viernes, 23 de octubre de 2026

Remy de Gourmont: La vida de Barbey d'Aurevilly, III

LA VIDA DE BARBEY D’AUREVILLY

III

(Partie I, partie II)

Barbey, que fue el primero, en relación con La Leyenda de los Siglos, en caracterizar tan acertadamente a Hugo calificándolo de "genio épico", se indignó ante la insolente publicidad que ensalzaba Los Miserables como si se tratara de un producto industrial. Escribía en Le Pays; los republicanos y los monárquicos, muy unidos en aquella época, creían que el orgulloso crítico obedecía una orden de las autoridades: lo trataron muy mal. El mismo odio que había perseguido el misticismo precursor del pintor Galimard persiguió a Barbey d'Aurevilly. La limitada imaginación de las juventudes republicanas escribió "idiota" en cada piedra disponible. Fue un buen momento de popularidad a la inversa. Se discutió el valor y la conveniencia de las sílabas ingenuas. Un artículo desafortunado sobre Goethe, pero dirigido a Sainte-Beuve, acrecentó la muchedumbre; dos errores garrafales hicieron más por Barbey d'Aurevilly que treinta años de bella y valiente literatura. La demanda presentada contra él por la Revue des Deux Mondes, ridiculizada en una columna publicada en Le Figaro, confirmó la autoridad de una firma temida. Condenado por el alegato de Gambetta, que seguía siendo su amigo y se lo demostró más tarde, cuando se trató de hacerle juicio por Las diabólicas, d'Aurevilly se vengó del mundo oficial publicando sus Cuarenta medallones de la Academia —que la Academia nunca le perdonó. En medio de todo ese tumulto, se justificó completando una de sus mejores novelas, El caballero Des Touches (1863).

Las opiniones literarias de Barbey d'Aurevilly son bastante seguras cuando se trata de los románticos; con muchos jóvenes fue injusto. Su actitud agresiva contra el Parnaso contemporáneo se explica quizás por el aspecto académico o al menos cenacular de la asamblea de esos nuevos poetas. El viejo individualista, que habría acogido con alegría a un Verlaine o a un Heredia aislados, los malinterpretó entre un grupo demasiado numeroso. Pero ¡qué difícil es! ¿Cómo se puede adivinar a Villiers de L'Isle-Adam en el joven sentimental que tartamudea? Sin embargo, la caracola del Parnaso tenía un sonido nuevo; había que notarlo, escuchar, esperar. Cuando hay un florecimiento repentino de treinta y siete poetas, y cuando Théophile Gautier se ha hecho el guía de todos esos pollitos, el crítico, aunque no entienda, si no siente, está obligado a una cierta prudencia. Barbey d'Aurevilly se enfadó, no sabemos por qué, y dijo algunas tonterías. La polémica, en la que se vio envuelto Verlaine, fue ridícula; pero quedó, en algunas sensibilidades, un rencor que buscó y encontró su venganza.

A pesar de estos errores, su reputación como crítico creció considerablemente, hasta el punto de que en 1870 heredó la planta baja de Sainte-Beuve en Le Constitutionnel. Pero aquí hay un hecho más importante: en noviembre de 1874 apareció Las Diabólicas, que llevaba más de veinte años de trabajo. Es el florecimiento del genio de Barbey d'Aurevilly: Las Diabólicas, si fueran de Balzac, serían la obra maestra de Balzac. En todas partes tenemos una pasión elocuente y expansiva; aquí es una pasión con los labios cerrados, con gestos nulos. Tragedias, con las que no se podrían hacer tragedias, más que con mímica, ¡y aun así! Los defectos de Las Diabólicas nos resultan evidentes desde Flaubert; retrocediendo a su verdadera fecha, a la de su nacimiento, un cuento como Los entresijos de una partida de whist no tiene más imperfecciones que las que también estropean El Verdugo o La Grande Bretèche. Pero hay que reaccionar contra una delicadeza que tal vez sólo sea sentimentalismo estético y aceptar, y saborear como son, estas prodigiosas historias de amor, odio o mentira, La cortina carmesí o La felicidad en el crimen.

