jueves, 30 de julio de 2026

Léon Bloy: El Simbolismo de la Aparición 2

EL SIMBOLISMO DE LA APARICIÓN

II

Los tres grupos escultóricos de bronce que representan las tres posturas de la Santísima Virgen y de los dos pastorcitos en el lugar de la Aparición deben producir una extraña y profunda emoción en las almas naturalmente inclinadas a la contemplación. La Virgen, primero sentada y llorando en el fondo del barranco, luego de pie y hablando a los niños, acaba elevándose al Cielo unos pasos más allá, a la entrada de la meseta, con el rostro vuelto hacia Italia, en su inexpresable actitud de Omnipotencia suplicante1. El misterioso itinerario de la Aparición del segundo al tercer grupo viene determinado por una serie de catorce cruces y tiene exactamente la forma de una enorme serpiente cuya cola se sumergiría en el barranco y cuya cabeza, apoyada en el borde de la meseta, sería aplastada por el grupo triunfante de la Asunción.

Este es el primer rasgo y el más llamativo de este profundo simbolismo de La Salette, simbolismo tan vasto quizás como el de la propia Pasión, cuyo recuerdo quiso reavivar la Madre dolorosa resucitando nuestro fervor.

Pero esta Madre de Dios, de quien la Iglesia canta que fue concebida antes que las montañas y los abismos y antes de que brotaran las fuentes2, esa Ciudad mística llena de gente, sentada en la soledad y llorando sin consuelo3, esa Paloma gemebunda escondida en el hueco de la roca4 y que sólo va a desvelar Su Rostro a los ojos de esos dos inocentes para mostrarlo todo empapado de lágrimas, he aquí lo que toda la inspiración humana de la estatuaria seguramente nunca habría inventado ni descubierto. ¡La Reina de los Cielos llorando como una abandonada en ese recoveco de la roca y casi sin poder sostenerse por el dolor después de haber sido tan fuerte en la otra Montaña! ¡Qué concepción sobrenatural del papel de María! ¡Es para arrastrarse ante esa imagen y eso es, sin duda, lo que Francia debería haber hecho!

María en el Calvario permanece de pie durante la agonía de Dios. En La Salette, se sienta como Agar en la soledad para no ver morir a ese segundo hijo5 al que llama su pueblo y al que había dado a luz durante la inmolación del primero 6.

¡Qué prodigiosa diferencia! En el Calvario, el esplendor de María resplandece como un amanecer en la púrpura de la Sangre de Su Hijo. Parece que está allí para representar la Gloria de Dios cuando Dios mismo agoniza. Y esto mismo es del todo cierto si se considera que la Gloria Esencial es esa profundidad de las profundidades divinas, donde el hombre culpable aún puede encontrar un refugio cuando la mano del Juez terrible ya está sobre su cabeza y todos los rigores de la Justicia van a abrumarlo. En La Salette, María está sola, sin nuevo parto, sin otro esplendor que el resplandor milagroso de Sus Lágrimas y, como Raquel 7, sin querer ni poder ser consolada porque Sus Hijos están bajo la amenaza de dejar de existir.

En este siglo tan cobardemente sensual, hay una cosa que se asemeja casi a una violenta pasión. Es el odio al Dolor, un odio tan profundo que llega a realizar una especie de identidad con el ser mismo del hombre.

A esta vieja tierra que antaño se cubría de cruces por dondequiera que pasaban los hombres y que germinaba, como dice Isaías 8, el signo de nuestra Redención, la desgarramos y la devastamos para obligarla a dar la felicidad a la raza humana, a esa ingrata progenie del dolor que ya no quiere sufrir. Se pretende que la tierra, esa criatura maldita por Dios tras la caída de Adán, vuelva a ser un Paraíso de voluptuosidad, regado ya no por los cuatro ríos del Edén, sino por los dos torrentes de la concupiscencia moderna: el Pactolo y… el Rubicón. Para contribuir a ese ansiado riego, todas las fuerzas vivas, todas las facultades superiores del hombre son brutalmente requisadas y obligadas a inmolarse en los altares ardientes del nuevo Moloc, cuya espantosa máscara antigua se ha suavizado ligeramente y que ahora se llama el Progreso indefinido.

