilustres infortunios, en presencia de insolentes prosperidades; pero tampoco nadie se alegró más que Monsieur de Fontanes al ver llegar el momento en que, por una rara felicidad, para usar la expresión de Tácito, se puede decir todo lo que se siente, y sentir todo lo que se dice.

 

LOUIS DE BONALD

La Quotidienne, 25 de marzo de 1821

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 


SUR LA MORT DE M. DE MAISTRE

 

M. le comte de Maistre, ministre d’État du roi de Sardaigne, et chevalier de ses ordres, a succombé le 26 février dernier, à une attaque d’apoplexie. Né à Chambord, d’une famille sénatoriale, et membre lui-même du sénat, il s’éloigna de sa patrie, lorsqu’elle fût envahie par les armées révolutionnaires, et se retira en Russie, où son souverain le nomma son plénipotentiaire. Revenu à Turin, à la Restauration, il y fut chargé, sous le titre de régent de la chancellerie des fonctions éminentes d’une dignité, dont sans doute l’état des finances ne permettait pas de rétablir le titre. D’autres parleront de l’homme d’État du Piémont ; l’auteur de cet article parlera de l’homme d’État de l’Europe, de l’homme de génie, de l'écrivain religieux et politique dont l’amitié l’honorait ; et, plus encore de la conformité des sentiments et des principes.

M. le comte de Maistre publia au commencement de ce siècle, des Considérations sur la France. Jamais on n’avait considéré la société, sa constitution, ses doctrines, ses révolutions d’un point de vue plus élevé, jamais on n’avait traité ces sujets, les plus importants qui puissent s'offrir aux méditations humaines, avec plus de profondeur dans la pensée et plus d'originalité dans l’expression ; jamais on n’avait présenté d’une manière plus vive et plus vraie, les causes des malheurs de la société, ces causes que tant d’esprits superficiels n’ont vues que dans leurs effets.

Un autre écrit de M. de Maistre, moins connu mais aussi digne de l'être, est un Essai sur le principe des constitutions : l’auteur ne le trouve que dans la nature et ne l’attend pas des révolutions qui ne peuvent donner que des résultats désordonnés et qui laissent toujours les peuples à la veille, ou au lendemain d’une révolution nouvelle. Partout M. de Maistre se montre sévèrement religieux par principe politique, et exclusivement royaliste par principe religieux, également ami de la religion, de l’unité et de l’unité du pouvoir. L’ouvrage Du Pape un des plus remarquables de notre époque, a mis le sceau à sa gloire. D’autres avaient fait l’histoire des Papes, M. de Maistre a fait l'histoire de la Papauté, toujours bonne et salutaire, même sous les plus mauvais princes, il a mêlé quelques opinions plutôt nationales que personnelles, mais il relève admirablement les bienfaits immenses de cette grande autorité à qui l’Europe était redevable de ce qu’elle possédait de vraies lumières et de bonheur, et, pour me servir d’une expression consacrée, barque frêle en apparence, et lancée au milieu des tempêtes, qui porte la société et sa fortune. Dans ce moment on imprime le troisième volume de ce bel ouvrage, avec un autre écrit, Les Soirées de Saint-Pétersbourg, dont M. de Maistre avait souvent parlé dans ses lettres à l’auteur de cet article, et qu'il affectionnait particulièrement. On ne sait s’il aura pu y mettre la dernière main, mais composé, ce me semble, de morceaux détachés, il peut être complet, quoiqu'il ne soit pas fini.

M. le comte de Maistre avait une mémoire prodigieuse et une érudition immense et très variée. Son expression est vive et pittoresque, parce que sa pensée est délicate et ses sentiments profonds. Son style est l'homme lui-même, ferme et absolu, c’est le style du génie qui ne cherche pas la vérité, mais qui la montre, et qui se pique peu d’être correct, pourvu qu’il soit vrai et fort. Ces écrits resteront, ou comme pierre d'attente, pour ce que peut et doit être la société, ou comme dernier monument de ce qu’elle a été. Il ne s’aveuglait pas sur les dangers dont l’Europe était menacée, mais il ne pouvait désespérer de la société. « Je ne doute pas, » écrivait-il le 4 décembre, à l’auteur de cet article, « qu’à la fin nous ne l’emportions, et que la victoire ne demeure à nos doctrines. Mais il arrivera des choses extraordinaires qu’il est impossible d’apercevoir distinctement. » Et qui, en effet, aurait pu prévoir que le peuple qui aurait dû élever des statues à ce puissant défenseur de toutes les vérités sociales, n’attendrait pas que ses cendres fussent refroidies, pour embrasser aveuglément toutes les erreurs qu’il avait combattues, et se jeter à corps perdu dans une révolution dont il avait subi lui-même les terribles chances ?

M. de Maistre voulait surtout, pour obtenir le triomphe de la vérité, l’accord entre les gens de bien, et ne craignait rien tant que leurs dissensions en matière de religion. « Il n’y a rien, » écrivait-il, dans la même lettre, « de si consolant qu'un tel accord, il faudrait qu’il fût général, car le malheur du bon parti est l'isolement. Les loups savent se réunir, mais le chien de garde est toujours seul. Enfin, mon ami, quand nous aurons fait ce que nous pourrons nous mourront tranquilles ; mais autant que nous le pourrons, soyons d’accord et travaillons ensemble. L’homme qui a pu en persuader deux ou trois autres et les faire marcher dans le même sens, est très heureux à mon avis, c’est une conquête formelle. »

Heureux donc cet excellent homme dans sa vie publique, puisqu’il a pu donner à la société de hautes leçons et à ses semblables de grands exemples ! plus heureux encore par le moment de sa mort qui lui a épargné l'inexprimable douleur de voir le pays qu’il gouvernait avec tant de sagesse, bouleversé par la révolte ; et le souverain qui l’avait appelé à ses conseils, forcé de descendre du trône qu'il ne pouvait pas défendre, et qu’il ne voulait pas souiller !

Felix non tantum claritate vitae, sed etiam opportunitate mortis... non vidit obsessam curiam, clausum armit senatum. — « Heureux moins par l’éclat de sa vie, que par l à-propos de sa mort, il n’a point vu le palais de ses rois assiégé par la révolte, et l’autorité légitime forcée de céder aux armes. » Tacite. Agricolae Vita.)

Au moment où l’auteur de cet article rendait un dernier hommage à la mémoire d’un illustre ami, la mort lui en enlève un autre, et éteint une autre lumière: M. de Fontanes a succombé à quelques jours de maladie. Premier talent littéraire de cette époque, le meilleur et le plus aimable des hommes, dans la vie privée et dans la vie publique ami constant et sincère de tous les sentiments généreux, de toutes les pensées élevées, de toutes les bonnes doctrines, il a traversé les temps de licence sans être corrompu et le temps de servitude sans être servile. Il était naturel que sa belle et vive imagination fût frappée du spectacle gigantesque qu’il avait sous les yeux, et de l’homme extraordinaire qui y jouait le premier rôle ; mais nul n’a, mieux que lui, se déguiser de hautes leçons sous des formules d’éloges obligés, grandir devant ce grand pouvoir, les corps dont il était l’organe, et même compatir à d’illustres infortunes, en présence d'insolentes prospérités ; mais personne aussi ne s’est plus félicité que M. de Fontanes d’avoir vu arriver le temps où, par un bonheur rare, pour me servir de l’expression de Tacite, on peut dire tout ce qu’on sent, et sentir tout ce qu’on dit.