El autor de Las Diabólicas y de La hechizada posee el verdadero carácter del novelista, un carácter muy raro: se interesa profundamente por la vida; y esto lo vincula de nuevo a Balzac. Para ellos, los amores de los hombres, sus gestos, sus palabras, son cosas serias, incluso cuando son bufonescas. La sociedad es su absoluto; son sociólogos. Flaubert es un físico: la vida le es indiferente; es una materia que mide y pesa. El novelista vulgar, que abunda, es puramente anecdótico, incluso cuando amalgama en sus historias drogas morales, sociales o humanitarias en dosis inmoderadas. La sociología puede ocuparse de clasificar los actos humanos según su beneficencia o su nocividad; la física de la moral expone fríamente los resultados de sus observaciones y cálculos. A Barbey d'Aurevilly le falta compostura; la pasión lo perturba y le hace temblar un poco las manos; pero se pone rígido, respira y completa el experimento. Su debilidad consiste en interpretar los resultados; pero como la religión por la que se guía no es optimista, sus amonestaciones al menos no son vulgares.

Hay, en definitiva, dos tipos de novelistas, los prosistas y los poetas. No creo que esta distinción se haya establecido todavía; sin embargo, es esencial para cualquiera que quiera entender algo de la evolución de la novela en los últimos cien años. Está generalmente aceptado que el mejor novelista del siglo pasado es Balzac. Sí, si pensamos sólo en los escritores que fueron únicamente novelistas; pero esto sería quizás cuestionable si pensamos también en los poetas que fueron tanto poetas como novelistas. Algunas de las novelas modernas más famosas, y a la vez más bellas, tienen como autores a poetas. Stello y Cinq-Mars de Alfred de Vigny; Mademoiselle de Maupin y El capitán Fracasse de Théophile Gautier; Los Miserables y Los trabajadores del mar de Victor Hugo; Graziella de Lamartine, y muchas otras que todo el mundo ha leído. Esta nueva tradición del poeta-novelista continúa ante nuestros ojos con las obras de Catulle Mendès o Henri de Régnier, poetas que se convirtieron en novelistas sin dejar de ser poetas.

Hay dos cosas principales en la novela: la observación de la vida y el estilo. El poeta no siempre es un buen observador, pero se venga con el estilo. Por otra parte, el novelista que sólo es novelista es muy raramente un buen escritor: véase Balzac. Es cierto que tal afirmación es desmentida por Flaubert, maravilloso observador, maravilloso escritor, e incluso por los Goncourt, que supieron mirar la vida desde fuera y plasmar su visión en un estilo curioso y nuevo. Pero si se tuvieran en cuenta las excepciones, no se podría construir ningún razonamiento general; las excepciones se tratan por separado, con especial cuidado, y, cuando se saben manejar las herramientas de la lógica, se acaba por hacerlas encajar en la regla. Al final, Flaubert era, como Chateaubriand, un poeta que escribía en prosa, y los Goncourt eran pintores que se equivocaron sobre su verdadera vocación. El hecho es que las novelas bien escritas son casi siempre obra de un poeta declarado o encubierto, y que las novelas de escritores puramente de prosa suelen tener un valor literario mediocre.

La novela tiene su origen en el poema. La Ilíada y la Eneida son novelas en verso, al igual que Los Mártires y Salammbô son poemas en prosa. En definitiva, sólo hay un género en la literatura, el poema. Todo lo que no es un poema no es nada, o cae, lo que está lejos de ser una deshonra, en esa vasta categoría, la ciencia.

Las novelas de Balzac deben situarse en el ámbito de la ciencia; son estudios de psicología. Las novelas de Victor Hugo, en cambio, son poemas, y ese es su mérito, porque, desde el punto de vista psicológico, nadie discute su vacuidad. Esta doble clasificación sería aplicable a todas las novelas modernas de cualquier interés, según sus tendencias, según domine la observación científica o la preocupación por el estilo.