Ahora bien, he aquí algo espantoso. Los cristianos, esos Porfirogénetas, nacidos en la púrpura de la Sangre de su Dios y que deberían considerarse frutos de ese árbol de las inefables torturas al que fue atado el nuevo Adán, los cristianos, o al menos la mayoría, piensan que el dolor es un simple accidente de la vida terrenal, a veces útil para impresionar la imaginación de los incrédulos o de los malhechores, pero totalmente insoportable e inoportuno cuando recae sobre las buenas ovejas del rebaño. La palabra de San Pablo sobre aquellos que no han sufrido no incomoda a estos cristianos, ni tampoco los textos sapienciales sobre la prueba de los siervos de Dios. Les basta con creer desde lo alto de su fría serenidad. Estos cristianos deciden que el sufrimiento no es necesario. El sufrimiento total, absoluto, inimaginable que fue necesario para la Redención de la totalidad del Cuerpo de Jesucristo no es necesario, al parecer, por muy atenuado que se suponga, para la salvación de cada uno de Sus miembros. Lo que el mismo San Pablo llama claramente «La Sociedad de la Pasión de Jesús y la Configuración a su Muerte» 9 se interpreta, en general, en el sentido amable de una viva simpatía por unos sufrimientos sin duda muy conmovedores y muy generosos, pero que, al fin y al cabo, no eran absolutamente indispensables, ya que la Iglesia nos asegura que una sola gota de la Sangre de ese Pelícano habría bastado para salvar al mundo 10.

La Iglesia infalible dice esto. Pero ¿cómo hacer comprender algo a unas criaturas que creen poder medir una gota de la Sangre de Jesucristo?

«Sabed —dice la beata Ángela de Foligno 11— que el libro de la Vida no es otro que Jesucristo, Hijo de Dios, Verbo y Sabiduría del Padre, que se manifestó para instruirnos con Su Vida, Su Muerte y Su Palabra. ¿Cuál fue Su Vida? Es el modelo ofrecido a quien desea la salvación; pues Su vida fue una amarga penitencia. La penitencia fue Su compañera desde la hora en que, en el seno de la Virgen Purísima, el alma creada de Jesús entró en Su cuerpo, hasta la hora final en que esa alma salió de ese cuerpo por la muerte más cruel. La penitencia y Jesús no se separaron. »

«He aquí, pues, la compañía que el Dios altísimo, en Su sabiduría, concedió en este mundo a Su Hijo amado: en primer lugar, la pobreza perfecta, continua y absoluta; a continuación, el oprobio perfecto, continuo y absoluto; y, por último, el dolor perfecto, continuo y absoluto».

«Tal fue la compañía que Cristo eligió en la tierra, para mostrarnos lo que hay que amar, elegir y cargar hasta la muerte. Como hombre, por este camino subió al Cielo; tal es el camino del alma hacia Dios; y no hay otro camino recto. Es conveniente y bueno que el camino elegido por la cabeza sea el camino elegido por los miembros y que la sociedad elegida por la cabeza sea elegida por los miembros 12».

Ciertamente, si existe algo universalmente inflexible, es esta ley del sufrimiento que todo hombre lleva en sí mismo, yuxtapuesta a la propia conciencia de su ser, que preside el desarrollo de su libre personalidad y que gobierna tan despóticamente su corazón y su razón, que el mundo antiguo, aterrorizado, tomándola por un Dios ciego de entre sus dioses, la había adorado bajo el terrible nombre del Destino.

La simple verdad católica es que hay que sufrir absolutamente para ser salvado, y esta última palabra implica una necesidad tal que toda la lógica humana puesta al servicio de la metafísica más trascendente no podría proporcionar su idea. Habiendo comprometido el hombre su destino eterno por lo que se llama el Pecado, Dios quiere que entre en el orden de la Redención. Dios lo quiere infinitamente. Entonces se inicia una lucha terrible entre el corazón del hombre, que quiere huir mediante su libertad, y el corazón de Dios, que quiere hacerse dueño del corazón del hombre mediante Su poder. Se cree con bastante facilidad que Dios no necesita toda Su fuerza para dominar a los hombres. Esta creencia atestigua una ignorancia singular y profunda de lo que es el hombre y de lo que es Dios en relación con él. La libertad, ese don prodigioso, incomprensible, inefable, por el cual se nos concede vencer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, matar al Verbo encarnado, apuñalar siete veces a la Inmaculada Concepción, agitar con una sola palabra a todos los espíritus creados en los Cielos y en los infiernos, retener la Voluntad, la Justicia, la Misericordia, la Piedad de Dios en Sus Labios e impedir que desciendan sobre Su creación; esta libertad inefable no es más que esto: el respeto que Dios nos tiene. Intentemos imaginarnos esto un poco: ¡el respeto de Dios! Y este respeto es tal que nunca, desde la ley de la gracia, ha hablado a los hombres con autoridad absoluta, sino al contrario con la timidez, la dulzura y, diría incluso, la obsequiosidad de un solicitante indigente a quien ningún disgusto sería capaz de rechazar. Por un decreto muy misterioso y muy inconcebible de su voluntad eterna, Dios parece haberse condenado hasta el fin de los tiempos a no ejercer sobre el hombre ningún derecho inmediato de amo sobre siervo, ni de rey sobre súbdito. Si quiere tenernos, debe seducirnos, pues si Su Majestad no nos agrada, podemos rechazarla de nuestra presencia, hacerla abofetear, azotar y crucificar ante los aplausos de la chusma más vil. No se defenderá con Su poder, sino únicamente con Su paciencia y Su Belleza, y he aquí la terrible lucha de la que hablaba hace un momento.