Según sus tendencias, pues se trata de tendencias y no de logros absolutos: la literatura se mueve en lo relativo. Las novelas más áridas, como las de Stendhal, no carecen de valor artístico, y hay, incluso en Los Miserables, páginas de exactísima observación. Tanto en la historia literaria como en la natural, las clasificaciones se basan en generalidades y no en detalles. Creo que, con estas reservas, la distinción entre poetas-novelistas y prosadores-novelistas es inatacable.

Sin embargo, será difícil situar a Barbey d'Aurevilly en una u otra de estas categoría.

Fue poeta, sin duda, y lo siguió siendo hasta el final de su vida; pero poeta oculto, que sólo comunicaba sus versos, por muy bellos que fueran, a unos pocos amigos suyos. Entre su obra, que es considerable, ya que llena cerca de cincuenta volúmenes, sin contar lo que ha quedado disperso en los periódicos, los poemas en verso o en prosa sólo ocupan un pequeño número de páginas. Es cierto, pero la preocupación por el arte, el gusto por el estilo, se encuentra incluso en el más fugaz de sus artículos, incluso en la más breve de sus cartas. Amaba las palabras por sí mismas, componía frases por el mero placer de su sonido. Su sensibilidad literaria era muy aguda. Le resultaba muy difícil perdonar a Balzac, al que admiraba apasionadamente, por la torpeza de su estilo, y la belleza de la forma le hacía ser indulgente con ideas que, expresadas con malas palabras, lo habrían hecho enfadar. En segundo lugar, es más imaginativo que observador. Le gustan las anécdotas reales, pero las ordena a su manera, las complica y las agranda. Cuando observa la vida más de cerca, ve cosas que sólo son visibles para él mismo, es decir, en el mismo momento en que cree que está observando, está imaginando. La realidad es para él sólo un pretexto, un punto de partida. Es un poeta. Barbey d'Aurevilly, como novelista, está quizás mucho más cerca de Théophile Gautier que de Balzac.

Sin embargo, hay un realista en él. Esta faceta de su carácter se revela cuando describe los paisajes y las costumbres de su tierra natal, los alrededores de Valognes, en Normandía. Nadie mejor que él, o con más precisión, ha pintado en todas sus facetas la tristeza o el esplendor de ese país caprichoso que, en la misma mañana, estalla al sol como una inmensa y alegre esmeralda o parece hundirse y disolverse en la niebla y la lluvia. Pero cuando está en Normandía, es tan feliz, que la propia lluvia no puede ponerle de mal humor: "He tenido aquí", escribe, "dos días de un tiempo regio, pero ahora son lluvias, de carácter soberbio en esta región del oeste hecha para ellas...".

En estas cartas, que acaban de ser publicadas y que están todas fechadas en Valognes o sus alrededores, la confesión de su profundo amor por ese rincón del mundo sólo se expresa en frases más bien breves; la reservaba para otros corresponsales y, sobre todo, para sus libros, para sus novelas, que están casi todas ambientadas en la península del Cotentin, entre Cherburgo y Coutances.

Este poeta tenía una idea al pintar siempre paisajes normandos, personajes normandos. Quería descentralizar la novela y mostrar que las provincias, y una de las que entonces se consideraban más atrasadas, la Baja Normandía, es tan "romántica" como Italia o las orillas del Rin, cuando el novelista tiene genio. En aquella época, antes de la guerra, la imaginación era romántica y Francia se complacía en despreciarse a sí misma, mostrando gusto o estima sólo por los países extranjeros. Barbey d'Aurevilly hizo mucho para curarnos de esta enfermedad. Así habla de Valognes, de la vieja ciudad muda, triste y abandonada, la ciudad venida a menos por excelencia, la Brujas normanda:

"El gran aspecto de la Rue de la Poterie ya no existe. Los dos anchos arroyos que burbujean con agua pura, como de manantial, en los que antes se lavaba y golpeaba la ropa sobre piedras pulidas en la orilla, y que pasaban por pequeños puentes de madera móviles, han sido desviados de su curso. Ahora sólo fluye un escaso hilo de agua; sólo que tiene una forma de fluir, temblorosa, y el agua conserva tanto la pureza que conocí, que me detuve hace un momento para ver esa pureza temblar. Eran mis recuerdos los que observaba temblando en esa agua transparente y huidiza. El tiempo era suave y gris, intercalado con un sol pálido. Ayer, anteayer, lluvias furiosas y vientos locos. La naturaleza parecía un hamadríade gritando. Me quedé junto al fuego, en mi habitación de la posada, levantando de vez en cuando la punta de la cortina para ver los adoquines azotados por esas lluvias que parecen puñados de varas. Enfrente, un encantador hotel, un elegante y blanco sepulcro, como el que tiene aquí esta pobre aristocracia moribunda, duerme bajo sus persianas cerradas..."

Las frases de Barbey d'Aurevilly tienen la belleza de estar vivas, y ésta es también la belleza de sus novelas y de sus cuentos normandos, en los que la observación y la imaginación nunca son más que los servidores de la sensibilidad. Ya no hay dudas: es efectivamente un novelista-poeta y uno de los más curiosos de nuestra literatura.

A Les Diaboliques se le hizo un juicio por la denuncia del Charivari. Merece la pena recordar esta circunstancia para los que desean pintar la justicia moderna. Ya no es arbitraria; estamos de acuerdo en que es peor, es estúpida. El ministro era un tal M. Tailhand; Arsène Houssaye y Raoul Duval por un lado, Théophile Silvestre y Gambetta por otro, intervinieron. Creo que hubo un compromiso; prueba de ello es la nota que el editor Lemerre puso al frente del séptimo volumen de las obras de Barbey d'Aurevilly: "No pudiendo reimprimirse Las diabólicas en una edición aislada y especial...". Desde entonces, esto se ha ignorado y, además, Las diabólicas de Lemerre siempre se han vendido por separado. No se sabe de quién era la palabra que tenía más peso; Tailhand cedió a ambos grupos al mismo tiempo, feliz, como buen político, de complacer a dos amigos o a dos enemigos a la vez. Es bastante curioso ver a Gambetta solicitar a un ministro reaccionario en favor de un escritor católico: "Usted es uno de esos", le escribió entonces a d'Aurevilly, "a los que incluso la política no puede hacer olvidar".

Siguiendo con la división de fuerzas, el autor de Las diabólicas juzgó siempre "las obras y los hombres", admirando los Orígenes de Taine, despreciando La taberna, burlándose de las marisabidillas, equivocándose con el mismo entusiasmo con Goethe y Diderot; pero fue una Diabólica, la última, Una historia sin nombre, la que lo llevó a buen puerto, por encima del banco de arena, como si una poderosa ola levantara la barca y la lanzara hacia delante. Esto fue en 1882. A la edad de setenta y cuatro años, tras más de cincuenta años de literatura, Barbey d'Aurevilly alcanzó la fama. Era un hermoso espectáculo, pues en la larga vida que iba a terminar en la luz, se podían encontrar errores o enojos, pero ni una sola bajeza, ni una sola cobardía; y era toda la opinión la que lo aceptaba al fin, sin que ni el escritor ni el hombre hubieran sacrificado ni una idea ni un sentimiento. Al mismo tiempo que el público, las más diversas inteligencias se acercaron a él: fue admirado por Goncourt y por Fustel de Coulanges, por Caro y por Banville, por Huysmans y por Ernest Havet. Paul Bourget era su espejo familiar.

Pasó los últimos seis años de su vida revisando su obra crítica y murió el 23 de abril de 1889, mientras se imprimía por primera vez su poema Amaïdée, escrito en 1834 "bajo la mirada de Maurice de Guérin". Murió en paz, pero arisco todavía, soñando con profundas soledades, habiendo dicho: "No quiero a nadie en mi funeral”.