Entre el hombre revestido involuntariamente de su libertad y Dios despojado voluntariamente de Su poder, el antagonismo es normal, el ataque y la resistencia se equilibran razonablemente, y esta lucha perpetua de la naturaleza humana contra Dios es la fuente del Dolor inagotable.

¡El Dolor! ¡He aquí, pues, la gran palabra! ¡He aquí la solución de toda vida humana en la tierra! ¡El trampolín de todas las superioridades, el tamiz de todos los méritos, el criterio infalible de todas las bellezas morales! No se quiere entender en absoluto que el dolor es necesario. Quienes dicen que el dolor es útil, no entienden nada. La utilidad supone siempre algo adjetivo y contingente, y el dolor es necesario. Es la columna vertebral, la esencia misma de la vida moral. El amor se reconoce por este signo y, cuando le falta este signo, el amor no es más que una prostitución de la fuerza o de la belleza. Digo que alguien me ama cuando ese alguien acepta sufrir por mí o a causa de mí. De lo contrario, ese alguien que pretende amarme no es más que un usurero sentimental que quiere instalar su vil negocio en mi corazón. Un alma orgullosa y generosa busca el dolor con vehemencia, con delirio. Cuando una espina la hiere, ella presiona esa espina para no perder nada del placer amoroso que esta puede darle al desgarrarla más profundamente. Nuestro Salvador Jesús, Él, sufrió tanto por nosotros que sin duda tuvo que llegar a un acuerdo entre Su Padre y Él, para que se nos permitiera, en lo sucesivo, hablar únicamente de Su Pasión y para que la simple mención de este hecho no fuera una blasfemia de tal enormidad que hiciera desmoronarse el mundo en polvo.

Y bien, ¿qué somos entonces, Dios mío? ¡Los MIEMBROS de Jesucristo! ¡Los miembros mismos! Nuestra inenarrable miseria consiste en tomar sin cesar por figuras o símbolos inanimados las enunciaciones más claras y vivas de la Escritura. Creemos, pero no sustancialmente. ¡Ah! ¡Las palabras del Espíritu Santo deberían entrar y derramarse en nuestras almas como plomo fundido en la boca de un parricida o de un blasfemo! ¡¡¡No comprendemos que somos los Miembros del Hombre de Dolor, del Hombre que es Alegría, Amor, Verdad, Belleza, Luz y Vida supremas sólo porque es el Amante eternamente desolado del Dolor supremo, el Peregrino del último suplicio, que acudió corriendo a soportarlo a través del infinito, desde el fondo de la eternidad y sobre cuya cabeza se han amontonado, en una unidad espantosamente trágica de tiempo, lugar y persona, todos los elementos de tortura acumulados en cada uno de los actos humanos realizados a lo largo de cada segundo, en toda la superficie de la tierra, durante sesenta siglos!!!

Los Santos vieron que la sola revelación de un solo minuto del sufrimiento del infierno sería capaz de fulminar al género humano, de disolver el diamante y de apagar el sol. Ahora bien, esto es lo que deduce la razón por sí sola; la razón más débil que pueda latir bajo la luz divina:

Todos los sufrimientos acumulados del infierno a lo largo de toda la eternidad, ante el dolor de un solo segundo de la Pasión, son como si no existieran, porque Jesús sufre en el Amor y los condenados sufren en el Odio; porque el dolor de los condenados es finito y el dolor de Jesús es infinito; porque, en fin, si fuera posible creer que algún exceso le faltó al dolor del Hijo de Dios, sería igualmente posible creer que algún exceso le faltó a Su Amor, lo cual es evidentemente absurdo y blasfemo, ya que Él es el Amor mismo.

Podemos partir de ahí para medir todas las cosas. Al declararnos Miembros de Jesucristo, el Espíritu Santo nos ha revestido de la dignidad de Redentores y, cuando nos negamos a sufrir, somos exactamente simoníacos y prevaricadores. Estamos hechos para eso y únicamente para eso. Cuando derramamos nuestra sangre, es sobre el Calvario donde fluye y de allí sobre toda la tierra. ¡Ay de nosotros, por tanto, si es una sangre envenenada! Cuando derramamos nuestras lágrimas, que son «la sangre de nuestras almas», es sobre el corazón de la Virgen donde caen y de allí sobre todos los corazones vivos. Nuestra condición de miembros de Jesucristo y de hijos de María nos ha hecho tan grandes que podemos ahogar al mundo en nuestras lágrimas. ¡Ay, pues, y tres veces ay de nosotros si son lágrimas envenenadas! Todo en nosotros es idéntico a Jesucristo, a quien estamos configurados natural y sobrenaturalmente. Por lo tanto, cuando rechazamos un sufrimiento, adulteramos, en la medida de nuestras posibilidades, nuestra propia esencia; introducimos en la misma Carne y hasta en el Alma de nuestro Jefe un elemento profanador que Él debe luego expulsar de Sí mismo y de todos Sus Miembros mediante un inconcebible redoblamiento de torturas.