REMY DE GOURMONT

Promenades littéraires, vol.1

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán

 

Barbey, qui avait le premier, à propos de La Légende des siècles, si justement caractérisé Hugo, en l’appelant un « génie épique », s’indigna de l’insolente réclame qui chantait Les Misérables ainsi qu’un produit industriel. Il écrivait dans Le Pays ; les républicains et les royalistes, alors très unis, crurent que le fier critique obéissait à un ordre du pouvoir : il fut fort malmené. La même haine qui avait poursuivi le mysticisme précurseur du peintre Galimard persécuta Barbey d’Aurevilly. L’imagination restreinte de la jeunesse républicaine l’écrivait « idiot » sur toutes les pierres disponibles. Ce fut un bon moment de popularité à l’envers. On discuta la valeur et l’opportunité des syllabes naïves. Un article fâcheux sur Gœthe, mais qui visait Sainte-Beuve, augmenta l’attroupement ; deux maladresses faisaient plus pour Barbey d’Aurevilly que trente ans de belle et courageuse littérature. Le procès que lui intenta la Revue des Deux Mondes ridiculisée dans une chronique parue au Figaro acheva d’assurer l’autorité d’une signature que l’on redoutait. Condamné sur une plaidoirie de Gambetta, qui demeura son ami et le lui prouva plus tard, quand il fut question de poursuivre Les Diaboliques, d’Aurevilly se vengea du monde officiel en publiant ses Quarante Médaillons de l’Académie, — que l’Académie ne lui pardonna jamais. Au milieu de tout ce tumulte, il se justifiait en achevant un de ses plus beaux romans, Le Chevalier des Touches (1863).

Les opinions littéraires de Barbey d’Aurevilly sont assez sûres quand il s’agit des romantiques ; il fut injuste pour quantité de jeunes gens. Son attitude agressive contre Le Parnasse contemporain s’expliquerait peut-être par l’apparence académique ou du moins cénaculaire qu’affectait l’assemblée de ces nouveaux poètes. Le vieil individualiste, qui eût accueilli avec joie un Verlaine ou un Heredia isolés, les méconnut parmi une trop nombreuse troupe. Mais que c’est difficile ! Comment deviner Villiers de L’Isle-Adam dans le jeune homme sentimental qui balbutie ? Tout de même, la conque du Parnasse avait une sonorité nouvelle ; il fallait s’en apercevoir, écouter, attendre. Quand il se produit une soudaine éclosion de trente-sept poètes, et qu’un Théophile Gautier s’est fait le guide de la poussinée, le critique, même s’il ne comprend pas, s’il ne sent pas, est tenu à quelque prudence. Barbey d’Aurevilly se fâcha, on ne sait pourquoi, et proféra des bêtises. La polémique, où se mêla Verlaine, fut ridicule ; mais il demeura, en quelques sensibilités, une rancune qui chercha et trouva sa revanche.

Malgré ces erreurs, son renom de critique grandissait singulièrement, si bien qu’il hérita, en 1870, du rez-de-chaussée de Sainte-Beuve, au Constitutionnel. Mais voici un événement plus important : en novembre 1874 paraissent Les Diaboliques, sur le chantier depuis plus de vingt ans. Cela, c’est la floraison du génie de Barbey d’Aurevilly : Les Diaboliques, si elles étaient de Balzac, seraient le chef-d’œuvre de Balzac. Nous avons partout la passion éloquente, expansive ; ici c’est la passion aux lèvres fermées, aux gestes nuls. Tragédies, avec quoi on ne saurait faire des tragédies, autrement que mimées, et encore ! Les défauts des Diaboliques nous sont devenus sensibles depuis Flaubert ; remis à sa vraie date, à celle de sa naissance, un conte tel que Les Dessous de cartes d’une partie de whist n’a pas d’autres imperfections que celles qui nous gâtent également El Verdugo ou La Grande Bretèche. Mais il faut réagir contre une délicatesse qui n’est peut-être que de la sensiblerie esthétique et accepter, et goûter telles qu’elles sont, ces prodigieuses histoires d’amour, de haine ou de mensonge, Le Rideau Cramoisi ou Le Bonheur dans le crime.

L’auteur des Diaboliques et de L’Ensorcelée possède le vrai caractère du romancier, caractère très rare : il s’intéresse profondément à la vie ; et cela encore le rattache à Balzac. Pour eux, les amours des hommes, leurs gestes, leurs paroles, sont des choses sérieuses, même quand elles sont bouffonnes. La société est leur absolu ; ce sont des sociologues. Flaubert est un physicien : la vie lui est indifférente ; c’est une matière qu’il mesure et qu’il pèse. Le romancier vulgaire, qui foisonne, est purement anecdotique, même quand il amalgame à ses récits, en doses immodérées, la drogue morale, sociale ou humanitaire. La sociologie peut s’occuper à classer les actes humains selon leur bienfaisance ou leur nocuité ; la physique des mœurs expose avec froideur le résultat de ses observations et de ses calculs. Barbey d’Aurevilly manque de sang-froid ; la passion le trouble et fait un peu trembler ses mains ; mais il se raidit, respire, achève l’expérience. Sa faiblesse est d’en interpréter les résultats ; mais comme la religion où il se guide n’est pas optimiste, ses admonestations du moins ne sont pas vulgaires.

Il y a, en somme, deux sortes de romanciers, les prosateurs et les poètes. Je ne pense pas que l’on ait encore établi cette distinction ; elle est cependant capitale, pour qui veut comprendre quelque chose à l’évolution du roman depuis cent ans. Il est généralement admis que le plus grand romancier du dernier siècle, c’est Balzac. Oui, si l’on ne songe qu’aux écrivains qui furent uniquement des romanciers ; mais cela serait peut-être contestable, si l’on pense aussi aux poètes qui furent en même temps des poètes et des romanciers. Quelques-uns des romans modernes les plus célèbres, et en même temps les plus beaux, ont pour auteurs des poètes. C’est le Stello et le Cinq-Mars, d’Alfred de Vigny ; c’est Mademoiselle de Maupin et Le Capitaine Fracasse, de Théophile Gautier ; ce sont Les Misérables et Les Travailleurs de la mer, de Victor Hugo ; c’est Graziella, de Lamartine, et bien d’autres que tout le monde a lus. Cette tradition nouvelle du poète-romancier se continue jusque sous nos yeux avec les œuvres de Catulle Mendès ou de Henri de Régnier, poètes qui sont devenus romanciers sans cesser d’être poètes.

Il y a deux choses principales dans le roman, l’observation de la vie et le style. Le poète n’est pas toujours un très bon observateur, mais il prend sa revanche dans le style. D’autre part, le romancier qui n’est que romancier est très rarement un bon écrivain : témoin Balzac. Il est vrai qu’une telle affirmation est contredite par Flaubert, observateur merveilleux, écrivain merveilleux, et même par les Goncourt qui surent regarder la vie extérieure et rendre leur vision en un style curieux et neuf. Mais si l’on tenait compte des exceptions, on ne pourrait construire aucun raisonnement général ; les exceptions se traitent à part, avec un soin particulier, et, quand on sait manier les outils de la logique, on finit bien par les faire rentrer dans la règle. Au fond, Flaubert était, comme Chateaubriand, un poète qui écrivait en prose, et les Goncourt étaient des peintres qui se sont trompés sur leur vocation véritable. Il reste que les romans bien écrits sont presque toujours l’œuvre d’un poète avoué ou caché, et que les romans des écrivains purement prosateurs n’ont, le plus souvent, qu’une médiocre valeur littéraire.

Le roman prend son origine dans le poème. L’Iliade, L’Énéide sont des romans en vers, comme Les Martyrs ou Salammbô sont des poèmes en prose. En somme, il n’y a qu’un seul genre, en littérature, le poème. Tout ce qui n’est pas poème n’est rien du tout, ou bien rentre, ce qui est loin d’être un déshonneur, dans cette vaste catégorie, la science.

C’est dans la science qu’il faut placer les romans de Balzac ; ce sont des études de psychologie. Les romans de Victor Hugo, au contraire, sont des poèmes, et c’est tout leur mérite, car, au point de vue psychologique, personne n’en conteste la vacuité. Cette double classification serait applicable à tous les romans modernes de quelque intérêt, selon leurs tendances, selon que l’observation scientifique y domine ou le souci du style.