¿Está todo esto bien claro? No lo sé. El fondo de mi pensamiento es que, en este mundo en decadencia, toda alegría brota del orden natural y todo dolor, del orden divino. A la espera de los juicios de Josafat, a la espera de que todo se consume, el exiliado del Paraíso solo puede aspirar a la única felicidad de sufrir por Dios.

La genealogía de las virtudes cristianas echó sus primeros brotes en el Sudor de Getsemaní y en la Sangre del Calvario. San Pablo nos grita que sólo debemos conocer a Jesús Crucificado y no queremos creerle. Olvidamos sin cesar que sólo tenemos un único modelo para concebirlo y explicarlo todo en la vida moral, y ese Modelo es el Dolor mismo, la esencia divinamente condensada de todo dolor imaginable e inimaginable, contenida en el Vaso humano más precioso que la Sabiduría Eterna haya podido concebir y formar jamás.

El punto de vista que debe abarcarlo todo y resumirlo todo al final en los tres órdenes de la naturaleza, la gracia y la gloria es de una simplicidad absoluta y casi monótona por su sublimidad: la Pureza misma es el Hombre de Dolor; la Paciencia misma es el Hombre de Dolor; la Belleza, la Fuerza infinitas, es el Hombre de Dolor; la Humildad, que es el más insondable de los abismos, y la Dulzura, más vasta que el Pacífico, es también Él; el Camino, la Verdad, la Vida, la Resurrección, es siempre Él; omnia in ipso constant 22. Desde lo alto de esta montaña, simbolizada, al parecer, por la montaña de la Tentación, se descubren todos los reinos, es decir, todas las virtudes morales, invisibles desde cualquier otro punto, y únicamente el Amor, el grande, el apasionado, el encantador Amor puede dar fuerzas para alcanzarlos.

Los santos han buscado la Sociedad de la Pasión de Jesús. Han creído en la Palabra del Maestro cuando dice que el que da su vida por sus amigos es el que posee el amor más grande 23. En todos los tiempos, las almas ardientes y magníficas han creído que, para hacer lo suficiente, había que hacer absolutamente de más, y que así era como se conquistaba el reino de los cielos. Pero la enseñanza muy profunda de los sufrimientos de Jesucristo marcada por el martillo y las tenazas de La Salette, es decir, por los instrumentos de la crucifixión y del Descendimiento de la Cruz, ese auténtico rudimento de la Locura Santa, aún no se había dado al mundo de manera tan ostensible. Para ello se necesitaba a la Madre, la Madre de las Siete Espadas, Aquella que representa la Gloria de Dios y en quien Dios habita, y ya sabemos cómo vino. Sentada sola sobre esa piedra misteriosamente preparada que recuerda a la otra Piedra sobre la que descansa la Iglesia, el Seno cargado con los instrumentos de tortura de Su Hijo y llorando como no se había llorado desde hacía dos mil años: «Desde que sufro por vosotros, que no le dais importancia», dice ella.

¡Imaginémonos a esta Madre Dolorosa permaneciendo sentada sobre esa piedra, sin dejar de sollozar en ese barranco y sin levantarse jamás hasta el fin del mundo! Así tendremos alguna idea de lo que subsiste eternamente bajo la Mirada de Aquel de quien Ella es Madre y para quien nada es pasado ni futuro. Intentemos luego medir la fuerza de ese clamor perpetuo de tal Madre a tal Hijo y, al mismo tiempo, la indignación absolutamente inefable de tal Hijo contra los autores de las lágrimas de tal Madre.

Mientras esperamos que todo se consume, todo lo que se pudiera decir o escribir sobre este tema es exactamente menos que nada.

LÉON BLOY

El Simbolismo de la Aparición

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Miguel Ángel Frontán 

NOTAS

10. Omnipotentia supplex, san Bernardo.

11. Proverbios 7:24-25. Oficio de la Inmaculada Concepción.

12. Lamentaciones 1 y 2.

13. Cantar de los Cantares 2:14.

14. Génesis 21:16.

15. Génesis 4:25. – Juan 19:26.

16. Jeremías 31:15.

17. Isaís 31: 5.

18. Fil. III, 10. [Nota de Léon Bloy.]

19. Oficio del Santísimo Sacramento: Himno, «Adoro te…» [Nota de Léon Bloy.]

20. El Libro de las visiones e Instrucciones de la Beata Ángela de Foligno, por E. Hello. [Nota de Léon Bloy.]

21. Pudeat sub spinato capite membrum fieri delicatum, san Bernardo. [Nota de Léon Bloy.]

22. Col. 1:17: «todas las cosas subsisten en él».

23. Juan 15:13. [Nota de Léon Bloy.]

 

LE SIMBOLISME DE L’APPARITION

II

Les trois groupes en bronze qui représentent les trois poses de la Sainte-Vierge et des deux bergers sur les lieux de l’Apparition doivent produire sur les âmes naturellement tournées à la contemplation un bien étrange saisissement. La Vierge d’abord assise et pleurant dans le creux du ravin, puis debout et parlant aux enfants, finit par s’élever dans le Ciel à quelques pas plus loin, à l’entrée du plateau, le visage tourné vers l’Italie, dans son attitude inexprimable de Toute Puissance suppliante10. L’itinéraire mystérieux de l’Apparition du second au troisième groupe est déterminé par une série de quatorze croix et donne exactement la forme d’un énorme serpent dont la queue plongerait dans le ravin et dont la tête posée sur le rebord du plateau serait écrasée par le groupe triomphant de l’Assomption.