Selon leurs tendances, car il s’agit de tendances et non de réalisations absolues : la littérature se meut dans le relatif. Les romans les plus secs, comme ceux de Stendhal, ne sont pas sans aucune valeur artistique et il y a, même dans Les Misérables, des pages d’une observation très exacte. C’est sur les généralités et non sur les détails que les classifications reposent, aussi bien en histoire littéraire qu’en histoire naturelle. Je crois qu’avec ces réserves la distinction entre les poètes romanciers et les prosateurs romanciers est inattaquable.

On éprouvera cependant quelque embarras en voulant ranger Barbey d’Aurevilly dans l’une ou dans l’autre de ces catégories.

Il fut poète, sans doute, et le demeura jusqu’à la fin de sa vie ; mais poète caché, qui n’avouait ses vers, pourtant très beaux, qu’à quelques-uns seulement de ses amis. Parmi son œuvre, qui est considérable, puisqu’elle remplit près de cinquante volumes, sans compter ce qui est demeuré épars dans les journaux, les poèmes en vers ou en prose ne tiennent qu’un petit nombre de feuillets. Cela est vrai, mais le souci de l’art, le goût du style, se retrouvent jusque dans le plus fugitif de ses articles, jusque dans la plus brève de ses lettres. Il aimait les mots pour eux-mêmes, composait des phrases pour le seul plaisir de leur sonorité. Sa sensibilité littéraire était très vive. Il a beaucoup de peine à pardonner à Balzac, qu’il admire passionnément, la maladresse de son style, et la beauté de la forme le rend indulgent pour des idées qui, exprimées en mauvais langage, le mettraient en colère. Ensuite, c’est un imaginatif plutôt qu’un observateur. Il aime les anecdotes véritables, mais il les arrange à sa façon, les complique, les grandit. Quand il regarde la vie le plus attentivement, il y voit des choses visibles pour lui seul, c’est-à-dire qu’au moment même où il croit observer, il imagine. La réalité n’est pour lui qu’un prétexte, un point de départ. C’est un poète. Barbey d’Aurevilly, comme romancier, est peut-être bien plus près de Théophile Gautier que de Balzac.

Il y a cependant en lui un réaliste. Ce côté de son caractère se révèle quand il décrit les paysages et les mœurs de sa terre natale, les environs de Valognes, en Normandie. Nul mieux que lui, ni plus exactement, n’a peint sous toutes ses faces la tristesse ou la splendeur de ce pays capricieux qui, dans la même matinée, éclate au soleil comme une immense et joyeuse émeraude ou semble s’affaisser et se dissoudre dans le brouillard et dans la pluie. Mais quand il est en Normandie, il est si heureux, que la pluie elle-même ne peut le mettre de mauvaise humeur : « J’ai eu ici, écrit-il, deux jours d’un temps royal, mais à présent ce sont des pluies, superbes de caractère dans ce pays d’Ouest fait pour elles… »

En ces lettres qu’on vient de publier et qui sont toutes datées de Valognes, ou des environs, l’aveu de son profond amour pour ce coin de terre ne s’exprime qu’en phrases assez brèves ; il l’a réservé pour d’autres correspondants et surtout pour ses livres, pour ses romans, qui se passent presque tous dans la presqu’île du Cotentin, entre Cherbourg et Coutances.

Ce poète avait une idée en peignant toujours des paysages normands, des caractères normands. Il voulait décentraliser le roman et montrer que la province, et une de celles qui passaient alors pour les plus arriérées, la Basse-Normandie, est tout aussi « romanesque » que l’Italie ou les bords du Rhin, quand le romancier a du génie. En ce temps-là, avant la guerre, les imaginations étaient romantiques et la France prenait plaisir à se mépriser elle-même, en ne montrant du goût ou de l’estime que pour les pays étrangers. Barbey d’Aurevilly a beaucoup contribué à nous guérir de cette maladie. Voici comment il parle de Valognes, de la vieille ville muette, triste et abandonnée, la ville déchue par excellence, la Bruges normande :

« Le grand aspect de la rue de la Poterie n’existe plus. Les deux larges ruisseaux bouillonnant d’une eau pure, comme de l’eau de source, dans lesquels on lavait autrefois du linge qu’on battait au bord sur des pierres polies, et qu’on passait sur de petits ponts de bois mobiles, ont été détournés de leur cours. Il n’y a plus qu’un maigre filet d’eau qui coule ; seulement il a une manière de couler, en frissonnant, et l’eau est si bien de la pureté que j’ai connue, que je me suis tout à l’heure arrêté à voir frissonner cette pureté. C’étaient mes souvenirs que je regardais frissonner dans cette eau transparente et fuyante. Un temps doux et gris, entremêlé d’un soleil pâle. Hier, avant-hier, des pluies furieuses et des vents fous. La nature ressemblait à une Hamadryade qui crie. Je suis resté au coin du feu, dans ma chambre d’auberge, allant de temps en temps lever le coin du rideau pour voir les pavés flagellés par ces pluies qui ressemblent à des poignées de verges ! En face, un charmant hôtel, un élégant et blanc sépulcre, comme en a ici cette pauvre aristocratie mourante, dort sous ses volets fermés… »

Les phrases de Barbey d’Aurevilly ont cette beauté d’être vivantes, et c’est aussi la beauté de ses romans et de ses contes normands, où l’observation et l’imagination ne sont jamais que les servantes de la sensibilité. Il n’y a plus d’hésitation : c’est bien un romancier-poète et l’un des plus curieux de notre littérature.

Les Diaboliques furent poursuivies sur la dénonciation du Charivari. Le trait est à retenir pour qui voudra peindre la justice moderne. Elle n’est plus arbitraire ; c’est convenu ; elle est pire, elle est bête. Le ministre était un certain M. Tailhand ; Arsène Houssaye et Raoul Duval d’un côté, Théophile Silvestre et Gambetta de l’autre, s’interposèrent. Il y eut, je crois, un compromis ; on en trouve la preuve dans la note que l’éditeur Lemerre mit en tête du septième volume des Œuvres de Barbey d’Aurevilly : « Les Diaboliques ne pouvant être réimprimées dans une édition isolée et spéciale… » Depuis, on a passé outre et d’ailleurs Les Diaboliques de Lemerre se sont toujours vendues séparément. On ne sait de qui la parole eut le plus de poids ; Tailhand céda aux deux groupes, au même moment, heureux, en bon politique, de contenter à la fois deux amis ou deux ennemis. Il est assez curieux de voir Gambetta solliciter en faveur d’un écrivain catholique un ministre réactionnaire : « Vous êtes de ceux, écrivait-il alors à d’Aurevilly, que la politique elle-même ne peut faire oublier. »

Continuant à diviser ses forces, l’auteur des Diaboliques jugeait toujours « les œuvres et les hommes », admirant les Origines de Taine, dépréciant L’Assommoir, raillant les bas-bleus, méconnaissant avec le même emportement Gœthe et Diderot ; mais c’est une Diabolique, la dernière, Une histoire sans nom, qui le fit entrer au port, par dessus le banc de sable, comme une lame puissante dont la barque est soulevée et lancée en avant. C’était en 1882. À l’âge de soixante-quatorze ans, après plus de cinquante de littérature, Barbey d’Aurevilly arrivait à la gloire. Le spectacle est beau, car dans la longue vie qui allait finir lumineuse, on pouvait relever des erreurs ou des colères, mais pas une bassesse, pas une lâcheté ; et c’est tout entier que l’opinion l’acceptait enfin, sans que ni l’écrivain ni l’homme lui eût sacrifié ni une idée ni un sentiment. En même temps que le public, les intelligences les plus diverses viennent à lui : il est admiré à la fois par Goncourt et par Fustel de Coulanges, par Caro et par Banville, par Huysmans et par Ernest Havet. M. Bourget était son miroir familier.

Il passa les six dernières années de sa vie à réviser son œuvre critique et mourut le 23 avril 1889, pendant que l’on imprimait pour la première fois son poème Amaïdée, écrit, en 1834, « sous le regard de Maurice de Guérin ». Il mourut apaisé, mais encore farouche, rêvant à de profondes solitudes, ayant dit : « Je ne veux personne à mes funérailles. »