Cela est le premier trait et le plus saisissant de ce symbolisme profond de la Salette, symbolisme aussi vaste peut-être que le symbolisme de la Passion elle-même dont la Mère douloureuse voulut rallumer le souvenir en ressuscitant notre ferveur.

Mais cette Mère de Dieu dont l’Église chante qu’elle était conçue avant les montagnes et les abîmes et avant l’éruption des fontaines11, cette Cité mystique pleine de peuple, assise dans la solitude et pleurant sans consolation12, cette gémissante Colombe cachée dans le creux de la pierre13 et qui ne va dévoiler Sa Face aux yeux de ces deux innocents que pour la montrer toute ruisselante de pleurs, voilà ce que toute l’inspiration humaine de la statuaire n’aurait assurément jamais inventé ni découvert. La Reine des Cieux pleurant comme une abandonnée dans ce repli du rocher et ne pouvant presque plus se soutenir à force de douleur après avoir été si forte sur l’autre Montagne ! Quelle surnaturelle conception du rôle de Marie ! C’est à se traîner devant cette image et c’est là certes, ce que la France aurait dû faire !

Marie au Calvaire se tient debout pendant l’Agonie de Dieu. À la Salette, elle s’assied comme Agar dans la solitude pour ne pas voir mourir ce second enfant14 qu’elle appelle son peuple et qu’elle avait enfanté dans l’immolation du premier15.

Quelle prodigieuse différence ! Au Calvaire, la Splendeur de Marie éclate comme une aurore dans la pourpre du Sang de Son Fils. On dirait qu’elle est là pour représenter la Gloire de Dieu quand Dieu lui-même agonise. Et cela même est tout à fait certain si l’on considère que la Gloire Essentielle est cette profondeur des profondeurs divines, où l’homme coupable peut encore trouver un refuge quand la main du Juge terrible est déjà sur sa tête et que toutes les rigueurs de la Justice vont l’accabler. À la Salette, Marie est seule, sans enfantement nouveau, sans autre splendeur que l’éclat miraculeux de ses Larmes et, comme Rachel16, ne voulant ni ne pouvant être consolée parce que Ses Enfants sont menacés de n’être plus.

Dans ce siècle si lâchement sensuel, il y a une chose qui ressemble presque à une violente passion. C’est la haine de la Douleur, haine si profonde qu’elle arrive à réaliser une sorte d’identité à l’être même de l’homme.

Cette vieille terre qui se couvrait autrefois de croix partout où passaient des hommes et qui germinait comme dit Isaïe17, le signe de notre Rédemption, on la déchire et on la dévaste pour la contraindre à donner le bonheur à la race humaine, à cette ingrate progéniture de la douleur qui ne veut plus souffrir. On veut que la terre, cette créature maudite de Dieu à la chute d’Adam, redevienne un Paradis de volupté désormais arrosé, non plus des quatre fleuves de l’Éden, mais des deux torrents de la concupiscence moderne : le Pactole et… le Rubicon. Pour concourir à cette désirée irrigation, toutes les forces vives, toutes les facultés supérieures de l’homme sont brutalement frappées de réquisition et forcées de s’immoler elles-mêmes sur les autels brûlants du Moloch nouveau dont l’effroyable masque antique s’est légèrement adouci et qui s’appelle maintenant le Progrès indéfini.

Or, voici une chose effrayante. Les Chrétiens, ces Porphyrogénètes, nés dans la pourpre du Sang de leur Dieu et qui devraient se considérer comme des fruits de cet arbre des ineffables tortures où le nouvel Adam fut attaché, les Chrétiens ou du moins la plupart, pensent que la douleur est un simple accident de la vie terrestre, quelquefois utile pour frapper l’imagination des incrédules ou des malfaiteurs, mais tout à fait insupportable et inopportune quand elle vient à tomber sur les bonnes brebis du troupeau. Le mot de saint Paul sur ceux qui n’ont pas souffert n’embarrasse pas ces Chrétiens, pas plus que les textes sapientiaux sur la probation des serviteurs de Dieu. Il leur suffit de croire du haut de leur froideur équilibrée. Ces chrétiens décident que la souffrance n’est pas nécessaire. La souffrance totale, absolue, inimaginable qui a été nécessaire pour la Rédemption de la totalité du Corps de Jésus-Christ n’est pas nécessaire à ce qu’il paraît, quelque mitigée qu’on la suppose, pour le salut de chacun de ses membres. Ce que le même saint Paul appelle nettement La Société de la Passion de Jésus et la Configuration à sa Mort18 est assez généralement interprété dans le sens aimable d’une vive sympathie pour des souffrances assurément très attendrissantes et très généreuses, mais qui, après tout, n’étaient pas absolument indispensables, puisque l’Église nous assure qu’une seule goutte du Sang de ce Pélican aurait suffi pour sauver le monde19.

L’Église Infaillible dit cela. Mais comment faire comprendre quoi que ce soit à des créatures qui croient pouvoir mesurer une goutte de Sang de Jésus-Christ ?

« Sachez, dit la bienheureuse Angèle de Foligno20, que le livre de Vie, n’est autre que Jésus-Christ, Fils de Dieu, Verbe et Sagesse du Père, qui a paru pour nous instruire par sa Vie, sa Mort et sa Parole. Sa Vie, quelle fut-elle ? Elle est le type offert à qui veut le salut ; or sa vie fut une amère pénitence. La pénitence fut sa société depuis l’heure où dans le Sein de la Vierge Très Pure, l’Âme créée de Jésus entra dans son corps, jusqu’à l’heure dernière où cette âme sortit de ce corps par la mort la plus cruelle. La Pénitence et Jésus ne se quittèrent pas. »

« Or, voici la société que le Dieu très haut, dans sa sagesse, donna en ce monde à son Fils bien-aimé : d’abord la pauvreté parfaite, continuelle, absolue ; ensuite, l’opprobre parfait, continuel, absolu, enfin, la douleur parfaite, continuelle, absolue. »

« Telle fut la société que le Christ choisit sur la terre, pour nous montrer ce qu’il faut aimer, choisir et porter jusqu’à la mort. En tant qu’homme, c’est par cette route qu’il est monté au Ciel ; telle est la route de l’âme vers Dieu ; et il n’y a pas d’autre voie droite. Il est convenable et bon que la route choisie par la tête soit la route choisie par les membres et que la société élue par la tête soit élue par les membres21. »

Assurément, s’il existe quelque chose d’universellement inflexible, c’est cette loi de la souffrance que tout homme porte en soi, juxtaposée à la conscience même de son être, qui préside au développement de sa libre personnalité et qui gouverne si despotiquement son cœur et sa raison, que le monde antique épouvanté la prenant pour un aveugle Dieu de ses Dieux l’avait adoré sous le nom terrible du Destin.

La simple vérité catholique est qu’il faut absolument souffrir pour être sauvé et ce dernier mot implique une nécessité telle que toute la logique humaine mise au service de la métaphysique la plus transcendante ne saurait en fournir l’idée. L’honneur ayant compromis sa destinée éternelle par ce qu’on appelle le Péché, Dieu veut qu’il entre dans l’ordre de la Rédemption. Dieu le veut infiniment. Alors s’engage une lutte terrible entre le cœur de l’homme qui veut fuir par sa liberté et le cœur de Dieu qui veut se rendre maître du cœur de l’homme par sa puissance. On croit assez facilement que Dieu n’a pas besoin de toute sa force pour dompter les hommes. Cette croyance atteste une ignorance singulière et profonde de ce qu’est l’homme et de ce qu’est Dieu par rapport à lui. La liberté, ce don prodigieux, incompréhensible, inqualifiable par lequel il nous est donné de vaincre le Père, le Fils et le Saint-Esprit, de tuer le Verbe incarné, de poignarder sept fois l’Immaculée Conception, d’agiter d’un seul mot tous les esprits créés dans les Cieux et dans les enfers, de retenir la Volonté, la Justice, la Miséricorde, la Pitié de Dieu sur ses Lèvres et de les empêcher d’en descendre sur sa création ; cette ineffable liberté n’est rien que ceci : le respect que Dieu a pour nous. Qu’on essaie un peu de se représenter cela : le Respect de Dieu ! Et ce respect est à un tel point que jamais, depuis la loi de grâce, Il n’a parlé aux hommes avec une autorité absolue, mais au contraire avec la timidité, la douceur et je dirai même, l’obséquiosité d’un solliciteur indigent qu’aucun dégoût ne serait capable de rebuter. Par un décret très mystérieux et très inconcevable de sa volonté éternelle, Dieu semble s’être condamné jusqu’à la fin des temps à n’exercer sur l’homme aucun droit immédiat de maître à serviteur, ni de roi à sujet. S’il veut nous avoir, il faut qu’il nous séduise, car si sa Majesté ne nous plaît pas, nous pouvons la rejeter de notre présence, la faire souffleter, fouetter et crucifier aux applaudissements de la plus vile canaille. Il ne se défendra pas par sa puissance mais seulement par sa patience et par sa Beauté et c’est ici le combat terrible dont je parlais tout à l’heure.

Entre l’homme revêtu involontairement de sa liberté et Dieu volontairement dépouillé de sa puissance, l’antagonisme est normal, l’attaque et la résistance s’équilibrent raisonnablement et ce perpétuel combat de la nature humaine contre Dieu est la fontaine jaillissante de l’inépuisable Douleur.

La Douleur ! Voilà donc le grand mot ! Voilà la solution de toute vie humaine sur la terre ! Le tremplin de toutes les supériorités, le crible de tous les mérites, le critérium infaillible de toutes les beautés morales ! On ne veut absolument pas comprendre que la douleur est nécessaire. Ceux qui disent que la douleur est utile, n’y comprennent rien. L’utilité suppose toujours quelque chose d’adjectif et de contingent et la douleur est nécessaire. Elle est l’axe vertébral, l’essence même de la vie morale. L’amour se reconnaît à ce signe et quand ce signe lui manque, l’amour n’est qu’une prostitution de la force ou de la beauté. Je dis que quelqu’un m’aime lorsque ce quelqu’un accepte de souffrir par moi ou pour moi. Autrement ce quelqu’un qui prétend m’aimer n’est qu’un usurier sentimental qui veut installer son vil négoce dans mon cœur. Une âme fière et généreuse recherche la douleur avec emportement, avec délire. Lorsqu’une épine la blesse, elle appuie sur cette épine pour ne rien perdre de la volupté d’amour qu’elle peut lui donner en la déchirant plus profondément. Notre Sauveur Jésus, Lui, a tellement souffert pour nous qu’il a fallu très certainement qu’il se fît un accommodement entre Son Père et Lui, pour qu’il nous fût permis, dans la suite, de parler seulement de Sa Passion et pour que la simple mention de ce fait ne fût pas un blasphème d’une énormité à faire tomber le monde en poussière.

Eh ! bien, nous sommes quoi ! Seigneur Dieu ! Les MEMBRES de Jésus-Christ ! Les membres mêmes ! Notre misère inénarrable est de prendre sans cesse pour des figures ou des symboles inanimés les énonciations les plus claires et les plus vivantes de l’Écriture. Nous croyons mais non pas substantiellement. Ah ! les paroles de l’Esprit Saint devraient entrer et se couler dans nos âmes comme du plomb fondu dans la gueule d’un parricide ou d’un blasphémateur ! Nous ne comprenons pas que nous sommes les Membres de l’Homme de Douleur, de l’Homme qui n’est Joie, Amour, Vérité, Beauté, Lumière et Vie suprêmes que parce qu’il est l’Amant éternellement éperdu de la suprême Douleur, le Pèlerin du dernier supplice, accouru pour l’endurer à travers l’infini, du fond de l’éternité et sur la tête de qui se sont amoncelés en une unité effroyablement tragique de temps, de lieu et de personne, tous les éléments de torture amassés dans chacun des actes humains accomplis dans la durée de chaque seconde, sur toute la surface de la terre, pendant soixante siècles !!!

Les Saints ont vu que la seule révélation d’une seule minute de la souffrance de l’enfer serait capable de foudroyer le genre humain, de dissoudre le diamant et d’éteindre le soleil. Or, voici ce que déduit la raison toute seule ; la plus débile raison qui puisse palpiter sous la lumière divine :

Toutes les souffrances accumulées de l’enfer pendant toute l’éternité sont en présence de la douleur d’une seule seconde de la Passion comme si elles n’étaient pas, parce que Jésus souffre dans l’Amour et que les damnés souffrent dans la Haine ; parce que la douleur des damnés est finie et que la douleur de Jésus est infinie ; parce qu’enfin, s’il était possible de croire que quelque excès a manqué à la douleur du Fils de Dieu, il serait également possible de croire que quelque excès a manqué à Son Amour ce qui est évidemment absurde et blasphématoire puisqu’il est l’Amour lui-même.

Nous pouvons partir de là pour mesurer toutes choses. En nous déclarant Membres de Jésus-Christ, l’Esprit Saint nous a revêtus de la dignité de Rédempteurs et lorsque nous refusons de souffrir, nous sommes exactement des simoniaques et des prévaricateurs. Nous sommes faits pour cela et pour cela seul. Lorsque nous versons notre sang, c’est sur le Calvaire qu’il coule et de là sur toute la terre. Malheur à nous par conséquent, si c’est un sang empoisonné ! Lorsque nous versons nos larmes qui sont « le sang de nos âmes », c’est sur le cœur de la Vierge qu’elles tombent et de là sur tous les cœurs vivants. Notre qualité de Membres de Jésus-Christ et de fils de Marie, nous a faits si grands que nous pouvons noyer le monde dans nos larmes. Malheur donc et trois fois malheur sur nous si ce sont des larmes empoisonnées ! Tout en nous est identique à Jésus-Christ à qui nous sommes naturellement et surnaturellement configurés. Lors donc que nous refusons une souffrance, nous adultérons autant qu’il est en nous, notre propre essence, nous faisons entrer dans la Chair même et jusque dans l’Âme de notre Chef, un élément profanateur qu’il lui faut ensuite expulser de Lui-même et de tous ses Membres par un redoublement inconcevable de tortures.

Tout cela est-il bien clair ? Je n’en sais rien. Le fond de ma pensée est que dans ce monde en chute, toute joie éclate dans l’ordre naturel et toute douleur dans l’ordre divin. En attendant les assises de Josaphat, en attendant que tout se consomme, l’exilé du Paradis ne peut prétendre qu’au seul bonheur de souffrir pour Dieu.

La généalogie des vertus chrétiennes a poussé ses premières tiges dans la Sueur de Gethsémani et dans le Sang du Calvaire. Saint Paul nous crie que nous ne devons connaître que Jésus Crucifié et nous ne voulons pas le croire. Nous oublions sans cesse que nous n’avons qu’un seul type pour tout concevoir et pour tout expliquer dans la vie morale, et ce Type, c’est la Douleur même, l’essence divinement condensée de toute douleur imaginable et inimaginable, contenue dans le Vase humain le plus précieux que la Sagesse Éternelle ait jamais pu concevoir et former.

Le point de vue qui doit tout embrasser et tout résumer à la fin dans les trois ordres de nature, de grâce et de gloire est d’une simplicité absolue et presque monotone à force de sublimité : la Pureté même c’est l’Homme de Douleur ; la Patience même, c’est l’Homme de Douleur ; la Beauté, la Force infinies, c’est l’Homme de Douleur ; l’Humilité qui est le plus insondable des abîmes et la Douceur, plus vaste que le Pacifique, c’est encore Lui ; la Voie, la Vérité, la Vie, la Résurrection, c’est toujours Lui ; omnia in ipso constant22. Du haut de cette montagne symbolisée à ce qu’il semble, par la montagne de la Tentation, on découvre tous les empires, c’est-à-dire toutes les vertus morales, invisibles de tout autre point et l’Amour seul, le grand, le passionné, le ravissant Amour peut donner des forces pour y parvenir.

Les Saints ont recherché la Société de la Passion de Jésus. Ils ont cru la Parole du Maître quand il dit que celui-là possède le plus grand amour qui donne sa vie pour ses amis 23. Dans tous les temps, les âmes ardentes et magnifiques ont cru que pour en faire assez, il fallait absolument en faire trop et que c’était ainsi que l’on ravissait le royaume des cieux. Mais le très profond enseignement des souffrances de Jésus-Christ marqué par le marteau et les tenailles de la Salette, c’est-à-dire par les instruments du crucifiement et de la Descente de Croix, ce rudiment authentique de la Folie Sainte n’avait pas encore été donné au monde aussi ostensiblement. Il fallait pour cela la Mère, la Mère aux Sept Glaives, Celle qui représente la Gloire de Dieu et en qui Dieu habite et on sait comment elle est venue. Seule assise sur cette pierre mystérieusement préparée qui fait penser à l’autre Pierre sur qui repose l’Église, le Sein chargé des instruments de torture de Son Enfant et pleurant comme on n’avait pas pleuré depuis deux mille ans : « Depuis que je souffre pour vous qui n’en faites pas de cas » dit-elle.

Qu’on se représente cette Mère Douloureuse restant assise sur cette pierre, continuant de sangloter dans ce ravin et ne se levant jamais jusqu’à la fin du monde ! On aura ainsi quelque idée de ce qui subsiste éternellement sous l’Œil de Celui dont Elle est la Mère et pour lui nulle chose n’est passée ni future. Qu’on essaie ensuite de mesurer la puissance de cette perpétuelle clameur d’une telle Mère à un tel Fils et en même temps l’indignation absolument ineffable d’un tel Fils contre les auteurs des larmes d’une telle Mère !

En attendant que tout se consomme, tout ce qu’on pourrait dire ou écrire sur ce sujet est exactement au-dessous du rien.

NOTES DE L’AUTEUR

10. Omnipotentia supplex, saint Bernard.

11. Prov. VII, 24 et 25. Office de l’Immaculée-Conception.

12. Thren. 1 et 2.

13. Cant. II, 14.

14. Gen. XXI, 16.

15. Gen. IV, 25. – Joan. XIX, 26.

16. Jér. XXXI, 15.

17. Is. XXXI, 5.

18. Philip. III, 10.

19. Office du Saint Sacrement : Hymne, Adoro te… » [Note de Léon Bloy.]

20. Le Livre des visions et Instructions de la Bienheureuse Angèle de Foligno par E. Hello.

21. Pudeat sub spinato capite membrum fieri delicatum, saint Bernard.

22. Col. I, 17 : « toutes choses subsistent en lui. »

23. Joan. XV, 13.